lunes, 30 de septiembre de 2019

Para ganar de verdad, debo competir en amar más

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Los hombres no cambiamos. Somos los mismos desde el inicio de nuestra historia. Lo demuestran las actitudes que se descubren en el Evangelio. La misma inquietud que demostraban los apóstoles, podría ser certificada en cualquier hombre de hoy. "Los discípulos se pusieron a discutir quién era el más importante". Somos más tecnológicos, tenemos a la mano más bienes y servicios, vivimos una vida más cómoda, nos desplazamos fácilmente a cualquier lugar del mundo, nos comunicamos con cualquiera a través de los medios con una facilidad pasmosa, el mundo se ha convertido en una aldea de dimensiones descomunales... Pero en nuestro espíritu sigue habiendo las mismas inquietudes. ¿Soy el más importante? ¿Por qué no me toman en cuenta? ¡Tienen que reconocer mi valor! Nos preocupa el no ser tomados en cuenta, el que no se nos dé la importancia que creemos tener. Nos motiva un afán de reconocimiento. La vanidad, el egocentrismo, la soberbia, nos siguen dominando. Fue la misma tentación por la que cayeron nuestros padres Adán y Eva en el pecado. Su soberbia fue tal, que nunca quisieron dejar el puesto central a quien le correspondía, a Dios, y quisieron colocarse ellos mismos. La frase de Satanás les quedó dando vueltas en la cabeza, los conquistó, y finalmente, sucumbieron ante ella: "Dios sabe muy bien que el día en que coman de ese árbol, se les abrirán los ojos y serán como dioses, conocedores del bien y del mal". Serán como dioses... ¿Qué mayor deseo puede tener quien quiere tener el mayor prestigio?

La discusión de los apóstoles no es, por tanto, extraña a cualquiera de las discusiones que pudiéramos tener hoy entre nosotros. Estamos en una competencia continua. Los premios que se otorgan son una oficialización de este espíritu de competencia. Certámenes, concursos, campeonatos, en todos los órdenes, han hecho de la competencia un estilo de vida del cual ya no nos podemos desprender. Hemos sucumbido a él. Oscars, Olimpiadas, Copas... Todos luchamos de alguna manera por demostrar que somos los mejores, los más importantes. En cierto modo, la misma vida actual nos obliga a vivir bajo este espíritu de la competencia omnipresente. No es que a priori sea malo o destructivo. Este espíritu de competencia alimenta el deseo de superación que debemos tener siempre. El progreso del hombre se debe en buena parte, a él. La vida, gracias a él, es más bonita, más feliz, mas fraterna. El problema está en que a veces no sabemos cómo manejarlo. Los vencedores lamentablemente, creen haberse ganado el derecho a considerarse mejores, a ser reconocidos por encima de la dignidad de los demás y a recibir pleitesías de todos. Incluso a humillar a los vencidos, despreciándolos y viéndolos por encima del hombro. Y los vencidos llegan a considerarse poca cosa, infelices totalmente por no haber alcanzado la cima, quedando en la humillación por no haber vencido, despreciados por todos. Para evitar esta sensación hemos acuñado una frase que por lo menos disminuye el malestar: "Lo importante no es ganar, sino competir".

La competencia en sí misma no es mala. Lo que debemos es aprender a ver en qué debemos competir. Nuestra lógica nos habla de competir por ser el más fuerte, el más veloz, el más elegante, la más bella, el mejor director, el mejor actor, la mejor actriz, para poder percibir lo que más vale la pena perseguir como meta en esta competencia. Pero Jesús nos propone una lógica diversa que nos puede sorprender: "Cogió de la mano a un niño, lo puso a su lado y les dijo: 'El que acoge a este niño en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí acoge al que me ha enviado. El más pequeño de ustedes es el más importante'." Los niños, en el tiempo de Jesús, eran casi considerados no-personas. Se dice que hasta los doce años eran considerados poco más que unas mascotas. Y hay quien afirma que Jesús aparece en el templo a los doce años porque antes de esa edad los niños no eran dignos de hacerlo. Por eso sorprende a los apóstoles esta invitación de Jesús. ¿Estaba acaso invitándolos a ser no-personas? Por supuesto que no. Los invitaba a la humildad, a la inocencia, a la sana ingenuidad, a la confianza absoluta, a la transparencia. Los invitaba a eso y a acoger a quien tuviera esas cualidades. Los invitaba a ser puros y diáfanos, sin malicias ni enrevesamientos. A presentarse ante Dios con una sola faceta. A vivir el amor en plenitud como marca de ser discípulo suyo.

Es una competencia sorprendente la que nos invita a vivir Jesús. Y es la que entendieron los primeros cristianos y la que vivieron en aquellos primeros tiempos de la experiencia de fe en la Iglesia primitiva. "Todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común. Vendían sus posesiones y haciendas y las distribuían entre todos, según las necesidades de cada uno... La multitud de los que habían creído tenían un solo corazón y una sola alma, todo lo poseían en común y nadie consideraba suyo nada de lo que tenía." Era la consideración más pura de la verdadera competencia que los debía motivar. Esto trastoca toda lógica puramente humana y la eleva a la lógica espiritual, la lógica divina, infinitamente superior y mucho mejor que la propia, porque es motivada por el amor. San Pablo invita a la comunidad de Filipos: "No hagan nada por espíritu de competencia, nada por vanagloria; antes, llevados de la humildad, ténganse unos a otros por superiores, no atendiendo cada uno a su propio interés sino al de los otros". Y a los romanos les dice: "No estén en deuda con nadie, a no ser en el amarse unos a otros, porque quien ama al prójimo ha cumplido la ley, pues el amor es la plenitud de la ley".

Es una invitación que recibimos todos. Si queremos vivir la plenitud del amor, debemos competir en dar amor. Nuestro orgullo, nuestra satisfacción mayor, debe estar en ser los más pequeños, los que más servimos, los que más amamos. Así seremos de verdad discípulos verdaderos de Jesús. No buscar ser los mejores en las disciplinas que aplaude el mundo, sino en las virtudes que aplaude Dios y que espera que vivamos cada uno de nosotros. Eso nos asegura el futuro de felicidad plena en el que solo el amor será el ámbito en el que vivamos. Es el reinado del amor. El amor será el vencedor. Así Dios será siempre el primero. "Ellos serán mi pueblo, y yo seré su Dios con verdad y con justicia." Nada ni nadie le quitará el lugar de prevalencia. Y Él me dará a mí el primer lugar en su corazón. "Quien quiera ser el primero, que sea el último, el servidor de todos". El amor le da pleno sentido a ese futuro que quiero vivir.

domingo, 29 de septiembre de 2019

El egoísmo es el cáncer de tu humanidad

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El rico epulón y el pobre Lázaro representan a la humanidad entera. El primero, es la parte de la sociedad que busca solo satisfacer su hedonismo, dándose grandes banquetes, adquiriendo todos los bienes que le ofrecen aunque no le haga falta, esclavizándose ante el último grito de la moda, imaginándose que su status se eleva mientras más cosas tenga, luchando por mantener un prestigio y un nombre sin importar los medios que pueda utilizar para lograrlo, probando todo lo que la mayoría de la masa humana considera que da altura, despersonalizándose ante la turba que sigue enceguecida los gritos de la publicidad, haciendo lo indecible para procurarse placer, gritando a los cuatro vientos que es libre y por eso hace con su vida lo que le viene en gana. El segundo, es la otra parte de la humanidad que sufre la miseria, que no tiene lo básico para vivir, que busca su comida en los basureros, que debe emprender caminos que lo lleven a un destino desconocido con la esperanza de conseguir aunque sea lo mínimo para satisfacer sus necesidades mínimas, que contempla humillado a esa otra parte que banquetea y se da la buena vida, añorando aunque sea que los desperdicios de ellos le sirvan para calmar su hambre y su sed y la de sus hijos, que vive enfermo, hambriento, abandonado, desplazado, refugiado, en tierras que no son las suyas, que está tirado en el camino a la espera de una mano amiga que por lo menos le haga sentir una empatía mínima en medio del dolor y del rechazo. El rico epulón y el pobre Lázaro están entre nosotros. O quizá uno de ellos seamos nosotros mismos.

La enfermedad de nuestra sociedad no hay que buscarla solo mirando los efectos. Estos son evidentes. Están en la corrupción, en el ventajismo, en el aprovechamiento en todos los sentidos de los bienes ajenos, en el enriquecimiento ilícito a costa del empobrecimiento de la mayoría, en el desfalco a naciones y sociedades, en las muertes por abuso de drogas, de licor y de placeres, en la promoción de la guerra para obtener las ganancias jugosas de una carrera armamentista absurda y fratricida, en la venta de drogas a costa de la destrucción de la vida de los jóvenes que son el futuro de la humanidad, en la anticultura de la muerte que promueve el aborto y la eutanasia, y la destrucción de la familia sólida que es el seguro para el futuro sano de esa humanidad. Son los efectos funestos de una enfermedad mortal bajo cuyo peligro de contaminación nos encontramos todos. Son los síntomas que descubren y hacen entrever un cáncer que nos está corroyendo y ante el cual debemos reaccionar si no queremos desaparecer.

Lo que produce todos estos síntomas hay que buscarlo dentro del hombre. Es una pérdida de humanidad creciente, que avanza peligrosamente, y que nos va consumiendo a todos. Nos consumirá si no apuntamos a un combate necesario para detenerla. Es urgente que echemos la mirada a lo que está en el sustrato más profundo de nuestro ser, lo que nos hace verdaderamente humanos, lo que ha colocado Dios y que ha sido potenciado por la naturaleza, y que ha demostrado desde siempre que cuando falta, perdemos nuestra esencia. Desde el mismo principio de nuestra existencia está allí e ignorarlo nos deshumaniza: "No es bueno que el hombre esté solo". Dios insufló en nuestras narices el hálito de vida, y luego nos dijo: "Crezcan y multiplíquense". Fue su decreto para una sociedad que ponía en nuestras manos. Cuando lo vivimos con intensidad, Dios mismo lo hace potenciarse y lo hace más sólido. Y, al contrario, cuando lo desechamos, Dios nos echa en cara nuestra falta para que caigamos en la cuenta de lo que estamos perdiendo: "¿Dónde está tu hermano?" Desentenderse de este aspecto esencial de nuestra condición humana nos hace los no-hombres. Nuestra unión mutua, nuestra fraternidad, nuestra solidaridad son coesenciales a nuestra naturaleza. Los hombres hemos sido creados en sociedad, para la fraternidad, para la solidaridad, para el amor mutuo. Es el mandamiento principal, junto con el de amar a Dios con todo nuestro ser: "Amarás al prójimo como a ti mismo". Jesús lo perfeccionó y lo elevó: "Ámense los unos a los otros como yo los he amado."

Jesús, en la parábola, no condena la riqueza ni exalta la pobreza. Condena la falta de humanidad del rico y exalta la humildad y la esperanza del pobre. El rico epulón es la síntesis del no-hombre. Es la personificación de la deshumanización, que no mira a su alrededor, sino que solo se mira a sí mismo y está desesperado por autosatisfacerse, sin importar nada más. Su preocupación por sí mismo, su egoísmo, su hedonismo, su vanidad, son tales, que ni siquiera le pasa por la mente elevar su mirada para percibir lo que pasa a su alrededor, con las personas que le están rodeando y que están muriendo por la falta de lo que a él le sobra. La consecuencia es la debacle de los otros. Los egoístas son los peores asesinos de la humanidad, aunque no empuñen armas físicas. No les hace falta un cañón para matar. Matan con su indiferencia ante el hermano pobre y desamparado. Matan al negarse a ser lo que Dios quiere que sean. Matan y se matan a sí mismos, pues dejan de ser los hombres que el Señor ha pensado. Desaparecen de la lista de los que son verdaderamente hombres.

Podemos ser el rico epulón. Pero podemos darle un cariz distinto. Podemos hacer que nuestros bienes sirvan a los más desposeídos. Hay muchos ricos que no son egoístas y que ayudan a los más pobres. Que son solidarios y se duelen de las necesidad de aquellos a los que consideran sus hermanos. Que son capaces de elevar su mirada y escuchan a Jesús que se identifica con ellos. "Cada vez que lo hicieron con uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron". En esto todos somos ricos. Siempre podremos tener la posibilidad de ayudar al otro. Siempre habrá uno más pobre que nosotros. Y podemos ser el pobre Lázaro, llenos de humildad y de sólida esperanza en Dios. Sintiéndonos absolutamente indigentes delante de Dios, sabiendo que ninguno de los bienes que podamos poseer serán la causa de nuestra salvación, sino el ser los hombres que Dios espera que seamos: solidarios, humildes, esperanzados, llenos de amor por Él y por los hermanos. Pongamos remedio al cáncer que nos puede consumir. Seamos los hombres solidarios y fraternos que Dios quiere de nosotros. No permitamos que el mundo sea peor de lo que ya es. Más bien procuremos darle a nuestro mundo el color del amor, de la caridad, de la solidaridad, de la fraternidad, de la esperanza en Dios. Está en nuestras manos y vamos a lograrlo, si ponemos manos a la obra.

sábado, 28 de septiembre de 2019

Esta noticia es muy buena

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La noticia que le da Jesús a los apóstoles no presagia nada bueno. Anuncia un futuro inmediato de entrega y de dolor. "Métanse bien esto en la cabeza: al Hijo del hombre lo van a entregar en manos de los hombres." Es, sin duda, un lenguaje oscuro, misterioso, el que usa Jesús. En medio de una conversación y de la realización de hechos maravillosos en los que demostraba su poder incluso sobre el demonio, de repente Jesús cambia radicalmente su discurso. Había increpado a los apóstoles y a todos los presentes: "¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con ustedes y tendré que soportarlos?" Ellos habían sido incapaces de liberar a un niño poseído por un demonio. "Pero Jesús increpó al espíritu inmundo, curó al niño y lo devolvió a su padre; y todos quedaron atónitos ante la grandeza de Dios". La admiración de todos por el portento realizado por Jesús, mutó en sorpresa y en temor por las palabras que había pronunciado. ¿Cómo era posible que quien demostrara tal poder y sabiduría dijera que sería entregado? Esa entrega sugería debilidad, dolor, sufrimiento, muerte. Este anuncio era absolutamente inconsistente con lo que acababan de presenciar. "Ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro que no cogían el sentido. Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto."

El misterio de Jesús es inabarcable en su totalidad. Y requiere de un corazón humilde y bien dispuesto a la sorpresa de Dios. El amor es siempre sorprendente y sus movimientos, por ser animados desde la búsqueda del bien del amado, serán siempre nuevos y admirables. El amor nunca piensa en sí mismo, nunca busca su propio bienestar. Solo es motivado por el bien del amado. Si no estamos acostumbrados a dejarnos llevar por el amor, siempre seremos sorprendidos por sus acciones. El que ama deja a un lado su propio bienestar y lo coloca todo en función de lograr el bien y la felicidad de aquel a quien ama. Lo demostró de manera fehaciente el Hijo de Dios desde el principio cuando aceptó, por su amor eterno e infinito al hombre, la misión que el Padre le encomendaba: "Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna". Y ese Hijo, mirando a su corazón y descubriendo en Él el mismo amor del Padre, respondió con alegría: "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad". El Verbo eterno del Padre dejó entre paréntesis toda su gloria, su infinitud, su omnipresencia, para realizar la obra de amor más profunda conocida en la historia de la humanidad, el rescate del hombre de la penumbra y de la muerte, con la propia entrega y la propia muerte ignominiosa. Ese fue el primer paso de todos los que dio posteriormente, en los cuales, en cada uno de ellos, gritaba su amor por nosotros.

Con todo, la noticia que daba Jesús no se debe ver solo con la carga negativa que en sí misma representaba. Es necesario abarcarla en su totalidad. Ese paso era el primero, el que preludiaba una entrega en la que el Hijo de Dios asumía el sufrimiento y la muerte, pero solo como paso para la luminosidad de la vida y de la liberación de los amados. El dolor y la muerte eran los gestos de satisfacción necesarios para compensar por el pecado que el hombre había cometido. La deuda de la humanidad la saldaba el Dios que se hizo hombre por amor. Es admirable que el único que no tenía culpa, borrara de la libreta de saldos negativos de la humanidad esa deuda, y la colocara en su libreta inmaculada de culpas que no tenía. Es un gesto que solo se explica por el amor desinteresado del Hijo de Dios, por un amor que es capaz del sacrificio mayor en favor de aquel a quien ama más que a sí mismo. Una entrega que abre las puertas para la victoria final. Una derrota que es preludio del triunfo más apoteósico al que se puede asistir. El sepulcro de Jesús fue la catapulta para su resurrección. No podía la Vida ser presa de la muerte. No podía la Luz quedar escondida en la oscuridad. No podía quien aglutinaba en sí a la humanidad entera quedar secuestrado por la soledad .

Por eso, el final del camino es glorioso. La noticia no se queda en lo terrible de lo inmediato. Hay que mirar más allá. El anuncio es el de la victoria. El amor nunca podrá ser derrotado definitivamente. Aunque el mal y el odio puedan jactarse de alguna victoria en alguna batalla, la guerra será ganada siempre e invariablemente por el bien, por la vida, por el amor. Lo que anuncia Yahvé para Jerusalén, es el anuncio de lo que sucederá con la humanidad: "Por la multitud de hombres y ganado que habrá, Jerusalén será ciudad abierta; yo la rodearé como muralla de fuego y mi gloria estará en medio de ella –oráculo del Señor–." Israel había sido asediada, pisoteada, invadida por imperios más poderosos. La humillación había sido su signo por muchos años. Pero Dios estaba allí, contemplando esa humillación, para luego consolar y hacer resurgir. La gloria iba a ser mucho mayor que el dolor. "Alégrate y goza, hija de Sión, que yo vengo a habitar dentro de ti –oráculo del Señor–. Aquel día se unirán al Señor muchos pueblos, y serán pueblo mío, y habitaré en medio de ti." Israel será reconstruido y su prenda de seguridad será el mismo Dios liberador.

La noticia que anuncia dolor, sufrimiento y muerte, no es completa. Pasando por ese trago amargo, la meta final es el triunfo sobre el mal. Es el reinado de quienes hemos sido rescatados, presididos por Aquel que nos ha alcanzado la libertad. El amor de nuestro Dios nos hace vencedores con Él. Jesús no se queda contemplando la derrota por la que necesariamente debe pasar. Contempla el amor que me tiene, lo pone en la perspectiva de la Vida que me quiere dar, y pasa por la muerte con la mirada puesta en la victoria que me regalará. "Me amó a mí, y se entregó a la muerte a sí mismo por mí", comprendió perfectamente San Pablo. Jesús me ama infinitamente. Me ama con amor eterno. Y ese amor me sorprenderá haciendo lo impensable. Lo ha hecho y lo hará siempre. Por eso, se entrega por mí, a pesar de mí. Me mantiene en esta vida con amor. Me perdona una y mil veces por amor. Quien ha muerto por amor a mí, nunca dejará de realizar las acciones a las que lo mueve su amor. Soy un privilegiado. Debo hacerme digno de ese amor.

viernes, 27 de septiembre de 2019

¿Quién dices tú que es Jesús?

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"Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?" Es la pregunta crucial que hace Jesús a los apóstoles, después de hacer una indagación sobre la opinión de los demás. En Jesús existe el interés de ver cómo va su obra. A mitad de camino quiere saber cómo se va aclarando su figura y su misión delante de la gente, principalmente, delante de los más allegados a Él, los apóstoles. En el sentir general, Jesús es un personaje importante. "Unos dicen que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas". No dejaba de ser resaltante, por cuanto esos personajes eran emblemáticos en la memoria del pueblo de Israel. Por un lado, Juan Bautista había venido a revolucionar el ambiente en medio de la expectativa por la llegada del Mesías. Llamaba a una conversión de corazón, a un arrepentimiento y a una renovación interior para disponerse bien ante la venida inminente del Hijo de Dios. Él era "la Voz que clama en el desierto: preparen el camino al Señor." Por el otro, Elías era el prototipo del Profeta. En el Antiguo Testamento él representaba al hombre que se había dejado invadir por Dios y se había convertido en su heraldo, llevando al pueblo el mensaje y la voluntad de ese Dios, Rey y Señor de Israel. Afirmar que Jesús era alguno de ellos, o cualquiera de los antiguos profetas "que había vuelto a la vida", significaba que la gente daba una verdadera importancia a la figura de Jesús.

Pero aún así, con lo resaltante que podría resultar esta consideración en la memoria de la gente, no era completa. Jesús estaba interesado en saber lo que pensaban los suyos, los que estaban con Él, los que habían sido convocados para ser sus compañeros de camino. "Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?" Era un examen previo para ver si ellos iban comprendiendo lo que estaban viviendo junto a Jesús. Pedro, cabeza del grupo, toma la palabra y afirma de manera clara: "Tú eres el Mesías de Dios". La afirmación no es algo dicho de memoria. No es una lección aprendida en alguna sesión de enseñanza. Es una frase que denota mucha profundidad y que requiere de una inspiración superior. Quien la pronuncia, Pedro, no es ningún gran teólogo ni un erudito en historia de la salvación. El Mesías es un personaje único, central, en la fe judía. Es el que está esperando el pueblo desde la promesa del Protoevangelio, pronunciado desde el mismo inicio de la historia, luego del pecado del hombre: "Pongo enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya. Y un descendiente de ella, te pisará la cabeza, mientras tú le hieres el talón". Para Israel, el Mesías de Dios era el personaje que enviaría Yavéh para su liberación. Era el libertador, quien rompería las cadenas del yugo opresor, quien vendría a restablecer el orden que había sido roto por el pecado. Con su venida, llegarían todas las bendiciones de Dios sobre el hombre, a pesar de haberse puesto de espaldas a Dios en aquel momento funesto de la historia humana. Afirmar que Jesús es el Mesías es atinar en el blanco perfectamente. Y viniendo de Pedro, era muy sorprendente.

A Jesús no le queda más remedio que reconocer la obra de Dios en él. "Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie". A Pedro le reconoce: "Bienaventurado eres tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre del cielo". Era imposible que aquellos que lo acompañaban tuvieran ya tan clara su identidad. Eso era evidentemente obra de Dios. Jesús había dado ya atisbos de lo que era. Pero aún quedaba un largo trecho por delante para que esa identidad fuera totalmente aclarada. En Pedro y los apóstoles, en este sentido, se descubre una disponibilidad a dejarse iluminar. Sus corazones no quieren dejarse llevar solo por las evidencias o las opiniones de otros, sino que quieren ser dóciles a la inspiración divina para que sea Dios mismo quien los vaya puliendo. Ellos habían sido elegidos para ser discípulos, y como discípulos debían ser dóciles.

Esta disponibilidad de los apóstoles es la misma que debe haber en todo el que quiera ser buen seguidor de Cristo. Un corazón bien dispuesto debe tener la suficiente humildad para no seguir solo las evidencias que se presenten o las opiniones de la mayoría. En las cosas del espíritu, quien inspira es el mismo Dios. No es uno mismo ni los otros, aunque Dios pueda en ocasiones valerse de las mediaciones humanas para darse a conocer. Un discípulo del Señor tiene contacto con los hermanos para saber qué es lo que están viviendo y lo que piensan de Jesús. Se "baña" con la misma agua con la que se bañan ellos. Sabe cuál es su sentir y lo conoce naturalmente para, desde ese conocimiento, acercarle la Verdad. Y sabe deponer sus propios criterios para enriquecerse de los de Dios y avanzar en la ruta de la perfección. Se deja inspirar por Dios, para saber quién de verdad es Jesús, para integrarlo en su propia vida y para darlo a conocer a los demás.

Es por ello que ante la pregunta de Jesús debemos mirarnos hacia dentro. ¿Quién digo yo que es Jesús? ¿Es para mí el Mesías de Dios? Si lo afirmo, debo asumir el compromiso que ello implica. El Mesías es el enviado de Dios para la renovación del mundo, para la renovación del hombre. Es el que llama a acercarse a los hermanos para saber qué viven y qué intereses tienen. Es el libertador de todas las ataduras. Es el adalid del nuevo camino que debe emprender la humanidad para avanzar hacia la plenitud del amor y de la felicidad. Es quien marca la pauta de una nueva vida que debe ser asumida con toda responsabilidad. Si es mi Mesías, debe ser todo eso para mí. Y debe producir en mí una renovación radical, una transformación total, un nuevo ser integral. No puedo ser el mismo después de dejarme inspirar por el Padre del cielo acerca de la identidad de Jesús. Debo ser el hombre nuevo que viene a hacer Jesús de mí.

jueves, 26 de septiembre de 2019

¿A qué Jesús quiero ver?

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Ver a Dios es uno de los grandes deseos de los hombres. Todo lo que tenga que ver con Él nos atrae, incluso misteriosamente. Si pudiéramos tener en nuestra mente y en nuestro corazón claridad en cuanto lo que es Dios, su poder, su amor, su identidad, estaríamos más que satisfechos. Ante Él, reconocemos su absoluta trascendencia e incluso llegamos a aceptar la imposibilidad de captarlo en toda su dimensión real. En el Antiguo Testamento se aceptaba esta imposibilidad, incluso llegando al extremo de afirmar que para ver a Dios, para captarlo en toda su infinitud misteriosa, había que estar muerto. Isaías exclama lleno de temor: "¡Ay de mí, voy a morir! He visto con mis ojos al Rey, al Señor todopoderoso". Ver a Dios tenía como consecuencia la muerte. O al contrario, para poder ver a Dios se debía antes morir. La visión de Dios tenía que ver con una vida superior, más allá de esta vida cotidiana.

Jesús hace que este deseo de ver a Dios, de entrar en su profundo misterio, se pueda percibir como algo más a la mano. El episodio de la conversación con Felipe nos da muchas luces al respecto. Jesús dice a los discípulos: "Si me conocen a mí, conocerán también a mi Padre. Ahora ya lo conocen y lo han visto". Pero los discípulos quieren ir más allá, y por ello Felipe en nombre de ellos pide a Jesús: "Señor, muéstranos al Padre y nos basta". Y es entonces cuando Jesús descubre su identidad más profunda, cuando aclara su identificación con Dios, y les revela lo que significa verlo a Él: "Hace tanto que estoy con ustedes, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: 'Muéstranos al Padre'? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí?" Jesús es la revelación definitiva de Dios, es "la imagen visible del Dios invisible". Ver a Cristo es ver a Dios. De alguna manera, muy misteriosamente, percibir esta realidad en Jesús, hace mucho más acuciante el deseo de verlo, con la esperanza de descubrir en Él esa presencia grandiosa de Dios. "Había ciertos griegos entre los que habían subido a adorar en la fiesta. Estos, pues, se acercaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le rogaron, diciendo: Señor, quisiéramos ver a Jesús (...) Jesús les respondió diciendo: Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado”. Los prosélitos griegos habían escuchado mucho sobre Cristo y querían descubrir quién era y gustar de la presencia de Dios en Él.

Este deseo de ver a Jesús para descubrir en Él su más profunda identidad divina nos acompaña a todos los hombres. Como el mismo Herodes, que había escuchado tanto hablar de ese personaje que cada vez adquiría más fama. Por eso Lucas en su Evangelio destaca este deseo del Tetrarca:  "Herodes se decía: 'A Juan lo mandé decapitar yo. ¿Quién es éste de quien oigo semejantes cosas?' Y tenía ganas de ver a Jesús". Ciertamente su motivación estaba muy lejos de ser la de encontrarse delante de Cristo con un espíritu limpio, sin ambivalencias, para contemplarlo con pureza de intención. Su interés estaba muy lejos de alguna necesidad espiritual. Su finalidad era simplemente satisfacer su curiosidad y codearse con quien estaba adquiriendo tanta fama. Cuando al fin tiene la oportunidad, al ser sometido Jesús al juicio definitivo antes de su Pasión, queda clara su verdadera intención: "Cuando Herodes vio a Jesús se alegró mucho, pues hacía largo tiempo que deseaba verle, por las cosas que oía de él, y esperaba presenciar algún milagro que él hiciera". Lo que lo movía era su sed de espectáculo. Para él ver a Jesús era simplemente como asistir a una presentación de un gran artista famoso.

Todos debemos preguntarnos en lo más íntimo cuál sería nuestra motivación cuando deseamos ver a Jesús. Podemos ser como Herodes, que solo buscaba satisfacer sus ansias de espectacularidad. Probablemente nuestra disposición de ver a Jesús se reduce solo a las ocasiones en las que lo vemos triunfador, un gran orador, dominador de la naturaleza, hacedor de milagros. Cuando lo vemos curando enfermos, multiplicando panes, calmando tempestades, resucitando muertos, transfigurándose delante de los apóstoles. Ver a Jesús así es maravilloso. Ver a Jesús así nos muestra que su poder es infinito y que ese poder puede estar de nuestra parte y servirnos de sustento. No es una falsa percepción. Sin embargo, sí puede ser incompleta. Nos muestra al Jesús dominador y triunfador. No nos muestra al Jesús débil y entregado. No es la imagen del Cristo vencido y sufriente, que nos descubre una faceta que ya no es tan atractiva.

Junto a ese Jesús triunfante, y nunca sin Él, está también el Jesús débil. Es una unidad indisoluble. "Ya conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a ustedes se hizo pobre, siendo rico, para que ustedes con su pobreza fuesen enriquecidos". Él mismo nos lo dice: "Cada vez que lo hicieron con uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron". Nuestros ojos deben ser capaces también de querer ver a Jesús en el hermano que sufre, en el que está desamparado, en el que ha sido apaleado en el camino y burlado por todos los hombres. Debemos ser capaces de descubrirlo no solo en el gran sanador de enfermos que hace caminar a los paralíticos, ver a los ciegos y que cura a los leprosos, sino en el mismo paralítico, en el mismo ciego y en el mismo leproso rechazado y excluido. No solo debemos ser capaces de ver a Jesús que demuestra su ser profundo en la Transfiguración, que resucita glorioso y asciende a los cielos con todo su esplendor de gloria recuperado, sino también en el escupido, humillado y golpeado de la Pasión, en el aplastado por el peso de la Cruz, en el clavado en esa Cruz como cadalso final, en el inánime que pende muerto en ese patíbulo. El Jesús que debemos querer ver es el Jesús total. Triunfante y vencido, glorioso y humillado, resucitado y muerto, poderoso y débil. Y aceptar que en nuestra vida esa totalidad necesariamente debe estar siempre presente. Nuestra debilidad es como la de Jesús, y debemos asumirla. Pero nuestra fuerza es también la de Cristo, y debemos aprovecharla. "Muy a gusto presumo de mis debilidades, porque entonces residirá en mí la fuerza de Cristo. Cuando soy débil, soy fuerte". Como Jesús.