miércoles, 16 de abril de 2014

La Cruz no es derrota... ¡Es Victoria...!

La Redención es una obra de matices impresionantes. No sólo por lo que representa de poder y de misericordia en cuanto recupera para el hombre su condición original de gracia y de filiación divina, abriéndole así de nuevo la posibilidad de su entrada en la felicidad eterna en el cielo, sino por la aparente contradicción interna que en sí misma presenta... Quizá no haya existido sobre la tierra acción de mayor humillación hacia una persona en particular, como la pasión de Jesús. Recordemos todo lo que pasó: los fariseos deciden entregar a Jesús a los romanos porque ya está siendo excesivamente incómodo con sus denuncias y con sus obras que llaman tanto la atención contra ellos y contra el poder en general, contra la hipocresía de presentarse como los inmaculados cuando en realidad son "sepulcros blanqueados" que llevan sólo muerte y pudrición, contra la pretensión de mantener dominado y subyugado al pueblo sencillo y humilde de Israel bajo un terrorismo espiritual que mostraba la manipulación más indigna de la realidad religiosa del hombre... Llegan incluso a querer quitar de en medio a Lázaro, pues había sido resucitado por Jesús y le estaba dando "demasiada publicidad" poniéndolos a ellos aún más en evidencia... Las buenas obras de Jesús debían ser desaparecidas...

Jesús es vendido con el precio de un esclavo. "¿Qué están dispuestos a darme si se lo entrego? Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo". Es la repetición de lo que sucedió con José en el desierto, vendido como esclavo por sus mismos hermanos. José, con su vida, anuncia lo que sucederá con el Mesías Redentor. Paradójicamente, esa venta fue la salvación de Israel que se moría de hambre en el desierto. El pecado de los hermanos resultó convertido, por la infinita misericordia de Dios, en una acción providencial de amor y de salvación. Porque José era el segundo del Faraón en Egipto, Israel fue salvado de morir. El que fue vendido como esclavo, haciéndose esclavo sin haberlo sido originalmente, sino asumiéndolo por la obra que cumpliría posteriormente, es el liberador, el que rescata de la muerte. Es exactamente lo que sucede con Jesús. La humillación de haber sido vendido como esclavo, fue lo que sirvió para que desde la Cruz liberara a toda la humanidad de morir cruelmente bajo las garras del pecado...

Cada paso de la Pasión de Jesús es de humillación: golpes, burlas, escupitajos, desnudez... Incluso es preferido un delincuente notorio como Barrabás por encima de Él, que no había cometido ni un solo delito. El ensañamiento contra Jesús, el único Justo, es impresionante. No hay nada que hable de la bondad de los hombres en esta gesta, sino que todo deja desnudo el espíritu de la malignidad, el odio, la devastación que se pretende hacer contra el que es inocente de todo lo que se le acusa... Los pasos de la humillación son parte de esa Pasión que pronto será horriblemente cruenta por el sufrimiento físico que representará... No le basta a la maldad humana el ver humillado hasta el fondo al hombre, sino que quieren verlo sucumbir también en los más horribles sufrimientos, hasta quedar exhausto e inerme pendiendo de una Cruz de muerte. Realmente, más que ver desnudo al Salvador en la Cruz, se ve desnudo el hombre, que deja entrever el horror de la maldad de la que está enferma su alma...

Pero, contrariamente a lo que se puede pensar, a pesar de que la maldad se ceba con este espectáculo de sombras y penumbras, en él se está gestando la victoria más contundente de todas... Los caminos de la providencia vuelven a brillar esplendorosos y sabrán convertir lo que es un espectáculo bochornoso en la obra de Redención que descubre la más hermosa intención de amor y de misericordia de parte de Dios: "A pesar de que me humilles, de que me trates tan mal, de que te burles de mí, de que me desnudes y me vejes, Yo te sigo amando infinitamente. Y mi amor es todopoderoso. Unos golpes, unas burlas, una humillación, nunca lo harán desaparecer. Te amo, y siempre será así... Esto que estoy pasando por ti y por amarte tanto, será, aunque te sorprenda, tu salvación... La humillación a la que me sometes, te salva, porque así lo quiero Yo..."

Es lo que dice Isaías: "Ofrecí la espalda a los que golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos... Mi Señor me ayudaba, por eso no me quedaba confundido, por eso ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado". Jesús asume, como lo profetiza Isaías, todo ese sufrimiento, pues sabe que es la obra redentora que debe emprender. Es el itinerario de la satisfacción que debe realizar, que pasa por la extrema humillación. No es sólo la malignidad del hombre la que lo hace posible. Jesús lo hubiera podido hacer de otra manera menos cruenta, pero sólo Él, al asumirlo, hizo posible que así fuera. Siendo Dios hubiera podido haber escogido otro camino. Pero quiso ese, pues es el que deja más claro su amor redentor, el que asume sufrir en vez de los que sí deberían haber sufrido...

Y así, es su victoria... "Tengo cerca a mi abogado, ¿quién pleiteará contra mí? Vamos a enfrentarnos: ¿Quién es mi rival? Que se acerque. Mirad, mi Señor me ayuda: ¿quién probará que soy culpable?" La conciencia clarísima del Redentor es la de estar cumpliendo perfectamente la obra de rescate que le había mandado a realizar el Padre. No hay ninguna sombra de duda en Él. Esto que hace es la salvación del hombre. Asumir el sufrimiento y la muerte no es, de ninguna manera, agradable. Pero sí es la forma de rescatar al hombre del abismo en que se encontraba. Aparentemente es derrota ignominiosa, pero realmente es victoria contundente, por cuanto se cumple la meta: sacar al hombre de la muerte y llevarlo a la vida. Y eso era lo que venía a hacer... Por eso, al final, cuando ya va a entregar su espíritu al Padre, Jesús se siente con todo derecho a decir: "Todo está cumplido", es decir, "Ya he realizado todo lo que vine a hacer. Esta muerte mía es tu victoria, Padre, sobre la muerte, sobre el pecado, sobre el demonio. Es la victoria que damos al hombre para que sea él el vencedor, a pesar de que ha sido él el que me ha clavado en esta Cruz, que lejos de ser signo de muerte o de derrota, es de vida y de victoria...Sólo me falta refrendar esta victoria con la Resurrección, para demostrar que ni la muerte ni el sepulcro son más poderosos que Tú y que Yo. Vamos hacia la Gloria... Misión cumplida..."

martes, 15 de abril de 2014

Una Pasión física y también espiritual

La Pasión de Jesús fue tremendamente cruenta. El castigo infligido por los romanos a quien cometía su delito de "rebelión" era ya terrible. Pero los judíos, ensañándose con quien "pretendía hacerse Dios", le agregaron también el que ellos consideraban... Por eso a Jesús lo azotan y, además, lo crucifican. En los juicios, el castigo normalmente era uno de los dos. El reo o era azotado o era crucificado. Pero ambos castigos no era común que se le infligieran a un mismo reo... Por otro lado, el número de azotes era estipulado en un mínimo, para que el reo no muriera mientras se los daban... Con Jesús, aparentemente, esto no fue respetado... Así, tenemos que el sufrimiento físico de Jesús fue extremo. Sometido a dos castigos diversos por su delito, y además, en una medida absolutamente desproporcionada... Jesús asumió en plenitud el papel del "Siervo sufriente" que profetizó Isaías años atrás, hasta que se pudo afirmar de Él, al verlo, que "no tenía aspecto humano"... Ciertamente, podemos decir sin temor a equivocarnos que "por sus llagas hemos sido curados"...

Pero la Pasión de Cristo no fue sólo una pasión física. No se puede negar que el sufrimiento físico fue extremo, terrible, terminal. Ningún hombre en toda la historia ha sufrido más que lo que ha sufrido Jesús. Mas, a ese dolor físico debemos añadir el otro, el espiritual, que lo abatió también interiormente... El Siervo sufriente, así lo profetizó también Isaías, fue "abandonado por todos". La carga de dolor fue también del alma. No fue sólo su cuerpo el que sufrió, sino que a eso se añadió un dolor peor: el de la incomprensión, la burla, el abandono, la soledad. Sin duda, ese dolor era ya inmenso, pues "cargó sobre sus espaldas el pecado de todos". Eso, en sí mismo, tuvo que haber sido un peso enorme que se erguía como abominación sobre Él. Hay que pensar sólo en todos los pecados que estaban sobre las espaldas de Jesús. Y en los peores: el del violador, el del asesino, el del torturador, el del ladrón, el del esclavista, el del estafador... Todos y cada uno, y todos los peores. Todos... Eso aseguraba el sufrimiento espiritual extremo del Redentor... Pero a eso añadamos ahora uno que tuvo que haber dolido mucho: el del abandono y la soledad en que lo dejan los más cercanos, los más queridos, aquellos con los cuales convivió diariamente, que fueron testigos de sus portentos, que escucharon todas y cada una de sus palabras, que fueron beneficiarios de ese cariño que se tuvo que haber vivido en la intimidad de las conversaciones nocturnas, de las explicaciones de las parábolas, de la enseñanza sobre cómo orar, de la "rendición de cuentas" sobre las andanzas apostólicas en las que todos se sorprendían de cómo Dios actuaba a través de ellos... Delante de Pilato, de Herodes, de los fariseos, Jesús se encontró absolutamente solo, abandonado. Quizá buscaba alguna cara amiga, pero no la conseguía. Sólo veía caras desencajadas que pedían su muerte, como hienas que se cebaban ante su víctima...

Dos de sus más íntimos, quizás los principales del grupo de los apóstoles, son advertidos por Jesús de la traición que cometerán. De Judas dice: "'Les aseguro que uno de ustedes me va a entregar... Aquél a quien yo le dé este trozo de pan untado'. Y untando el pan se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote... Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche"... Luego le dice a Pedro: "¿Con que darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces"... Pedro, el primero de todos, aquél sobre el que "edificará la Iglesia", nombrado siempre en el primer lugar en todas las listas de los apóstoles, será uno de los traidores... Y Judas, el tesorero del grupo, el que llevaba todos los dineros, sobre el cual había, por lo tanto, una confianza de base, será el otro... Esos dos serán los primeros traidores de Jesús... Ambos cumplirán a la perfección las acciones que Jesús les vaticina... Y dejarán a Jesús en una soledad aplastante... Veremos al final de la vida de Jesús, cómo sus únicos acompañantes serán su Madre María, la Magdalena y Juan. Nadie más. Tenía que ser terrible que Aquél al que aclamaban tantos, que era seguido por tantos, que fue reconocido por las maravillas que realizaba en medio del pueblo, se encontrara ahora tan solo, tan desprotegido, tan débil...

Ya conocemos bien el fin de ambos... Judas quedó para siempre como el traidor. Más aún, se ha convertido en prototipo de todos los traidores. A todo traidor se le llama "Judas". Terrible manera de pasar a la posteridad. Pero Pedro, por el contrario, cumplió con creces, luego de su arrepentimiento y de haber recibido la fuerza renovadora y radical del Espíritu Santo en Pentecostés, lo que había prometido a Jesús: "Señor, ¿por qué no puedo acompañarte ahora? Daré mi vida por ti". Jesús recibió de Pedro la ofrenda de su vida. Hizo con él el gesto de delicadeza extrema haciendo, después de la Resurrección, que por tres veces confesara su amor para borrar la triple negación que torpemente había hecho en la Pasión... Y hoy es sinónimo de entrega, de apostolado. Es el primer Papa de la historia...

La traición de los suyos no fue suficiente para apartar a Jesús de la tarea que Dios le había encomendado. Ya Dios había dicho cuál sería el fin y cómo llevaría adelante su misión: "Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba... 'Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel: te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra'". Jesús era el Redentor, y su labor pasaba por todo lo que estaba anunciado. La Redención era cruenta física y espiritualmente. El sacrificio debía servir para borrar todo lo que debía ser cancelado. Debía servir para que todos, en Jesús, satisficiéramos al Padre y obtuviéramos la justificación. Nuestro Hermano Mayor lo hizo por nosotros, y eso se nos puso a favor en nuestra cuenta... Sufrió y murió en vez de nosotros. Nos ahorró todo ese sufrimiento que nos correspondía... Es el perfecto pagador, aunque no era el deudor... "Por sus llagas hemos sido curados"...

lunes, 14 de abril de 2014

Dios sabe qué es lo que nos conviene y cuándo

Todos quisiéramos obtener resultados inmediatos en las metas que nos proponemos. Algunas veces será posible, otras no. Más aún, en muchas ocasiones no convendrá tener las metas alcanzadas inmediatamente, pues de alguna manera es didáctico que recorramos un camino que nos curta para poder afrontar una nueva situación que vamos a vivir. Dios sabe lo que hace mejor que nadie, y sabe además si algo nos conviene o no... Y, si llegara a concluir que nos conviene, sólo Él sabe en qué momento nos conviene. No tiene sentido, por lo tanto, el que nos desesperemos por tener algo que consideramos muy bueno o muy conveniente para nosotros, pero que no se da súbito... Lo que hay que cultivar es la paciencia y la conformidad. Paciencia para no desesperar en la espera, y conformidad si al fin la meta no se logra...

Hay que intentar siempre colocarse en la misma perspectiva de Dios, sintonizar con sus criterios y tratar de aceptar sus términos temporales. "Mil años en tu presencia son un ayer que pasó", dice la Escritura, refiriéndose al tiempo de Dios. "Mil años son como un día, y un día como mil años". Todo en Dios es un eterno presente en el que se está verificando en tiempo real todo lo pasado, todo lo futuro, en su presente. Esa perspectiva es posible sólo en Él, pues está por encima de todo y todo lo tiene en su mano creadora y providente. Sería absurdo, por lo tanto, dictarle a Dios términos, fechas de vencimiento, horas o minutos. Él es dueño del tiempo y al ser Omnisciente, posee la capacidad única de conocerlo todo, de percibir en el mismo hecho, causas, acciones y efectos simultáneamente...

No quiere decir que todo en nosotros esté determinado, es decir, que exista fatalmente una determinación marcada ya del destino de cada uno. No es así. Sería contradecir la motivación firme y decidida de Dios hacia el hombre de crearlo libre y dueño de sus actos, de sus pensamientos, decisiones y acciones. El "hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza" pronunciado comunitariamente por la Santísima Trinidad y mayestáticamente por el Dios único, ya establece la "igualdad" entre Dios y el hombre en esa capacidad de decidir sin ser forzado ni interna ni externamente. El hombre ha sido enriquecido por Dios con su inteligencia y su voluntad para que construya su vida y su destino. No somos una especie de juego virtual en el que Dios mueve sus piezas a placer y en el cual nosotros seríamos unos actores que representarían un papel que ya está escrito y tiene un final establecido por Dios, sin que le importe para nada lo que nosotros pudiéramos aportar...

Nuestra vida se desarrolla sobre dos rieles: sobre el del eterno conocimiento de Dios y sobre el de la libertad con la cual Él nos creó. Dios sabe lo que decidiremos desde nuestra libertad, sabe cuáles serán las consecuencias de lo que hagamos, conoce perfectamente cuál será nuestro final... Pero cada una de esas cosas las decidimos nosotros libremente. Es una conjugación misteriosa entre el conocer perfecto de Dios -es Dios y es Omnisciente-, y la libérrima voluntad con la cual nos creó -nos hizo libres, como Él es, "a su imagen y semejanza"-.

En ese término temporal que se desarrolla entre el perfecto conocimiento de Dios y el ejercicio de nuestra libertad, debemos siempre confiar en que Dios va colocando las condiciones para que tengamos la posibilidad de decidir correctamente. Él pone en nuestro camino los instrumentos que necesitamos para ser plenamente felices. Y nosotros decidimos usarlas o no. Es nuestra decisión libre, y Dios la respeta reverentemente, aunque sepa que pudiera tener consecuencias negativas para nosotros. Aun así, en el camino de los logros de los bienes que necesitamos, Él quiere que aprendamos a añorarlos, a desearlos, a suspirar por ellos. Y eso requiere de una "pedagogía de la añoranza", de un itinerario en el que podamos percibir la luz y la sombra que significan el tenerlo y el no tenerlo, para poder valorarlo más y añorarlo con más fuerzas... Por eso nunca las cosas se darán sin esfuerzos, sin pedagogía, sin aprendizaje previo... Es la manera de actuar de Dios, y de su Enviado, Jesucristo: "Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamara, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará., el pabilo vacilante no lo apagará, hasta implantar el derecho en la tierra, y sus leyes que esperan las islas". La labor que el Mesías Redentor viene a realizar será al estilo de Dios, no al estilo desesperado y apresurado del hombre. Será paciente incluso con los malos, dándoles la oportunidad de la conversión. Y será paciente también con los débiles, dándole la oportunidad de fortalecerse. Su paciencia en la obra redentora será el signo de la paciencia que tiene con todo. Y será algo que querrá que nosotros aprendamos también. Para alcanzar un bien, debemos curtirnos y curtir ese mismo bien. Por más que la madre ame a su hijo recién concebido en su vientre, debe esperar los nueve meses reglamentarios para acunarlo en sus brazos. Si llegara a desesperarse por tenerlo antes, lo más probable es que cometa una torpeza y el niño moriría... Un bien no es mejor por tenerlo antes de tiempo. Es Dios el que establece cuándo es mejor... Y eso debemos aceptarlo y confiar en su sabiduría infinita...

Esa paciencia en Dios, confiando infinitamente en su amor, nos debe colocar delante de Él para esperar cualquier bien de sus manos y para que esperemos también el cumplimiento del término temporal que Él considere el correcto. En cierto modo, debemos ponernos como María, a los pies de Jesús, que "tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume"... Ella preparaba a Jesús para su sepultura con ese gesto -"Déjala, lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tienen con ustedes, pero a mi no siempre me tienen", le dijo Jesús a Judas que criticaba el que se "gastara" ese perfume-, pero nosotros podemos hacerlo para esperar pacientemente ante su amor el beneficio que Él mejor que nadie sabe que nos conviene...

En el camino de la vida debemos aprender lo que Dios quiere enseñarnos. No es mejor lo que nosotros consideremos. Es mejor lo que Dios considera. A veces coinciden. A veces no... Cuando no coinciden, debemos dejar a Dios el discernimiento. Él sabe mejor que nosotros el qué y el cuándo... Y quiere que avancemos por ese camino de la paciencia, como Él lo recorrió perfectamente en su Hijo Jesús, y logró para todos el mayor beneficio, que es el regalo de su propia vida para que fuera vida nuestra. Nos dio el mayor tesoro que jamás podremos tener y que por nuestros propios medios jamás lograremos. Es el regalo de su amor, de su perdón, de su propia vida en nosotros, que nos hace definitivamente su imagen y semejanza, y nos abre las puertas del cielo para habitar eternamente felices en su presencia...

domingo, 13 de abril de 2014

Hoy te alabo... Mañana te crucifico...

No hay nada más voluble que un hombre que deja de ser él mismo y que, arrastrado por las masas, empieza a ser también "masa". La psicología de las masas es, hasta cierto punto, sencilla. Basta mantener el control con algunas consignas motivadoras y entusiasmantes, que revelen y expresen bien el estado de ánimo general que se vive en el momento, para tener éxito. Hay que conectar con el estado de ánimo de las individualidades, que más o menos sea el mismo que viven todos, para dar con  la clave que los aglutina casi como en un único cerebro. No es que no sean reales las consignas. Lo son. Y ahí está la clave de la masificación. Los individuos se sienten identificados en ellas y por eso, al verse retratados y aglutinados en un mismo sentimiento, se amalgaman sólidamente en un mismo "espíritu"... Cuando eso se ha logrado, ya se tiene el camino iniciado. Las consignas pueden ir subiendo de tono e, imperceptiblemente, todos van asociándose a ellas, sintiéndose incluidos, viéndose identificados con cada una, aunque a lo mejor no eran ideas que tenían originalmente. Basta con que el que lanzó las primeras consignas, al que se le dio toda la confianza al verse retratados originalmente, lance nuevas consignas, para confiar en él. Si se identificó con cada uno originalmente, las nuevas ideas que entrañan las nuevas consignas deben ser de la misma entidad, por eso también nos vamos identificando con ellas...

Al ser parte de la masa, la conciencia de ser persona individual se obnubila. Se necesita tener mucho dominio de sí mismo, no adolecer de grandes cosas, tener fortaleza de carácter y gran personalidad, para poder evitar el sucumbir al anonimato que se propone con la masificación. Pero el manipulador es muy inteligente. Y basa su entramado en necesidades reales, consistentes con lo que se vive cotidianamente, y de ahí parte para suavizar la oposición basada en madurez, en dominio de sí, en objetividad, en conciencia...

En el Domingo de Ramos asistimos a una ejemplificación típica de esto. El pueblo de Israel, congregado en Jerusalén para iniciar las celebraciones de la Pascua judía, se encuentra de repente con un signo claramente mesiánico: Jesús entra, tal como lo decían en las Sagradas Escrituras, como el rey que va montado sobre un pollino. Bastó que alguno descubriera en eso el signo de la profecía y que empezara a vitorear a Jesús que entraba triunfalmente en la ciudad para que todos iniciaran su alabanza al Rey que viene... Y no es que no fuera real. El pueblo esperaba a ese liberador que había sido tantas veces anunciado por Dios en el pasado. Al parecer, esos tiempos de liberación, de cumplimiento de las promesas, se estaban iniciando con este personaje del que ya se estaba hablando tanto. Ya la obra de Jesús era harto conocida. Había hecho muchas maravillas, muchos milagros. Había tenido sus encontronazos con las autoridades judías y romanas. Se había atrevido a oponerse a las cosas que estaban ya establecidas, que eran ya norma, pero que no estaban al servicio del hombre ni del pueblo en general. Su mensaje, aun cuando en sus acciones llamaba a la rebeldía cuando se pisoteaba la dignidad de cada hombre, era de perdón, de amor, de misericordia, de fraternidad... Esto cuadraba perfectamente con lo que Dios había anunciado. Y era lo que necesitaba el pueblo que ya se sentía suficientemente humillado por esas autoridades. Este era, sin duda, el personaje que se estaba esperando para iniciar la obra de liberación del pueblo. Por eso es aclamado como "el que viene en nombre del Señor". Jesús es el Mesías, el esperado tantos siglos, el liberador que Dios había prometido a los judíos. Por eso no cabe nada mejor que alabarlo, que bendecirlo, que abrir las puertas del corazón para que los subyugue totalmente: "¡Hosanna! ¡Bendito el que viene el nombre del Señor! ¡Aleluya!"

Todo el pueblo se enardeció con Jesús en medio de ellos. No había dudas para nadie: la época de la liberación ya había llegado, y había que anunciarla a los cuatro vientos. No se podía callar tanta alegría. Israel sería liberado completamente del yugo de los romanos, como fue liberada portentosamente del yugo de los egipcios, pero también sería liberada del yugo de las autoridades religiosas que se aprovechaban de su ascendiente sobre los débiles para mantener un estatus que necesariamente debía serles arrebatado por no servir a los hombres, sino a sí mismos...

Pero, unos días después ese mismo pueblo que tan animada y entusiastamente aclama al liberador de Israel, estará pidiendo su crucifixión. No sabemos si son exactamente los mismos, pero es la misma ciudad, por lo que podemos suponer que muchos son los mismos personajes. Los que aclaman hoy el paso de Jesús y colocan sus mantos y ramas a los pies del pollino para que pase sobre ellos, mañana pedirán a Pilato que lo crucifique... La psicología de las masas en este caso funciona en dos direcciones opuestas y contradictorias. Los que antes estaban entusiasmados porque había llegado la liberación del pueblo representada en el enviado del Señor, piden después que sea anulado, execrado, asesinado. "¡Crucifícalo!", gritan enajenados...

Aquella población de Jerusalén no es más que representación de lo que somos nosotros mismos. Tan pronto aclamamos y nos alegramos de la obra que Jesús ha realizado, al liberarnos del pecado, al rescatar nuestra dignidad de hijos de Dios, como apenas tenemos la oportunidad, con nuestras acciones pedimos su crucifixión, preferimos el barro pestilente de pecado. Estamos en un sube y baja espiritual, del que se aprovecha el demonio. Nada hay más reconfortante para la obra del demonio que el que nosotros seamos volubles, que el que no tengamos solidez en el criterio de fidelidad y de amor a Dios y a los hermanos, que nos dejemos llevar por conveniencias y gustos y no por la objetividad de la vida de la gracia y su infinita compensación. Gritamos "¡Crucifícale!" apenas nos dan la oportunidad. Reconocemos su obra liberadora, pero nos dejamos llevar por el manipulador de oficio, el demonio, para volverlo a asesinar una y otra vez...

Y Jesús sigue entrando triunfalmente en nuestra Jerusalén, para que lo aclamemos. Cuando ya sólo lo aclamemos y no lo crucifiquemos de nuevo, entonces, y sólo entonces, viviremos la alegría de nuestra redención, de nuestra renovación radical. Entonces será nuestro verdadero liberador, el que nos redime cargando sobre sus hombros todas nuestras inmundicias, y llevándonos sobre sus hombros, como el buen pastor, a la presencia del Padre que nos dará la compensación, ya no como masa, sino como hijos amados personalmente que estarán eternamente en su presencia de amor y de misericordia...

sábado, 12 de abril de 2014

Divididos no sobreviviremos

La división no es signo de los cristianos. Jesús, en su oración sacerdotal, desde lo más profundo de su ser, pidió al Padre: "Que todos sean uno". Era el signo de que aquellos cristianos creían, que eran fieles. Era lo que podían mostrar al mundo para ser creíbles en su fe. "Que todos sean uno, como Tú y Yo somos uno, para que el mundo crea". El mejor signo que podían dar los cristianos era el de la unidad, incluso más que el mensaje que podrían proclamar al mundo. Es muy importante transmitir de palabra el mensaje del amor de Jesús, la salvación que vino a traer al mundo, su deseo de que todos los hombres vuelvan a la casa del Padre como hijos amados, la obra de misericordia infinita que realizó perdonando las ofensas que contra su mismo amor habían infligido los hombres... Pero ese mensaje tenía que tener un sustento sólido en un estilo de vida que fuera la confirmación práctica de lo que se anunciaba. De nada vale gastar energías en un mensaje que pretenda ser convincente, por muy real que fuera, si no tenía un apoyo firme en la vida que lo revelaba...

¿Cómo va a creer el mundo en un mensaje de amor y de salvación, si los que lo proclaman viven en la separación, en el odio, en las suspicacias, en la división, en la violencia? De ninguna manera nadie se dejará embaucar por ese mensaje, pues la evidencia exterior es que es falso... La unidad de los cristianos es la carta de presentación idónea para el mensaje que se quiere transmitir...

Es natural que así sea, pues el mensaje de los cristianos es un mensaje de amor. El amor es el lubricante perfecto que hace que las diferencias no se profundicen hasta llegar a la división extrema, a la intolerancia, a la exclusión total... Y es que la unidad no significa uniformidad, sino aceptación de las diferencias dentro del marco de lo razonable. La unidad, por supuesto, no busca convivir con lo que es objetivamente malo, pero sí con lo que es razonable. No busca la unidad simplemente quien se hace la vista gorda ante lo injusto, ante el odio entre hermanos, ante la violencia contra el que piensa diferente. Ese es un pasivista absurdo. Quien busca la unidad busca anular lo malo, sumar a lo bueno. Y quien quiere vivir la unidad lucha también por no permitir que se asiente en su espíritu el deseo de lo hegemónico, de lo tiránico, de lo absolutamente dominante y arrasador...

Para seguir el itinerario de la unidad en la fe es necesario que se busque qué es lo que aglutina al cristiano. El factor aglutinante único, dada la diversidad de pensamientos, de conductas, de intereses, de metas, de métodos, que todos podemos vivir, es el del Dios que nos sustenta. Lo comprendió perfectamente Israel, pues así mismo se los descubrió Yahvé: "Los libraré de sus pecados y prevaricaciones, los purificaré: ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios". Es Dios el que crea, el que convoca, el que sostiene y el que espera... Fuera de Él no hay otra posibilidad de factor de unidad. Cualquier otra realidad que pretendamos colocar será siempre pasajera, temporal, etérea... Sólo Dios es el eterno, el que nunca pasa, el que sirve de fundamento sólido para cualquier proyecto de vida, pues coloca la meta de la eternidad en la perspectiva de la vida de todos...

Cuando no colocamos a Dios en esa perspectiva, nos arriesgamos a que todo proyecto sea frágil. El Dios de la unidad es el que se ofrece para hacernos sólidos en la fraternidad. Es la manera como a todos se nos hará un solo pueblo que sigue bajo la mirada de un solo pastor. "Yo voy a recoger a los israelitas por las naciones adonde marcharon, voy a congregarlos de todas partes y los voy a repatriar. Los haré un solo pueblo en su país, en los montes de Israel, y un solo rey reinará sobre todos ellos. No volverán a ser dos naciones ni a desmembrarse en dos monarquías". Es tremendo el que Dios Creador, habiendo establecido que la ruta de la felicidad fuera la de la unidad, y habiendo sido nosotros mismos los que hiriéramos esa posibilidad, aun así haga lo necesario para restablecer nuestros lazos de unión, pues sabe que ese es el único camino para la plenitud...

La salvación del pueblo pasa por la unidad. Será uno solo el Salvador. Será un solo hombre el que morirá por todos. No serán varios los redentores, sino que será el único Jesús, el único Dios hecho hombre, el único Hijo de Dios, el único Verbo Eterno del Padre, el que asumirá esa tarea. Hará su sacrificio para hacernos a todos uno con Él y llevarnos así, en la unidad, a la presencia del Padre. Esto lo reconoció el mismo Caifás, Sumo Sacerdote, cuando en el Consejo del Sanedrín se referían a la necesidad de dar muerte a Jesús: "Ustedes no entienden ni palabra; no comprenden que les conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera". La unidad de los cristianos surge de la intención primera del Padre al crearnos como imagen y semejanza de la unidad esencial en la que vive la Trinidad Santa. Es la manera de asegurar la subsistencia en medio de todos los pueblos que rodean a Israel. Es la seguridad de que nuestra fe es verdadera y el medio por el cual daremos el mejor testimonio de credibilidad al mundo. Es la meta a la que nos encaminamos todos, con nuestro Hermano Mayor, Jesús, a la cabeza. Es lo que quiere Dios que vivamos desde nuestro origen, en nuestra vida actual y en la eternidad feliz junto al Padre.

No es un simple deseo. Es un estilo de vida. Es la mejor manera de vivir. La unidad es la mayor ilusión que podemos aspirar hoy, mañana y siempre. Con ella estaremos dando al mundo el mejor signo, y estaremos viviendo entre nosotros lo que es la voluntad más alta de Dios: La unidad con Él y entre nosotros, en la que destaque definitivamente el amor que nos sirve de aglutinante...

viernes, 11 de abril de 2014

El justo siempre ganará

El Señor siempre estará a favor del justo. No existe, quizá, frase que, de esta o de otras maneras, se repita más en las Sagradas Escrituras. Dios ama la Justicia, y por ello jamás estará a favor de quien promueva la injusticia. Cuando hablamos de justicia no estamos hablando sólo de la justicia civil, sino del concepto bíblico, que se refiere principalmente al justo, es decir, al hombre santo, al bueno, al que sigue con fidelidad la voluntad de Dios, al que ama a Dios por encima de todas las cosas y al prójimo como a él mismo. Es el concepto que le da pie al concepto civil, por cuanto la justicia bíblica se refiere a dar a Dios lo que le corresponde, es decir, todo. Si Él es el Creador, el Sustentador, el Todopoderoso y el Todoamoroso, a Él corresponde, como respuesta justa, lo mismo. Ciertamente el hombre lo hará en la medida de sus capacidades, pues infinito sólo es Dios... El primer movimiento de Dios, y por eso es el origen de todo lo creado, es un movimiento de amor. A Él hay que referir la causa de la existencia de todo. Por eso, en línea chardiniana, a Él confluirá todo de nuevo. De Él surge, y hacia Él va...

De esta manera podemos entender que la ruta es también de Dios. No sólo los puntos inicial y final son de Él, sino todo el desarrollo de la historia. Es justicia reconocer que Dios es el actor fundamental en todo el entramado de la historia humana. En esa ruta, que es nuestra historia, entramos también los hombres como actores. Y hacemos nuestra parte bien, si nos colocamos en la línea de secundar la intención originaria del Creador, cuando respetamos que todo está hecho para ser colocado a sus pies; que la fidelidad a Él y a su Palabra son las razones últimas de nuestra felicidad, pues hemos sido hechos para Él y jamás lo seremos si estamos lejos de Él; que el camino correcto para construir un mundo nuevo y mejor es el que Él propone reconociendo en el mismo movimiento que nadie sabe mejor eso que el mismo del cual surgió todo; que la instauración de la fraternidad humana es el logro final de ese ser imagen de Dios que estuvo en la intención primerísima de la creación del hombre, y que nunca lograremos hacer reinar a Dios mientras no seamos capaces de ser hermanos verdaderos entre nosotros... Pero hacemos nuestra parte mal cuando no reconocemos a Dios como al primer invitado que tenemos que tener en nuestras vidas; cuando lo tenemos tan lejos que parece un extraño las veces que es nombrado; cuando no tenemos siempre a la vista su voluntad y su palabra para cumplirla como requisito para la plenitud; cuando pretendemos poner para la construcción del mundo deseado, unas bases tan endebles como nosotros mismos, como las criaturas, como lo pasajero; cuando no nos entendemos como hermanos, y pretendemos construir nuestras relaciones sobre consideraciones de dominio, de explotación, de esclavitud, lejos de la fraternidad que es la clave para la convivencia pacífica y justa...

Cuando se elige este segundo camino, estemos seguros de ello, Dios interviene. A pesar de que Él es reverencialmente respetuoso de nuestra libertad, también desea nuestro bien. Y cuando percibe que la injusticia se yergue como norma, y en ese itinerario desplaza totalmente a los hermanos, los humilla, los pisotea, los utiliza como productos o como números, Él actúa para tratar de restablecer el orden correcto. No es indiferente al desarrollo de la historia, aun cuando no haya sido invitado. Y actúa con mayor determinación si el afligido es débil, humilde, sencillo, justo... Cuando este débil ya no tiene quien lo defienda, el poder infinito de Dios sale a su favor... No está solo. Puede ser humillado por la injusticia, "pero -dice el débil- el Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo. Se avergonzarán de su fracaso con sonrojo eterno que no se olvidará. Señor de los ejércitos, que examinas al justo y sondeas lo íntimo del corazón, que yo vea la venganza que tomas de ellos, porque a ti encomendé mi causa. Cantad al Señor, alabad al Señor, que libró la vida del pobre de manos de los impíos".

Es el canto victorioso de quien se sabe asistido por la mano poderosa y amorosa del Dios que estará siempre a favor del despreciado y del humillado, del débil y del justo. No hay certeza más firme que ésta: Dios auxilia a sus hijos más débiles. Quien se coloca en actitud continua de ofensa hacia los débiles de Dios, no tiene ni idea de lo que está haciendo y contra quién, en realidad, está actuando. No hay poder que valga cuando es Dios quien se presta para defender como peña inexpugnable a quien se ha confiado en su debilidad a Él. Al no haber ya defensor a la mano, queda Dios. Y el ofensor será completamente humillado. De eso no puede haber ninguna duda...

No se trata de que no existan los intentos de los poderosos. Existirán. Y serán quizás cada vez más crueles, pues deben esconder su debilidad extrema en la violencia. Pero en medio de los mayores sufrimientos, los débiles deben tener la certeza de que ellos serán los que obtendrán la victoria, por haberse confiado radicalmente en Dios... Ya lo demostró Jesús cuando se opuso a la peor plaga que ha habido contra el hombre, la del demonio. El diablo se creyó todopoderoso porque logró llegar a humillar al máximo al hombre, pero quedó en el ridículo mayor cuando fue vencido en la Cruz por el amor de Jesús... Su victoria fue tejida desde la voluntad salvífica del Padre al cual Él sirvió totalmente. Es la obra del Padre la que vino a realizar, pues Dios no podía permitir que sus hijos fueran arrebatados por el poder del mal que pretendía humillarlo y esclavizarlo. Los débiles fuimos todos. Y a favor de todos salió Jesús: "Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre".

Aunque veamos un panorama oscuro, no perdamos jamás la esperanza, pues Dios no nos engaña. Si dice que sale a favor del justo, lo hace. Quienes luchan por la justicia y por instaurar un reino de paz y de convivencia armónica, nunca quedarán defraudados.Dios mismo sale a su encuentro como apoyo, como inspiración, como fortalecedor. Más, cuando exista el empeño de los poderosos de hacer todo lo contrario. Aunque tengan la fuerza de las armas o de la humillación a los hermanos, la fuerza de Dios es infinitamente más poderosa, y hará vencer, somo siempre, al justo...

jueves, 10 de abril de 2014

¡Qué triste es morir para siempre!

Morir es la experiencia más misteriosa que podemos vivir los hombres. La muerte ha sido siempre una especie de tabú entre nosotros. Cuando somos niños, ni siquiera se nos ocurre pensar en ella. No es época para eso. Cuando somos jóvenes creemos que es el mundo el que nos debe a nosotros, por lo tanto, una deuda como la muerte está muy lejos aún de ser necesario saldarla. Ya de adultos, creemos que estamos hechos para la eternidad, que la muerte no es un tema que ni siquiera deba ser considerado, porque hay muchas otras ocupaciones prioritarias. Las fuerzas nos las consumen nuestras responsabilidades cotidianas: familia, trabajo, amistades, diversiones... Ya de ancianos empezamos a verla como una posibilidad real, la cual hay que considerar inminente, pero sobre la que preferimos dejar a un lado, pues nos asusta. Es preferible no pensar mucho en ella, que ya vendrá... Todos estamos con esa espada de Damocles sobre nuestra cabeza, pero es en la ancianidad o en los estadios más avanzados de nuestra adultez donde la cosa empieza a tener que ser pensada por necesidad...

Para los ancianos y adultos avanzados que sí piensan en ella, la actitud ante la muerte es una opción sobre la que realmente pueden elegir. A mí me sorprende la variedad con la que en este punto uno se encuentra. He tenido la oportunidad de conversar con muchísima gente al respecto y algunos me llenan de angustia con su propia angustia ante la inminencia de una realidad tan definitiva. Otros me llenan de una santa envidia porque ven la muerte simplemente como un paso más dentro de todo lo que es el conjunto de la vida. De ninguna manera la ven como morir, sino como continuar con una mejor vida. Otros le temen tanto que preferirían no pensar en ella... Hay ancianos que se confiesan una y otra vez, incluso de los mismos pecados, porque no quieren dejar absolutamente ninguna deuda pendiente para el momento de su muerte. Yo les insisto en la necesidad de confiar en Dios y en su misericordia, en que Dios no es un dios malo que esté sólo esperando el momento de la muerte para "cobrarse" todas las que le deben, menos aún cuando ya la persona se ha arrepentido y lo ha confesado... Pero no hay modo... Quieren tener inmaculado el espíritu, y están convencidos de que esa es la única manera...

La angustia ante la muerte se convierte ya en un verdadero purgatorio en vida. Tienen una fe inquebrantable, pues saben de la existencia de Dios, del cielo y del infierno, saben muy bien que nuestra realidad no se acaba con esta que vivimos hoy. Pero tienen una tara inmensa que es la idea de un Dios que sólo castiga y que tiene "dificultades" en ser misericordioso. Su aprendizaje ha sido errado. Para ellos Dios ama, sin duda, pero es como si ellos no fueran dignos de ese amor por los pecados que alguna vez cometieron... Por el contrario, hay quienes ven ese momento más como de liberación, de entrada a la plenitud, aun cuando no están muy claros en cómo será. Basta que sea el cumplimiento de la multitud de promesas que ha hecho Dios desde el principio sobre aquellos que le han sido fieles. No tienen grandes pesos de conciencia y, del otro lado, tienen una infinita confianza en el amor y la misericordia de Dios. Se reconocen imperfectos, pero saben que esa imperfección sólo se resuelve con el poder de la misericordia divina... Y así lo viven. A la espera de ese momento, que para ellos, sin ninguna duda, será de encuentro feliz y de gloria definitiva...

Definitivamente todos estamos llamados a la muerte. Y todos podemos optar por una actitud lógica ante ella, basada en la confianza en Dios, en su amor, en su misericordia. Será el momento de encuentro ya definitivo con ese Dios que nos ha creado para Él. No es un momento para dejar pasar por debajo de la mesa, pues es la puerta de entrada a la realidad inmutable, a la vida final y eterna, a la alegría definitiva junto al amor. O, si no lo asumimos como una certeza, será la realidad que nos convierta en los hombres más tristes de la historia, pues esa muerte, lejos de convertirse en vida eterna, será para quien ha sido infiel, burlándose de esa realidad sobre la cual suficientemente se nos ha puesto en guardia, la muerte eterna... Lo dice el mismo Jesús: "Les aseguro: quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre". Guardar la Palabra de Jesús es la clave para poder estar ante la muerte con una actitud positiva. No se trata de no pecar, pues todos somos pecadores, sino de confiar en el amor y la misericordia de Dios. En la búsqueda de la fidelidad a la palabra de Jesús, evitar el pecado y abandonarse en su perdón cuando caemos. Caminar erguidos hacia la meta final, y levantarse inmediatamente cuando lamentablemente caemos.

Por supuesto, Dios es un Dios de vivos y no de muertos. Para quien muere eternamente, Dios dejará se existir, pues quedará para siempre apartado de su amor. Ese es el infierno, la muerte eterna: la separación definitiva, para siempre, de Dios y de su amor, de su compasión, de su abrazo tierno y entrañable. Para quien vive para la eternidad, la muerte no es más que un paso hacia la vida plena, la que en sombras vivió en su cotidianidad, elevando su mirada y suspirando por el encuentro definitivo de amor con Dios, en el cual Él mismo será la compensación plena, y por cuya existencia no será necesaria ninguna otra compensación...

miércoles, 9 de abril de 2014

Cuidado con los manipuladores de oficio

La esclavitud no es sólo cuestión de cadenas físicas. Ciertamente, en la época pasada, cuando la esclavitud era un "comercio normal" y hasta "legal", se distinguía a los esclavos porque los llevaban encadenados para ser vendidos, y luego eran tratados como "cosas", muy lejos de ser considerados personas con derechos. Un esclavo pierde todos sus derechos, sólo tiene obligaciones. Y jamás debe ocurrírsele oponerse a los dictámenes del "amo", pues eso le acarrearía hasta la muerte. Una "cosa" que no sirve para lo que se compró, ya no es útil, y simplemente se desecha, se hace desaparecer... Gracias a Dios, esta tara inmensa que vivió la humanidad por tantos años, ha desaparecido... Pero lamentablemente, aun cuando ya no hay esta esclavitud física -al parecer hay algunos focos aún en algunas sociedades más primitivas, que pronto, seguramente, terminarán también desapareciendo-, hay una esclavitud más sutil, maquiavélica, goebbeliana, que precisamente por ser más sutil es más malévola...

Se trata de la esclavitud de las voluntades y las conciencias, la que domina no con cadenas físicas, sino con cadenas espirituales, psicológicas, insensibles... Es la manipulación de los poderosos que pretenden dominar  a los débiles con la mentira, con la manipulación, con las dádivas ocasionales, con el disfraz de amigo cuando en realidad son sus más grandes explotadores. Es, realmente, una esclavitud detestable, pues requiere de un muy bien programado artilugio que incluye sadismo, sufrimiento provocado, colocar al borde del abismo, crear necesidades primarias, suscitar esperanzas inmediatas para paliar pero no para resolver. Las mentes que planifican estas esclavitudes son, sin duda alguna, demoníacas...

En nuestras grandes sociedades, marcadas por el individualismo, por el egoísmo, por el aprovechamiento, por el mercantilismo, por el colectivismo que difumina y no deja identidad personal, esta táctica está inmensamente extendida. El capitalismo sin corazón se cansa de crear necesidades que no existían previamente, con tal de no perder a los clientes. No ha terminado de surgir alguna novedad que ha arrasado en el mercado, cuando ya está surgiendo otra que, según sus creadores, supera infinitamente a la anterior, y es imprescindible tenerla... Los compradores son como esas filas de esclavos que iban unos detrás de otros, azotados para aercarlos al gran templo que es el local comercial. Me impresiona realmente ver, cuando surge un nuevo producto, las colas de gente a las puertas de los negocios que los van a vender en exclusiva... Nada lo diferencia de las colas de esclavos... O el signo distinto, cuando se crean necesidades de productos de primera necesidad, y se asume la exclusiva de su distribución y comercialización, para dar la apariencia de ser los salvadores, los redentores, creando así una cadena que esclaviza y ata indefectiblemente, pues quien tiene necesidad sólo fija su mirada en quien se la pueda resolver. Esa apariencia de cordero, siendo en realidad un lobo feroz que engulle las conciencias y las voluntades, es realmente diabólica... El pobre, el humilde, el débil, no tendrá tiempo de discernir porqué se ha llegado a esa situación, pues la necesidad le obnubila la conciencia y simplemente buscará resolver la necesidad por la que pasan él y sus hijos...

Los manipuladores, los esclavistas, tienen muchos signos. Se acusan mutuamente, pero actúan de la misma manera. Se publicitan ellos mismos como los salvadores contra los esclavizadores, pero lo que proponen en el fondo es simplemente un cambio de signo de la esclavitud... Por eso, Jesús nos propone la Verdad como el arma más eficaz para lograr la libertad: "La Verdad los hará libres". Por definición, la Verdad es el acoplamiento de la percepción con la realidad. Y la realidad es múltiple. La Verdad ilumina a la realidad, la hace caminar por rutas correctas, la hace valer la pena cuando se la conduce por las vías de la plenitud. Por eso hará libre. Quien sigue a la Verdad tendrá siempre la posibilidad de ver el camino por el que debe andar con una óptica distinta, animadora, esperanzadora, pues llegará siempre a buen puerto, ya que la Verdad nunca engaña, porque es la Verdad en sí misma...

El imperio de los manipuladores es el de la mentira. Es el del sometimiento mediante tácticas maquiavélicas de la población. Es la técnica propia del demonio, que engañó a Adán y a Eva con la sugerente frase de "Serán como Dios"... Con eso ganó el apoyo de los débiles, de los manipulados, de los esclavizados. E inició la historia de la más terrible esclavitud del hombre, la de su espíritu. Desde ese momento, la debilidad extrema en la que quedó el hombre lo destruyó. Habiendo estado fundado en Dios, el Todopoderoso, quedó a merced del demonio, pues se fundó en sí mismo, criatura débil e indigente... Es el peor favor que se ha podido hacer a sí mismo: Abandonar a Dios, la fortaleza inexpugnable, y refugiarse en sí mismo, absolutamente débil y necesitado...

La Verdad libera. Y la Verdad es Dios. Pilato preguntó a Jesús "¿Y cuál es la Verdad?". No recibió respuesta. Jesús le respondió con su silencio. Pilato tenía la Verdad frente a él, y no fue capaz de descubrirla. La Verdad es Jesús mismo -"Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida"- y quien lo sigue a Él con fidelidad es verdaderamente libre. Nadie es libre si no sigue a Jesús... El único y verdadero liberador es Dios, en su Hijo Jesús. Los tres jóvenes fueron liberados del fuego por Dios al cual ellos se mantuvieron fieles. Mantener la fidelidad a Dios es tener a favor su poder liberador. No hay otra verdad que nos haga plenamente libres. Seguir a Dios es ser libres. Seguir a los manipuladores de oficio es la peor esclavitud...

martes, 8 de abril de 2014

Dios se sintió bien siendo hombre

Jesucristo se distancia sabiamente de lo malo del mundo. A los fariseos que lo acechaban continuamente les dice: "Ustedes son de aquí abajo, yo soy de allá arriba; ustedes son de este mundo, yo no soy de este mundo". Quien decidió hacerse "de este mundo", encarnándose en el vientre de María, el Dios que dejó entre paréntesis toda su gloria y su felicidad inmutable, por libre voluntad, ofreciéndose al Padre para cumplir la obra que éste le encomendaba, dice no ser "de este mundo". Está claro que el origen de Jesús no es el humano. Él es el Verbo Eterno, el Hijo de Dios, el que existía desde el principio, que en un momento de nuestra historia humana quiso hacerse parte de ella, asumiendo un cuerpo tomando la carne de la Virgen María. Con ello, cumplía la Escritura, como lo reconoció Marta, la hermana de Lázaro: "Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo"... Desde el mismo inicio de la historia del pecado, que coincide prácticamente con el inicio de la historia de la humanidad, el Padre había prometido el envío del descendiente de la mujer que pisaría la cabeza de la serpiente...

No es, entonces, literalmente que Jesús no sea de este mundo. Es que no tiene su origen en este mundo. Es que no ha asumido lo malo haciéndolo parte de su vida cotidiana, pues lo malo, el pecado, el poder demoníaco que hace infiel al hombre respecto de Dios, lo deja a un lado. Ciertamente tomará sobre sus espaldas los pecados de los hombres, pero no como algo suyo, sino como una carga que debe llevar para desecharla en la Cruz con su muerte y vencerla definitivamente en la Resurrección gloriosa... "Ustedes son de este mundo. Yo no soy de este mundo", significa que su origen es anterior al mundo y que lo malo de ese mundo no ha sido asumido. De ninguna manera significa que Jesús no haya asumido plenamente la humanidad, exceptuando la condición pecadora, pues, la verdad, Jesús se sintió muy bien siendo hombre. El Verbo de Dios aprendió de los hombres cómo es amar con corazón humano, se alegró inmensamente con las alegrías de los hombres, se hizo solidario plenamente con los que lloraban y estaban tristes, y lo demostró totalmente cuando se unió al llanto de Marta y de María por su hermano Lázaro, cuando se condolió hasta el extremo al ver a la viuda de Naím que llevaba a enterrar a su hijo único, cuando miró con ternura infinita a la mujer que le refutó diciéndole que los perros comen de las migajas que caen de la mesa de los señores, cuando levantó a la mujer pecadora que se lanzó a sus pies llorando y enjugándole los pies con sus lágrimas... Todos esos momentos son demostración de que Jesús se sentía bien siendo hombre, siendo "de este mundo". Así cumplía la tarea que el Padre le había encomendado.

Pero, para ser el Redentor del mundo, debía seguir siendo de "allá arriba", no ser "de este mundo", es decir, debía mantener su condición divina, eterna, omnipotente, espiritual, pura, inmutable. Debía tener la virtud divina de la Redención, de la Curación, del Rescate. Tenía que ser el cumplimiento de lo que ya había sido figurado en el Antiguo Testamento: "'Haz una serpiente venenosa y colócala en un estandarte: los mordidos de serpientes quedarán sanos al mirarla'. Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un estandarte. Cuando una serpiente mordía a uno, él miraba a la serpiente de bronce y quedaba curado". Él debía ser esa serpiente de bronce que, sustituyendo a la serpiente original que fue causa del pecado y de la muerte, resultara en la curación de todos los que eran emponzoñados por el veneno mortal del demonio y del pecado, de la sombra y de la tragedia.

Por eso, el mismo Jesús dice: "Cuando levanten al Hijo del hombre, sabrán que yo soy, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada". La obra de Jesús, siendo asumida por Él -"Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad"-, es la obra encomendada por el Padre. Y la voluntad del Padre es "que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad". Esa salvación es realizada mediante el proceso de Redención, es decir, de entrega y de muerte "en vez de..." Es en la Cruz donde se da ese extraordinario intercambio. En Jesús, muerto en la Cruz, está cada hombre, con sus pecados, clavado para vencer al demonio. Los miles de millones de hombres y mujeres de toda la historia, que han debido ser crucificados en vez de Cristo, realmente lo están en su lugar, por expresa voluntad suya. "Cargó sobre sus espaldas nuestras inmundicias... Por sus llagas hemos sido curados".

Jesús es elevado en la Cruz, como Moisés levantó a la serpiente en el desierto para que quienes la vieran fueran curados por su virtud, y con ello, todos somos sanados, rescatados, redimidos... Él es la nueva arma que usa Dios para curar la enfermedad terrible del pecado. Él es ahora el levantado. La serpiente de bronce no era más que un signo que preludiaba la realidad gloriosa de la Redención que Jesús alcanzaría para todos. Él es el que es levantado en la Cruz a la vista de todos, para que quienes pongan en Él su mirada y coloquen en Él toda la fe, alcancen la definitiva y eterna curación. Su ser levantado es la apertura definitiva de las puertas del cielo para todos. Y con esa puerta abierta ya tenemos entrada franca a la felicidad eterna junto al Padre, conviviendo todos como hermanos suyos y entre nosotros e hijos amados de Dios...

lunes, 7 de abril de 2014

Perdonar no significa ser injusto

Los hombres somos expertos y raudos en condenar. Basta con que una cosa no cuadre en nuestros criterios o que nos sorprenda fuera de sitio inesperadamente y nos deje en evidencia para declarar nuestra condena inmediata. "La mejor defensa es el ataque" o "Hay que huir hacia adelante", de modo que la atención se centre no en nuestras carencias, sino en las de los demás. Desplazamos el centro de atención a nuestra condena de los otros antes que a la mirada a nuestra debilidades... Si Jesús hubiera hecho "condenas express", como lo hacemos nosotros, la adúltera descubierta en flagrante adulterio no hubiera pasado a la historia por el rescate de la que fue objeto por Jesús, sino por haber sido asesinada con la anuencia del Dios hecho hombre. Y lo hubiera sido "legítimamente", pues eso era lo que contemplaba la ley de los fariseos para ese delito... Jesús no hubiera hecho nada "malo"... Tampoco a aquella pecadora arrepentida le hubiera sido permitido entrar en la sala del comedor donde podían estar sólo hombres, en la casa de Simón el Fariseo, pues su reputación de prostituta, por lo tanto de impura, hacía "legítimo" el que fuera expulsada e incluso impedida de tocar a nadie, pues le contagiaba su impureza... Jesús, según los cánones vigentes en ese momento, tenía pleno derecho a no dejarse ni siquiera tocar por ella para no incurrir Él mismo en impureza... Hay muchos casos más en los cuales hubiera podido, "legítimamente", condenar raudamente. Y no lo hizo... Porque esa no era su misión. Él mismo lo dijo: "No necesitan de médico los sanos, sino los enfermos... He venido a rescatar lo que estaba perdido... Hay más fiesta en el cielo por un pecador que se arrepiente que por 99 justos que no necesitan arrepentirse"...

Y no es que Jesús se hiciera la vista gorda ante el pecado. En absoluto. En todos los casos deja bien clara su repulsión a la infidelidad al amor de Dios y de los hermanos... A la adúltera le dice: "Yo tampoco te condeno. Vete y en adelante no peques más". Es decir, "Yo a ti no te condeno, pero sí condeno el pecado que has cometido. No lo vuelvas a cometer". El hecho de que Jesús perdone no significa que deje pasar como si nada al pecado. En repetidas oportunidades a quienes les hace favores, les advierte que no vuelvan a pecar, "no sea que te ocurra algo peor"... Y es que el amor, aun cuando no condena al pecador o a la persona, por supuesto no puede estar reñido con la justicia, y por eso sí condena al pecado. No es posible que alguien, habiendo cometido una falta grave contra un hermano, quede impune. No es así el perdón ni la misericordia. No es así el amor. Queriendo ser misericordioso con unos, se puede ser injusto con los ofendidos, de no haber escarmiento o invitación a la conversión...

La invitación a no pecar más incluye el resarcimiento del daño que pudo haberse cometido. Por ejemplo, quien roba tiene que restituir lo robado. Pero además, si de alguna manera dañó a la sociedad con su delito, debe resarcir a esa misma sociedad... No debe robar más, debe restituir y debe pagar la deuda contraída con la sociedad... Todo como responsabilidad personal. Dios lo perdona, pero sólo cuando ha cumplido con todo lo que le exige la conversión que debe realizar...

Son dos cosas las que hay que saber conjugar, entonces, en la dinámica del perdón... La primera de ellas es la de no condenar jamás a la persona. Toda persona humana es susceptible del amor de Dios, por lo tanto, también de nuestro amor. No podemos nosotros sustraernos de la obligación cordial del amor. Si Dios nos ama a todos, no somos quienes para decidir a quienes amar y a quienes no... Además, todos somos susceptibles de conversión. El condenar definitivamente a alguien sugeriría que esa persona ya no tiene posibilidad de cambio. Si eso fuera así, Jesús no hubiera muerto en la Cruz. El canto más firme a la esperanza de la conversión hasta de los más grandes pecadores es precisamente el que entona Jesús desde la Cruz, muriendo por todos los pecadores y por todos los pecados, incluyendo los peores cometidos en la historia de la humanidad. De haber tenido la absoluta certeza de que alguien no podía convertirse, hubiera considerado absurdo morir por ese que no se convertiría, y de hecho no se hubiera dejado crucificar... En efecto, podemos y debemos condenar al pecado, pero nunca presuponer la condenación definitiva de ninguno, ni siquiera del peor pecador de la historia...

La segunda, considerar la maldad intrínseca del pecado, por ser obra demoníaca, el origen de todo mal. Él, el demonio, presenta la opción a cada hombre y a cada mujer de la historia. Acaricia el "ego" de cada uno, obnubilándolo con sugerencias que enaltecen su orgullo y sugestionan hasta el colmo de la soberbia, incluso desplazando al Dios del Amor. Ante ellos se presentan los dos caminos: ser fieles a Dios y a su Amor, mantenerse como criaturas amadas y recibir de ello la compensación absoluta, o querer "ser como Dios", colocándose en un supuesto primer lugar que no es tal, sino por el contrario, el último de la fila... Quien se coloca a su favor, por ende, lo hace con absoluta libertad. Y cuando así se asume, se deben asumir también responsablemente las consecuencias de la elección. Cuando se elige hacer el mal, cometer el pecado, se tiene plena conciencia de lo que se está haciendo. Se sabe que uno se está colocando de espaldas a Dios, que está rechazando su amor, que está sirviendo a la destrucción de las bases de la convivencia pacífica y justa de los hombres... Por ello, aun cuando no se condene al pecador y se le dé la posibilidad de conversión, sí se debe condenar lo que ha hecho daño a la humanidad con el delito cometido... La Justicia humana debe actuar. Y, sin duda alguna, también la divina actúa, quizá con mayor seguridad que la civil... La justicia humana puede tener serias taras que jamás tendrá la divina. Aun cuando pueda fallar la justicia humana por favoritismo, parcialidad, impunidad, lentitud, abuso de poder, la divina nunca tardará, actuará en su momento y será absolutamente justa...

Fue lo que sucedió con los dos ancianos que pretendieron, con falso testimonio, condenar a Susana, la Casta, por haberse negado a satisfacer sus instintos bajos. Ellos quisieron aprovecharse de su nombre, de su prestigio, de su poder, de su sitial de "honor" delante de Israel, pero Dios mismos salió en defensa de la vilipendiada... No es un Dios que deja impune la maldad de los malos. Los pone en evidencia y cobra caro su afrenta... Y cuando el pueblo sencillo y humilde, que había sido presa de la manipulación de los poderosos pudo percibir la acción directa de la justicia de Dios, se aprestó a hacer efectiva esa justicia: "Toda la asamblea se puso a gritar bendiciendo a Dios, que salva a los que esperan en él. Se alzaron contra los dos ancianos a quienes Daniel había dejado convictos de falso testimonio por su propia confesión. Según la ley de Moisés, les aplicaron la pena que ellos habían tramado contra su prójimo y los ajusticiaron. Aquel día se salvó una vida inocente"... La vida de los inocentes está en las manos de Dios. Más cuando son los poderosos los que pretenden hacer burla de ella, de la justicia, del mismo Dios. No hay que perder la esperanza. Dios condena al pecado, pero no al pecador. Dios defiende al justo, con sus propias manos, cuando ya no hay otra opción. La mano de Dios es poderosa contra los que pretenden hacer burla de su ley de amor...