martes, 31 de marzo de 2020

Tú eres eterno e inmutable y te acercas para amarme y salvarme

Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que 'Yo soy ...

En la cultura hebrea conocer el nombre de alguien da poder sobre esa persona. Más aún, poner el nombre a algo es de alguna manera declarar posesión sobre eso. Cuando Dios terminó su creación hizo pasar todos los seres vivientes por delante de Adán para que les fuera poniendo nombre: "Entonces el Señor Dios formó de la tierra todos los animales salvajes y todas las aves del cielo. Los puso frente al hombre para ver cómo los llamaría, y el hombre escogió un nombre para cada uno de ellos. Puso nombre a todos los animales domésticos, a todas las aves del cielo y a todos los animales salvajes". Esto hay que entenderlo como la cesión del dominio que Dios hacía de su creación en favor del hombre. Él creó todo, pero lo puso todo en las manos del hombre, para que fuera como su propietario, su administrador. Esto queda simbolizado en el hecho de que es el hombre el que pone el nombre a todas las criaturas. El nombre, en efecto, no es simplemente una manera de llamar a alguien, sino que apunta a la profundidad de su ser, a su esencia. El nombre describe a quien lo lleva, define su condición. Por eso vemos la importancia que se le da a lo que significa cada nombre en el Antiguo Testamento: Moisés, "rescatado de las aguas". Isaac, "el hijo de la sonrisa". Jacob, "el que es sostenido por Dios". Sansón, "el que sirve a Dios". Samuel, "el hombre al que Dios escucha", Emmanuel, "Dios con nosotros". Jesús, "Dios que salva"... Cada nombre tiene su significación, no solo es la manera de llamar, sino que describe y descubre su intimidad y prácticamente su misión. Por ello, por esa condición de propiedad y de conocimiento profundo de la persona, vemos cómo Dios, para demostrar que toma posesión de una persona, la hace suya y le encomiendo una misión particular, le cambia el nombre y hace que sea conocido por esa nueva condición. Abrán pasa a Abraham, Jacob pasa a Israel, Simón pasa a Pedro, Saulo pasa a Pablo. El nombre, en efecto, no es solo la manera de llamar a alguien, sino que define a la persona, descubre su esencia y afirma la propiedad de alguien sobre quien lo lleva.

Es de tal importancia el conocimiento del nombre de alguien que Moisés, cuando tiene el encuentro portentoso con Yahvé en el desierto, de entre las cosas importantes que pide a Dios es conocer su nombre. De esa manera podría decirle a los israelitas quién lo estaba enviando: "Contestó Moisés a Dios: 'Si voy a los israelitas y les digo: 'El Dios de sus padres me ha enviado a ustedes'; cuando me pregunten: '¿Cuál es su nombre?', ¿qué les responderé?' Dijo Dios a Moisés: 'Yo soy el que soy.' Y añadió: 'Así dirás a los israelitas: 'Yo soy' me ha enviado a ustedes.' Siguió Dios diciendo a Moisés: 'Así dirás a los israelitas: Yahveh, el Dios de sus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, me ha enviado a ustedes. Este es mi nombre para siempre, por él seré invocado de generación en generación.'" Dios no le da su nombre, sino que habla de su ser más profundo. Es razonable que así sea pues, por un lado, nadie puede conocer el nombre de Dios porque nadie puede reclamar posesión sobre Él, y por el otro, la más profunda intimidad de Dios es su naturaleza de eternidad y de autosustentación. Él existe por sí mismo. Nadie la ha dado su ser. Y existe para siempre. "Yo soy el que soy" podría traducirse como "Yo existo por mí mismo, nadie me da el ser, no soy propiedad de nadie sino que me poseo a mí mismo, y existo desde toda la eternidad y para siempre". No es un nombre sino una identificación total. Es la mejor manera de describir al Dios eterno, creador y sustentador de todo. Todos los demás seres de la creación necesitamos de la referencia a nuestro Creador, a quien nos sostiene en nuestra existencia. Y no solo en ese sentido que podría ser tan impersonal, sino que apunta a algo mucho más íntimo, como es la relación de amor y de misericordia con el que es la razón de nuestros días. Nuestra existencia se anuda al deseo creador de Dios, nuestra permanencia se conecta con su providencia infinita, nuestra alegría se funda en el amor que sabemos que nos tiene, nuestro gozo es infinito porque sabemos que es un Dios misericordioso que está siempre dispuesto al perdón. Tener el nombre de Dios sobre nosotros nos hace los seres más afortunados del mundo.

En este sentido podemos entender la afirmación misteriosa de Jesús, cuando a los fariseos y a los judíos que le preguntan quién es les responde: "Cuando ustedes levanten en alto al Hijo del hombre, sabrán que “Yo soy”, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada". Él es ese mismo Dios que se apareció a Moisés en el desierto, el Dios eterno que sigue estando a favor de su pueblo. "Ser levantado" hace referencia a la cruz, con lo cual ya está describiendo cómo será el cumplimiento de su misión. El nombre Jesús significa "Dios que salva", lo que define clarísimamente la misión que viene a cumplir en su momento. La invitación que hace Jesús es la llamada imperiosa del Dios de amor a creer en Él y a abandonarse en su amor: "Ustedes son de aquí abajo, yo soy de allá arriba: ustedes son de este mundo, yo no soy de este mundo. Con razón les he dicho que morirán en sus pecados: pues, si no creen que Yo soy, morirán en sus pecados". Cuando los hombres asuman que ese Dios es el mismo que los ha hecho surgir de la nada, que los ha liberado de la esclavitud terrible, que ha sido prefigurado en la serpiente que, elevada para ser mirada, alcanza así la curación de los mordidos, solo entonces ese amor y esa salvación serán una realidad para cada uno. Jesús será elevado como aquella serpiente de metal: "Haz una serpiente abrasadora y colócala en un estandarte: los mordidos de serpientes quedarán sanos al mirarla". Mirarlo, reconociendo que Él es ese Dios eterno y creador, amoroso y misericordioso, enviado para el rescate de todos, es nuestra salvación. Conocerlo y hacerlo vivir en nosotros es nuestra mejor jugada. No es el simple reconocimiento de su nombre, sino que apuntamos a la posesión de su amor en los más profundo de nuestros corazones para vivir en la suavidad de su intimidad y en la salvación que nos dona por su amor infinito.

lunes, 30 de marzo de 2020

El amor nunca pierde, porque Dios nunca pierde

SALVASTE LA MUJER ADÚLTERA JESÚS? « EL BLOG DE CARLOS FERRERAS

La maldad, sin duda, tiene sus triunfos. Y los buenos sufren mucho por ello. Hay quien se rebela ante Dios, pues considera que Él no debería permitirlo. ¿Cómo es posible que triunfe el mal? ¿Por qué los malos ganan y a ellos no les pasa nada malo? ¿Cómo es posible que Dios permita que los malos acumulen cada vez más poder y obtengan cada vez más triunfos, y que no haya nunca un buen escarmiento para su mala conducta? Son inquietudes muy razonables para las que no hay respuesta sencilla. En primer lugar, debemos siempre asumir la diferencia entre los caminos de Dios y los de los hombres: "Porque mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, ni sus caminos son mis caminos - oráculo de Yahveh -". Para nosotros, lo lógico sería que Dios encendiera su ira contra los malos y los anulara totalmente, que los eliminara del mundo y dejara reinando solo el bien y quienes le sirvan. Dios no actúa así, pues ante todo es Padre y espera de sus hijos siempre lo mejor. Ofrece siempre nuevas oportunidades de conversión, pues Él "es lento a la ira y rico en clemencia", con todos, incluso con los malos. Esta paciencia y clemencia de Dios es también nuestra, por cuanto también nosotros, no solo los malos, imploramos de Dios su misericordia por nuestras faltas. Dios no puede parcelar su amor, su ternura, su misericordia. Todos hemos surgido de sus manos y a todos nos ama con amor eterno e infinito. En segundo lugar, debemos entender que Dios nos creó libres, y que su actuación unilateral, por encima de esa misma libertad que nos ha concedido, sería ir contra su propio designio al concedernos inteligencia y voluntad para poder actuar libremente. Cuando Dios nos creó, "a su imagen y semejanza", entre todos los beneficios con los cuales nos enriqueció y que eran prerrogativas únicamente suyas, nos regaló la libertad. Somos infinitamente libres como Dios, y podemos usar de esa libertad tal como Él usa de la suya. Evidentemente, en ese uso de nuestra libertad podemos ir por caminos correctos y justos, haciéndonos cada vez más libres en su ejercicio ideal. Pero existe el riesgo de que también podamos usarla equivocadamente, por caminos que nos harán perderla, terminando en la esclavitud que Dios de ninguna manera quiere para nosotros, pues "para vivir en libertad nos liberó Cristo". En tercer lugar, no es cierto que Dios no actúe contra la maldad. La verdad es que no actúa cuando nosotros queremos que actúe, sino cuando Él considera que es el momento de hacerlo. En su misterio profundo e infinito, incomprensible del todo, debemos pensar que es un Dios de amor que quiere que de todo lo que nos sucede podamos nosotros sacar enseñanzas, o podamos hacer ofrenda para nuestra propia purificación, o para la purificación de los nuestros. Quien sufre el mal en su ser puede identificarse con el Jesús sufriente y unirse a Él en la cruz, logrando con eso que sus propios dolores, unidos a los de Jesús se conviertan en dolores redentores. Los dolores personales junto a los de Cristo se convierten en un verdadero tesoro en nuestras manos. No significa que no los sentiremos o que no la pasaremos mal, sino que les daremos pleno sentido y los convertiremos en aquel tesoro escondido o aquella perla preciosa del Evangelio.

Esta actuación de Dios la podemos descubrir en la defensa que hace de Susana ante aquellos dos ancianos jueces lujuriosos que quisieron abusar de ella y al no lograrlo, le levantaron una acusación falsa para asesinarla. Susana era muy bella y atractiva, era pura y casta, fiel a su esposo y temerosa de Dios. Era impensable que pudiera vivir un episodio como ese del que se le acusaba. Pero aquellos dos eran jueces famosos, sin duda deshonestos, pero siempre habían logrado salir airosos en sus montajes. Pensaron que podían salir también airosos contra Susana, y casi lo logran, pues la decisión del tribunal fue la muerte de Susana. Ella no tenía ninguna defensa contra la palabra de aquellos dos. Pero es Dios mismo, nada más y nada menos, quien sale en su defensa. Aquellos dos viejos hicieron el mal toda su vida. Y tuvieron triunfos, uno tras otro, por lo que se cimentaban cada vez más sólidamente en su maldad. Ante esto cabe la pregunta: ¿Hasta cuándo ganará el mal de estos dos? Y Dios dio la respuesta. Cuando quisieron pasar por encima de la honestidad y la pureza de Susana y procurar su muerte, quisieron traspasar una línea demasiado sensible. Dios hizo surgir su voz en un niño: "Dios suscitó el espíritu santo en un muchacho llamado Daniel; y este dio una gran voz: 'Yo soy inocente de la sangre de esta'". Y a través de Daniel puso en evidencia a aquellos viejos y cambió radicalmente la suerte de Susana. Fueron los ancianos los condenados a la pena que ellos propusieron para Susana. "Toda la asamblea se puso a gritar bendiciendo a Dios, que salva a los que esperan en él. Se alzaron contra los dos ancianos, a quienes Daniel había dejado convictos de falso testimonio por su propia confesión, e hicieron con ellos lo mismo que ellos habían tramado contra el prójimo. Les aplicaron la ley de Moisés y los ajusticiaron. Aquel día se salvó una vida inocente". Ante la inocencia de Susana, Dios actuó contra la maldad de los dos ancianos. La inocencia vence. No es la maldad la que tiene la última palabra delante de Dios.

Situación similar vive Jesús, cuando le es presentada una mujer que ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Aunque es similar, tiene diferencias sustanciales. La maldad aquí no solo la ejercen quienes la acusan y quieren matarla apedreada, como mandaba la ley de Moisés, sino que habita en ella misma. Realmente ella estaba cometiendo un pecado gravísimo, por cuanto estaba siendo infiel a su esposo. No es inocente, como sí lo era Susana. Pero tenía a su favor el reconocer su falta y abandonarse con humildad y confianza a los pies de Aquel que podía remediar sus males. No era una mujer mala, sino una mujer buena que había hecho algo malo. Por eso de Jesús no brota ni siquiera una reprimenda, sino solo una mirada amorosa y compasiva, que la invitaba a la conversión y a levantarse de nuevo con la frente en alto, sin sentirse en humillación o exclusión. Jesús se interpone entre ella y quienes quieren condenarla para decirle a todos que ninguno se puede considerar mejor que ella, por cuanto todos son pecadores y todos, también ellos, necesitan de la misericordia de Dios. Jesús se interpone entre la maldad y el arrepentimiento. ¿A cuántas mujeres habrán apedreado estos guardianes de la ley? Pero aparece Jesús, el guardián del amor y de la misericordia de Dios y les enseña un camino diverso y más lleno de ternura con el hombre. Es el camino de la paciencia, del perdón, de la piedad, de la misericordia. Es el camino que eleva al hombre y no lo deja pisoteado tirado en el piso. Es el camino que invita a levantar la frente pues nadie es menos que nadie y delante de Dios solo debemos presentar nuestro corazón humillado y arrepentido, que quiere ser hecho de nuevo en el perdón y en el amor. Por supuesto que Dios actúa contra los malos. Sale en defensa de los inocentes, como Susana, y de los arrepentidos, como la mujer adúltera. E incluso, quiere a esos malos convertidos a su amor, los quiere suyos, para ganarlos para el bien y que sean ya no instrumentos de maldad, sino instrumentos del bien en un mundo en que los malos van teniendo mucho poder. Pero no es el mal el que vence. Jamás el mal tendrá más poder que el bien. Al final, el amor y el bien serán los vencedores. Nunca pierde Dios, por lo que nunca pierde el amor.

domingo, 29 de marzo de 2020

Soy cuerpo y espíritu y en vivir mi plenitud está mi felicidad

Jesús resucita a Lázaro | Lecciones de la Biblia para niños

Cuando los hombres asumimos la complejidad de nuestra composición natural, en la que se da la realidad corporal y la espiritual, la temporal y la eterna, la mutable y la inmutable, la inmanente y la trascendente, la limitada y la infinita, damos pie a la comprensión de lo que somos y, al comprendernos mejor, podemos entrar en un clima de serenidad interior que nos da paz, pues entendemos lo más profundo de lo que somos, a lo que estamos llamados a vivir, y a la meta a la que nos dirigimos. Dios, desde su infinita sencillez, pues Él no tiene complejidad ninguna en la composición de su naturaleza ya que ella es solo una realidad espiritual, nos ha creado a nosotros "complejos", cuerpo y alma, materia y espíritu. Él es solo espíritu, por lo cual es el absolutamente sencillo. En Él solo hay una realidad espiritual. En nosotros hay realidad espiritual y realidad material, por lo que somos "complejos". Esta complejidad explica el porqué en nosotros siempre se presenta la tensión entre lo temporal y lo eterno. Explica el porqué nuestra naturaleza nos hace tender a apegarnos a la materia, con la tentación de dejar a un lado lo que eleva nuestro espíritu. Nos da la clave de comprensión para la lucha interior que se presenta en nosotros entre el bien y el mal. Lo explica muy bien San Pablo: "Sabemos, en efecto, que la ley es espiritual, mas yo soy de carne, vendido al poder del pecado. Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco...  Pues bien sé yo que nada bueno habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero". Queremos dar satisfacción a lo temporal, con el riesgo de condenar lo espiritual con nuestras acciones. La clave está, entonces, en dar la justa importancia a ambas componentes de nuestra naturaleza. Tan importante es para nuestra vida nuestra realidad temporal como la espiritual. Si faltara alguna de esas componentes no existiríamos. La única diferencia que hay entre ellas es la temporalidad. La realidad corporal se acabará en algún momento. La realidad espiritual prevalecerá para siempre.

Dios nos creó seres materiales y espirituales para que desde toda nuestra realidad nos uniéramos a Él. No nos ponemos en contacto con Dios solo desde nuestra realidad espiritual, pues nuestra corporalidad nos identifica como quienes somos, desde ella realizamos las obras que a Él le agradan y nos acercan a Él, por ella tenemos la capacidad de relacionarnos fraternalmente con todos los demás hombres, con ella luchamos como socios suyos por hacer un mundo mejor, desde nuestra temporalidad sembramos la semilla que nos servirá para la cosecha de vida eterna que haremos en el futuro. El error que cometemos y que nos crea tanto desasosiego es el de despreciar alguna de nuestras dos componentes. Quien desprecia la corporalidad vive esta vida como una eterna condena y nunca alcanzará la felicidad en ella. Quien desprecia la realidad espiritual vive esta vida sin proyección de eternidad y tendrá la continua sensación de frustración porque todo terminará en el vacío. Es necesario asumir nuestra complejidad para vivir en serenidad interior, dando el peso a lo que suma puntos para aquello que nos alegre hoy y que subsistirá eternamente. San Pablo nos habla de la necesidad de ese equilibrio que hay que tratar de mantener siempre: "Los que viven sujetos a la carne no pueden agradar a Dios. Pero ustedes no están sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en ustedes. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo". La realidad corporal, con todo lo importante que es, no puede hacernos perder la conexión con el Espíritu de Dios. Nuestro ser no puede estar "sujeto a la carne", entendiendo esto como exclusión de lo espiritual. No se trata de un desprecio a la realidad temporal, sino de una llamada a no excluir la realidad eterna. Así lo afirma el mismo Pablo: "Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también sus cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en ustedes". Estos cuerpos mortales que poseemos serán vivificados. De ninguna manera serán despreciados.

Lo enseñó también Jesús. La resurrección de Lázaro es la demostración fehaciente de ese equilibrio con el que Jesús quiere que asumamos toda nuestra realidad compleja. La confesión que hace de su propia identidad coloca su obra como obra globalizante de todo lo que es el hombre: "Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre". Esta realidad corporal nuestra es la que hará posible una resurrección. Si no hay muerte, no habrá resurrección. Toda nuestra realidad será renovada absolutamente por la obra redentora de Cristo. Y que es importante nuestro cuerpo lo confirma Jesús al resucitar a Lázaro. La resurrección de Lázaro es preludio de la resurrección de los muertos al final de los tiempos. No es la resurrección final, por cuanto Lázaro debió morir de nuevo. Tampoco lo fueron ninguna de las resurrecciones que nos relata el Evangelio que hizo Jesús portentosamente. Pero sí es signo del aprecio que Jesús le tenía a esta vida que vivimos, por cuanto se lo devuelve a sus hermanas que vivían el dolor de su muerte: "Desátenlo y déjenlo andar". Por ello, tiene sentido todo lo que nos pide Jesús que vivamos hoy. Tiene sentido el amor que nos pide que vivamos entre nosotros, el perdón que estemos siempre dispuestos a dar a quien nos ofende, la caridad que tengamos con los hermanos más necesitados, la defensa de la vida en todos sus niveles, la aceptación de nuestros hermanos por encima de cualquier diferencia. Nuestra complejidad se resuelve en la asunción plena de lo que somos con alegría, recibiéndola como un regalo de amor de Dios que nos creó para que viviéramos nuestra plenitud. Somos materia y espíritu. Somos temporales y eternos. Somos limitados e infinitos. Esa es nuestra identidad. Y en la vivencia en plenitud de ambas componentes está nuestra felicidad plena. Ya Dios se encargará de darnos el premio que nos corresponda por haber asumido nuestra integralidad con alegría y serenidad.

sábado, 28 de marzo de 2020

Tú, Señor, ejerces tu autoridad sirviendo en la Verdad y el Amor

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Cuando Jesús hace referencia a la autoridad, la describe iluminándola desde el foco del servicio: "Ustedes saben que aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos". Cuando se concede ser autoridad a alguien no se le está dando poder para subyugar a nadie, para ejercer ese poder de manera despótica o tiránica. La autoridad se ejerce como un servicio que busca mantener el orden, el respeto a los valores, la defensa de los débiles y desprotegidos, siempre sustentado en la verdad. La autoridad es el ejercicio del servicio que busca proveer de la mayor cantidad de bien a la mayor cantidad de gente posible. Cuando se ejerce así, el pueblo agradece a la autoridad, pues reconoce que en ese servicio así ejercido está su mayor bien. Por el contrario, cuando el pueblo percibe que la autoridad busca solo beneficiarse a sí misma, imponiéndose sobre él, y en vez de servirles, se sirve de ellos, se rebela y con toda legitimidad busca arrancar de sus manos ese poder para ponerlo en manos de otros. Esta es una verdad que se impone por sí misma y que no es necesario aprenderla en un aula de clases. La sabiduría innata del pueblo reconoce lo que está bien y lo que está mal. Reconoce cuando la autoridad quiere servir de verdad y cuando quiere servirse de ellos. Reconoce cuando quieren ser manipulados para mantener el poder a toda costa. Lamentablemente, esta sabiduría no siempre es servida justamente. Hay quienes, siendo parte del pueblo al que la autoridad debe servir, se alían con ella, recibiendo prebendas manchadas de sangre para que se coloquen a su favor. Esa autoridad despótica necesita siempre de quienes así actúen, pues de lo contrario le sería imposible seguir sustentando el poder. Así, sucede lo más doloroso que puede llegar a suceder en una sociedad: se coloca el mismo pueblo contra su propio pueblo. 

De este modo, cuando una voz se atreve a alzarse contra la autoridad mal ejercida, ésta reacciona para quitarla de en medio. Fue la experiencia que vivió Jeremías, profeta del Señor que echaba en cara a las autoridades el haber desviado el camino y pretender servirse a ellos mismos. Era una voz acuciante que llamaba al cambio de conducta a todos, principalmente a las autoridades. Y era una voz que se alzaba cada vez más alta y se escuchaba cada vez más. Por ello, para las autoridades era imperioso acallarla a como diera lugar. Jeremías fue perseguido, burlado, aislado. "Yo, como manso cordero, era llevado al matadero; desconocía los planes que estaban urdiendo contra mí: 'Talemos el árbol en su lozanía, arranquémoslo de la tierra de los vivos, que jamás se pronuncie su nombre'". El fin era silenciar esa voz incómoda, que estorbaba a sus planes. La pretensión era totalmente absurda, por cuanto procuraban callar la voz que los ponía en evidencia creyendo que así quedaría borrada su maldad. Si no había quien los denunciara, ya no había el mal ejercicio de su autoridad. Sin embargo, en lo más profundo de su conciencia, allí donde nadie más puede entrar sino solo el hombre que se encuentra consigo mismo, no hay posibilidad de engaño. El autoengaño se sostiene solo por la búsqueda de beneficios personales. Hay la plena convicción de no estar haciendo lo correcto, pero el poder, las riquezas, los placeres, obnubilan de tal manera que prefieren vivir el goce del momento. No hay peor droga que el poder mal ejercido, que da pie a los mayores disfrutes terrenales, lo que para ellos lo justificaría todo. Es el trastoque total de los valores. Solo valdrá lo que me sirva para seguir disfrutando y todo lo demás hay que quitarlo de en medio. Jeremías es mártir de la verdad, de la denuncia del mal gobernante. Es anulado por haberse atrevido a poner en riesgo el goce hedonista del poder a los gobernantes. Él es prototipo de lo que será Jesús en el futuro. Jeremías prefigura perfectamente lo que vivirá Jesús, perseguido en su momento por las mismas razones.

Cuando Jesús ejerció públicamente su misión empezó a ser escuchado. "Algunos de entre la gente, que habían oído los discursos de Jesús, decían: 'Este es de verdad el profeta'. Otros decían: 'Este es el Mesías'". Su voz se alzaba cada vez más y era cada vez más escuchada por el pueblo. Pero gente del mismo pueblo reaccionaba de manera distinta: "¿Es que de Galilea va a venir el Mesías? ¿No dice la Escritura que el Mesías vendrá del linaje de David, y de Belén, el pueblo de David?" La idea era crear una confusión  a su alrededor, de modo que su palabra fuera puesta en duda. Pero la autoridad de Jesús, que había venido "no a ser servido, sino a servir", se imponía por sí misma. Y era tanto, que hasta los mismos guardias del Templo lo reconocían: "Jamás ha hablado nadie como ese hombre". La autoridad de Jesús no era una autoridad basada en la ostentación, en el poder, en la subyugación, sino que se iba imponiendo suavemente, pues contaba con la solidez de la Verdad que Él venía a predicar, que se impone por sí misma, calladamente, sin aspavientos. Esa Verdad que Jesús venía a traer lograba conquistar incluso a algunos de entre los que ejercían esa autoridad basada en la hegemonía religiosa: "Nicodemo, el que había ido en otro tiempo a visitarlo y que era fariseo, les dijo:
'¿Acaso nuestra ley permite juzgar a nadie sin escucharlo primero y averiguar lo que ha hecho?'" Sin el uso de armas ni medios coercitivos, esa Verdad se imponía. Evidentemente, quien ostenta el poder se revuelca ante ella, y busca defenderse: "También ustedes se han dejado embaucar? ¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en él? Esa gente que no entiende de la ley son unos malditos". Su lenguaje de descalificación descubre su falta de razón. No hay argumentos válidos sino solo el desprecio al otro. Al final, la Verdad se impone. Y se impondrá siempre. Y las malas autoridades quedarán desbancadas. Esa Verdad es inmutable e indestructible. Es la Verdad que se sustenta en la solidez de su fuente, que es Dios mismo. Es la Verdad que nos convoca a ser suyos, a vivir de su amor, a hacerlo nuestra principal baza, a estar bajo la suavidad de su autoridad, y a unirnos todos para caminar solidariamente hacia su encuentro.

viernes, 27 de marzo de 2020

La dictadura del relativismo nunca vencerá a la Verdad absoluta de Dios

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Los últimos Papas nos han alertado de diversas dictaduras que subyugan a nuestro mundo en los últimos tiempos. Nos han hablado de la dictadura del relativismo, de la dictadura de la indiferencia, de la dictadura de la cultura de la muerte... Nos alertan ante ellas por cuanto estamos siendo sus víctimas casi imperceptiblemente, pues nos las presentan revestidas de un halo de superioridad intelectual y moral en las que brillaría el respeto a la libertad del hombre, a la posibilidad de elección, a la supremacía de la independencia y de la autonomía, a la defensa del medio ambiente. Cualquier intento de oponerse a estas libertades sería un atentado contra el hombre, contra su progreso, contra su bienestar. El hombre es la medida de cualquier decisión y por encima de él no existe nada. No hay norma superior a la que se dicta él mismo. Y lo justo sería colocarse en esta misma línea, siendo quienes propongan algo diverso unos indeseables que se han quedado anclados en el pasado y no se han alineado con el progresismo "constructivo" que representarían estas ideas. Pensar de manera distinta sería incluso vergonzoso, por lo que quien así lo hiciera debe ser señalado como retrógrado y execrado de los círculos sociales. Hablar de verdades inmutables, de valores inamovibles, de criterios firmes, ya no tendría ningún sustento. Absolutamente todo es relativo y cambiante y lo inteligente es adaptarse, incluso en lo esencial y más profundamente identificante, a lo que dicta el momento. El mundo, así, estaría fundado en arenas movedizas que nunca dejarán de cambiar. Lo absoluto desaparece para dar lugar a lo móvil. Esta dictadura, que podríamos englobar como dictadura del mal, exige que cualquiera que se le oponga sea echado a un lado, aislado, anulado. Por un lado, porque a pesar de que dicen que no hay nada absoluto, afirman rotundamente que sí es absoluto que todo es relativo, y, por el otro, que es necesario desechar todo intento de oponerse porque pondría en riesgo su hegemonía. Es necesario dar la impresión de que no hay nada más inteligente que lo que ella propone, por lo cual hay que ridiculizar y acabar con todo lo que se le oponga, erigiéndose incluso en norma moral para todos.

El fundamento de esta pretensión no es nuevo. Se equivocan quienes se consideran "modernos" por tener estas ideas. Ya lo vivieron los justos, muchos años antes de Cristo: "Se decían los impíos, razonando equivocadamente: 'Acechemos al justo, que nos resulta fastidioso: se opone a nuestro modo de actuar, nos reprocha las faltas contra la ley y nos reprende contra la educación recibida; presume de conocer a Dios y se llama a sí mismo hijo de Dios. Es un reproche contra nuestros criterios, su sola presencia nos resulta insoportable. Lleva una vida distinta de todos los demás y va por caminos diferentes'". Decir la verdad ante quien defiende la mentira revistiéndose de superioridad intelectual o moral, les resulta incómodo, por lo cual, lo mejor es quitarlo de en medio. Quieren imponer el absurdo de que eliminando a quien proclama la verdad, eliminan la verdad. Lo cierto es que la verdad es eterna y se impone por sí misma. Jamás una pretensión humana hará que una verdad eterna deje de existir y de echar en cara los propios entuertos. Por mucho que se quiera imponer el relativismo, siempre brillará en lo más profundo de las convicciones la existencia de un ser superior al que muchos llamamos Dios, del cual provenimos, que nos invita a la superación no por desechar lo que somos en lo más íntimo, sino por consolidarnos más en nuestro propio ser, defendiendo nuestra esencia como criaturas dependientes de Él, y que ha colocado en nosotros una ley natural inmutable que por mucho que se luche contra ella siempre estará inscrita a sangre y fuego en nuestros corazones. Que somos seres con un componente espiritual que jamás podrá ser anulado aunque sea una de las más absurdas pretensiones, por lo cual nuestra vida no termina con los logros que tengamos aquí, sino que darán un resultado que nos favorecerá o nos perjudicará en una vida eterna que nunca terminará, en la presencia de Dios o lejos de Él. Que la inmutabilidad de algunos valores nos llaman a la defensa de la vida por encima de cualquier pretensión de eliminarla por cualquier medio y en cualquier estadio de la misma, a la defensa de la familia natural por encima de cualquier intención de desenfocarla en diversas uniones. Que nuestra vida no nos pertenece y nadie tiene derecho, ni siquiera nosotros mismos, a querer controlarla por cuanto es de Dios, pues de Él ha venido y a Él volverá. Que somos absolutamente libres de decidirnos a ser de Dios, aunque los "progresistas" quieran ridiculizarnos, aislarnos, desecharnos de la sociedad por ello...

También Jesús sufrió esta pretensión de ridiculización. Cuando se acercó después de las fiestas de las Tiendas, algunos de Jerusalén se preguntaban: "¿No es este el que intentan matar? Pues miren cómo habla abiertamente, y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que este es el Mesías?" La verdad que proclamaba Jesús era ya bastante incómoda para los jefes de los judíos, por lo que buscaban quitarlo de en medio. Pero el hecho de que apareciera públicamente hacía que los judíos bromearan respecto de los jefes, suponiendo su "conversión". Jesús respondía claramente, basándose en la verdad inmutable de su origen: "A mí me conocen ustedes, y conocen de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino que el Verdadero es el que me envía; a ese ustedes no lo conocen; yo lo conozco, porque procedo de él y Él me ha enviado". Jesús es la Verdad inmutable. Así lo proclamó Él mismo: "Yo soy el Camino y la Verdad y la Vida". Y cuando Pilato le preguntó cuál era la Verdad, Jesús guardó silencio por cuanto Él era la Verdad, y la tenía enfrente. La dictadura del mal quisiera eliminar la inmutable Verdad de Dios, y todas las verdades que de Él se originan. Se repite la historia de los antiguos que quieren eliminar toda proclamación de la Verdad, para eliminar la Verdad. No es nada nuevo. Es la pretensión de todos los hegemones del relativismo. Los que queremos mantenernos como adalides de la Verdad debemos asumir que nuestros tiempos nos llaman a solidificarnos no solo en la proclamación de la Verdad, sino en la vivencia profunda y convencida de ella. A pesar de los embates, de las burlas, de los aislamientos, a los que seremos sometidos, tenemos la fuerza de esa Verdad que se impone por sí misma y que jamás podrá ser desechada o eliminada, por cuanto es Dios mismo. Dios es más poderoso que todas las dictaduras y quienes nos ponemos de su lado lo seremos con Él. La Verdad siempre triunfará, pues Dios siempre triunfará.

jueves, 26 de marzo de 2020

Solo Tú calmas mis ansias de infinito y de eternidad

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El hombre es un ser naturalmente religioso. Su componente espiritual está siempre añorante de expresiones superiores con las cuales entrar en contacto. Hay en él un hambre insaciable de lo infinito, de lo eterno, de lo que lo trasciende. Sin duda, es la expresión de la semilla de eternidad con la que Dios lo ha creado, pues desde el origen el hombre fue hecho amigo de Dios y en la relación con Él es donde encontrará las mayores satisfacciones, los mayores consuelos, las mayores seguridades, los mejores apoyos para alcanzar sus logros. En cierto modo, esa añoranza de ese ser superior es también un complemento de afectividad, pues siempre espera de él una compensación de amor que difícilmente encontrará en sus iguales. Sabe en lo más íntimo y profundo de su corazón que ese ser superior nunca lo traicionará y siempre demostrará su preferencia por él. Que siempre que recurra a Él encontrará paz y sosiego y hallará la certeza sólida que lo consolidará en su camino. Es a quien puede recurrir en casos de desasosiego y desolación y allí encontrará la serenidad y la paz que necesita para su espíritu atormentado. En el periodo previo de la autorevelación de Dios, el hombre acucioso en la búsqueda de esta realidad superior concluyó que era necesaria la existencia de ese ser superior, que le daba movimiento, orden y armonía a toda la naturaleza. Que todo había surgido de su mano poderosa y se mantenía así por su expresa voluntad. Las sociedades prerevelacionistas se daban a sí mismas esos seres superiores en los que representaban ese trascendente al cual debían rendir honores y pleitesía. Bien podían ser el sol, un gran árbol, una montaña, una gran roca. Al fin, la necesidad de ese contacto con ese ser superior era mayor que su propia representación, por lo cual, en última instancia no importaba mucho cuál era esa representación, sino que sirviera como elemento con el cual tener un puente para unirse a lo infinito. De esta naturaleza original somos todos deudores. Todos buscamos esa relación compensatoria con ese ser superior. Con la autorevelación de Dios, llegamos al culmen de esa realidad. El mismísimo Dios, consciente de esa necesidad absoluta que tenemos, se revela y se nos ofrece, tendiéndonos la mano, desvelando que es Él ese al que todos añoramos y al que queremos ardientemente tender para reposar en sus brazos. Nos ha abierto la fuente del amor eterno e incondicional.

Los hombres queremos que ese Dios sea para nosotros la suma de todas las bondades y providencias. Que sea el que salga siempre a nuestro favor, defendiéndonos de todos los males y reparando todos nuestros entuertos. Y cuando tenemos la sensación de que nos falla, miramos a otra parte, buscando un sosiego inexistente en dioses inferiores que creemos que pueden llegar a suplirlo. Son los ídolos que nos construimos para nosotros mismos, que nos sirven para llenar nuestras apetencias, que se hacen la vista gorda ante nuestras fallas, que vienen a llenar el vacío que creamos nosotros mismos al apartarnos de Dios. Así, colocamos en calidad de dioses las riquezas, el poder, los placeres. Llegamos a colocarnos a nosotros mismos en el egocentrismo exacerbado, la egolatría. Fue la experiencia que tuvo Israel en su periplo por el desierto, al sentir que Yahvé los había dejado solos en su caminar. Dios le dice a Moisés: "Anda, baja de la montaña, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado. Se han hecho un becerro de metal, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman: 'Este es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto'". Después de haber experimentado el amor y el poder de Dios que se había colocado a su favor en la liberación gloriosa de la esclavitud en Egipto, se atrevieron a mirarse a sí mismos, desviando su mirada de Dios, y cometieron la mayor de las torpezas que se podían cometer. Pusieron su fe en un ídolo construido por ellos mismos, producto de su propia artesanía. Una estupidez de marca mayor. Y lo más triste es que los hombres nos empeñamos en repetir esa misma historia. Los ídolos que nos ponemos son todos hechura de nuestras propias manos. El dinero, el poder, el placer surgen de nosotros mismos. No surgimos nosotros de ellos. Y en nuestra máxima estupidez llegamos al absurdo de poner nuestra vida en sus manos. Criaturas nuestras que pueden desaparecer, y con ellas nosotros mismos, que ponemos nuestra esperanza en ellas. Urge hacerse cargo de esto. Urge que asumamos lo torpes que somos. Urge elevar nuestra mirada y recuperar la añoranza de lo verdaderamente trascendente. Urge dejar a un lado lo que está sobradamente comprobado que es inútil. Urge dejar a un lado los ídolos, dejar de servirles para pasar a servirnos de ellos como debe ser. Urge colocar a Dios, a Jesús, en el lugar que le corresponde, para sentir de verdad la infinita compensación de Aquél que me abre el camino a la eternidad, al infinito, que me sostiene en su amor y me da las fuerzas para avanzar y encontrarme siempre con Él.

Jesús mismo da testimonio de esta obra que Él realiza. No necesita de terceras personas que den testimonio de que Él es ese Dios que llena todos nuestros vacíos, que nos da las mayores compensaciones, que nos libera de todas nuestras penumbras, que colma nuestras ansias de eternidad y de infinito: "Las obras que el Padre me ha concedido llevar a cabo, esas obras que hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado. Y el Padre que me envió, Él mismo ha dado testimonio de mí. Nunca han escuchado ustedes su voz, ni visto su rostro, y su palabra no habita en ustedes, porque al que Él envió no lo creen. Estudian las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues ellas están dando testimonio de mí, ¡y no quieren venir a mí para tener vida! No recibo gloria de los hombres". Él no puede ser sustituido por ídolos que de ninguna manera pueden dar testimonio de sí mismos, pues son seres inanimados sin obras de las que puedan presumir. Es una verdadera estupidez intentarlo, como lo hizo Israel, que se había construido a sí mismo ese becerro dorado. ¡Cuántos hombres y mujeres se han construido su becerro dorado, hipotecando su existencia en las manos de esos ídolos que no tienen vida, que no tienen poder, que no tienen amor para dar! Debemos asumir con seriedad la existencia de este único Dios del cual hemos surgido, que ha colocado esa semilla de eternidad en nosotros, que nos ha inyectado las ansias de infinito, pero que lo ha hecho además consciente de que solo en Él lograremos saciarlas, y de que si buscamos en otras fuentes, solo conseguiremos frustración y nos mantendremos añorantes pues jamás podremos llegar a satisfacerlas. Nos creó con ansias de Él, y se pone en nuestro camino haciéndose el encontradizo para que probemos la plena satisfacción de tenerlo, sabiendo que solo su ser, su amor, su providencia y su misericordia son las que nos darán la compensación plena de sabernos en las manos correctas. Todo lo demás nos seguirá dejando en la añoranza y el deseo de plenitud. Solo en Él lograremos satisfacerlas plenamente.

miércoles, 25 de marzo de 2020

"Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo"

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"Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo". Estas son las palabras con las que el Arcángel San Gabriel saluda a María. Son palabras inauditas previamente, por las que la Virgen queda sorprendida y sobrecogida: "Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél". No podía ser de otra manera, por cuanto esta jovencita de no más de quince años, jamás había tenido una experiencia espiritual de esta especie, ni un encuentro similar con un ser angelical. Ella no entendía lo que se le decía, pero el Ángel sí sabía muy bien a qué se refería. Aquella niña era para él la que estaba anunciada desde el inicio de la historia de la salvación, de la que hace referencia Yahvé en su diálogo con la serpiente demoníaca. Ella es la Mujer cuya semilla le pisará la cabeza al demonio y lo dejará totalmente derrotado, aunque él procurará hacerle daño mordiéndole el talón. El tiempo de espera del cumplimento de esta bella noticia ya ha llegado. Podemos imaginarnos el gozo de Gabriel al ser enviado por Dios, en la plenitud de los tiempos, para anunciar ya a esta jovencita su elección como la Madre del Redentor. "Alégrate", le dice a María, invitándola al gozo por la inauguración de este nuevo tiempo en la historia de la salvación, en el que Dios emprende por su propio pie el recorrido duro y pesaroso del itinerario redentor, haciéndola a Ella su puerta de entrada. María, por encima de la sorpresa que vivía en ese momento, se sabía miembro de ese pueblo que había recibido la promesa y que estaba expectante esperando la llegada de ese momento de gloria: "Miren: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, porque con nosotros está Dios". Por eso, por haber sido llegado ese tiempo de redención, debía sentir la alegría de todo el pueblo. Y por si esto fuera poco, debía sentir la alegría de haber sido elegida por Dios para prestarse con su asentimiento a ser esa Puerta del Cielo que proclamamos en las letanías. Su vientre estaba siendo considerado el lugar más sagrado del universo, pues en él se iba a hacer carne el eterno Dios para entrar en la historia humana como un actor más que iba a lograr el rescate de la humanidad.

"Llena de gracia", continúa el Arcángel Gabriel en su saludo a María. Realmente es una alabanza extraordinaria. La única que la ha recibido es la Virgen María, con lo cual se verifica la exclusividad de su calidad espiritual. Está llena de gracia, es decir, llena de la vida de Dios en Ella. No hay un solo rincón de su ser que no esté impregnado de la presencia de Dios. No hay en Ella resquicio ni sombra de pecado. Si lo hubiera, ya no estaría llena de gracia. Esto requiere no haber pecado ni pecar, pues el pecado es la expulsión de la gracia de sí. Si hubiera habido pecado en Ella en algún momento previo a este, ya se hubiera hecho inhábil para estar llena de gracia, por cuanto las reliquias que quedan de cualquier pecado imposibilitan la plenitud de la gracia. Llena de gracia significa que ni pecó, ni peca, ni pecará. La alabanza del Arcángel no se refiere a ese momento exclusivamente, sino a toda su existencia. "Llena eres de gracia ahora, antes y siempre. Nunca dejarás de estar llena de gracia". Es esta la lógica para concluir que Ella ha sido preservada del pecado original y que en su vida jamás probó la amargura del pecado. Se requería que fuera así pues el huésped que Ella iba a tener en su vientre era nada más y nada menos que Dios, el infinitamente puro, para el cual es imposible compartir lugar con la impureza que produce el pecado: "Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin ... El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios". El Verbo eterno de Dios requería de un lugar inmaculado, sin mancha de pecado, que ofrecía Aquella que había sido preservada del pecado en atención a los méritos que alcanzaría su Hijo con la obra redentora. Todos los efectos de redención fueron aplicados anticipadamente a María, antes del momento en que estaba siendo concebida, lo que la hizo el lugar ideal en el cual se hacía hombre el Hijo de Dios.

"El Señor está contigo", concluye el saludo del Ángel. Es la permanencia de Dios en María, ahora y siempre, por cuanto Ella ha "encontrado gracia ante Dios". El "estar" sugiere estabilidad, permanencia, continuidad. Dios está con María y la acompañará siempre, como la ha acompañado desde el primer momento de su existencia. La presencia de Dios en la vida de María fue, previamente a la encarnación, una presencia espiritual. Desde su concepción hasta este momento de la visita de Gabriel fue acompañada por Dios, que la cubría con su amor y su poder, que la hacía crecer sana y santa, que la hacía cada vez más apta para ser la Madre del Redentor. María contaba con la providencia continua de Dios en su vida. Por supuesto, esta presencia de Dios en la vida de María no se quedó en el orden espiritual, sino que pasó a ser corporal, física, en el momento de la encarnación. "El Señor ha estado contigo hasta hoy espiritualmente. Ahora es tal esa presencia de Dios en tu vida, que está físicamente presente en tu vientre, y será el compañero de tu vida hasta siempre". El Hijo de Dios es el Hijo de María, por lo cual Dios mismo estará plenamente presente en la vida de María desde su encarnación hasta la eternidad, habiendo estado antes solo espiritualmente. Esa compañía será arrebatada brevemente, cuando el Hijo de Dios tenga que cumplir con su misión redentora. Es una misión aceptada voluntariamente, en la que la Madre es constituyente principal pues es la que ha formado un cuerpo al Verbo redentor: "Cuando Cristo entró en el mundo dice: 'Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo; no aceptaste holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije: He aquí que vengo -pues está escrito en el comienzo del libro acerca de mi- para hacer, ¡oh, Dios!, tu voluntad'". Ella, la Madre del Redentor, sufre su pasión personal, como le fue profetizado en su momento. Jesús, arrebatado de su vida para la entrega definitiva a la muerte, no la abandona. La sigue acompañando en el dolor. Ella entrega a su Hijo, pero en su corazón sigue presente ardientemente. La sigue llenando de su presencia, y sigue estando con Ella en ese momento de dolor y para toda la eternidad. Vendrá el gozo infinito de la resurrección y el de su propia llegada al cielo, corriendo la misma suerte de su Hijo, con lo cual eternamente, el Señor estará con Ella. Esta es nuestra Madre, la siempre feliz, la llena de gracia, la que nos regala a su Hijo Jesús.