sábado, 9 de noviembre de 2013

La cuestión son los detalles...

Para ser bueno, hay que serlo de verdad siempre... Algunos nos equivocamos y pensamos que es suficiente ser bueno "a lo grande", y que en lo pequeño no es necesario ser "tan bueno". Pero también hay quienes son buenos en lo pequeño, pero les cuesta ser bueno en lo grande, por vergüenza, por miedo o  por indiferencia...

Si al caso vamos, podemos afirmar sin temor a equivocarnos, que los hombres somos naturalmente buenos. Aunque es también cierto que desde que el pecado se instaló entre nosotros, también el mal se hizo parte de nuestra naturaleza... No es original en nosotros, pero sí ha sido agregado y lo tenemos como tendencia. Hace algunos años el Papa Pablo VI dijo: "En el corazón del hombre pasa la línea que divide el bien del mal". Nada más real que esto. Cuando los hombres decidimos hacer el bien, llegamos incluso hasta el heroísmo. Pero cuando nos decidimos a hacer el mal, podemos llegar a ser infernales... Así somos...

En efecto, he podido comprobar miles de veces la bondad de la mayoría. Son más los buenos que los malos. No tengo de esto ninguna duda. Lo que sucede es que la maldad hace mucho ruido. Y se nota más. La bondad es más bonita cuando es silenciosa, cuando no hace aspavientos, cuando se queda en la humildad de lo escondido. Total, el mismo Jesús nos dice: "Que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha", en una invitación a esa humildad del bien... Y desde esa sencillez de la bondad humilde, se hace muchísimo. Es impresionante cuando uno entra en la intimidad de alguien y se da cuenta de la cantidad de cosas buenas que hace y de las que es capaz de seguir haciendo, asumiendo compromisos futuros que lo empeñan en el bien y como si lo "amarraran", asegurándole a la vez un futuro de bondad....

Ese bien hecho en la sencillez, en el silencio, en la humildad, es el que ha sostenido al mundo... De no existir, la verdad es que nuestro mundo estaría en la debacle total... Los buenos no han dejado que la maldad gane, aunque también sea cierto que aparentemente esa maldad se ha enseñoreado en tantos rincones... Lo repito, la maldad hace mucho ruido. Es más fácil enterarse de las bombas que caen en un poblado civil, matando a miles, que de las miles de personas que se unen para ayudar a los que han quedado heridos en ese mismo ataque. Es más fácil leer las estadísticas de los muertos por hambre en alguna sociedad que vive en la miseria, que de las miles de toneladas de alimentos que se recogen gracias a la bondad y a la solidaridad de tantos hombres y mujeres en todo el mundo para ayudar a esa misma sociedad necesitada... Es más fácil leer en las noticias sobre la cantidad de asesinados en un fin de semana a causa de la violencia social, que de los esfuerzos titánicos de médicos y enfermeras y de otros trabajadores de la salud para atender a los miles que en ese mismo fin de semana se acercan a los centros de salud para ser atendidos por muy diversas causas... El mal es naturalmente ruidoso. Pero el bien es más poderoso. Nunca el mal vencerá ni tendrá más fuerza que el bien...

La demostración más clara de esto está en el que murió en la Cruz. Su aparente derrota ignominiosa, muriendo trágicamente a causa del odio de los hombres que se dejaron dominar por ese mal que se cree poderoso, creyéndose ellos también poderosos, fue, por el contrario, su más grande y magistral victoria. Ese que pendía de la Cruz, muriendo por el odio, estaba venciendo en el amor. Su muerte fue la derrota de todas las fuerzas del mal. Nunca el mal estuvo tan vencido como cuando Jesús estaba muerto en la Cruz, pues con Él murió el poder del demonio, el poder del pecado, el poder del mal... Y esa victoria de Cristo fue refrendada gloriosamente con su Resurrección. El retorno de la muerte fue con el pecado derrotado en sus manos. La gloria de la resurrección implicó directamente la más contundente victoria sobre el demonio, que se había creído ganador... Quedó sin fuerzas, sin poder, sin dominio...

Desde ese momento, el poder del mal está condicionado a que los mismos hombres le permitamos tenerlo. Ya el demonio está vencido. Y su poder está extinguido. Sólo tendrá el poder que nosotros mismos le pongamos en las manos... Por eso, está en nuestro poder el poder del mal. Y por eso somos más poderosos, y compensa infinitamente más, cuando nos ponemos del lado del bien. No existe mayor satisfacción que saber que estamos del lado del que yace en la Cruz y resurgió victorioso de la muerte, pues esa misma fuerza que tiene en esa gloria, la tenemos nosotros. Cristo nos ha puesto su victoria en nuestras manos. Su victoria es la nuestra. Y el poder de ese máximo bien, es ahora nuestro poder...

Ese bien que vence, lo podemos hacer vencer siempre que queramos. Basta que simplemente nos dejemos llevar de esa fuerza del amor que demostró Cristo. Y no es sólo para las grandes cosas, sino también para las más sencillas. No hay que pensar que los detalles no llenan. Es en ellos donde, quizás, demostraremos más claramente el poder de la bondad. En realidad, para muchos que buscan el reconocimiento, les es más fácil hacer el bien "a gran escala". Es en la sencillez, en la humildad, incluso en lo oscuro de la absoluta falta de reconocimiento, donde el bien es más probado... ¡Qué felicidad poder ser bueno en la propia casa, donde casi nos sentimos con derecho a "dejar salir lo que de verdad somos"! Estrictamente hablando, los que más tienen derecho para recibir nuestra bondad, son los nuestros, los más cercanos, los que están siempre con nosotros. Lamentablemente pensamos que nuestra mejor faceta se la deben llevar quienes no nos conocen, los que encontramos por primera vez, los que no son nuestros. Y a los nuestros les reservamos lo peorcito de nosotros. No es justo. Son los nuestros los que tiene más derecho a eso... ¿Por qué nos empeñamos en ocultar lo bueno que tenemos a los más cercanos?

Sonreímos a la persona que nos encontramos en el camino, en el trabajo, en el ascensor... Y nos hemos despedido, quizás cinco minutos antes, con una cara amargada de nuestro esposo, o de nuestra esposa, o de nuestros hijos... ¡No puede ser!. Estos detalles son los que sacan de verdad lo que somos. Es en los detalles donde demostramos quienes somos de verdad. No es en el fingir bondad. Es en el ser buenos de verdad, con todos, principalmente con los más cercanos... El bien es bien siempre. No es bien en las ocasiones en que nosotros decidamos que sea. Por eso, en los detalles es donde mejor habla la bondad que vivimos realmente. No dejemos que esa bondad quede oculta. Dejémosla expresarse siempre, pues es lo que mejor nos describe como verdaderamente buenos...

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