Mostrando las entradas con la etiqueta resurrección. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta resurrección. Mostrar todas las entradas

sábado, 26 de junio de 2021

Llamados a una eternidad final de felicidad y plenitud

 Talitha kum"

"Talita Kumi", "Niña, a ti te lo digo, levántate y anda". Es la invitación acuciante de Jesús a la niña muerta. Y es la misma invitación que nos hace a todos. Ninguno de nosotros deja de escucharla, pues los seguidores de Cristo estamos llamados a la verticalidad, no a la postración destructiva de nuestro ser. La verdad más relevante que surge luminosa en esta liturgia es la de una situación final a la que todos estamos llamados: No somos seres para la muerte, sino que hemos sido creados para la vida eterna. Nuestro final no es de postración sino de elevación. No puede ser de otra manera, pues de las manos de Dios nunca podrá surgir la frustración de la vida de sus hijos, en la desaparición oscura, sino que de ellas brota solo vida en abundancia, llena de amor y de eternidad. El fin de los hombres es el fin de la gloria. Es el mismo recorrido que ha realizado Jesús. Y ese mismo recorrido es el que está marcado para cada uno de nosotros. En nada seguiremos un itinerario distinto. Él nos abre el camino, y es el mismo que, paso a paso, seguiremos cada uno. La claridad con la que lo expresa el autor del libro de la Sabiduría es meridiana. Somos los seres de la luz y de la vida. La convicción es tal, que pugna por hacerlo entender a todos. No hay verdad más iluminadora que esta. Porque Dios nos ha creado para sí, nuestra solidez se basa en que nunca desapareceremos, pues estamos llenos de la genética espiritual de eternidad. Somos les seres de la resurrección, y eso jamás podrá cambiar, pues el signo será siempre el de la trascendencia. Solo quien se sustraiga a sí mismo de una luminosidad tan clara, despreciando la llamada a ese levantamiento del espíritu, y se quede en el absurdo de la horizontalidad mortal, sirviéndose a sí mismo, quedándose tontamente en el servicio egoísta y narcisista, verá frustrada la invitación hecha por el Señor, y caminará directamente a su destrucción, prefiriendo la total inmanencia y despreciando la llamada a ser más, a llegar a la plenitud: "Dios no hizo la muerte ni se complace destruyendo a los vivos. Él todo lo creó para que subsistiera y las criaturas del mundo son saludables: no hay en ellas veneno de muerte, ni el abismo reina en la tierra. Porque la justicia es inmortal. Dios creó al hombre incorruptible y lo hizo a imagen de su propio ser; mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los de su bando". El camino es claro y luminoso. No puede haber extravíos. No hay posibilidades para ello.

En este sentido, la marca es la de la caridad mutua. La Iglesia, instrumento de salvación, insiste una y otra vez en que nuestra vida de fe nada tiene que ver con la individualidad. Más aún, si existen dificultades entre los hermanos más necesitados, a lo cual podemos percibir que muchos insisten en hacerse la vista gorda, sin duda influidos por un mundo que mira con muchísima más atención los intereses mal sanos a los que lo lanza a un entendimiento incorrecto del progreso humano, que pone el acento en un autoservicio quizá individualmente satisfactorio, pero que no tiene en cuenta el amor y la solidaridad, pues se basa en un egoísmo exacerbado, que es lo más destructivo contra la misma humanidad. Esos mismos terminarán siendo víctimas de su propio desatino. No hemos sido creados para el individualismo y todo lo que lo favorezca será siempre destructivo. Más aún, autodestructivo: "Hermanos: Lo mismo que sobresalen en todo - en fe, en la palabra, en conocimiento, en empeño y en el amor que les hemos comunicado -, sobresalgan también en esta obra de caridad. Pues conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por ustedes para enriquecerlos con su pobreza. Pues no se trata de aliviar a otros, pasando ustedes estrecheces; se trata de igualar. En este momento, su abundancia remedia su carencia, para que la abundancia de ellos remedie la carencia de ustedes; así habrá igualdad. Como está escrito: 'Al que recogía mucho no le sobraba; y al que recogía poco no le faltaba'". Es la solidaridad en la que todos somos iguales, y en la que todos los hermanos ponen el hombro, de modo que podamos vivir en un mundo más justo y más humano. ¡Cuántas injusticias, cuánta miseria, cuántas soluciones a los problemas del mundo, desaparecerían si nos esforzáramos por entender y por vivir esta realidad tan sencilla!

Son los gestos que nos pide Jesús que demos ante un mundo que está perdiendo el valor de la solidaridad y del amor. Es en la confianza serena y segura donde está nuestra solidez. No somos débiles al abandonarnos en ese amor y en esa confianza. Al contrario, nos transformamos en los hombres más poderosos, pues se coloca a nuestro lado todo el poder del amor de Jesús por los hombres, lo cual ha sido ya demostrado en toda su magnificencia, con su muerte aparentemente débil en la cruz, pero convertida en la fuerza más poderosa, pues en ese gesto de entrega y de muerte traía consigo la muerte de la misma muerte, lo cual refrendó gloriosamente con su resurrección. Ese poder, Jesús está dispuesto a demostrarlo cada vez que sea necesario: "En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al mar. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: 'Mi niña está en las últimas; ven, impón las manos sobre ella, para que se cure y viva'. Se fue con Él y lo seguía mucha gente. Llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: 'Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?' Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: 'No temas; basta que tengas fe'. No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encuentra el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos y después de entrar les dijo: '¿Qué estrépito y qué lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida'. Se reían de Él. Pero Él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: 'Talitha qumi' (que significa: 'Contigo hablo, niña, levántate'). La niña se levantó inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y quedaron fuera de sí llenos de estupor. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña'". Delicadeza extrema del amor de Jesús. Los detalles nos hablan de que no quiere ser un simple mago que cura, sino alguien que toma a la persona para sí y se ocupa de todos los detalles. Hasta del gesto de pedir que le dieran de comer para que tuviera las fuerzas necesarias. Es un Dios detallista que nos ama al extremo, y que cada detalle de nuestra vida lo tiene presente. Por eso, tiene sentido que nos invite a lo trascendente. Que nos elevemos. Que miremos hacia arriba siempre, sin quedarnos solo en lo horizontal. Nuestra vida está llamada a la trascendencia y no podemos estorbar ese camino. Nuestra existencia debe vivir, sí, pisando firmemente en la realidad que nos circunda, pero siempre suspirando por esa eternidad a la que somos todos convocados.

miércoles, 2 de junio de 2021

Hemos sido creados para estar vivos eternamente en el amor y la felicidad

 No es Dios de muertos, sino de vivos» – Reporte Católico Laico

La vida del hombre sobre la tierra es un verdadero misterio. Los avatares por los que pasa nos confirman cada vez más que nuestras realidades son cambiantes, y que incluso en ocasiones, son inexplicables. Tan pronto estamos en excelentes condiciones humanas y materiales, y súbitamente se transforman en tragedias dolorosas a las que no les encontramos sentido y nos dejan totalmente perplejos. Es cierto que muchas veces esos momentos duros los atraemos nosotros mismos con nuestra mala conducta, al alejarnos de la voluntad divina y de su amor, pretendiendo ser totalmente autónomos, dándonos a nosotros mismos las categorías de conducta, en el pensamiento errado de que lo que nos proponemos nosotros sea mejor de lo que nos propone nuestro Creador, que no puede ser jamás superado en la procura de nuestro bien, en su voluntad de amor hacia nosotros. El servirnos a nosotros mismos o a nuestros ídolos, nos nubla el entendimiento, nos llena de soberbia y de egoísmo, nos hace vanidosos y nos encierra en una perspectiva única que cierra toda posibilidad a abrirse a otras superiores como son las divinas, que jamás podrán ser superadas para procurarnos el bien que Dios desea para nosotros. Pero en otras ocasiones el dolor y la tragedia se presentan fortuitamente, gratuitamente, sin explicación posible de una causa razonable. Muchos hombres fieles sufren penurias en la persecución, en la burla, en el dolor, en el desasosiego, en la desesperanza. Y eso trae como consecuencia que la perspectiva se haga oscura, haga daño, pues no se ve en el horizonte una prenda en la que se pueda agarrar para sostenerse en la debilidad. En la primera categoría, cuando el hombre cae en la cuenta de su error, probablemente para la víctima sea ya tardía la reacción, aunque Dios abrirá siempre la puerta para el sosiego, pues Él jamás abandona a los suyos porque los ama infinitamente y quiere su salvación y su paz. Pero en la segunda categoría, el fiel que mira hacia lo alto y sabe que su Dios jamás lo abandonará, se funda sólidamente en esa confianza, y en medio de la penumbra de esa noche oscura, es capaz de descubrir la esperanza y la ilusión en el Dios del amor que sabe que no lo dejará sin recompensa, ahora o en la vida futura. La fidelidad nunca deja de ser compensada, al menos en la confianza de que se sigue estando en las manos del Señor. Para quien ha perdido toda perspectiva, lo más natural es acercarse al único que ofrece esa posibilidad. Alejarse de ella es quedarse con las manos y con el corazón totalmente vacíos.

En nuestra historia de salvación, las historias en esta línea son innumerables. Nos encontramos con personajes fieles, maltratados por sus experiencias, al igual que con otros que deciden alejarse de Dios y servir al mal. Nos sorprendemos cuando descubrimos que a los malos les va bien y a los buenos les va mal. Es parte de ese misterio que es nuestra propia vida. Lo cierto es que esto no es siempre ni totalmente verdad. Quisiéramos que todo fuera de maravilla pero no es así. Es un misterio que no colide con el misterio divino, inexplicable en sí mismo, por el cual nuestra vida, la de sus criaturas, no puede jamás alejarse de esa condición misteriosa esencial, pues ha surgido de quien es en sí mismo el misterio mayor. Ante esto debe estar presente en nuestra conciencia la claridad de nuestro origen, y la razón última de nuestra existencia. Hemos surgido del amor de Dios y Él nos sostiene en la vida para que lleguemos a la felicidad plena cuya meta es el mismo amor. Si no fuera así, no tiene ningún sentido nuestra existencia y nuestra esperanza. Es la perspectiva de los que se mantienen fieles a Dios por encima de todas las circunstancias, positivas o negativas, que puedan vivir. Fue la experiencia de Tobías, personaje emblemático del Antiguo Testamento, y de Sara, su mujer asediada por el demonio Asmoneo, pero que en su deseo de ser fieles a Dios, a pesar de las tentaciones de abandono, decidieron mantenerse firmes en su confesión de fe y de confianza en Dios: "(Dijo Tobías) Eres justo, Señor, y justas son tus obras son justas; siempre actúas con misericordia y fidelidad, Tú eres juez del universo. Acuérdate, Señor, de mí y mírame; no me castigues por los pecados y errores que yo y mis padres hemos cometido. Hemos pecado en tu presencia, hemos transgredido tus mandatos y Tú nos has entregado al saqueo, al cautiverio y a la muerte, hasta convertirnos en burla y chismorreo, en irrisión para todas las naciones entre las que nos has dispersado. Reconozco la justicia de tus juicios cuando me castigas por mis pecados y los de mis padres, porque no hemos obedecido tus mandatos, no hemos sido fieles en tu presencia. Haz conmigo lo que quieras, manda que me arrebaten la vida, que desaparezca de la faz de la tierra y a la tierra vuelva de nuevo. Más me vale morir que vivir porque se mofan de mí sin motivo y me invade profunda tristeza. Manda que me libre, Señor, de tanta aflicción, déjame partir a la morada eterna. Señor, no me retires tu rostro. Mejor es morir que vivir en tal miseria y escuchar tantos ultrajes (...) (Dijo Sara) Entonces Sara, llena de tristeza, subió llorando al piso superior de la casa con el propósito de ahorcarse. Pero, pensándolo mejor, se dijo: 'Solo serviría para que recriminen a mi padre. Le dirían que su hija única se ahorcó al sentirse desgraciada. No quiero que mi anciano padre baje a la tumba abrumado de dolor. En vez de ahorcarme, pediré la muerte al Señor para no tener que oír más reproches en mi vida'". Ambos se abandonaron en las manos del Señor y de su misericordia.

En cualquier caso, el Señor quiere que el hombre viva y sea reflejo de su gloria. Quiere que en medio de todas sus realidades, su vida sea una experiencia del amor que bendice, que sustenta, que fortalece, que llena de confianza y de esperanza aquí y ahora, y para toda la eternidad. Debido a esa finalidad que el Creador ha establecido como meta segura para la humanidad, la vida del hombre, en medio de todas las dificultades, de todos los sufrimientos, e incluso de todo el bienestar que venga como bendición, debe hacerlo siempre consciente de que ni el mal ni la muerte son el fin. El fin es la vida en gloria, que es nuestra meta segura. Tal como lo aclaró Jesús a los saduceos, negadores de la resurrección, algo que para los judíos en general, era una perspectiva segura. Los hombres hemos sido creados para la vida, no para la muerte eterna. Dios quiere que el hombre viva. Y que viva eternamente en su amor y en la felicidad que nunca se acaba: "Maestro, Moisés nos dejó escrito: 'Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero no hijos, que se case con la viuda y dé descendencia a su hermano'. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos; el segundo se casó con la viuda y murió también sin hijos; lo mismo el tercero; y ninguno de los siete dejó hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección y resuciten ¿de cuál de ellos será mujer? Porque los siete han estado casados con ella'. Jesús les respondió: '¿No están equivocados, por no entender la Escritura ni el poder de Dios? Pues cuando resuciten, ni los hombres se casarán ni las mujeres serán dadas en matrimonio, serán como ángeles del cielo. Y a propósito de que los muertos resucitan, ¿no han leído en el libro de Moisés, en el episodio de la zarza, lo que le dijo Dios: 'Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob'? No es Dios de muertos, sino de vivos. Están muy equivocados'". La perspectiva de la vida eterna es muy distinta de la que podemos tener si la enfocamos en nuestra experiencia vital. Es una realidad infinitamente distinta a la actual, pues está inscrita en ese misterio grandioso que es Dios en sí mismo. Como hemos sido creados para la vida, será una vida superior que no alcanzamos a imaginarnos, dada nuestra finitud. Pero de lo que sí estamos seguros es de que será vida en plenitud, donde viviremos en el amor inmutable y en la felicidad estable que no desaparecerán jamás.

lunes, 12 de abril de 2021

Nacer de nuevo para ser auténticos discípulos del Resucitado

 Una noche en Jerusalén ~ Tercer Angel

La experiencia que van teniendo los apóstoles al anunciar a Jesús, al hablar de su amor por los hombres que ha venido a rescatar, aun a riesgo del sufrimiento y de la muerte, y al anunciar el acontecimiento glorioso de la Resurrección, los va convenciendo de que su tarea no es la común de un pregonero que va informando sobre una noticia, sino que los involucra en toda su vida y pone sobre sus espaldas la responsabilidad de dar testimonio de aquello mismo que van anunciando. Proclamar la Buena Nueva de la Resurrección que ha hecho que todas las cosas fueran re-creadas en Él, significaba que eso debía ser transparentado en la propia vida de quien lo predica, es decir, significaba que ellos mismos tenían que ser reflejo y testimonio de esa novedad. Tenían que dar a entender a todos los que lo oían que aquello de lo que estaban hablando se había hecho ya realidad en la vida de ellos mismos, los que lo estaban proclamando. Aun cuando la realidad externa gritaba que nada había cambiado, debían demostrar con su palabra y con su vida que sí había habido una transformación profunda, pues ellos no eran los mismos hombres que lo que eran antes de resucitar con Jesús y de haber sido hechos hombres nuevos con la nueva vida que Él les había donado. La Resurrección no tenía que ver con mejoras materiales, con desaparición de problemas o dificultades, con una vida más holgada o distendida. Al contrario, tenía que ver con una exigencia mayor de inmiscuirse en el mundo para afrontar todas esas dificultades con la fuerza del Resucitado que estaba dentro de ellos, pues de Él habían recibido esa nueva vida. La cuestión no tenía que ver solo con la experiencia íntima del gozo de la Resurrección, que también la vivían profundamente, sino que apuntaba, para ser completa, a procurar que ese gozo fuera vivido por todos los hombres por los cuales Jesús se había entregado a la muerte y había triunfado con su resurrección.

Es por ello que los apóstoles, convencidos ya de esa Verdad absoluta e irrefutable, asumen con la actitud de hombres resucitados su tarea frente al mundo. No dudan en ningún momento de esa fuerza, que no es que les vaya a ahorrar contrariedades, sino que les asegura que en medio de ellas seguirá presente Jesús, con el añadido de la fuerza divina del Espíritu Santo, alma de la Iglesia, que había sido prometido como compañero de camino y sustentador de todo esfuerzo de predicación de los nuevos hombres de Cristo: "En aquellos días, Pedro y Juan, puestos en libertad, volvieron a los suyos y les contaron lo que les habían dicho los sumos sacerdotes y los ancianos. Al oírlo, todos invocaron a una a Dios en voz alta, diciendo: 'Señor, Tú que hiciste el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos; Tú que por el Espíritu Santo dijiste, por boca de nuestro padre David, tu siervo: “¿Por qué se amotinan las naciones y los pueblos planean proyectos vanos? Se presentaron los reyes de la tierra, los príncipes conspiraron contra el Señor y contra su Mesías”. Pues en verdad se aliaron en esta ciudad Herodes y Poncio Pilato con los gentiles y el pueblo de Israel contra tu santo siervo Jesús, a quien Tú ungiste, para realizar cuanto tu mano y tu voluntad habían determinado que debía suceder. Ahora, Señor, fíjate en sus amenazas y concede a tus siervos predicar tu palabra con toda valentía; extiende tu mano para que realicen curaciones, signos y prodigios por el nombre de tu santo siervo Jesús'. Al terminar la oración, tembló el lugar donde estaban reunidos; los llenó a todos el Espíritu Santo, y predicaban con valentía la palabra de Dios". Esta certeza estaba en la base de la obra que llevaron adelante los apóstoles. No había fuerza que los separara de su compromiso. No les habían sido ahorrados ni dolores, ni persecuciones, ni enfrentamientos. Pero tenían la certeza de que en medio de todas esas vicisitudes, seguían viviendo la compañía de Jesús resucitado y la fuerza de su Espíritu.

Para ellos la Resurrección de Cristo representó la verdadera novedad de vida que los hizo, sin dejar de ser ellos mismos y de vivir la misma realidad cotidiana de siempre, ser hombres nuevos, con una novedad radical que los hizo ser más ellos, pues ser de Dios los hacía ser más de ellos, ya que entendieron que la plenitud no estaba en la auto afirmación absurda y soberbia, sino en ponerse en manos de su creador y propietario, el Dios del amor. No se es más siendo autónomo o emancipado, sino siendo de quien es el origen de la propia vida, pues es la seguridad de que se avanzará hacia la plenitud a la cual se está destinado por el Creador. Un atisbo de esto tuvo Nicodemo en el encuentro furtivo que tuvo con Jesús, a quien se acercó movido por el interés de acercarse a esa Verdad que proclamaba Jesús: "'Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que Tú haces si Dios no está con él'. Jesús le contestó: 'En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios'. Nicodemo le pregunta: '¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer?'" La certeza de esta novedad de vida que transmite es la que quiere Jesús que adquiera Nicodemo. Es necesaria esa novedad para quien quiere ser un auténtico discípulo, quien vive radicalmente esa transformación interior y sale al mundo con la intención de que esa trasformación sea patrimonio de todos los hombres: "En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: “Tienen que nacer de nuevo”; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabemos de dónde viene ni adónde va. Así es todo lo que ha nacido del Espíritu". La experiencia de la propia resurrección es fundamental para vivir la vida nueva. Y luego de experimentarla, para ir al mundo como multiplicador para que todos los hombres sean renovados en el amor del Resucitado y den también su vida por Él y por los hermanos.

sábado, 10 de abril de 2021

Dejemos nuestra dureza de corazón y entreguémonos al Resucitado

 El Evangelio del 18 de abril: "Id al mundo entero y proclamad el Evangelio  a toda la creación" - Evangelio - COPE

Una de las características más nefastas y perjudiciales de los hombres es la de la suspicacia, la de la desconfianza, la de la dureza de corazón, ante cosas a veces muy evidentes. No podemos negar que en algunas ocasiones puede ser comprensible esta reacción, pues ciertamente la humanidad ha vivido grandes frustraciones a lo largo de su historia, propugnadas sobre todo por quienes sirven al mal. Algunos bajo piel de cordero hacen ofrecimientos y promesas engañosas que luego no cumplen, y llenan de frustración y de desconfianza a quienes han creído en ellos. Y luego, su desconfianza se generaliza y meten en un mismo saco a todos los que prometen. Se llega incluso a ser suspicaces con los propios, y prefieren buscar por cuenta propia las evidencias que confirmen lo que es verdad. Esto se agudiza aún más cuando lo que se informa es algo extraordinario, inusual, inusitado. Fue lo que les sucedió a los apóstoles, y en general, a los discípulos de Jesús, cuando se daban las primeras noticias de su resurrección. A pesar de que estaba anunciado por los profetas desde antiguo, no terminaban de creerse el maravilloso acontecimiento. Es cierto que en ellos no era una cuestión de incredulidad propiamente, sino más bien de sorpresa y perplejidad. La noticia de la Resurrección de Jesús era tan gozosa, que la alegría y la sorpresa no los dejaban dar rienda suelta a su alegría, hasta que no la vivieran en carne propia. La Verdad de la Resurrección era irrefutable, pues Jesús ya estaba echando las bases para la certeza de que todo lo prometido se estaba cumpliendo. Las mujeres, primeras testigos de este acontecimiento maravilloso, convencidas por tanto de que era verdad, desde su convicción, se fueron donde estaban los apóstoles y su insistencia los convenció del portento, cuando ellos finalmente experimentaron en carne propia de lo que había sucedido. La suspicacia, sin embargo, seguía haciendo de las suyas. Y aún hoy sigue perjudicando a los hombres, sembrando dudas de fe en las que se llega incluso a concluir en la no necesidad de Dios y el absurdo de estos acontecimientos de fe.

Aún así, al vivir en primera persona la verdad de la Resurrección, dejada definitivamente la desconfianza y la incredulidad a un lado, la certeza del hecho que llega a ser el fundamento sólido de cualquier expresión de fe cristiana, los hace lanzarse al mundo ya no solo con la convicción de la verdad, sino con el fundamento sólido de lo que han vivido y con el gozo con el que eran lanzados al mundo para hacer partícipes a todos de la alegría de la fe en Jesús resucitado, que se convertía así en la razón de su existencia y en la verdad que transformaba la realidad de todas las cosas, incluso del interior de cada hombre. Ya no había autoridad que podía impedir la vivencia de ese gozo y de esa esperanza, ni el compromiso que entendían ellos que tenían de dar a conocer al mundo entero la mejor noticia que podían recibir, que era la renovación de todas las cosas por la obra de rescate de Jesús, en la que hizo morir el mal y vencer al bien rotundamente. Todos los hombres eran beneficiarios de esa novedad de vida, y tenían derecho a conocer la verdad más importante y compensadora que podían vivir. Los primeros pasos de los apóstoles tuvieron que ser dados en medio de esta incredulidad de muchos y de la reticencia de los malos de dar su brazo a torcer, a pesar de que las evidencias que se presentaban a su vista eran definitivamente irrefutables, y no podían hacerle frente para desmentirlas. Prefieren buscar ignorar, hacerse la vista gorda, no aceptar algo que aun cuando era verdad absoluta, ponía en peligro todos sus privilegios: "'¿Qué haremos con estos hombres? Es evidente que todo Jerusalén conoce el milagro realizado por ellos, no podemos negarlo; pero, para evitar que se siga divulgando, les prohibiremos con amenazas que vuelvan a hablar a nadie de ese nombre'. Y habiéndolos llamado, les prohibieron severamente predicar y enseñar en el nombre de Jesús. Pero Pedro y Juan les replicaron diciendo: '¿Es justo ante Dios que los obedezcamos a ustedes más que a Él? Júzguenlo ustedes. Por nuestra parte no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído'. Pero ellos, repitiendo la prohibición, los soltaron, sin encontrar la manera de castigarlos a causa del pueblo, porque todos daban gloria a Dios por lo sucedido". Los apóstoles sabían bien que no podían traicionar a Dios de nuevo, ni a su Verdad. No podían hacer caso a una autoridad que está muy por debajo de Dios. Es lo que debemos asumir todos: nunca aceptar nada que nos ponga en contra de Dios, que no sirva para estar cerca de Él. Es decir, ser fieles a la Verdad, lo cual muchas veces implicará renunciar a nuestra comodidad y asumir el riesgo de ser servidores del amor, en ocasiones, tocará ponerse incluso en contra de la ley, cuando ésta es injusta e ir en contra de los antivalores que promueve un mundo que está lejos de Dios y que, por supuesto, no ha vivido su resurrección. Todo esto es muy exigente. Pero es el camino correcto, y el único que nos lleva hacia la plenitud prometida.

En esas primeras apariciones de Jesús resucitado y victorioso, la alegría de los apóstoles era evidente. La promesa de liberación había sido cumplida. La novedad radical con la que todo lo existente se adornaba brillaba con luz propia. En lo externo el cambio era imperceptible, pero en el interior de cada uno se vivía una perspectiva absolutamente nueva. Ya no servían a señores extraños. Ni siquiera se servían a sí mismos. Ahora eran servidores del Dios del amor y de su Resucitado, y por ellos, se habían convertido en servidores de los hermanos, a los cuales entendieron que debían llevar la Verdad de la Resurrección de Cristo para que su alegría llegara también a ser plena. Tenían que dejar a un lado la suspicacia, la desconfianza, los temores. Debían escuchar la voz de Jesús que les recriminaba su dureza de corazón: "Les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado. Y les dijo: 'Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio a toda la creación'". La experiencia de la Resurrección de Jesús, debía llegar a ser la experiencia de la propia resurrección. Y debía ir a más: debía ser la experiencia de la resurrección de los hermanos. Había que hacer del mundo un lugar de resucitados, es decir, de hombres y mujeres, renovados en el amor y en la fraternidad, en los que Dios ocupara el primer lugar en todo, para el cual se viviera en fidelidad a su voluntad, al gozo de su resurrección, a los valores nuevos de ese Reino que estaba estableciendo Jesús con su obra, con la sociedad de aquellos que habían entendido su papel importante. Esos somos nosotros, los que debemos dejar a un lado las desconfianzas, las suspicacias, los temores, convirtiéndonos en socios de la Resurrección de Cristo para hacer resucitar al mundo y a nuestros hermanos.

jueves, 8 de abril de 2021

La Resurrección nos ha hecho Hombres Nuevos y debemos dar testimonio de ella

 El Señor resucitado se aparece a los Apóstoles - YouTube

Los relatos y discursos de los apóstoles, particularmente los de Pedro, después que han experimentado la Resurrección de Jesús, son un verdadero compendio de fe, de convicción en la certeza de lo que ha sucedido y de gozo por la verificación del cumplimiento de liberación y de salvación que había prometido Dios desde el principio. La Resurrección de Aquel que se entregó a la muerte por amor de sus hermanos es la confirmación total del poder de Dios, que con su gesta portentosa a través de su Hijo, cumple su palabra empeñada y da un cariz totalmente nuevo a la historia de la humanidad. Todo lo que existe ahora es nuevo. El mismo hombre ha sido hecho de nuevo, y tiene una nueva condición de vida completamente distinta a la anterior. Antes, el dominio era el del pecado que había manchado casi indeleblemente su ser. Ahora, el dominio es el de la gracia, el del amor, el del perdón de Dios, el de la fraternidad, con tal de que cada uno se deje resucitar con Jesús. Por ello, se da la confirmación de esa transformación en el mismo cambio que experimenta la vida de los apóstoles, como el cambio radical de Pedro. Habiendo jurado que daría la vida por Jesús antes de la pasión que éste sufre, huye despavorido cuando llega el momento del dolor y de la muerte. Pero la virtud de la Resurrección de Cristo lo hace resucitar también a él a esa vida nueva, en la que se convierte en su gran anunciador y valiente adalid de la noticia más grandiosa de la historia de la humanidad. Echa en cara la responsabilidad que tienen todos en la muerte de Jesús, pero lanza el anzuelo de la esperanza y de la misericordia, haciendo ver que ni siquiera el ser culpables de la muerte de Cristo los excluye del amor y de la misericordia, si se convierten y aceptan vivir como resucitados.

El primer encuentro con los israelitas después de Pentecostés es la oportunidad que tiene Pedro para hacer este verdadero discurso de Buena Nueva. Es el más puro Evangelio que transmite a todos, dando a entender que Dios no es un Dios vengativo ni mal encarado, sino que es un Dios esencialmente amoroso y misericordioso, aun con aquellos que son culpables. A todos tiende la mano, pues su esencia es la búsqueda de la salvación del hombre y no de su condenación: "Ustedes renegaron del Santo y del Justo, y pidieron el indulto de un asesino; mataron al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello. Por la fe en su nombre, este, que ven aquí y que conocen, ha recobrado el vigor por medio de su nombre; la fe que viene por medio de él le ha restituido completamente la salud, a la vista de todos ustedes. Ahora bien, hermanos, sé que lo hicieron por ignorancia, al igual que las autoridades de ustedes; pero Dios cumplió de esta manera lo que había predicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer. Por tanto, arrepiéntanse y conviértanse, para que se borren sus pecados; para que vengan tiempos de consuelo de parte de Dios, y envíe a Jesús, el Mesías que les estaba destinado, al que debe recibir el cielo hasta el tiempo de la restauración universal, de la que Dios habló desde antiguo por boca de sus santos profetas". Dios, a través de Pedro, pide el cambio radical de vida. Pide el arrepentimiento y la conversión, entregándose al Resucitado y resucitando en sí mismos, para poder vivir el gozo del rescate. Esa es la verdadera Buena Nueva, la que hace que la novedad radical de vida de cada uno se haga realidad, y comience así la transformación del mundo, que debe ser para Dios. La Resurrección debe ser una realidad que lo abarque todo, desde la intimidad más profunda de cada hombre hasta la condición de fraternidad entre todos, pasando también por la novedad que debe vivir el mundo entero, lo creado y lo que lo sustenta en todas sus instituciones ideadas por el hombre.

Para lograrlo debe haber una experiencia personal de encuentro con el Resucitado. Encontrarse con Él, vivir la experiencia de tenerlo enfrente, convencerse de que no es una entelequia o una locura momentánea de unos cuantos, es fundamental para sentirse un auténtico hombre nuevo, y para asumir el compromiso de haber sido también resucitado en sí mismo. Jesús quiere que esta convicción cale en lo más profundo de cada uno de los discípulos y por eso toma Él mismo la iniciativa de hacerse presente en medio de ellos para que esa convicción sea lo más sólida posible: "Él se presentó en medio de ellos y les dice: 'Paz a ustedes'. Pero ellos, aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un espíritu. Y él les dijo: '¿Por qué se alarman?, ¿por qué surgen dudas en su corazón? Miren mis manos y mis pies: soy yo en persona. Pálpenme y dense cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como ven que yo tengo'. Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Pero como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: '¿Tienen ahí algo de comer?' Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos". Era Jesús mismo el que estaba presente en medio de ellos. Eso tenía que quedar claro. Era el mismo que había compartido con ellos durante todos esos tres años que tuvo vida activa, ofreciendo su palabra en los discursos extraordinarios que dio, realizando las maravillas y los portentos milagrosos de los que fueron ellos testigos, teniendo esas tertulias sabrosas que se daban cuando se encontraban en la intimidad del grupo. No era otro. Era el mismo Jesús, solo que esta vez, vencedor de la muerte y del pecado, glorioso y presente ahora ya no solo físicamente, sino eternamente para todos los hombres. Es el que ofrece ahora su Resurrección para hacerla común a todo hombre de la historia. Y que quiere que esa noticia llegue a todos para que todos vivan el gozo de saberse en las manos de un Dios que ha sido capaz de emprender esa gesta, la más grande de la historia, con el fin de rescatar a cada hombre, pues a cada uno lo ama eternamente: "Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Ustedes son testigos de esto". Todos somos testigos de esto. Y por eso todos debemos dar testimonio. Hemos sido resucitados como Jesús y debemos dar testimonio de nuestra nueva vida.

miércoles, 7 de abril de 2021

Nuestra riqueza es vivir la propia resurrección para resucitar a los hermanos

 EL ENCUENTRO DE CRISTO CON LOS DISCÍPULOS DE EMAÚS. – Espíritu y Vida:  Teología y espiritualidad franciscana

Los acontecimientos que se van sucediendo después de la Resurrección de Jesús van dando cada vez más sustento a la alegría pascual de los seguidores de Jesús. Para todos ellos el gozo es indetenible, por cuanto van verificando paso a paso que todo lo que había sido anunciado era verdad y se estaba cumpliendo al pie de la letra. Lo que se había vaticinado desde el principio estaba siendo cumplido, con lo cual se afirmaban más en la convicción que tenían de que Dios es un Dios fiel, que promete y cumple su promesa y que jamás deja de hacer lo que sea necesario en favor del rescate de la humanidad que se había alejado de Él y de su amor. El triunfo de Jesús sobre la muerte, con el periplo anterior del sufrimiento, del dolor, de la pasión, de la muerte, había sido anunciado por los profetas. Pero todos, invariablemente, afirmaban que todo eso debía ser cumplido como paso previo y necesario para el gran paso final que era el de la Resurrección, es decir, del triunfo de la Vida y de la Verdad. La obras de rescate de la humanidad en la que se compromete Dios, y que cumple enviando a su propio Hijo para que con su entrega realizara ese rescate, se han cumplido perfectamente. El triunfo de la Vida es el triunfo de Dios. Y es lógico que sea así, pues Dios nunca podrá ser vencido. Él es el todopoderoso y con su amor y su poder jamás puede dejar de vencer. Y lo más grandioso de este hecho es que esa victoria es victoria de toda la humanidad, de cada hombre que ha existido, que existe y que existirá. Ninguno queda excluido de ser vencedor con Jesús resucitado. Fue la convicción de todos los seguidores de Cristo que guardaban la esperanza de una liberación portentosa que se hizo realidad en la gloria de la Resurrección de Jesús. Eso le dio sentido a la esperanza que guardaban y fue el impulso que necesitaban para convertirse, habiendo sido resucitados en Cristo, en resucitadores de los hermanos, que son todos los hombres de la historia.

La fuerza de la Resurrección era incontenible. Por sí misma se iba imponiendo e iba siendo asumida por aquellos que la vivieron y asimilaron, como era en realidad, la fuerza que iría transformando el mundo y dando una perspectiva de novedad a todo lo que se vivía. Por eso, los apóstoles, conscientes de esa novedad que se hacía presente y que era posesión suya, fueron capaces de lanzarse al mundo entero para hacer que esa novedad fuera patrimonio de todos. Las experiencias que van teniendo los iban solidificando en su conciencia de ser los primeros responsables de dar a conocer la noticia del acontecimiento más importante que se vivía en la historia humana. Aquellos adalides de la Resurrección de Cristo, que era también resurrección de sí mismos, van recorriendo su mundo, dejando la estela del conocimiento del triunfo de Dios en Jesús y de las obras de esa fuerza que habían recibido y que podía seguir transformando el mundo para hacerlo lugar de Dios: "En aquellos días, Pedro y Juan subían al tempo, a la oración de la hora nona, cuando vieron traer a cuestas a un lisiado de nacimiento. Solían colocarlo todos los días en la puerta del templo llamada Hermosa, para que pidiera limosna a los que entraban. Al ver entrar en el templo a Pedro y a Juan, les pidió limosna. Pedro, con Juan a su lado, se quedó mirándolo y le dijo: 'Míranos'. Clavó los ojos en ellos, esperando que le darían algo. Pero Pedro le dijo: 'No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda'. Y agarrándolo de la mano derecha lo incorporó. Al instante se le fortalecieron los pies y los tobillos, se puso en pie de un salto, echó a andar y entró con ellos en el templo por su pie, dando brincos y alabando a Dios". La gran riqueza de los resucitados con Cristo es la Resurrección de Jesús. Y es eso lo que donan a los hombres. El amor y el poder de Dios se derrama sobre todo hombre que se abandona en Él, y serán sus ministros los encargados de llevárselos.

Para ello, es necesario que haya un encuentro continuo de intimidad con el Resucitado. No será jamás posible convertirse en anunciador gozoso de la Resurrección del Señor, si antes no se resucita y se mantiene una unión vital con Él. Para vivir el gozo de la Resurrección de Jesús hay que acercarse a Él, dejarse resucitar con Él, y quedarse a su lado para experimentar su poder y su amor por uno y por todos. Se tendrá la seguridad de que eso es así, solo si el discípulo se siente transformado totalmente viviendo la novedad absoluta de la nueva vida recibida, y sintiéndose responsable en el compromiso de llevarlo a los demás. Quien no se siente impelido por la fuerza de la Resurrección a dar a conocer a Jesús, a llevar su amor a los hermanos, no ha vivido en plenitud aún su propia resurrección. Esa experiencia de encuentro íntimo con Jesús transforma radicalmente. Fue lo que vivieron los discípulos de Emaús que regresaban apesadumbrados pues no habían vivido aún la experiencia de la Resurrección. Apenas la tuvieron con el mismísimo Resucitado, vivieron la transformación radical de sus vidas y las volcaron entregándose a Jesús y a su anuncio: "Se dijeron el uno al otro: '¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?' Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: 'Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón'. Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan". El encuentro con Jesús resucitado, con la Palabra y las Escrituras, y con la Eucaristía, fue la clave de su propia resurrección. Por ello, si queremos tener nuestra resurrección junto a la de Jesús, debemos abrir nuestro corazón a su amor y su poder, acercarnos con gozo a las Escrituras que nos hablan de Él y a la celebración de la Eucaristía en la que se nos dona Él mismo, para que lo hagamos vivir también a los hermanos que lo necesitan y añoran su salvación.

martes, 6 de abril de 2021

Resucitamos con Jesús, y nos hacemos resucitadores de los hermanos

 La Biblia: reflexiones y curiosidades: ¿Contradicciones en los relatos de  la resurrección?

Las experiencias que van teniendo los discípulos de Jesús al verificar el cumplimiento de su palabra acerca de su propia resurrección, se van sucediendo una tras otras, cada una más maravillosa que la anterior. María Magdalena es la primera testigo de estos acontecimientos grandiosos que establecen una novedad absoluta en la vida de la humanidad y del mundo entero. Su fidelidad y su amor a Jesús son mantenidos más allá de la muerte del Señor. Ella mejor que nadie había probado el amor infinitamente misericordioso que podía desplegar Jesús sobre los pecadores. Ella misma había escuchado de los labios del Redentor la sentencia que da la auténtica identidad al Dios del amor: "Porque ha demostrado tanto amor, perdonados son todos sus pecados". De ella expulsó los siete demonios que la azotaban, y por ello se hizo discípula fiel del Señor. Ya no se despegaría más de quien había sido tan benévolo y había derramado toda su misericordia sobre ella. No habría otra realidad que la ocupara. No valía la pena servir a nadie más, mucho menos al pecado al que antes ella estaba entregada y era su servidora. Nada le daría más plenitud que el perdón que había recibido, y por ello era absurdo alejarse de nuevo de Aquel que le había aportado tanto gozo y la había hecho sentirse otra vez digna a los ojos del mismísimo Dios. Por eso, ella, entregada al amor hacia Jesús, es la primera que se acerca al sepulcro apenas pasó el sábado para cumplir con el ritual que no había sido concluido por ser el día santo del reposo. Su sorpresa es que se encuentra el sepulcro vacío y por eso entra en tristeza. El cuerpo de Aquel que había transformado su vida y trastocado todas sus prioridades, había desaparecido. No se imaginaba ella que no estaba por la virtud de la resurrección, sino que pensó que habían robado el cuerpo.

Y para aclararle lo que estaba sucediendo, en atención al cumplimiento de la palabra de Dios anunciada desde antiguo, se le aparecen los dos ángeles que le preguntan por la razón de su llanto, y después, el mismo Jesús, al que ella confunde con el hortelano y que luego se hace identificar al llamarla por su propio nombre. Suponemos que la figura del Cristo resucitado tenía algo que lo diferenciaba de su figura anterior a la muerte, pues son varias las ocasiones en que no es reconocido a la primera, sino solo cuando Él mismo se identifica. María lo reconoce al escuchar su voz y su nombre pronunciado por sus labios. Quizá al nombrarla daba una entonación propia que ella reconoció inmediatamente. A cada discípulo suyo, Jesús lo llama de una manera particular, propia, que pertenece solo a él. Y así, con toda seguridad, nos llama a cada uno de los que queremos ser sus seguidores. Podemos distinguir la voz del Señor por encima de cualquier otra voz. Jesús, habiéndola contado entre sus seguidores, al revelarse en sí mismo, la hace la primera anunciadora de la Resurrección: "Jesús le dice: '¡María!' Ella se vuelve y le dice: '¡Rabbuní!', que significa: '¡Maestro! Jesús le dice: 'No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre de ustedes, al Dios mío y Dios de ustedes”'. María la Magdalena fue y anunció a los discípulos: 'He visto al Señor y ha dicho esto'". Una mujer, para despecho de quienes tildan a Jesús, a la Iglesia, a la fe cristiana, de machistas, es la primera anunciadora de la Resurrección del Salvador. Es la mayor dignidad que se puede imaginar sobre algún anunciador de Cristo. Los apóstoles reciben la primera noticia de la Resurrección, de una mujer, más aún, de una que había sido rescatada del lodo del pecado y liberada de los demonios que la azotaban.

Cuando la Iglesia naciente asume ya, llena de gozo y de confianza en la fuerza de la Resurrección, la verdad irrefutable del triunfo de Cristo sobre el pecado, sobre la muerte y sobre el mal, pierde todo el temor. Esa semilla había que sembrarla. Esa noticia había que darla a conocer. Es lo mejor que le ha sucedido a la humanidad en toda su historia y no puede ser callado. La felicidad de esa Iglesia, para ser completa, debía ser gritada a los cuatro vientos. A medida que va siendo conocido por todos, esa misma felicidad aumenta y se consolida. Quien se hace anunciador de la verdad de la Resurrección de Cristo, va aumentando su gozo y se va consolidando más en su propia convicción. Sabe que él mismo ha resucitado con Jesús y que como resucitado, debe llevar esa resurrección a todos para que la vivan también los hermanos. Se convierte en resucitado y en resucitador. Fue lo que vivieron los apóstoles que, cuando recibieron la fuerza del Espíritu Santo como alma y propulsor de todo anuncio, fueron por todo el mundo a predicar el amor de Jesús. Así hizo Pedro apenas vivió el gozo de la resurrección: "El día de Pentecostés, decía Pedro a los judíos: 'Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien ustedes crucificaron, Dios lo ha constituido Señor y Mesías'". Y así, fue haciendo que todos los oyentes se convirtieran y resucitaran también a la nueva vida que Jesús proporcionaba con su propia resurrección: "Al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: '¿Qué tenemos que hacer, hermanos?' Pedro les contestó: 'Conviértanse y sea bautizado cada uno de ustedes en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de sus pecados, y recibirán el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para ustedes y para sus hijos, y para los que están lejos, para cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro'. Con estas y otras muchas razones dio testimonio y los exhortaba diciendo: 'Sálvense de esta generación perversa'. Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas". Los resucitados con Jesús se convierten en resucitadores de sus hermanos. De esa manera el tesoro de la plenitud es puesto en las manos de todos. Cada cristiano, resucitado por Jesús, se debe hacer resucitador de los demás, pues su gozo está en hacer llegar la nueva vida a sus hermanos, beneficiarios también de la Redención de Cristo.