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jueves, 24 de octubre de 2019

Siempre libres en el amor. Nunca esclavos en el odio

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La dialéctica entre el bien y el mal, entre la luz y la oscuridad, entre la vida y la muerte, entre el amor y el odio, marca la vida de los hombres. En nuestras manos está la decisión por una realidad o la otra. Nuestra capacidad de decisión está basada en la suprema libertad con la cual nuestro Creador nos ha bendecido. Es cierto que la libertad es tal, solo en el caso en el que haya siempre una decisión en favor del bien. La verdadera libertad no elige nunca el mal. Si llega a hacerlo deja de ser libertad y ha transmutado en libertinaje, en capricho, y finalmente desemboca en esclavitud. Sin duda, la capacidad de decidir se basa en la libertad, pero el mal uso de ella la muta en una rémora más que en una bendición. Quien se decide por el mal corre el riesgo de caer en una vorágine que necesitará siempre de más para satisfacer una ansiedad que nunca se calmará. De allí que surjan las cadenas que oprimen al hombre y que, en función de una supuesta "libertad", van siendo cada vez más numerosas y van obnubilando cada vez más la mente y el corazón de quien se consideraba con derecho a hacer lo que le viniera en gana porque era libre. Ya no es libre de decidir sobre sí mismo, pues el mal se ha enseñoreado en su corazón, y éste determinará y condicionará cualquier posible decisión, anulando la suprema libertad que poseía.

En este sentido, debemos comprender que el don de la libertad no es un don inmutable, pues Dios, al ponerlo en nuestras manos, nos ha hecho también responsables de su correcto uso. Las capacidades que Él ha colocado en nuestro ser nos sirven para saber cuál es el mejor camino para desarrollarla y hacerla más sólida y el mejor modo de usarla para no hacerla caer en el absurdo de su negación que es la esclavitud. De ese modo, entendemos que las indicaciones que nos da Dios no son de ninguna manera restricciones, sino claves para que nuestra libertad tenga cada vez más sentido y nos haga avanzar más hacia el camino de la plenitud en la felicidad. Esas indicaciones de Dios son como las señales en el camino que me hacen seguir la mejor ruta para llegar a mi destino. De ninguna manera son prohibiciones de ir por otra ruta, sino las señales que me harán llegar más rápidamente y sin contratiempos a puerto seguro. No restringen mi libertad, pues yo sigo siendo el conductor de mi vida. Dios no toma el control, solo me indica el mejor camino. Yo decido si lo sigo o no. En mi mente debe estar siempre que es más feliz el que es más libre. Es más feliz el que no permite en su vida cadenas que destruyan su libertad, aunque eso en ocasiones signifique luchar contra algunas tendencias que nos pueden resultar muy atractivas. Así lo entendió San Pablo y se lo transmitió a los cristianos: "Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica. Ninguno busque su propio bien, sino el del otro". Mi libertad no es una patente de corso para hacer lo que me venga en gana. Es una ocasión para hacer todo lo que edifique y me acerque a la plenitud, a la perfección, a la felicidad.

Alguno podrá argumentar que la felicidad es mejor si no hubiera contratiempos, si no existiera la posibilidad de perderla. Que la vida sería mucho mejor si Dios impidiera la posibilidad de perder la felicidad que vivimos. ¿Por qué, en vez de hacer un camino expedito, sin obstáculos, permite que tengamos estorbos u obstáculos para la felicidad? Una respuesta podría ser que, sin duda, la felicidad es más intensa cuando la recuperamos. Habiendo tenido la experiencia de una felicidad original, la añoranza de ella al haberla perdido y su recuperación, hace que se viva con mayor intensidad. Quien recupera la capacidad de caminar después de una fractura de fémur, valora mucho más su capacidad recuperada que la que tenía antes de la fractura, la cual a lo mejor ni siquiera valoraba. Perder un tesoro y recuperarlo nos hace más consciente del tesoro que se tenía, y nos hace valorarlo con mayor intensidad y defenderlo con mayor empeño. San Pablo, en el sentido contrario, se lo dice claramente a los romanos: "Cuando ustedes eran esclavos del pecado, la justicia no los gobernaba. ¿Qué frutos daban entonces? Frutos de los que ahora se avergüenzan, porque acaban en la muerte. Ahora, en cambio, emancipados del pecado y hechos esclavos de Dios, producen frutos que llevan a la santidad y acaban en vida eterna. Porque el pecado paga con muerte, mientras que Dios regala vida eterna por medio de Cristo Jesús, Señor nuestro."

Ser libres es un don invalorable que está anotado a nuestro favor y que debemos mantener como haber invariable. No es vano insistir en esto, por cuanto en ello se debe ir nuestra vida. La experiencia de la esclavitud y de la muerte ya nos ha hecho suficiente daño, y nos ha hecho la peor de las jugadas. Nos ha hecho caer en la espiral del hundimiento, logrando que el hombre no valore su condición de hijo de Dios, la esencia comunitaria con la cual ha sido creado, borrando la vida de fraternidad que lo hace solidario con los demás, viviendo en la esclavitud del egoísmo y de la idolatría, subyugado por las cadenas de la autodestrucción engañado en creer que su absoluta autonomía, habiendo expulsado a Dios de su vida y decretando su hegemonía sobre los hermanos, nunca afectará su libertad cuando en realidad es su peor destrucción, apuntando a su desaparición no solo física, sino de los libros de la vida eterna. Por eso está planteada una guerra, como lo dice Jesús: "He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla.¿Ustedes piensan que he venido a traer al mundo paz? No, sino división." Es la guerra de la dialéctica entre amor y odio, entre libertad y esclavitud. Jesús trae el fuego del amor y la espada de la libertad. Y es lo que quiere imponer con su mano suave y redentora. Su obra es obra de liberación: "He venido a dar la libertad a los oprimidos". Es nuestra la decisión de dejarnos conquistar por esa mano suave de nuestro liberador o quedarnos en las manos ásperas de quien nos quiere esclavos para siempre.

Esto nos exige tomar partido claramente. No podemos ser pasivos en esta guerra del bien contra el mal. Debemos enrolarnos en uno de los ejércitos. O somos de Jesús, del amor, de la libertad, de la justicia, o somos de los que buscan y añoran la esclavitud, de los que quieren imponer el mal y el odio, de los que pugnan por poner cada vez más cadenas a nuestro espíritu anulando totalmente su absoluta libertad. Y es tan serio este enfrentamiento que incluso si se tratara de personas cercanas, debemos tomar partido por el bien. Así lo plantea Jesús: "En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra." Incluso si entre los nuestros se pudieran contar algunos que se pusieran al servicio de las cadenas que roban nuestra libertad, está en nuestras manos oponernos radicalmente a ellos para defender nuestra propia experiencia del amor, de la libertad, de la felicidad, de la plenitud. La idea es vencerlos para ganarlos para nuestra causa, no para abandonarlos derrotados caídos en el camino. El amor los quiere con él. La libertad los quiere con ella. Nosotros los enfrentamos para que caigan en cuenta de que su camino está errado y que deben retomar el camino de la plenitud, que es el camino del bien por el que quiere Dios que transitemos y que nos indica con las señales que nos guían hacia la perfección del amor y de la felicidad.

miércoles, 2 de julio de 2014

Amamos el mal y odiamos el bien...

Esto es el colmo... De ninguna manera pesa más el bien que se logra, sino las consecuencias en lo material que se corren para obtenerlo. Es preferible seguir en la debacle, con tal de no perder lo poco que se tiene. Los hombres nos conformamos con las migajas, con las limosnas que nos da una mínima cantidad de bien, en vez de apuntar al bien mayor. Nos obnubila algo de placer, algo de riquezas, algo de poder, algo de honores. No importa más nada, sino la limosna que podemos obtener ocasionalmente... El bien mayor queda supeditado a los poquitos bienes que podemos tener en el momento. Y a veces es aún peor. Preferimos el mal al bien, el poder al servicio, la riqueza a la solidaridad, al placer al dominio personal, el renombre a la honestidad...

El Evangelio de los endemoniados de Gerasa es una clara muestra de esto. Jesús expulsa una legión de demonios de un par de personajes y los envía a una piara de cerdos, que se desbarrancan y mueren... "Jesús les dijo: 'Vayan'. Salieron y se metieron en los cerdos. Y la piara entera se abalanzó acantilado abajo y se ahogó en el agua". Inmediatamente los porquerizos se encargaron de relatar lo sucedido a la gente del pueblo. Me imagino que estaban sorprendidos con lo que Jesús había hecho. Se supone que estos dos endemoniados ya se habían hechos famosos por la cantidad de tropelías que cometían a diario... "Eran tan furiosos que nadie se atrevía a transitar por aquel camino..." Es decir, que hacían de la vida de los gerasenos realmente un calvario... Lo que Jesús hace, en última instancia, representaba para ellos una liberación. No podía haber paz si estos dos personajes seguían en su misma condición. Lo que Jesús había hecho era un bien para todos... Los había liberado de los demonios que los afectaban no sólo a ellos, sino a todos los pobladores. Se había logrado con eso recuperar la tranquilidad del pueblo...

Pero no... Eso no era suficiente para convencerlos de lo bueno que había hecho Jesús. Al fin y al cabo ellos se habían visto afectados, pues habían perdido los cerdos que les pertenecían... La piara de cerdos había servido para "alojar" a los demonios que habían sido expulsados de las dos víctimas, pero tristemente se habían ahogado en el agua... Fue el tributo que hubo que pagar por su liberación. El beneficio era, en primer lugar, para los mismos endemoniados que habían sufrido la posesión por años. Hay que imaginarse el tormento que vivían estos dos hombres siendo poseídos por estos demonios. Habían perdido su libertad, no tenían esperanzas, vivían solos y alejados de sus familiares y amigos... Valía la pena intentar su liberación para que recuperaran todo lo bello que les podía dar la vida. Sólo eso hacía valer la pena el sacrificio de los cerdos. La vida de dos hombres es infinitamente más valiosa que la de los cerdos... Pero a esto hay que añadirle la paz que se ganaba con la expulsión de los demonios. Eran tan furiosos que todos evitaban pasar por la tierra donde se encontraban los endemoniados. Podemos imaginarnos la cantidad de situaciones graves en las que se encontraron algunos de los pobladores por culpa de ellos... Nada de esto tiene peso, ante la pérdida de los cerdos. Ni siquiera el bien logrado, que era tan alto, muy superior a lo que vivían todos, logró cambiar su corazón. Llegan al extremo de pedir a Jesús que se vaya de allí... "Entonces el pueblo entero salió a donde estaba Jesús y, al verlo, le rogaron que se marchara de su país..." Es impresionante...

Muchos hombres preferimos el mal, con tal de mantener algo de nuestras prerrogativas menores... Vivimos en sentido contrario la invitación que nos hace Dios: "Busquen el bien y no el mal, y vivirán, y así estará con ustedes el Señor Dios de los ejércitos, como desean. Odien el mal, amen el bien, defiendan la justicia en el tribunal". Hemos trastocado la jerarquía del bien y del mal. Es como si hubiéramos dado la vuelta al deseo de Dios: "Busquen el mal y no el bien.... Odien el bien, amen el mal... Defiendan la injusticia..." Un mundo en el que los hombres lo han trastocado todo de tal manera, jamás podrá ser feliz, jamás podrá tener a Dios a su favor. Mientras amemos el mal, lo defendamos, nos pongamos a su servicio, con tal de tener alguna prebenda, aunque sea mínima e irrisoria, estaremos mal... ¡Cuántas injusticias se cometen con tal de no perder poder, prestigio, riquezas, placeres...! Preferimos que se vaya quien nos puede liberar de todos los males, con tal de no perder las tonterías a las que nos apegamos... El bien mayor está a nuestra vista: Es el amor de Dios, el amor a los hermanos, la solidaridad, la justicia, el servicio, la paz... Pero lo hacemos morir, pues no nos atrevemos a dar el paso hacia el sacrificio de lo propio. Nuestras cosas son más importantes que el bien de todos. El bien común no es tan importante como el bien mínimo, casi inútil, que disfrutamos individualmente... Mientras pensemos así, todos viviremos la debacle de nuestra tristeza y de nuestra destrucción...

Es urgente que escuchemos el llamado del Señor: "Retiren de mi presencia el estruendo del canto, no quiero escuchar el son de la cítara; fluya como el agua el juicio, la justicia como arroyo perenne". Dios no quiere apariencias, quiere realidades. Quiere corazones sinceros y honestos en los que habitar. Detesta la hipocresía, la esclavitud, la injusticia. Y nos invita a todos a amar el bien, a amarlo a Él, a desearlo, y a odiar con todas nuestras fuerzas al mal, a todo lo que nos puede separar de Él, aun cuando sean bienes menores que se interpongan en el camino de ser sólo suyos...

sábado, 12 de abril de 2014

Divididos no sobreviviremos

La división no es signo de los cristianos. Jesús, en su oración sacerdotal, desde lo más profundo de su ser, pidió al Padre: "Que todos sean uno". Era el signo de que aquellos cristianos creían, que eran fieles. Era lo que podían mostrar al mundo para ser creíbles en su fe. "Que todos sean uno, como Tú y Yo somos uno, para que el mundo crea". El mejor signo que podían dar los cristianos era el de la unidad, incluso más que el mensaje que podrían proclamar al mundo. Es muy importante transmitir de palabra el mensaje del amor de Jesús, la salvación que vino a traer al mundo, su deseo de que todos los hombres vuelvan a la casa del Padre como hijos amados, la obra de misericordia infinita que realizó perdonando las ofensas que contra su mismo amor habían infligido los hombres... Pero ese mensaje tenía que tener un sustento sólido en un estilo de vida que fuera la confirmación práctica de lo que se anunciaba. De nada vale gastar energías en un mensaje que pretenda ser convincente, por muy real que fuera, si no tenía un apoyo firme en la vida que lo revelaba...

¿Cómo va a creer el mundo en un mensaje de amor y de salvación, si los que lo proclaman viven en la separación, en el odio, en las suspicacias, en la división, en la violencia? De ninguna manera nadie se dejará embaucar por ese mensaje, pues la evidencia exterior es que es falso... La unidad de los cristianos es la carta de presentación idónea para el mensaje que se quiere transmitir...

Es natural que así sea, pues el mensaje de los cristianos es un mensaje de amor. El amor es el lubricante perfecto que hace que las diferencias no se profundicen hasta llegar a la división extrema, a la intolerancia, a la exclusión total... Y es que la unidad no significa uniformidad, sino aceptación de las diferencias dentro del marco de lo razonable. La unidad, por supuesto, no busca convivir con lo que es objetivamente malo, pero sí con lo que es razonable. No busca la unidad simplemente quien se hace la vista gorda ante lo injusto, ante el odio entre hermanos, ante la violencia contra el que piensa diferente. Ese es un pasivista absurdo. Quien busca la unidad busca anular lo malo, sumar a lo bueno. Y quien quiere vivir la unidad lucha también por no permitir que se asiente en su espíritu el deseo de lo hegemónico, de lo tiránico, de lo absolutamente dominante y arrasador...

Para seguir el itinerario de la unidad en la fe es necesario que se busque qué es lo que aglutina al cristiano. El factor aglutinante único, dada la diversidad de pensamientos, de conductas, de intereses, de metas, de métodos, que todos podemos vivir, es el del Dios que nos sustenta. Lo comprendió perfectamente Israel, pues así mismo se los descubrió Yahvé: "Los libraré de sus pecados y prevaricaciones, los purificaré: ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios". Es Dios el que crea, el que convoca, el que sostiene y el que espera... Fuera de Él no hay otra posibilidad de factor de unidad. Cualquier otra realidad que pretendamos colocar será siempre pasajera, temporal, etérea... Sólo Dios es el eterno, el que nunca pasa, el que sirve de fundamento sólido para cualquier proyecto de vida, pues coloca la meta de la eternidad en la perspectiva de la vida de todos...

Cuando no colocamos a Dios en esa perspectiva, nos arriesgamos a que todo proyecto sea frágil. El Dios de la unidad es el que se ofrece para hacernos sólidos en la fraternidad. Es la manera como a todos se nos hará un solo pueblo que sigue bajo la mirada de un solo pastor. "Yo voy a recoger a los israelitas por las naciones adonde marcharon, voy a congregarlos de todas partes y los voy a repatriar. Los haré un solo pueblo en su país, en los montes de Israel, y un solo rey reinará sobre todos ellos. No volverán a ser dos naciones ni a desmembrarse en dos monarquías". Es tremendo el que Dios Creador, habiendo establecido que la ruta de la felicidad fuera la de la unidad, y habiendo sido nosotros mismos los que hiriéramos esa posibilidad, aun así haga lo necesario para restablecer nuestros lazos de unión, pues sabe que ese es el único camino para la plenitud...

La salvación del pueblo pasa por la unidad. Será uno solo el Salvador. Será un solo hombre el que morirá por todos. No serán varios los redentores, sino que será el único Jesús, el único Dios hecho hombre, el único Hijo de Dios, el único Verbo Eterno del Padre, el que asumirá esa tarea. Hará su sacrificio para hacernos a todos uno con Él y llevarnos así, en la unidad, a la presencia del Padre. Esto lo reconoció el mismo Caifás, Sumo Sacerdote, cuando en el Consejo del Sanedrín se referían a la necesidad de dar muerte a Jesús: "Ustedes no entienden ni palabra; no comprenden que les conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera". La unidad de los cristianos surge de la intención primera del Padre al crearnos como imagen y semejanza de la unidad esencial en la que vive la Trinidad Santa. Es la manera de asegurar la subsistencia en medio de todos los pueblos que rodean a Israel. Es la seguridad de que nuestra fe es verdadera y el medio por el cual daremos el mejor testimonio de credibilidad al mundo. Es la meta a la que nos encaminamos todos, con nuestro Hermano Mayor, Jesús, a la cabeza. Es lo que quiere Dios que vivamos desde nuestro origen, en nuestra vida actual y en la eternidad feliz junto al Padre.

No es un simple deseo. Es un estilo de vida. Es la mejor manera de vivir. La unidad es la mayor ilusión que podemos aspirar hoy, mañana y siempre. Con ella estaremos dando al mundo el mejor signo, y estaremos viviendo entre nosotros lo que es la voluntad más alta de Dios: La unidad con Él y entre nosotros, en la que destaque definitivamente el amor que nos sirve de aglutinante...

martes, 11 de marzo de 2014

Es Padre, ¡y es nuestro!

La oración del Padrenuestro es la oración de los hijos que son hermanos... Sí. Es necesario decirlo así para que lo entendamos bien... En primer lugar, hijos de un Padre que nos ama, que nos ha creado por amor. Nuestra vida está íntimamente ligada a la de Él. Nos crea por un gesto de amor infinito, pues en realidad, los hombres no existimos por necesidad. Algunos nos creemos tan importantes que creemos que nuestra presencia en el mundo es esencial. No es así. Simplemente no es necesario que tú ni yo, ni nadie, ninguno de los hombres, exista... Existimos por una decisión absolutamente voluntaria y libre de nuestro Dios. Él es autosuficiente en sí mismo, por lo tanto, no necesita de nada para existir, ni para comprobar su existencia. Basta que Él mismo exista, que Él mismo corrobore su existencia, que Él mismo se ame, para que toda su vida tenga sentido pleno... Pero, en ese gesto libre, surgido de su impulso de amor infinito, crea todo lo que existe, y en el medio de todo coloca a la humanidad, como queriendo dejar clara su predilección. Nos amó antes que todo, por encima de todo, poniendo todo al servicio de los hombres... 

Apostó Dios por unos hijos que le fueran fieles, pero las cosas no fueron como fue su designio original. Su mismo amor le hizo la peor jugada de todas, pues aquél al que había amado tanto y al que su amor lo hizo crear totalmente libre para que se mantuviera por decisión propia junto a Él, sin coacciones ni obligaciones, decidió un camino diverso... Y se alejó de Él. Le fue infiel, y con eso atrajo la peor de las desgracias para sí mismo, con la natural decepción divina. La reacción primera hubiera sido la más natural: "Si no quieres estar conmigo, y ya que yo te creé para eso, simplemente no seguirás existiendo..." Punto... Pero Dios demuestra que no sólo es Todopoderoso, Infinito, Omnisciente, sino que tiene una cualidad que nos lo hace muy cercano: Es Padre. Y cualquier padre que ama de verdad -ya hemos visto que Dios lo hace por encima de cualquier amor que conozcamos-, da segundas, terceras y todas las oportunidades, tiene siempre la esperanza del cambio, guarda en lo mas íntimo la esperanza de que aquel al que ama, su hijo, se decida por un camino diverso al que lo lleva a su perdición. Por eso, una y otra vez lo llama, lo acoge, lo perdona, lo abraza, lo recibe en su casa... Al extremo de que, en el último bastión de su amor guarda la mejor de sus jugadas: La de la entrega de su único Hijo engendrado, no creado como nosotros... A los que nos hizo hijos, designa salvarlos con su Hijo único... Su amor por los hombres -y por extensión, el de su Hijo-, es tan grande, que es capaz de donarlo para rescatarlos... ¡Y lo hace!

Ese Padre no es sólo Creador. Es Sustentador y Providente, pues no dejó al hombre a su suerte en el mundo, sino que proveyó todo lo que necesitaba para tener una existencia holgada. Y fue más allá, pues se convirtió en un amor Redentor, de Satisfacción, dando al pecado solución con la propia vida de su Hijo... No existe amor mayor: "Nadie ama tanto como el que da la vida por sus amigos". Es lo que hace Jesús...

Pero el amor del Padre no es para seres individuales. Más aún la creación misma no lo fue así tampoco. "No es bueno que el hombre esté solo", sentenció Dios mismo en la creación. "Hagámosle un apoyo adecuado"... Los hombres hemos sido creados seres comunitarios esencialmente. Cuando rezamos el Padrenuestro lo afirmamos rotundamente. Somos hermanos por esencia. La oración, de no ser así, hubiera sido enseñada por Jesús: "Padre mío, que estás en el cielo". Y no fue así. Es Padre Nuestro. Tuyo, mío y de todos. Por eso nuestra naturaleza jamás será completa si no la asumimos en solidaridad con todos... No somos seres aislados unos de otros, no somos individuos. Somos comunidad. Y la suerte de uno solo es la suerte de todos. Si uno ríe, todos estamos felices con él. Si uno sufre, todos lloramos con él. Si uno necesita, todos debemos aportar para auxiliarlo... Si esto no lo vivimos así, no tiene sentido que oremos con el Padrenuestro como lo hacemos. Deberíamos quietar el "nuestro" y exacerbar nuestro egoísmo diciendo "mío"...

El rezar el Padrenuestro con una conciencia enferma, en la que de ninguna manera nos sentimos hermanos unos de otros, lo hace ineficaz... Las peticiones que en él hacemos no tienen sentido, si en la base estamos colocando una falsedad. No sentirnos hermanos es el peor daño que nos hacemos nosotros mismos, pues hacemos de las peticiones del Padrenuestro falsedades, al colocarlas sobre bases falsas... Por no sentirnos hermanos, como en realidad somos, hace que el mundo sea un sitio desagradable, en el que imperan los odios, las reticencias, las suspicacias, los rencores. Llegamos al extremo de querer eliminar al otro y por ello, las muertes, las heridas, las esclavitudes, las torturas... Por eso las carreras armamentistas. Por eso colocamos la ideología por encima de lo verdaderamente humano... No es posible que no hagamos real la oración del Padrenuestro desde su primera frase.  Tenemos que esforzarnos por sentir a nuestro Dios verdadero Padre, y a los demás hombres verdaderos hermanos. Sólo así la vida tendrá sentido y estaremos recibiendo del amor del Padre todo lo que le pedimos en la oración...

Esa oración, que es la enseñanza directa de Jesús, debe producir el efecto que toda palabra salida de su boca produce: "Mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo". Él mismo es la Palabra que pronuncia Dios sobre la humanidad, para hacernos a todos hermanos. Y quiere producir el efecto de hacernos verdaderos hijos de Dios y verdaderos hermanos entre nosotros. Que nuestro corazón se ponga en esa misma línea. Que queramos ser hijos del Padre y hermanos de todos...

lunes, 14 de octubre de 2013

¿A qué Jesús seguimos?

Nunca está de más insistir en esto... El seguimiento de Jesús es la clave de nuestra vivencia como cristianos. Seguir a Jesús exige, en primer lugar, conocerlo, saber de sus orígenes, incluso de su prehistoria, que es rica por la cantidad de promesas y anuncios que hay en el Antiguo Testamento de Aquél que "pisa la cabeza de la serpiente". Éste es el que llaman los entendidos, el "Protoevangelio", el primer Evangelio, el primer anuncio de la Buena Nueva de rescate de la humanidad caída por el pecado. Y fue proclamado instantes después de que el hombre se hubiera puesto de espaldas a Dios, despreciando su figura paterna, su autoridad, su amor... Se inició en ese momento la epopeya divina para rescatar al hombre. Y a partir de este anuncio, se desarrolla toda una historia de seguridad futura por la llegada de aquel Mesías Redentor, presentado tantas veces de manera oscura, incluso confusa e incomprensible para aquellos que esperaban la salvación, la actuación de Dios para "liberar" a Israel. Pero siempre el objetivo era ir sembrando la esperanza de aquello bueno que guardaba Dios para Israel, su pueblo amado.

Jesús es, de esta manera, el "esperado de las naciones". Imagino la cantidad de añoranza que acumuló su espera. Imagino los suspiros, las lágrimas, los dolores que esperaban ser aliviados por su presencia cuando fuera ya definitiva... Cada Profeta revelaba un nuevo aspecto de ese que era el Esperado. Cada uno echaba una nueva luz sobre cómo sería ese personaje, sobre cómo sería su obra, sobre cómo llevaría adelante su misión y cumpliría el encargo del Padre. Y ya eran tantas luces las que estaban encendidas en el camino de Israel, que todo estaba muy bien iluminado. Que el camino por el que iba a venir el Mesías ya ofrecía plena seguridad para andarlo, pues la señalización era ya casi completa... Sólo faltaba que Él, ese Mesías prometido y anunciado tantas veces, Aquél que venía a liberar a Israel de la esclavitud, el que iba a hacer presente en medio de todos los pueblos el poder y el amor infinitos del Dios que había tomado a Israel como pueblo suyo, se hiciera presente, que empezara a andar ese camino de venida hacia los hombres...

Y llegó Jesús, el esperado, el añorado. Y realizó su obra fabulosa de Redención. Es el Dios que se ha hecho hombre, en un arrebato extraordinario de amor del Padre, que se despoja de su propio Hijo para "regalarlo" a los hombres, para que hicieran con Él lo que les viniera en ganas, como en efecto lo hicieron. Al gesto de amor del Padre, donándonos a su Hijo; y del mismo Hijo, aceptando la misión que el Padre le encomendaba, el odio y el pecado de los hombres los hicieron reaccionar de la manera más vil. Al que venía a dar sólo amor, le respondimos con odio. Al que venía sólo a dar perdón, le respondimos con venganza. Al que venía a sembrar la paz, le respondimos con la violencia más cruel... Al que venía a darnos vida, lo asesinamos. Sí... En aquellos hombres despiadados que humillaron, hirieron y mataron a Jesús, estamos representados todos...

Pero Jesús, Dios hecho hombre, no podía quedar vencido... Es más, no fue jamás vencido. En la apariencia de su derrota más cruel, obtuvo la mayor de sus victorias, pues su muerte fue la muerte del pecado, y su resurrección el sello definitivo de su gloria... Es la obra total de Jesús: Encarnación, anuncio del mensaje de amor, de paz y de perdón, sufrimiento, pasión, muerte y resurrección.. No se debe quitar nada, pues el mensaje que nos da Jesús con su vida es integral. Lo que quiere decirnos es que Él ha decidido que su vida sea para nosotros; que nos ama tanto que ha decidido poner su gloria entre paréntesis con tal de que nosotros la tuviéramos; que la derrota del pecado en la Cruz, pasando por el sufrimiento extremo del dolor y de su propia muerte, la asumió para que el pecado fuera derrotado en nosotros por su amor; que su resurrección gloriosa es la que todos vamos a vivir como gran victoria que no hemos obtenido, sino que Él ha obtenido para nosotros, que nos la regala sin haber hecho nosotros nada...

Es el Jesús total el que es nuestro... Un Jesús mutilado es el de los intereses creados, por lo tanto no es el de la humanidad, no es el que ha venido a salvar a los hombres. Es otro Jesús. Cuando no aceptamos a ese Jesús total, estamos haciendo a un Jesús distinto al de las Escrituras, al Prometido, al que nació de la Virgen, al que vivió entre nosotros, al que dijo e hizo maravillas, al que sufrió por la muerte del amigo, al que asumió la pasión como parte de su misión, al que resucitó gloriosamente. Un  Jesús resucitado, ya glorioso exclusivamente, no existe. Si no hubiera muerto, hubiera sido imposible su resurrección... Un Jesús que sólo sufre y lleva eternamente la Cruz a cuestas, tampoco existe. Un Jesús que sólo echa a los mercaderes del templo, no es el real. Un Jesús que sólo exige amar a los enemigos, no ha existido jamás...

Existe el Jesús que muere en la Cruz, pero que resucita glorioso. Existe el Jesús que llevó su Cruz a cuestas y murió en ella como en su altar en el gesto de amor más grande, pero no se quedó allí muerto, sino que resurgió victorioso. Existe el Jesús que echó a los mercaderes del templo, pero también el que convoca a todos, ricos y pobres, a ser hermanos, y por eso va a la casa de Zaqueo y de Simón el Fariseo; por eso convoca a Mateo al grupo de los suyos, por eso le dice al joven rico que lo deje todo para seguirlo... Existe el Jesús que nos dice que hay que amar y perdonar a todos y siempre, pero también el que nos dice que hay que hacer la corrección fraterna para que no se sigan cometiendo injusticias... Existe el Jesús que dice que son bienaventurados los que pasan hambre, pero existe también el que multiplica los panes para que los hombres no tengan hambre... Existe el Jesús que dice desde la Cruz: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen", pero también existe el Jesús que le reclama al soldado cuando le da una bofetada injustamente...

No queramos reducir a Jesús a un gran héroe que no sufrió, o a un personaje que sólo sufrió. O a alguien que nos pide que seamos casi bobalicones. O al revolucionario que vino sólo para exigir reivindicaciones sociales o económicas. O al idealista que nos invitó a elevar la mirada al cielo desentendiéndonos de nuestra realidad cotidiana.... Esos no existen. Ese Jesús es parcial. Es como si pretendiéramos ser nosotros mismos quedándonos solo con nuestro lado derecho, o el izquierdo, o solo con la mitad de arriba o la de abajo... No somos nosotros... Jesús es total. Su mensaje es integral. Quiere salvar al hombre todo y a todos los hombres. No manipulemos su persona, ni su mensaje, ni su obra. Ya no sería atractivo de esa manera. Lo que vale de Jesús, lo verdaderamente esencial en Él, es todo. Nada lo podemos dejar a un lado...