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lunes, 5 de abril de 2021

Todos hemos resucitado con Jesús

 El Evangelio del 13 de abril: "No temáis, id a comunicar a mis hermanos que  vayan a Galilea" - Evangelio - COPE

La semana siguiente al Domingo de Resurrección la vivimos en la Iglesia como un gran Domingo que se extiende por ocho días. El gozo que sentimos los cristianos al ver a Jesús resucitado, vencedor del demonio, de la muerte y del mal, lo expresamos de manera indetenible y es necesaria toda una semana para poder darlo a conocer y manifestarlo de la manera más visible. La tristeza al ver la semana anterior toda la urdiembre que se lanza sobre Jesús, en la que se le somete a la persecución, al escarnio, al dolor, al sufrimiento y a la muerte, a causa de solo haber hecho el bien, pero con la consecuencia de dejar en evidencia el mal que propugnaban los poderosos, las autoridades religiosas que oprimían al pueblo, se trastoca en la alegría mayor al comprobar que el mal no tiene la última palabra, que la vencedora no es la muerte, sino que, por el contrario, es la Vida la que sale victoriosa, el bien el que triunfa, el amor el que lanza su grito de victoria. La resurrección de Cristo es la sentencia final de la realidad en la que sobresale el poder omnímodo de Dios, pero sobre todo su amor infinito por el hombre, por el cual decidió realizar la gesta más maravillosa de toda la historia: la entrega de su Hijo en manos de aquellos mismos a los que venía a vencer, pues el amor lo impulsaba a ello, ya que no podía dejar al hombre, la criatura a la que más amaba y la que daba sentido a todo lo que existe, a expensas del demonio, del mal, del pecado. La resurrección de Jesús es la victoria más contundente de Dios. Paradójicamente, su muerte representó nuestra vida. Cristo muere y resucita para donarnos a nosotros de nuevo la vida y la plenitud.

Fue lo que vivió esa Iglesia que nacía y por lo que se sintió con el poder que provenía del mismo Dios para seguir encarando al mal, pues a pesar de haber sido herido de muerte, sus estertores podían seguir haciendo daño. Aquellos que se negaban a la evidencia de la realidad, buscaban por todos los medios minimizar lo que era imposible minimizar, inventando excusas absurdas, como las que se ingeniaron los sumos sacerdotes: "Digan que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras ustedes dormían. Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos lo ganaremos y los sacaremos de apuros". La fuerza de la evidencia era imposible de contrarrestar. Y el gozo que sentían los discípulos del Resucitado era imposible de contener. Aun cuando ese mal aún buscaba hacer daño, la fuerza de la alegría de los testigos de la resurrección era aun mayor que la suya. Los apóstoles y las mujeres del grupo, testigos privilegiados de la maravilla, estaban muy bien sustentados en la certeza de la victoria de Jesús sobre la muerte, como para dejarse intimidar por los débiles embates del mal y de la muerte. De esa certeza de la victoria de la Vida sobre la muerte sacaban las fuerzas para seguir venciendo, aun cuando sufrieran algún daño por proclamar lo que era la Verdad absoluta: "Judíos y vecinos todos de Jerusalén, entérense bien y escuchen atentamente mis palabras. Israelitas, escuchen estas palabras: a Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante ustedes con milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de Él, como ustedes saben, a este, entregado conforme el plan que Dios tenía establecido y provisto, lo mataron, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible que esta lo retuviera bajo su dominio". Esa era la Verdad. Ellos la habían vivido. Y no habrá fuerza sobre la tierra que impida que esa Verdad quieran transmitirla a todos los beneficiarios de esa gesta divina, que son todos los hombres de todos los tiempos.

Pedro y los demás apóstoles, y luego todos los discípulos y seguidores de Jesús, no vivieron esto como una simple noticia que se transmitía a los hombres. Era para ellos la transmisión de la verdadera vida, la Verdad que trastocaba toda la historia, la realidad que transformaba la vida de todos los hombres y le daba ese tinte nuevo de novedad total, de Nueva Creación, que llega hasta lo más íntimo de la vida. La realidad del mundo no es ya la misma que la de antes de la muerte y resurrección de Jesús. Hay todo un mundo nuevo que hay que dar a conocer y que hay que hacer vivir a todos los hombres. Cada uno es resucitado con la fuerza del Resucitado. El hombre del tiempo posterior de la resurrección no es el mismo que el de antes de la resurrección. El aire nuevo que da el aliento del Resucitado transforma todo. Aun cuando todo aparenta normalidad, todo ha sido hecho nuevo. Y al anuncio que emprenden gozosos los discípulos de Jesús debemos unirnos todos. La noticia de lo más extraordinario que ha sucedido en nuestra historia no puede quedar en un gozo intimista en el que nos sintamos muy satisfechos. La alegría es naturalmente difusiva, y por ello, quien vive la resurrección de Jesús y la hace suya, no puede sino explotar también en el gozo de ella. Los cristianos debemos vivir como resucitados y transparentar con nuestras palabras y acciones ese gozo que vivimos por sabernos hechos hombres nuevos. Es un anuncio que debe llegar a todos: "A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado. Esto es lo que ustedes están viendo y oyendo". Todos debían recibir el anuncio de la noticia más feliz de la humanidad. Y los apóstoles entendieron que únicamente podían hacerlo no solo con su palabra, sino también con la experiencia de vida que transparentaba que cada uno había resucitado con Cristo. Así mismo debemos actuar todos los cristianos que hemos resucitado con Jesús. Somos los discípulos del Resucitado.

domingo, 4 de abril de 2021

Que el Resucitado esté en cada segundo de nuestra vida, resucitándonos

 LA RESURRECCIÓN DE JESUCRISTO | Unidos Contra la Apostasía

El Domingo de Resurrección es el día más grande de la historia de la humanidad, el que le da sentido a toda nuestra confesión cristiana, el que sustenta cualquier otra celebración de la fe en Jesús. Es el día que había pronosticado la Escritura tantas veces como el triunfo total de Dios sobre el demonio, quien se cebaba en su "victoria" por la muerte de Jesús en la Cruz, pero que quedó en el más grande ridículo, pues esa muerte de Cristo era la debacle total y el final para él. El demonio y el mal, y todo su poder, quedan derrotados completamente y ya no podrá reponerse de esa caída fatal. Ya el demonio ha sido vencido y jamás podrá vencer de nuevo. Podrá tener algunas victorias, pero esas victorias las logrará solo porque los mismos hombres que aún sean conquistados por el mal, le darán el poder. Él ya no tiene poder. Solo tendrá el poder que nosotros mismos pongamos en sus manos. La victoria de Jesús sobre la muerte es absoluta. Y esa victoria es también victoria sobre el mal, sobre el pecado, sobre la injusticia y la humillación del hombre. No hay manera ya de revertir esa situación, por cuanto toda la historia de la humanidad se encaminaba hacia esa meta. La Resurrección de Jesús hace nuevas todas las cosas. Se ha dado en ella la Nueva Creación, superior a la primera, por cuanto es el restablecimiento en gloria de todo lo que estaba caído por el pecado de la humanidad. Jesús mismo había predicho su victoria, que se demostraría después de su entrega a la muerte. El sufrimiento, el dolor, la pasión, hasta la muerte, no eran sino la preparación del terreno en el cual se daría la batalla final contra el mal. La muerte de Jesús, en apariencia una derrota cruenta, se trastoca completamente en el preludio de la caída estrepitosa del reino del mal, y del establecimiento del Reino de Dios con todas sus prerrogativas de verdad, vida, santidad, gracia, justicia, amor y paz. El Príncipe de la Paz vence y establece su reinado entre los hombres. Todo el que viva la Resurrección de Jesús y la acepte como donación amorosa para que sea poseedor de la misma victoria, será, al igual que Cristo, resucitado. La victoria de Jesús sobre la muerte es la victoria de cada hombre del mundo, por el cual se ha entregado el Salvador.

Los personajes que aparecen en el relato de ese primer día de la semana son emblemáticos de lo que debemos ir comprendiendo acerca de los acontecimientos ricos que se suceden al resucitar Jesús. Después de que Jesús ha estado esos tres días oculto en el sepulcro, María Magdalena se acerca a visitar al Señor, y se encuentra con la sorpresa de que el cuerpo ya no se encontraba en el sepulcro. Y sale corriendo presurosa a dar noticia del hecho a los apóstoles. Encontrándose con Pedro y Juan ("el otro discípulo") les dice la terrible la noticia de que se habían llevado el cuerpo del Señor. Éstos van con ella a verificar lo que dice y comprueban la información: "Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que Él había de resucitar de entre los muertos". Para ellos, la ausencia del cuerpo no era otra cosa que el cumplimiento de lo que el mismo Jesús había predicho: "Al tercer día resucitará". No era posible que el autor de la vida fuera vencido por la muerte. La Vida era la triunfadora. Aquel que había honrado a la vida de tantas maneras, favoreciendo al hombre que estaba sumido en el dolor, en la humillación, en el sufrimiento, en la enfermedad, en el mal y en el pecado, necesariamente tenía que honrar su propia vida. El que Jesús recobrara la vida fue lo que dio sentido a todo lo que hizo previamente. De no haber sido así hubiera pasado como un hombre que hizo muchas cosas buenas, pero sin mayor trascendencia. Todo cobra sentido precisamente porque el Señor resucitó. Y por ello su victoria sobre la muerte es también nuestra victoria.

La perplejidad de la Magdalena ante la ausencia del cuerpo de Jesús en el sepulcro, puede ser respondida por cada uno de nosotros: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto". No sabemos dónde lo han puesto. Jesús ya no está caminando físicamente por el mundo, ya no está sufriendo la Pasión horrorosa, ya no está muerto en la Cruz, ya no está oculto en la soledad del sepulcro. Jesús está vivo y sigue vivo para toda la eternidad. El Verbo de Dios encarnado ya no está reducido a una circunstancia de tiempo ni de espacio. Su condición de resucitado le ha dado la condición de sutileza gloriosa que le permite hacerse presente simultáneamente en la vida de cada hombre singular. Por eso, el "no sabemos dónde lo han puesto" tiene una respuesta clara: Está en cada hombre que lo acepta como su Salvador y le abre el corazón a su amor. Está en cada pobre que necesita de la ayuda y de la solidaridad de los hermanos. Está en el que ha recibido un trato injusto y humillante y que ha sido pisoteado por los poderosos. Está en los que sufren las situaciones de dolor por tragedias naturales, por enfermedades, por heridas. Está en cada niño que es abortado y en cada anciano que es asesinado aplicándole la eutanasia. Está en el que es juzgado injustamente y es acusado de culpas que no tiene. Está en el perseguido por la causa de la justicia, por la verdad, por el amor. Pero está también en quien lucha contra el mal en el mundo. En el que se hace solidario con los más necesitados y los desposeídos. En el que defiende con ahínco a los débiles y se pone de parte de la justicia en su favor. En el que crea organizaciones de ayuda humanitaria para ayudar a resolver los graves problemas materiales de la humanidad. La Resurrección de Jesús no puede dejarnos solo en una actitud de éxtasis. Tiene que movernos a llevar la resurrección a todos. "No sabemos dónde lo han puesto", debe ser una llamada para saber dónde lo debemos poner. El resucitado tiene que estar en la vida, en la lucha contra la muerte, en nuestras vidas comprometidas con llevar vida a todos. Debe ser puesto en nuestros corazones para que vivamos como resucitados y para que llevemos la resurrección a todos nuestros hermanos.

sábado, 3 de abril de 2021

La Vida que nos da Jesús es para que vivamos como resucitados

 La historia de la tumba de Jesús: ¿concuerda la evidencia? | CNN

Luego de la muerte de Jesús, su cuerpo fue tomado y colocado en un sepulcro que había proporcionado José de Arimatea, uno de los amigos y seguidores cercanos de Jesús, pues no tenía dónde reposar al entregar su vida. Allí pasará el tiempo que Él mismo había anunciado en el que estaría en los brazos de la muerte, preparándose para el triunfo final. Según lo que el mismo Redentor había dicho, estará rindiendo pleitesía al reino de la muerte por tres días: "El Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; y al tercer día resucitará". Él mismo, por lo tanto, había vaticinado que su estancia en manos de la muerte no duraría más de tres días. Serán tres días de vacío total, en el que el mundo entero contempla la muerte de ese hombre que era Dios y que se había encarnado para rescatar a los hombres de las garras de esa muerte en la que Él estaba sumido. Esos tres días comenzaron el viernes por la tarde, cuando falleció en la Cruz, siguieron el sábado durante todo el día, en el que las caricias de la soledad, de la oscuridad y del frío del sepulcro se cebaron contra ese cuerpo inerte, y terminaron en las primeras horas del domingo, en el que el Padre portentosamente lo hace resurgir de la muerte y lo resucita, con lo cual se cerraba el ciclo completo de la tarea que venía a realizar y se lograba la victoria absoluta sobre el demonio, sobre la muerte, sobre el pecado y sobre el mal que azotaban al hombre. Todo lo cruel y doloroso que fue el sufrimiento asumido, se trueca en gloria total, recuperada por el Hijo de Dios y trasladada a la humanidad, pues el mal había sido vencido y la victoria se trasladaba a la humanidad que el Dios hecho hombre gana para ella. El hombre, sin haber participado para nada en la obtención de esa gran victoria, es el gran beneficiario, pues Jesús vence para él. Habiendo sido Jesús quien muere y resucita, y el hombre quien proporciona todo el sufrimiento al Redentor, es a este último al que se le aplica la victoria. El Hijo de Dios vencedor adjudica la victoria a quienes lo habían cargado de sus culpas y le habían proporcionado todo el dolor. Es el misterio del gesto de amor que realiza el Verbo eterno, enviado al rescate por el amor del Padre Dios.

Contemplamos ya no solo a Aquel que es humillado y vejado al extremo, cuando asume la pasión en nombre de cada hombre de la historia, al que es escupido y burlado, al que es golpeado y azotado, al que es abandonado por todos, al que enfrenta en la soledad más absoluta todo el sufrimiento que le viene encima, sino que contemplamos ahora al que sufre la muerte en la soledad más oscura, en el frío más cruel, en la oscuridad más cerrada, que son las condiciones del sepulcro. Podemos ver así a quien ha rendido el mejor homenaje al Padre para poder satisfacer por la culpa que no era suya, pero que tuvo que asumir haciéndose hombre para poder hacer lo que el hombre por sí mismo no podía hacer. Sólo el hombre que era Dios podía hacer lo que el solo hombre por sí mismo no podía. He ahí el amor hecho acción real. Es el verdadero concepto de Redención: Ofrecerse por quien no tiene la capacidad de hacerlo para restañar las heridas que este mismo ha producido. Jesús es el hombre libre que se hace cautivo y que se entrega como esclavo a la muerte, para liberar a los que verdaderamente eran esclavos. Libera, quedándose hecho esclavo. La muerte de Jesús es el símbolo de la "victoria" del mal, y por contraste, de la victoria de los esclavos. Esa muerte aparece como una derrota total. "Mirarán al crucificado", y lo mirarán como el gran derrotado, pues las esperanzas que había puesto el pueblo en Ese que se perfilaba como el gran Libertador de Israel, estuvo muerto en la Cruz y su cuerpo inerte estaba escondido en el sepulcro. Es muy triste ver los rostros de quienes sintieron el gozo inminente de la liberación, pues ya era mucho el tiempo en el estaban oprimidos y pisoteados por el pie de los poderosos civiles y religiosos. Es fácil imaginarse la frustración que podían sentir, pues habían colocado todas sus esperanzas en ese personaje que ahora estaba encerrado en el sepulcro frío y sombrío. Pero el hilo de esperanza no se rompía del todo, pues Él mismo había dicho que "al tercer día resucitará". Los más audaces se atrevían a esperar lo imposible.

Y efectivamente, aquella esperanza infundida por Jesús cuando anunciaba su entrega a la muerte, pero añadía la noticia grandiosa de una gloria vencedora, se hace realidad gozosa. No podía ser que Aquel que había dicho palabras tan hermosas permitiera que todo eso cayera en el vacío. Era inconcebible que quien había expulsado demonios, curado enfermos, limpiado leprosos, devuelto la vista a los ciegos y el oído a los sordos y la capacidad de caminar a los paralíticos, y hasta resucitado muertos, quedara vencido en la soledad del sepulcro. Algo debía de suceder para trastocar esta suerte tan terrible de la muerte. Si Él se había identificado como el Hijo de Dios, y con ello se hizo igual a Dios, era imposible que sufriera el horror de la desaparición. El hombre Jesús había rendido tributo a la muerte, pero el Verbo eterno del Padre jamás podía morir. Es un absurdo pensar en la muerte de Dios. Dios no muere jamás, pues Él es el que autosustenta toda vida, incluyendo la propia, en el poder y en el amor. Y sucede, entonces, lo lógico. Y eso lógico es lo que esperó la humanidad durante toda su existencia anterior. Ese hombre que se ofreció en rescate de toda la humanidad y que murió en su entrega para el perdón de los pecados de todos, es rescatado de la muerte por Dios y hecho triunfante sobre el horror de la muerte. El sepulcro no es suficiente para contenerlo, pues la fuerza de la vida es mucho mayor que la fuerza que tiene la roca que cierra el sepulcro. Aquellos que habían vivido la frustración por la muerte de Jesús, experimentan ahora el gozo de que todo lo que había sido predicho de Él se había cumplido. Ese Hijo de Dios, que había dicho que al tercer día resucitaría, cumplió su palabra fielmente. Y de nuevo todos experimentaron lo que había vivido el pueblo de Israel en su historia anterior: Dios es un Dos fiel, cumplidor de sus promesas y comprometido con todo lo que ofrece. La resurrección de Jesús es el cumplimiento del rescate total de la humanidad. Tenía que morir, y en la Cruz vencer haciendo morir también con Él el poder del pecado y del demonio mismo, pero tenía que refrendar esa victoria con su resurrección gloriosa. Esa victoria es nuestra victoria. Sin haber aportado nada, la victoria se nos aplica a nosotros. Somos hombres libres, con Jesús hemos vencido al demonio. Ahora nos toca vivir como rescatados, como resucitados, como salvados. Es el regalo que nos ha dado el Padre en Jesucristo y debemos retribuirlo.

viernes, 2 de abril de 2021

La Pasión de Jesús es nuestra vida

 4 razones por las que deberías estudiar más sobre la Crucifixión

La muerte de Jesús era un final previsible. A pesar de que "pasó haciendo el bien", las fuerzas del mal no soportaban que los desbancara. La obra de Jesús destruía cada una de las actitudes y de las acciones que urdía el demonio a través de sus súbditos, sobre todo aquellos que se habían puesto a su servicio para ganar dinero, prestigio, poder, a través del sometimiento de un pueblo que era fiel, humilde, sencillo, pobre. Y sobre todo de un pueblo que tenía puestas las esperanzas de la liberación, por el cumplimiento de la promesa que les había hecho Dios. Ese pueblo sencillo estaba sometido a esas autoridades religiosas que se aprovechaban de la misma esperanza que sustentaba al pueblo en su peregrinar, para amedrentarlo con castigos y escarmientos de un dios vengativo, malencarado, rabioso, que no dejaría pasar ningún resbalón en la fidelidad de ese pueblo. Lo movía más bien el terror al castigo que el deseo de ser auténticamente fieles a Dios y a su amor. Por eso, las autoridades sabían cuáles teclas había que tocar para sostener su dominio sobre todos. La presencia de Jesús en medio de la gente vino a dar al traste con aquello en lo que se sentían tan cómodos. Cristo era el Maestro que enseñaba de manera distinta, con verdadera autoridad, que, sin dejar a un lado la necesidad de la fidelidad y el escarmiento que sucede a su incumplimiento, acentuaba la figura de un Dios que no se estaba fijando en la debilidad del hombre y en su pecado, sino que tenía la mano tendida al que había caído para levantarlo y echarlo a andar de nuevo por el camino que conduce hacia la plenitud. Era Aquel, que sustentaba ese mensaje de amor con obras de amor, favoreciendo a todos, especialmente a los más débiles, a los indefensos, a los menos favorecidos. Y hacía los portentos de los que eran testigos todos, liberando poseídos, perdonando pecados, curando enfermos, resucitando muertos. Era, sin duda, la presencia de Dios en medio de ellos y lo había demostrado con creces, llegando incluso a identificarse con Él. Es por eso que se entusiasmaban cada vez más con Él y se sumaban más y más a ser sus seguidores. La palabra y la obra de Jesús eran cautivadoras, atractivas, un imán del que era imposible despegarse, cuando las verdades que proclamaba y que realizaba eran tan suaves, tan tiernas y tan hermosas, presentando a un Dios que no quiere condenar a nadie, sino que más bien "quiere que todos los hombres se salven". Por eso, ese Dios verdadero ofrece ocasiones innumerables para que el pecador se arrepienta y recupere la vida, avanzando hacia la auténtica libertad. Para los poderosos del mundo eso era intolerable, pues echaba por tierra todo el andamiaje que habían construido a fuerza de infundir terror presentando a un dios vengativo. Había que quitarlo de en medio y hacerlo desaparecer. Había que matarlo. Por eso este final de muerte era de esperarse.

Jesús sabía muy bien que así terminaría su periplo humano en la tierra. Lo vaticinó a sus discípulos: "El Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; y al tercer día resucitará". No era oculta para Él esta meta. Pero sabía muy bien que para resarcir el daño que el hombre se había procurado a sí mismo con el pecado, era necesario ofrecer una satisfacción proporcional al pecado cometido. El hombre, por sí mismo, no podía ofrecerlo. Por más que lo hubiera deseado se le hacía imposible, pues él no tiene el poder para ello. Por eso, desde el mismo principio, Dios determinó que sería su Hijo quien, encarnándose como un hombre más, desde la humanidad que había pecado y que debía ofrecer el resarcimiento debido, cumpliría toda la obra de rescate. Su amor no podía tomar otro camino. La alternativa era la desaparición de la humanidad de la faz de la tierra, y eso, el amor no lo iba a permitir. El amor está siempre por encima de la culpa. Así como el Padre amó al hombre, también el Hijo lo amó hasta entregarse por él. Conociendo los sufrimientos a los que sería sometido, los asumió como parte de su misión: "Aprendió sufriendo a obedecer". En los momentos de su Pasión dolorosa pide al Padre que pase de Él ese cáliz de dolor, pero inmediatamente retoma la conciencia de lo que ha venido a hacer y se sigue poniendo en las manos del Padre para cumplirlo. No habrá fuerza que lo haga desistir de su tarea, surgida del inmenso amor con el que el Padre se la encomienda y del que brota desde su propio corazón por el hombre al que ha venido a salvar. Él se convierte, así, en el siervo sufriente del que habla el profeta Isaías: "Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron ... Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos. Le daré una multitud como parte, y tendrá como despojo una  muchedumbre. Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores, él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores".

La Pasión cruenta y horrorosa que sufre Jesús es la demostración más fehaciente del amor. "Nadie tiene amor más grande que el que entrega la vida por sus amigos". Más aún, el que la entrega a la manera más vil que puede ser imaginada. Humillado al extremo, rechazado por todos, escupido y azotado hasta la saciedad, cargado con la pesadísima Cruz, abandonado por los suyos, con lo cual la sensación de soledad es absoluta. El sufrimiento físico de Jesús es inimaginable. Como lo es también el sufrimiento de su espíritu, no solo al verse abandonado y solo en medio de tantos tormentos, sin nadie que salga en su defensa, por lo cual en el momento quizás más álgido de esa soledad llega incluso a reclamarle a Dios: "Padre, ¿por qué me has abandonado?" Ese sufrimiento espiritual incluía llevar sobre sus hombres, ya no solo el peso de la Cruz de madera, sino el de la Cruz invisible de los pecados de la humanidad de todos los tiempos y de todos los espacios. Los tuyos y los míos, los que hemos cometido, los que cometemos y los que cometeremos en el futuro. Todo eso se sumaba al peso físico de esa Cruz de horror. Pero Él no se echó atrás: "Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultaban los rostros, despreciado y desestimado. Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes". Lo que nos correspondía sufrir a nosotros, lo asumió Él sobre sus espaldas. Son nuestras culpas, los pecados del hombre de ayer, de hoy y de mañana, los que lo clavan en la Cruz. Pero así estaba determinado su fin para la salvación del hombre. La muerte de Jesús es la vida de la humanidad que se alejó de Dios. No había otra manera de satisfacer: "Llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna". El paso de la Pasión no será el final. La muerte de Jesús se trastocará en victoria absoluta con su resurrección. Y será nuestra victoria. Así como asumió nuestra humanidad para entregarse a la muerte y resarcir el daño que habíamos infligido, también desde esa misma naturaleza glorificada por la resurrección, nos regalará su victoria y nos hará también a nosotros gloriosos.

jueves, 25 de febrero de 2021

El amor y el poder de Dios jamás nos dejan solos

 Evangelio del 5 de marzo: "Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad  y se os abrirá" - Evangelio - COPE

Entre las promesas más esperanzadoras que nos hace Dios a sus hijos está la de no dejarnos nunca solos en las tribulaciones. Notemos que el Señor nunca nos promete evitarlas. Y esto, por una sencilla razón, que es la de su respeto reverencial a nuestra libertad, la que nos regaló Él mismo amorosamente cuando nos creó y nos hizo a su imagen y semejanza. La libertad es uno de los misterios más profundos con los que podemos encontrarnos, pues denota por un lado nuestra grandeza al hacernos similares a nuestro Creador, y por otro, el inmenso riesgo de que la usemos mal y sirva por el contrario para alejarnos de Él y ponernos en su contra. Si la usamos correctamente nos convertiremos en los hombres más felices y afortunados, pues estaremos siempre unidos a nuestro origen, disfrutando de todos los beneficios que derrama sobre nosotros, caminando unidos a los hermanos como una verdadera familia hacia la meta de la vida eterna de amor junto a nuestro Padre. Por el contrario, si la usamos mal, llegaremos a ser los hombres menos afortunados, pues perderemos la conexión con la causa de nuestra vida y de nuestra felicidad, dejaremos a un lado las razones para el auténtico gozo, nos dejaremos invadir por el egoísmo y la vanidad, lo que nos hará convertir a los nuestros en enemigos contra los cuales tendremos que luchar para prevalecer sobre ellos. La libertad es, de esta manera, nuestro gran tesoro, pero si lo permitimos, puede llegar a convertirse en nuestro más pesado lastre. Sin duda, el bien finalmente reinará. Pero el periplo para la llegada a esa meta requerirá de cada uno que asuma su compromiso de crecer en su propia libertad, la auténtica, la que hará que seamos más hombres en la presencia de Dios. No obstante, es una realidad que el mal también estará siempre presente, pues no dejarán de existir quienes se pongan a su servicio y pasen a formar parte del ejército del demonio, buscando el mal del hombre con el fin de herir al amor de Dios. Pero en esa diatriba entre el bien y el mal nos encontramos con la promesa de Dios. Él nos ha creado libres para el bien, no para el mal. Por lo tanto, en esa batalla entre el bien y el mal, estará siempre del lado del bien, y será el apoyo, la fortaleza, el alivio y el consuelo para quien lo necesita. Su presencia en el mundo, poniéndose como es natural siempre del lado del bien, es una promesa suya que no dejará de cumplir.

No se trata de una promesa mágica, en la que Dios sería una especie de talismán contra el mal. Las acciones de Dios nos son mágicas. Están basadas en el amor que ha creado, que sostiene, que es providente, que alivia y que consuela. Consciente de la existencia del mal, tiende su mano a quien lo sufre. No lo evita, pues no puede hacerlo, ya que es parte del riesgo que corrió al habernos creado libres. Los que se decidan por el mal buscarán siempre hacer el mal, particularmente a los que se han decidido por el bien. Aunque sea difícil comprenderlo, el sufrimiento es una ocasión para la manifestación del amor de Dios por nosotros y de su poder. Convencidos de esto, nuestra reacción ante el mal nunca debe ser pensar que Dios nos ha abandonado y que es injusto cuando permite que el mal se enseñoree, sino que con humildad debemos acercarnos más confiadamente a Él, pues es la única base sólida que nos queda para seguir viviendo con la esperanza de su amor y de su salvación. El dolor, en este caso, debe ser para nosotros un gran pedagogo, que nos indica el camino para la confianza extrema en el amor de Dios y para la esperanza de que Él nos está sosteniendo en el momento malo: "En aquellos días, la reina Ester, presa de un temor mortal, se refugió en el Señor. Y se postró en tierra con sus doncellas desde la mañana a la tarde, diciendo: '¡Bendito seas, Dios de Abrahán, Dios de Isaac y Dios de Jacob! Ven en mi ayuda, que estoy sola y no tengo otro socorro fuera de ti, Señor, porque me acecha un gran peligro. Yo he escuchado en los libros de mis antepasados, Señor, que tú libras siempre a los que cumplen tu voluntad. Ahora, Señor, Dios mío, ayúdame, que estoy sola y no tengo a nadie fuera de ti. Ahora, ven en mi ayuda, pues estoy huérfana, y pon en mis labios una palabra oportuna delante del león, y hazme grata a sus ojos. Cambia su corazón para que aborrezca al que nos ataca, para su ruina y la de cuantos están de acuerdo con él. Líbranos de la mano de nuestros enemigos, cambia nuestro luto en gozo y nuestros sufrimientos en salvación'". El mal, con todo su poder, nunca podrá vencer al bien. Y los hombres que nos abandonamos en el amor de Dios, aun en medio de nuestro sufrimiento por los embates del mal, tenemos su mano tendida para convertirse en nuestro refugio y en nuestra fortaleza.

El Señor nunca dejará de estar a nuestro lado. Aun cuando en ocasiones tenemos la sensación de estar solos, de que hemos sido abandonados por Dios en nuestro dolor, de que debemos enfrentarnos con nuestras solas fuerzas al mal, esa no es la realidad. El mal tendrá sus victorias, pero la victoria final será la del bien, es decir, la de Dios. No puede ser derrotado quien es el Todopoderoso, de quien depende la existencia de todo. Nuestro sufrimiento, en todo caso, puede tener su explicación en la necesidad de purificar nuestros pecados, de ofrecer nuestros dolores por quien está sufriendo, o por aquellos que necesitan más de la fuerza de la Gracia divina para luchar. Los fuertes se ofrecen por los débiles. Incluso al mal le podemos sacar provecho y dar el giro positivo. ¡Cuántos no se han salvado gracias al ofrecimiento de un anónimo de sus dolores y sufrimientos! El primero que lo hizo fue el mismo Jesús. Es nuestro modelo. Por eso, para que nos asentemos mejor en la convicción de que no estamos solos, el mismo Jesús nos invita a vivir en la confianza en Dios y en la esperanza de su acción a nuestro favor: "Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá; porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre. Si a alguno de ustedes le pide su hijo pan, ¿le dará una piedra?; y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente? Pues si ustedes, aun siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden! Así, pues, todo lo que deseen que los demás hagan con ustedes, háganlo ustedes con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas". Dios es el origen de todo. El bien viene de Él y está en el mundo. Estamos llamados a servirle y a confiar en la presencia y en el auxilio divino en medio de cualquiera de las circunstancias que podemos vivir, pues Él mismo ha prometido estar allí para nosotros.

domingo, 7 de febrero de 2021

Todo lo que vivimos apunta a la victoria final del amor

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En el camino de la fe que queremos avanzar llega un punto en el que debemos enfrentarnos a una realidad que no podemos ignorar. Nuestra existencia se da por el inmenso amor que Dios nos tiene, pues no existe ninguna otra explicación lógica que haga comprender por qué existimos. Todo lo que existe fuera de Dios ha surgido por una explosión de amor que se dio en Dios, que Él no pudo "contener". El universo "se le salió" a Dios. Ese corazón amoroso, que era autosuficiente en sí mismo y que por lo tanto no necesitaba de nada más para ser plenamente feliz y vivir con la plena satisfacción de su propia existencia, en un momento quiso experimentar el amor hacia fuera. La nada absoluta dejó de serlo y empezó a existir todo lo que no es Dios. "Exista", "pulule la tierra", "bullan las aguas...", fueron las expresiones que utilizaba ese Dios Creador todopoderoso para traer a la existencia lo que no existía. En ese plan diseñado se dio como paso final el "hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza". Ésta era la razón última de todo el plan. El hombre le daba sentido a todo lo demás. El amor a él explicaba el amor a todo lo demás. Sin el hombre, no tiene sentido nada más de lo que existe, ni el amor que se le pueda tener a las demás criaturas. Esta historia de idilio de Dios con el hombre, iniciada por el mismo Dios, cuando se echa la vista atrás de todo lo que se ha vivido en la historia de la humanidad, trastabilla cuando en ella nos encontramos situaciones en las que aparentemente queda negado ese amor que debería hacer vivir al hombre en la sola plenitud de la felicidad. Muchos hombres y mujeres se cuestionan sobre ese amor infinito cuando lo enfrentan a los dolores y los sufrimientos de la humanidad en esa misma historia que es supuestamente de amor, y que incluso viven ellos mismos en sus propias vidas. Podríamos afirmar que incluso personajes cercanísimos a Dios la viven en el máximo de los dolores: "Job habló diciendo: '¿No es acaso milicia la vida del hombre sobre la tierra, y sus días como los de un jornalero?; como el esclavo, suspira por la sombra; como el jornalero, aguarda su salario. Mi herencia han sido meses baldíos, me han asignado noches de fatiga. Al acostarme pienso: '¿Cuándo me levantaré?' Se me hace eterna la noche y me harto de dar vueltas hasta el alba. Corren mis días más que la lanzadera, se van consumiendo faltos de esperanza. Recuerda que mi vida es un soplo, que mis ojos no verán más la dicha". Como para muchos, la vida para Job se ha convertido en una carga y no vale la pena seguir adelante.

El misterio del mal ha surgido a la par de lo creado. La libertad del hombre asegura que éste pueda tomar las decisiones equivocadas, aun pensando que puede estar tomando la correcta. El mal engaña, obnubila, conquista, arrastra. Y aun cuando Dios no quiere de ninguna manera el mal para el hombre, y teniendo el poder de obstaculizar ese mal que el mismo hombre puede procurarse y procurar a los demás, el mismo amor infinito con el que creó al hombre libre, le ata las manos. No puede ir Dios en contra de lo que Él mismo ha establecido. El hombre debe valorar el bien por convicción, no porque esté impedido de hacer el mal. El peso está en la misma libertad. El amor es libre. Y decidirse por Dios, por el bien, por la fraternidad debe ser también una decisión libre. Es lo que hace verdaderamente valiosa la decisión. Dios no quiere esclavos que no tengan conciencia del por qué lo siguen. Dios quiere hombres y mujeres que se unan a Él con la plena convicción de que esa es la verdad, de que ese es el camino, de que es eso lo que los llevará a la plenitud que vivirán eternamente en la felicidad del amor eterno de Dios. Así lo entendió San Pablo y por eso fue el gran apóstol de aquella Iglesia que nacía: "Hermanos: El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo. No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio! Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi paga. Pero, si lo hago a pesar mío, es que me han encargado este oficio. Entonces, ¿cuál es la paga? Precisamente dar a conocer el Evangelio, anunciándolo de balde, sin usar el derecho que me da la predicación del Evangelio. Porque, siendo libre como soy, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más posibles. Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles; me he hecho todo para todos, para ganar, sea como sea, a algunos. Y todo lo hago por causa del Evangelio, para participar yo también de sus bienes". La paga final justifica cualquier avatar que haya que vivir. Fue lo que entendió y vivió San Pablo.

El mismo Jesús entendió que la tarea que le encomendaba el Padre era esta: hacer llegar a todos los más posibles esa expresión del amor de Dios que se pone del lado del hombre que vive, que se acerca a Él. El sufrimiento, la enfermedad, el dolor, son las realidades por las que el mal quiere dominar al mundo. Y lo logra asociando a los que se dejan engañar, pretendiendo obtener unas prebendas de superioridad que jamás podrán obtener lejos de Dios. Menos aún cuando el mal ha quedado tan brutalmente vencido con la muerte y la resurrección del Redentor. La obra de Jesús es claramente la obra de la nueva época que se inaugura con su presencia. No es una obra simplemente de curación, de liberación, de perdón. Es una obra de establecimiento de un orden nuevo. El del amor que vence, el de la libertad verdadera, el del avance hacia la plenitud prometida. Todo lo doloroso que puede existir en la vida del hombre cobra sentido cuando se ve en la perspectiva del fin. Una eternidad de felicidad hace que se tengan fuerzas para poder enfrentar y vencer al mal que se presenta aquí y ahora. De esa manera se tiene la convicción más firme de que Jesús se pone del lado del que sufre, del que la pasa mal, del oprimido y del humillado. Y llena el espíritu de la convicción de que quien lo asume así, es el verdadero triunfador. Ese triunfo lo tendrá para toda la eternidad: "Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron en su busca y, al encontrarlo, le dijeron: 'Todo el mundo te busca'. Él les responde: 'Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido'. Así recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios". Es Jesús el vencedor. Y somos todos nosotros, unidos a Él, los vencedores.