sábado, 30 de noviembre de 2019

Soy discípulo tuyo para ser tu apóstol

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San Andrés, hermano de San Pedro y apóstol de Jesús, fue, junto a su hermano, el primero de todos los convocados por Cristo a pertenecer a ese grupo privilegiado de doce que llamamos Apóstoles. La palabra apóstol designa al que es enviado. Estrictamente hablando habría que decir que este grupo de doce que conformaban los convocados por Cristo para ser sus compañeros de camino, en un primer momento son, realmente, llamados, elegidos, hechos discípulos, y no es sino hasta el final del periplo terrenal de Jesús cuando se convierten verdaderamente en apóstoles, es decir, en enviados a anunciar la Buena Nueva de la Redención. Es un grupo que existe por una expresa voluntad del Señor de crear a este grupo de seguidores que serán testigos de todas sus acciones, presenciarán todas las maravillas que va a realizar y escucharán todas las palabras que va a pronunciar. Irán adquiriendo con esta experiencia todo un patrimonio que les pertenecerá y del cual tendrán que dar testimonio cuando les toque su turno al ser enviados. Sin Jesús son nada. "Llamó a los que quiso para que estuvieran con Él", es una traducción que no hace justicia a lo que estrictamente encierra esta frase. En el espíritu de lo que realmente se quiere significar, tendría que decirse: "Creó a los que quiso para que existieran con Él". Es un grupo que ha creado Jesús para sí, y sin su presencia en medio de ellos, en la esencia fundamental de la existencia del grupo, simplemente no existirían. Existen porque Él los creó y existirán solo en la medida en que el mismo Jesús esté en ellos.

Pensar en ello es percatarse, en primer lugar, de la importancia del discipulado. Es absurdo pensar en la condición de apóstol sin que exista previamente la condición de discípulo. El apóstol es quien comparte su condición de discípulo, su experiencia personal de Cristo, quien es capaz de hablar de su propia experiencia de amor y de salvación con alegría, ilusión y esperanza. Esto no se aprende en los libros o se vive solo en la inteligencia, sino que se da en el día a día del encuentro con el amor. El apóstol habla de su vida, no de memoria, sino de historia personal. "Lo que hemos visto y oído, eso les anunciamos, para que también ustedes estén en comunión con nosotros: y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo". Es la dignidad máxima de haber sido elegidos, por encima de las cualidades o defectos propios, para ser en primer lugar testigos y luego apóstoles. En la elección no pesa lo que se es, sino lo que está en el corazón de Dios. No son las cualidades las que hacen que Cristo elija, sino el amor que Él tiene al que elige y a aquellos a los que van a ser enviados como receptores de la obra de salvación. El encuentro del elegido con el Señor es fundamental para que pueda ser luego anunciador de su persona y de su mensaje. Debe darse una transformación, el discípulo debe dejarse hacer un hombre nuevo, debe dejar atrás su condición antigua de hombre viejo, para pasar a ser un hombre totalmente renovado en el amor, redimido y pleno de la gracia divina y de amor por los hermanos, a los que querrá hacer llegar esa salvación, en lo cual estará su dicha y su plenitud: "Les escribimos estas cosas para que nuestro gozo sea completo".

Es tal la dignidad del discípulo que es considerado por el Señor suficientemente confiable para poner en sus manos su misma obra de salvación. Aquello que logró Jesús con su entrega, en su itinerario cotidiano, en su pasión y en su muerte, es puesto en las manos del discípulo con la encomienda de hacerlo llegar a sus hermanos. Es hecho apóstol, enviado a llevar la salvación alcanzada por Jesús a todos los hombres. "Vengan y síganme, y los haré pescadores de hombres", es decir: "Ustedes harán lo mismo que he hecho yo, mi misión la dejo en sus manos". Es una inmensa responsabilidad la que corresponde al enviado. El apóstol tiene en sus manos la vida de sus hermanos. Y no tiene derecho a convertirse en dique de esa gracia y de ese amor que Jesús quiere que llegue a todos. "¿Cómo van a invocarlo, si no creen en él?; ¿cómo van a creer, si no oyen hablar de él?; y ¿cómo van a oír sin alguien que proclame?; y ¿cómo van a proclamar si no los envían?" Es la delicada misión que corresponde a todo el que quiere ser apóstol de Cristo. Nada más y nada menos que la salvación de sus hermanos. No existe responsabilidad mayor. Pero tampoco existe tarea más sublime. La alegría del cristiano es hacerse portador de la salvación de Jesús. El apóstol se hace anunciador de Jesús, de su persona, de su mensaje, de su salvación, acunado en los brazos de quien lo elige y envía, y vive su compensación máxima llevando el Evangelio a los demás con alegría y esperanza. Por eso su misión es tan delicada y tan feliz. Es portador de Jesús porque lo vive en lo más íntimo de su corazón. Ama y es amado. Lleva la salvación y es salvado. Presenta a Jesús y lo tiene llenándolo de amor en su corazón. Por eso, ante la tarea que cumple, no cabe otra expresión que la del reconocimiento de la belleza de su labor: "¡Qué hermosos los pies de los que anuncian el Evangelio!"

viernes, 29 de noviembre de 2019

Tu Palabra no pasará. Por eso, ya estoy salvado

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La Palabra de Dios es viva y eficaz. Tiene poder infinito por cuanto es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Al ser Dios mismo, es eterna e inmutable. Existe desde siempre y jamás dejará de existir. Al ser pronunciada, entra en acción. Es Creadora, por cuanto de Ella viene todo lo que existe. "Por Ella fueron creadas las cosas". Cuando Dios pronuncia su Palabra, el universo y todo lo creado, recibe su influjo. La Palabra es Dios mismo que realiza toda su obra al pronunciarla. En un momento de la historia, siendo Ella atemporal, estando por encima del tiempo y del espacio, Dios la pronunció sobre el mundo y sobre el hombre, y la Palabra empezó a actuar sobre cada cosa creada. Ya no era solo una prerrogativa exclusivamente divina, sino que por la voluntad absolutamente libérrima de Dios, comenzó a ser propiedad de los hombres. "Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros". Así, la Palabra creadora recibió de Dios el encargo de realizar una nueva Creación, superior a la que había surgido de su poder en la primera instancia. Siendo aparentemente insuperable -"vio Dios que todo era muy bueno"-, aquella primera creación sufrió el embate mortal del pecado, y cayó estrepitosamente en la ruina total. La fuerza del mal se asoció al corazón vencido de los hombres y, sin tener más poder que Dios, lo venció, pues Dios no puede ir contra la libertad que Él mismo había regalado al hombre. La libertad, don amoroso del Dios infinitamente providente, hace que el poder de Dios sea relativo, pues no puede Él echar atrás un decreto suyo. "Los dones de Dios son irrevocables", sentencia San Pablo.

El "hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza" del origen, con lo cual la Palabra Creadora hacía que la creación llegara a su plenitud, se pronunció luego como Palabra Redentora: "Pongo enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya. Un descendiente de Ella te pisará la cabeza, mientras tú lo hieres en el talón". Y la Palabra, eficaz siempre, fue dirigida a la mujer, puerta de entrada de aquella redención decretada eternamente: "No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin... El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios." Su venida será el cumplimento pleno de lo diseñado por Dios en la sucesión de los tiempos, tras la existencia de imperios y reinados poderosos, sobre los cuales vencerá el que tiene el verdadero y único poder, que es quien pronuncia la única Palabra capaz de crear y de re-crear, de dar nueva existencia a todas las cosas, de superar con creces aquella primera creación sustituyéndola por una Nueva Creación, infinitamente superior a la primera, pues surge del amor de rescate, del amor de redención, que requiere del mismo Dios el empleo de un poder superior, basado en el amor, que vencerá portentosamente al poder del mal y al mismo corazón del hombre que se había puesto de espaldas a Él: "Vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él. Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin".

Esa Palabra de Dios pronunciada en la plenitud de los tiempos, es Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, que asume sobre sus espaldas el encargo del Padre de rescatar al hombre de las garras del pecado y del abismo del mal: "Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna". Es Palabra que recibe el encargo y que lo acoge con voluntad absolutamente libre, pues es Persona no solo mandada sino que es la que hace suyo el mandato, pues también ama infinitamente a sus hermanos los hombres: "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad". Su Palabra de asentimiento a la misión encomendada descubre un corazón amoroso que será capaz de llegar a las últimas consecuencias, hasta derramar su última gota de sangre, robada por el lanzazo del verdugo. "Nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por sus amigos". Nosotros somos los amigos de Jesús. Él ha entregado su vida por nosotros porque nos ama infinitamente. Habiendo sido Palabra pronunciada sobre nosotros, nos ha creado de nuevo y nos ha elevado de nuevo a la categoría de hijos de Dios, hermanos suyos y hermanos entre nosotros. Y ya eso no cambiará jamás. La Palabra pronunciada es inmutable. Somos hombres nuevos ya, para toda la eternidad. Nuestro corazón es la estancia permanente y estable del Dios de amor, que viene a habitar en nosotros como en su casa. Somos su casa ya, y para siempre. Basta que nosotros abramos de par en par las puertas para que Él venga y nos siga transformando, hasta nuestra llegada al triunfo celestial con Él. "Antes que pase esta generación todo eso se cumplirá. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán". El decreto de salvación de Dios pronunciado a través de la obra cumplida por Jesús, la Palabra hecha carne, es decreto eterno e inmutable. Ya estamos salvados. Nada nos arrebatará nuestra salvación. Solo lo podrá hacer nuestra obcecación en una sociedad fatal con el mal y con el pecado. Nuestro destino es la felicidad eterna en Dios, en su amor y en su gracia. Lo ganó Jesús para ti y para mí.

jueves, 28 de noviembre de 2019

Soy débil, pero contigo soy invencible

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"Nunca se pone más oscuro que cuando va a amanecer", dice esta sabia frase que nos anima a seguir adelante a pesar de las penumbras que se puedan presentar en el transcurso de nuestras vidas. Los momentos de oscuridad hay que comprenderlos, de este modo, como preludio de la luminosidad que se nos avecina. Nuestra vida no es "químicamente pura", pues en ella las posibilidades de dolor y de alegría, de sufrimientos y de gozos, se alternan. Muchas de ellas serán efecto de nuestras propias decisiones, por lo cual nos las estaremos procurando nosotros mismos, pero también, en buena parte, no dependerán de nosotros, sino que nos vendrán ya hechas. Ante ello, tenemos la responsabilidad de tomar una actitud que las asuma o que quiera esconderse de ellas. Si buscamos escondernos, estaremos intentando un camino poco menos que inexistente. Es imposible encontrar una vida que no presente estos vaivenes. Los claroscuros vitales son prácticamente parte esencial de la vida de cualquiera. Más aun, en el paso por ellos es que se desarrollará la vida personal. En la solución de los conflictos y en el disfrute de los gozos está la esencia vital. Podríamos afirmar incluso que el atractivo principal de la vida está allí. No es la rutina, la monotonía, lo que hace que la vida valga la pena vivirla. Son las sorpresas, los vaivenes, la puesta a prueba de las propias fuerzas y de la propia sabiduría para enfrentar y resolver los conflictos, lo que hace que todo sea atractivo. La misma providencia amorosa de Dios ha puesto en nuestras manos los elementos necesarios para que asumamos con plena responsabilidad esta esencia de vida. Nuestra inteligencia y nuestra voluntad, y todas las herramientas que podamos tener a la mano, son riquezas que Dios ha colocado en nosotros como aperos esenciales para avanzar.

Y por si fueran pocas estas dos certezas, por un lado, la naturaleza variopinta de las experiencias vitales, y por el otro, la capacidad que Dios mismo con su providencia nos ha regalado para avanzar, tenemos un elemento añadido que proviene ya no de nuestra propia naturaleza, esencial o añadida por Dios, sino que en demostración de la infinita generosidad de Dios, impulsada por su amor a los hombres, representa la mayor de las fortalezas con la que podemos contar: su presencia como auxilio, como poder, como apoyo y como consuelo en toda ocasión de nuestra vida. En esa lucha cotidiana por sobreponernos a la oscuridad que se presenta antes del amanecer, el Señor nos ha prometido su compañía y su fortaleza. El pretender luchar en soledad contra las sombras que se presenten puede considerarse muy heroico. Pero puede llegar a ser una demostración absurda de soberbia. Saber que Dios está a la mano, que Él se ofrece para ser auxilio en toda ocasión, y no tender la mano para ser sujetados por Él, es un movimiento tonto que descubre una actitud de autosuficiencia que puede llegar a ser fatal. Él mismo afirma que ha venido para ser la fortaleza de los débiles, para ser el defensor de los humildes, para ser el sustento de los últimos. Y ha dicho que es necesario reconocerse humildemente en la indigencia para que su ayuda pueda estar asegurada. "El que se humilla será ensalzado". "Los últimos serán los primeros". "El que quiera ser el primero, que sea el servidor de todos". Y lo entendió San Pablo, cuando maravillosamente resumió todo diciendo: "Cuando soy débil, soy fuerte, pues residirá en mí la fuerza de Cristo".

Fue la experiencia personal de Daniel, quien se abandonó radicalmente en las manos de Dios. En el momento de mayor oscuridad de su vida la única baza que le quedaba era el mismísimo Dios. Y no le falló. Dios demostró todo su poder, evitándole una muerte segura. Tan clara fue la demostración que el mismo rey Darío reconoció: "¡Paz y bienestar! Ordeno y mando que en mi imperio todos respeten y teman al Dios de Daniel. Él es el Dios vivo que permanece siempre. Su reino no será destruido, su imperio dura hasta el fin. Él salva y libra, hace signos y prodigios en el cielo y en la tierra. Él salvó a Daniel de los leones". Por eso, nuestra confianza no debe estar fundada solo en nuestra propias fuerzas. En ocasiones ellas no bastarán. En momentos de crisis importantes, incluso en momentos de crisis terminales, debemos abrir nuestros corazones confiadamente ante el Señor. Debemos echar mano de nuestra confianza de hijos amados infinitamente por Dios para experimentar su fuerza y su amor. Es la invitación que nos hace Jesús como actitud a asumir al final de los tiempos: "Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues los astros se tambalearán. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y majestad. Cuando empiece a suceder esto, levántense, alcen la cabeza: se acerca su liberación". Será el preludio del amanecer más hermoso, el del nuevo día eterno en el que reinaremos todos junto a Jesús, al que precederá la oscuridad más cerrada de todas, pero que será el anuncio del día luminoso en el que el mal será totalmente vencido y ya jamás volverá a presentarse su oscuridad malsana.

miércoles, 27 de noviembre de 2019

Llegar a Ti a cualquier costo

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Cuando nos proponemos metas superiores y fijamos nuestra mirada en ellas, multiplicamos nuestras fuerzas. La añoranza por alcanzarlas nos hace asumir el camino como un requisito lógico. Y cuando experimentamos en ese camino dificultades mayores que pueden llegar incluso a hacernos pensar en desistir de seguir adelante, basta con pensar en la satisfacción y el disfrute de la meta a alcanzar, para hacer huir esas tentaciones de abandono. Esto es ley de vida. El progreso de toda vida humana está basado en la fijación de metas superiores y en la colocación de todas las fuerzas y todas las herramientas necesarias para alcanzarlas. Quien quiera ser más hombre, mejor esposo, mejor profesional, no llegará a serlo con el simple deseo o con el simple pensamiento. Debe colocar todo su ser en el empeño por lograrlo. Todo tiene su costo. Y todo costo debe ser asumido teniendo la esperanza de llegar a la meta para alcanzar la cima de la felicidad que ella puede procurar. Si la meta vale la pena, asumir el costo es el paso imprescindible. Y ante la magnitud de la satisfacción a alcanzar, el costo pasa a ser asumido como un requisito necesario, aunque secundario, pues en el primer lugar está la meta. A una meta mayor, corresponderá un costo mayor. Y tendrá como consecuencia un gozo mayor. Las metas mayores para cada hombre les exigirán costos superiores. Por ejemplo, fijarse como meta una vida futura en familia, con una pareja que complemente en lo afectivo, con hijos a los que educar responsablemente, procurando la manutención con el desarrollo honesto de una profesión, asumiendo el compromiso social que corresponde a cada familia como célula fundamental de todo el entramado comunitario, no puede asumirse de manera irresponsable. Será una cosecha que habrá requerido unos costos elevados. Pero que habrán sido asumidos con la dicha y la esperanza de llegar a la meta añorada. No está el acento en el sacrifico y el esfuerzo denodado que haya que aplicar, sino en la meta atractiva de una vida que ha alcanzado su plenitud humana.

Si esto es una realidad para la vida humana cotidiana, lo es más sólidamente aun para la vida que se asume como paso previo para la eternidad. Asumir que nuestra vida actual tiene un desarrollo necesario que no terminará en ella, sino que será transformada para llegar a su destino final, y que, por lo tanto, no es un fin en sí misma, sino que tiene categoría de requisito previo para llegar a la meta final, que es la vida en Dios para toda la eternidad, nos hace vislumbrar la meta más importante de todas. No es de ninguna manera desdeñable colocar ese panorama a la vista, pues se trata de aquello a lo que estamos llamados todos. Ninguno de nosotros está fuera de este destino, por lo cual, además de saber que está en nuestra perspectiva, debemos asumirla como propia. No se trata simplemente de estar conscientes de ella, sino de llegar a desearla por encima de todo, añorando que nuestra vida llegue a tener el reposo final en la felicidad plena que solo alcanzará en los brazos de Dios. Y así, asumir todos los costos que exija para llegar a ella. Si en la planificación de nuestras metas humanas hacemos una especie de inventario de fuerzas y herramientas con las que contamos para llegar, en lo divino y trascendente ese inventario nos lo presenta Jesús: "Les echarán mano, los perseguirán, entregándolos a las sinagogas y a la cárcel, y los harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Así tendrán ocasión de dar testimonio. Hagan propósito de no preparar su defensa, porque yo les daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario de ustedes. Y hasta sus padres, y parientes, y hermanos, y amigos los traicionarán, y matarán a algunos de ustedes, y todos los odiarán por causa mía. Pero ni un cabello de su cabeza perecerá; con su perseverancia salvarán sus almas". En lo humano, todo lo planificamos nosotros sobre supuestos positivos asumidos. En lo divino, ya nos lo da hecho Jesús. Sabemos bien cuál será el itinerario, cuál será el requisito, cuál será el costo. Es la meta mayor a la que podemos aspirar. Y los costos serán también los mayores que podremos pagar. Pero la meta hace que valgan la pena.

Será una cosecha que haremos delante de Dios al final de nuestro periplo terreno. Nuestra transformación final será hecha a la luz de lo que hayamos hecho como requisito previo para alcanzar la meta. Debemos demostrar que hemos valorado de tal manera la meta que no nos hemos parado ante los costos que haya supuesto avanzar hacia ella. Será una especie de examen final que deberemos presentar ante un jurado en el que estará Dios. Delante de Él se verá mi vida completa, la importancia que yo le haya dado a la meta de eternidad feliz junto a Dios, los costos que yo haya asumido. "Lo que está escrito es: 'Contado, Pesado, Dividido.' La interpretación es ésta: 'Contado': Dios ha contado los días de tu reinado y les ha señalado el límite; 'Pesado': te ha pesado en la balanza y te falta peso; 'Dividido': tu reino se ha dividido y se lo entregan a medos y persas." No habrá manera de evitar este examen, pues toda nuestra vida está siempre en la presencia de Dios. La importancia que yo le haya dado al Dios de mi futuro de eternidad determinará la calidad de mi vida eterna en Él. Seré contado, pesado y dividido en su presencia. Mi vida de amor a Él y a mis hermanos, la importancia que yo le haya dado a mi propia trascendencia, el peso de mi historia en la historia humana, serán determinantes para el goce de ese futuro junto a Dios. Entonces, no importarán los costos que haya tenido que pagar en mi vida, sino la alegría y la esperanza con las que los haya asumido para llegar a la felicidad que no tiene fin.

martes, 26 de noviembre de 2019

Y su reino no tendrá fin...

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Hay quienes juegan con los sentimientos y las expectativas humanas. Pareciera que se regodean con ello, incluso en cuanto se refiere a las experiencias religiosas. Disfrutan cuando ponen bajo amenaza toda la existencia de la humanidad, colocándola bajo el yugo terrible de un futuro de destrucción, de debacle, de fenómenos meteorológicos terminales. Con ese signo surgen las sectas milenaristas para las cuales todo lo que viene es trágico y a los hombres no les espera otro futuro distinto que el del sufrimiento y el del dolor. La oscuridad, la debacle final, la desaparición es lo que está más seguro para los hombres. Este comportamiento se enardece cuando en el mundo comienzan a sucederse fenómenos naturales, guerras, divisiones, que parecería que vienen a apoyar los argumentos que esgrimen. En el transcurrir de la vida, podemos llegar a pensar que tienen razón, pues los signos que se suceden van confirmando sus vaticinios. Nuestro mundo actual está presentando estos signos. Están sucediendo terremotos, desastres naturales por fenómenos incontrolables destructivos, enfrentamientos entre hermanos, guerras ideológicas, pisoteo de los derechos humanos fundamentales, heridas contra la vida más indefensa y débil, desaparición de sectores de la población por razones religiosas, étnicas, económicas, ideológicas, sometimiento de personas bajo yugos inhumanos. La naturaleza hace su parte. Y los hombres sumamos la nuestra.

En lo que corresponde a sí mismo, el hombre va convirtiéndose realmente en el lobo de la misma humanidad. Fundándose en un poder casi omnímodo va reclamando para sí todas las prerrogativas. La lógica del poder se impone y va dando base a un dominio hegemónico sobre los otros. Quien no se somete, simplemente es echado a un lado o hecho desaparecer. No se permite tomar distancia, manteniendo una cierta autonomía. O se alinea, o no existe. El yugo no es solo físico, sino que busca ser total. El sometimiento debe llegar a ser radical. Y así, van reclamando una superioridad moral que se atreve a establecer la bondad de las cosas, de los pensamientos y comportamientos, según los criterios que sustentan el sistema a imponer. Imponiendo un estilo de vida que va siendo "normal", van logrando que los hombres vayan cambiando incluso su manera de pensar. "Quien no vive como piensa, termina pensando como vive", es casi su grito de guerra. Por eso hay que imponer conductas que cambien el pensamiento de todos. Una humanidad así subyugada va siendo víctima de sí misma, por cuanto comete un gravísimo error: el de creer que con ella termina todo, que no hay una realidad posterior y trascendente que perdure en el tiempo. Colocan todas las expectativas en el hoy y en el aquí, sin elevar la mira más allá de sí misma. El regodeo es una autosatisfacción por lo logrado, apostando a que después de ello, no hay nada más. "Después de mí, la nada". La autoreferencialidad llega a ser para sí misma la peor de las esclavitudes y la razón más poderosa de su propia destrucción.

En la misma historia encontramos los argumentos que sustentan el absurdo de esta conducta. Absolutamente todos los imperios que se han sucedido, habiendo seguido un itinerario idéntico, han terminado por sucumbir. Algunos más estrepitosamente que otros. El único imperio que ha mantenido su actualidad, imponiéndose por encima de poderes de todo signo y color, resurgiendo una y otra vez tras la infinidad de esfuerzos por hacerlo desaparecer, es el imperio de Dios. Todos los demás han siempre tenido pies de barro que no los han logrado sustentar ante el poder infinito del amor. "El Dios del cielo suscitará un reino que nunca será destruido ni su dominio pasará a otro, sino que destruirá y acabará con todos los demás reinos, pero él durará por siempre". El amor de Dios ha triunfado siempre. Y quienes se han alineado con él, entregando su vida a causas superiores, son los que verdaderamente han marcado pautas en la historia de la humanidad. Fundados en Dios, en su amor, en su misericordia, en su providencia, han hecho subsistir un sistema de servicio y de entrega que jamás podrá ser sustituido por algo mejor. Son los que han hecho historia, por encima de las sombras y los dolores que otros le han infligido al hombre. "El poder del infierno no prevalecerá", estableció Jesús. Y así será. Dios estará siempre presente en esta historia nuestra. Nunca nos abandonará. Y hará surgir siempre corazones que lo amen y se entreguen a Él y a los hermanos, sirviendo siempre desde el amor que le da sentido a esa entrega. "Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo". Después de la purificación, vendrá el tiempo definitivo de Dios: "Cuando oigan noticias de guerras y de revoluciones, no tengan pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida". El final es el futuro que nunca terminará. Tendrá su inicio cuando todo sea puesto como escabel de los pies de Jesús, Rey del Universo. Y nunca tendrá fin. Será el imperio definitivo del amor, de la paz, de la justicia. Será el reino de la santidad y de la gracia divinas, en el que Dios será la norma, la forma, el fin de todo. Y por eso será la bondad infinita e inmutable.

lunes, 25 de noviembre de 2019

Mi vida está en Tus manos. Mejor, imposible

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Una de las características más propias de nuestra confesión de fe es la de la radicalidad. A ella nos invita Jesús continuamente. No quiere Jesús que juguemos entre dos aguas, que estemos siempre en la cuerda floja, moviéndonos entre inseguridades. Él quiere que tengamos posiciones firmes, bien definidas, sólidas, en las que haya de nuestra parte una asunción radical del camino y de sus consecuencias. Aun cuando en el transcurso de nuestras vidas podamos encontrarnos en situaciones en las que estén presentes los diversos matices que naturalmente puedan existir, en lo esencial de esas situaciones Jesús nos quiere firmes y resueltos. Sobre todo en lo que se refiere a su persona, a la asunción de su mensaje y de su invitación a seguirle: "El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga..." "El que no está conmigo, está contra mí..." "El que no recoge conmigo, desparrama..." Ante Él no son posibles las medias tintas o las posturas ambiguas. No se puede estar jugueteando en la línea media, pues estrictamente hablando, en lo que se refiere a Jesús, a su amor, a su salvación, ésta no existe. Las seguridades humanas, basadas en las solas fuerzas propias, son absolutamente inexistentes. No hay nada más débil delante de Dios que la voluntad humana. Por ello, es necesario que asumamos esa inseguridad propia y la resolvamos en la seguridad total y absoluta que nos ofrece Dios mismo al tendernos su mano. Se trata de una cuestión de fe, en la que el raciocinio poco tiene que hacer. Es cuestión de saber valorar dónde podremos encontrar esa seguridad y poner todo nuestro empeño, motivado por la confianza en Dios, en alcanzarla.

Las promesas que hace Jesús para abrirnos el entendimiento acerca de las ventajas enormes que implican el seguirlo con radicalidad, son impresionantes. "Recibirán el ciento por uno..." "Recibirán la vida eterna..." "Lo demás se les dará por añadidura..." "El que pierda su vida por mí, la encontrará..." "Harán cosas aún mayores..." La radicalidad tendrá una recompensa inimaginable. No obstante, poder disfrutarla requiere que haya una decisión a favor de ella. Quien no "prueba" ese camino, jamás podrá saborear la realidad del cumplimento de los compromisos de Jesús. Nuestra naturaleza, tendiente ordinariamente a la suspicacia, exigente de pruebas positivas para creer -"Si no lo veo, no lo creo"-, es lamentablemente reacia a abandonarse al cien por ciento en promesas de las cuales no se tiene ninguna seguridad. Es necesario, por lo tanto, que nos decidamos a movernos en terrenos que en lo humano pueden resultar inestables, sobre todo por lo desconocidos que son, pero que son los más firmes que jamás podremos probar, por cuanto está en juego implicada la credibilidad del Dios infinitamente amoroso y providente. Si la promesa viene del Dios que no ha hecho más que demostrarme que me ama infinitamente, más de lo que yo mismo puedo amarme, mal puede ser engañosa. Jesús es el Dios de la Verdad y nunca podrá hacerle el juego a la mentira, al engaño, a la manipulación. "Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida". Lo que Él promete se cumple. Está en juego su propia identidad, y Él no puede negarse a sí mismo.

Abandonarse radicalmente en Jesús, dejarlo todo por Él, hacer de la propia vida una continua demostración de la acción de su providencia en nosotros, es la mayor, muestra de que creemos. Nuestra confesión de fe no se puede reducir a la simple recitación de un Credo, en la que comprometemos solo nuestra voz y nuestros labios. La mejor confesión de fe que podemos hacer es la del abandono radical, la de toda una vida puesta a la disposición del Señor, en la absoluta certeza de que en esas manos está en el mejor sitio que puede estar. Es lo que hace la viuda del evangelio: "Sepan que esa pobre viuda ha echado más que nadie, porque todos los demás han echado de lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir". Ella ha puesto en las manos de Dios todo su ser. Ya no le queda nada más por dar. Su confianza está en que Dios providente verá por ella. Lo deja todo en las manos del Dios de amor, para que sea ese amor el que se ocupe de ella. Según nuestro criterio, perdió cualquier seguridad. Según el criterio de Dios, ganó la mayor de todas las seguridades, pues su actitud es la de quien pasa el testigo al que con absoluta seguridad la hará llegar a la meta del amor, de la salvación, de la providencia infinita. Es el camino que todos podemos seguir confiadamente, teniendo la fe puesta en quien es el único en el que tiene sentido ponerla. Dejar la vida en las manos de Dios, ponerla bajo su cuidado, nos asegura que todo estará bien. Todo lo que Él permita, si hemos puesto en sus manos nuestra vida, será siempre bueno para nosotros.

domingo, 24 de noviembre de 2019

Tú no me quieres condenar. Tú me quieres salvar

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Contemplar la misericordia infinita de Dios, hecha patente en la figura del Hijo de Dios hecho hombre pendiente de una Cruz, a la espera de la muerte para alcanzar la redención de nuestros pecados y con ello la recuperación de nuestra condición de hijos de Dios y la posibilidad de entrar de nuevo en el cielo para vivir la novedad eterna, absoluta e inmutable del amor, es contemplar la figura que llena al corazón de la mayor de las satisfacciones. Es racionalmente incomprensible el intercambio que propone y realiza Jesús en favor nuestro, cuando de nuestra parte no ha habido otro movimiento sino solo el de la transgresión y la traición. Jesús se coloca entre la muerte y nosotros, obstaculizando totalmente la victoria de las tinieblas. En dicho intercambio, Jesús no obtiene externamente ninguna ganancia. Echar una mirada al itinerario que recorre es tener la seguridad de que para Él todo es pérdida. Y de que para nosotros todo es ganancia. Tratar de explicarlo es entrar en el terreno de lo absurdo. No tiene ninguna lógica. "En verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros". Así lo describe San Pablo, dejando en evidencia una lógica ilógica. Y es que ante este misterio tan profundo es necesario despojarse de todo criterio humano, en el cual destacaría solo la ventaja que se pudiera obtener, y revestirse del criterio divino del amor, en el cual el solo hecho de amar es ya ganancia insuperable. El amor da el tinte de la lógica-sobre-toda-lógica, que es el único que cabe. No se trata de vaciar de contenido humano, sino de llenar con contenido divino, que es infinitamente superior al nuestro.

Inquietos por nuestra motivaciones "mercantilistas" siempre mantendremos una especie de rebeldía ante el amor que se da gratuitamente. Para nosotros es impensable que pueda obtener ganancia del amor y de la misericordia quien previamente ha actuado motivado por destruir ese mismo amor. El caso emblemático es el del "buen ladrón" en el momento de la crucifixión de Jesús. Un segundo de fidelidad -"'¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha hecho nada malo'. Y decía: 'Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino'"-, en el cual defendió a Jesús contra quienes se burlaban de él, corriendo su misma suerte de condenación a la muerte, le valió una eternidad de felicidad infinita: "En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso". Bastó un mínimo gesto de acercamiento al amor para que ese amor se derramara abundantemente sobre él. Podríamos llegar a pensar que hay en Dios un actuar injusto, pues no ha habido previamente una exigencia de satisfacción, una reprimenda, un escarmiento, que consideraríamos absolutamente necesario. Es posible que sintamos celos de una actuación "demasiado misericordiosa" de parte de Jesús. El caso es que debemos montarnos no en nuestra lógica, sino en la lógica del amor incondicional. Dios es el Padre que espera insistente un simple gesto de conversión de sus hijos para derramar su perdón. Y apenas hay un atisbo de ello deja correr libre el amor que se convierte en perdón. Esa es su dicha. No existe para Él otra realidad. No quiere condenar sino salvar. Entrega a su Hijo para ello. Y su Hijo derrama hasta la última gota de sangre también para ello. No nos puede molestar que Dios sea bueno con todos. No puede no serlo, pues es su esencia: "Si a mí me parece bien dar a este que entró a trabajar al final lo mismo que te doy a ti, es porque tengo el derecho de hacer lo que quiera con mi dinero. ¿O quizá te da envidia el que yo sea bondadoso?"

La venida del Hijo de Dios al mundo no se dio por una motivación mercantilista de Dios, al estilo de la que podríamos tener nosotros. En Dios, que es amor, la motivación es absolutamente nueva. Es la motivación del amor que busca solo el bien del amado. El amor se mueve en función de la procura del bien para el amado. No busca de ninguna manera el interés personal. Si así fuera, ya no sería amor, sino querencia. Querer busca el beneficio de quien quiere. Amar busca el beneficio del amado. Quien ama no mira el beneficio que pueda extraer al amar, sino que se contenta con que aquel a quien se ama sea feliz y obtenga todos los beneficios. Su ganancia existe solo en la medida que logra el bienestar del otro. Esa es su compensación: "Demos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino del Hijo de su amor, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados". En Dios existe solo un corazón pleno de amor eterno que quiere ser derramado sobre nosotros. Nuestra historia pesa en cuanto que es lo que poseemos para ponerlo en sus manos y lo transforme en Gracia. Pero pesan mucho más su amor y su misericordia. Ante su vista está, antes que las torpezas que pude haber cometido, su corazón lleno del amor que me tiene. De mi parte, debo abrir mi corazón, dejar sus puertas abiertas de par en par para que salga todo lo que obstruye el camino del amor de Dios hacia mí y se abra el camino para que venga a mí su perdón y su misericordia, que me dejarán el camino expedito para el disfrute de la felicidad eterna invadido plenamente de su amor.

sábado, 23 de noviembre de 2019

En el amor vivo y te conozco mejor, Señor

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La vida del hombre es una continuidad que nunca acaba. Hemos sido creados por el Dios que no pasa, que es eterno, que tiene entre sus cualidades esenciales la de la eternidad. Él es el origen de todo, y hacia Él tiende todo. No tiene principio ni fin. Existe en sí mismo y por sí mismo, y todo lo que existe tiene en Él su razón de ser. En su voluntad todopoderosa estableció y decretó la existencia de todo lo que no es Él, siendo por lo tanto el único origen de todo el universo. Siendo Él la causa de sí mismo, sin tener principio ni fin, es además, la causa de todo y quien establece el orden en todo. Su pensamiento creador determinó que en algún momento de la historia no fuera Él el único existente, sino que siendo el único subsistente, surgiera toda la creación desde su mano todopoderosa. Filosóficamente ha sido considerado el motor inmóvil, la causa última, el único ser necesario, la suma de todas las perfecciones, el fin último de todo lo que existe. La meta final es Él mismo. Y es además el punto de arranque. Para una mente racional, estas consideraciones son la base para un conocimiento de Dios que podría llegar a no necesitar de la fe. Quien entra en estas profundidades a nivel solo de razonamiento, puede llegar a concluir que existe un Ser superior. Que necesariamente debe existir, por cuanto a nivel de inteligencia es poco menos que imposible encontrar con argumentos la realidad que sustente el orden en medio del caos, el movimiento continuo sin una causa final, la dirección hacia una meta superior que está en el destino de todos. Por ello, básicamente es absurda la posibilidad de un ateísmo radical.

Para nosotros, abiertos a la trascendencia, enriquecidos no solo por un pensamiento racional acucioso que busca respuestas, sino receptores de una revelación condescendiente del Dios creador, existe una riqueza añadida. Dios no solo nos ha dado con nuestra inteligencia la capacidad de entrar, aunque sea tímidamente, en lo profundo de su misterio objetivo, sino que ha venido a nosotros dándose a conocer a sí mismo. Es la componente afectiva de la fe. Ella es altamente racional, pero es a la vez, y más aún, altamente afectiva. Por ella se da la capacidad de una relación personal enriquecedora en la que somos definitivamente favorecidos. Toda la ganancia es para nosotros, por cuanto es a nosotros a quienes nos hace falta saber quién es Dios y cómo podemos relacionarnos con Él. No se trata de una realidad puramente objetiva, racional o externa, sino que es, porque quiere serlo así realmente, una realidad personal con la cual podemos intercambiar afectos, conductas, actitudes. En esa relación personal con Dios, basada en el encuentro íntimo y afectivo con Él, recibimos todos los tesoros imaginables. Conociendo a Dios en la medida posible de la objetividad, entramos en un conocimiento mayor por la experiencia de su amor y de su deseo de salvación para mí. Es el amor el que le da forma definitiva a la fe. Una fe sin amor, sin afectos, sin relación personal, está congelada. Podríamos decir que es un componente más de conocimiento que no implica ni afecta personalmente al hombre.

Por ello, en esa condescendencia amorosa del Dios creador, Él mismo se transforma en el Dios personal que quiere estar conmigo y que quiere que yo esté con Él. No quiere ser un "objeto" más de estudio, sino que quiere ser el invitado principal de mi corazón. Dios no quiere que lo reconozca simplemente como el Todopoderoso, el Infinito, el Omnisciente, el Omnipresente, el Juez final. Siendo todo eso, añora que lo reconozca como mi Padre, mi Salvador, mi Providente, la razón última de todos mis amores. Quiere que yo lo tome como mi referencia personal, que mi voluntad coincida con la suya, que encamine mis pasos hacia el encuentro personal con su amor y con su misericordia. Poco le importa a Él ser Todopoderoso, si su amor no es poderoso en mi corazón. De nada le vale ser Omnipresente, si no ocupa el espacio que le corresponde en mi ser. Quiere ser mi vida. Y lo quiere ser para siempre. Para toda la eternidad. Para eso me creó, pues como para todo lo creado, mi meta es Él. "No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para Él todos están vivos." Y quiere que yo esté eternamente vivo en su presencia. Esa vida del hombre, que nunca acaba, estará eternamente en la presencia amorosa de ese Dios personal con el que vivo un encuentro continuo. De lo contrario, habrá una frustración terrible, que es la que se experimenta cuando elegimos el vacío total: "Me viene a la memoria el daño que hice en Jerusalén, robando el ajuar de plata y oro que había allí, y enviando gente que exterminase a los habitantes de Judá, sin motivo. Reconozco que por eso me han venido estas desgracias. Ya ven, muero de tristeza en tierra extranjera". En nuestro itinerario, Dios mismo pone a nuestro alcance la plenitud, que es Él mismo. Él se pone a sí mismo como realidad asequible. Y podemos disfrutarlo ya, empezando ahora para nunca jamás dejar de disfrutarlo. Es la vivencia de su amor eterno por mí.

viernes, 22 de noviembre de 2019

Me reconstruyo en Ti y así soy más sólido

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Cuando hemos sufrido una derrota podemos tener la sensación de que todo está perdido. Puede venir de este modo un clima de desasosiego, de desazón, de pérdida de sentido de todo, que hace que incluso vivir deje de ser atractivo. O se puede reaccionar de manera diversa, sacando fuerzas de debilidad, echando mano de los pocos restos de fuerza que pueda haber aún, y desde allí emprender un camino que tenga como signo la esperanza, la mirada confiada en el futuro, la determinación de lograr una reconstrucción que deshaga el maleficio de la derrota y ponga el signo positivo que hace reemprender el camino perdido con bríos renovados y crecientes. Podríamos decir que en esto consiste la vida. Derrotas, caídas, debacles, dolores, estarán siempre presentes en ella. No existe un "seguro" contra estos accidentes vitales. Nadie está exento de esta posibilidad. La misma libertad humana lo asegura. Siendo un tesoro con el cual el Señor nos ha enriquecido, es igualmente un arma de doble filo que pone muchas veces en riesgo la serenidad, la tranquilidad, la armonía. Su mal uso puede acarrearnos momentos duros que deberemos afrontar con la misma madurez con la que hemos sido capaces de usarla mal. En algunas ocasiones seremos nosotros mismos los que nos procuremos esos malestares. En otras, serán los hermanos que tenemos a nuestro alrededor los que nos los procurarán. Pueden hacerlo incluso sin ninguna malicia ni mala intención. Simplemente actuando neutralmente pueden sus acciones tener repercusiones negativas para nosotros. En ocasiones sí serán acciones que buscarán hacernos daño y que vendrán de quien puede no querernos bien. En todo caso, en nuestras manos y en nuestra decisión está el camino de reacción que emprenderemos ante ello: depresión, resignación, lamentación... o reconstrucción, confianza, esperanza.

En la historia de salvación, historia de la humanidad impregnada de la presencia divina que acompaña con su amor y su providencia a los hombres, encontramos este ciclo inequívoco. Israel cae en repetidas oportunidades, por culpa propia o de sus enemigos. El emblema de su debacle es la profanación de su lugar más sagrado, el Templo, su lugar de encuentro con Dios. Esta debacle tiene como marca particular la traición a la fidelidad que se debe a Dios, a lo cual se asocian muchos de ellos, traicionando de esa manera su misma esencia de pueblo elegido. Pero en medio de esa infidelidad siempre hay un resto que mantiene por encima de todo, asumiendo persecución y sufrimiento casi como condición para demostrarlo, una fidelidad sin tacha. Son los personajes que han solidificado su virtud y que, lejos de perderla en la derrota, la han sabido hacer triunfar poniendo su confianza no en sus propias fuerzas, aunque echen mano de ellas, sino en Aquel que los convoca y los invita a mirar más allá de la realidad circundante que puede en algún momento ser desastrosa. Es la esperanza basada en la fe, pues no existen pruebas irrefutables de que todo cambiará. Se trata de aceptar la palabra del Dios convocante que no puede engañar ni invitar a construir castillos en el aire. Por ello, cuando se asume como tarea la reconstrucción y se logra, fundándose en la asunción de la promesa de Dios que se cumple perfectamente pues Él no puede engañar, la única actitud posible es la de la dicha, la de la felicidad, la del festejo. Así, el signo se transforma radicalmente de depresión a gozo: "Todo el pueblo se postró en tierra, adorando y alabando a Dios, que les había dado éxito. Durante ocho días, celebraron la consagración, ofreciendo con júbilo holocaustos y sacrificios de comunión y de alabanza". Cuando aparentemente todo estaba perdido, surge el Dios que elige y convoca para invitar a seguir confiando en Él y que da la victoria a quien se abandona en sus manos. Esa es pura historia humana, que se repite una y otra vez.

Por ello, ante la evidencia continua de esa presencia de Dios que sigue convocando, que sigue haciendo vencer, que sigue invitando a la esperanza a pesar de los signos evidentes que pueden herirla, todos somos llamados a reconstruirnos una y otra vez. Ni siquiera porque hayamos sido nosotros mismos quienes nos herimos, tampoco si hemos sido víctimas de la libertad mal usada de los otros, podemos dejar de mirar con esperanza el futuro y dejar que la gracia divina que nos invita a no paralizarnos ante la derrota, quede estéril. Es nuestra responsabilidad mantener una actitud tendiente al gozo, a la victoria final, que desemboque en la celebración gozosa del triunfo logrado en las manos y bajo la dirección de la providencia divina. En nosotros no debe tener cabida ni el derrotismo, ni la depresión, ni la resignación. No es ese el estilo del cristiano. El mismo Jesús nos anima a mantener un espíritu elevado, en el cual triunfe el gozo de ser de Dios e invite continuamente a seguir siendo de Él, por encima de toda pretensión contraria. La llamada de atención de Jesús, más que una ocasión de censura, es una ocasión de frescura. "Escrito está: 'Mi casa es casa de oración'; pero ustedes la han convertido en una 'cueva de bandidos'." Es la llamada a sentir el orgullo de ser lo que somos originalmente, de buscar nuestra propia reconstrucción continua, de abandonarnos en Él que da la fortaleza y la razón última del gozo. Es la invitación firme y resuelta a dar el sentido verdadero a la vida reconstruida en su amor y festejada por todo lo alto, pues logramos mantener nuestro ser como casa de Dios, en la cual Él se sienta a sus anchas.