sábado, 31 de octubre de 2020

Amor, servicio y humildad para ser de verdad de Cristo

 NUESTRA VIDA ES CRISTO: ¡FELIZ DOMINGO! 22º DEL TIEMPO ORDINARIO

El servicio y el amor son expresiones específicas de nuestra vida de fe. Ambos marcan esencialmente el estilo de vida de cada cristiano y lo encaminan por una ruta concreta en la que se debe desarrollar. Teniendo como base el ser de Dios, el ser convocado por Jesús para seguirle con fidelidad, el contemplar gozosamente el gesto libertario y de rescate radical que el Señor ha realizado en favor de todos, se debe cumplir todo en medio de la realización concreta de lo que compromete al elegido y al salvado a demostrar la asunción que ha hecho de su nueva condición de salvado y de haber sido hecho un hombre nuevo. Ciertamente la obra salvadora ha correspondido a Jesús, habiendo asumido la humanidad como veta radical en la que la llevaría a cabo, habiendo caminado en medio de los hombres para confirmar que es uno más de entre ellos, habiendo realizado los gestos que hacían entender la llegada del Reino de Dios al mundo, habiendo demostrado su poder divino y su amor preferencial a cada hombre con sus gestos portentosos y sus mensajes de amor y compromiso a todos, habiendo enfrentado la debacle de su propia humanidad sufriente que llega al extremo de la entrega a la muerte en la Cruz, debe producir posteriormente una respuesta razonable de parte de los salvados y rescatados que de alguna manera descubra un deseo de vivir la salvación, una respuesta que asuma la parte que debe vivir propia y responsablemente cada hombre renovado, de modo que no entienda la gesta libertaria solo como una especie de "derecho" ganado, sino como una llamada real a vivir con intensidad personal lo que significa la novedad para sí mismo y para todos los demás. Un gravísimo error que puede cometer el cristiano es que sabiéndose beneficiario de todo el amor que Dios quiere derramar en él y que ha derramado regalándole la salvación, considere que ese es el final del camino y ya no queda nada más por hacer. La realidad es que, siendo la obra de Jesús esencial para el logro de aquella nueva creación que Él ha venido a establecer en el mundo, venciendo el poder del demonio que lo había hecho perder todo, el camino debe ser avanzado, teniendo como nuevos actores a los que han sido beneficiados en el amor de rescate, pero que a su vez se convierten, y lo deben asumir así, en nuevos artífices a los que Jesús asocia para consolidar su obra de rescate. Es entonces cuando debe ser asumido con radicalidad, en primer lugar, el amor que se ha recibido y del cual se ha hecho cada uno beneficiario privilegiado, y en segundo lugar, el compromiso de servicio a todos, siendo de verdad hombres nuevos no solo en el sentido personal de la ganancia de la nueva condición, sino sirviendo desde ese mismo amor y con la novedad radical de la propia vida, a todos los hermanos.

La obra redentora es sin duda la ganancia más grandiosa que hemos obtenido. Pero se coloca también para nosotros en una altura similar la capacidad que nos regala el Señor de ser servidores. Hacernos servidores de los hermanos es un privilegio divino, que nos coloca en la misma condición de Jesús, que sirvió de la mejor manera entregándose por nosotros. Servir es, de este modo, esencial para entender nuestro ser de Jesús. Quien no hace de su vida un servicio amoroso y total a los hermanos, no se está asimilando al Jesús servidor. La alegría de la vida asumida por Jesús fue entregarse, y en la misma medida, servir a los hermanos. Su mejor servicio fue su entrega. Jesús no se guardó absolutamente nada para sí. Entendió que su entrega fue su servicio. De esa misma manera debemos entenderlo todos. Nuestra salvación implica el servicio, como para Jesús el servicio fue su entrega. Lo entendió perfectamente San Pablo, ganador de esa novedad de vida radical que había obtenido por la obra de Jesús, por lo que emprendió la tarea altísima de anunciarlo a todos, sirviendo en el amor, y haciendo a todos beneficiarios de la misma salvación. No consideró su tarea terminada al recibir su propia salvación, sino que se hizo multiplicador para todos de esa salvación tratando de ganar cada vez más para el amor de Cristo: "En ningún caso me veré defraudado, al contrario, ahora como siempre, Cristo será glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte. Para mí la vida es Cristo y el morir una ganancia. Pero, si el vivir esta vida mortal me supone trabajo fructífero, no sé qué escoger. Me encuentro en esta alternativa: por un lado, deseo partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; pero, por otro, quedarme en esta vida veo que es más necesario para ustedes. Convencido de esto, siento que me quedaré y estaré al lado de ustedes, para su progreso en la alegría y en la fe, de modo que el orgullo que en Cristo Jesús sienten rebose cuando me encuentre de nuevo entre ustedes". El amor por todos, y el deseo de que cada uno sea bendecido por la obra redentora de Jesús, lo lanzaba al servicio, incluso por encima del deseo inmenso de disfrutar ya eterna e inmutablemente del amor salvador de Cristo en el cielo. Para quien vive el amor, la salvación de Jesús no es solo una meta deseable, añorada para disfrutar eternamente, sino que se conjuga perfectamente con el servicio debido a aquellos a los que se ama en Jesús.

La primacía la tienen entonces el amor y el servicio. Al punto que pasan a ocupar el primer lugar los hermanos a los que se debe servir. Así lo entendió Jesús. Si alguien tenía derecho de disfrutar de todas las prerrogativas y privilegios fue el Hijo de Dios que se encarnó por amor. Pero Él prefirió sucumbir al amor y al servicio. Él es nuestro modelo. Nos marca la pauta para entender cómo amar y cómo servir. La vida de los cristianos debe ser vida de amor y de servicio. En ello se nos debe ir la vida. Haber obtenido nuestra salvación por el regalo amoroso de Cristo es apenas el inicio de todo nuestro compromiso. No basta con ser salvados en el amor. Debemos demostrar que esa salvación nos ha transformado, nos ha hecho unirnos más a los demás, nos hace incluso responsables de su salvación. No es la categoría humana la que nos marcará. Será la categoría del servicio y del amor. Nuestro valor no se medirá nunca más por el prestigio personal, por las ganancias crematísticas, por los beneficios pasajeros, por el renombre o la fama. A la vista de Jesús nuestra categoría estará marcada por la cantidad de amor que vivamos por los hermanos y por la entrega a ellos en el servicio que les prestemos. El nombre, la fama, la riqueza, no importarán nada para ingresar al banquete celestial. No seremos reconocidos por nada de eso. Jesús mirará nuestro corazón y medirá el amor y el servicio que hayamos realizado: "Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que los convidó a ti y al otro, y te diga: 'Cédele el puesto a este'. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: 'Amigo, sube más arriba'. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido". La humillación que pide Jesús no es desprecio. Es humildad. Es la búsqueda de la vivencia del amor al hermano y el deseo de servirle con preferencia sobre sí mismo. A eso estamos llamados los cristianos. A un amor preferencial por Dios y por los hermanos y a un servicio que los coloque a cada uno incluso por encima de uno mismo.

viernes, 30 de octubre de 2020

Dios nos hace iguales a Él al hacernos amar como Él

 Fonte de Luz!: O PASSE.

No existe norma mayor que el amor. Más aún, podríamos afirmar que dar la categoría de norma al amor, aun cuando debe ser presentado así para una mejor comprensión, como lo hizo el mismo Jesús al ser consultado por el maestro de la ley sobre el mandamiento más importante, dada la innumerable cantidad de normas que azotaban a los judíos de la época, y por ello tuvo que hacerse eco de lo que ya había sido establecido desde el principio por Dios al presentar las leyes de sus mandamientos, en todo caso, debe ser entendido solo como una manera de hacer accesible la realidad mayor de la conducta humana. Afirmar que el amor es una norma, una ley, incluso definida así en las enseñanzas del gran maestro San Pablo que afirmó rotundamente que "Amar es cumplir la ley entera", traducido de otra manera como "La plenitud de la ley es el amor", no le da a la misma realidad del amor toda la justicia que debe tener. En primer lugar, el amor es la esencia de Dios. Y por ser su esencia, surge también desde su origen. "Todo amor viene de Dios", afirma San Juan, con lo cual queda establecido claramente que es imposible la existencia del amor fuera de Dios. No hay amor que no surja del corazón de Dios, pues Él es el origen de todo amor. Si llegara a existir el amor fuera de Dios, debe ser aceptado y afirmado que originalmente se ha dado porque ha surgido de Dios. Nadie puede amar, y tampoco puede existir el amor, fuera de Dios. La eternidad de vida de Dios se desarrolla siempre en la categoría de amor. Es una experiencia de su intimidad, en la cual se ha desarrollado eternamente y por la cual define su misma vida comunitaria. Dios se ama a sí mismo naturalmente, y así transcurre siempre su vida. Al haber creado, ese amor, siendo eterno y siempre el mismo, salió de sí hacia fuera y comenzó a ser riqueza de todo lo creado, sin dejar de ser suyo. Y dando un paso aún más dramático en esa salida, el amor divino devino en amor humano al hacerse propiedad de la humanidad. No dejó de ser amor de Dios, pues nunca dejará de ser divino, pero por esa generosidad extrema de Dios, se añadió al corazón del hombre, pasando a ser el regalo más grandioso que pudimos haber recibido jamás. Ese amor que era solo prerrogativa divina, pasó a ser prerrogativa también humana por concesión entrañable de quien es el amor, y nos lo hizo vivir como el tesoro más valioso que podemos poseer. Podríamos afirmar que la experiencia más dramática, por ser la de mayor entidad que hemos vivido, es el haber sido hechos capaces de amar como Dios ama, elevándonos así a lo más alto a lo que podemos llegar a ser. Ninguna de todas las otras cualidades que Dios ha concedido a los hombres tienen la fuerza poderosa de cambio y de riqueza del amor de Dios. El amor nos hace divinos, y nos coloca en la misma altura de la eternidad hermosa y deliciosa de Dios.

La experiencia del amor no es, por tanto, solo una norma que debe ser cumplida, sino la esencia que nos debe definir. Los cristianos no debemos amar porque sea una ley que haya que cumplir, sino porque es nuestra naturaleza. El cristiano es el hombre que ama, que existe por el amor y que sabe que mantendrá su vida solo en el amor. No amamos solo porque lo manda Dios, sino porque al ser el amor nuestra esencia vital, no podemos ni sabemos vivir de otra manera. Amar a Dios y amar a los hermanos no es una tarea que se debe cumplir, sino que es la forma natural de vida de quien se sabe viviendo en la cualidad y en la esencia más profunda de Dios. Para el cristiano no existe otra manera de vivir. Por eso amar a Dios y amar al prójimo, más que mandamientos, son vida propia. Se vive en el amor. Y ese amor da forma a todo: a la relación con Dios, con el cual vivimos su propia esencia de amor; y a la relación con los hermanos, con los cuales no tenemos otra forma de relación que la que da el amor que vivimos esencialmente. Vivir en el amor es la única manera de vivir. Por ello nos acercamos en ese amor a todos los demás: a los nuestros y a los que no son nuestros, a los que no pasan grandes necesidades y a los que sufren las más grandes penurias, a los que necesitan de nuestra cercanía y de nuestra solidaridad y a los que están bien. Es un amor que no excluye a nadie, como no lo hace el amor divino. Así lo reconoció San Pablo en aquellas primeras comunidades que empezaron a aceptar la realidad del amor divino: "Doy gracias a mi Dios cada vez que los recuerdo; siempre que rezo por todos ustedes, lo hago con gran alegría. Porque han sido colaboradores míos en la obra del Evangelio, desde el primer día hasta hoy. Esta es nuestra confianza: que el que ha inaugurado entre ustedes esta buena obra, la llevará adelante hasta el Día de Cristo Jesús. Esto que siento por ustedes está plenamente justificado: los llevo en el corazón, porque, tanto en la prisión como en mi defensa y prueba del Evangelio, todos comparten mi gracia. Testigo me es Dios del amor entrañable con que los quiero, en Cristo Jesús. Y esta es mi oración: que su amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores. Así llegarán al Día de Cristo limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús, para gloria y alabanza de Dios". La vivencia del amor está por encima de toda otra experiencia posible. Y es la que dará la base para toda la vida de la fe. No entender esta forma de vida del amor equivaldría a no entender la propia vida y a lo que nos llama el ser cristiano.

No comprender que el amor no es simplemente una norma, sino la vida misma, en la cual se marca todo la existencia, y que hace del cristiano un verdadero hijo de Dios, es no comprender nada. El amor une a Dios porque nos hace realmente iguales a Él. Si amamos, lo hacemos porque Dios está desde nosotros enriqueciéndonos con lo que Él es. Es imposible amar si Dios no está de por medio. El amor nos diviniza, haciéndonos vivir la esencia más profunda de Dios. Ciertamente todo lo que se refiere a Dios es grandioso. Él es el Dios todopoderoso, creador, omnisciente, eterno, omnipresente. Pero por encima de todo, en lo que se refiere a la relación personal y entrañable con nosotros sus criaturas, es el Dios Amor, que nos ha regalado su amor, que ha hecho que ese amor sea nuestro y que nos ha hecho similares a Él en esa capacidad grandiosa y entrañable de amar. Llegando al absurdo, podemos afirmar que lo más importante para cada uno de nosotros, por encima de su poder, de su eternidad, de su sabiduría infinita, es el amor que vive esencialmente y del cual nos ha hecho partícipes, haciéndonos los seres más felices del universo. Por eso, un verdadero cristiano no puede colocar jamás por encima del amor ninguna otra realidad. Así lo enseñó Jesús a aquellos que ponían el formalismo de la ley por encima del amor debido a los hermanos. Si Dios es el Dios del amor, poco le importa que haya normas excelentes, grandes avances humanos, pasos inusitados en los logros humanos, que se alcancen inmensas riquezas personales, que haya leyes muy bien estructuradas, que las naciones vayan alcanzando importantísimos avances en el progreso de los productos internos, si nada de esto está marcado por el verdadero amor. De ese modo se pueden estar logrando ingentes avances, pero el hombre puede estar perdiendo lo que más lo caracteriza, que es su propia humanidad, la experiencia del amor a Dios y a los demás: "Entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando. Había allí, delante de él, un hombre enfermo de hidropesía y tomando la palabra, dijo a los maestros de la ley y fariseos: '¿Es lícito curar los sábados, o no?' Ellos se quedaron callados. Jesús, tocando al enfermo, lo curó y lo despidió. Y a ellos les dijo: '¿A quién de ustedes se le cae al pozo el asno o el buey y no lo saca en seguida, aunque en día de sábado?' Y no pudieron replicar a esto". Lo formal nunca podrá estar por encima del amor. Es absurdo en la categoría divina. Nadie, ningún hombre, y mucho menos el más necesitado, está por encima del amor. Si no hay amor, no hay nada. Así debemos vivir los cristianos. Por encima de formalidades, por encima de leyes, por encima de añoranzas materiales personales, estará siempre el amor. Todo lo demás es absurdo, inhumano y vacío.

jueves, 29 de octubre de 2020

Si el demonio sigue ganando es porque nosotros le damos el poder

 LAS VOCES DE DIOS: UN PADRE DA SU VIDA PARA SALVAR A SU HIJO EN UN  ACCIDENTE DE AUTOMÓVIL

Desde el engaño del demonio, al que sucumbió torpemente la humanidad, en el mundo está planteada una lucha frontal. Desde aquel momento inicial, Dios anunció su enfrentamiento a la fuerza del mal que había embaucado al hombre, y lo había conquistado para él, pues aquella "derrota" divina no podía quedar como victoria del demonio. No era razonable que el autor de todo lo creado fuera vencido por uno que era su misma criatura. Ciertamente Dios había dado prerrogativas extraordinarias a esta criatura a la que había colocado por encima de todo. Junto a la creación espiritual, el demonio pertenecía a esos seres que eran incluso superiores a los hombres. El mismo salmista hace el reconocimiento de la superioridad de la realidad angelical cuando dice a Dios que al hombre "lo hiciste poco inferior a los ángeles". La rebeldía demoníaca fue terrible por cuanto era la rebeldía de aquel al que el mismo Dios había puesto por encima, dándole toda su confianza. El hecho de que el demonio hubiera sido puesto casi a la misma altura de Dios resultó en una traición mayúscula, por cuanto atrajo a sí a un innumerable ejército angelical, con el añadido más doloroso de la conquista de aquellos a los que había puesto como propietarios de todo lo que había creado materialmente, y había puesto en el centro de todo para que fueran los absolutos beneficiarios de todo. La batalla estaba planteada y era necesario que tanto el demonio como el hombre por él embaucado tomaran su decisión. Ya Dios había lanzado su decreto de conquista: "Pongo enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya. Un descendiente de Ella te pisará la cabeza, mientras tú le hieres el talón". No dejará de suceder este enfrentamiento, por cuanto la decisión de Dios es clara. Lamentablemente el demonio no tiene opción de dar marcha atrás a su pretensión. Su decisión es eterna e inmutable. Pero el hombre sí tiene la opción de volver a la fidelidad a Dios. Si se percata del engaño que ha sufrido, y más aún, si descubre y se deja conquistar por ese amor insistente, sin igual, entrañable y superior al que él puede sentir por sí mismo, siempre tendrá la opción de volver con gozo y esperanza a ser asumido de nuevo por Aquel que es la razón de su vida, su creador, su sustentador, quien lo quiere para sí por toda la eternidad. Lo que sucedió en el principio fue obra del demonio. Satanás no es más que Dios. Nunca lo será. Siempre será una criatura con mucho poder, pero jamás más que el que Dios tiene. Por eso nunca tendrá opción delante del poder de Dios. Solo seguirá teniendo el poder que le demos los mismos hombres, si nos empeñamos en seguir dejándonos engañar por él, como señor de la mentira. Ya su derrota ha sido absoluta en la Cruz de Cristo. Y solo seguirá haciendo daño si los hombres nos ponemos al servicio del mal que él seguirá procurando.

Esta experiencia del enfrentamiento con la fuerza del mal fue la que vivió Jesús y la que finalmente lo hizo sucumbir a su aparente derrota. El demonio se anotó uva "victoria", engañado él mismo en su soberbia, cuando llegó a creer que pudo tener más poder que Dios. Su vanidad lo llevó a su mayor equivocación. Su soberbia fue tal que jamás se imaginó que aquella supuesta estruendosa victoria que había obtenido devino en la peor de sus derrotas. Jesús, muriendo en la Cruz, le infligió la mayor humillación. Y esa victoria de Jesús pasó a ser victoria de todos nosotros, por cesión amorosa y entrañable del Señor. Aún así, sigue planteaba la lucha. Habiendo sido derrotado, el demonio sigue empeñado en embaucar a los que se dejen: "Busquen su fuerza en el Señor y en su invencible poder. Pónganse las armas de Dios, para poder afrontar las asechanzas del diablo, porque nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos del aire". La fuerza del poder que tiene el demonio ya no existe, por cuanto ha sido derrotado. Él solo tendrá la fuerza que nosotros mismos pongamos en sus manos. Podrá vencernos con nuestras mismas fuerzas. Es lo más tonto y sorprendente. Quien ya no tiene fuerzas, la tendrá solo si nosotros mismos se la damos. Por ello, lo que asegurará para nosotros poder seguir venciendo en Jesús, es mantenernos en una unión vital con Él, en la que seguiremos viviendo en la victoria amorosa que ha alcanzado para cada uno de nosotros, y la haremos cada vez más consciente en nosotros, asumiendo que será nuestra verdadera vida, nuestro sólido caminar, que desembocará en aquella eternidad plena y feliz a la que Él mismo son convoca y nos conduce cuando nos mantenemos unidos a su amor: "Por eso, tomen las armas de Dios para poder resistir en el día malo y manténganse firmes después de haber superado todas las pruebas. Estén firmes; ciñan la cintura con la verdad, y revistan la coraza de la justicia; calcen los pies con la prontitud para el evangelio de la paz. Embracen el escudo de la fe, donde se apagarán las flechas incendiarias del maligno. Pónganse el casco de la salvación y empuñen la espada del Espíritu que es la palabra de Dios". La promesa hecha por Dios desde el principio, cumplida gloriosamente en Jesús con su entrega a la muerte y su resurrección, es promesa de victoria. Ya no hay derrota posible para los hijos de Dios, a menos que se queden absurdamente en el servicio al que ya ha sido estruendosamente derrotado. Esa decisión sigue estando en las manos de los hombres. Dios seguirá siendo tremendamente respetuoso de la libertad que nos ha donado desde el principio.

Pero así mismo como respeta nuestra libertad, así también nos ama infinitamente, por encima de todo, muchísimo más de lo que nosotros mismos podemos llegar a amarnos. Nos quiere libres para Él, no para el demonio. Nos quiere libres para decidirnos a ser suyos, no del demonio. Nos quiere libres para que avancemos a nuestra plenitud, no para que nos hundamos en el lodazal que nos promete el demonio. Nos quiere libres para que lleguemos con su amor a la salvación que nos promete para la eternidad en la que viviremos la felicidad plena y no para la condenación en la eternidad y en la oscuridad y el dolor que nunca se acabará con Satanás. Por eso su empeño será siempre tenernos con Él. No cejará nunca en su empeño de tenernos. Por eso se enfrentará a cualquier fuerza contraria, con tal de ganarnos para Él: "'Herodes quiere matarte'. Jesús les dijo: 'Vayan y digan a ese zorro: 'Mira, yo arrojo demonios y realizo curaciones hoy y mañana, y al tercer día mi obra quedará consumada. Pero es necesario que camine hoy y mañana y pasado, porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén'. ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían! Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus polluelos bajo las alas, y no han querido. Miren, su casa va a ser abandonada. Les digo que no me verán hasta el día en que digan: '¡Bendito el que viene en nombre del Señor!'" Quien nos prometió desde el principio su acción para rescatarnos, no dejará de realizar lo que sea necesario para hacerlo. Su palabra es palabra empeñada, porque es palabra del Dios que nos ama por encima de todo. Nos creó para sí y no permitirá que ninguno de nosotros se pierda sin luchar por él. Si de algo podemos estar seguros todos es de que Dios nos ama, que desde el principio nos ha donado su amor para que sea siempre y exclusivamente nuestro, que nunca dejará de cumplir su empeño de que seamos suyos, que nos ha regalado nuestras capacidades superiores de inteligencia y voluntad y nos ha dotado de la plena libertad para que nos encaminemos hacia Él, que ha colocado como meta para cada uno de nosotros la eternidad en la que viviremos con Él haciéndonos uno como Él, que nuestra meta final es la felicidad absoluta y el amor sin igual. Todo lo lograremos dando los pasos necesarios aquí y ahora, en la experiencia sublime de su amor actual, de la fraternidad que nos enriquece, en la que ya tenemos el ensayo de lo que será aquella vida feliz en Dios, junto a todos los hermanos que también llegarán a la plenitud final junto a nosotros.

miércoles, 28 de octubre de 2020

Elegidos para los hermanos en el amor del Padre y en el amor de Jesús

 28 oct. 2017 San Simón y San Judas Tadeo - dominicos

La elección de los apóstoles para Jesús fue un momento clave de su acción pública. Pensar en un Jesús, que es Hijo de Dios, que es el enviando del Padre para llevar adelante una obra tan radical de rescate y de renovación, que hará la mayor demostración de amor y de poder jamás cumplida en la historia humana, que asumirá sobre sus espaldas por amor al hombre la acción de mayor dolor y sufrimiento a su favor, llevando todo esto adelante con la prerrogativa de ser Dios, todopoderoso y amoroso, haría pensar que no necesitaba de un apoyo extra fuera de lo que Él mismo podía realizar. Estrictamente hablando eso es cierto. Jesús es el Dios que todo lo puede y que en su obrar no tendría necesidad de más nada para cumplir su misión. Se bastaba a sí mismo para anunciar la llegada del Reino, para hacer la invitación a todos a seguirle y a aceptar su mensaje, para realizar los portentos que descubrieran el Dios que era e, incluso, para asumir la muerte humana con la que llevaba a culminación su tarea. En el colmo de esa afirmación de su suficiencia, Jesús no necesitaba de nada ni de nadie ni siquiera para aparecer en el mundo en carne humana, pues Él es el que lo posibilita todo, de quien surge todo, quien da el ser a todo. Hubiera podido aparecer en medio de los hombres portentosamente e iniciar su tarea con las más grandes maravillas que obnubilarían a todos y los convencerían inmediatamente de quién era. Pero en la experiencia del amor divino, habiendo realizado previamente su elección del hombre como su predilecto, habiéndolo bendecido con sus regalos maravillosos, dándole el mando sobre lo creado y encomendándole hacer un mundo mejor para todos, no era razonable que actuara sin contar con aquél al que había favorecido tanto. Su tarea, sí, era la conquista del hombre que se había alejado y su restitución total, colocándolo de nuevo en su lugar emblemático de origen, viviendo en el amor infinito que había recibido al principio. Pero esa misma condición de preferido sobre todo lo creado llamaba a una actuación distinta a la que podía ser entendida como apabullante de su parte. El amor al hombre lo llamaba a hacer entender ese amor, a que fuera recibido de nuevo como regalo de privilegio, a vivirlo como don maravilloso. No iba a ser, por lo tanto, solo una obra de imposición poderosa, sino la que implicaba su comprensión como don de amor en el que se contaba con el amado para que fuera vivida con la mayor intensidad y con el mayor compromiso. Un amor impuesto no compromete ni convence. El amor donado, teniendo el concurso del amado, siendo recibido con un corazón implicado y convencido, es mucho más sutil y comprometido. Por eso se entiende que habiendo podido hacer por sí mismo todo, lo quiso hacer implicando a sus amados para que vivieran intensamente ese amor concreto.

Por otro lado, en Jesús hay una condición esencial que jamás puede ser dejada a un lado. Él es igualmente Hijo. Es el Padre el que lo ha enviado a cumplir esa misión de salvación y Él la ha aceptado con responsabilidad. Siendo Dios, su encomienda es subordinada a la voluntad del Padre. Él es el Hijo amado eternamente que conducirá la obra de rescate: "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad". Por ser el Hijo de Dios, Dios Él mismo, mantiene una unión esencial, eterna e infaltable, con el Padre, por lo cual, en cierta manera, hace buena constantemente la concordia con la cual nunca dejan de vivir Ellos eternamente. Cuando toca iniciar la obra de anuncio de la llegada del Reino al mundo, con la firme decisión por amor de integrar a algunos hombres a su tarea inmensa de rescate, realiza el gesto de intimidad con Dios que nos descubre quién sigue siendo Jesús y cuánto aprecia esa unión divina que vive esencialmente: "Jesús salió al monte a orar y pasó la noche orando a Dios". Es impresionante y sobrecogedor contemplar al Hijo de Dios orando. Podríamos pensar que al ser el Él mismo Dios no necesita de hacer esta oración, pues su presencia delante del Padre es continua. Jesús nunca deja de estar en la presencia de Dios. Su unión como Santísima Trinidad es eterna. No hay un solo instante en el que Jesús no esté delante del Padre. Son muchas las ocasiones en el Evangelio en el que nos encontramos a Jesús en ese contacto de intimidad con el Padre. Es como el deseo que sostiene eternamente de vivir en ese amor que es esencial en ellos y que jamás dejará de vivirse de la manera más entrañable e íntima. Y lo vive aquí, especialmente en el momento en que va a dar su paso adelante al inicio de la tarea final de rescate del hombre. Jesús quiere elegir a aquellos que lo van a acompañar en su obra de salvación, pero quiere que el Padre esté presente emblemáticamente, pues es el momento central de su obra, y no quiere que el Padre se mantenga alejado del punto más importante de la historia de la humanidad: "Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió de entre ellos a doce, a los que también nombró apóstoles: Simón, al que puso de nombre Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Simón, llamado el Zelote; Judas el de Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor". Estaba presente el Padre en ese momento esencial. Él era el Hijo amado eternamente, enviado para salvar a las criaturas amadas, había convocado a esos que serían los suyos, y quería que estuvieran también cada uno en las manos del Padre, donde ya estaba Él eternamente.

Sobre ellos, elegidos en el amor, descansaría en el futuro llevar adelante a todos la noticia de la obra amorosa del Padre, cumplida por Jesús, que había aceptado la encomienda. La llevó a cumplimiento perfectamente desde el inicio cuando comenzó a transitar todos los caminos con el anuncio de la llegada del Reino, con sus mensajes de renovación, de fraternidad, de perdón, de solidaridad, con los portentos maravillosos en favor de los atormentados y atribulados, con la liberación de esclavitudes. Y en cada uno de esos pasos estaban cada uno de los elegidos, que posteriormente serán una bendición para todos los hombres que recibirán la inmensa cantidad de regalos de Dios a través de la obra de Jesús. Ellos serán instrumento para la salvación de todos los amados. Son amados en primer lugar y podríamos decir preferentemente pues han sido elegidos para ser instrumentos del amor. Esos elegidos se convierten, por voluntad directa del Hijo de Dios, en adalides de la salvación para todos. Sabiendo que el único Salvador es Jesús, que el único origen de todo es el mismo Padre que lo ha enviado, se colocan en la mejor disposición posible para poder hacer llegar a la salvación a todos los hermanos, amados ellos infinitamente por Dios: "Ya no son extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios. Están edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por Él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por Él también ustedes entran con ellos en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu". Los apóstoles han sido elegidos y enviados para hacer llegar la salvación a todos. Pero cada uno de los que hemos recibido su anuncio, somos a la vez hechos también anunciadores. Ninguno de nosotros, en este sentido, deja de ser también apóstol. Así como Jesús oró toda la noche al Padre al elegirlos para ser suyos, así ora también por nosotros para que seamos suyos, y nos convirtamos en sus apóstoles para hacer llegar la salvación a todos nuestros hermanos. No dejamos de tener nuestra responsabilidad concreta en la obra de Jesús. Como apóstoles amados por Él y por el Padre.

martes, 27 de octubre de 2020

Todo debe crecer hacia Dios, hacia el amor, hacia la eternidad

 Archidiócesis de Granada :: - “El grano creció, se hizo árbol y los pájaros  anidaron en sus ramas”

El objetivo de todo lo creado es el crecimiento. Es característica natural de lo creado el que crezca, que se desarrolle, que avance. La existencia no se detiene y da muestras continuas de ir hacia delante. Lo podemos constatar en los grandes avances que se han dado en las investigaciones sobre el cosmos que han ido surgiendo. Se ha comprobado que el universo entero está expandiéndose, que su crecimiento es indetenible, y que al parecer ese avance no se detendrá nunca, a menos que suceda una verdadera debacle cósmica que dé al traste con todo ello. Está claro, para quienes confesamos la fe en el Dios creador y sustentador de todo, que en su mente jamás estaba la posibilidad de que la creación tuviera un momento de estabilidad final en su existencia natural en el que su expansión dejara de darse. Si esto es una verdad incontestable en ese universo que escapa a nuestro total control, lo es con mayor razón en aquello que tiene que ver con nosotros mismos, con nuestra intimidad personal, con nuestra existencia humana y con mayor razón con nuestra existencia espiritual. Los hombres, cada uno de nosotros, estamos llamados a ser más, a crecer, a no contentarnos con mínimos reductivos que impidan esa finalidad que le ha impreso como cualidad esencial el Creador. Por ello, desde el principio para los hombres, sobre todo para los grandes primeros pensadores, la realidad es un eterno fluir, un constante movimiento, un avance sin detención. Y, por supuesto, en esa condición se encuentra en primer lugar el que es la razón de todo, por quien todo ha venido a ser, el hombre, al que Dios ha colocado como el primero de todas sus criaturas, y a quien ha colocado en el primer lugar de los poseedores de esa prerrogativa de movilidad y de crecimiento. Si todo crece y se desarrolla, en cierto modo lo hace, además de por su característica original divina, por el hombre que en su experiencia personal de vida que avanza siempre, atrae todo a esa realidad de superación de sí mismo. Todo crece porque el hombre crece. Por ello, todo debe ser mejor porque el hombre avanza en bondad. Esa es la esperanza que mueve a quien quiere ser fiel a Dios. Pero lamentablemente también es cierto que todo puede reducirse, ser menos, cuando el hombre se empeña en ser menos él mismo, cuando ilegítimamente se coloca como estorbo para que todo sea mejor y de esa manera se impida el progreso, el avance, el desarrollo de lo creado. No se trata solo de una consideración cualitativa o cuantitativa, de ser más o menos, de ser más grande o no, de ser mejor o peor, sino de avanzar en su cualidad más alta y emblemática de su condición humana, que es la relación con el que es su origen. 

El hombre será más grande en cuanto esté más unido a su Creador. Aunque los avances científicos sean indetenibles y cada vez mayores, aunque tenga mayores triunfos científicos, técnicos o tecnológicos, aunque domine cada vez más todo lo que ha sido puesto en sus manos, si no avanza en su conciencia de criatura, en el servicio a quien está muy por encima de él, en la unión fraterna y amorosa a todos los que son como él, todo será simplemente un avance constatado en una suma quizás muy valiosa de sus grandes logros, pero no se sumará a la condición que lo hará elevarse a lo más alto de su condición humana, que es en su relación con Dios. Será mucho más hombre, pero no llegará a ser más humano. Las enseñanzas de Jesús a los discípulos colocan a cada hombre en esta comprensión, cuando usando de las realidades naturales en medio de las cuales vive, les dicen que la misma naturaleza concuerda con aquel crecimiento que debe darse, para estar en concordancia con el deseo divino: "En aquel tiempo, decía Jesús: '¿A qué es semejante el reino de Dios o a qué lo compararé? Es semejante a un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su huerto; creció, se hizo un árbol y los pájaros del cielo anidaron en sus ramas'. Y dijo de nuevo: '¿A qué compararé el reino de Dios? Es semejante a la levadura que una mujer tomó y metió en tres medidas de harina, hasta que todo fermentó'". En este caso, el grano de mostaza y la levadura tienen un cometido concreto: crecer para dar vida, para servir a su propósito. Si el grano de mostaza o la levadura no crecen, o si crecen solo para un beneficio egoísta, han perdido su razón de existir. El grano de mostaza creció, dio frutos, sirvió de alimentos al hombre e incluso llegó a servir para acoger a las aves que anidaron en él. La levadura sirvió para hacer crecer la masa y servir de alimento sabroso para el hombre. En la misma cualidad debe moverse el hombre que ha sido colocado en el mundo por Dios. Es por ello que Jesús identifica el Reino de Dios con esos elementos que hacen lo que les corresponde. También el hombre debe hacer su parte. No puede dejar de hacerlo a riesgo de que deje de ser lo que debe ser, es decir, aquel que debe promover el crecimiento de sí mismo y de todo lo creado. De su crecimiento personal dependerá que todo lo demás crezca y se desarrolle. Y que todo haga lo que debe hacer en el seguimiento del objeto de vida que le ha colocado Dios.

En esta tarea de vida todo tiene su sentido y su objeto. Cada hombre y cada mujer tienen una indicación común que lo coloca en la primacía de acción. No es reductiva su acción por cuanto la individualidad que corresponde a cada uno no destruye su responsabilidad. El hombre y la mujer hacen la parte que le corresponde y en esa acción personal dan su aporte enriquecedor para el conjunto. Lo propio personal de cada uno es una suma que enaltece a lo general, y nunca lo empobrece. La acción personal es deseada por Dios. Nunca será una pobreza aportar lo propio, con tal de que ello siempre sirva para el enriquecimiento común. Así lo ha querido Dios, y así debe quererlo también cada hombre. No se trata de que cada uno sea exactamente igual al otro, sino de que sepan que su aporte beneficia a todos. La unión no significa unidad absoluta. La unión significa conjugación enriquecedora en la que todos son favorecidos. La unidad puede dañar si no apunta a la riqueza de todos. Por el contrario, la unión común puede devenir en la riqueza de todos si la diversidad favorece la expansión de cada uno y la del mundo que debe ser mejor para todos. Es una tarea delicada que corresponde al hombre y a la mujer. Nunca debe ser reductiva de la común dignidad de ambos, sino respetuosa de su diversidad, que al fin y al cabo es riqueza y jamás empobrecimiento. Al margen de consideraciones que puedan responder a condicionantes temporales o culturales, la riqueza que pueden aportar el hombre y la mujer en la creación de un mundo mejor debe ser incontestable: "Maridos, amen a sus mujeres como Cristo amó a su Iglesia: Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para presentársela gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son. Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo. 'Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne'. Es este un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia". La misma consideración de amor mutuo corresponde a ambos. El hombre y la mujer avanzan en la misma unión de amor, en la misma preocupación mutua, en el mismo deseo de entregarse mutuamente para darse luego ambos en el mismo amor al Dios que los ama por igual. Así como el hombre es cabeza de la mujer, la mujer es también cabeza del hombre. Ambos se encaminan al mismo amor, a la misma vida eterna, y ambos tienen en sus manos la misma ocupación divina de hacer un mundo mejor para ellos y para todos.