sábado, 31 de agosto de 2019

Mis talentos son para mis hermanos

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Dios creó al hombre en el sexto día de la creación. Fue el último en ser creado. Después que había llenado ya el universo entero de los demás seres, puso la guinda de su obra poniendo al hombre en el centro, y entregándole todo lo creado para que lo dominara y se sirviera racionalmente de ello. Así reza el libro del Génesis: "Cuando Dios creó al hombre, lo creó a su imagen; varón y mujer los creó, y les dio su bendición: 'Tengan muchos, muchos hijos; llenen el mundo y gobiérnenlo; dominen a los peces y a las aves, y a todos los animales que se arrastran'. Después les dijo: 'Miren, a ustedes les doy todas las plantas de la tierra que producen semilla, y todos los árboles que dan fruto. Todo eso les servirá de alimento. Pero a los animales salvajes, a los que se arrastran por el suelo y a las aves, les doy la hierba como alimento.' Así fue, y Dios vio que todo lo que había hecho estaba muy bien. De este modo se completó el sexto día". En ese designio creador, Dios estableció una sociedad perfecta entre los hombres, para lo cual tenían que ser ayuda adecuada unos para otros. La sociedad humana naciente, así, funcionaría con el aporte de cada uno. "Luego, Dios el Señor dijo: 'No es bueno que el hombre esté solo. Le voy a hacer alguien que sea una ayuda adecuada para él.'"

Dios creó al hombre libre, inteligente y con voluntad, capaz de amar. "A nuestra imagen y semejanza". Lo hizo "poco inferior a los ángeles", con lo cual puso en él cualidades divinas, inéditas en todos los demás seres de la creación. Por eso con el hombre, la creación alcanza su zenit, su punto más alto. El Señor había bordado su creación, derramando todo el amor de su corazón en el hombre, al cual ama por sí mismo, por encima de todos los demás seres de la creación, a los cuales ama en cuanto sirven al hombre. Para que esta obra llegara a su plenitud, deja al hombre la responsabilidad de seguir adelante. Aun cuando la creación es el reflejo concreto de la inmensidad y la belleza del mismo Dios, el hombre, hecho socio de Dios, es responsabilizado de mantener las cosas en el orden deseado por Dios. Para ello, el Señor da a cada uno los talentos, que son cualidades específicas que servirán a cada uno para lograr ese cometido. Se los da de acuerdo a las capacidades que tiene cada uno, de modo que no todos tendrán los mismos talentos ni servirán para lo mismo, pero sí tendrán que poner el máximo esfuerzo por colocar su capacidad en orden a lograr el bien común, para beneficiar a todos.

Ser siervo bueno y fiel del Señor es hacerse consciente de las propias cualidades, de los propios talentos con los cuales nos ha enriquecido el Señor, y ponerlos a funcionar, sin esconderlos ni inutilizarlos. Todos los tenemos y nadie puede aducir que no los posee. Es una cuestión de justicia, para con el Señor y los hermanos. Los talentos no son para beneficio personal o para un goce absurdamente egoísta. Son dones que nos ha regalado el Señor para ponerlos a producir en función de los demás. Toda la humanidad se enriquece con los talentos que nos han sido regalados. Sería muy deshonesto recibirlos, reconocerlos y no sentirnos responsables de hacer que todos los disfruten. Dios no nos ha dado sólo la vida, sino que se ha ocupado de que, a través del aporte de los mismos hombres, con la puesta en práctica de los talentos recibidos, la vida sea mejor para cada uno.

Pero así como es injusto no ponerlos a producir en beneficio de los hermanos, es igualmente injusto exigirlos a quien no los ha recibido o exigirlos en cantidad mayor a la recibida, o lo que es lo mismo, no se le pueden pedir peras al olmo. "No todos servimos para todo, pero todos servimos para algo". Exigir fuera de ese "algo" para el que servimos, no tiene sentido. Exigirle un bello canto al que es mudo, es absurdo. De igual manera exigir cien al que puede dar solo ochenta (en lo que sea), carece de sentido. Eso sí, es igualmente injusto exigir solo sesenta a quien puede dar cien. Sobre todas nuestras capacidades pesa la responsabilidad de querer el bien de los hermanos. Nunca podemos dejar a un lado este sentido de responsabilidad con el Dios que nos ha hecho socios suyos en la procura del bienestar general. Todos debemos responder al máximo en esta sociedad. Debemos dar lo mejor de nosotros y debemos exigírselo con justicia a todos, haciéndonos conscientes de que si alguien no hace las cosas como yo creo que deben ser hechas, no significa que no esté poniendo su mejor empeño en hacerlo. No todos tenemos las mismas capacidades. Decía Gabriel García Márquez, respecto al amor: "El que alguien no te ame como tú quieras que te ame, no significa que no te esté amando con todo su corazón".

Ser siervo negligente y holgazán es echar en saco roto las exigencias que conlleva el ser enriquecido con los talentos. Es haber perdido el sentido de la propia existencia. Es no actuar con la justicia de quien se debería sentir responsable de las riquezas que ha recibido pero sólo en función del beneficio de los hermanos. Es defraudar la confianza del Creador, que te ha hecho socio suyo, elevándote infinitamente de categoría, y para ello se hace además Providente para ti mismo y, a través de ti, para los demás. Por eso, por deshonesto, por injusto, por defraudador, merece el castigo eterno. "Y a ese siervo inútil échenlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes..."

viernes, 30 de agosto de 2019

Rosa de Lima, de Perú, de América

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Santa Rosa de Lima, Santa Rosita, como se le conoce popularmente en Lima, es la gran santa de América. Es la primicia de los frutos de santidad de la América colonial, canonizada muy tempranamente, en el año 1671. La representante más alta de los frutos que iba dando la fe cristiana en las tierras del Nuevo Mundo. Coincide en su tiempo con otros grandes santos que pisaron tierras limeñas: el gran San Martín  de Porras, humilde y sencillo, esclavo liberto que con su inocencia y familiaridad con Cristo también es muestra de la santidad transparente y casi bellamente infantil; el obispo español Santo Toribio de Mogrovejo, insigne pastor de la inmensa Diócesis de Lima que para ese tiempo abarcaba más de la mitad de América del Sur; el misionero español San Juan Macías, incansable predicador de Jesús y de su amor por todos, especialmente por los más desplazados de la sociedad; y el otro gran misionero español de América del Sur, San Francisco Solano, entregado a los indios de toda la región. A ellos se añade la esclava negra Úrsula de Jesús, cuya causa está aún en proceso, pero de cuya santidad nadie duda.

Santa Rosa de Lima es la primera de la larga lista de bienaventurados peruanos y americanos. Y se ha ganado ese sitial en muy buena lid, no por gusto propio, por cuanto la humildad es la virtud que más destaca en ella, pero sí con suficientes méritos demostrados durante su vida entera. Su elección personal ha sido el seguimiento sencillo y escondido de Jesús. Puede decir junto a San Pablo, con todas las de la ley: "Todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor". Para Rosita no existía realidad más importante que Jesús, al punto que llegó a celebrar sus propias nupcias místicas con Jesús, su Esposo amado.

Su itinerario espiritual es realmente impresionante. No tiene nada que envidiar a los grandes místicos occidentales, realmente maestros de la época de oro española, tales como Teresa de Jesús y Juan de La Cruz. Si Santa Teresa habla de su itinerario espiritual como de un Castillo Interior, en el cual se van conquistando sus distintas Moradas, Santa Rosa habla de la Escala Mística, que es igualmente un itinerario de ascenso a la contemplación, en la cual se va ascendiendo en cada escalón conquistado, hasta llegar a la cima. La meta es la unión sublime y espiritual con Jesús, el gran consuelo del alma contemplativa. Aun cuando Santa Rosa no llegó a ser religiosa estrictamente hablando, fue una laica consagrada como Terciaria Dominica, que llevó un itinerario espiritual riquísimo, en medio de los avatares del mundo. Por ello es modelo para los laicos que quieren seguir también el itinerario de ascenso hacia el Jesús de la Misericordia y del Amor infinito.

Su vida espiritual, aun siendo de apartamiento del mundo para mejor relacionarse íntimamente con Jesús, fue desarrollada también mediante el contacto cotidiano con la gente, principalmente con los más humildes y pobres de la sociedad limeña. La contemplación en ningún caso la hizo apartarse de la realidad que la circundaba. Se dolía de la situación de los más pobres y desplazados de la sociedad de entonces, buscando ayudar a mitigar un tanto su postración. La contemplación de Jesús en el contacto místico desembocaba en la visión concreta de Jesús en los pobres. "Cada vez que lo hicieron con uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron", dijo Jesús. Y eso lo entendió perfectamente Rosa. "Tocar la carne de Cristo en la carne de los pobres", a decir del Papa Francisco. Eso hizo Santa Rosa de Lima.

Celebrar a Santa Rosita es celebrar la santidad que se vive en América Latina. Es asumir que esa posibilidad siempre está presente en todos nosotros. Que para ser santos basta poner la vida en las manos de Dios y dejar que Él sea quien escriba en el cuaderno de nuestras vidas. Es dejar a un lado todas las pretensiones personalistas, todas las vanidades, todas las falsas seguridades basadas en sí mismo, y asumir la sencillez de vida como norma, aceptando que sea Jesús el que dicte las pautas. Es ascender por la escala mística que propone Santa Rosa de Lima para subir a la altura donde se encuentra Jesús, sin despegar los pies de la realidad propia y manteniendo el corazón añorante de vida eterna feliz cobijando en él a todos los hermanos que tenemos alrededor, principalmente los más necesitados y desplazados. Que Santa Rosa sea, hoy y siempre, intercesora especial y modelo ideal de santidad para todos nosotros.

jueves, 29 de agosto de 2019

Si mueres por la Verdad, vives

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La vida de Juan Bautista fue toda ella un servicio permanente a la Verdad. Él era la "Voz que clama en el desierto, preparen el camino al Señor". Su servicio a la Verdad pasaba por el servicio a Jesús, preparando rutas para que Él llegara a los corazones de los hombres. Él tenía muy clara su misión, pues aun cuando había adquirido una fama inusitada en medio del pueblo, se sabía simplemente servidor del que era la Luz. "Yo no soy digno siquiera de desatarle la sandalia". Su conciencia de servidor estaba totalmente clara. "Es necesario que Él suba y que yo descienda". Cuando vio venir a Jesús, lo reconoció inmediatamente: "Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo". La conversión que él promovía entre sus seguidores tenía como finalidad que reconocieran al Mesías, al que venía a salvar a la humanidad. No buscaba aprovecharse de su fama, con lo cual seguramente le hubiera ido muy bien, sino que, con toda su humildad, supo ocupar el lugar que le correspondía.

Se enfrentó a Herodes a causa del adulterio de éste, enrostrándole su pecado. Sobre su cabeza pendía el castigo funesto reservado a quienes se atreven a enfrentar al Rey. Así como ha reconocido a Jesús como el Mesías prometido, también reconoce al pecador empedernido. Y con valentía, apoyado en la Verdad, denuncia lo que es inmoral sin importar quién es el denunciado. Herodes sabe muy bien que la denuncia de Juan Bautista es absolutamente real, y por ello, conociendo al Bautista y sabiendo su propia condición, a pesar de mantenerlo prisionero muestra su respeto hacia él.

La Verdad que proclama y defiende Juan  Bautista, no es una verdad acomodaticia, que puede ser disfrazada a conveniencia. Es el mismo Jesús, Camino, Verdad y Vida. Es una Verdad diáfana, sin recovecos ni oscuridades. Es luminosa y salvífica, por cuanto quiere ser salvación y amor para todos. Aun cuando resulte incómoda y deje al desnudo la propia maldad, es simultáneamente invitación a la conversión para emprender un nuevo camino, que sea liberador y conduzca a la salvación. Quien la acepta transforma su vida y la coloca bajo la Luz de Jesús, que la ilumina y la purifica.

Herodes queda desnudo ante Juan Bautista. La mujer causa del pecado urde astutamente su plan para eliminar a quien denuncia con la Verdad en la mano. El mal no puede quedar satisfecho cuando se ve vencido. Es creativo. Y apenas tiene la oportunidad, lanza su garra para arrebatar vidas, si es necesario. Actúa con una pretensión absurda: eliminar al que anuncia la Verdad, elimina la Verdad que me incomoda. Matar a Juan Bautista elimina la propia situación de pecado y de adulterio... Esconder la Verdad en un asesinato hace que la Verdad deje de ser Verdad... Es tremendo el absurdo en que se cae. Pero así se actúa.

Quien decide servir a la Verdad puede morir, como Juan Bautista. Pero Jesús nos invita a no tener miedo a quien puede matar nuestro cuerpo, sino al que puede matar cuerpo y alma. Si muere solo el cuerpo por servir a la Verdad, se está obteniendo la Vida. Morir por la Verdad es ganar la Vida. Mientras que conocer la Verdad y no servirla, disfrazarla u ocultarla, acarrea muerte eterna. No podemos desear solo vivir. Debemos desear vivir bien. Sirviendo a la Vida, a la Justicia, a la Verdad. Esa es la verdadera Vida...

martes, 27 de agosto de 2019

Justos, misericordiosos, fieles y transparentes

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Los encuentros de Jesús con los fariseos son terribles. Más bien se podría hablar de desencuentros. Jesús no guarda epítetos negativos contra ellos. Habían desviado totalmente su práctica religiosa, colocándola a su conveniencia siempre, de modo de poder sacar el mayor provecho personal posible. Su mira la habían tornado hacia la búsqueda de prebendas, de dominio sobre los otros y el abuso de poder, usando un arma tan baja como el infundir terror por medio de las cargas "espirituales", con manipulaciones y amenazas de castigos. La senda que habían tomado en el tiempo de Jesús era absolutamente contraria a la que dictaban sus orígenes. La secta de los fariseos había nacido en medio de la religión judía como una especie de "reforma" espiritual profunda que perseguía retomar la pureza de la fe y la rectitud en el obrar de sus seguidores. "Fariseo", traducido literalmente al español, significa "Santo", "Puro". Y esa era la ruta que querían seguir en su raíz, la de la santidad y la pureza. Pero, lamentablemente, sucedió lo que ha sucedido durante toda la historia. El "sabor" del poder y de la riqueza, cuando no se está interiormente sólido para saber administrarlos, obnubilan la mente y el corazón. Era muy "sabroso" dominar a los débiles y, sumado a ese dominio, aprovecharse de ellos para acrecentar los caudales propios.

Por supuesto, Jesús despreciaba en los más profundo de su ser esta conducta. Ante la pretensión de dominio y de aprovechamiento de los fariseos, sentía el impulso de poner en evidencia la mala práctica de ellos, saliendo en defensa de los miembros débiles y fieles del judaísmo. Les echa en cara su hipocresía, su falta de pureza interior, su maquiavelismo extremo, su falsedad, su ceguera espiritual. Y por encima de todo la ausencia total en ellos de justicia, de misericordia, de fidelidad y de transparencia. Se podía decir que en los personajes del fariseísmo está concentrada toda la maldad de la humanidad, denunciada por Jesús. Esta denuncia de Jesús se repite sonoramente también en nuestros días contra los nuevos fariseísmos, algunos más sutiles y refinados, demostrando la creatividad con la cual actúa siempre el mal... 

Jesús denuncia la falta de justicia de los fariseos. La justicia es la virtud que nos inclina a dar a cada uno lo que le corresponde. A los líderes religiosos y políticos, como lo eran los fariseos, les correspondía dar a su pueblo fiel y creyente su guía como pastores y responsables. Les correspondía conducir al pueblo por los caminos de la fidelidad a Dios, principalmente con el propio testimonio. Debían estar al servicio de ellos y no ponerlos a su servicio como esclavos dominados y explotados. Y hacían todo lo contrario. Lo "justo" para ellos era aprovecharse del pueblo, abusando de su poder y esquilándolo como ovejas.

Jesús denuncia la falta de misericordia de los fariseos. La misericordia es la empatía total con el que sufre. Literalmente es "tener un corazón que se duele de la miseria del otro". Los fariseos tenían una falta total de misericordia, por cuanto por encima del que sufre, del que está enfermo, del oprimido, estaba el cumplimiento de la ley, en un empeño de despersonalizar totalmente los deseos de Dios de salvar al hombre por amor, y colocando falsamente la salvación en el cumplimiento vacío de normas y restricciones. Para ellos no es el hombre el centro de la fe sino el cumplimiento estricto de una ley vacía y dura.

Jesús denuncia la falta de fidelidad de los fariseos. Su fidelidad la debían solo al logro de sus objetivos ruines y bajos. Todo se hacía con tal de sacar siempre el mayor provecho personal posible. La fidelidad a Dios y a la religión que exigían a los demás, pasaba antes por los beneficios que se obtendrían, perfectamente calculados previamente por ellos. No había en ellos fidelidad a Dios, ni a la ley, ni a pueblo al que debían servir. La única fidelidad que los motivaba era a sus ansias de poder y de riquezas.

Jesús denuncia la falta de transparencia de los fariseos. Eran "sepulcros blanqueados", con una bella fachada que escondía la podredumbre de la carroña interior. Por eso critica el limpiar el vaso solo por fuera y no por dentro. Los fariseos tenían una presentación externa impecable pero por dentro eran totalmente impuros y sucios. El perfume exterior ocultaba el hedor de la impureza interior.

Es terrible la situación de los fariseos. Ante Jesús y ante su pueblo estaba muy comprometida su salvación. Por unas prebendas pasajeras y raquíticas ponían en riesgo su felicidad eterna. Contra ello iba directamente Jesús. Y en eso, con toda seguridad, Jesús no ha cambiado. Es buena ocasión de preguntarnos si pertenecemos al grupo de los modernos fariseos, o si somos de los que quieren ser de verdad de Jesús, viviendo la justicia, la misericordia, la fidelidad y siendo transparentes ante nuestro Dios y ante nuestros hermanos...

lunes, 26 de agosto de 2019

Para ser felices aquí y en la eternidad

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San Pablo alaba a los tesalonicenses de esta manera: "Tenemos presente delante de Dios, nuestro Padre, cómo ustedes han manifestado su fe con obras, su amor con fatigas y su esperanza en nuestro Señor Jesucristo con una firme constancia". La dos cartas de San Pablo a los tesalonicenses son probablemente los dos primeros escritos de todo el Nuevo Testamento. Es muy significativo que Pablo haga esta alabanza a estos cristianos primitivos, por cuanto la vivencia de las tres virtudes teologales son quizás el mejor índice para reflejar la propia experiencia cristiana. A decir de San Pablo, la comunidad de los tesalonicenses era ejemplar en la vivencia de ellas, al punto de que estaba continuamente en la mente del mismo Pablo. Y es que el cristianismo no tiene un desarrollo sólido si no se da a la par con el desarrollo de estas virtudes.

"Ustedes han manifestado su fe con obras". Pablo alaba la fe y las obras de los tesalonicenses. Viniendo de Pablo esto es tremendamente importante, por cuanto es el mismo apóstol el que afirma en la Carta a los Romanos que la salvación viene por la fe, no por las obras de la Ley. Tendemos a despreciar las obras basándonos en esa afirmación de San Pablo. Esto que dice a la comunidad a la que escribe pone las cosas en su lugar. Es cierto que es la fe la que nos salva, pero es también cierto que ella debe ser reflejada de algún modo. Y ese modo es con las obras. Lo entendió perfectamente el apóstol Santiago, quien en su carta, reta: "Muéstrame tu fe sin obras, que yo por mis obras te mostraré mi fe". Las obras, por sí mismas, vacías de contenido, no son nada. Pero si surgen de una vivencia profunda y comprometida de la fe, de quien está íntimamente unido a Jesús Salvador y Redentor, son salvíficas para sí mismo y para quienes las reciben.

"Ustedes han manifestado su amor con fatigas". El amor no descansa. Quien ama busca por todos los medios el bien del amado. Y lo hace sin sosiego, pues el bien no puede esperar. El momento de hacer el bien es ya, es ahora. Los hermanos en el mundo no tienen turno para esperar el amor. Por eso no podemos pretender aplazar las obras del amor. Quien entiende que debe amar no se da tiempo para el descanso. La Madre Santa Teresa de Calcuta afirmaba: "Ya habrá tiempo de descansar en la eternidad". Lo de ella era amar, en cualquier momento, desde la primera hora, sin dar turnos en su corazón. Así era la experiencia de los tesalonicenses. Buscar el bien del otro y querer hacer felices a los hermanos es la marca de quien ama. Y lo hace sin instancias temporales. Comprender esto es comprender lo que está en el sustrato de la vida cristiana. Nuestra competencia debe ser por demostrar quién ama más, a tiempo y a destiempo.

"Ustedes han manifestado su esperanza en nuestro Señor Jesucristo con una firme constancia". La esperanza es lo que sostiene la vida de los cristianos en su vida cotidiana. Todo lo que hacemos en pro del bien y del amor, todo lo que construimos en nuestra tierra, fundados en la fe y en el amor, apunta a una experiencia futura que se añora. Hacemos el bien, vivimos en le fe, nos conducimos por el amor, no simplemente por perseguir una meta temporal actual. Eso apunta a algo superior. Está bien sentir la satisfacción del bien hecho, fundarse en la fe para estar sólidos en la vida del día a día, amar de tal manera de dejarse conducir siempre por el bien al que me lanza el amor. Pero mejor si todo esto tiene un sabor de eternidad. Hacer el bien, amar, tener fe, será más compensador si está motivado por la añoranza de llegar al cielo, a la eternidad feliz junto al Padre. Se trata de perseguir la meta final con ilusión y ansias de eternidad. No nos deja esto únicamente en el disfrute de lo temporal y lo inmanente, sino que nos hace esperar con añoranza ese futuro de eternidad en el que "veremos cara a cara y conoceremos como somos conocidos".

Ojalá que la alabanza de Pablo a los tesalonicenses pueda repetirla de nosotros y de nuestras comunidades. Si así fuera, estaríamos basando nuestras vidas en las experiencias más sólidas que podemos perseguir los cristianos: Vivir las virtudes teologales, dejar que tengan expresión cotidiana en nuestras vidas, dar testimonio de ellas delante de todos, y usarlas como el trampolín que nos hará llegar a la eternidad feliz junto a Dios nuestro Padre.

sábado, 24 de agosto de 2019

Una puerta demasiado estrecha... Y una puerta demasiado ancha...

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La pregunta que le hace ese curioso a Jesús es tremenda: "Señor, ¿serán pocos los que se salven?" Y la respuesta de Jesús no lo es menos: "Esfuércense en entrar por la puerta estrecha. Les digo que muchos intentarán entrar y no podrán". Pero, ¿qué es eso de la puerta estrecha? Si hay una puerta estrecha quiere decir que existe una puerta ancha por la que también se puede ir. Y así es. En el camino de nuestra vida existen siempre dos puertas, dos caminos por el que podemos transitar. 

Una es la ancha, la del camino fácil. Significa la vida holgada, suave, sin complicaciones ni compromisos con nadie sino consigo mismo. Es la vida de quien todo lo quiere fácil, sin esforzarse para nada. La del que que solo va en busca de sí mismo y de sus complacencias. Persigue que todos lo reconozcan, le rindan pleitesía y honores, tener el dominio sobre muchos. Procura siempre vivir los máximos placeres en todos los órdenes de su vida, sin importar cómo obtenerlos. Centra su vida en la acumulación de riquezas cada vez mayores, sea como sea, aunque los métodos no sean los más honestos, y aunque no las obtenga, gasta su vida entera en perseguir esa meta. Es el egoísmo y la soberbia exacerbados.

La otra puerta es la estrecha, a la que hace referencia Jesús. Es una puerta que se basa en la asunción del compromiso cristiano real, que exige crecer en el amor hacia Dios y hacia los hermanos, en entender que la vida es un continuo responder a la llamada a ser más hombre, no porque se tenga más prestigio o más riquezas o porque se experimenten más placeres, sino porque se cultiva más el dominio de sí, la inteligencia y la voluntad, el ejercicio de la verdadera libertad, la cercanía y la solidaridad con el hermano más necesitado. No se debe entender como un camino de negación, como lamentablemente lo pintan los que pretenden ridiculizarlo. Es más bien el de la más grande afirmación, por cuanto es el camino del verdadero desarrollo humano y cristiano. No hay mayor afirmación de sí mismo que el continuo crecimiento en valores personales y en virtudes humanas y cristianas.

Nuestros tiempos, lamentablemente, no nos facilitan para nada la comprensión de esta invitación de Jesús. Todo lo presentan superficial, y la falta de compromiso la revisten tan hermosamente de "libertad", que muchos son atraídos por ese camino. Es más feliz quien más se desentiende de las cosas serias de la vida, el que tiene que hacer menos esfuerzos. Y quien se empeña en esforzarse por elevar su condición humana, asumiendo compromisos duraderos y estables, es un tonto que se ha esclavizado. La libertad se entiende como "hacer lo que me da la gana", cuando realmente es "hacer lo que tengo que hacer porque me da la gana". Es la asunción seria y responsable de los compromisos vitales que me harán mejor persona y mejor cristiano.

La exigencia no deshumaniza. Deshumaniza la falta de exigencia. Quien me exige, me quiere bien. Quien no me exige no me hace ningún favor. Cuando Jesús me invita a esforzarme en entrar por la puerta estrecha, en cierto modo me está invitando también a acercarme a quien me exige y a alejarme de quien me contamina con su falta de compromiso. La Carta a los Hebreos tiene una sentencia que ilumina muy bien al respecto: "Hijo mío, no rechaces el castigo del Señor, no te enfades por su reprensión; porque el Señor reprende a los que ama y castiga a sus hijos preferidos. Acepten la corrección, porque Dios los trata como a hijos, pues, ¿qué padre no corrige a sus hijos?"

La pregunta, así, tiene sentido. ¿Serán pocos los que se salven? Si para salvarse hay que esforzarse por ser más exigente consigo mismos, el camino que llevamos muchos nos pondrá cada vez más lejos de la salvación. Se trata, por tanto, de tener la mira larga. De apuntar al fin y no sólo al ahora. La salvación es un camino a largo plazo que hay que emprender de inmediato. Y es un camino lleno de plenitud y de satisfacciones, pues es el ir alcanzando metas progresivamente, hasta llegar a la meta final deseada, la salvación eterna...

Y los dos se "piropearon"

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Es muy hermoso el encuentro de Jesús con Natanael, el apóstol San Bartolomé. Sirve el apóstol Felipe de mediador, quien entusiasmado y lleno de alegría y esperanza, habla con su amigo y le comenta el gran descubrimiento que habían hecho: "Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret". Al oír Nazaret, tierra generalmente despreciada por los israelitas, la reacción de Natanel es lógica: "¿De Nazaret puede salir algo bueno?" La invitación de Felipe es determinante: "Ven y verás". Natanael debe comprobarlo por sí mismo, ¡Claro que de Nazaret puede salir algo bueno! ¡Nada más y nada menos ha salido el Mesías esperado y añorado por Israel...! Y se lo prueba Jesús con el primer piropo que aparece en este diálogo: "Ahí tienen ustedes a un israelita de verdad, en quien no hay engaño". Jesús reconoce la transparencia de Natanael, su nitidez, su ausencia de rebuscamientos. Estas palabras de Jesús sorprenden a Natanael, quien luego de que Jesús le descubre que estaba bajo la encina recostado, queda aún más sorprendido. Y no puede menos que lanzar también su piropo hacia Jesús: "Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel". Ambos personajes se piropean mutuamente. Y así, se reconocen en lo que es cada uno, en su más profunda identidad.

Muchos detalles hermosos tiene esta descripción. La presencia de Felipe como mediador para que se diera ese encuentro. Apenas elegido como apóstol de Jesús, ya ejerce su tarea, llevando al encuentro de Jesús a su amigo. Además, la sinceridad total de Natanael, que nos enseña a todos lo que le gusta más a Jesús, que es la transparencia sin doblez, sin rebuscamiento. El reconocimiento de Jesús de esa figura límpida de Natanael, que lo hace tener la capacidad para ser su discípulo fiel. La confesión de fe que hace Natanael, reconociendo a Jesús como el Mesías esperado por Israel. El anuncio final de Jesús a los discípulos: "Verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre", adelantándoles la experiencia de gloria de la que serán testigos.

Bartolomé pasó a formar parte del grupo de privilegiados de Jesús. Pensar en la vida de los apóstoles durante esos tres años de convivencia con Jesús es imaginarse las mejores experiencias vividas jamás por alguien y añorarlas para sí mismo. Solo pensar en que cada uno de ellos fue testigo de todas y cada una de las maravillas que realizó Jesús, de todos y cada uno de sus portentos, de todos y cada uno de sus milagros, hace añorar esa vida. Ellos vieron cómo Jesús curaba enfermos, limpiaba la piel de los leprosos, le daba la vista a los ciegos, curaba la parálisis de los tullidos. Ellos fueron testigos de cómo Jesús calmaba las tormentas y caminaba naturalmente sobre las aguas. Disfrutaron del pan que fue multiplicado de apenas cinco para calmar el hambre a miles. Vieron cómo Jesús volvía a la vida al hijo de la viuda de Naím y a su gran amigo, Lázaro. Ellos escucharon todas las palabras de Jesús que invitaban al amor, a la vida en el Reino de los cielos, a la fraternidad y a la solidaridad con todos. Ellos percibieron y presenciaron realmente la gloria de Dios en toda esas acciones, tal como se los había vaticinado Jesús. Y fueron también testigos de la gloria final, que los terminó de conquistar definitivamente, cuando vieron al Maestro morir en la Cruz, resurgir triunfante de la muerte y ascender como Rey universal a los cielos de donde había venido.

¿Cómo no añorar esta vida para uno mismo? Ellos fueron conquistados por ese Jesús maravilloso, único, revelador de la gloria de Dios. Por eso fueron capaces de asumir con tanta gallardía la tarea que Jesús les encomendó, de anunciar el Evangelio a toda la creación, teniendo el cumplimiento de la misión y la salvación de todos los hombres en mayor aprecio que la propia vida. Bartolomé entregó su vida de una manera muy cruenta. Se dice que murió desollado, es decir le quitaron la piel, muriendo desangrado. Aquel que fue alabado por Jesús como un israelita a carta cabal, en el cual no había doblez, entregó hasta su último suspiro y hasta la última gota de sangre por aquel al que reconoció como el Hijo de Dios, el Rey de Israel desde el principio.

Añoremos esta vida también para nosotros. Ojalá tengamos siempre la buena disposición de piropear a Jesús, reconociéndolo también como nuestro Dios y Señor, como el Hijo de Dios que ha venido a nosotros y se ha entregado por amor para salvarnos. Y que al final, el mismo Jesús nos reconozca a cada uno como auténticos, transparentes, sin dobleces. Y nos considere dignos de acompañar a sus apóstoles en la gloria eterna, junto a Él.

viernes, 23 de agosto de 2019

Si amas, nunca actuarás contra el amor

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"Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo". Esta fue la respuesta de Jesús a la pregunta que le hizo el fariseo sobre el mandamiento principal de la Ley. Bastaría esto para que le quedase claro al fariseo que lo demás es añadidura. Para un exacerbado por la Ley, como lo eran los fariseos, esto podía ser demasiado simplista. A veces nos gusta que "nos compliquen la vida". Y estamos más pendientes de lo normativo que de la vivencia del amor. Es como si quisiéramos recargar la responsabilidad de nuestra propia santidad en el cumplimiento formal de obligaciones, en llevar cargas externas, y no en la exigencia que implica profunda e íntimamente el amor. "Que me hagan santo las cosas que hago, y no yo viviendo el amor, que me exige más..."

La identidad del cristiano no le viene de fuera. No es el vestido de cristiano lo que nos hace cristianos. Es mi esencia profunda, mi ser interior, lo que llevo en lo más intimo de mi corazón y de mi mente, lo que expresa más claramente lo que soy. No soy lo que aparento, sino lo que sale de mí auténticamente. "De la abundancia del corazón habla la boca". Estamos demasiado acostumbrados a "escondernos" tras lo que hacemos, para que crean que somos eso, aun cuando muchas veces sabemos bien que estamos muy lejos de ser lo que reflejan nuestras obras. Está bien hacer buenas obras. Y hay que procurar que sean siempre más y mejores. Pero mucho mejor si salen de un corazón que está implicado radicalmente en el amor y en la bondad y reflejan con transparencia mi interior.

Para el fariseo, y para sus muchos seguidores hoy y siempre, no importa lo que se es, sino lo que se hace. Es una pretensión que absurdamente persigue construir un mundo bueno sin importar si las personas son buenas. Y, ciertamente, sobre personas que no son buenas, no se podrá construir jamás un mundo mejor, aunque sus obras sean buenas. Detrás de ellas siempre habrá una intención oculta, personalista, egoísta, dañina. Tarde o temprano explotará la realidad. Y vendrá la debacle. La bondad se sustentará únicamente sobra la base de personas buenas.

La sencillez de la respuesta de Jesús al fariseo no lo hace menos exigente. Por el contrario, es lo más comprometedor que existe. Más que a la normativa, a lo mandado, a los permisos, a las prohibiciones, Jesús apunta al corazón, a las intenciones más profundas, a lo que debe motivar y estar en la base de cualquier normativa. Es el amor que se debe vivir y que es la puerta para que todo lo que salga del hombre sea bueno. Por eso, la conclusión de este diálogo de Jesús con el fariseo es determinante: "Estos dos mandamientos sostiene la Ley entera y los profeta". Es decir, todo lo demás es adorno, y quedará vacío, si no está basado en el amor. Pero si basas tu ser, si te dejas llevar siempre por el amor, todo, absolutamente todo lo que hagas, tendrá sentido y será siempre bueno. Quien ama de verdad y vive realmente en el amor, nunca podrá actuar en contra del amor. Por lo tanto, jamás hará algo malo.

Quien ama a Dios con la profundidad que resume Jesús, nunca podrá hacer algo contrario a lo que dicte ese amor. Todo el corazón, toda la mente, todo el ser, jamás se podrán poner en contra de Dios, pues sería una absurda negación de sí mismo. Sería prácticamente la desaparición del ser. Y quien ama a su prójimo como a sí mismo, como lo dice Jesús, no necesita que le digan lo que es bueno y lo que es malo, pues lo experimenta en su propio ser, y por lo tanto, se cuidará muy bien de hacerse daño a sí mismo. Cualquier normativa que surja de esta base siempre será buena. Y cualquier acción que surja de un corazón que ame con esta calidad, será siempre algo bueno. Esta es la plenitud. Lo resumió San Pablo magistralmente: "La perfección de la Ley es el amor". Avancemos hacia esa vivencia del amor, y seremos libres para amar y para hacer el bien con alegría.

miércoles, 21 de agosto de 2019

Elegir al peor

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La fábula que relata Yotán cuando Israel decide elegir un rey que dirija su destino, con lo cual, en cierta manera, manifestaba su desprecio hacia Yahvé, su único Rey, deja al desnudo al espíritu humano. Hay varias consideraciones que deben ser hechas al respecto. En primer lugar, es terrible que los hombres prefieran a un hombre sobre Dios. Especialmente si se piensa que ese Dios es quien ha dirigido los destinos del pueblo con el mayor tino, dejándose llevar siempre de su proverbial amor y su misericordia. En segundo lugar, es doloroso que quienes son más valiosos y pueden ofrecer mejores beneficios al pueblo por sus capacidades, en muchas ocasiones se niegan a servir, anteponiendo al beneficio de los demás, de sus hermanos, el beneficio propio y solo su propia conveniencia. En tercer lugar, constatar que generalmente quienes están siempre muy bien dispuestos a ejercer el poder sobre los demás, lo hacen motivados por intereses ocultos, egoístas, de dominio y sometimiento a los demás, creyendo que el servicio de autoridad es un servirse a sí mismos y pretendiendo que todos los súbditos estén también a su servicio. En cuarto lugar, percatarse de lo que sucede generalmente entre los "electores", que se dejan encandilar por promesas vanas, por sueños imposibles, por cantos de sirena, que magistralmente utilizan los interesados en llegar al poder.

Es un retrato perfecto de lo que ha sucedido en la humanidad desde tiempo inmemorial. La fábula pertenece al libro de los Jueces, en el Antiguo Testamento, con lo cual podemos suponer la longevidad de esta conducta. Pero, nos demuestra esto lo que es la conducta de los hombres, lo superficiales que somos en ocasiones, lo manipulables que seguimos siendo, lo cual quedó demostrado desde Adán y Eva, engañados por la voz meliflua del demonio. Seguimos poniendo nuestra esperanza en supuestos mesías, que no son más que lobos disfrazados de ovejas, que nos ofrecen soluciones mágicas a situaciones que no somos capaces nosotros mismos de enfrentar y resolver, aun teniendo la fortaleza, la inteligencia y la capacidad de hacerlo. No quiere decir esto que no se necesite quien dirija, quien lidere, quien organice. Esto es absolutamente necesario en una sociedad que requiere de orden y disciplina para seguir adelante con pie firme. Lo que quiere decir es que no hay que poner toda la esperanza en dioses pasajeros y mortales, que en muchas ocasiones pretenden serlo solo para enriquecer su peculio personal. Somos lamentablemente idólatras de los poderosos que nos ofrecen soluciones irreales... 

La historia nos demuestra que escogemos a las zarzas con todo lo que ello implica. La zarza elegida en la fábula dice triunfalmente: "Si de veras quieren ungirme rey de ustedes, vengan a cobijarse bajo mi sombra; y si no, salga fuego de la zarza y devore a los cedros del Líbano". La zarza devora a quienes no le sirvan, a quienes no se le sometan. Y los destruidos son lo mejor del pueblo, los cedros del Líbano, signos de la belleza y la solidez de todos los árboles del bosque. La sociedad es la que sufre su propia torpeza. Es necesario que se tome conciencia de esto. Una sociedad se construye con el aporte y el compromiso de todos. Es responsabilidad de todos y de cada uno de sus integrantes. Cada uno a su nivel y cumpliendo su propia responsabilidad hacen que todo vaya mejor. No se puede abdicar de la propia responsabilidad para recostarse sobre otro y confiar ciegamente en el que puede destruirlo todo. Ha sucedido, lamentablemente. Pero al parecer no aprendemos de nuestras propias experiencias negativas. Asistimos a la repetición dolorosa de estos sucesos de destrucción de países, bajo la guía de los peores, que han llegado al poder ofreciendo villas y castillos, para luego demostrar que su pretensión simplemente era su propio acomodamiento, a costillas de un pueblo que ha puesto su confianza ilusionadamente en ellos, y destruyendo incluso sus esperanzas....

Es necesario que haya una reacción. La política es el arte de pretender la felicidad de la mayoría. Los cristianos, con nuestros valores sólidos y nuestro compromiso social bien entendido, estamos obligados a dar nuestro aporte para la buena conducción de la sociedad, estamos llamados a ser parte importante en este juego en el que no somos otra cosa que socios de Dios en la búsqueda de la felicidad para todos.

Me viene a la mente una frase de Facundo Cabral, quizá un poco dura, por cuanto puede generalizar una situación particular. Con el perdón, la coloco aquí: "Temo mucho a los pendejos, porque son muchos, y hasta llegan a elegir presidentes". No lo seamos. Seamos cristianos que asumen su responsabilidad y ponen su granito de arena para construir una mejor sociedad.

martes, 20 de agosto de 2019

¿Reclamarle a Dios?

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El libro de los Jueces nos presenta la vocación de Gedeón, el Juez, y lo hace de una manera muy curiosa. Lejos de sentirse abismado por la experiencia del encuentro maravilloso con el Ángel del Señor, Gedeón, quien recibe su visita y escucha un saludo muy cordial de parte del ángel -El Señor está contigo, valiente-, se planta delante del ángel y hace un reclamo muy sentido: -Perdón, si el Señor está con nosotros, ¿por qué nos ha venido encima todo esto? ¿Dónde han quedado aquellos prodigios que nos contaban nuestros padres? ... La verdad es que ahora el Señor nos ha desamparado y nos ha entregado a los madianitas". En el diálogo que sigue, el ángel le asegura a Gedeón y al pueblo el favor de Dios, a pesar de las palabras de Gedeón que denotan rebeldía e inconformidad.

Lo que más llama la atención es el "atrevimiento" con el que se dirige Gedeón a Dios. Normalmente pensamos que a Dios debemos siempre tratarlo con extremo respeto y consideración. Y realmente así debe ser. De ninguna manera podemos tratar a Dios como "un igual". Si nos dirigimos a Él debemos tener siempre en la mente y en el corazón su Omnipotencia, su absoluta Trascendencia, su Infinitud sin igual, su Omnisciencia. Debemos hacer uso del conocimiento que tengamos de su infinito amor por nosotros y de su providencia y generosidad eternas. Dios se ha puesto de nuestro lado en toda ocasión, y lo hace incluso cuando tenemos la sensación de un abandono doloroso. Por eso, puede aparentar ser injusto "reclamarle" a quien sabemos nos ama más de lo que nos amamos nosotros mismos y que está siempre, sin excepciones, a favor nuestro.

Tendríamos que ver, entonces, la reacción de Gedeón con una óptica distinta a la normal. Gedeón es un miembro fiel del pueblo elegido de Israel. Su conciencia está invadida por la convicción de que Dios jamás ha abandonado a su pueblo. Y que, por el contrario, ha sido siempre testigo de la cantidad de maravillas que continuamente ha realizado a su favor. Con esa conciencia es que Gedeón se dirige al ángel, que en definitiva, es a Dios mismo. Es un hijo fiel de Israel que conoce perfectamente a Dios y sabe que nunca les ha fallado. Y que espera que ese favor de Dios jamás se aparte de ellos y nunca tarde en llegar. Lo que motiva a Gedeón es la confianza que tiene en el Dios de Israel, es el amor del que está convencido que Dios les tiene, y el amor con el que él quiere siempre dirigirse a su Dios, como lo hace un hijo con su papá. De ninguna manera se puede entender este gesto como un irrespeto a la figura maravillosa de Dios de parte de Gedeón. El reclamo es un reclamo al amor. Es un reclamo al poder demostrado siempre anteriormente. Es un reclamo de un hijo a su padre, pues considera que puede hacer algo que no ha hecho hasta ahora, habiéndolo podido hacer, pues así lo ha demostrado. Gedeón es un hijo fiel, amoroso, transparente, sin rebuscamientos ni ocultamientos, que tiene una confianza infinita en su padre Dios, y se dirige a Él con la familiaridad que se espera en alguien como él.

Nosotros podemos aprender de esta conducta de Gedeón. Si sentimos que Dios no está actuando, si tenemos la sensación de que nos ha abandonado, podemos hacerle el "reclamo". Pienso incluso que a Dios puede agradarle que lo hagamos, pues denotaría la confianza, el amor y la familiaridad con que lo consideramos. Estaríamos confesando nuestra gran cercanía con Él. Jamás pensemos que le podríamos estar faltando el respeto. No es más que una manera distinta de dirigirse a nuestro Padre Dios. Leamos los salmos y en muchos de ellos podemos encontrar al salmista en una actitud similar: "¿Por qué, Señor, nos has abandonado?" "¿Hasta cuándo, Señor, estarás lejos de nosotros?" "¿Cómo es posible, Señor, que ganen los malos?"...

Lo que sí debemos hacer siempre es revisarnos para constatar desde dónde podemos estar haciendo nuestra oración. Nunca debe ser hecha desde el resentimiento, desde la ira, desde el chantaje hacia Dios. Nuestra actitud debe ser siempre la del hijo con su papá. Una actitud de confianza, de seguridad en su amor y en su providencia, desde el amor que sentimos por Él. Si lo amamos, si sabemos quién es nuestro Dios, sabemos bien todo lo que puede hacer en nuestro favor. Y es a eso a lo que recurrimos. Nos sabemos hijos amados y consentidos del Dios todopoderoso y providente. Y por eso confiamos en que su mano siempre estará a favor de nosotros...

viernes, 16 de agosto de 2019

Mi historia es historia de salvación


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Israel es el pueblo elegido de Dios. Esa elección que hizo Dios implicó para Él el compromiso real de hacerlo suyo, de acompañar su historia, de protegerlo de las asechanzas de los enemigos, de hacer que su presencia en medio de ellos fuera algo natural. Habiéndolo invitado a ser su pueblo y realizado su alianza con ellos, los invitó a adentrarse en el desierto para conducirlos a la tierra "que mana leche y miel". Así condujo a Jacob y a sus hijos largo tiempo. En esa historia, que es historia humana, se presentó de nuevo el pecado y la infidelidad del pueblo. Los hijos de Jacob, celosos de uno de sus hermanos, José, lo venden como esclavo para deshacerse de él, causando gran dolor a su padre por la pérdida de su hijo, supuestamente devorado por las fieras en el desierto... Dios convirtió este hecho bajo y ruin en la causa de la salvación de Israel y sus hijos, por cuanto José, habiendo llegado a ser el segundo de Egipto, mano derecha del Faraón, los atrajo a él y los salvó de la muerte segura por hambre y sed en el desierto. Dios no podía permitir que aquel pueblo, con el cual Él había hecho su alianza y con el que se había comprometido, se perdiera. José es prefiguración de Jesús, vendido como esclavo y salvador de la humanidad que muere por el hambre y la sed que produce el pecado. Esa historia de salvación se trueca de nuevo en desgracia por responsabilidad del mismo hombre. Israel llega a vivir en Egipto la peor de sus suertes, convirtiéndose en esclavo de Egipto. Pero Yahvé no falla a su promesa. De nuevo hace alarde de su alianza y portentosamente libera a Israel de la esclavitud y lo hace encaminarse de nuevo a la conquista de la tierra prometida. La meta es alcanzada, luego de miles de avatares. Israel toma posesión de la promesa...

Esta historia marca la vida del pueblo de Israel. Es prácticamente su carta de identidad, pues reconoce esta obra de Dios como la razón última de su existencia y de su supervivencia. Si Dios no hubiera estado presente en esta historia y no hubiera obrado las maravillas que obró en medio de Israel, sencillamente Israel no existiría. Tan claro como eso... Dios es el autor de la historia de Israel y el actor principal para que esa historia se fuera desarrollando como se ha desarrollado. Israel es el pueblo de Dios, es su propiedad. Pero es también el pueblo amado por el cual ha realizado maravillas y portentos para rescatarlo siempre y conducirlo a la tierra prometida. La historia de Israel es historia de salvación...

En esta historia del pueblo de Israel está reflejada la historia de la humanidad. Dios no se ha desentendido de su creación. Su pueblo es ahora toda la humanidad. Israel es ahora el nuevo Israel, la Iglesia, que está en el mundo entero. Y de esa Iglesia formamos parte cada uno de los bautizados, por lo que nuestra historia, ciertamente, está en las manos de Dios. Él es autor y actor de la vida de cada uno de nosotros. En cada acontecimiento que se verifica en nuestras vidas está presente Dios, con su amor, con su providencia, con su misericordia. Nuestra vida está plagada de milagros cotidianos en los cuales está involucrado directamente Dios. Él sigue haciendo que el universo siga su itinerario natural, con el ciclo del tiempo y de las estaciones. Él sigue haciendo salir el sol, manar el agua, surgir el oxígeno. Sigue creando las condiciones para que nuestra vida se desarrolle con naturalidad. Él nos sigue proveyendo de inteligencia y de voluntad para que seamos emperadores de nuestros pensamientos, de nuestras acciones, de nuestras realizaciones. Y los hombres, a veces lamentablemente, seguimos siendo señores de nuestra vida, y en ocasiones seguimos dejando que nuestros intereses quieran opacar la obra divina. Seguimos siendo como los hermanos de José, dejándonos llevar por los celos, las envidias, los rencores, los egoísmos... Es una historia con un claroscuro evidente. Por un lado, Dios iluminando y eligiendo continuamente a cada hombre, y los hombres, en ocasiones, negándonos a ser iluminados y elegidos.

Pero, con todo, no es una historia con tinte fatalista. Es una historia de triunfo, pues es historia de salvación. Dios tendió la mano y no dejará jamás de tenderla al hombre. José sirvió para salvar a Jacob y sus hijos, a pesar de la envidia de sus hermanos. Moisés sirvió para conducir con éxito hasta la tierra prometida al pueblo, a pesar de su continua rebeldía. Y la historia se sigue repitiendo. En nuestra vida siguen surgiendo personajes enviados por Dios, que colocan la historia en el lugar que debe ser. Cada uno va asumiendo que Dios es el Señor de la historia. Que es absurdo querer ignorar esta realidad absoluta.

Nuestra meta es la salvación. Es la llegada al cielo. Y Dios seguirá procurando que ese sea el itinerario que cada uno de nosotros cumplamos. A pesar de nosotros mismos, en medio de nuestras rebeldías, Dios quiere hacernos entender que Él seguirá insistiendo para que nuestra historia sea una verdadera historia de salvación. Él seguirá creando providencialmente las condiciones para que nos salvemos. Si lo aceptamos así, y dejamos que Él sea actor importante en nuestra historia, ella será para nosotros una feliz historia de salvación.