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lunes, 24 de mayo de 2021

María es Madre de la Iglesia y de cada uno de los discípulos de su Hijo

 Celebración de la fiesta de 'Virgen María, Madre de la Iglesia' - ZENIT -  Espanol

La importancia de la figura de la Mujer en la historia de la Iglesia es incontestable. Desde el mismo principio de la historia de la salvación, la mujer adquiere un papel relevante, equiparado con el papel del varón: "No es bueno que el hombre esté solo. Hagámosle una ayuda adecuada". De la parte noble del hombre, surge la mujer. Podríamos afirmar que Dios da un cierto cariz de superioridad a la creación de la mujer, pues eleva la calidad de la materia de la cual es hecha. Del barro del cual ha surgido el hombre pasa a la carne extraída de él, que ya había sido enriquecida con el soplo del aire vital que Yahvé había insuflado en sus narices, para hacer existir a la mujer. Y desde ese principio es proclamada "Eva", es decir "la Madre de todos los que viven". A lo largo de esa misma historia nos encontramos con mujeres destacadas que resaltan la figura femenina, siendo algunas incluso verdaderas heroínas en la historia del pueblo elegido. En una sociedad tendiente hacia el machismo ancestral, como lo era la sociedad judía, en la cual la mujer jugaba un papel muy secundario, el hecho de que la mujer destacara como adalid de libertad, de fuerza, de esperanza, es realmente significativo. Por ello, es necesario colegir que su relevancia como personaje principal de la historia era imposible de ocultar. Así ha sido durante toda la historia, en la cual la mujer ha luchado a brazo partido por el reconocimiento de su figura. No en el sentido en que se quiere implantar casi con violencia en nuestros días, con un falso feminismo que propugna más bien una superexaltación de la figura femenina, en detrimento de la unidad de los sexos y de la humanidad. Este feminismo absurdo busca pisotear al varón en aras de una superioridad, echando por tierra la colaboración, la unión, la igualdad de derechos. Es decir, que la mujer no sea ya más la pisoteada, sino que sea ella la que ahora pisotee. Es cierto que todo movimiento que promueva la igualdad, la equiparación de derechos, el respeto a la individualidad y la promoción de la mujer, se hace necesario. Pero no que sea una reivindicación que busque ahora el dominio y el pisoteo de los otros.

La figura ideal de la Mujer la tenemos en la Virgen María. Dios mismo le da una relevancia extrema, cuando desde el primer momento de su existencia la preserva de la culpa original, pues ha sido la elegida para ser la Madre de Aquel que vendrá a rescatar a la humanidad, prometido desde el mismo momento del primer pecado. Todo los hombres que esperaban el cumplimento de esa promesa de amor, miraban esperanzados hacia la figura de esa Mujer que sería la puerta de entrada del Redentor. Yahvé la anuncia desde el primer momento: "El Señor Dios dijo a la serpiente: 'Por haber hecho eso, maldita tú entre todo el ganado y todas las fieras del campo; te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida; pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza, cuando tú la hieras en el talón'. Adán llamó a su mujer Eva, por ser la madre de todos los que viven". El descendiente de la Mujer es Jesús, encarnado en el vientre de María. Y esa Mujer es María, la Madre del Redentor, a la cual Dios coloca en el puesto más relevante de todos, por encima de cualquier otra criatura del mundo, pues será el habitáculo del Hijo de Dios, de donde tomará la carne que ha venido a redimir. Si la Mujer tiene relevancia en toda la historia, con María llega al zenit de esa relevancia. Nadie más, ningún otro ser de la creación, llega a las alturas a las que llega María. Y en el reconocimiento de su grandeza y de su dignidad, el mismo Dios es reverente en el respeto de Ella. No la "utiliza" como una herramienta en su gesta libertaria, sino que solicita su concurso libre y voluntario en ella, para que sea un elemento esencial en la historia de la salvación de todos los hombres. La respuesta de disponibilidad de María ante la propuesta divina, la hace elevarse a la vista de todos los hombres como el personaje humano más importante de toda la historia, solo superado por su Hijo, Dios hecho hombre. Su respuesta: "Aquí está la esclava del Señor, que se cumpla en mí según tu palabra", cambia el curso de la historia, y abre las puertas del cielo para el derramamiento del amor de Dios sobre el mundo y sobre toda la humanidad, por la obra que cumplirá su Hijo.

Esa disponibilidad de la Madre de Jesús no ha tenido final. Así como Jesús ha dicho a todos los hombres "Yo estaré con ustedes hasta el fin de los tiempos", podríamos decir que la tarea encomendada por Jesús a su Madre tampoco tiene fin. Jesús no nos ha dejado huérfanos, pues se ha cuidado muy bien de dejarnos a su propia Madre como Madre nuestra: "Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: 'Mujer, ahí tienes a tu hijo'. Luego, dijo al discípulo: 'Ahí tienes a tu madre'. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio". Es el regalo póstumo, el más entrañable de todos los que nos dejó Jesús, pues implica a la Mujer que lo había dado a luz, de la que recibió los primeros cuidados amorosos, la que con la mayor ternura lo vio crecer, la que lo cuidó con auténtico amor de Madre, la que lo acompañó desde la sombra hasta el último momento de su existencia, la que lo enseñó a amar con amor realmente humano. Y es en sus manos en las que nos pone para que sea la continuación hacia nosotros de esa ternura maternal que nos cuida y nos sostiene. En Juan, al pie de la Cruz, estamos representados todos los hombres. No tenía sentido no llamarlo Juan, sino hijo, si no hubiera habido una intencionalidad de generalización de la humanidad en la persona del discípulo amado. Por ello, es Madre de la Iglesia. Una concreción en el tiempo de lo que se vivió también el día de Pentecostés, en el cual los apóstoles reciben al Espíritu Santo, con María a la cabeza, pues Ella estaba cumpliendo fielmente la tarea que amorosamente le encomendó Jesús desde la Cruz. Nace la Iglesia, y María está presente cumpliendo su papel maternal. Así como el Espíritu la invadió en la encarnación del Verbo, cabeza de la Iglesia, ahora la invade también en Pentecostés, para seguir encarnando en cada cristiano a Jesús y a su amor. Así, resuenan en nuestros oídos las palabras de nuestra Madre, que nos sigue invitando a cada uno: "Hagan lo que Él les diga". 

domingo, 28 de junio de 2020

Dios nunca se deja ganar en generosidad

EVANGELIO DEL DÍA: Jn 13,16-20: Dichosos vosotros si lo ponéis en ...

Quien deja más, recibe más. Y también, quien da más, recibe más. Es la normativa nueva que pone de moda Jesús. Cualquier especialista en mercadeo podrá proponer una normativa diversa, por cuanto en su mente está la acumulación de bienes. Para él, quien acumula más, tendrá más. Y quien menos da, también tendrá más. La ley del intercambio está muy clara. A medida que salgan menos cosas de mí hacia fuera, dentro tendré más, y si recibo y guardo, voy acumulando más bienes. Moviéndose en el mismo plano de materialidad, evidentemente no se puede contradecir esta lógica. Es lo que mueve a los comerciantes a adentrarse en su mundillo de oferta y demanda, buscando que sea más ventajoso cada vez para ellos. Es el mundo de las cosas, de lo material, de lo corporal. Jesús nos hace entrar en una dimensión diferente, en el que el intercambio se eleva y no se queda solo en lo pasajero. Parte de allí, pero toma una ruta distinta de la anterior. Echando mano de eso material que se posee, y aprovechando la "ventaja" de poseerlo, se apunta a un trueque diverso. No va a terminar solo en dar lo material para recibir o acumular lo material, es decir, en dar lo que se acaba y pasa para recibir algo que también se acaba y pasa. Jesús nos dice que nos deslastremos de eso material, que puede llegar a atarnos y a obnubilar nuestra mirada haciéndonos creer que esa es la única dimensión posible, y permitamos que al estar más libres podamos elevarnos y volar a realidades que no se acaban y duran para siempre. Quien llega a entender que este intercambio es claramente más ventajoso, aprovecha todas las "ofertas" que pone Dios sobre el tapete y no duda en gozar de todas sus ventajas. Ningún comerciante se atreve jamás a proponer una ganancia a sus clientes del 100 por 1. Es totalmente absurdo. Tiene plena conciencia que proponer algo así es declarar su total ruina y su bancarrota. Pero Dios hace este ofrecimiento desde la posesión de todos los bienes de los cuales Él es propietario único y que tienen una característica exclusiva que es la de ser inacabables. En el depósito divino nunca desaparecerán ninguno de los bienes que Dios ofrece. De esta manera, cuando Jesús nos pide que demos el 1 para poder recibir el 100, lo está haciendo desde una real intención de enriquecernos, pero con los bienes que Él mismo establece, con la verdadera intención de enriquecernos en lo que considera la auténtica riqueza del hombre, que va mucho más allá del dinero o de las posesiones materiales.

Dios es magnánimo y generoso y solo está esperando el gesto que inicia el primer paso en el que el hombre se dispone a poner de lo suyo, a deslastrarse de su carga, para dar Él también el paso adelante y recompensar abundantemente, cumpliendo su palabra y haciendo buena su oferta. Un caso claro es el de la mujer estéril que acoge en su casa a Eliseo y su criado, haciéndole incluso construir una habitación con todas las comodidades en la terraza de su casa, entendiendo que era un hombre de Dios, por lo cual, ciertamente, estaba haciéndole un favor al mismo Dios, diciéndole a su marido: "Estoy segura de que es un hombre santo de Dios el que viene siempre a vernos. Construyamos en la terraza una pequeña habitación y pongámosle arriba una cama, una mesa, una silla y una lámpara, para que cuando venga pueda retirarse". Daba lo que podía y hacía de su marido su socio en esta donación. Estaba dispuesta a dar, incluso sin recibir nada a cambio, sino simplemente con el deseo de hacer agradable el paso del profeta por su casa. Lo que no sabía ella es que al hacer el favor al profeta, porque a su entender era un hombre de Dios, se lo estaba haciendo al mismo Dios. Por ello Él, que nunca se deja ganar en generosidad, la compensa con el que quizá era su mayor anhelo. "Se preguntó Eliseo: '¿Qué podemos hacer por ella?' Respondió Guejazí, su criado: 'Por desgracia no tiene hijos y su marido es ya anciano'. Eliseo ordenó que la llamase. La llamó y ella se detuvo a la entrada. Eliseo le dijo: 'El año próximo, por esta época, tú estarás abrazando un hijo'". El deseo de ser madre, que seguramente estaba escondido en su corazón y era su gran anhelo como el de toda mujer casada, fue cubierto por Dios, cumpliendo la oferta de restitución abundante a la donación incluso de sí mismo. Ella fue capaz de desprenderse de lo suyo para ponerlo a la disposición de Dios y el Señor respondió con el portento, una maravilla que jamás se podía haber esperado. Se cumplió anticipadamente en ella lo que Jesús dijo posteriormente: "El que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo". Es la manera de actuación de Dios, desbordante de amor y sorprendiendo siempre con ese ejercicio incondicional de su amor eterno e infinito, que derrama en aquellos que lo colocan en el primer lugar, y nunca deja de recompensar, pues Él, cuando quita o cuando acepta lo que se le da, es para abrir espacio a lo que va a regalar. No es en la ostentación de bienes donde se recibirá el reconocimiento de Dios. A Él nada le importa los millones que se posean o la inmensa cantidad de bienes que se hayan acumulado. A Él le importa aquello de lo que somos capaces de desprendernos con la finalidad de servirle a Él y de demostrarle nuestro amor.

Es en esta línea que se inscribe la enseñanza de Jesús que nos invita a valorar en su justa medida los bienes que poseemos. Sobre todo los bienes espirituales con los cuales el mismo Dios nos ha favorecido: "El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará". Él pide que lo coloquemos inobjetablemente siempre en el primer lugar de nuestros intereses. No nos pide despreciar a los padres o a los hijos. Eso sería absurdo. Nos pide siempre amarlos pero nunca ponerlos a ellos ni a nada por encima de Él. Es el cumplimiento de lo que nos pide el primer mandamiento: "Amarás al Señor tu Dios sobre todas las cosas ... con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas". Mucho menos si eso se refiere a las cosas que no están fuera de mí, como mi cruz y mi propia vida. Cargar con la cruz propia e ir detrás de Jesús es asumir que solo con Él se podrá soportar la carga, por lo cual, lo más inteligente no es rechazarla, lo que por lo demás es imposible y no nos la suprime, sino cargarla para asegurar la presencia de Jesús en la propia vida, que se convertirá en una especie de Cireneo para cada uno, pues ayudará a cargarla y a llevarla incluso con amor. Y perder la vida por Jesús es la manera más segura de tenerla, pues la ponemos en las manos de Aquel que con toda seguridad nos la devolverá bendecida y elevada, llevándola a su propia condición de plenitud gloriosa, la que tiene en la gloria infinita e inmarcesible junto al Padre. Esa oferta de Dios se cumple perfectamente, pues Él no nos puede engañar. Nunca nos engañará quien nunca ha despreciado ninguna ocasión para mostrarnos su amor. Ni siquiera en el momento más álgido que le ha tocado vivir por razón de nuestra salvación: "Cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él". La entrega de nuestra vida, nuestro mayor bien, el que poseemos gracias al amor creador y todopoderoso de Dios, nos acarreará como recompensa la vida eterna. La proporción sobrepasa el 100 por 1 que ofrece Jesús, pues esa vida eterna es infinita en amor, en gozo y en paz.

jueves, 26 de septiembre de 2019

¿A qué Jesús quiero ver?

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Ver a Dios es uno de los grandes deseos de los hombres. Todo lo que tenga que ver con Él nos atrae, incluso misteriosamente. Si pudiéramos tener en nuestra mente y en nuestro corazón claridad en cuanto lo que es Dios, su poder, su amor, su identidad, estaríamos más que satisfechos. Ante Él, reconocemos su absoluta trascendencia e incluso llegamos a aceptar la imposibilidad de captarlo en toda su dimensión real. En el Antiguo Testamento se aceptaba esta imposibilidad, incluso llegando al extremo de afirmar que para ver a Dios, para captarlo en toda su infinitud misteriosa, había que estar muerto. Isaías exclama lleno de temor: "¡Ay de mí, voy a morir! He visto con mis ojos al Rey, al Señor todopoderoso". Ver a Dios tenía como consecuencia la muerte. O al contrario, para poder ver a Dios se debía antes morir. La visión de Dios tenía que ver con una vida superior, más allá de esta vida cotidiana.

Jesús hace que este deseo de ver a Dios, de entrar en su profundo misterio, se pueda percibir como algo más a la mano. El episodio de la conversación con Felipe nos da muchas luces al respecto. Jesús dice a los discípulos: "Si me conocen a mí, conocerán también a mi Padre. Ahora ya lo conocen y lo han visto". Pero los discípulos quieren ir más allá, y por ello Felipe en nombre de ellos pide a Jesús: "Señor, muéstranos al Padre y nos basta". Y es entonces cuando Jesús descubre su identidad más profunda, cuando aclara su identificación con Dios, y les revela lo que significa verlo a Él: "Hace tanto que estoy con ustedes, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: 'Muéstranos al Padre'? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí?" Jesús es la revelación definitiva de Dios, es "la imagen visible del Dios invisible". Ver a Cristo es ver a Dios. De alguna manera, muy misteriosamente, percibir esta realidad en Jesús, hace mucho más acuciante el deseo de verlo, con la esperanza de descubrir en Él esa presencia grandiosa de Dios. "Había ciertos griegos entre los que habían subido a adorar en la fiesta. Estos, pues, se acercaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le rogaron, diciendo: Señor, quisiéramos ver a Jesús (...) Jesús les respondió diciendo: Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado”. Los prosélitos griegos habían escuchado mucho sobre Cristo y querían descubrir quién era y gustar de la presencia de Dios en Él.

Este deseo de ver a Jesús para descubrir en Él su más profunda identidad divina nos acompaña a todos los hombres. Como el mismo Herodes, que había escuchado tanto hablar de ese personaje que cada vez adquiría más fama. Por eso Lucas en su Evangelio destaca este deseo del Tetrarca:  "Herodes se decía: 'A Juan lo mandé decapitar yo. ¿Quién es éste de quien oigo semejantes cosas?' Y tenía ganas de ver a Jesús". Ciertamente su motivación estaba muy lejos de ser la de encontrarse delante de Cristo con un espíritu limpio, sin ambivalencias, para contemplarlo con pureza de intención. Su interés estaba muy lejos de alguna necesidad espiritual. Su finalidad era simplemente satisfacer su curiosidad y codearse con quien estaba adquiriendo tanta fama. Cuando al fin tiene la oportunidad, al ser sometido Jesús al juicio definitivo antes de su Pasión, queda clara su verdadera intención: "Cuando Herodes vio a Jesús se alegró mucho, pues hacía largo tiempo que deseaba verle, por las cosas que oía de él, y esperaba presenciar algún milagro que él hiciera". Lo que lo movía era su sed de espectáculo. Para él ver a Jesús era simplemente como asistir a una presentación de un gran artista famoso.

Todos debemos preguntarnos en lo más íntimo cuál sería nuestra motivación cuando deseamos ver a Jesús. Podemos ser como Herodes, que solo buscaba satisfacer sus ansias de espectacularidad. Probablemente nuestra disposición de ver a Jesús se reduce solo a las ocasiones en las que lo vemos triunfador, un gran orador, dominador de la naturaleza, hacedor de milagros. Cuando lo vemos curando enfermos, multiplicando panes, calmando tempestades, resucitando muertos, transfigurándose delante de los apóstoles. Ver a Jesús así es maravilloso. Ver a Jesús así nos muestra que su poder es infinito y que ese poder puede estar de nuestra parte y servirnos de sustento. No es una falsa percepción. Sin embargo, sí puede ser incompleta. Nos muestra al Jesús dominador y triunfador. No nos muestra al Jesús débil y entregado. No es la imagen del Cristo vencido y sufriente, que nos descubre una faceta que ya no es tan atractiva.

Junto a ese Jesús triunfante, y nunca sin Él, está también el Jesús débil. Es una unidad indisoluble. "Ya conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a ustedes se hizo pobre, siendo rico, para que ustedes con su pobreza fuesen enriquecidos". Él mismo nos lo dice: "Cada vez que lo hicieron con uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron". Nuestros ojos deben ser capaces también de querer ver a Jesús en el hermano que sufre, en el que está desamparado, en el que ha sido apaleado en el camino y burlado por todos los hombres. Debemos ser capaces de descubrirlo no solo en el gran sanador de enfermos que hace caminar a los paralíticos, ver a los ciegos y que cura a los leprosos, sino en el mismo paralítico, en el mismo ciego y en el mismo leproso rechazado y excluido. No solo debemos ser capaces de ver a Jesús que demuestra su ser profundo en la Transfiguración, que resucita glorioso y asciende a los cielos con todo su esplendor de gloria recuperado, sino también en el escupido, humillado y golpeado de la Pasión, en el aplastado por el peso de la Cruz, en el clavado en esa Cruz como cadalso final, en el inánime que pende muerto en ese patíbulo. El Jesús que debemos querer ver es el Jesús total. Triunfante y vencido, glorioso y humillado, resucitado y muerto, poderoso y débil. Y aceptar que en nuestra vida esa totalidad necesariamente debe estar siempre presente. Nuestra debilidad es como la de Jesús, y debemos asumirla. Pero nuestra fuerza es también la de Cristo, y debemos aprovecharla. "Muy a gusto presumo de mis debilidades, porque entonces residirá en mí la fuerza de Cristo. Cuando soy débil, soy fuerte". Como Jesús.

sábado, 14 de septiembre de 2019

Desde la Cruz, Dios nos grita su amor

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Si tuviéramos que resumir todo el mensaje evangélico en una sola frase, yo elegiría ésta del mismo Jesús: "Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna". Ella compendia la intención salvífica universal del Padre manifestada claramente desde la creación, la entrega amorosa y voluntaria de su Hijo, la necesidad de satisfacción del pecado que tiene la humanidad, que no puede ser alcanzada sino solo por una entrega de valor infinito como la del Hijo de Dios. Es la frase más hermosa, más esperanzadora, más compensadora, más explicativa de la voluntad amorosa de Dios hacia los hombres. Él, creador del hombre por un gesto de amor infinito, no puede quedarse de brazos cruzados ante la negativa del hombre a la posibilidad de ser salvado. Prefiere poner a su Hijo brazos en cruz, entregándolo por amor. Comprende Dios que el hombre no ha sabido valorar por sí mismo el gesto creador. Y no quiere gastar el tiempo en palabras que probablemente no sean plenamente comprendidas, sino en una acción totalmente clarificadora. Contemplar a Jesús en la Cruz, muriendo sin tener culpa, sin razón lógica para pender de ella como un delincuente, revela totalmente la intención amorosa de Dios. Él no dejará de hacer todo lo que sea necesario para que el hombre entienda su amor, lo reciba admirado, lo contemple hecho concreto en la realidad del inocente asesinado por los únicos culpables. Así lo entendió San Pablo: "Me amó a mí, y se entregó a la muerte a sí mismo por mí".

Exaltar la Santa Cruz no es admirar el instrumento de muerte que ella representa. Es contemplar el altar desde el cual el Hijo de Dios grita a todos que Dios nos ama infinitamente y que no se guardará nada de lo que sea necesario para que lo aceptemos. Es entender que solo desde ella puede el corazón desgarrado del Padre decirnos que Él no quiere otra cosa para nosotros sino nuestro bien. Principalmente, que quiere procurarnos el bien mayor, que es nuestra salvación, es decir, tenernos junto a Él viviendo su amor infinito para toda la eternidad. Ninguna otra razón ha movido al Padre a crearnos, fuera del amor. Un amor que solo quiere la felicidad del amado. Es el amor realmente oblativo y benevolente, único que hay en Dios. Él no busca ni requiere de compensación. El amor de Dios es suficiente en sí mismo. Y ese es el amor más profundo y real que puede existir sobre el mundo. Por eso se entiende que realice el gesto inmenso de la entrega que no busca ningún beneficio para sí mismo. Los únicos beneficiados somos nosotros. Y eso, sin tener ningún mérito.

Cuando contemplamos la Santa Cruz, no veneramos la muerte de Jesús. En ella vemos su victoria contundente. La estrategia de Dios es impresionante. Su aparente derrota es su mayor victoria. El demonio, artífice final de esta muerte cruenta, se regodeaba contemplando su supuesta victoria en la muerte de Jesús. No se imaginaba él que estaba a las puertas de su peor derrota. Muriendo Jesús en la Cruz, moría el poder del pecado y de la misma muerte. El mal era derrotado contundentemente. Éste era el preludio de la victoria final de Cristo, refrendada por su resurrección gloriosa y su posterior ascensión a los cielos, en las cuales el Hijo de Dios recuperaba su condición original, dejada entre paréntesis durante su vida terrena. El cuerpo exánime de Jesús no era ni mucho menos signo de derrota, sino espera dichosa de la ganancia mayor.

La Cruz era un cadalso, pero para Jesús no fue simplemente eso. Para los romanos era el castigo mayor que se infligía a los peores delincuentes. Jesús se había declarado Rey, con lo cual se ponía en rebeldía contra el César. Era una falta mayor que era castigada con la muerte. Y efectivamente este es su destino. A ese destino nos lleva a todos. El mismo itinerario de Jesús tendrá que ser el itinerario de todo el que quiera ser suyo. Así como Jesús pasó por la muerte para triunfar en la resurrección, así también cada uno debe seguir la misma suerte. "¿No saben ustedes que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, nos hemos sumergido en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una Vida nueva". La Cruz es, entonces, por Jesús, instrumento de Vida. En ella murió nuestro Redentor para vencer y darnos su victoria a cada uno de sus hermanos.

Por ello, debemos agradecer y exaltar a la Cruz. Es el signo evidente del amor del Padre al entregarnos a su Hijo para nuestra salvación. De un amor que jamás dejará de hacer lo que sea necesario para tenernos a su lado. De la entrega voluntaria de nuestro Hermano mayor para arrancarnos de las garras del pecado y de la muerte. Es el signo luminoso de la vida entregada y puesta en lo alto para que alcance para todos. De nuestra propia victoria aunque hayamos sido los causantes finales del horror de la muerte cruenta del Salvador. Del perdón, concreción de un amor que no guarda rencor ni se queda mirando la falta, sino que mira a su propio corazón y descubre en él el infinito amor que nos tiene y no tiene otra mira sino el deseo de tenernos eternamente junto a Él. La exaltación de la Cruz es fiesta del amor. "Ámense los unos a los otros como yo los he amado", es decir, hasta la muerte. En la Cruz Dios firmó su amor por nosotros. Y espera que lo amemos con la misma intensidad y la misma entrega. Y que nos amemos igual entre nosotros.

domingo, 1 de septiembre de 2019

La Cruz tiene dos palos: el vertical y el horizontal

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Nuestra fe tiene dos vertientes esenciales y fundamentales, sin cada una de las cuales no puede ser vivida con autenticidad. La imagen perfecta para ejemplificarla es la de la Cruz. Ella tiene un palo vertical y un palo horizontal. La Cruz está conformada por ambos palos. No se puede hablar de Cruz si solo existiera el palo vertical. Tampoco se podría hablar de ella si solo tuviera el palo horizontal. Para ser Cruz necesita tener los dos palos. Así mismo es nuestra fe. Necesita el palo vertical, que es el de la referencia a Dios, a su gloria, a su grandeza, a su trascendencia. Es el de nuestra unión con Dios, que nos asegura la recepción de la Gracia divina, que es la vida divina con la cual Dios mismo nos enriquece. Sin este palo vertical, es decir, sin esta unión con Dios, el cristiano no tiene cómo recibir esa vida con la que Dios lo quiere elevar. También necesita el palo horizontal, que es el de la relación con los hermanos. No se puede tener solo el palo vertical, pues se viviría en una realidad-fuera-de-la-realidad, no se estarían teniendo en cuenta las circunstancias actuales y se estaría desconectado de la cotidianidad.

El palo vertical, el de la necesaria integración de la realidad divina, nos lo explica el autor de la Carta a los Hebreos: "Ustedes, en cambio, se han acercado al Monte Sion y a la ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial, y a miríadas de ángeles, a la asamblea general de iglesia de los primogénitos que están inscritos en los cielos, y a Dios, el Juez de todos, y a los espíritus de los justos hechos ya perfectos, y a Jesús, el mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la sangre de Abel." Es la Gloria de Dios, que mantiene su absoluta trascendencia, pero que se ha hecho tremendamente cercana por la venida de Jesús a nosotros. Usamos la  ruta que el mismo Jesús nos ha abierto, viniendo a nosotros. No tenemos que inventar el camino para llegar a Dios. Cuando lo hacemos, equivocamos el camino, que es lo que pretenden normalmente los brujos, los hechiceros, los espiritistas, por lo cual los vemos andar perdidos en su relación con Dios. El camino nos lo ha abierto Jesús. Así lo dijo el gran San Juan Pablo II: "Nuestra religión cristiana es la única en la que, en vez de ser el hombre el que sale en busca de Dios, es Dios mismo quien sale al encuentro del hombre".

El palo horizontal, el del encuentro con los hermanos, lo explica Jesús de mil maneras diversas. Una de ellas es la de que nos propone en la parábola de la invitación al banquete: "Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos." Es el encuentro con los demás, principalmente con los más necesitados, el que necesitamos para tener verdaderamente asegurada la existencia del palo horizontal de nuestra Cruz. No podemos, por lo tanto, desentendernos de esta realidad cotidiana en la que nos encontramos con todos, en especial con los desheredados, en los que habita con toda seguridad el mismo Jesús. Nos encontramos con Él en el encuentro con los hermanos. Es la concreción de lo que vivimos al encontrarnos con Dios en los avatares diarios.

Nuestra fe se alimenta de la unión íntima con Dios, el palo vertical. Y se expresa concretamente en la unión afectiva y efectiva con los hermanos, el palo horizontal. No se reduce a uno solo de los dos palos de la Cruz. No hay verdadera fe cristiana cuando solo hay un contacto con Dios que nos desconecta de nuestra realidad, ni cuando hay solo contacto con los hermanos dejando a un lado al Dios que nos infunde el amor por ellos.

Y todo esto hay que vivirlo en la mejor de las virtudes, la humildad. Seamos lo que seamos, debemos tener conciencia de que venimos de la tierra ("humus", de donde viene la palabra "humildad"), y que, como ella, existimos para estar al servicio de los demás. "Hazte pequeño en las grandezas humanas, y alcanzarás el favor de Dios", nos enseña el Libro del Eclesiástico. Y Jesús, en la parábola de la invitación al banquete, nos enseña lo mismo: "Cuando te inviten a una boda, no vayas a sentarte en el mejor lugar, no sea que otro de los invitados sea más importante que tú, y cuando venga el anfitrión te diga: 'Dale tu lugar a este otro'; porque entonces, con toda vergüenza, tendrás que ir a ocupar el último lugar. Así que, cuando seas invitado, ve más bien a sentarte en el último lugar, para que cuando venga el anfitrión te diga: 'Amigo mío, ven y siéntate más adelante'. Así serás honrado delante de los otros invitados a la mesa. Porque todo el que se enaltece, será humillado; y el que se humilla, será enaltecido." Palo vertical y palo horizontal unidos esencialmente, y hechos realidad en una vida cristiana llevada adelante con la mejor de las virtudes, la humildad...

miércoles, 16 de abril de 2014

La Cruz no es derrota... ¡Es Victoria...!

La Redención es una obra de matices impresionantes. No sólo por lo que representa de poder y de misericordia en cuanto recupera para el hombre su condición original de gracia y de filiación divina, abriéndole así de nuevo la posibilidad de su entrada en la felicidad eterna en el cielo, sino por la aparente contradicción interna que en sí misma presenta... Quizá no haya existido sobre la tierra acción de mayor humillación hacia una persona en particular, como la pasión de Jesús. Recordemos todo lo que pasó: los fariseos deciden entregar a Jesús a los romanos porque ya está siendo excesivamente incómodo con sus denuncias y con sus obras que llaman tanto la atención contra ellos y contra el poder en general, contra la hipocresía de presentarse como los inmaculados cuando en realidad son "sepulcros blanqueados" que llevan sólo muerte y pudrición, contra la pretensión de mantener dominado y subyugado al pueblo sencillo y humilde de Israel bajo un terrorismo espiritual que mostraba la manipulación más indigna de la realidad religiosa del hombre... Llegan incluso a querer quitar de en medio a Lázaro, pues había sido resucitado por Jesús y le estaba dando "demasiada publicidad" poniéndolos a ellos aún más en evidencia... Las buenas obras de Jesús debían ser desaparecidas...

Jesús es vendido con el precio de un esclavo. "¿Qué están dispuestos a darme si se lo entrego? Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo". Es la repetición de lo que sucedió con José en el desierto, vendido como esclavo por sus mismos hermanos. José, con su vida, anuncia lo que sucederá con el Mesías Redentor. Paradójicamente, esa venta fue la salvación de Israel que se moría de hambre en el desierto. El pecado de los hermanos resultó convertido, por la infinita misericordia de Dios, en una acción providencial de amor y de salvación. Porque José era el segundo del Faraón en Egipto, Israel fue salvado de morir. El que fue vendido como esclavo, haciéndose esclavo sin haberlo sido originalmente, sino asumiéndolo por la obra que cumpliría posteriormente, es el liberador, el que rescata de la muerte. Es exactamente lo que sucede con Jesús. La humillación de haber sido vendido como esclavo, fue lo que sirvió para que desde la Cruz liberara a toda la humanidad de morir cruelmente bajo las garras del pecado...

Cada paso de la Pasión de Jesús es de humillación: golpes, burlas, escupitajos, desnudez... Incluso es preferido un delincuente notorio como Barrabás por encima de Él, que no había cometido ni un solo delito. El ensañamiento contra Jesús, el único Justo, es impresionante. No hay nada que hable de la bondad de los hombres en esta gesta, sino que todo deja desnudo el espíritu de la malignidad, el odio, la devastación que se pretende hacer contra el que es inocente de todo lo que se le acusa... Los pasos de la humillación son parte de esa Pasión que pronto será horriblemente cruenta por el sufrimiento físico que representará... No le basta a la maldad humana el ver humillado hasta el fondo al hombre, sino que quieren verlo sucumbir también en los más horribles sufrimientos, hasta quedar exhausto e inerme pendiendo de una Cruz de muerte. Realmente, más que ver desnudo al Salvador en la Cruz, se ve desnudo el hombre, que deja entrever el horror de la maldad de la que está enferma su alma...

Pero, contrariamente a lo que se puede pensar, a pesar de que la maldad se ceba con este espectáculo de sombras y penumbras, en él se está gestando la victoria más contundente de todas... Los caminos de la providencia vuelven a brillar esplendorosos y sabrán convertir lo que es un espectáculo bochornoso en la obra de Redención que descubre la más hermosa intención de amor y de misericordia de parte de Dios: "A pesar de que me humilles, de que me trates tan mal, de que te burles de mí, de que me desnudes y me vejes, Yo te sigo amando infinitamente. Y mi amor es todopoderoso. Unos golpes, unas burlas, una humillación, nunca lo harán desaparecer. Te amo, y siempre será así... Esto que estoy pasando por ti y por amarte tanto, será, aunque te sorprenda, tu salvación... La humillación a la que me sometes, te salva, porque así lo quiero Yo..."

Es lo que dice Isaías: "Ofrecí la espalda a los que golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos... Mi Señor me ayudaba, por eso no me quedaba confundido, por eso ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado". Jesús asume, como lo profetiza Isaías, todo ese sufrimiento, pues sabe que es la obra redentora que debe emprender. Es el itinerario de la satisfacción que debe realizar, que pasa por la extrema humillación. No es sólo la malignidad del hombre la que lo hace posible. Jesús lo hubiera podido hacer de otra manera menos cruenta, pero sólo Él, al asumirlo, hizo posible que así fuera. Siendo Dios hubiera podido haber escogido otro camino. Pero quiso ese, pues es el que deja más claro su amor redentor, el que asume sufrir en vez de los que sí deberían haber sufrido...

Y así, es su victoria... "Tengo cerca a mi abogado, ¿quién pleiteará contra mí? Vamos a enfrentarnos: ¿Quién es mi rival? Que se acerque. Mirad, mi Señor me ayuda: ¿quién probará que soy culpable?" La conciencia clarísima del Redentor es la de estar cumpliendo perfectamente la obra de rescate que le había mandado a realizar el Padre. No hay ninguna sombra de duda en Él. Esto que hace es la salvación del hombre. Asumir el sufrimiento y la muerte no es, de ninguna manera, agradable. Pero sí es la forma de rescatar al hombre del abismo en que se encontraba. Aparentemente es derrota ignominiosa, pero realmente es victoria contundente, por cuanto se cumple la meta: sacar al hombre de la muerte y llevarlo a la vida. Y eso era lo que venía a hacer... Por eso, al final, cuando ya va a entregar su espíritu al Padre, Jesús se siente con todo derecho a decir: "Todo está cumplido", es decir, "Ya he realizado todo lo que vine a hacer. Esta muerte mía es tu victoria, Padre, sobre la muerte, sobre el pecado, sobre el demonio. Es la victoria que damos al hombre para que sea él el vencedor, a pesar de que ha sido él el que me ha clavado en esta Cruz, que lejos de ser signo de muerte o de derrota, es de vida y de victoria...Sólo me falta refrendar esta victoria con la Resurrección, para demostrar que ni la muerte ni el sepulcro son más poderosos que Tú y que Yo. Vamos hacia la Gloria... Misión cumplida..."

viernes, 21 de febrero de 2014

Si eres libre, puedes liberar

A veces entendemos equivocadamente las palabras de Cristo. En su invitación a "negarse a sí mismo, cargar con nuestra Cruz y seguirlo", creemos que nos está invitando a una autoanulación total. No entendemos que la plenitud del hombre no está jamás en autoafirmarse en sí mismo, sino en el lograr ser cada vez más de Jesús, seguir su voluntad, apropiarse de sus criterios, de su mensaje y de su amor... Cuando entendemos esto, dejamos de encerrarnos en nosotros mismos, como en una especie de defensa de "nuestro territorio" para que nadie, ni siquiera Jesús, venga a invadirlo.

La realidad es que la invitación de Jesús es, radicalmente, a "autoposeernos" de tal manera, a tomar tan estrechamente posesión de nosotros mismos, que seamos capaces de donarnos a Él, y de esa manera, de apuntar a la única plenitud posible que está en la perspectiva del hombre: La de ser únicamente de Dios. Sólo quien se posee, el que es verdaderamente dueño de sí mismo, es capaz de donarse. Porque Cristo se poseyó como jamás nadie lo hizo de sí mismo, fue capaz de donarse al hombre. Y eso lo explica sólo la vivencia del amor en su máxima intensidad. La posesión de sí  mismo para donarse tiene sentido únicamente desde la perspectiva del amor. Es en ese sentido que Jesús nos invita a negarnos a nosotros, pues se coloca todo en función de los demás, a los que se ama, para alcanzar para ellos el máximo bien imaginable.

Es más grande en este sentido, y apunta a alcanzar la plenitud, quien se posee y se da. Sobre todo si se da al mismo Dios, que es la fuente de cualquier plenitud posible, y a los hermanos, el objetivo de la plenitud que Dios concede. Poseerse para darse. Quien no se posee, aunque se dé, no está dando nunca nada, no pierde nada, no le duele nada, pues nunca lo ha tenido. Es esa la razón última de la vida del hombre. Por eso, San Agustín afirma rotundamente: "Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti". Es la añoranza insistente del corazón que anhela derribar todas las barreras que le impiden expandirse hasta alcanzar la plenitud total, hacia Dios y los hermanos, pues intuye acertadamente que en ese camino es que se encuentra.

Por otro lado, la plenitud requiere del acrisolamiento para poder despejarse totalmente de lo que impide llegar a ella. Por eso Jesús invita también a "cargar la Cruz". Avanzar hacia la plenitud exigirá la lucha contra las fuerzas de la mezquindad personal que se rebelarán obcecadamente. Son las que luchan en nuestro interior para sumergirnos más profundamente en el egoísmo, en la envidia, en el narcisismo, en el materialismo, en el sensualismo. Todas esas fuerzas representan las de la naturaleza caída que pugnan por seguir triunfando en nosotros y nos darán dura batalla. La lucha por la plenitud debe enfrentar enemigos que no por enanos dejan de ser incómodos. La pobreza del espíritu se declara en el servilismo hacia estas fuerzas de enanos que subyugan cuando el hombre les permite multiplicarse o los aúpa para que se multipliquen. Es triste constatar que con frecuencia los enanos alcanzan a vencer porque los alimentamos, los apoyamos, nos rendimos a ellos. Somos como el Gulliver que se jactaba de ser gigante, pero que fue vencido por miles de débiles cuerdas...

Y esa donación de la más preciosa propiedad, que somos nosotros mismos, debe declararse en función de las obras que hacemos en favor de los demás. Hay que demostrarla con hechos concretos. Santiago nos descubre el sentido de las obras en favor de los demás, principalmente por el amor y la fe: "Enséñame tu fe sin obras, y yo, por las obras, te probaré mi fe". Las obras sacan a la luz lo que somos. El Cardenal Karol Wojtyla, años antes de ser el Papa Juan Pablo II, desarrolló una línea de pensamiento filosófico que se inscribía en el Personalismo Cristiano, y promulgó en ella una línea que declaraba. "La persona se conoce en la acción". Son nuestra obras las que hablan de lo que somos. "De la abundancia del corazón habla la boca", reza el dicho popular. Añadiríamos: "Y hacen los brazos", para afirmar que todo lo que decimos y hacemos descubre lo que somos. Y si somos hombres de fe, ésta quedará al descubierto en lo que vivimos exteriormente. O debería ser así. De lo contrario, seríamos viles fariseos... "¿Quieres enterarte, tonto, de que la fe sin obras es inútil?... Por lo tanto, lo mismo que un cuerpo sin espíritu es un cadáver, también la fe sin obras es un cadáver", sentencia rotunda y duramente Santiago.

Nuestra posesión de nosotros mismos que desemboca en nuestra donación total a Dios y a los hermanos es, por así decirlo, nuestra máxima "declaración de libertad". La mayor libertad es poseerse, donarse y hacer el bien a todos. Son las obras del bien las que dicen que somos verdaderamente libres. Cuando nos entregamos al mal, nos declaramos lamentablemente esclavos. A mayor maldad, mayor esclavitud. Esa libertad que vivimos será mayor, si la procuramos para los hermanos. No es libre quien permite que exista esclavitud en otros. Las obras de la fe, del amor y de la libertad que descubrirán esas prerrogativas en sí mismo, son el tesoro de quien es libre. Luchar por la libertad propia y la de los hermanos, hace más libre, aunque sea doloroso. Es parte de "la Cruz" que Cristo nos invita a cargar sobre nuestros hombros. Pero es un "peso" agradable, pues se tiene la satisfacción de estar haciendo lo que se debe hacer...

sábado, 14 de septiembre de 2013

Me amó hasta entregarse por mí...

Es imposible contemplar el misterio de la Cruz de Cristo si no se hace desde el amor. ¿Cuál sería la razón para una entrega tan radical? ¿Qué otra razón serviría de argumento para explicar que el itinerario de una vida termine voluntariamente en el sacrificio mayor de la muerte ignominiosa de la Cruz, tan aborrecible y humillante? ¿Es que acaso la razón lógica humana puede conseguir un argumento razonablemente válido para entregarse a la muerte en Cruz, ofreciéndose para morir en vez de los culpables, siendo el único inocente? Definitivamente, lo único que explica un hecho tan irracional es el amor. Es necesario remontarse, elevarse por encima de la lógica racional, para poder, no explicar, pues sería algo inalcanzable, sino aceptar que lo que está sucediendo es realidad y que tiene una aplicación válida, por encima de los silogismos racionalistas a los que estamos acostumbrados. Es necesario pararse a contemplar admirados el misterio para poder aceptar que está sucediendo de verdad. Y simplemente abrir el corazón para dejarse invadir de la dulzura de pensar que ese misterio sucede porque el amor de Dios se derrama sobre mí en ese acontecimiento maravilloso...

Entonces, remontándonos a esas alturas, podremos asumir que es el acto más humano que ha sucedido sobre la tierra, pues no hay nada más humano que el amor. Lo que nos eleva a los hombres en nuestra naturaleza no es sólo la capacidad de raciocinio y de actuar a voluntad. Siendo esas características muy propias de nuestra naturaleza, el Creador no nos dejó sólo con lo que era "natural" de la humanidad. Por ser hombres, las criaturas predilectas suyas por encima de todas las demás creadas, nos regaló además una capacidad que le era exclusiva a Él: la de amar... Nuestra naturaleza humana fue enriquecida con una cualidad divina: vivir en el amor... Y cuando hacemos que esa virtud se explaye totalmente, simultáneamente nos hacemos más humanos, pues nos parecemos más a Dios, como Él mismo lo quiso. Hermosa paradoja...

En la Cruz, Jesús fue más Dios que nunca. Y fue más Hombre que nunca... Fue más Dios que nunca pues se expresó en lo que es, el amor, en el momento que fue requerido con más intensidad. Él hubiera podido alcanzar la Redención, el perdón de los pecados, la liberación de las esclavitudes, la recuperación de la vida de Gracia de los hombres, de cualquier otra manera. Total... era Dios. Un grito que hubiera lanzado desde el cielo diciendo: "¡Perdonados son todos los pecados, el demonio es vencido desde el cielo!", hubiera sido suficiente. Dios no está atado a actuaciones concretas. Sólo está atado al amor, que es su esencia. Otra cosa es cómo decide expresarse para que se entienda su amor... Y en la Cruz decidió hacerlo de la manera más clara. Imposible no aceptar que Dios es amor, cuando contemplamos al Amor pendiente de una Cruz, sin verdadera necesidad de hacerlo. Imposible dejar de pensar que Dios nos ama, cuando vemos al Inocente que se entrega en vez de quienes deberían estar en esa Cruz, todos nosotros, pues fuimos los que pecamos. Imposible no aceptar el amor de Dios cuando para poder alcanzar el perdón del Padre, con su acción, Jesús le dijo: "No los castigues a ellos. Yo cargo sobre mis hombros todas sus culpas (las pasadas, las presentes y las futuras), sin haber pecado, para que descargues sobre mí todo tu escarmiento. Yo los amo infinitamente y quiero satisfacer desde mi inocencia lo que ellos son incapaces de satisfacer porque no son buenos".

¿Hubiéramos comprendido el amor de Jesús si Dios hubiera lanzado el grito desde el cielo para redimirnos? No lo creo. Somos materia. Y no nos basta escuchar algo para estar seguros de eso. Necesitamos las pruebas fehacientes, físicas, tangibles... Sabemos que existe el viento, pero necesitamos de instrumentos físicos para medir su velocidad, su contenido de humedad... Sabemos que existe la luz, pero necesitamos saber, mediante mediciones físicas, su intensidad, su luminosidad, su duración... Sabemos que existe el amor y el perdón, pero necesitamos ver y tocar al que pende en la Cruz, para saber que el amor mayor ha venido de Dios y de su misericordia infinita. No nos hubiera bastado saber que Dios nos amó y nos perdonó. Tenemos necesidad de ver en la Cruz al que lo logró...

Por eso, en la Cruz Jesús se mostró más Dios que nunca, demostrando su poder al trocar la muerte en victoria, al sustituir la afrenta mayor de los hombres en perdón para ellos mismos, al dominar el sufrimiento para no ser vencido sino para vencer estruendosamente en la aparente derrota... Y se mostró más Hombre que nunca al realizar el gesto tangible de amor mayor muriendo por amor; al entregar su vida amando infinitamente y asumiendo que ese amor, para ser cada vez más humano, debe parecerse cada vez más al amor de Dios; al derramar ostensiblemente toda la sangre que poseía, incluso hasta las últimas gotas que le quedaban en el corazón, al recibir el lanzazo del soldado...

"Me amó y se entregó por mí...", dijo San Pablo. Es lo que podemos decir cada uno de nosotros contemplando a Jesús inerme en la Cruz. La Cruz, más que sufrimiento es gloria. Es la gloria del amor que recibimos y que se nos muestra en la prueba más clara. Es el momento más glorioso que ha sucedido en la humanidad, que es un todo con el portento de la Resurrección, con lo cual se nos dice que el demonio ya no tiene el poder. Que el poder lo tiene, lo sigue teniendo, como jamás ha dejado de tenerlo, Dios y su amor. Y que esa gloria la alcanza Dios para ponerla en nuestras manos. Que es una concesión del Dios del amor para los hombres. Que con esa gloria alcanzada y regalada por Jesús a los hombres, tenemos de nuevo la puerta abierta para llegar a Dios y para poder, en la eternidad, vivir en un abrazo de amor infinito que jamás terminará. La Cruz lo logra para nosotros... Y por eso la exaltamos...

lunes, 9 de septiembre de 2013

Preguntarse: "¿Por qué el dolor?"... O preguntarse: "¿Para qué el dolor?"

Todas las palabras de San Pablo en sus Cartas son impresionantes. Su doctrina fue el catecismo original de los cristianos de los primeros años, pues sus enseñanzas venían a llenar un vacío que se presentaba en la comprensión práctica de las palabras de Jesús y de la misión que los cristianos tenían que realizar en su mundo. El envío de Jesús al mundo estaba más que claro. Los cristianos sabían muy bien que tenían que ir al mundo a predicar el Evangelio a todas las criaturas. Pablo, concretamente, con sus enseñanzas, les aclaró a los cristianos cómo hacerlo efectivamente...

Su principal enseñanza estriba, quizás, en su insistencia en hacerse uno con Jesús. "Vivo yo, mas ya no soy yo... Es Cristo quien vive en mí...", "Sean imitadores míos, como yo lo soy de Cristo".  El cristiano, antes que nada, debe ser otro Cristo. Lo comprendió perfectamente Tertuliano, entre los primeros escritores cristianos en lengua griega, cuando dijo: "El cristiano es otro Cristo". Se trata de la sacramentalidad perfecta que debe haber en cada hombre y en cada mujer que acepta a Cristo como su Salvador y que lo integra a su ser como el sentido de su vida. El cristiano es sacramento de Cristo, es decir, en su corporalidad, en su materialidad, debe percibirse una presencia infinitamente mayor, espiritual, divina: la de Cristo...

En esa misma línea, después de aclarar lo que debe ser la esencia del cristiano, su íntima identificación con Jesús, su sacramentalidad, eleva esa consideración al ser de la Iglesia. Ella no es más que el mismo Cristo en el mundo. La Iglesia es el Cuerpo místico de Cristo, y cada cristiano es miembro integrante de ese Cuerpo. Más pequeño o más grande, más o menos importante, más o menos visible, cada cristiano cumple una función absolutamente imprescindible en el Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia... Existe, por tanto, una conexión íntima y misteriosa entre todos los cristianos. Desde la Redención de Jesús nadie puede reivindicar un absoluto aislamiento ante los demás. El individualismo o egoísmo vital es totalmente negado... Existe una imbricación entre los miembros de la Iglesia que no puede ser jamás soslayada...

La identificación del cristiano con Cristo y con su Iglesia es de tal profundidad, que la presencia de Cristo en el mundo y en su misma Iglesia, está como "amarrada" a la buena disposición de cada cristiano. Cristo ha querido, voluntariamente, que las cosas sean así. Por la obra del cristiano, Él se hace o no presente en el mundo. Por lo que haga cada cristiano, estará o no actuando la Iglesia en el mundo. El cristiano es presencia y acción de Cristo y de su Iglesia en el mundo...

Es en ese sentido que se debe entender la frase de San Pablo: "Completo en mi carne los dolores de Cristo por su Iglesia". Lo primero que viene a la mente es: ¿Es que acaso faltó algo a la pasión de Cristo? ¿Fue incompleta la pasión de Jesús? ¿Se necesita algo más para lograr la Redención del hombre y del mundo? Sin la doctrina de la sacramentalidad de San Pablo, esas preguntas son absolutamente pertinentes. Pero, a la luz de esa misma doctrina, podemos entrar en la comprensión plena de esas afirmaciones.

Los cristianos debemos unirnos a la pasión de Jesús por la Iglesia. No porque sea necesario que completemos lo que ya está completo, lo que ha sido realizado a la perfección por Jesús, sino porque esa pasión de Cristo se sigue dando en cada hombre y en cada mujer que sufre. Es la pasión de Cristo la que le da sentido pleno a esos sufrimientos. Más que completar la pasión de Jesús, entonces, uniéndose a Jesús en los sufrimientos de su pasión y de su Cruz, los cristianos le estamos dando sentido pleno a los propios sufrimientos. Le estamos dando un sentido plenificante, que, en cierto modo, estaría dando una sensación de "satisfacción" a los sufrimientos. Uniéndolos a los de Jesús, los hacemos redentores. Uniéndolos a los de Jesús, les damos utilidad, evitando de esa manera caer en el vacío existencial del sufrimiento sin sentido...

La encarnación del Verbo lo hizo asumir a Él toda la realidad humana, con todas sus consecuencias, incluyendo los dolores y hasta la muerte. No asumió el pecado porque éste no forma parte de nuestra naturaleza original creada por Dios. El pecado fue un "añadido" del mismo hombre a su ser... De esa manera, la realidad humana fue elevada a la condición divina en Jesús. La humanidad, nuestra naturaleza humana, fue enriquecida y elevada a la categoría divina cuando el Verbo asumió nuestra condición. Y así, cualquiera de nuestras experiencias. En efecto, también el sufrimiento fue elevado por Jesús a lo divino. Quien sufrió la pasión fue el hombre que era Dios. Quien murió en la Cruz fue el hombre que era Dios. De esa manera, desde la pasión y muerte de Cristo, todo sufrimiento humano ha sido elevado a la categoría divina. El dolor dejó de ser una realidad sólo humana, para pasar a ser una realidad también divina, al asumirla Cristo....

Por eso, cuando el hombre sufre, lo menos que debe pensar es que cae en el vacío, en el absurdo. Si sólo nos preguntamos el porqué del dolor, quedaremos siempre en la insatisfacción. Ninguna respuesta nos satisfará: "Porque somos pecadores, y el dolor es consecuencia del pecado"; "Porque somos contingentes y frágiles, por lo tanto nos deterioramos y sufrimos". Son respuestas reales, pero que dejan insatisfechos.... Desde la pasión de Jesús, la pregunta que debemos hacernos no es: "¿Por qué el dolor?", sino: "¿Para qué el dolor?" Y cuando descubrimos la respuesta en el valor redentor de los sufrimientos de Cristo, en la utilidad infinita que tuvieron sus dolores, que sirvieron para perdonar los pecados de toda la humanidad, podemos entender perfectamente lo que le da sentido a nuestros sufrimientos. Uniéndolos a Jesús, haciendo bueno el ser presencia suya en el mundo, hacemos que también nuestros dolores sean redentores. Los hacemos infinitamente valiosos, pues son sufrimientos de Cristo por su Cuerpo, que es la Iglesia. Nuestros dolores son dolores redentores, y podemos hacerlos riquísimos, evitando así perder el inmenso tesoro que tenemos en la ocasión del sufrimiento. No se trata de ser masoquistas, de disfrutar en el dolor. Se trata de asumir una realidad que es absolutamente posible, que se dará casi con toda seguridad en nuestras vidas, la del dolor, para convertirla en ganancia, en vez de dejar que sea pérdida...

El dolor nos diviniza. Desde que el dolor fue asumido por Jesús al extremo de llevarlo a la muerte, cada hombre y cada mujer tiene la posibilidad, por ser sacramento de Cristo, de hacer de su dolor, unido al de Jesús, elevación. Así como Cristo fue elevado en la Cruz en el extremo de su sufrimiento hasta la muerte, también cada cristiano que sufre es elevado como Jesús, es divinizado. Por eso, hay que intentar siempre ver el dolor como una posibilidad de realización y no simplemente como algo que resta sentido a nuestra propia existencia. Nos enriquecemos, no perdemos su inmenso valor, lo ponemos a producir... No dejemos pasar esa riqueza que el mismo Dios ha colocado en nuestro caminar por este valle de lágrimas y de redención...