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lunes, 30 de noviembre de 2020

San Andrés: Solo un amado puede sentirse enviado por el amor

 Vengan conmigo y los haré pescadores de hombres

La figura de los apóstoles es una figura ciertamente entusiasmante. Ellos representan para nosotros lo que todos estamos llamados a ser de alguna manera. Todo cristiano es un apóstol elegido por Jesús y enviado por su amor al mundo. Y entre las cosas más atractivas que poseen y que se convierten en riquezas sin duda para la comprensión del desarrollo de nuestra vida cristiana, es su profunda humanidad. No puede ser de otra manera, por supuesto. Entre los integrantes de ese grupo de íntimos que se eligió Jesús para ser sus seguidores, nos encontramos con una tremenda variedad de personalidades, de orígenes, de formaciones, de familias, de intereses, de comprensiones de la vida. En Jesús la motivación fue la de encontrar para que fueran sus seguidores no a grandes personajes eruditos, perfectos conocedores de doctrinas, elocuentes oradores, sino hombres del día a día, quienes convivieran con aquellos a los que iba a transmitir su mensaje de amor. La motivación última de Jesús era el amor. Y en eso puso todo el empeño. Y en esa motivación, por supuesto, estaba establecido que al elegirlos para derramar su amor sobre todos los hombres, también en su corazón hubiera amor inmenso y muy especial por aquellos a los que elegía para ser sus apóstoles. Por eso, es imposible que exista un cristiano que sepa que ha sido convocado por Jesús para ser su apóstol y no reciba con inmensa alegría la llamada, pues ésta es signo inequívoco de un amor similar al que tuvo a los doce primeros. Descubrir en cada apóstol cómo hubo sido su experiencia personal de ese amor se convierte en una tarea ilusionante, pues nos abre la perspectiva de nuestra propia experiencia personal en la vivencia de ese amor de convocatoria.

Hoy nos encontramos con el personaje de Andrés, hermano del Papa San Pedro. La explicación del encuentro de Jesús con ellos es tan vivaz que nos hace pisar las playa del encuentro. Los hermanos están en su faena y se acerca Jesús: "En aquel tiempo, paseando Jesús junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores". Hombres de faena, estaban en sus labores naturales de trabajo. La presencia de Jesús es el de uno que pasa, y para ese momento no tiene absolutamente ninguna trascendencia. Pero por supuesto, Jesús no tiene miras tan cortas. Los sorprende con una propuesta que de ninguna manera se podían esperar: "Les dijo: 'Vengan en pos de mí y los haré pescadores de hombres'". ¿Qué significaba eso? Esa expresión tuvo que haber resultado incomprensible para ellos. Pero más impresionante aún es la reacción que se produce en ellos: "Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron". Cómo se explica esta respuesta inmediata. Casi no ha mediado ningún diálogo y la decisión implica en sí misma un cambio radical de vida. Pasarán de pescadores comunes, a pescadores de hombres. Hay quien afirma que ya Jesús había tenido algunos encuentro previos con estos a los que elegiría y por ello se explica una reacción tan súbita y favorable. En todo caso, de eso no tenemos ninguna constancia. Lo cierto es que surge espontáneo el pensamiento de esa experiencia de amor que vivieron los apóstoles. Es imposible dar una respuesta tan clara y contundente si no se valora por muchísimo más lo que se nos está proponiendo. Y en este caso estamos hablando nada más y nada menos del amor divino. De ese modo, se da también la llamada a la otra pareja de hermanos presentes, Santiago y Juan: "Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron". La respuesta es la misma entusiasmada.

Esa es nuestra experiencia de vida como apóstol. Los apóstoles no hacen otra cosa que ponernos a la vista lo que tiene que ser también nuestra propia experiencia de discípulos de Jesús. También nuestra elección se da por amor a los hermanos, al mundo, al que Jesús quiere salvar. Jesús ama con amor infinito y eterno y por eso elige a cada hombre y mujer para que sea su instrumento. De alguna manera debemos entender que Jesús quiere amar desde nosotros. Pero más allá de esa convicción íntima, también se debe dar la convicción del amor al elegido, a cada hombre y mujer que Jesús hace su apóstol. Si ama al mundo y al hombre y por eso quiere salvarlo, cada apóstol debe saber que es elegido también porque se le ama profundamente. De nuevo hay que insistir que no tiene sentido saberse enviado por el amor si antes no se tiene la experiencia personal de ese amor por uno. El apóstol sabe bien que en ese orden de salvación pasa a ser de los primeros. Solo los salvados pueden colaborar a la salvación de sus hermanos. Solo quien se sabe profundamente amado sabe que podrá ser buen instrumento del amor en el mundo. Por ello, necesitamos contemplar cada vez mejor y profundamente la figura de los apóstoles para convencernos de lo que nosotros mismos debemos ser. Hombres y mujeres del amor, que han surgido del amor, que son convocados desde el amor, que deben tener la experiencia del amor en sus vidas, para poder ser los mejores instrumentos posibles de ese amor para los hermanos.

martes, 10 de noviembre de 2020

Somos socios de Dios para un mundo que ha surgido de su amor

 Catholic.net - Siervos inútiles ante el Señor

Dios ha hecho cosas maravillosas en la historia de cada hombre. Nada hay que tengamos que no sea fruto de su amor, pues nuestra misma existencia es un arrebato incontenible desde el cual ha empezado a surgir luego todo lo que de bello, de atractivo, de bondadoso y de fraterno que tenemos como propiedad amorosa, no dada por nosotros mismos, sino extraída naturalmente de su movimiento exclusivo de donación, que no dejó nada por fuera de todas las bondades posibles que surgen de su corazón de amor hacia nosotros. Ese regalo eterno y continuo es un regalo que no se detiene, que avanza continuamente, incluso en ocasiones dependiente exclusivamente de su arbitrio en cuanto a la comprensión completa y clara que podamos tener. Es decir, en ocasiones esas inmensas bondades que Dios tiene establecidas para cada hombre pueden llegar a ser en algún momento incomprensibles, pues no terminamos de coger el sentido pleno de ellas, a menos que entremos de lleno en la mente divina, en la que por supuesto, toda bondad está meridianamente clara. Hay bondades que no están manifestadas instantáneamente, sino que necesitan ir siendo asumidas, vividas, discernidas, iluminadas desde la mente divina, en medio incluso de circunstancias que pueden ser duras y dolorosas momentáneamente, pero que finalmente resultarán en estruendosas manifestaciones del amor, pues el Señor jamás se dejará ganar en generosidad. Por ello, aun siendo en ocasiones experiencias dolorosas ante las que hasta incluso llegamos a revelarnos delante del Dios de puro amor y bondad, nunca podremos dejar a un lado aquella natural bondad divina, aquel amor infinito que sabemos que nos tiene, que nos asegura que nos ama con amor eterno, infinito e inagotable. La convicción profunda que tengamos de ese amor que Dios nos ha donado y que ya es ineluctablemente nuestro, nos dará la perspectiva correcta para vivir en medio de las dificultades y tristezas que vengan, pues sabemos que Dios, en su infinita bondad, ya ha establecido perfectamente la consecuencia favorable que en su plan de amor tendrá para cada uno todo lo que permita que suceda. El amor es hermoso siempre. La vida es hermosa siempre. Pero la hermosura no la da solo el recibir lo evidentemente favorable, sino la disposición para poder descubrir esa bondad cuando aún no está claramente asumida y manifestada totalmente. Llegará esa luz, y será Dios el que hará que brille en todo su esplendor llenándonos una vez más de la convicción de un amor infinito que nunca falta.

Esa belleza de la vida que ha creado Dios y que ha puesto en nuestras manos, tiene un añadido extra que la hace aún más bella para cada uno de nosotros, pues ha hecho que seamos sus aliados ideales. Dios es infinitamente bueno, pero hace nuestra vida más hermosa cuando nos hace entender que cada uno de nosotros es también artífice de esa hermosura de la vida, dándonos responsabilidades concretas en acciones que corresponderían solo a Él como autor de todo. Nos hace socios suyos, artesanos con Él, para que también lo hermoso de la vida surja de nuestras manos servidoras a su amor. Y en esa tarea somos todos convocados. Dios cuenta con nosotros como el Padre amoroso que añora de sus hijos que asuman sus compromisos en atención al amor que ha derramado en cada uno de ellos. No hay acción de Dios que Él espere más de nosotros que la de asumir nuestra parte en la procura de un mundo bello para todos, con la bondad como beneficio general, como solidaridad que sea marca de vida fraterna. No todos tendrán la misma tarea, la misma responsabilidad, los mismos momentos. La vida es una amalgama de bondad que se va haciendo concreta y va adquiriendo los matices que le permiten el mismo desarrollo de cada hombre, incluso en los diversos momentos que le corresponde avanzar. Por eso San Pablo, experto muy delicado de la humanidad, lo enseña así claramente a los fieles: "Querido hermano: Habla de lo que es conforme a la sana doctrina. Que los ancianos sean sobrios, respetables, sensatos, sanos en la fe, en el amor y en la paciencia. Las ancianas, igualmente, sean, en su comportamiento, como conviene a personas religiosas; no sean calumniadoras, ni se envicien con el vino; sean maestras del bien, que inspiren buenos principios a las jóvenes, enseñándoles a amar a sus maridos y a sus hijos, a ser sensatas, puras, a cuidar de la casa, a ser bondadosas y sumisas a sus maridos, para que la palabra de Dios no sea maldecida. A los jóvenes exhórtalos también a que sean sensatos. Muéstrate en todo como un modelo de buena conducta; en la enseñanza sé íntegro y grave, irreprochable en la sana doctrina, a fin de que los adversarios sientan vergüenza al no poder decir nada malo de nosotros". Es impresionante la cantidad de tareas hermosas que corresponden a quien tienen que dar su testimonio como socios de Dios en su mundo. Es una responsabilidad que atañe no solo a la espera de una eternidad futura en la que la belleza tendrá su momento culminante e inexorable, sino en todos los momentos que corresponden a esa vida hermosa que nos toca vivir hoy y ahora.

Esa insistencia de San Pablo tiene la doble vertiente de la belleza comprendida en nuestra vida actual, con todas las acciones de bondad que derrama Dios en nosotros y que nos hace vivir en nuestros días, y que tienen algunas veces connotaciones incomprensibles humanamente por ahora, pues se marcan con las tintas negras del dolor o el sufrimiento, pero que al final serán transformadas con toda seguridad en ese amor y bondad que es marca divina de todo: "Pues se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, llevemos ya desde ahora una vida sobria, justa y piadosa, aguardando la dicha que esperamos y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo, el cual se entregó por nosotros para rescatamos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo de su propiedad, dedicado enteramente a las buenas obras". Es de tal manera hermosa la vida, que en cada tarea que nos corresponda llevar adelante hemos sido asumidos por el mismísimo amor de Dios que nos ha convocado y nos ha enviado. Ningún otro ser de la creación tiene en sus manos una responsabilidad tan grandiosa como la de hacer del sitio de Dios, su propio sitio, haciéndolo vivir en él como en su tesoro, principalmente el mismo corazón del hombre que Él se ha construido como lugar propio, como su ámbito preferido, a lo cual podemos todos colaborar para que sea nuestro propio corazón y el de todos los hermanos ese habitáculo en el que Él se asiente como Dios y Señor y como causa de amor, de alegría y de vida para todos, sin dejar a nadie por fuera. Es su amor el que lo desea y es su amor el que lo hace posible: "En aquel tiempo, dijo el Señor: '¿Quién de ustedes, si tiene un criado labrando o pastoreando, le dice cuando vuelve del campo: 'Enseguida ven y ponte a la mesa'? ¿No le dirán más bien: 'Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú'? ¿Acaso tienen que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo ustedes: cuando hayan hecho todo lo que se les ha mandado, digan: 'Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer'". Es a lo que hemos sido convocados. Criados desde el amor, para el amor. Criados para vivir en Dios y llevar a los hermanos y a todos en el mismo mundo hacia ese Dios que es solo amor. En todo, dando gloria a Dios que nos bendice y que ni siquiera en la tribulación nos deja de mostrar ese amor infinito que quedará completamente claro en su momento. Y somos sus socios en esa tarea grandiosa de presentar su amor a todos mediante nuestras acciones de fidelidad y de alegría. Para ellos somos sus socios. Para ello somos sus siervos. Quizá inútiles, porque no aportamos nada nuevo, sino solo la bondad del amor que Dios pone en nuestro corazón y quiere que lo hagamos propiedad de todos, hoy y aquí, y en ese futuro de eternidad feliz que nos espera.

sábado, 7 de noviembre de 2020

Solo Jesús da sentido a la vida en el mundo y a todo lo que viene

 Catholic.net - No podéis servir a Dios y al dinero

Asumir la vida como don de Dios, en la cual Él mismo nos ha colocado al hacernos existir, creando todas las condiciones que necesitamos para desarrollar la vida, no solo en el sentido material de la propia existencia sino incluso en la comprensión del avance hacia una realidad superior que nos sobrepasa y que llegará a no tener fin al terminar nuestro periplo terreno, es clave para poder vivir la verdadera alegría humana apuntando a algo que escapa a nuestro dominio y que nos puede llenar de una serenidad sin par cuando lo asumimos con toda la fortaleza. Habiendo sido creados para este mundo, colocados en él para aportar lo que nos corresponde en el logro de un mundo mejor, de mayor bondad, de mejores beneficios para todos, no solo para nosotros, es una tarea hermosa, atractiva, ilusionada. Sabernos convocados por Dios no solo para existir y llenos de las capacidades con las que Él nos ha favorecido, es ciertamente muy compensador. El hecho de que Dios haya contado con nosotros para que se fuera avanzando en la bondad del mundo nos reconcilia en la apreciación del valor de lo que somos nosotros mismos. No hemos sido simplemente creados y colocados en el primer lugar de todo lo que existe, sino que Dios ha confiado en nosotros lo que originalmente debía corresponder solo a Él por ser el Creador y Sustentador de todo. Los hombres amados y creados han sido considerados dignos de hacerse como Dios, no solo en la respuesta de amor que le pueden dar, sino que han sido elevados a la categoría de co-creadores y en cierto modo también sustentadores de aquello que ha surgido del mismo Dios. No ha sido colocado en el mundo simplemente para pasar como algo más, sino para marcar la existencia de todo lo creado. Él ha recibido de Dios un regalo superior al que debe responder. En cierto modo, es necesario asumir que el hombre se debe a Dios y en la misma medida se debe al mundo. Así como todo ha surgido de Dios y ha sido colocado en las manos del hombre, ese mundo que se le da como responsabilidad es su tarea, y debe cumplirla con denuedo y hasta con ilusión, sin permitir que haya nada que lo distraiga o le obstaculice su tarea. Su servicio debe ser cumplido con el mayor compromiso. En este sentido no importaría lo que le facilite o le favorezca en su misión, ni tampoco lo que aparezca como dificultad o incluso como impedimento. Lo que lo mueve y lo motiva es la búsqueda de la meta cumplida de lo que debe hacer.

Así lo vivió con toda claridad San Pablo que asumió su tarea de apóstol enviado por Jesús a los cristianos sin mirar los problemas que se le podían presentar en el camino, sino solo pensando en la meta que debía ser cumplida y que de ninguna manera quedaba supeditada a lo que se encontrara en el camino. Lo importante era llegar a lo que debía llegar: "Aunque ando escaso de recursos, no lo digo por eso; yo he aprendido a bastarme con lo que tengo. Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy avezado en todo y para todo: a la hartura y al hambre, a la abundancia y a la privación. Todo lo puedo en aquel que me conforta". Se trataba no solo de un bienestar monetario, aunque también de alguna manera era necesario para llevar mejor la obligación del anuncio del Evangelio de salvación a todos, sino de la claridad que tenía sobre a quién servía. Para San Pablo estaba claro que el servicio principal era a Jesús, a su salvación, a cada hermano que debía ser beneficiado por el amor redentor. No estaba por encima de la tarea encomendada la conveniencia personal. La claridad que esgrimía el apóstol de ninguna manera se basada en el pensamiento de su comodidad o de su beneficio. Lo que pesaba era la figura de Jesús y aquellos hermanos que debían recibir todo su beneficio de amor. En la tarea del apóstol el primer lugar no lo ocupa él. Él solo es un instrumento en las manos de quien verdaderamente importa. El servidor no se coloca como el primero en importancia. En ese lugar se encuentran Jesús y los hermanos. No importa para nada la búsqueda de las propias prerrogativas personales, pues al fin y al cabo eso es accesorio. En el anuncio del Evangelio que debe hacer el enviado jamás debe ser colocada por encima la conveniencia personal o las ganancias propias. Eso no pesa nada. Cada cristiano debe colocar a Jesús como el único importante y sobre Él no debe haber nada más. Al punto que la vida propia, en toda su circunstancia cotidiana, siendo vivida naturalmente como la vida que ha regalado Dios a cada uno, solo será realmente fructífera si se gasta en ser fieles a Jesús, al envío que encomienda, en la tarea de darlo a conocer a los demás. Poco importan los grandes logros humanos personales si estos no apuntan realmente a avanzar en la vida divina del hermano, dando a conocer a Jesús y a su amor. Podremos avanzar humanamente en los grandes logros materiales de nuestro mundo, en las tareas que el mismo Dios ha colocado en nuestras manos. Eso es bueno. Pero será mucho mejor y adquirirá su pleno sentido únicamente sin está fundado en el ser solo de Jesús, en el darlo a conocer a los demás, en el servicio de amor y salvación que hagamos en favor de los demás. Nuestro día a día no puede estar desligado de ese testimonio que debemos dar en todo.

En esa misma línea nos llama Jesús a colocar la importancia de las cosas. Nuestra vida debe apuntar a colocarlo a Él, a su amor, a su servicio, por encima de todo. No se trata de un desprecio a la existencia, pues Él mismo nos ha colocado en el orden del bien en el mundo. Todo lo debemos hacer en función de lograr un mundo más hermoso, más habitable, más atractivo para cada hombre. Nuestra tarea en ese sentido nunca deberá ser soslayada. Los hombres debemos lograr que en el mundo vivamos mejor, sin injusticias, sin miserias, sin heridas a la humanidad. Es un camino que nos corresponde llevar adelante, sin descanso. Pero no debemos asumir esta tarea como única y definitiva. La meta final es alcanzar esa bondad sobre todo colocando en el centro de todos los beneficios el amor que Jesús derrama, llegando incluso a ser el punto final de todo el periplo, por cuanto es la llegada a aquella vida definitiva de alegría y plenitud en la eternidad. La vida hay que hacerla más bella para todos, atractiva en la experiencia fraterna, viviendo en la finalidad que debemos perseguir todos en el amor, procurando los beneficios que sean para todos, y que disfruten todos, incluso nosotros mismos los enviados. Pero en la perspectiva definitiva de saber que todo terminará y quedará solo la experiencia de la presencia de Jesús que lo llenará todo de la verdadera y plena alegría: "'El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco, también en lo mucho es injusto. Pues, si ustedes no fueron fieles en la riqueza injusta, ¿quién les confiará la verdadera? Si no fueron fieles en lo ajeno, ¿lo de ustedes, quién se lo dará? Ningún siervo puede servir a dos señores, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No pueden servir a Dios y al dinero?' Los fariseos, que eran amigos del dinero, estaban escuchando todo esto y se burlaban de él. Y les dijo: 'Ustedes se las dan de justos delante de los hombres, pero Dios conoce sus corazones, pues lo que es sublime entre los hombres es abominable ante Dios". Lo verdaderamente importante es ser rico delante de Dios. No es lo material, ni siquiera los gozos simplemente humanos, los que marcarán la pauta final. Es la entrega, lo que hemos colocado en el primer lugar, el servicio y el amor que haya marcado nuestra vida. Es la presencia de Jesús en la propia vida y el servicio de amor que hayamos prestado a todos.

viernes, 4 de septiembre de 2020

El amor hace que todo sea bueno y construye al mundo

 Evangelio viernes 22ª semana de Tiempo Ordinario

En el camino de maduración de nuestra fe los hombres podremos ir respondiendo de dos maneras muy diversas y muy diversamente compensadoras. La primera es por temor y la segunda es por amor. Son tan distintas ambas que incluso llegan a marcar la manera de entender la acción misericordiosa del Dios del amor, que quiere que estemos con Él por haber sido arrebatados en el corazón por el amor que nos compensa totalmente, antes que por el miedo que nos daría ser condenados y destinados al infierno. Es de tal magnitud la influencia de esta diversidad que incluso hace que en la teología moral se distingan los dos posibles dolores que se dan en el hombre al haber pecado, necesarios para iniciar el camino de conversión: el dolor de atrición y el dolor de contrición. El de atrición es el dolor producido por el temor a la suerte que espera al pecador, que es la de la condenación eterna, el sufrimiento sin fin, que atiende a la sentencia de las Escrituras, que afirma que allí "será el llanto y el rechinar de dientes". El de contrición es el dolor del que siente en lo más profundo de su corazón el haber fallado al amor y traicionado la confianza de Dios, por lo cual se ha colocado lejos de Él, ha producido su decepción y ha perdido así la posibilidad de la experiencia de la compensación infinita de estar bien resguardado en el corazón amoroso de Dios. Son dos dolores muy distintos, pues el primero, en cierto modo, es un dolor egoísta en cuanto se piensa solo en las consecuencias negativas que tendrán para sí las acciones que se han llevado a cabo, y el segundo es el dolor de haber ofendido al amor y haberse alejado del lugar privilegiado en el que Dios lo había colocado, y de haber desplazado a Dios del lugar principal que debía tener en el propio corazón. En el dolor de atrición el sujeto principal es uno mismo. En el de contrición es Dios. En efecto, en la vida espiritual podemos asumir para nuestro caminar una de las dos actitudes: o avanzamos en el camino de la perfección para alejarnos del castigo del infierno o lo hacemos para vivir más en la convicción del amor que nos compensa infinitamente y que es la verdadera felicidad del hombre y el único camino que lo llevará a la plenitud que da el ser exclusivamente de Dios. Es tan determinante esto que la misma historia de la Iglesia, y dentro de ella, de la espiritualidad, podemos afirmar que ha quedado marcada por el estilo de respuesta a la fe en diversos momentos en los que ha prevalecido una u otra actitud. En unos, lo que ha pesado es el legalismo, con la respectiva categorización de premio o de castigo por la conducta asumida, demonizando absolutamente cualquier posibilidad de novedad que tenga un aire de refrescamiento en la vida de la Iglesia, y en otros, se ha querido considerar todo lo tradicional como lastre que debe ser echado a un lado por impedir la libertad humana, atándola solo a la ley y a lo que está establecido. No han faltado, en consecuencia, las radicalizaciones.

Incluso muchas veces en lo pastoral esta asunción de las dos diversas actitudes establece los pasos a llevar adelante. Hay frases que pueden enmarcar cada actitud y pueden iluminar para el discernimiento de lo que se tiene como estilo: "Las cosas siempre se han hecho así", "Así lo hizo siempre el padre fulano", "Desde que me conozco se ha respetado hacerlo de esa manera", "Es mejor dejar las cosas como están", o por el contrario: "Haremos las cosas de una manera distinta desde ahora", "Todo lo hecho hasta ahora ha estado mal", "Es necesario que nos renovemos de arriba a abajo", "La Iglesia vive momentos de novedad y tenemos que renovarnos dejando todo lo antiguo". Ambas actitudes entran en confrontación y pueden producir verdaderos cortocircuitos en la vida de una comunidad. Evidentemente, la radicalización jamás es buena consejera. Lo propio es la asunción del camino del amor y de la inspiración de Dios, el que ha prometido el mismo Jesús, que es el de la acción del Espíritu Santo que acompaña a la Iglesia y que la inspira e ilumina en cada momento de su historia. Él es quien nos llevará "a la verdad plena" y nos "dirá lo que haya que hacer en cada momento". No se trata de querer imponer un criterio u otro, pensando solo en la propia conveniencia, en la defensa de lo ya establecido o de lo tradicional, o en el empeño de una renovación que no deje cabezas sanas. Lo importante es ser como aquel escriba sabio: "Un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo". No es el miedo a lo nuevo ni la oposición radical a lo tradicional lo que debe marcar nuestra historia. Entre aquellas dos actitudes, la del temor y la del amor, nuestra opción debe ser la del amor. Es la del que quiere ser realmente de Dios, no "de Pablo o de Apolo o de Cefas", sino de Jesús. El temor nos paraliza y nos ancla, centrándonos en nosotros mismos, más por el miedo a experimentar algo nuevo, aunque pueda parecer auspicioso y nos hace atarnos a lo tradicional, sin permitir ni siquiera la novedad que pueda estar sugiriendo Dios, una novedad que incluso está establecida como prioridad pastoral por la misma Iglesia que ha entrado con aires de renovación al nuevo milenio, y que fue convocada a la "nueva evangelización", que debe ser "nueva en su ardor, nueva en sus métodos y nueva en su expresión". El amor, por el contrario, nos hace vivir en la ilusión de estar realmente en las manos de Dios, que es quien dirige siempre los hilos de la historia, y nos hace sentirnos convocados por el que nos indica los caminos a seguir, sin despreciar ninguno de los buenos, y que nos centra en lo verdaderamente importante, que es el servicio al hombre, razón última del amor de Dios. Lo entendió la Iglesia cuando convocó el Concilio Vaticano II, con aires de renovación, ejemplificándolo clarísimamente en la frase de San Pablo VI, en la clausura del mismo, cuando afirmó que "la Iglesia ha vuelto su rostro al hombre".

También Jesús tuvo que enfrentar a los que se oponían a ese camino del amor, y querían insistir en la infusión del miedo para mantener el yugo sobre los hombres: "Los fariseos y los escribas dijeron a Jesús: 'Los discípulos de Juan ayunan a menudo y oran, y los de los fariseos también; en cambio, los tuyos, a comer y a beber'. Jesús les dijo: '¿Acaso pueden ustedes hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el esposo está con ellos? Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, entonces ayunarán en aquellos días'". La razón de la alegría es Jesús mismo, el que se entregó por amor y nos invitó a confiar en ese amor que nunca dejará de ser infinito y eterno. Y es ese mismo Jesús el que sigue con nosotros en la Iglesia: "Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo". No podemos vivir en el temor, sino en el amor, porque Jesús sigue estando con nosotros. Esa novedad es eterna, por lo que debemos renovarnos continuamente. Así lo dijo Jesús: "Nadie recorta una pieza de un manto nuevo para ponérsela a un manto viejo; porque, si lo hace, el nuevo se rompe y al viejo no le cuadra la pieza del nuevo. Nadie echa vino nuevo en odres viejos: porque, si lo hace, el vino nuevo reventará los odres y se derramará, y los odres se estropearán. A vino nuevo, odres nuevos. Nadie que cate vino añejo quiere del nuevo, pues dirá: 'El añejo es mejor'". Es la perfecta armonía que existe entre lo viejo y lo nuevo, entre la tradición y la novedad. Lo que ha sido beneficioso no tiene por qué ser desechado. Pero tampoco lo que ya produjo su beneficio y ha quedado en el pasado debe ser mantenido obstinadamente. La pauta la da el amor con el que se actúe, por lo que se aprovechará lo mejor de "lo nuevo y lo viejo". Que sea solo el amor el que nos mueva. Y que lo que nos impulse a actuar no sea el temor a ser juzgados sino la libertad que nos da el amor. Así lo entendió San Pablo: "Para mí lo de menos es que me pidan cuentas ustedes o un tribunal humano; ni siquiera yo me pido cuentas. La conciencia, es verdad, no me remuerde; pero tampoco por eso quedo absuelto: mi juez es el Señor. Así, pues, no juzguen antes de tiempo, dejen que venga el Señor. Él iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón; entonces cada uno recibirá de Dios lo que merece". Al fin y al cabo es el amor el gran motor del mundo y del hombre. Los que no se dejan conducir por el amor solo traen desgracias y muerte. Quien se deja conducir por el amor es quien construye y deja algo bueno. Porque la acción del amor es la acción de Dios mismo actuando en la historia, que es en definitiva su historia, la que Él ha diseñado para la felicidad y la salvación del hombre.

domingo, 30 de agosto de 2020

El mundo nos quiere aplastados. Jesús nos quiere de pie

 Catholic.net - Si alguno quiere venir en pos de mí

Entre las cosas contra las que debemos luchar más los cristianos, en la búsqueda de la fidelidad a Dios, a Jesús, a su mensaje de amor y a su entrega por amor a nosotros, es contra el "respeto humano". Algunos consideran que es un eufemismo con el cual revestimos hermosamente una realidad más dura, que sería la cobardía. Significaría el temor a quedar completamente desvalido ante los embates del mundo, con el cual se querría "no quedar mal", dejándose así vencer por los criterios mundanos, aun cuando eso implique traicionar a Jesús y a su amor. Significaría también dar mayor valor a lo que pasa, a lo temporal, a lo inmanente, sobre lo que nunca desaparecerá, lo que trasciende, lo eterno. Sería valorar la gota de agua que poseemos en nuestros días por encima del océano que nos espera en la eternidad, todo con el simple propósito de no dar una imagen absurda que no cuadre con las valoraciones que promueve una realidad que se aleja cada vez más de Dios. En un mundo en el que se valora más la imagen propia y el prestigio personal, en el que se da lugar solo a la ostentación, en el que se promueve el disfrute y el goce de placeres como la única manera de alcanzar la felicidad, en el que el ego debe estar por encima de cualquier gesto de solidaridad por lo cual se considera absurdo tender la mano a quien más necesita considerándolo más bien alguien incómodo al que hay que esconder y ocultar para que no se presente como crítico de la indiferencia generalizada, alguien que se atreva a ir contra esa marea sería un extraño, como un extraterrestre que no tendría cabida en él. Por ello, ese "respeto humano", en cristiano, es necesario enfrentarlo y combatirlo, pues es lo que está llevando al mundo definitivamente a caer por el desfiladero de la muerte de los valores. No es ni siquiera una consideración que se enmarca solo en criterios de fe, sino que es un llamado a la más elemental humanidad. Si el mundo sigue por ese camino, su destino es la oscuridad, la debacle total, la desaparición. El hombre que se deje conquistar por esa manera de actuar del mundo actual se irá convirtiendo progresivamente en el más grande enemigo de los otros hombres, los irá viendo cada vez más como sus competidores a los cuales deberá enfrentarse para procurar su eliminación a fin de poder sobrevivir. Es la realidad del hombre que se convertirá en el lobo de sus propios hermanos. Hay que responder, entonces, a la llamada perentoria que nos hace la misma realidad a reaccionar para evitar la debacle total. Nuestra fe sería, en este caso, un acicate más que añadiría un elemento adicional a la necesidad de evitar la tragedia del mundo y del hombre, que sería la valoración de lo eterno, de lo que no cambia, de lo que trasciende, y la valoración del amor a Dios y a los hermanos como el motor principal que alimentaría la valentía para poder enfrentar a ese mundo, venciendo ese "respeto humano" que tiene un bello nombre, pero que disfraza la peor calamidad que puede envolvernos, como es la cobardía de quien no se atreva a ser auténtico y fiel.

San Pablo, avizorando ya este peligro que se presentaba como real en aquella comunidad incipiente de cristianos que empezaba a surgir en medio de un mundo que reaccionaba hostilmente a la propuesta de fe que traía como novedad radical Jesús y su amor, ponía sobre aviso: "Los exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presenten sus cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; este es su culto espiritual. Y no se amolden a este mundo, sino transfórmense por la renovación de la mente, para que sepan discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto". No es dar todos los gustos materiales al cuerpo lo que dará la clave de la felicidad al hombre, lo que en cierto modo sería una declaración de derrota, una rendición, ante lo pasajero y ante lo que desaparecerá, sino precisamente el declararse señores en todo momento, dominando los placeres y las tendencias desbocadas del cuerpo y de su materialidad que buscan por el contrario la esclavización del hombre. Quien vive solo en la sensualidad va poco a poco y casi imperceptiblemente, colocando cadenas a su propia libertad. Paradójicamente, afirmando que porque es libre puede hacer lo que le viene en gana, lo que hace para regalar sus sentidos va encadenando sutilmente cada vez más esa libertad, con lo cual, cuando se percate de la realidad, comprobará que ha quedado totalmente esclavizado, que ya no es libre pues ha quedado encadenado a esos placeres, sin los cuales ya no puede vivir por lo que no puede liberarse de ellos. Por ello, en la valentía necesaria para poder enfrentar la pretensión del mundo y de su materialidad que a toda costa quiere ganar a todos, se debe tener la capacidad de ser distinto, de ir contra corriente, de no ser uno más del montón. Se trata de no dejarse vencer por su fuerza omnipresente, sino de rendirse a la que es omnipotente y suave a la vez, que es la fuerza de Dios y la de su amor, que ofrece el auténtico camino de la felicidad que se dará solo en la unión con Él, con la plenitud que ofrece, y en el amor, que es la fuerza verdaderamente liberadora y la que jamás podrá ser vencida, pues no hay mayor poder que el del amor que une a Dios y que lanza a los hermanos: "Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; has sido más fuerte que yo y me has podido. He sido a diario el hazmerreír, todo el mundo se burlaba de mí. Cuando hablo, tengo que gritar, proclamar violencia y destrucción. La palabra del Señor me ha servido de oprobio y desprecio a diario. Pensé en olvidarme del asunto y dije: 'No lo recordaré; no volveré a hablar en su nombre'; pero había en mis entrañas como fuego, algo ardiente encerrado en mis huesos. Yo intentaba sofocarlo, y no podía". Dejarse vencer por Dios es la mayor de las victorias.

Jesús nos invita a vivir en esa victoria continua sobre nosotros mismos y sobre el mundo que nos invita a alejarnos de Él y de su amor: "Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla?" El peor error en el que podemos caer los hombres es el de equivocar la jerarquización de los valores. Hacer caso a la propuesta del mundo, que nos invita sin rubor al desprecio de lo trascendente viviendo solo el momento actual. Eliminar la perspectiva de futuro y contentarnos con reducir nuestra mirada solo a lo pasajero, pretendiendo que centremos toda nuestra vida en lo que tenemos a nuestro alrededor, en lo temporal, en la sensualidad y en los placeres, en el aprovechamiento de los demás como herramientas para nuestro progreso individual. Es la destrucción de la perspectiva que más nos eleva y nos hace hombres que es la unión con la causa de nuestra existencia y nos conecta vitalmente con el que pone toda su providencia a nuestro favor, que es nuestro Dios creador, y además nos conecta con la realidad sólida con la cual hemos sido creados, que es la cualidad de seres comunitarios, afirmando que "no es bueno que el hombre esté solo", con lo que marcó nuestra esencia con su propia cualidad de ser comunitario, Santísima Trinidad que vive la unidad en la comunidad gloriosa que es su esencia natural. Esa unión con Él y con los hermanos se opone radicalmente a la soberbia y al egoísmo promovidos por el mundo y nos encamina a la vida de felicidad plena que se da solo en Dios y que apunta a una vivencia eterna en los mismos términos de plenitud, pues será la vivencia sin fin del amor, que es lo que libera y eleva realmente al hombre y al mundo. Se trata de asumir la realidad globalmente, con todo lo que ella incluye, sabiendo que se enmarca en un proceso que nos purifica en función de la plenitud que nos espera, como lo vivió Jesús mismo, asumiéndolo responsablemente, incluso ante las voces narcotizantes que lo invitaban a huir de ella, como la de Pedro que pretendió ahorrarle el sufrimiento de la cruz y de la muerte: "'¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte'. Jesús se volvió y dijo a Pedro: 'Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios'". Todo es parte del proceso para llegar a la plenitud a la que estamos llamados. Es la manera de ganar la vida a la que nos llama Dios. Por ello, debemos ser valientes, vencer el "respeto humano", no dejarnos atrapar por las redes del mundo y apuntar a la verdadera plenitud que se dará en la felicidad eterna junto al Padre.

martes, 2 de junio de 2020

El mundo es de Dios y Él lo ha puesto en nuestras manos

Al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios ...

La Iglesia ha sido enviada por Jesús al mundo entero a anunciar la buena nueva del amor salvador de Dios. Ese amor no ha querido dejar al hombre sumido en la oscuridad del abismo en el que había caído por su propia culpa al dejarse robar el corazón por el demonio, seducido por la idea de hacerse "como dioses". "Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda la creación". El mandato es inapelable y clarísimo. No hay realidad que quede fuera de esta tarea encomendada a la Iglesia. Cuando Dios en el sexto día de la creación "vio que todo era muy bueno", estaba satisfecho, pues todo estaba en el orden que Él había pensado y diseñado. El pecado trastocó ese orden y lo subvirtió totalmente, dejando a Dios en un puesto completamente subordinado. Para Dios ya todo había dejado de ser bueno, y por ello emprende una tarea titánica en la historia de la salvación para recuperar el orden perdido, y lograr que de nuevo todo sea "muy bueno". El mundo pertenece a Dios, pues de sus manos ha salido. Pero Dios en su amor y su providencia infinitos lo ha colocado en las manos del hombre: "Dios los bendijo, diciéndoles: 'Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla. Tengan autoridad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra'". El hombre es hecho, así, por Dios, propietario-administrador de todo lo que ha sido creado. El mundo es una realidad que está en las manos de los hombres. Dios confía en él para que todo pueda ser conducido a la plenitud. Con ser una realidad totalmente acabada, pues salió así de las manos del Creador, el hombre ha sido capacitado por Dios para que lo haga servir mejor al mismo hombre. Él ha sido responsabilizado, de esta manera, de seguir haciendo avanzar el mundo hacia su perfección y su plenitud, logrando con su labor que todos sean beneficiarios del progreso y del orden deseado por Dios y confiado para su logro en las manos de cada hombre de la historia. Cada uno, en este sentido, tiene un compromiso: hacer del mundo un lugar mejor en el que todos tengan cabida y encaminarlo hacia el desarrollo y el progreso para el beneficio de todos. No pasamos por el mundo para simplemente ocupar un espacio en él, sino para dejar nuestra huella en el aporte que hagamos para su progreso y el beneficio de nuestros hermanos. En esto Dios es absolutamente respetuoso, pues no puede contradecirse a sí mismo. En la historia de la humanidad, todos los logros que ha habido y también todas las equivocaciones que se han cometido, se han dado por ese respeto reverente de Dios a la libertad humana que Él mismo ha promovido.

Dios nos ha enriquecido a cada uno con esa libertad que es reflejo de la que Él posee. Nuestra inteligencia y nuestra voluntad son las capacidades divinas que Dios ha copiado para nuestro ser, haciéndonos tener la misma capacidad suya de creación. Nos hace co-creadores con Él, no porque hagamos surgir algo de la nada, sino porque nos ha capacitado para que conduzcamos su creación hacia la plenitud y hacia el mejor servicio a los hermanos. Lo creado, siendo todo "muy bueno", se hace aún mejor con la obra del hombre que se asocia con Dios. Cuando se da con la ruta del orden deseado por Dios, se logra que el mundo sea un lugar siempre mejor, donde se viva la unión con su Creador, la solidaridad fraterna en el amor, el servicio de todas las cosas para su progreso. Por el contrario, cuando el empeño es seguir rutas diversas a las deseadas por Dios se logra que el mundo sea un lugar hostil para el mismo hombre, desterrando a Dios de todo, expulsando al otro de la propia capacidad de amor, colocándose él mismo en el centro en un arrebato de soberbia que hace del hermano simplemente una cosa de la cual aprovecharse para el beneficio propio. Lo hemos visto repetido muchísimas veces en la historia. Los regímenes y las ideologías que los sustentan, creados por el hombre en su capacidad de inventiva que tiene origen divino, han servido diversamente para beneficio suyo o para su destrucción. Y vemos cómo Dios es respetuoso, pues no puede negarse a sí mismo violentando la libertad que Él mismo ha donado al hombre. Dios bendice todos los esfuerzos que se hacen para avanzar en el bien común. Pero no lo hace cuando los esfuerzos son contrarios, dañando al mismo hombre. Aún así, da su beneficio respetando la subversión del orden que se ha querido establecer y dando la oportunidad de que se hagan esfuerzos para restablecer ese orden que se haya perdido. Él sigue llenando de su gracia a los hombres, iluminando sus mentes y fortaleciendo sus voluntades, pero es cada uno, en su infinita libertad, el que decide si las pone en práctica o no. El amor de Dios es en esto, también infinito. A muchos nos encantaría que Dios revirtiera el orden malo que se promueve y milagrosamente hiciera que todo cambiara, pero hay mayor milagro y mayor amor en respetar lo que Él mismo ha donado al hombre con su infinita capacidad de creatividad en la libertad. Seguramente, si llegáramos a ser capaces de colocarnos en los criterios que hay en la mente divina, Dios querría tomar el control de todo, y lo podría hacer pues es todopoderoso, pero logra el milagro de contenerse para respetar la justa autonomía que Él mismo ha deseado para la humanidad en su dominio del mundo.

Cuando Jesús es conminado a dar respuesta a los fariseos que le tienden la trampa y le preguntan por el impuesto a pagar, Él tiene este diálogo con ellos: "Le dijeron: ... ¿Es lícito pagar impuesto al César o no? ¿Pagamos o no pagamos?' Adivinando su hipocresía, les replicó: '¿Por qué me tientan? Tráiganme un denario, que lo vea'. Se lo trajeron. Y Él les preguntó: '¿De quién es esta imagen y esta inscripción?' Le contestaron: 'Del César'. Jesús les replicó: 'Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios'". Jesús confirma, de esta manera, esa autonomía entre ambos órdenes que Dios ha establecido. Él ha colocado todo el mundo en las manos de los hombres (representados en el "César"), y respetará reverentemente este decreto suyo: "Llenen la tierra y sométanla". Él lo ha creado todo y todo lo ha puesto bajo el dominio del hombre. Mal puede arrebatar de sus manos lo que en su infinita sabiduría y poder ha determinado. Pero también Él sigue siendo providente en extremo y por ello confía radicalmente en que el hombre pueda dejarse seducir también por la eterna sabiduría que lo hará conducirse por rutas cada vez mejores y plenificantes. Así lo entendió San Pedro: "Esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia, por eso, queridos míos, mientras esperan estos acontecimientos, procuren que Dios los encuentre en paz con Él, intachables e irreprochables, y consideren que la paciencia de nuestro Señor es nuestra salvación". En esa justa autonomía entre el orden divino y el humano querida y establecida por Él, Dios espera de nosotros siempre nuestro aporte para el bien. Su gracia estará siempre activa, pues nos seguirá inspirando y dando nueva vida continuamente. El Espíritu Santo sigue estando presente entre nosotros, siendo nuestra fuerza y nuestra ilusión. Y Dios siempre estará a la espera de que hagamos correctamente nuestra parte. Si Él se percata de que la hacemos y conducimos al mundo hacia la plenitud, haciéndolo a Él cada vez más presente, promoviendo una fraternidad universal en la que cada hombre sea importante y una solidaridad en la que pongamos al hermano necesitado en el primer lugar, haciendo que todo en el mundo sirva para el progreso y el desarrollo de cada hermano, nunca nos faltará su fortaleza. Nos consolará y nos aliviará en nuestras penas y en nuestros esfuerzos y nos enriquecerá con la ilusión y la esperanza de la eternidad feliz hacia la que estaríamos conduciendo al mundo entero, en la que se logrará definitivamente que Él sea "todo en todos". Mientras tanto, nos corresponde seguir trabajando con denuedo, respetando el doble orden, el divino y el humano, pero apuntando a esa eternidad en la que solo el orden divino prevalecerá. Dando al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

jueves, 28 de mayo de 2020

Por mi fe y mi testimonio de unidad busco conquistar el mundo para Jesús

Diácono Luis Brea Torrens: Uno como el Padre y el Hijo

Dos cosas podríamos decir que son características en la oración sacerdotal de Jesús en la Última Cena. Por un lado, su preocupación por los que deja, al estar tan cerca ya su partida del mundo, terminando así su periplo terrenal, volviendo al Padre y recuperando la gloria que poseía naturalmente y que dejó en suspenso durante el tiempo en que estuvo en la tierra como uno más. Avizoraba Jesús que su Ascensión era ya inminente. Que solo faltaba el acontecimiento final de su entrega para morir en favor de la humanidad, alcanzando así el perdón de los pecados de todos y la salvación de cada uno. Era la tarea que le había encomendado el Padre. Y ese paso final era el definitivo. Era ya su momento culminante, por cuanto su muerte implicará la muerte del poder del demonio sobre los hombres, que había ya durado mucho, desde el pecado de Adán y Eva. El Padre había comprometido su palabra desde el principio de esta historia de desencuentro, cuando prometió la presencia en el futuro de una gran mujer cuya descendencia pisará la cabeza de la serpiente y la derrotará totalmente. Evidentemente, la victoria sobre el demonio que representaba la muerte de Jesús, debía tener un revestimiento de triunfo real. Si no hubiera habido un gesto espectacular y maravilloso, la visión hubiera sido simplemente la de la derrota, significada en aquel que pendía muerto en la cruz y luego quedaba escondido en el sepulcro. Por ello se completa el ciclo de este triunfo con el portento de la resurrección, que era el resurgir de la muerte de aquel hombre que era Dios, con lo cual se afirmaba rotundamente que las garras de la muerte y la oscuridad del sepulcro no eran lo suficientemente poderosas para retener al que era la Vida. Todo este ciclo, culminando en la resurrección, pasa a ser la base de cualquier confesión de fe. Es lo que fundamenta lo que todos creemos, sin lo cual esa fe sería totalmente vacía. "Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe", afirma San Pablo. Esto que debían creer los discípulos era claro. Pero Jesús tenía en la mente la claridad superior de quiénes eran ellos. Conocía de sus debilidades y sus flaquezas, de sus temores y cobardías. Por ello los pone ante el Padre. Lo hace sobre todo porque los ama y le duele dejarlos solos. Cuando Jesús dice que quedarán tristes por su partida, está de alguna manera reconociendo que esa misma tristeza también la vivirá Él. Toda despedida es dolorosa, más aún si ha sido el amor el vínculo sólido de la unión. Era lo que existía entre Jesús y sus seguidores. Jesús los amaba. Y ellos amaban a Jesús.

Por otro lado, surge en Jesús otra preocupación fundamental. Se trata de la unidad necesaria que debe existir entre los discípulos. Ella debía existir espontánea, pues al contemplar todos un mismo misterio, al vivir todos una misma redención, al recibir todos un mismo amor, al tener todos la misma vivencia de convocatoria y envío, se espera que sean todos como un mismo espíritu. Pero Jesús sabe muy bien de qué estamos hechos sus seguidores y por ello, con el mayor de los realismos, asume las dificultades que se podrán presentar en el futuro. En el hombre sigue pugnando el egoísmo, la envidia, la vanidad, los rencores, la mutua competencia, el ansia de dominio. La gracia obtenida en la redención no anula al hombre, aunque haya habido en él una transformación radical. Ella se añade a la naturaleza, pero no la elimina. "La Gracia supone la naturaleza, no la destruye", sentencian los teólogos. Si se tiende al egoísmo, por ejemplo, la gracia no elimina esa tendencia. Lo que hace es poner en las manos herramientas más eficientes para luchar contra ella. La clave del triunfo del cristiano es nunca asumir que todas las debilidades que deja el pecado en su ser están ya controladas y dominadas. No bajar la guardia. Es en esas debilidades en las que hay que trabajar con mayor denuedo, echando mano de la fuerza de la gracia, sin considerarse jamás un superhombre. Se trata de asumir esas debilidades como puertas de entrada para la fuerza de Cristo: "Muy a gusto presumo de mis debilidades, pues entonces residirá en mí la fuerza de Cristo". Por ello Jesús, en ese realismo duro, reconoce que los hombres necesitarán de una fuerza superior para poder vencerse a sí mismos, para poder mantenerse en la unidad, por encima de los intereses particulares de cada uno, con la mirada puesta en la solidez de la propia experiencia de vida vivida de esa manera, y en el testimonio que desde esa unidad así vivida den delante del mundo. Por ello, al igual que orará en la cruz pidiendo el perdón para quienes lo estaban asesinando, "porque no saben lo que hacen", se coloca ante el Padre para pedir por todos los que serán seguidores suyos ahora y en el futuro: "Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado". Es de tal magnitud el testimonio de unidad, que será prenda para la fe de todos los hombres que no crean. Ser uno en la fe con todos convencerá al mundo de que Jesús es el enviado para la redención. Por eso, también, es tan grave la herida que le infligimos al mundo, cuando nos empeñamos en no ser uno, sino en seguir con nuestras tienditas particulares. Es un pecado del que deberemos rendir cuentas seriamente.

En efecto, Jesús ora por todos los hombres. En esa oración estamos tú y yo. Estamos en la mente y en el corazón de Jesús cuando hace su oración por los hombres. Jesús piensa en mí y en ti, cuando piensa en sus discípulos: "No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos". Esos somos nosotros. La oración que hace Jesús implica la petición para nosotros de ser enriquecidos al haber recibido el perdón de nuestros pecados por su entrega en la cruz y por su resurrección, pero va más allá, pues el legado es el de la fe, por la cual ya vivimos en la fraternidad que Él ha venido a restituir devolviéndonos la condición que nos hace uno con todos y que luego nos servirá como prenda para conducirnos a la vida eterna feliz junto a Él a la derecha del Padre. Es un futuro que es presente, pues la vivencia que se tendrá en aquella eternidad feliz junto a Dios, la haremos real y efectiva aquí y ahora, pues estaremos viviendo los valores que se vivirán ya inmutablemente en ella. No se trata de vivir como si fueran dos condiciones totalmente distintas que no están conectadas una con otra. Lo que viviremos en el futuro no será otra cosa que lo que ya estamos viviendo ahora, si somos capaces de poner nuestro granito de arena para que se cumpla lo que pide Jesús al Padre en su oración sacerdotal. Esa condición espiritual que nos hace vivir la fe sin rompimientos ni abolladuras, en medio de un mundo descreído, que impulsa a todos a la increencia, al vacío de una existencia sin expectativas de eternidad, sin la capacidad de elevar la mirada hacia una realidad vertical que es superior por lo eterna, que anima al egoísmo total porque anula al amor que es la mayor riqueza que Dios ha colocado en nuestros corazones, es una condición que nos eleva. Que no nos deja postrados en la horizontalidad de una vida sin sentido trascendente. Y esa misma condición nos invita a vivir la unidad como un tesoro invaluable, pues nos hace fuertes, nos solidifica en la lucha contra el mal, destruye la individualidad que puede llegar a ser el peor asesino de nuestra experiencia de fe pues mata al amor que es el vínculo que nos une. Jesús sabe muy bien lo que pide para nosotros. Y sabe muy bien que eso es esencial para que podamos tener una vida auténtica de seguidores suyos, que nos enriquezca a nosotros mismos, que enriquezca al mundo, que enriquezca a cada uno de los nuestros. Sentimos en nuestro interior la misma voz de Cristo, que nos impulsa a dar testimonio delante de todos de nuestra fe y de nuestra vivencia de la unidad, como la sintió San Pablo: "¡Ánimo! Lo mismo que has dado testimonio en Jerusalén de lo que a mí se refiere, tienes que darlo en Roma". Y que tenga como efecto final nuestra salvación, nuestra llegada triunfal con Jesús a la derecha del Padre.