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viernes, 7 de mayo de 2021

La autoridad de la Iglesia es para establecer el Reino de amor de Dios

 El Periódico de México | Noticias de México | Columnas-VoxDei | «No me  habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros»

Una de las realidades que mejor debe ser entendida y comprendida, y que más claramente debe ser asumida con humildad en la Iglesia fundada por Jesús, es la del ejercicio de la autoridad. Corremos el riesgo de pensar que al ser una comunidad que apunta a lo espiritual, no necesita tener una cabeza visible que tenga como responsabilidad el establecimiento de unas normas, pues la única cabeza sería Dios. Sin embargo, como es natural, en toda sociedad humana se necesita tener una cabeza visible que lleve adelante la tarea de ordenación y de vigilancia de la disciplina que produzca la consolidación de la unidad y el apuntar juntos a intereses comunes que beneficien a todos. La Iglesia es comunidad espiritual fundada en realidades materiales, y conformada por hombres y mujeres, cada uno con su origen, con sus cualidades, con sus debilidades, con sus pensamientos y valores propios, que hacen que sea un conglomerado muy diverso que necesita de un mínimo de ordenamiento para poder avanzar consolidada en la unidad. La teología enseña que la Iglesia posee, por voluntad divina, tres poderes, a saber: Poder de Gobierno, Poder de Magisterio y Poder de Santificación. Los tres poderes los ejerce en función del bien del mundo, pues provienen del mandato del Señor, que la lanza a anunciar el Evangelio al mundo para su salvación. Son, de esta manera, poderes que no implican dominio o sometimiento de los súbditos, sino elementos que surgen del amor de Dios por los hombres y de la intención última de la voluntad divina de salvar a todos los hombres. La comunidad de la Iglesia, aun estando conformada por una variedad extraordinaria, mantiene la unidad, gracias a estar conjuntada y enlazada por la autoridad que la gobierna desde el amor. No es una autoridad despótica ni opresora. Es ejercida, y así siempre debe ser, desde la suavidad de saberse instrumento del amor. Y es aceptada por todos con humildad desde la conciencia de que es ejercida en nombre de Dios y para el beneficio de todos los hombres.

En aquella Iglesia naciente que comenzaba su periplo por el mundo, esa variedad en la conformación de sus integrantes, fue causa de algún conflicto que necesitaba ser dirimido por quien tenía sobre sus hombros la última responsabilidad de gobierno. Los judaizantes, es decir aquellos conversos al cristianismo que provenían del judaísmo y que buscaban imponer la ley judía a todos, pretendían obligar a los que venían de la gentilidad, considerados paganos pues no eran judíos, que se hicieran judíos para poder ser luego cristianos. Debían aceptar la ley mosaica como condición para gozar de la salvación de Jesús. Los apóstoles entendieron que esto no era concorde con la voluntad de salvación universal que había establecido Jesús. Y por ello, razonablemente, lo ponen en estudio, y disciernen cuál es la verdadera voluntad de Dios, que los iluminaría en la decisión que debían tomar: "Habiéndonos enterado de que algunos de aquí, sin encargo nuestro, los han alborotado con sus palabras, desconcertando sus ánimos, hemos decidido, por unanimidad, elegir a algunos y enviárselos con nuestros queridos Bernabé y Pablo, hombres que han entregado su vida al nombre de nuestro Señor Jesucristo. Les mandamos, pues, a Silas y a Judas, que les referirán de palabra lo que sigue: Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponerles más cargas que las indispensables: que se abstengan de carne sacrificada a los ídolos, de sangre, de animales estrangulados y de uniones ilegítimas. Harán bien en apartarse de todo esto. Saludos". Ejerciendo la autoridad pastoral que sabían que tenían, conscientes de la asistencia y de la iluminación del Espíritu Santo que consideraban el alma de esa nueva sociedad de la Iglesia, sin dudarlo, dirimen la cuestión y dan la solución. A esta decisión debían acogerse todos, pues había hablado la autoridad legítima de la Iglesia. Destaca la suavidad en el ejercicio de la autoridad, sin despotismos, dando incluso alguna razón a la facción de los provenientes del judaísmo, asumiendo algunas normas ancestrales, que no afectaban a la raíz de la novedad de vida que significaba seguir a Jesús y a su amor para ser salvados.

La razón última, y la que sustenta todo ejercicio de autoridad, no puede ser otra que el amor. La Iglesia es instrumento del amor y por ello todas sus acciones deben estar enmarcadas en él. Ninguno de los ejercicios que lleva adelante la Iglesia puede estar desvinculado del amor que es su origen, pues surge de Dios y es Él quien la sostiene como instrumento para llevar su salvación a los hombres. Al fin y al cabo, el amor es lo único que exige Jesús a sus discípulos como vivencia esencial. Es el mandamiento que da Jesús a los suyos, por lo cual, no puede la Iglesia vivir algo distinto o lejano al amor: "Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a ustedes los llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre se lo he dado a conocer. No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los he elegido y los he destinado para que vayan y den fruto, y su fruto permanezca. De modo que lo que pidan al Padre en mi nombre se lo dé. Esto les mando: que se amen unos a otros". La autoridad de la Iglesia es delegada, proviene de Jesús y de su amor. Ella la ejerce desde la conciencia de ser un instrumento del amor de Dios para la salvación del mundo. No busca la Iglesia un dominio sobre el hombre. Mucho menos busca un poder político que ejercer sobre la sociedad. Es una tentación de la que debe huir siempre, pues nunca faltarán los que quieran lanzarla contra el mundo en una lucha por poderes humanos. Aun cuando debe estar siempre a favor de la justicia y de la paz, y denunciar y anunciar con su palabra y con su obra lo injusto que hay en el mundo, debe tener siempre presente que es instrumento de amor, de paz y de concordia. El ejercicio de la autoridad la debe entender de manera diversa a como la ejercen los que buscan un dominio ilícito sobre la humanidad. Y debe oponerse siempre a la injusticia, a la mentira, a la explotación de los hombres, buscando sembrar la semilla del amor y de la paz.

martes, 4 de mayo de 2021

La Paz que nos da Cristo no es pasividad, sino búsqueda de la unidad en el amor

 El Evangelio del 12 de mayo: "La paz os dejo, mi paz os doy" - Evangelio -  COPE

Entre la inmensa cantidad de regalos que deja Jesús a la humanidad, en los que nos encontramos su propio Cuerpo y su propia Sangre como alimento para la Vida eterna y compañía para fortalecer el caminar de la vida de todos, el rescate del hombre que estaba perdido con su entrega a la muerte y su resurrección, el mandamiento del amor fraterno para una vida comunitaria solidaria y en caridad, la posibilidad de perdón y salvación para todos los hombres mediante el bautismo que da la nueva vida, hallamos también desde Él el regalo de la Paz. En su vida previa al sacrificio final, y luego, en sus apariciones como el Resucitado a los discípulos, su saludo es siempre proverbial: la entrega de su paz y el deseo de que sea también patrimonio de todos los que se encuentran con Él. Ciertamente el saludo de paz, y ese deseo hermoso de que lo viva cada uno, es tradicional en el pueblo hebreo. Cuando dos personas se encuentran siempre manifiestan este deseo de paz para su amigo. Pero en Jesús es más que un mero formalismo. No es un  simple saludo que se da para cumplir con una tradición social. Es un verdadero deseo que surge del corazón de quien realmente lo añora para los suyos y llega al extremo de buscar que se haga realidad con las obras que lleva adelante y con las palabras que pronuncia. Jesús manifiesta a los suyos y a todo con el que se encuentra, el deseo de que tenga paz, y da un paso más, realizando la obra que hará que esa paz se logre verdaderamente, que es su entrega a la muerte para suprimir todo aquello que pueda perturbar la paz de los hombres. En este sentido, la verdadera paz es la que surge de un corazón que ha sido tocado por la armonización interior que produce en el espíritu la entrega del Hijo de Dios. Jesús es el Príncipe de la Paz, y está en sus manos hacerla llegar a todos, y en la decisión de cada hombre dejarse llenar de ella.

Es tan claro que el saludo de Jesús huye del mero formalismo, que incluso llega a explicar a los discípulos el alcance de ese deseo expresado al darlo: "La paz les dejo, mi paz les doy; no se la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe su corazón ni se acobarde. Me han oído decir: “Me voy y vuelvo al lado de ustedes”. Si me amaran se alegrarían de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Se lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda crean. Ya no hablaré mucho con ustedes, pues se acerca el príncipe del mundo; no es que él tenga poder sobre mí, pero es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que, como el Padre me ha ordenado, así actúo yo". La paz que entrega Jesús al mundo no es un "falso irenismo" que consistiría en la simple ausencia de conflictos y en procurar que todo siga igual para evitar problemas. Es una auténtica búsqueda de la unidad de espíritus, en la que la lucha por lograr el bienestar de todos, en persecución del Bien Común, elimine los egoísmos y las soberbias propias de quien no vive la paz interior sino que está en constante lucha contra quienes considera que ponen en riesgo la satisfacción de su vanidad. La paz de Jesús es una paz que acerca, que avecina, que promueve el amor fraterno. En esa búsqueda no dejará de haber contratiempos, pues "el príncipe de este mundo", que no es otro que el demonio, necesita del clima de conflicto para sustentar su dominio. "Divide y vencerás", es su lema preferido. Mientras que el de Jesús es: "Une y tendrás la paz". Es la paz que se busca aun en medio del conflicto y que se vive espiritualmente en la unión íntima con el Dios que nos ha lanzado al mundo para que lo hagamos el lugar de su Reino de Paz, en donde Él sea el principal actor, alrededor del cual nos reunimos todos y vivimos el idilio del amor con Él y entre los que perseguimos esa Paz como estilo esencial de vida.

En efecto, la Paz no se puede confundir con pasividad. Si hay algo que moviliza a los enviados del Señor es su deseo de hacer llegar a todos los hombres el mensaje de salvación, de rescate de la muerte, de novedad radical de vida. Y esto, por encima de todo interés personal, pues lo que pesa es el ser instrumentos dóciles de la voluntad salvífica del Señor y el sentirse felices de servir a la causa que renueva la vida de la humanidad. La Paz de Jesús es la consecuencia última de la redención. Es alcanzar un grado de elevación sublime en la cual se vive la armonía espiritual total al saber que se está en la presencia más valiosa del tesoro del amor. Quien se sabe amado con la calidad de amor eterno e infinito, no necesita ninguna otra seguridad para sentir y vivir la Paz que da Jesús. Por eso se entrega sin ambages a la causa de la Paz, asumiendo con la mayor naturalidad todas las circunstancias por las que atravesará al hacerse su instrumento: "En aquellos días, llegaron unos judíos de Antioquía y de Iconio y se ganaron a la gente; apedrearon a Pablo y lo arrastraron fuera de la ciudad, dejándolo ya por muerto. Entonces lo rodearon los discípulos; él se levantó y volvió a la ciudad. Al día siguiente, salió con Bernabé para Derbe. Después de predicar el Evangelio en aquella ciudad y de ganar bastantes discípulos, volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía, animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios". Así es. Vivir en la Paz que da Jesús no asegura la ausencia de conflictos. Casi podríamos decir que es todo lo contrario, pues el mal tratará siempre de sacudirse todo lo que ponga en lisa su hegemonía. Por ello, hay que comprenderla como el estado de quien vive una concordia esencial que le da la fe y el saber que está en las manos de Príncipe de la Paz, quien lo ha convocado para hacerlo suyo y enviarlo al mundo entero como embajador de su Paz. Eso lo debemos vivir todos los que nos sabemos enviados del Señor de la Paz.

miércoles, 20 de enero de 2021

Jesús es el Sacerdote perfecto, Dios que se hace hombre y nos trae el amor

 Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida  a un hombre o dejarlo morir? – Arquidiócesis de Tijuana

Melquisedec, rey no hebreo del Antiguo Testamento, es el prototipo del Sacerdocio de Jesús. Su origen es un misterio total. No se sabe de dónde viene, quién lo ha elegido, cuál es su fin. Lo único que se sabe de él es que se pone al servicio de Abraham cuando regresa victorioso de las batallas contra los enemigos poderosos que hay alrededor. Su nombre significa Rey de Paz y Rey de Justicia. Precisamente por ponerse al servicio de quien ostenta el mando y por querer imponer la justicia y la paz, es el modelo perfecto del Sacerdocio de Jesús. No lo es porque no tiene origen ni porque nadie sabe quién lo ha elegido. Lo es porque hará el mejor servicio para la humanidad, que es el ser puente con la divinidad, en la búsqueda de que se implante ese reino de justicia y de paz que Dios quiere para todos. Jesús no será un extraño que ignore lo que vive ni la humanidad ni la divinidad, pues forma parte de ambas naturalezas, por lo cual será el mediador perfecto que podrá poner ante el Padre la situación de cada hombre y de cada mujer, y podrá poner ante cada uno de ellos la voluntad divina y las exigencias para vivir en ese reino de justicia y de paz. La presencia de Jesús, Sacerdote perfecto y eterno, eleva la relación entre el hombre y Dios a una situación que ya no tendrá más allá, por cuanto ambas realidades, humana y divina, ya no podrán ir más arriba. Con Jesús como sumo, único y eterno Sacerdote, ya no es posible pensar en una relación distinta entre Dios y el hombre. El rescate que viene a hacer Jesús se da no solo en la muerte en Cruz, con todo y que este es el gesto central que explica la razón de su venida, sino en el establecimiento de un nuevo orden de relación entre el hombre y Dios. Lo hace posible Jesús, el Dios que se ha hecho hombre.

La eternidad del Sacerdocio de Melquisedec es la eternidad del Sacerdocio de Jesús. Todos los sacerdotes del Antiguo Testamento eran elegidos por un periodo de tiempo y ejercían su sacerdocio según el parecer de Dios. El pueblo ponían en sus manos sus vidas y lo confiaban todo radicalmente en sus manos, en la esperanza de que sus ruegos y lamentaciones fueran escuchadas por la intercesión del mediador que era el sacerdote. Con Jesús, la mediación no finaliza jamás. Él mismo se convierte en mediación y se coloca ante el Padre presentando todas las necesidades. Ha hecho el rescate perfecto de los hombres y ahora los tiene a todos en sus manos para colocarlos casi como ofrenda en la presencia de Dios a cada uno. Y además, en su condición de rey de justicia y de paz, coloca ante la humanidad las exigencias de ese nuevo reino que se está inaugurando: "Melquisedec, rey de Salén, sacerdote del Dios altísimo, salió al encuentro de Abrahán cuando este regresaba de derrotar a los reyes, lo bendijo y recibió de Abrahán el diezmo del botín. Su nombre significa, en primer lugar, Rey de Justicia, y, después, Rey de Salén, es decir, Rey de Paz. Sin padre, sin madre, sin genealogía; no se menciona el principio de sus días ni el fin de su vida. En virtud de esta semejanza con el Hijo de Dios, es sacerdote perpetuamente. Y esto resulta mucho más evidente si surge otro sacerdote a semejanza de Melquisedec, que no ha llegado a serlo en virtud de una legislación carnal, sino en fuerza de una vida imperecedera; pues está atestiguado: 'Tú eres sacerdote para siempre según el rito de Melquisedec'".

Por eso, el tiempo de Jesús es un tiempo nuevo. Es un tiempo que sobrepasa las exigencias de lo que se vivía en la relación con Dios hasta ese momento. Hasta entonces imperaba el formalismo. La relación humana, espiritual y afectiva con Dios era prácticamente inexistente. A Dios se dirigía el hombre solo en una condición instrumental. Jesús, con su sacerdocio eterno, hace que esa relación formal, legalista, externa, pase a ser personal, consciente de que hay una posibilidad de relación íntima, en la que pese más la posibilidad de cercanía que la de utilidad. No basta saber que Dios está ahí, que es grande y poderoso, que puede hacer maravillas. Con Jesús, mediador perfecto, sabemos que esa relación con Dios es personal, más allá de lo formal, íntima, llena del amor que se hace presente en la mediación del Dios que es a la vez hombre: "En aquel tiempo, Jesús entró otra vez en la sinagoga y había allí un hombre que tenía una mano paralizada. Lo estaban observando, para ver si lo curaba en sábado y acusarlo. Entonces le dice al hombre que tenía la mano paralizada: 'Levántate y ponte ahí en medio'. Y a ellos les pregunta: '¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?' Ellos callaban. Echando en torno una mirada de ira y dolido por la dureza de su corazón, dice al hombre: 'Extiende la mano'. La extendió y su mano quedó restablecida. En cuanto salieron, los fariseos se confabularon con los herodianos para acabar con él". Esta relación de Dios con el hombre es totalmente nueva. Está en el orden del amor que es la ley que imperan y que imperará de ahora en adelante con este nuevo mediador perfecto que es Jesús. Nadie queda excluido de ese amor, que es la nueva ley.

jueves, 26 de noviembre de 2020

La guerra no podrá más que la paz

 EVANGELIO DEL DÍA: Lc 21,20-28: Levantaos, alzad la cabeza; se acerca  vuestra liberación. | Cursillos de Cristiandad - Diócesis de Cartagena -  Murcia

Una de las lacras más terribles que hemos vivido los hombres en nuestra larga historia es la de la guerra. El enfrentamiento entre hermanos, creados originalmente en unidad, en solidaridad, en fraternidad esencial y natural, hace que se trastoque todo un orden añorado por Dios, establecido en el mejor sentido positivo desde su amor, pues es el beneficio que quiere que cada uno de nosotros tenga y disfrute. El objetivo de Dios al colocar al hombre en el centro de todo lo creado fue que todo estuviera en las manos de su criatura, sondeado todo por su manifestación de amor eterno e infinito, y que fuera ese estilo natural de vida que se tuviera para siempre. En ese diseño de amor eterno e inmutable Dios quiso congraciarse aún más con el hombre, concediéndole prerrogativas superiores a las de una simple criatura inferior. No solo le dio vida, lo llenó de su amor, puso en sus manos todos los beneficios posibles, sino que lo hizo similar a Él. Aquella decisión inicial del Padre: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza", añadió una perspectiva de simplemente creación a una de elevación total que no tenía naturalmente que darse en el origen. Pero así actuó el amor. Y a aquel amor de origen, Dios añadió el amor de capacitación y en cierto modo de asimilación a sí. De esta manera, al hombre, colocado en el centro de todo, no solo lo favoreció en absolutamente todo, sino que lo hizo alguien como Él. Evidentemente, en esta acción divina, el Señor tenía total claridad del "riesgo" que corría, pues dándole al hombre sus propias capacidades, haciéndolo similar a Él, lo hacía también introducirse en un campo en el que el hombre era absolutamente neófito. Si no mantenía en sí mismo esa unidad esencial con Dios, respetando su absoluta superioridad, dejándose amar plenamente, echando mano de todos los beneficios que ya tenía por donación, y decidía emprender caminos diversos a los que estaban pautados para su felicidad plena, ponía en riesgo todo lo que Dios le había regalado. La capacidad de discernimiento y de acción que  recibió el hombre de Dios se marcó con la rebeldía ante el Creador, haciendo que todo el entorno de paz y armonía que surgió inicialmente, fuera asumiendo rasgos indeseables, incluso para el mismo hombre que empezó a llenarse de desasosiego, de tristeza, de ansiedades, de añoranzas que no existían. Ciertamente todo esto entraba entre sus posibilidades, pues el hombre era un hombre libre. Lamentablemente esa libertad devino en esclavitud, al perder aquella raíz de bondad que era absoluta. El hombre, de absolutamente libre, pasó a ser absolutamente esclavo de sí mismo y de sus pasiones.

La historia ha quedado marcada por esto. El hombre pasó de ser hermano, a ser adversario. Se vivió desde el principio el enfrentamiento que surgió espontáneo al dejar a Dios a un lado. Incluso, en nuestros padres Adán y Eva, se dio una transformación inusitada. De "Esta es carne de mi carne y hueso de mis huesos", pasó a ser "Esa que me diste por compañera", en una especie de desprecio del regalo de amor que Yhavé había hecho a los hombres. Caín asesina a su hermano Abel por simples desavenencias y celos y llega al extremo de desentenderse de él incluso delante de Dios: "¿Qué tengo yo que ver con mi hermano?". Evidentemente el veneno de la muerte inoculó gravemente a la humanidad. Y ha mantenido su efecto pernicioso durante toda la historia. Los grandes enfrentamientos, nada nuevos en toda la historia, casi desde el inicio de la existencia del hombre han estado presentes haciendo el daño natural que se espera cuando el hombre permite que sean sus egoísmos, sus conveniencias, sus solos intereses personales o grupales los que imperen. El caldo de cultivo ideal para el enfrentamiento entre hermanos es un empeño en erigirse como únicos, como los que dominen, como los que lo controlen todo, como los que se sienten con derecho a dañar y pisotear al hermano, en una clara negación de una esencia natural original de fraternidad y solidaridad común, basada principalmente en el deseo de unidad de Dios y en el amor que Él mismo ha impreso en el ser del hombre. El desprecio de esa realidad fundamental es la raíz del mal. Por ello la guerra es un acontecimiento letal, pero que tiene que ver con el uso radicalmente equivocado de aquella condición humana de libertad que ha debido desembocar en algo muy bueno, y no lo hizo por causa del egoísmo que lo trastocó todo. Muchos hombres se han puesto en el camino de la búsqueda de la paz necesaria. Y la han logrado en medio de muchísimas luchas y dolores. Sobre todo los últimos Papas de la Iglesia han emprendido campañas muy significativas tratando de convencer a los hombres de esa necesidad de alcanzar la concordia, basados en argumentos de justicia, de fraternidad, de solidaridad, de orden social. Esa conciencia ha servido para que muchos que habían sucumbido a la sed de la guerra se centraran mejor en sí mismos y en los valores de la paz y llegaran a pensar que un camino distinto sí era posible. No es que no haya habido oposición a la guerra. Lo que ha habido es haberse sentido apabullados por su fuerza contundente. Pero es necesaria la reacción, y se está dando: "Yo, Juan, vi un ángel que bajaba del cielo con gran autoridad, y la tierra se deslumbró con su resplandor. Y gritó con fuerte voz: 'Cayó, cayó la gran Babilonia. Y se ha convertido en morada de demonios, en guarida de todo espíritu inmundo, en guarida de todo pájaro inmundo y abominable. Un ángel vigoroso levantó una piedra grande como una rueda de molino y la precipitó al mar diciendo: 'Así, con este ímpetu será precipitada Babilonia, la gran ciudad, y no quedará rastro de ella. No se escuchará más en ti la voz de citaristas ni músicos, de flautas y trompetas. No habrá más en ti artífices de ningún arte; y ya no se escuchará en ti el ruido del molino; ni brillará más en ti luz de lámpara; ni se escuchará más en ti la voz del novio y de la novia, porque tus mercaderes eran los magnates de la tierra y con tus brujerías embaucaste a todas las naciones'. Después de esto oí en el cielo como el vocerío de una gran muchedumbre, que decía: 'Aleluya. La salvación, la gloria y el poder son de nuestro Dios, porque sus juicios son verdaderos y justos. Él ha condenado a la gran prostituta que corrompía la tierra con sus fornicaciones, y ha vengado en ella la sangre de sus siervos'. Y por segunda vez dijeron: '¡Aleluya!' Y el humo de su incendio sube por los siglos de los siglos. Y me dijo: 'Escribe: 'Bienaventurados los invitados al banquete de bodas del Cordero'". El triunfo final no será el de la muerte ni el de la guerra. Todos los que se hayan alineado equivocadamente en esa línea quedarán confundidos y excluidos. El triunfo es el del Cordero, el Salvador, el Señor. Y con Él triunfarán todos los pacíficos.

Por supuesto que este triunfo final del Señor será total. No puede ser vencido jamás quien tiene todo el poder y es la razón de la existencia de todo. Pero en el ofuscamiento total de los malos, guardarán una esperanza absurda de poder dominar a quien tiene todo el poder. Y en esa intención harán mucho daño, pues aquellos que les sirvan se erigirán en soldados poderosos y llenarán la tierra de su maldad y de su destrucción por largo tiempo. Los hombres en la historia hemos vivido las grandes deflagraciones que nos han asolado, con las gravísimas consecuencias de millones de hombres y mujeres que han sido víctimas del odio inhumano de la guerra. Las destrucciones masivas de poblaciones han sido inmensamente dolorosas. Ha sido impresionante la capacidad de mal que producimos cuando nos dejamos dominar por nuestro egoísmo. Pero así mismo también hemos asistido a las demostraciones grandiosas de la capacidad de bien que ha sido manifestada. El hombre, no lo puede negar, ha sido hecho para el bien. Y aunque se deje robar por el mal, su raíz nunca dejará de ser buena. Solo se contaminará con el empeño del pecado que es obstinado. A esa lucha final se refiere Jesús. Y nos alerta, pues el tiempo final, teniendo la connotación de la bondad y la plenitud que tendrá sin duda alguna, será tiempo de exigencia en el que a los alineados con el bien se les pedirá el mayor de los esfuerzos que jamás podrán haber asumido antes. Será tiempo duro, pero que debe estar marcado por la esperanza. En medio del fragor deberá brillar el amor. En medio del dolor deberá brillar la entrega a Jesús. En medio de la angustia deberá brillar la luz de la serenidad. En medio de la oscuridad deberá brillar la luminosidad del futuro feliz y de plenitud: "Cuando ustedes vean a Jerusalén sitiada por ejércitos, sepan que entonces está cerca su destrucción. Entonces los que estén en Judea, que huyan a los montes; los que estén en medio de Jerusalén, que se alejen; los que estén en los campos, que no entren en ella; porque estos son 'días de venganza' para que se cumpla todo lo que está escrito. ¡Ay de las que estén encintas o criando en aquellos días! Porque habrá una gran calamidad en esta tierra y un castigo para este pueblo. 'Caerán a filo de espada', los llevarán cautivos 'a todas las naciones', y 'Jerusalén será pisoteada por gentiles', hasta que alcancen su plenitud los tiempos de los gentiles. Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y el oleaje, desfalleciendo los hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo serán sacudidas. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria. Cuando empiece a suceder esto, levántense, alcen la cabeza; se acerca su liberación". Es ya el momento final. El de nuestro triunfo. Y será el de la derrota total de los malos, que quedarán totalmente excluidos de aquella paz que se ganará. Tuvieron su oportunidad y no la aprovecharon. Y con ellos habrán arrastrado a muchos. Pero no podrán impedir que la plenitud del gozo para la humanidad se haga una total realidad, pues es el fin que Dios ha diseñado para el hombre. Y que será para siempre, porque nos ama infinitamente.

jueves, 22 de octubre de 2020

El fin es la plenitud del amor. Mientras, nos preparamos para ello

 Parroquia de Lardero

Existe una idea generalizada entre los cristianos de que la vida de fe es solo vida de armonía total, de paz y serenidad inmutables. Muchos afirman que aceptar a Jesús, vivir junto a Él, seguir su voluntad, hacer caso a sus indicaciones de vida, es ya un seguro de total armonía en la propia vida. No es que sea falso creerlo, sino que hay que saber ubicar correctamente dicha afirmación, por cuanto, siendo verdad, es necesario matizarla justamente. Si quien afirma esto considera que la experiencia personal de unión con Jesús es una especie de seguro contra las dificultades en la vida, no lo ha entendido bien. Para muchos Jesús no solo sería el Redentor, el Dios que se ha hecho hombre, el enviado del Padre para rescatarnos del mal, de la muerte y del pecado, sino que sería una especie de talismán protector, algo así como un elemento mágico que lograría excluir de nosotros toda posibilidad de problema, de dolor, de enfermedad, de sufrimiento. Incluso llegan a a afirmar que basta con unirse a Cristo para que desaparezcan milagrosamente todas las dificultades, los desasosiegos, los sufrimientos, los malestares, los dolores, las enfermedades. Es muy loable, sin duda, que alguien coloque su fe en estas expresiones maravillosas. Está claro que no hay una negación inmediata es que esta posibilidad se dé en la realidad. Pero también es cierto que estas actuaciones de Dios son más bien las extraordinarias, pues Él prefiere actuar de otra manera. Dios no está atado a una forma de actuación particular. Nada le impide la posibilidad de actuar siempre de manera portentosa. Él es Dios y puede hacer lo que le plazca, pues es todopoderoso e infinitamente libre. Pero habiendo sido esa su manera de actuar ordinariamente, desde que decidió colocar al hombre en el medio de toda la existencia, y habiéndolo llenado y capacitado con sus propias cualidades y prerrogativas, ha puesto en él también el mando de la realización, incluso del alcance de la bondad material de las cosas y la lucha contra la maldad y contra el poder de lo negativo. Esta actuación contra el mal es originalmente una acción divina. Pero desde que el hombre ha sido capacitado por Dios, habiendo surgido y habiendo sido enriquecido desde el amor con todas las cualidades necesarias, Dios mismo ha puesto en sus manos la capacidad para la lucha contra el mal. Los hombres fuimos colocados en el mundo y favorecidos por Dios con todas nuestras cualidades no solo para hacer del mundo un lugar mejor para todos, favoreciendo el alcance y el disfrute del bien común para todos, sino para que tuviéramos la fortaleza necesaria para enfrentar el mal que se haría presente por nuestra propia torpeza que llegaría a alejarnos del amor. La raíz del mal está en nosotros mismos, cuando preferimos atender a las incidias demoníacas y ponernos a su servicio, en vez de seguir viviendo en la armonía original que Dios había diseñado para nosotros. Pero el amor de Dios no nos ha dejado abandonados en esa lucha y nos ha capacitado para vencer con su amor y su poder, que pondremos en acción oportunamente y confiados en Él.

San Pablo ponía claramente esta realidad en la mente de los primeros cristianos, por cuanto se debía evitar esta mentalidad mágica de acción portentosa continua de parte de Dios. Él es generoso y poderoso, utilizando siempre su accionar en favor de cada hombre salvado. Pero los hombres seguimos en el mundo sufriendo los embates de nuestro propio pecado, por lo cual la ausencia de dificultades no es una posibilidad real actualmente. Lo que sí es posible, siendo una realidad total, es la presencia de Dios que está y estará siempre en el mundo a nuestro favor. Él no puede eliminar el mal de raíz por cuanto ese mal no tiene su origen en Él, ni Él es su causante. El mal tiene su origen en la misma libertad humana que ha sido regalo de Dios a los hombres, y Él, en definitiva, no se le puede oponer, pues implicaría eliminar un don con el cual nos ha favorecido desde el inicio. Hemos sido los hombres los que hemos procurado desvirtuar esa libertad que es don del amor. Así afirma San Pablo: "Doblo las rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra, pidiéndole que les conceda, según la riqueza de su gloria, ser robustecidos por medio de su Espíritu en su hombre interior; que Cristo habite por la fe en sus corazones; que el amor sea su raíz y su cimiento; de modo que así, con todos los santos, logren ustedes abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo el amor de Cristo, que trasciende todo conocimiento. Así llegarán a su plenitud, según la plenitud total de Dios". La libertad donada apunta por lo tanto, no solo a procurar los bienes de subsistencia material pasajera, ni siquiera solo a la procura de los bienes espirituales que nos llevarán paulatinamente a la asunción de nuestra meta final en la eternidad, sino que se inscribe también en la procura de los medios necesarios para emprender la lucha contra el dolor y el sufrimiento, contra las dificultades y los males que se presenten, ante los cuales deberemos hacer frente y que no dejarán de estar en nuestras vidas. Si algo tiene Jesús es una honestidad sin tacha, con la que jamás dejará de ponernos en la realidad. No nos engaña ni nos miente acerca de lo que viviremos, pero tampoco nos niega que estará presente como apoyo infaltable: "En el mundo sufrirán tribulaciones; pero no teman, Yo he vencido al mundo" ... "Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo". La presencia del mal, del dolor, de la enfermedad, del pecado y de la muerte, habiendo sido causadas por la obcecación del hombre que fue engañado por el demonio, y siendo una realidad actual en su vida, no lo ha dejado totalmente desvalido. El hombre sigue siendo el preferido de Dios y sigue contando con su amor y su poder. Y jamás será abandonado por ese amor original y comprometido. Por eso, los embates del mal podrán ser combatidos con las mismas armas que Dios ha colocado en manos del hombre, y en última estancia por el mismo poder amoroso de Dios.

El mal podrá estar enseñoreado en el mundo con ocasión de la lucha que emprenda el demonio, al cual se unirán los que se conviertan en sus servidores. Y será sin duda una lucha cruenta en la que estarán enfrentados los que sean de Cristo contra los que lo rechacen y se nieguen a ser suyos. Incluso será una lucha en ocasiones tremendamente dolorosa por cuanto se verá el enfrentamiento de los más cercanos a nosotros y de los que menos nos imaginemos, contra el mismo amor. Es la posibilidad que debe ser considerada posible hoy y siempre, hasta que se dé la victoria final del bien, que se dará sin duda. Pero en el ínterin hay que asumirla. Es por ello que en nuestra vida actual no podemos engañarnos pensando que se dará actualmente la utopía deseable de la armonía total, la ausencia de tristezas o de desavenencias. Una cosa es que vivamos el gozo de sabernos de Jesús, de estar en  su amor, de saber que avanzamos hacia la plenitud de su amor por ser de Él, y otra muy distinta es asumir la realidad del conflicto en medio de la experiencia de fidelidad a Él. Ser de Jesús no nos da la seguridad de la ausencia de conflictos. Pero sí nos da la certeza de saber que estamos haciendo lo correcto y de estar viviendo en la compensación total de su amor. Nos asegura que nuestro final es el de la felicidad que entonces sí será definitiva: "He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla! ¿Piensan que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. Desde ahora estarán divididos cinco en una casa: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra la suegra". Nuestro bautismo en Jesús nos hará definitivamente suyos. La victoria final será nuestra. De eso no hay ninguna duda. Pero el camino será arduo. El engaño podrá venir cuando el malo nos quiera convencer de que todo dolor desaparecerá sirviéndole a él, cuando la realidad será que así alcanzaremos la derrota más estruendosa, pues nos colocará en la realidad más apabullante de dolor, ya que será la ausencia total del amor, de la paz final, de la armonía universal que será una realidad cuando Cristo sea todo en todos, y estaremos viviendo la totalidad de la paz posible en la libertad absoluta de Dios y de sus hijos.

miércoles, 1 de enero de 2020

Tu Madre, Jesús, es mi Madre y mi modelo

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Iniciar un nuevo año bajo el auspicio de María, la Madre de Dios, es lo mejor que nos puede pasar. Sabiamente la Iglesia nos coloca a todos sus miembros bajo el patrocinio de Aquella que es el emblema de lo que debemos ser todos los cristianos. Ella, como dice San Agustín, pudo concebir en su vientre al Dios Redentor, porque ya previamente lo había concebido en su corazón. Es la Madre de Dios, del Hijo de Dios que se encarna en su vientre inmaculado y santo -"Llena eres de Gracia", le dice Gabriel, reconociendo su condición de mujer libre de pecados-, pues ha puesto todo su ser a la disposición del Dios todopoderoso al cual servía: "Aquí está la esclava del Señor, que se cumpla en mí según tu palabra". Su ser completo es de Dios, que la ha tomado para sí y Ella misma hace el reconocimiento de las obras maravillosas que Dios hace y hará en Ella y por su intermedio: "Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí. Su nombre es Santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación". Su actitud es la de la humildad que no se arroga para sí la autoría de las obras maravillosas, sino que reconoce como única fuente de ellas al Dios todopoderoso que las hace en Ella y a través de Ella. Toda la historia de la humanidad estará llena de esas obras maravillosas que hará Dios teniendo como instrumento privilegiado a María. Un atisbo de ello ya lo tenemos en el Evangelio, cuando María se convierte en la perfecta intercesora ante su Hijo de la necesidad y el apuro que vivían aquellos jóvenes esposos que corrían el riesgo de fracasar en la celebración de sus bodas, al acabárseles el vino. Ella arranca de Jesús el primero de todos sus milagros, convirtiendo el agua en vino. "Así, en Caná de Galilea, comenzó Jesús sus signos", sentencia San Juan en su Evangelio. Esa figura de intercesora privilegiada ante su Hijo Jesús es la que cumple y seguirá cumpliendo siempre. Por eso, algunos santos padres de la Iglesia han llegado a llamarla "La Omnipotencia Intercesora", "La Medianera de todas las Gracias", por cuanto su Hijo Jesús nunca se atreverá a negar a su Madre nada de lo que Ella le pida en favor de sus hijos. Es la Madre del Dios topoderoso -su prima Isabel no duda en llamarla "La Madre de mi Señor"- y, en cierto modo, aun cuando Ella sigue y seguirá siendo siempre criatura de ese Dios infinito, ejerce también sobre Él la amorosa autoridad materna natural.

María es el prototipo de lo que debemos ser todos los cristianos. Bajo la luz de lo que Ella es debemos poner todo nuestro ser, hacer revisión personal de lo que somos y enrumbar nuestra vida para que sea lo que Dios quiere que sea en el seguimiento del modelaje que representa su Madre. Así como fue pura, inmaculada y santa, y por esa condición llegó a ser la Madre de Dios concibiendo en su seno al autor de la vida, también cada uno de nosotros debe procurar mantenerse limpio delante de Dios para permitirle a Él entrar de lleno en nuestras vidas. Que el lugar que le corresponde a Él en nuestros corazones no esté invadido por ninguna realidad distinta u opuesta a Él. Que estemos libres de todo lastre que impida su llegada a nosotros. Así como Ella puso en absoluta disponibilidad en las manos de Dios todo su ser para que el Señor cumpliera en Ella su obra, también nosotros debemos dejar de lado toda duda ante la propuesta de Dios para actuar en nosotros y por nuestro intermedio en nuestros hermanos, y permitir que su accionar sea expedito y sin obstáculos. Así como se ocupó de la necesidad acuciosa de su prima Isabel, anciana embarazada que necesitaba apoyo, que estemos también nosotros bien dispuestos para salir decididos y esperanzados en ayuda de los más necesitados. Y que intercedamos por ellos como lo hizo nuestra Madre ante Jesús por los esposos en Caná. Así como Ella aceptó el encargo de ocuparse de cada uno de nosotros como hijos suyos y nos toma de su mano amorosa para invitarnos suavemente a hacer lo que Jesús nos diga, que todos seamos testimonio del amor de Jesús en nosotros y hagamos de nuestras vidas una invitación constante a los demás para que vivan también ellos la misma alegría que vivimos al estar en el amor de Dios. María abre el camino y es el prototipo de todo cristiano. Ella es figura de lo que todos debemos ser. Seguir su modelo es la mejor manera de asegurar el ser buen cristiano. Seguir sus pasos nos asegura poder llegar también nosotros a disfrutar de esa eternidad en el amor que ya Ella está viviendo gozosa.

Y en este inicio del año en el que la Iglesia ya desde hace algunos años nos invita a todos los cristianos a unirnos en una oración sentida y comprometida por la Paz en el mundo, también María, la Reina de la Paz, nos sirve de modelo. Ella fue la causa de la paz en la familia de Nazaret. Sus formas suaves, femeninas y maternales seguramente hicieron que el clima de paz fuera el clima normal en la vida de familia. No era una paz alcanzada simplemente por la ausencia de conflictos. Recordemos que tuvo que llamar la atención al joven Jesús por habérseles perdido en Jerusalén. La paz es activa, no pasiva. Hay que evitar, como decía el gran Papa San Pablo VI, la tentación del "falso irenismo", que evita el conflicto simplemente por guardar una forma que no contribuye a alcanzar una verdadera armonía. No basta con rezar para que ella reine en el mundo, sino que cada uno debe comprometerse por luchar para que ella se siembre en el corazón de cada hombre. La paz se inicia en la persona. Es la convicción de cada uno la que debe ser conquistada para que se convierta en adalid de esa paz que es el deseo más profundo que vive la humanidad en su corazón. María es instrumento de paz. Ella en su estilo de Madre amorosa y preocupada por sus hijos nos lleva también de su mano para que seamos sembradores de paz a nuestro alrededor, empezando por nuestros propios corazones y siguiendo por nuestras propias familias, para que se vaya transmitiendo ese espíritu de paz en todos los ámbitos en los que nos movemos cada uno. Es la responsabilidad de cada uno y de la cual no podemos abdicar. María es, así, reclamo para cada uno de nosotros para saber qué pasos dar para ser buenos discípulos de su Hijo Jesús y para ser sembradores de paz como Ella lo fue.

miércoles, 13 de noviembre de 2019

No te gusta el ruido ni el escándalo. Tu reino es paz

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La Sabiduría de Dios tiene infinitas cualidades. La más importante de todas es que es de Dios, y por lo tanto, comparte con Él su esencia eterna, su infinitud y su invisibilidad. En la tradición teológica a esa Sabiduría divina y eterna se la ha identificado con la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo Eterno de Dios, el Hijo de Dios, que en un momento de la historia de la humanidad, fue enviado por el Padre y aceptó voluntariamente ese encargo, para entrar Él mismo en esa historia, para hacerse parte de esa historia y hacerla llegar a su culminación perfecta. "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad". "Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros". "Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva". Esa sabiduría divina es "un espíritu inteligente, santo, único, múltiple, sutil, móvil, penetrante, inmaculado, lúcido, invulnerable, bondadoso, agudo, incoercible, benéfico, amigo del hombre, firme, seguro, sereno, todopoderoso, todo vigilante, que penetra todos los espíritus inteligentes, puros, sutilísimos". Para nosotros es la mayor riqueza que hemos podido recibir en toda nuestra existencia. Su presencia entre nosotros es la mejor noticia que podremos recibir jamás, por cuanto la hemos hecho venir en un arrebato de amor de Dios, por algo terrible que nosotros mismos habíamos hecho, poniéndonos de espaldas a esa misma Sabiduría. Dios no ha querido dejar que nuestra empresa de rebeldía tuviera éxito, sino que ha opuesto su fortaleza más grande a esa pretensión humana, basada en su amor eterno e infinito por cada uno de nosotros.

Acercarse a la Sabiduría, llenarse de ella, dejar que haga su obra de amor en nosotros, nos atrae todas las bendiciones. Es lo que quiere hacer el Verbo eterno hecho hombre, que no ha escatimado absolutamente nada de lo que haya podido hacer para lograr nuestro rescate. "Se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz". La Sabiduría eterna de Dios se hizo lo más bajo que podía ser para elevarnos a todos de nuevo a la condición de hijos de Dios, llenos de su Gracia y de su amor. "Entrando en las almas buenas de cada generación, va haciendo amigos de Dios y profetas; pues Dios ama sólo a quien convive con la sabiduría". Esa obra es obra silenciosa, sin aspavientos, sin ruidos, sin escándalos. Es obra sutil, como es ella, pues se trata de un encuentro de intimidad de corazones que se aman. El amor no hace ruido. El amor es suave y sereno. "Es reflejo de la luz eterna, espejo nítido de la actividad de Dios e imagen de su bondad. Siendo una sola, todo lo puede; sin cambiar en nada, renueva el universo". Es obra de amor a amor, de corazón a corazón, de novedad esencial a corazón renovado.

Por eso Jesús es insistente en dar a entender la presencia de Dios silenciosamente, como actúa la Sabiduría: "El reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o está allí; porque miren, el reino de Dios está dentro de ustedes". Es absurdo que esperemos acciones estrambóticas de parte del Espíritu de la Sabiduría, por cuanto ese no es su estilo. Él es sutil y sereno. Nuestra naturaleza está muy ganada por lo espectacular, por lo sonoro, por lo ruidoso. Nos encantan los milagros, los portentos, las maravillas. Y Dios, infinitamente generoso, porque nos conoce mejor que lo que nos conocemos nosotros mismos, nos lo concede en ocasiones. Pero no es su manera de actuar normal. Prefiere un corazón rendido a Él, que lo acepte en la serenidad del amor que se encuentra con su amor suave y sutil. Es el amor de nuestro Dios que no hace escándalo, sino que solo busca la serenidad de un corazón bien dispuesto a dejarse amar, amándolo eternamente. Se quiere derramar como un aceite de bendición en el corazón que se abre a su presencia. Que ese sea nuestro corazón. Que acepte la suavidad de Dios que sólo busca hacernos de nuevo hijos suyos, que busca un corazón que lo acoja y lo ame en la serenidad, ahora y para toda la eternidad.

viernes, 11 de octubre de 2019

No quiero ser una bestia. Quiero ser hombre

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Es terrible la guerra. En ella no hay vencedores ni vencidos. Todos los que en ella actúan tienen pérdidas. Ni siquiera la sensación de la victoria puede calmar el desasosiego de quien ha vencido, pues a su paso lo que ha quedado es destrucción, herida, muerte, humillación. Quien vence por la fuerza ha vencido pero no ha convencido. Ha avasallado. Y sabe bien que en la primera oportunidad que tenga el derrotado, buscará la retaliación, la venganza. Cuando alguien vence por sometimiento a la fuerza, ha demostrado tener el poder bélico superior, pero es lo único que ha demostrado. Las demás razones brillan por su ausencia. Es muy sabio el refrán popular: "La violencia es el arma de los que no tienen razón". La fuerza es la única razón de los seres irracionales. Así vemos como entre las bestias salvajes domina el que es más poderoso. Es el que se hace de las hembras para poder procrear y dejar sus genes en toda su generación, mientras sea él el que domine. Pero esto le durará hasta que aparezca un rival más poderoso que lo venza y extermine a toda su progenie, hasta no dejar rastros de esos genes anteriores e imponer los suyos. Todo es cuestión de fuerza y de poder.

Muchos hombres nos dejamos llevar por esta ley de la naturaleza, llegando con ello a rebajarnos al nivel de las bestias. Perdemos así, nuestra condición de seres superiores, que están llamados también a vivir, sí, bajo la ley natural, pero sabiendo que no es la irracionalidad de la fuerza la que debe imperar, sino las razones de nuestra inteligencia y nuestra voluntad las que deben siempre brillar. La ley natural es, ciertamente, ley necesaria y vinculante para todos, pero para los seres racionales, los que hemos sido creados a imagen y semejanza del Dios eterno, omnisciente, infinitamente libre, es la base para una conducta superior, que apunte al perfeccionamiento, a la convivencia armoniosa y pacífica, al progreso y al desarrollo consensuado y solidario. No es, por lo tanto, el dominio sin más, a la fuerza, lo que hará que seamos más humanos, sino la convicción, la persuasión, la conquista de la razón, la que nos hará una sociedad más humana y fraterna. El "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza" debe ser para nosotros un plan de vida. Dios es en su intimidad Uno y Trino, inmensamente poderoso en sí mismo, pero ese poder no lo utiliza para el dominio o la opresión de una de las personas sobre las otras, sino que se deja llevar por su amor, por su inteligencia, por su voluntad, para vivir en la mayor armonía imaginable, no superada por ninguna en la existencia de todas las cosas.

En la voluntad todopoderosa e infinitamente sabia de Dios, nunca estuvo el dar al hombre una compañía que desembocara en el enfrentamiento y el conflicto interhumano. "No es bueno que el hombre esté solo. Hagámosle una ayuda adecuada". Este designio de Dios apuntaba al apoyo solidario, a la ayuda mutua,  al progreso consensuado. Más aún, elevándolo a la categoría divina, su deseo era la unión fraterna, basada en el amor mutuo, en la caridad que buscara el bien del otro, por ser amado desde un corazón que fuera semejante al de Dios. Así lo comprendió el mismo hombre salido de las manos de Dios, cuando vio a la mujer a su lado: "Ésta sí es carne de mi carne y sangre de mi sangre". Es decir, "Soy yo mismo, prolongado en ella. Nuestra unidad es tan íntima que somos uno solo, somos el mismo ser en dos". La noche oscura de la humanidad, que cayó sobre el hombre por el pecado, tiene como consecuencia la rotura total de esta unidad hasta ese momento inquebrantable. "Esa que me diste por compañera", es la expresión de quien ya no se siente carne de la misma carne ni sangre de la misma sangre, sino un extraño, distanciado de aquella que había sido él mismo. El demonio había logrado lo que buscaba. Su lema preferido, "divide y vencerás", se había hecho trágicamente real. La humanidad vivía su peor desgracia, pues comenzaba así un camino de rotura, de enfrentamiento, de odio criminal. Caín mata a Abel, su hermano. La desolación se ciñe sobre los hombres y el odio empieza a dar sus funestos frutos: "¿Qué tengo yo que ver con mi hermano?", es la expresión de quien se siente totalmente distanciado de los suyos.

Pero Jesús viene a restañar esa herida profunda y mortal. No está perdido el designio de fraternidad y de amor mutuo, pues ese designio está en la esencia del hombre creado. Es una semilla que puede esconderse en ocasiones, pero que en algún momento resurgirá triunfante. "Si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el Reino de Dios ha llegado a ustedes", afirma Jesús. Ante el poder irracional del demonio, Jesús demuestra su poder mayor, y va más allá. No solo logra la derrota del adversario mayor, Satanás, sino el establecimiento de un orden restaurado, el que se había perdido por el pecado. El Reino de Dios que instaura Jesús viene con los valores de la Verdad, la Vida, la Santidad, la Gracia, la Justicia, el Amor y la Paz. Es el restablecimiento de la búsqueda de la armonía no por la humillación del vencido o por su anulación total, sino por tender la mano para que venga conmigo, para que sea uno conmigo, para que avancemos juntos por las sendas del progreso y del desarrollo, para que aporte de su riqueza personal al gran depósito en el que todos aportamos algo. Se basa en el amor, no entendido como un romanticismo vago y sin cuerpo, sino como el mirar juntos hacia la misma meta y procurar por todos los medios que el camino sea más expedito y de provecho para todos para alcanzar bienes superiores. Por ello, hay que deslastrarse de todo lo que pueda estorbar el avance más fluido hacia la meta. "Vístanse de luto y hagan duelo, sacerdotes; lloren, ministros del altar; vengan a dormir en esteras, ministros de Dios, porque faltan en el templo del Señor ofrenda y libación. Proclamen el ayuno, congreguen la asamblea, reúnan a los ancianos, a todos los habitantes de la tierra, en el templo del Señor, nuestro Dios, y clamad al Señor. ¡Ay de este día! Que está cerca el día del Señor". Es una actitud de conversión total, en la cual se dejan atrás todos los obstáculos que ha logrado poner el pecado.

La guerra nos destruye a todos. Nos deshumaniza y nos saca del corazón de Dios. La búsqueda de la unión, de la solidaridad, de la justicia y de la paz, nos humaniza. Nuestra vida humana es caracterizada por lo comunitario, basado en el amor mutuo. Nunca estar aislados o enfrentados nos hará más humanos. Al contrario, nos hará mas bestias. Cristo quiere que todos miremos a la misma meta, la de la unidad perfecta, la de la solidaridad, la del progreso y el desarrollo comunitario. Quiere que vivamos como hermanos, con un solo corazón. "Que todos sean uno", es la oración sentida que hace ante el Padre. Y es la invitación que hace San Pablo a los primeros cristianos: "Mantengan entre ustedes lazos de paz y permanezcan unidos en el mismo espíritu. Un solo cuerpo y un mismo espíritu, pues ustedes han sido llamados a una misma vocación y una misma esperanza. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está por encima de todos, que actúa por todos y está en todos." Nuestra condición de cristianos nos llama a la unidad en el amor. La guerra es la contradicción total a este llamado de Jesús. Que nunca en nuestros corazones demos lugar al demonio que nos quiere destruir, implantando el odio en nuestros corazones, haciéndonos bestias. Que reine el amor mutuo, para ser verdaderamente hombres, hijos del Dios de la Paz.

martes, 3 de septiembre de 2019

Hijos de la Luz e hijos del día, no hijos de la oscuridad ni de la noche

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"¿Qué tendrá su palabra? Porque da órdenes con autoridad y fuerza a los espíritus inmundos y estos se salen". La gente que presenció la expulsión del demonio que acababa de realizar Jesús, no cabía en sí de su asombro. Jesús no se queda solo en palabras bonitas, sino que actúa eficazmente, y con la máxima autoridad. Inclusive las fuerzas malignas quedan sometidas totalmente a Él. Quizás ellos estaban ya muy acostumbrados a la gente que hablaba mucho pero actuaba poco. Quizás eran ya muchas las voces que los habían cansado con discursos muy bien hilvanados, pero que se quedaban solo en eso. Palabras bonitas pero vacías, sin concreción. Jesús era todo lo contrario. Todo lo que decía lo basaba sólidamente en acciones concretas. Hablaba con autoridad y actuaba con autoridad. Al extremo de que la fuerza de esa autoridad era superior a cualquiera de las fuerzas contrarias y malignas. Jesús vencía al demonio cada vez que se enfrentaban.

El entusiasmo en su persona era creciente. La gente se sentía cada vez más atraída hacia Él. Pero a la par crecía también la incomodidad que producía en los que detentaban el poder, pues quedaban en evidencia ante lo que Jesús decía y hacía. Los gestos de Jesús eran denuncia de su obrar maléfico y ventajista. Su poder iba siendo minado por quien era verdaderamente coherente en su palabra y su obrar. Ellos hacían discursos altisonantes, culpabilizantes, incriminatorios. Eran discursos muy bellamente expuestos, pero que dejaban cargas enormes sobre las espaldas de los oyentes, sin lograr la liberación y la paz que lograban las palabras de Jesús, que sí eran acompañadas de obras liberadoras y pacificadoras. A Jesús valía la pena escucharlo. Los otros eran cada vez más despreciados.

Se iban haciendo así dos bandos muy claramente contrapuestos y enfrentados. Los que estaban con Jesús, con la coherencia, con la libertad y con la paz. Y los que estaban con la apariencia, con el poder, con la culpabilización, con la esclavización usando el miedo y el chantaje espiritual. Eran los hijos de la oscuridad y de la noche, que pretendían mantener en la misma oscuridad al pueblo para someterlos a sus arbitrios. Hoy podemos encontrar ambos bandos muy claramente presentes en nuestra sociedad.

Hay quienes se mantienen en la oscuridad y en la noche del pecado. Quienes sirven al demonio, a las tinieblas. Son tantos los que rechazan la Luz que Jesús quiere darles. Son los que prefieren dar rienda suelta a los instintos, sin dejarse llevar por la cordura del amor. Quienes viven solo para sí mismos y para sus propósitos egoístas y ventajistas. Someten a los demás a su placer, llegando incluso a la manipulación promoviendo una supuesta libertad que, al contrario, hace más esclavos... Detentan poderes que deberían usar para el servicio, y lo han destruido usándolo solo para servirse de él. Se declaran con sus acciones hijos de la oscuridad y de la noche.

Pero, gracias a Dios, hay también quienes han decidido hacerse hijos de la luz e hijos del día. Son quienes luchan por una mejor sociedad, en la que todos vivan como hermanos, procurando y promoviendo el bien común, sin ventajismos ni intereses malsanos. No se dejan tiranizar por sus instintos, sino que actúan con racionalidad y dominio de sí. Son quienes aportan de sus riquezas materiales, espirituales y morales para lograr la construcción de una sociedad mejor, de la así llamada Civilización del Amor. Son los que hacen que valga la pena la vida, el esforzarse por ser mejores, el asumir compromisos y mantenerlos a largo plazo, el vivir la mortificación como crecimiento personal y no como negación masoquista. Se colocan bajo la Luz que es Cristo, para ser ellos luz del mundo, que la vayan transmitiendo a todos, de manera de lograr un mundo iluminado y esplendoroso.

Vale la pena ponerse del lado de Jesús, quien ejerce la autoridad como servicio de salvación, de iluminación y liberación del hombre. Vale la pena ponerse del lado de quien no solo hace discursos bonitos, sino que hace obras bonitas. Aquellas obras que van implantando el Reino de Dios en el mundo, a través de la obra de la Iglesia, instrumento de salvación para todos. Vale la pena pertenecer al bando de quienes están bajo la luz del que es la Luz, para ser luz en el Señor.