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viernes, 16 de abril de 2021

Amar a Dios y vivir en su amor le da sentido a estar dispuestos a sufrir por Él

 A LA LUZ DE CRISTO AMIGO: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de  cebada y dos peces;

Sin duda, es extraordinaria la disposición de los apóstoles, enviados por Jesús a anunciar la Buena Nueva a todos los hombres y fortalecidos con la fuerza que les daba el Espíritu Santo recibido el día de Pentecostés, para cumplir la misión que les encomendaba el Señor. Ellos sabían muy bien que la condición de discípulos que les había otorgado Jesús al concederles el triunfo de su propia resurrección, no se quedaba solo en una experiencia intimista, que los encerrara en sí mismos en una auto satisfacción estéril, que no diera frutos. Por un lado, la alegría de la Resurrección los embargaba y era imposible de contener y no buscar compartirla con toda la comunidad, pues era un beneficio que debían disfrutar todos y al que tenían derecho, pues la salvación, así lo hizo entender Jesús, era para todos los hombres del mundo. Y por el otro, habían recibido expresamente de labios de Cristo el mandato misionero para que llevaran la noticia de la salvación a todos, para lo cual les había donado su Espíritu de modo que fuera el motor, el iluminador, el impulsor principal de la obra de la evangelización. Aquella comunidad de apóstoles se había abandonado totalmente en las manos de Dios y pugnaban en su interior por ser radicalmente fieles a la responsabilidad que se les había confiado. No querían desairar nuevamente, como sucedió tantas veces en esa larga historia de salvación, al Dios de amor y de misericordia que solo quería el bien del hombre y que quería que éste avanzara resueltamente hacia la plenitud que les donaba. Y así, habían entendido que si en anteriores oportunidades los elegidos podían haber abandonado su tarea por temor a las represalias, a las persecuciones, al sufrimiento e incluso a las amenazas de muerte, ahora para ellos la actitud era diversa, pues aun existiendo todavía todas esas amenazas, la trascendencia del tesoro que ellos llevaban entre manos era de tal magnitud, que era impensable que una situación contraria pudiera echar un halo de frustración o de abandono. El amor de Dios, la fuerza de la Resurrección de Cristo, la compañía del alma de la Iglesia, es decir, del Espíritu Santo, daba todos los elementos necesarios y suficientes para reponerse ante cualquier obstáculo. Nada los detenía en su empeño. Al contrario, sorprendentemente, se sentían felices de sufrir por cumplir su tarea.

En efecto, habiendo sido hechos presos por anunciar a Jesús, por hablar de sus palabras y de sus obras, por echar en cara la culpa que tenían los que lo habían asesinado, por comunicar la gloria de su victoria sobre el mal y sobre la muerte con su Resurrección, por presentar y dar testimonio de la nueva vida que había recibido cada hombre con el triunfo de Jesús, lo vivieron como una confirmación de que estaban en el camino correcto, pues el mal, en sus estertores de muerte, aún buscaba hacer daño a la humanidad. Esto, lejos de amedrentarlos, servía de acicate para sentir más la fuerza de quien los enviaba y no los dejaba solos en el cumplimiento de su tarea: "'En el caso presente, les digo: no se metan con esos hombres; suéltenlos. Si su idea y su actividad son cosa de hombres, se disolverá; pero, si es cosa de Dios, no lograrán destruirlos, y ustedes se expondrían a luchar contra Dios'. Le dieron la razón y, habiendo llamado a los apóstoles, los azotaron, les prohibieron hablar en nombre de Jesús, y los soltaron. Ellos, pues, salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por su Nombre. Ningún día dejaban de enseñar, en el templo y por las casas, anunciando la buena noticia acerca del Mesías Jesús". Es impresionante percatarse de que las contrariedades que se les presentaban les servían más bien de acicate y de impulso para afirmarse más en su compromiso y para sentir el consuelo que les daba tener plena conciencia de que lo que tenían que hacer no era motu proprio, sino por encargo del mismo Dios del amor. Era el servicio que debían realizar por amor a Dios y a los hermanos y eso compensaba totalmente y daba sentido a lo que tenían que hacer, desde esos inicios y hasta el fin de los tiempos.

Ellos tenían plena conciencia de que servían no a una autoridad temporal o pasajera, sino al Dios eterno e infinito, todopoderoso y creador, que a su vez era el Dios del amor, de la misericordia y del perdón, el que había restaurado a la humanidad acercándola de nuevo a la raíz con su entrega en la Cruz, su ocultamiento en el sepulcro y su victoria contundente en su Resurrección. Ellos habían sido testigos de las maravillas que surgían de sus manos, y aun cuando su convicción iba en crecimiento, no alcanzó totalmente su consolidación hasta que tuvieron la experiencia de la Resurrección. Muchos fueron los signos que realizó Jesús en su presencia. No era un personaje más: "Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; solo los hombres eran unos cinco mil. Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: 'Recojan los pedazos que han sobrado; que nada se pierda'. Los recogieron y llenaron doce canastos con los pedazos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido". Era evidente que no era un hombre más. Se atisbaba en Jesús la presencia del Dios poderoso que tenía en sus manos todo lo creado. Por eso, asombrados, los presentes no atinaban más que a reconocer su grandeza: "La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: 'Este es verdaderamente el Profeta que va a venir al mundo'". Es ese Dios al que ellos estaban convencidos que servían. No es un Dios que puede ser vencido. Es el Dios victorioso sobre la muerte, sobre el mal, sobre el pecado. Es el Dios en cuyas manos está la naturaleza entera y que pone toda su virtud a favor de los hombres necesitados. Esa humanidad es el objeto de su amor y por ella está dispuesto a hacer todo lo que sea necesario para favorecerla. Por eso, unirse a Él para anunciarlo a todas las generaciones, hablándoles de su amor, de su providencia, de su deseo de que todos lleguen a la plenitud, es lo más razonable que pueden hacer los discípulos de Cristo. Lo más acertado es ponerse a su servicio, por encima de cualquier contingencia, disponibles e ilusionados, pues será la manera segura de sentir ese amor que Él derrama sobre el mundo, siendo testigos de sus maravillas.

viernes, 12 de junio de 2020

Jesús no me deja solo. Me exige y me da la fuerza para lograrlo

La plenitud del amor

Para los cristianos está claro que Jesús no quiere medias tintas ni mediocridades. Cuando Jesús llama, lo hace desde el amor que plenifica y fortalece. Es un amor que comprende al hombre perfectamente porque lo conoce perfectamente. En Jesús hay un doble movimiento: exigencia y comprensión. Al haber surgido, desde nuestro primer momento de existencia, de sus manos creadoras, todopoderosas y amorosas, tenemos la seguridad de que no hay absolutamente nada de nosotros que le pueda permanecer oculto. Nos conoce mejor que lo que nosotros mismos nos conocemos. Sabe de lo que somos capaces, cuáles son nuestras fuerzas para avanzar, cuáles con las cosas que nos ilusionan y que nos atraen más. Pero también conoce muy bien cuáles son nuestras limitaciones, cuál es el límite de nuestras fuerzas, ante qué obstáculos sucumbiremos. Aunque nosotros nos empeñemos en querer ocultarle algo, tenemos que estar conscientes de que jamás lo lograremos, pues toda nuestra vida está siempre en su presencia. Quizá podremos llegar a ocultarlo ante otras personas. Incluso quizá podremos convencerlos de que poseemos virtudes o capacidades que realmente no tenemos. Pero, en ese caso, al único que no podremos jamás engañar es a Jesús, pues ante Él nuestra vida es prístina y transparente. Por estar consciente de nuestras capacidades es que nos exige. Sabe muy bien hasta dónde podremos llegar. Pero a esto se añade que está siempre a nuestro lado, haciendo posible que lleguemos incluso más allá de lo que nuestras fuerzas nos permitan. Su exigencia es, en cierto modo, una exigencia a sí mismo, pues sería de esta manera una respuesta suya a la convicción humana de la propia imposibilidad y de la necesidad de que haya una fuerza superior que lo soporte y lo impulse, lo que hace necesaria siempre su buena disposición. Es necesario que Jesús, al colocar la exigencia, coloque también su disponibilidad a apoyar, a dar sustento, a fortalecer. "Yo estaré con ustedes hasta el fin de los tiempos". Es, en cierta manera, la afirmación de esa disponibilidad continua que hay en Él, para que el hombre sepa que no está solo en el camino de respuesta a las exigencias mayores de Jesús. Conociendo perfectamente al hombre, sabe hasta dónde es capaz de llegar y cuándo debe ofrecer su brazo robusto de Dios poderoso y misericordioso para fortalecer al hombre en su avance hacia la perfección.

No es absurdo, por lo tanto, conocer las exigencias de Jesús: "Han oído ustedes que se dijo: 'No cometerás adulterio'. Pero yo les digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón. Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la 'gehenna'. Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la 'gehenna'". La invitación es a la pureza de corazón, en la que se invita, realmente, a la mirada limpia que logra tener quien abre su corazón a Dios y lo hace habitar en él. Esta plenitud, lo sabe Jesús, es el producto de un camino de perfeccionamiento en el que se avanza esforzadamente y que solo se logra cuando el hombre ha llegado a la convicción de no poder contar solo con sus propias fuerzas, pues estas lo traicionarán cuando menos lo piense. Si se decide a caminar solo por estas rutas, únicamente obtendrá derrotas y frustraciones. Será entonces que tomará la convicción total de necesitar un apoyo superior. "Sin mí no pueden hacer nada", dice Jesús. Y esta es la clave para comprender y descubrir cuál es la manera ideal con la que se podrá avanzar sin escollos. Si Jesús afirma que sin Él no podremos hacer nada, nos está haciendo entender que con Él lo podremos hacer todo. No son nuestras solas fuerzas las que lograrán que avancemos en el camino de la perfección, sino que junto a ellas podemos contar con la fuerza todopoderosa de Jesús que nunca nos falla. Él está siempre disponible. Será por lo tanto, nuestra convicción absoluta de que cuando Jesús pide algo no lo deja solo a nuestro arbitrio, sino que se está comprometiendo con nosotros a hacerlo posible, pues Él se embarca con nosotros en esa aventura de perfeccionamiento. Él pide y exige, pero deja implícito que comprendamos que también está disponible para apoyar. Con la ayuda de Jesús, la perfección será posible. Sin la ayuda de Jesús, será imposible. Abrir el corazón para que venga Jesús a habitar en Él es, entonces, imprescindible para avanzar en ese camino. Cuando desde nuestra lejanía de Jesús, si es lo que vivimos, conocemos de sus exigencias, siempre nos parecerá imposible e incluso inhumano el que se nos exijan tales cosas. Una persona que no tiene experiencia religiosa de encuentro con Jesús, al percatarse de las exigencias que pone, lejos de sentirse animada a seguirlo, tendrá la tentación de huir de Él y alejarse más. Por ello, lo primero, antes de colocar las exigencias como avales para el seguimiento de Cristo, debemos colocar su oferta de amor y de compañía, y la confianza que podemos tener en su amor que nunca nos faltará.

Un cristiano que realmente se deje arrebatar el corazón por estas cosas, lejos de sentir angustia por la exigencia de avance en la perfección que pone Jesús ante la vista, al convencerse de que no será solo con su esfuerzo que lo logrará, sino que lo hará con esa ayuda segura de Jesús que nunca le faltará, pues su disponibilidad es total y absoluta, siente una gran paz. En cierto modo, vive con la convicción de que su responsabilidad así no es solo suya, sino además de quien le está poniendo la exigencia y pondrá también en él las fuerzas que lo harán capaces de responder adecuadamente a ella. Es la paz que se siente cuando sabes que tienes que hacer tu parte, pero estás convencido de que el esfuerzo siempre llegará a buen puerto pues en su momento contarás con una fuerza superior invencible de la que al final depende todo y con la que con toda seguridad se terminará venciendo. Esa misma paz es la que vivió el profeta Elías, cuando pasó Dios frente a la cueva en la que se refugiaba. Lo descubrió en la brisa suave y pacífica, no en la debacle: "Entonces pasó el Señor y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas ante el Señor, aunque en el huracán no estaba el Señor. Después del huracán, un terremoto, pero en el terremoto no estaba el Señor. Después del terremoto fuego, pero en el fuego tampoco estaba el Señor. Después del fuego el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva". Dios no estaba en lo que creaba angustia y destrucción. Es signo del hombre que tiene la inquietud en su corazón por las exigencias que pone el Señor en su vida. Dios estaba en la brisa suave, que es signo de la paz que vive quien se sabe en las manos de Dios y que en todo lo que Él pida siempre tendrá su ayuda y su amor todopoderoso que lo anima y lo capacita. Es lo que siente el cristiano. Un verdadero cristiano no se desespera por lo que le pide Dios, sino que siente la paz en su corazón, pues está convencido de que su respuesta no dependerá solo de él que, por supuesto, tiene que poner sus fuerzas en acción, pero que sabe que podrá hacer solo lo que sus mismas fuerzas le permitan y que tendrá que dejar paso en su momento a la fuerza del amor de Dios que completará el trayecto. Cumplir esa meta es su búsqueda final, porque tiene a Dios tan arraigado en él que no quiere fallarle. Dice lo mismo que dijo Elías: "Ardo en celo por el Señor, Dios del universo". Su alegría es ser fiel, avanzar en el camino de perfección, confiar radicalmente en el Señor que lo ama, lo elige y le exige. Es el amor el que hace posible todo este movimiento. Dios elige por amor, exige por amor, comprende por amor y capacita por amor.

miércoles, 29 de abril de 2020

Tú, Jesús, eres mi consuelo, mi fortaleza, mi luz y mi perdón

legalismos | De la mano de María

"La vida del hombre en la tierra es milicia", dijo el sabio y paciente Job. Sin duda, la lucha cotidiana por proveer lo necesario para una vida cómoda, el enfrentamiento de las dificultades naturales que se presenten, los conflictos personales con otros, son circunstancias que están aseguradas en la vida común de cualquiera. Por eso la vida es un eterno combate, una milicia, que nos llama a estar siempre dispuestos a enfrentar esas realidades. La búsqueda de la felicidad no está exenta de la posibilidad de tener que sobreponerse a dolores, a sufrimientos, a persecuciones, a crisis. Desde que el hombre pecó el dolor es una realidad segura. Antes del pecado, cuando el hombre seguía al pie de la letra las indicaciones divinas, se aseguraba una vida de armonía absoluta pues todos los hombres eran iguales y todos seguían el mismo interés de ser fieles a Dios. Cuando entró el pecado en el mundo los hombres empezaron a verse como adversarios, como competidores. Todos seguían un interés personal, que era el de lograr la felicidad propia, sin importar ni los medios ni los métodos a usar. Lo que importaba era lograr esa felicidad, sin más. La única medida a tener en cuenta era el esfuerzo personal por sobreponerse a los otros, con tal de llegar a la meta. La soberbia se enseñoreó en el corazón del hombre, por lo cual él pasó a ser el centro de todo, y todo debía girar en torno a él y a sus intereses. Todo lo que no fuera en esa línea o se opusiera a ella, debía ser echado a un lado y eliminado. Esto, evidentemente, para una vida social, aseguraba la existencia de conflictos. A las dificultades naturales que se presentaban en torno a la vida de los hombres, se sumó el conflicto interpersonal, en el cual el hombre se convierte para el otro en un estorbo, o en el mejor de los casos, en un instrumento del que me valgo para alcanzar mis metas. De allí la frase terrible: "El hombre es lobo del mismo hombre". En todo caso, esa vida de combate es una realidad absoluta para la humanidad. Unas veces se saldrá triunfante. Otras, se saboreará lo amargo de la derrota. Esta es una verdad que viviremos todos. Y ante ella, Jesús nos pone sobreaviso. No quiere engañarnos Jesús dibujándonos un mundo color de rosa. Nos hace pisar firme en la realidad que viviremos cotidianamente: "En el mundo encontrarán tribulaciones, pero no teman, Yo he vencido al mundo".

Alguna vez se escuchó la especie de que Jesús jamás se anunció a sí mismo, como si en su intención solo hubiera el deseo de predicar la realidad del amor y del perdón de Dios, sin predicarse a sí mismo como el Redentor. Nada más lejos de la realidad, por cuanto, en efecto, son varias las ocasiones en las que Jesús se ofrece a sí mismo como el mejor apoyo que podemos tener los hombres en la milicia que es para nosotros la vida. Al decirnos "no teman, Yo he vencido al mundo", no nos está diciendo otra cosa que al ir al mundo no vamos solos, sino que Él nos envía y se embarca con nosotros en la misma tarea. Por un lado, su fuerza será la nuestra, pues Él la coloca en nuestras manos. Es lo que entendió perfectamente San Pablo, cuando habló de sus propias fuerzas: "Muy a gusto presumo de mis debilidades, pues entonces residirá en mí la fuerza de Cristo". La compañía de Jesús, siendo una compañía espiritual, es totalmente real. El enviado por Cristo sentirá en el cumplimiento de su tarea, inusitadamente una fuerza que no es la suya, una iluminación sobrenatural que pondrá palabras en sus labios que jamás pensó que podría pronunciar, ideas en las cuales nunca antes había pensado. Sin duda, es el cumplimiento estricto de esa promesa de Jesús. Pero más allá de esa presencia suya en el cumplimiento de la misión apostólica, está su presencia que consuela y alivia en el dolor y en el sufrimiento. No es una promesa de que no tendremos dificultades ni una fortaleza que promete para enfrentar fuerzas contrarias, sino que es un alivio sentimental y afectivo que hará sentir un sosiego real, una frescura que serena y llena de paz interior a quien sufre el agobio de las dificultades y conflictos personales. Es el ofrecimiento que hace Jesús de sus brazos en los cuales nos podemos refugiar para sentir el calor de quien nos ama de verdad y quiere nuestra paz. Es el oasis que viene a nuestro encuentro en medio del desierto del dolor y del sufrimiento. No es su compañía para enfrentar al mundo. Es su compañía en la intimidad del corazón que se siente agobiado y casi vencido en el desasosiego de la realidad cotidiana. Es la dulzura del consuelo y de la serenidad en medio del tormento de un corazón que tiene muchas heridas. Es la certeza de tener un fundamento sólido en su amor, a pesar de que todo lo que está alrededor se tambalee. Los brazos de Jesús son poderosos y suaves a la vez. Sostienen en el dolor y simultáneamente llenan de paz y de consuelo: "Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera".

Para obtener esta acción de Jesús en nosotros debemos estar dispuestos a abrir el corazón para reconocer que solos no podemos. No podremos anunciarlo de manera individual, sin su fortaleza y sin su iluminación, ni podremos recibir el consuelo necesario como lo ofrece el mismo Cristo ni de nosotros mismos ni de nadie cercano. Necesitamos deponer nuestra actitud de soberbia y declararnos absolutamente necesitados de Él, de su fuerza, de su amor y de su consuelo. Es necesario que asumamos una actitud de humildad, que es imprescindible para que el Señor vea las puertas de nuestro corazón abiertas a su presencia y se decida a venir a nosotros. Es la única manera en la que obtendremos su favor, nos llenará de su fuerza y nos iluminará en el cumplimiento de nuestra tarea. Y es también la manera en la que manifestaremos nuestra determinación de acercarnos a Él confiados para recibir el consuelo y el alivio que nos promete. De esa manera seremos campo fértil para la siembra que quiere hacer Dios: "Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar". Si mantenemos una actitud soberbia, estaremos cerrando las puertas a la acción divina en nosotros. Esa actitud de humildad nos llevará a reconocernos en lo que somos y a declararnos necesitados del amor y la misericordia divinas: "Si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos mentiroso y su palabra no está en nosotros. Hijos míos, les escribo esto para que no pequen. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo". Acercarnos humildemente a Dios por Jesús, reconociendo lo que somos, es dejarnos llenar de su luz, permitir su entrada que nos purifica, y dejarnos hacer de nuevo, llenos de la iluminación que nos deja su presencia: "Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna. Si decimos que estamos en comunión con él y vivimos en las tinieblas, mentimos y no obramos la verdad. Pero, si caminamos en la luz, lo mismo que él está en la luz, entonces estamos en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos limpia de todo pecado". Sin duda, en medio del tráfago de la vida, nos encontramos con la posibilidad del acompañamiento de Jesús que nos limpia, nos capacita para la misión, nos da su fuerza y nos ilumina, y tiene sus brazos extendidos hacia nosotros para aliviarnos y consolarnos en toda ocasión.

miércoles, 22 de enero de 2020

Solo seré siempre derrotado. Contigo seré siempre vencedor

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La debilidad del hombre es la puerta de entrada para la fuerza de Dios. Es una paradoja que se resuelve de la manera más sorprendente. Cuando los hombres tenemos el exceso de confianza en nosotros mismos, en nuestras propias fuerzas, en nuestras ideas y conductas, y dejamos a un lado a Dios, nos dejamos a un lado lo que nos puede hacer más fuertes. "Porque lo necio de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres", afirma San Pablo, quien tuvo la experiencia concreta de ese abandono de su propia debilidad en la fuerza divina, por lo que pudo salir siempre vencedor, siendo, según él, el hombre más débil de todos. Si nos empeñamos en enfrentar al mundo con nuestras solas fuerzas y no damos espacio ni cabida al apoyo que Dios nos puede prestar, quizá estamos intentando algo bueno, pero podemos estar cayendo en una actitud de soberbia inaceptable para quien debe tener la experiencia de la acción de Dios en su vida. Dejar que Dios haga su parte, haciendo cada uno la suya, puede llegar a ser la experiencia más compensadora que podemos tener, pues es la plena confirmación de la presencia de Dios en la vida propia, y la confirmación absoluta del cumplimiento de la promesa de Jesús, que nos ha dicho que estará con nosotros hasta el fin del mundo. Esa compañía de Jesús no es algo utópico, poético, irreal. Es una realidad concreta que se traduce en experiencias reales y vividas. Nosotros solos no podremos lograr las metas que nos exige el ser un auténtico seguidor de Jesús. Muchas de las cosas que se nos ponen como metas son humanamente inalcanzables. Ciertamente lo son si nos empeñamos obstinadamente en lograrlas con nuestras solas fuerzas. Por ello es necesario que dejemos entrar en nosotros esa fuerza de Cristo que nos ha sido ofrecida y que está ahí a la espera de ser invocada para actuar. San Pablo, impresionantemente, nos lo pone muy claro: "(El Señor) me ha respondido: 'Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad.' Por eso, muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso, vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte". 

Quiere decir entonces que el primer paso para que esa fuerza de Cristo actúe desde mí, es la convicción personal de ser débil. Parece un absurdo, pero no lo es. Para poder alcanzar la victoria ante el mal, ante las fuerzas del mundo que me quieren destruir espiritualmente, ante la fuerza demoníaca que me quiere hacer sucumbir continuamente, debo estar convencido de que jamás podré vencer. De que yo no seré nunca capaz de hacerle frente victoriosamente. De que yo solo no valgo nada. Es tener la convicción de que solo con la fuerza de Cristo mi victoria será posible. Decía San Agustín: "Que te conozca, Señor, para que te ame. Que me conozca para que me desprecie". En ese mismo sentido, se trata de estar consciente de las propias limitaciones y de lo infinitas que son las posibilidades cuando tenemos a Jesús de nuestra parte. Cuando se da esta convicción en cada uno y se da pie para que las experiencias nos confirmen en ella, se empieza a ser realmente invencibles: "Cuando soy débil, soy fuerte", se convierte de una afirmación absurda o contradictoria a una realidad sólida y firme. Es una afirmación absolutamente real. Es la experiencia que han tenido quienes se saben débiles en sí mismos, pero fuertes en Dios. Fue la experiencia de David delante del gran Goliat, el campeón de los filisteos: "Tú vienes contra mí con espada, lanza y jabalina. En cambio, yo voy contra ti en nombre del Señor del universo, Dios de los escuadrones de Israel al que has insultado. El Señor te va a entregar hoy en mis manos, te mataré, te arrancaré la cabeza y hoy mismo entregaré tu cadáver y los del ejército filisteo a las aves del cielo y a las fieras de la tierra. Y toda la tierra sabrá que hay un Dios de Israel. Todos los aquí reunidos sabrán que el Señor no salva con espada ni lanzas, porque la guerra es del Señor y los va a entregar en nuestras manos". La fuerza de David era la fuerza de Dios. Por eso fue invencible. Por eso derrotó al más fuerte de los filisteos, venciendo la última barrera para entrar a la tierra prometida.

Para ese Dios que se pone del lado del débil no hay otra prioridad que hacerlos vencer. Por eso el anuncio de su llegada al mundo, de la llegada del Reino de Dios a los hombres, tiene siempre esa referencia al apoyo que recibirán los débiles, los oprimidos, los desplazados. "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado para llevar a los pobres la buena noticia de la salvación; me ha enviado a anunciar la libertad a los presos y a dar vista a los ciegos; a liberar a los oprimidos". Son los más débiles quienes, confiando la debilidad de sus vidas a la fuerza del Dios que viene a ponerse de su lado, los que recibirán con mayor potencia su favor. Por ello, lo vemos enfrentado a los poderosos, a los que confían en sus fuerzas para oprimir a los más débiles. Ya ellos no serán los débiles del mundo, pues la fuerza del Dios todopoderoso se ha puesto de su lado. En la lógica del amor todopoderoso que se pone en favor de los débiles del mundo, en favor de los más necesitados de un amor activo de parte del Dios de amor, se enfrenta con aquellos que confían más en sus fuerzas para seguir oprimiendo a los más débiles y rechazados de la sociedad: "'¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?' Ellos callaban. Echando en torno una mirada de ira y dolido por la dureza de su corazón, dice al hombre: 'Extiende la mano'. La extendió y su mano quedó restablecida". Para aquellos era preferible seguir dominando a estos débiles basados en una ley inhumana y absurda que podía llegar incluso a impedir la acción en favor de ellos. No era el hombre el centro de sus atenciones. No era Dios quien los motivaba a ser "buenos". Eran ellos mismos los que querían ser el centro de atención, quienes dominaran la situación, con tal de no perder el poder de dominio sobre aquellos, lo que les aseguraba un estilo de vida cómodo, manipulador, dominante. Su poder se basaba no en el amor, sino en la opresión. Pero apareció Jesús, quien trastocaba toda su pretensión. Por eso, era necesario quitarlo de en medio: "Los fariseos se confabularon con los herodianos para acabar con él". Ese Dios que venía a ponerse a favor de los débiles ponía en peligro el dominio de quienes se consideraban los poderosos. Ese poder era nada al lado del poder que Jesús vino a derramar con su amor en favor de los más pequeños. Y es el poder de ese amor el que se pone a nuestro favor cuando nos confesamos absolutamente débiles y desvalidos. Si decimos que no podemos nada, que nuestra debilidad es extrema, que nunca venceremos solos, y abrimos nuestro corazón a la fuerza infinita del amor de Dios, seremos los hombres más poderosos del universo. Venceremos siempre, pues tendremos a nuestro favor la fuerza infinita del amor de Dios que nunca será vencido.

jueves, 28 de noviembre de 2019

Soy débil, pero contigo soy invencible

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"Nunca se pone más oscuro que cuando va a amanecer", dice esta sabia frase que nos anima a seguir adelante a pesar de las penumbras que se puedan presentar en el transcurso de nuestras vidas. Los momentos de oscuridad hay que comprenderlos, de este modo, como preludio de la luminosidad que se nos avecina. Nuestra vida no es "químicamente pura", pues en ella las posibilidades de dolor y de alegría, de sufrimientos y de gozos, se alternan. Muchas de ellas serán efecto de nuestras propias decisiones, por lo cual nos las estaremos procurando nosotros mismos, pero también, en buena parte, no dependerán de nosotros, sino que nos vendrán ya hechas. Ante ello, tenemos la responsabilidad de tomar una actitud que las asuma o que quiera esconderse de ellas. Si buscamos escondernos, estaremos intentando un camino poco menos que inexistente. Es imposible encontrar una vida que no presente estos vaivenes. Los claroscuros vitales son prácticamente parte esencial de la vida de cualquiera. Más aun, en el paso por ellos es que se desarrollará la vida personal. En la solución de los conflictos y en el disfrute de los gozos está la esencia vital. Podríamos afirmar incluso que el atractivo principal de la vida está allí. No es la rutina, la monotonía, lo que hace que la vida valga la pena vivirla. Son las sorpresas, los vaivenes, la puesta a prueba de las propias fuerzas y de la propia sabiduría para enfrentar y resolver los conflictos, lo que hace que todo sea atractivo. La misma providencia amorosa de Dios ha puesto en nuestras manos los elementos necesarios para que asumamos con plena responsabilidad esta esencia de vida. Nuestra inteligencia y nuestra voluntad, y todas las herramientas que podamos tener a la mano, son riquezas que Dios ha colocado en nosotros como aperos esenciales para avanzar.

Y por si fueran pocas estas dos certezas, por un lado, la naturaleza variopinta de las experiencias vitales, y por el otro, la capacidad que Dios mismo con su providencia nos ha regalado para avanzar, tenemos un elemento añadido que proviene ya no de nuestra propia naturaleza, esencial o añadida por Dios, sino que en demostración de la infinita generosidad de Dios, impulsada por su amor a los hombres, representa la mayor de las fortalezas con la que podemos contar: su presencia como auxilio, como poder, como apoyo y como consuelo en toda ocasión de nuestra vida. En esa lucha cotidiana por sobreponernos a la oscuridad que se presenta antes del amanecer, el Señor nos ha prometido su compañía y su fortaleza. El pretender luchar en soledad contra las sombras que se presenten puede considerarse muy heroico. Pero puede llegar a ser una demostración absurda de soberbia. Saber que Dios está a la mano, que Él se ofrece para ser auxilio en toda ocasión, y no tender la mano para ser sujetados por Él, es un movimiento tonto que descubre una actitud de autosuficiencia que puede llegar a ser fatal. Él mismo afirma que ha venido para ser la fortaleza de los débiles, para ser el defensor de los humildes, para ser el sustento de los últimos. Y ha dicho que es necesario reconocerse humildemente en la indigencia para que su ayuda pueda estar asegurada. "El que se humilla será ensalzado". "Los últimos serán los primeros". "El que quiera ser el primero, que sea el servidor de todos". Y lo entendió San Pablo, cuando maravillosamente resumió todo diciendo: "Cuando soy débil, soy fuerte, pues residirá en mí la fuerza de Cristo".

Fue la experiencia personal de Daniel, quien se abandonó radicalmente en las manos de Dios. En el momento de mayor oscuridad de su vida la única baza que le quedaba era el mismísimo Dios. Y no le falló. Dios demostró todo su poder, evitándole una muerte segura. Tan clara fue la demostración que el mismo rey Darío reconoció: "¡Paz y bienestar! Ordeno y mando que en mi imperio todos respeten y teman al Dios de Daniel. Él es el Dios vivo que permanece siempre. Su reino no será destruido, su imperio dura hasta el fin. Él salva y libra, hace signos y prodigios en el cielo y en la tierra. Él salvó a Daniel de los leones". Por eso, nuestra confianza no debe estar fundada solo en nuestra propias fuerzas. En ocasiones ellas no bastarán. En momentos de crisis importantes, incluso en momentos de crisis terminales, debemos abrir nuestros corazones confiadamente ante el Señor. Debemos echar mano de nuestra confianza de hijos amados infinitamente por Dios para experimentar su fuerza y su amor. Es la invitación que nos hace Jesús como actitud a asumir al final de los tiempos: "Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues los astros se tambalearán. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y majestad. Cuando empiece a suceder esto, levántense, alcen la cabeza: se acerca su liberación". Será el preludio del amanecer más hermoso, el del nuevo día eterno en el que reinaremos todos junto a Jesús, al que precederá la oscuridad más cerrada de todas, pero que será el anuncio del día luminoso en el que el mal será totalmente vencido y ya jamás volverá a presentarse su oscuridad malsana.

domingo, 8 de junio de 2014

No detengamos al Amor

El día de Pentecostés es el día del nacimiento oficial de la Iglesia. Ella fue naciendo en varios momentos. Hay una prehistoria, que se remonta a la elección de Abraham como Padre de todas las naciones, el pacto hecho con Jacob y con los otros Patriarcas, la liberación de la esclavitud de Israel en Egipto, el Decálogo entregado a Moisés, la entrada triunfal en la tierra prometida... Muchos son los acontecimientos que nos hablan de la intención divina de tener una realidad en la cual congregar a los suyos, a los que Él quiere salvar, a los que ama y por ello conduce a una situación superior, de amor y de justicia, en la cual se viva la perfecta vida comunitaria...Ya, en la plenitud de los tiempos, al nacer Jesucristo, cabeza de la Iglesia, nació el cuerpo. No puede subsistir la cabeza sin el cuerpo, ni el cuerpo sin la cabeza. Sería absurdo afirmar que la Iglesia, con el nacimiento de Jesús aún no existía... Y en la vida de Cristo son varios los momentos que pueden ser considerados fundacionales de la Iglesia: la elección de los Doce Apóstoles, el anuncio de Pedro como piedra sobre la cual la edificará, los signos y prodigios que realizó, el envío de los 72 discípulos a realizar labores misioneras, la Última Cena, la Institución de la Eucaristía y el Sacerdocio, la Pasión y Muerte en Cruz, el regalo de María como Madre de todos los hermanos de Jesús, el derramamiento de hasta la última gota de sangre con el lanzazo del soldado, la Resurrección, la aparición del Resucitado a los Apóstoles, la conversación final con Pedro encomendándole que apaciente a su rebaño y lo confirme en la fe... Cada uno de estos momentos van delineando la existencia de la comunidad de los salvados por el amor, en la cual será actualizado para toda la eternidad y para todos los hombres de la historia el efecto salvador y redentor de la obra que realizó Jesús... Cada momento de estos es fundamental para entender lo que es la Iglesia. Sin alguno de ellos quedaría fuera la comprensión total de lo que es la Iglesia como la realidad que funda Jesús para hacer llegar la salvación a todos los hombres...

Pero todo eso fue la puesta a punto de lo que sería la Iglesia realmente. Cada momento fue como un ladrillo que fue conformando la estructura del organismo vivo que sería la Iglesia que avanzaría con los hombres en la historia. Era la caparazón. Tenía que llegar el momento en que ese cuerpo debía recibir el soplo vital. La imagen de la creación del hombre en el Génesis nos viene al dedillo para comprenderlo. Yahvé hizo el "muñeco" de arcilla, que era el cuerpo del primer hombre. Pero luego insufló en las narices de ese cuerpo el hálito de vida que sería su principio vital, lo que le daría la vida que tendría, lo que lo impulsaría a ser realmente un órgano vivo... Todo lo que Jesús hizo, desde su nacimiento hasta la conversación final con Pedro, fueron como el Padre que modelaba el cuerpo de arcilla del hombre. Faltaba el dar a esa estructura el hálito de vida. Faltaba insuflarle la vida del Espíritu... Y llegó ese momento cincuenta días después de la Resurrección de Cristo. Los apóstoles, reunidos en oración, con la Virgen María a la cabeza -la que había sido encomendada por el mismo Jesús de oficiar de Madre de todos y que estaba sirviendo como vínculo de unión, como eslabón, de aquellos que ante la muerte de Jesús, por temor, se habían dispersado-, reciben el don mayor de Jesús: su propio Espíritu, enviado desde el seno del Padre, prometido cinco veces en sus intervenciones antes de la entrega definitiva... Es el Espíritu que los llevará a la Verdad plena, el que los mantendrá valientemente en la actitud de testimonio, el que inspirará cada una de las palabras que deberán decir al dar testimonio de Jesús y de su amor, el que hace posible la vivencia del amor pues es la Persona del Amor de Dios, el que se ha derramado en los corazones de los hombres para hacerlos verdaderos hermanos y procurar el bien para todos los hombres. Es el Espíritu que se erige en principio vital de la Iglesia, sin el cual es imposible cualquier obra que quiera emprender ella para la salvación de la humanidad, pues es el Amor, que es el mismo Espíritu, el que motiva cualquier intento de salvar a cualquier hombre...

Los apóstoles sintieron esa presencia vitalizadora del Espíritu en ellos. Y de los hombres atemorizados, escondidos, encerrados bajo llave en el Cenáculo por miedo a lo que les pudieran hacer, al recibir al Espíritu Santo en cumplimiento de la promesa de Jesús, se convierten en los más lanzados, valientes, audaces, en el anuncio de Jesús y de su amor salvador. La transformación de ellos es impresionante. Los que los escuchan los oyen en sus propias lenguas y se sorprenden de las cosas que dicen. En ese primer discurso de Pedro se convierten unos tres mil hombres. Las estadísticas hebreas no cuentan a las mujeres y los niños menores de doce años, con lo cual podemos inferir que al menos podrían haber sido el doble los convertidos. Una obra impresionante, tomando en cuenta que estos eran los mismos que se escondían por temor. El Espíritu Santo, alma de la Iglesia, los había transformado de cobardes en valientes, de escondidos en lanzados, de incultos en poseedores de la Verdad...

Aquella transformación de los apóstoles debería darse en cada cristiano que recibe al Espíritu Santo. Es la misma Iglesia, es el mismo Espíritu Santo, es el mismo Dios. Él ni se cansa ni se desilusiona. Sigue dando sus mismos dones, sigue llenando de sus mismos frutos, sigue queriendo infundir la misma valentía, sigue inspirando la misma Verdad de Jesús, sigue queriendo derramar el mismo amor en los corazones de los hombres, sigue siendo la Persona del Amor de Dios... Los que hemos cambiado somos los hombres. Ya no somos los mismos que aquellos apóstoles que se dejaron llevar por la inspiración del Espíritu. No nos dejamos inspirar las verdades que debemos decir, no nos dejamos llenar de su fuerza y de su ilusión. Confiamos más -o desconfiamos más- en nuestras fuerzas que las que nos puede dar la presencia de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Necesitamos urgentemente una nueva conversión: la del Espíritu Santo. Que creamos en Él, que nos abandonemos en Él, que lo dejemos a Él ser el protagonista, el que nos anime, nos ilusione, nos lleve de su mano, nos dé la valentía que necesitamos. Que confiemos en lo que Jesús nos dice y nos dejemos llevar por su Espíritu, que es Espíritu de Amor para el mundo. Él se nos ha dado para que lo demos al mundo y le llevemos la salvación y el amor de Dios a cada uno de nuestros hermanos. No lo dejemos infructuoso, inútil, en nuestros corazones. Que el Espíritu Santo sea de verdad el renovador de todas las cosas. "He aquí que hago nuevas todas las cosas". Que las haga de verdad, y que nosotros seamos sus asociados mejores.... No detengamos al Amor. Dejémoslo libre. Sucedió con los Apóstoles. Y Él quiere que suceda también con cada uno de nosotros...

lunes, 2 de junio de 2014

Que el Espíritu Santo no sea "el Gran Desconocido"

El Espíritu Santo es "el Gran Desconocido". Lo es o porque no lo conocemos o porque no lo damos a conocer. En general, la corriente de renovación que ha sucedido en los últimos tiempos de la Iglesia, emprendida desde el Concilio Vaticano II, logró que la tercera Persona de la Santísima Trinidad fuera saliendo de la oscuridad y fuera más conocida por todos. Sin duda, factor importante de este conocimiento ha sido la corriente pentecostal católica o carismática que se ha dado a través de la Renovación Carismática en la Iglesia en los últimos cincuenta años. Nacida en las entrañas de un grupo de cursillistas de cristiandad que se dedicaron a invocar al Espíritu Santo y a sentir su corriente vivificadora, pasó fácilmente a la iglesia protestante evangélica y allí se extendió muy rápidamente. Mientras tanto, se siguió desarrollando fuertemente en la Iglesia Católica y se extendió inmensamente por todo el mundo... Los tiempos anteriores no fueron, en general, muy buenos para este conocimiento del Espíritu Santo. Y no es que haya sido descartado en la piedad de los cristianos, sino que las estrellas relucientes de la espiritualidad fueron el Padre y el Hijo... Sin duda, los cristianos no hemos sido muy agradecidos con quien ha sido enviado por el Padre y el Hijo para ser el alma de la Iglesia y para asegurarnos la vivencia del amor, pues Él es la Persona del Amor.

La historia misma nos lo confirma. Ni siquiera le hemos puesto un nombre. Si al caso vamos, siendo incluso lo más radicales y básicos posible, la manera de llamarlo no es ni siquiera un nombre. Lo llamamos Espíritu Santo. ¿Es que acaso el Padre y el Hijo no son también Espíritus y también Santos? Ni siquiera se nos ha ocurrido en tantísimos años de revelación, colocarle un nombre propio. Es cierto que hemos asumido que su nombre es Espíritu Santo, pero no es menos cierto que a las dos primeras Personas sí le hemos colocado nombre, preocupados por tener una forma de comunicarnos con Ellos: Padre e Hijo... Por otro lado, basados en sus apariciones bíblicas, y en las imágenes en las que se presenta a los hombres, el Espíritu Santo es una paloma... El Padre y el Hijo tienen formas humanas. Incluso, se podría decir que en Jesús esa forma humana es la real desde su encarnación, pero asumimos que esa forma humana es anterior a ella... Mientras, el Espíritu Santo es representado por un animalito. Muy bello y muy tierno, pero animalito al fin... Una vez me quedé sorprendido ante un cuadro en una Iglesia de Murcia donde se representaba a la Santísima Trinidad. Eran tres hombres, pintados celestialmente, pero exactamente iguales. Nunca antes había visto una representación de la Santísima Trinidad así. Y pensando, concluí que esa era la representación que hacía más justicia al Espíritu Santo. Nosotros afirmamos en el Credo que las tres divinas Personas son exactamente iguales. Que son el mismo Dios. Por lo tanto, representarlos idénticos no es descabellado. La imaginería cristiana en eso tuvo un acierto...

Pienso, y constato que la situación en la que se encontró el Apóstol Pablo en Éfeso no ha variado mucho... "Allí encontró unos discípulos y les preguntó: '¿Recibieron el Espíritu Santo al aceptar la fe?'" Era la pregunta normal del evangelizador que sabía que el Espíritu Santo era el protagonista de la vida de la Iglesia y que debía ser recibido por todo el que quisiera mantener un itinerario de fidelidad en el camino de la fe. La respuesta que recibió de los discípulos fue sorprendente: "Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo". Para ellos era como si ni siquiera existiera... "Un Espíritu Santo", dicen. Aquellos discípulos no tenían ni idea de lo que se les estaba hablando. Hoy, los hombres seguramente sí hemos oído hablar de Él, pero no sabemos nada de Él. Es casi como un personaje oculto, que al ser espíritu sigue en las tinieblas y lo mantenemos allí...

Doy infinitas gracias a Dios por la Renovación Carismática que nos ha hecho renovar la presencia del Espíritu Santo en la Iglesia. Ha hecho que el Espíritu Santo no sea para los cristianos "el Dulce Preso del alma", sino "El Dulce Huésped del alma", pues se ha tomado más conciencia de su acción fundamental en la vida de los cristianos para renovarlos en el amor, para llevarlos a la Verdad, para darles la fortaleza y la valentía que necesitan para dar el testimonio que el mundo requiere... Sin el Espíritu Santo no hubiera Iglesia, no hubiera evangelización, no hubiera carismas, no hubiera misioneros... Sin el Espíritu Santo no hubiera amor en el mundo. Lo ha dicho Pablo a los romanos: "El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado"... Porque está el Espíritu en el mundo podemos amar, podemos ser solidarios con los más necesitados, se pueden amar los esposos, los padres aman a sus hijos y los hijos a sus padres...

Porque está el Espíritu en el mundo, podemos superar la situación que nos augura Jesús en el futuro a los cristianos: "Está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que ustedes se dispersen cada cual por su lado y a mí me dejen solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre. Les he hablado de esto, para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán luchas; pero tengan valor: yo he vencido al mundo"... Eso lo hace posible el Espíritu Santo que habita en nosotros y que anima a la Iglesia a seguir adelante. No hay nada que temer pues Jesús no nos dejó solos, sino que nos envió a su Espíritu para que fuera nuestro compañero de camino, nuestro santificador, el amigo que va con nosotros y que lo hará durante toda la historia...

viernes, 11 de abril de 2014

El justo siempre ganará

El Señor siempre estará a favor del justo. No existe, quizá, frase que, de esta o de otras maneras, se repita más en las Sagradas Escrituras. Dios ama la Justicia, y por ello jamás estará a favor de quien promueva la injusticia. Cuando hablamos de justicia no estamos hablando sólo de la justicia civil, sino del concepto bíblico, que se refiere principalmente al justo, es decir, al hombre santo, al bueno, al que sigue con fidelidad la voluntad de Dios, al que ama a Dios por encima de todas las cosas y al prójimo como a él mismo. Es el concepto que le da pie al concepto civil, por cuanto la justicia bíblica se refiere a dar a Dios lo que le corresponde, es decir, todo. Si Él es el Creador, el Sustentador, el Todopoderoso y el Todoamoroso, a Él corresponde, como respuesta justa, lo mismo. Ciertamente el hombre lo hará en la medida de sus capacidades, pues infinito sólo es Dios... El primer movimiento de Dios, y por eso es el origen de todo lo creado, es un movimiento de amor. A Él hay que referir la causa de la existencia de todo. Por eso, en línea chardiniana, a Él confluirá todo de nuevo. De Él surge, y hacia Él va...

De esta manera podemos entender que la ruta es también de Dios. No sólo los puntos inicial y final son de Él, sino todo el desarrollo de la historia. Es justicia reconocer que Dios es el actor fundamental en todo el entramado de la historia humana. En esa ruta, que es nuestra historia, entramos también los hombres como actores. Y hacemos nuestra parte bien, si nos colocamos en la línea de secundar la intención originaria del Creador, cuando respetamos que todo está hecho para ser colocado a sus pies; que la fidelidad a Él y a su Palabra son las razones últimas de nuestra felicidad, pues hemos sido hechos para Él y jamás lo seremos si estamos lejos de Él; que el camino correcto para construir un mundo nuevo y mejor es el que Él propone reconociendo en el mismo movimiento que nadie sabe mejor eso que el mismo del cual surgió todo; que la instauración de la fraternidad humana es el logro final de ese ser imagen de Dios que estuvo en la intención primerísima de la creación del hombre, y que nunca lograremos hacer reinar a Dios mientras no seamos capaces de ser hermanos verdaderos entre nosotros... Pero hacemos nuestra parte mal cuando no reconocemos a Dios como al primer invitado que tenemos que tener en nuestras vidas; cuando lo tenemos tan lejos que parece un extraño las veces que es nombrado; cuando no tenemos siempre a la vista su voluntad y su palabra para cumplirla como requisito para la plenitud; cuando pretendemos poner para la construcción del mundo deseado, unas bases tan endebles como nosotros mismos, como las criaturas, como lo pasajero; cuando no nos entendemos como hermanos, y pretendemos construir nuestras relaciones sobre consideraciones de dominio, de explotación, de esclavitud, lejos de la fraternidad que es la clave para la convivencia pacífica y justa...

Cuando se elige este segundo camino, estemos seguros de ello, Dios interviene. A pesar de que Él es reverencialmente respetuoso de nuestra libertad, también desea nuestro bien. Y cuando percibe que la injusticia se yergue como norma, y en ese itinerario desplaza totalmente a los hermanos, los humilla, los pisotea, los utiliza como productos o como números, Él actúa para tratar de restablecer el orden correcto. No es indiferente al desarrollo de la historia, aun cuando no haya sido invitado. Y actúa con mayor determinación si el afligido es débil, humilde, sencillo, justo... Cuando este débil ya no tiene quien lo defienda, el poder infinito de Dios sale a su favor... No está solo. Puede ser humillado por la injusticia, "pero -dice el débil- el Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo. Se avergonzarán de su fracaso con sonrojo eterno que no se olvidará. Señor de los ejércitos, que examinas al justo y sondeas lo íntimo del corazón, que yo vea la venganza que tomas de ellos, porque a ti encomendé mi causa. Cantad al Señor, alabad al Señor, que libró la vida del pobre de manos de los impíos".

Es el canto victorioso de quien se sabe asistido por la mano poderosa y amorosa del Dios que estará siempre a favor del despreciado y del humillado, del débil y del justo. No hay certeza más firme que ésta: Dios auxilia a sus hijos más débiles. Quien se coloca en actitud continua de ofensa hacia los débiles de Dios, no tiene ni idea de lo que está haciendo y contra quién, en realidad, está actuando. No hay poder que valga cuando es Dios quien se presta para defender como peña inexpugnable a quien se ha confiado en su debilidad a Él. Al no haber ya defensor a la mano, queda Dios. Y el ofensor será completamente humillado. De eso no puede haber ninguna duda...

No se trata de que no existan los intentos de los poderosos. Existirán. Y serán quizás cada vez más crueles, pues deben esconder su debilidad extrema en la violencia. Pero en medio de los mayores sufrimientos, los débiles deben tener la certeza de que ellos serán los que obtendrán la victoria, por haberse confiado radicalmente en Dios... Ya lo demostró Jesús cuando se opuso a la peor plaga que ha habido contra el hombre, la del demonio. El diablo se creyó todopoderoso porque logró llegar a humillar al máximo al hombre, pero quedó en el ridículo mayor cuando fue vencido en la Cruz por el amor de Jesús... Su victoria fue tejida desde la voluntad salvífica del Padre al cual Él sirvió totalmente. Es la obra del Padre la que vino a realizar, pues Dios no podía permitir que sus hijos fueran arrebatados por el poder del mal que pretendía humillarlo y esclavizarlo. Los débiles fuimos todos. Y a favor de todos salió Jesús: "Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre".

Aunque veamos un panorama oscuro, no perdamos jamás la esperanza, pues Dios no nos engaña. Si dice que sale a favor del justo, lo hace. Quienes luchan por la justicia y por instaurar un reino de paz y de convivencia armónica, nunca quedarán defraudados.Dios mismo sale a su encuentro como apoyo, como inspiración, como fortalecedor. Más, cuando exista el empeño de los poderosos de hacer todo lo contrario. Aunque tengan la fuerza de las armas o de la humillación a los hermanos, la fuerza de Dios es infinitamente más poderosa, y hará vencer, somo siempre, al justo...

sábado, 16 de noviembre de 2013

El poder de Dios es nuestro

La Sabiduría, como hemos visto, es el Espíritu de Dios, sublime, creador, todopoderoso, inspirador de todo lo bueno, sustentador de todo lo que existe... En el Antiguo Testamento tenemos ya esbozos muy específicos de lo que es, y de las maravillas que es capaz de hacer en favor de todos los hombres. No se arredra ese Espíritu cuando toca ponerse del lado de los hombres. Y es lógico que así sea, pues el Dios Creador e infinitamente misericordioso con el hombre, siendo a la vez Providente de todo lo bueno para él, no es lógico que lo hubiera creado y lo hubiera abandonado a su suerte... Sabe muy bien que habrá mucha bondad en el mundo, pero tampoco está oculto para Él que la maldad brotará a borbotones... Por eso, ese Espíritu de Dios, Sabiduría infinita, habiendo asumido la vida de los hombres en su mano, es su principal aval para defenderlo y conducirlo siempre por las rutas de su bienestar.

La Sabiduría es Dios mismo. Ya ha quedado claro, por la revelación que nos ha traído posteriormente Jesús, que esa Sabiduría divina es la tercera persona de la Trinidad Santísima, que fue la revelación más alta que Él nos trajo. Jesús nos descubrió cuál sería su tarea en el mundo. El Espíritu está a la misma altura de las otras dos personas de la Trinidad. Por eso el mismo Jesús dice: "Es necesario que yo me vaya para que venga el Espíritu". Él llevará a plenitud la obra que realizó Jesús, la hará llegar a todos los hombres. Siendo el alma de la Iglesia la inspirará para que sea verdadero y dócil instrumento de la salvación de todos los hombres sobre la tierra.  sta tarea del Espíritu, en cierto modo, es la continuación de lo que ya la Sabiduría venía haciendo en favor de los hombres elegidos en el pueblo de Israel. No puede haber discontinuidad en Él ni en su obra...

Esa Sabiduría de Dios, que revoloteaba sobre las aguas como una paloma, tal como nos lo describe el Libro del Génesis, es Espíritu Creador. Es el hálito de vida que Dios insufla en las narices de los hombres recién creados. Es quien da la participación en la naturaleza divina que Dios coloca en los hombres al hacerlos "a su imagen y semejanza". La condición espiritual de los hombres está sustentada en la presencia de la Sabiduría en sus almas. Y todas las inspiraciones que Dios da a los hombres de Israel, protegiéndolos y haciéndolos avanzar resueltamente hacia la tierra prometida, vienen de esa fuente inagotable que es la Sabiduría... Es impresionante hacer un recorrido por la historia de Israel, por sus aciertos y avatares, para percibir la inmensa presencia del Espíritu defensor e inspirador, el que los anima y los llena de la ilusión de seguir avanzando, a pesar de las inmensas dificultades...

Pero más aún es llamativa su acción siempre en favor del pueblo elegido, en todas las circunstancias... Fue esa Sabiduría la que llenó de espíritu de fidelidad a Abraham, en el momento de hacer caso a la invitación de dejarlo todo, con la promesa de que sería padre de multitudes. Es el Espíritu el que mantuvo fiel a Lot, por lo cual pudo salvarse de la destrucción de Sodoma y Gomorra. Es el Espíritu el que inspiró a los hermanos de José la venta a los esclavistas del desierto, para asegurar su llegada a Egipto, de modo que por él se salvara a Israel  de morir de hambre en el desierto. Es el espíritu el que hizo surgir de entre los israelitas esclavos en Egipto a Moisés, que obtuvo el favor de la hija del Faraón, por lo cual tuvo el ascendiente suficiente para revelarse y conducir al pueblo a la liberación de la esclavitud. Es el Espíritu el que hizo brotar las plagas contra Egipto, e hirió a los primogénitos, para que se dieran cuenta los esclavistas de que Dios estaba a favor de este pueblo al que ellos tenían mancillado bajo su poder. Es el Espíritu el que hizo abrir las aguas del mar Rojo, de modo que pudieran pasar por en medio los israelitas y engullera luego de su paso a los egipcios que lo perseguían...

Ese Espíritu de Dios no sólo actuó bajo la "advocación" de la Sabiduría, sino que sigue presente en nuestra historia. Es el Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús, el que envía el Padre y el Hijo para seguir presente en la historia de la Iglesia y en la historia de cada cristiano. Ese mismo Espíritu, en la plenitud de los tiempos, cubrió absolutamente con su presencia a la Virgen María, haciéndola concebir al que iba a ser el Redentor de la humanidad. Fue el que inspiró los cánticos de Zacarías, de Simeón, de Ana, d la misma Virgen María, cuando reconocieron todos las maravillas que Dios seguía haciendo en favor de los hombres... Ese mismo Espíritu no sólo inspiraba a los fieles a Él, sino que seguía haciendo en verdad esas maravillas sobre el mundo...

Y ese mismo Espíritu es el que está en la Iglesia como su alma. El que descendió sobre los Apóstoles y María el día de Pentecostés, haciendo que naciera oficialmente la Iglesia, y lanzando a los Apóstoles a la aventura más maravillosa de toda la historia, que es la de llevar el amor y la salvación de Dios a todos los hombres, sus hermanos. El Espíritu inspiró a los apóstoles, los llenó de su presencia que es amor infnitio, les dio el celo amoroso para lograr la salvación de la mayor cantidad posible, y sigue haciendo que hoy, hombres y mujeres fieles, se empeñen por amor a hacer que todos conozcan a Dios, a Jesús, lo amen y se quieran salvar, viviendo fielmente junto al Dios de la felicidad eterna...

Así como en toda la historia estuvo presente para lograr que la voluntad divina se cumpliera, así como fue fortaleza para Jesús en la Cruz ignominiosa, así como lo arrancó de la muerte de manera maravillosa en la Resurrección gloriosa, así mismo sigue hoy presente en la historia de cada uno de nosotros. No estamos solos en este caminar hacia Dios. No nos defendemos solos, pues ese poder infinito de Dios que está en su Espíritu, está con nosotros, individualmente y como miembros de la Iglesia. El poder de Dios es nuestro, porque nuestro es su Espíritu. Él mismo nos lo ha dejado como la mejor prenda para nuestro caminar. Él nos sigue inspirando, sigue abriendo los caminos para cada uno de nosotros, sigue inspirando las palabras y las acciones que necesitamos para avanzar, nos sigue protegiendo y defendiendo de todos los peligros.... Sólo tenemos que dejarnos acompañar fielmente por Él, y dejar que su poder se exprese cada vez que lo necesitamos. No nos quedemos débiles rechazáandolo o siendo indiferentes a su presencia. Seamos inteligentes, y pongamos a nuestro favor, como Él quiere hacer, toda su fuerza para vencer en todas las cosas...