Todos quisiéramos obtener resultados inmediatos en las metas que nos proponemos. Algunas veces será posible, otras no. Más aún, en muchas ocasiones no convendrá tener las metas alcanzadas inmediatamente, pues de alguna manera es didáctico que recorramos un camino que nos curta para poder afrontar una nueva situación que vamos a vivir. Dios sabe lo que hace mejor que nadie, y sabe además si algo nos conviene o no... Y, si llegara a concluir que nos conviene, sólo Él sabe en qué momento nos conviene. No tiene sentido, por lo tanto, el que nos desesperemos por tener algo que consideramos muy bueno o muy conveniente para nosotros, pero que no se da súbito... Lo que hay que cultivar es la paciencia y la conformidad. Paciencia para no desesperar en la espera, y conformidad si al fin la meta no se logra...
Hay que intentar siempre colocarse en la misma perspectiva de Dios, sintonizar con sus criterios y tratar de aceptar sus términos temporales. "Mil años en tu presencia son un ayer que pasó", dice la Escritura, refiriéndose al tiempo de Dios. "Mil años son como un día, y un día como mil años". Todo en Dios es un eterno presente en el que se está verificando en tiempo real todo lo pasado, todo lo futuro, en su presente. Esa perspectiva es posible sólo en Él, pues está por encima de todo y todo lo tiene en su mano creadora y providente. Sería absurdo, por lo tanto, dictarle a Dios términos, fechas de vencimiento, horas o minutos. Él es dueño del tiempo y al ser Omnisciente, posee la capacidad única de conocerlo todo, de percibir en el mismo hecho, causas, acciones y efectos simultáneamente...
No quiere decir que todo en nosotros esté determinado, es decir, que exista fatalmente una determinación marcada ya del destino de cada uno. No es así. Sería contradecir la motivación firme y decidida de Dios hacia el hombre de crearlo libre y dueño de sus actos, de sus pensamientos, decisiones y acciones. El "hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza" pronunciado comunitariamente por la Santísima Trinidad y mayestáticamente por el Dios único, ya establece la "igualdad" entre Dios y el hombre en esa capacidad de decidir sin ser forzado ni interna ni externamente. El hombre ha sido enriquecido por Dios con su inteligencia y su voluntad para que construya su vida y su destino. No somos una especie de juego virtual en el que Dios mueve sus piezas a placer y en el cual nosotros seríamos unos actores que representarían un papel que ya está escrito y tiene un final establecido por Dios, sin que le importe para nada lo que nosotros pudiéramos aportar...
Nuestra vida se desarrolla sobre dos rieles: sobre el del eterno conocimiento de Dios y sobre el de la libertad con la cual Él nos creó. Dios sabe lo que decidiremos desde nuestra libertad, sabe cuáles serán las consecuencias de lo que hagamos, conoce perfectamente cuál será nuestro final... Pero cada una de esas cosas las decidimos nosotros libremente. Es una conjugación misteriosa entre el conocer perfecto de Dios -es Dios y es Omnisciente-, y la libérrima voluntad con la cual nos creó -nos hizo libres, como Él es, "a su imagen y semejanza"-.
En ese término temporal que se desarrolla entre el perfecto conocimiento de Dios y el ejercicio de nuestra libertad, debemos siempre confiar en que Dios va colocando las condiciones para que tengamos la posibilidad de decidir correctamente. Él pone en nuestro camino los instrumentos que necesitamos para ser plenamente felices. Y nosotros decidimos usarlas o no. Es nuestra decisión libre, y Dios la respeta reverentemente, aunque sepa que pudiera tener consecuencias negativas para nosotros. Aun así, en el camino de los logros de los bienes que necesitamos, Él quiere que aprendamos a añorarlos, a desearlos, a suspirar por ellos. Y eso requiere de una "pedagogía de la añoranza", de un itinerario en el que podamos percibir la luz y la sombra que significan el tenerlo y el no tenerlo, para poder valorarlo más y añorarlo con más fuerzas... Por eso nunca las cosas se darán sin esfuerzos, sin pedagogía, sin aprendizaje previo... Es la manera de actuar de Dios, y de su Enviado, Jesucristo: "Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamara, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará., el pabilo vacilante no lo apagará, hasta implantar el derecho en la tierra, y sus leyes que esperan las islas". La labor que el Mesías Redentor viene a realizar será al estilo de Dios, no al estilo desesperado y apresurado del hombre. Será paciente incluso con los malos, dándoles la oportunidad de la conversión. Y será paciente también con los débiles, dándole la oportunidad de fortalecerse. Su paciencia en la obra redentora será el signo de la paciencia que tiene con todo. Y será algo que querrá que nosotros aprendamos también. Para alcanzar un bien, debemos curtirnos y curtir ese mismo bien. Por más que la madre ame a su hijo recién concebido en su vientre, debe esperar los nueve meses reglamentarios para acunarlo en sus brazos. Si llegara a desesperarse por tenerlo antes, lo más probable es que cometa una torpeza y el niño moriría... Un bien no es mejor por tenerlo antes de tiempo. Es Dios el que establece cuándo es mejor... Y eso debemos aceptarlo y confiar en su sabiduría infinita...
Esa paciencia en Dios, confiando infinitamente en su amor, nos debe colocar delante de Él para esperar cualquier bien de sus manos y para que esperemos también el cumplimiento del término temporal que Él considere el correcto. En cierto modo, debemos ponernos como María, a los pies de Jesús, que "tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume"... Ella preparaba a Jesús para su sepultura con ese gesto -"Déjala, lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tienen con ustedes, pero a mi no siempre me tienen", le dijo Jesús a Judas que criticaba el que se "gastara" ese perfume-, pero nosotros podemos hacerlo para esperar pacientemente ante su amor el beneficio que Él mejor que nadie sabe que nos conviene...
En el camino de la vida debemos aprender lo que Dios quiere enseñarnos. No es mejor lo que nosotros consideremos. Es mejor lo que Dios considera. A veces coinciden. A veces no... Cuando no coinciden, debemos dejar a Dios el discernimiento. Él sabe mejor que nosotros el qué y el cuándo... Y quiere que avancemos por ese camino de la paciencia, como Él lo recorrió perfectamente en su Hijo Jesús, y logró para todos el mayor beneficio, que es el regalo de su propia vida para que fuera vida nuestra. Nos dio el mayor tesoro que jamás podremos tener y que por nuestros propios medios jamás lograremos. Es el regalo de su amor, de su perdón, de su propia vida en nosotros, que nos hace definitivamente su imagen y semejanza, y nos abre las puertas del cielo para habitar eternamente felices en su presencia...
Ramón Viloria. Operario Diocesano. Ocupado en el anuncio del Amor de Dios y en la Promoción de la Verdad y la Justicia
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lunes, 14 de abril de 2014
jueves, 13 de febrero de 2014
Sé humilde y Dios se pondrá a tu favor
La humildad desarma a Dios. Son miles los testimonios que podemos encontrar en las Escrituras de personajes que se colocaron ante Dios con la mayor humildad, que aceptaron sus designios sin chistar, que imploraron ante Él algún favor, y, finalmente, de alguna manera, lograron que Dios se colocara "a su favor", pues le cerraban, con esa humildad, cualquier otra salida. Por el contrario, son también muchos los casos en los que los hombres, soberbios y engreídos, pusieron a Dios al margen de sus vidas, o quisieron "dominarlo" y lo único que lograron fue atraer la desgracia a sus vidas.
Prácticamente desde el inicio de la historia de la salvación podemos encontrar testimonios que sustentan lo que decimos. La soberbia de Adán y Eva, queriendo "ser como dioses", atrajo la peor de las desgracias para toda la humanidad. Dañaron la relación de ellos con Dios, y fueron más allá con su perjuicio, pues desde ese momento dañaron la relación de toda la humanidad con Dios. Nos marcaron a todos con su soberbia. Desde la rebeldía de Adán y Eva, la semilla de la soberbia se quedó incrustada en nuestra naturaleza. Por eso resalta tanto el que algún hombre o mujer pueda colocarse ante Dios en una actitud absolutamente contraria, con la humildad, que es la única llave que abre la puerta para entrar en la relación filial y amorosa con nuestro Dios.
Así, podemos encontrar a un Abraham que, sin mayores noticias previas de Dios, escucha su voz con plena aceptación y cumple al pie de la letra aquello que Éste le pide. Nunca consideró Abraham oponerse, ni por conveniencia ni por desconocimiento (totalmente cierto) de Aquél cuya voz escuchaba. Encontramos a un José que es vendido por sus hermanos como esclavo y llega a Egipto desde donde servirá de salvación para su familia que moría de hambre en el desierto... Encontramos a un Moisés, junto a un Aarón, que se dejan llevar por el poder de Dios, a pesar de saberse totalmente limitados, para cumplir la mayor gesta liberadora de Dios en favor del pueblo de Israel en contra del poderoso imperio egipcio. Encontramos a unos profetas que en ningún caso consideraron ajustada la elección de Dios sobre ellos, sino que pusieron ante Él infinidad de excusas para tratar de convencerlo del error que cometía al elegirlos: "Soy apenas un niño", "No sé hablar", "Soy un hombre de labios impuros", "Pertenezco a la familia más despreciada de Israel"... Paradójicamente, la humildad fue la puerta de entrada para la elección de Dios y lo que lo confirmó aún más en la idea de estar en lo correcto...
La Virgen María es el ejemplo más claro de humildad: "Ha mirado la humildad de su sierva", le dice al Ángel Gabriel, y se coloca en las manos de Dios: "Aquí está la esclava del Señor. Que se cumpla en mí según tu palabra". Y eso sirvió para la entrada del mismísimo Dios en el mundo, para iniciar el rescate definitivo de la amistad perdida. Luego, encontramos al Bautista: "Detrás de mí viene uno que es más grande que yo, a quien no soy digno ni siquiera de desatarle las sandalias... Es necesario que Él crezca y que yo disminuya". Y Pedro: "Apártate de mí, que soy un pecador". Y el leproso: "Si quieres, puedes limpiarme"... Y la sirofenicia: "También los perros comen de las migajas que caen de la mesa del amo"... Es la tecla que hace que Dios no tenga otra opción. Jesús le dice a la mujer: "Anda, vete, que, por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija"... Dios queda desarmado con la humildad de sus hijos...
¿Y qué hace falta para llegar a este punto? ¿Cómo estos personajes lograron esta humildad que desarmó a Dios y le arrancó el favor que necesitaban? En primer lugar, estaban convencidos del amor de Dios por ellos. Difícilmente se puede uno confiar en alguien que no sabe que lo ama. Para ellos estaba claro que Dios sólo busca el bien del hombre, y que si pide algo jamás será para perjuicio del hombre. Dios es amor, y el amor siempre actúa para el bien. Y si pide algo es porque sabe que es lo mejor para el hombre, porque lo ama. En segundo lugar, tenían la firme convicción de que Dios lo puede todo, pues es infinitamente poderoso. Él es la causa de todo lo que existe y nada pasa sin su consentimiento ni sin su acción directa. Quien se acerca a Dios y a Jesús a pedirle un favor, sabe bien que Él puede hacerlo y por eso se lo solicitan. El poder de Dios está claro para ellos. En tercer lugar, mantienen una confianza absoluta en el Dios que lo puede todo. Por eso, no sólo solicitan el favor, sino que se abandonan a su voluntad que lo concederá sólo si sabe que es lo más conveniente para quien lo pide. La clave está en las palabras que dice el leproso: "Si quieres..." No se trata de someter a Dios a una especie de "presión personal" para que se sienta constreñido a conceder lo que se le pide, sino de estar uno mismo sometido a la confianza de que Dios sabe si es lo más conveniente y cuál es el momento ideal para concederlo...
En definitiva, la humildad es la fuerza más poderosa de quien se acerca a Dios. Cuando somos humildes Dios "baja toda la guardia" y abre las puertas de su corazón al hombre, particularmente al más necesitado. Sólo es necesario saberse amados, tener pleno convencimiento de su poder, y saber que Dios actuará sólo si lo considera conveniente y en el momento en que lo crea conveniente...
Prácticamente desde el inicio de la historia de la salvación podemos encontrar testimonios que sustentan lo que decimos. La soberbia de Adán y Eva, queriendo "ser como dioses", atrajo la peor de las desgracias para toda la humanidad. Dañaron la relación de ellos con Dios, y fueron más allá con su perjuicio, pues desde ese momento dañaron la relación de toda la humanidad con Dios. Nos marcaron a todos con su soberbia. Desde la rebeldía de Adán y Eva, la semilla de la soberbia se quedó incrustada en nuestra naturaleza. Por eso resalta tanto el que algún hombre o mujer pueda colocarse ante Dios en una actitud absolutamente contraria, con la humildad, que es la única llave que abre la puerta para entrar en la relación filial y amorosa con nuestro Dios.
Así, podemos encontrar a un Abraham que, sin mayores noticias previas de Dios, escucha su voz con plena aceptación y cumple al pie de la letra aquello que Éste le pide. Nunca consideró Abraham oponerse, ni por conveniencia ni por desconocimiento (totalmente cierto) de Aquél cuya voz escuchaba. Encontramos a un José que es vendido por sus hermanos como esclavo y llega a Egipto desde donde servirá de salvación para su familia que moría de hambre en el desierto... Encontramos a un Moisés, junto a un Aarón, que se dejan llevar por el poder de Dios, a pesar de saberse totalmente limitados, para cumplir la mayor gesta liberadora de Dios en favor del pueblo de Israel en contra del poderoso imperio egipcio. Encontramos a unos profetas que en ningún caso consideraron ajustada la elección de Dios sobre ellos, sino que pusieron ante Él infinidad de excusas para tratar de convencerlo del error que cometía al elegirlos: "Soy apenas un niño", "No sé hablar", "Soy un hombre de labios impuros", "Pertenezco a la familia más despreciada de Israel"... Paradójicamente, la humildad fue la puerta de entrada para la elección de Dios y lo que lo confirmó aún más en la idea de estar en lo correcto...
La Virgen María es el ejemplo más claro de humildad: "Ha mirado la humildad de su sierva", le dice al Ángel Gabriel, y se coloca en las manos de Dios: "Aquí está la esclava del Señor. Que se cumpla en mí según tu palabra". Y eso sirvió para la entrada del mismísimo Dios en el mundo, para iniciar el rescate definitivo de la amistad perdida. Luego, encontramos al Bautista: "Detrás de mí viene uno que es más grande que yo, a quien no soy digno ni siquiera de desatarle las sandalias... Es necesario que Él crezca y que yo disminuya". Y Pedro: "Apártate de mí, que soy un pecador". Y el leproso: "Si quieres, puedes limpiarme"... Y la sirofenicia: "También los perros comen de las migajas que caen de la mesa del amo"... Es la tecla que hace que Dios no tenga otra opción. Jesús le dice a la mujer: "Anda, vete, que, por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija"... Dios queda desarmado con la humildad de sus hijos...
¿Y qué hace falta para llegar a este punto? ¿Cómo estos personajes lograron esta humildad que desarmó a Dios y le arrancó el favor que necesitaban? En primer lugar, estaban convencidos del amor de Dios por ellos. Difícilmente se puede uno confiar en alguien que no sabe que lo ama. Para ellos estaba claro que Dios sólo busca el bien del hombre, y que si pide algo jamás será para perjuicio del hombre. Dios es amor, y el amor siempre actúa para el bien. Y si pide algo es porque sabe que es lo mejor para el hombre, porque lo ama. En segundo lugar, tenían la firme convicción de que Dios lo puede todo, pues es infinitamente poderoso. Él es la causa de todo lo que existe y nada pasa sin su consentimiento ni sin su acción directa. Quien se acerca a Dios y a Jesús a pedirle un favor, sabe bien que Él puede hacerlo y por eso se lo solicitan. El poder de Dios está claro para ellos. En tercer lugar, mantienen una confianza absoluta en el Dios que lo puede todo. Por eso, no sólo solicitan el favor, sino que se abandonan a su voluntad que lo concederá sólo si sabe que es lo más conveniente para quien lo pide. La clave está en las palabras que dice el leproso: "Si quieres..." No se trata de someter a Dios a una especie de "presión personal" para que se sienta constreñido a conceder lo que se le pide, sino de estar uno mismo sometido a la confianza de que Dios sabe si es lo más conveniente y cuál es el momento ideal para concederlo...
En definitiva, la humildad es la fuerza más poderosa de quien se acerca a Dios. Cuando somos humildes Dios "baja toda la guardia" y abre las puertas de su corazón al hombre, particularmente al más necesitado. Sólo es necesario saberse amados, tener pleno convencimiento de su poder, y saber que Dios actuará sólo si lo considera conveniente y en el momento en que lo crea conveniente...
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