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sábado, 3 de abril de 2021

La Vida que nos da Jesús es para que vivamos como resucitados

 La historia de la tumba de Jesús: ¿concuerda la evidencia? | CNN

Luego de la muerte de Jesús, su cuerpo fue tomado y colocado en un sepulcro que había proporcionado José de Arimatea, uno de los amigos y seguidores cercanos de Jesús, pues no tenía dónde reposar al entregar su vida. Allí pasará el tiempo que Él mismo había anunciado en el que estaría en los brazos de la muerte, preparándose para el triunfo final. Según lo que el mismo Redentor había dicho, estará rindiendo pleitesía al reino de la muerte por tres días: "El Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; y al tercer día resucitará". Él mismo, por lo tanto, había vaticinado que su estancia en manos de la muerte no duraría más de tres días. Serán tres días de vacío total, en el que el mundo entero contempla la muerte de ese hombre que era Dios y que se había encarnado para rescatar a los hombres de las garras de esa muerte en la que Él estaba sumido. Esos tres días comenzaron el viernes por la tarde, cuando falleció en la Cruz, siguieron el sábado durante todo el día, en el que las caricias de la soledad, de la oscuridad y del frío del sepulcro se cebaron contra ese cuerpo inerte, y terminaron en las primeras horas del domingo, en el que el Padre portentosamente lo hace resurgir de la muerte y lo resucita, con lo cual se cerraba el ciclo completo de la tarea que venía a realizar y se lograba la victoria absoluta sobre el demonio, sobre la muerte, sobre el pecado y sobre el mal que azotaban al hombre. Todo lo cruel y doloroso que fue el sufrimiento asumido, se trueca en gloria total, recuperada por el Hijo de Dios y trasladada a la humanidad, pues el mal había sido vencido y la victoria se trasladaba a la humanidad que el Dios hecho hombre gana para ella. El hombre, sin haber participado para nada en la obtención de esa gran victoria, es el gran beneficiario, pues Jesús vence para él. Habiendo sido Jesús quien muere y resucita, y el hombre quien proporciona todo el sufrimiento al Redentor, es a este último al que se le aplica la victoria. El Hijo de Dios vencedor adjudica la victoria a quienes lo habían cargado de sus culpas y le habían proporcionado todo el dolor. Es el misterio del gesto de amor que realiza el Verbo eterno, enviado al rescate por el amor del Padre Dios.

Contemplamos ya no solo a Aquel que es humillado y vejado al extremo, cuando asume la pasión en nombre de cada hombre de la historia, al que es escupido y burlado, al que es golpeado y azotado, al que es abandonado por todos, al que enfrenta en la soledad más absoluta todo el sufrimiento que le viene encima, sino que contemplamos ahora al que sufre la muerte en la soledad más oscura, en el frío más cruel, en la oscuridad más cerrada, que son las condiciones del sepulcro. Podemos ver así a quien ha rendido el mejor homenaje al Padre para poder satisfacer por la culpa que no era suya, pero que tuvo que asumir haciéndose hombre para poder hacer lo que el hombre por sí mismo no podía hacer. Sólo el hombre que era Dios podía hacer lo que el solo hombre por sí mismo no podía. He ahí el amor hecho acción real. Es el verdadero concepto de Redención: Ofrecerse por quien no tiene la capacidad de hacerlo para restañar las heridas que este mismo ha producido. Jesús es el hombre libre que se hace cautivo y que se entrega como esclavo a la muerte, para liberar a los que verdaderamente eran esclavos. Libera, quedándose hecho esclavo. La muerte de Jesús es el símbolo de la "victoria" del mal, y por contraste, de la victoria de los esclavos. Esa muerte aparece como una derrota total. "Mirarán al crucificado", y lo mirarán como el gran derrotado, pues las esperanzas que había puesto el pueblo en Ese que se perfilaba como el gran Libertador de Israel, estuvo muerto en la Cruz y su cuerpo inerte estaba escondido en el sepulcro. Es muy triste ver los rostros de quienes sintieron el gozo inminente de la liberación, pues ya era mucho el tiempo en el estaban oprimidos y pisoteados por el pie de los poderosos civiles y religiosos. Es fácil imaginarse la frustración que podían sentir, pues habían colocado todas sus esperanzas en ese personaje que ahora estaba encerrado en el sepulcro frío y sombrío. Pero el hilo de esperanza no se rompía del todo, pues Él mismo había dicho que "al tercer día resucitará". Los más audaces se atrevían a esperar lo imposible.

Y efectivamente, aquella esperanza infundida por Jesús cuando anunciaba su entrega a la muerte, pero añadía la noticia grandiosa de una gloria vencedora, se hace realidad gozosa. No podía ser que Aquel que había dicho palabras tan hermosas permitiera que todo eso cayera en el vacío. Era inconcebible que quien había expulsado demonios, curado enfermos, limpiado leprosos, devuelto la vista a los ciegos y el oído a los sordos y la capacidad de caminar a los paralíticos, y hasta resucitado muertos, quedara vencido en la soledad del sepulcro. Algo debía de suceder para trastocar esta suerte tan terrible de la muerte. Si Él se había identificado como el Hijo de Dios, y con ello se hizo igual a Dios, era imposible que sufriera el horror de la desaparición. El hombre Jesús había rendido tributo a la muerte, pero el Verbo eterno del Padre jamás podía morir. Es un absurdo pensar en la muerte de Dios. Dios no muere jamás, pues Él es el que autosustenta toda vida, incluyendo la propia, en el poder y en el amor. Y sucede, entonces, lo lógico. Y eso lógico es lo que esperó la humanidad durante toda su existencia anterior. Ese hombre que se ofreció en rescate de toda la humanidad y que murió en su entrega para el perdón de los pecados de todos, es rescatado de la muerte por Dios y hecho triunfante sobre el horror de la muerte. El sepulcro no es suficiente para contenerlo, pues la fuerza de la vida es mucho mayor que la fuerza que tiene la roca que cierra el sepulcro. Aquellos que habían vivido la frustración por la muerte de Jesús, experimentan ahora el gozo de que todo lo que había sido predicho de Él se había cumplido. Ese Hijo de Dios, que había dicho que al tercer día resucitaría, cumplió su palabra fielmente. Y de nuevo todos experimentaron lo que había vivido el pueblo de Israel en su historia anterior: Dios es un Dos fiel, cumplidor de sus promesas y comprometido con todo lo que ofrece. La resurrección de Jesús es el cumplimiento del rescate total de la humanidad. Tenía que morir, y en la Cruz vencer haciendo morir también con Él el poder del pecado y del demonio mismo, pero tenía que refrendar esa victoria con su resurrección gloriosa. Esa victoria es nuestra victoria. Sin haber aportado nada, la victoria se nos aplica a nosotros. Somos hombres libres, con Jesús hemos vencido al demonio. Ahora nos toca vivir como rescatados, como resucitados, como salvados. Es el regalo que nos ha dado el Padre en Jesucristo y debemos retribuirlo.

jueves, 26 de noviembre de 2020

La guerra no podrá más que la paz

 EVANGELIO DEL DÍA: Lc 21,20-28: Levantaos, alzad la cabeza; se acerca  vuestra liberación. | Cursillos de Cristiandad - Diócesis de Cartagena -  Murcia

Una de las lacras más terribles que hemos vivido los hombres en nuestra larga historia es la de la guerra. El enfrentamiento entre hermanos, creados originalmente en unidad, en solidaridad, en fraternidad esencial y natural, hace que se trastoque todo un orden añorado por Dios, establecido en el mejor sentido positivo desde su amor, pues es el beneficio que quiere que cada uno de nosotros tenga y disfrute. El objetivo de Dios al colocar al hombre en el centro de todo lo creado fue que todo estuviera en las manos de su criatura, sondeado todo por su manifestación de amor eterno e infinito, y que fuera ese estilo natural de vida que se tuviera para siempre. En ese diseño de amor eterno e inmutable Dios quiso congraciarse aún más con el hombre, concediéndole prerrogativas superiores a las de una simple criatura inferior. No solo le dio vida, lo llenó de su amor, puso en sus manos todos los beneficios posibles, sino que lo hizo similar a Él. Aquella decisión inicial del Padre: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza", añadió una perspectiva de simplemente creación a una de elevación total que no tenía naturalmente que darse en el origen. Pero así actuó el amor. Y a aquel amor de origen, Dios añadió el amor de capacitación y en cierto modo de asimilación a sí. De esta manera, al hombre, colocado en el centro de todo, no solo lo favoreció en absolutamente todo, sino que lo hizo alguien como Él. Evidentemente, en esta acción divina, el Señor tenía total claridad del "riesgo" que corría, pues dándole al hombre sus propias capacidades, haciéndolo similar a Él, lo hacía también introducirse en un campo en el que el hombre era absolutamente neófito. Si no mantenía en sí mismo esa unidad esencial con Dios, respetando su absoluta superioridad, dejándose amar plenamente, echando mano de todos los beneficios que ya tenía por donación, y decidía emprender caminos diversos a los que estaban pautados para su felicidad plena, ponía en riesgo todo lo que Dios le había regalado. La capacidad de discernimiento y de acción que  recibió el hombre de Dios se marcó con la rebeldía ante el Creador, haciendo que todo el entorno de paz y armonía que surgió inicialmente, fuera asumiendo rasgos indeseables, incluso para el mismo hombre que empezó a llenarse de desasosiego, de tristeza, de ansiedades, de añoranzas que no existían. Ciertamente todo esto entraba entre sus posibilidades, pues el hombre era un hombre libre. Lamentablemente esa libertad devino en esclavitud, al perder aquella raíz de bondad que era absoluta. El hombre, de absolutamente libre, pasó a ser absolutamente esclavo de sí mismo y de sus pasiones.

La historia ha quedado marcada por esto. El hombre pasó de ser hermano, a ser adversario. Se vivió desde el principio el enfrentamiento que surgió espontáneo al dejar a Dios a un lado. Incluso, en nuestros padres Adán y Eva, se dio una transformación inusitada. De "Esta es carne de mi carne y hueso de mis huesos", pasó a ser "Esa que me diste por compañera", en una especie de desprecio del regalo de amor que Yhavé había hecho a los hombres. Caín asesina a su hermano Abel por simples desavenencias y celos y llega al extremo de desentenderse de él incluso delante de Dios: "¿Qué tengo yo que ver con mi hermano?". Evidentemente el veneno de la muerte inoculó gravemente a la humanidad. Y ha mantenido su efecto pernicioso durante toda la historia. Los grandes enfrentamientos, nada nuevos en toda la historia, casi desde el inicio de la existencia del hombre han estado presentes haciendo el daño natural que se espera cuando el hombre permite que sean sus egoísmos, sus conveniencias, sus solos intereses personales o grupales los que imperen. El caldo de cultivo ideal para el enfrentamiento entre hermanos es un empeño en erigirse como únicos, como los que dominen, como los que lo controlen todo, como los que se sienten con derecho a dañar y pisotear al hermano, en una clara negación de una esencia natural original de fraternidad y solidaridad común, basada principalmente en el deseo de unidad de Dios y en el amor que Él mismo ha impreso en el ser del hombre. El desprecio de esa realidad fundamental es la raíz del mal. Por ello la guerra es un acontecimiento letal, pero que tiene que ver con el uso radicalmente equivocado de aquella condición humana de libertad que ha debido desembocar en algo muy bueno, y no lo hizo por causa del egoísmo que lo trastocó todo. Muchos hombres se han puesto en el camino de la búsqueda de la paz necesaria. Y la han logrado en medio de muchísimas luchas y dolores. Sobre todo los últimos Papas de la Iglesia han emprendido campañas muy significativas tratando de convencer a los hombres de esa necesidad de alcanzar la concordia, basados en argumentos de justicia, de fraternidad, de solidaridad, de orden social. Esa conciencia ha servido para que muchos que habían sucumbido a la sed de la guerra se centraran mejor en sí mismos y en los valores de la paz y llegaran a pensar que un camino distinto sí era posible. No es que no haya habido oposición a la guerra. Lo que ha habido es haberse sentido apabullados por su fuerza contundente. Pero es necesaria la reacción, y se está dando: "Yo, Juan, vi un ángel que bajaba del cielo con gran autoridad, y la tierra se deslumbró con su resplandor. Y gritó con fuerte voz: 'Cayó, cayó la gran Babilonia. Y se ha convertido en morada de demonios, en guarida de todo espíritu inmundo, en guarida de todo pájaro inmundo y abominable. Un ángel vigoroso levantó una piedra grande como una rueda de molino y la precipitó al mar diciendo: 'Así, con este ímpetu será precipitada Babilonia, la gran ciudad, y no quedará rastro de ella. No se escuchará más en ti la voz de citaristas ni músicos, de flautas y trompetas. No habrá más en ti artífices de ningún arte; y ya no se escuchará en ti el ruido del molino; ni brillará más en ti luz de lámpara; ni se escuchará más en ti la voz del novio y de la novia, porque tus mercaderes eran los magnates de la tierra y con tus brujerías embaucaste a todas las naciones'. Después de esto oí en el cielo como el vocerío de una gran muchedumbre, que decía: 'Aleluya. La salvación, la gloria y el poder son de nuestro Dios, porque sus juicios son verdaderos y justos. Él ha condenado a la gran prostituta que corrompía la tierra con sus fornicaciones, y ha vengado en ella la sangre de sus siervos'. Y por segunda vez dijeron: '¡Aleluya!' Y el humo de su incendio sube por los siglos de los siglos. Y me dijo: 'Escribe: 'Bienaventurados los invitados al banquete de bodas del Cordero'". El triunfo final no será el de la muerte ni el de la guerra. Todos los que se hayan alineado equivocadamente en esa línea quedarán confundidos y excluidos. El triunfo es el del Cordero, el Salvador, el Señor. Y con Él triunfarán todos los pacíficos.

Por supuesto que este triunfo final del Señor será total. No puede ser vencido jamás quien tiene todo el poder y es la razón de la existencia de todo. Pero en el ofuscamiento total de los malos, guardarán una esperanza absurda de poder dominar a quien tiene todo el poder. Y en esa intención harán mucho daño, pues aquellos que les sirvan se erigirán en soldados poderosos y llenarán la tierra de su maldad y de su destrucción por largo tiempo. Los hombres en la historia hemos vivido las grandes deflagraciones que nos han asolado, con las gravísimas consecuencias de millones de hombres y mujeres que han sido víctimas del odio inhumano de la guerra. Las destrucciones masivas de poblaciones han sido inmensamente dolorosas. Ha sido impresionante la capacidad de mal que producimos cuando nos dejamos dominar por nuestro egoísmo. Pero así mismo también hemos asistido a las demostraciones grandiosas de la capacidad de bien que ha sido manifestada. El hombre, no lo puede negar, ha sido hecho para el bien. Y aunque se deje robar por el mal, su raíz nunca dejará de ser buena. Solo se contaminará con el empeño del pecado que es obstinado. A esa lucha final se refiere Jesús. Y nos alerta, pues el tiempo final, teniendo la connotación de la bondad y la plenitud que tendrá sin duda alguna, será tiempo de exigencia en el que a los alineados con el bien se les pedirá el mayor de los esfuerzos que jamás podrán haber asumido antes. Será tiempo duro, pero que debe estar marcado por la esperanza. En medio del fragor deberá brillar el amor. En medio del dolor deberá brillar la entrega a Jesús. En medio de la angustia deberá brillar la luz de la serenidad. En medio de la oscuridad deberá brillar la luminosidad del futuro feliz y de plenitud: "Cuando ustedes vean a Jerusalén sitiada por ejércitos, sepan que entonces está cerca su destrucción. Entonces los que estén en Judea, que huyan a los montes; los que estén en medio de Jerusalén, que se alejen; los que estén en los campos, que no entren en ella; porque estos son 'días de venganza' para que se cumpla todo lo que está escrito. ¡Ay de las que estén encintas o criando en aquellos días! Porque habrá una gran calamidad en esta tierra y un castigo para este pueblo. 'Caerán a filo de espada', los llevarán cautivos 'a todas las naciones', y 'Jerusalén será pisoteada por gentiles', hasta que alcancen su plenitud los tiempos de los gentiles. Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y el oleaje, desfalleciendo los hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo serán sacudidas. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria. Cuando empiece a suceder esto, levántense, alcen la cabeza; se acerca su liberación". Es ya el momento final. El de nuestro triunfo. Y será el de la derrota total de los malos, que quedarán totalmente excluidos de aquella paz que se ganará. Tuvieron su oportunidad y no la aprovecharon. Y con ellos habrán arrastrado a muchos. Pero no podrán impedir que la plenitud del gozo para la humanidad se haga una total realidad, pues es el fin que Dios ha diseñado para el hombre. Y que será para siempre, porque nos ama infinitamente.

miércoles, 1 de julio de 2020

El demonio solo tendrá el poder que nosotros le pongamos en sus manos

Curación de los dos endemoniados de Gadara - 20170705

A los hombres nos encanta estar en la cuerda floja. Muchas de las situaciones que vivimos, en las que nos encontramos entre la espada y la pared, son provocadas por nosotros mismos, pues creemos que somos invencibles y saldremos siempre incólumes del peligro en el que nos colocamos. Lejos de estar vigilantes ante el mal que puede acarrearnos ponernos en el candelero, lo hacemos como para probar que somos fuertes o como para disfrutar en algo del sabor de lo prohibido, con la falsa idea de que luego podremos volver al camino de la normalidad. Lo cierto es que no somos tan fuertes y muchas veces el sabor del mal nos deja marcados y nos arrastra de tal modo que llega el punto en el que ya no nos será posible desencadenarnos de él. El deseo de probar algo nuevo y desconocido se da por creer con falsa ilusión que podremos encontrar algo en lo que sintamos mayor satisfacción que la que nos ofrece Dios mismo cuando disfrutemos del gozo de estar con Él, cuando tengamos la experiencia profunda y totalmente gratificante de su amor. Somos hombres en continua búsqueda de la felicidad y cuando no la vivimos en plenitud con Dios, no por su causa sino por no abandonarnos total y confiadamente en sus manos, surge siempre la añoranza de algo mejor, de algo más plenificante, de algo más satisfactorio. En vez de profundizar en la felicidad que el mismo Dios nos provee y que es mayor a medida que nos entregamos a Él, volteamos la mirada hacia otro lado y nos vamos irreflexivamente detrás del mal. El regalo a los sentidos, las satisfacciones pasajeras, los gustos irrefrenados, nos van conduciendo a un abismo en el que llegamos a pensar que se está muy bien pero en el que además vamos sintiendo mayor necesidad de ello, por lo que nos hundimos aún más y se nos hace casi imposible salir de él, pues nos va envolviendo de tal manera que sucumbimos totalmente. Se llega a necesitar más y más, y cada gusto complacido es una nueva cadena que nos ponemos y que nos inmoviliza, hasta dejarnos totalmente inútiles y secuestrados. Llegamos a la condición de aquellos endemoniados que salen al encuentro de Jesús en el camino de los gadarenos: "Desde los sepulcros dos endemoniados salieron a su encuentro; eran tan furiosos que nadie se atrevía a transitar por aquel camino. Y le dijeron a gritos: '¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí a atormentarnos antes de tiempo?'" Nuestra condición de esclavizados nos hace imposible ver que Jesús se acerca para ofrecernos la recuperación de nuestra dignidad, tendiendo su mano para que nos tomemos de Él y nos pueda sacar del abismo en el que nos encontramos.

Pero el demonio conoce muy bien su limitación ante Jesús. Llama mucho la atención que sin ni siquiera ofrecer resistencia, prácticamente implora misericordia de Jesús: "A cierta distancia, una gran piara de cerdos estaba paciendo. Los demonios le rogaron: 'Si nos echas, mándanos a la piara'. Jesús les dijo: 'Vayan'. Salieron y se metieron en los cerdos. Y la piara entera se abalanzó acantilado abajo al mar y murieron en las aguas". Es la prueba irrefutable que nos da la Palabra de Dios de que delante de Cristo, el Hijo de Dios, Dios Él mismo que se ha hecho hombre, el demonio no tiene ninguna opción. La fuerza del demonio es inexistente cuando Jesús está presente. Él lo ha vencido siempre y jamás dejará de hacerlo. Así ha sido y lo será siempre, desde que el demonio se rebeló delante de Dios y provocó la ruptura de la armonía total que existía en aquella creación de orden espiritual que estaba toda ella en la absoluta concordia por la plenitud del gozo que vivían todos los seres espirituales en la presencia de Dios. El hermoso Arcángel Luzbel -"Luz Bella"-, el más hermoso de todos, pretendiendo acoger en sí un poder mayor que el de Dios su Creador, demostró su poco juicio, quedando en el mayor ridículo y en la mayor de las debilidades. Desde ese momento contaba solo con su propio poder delante de Dios y comenzó su historia de derrotas incontables. No le quedó más remedio que buscar aliados, y los encontró en quienes demostraron también poco juicio delante de Dios, en los hombres que, conquistados por sueños de grandeza sin fundamento, se dejaron engañar por esta criatura espiritual, que tenía mayor inteligencia. Se comprueba que ni Luzbel ni el hombre, por sí mismos, tienen poder. Delante de Dios jamás lo tendrán. La historia del demonio es historia de derrotas. Nunca podrá vanagloriarse de haber vencido a Dios. Ni siquiera en aquella aparente derrota ignominiosa que procuró a Jesús, haciéndole llegar a la muerte en Cruz, pues esa supuesta victoria suya fue su derrota más contundente, ya que al morir Jesús, arrastró a la muerte su poder demoníaco, lo cual quedó refrendado por la resurrección gloriosa del que supuestamente había sido vencido, que resurgía triunfante de la muerte. Esa fue su derrota final. Ante esto, cabe preguntarnos entonces, ¿de dónde le viene el actual poder al demonio, si ha sido, como en efecto fue, ya derrotado por Jesús y no tiene más poder en sí mismo?

La respuesta es muy sencilla. Y por ser tan sencilla es a la vez muy sorprendente. El poder que tiene el demonio actualmente, habiendo sido vencido totalmente por Jesús y habiendo quedado en el mayor ridículo de la historia, lo obtiene de aquellos a los que asoció a su absurdo desde el principio, es decir, de los hombres. No teniendo poder en sí mismo, pues delante de Dios nunca tuvo un poder mayor que el de Él, y habiendo sido vencido en la Cruz quedando totalmente debilitado y sin fuerza, perdiendo la poca que tenía, saca su poder del poder que le pongamos los hombres en sus manos. Es de nosotros mismos que toma oxígeno y se engrandece. Se vanagloria porque aún los hombres, en la experiencia más absurda de nuestra supuesta emancipación de Dios, preferimos dejarnos seguir dominando por él y le permitimos actuar a sus anchas en nosotros. El poder que tiene el demonio será solo el que nosotros le pongamos en sus manos. Ya él fue vencido por Jesús y eso no cambiará jamás. Él está totalmente postrado a los pies de Cristo, que le tiene pisoteada la cabeza. Así lo reconoce él mismo cuando, como en el caso de los endemoniados, implora que no lo humille. Pero la desgracia mayor para nosotros es que en muchas ocasiones, así lo preferimos nosotros. En vez de rendirnos al poder, al amor y a la misericordia de Dios, preferimos dejar que Luzbel siga andando a sus anchas. Sucedió también con los paisanos de aquellos endemoniados: "Los porquerizos huyeron al pueblo y lo contaron todo, incluyendo lo de los endemoniados. Entonces el pueblo entero salió a donde estaba Jesús y, al verlo, le rogaron que se marchara de su país". En vez de alegrarse por el triunfo contundente de Jesús sobre el demonio, le piden que se marche de allí. Prefieren la presencia del demonio que la de Jesús, pues Jesús los compromete a seguirlo. Para ellos resultaba más satisfactorio estar encadenados al demonio que liberados en Jesús. A ese punto había llegado su enajenación. El hambre de pecado les había enturbiado el alma y el corazón. La plena libertad la desechaban prefiriendo la esclavitud, y pusieron por encima la oscuridad sobre la luz, el abismo sobre la cima, la tristeza sobre el gozo pleno. Sin embargo, el trueque que nos propone Dios es el mismo de siempre: "Busquen el bien, no el mal, y vivirán, y así el Señor, Dios del universo, estará con ustedes, como pretenden. Odien el mal y amen el bien, instauren el derecho en el tribunal. Tal vez el Señor, Dios del universo, tenga piedad del Resto de José". Lo sigue proponiendo a cada uno de nosotros. Lo tomamos o lo dejamos. O nos ponemos del lado del que ya ha vencido, de Jesús y de su amor, o seguimos poniendo en las manos del demonio el poder que ya no tiene y le permitimos seguir venciendo sobre nosotros y haciéndonos daño. Con mucho, dejarse vencer por Jesús no poniendo ya más poder en las manos del demonio, será nuestra mayor victoria.

sábado, 28 de septiembre de 2019

Esta noticia es muy buena

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La noticia que le da Jesús a los apóstoles no presagia nada bueno. Anuncia un futuro inmediato de entrega y de dolor. "Métanse bien esto en la cabeza: al Hijo del hombre lo van a entregar en manos de los hombres." Es, sin duda, un lenguaje oscuro, misterioso, el que usa Jesús. En medio de una conversación y de la realización de hechos maravillosos en los que demostraba su poder incluso sobre el demonio, de repente Jesús cambia radicalmente su discurso. Había increpado a los apóstoles y a todos los presentes: "¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con ustedes y tendré que soportarlos?" Ellos habían sido incapaces de liberar a un niño poseído por un demonio. "Pero Jesús increpó al espíritu inmundo, curó al niño y lo devolvió a su padre; y todos quedaron atónitos ante la grandeza de Dios". La admiración de todos por el portento realizado por Jesús, mutó en sorpresa y en temor por las palabras que había pronunciado. ¿Cómo era posible que quien demostrara tal poder y sabiduría dijera que sería entregado? Esa entrega sugería debilidad, dolor, sufrimiento, muerte. Este anuncio era absolutamente inconsistente con lo que acababan de presenciar. "Ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro que no cogían el sentido. Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto."

El misterio de Jesús es inabarcable en su totalidad. Y requiere de un corazón humilde y bien dispuesto a la sorpresa de Dios. El amor es siempre sorprendente y sus movimientos, por ser animados desde la búsqueda del bien del amado, serán siempre nuevos y admirables. El amor nunca piensa en sí mismo, nunca busca su propio bienestar. Solo es motivado por el bien del amado. Si no estamos acostumbrados a dejarnos llevar por el amor, siempre seremos sorprendidos por sus acciones. El que ama deja a un lado su propio bienestar y lo coloca todo en función de lograr el bien y la felicidad de aquel a quien ama. Lo demostró de manera fehaciente el Hijo de Dios desde el principio cuando aceptó, por su amor eterno e infinito al hombre, la misión que el Padre le encomendaba: "Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna". Y ese Hijo, mirando a su corazón y descubriendo en Él el mismo amor del Padre, respondió con alegría: "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad". El Verbo eterno del Padre dejó entre paréntesis toda su gloria, su infinitud, su omnipresencia, para realizar la obra de amor más profunda conocida en la historia de la humanidad, el rescate del hombre de la penumbra y de la muerte, con la propia entrega y la propia muerte ignominiosa. Ese fue el primer paso de todos los que dio posteriormente, en los cuales, en cada uno de ellos, gritaba su amor por nosotros.

Con todo, la noticia que daba Jesús no se debe ver solo con la carga negativa que en sí misma representaba. Es necesario abarcarla en su totalidad. Ese paso era el primero, el que preludiaba una entrega en la que el Hijo de Dios asumía el sufrimiento y la muerte, pero solo como paso para la luminosidad de la vida y de la liberación de los amados. El dolor y la muerte eran los gestos de satisfacción necesarios para compensar por el pecado que el hombre había cometido. La deuda de la humanidad la saldaba el Dios que se hizo hombre por amor. Es admirable que el único que no tenía culpa, borrara de la libreta de saldos negativos de la humanidad esa deuda, y la colocara en su libreta inmaculada de culpas que no tenía. Es un gesto que solo se explica por el amor desinteresado del Hijo de Dios, por un amor que es capaz del sacrificio mayor en favor de aquel a quien ama más que a sí mismo. Una entrega que abre las puertas para la victoria final. Una derrota que es preludio del triunfo más apoteósico al que se puede asistir. El sepulcro de Jesús fue la catapulta para su resurrección. No podía la Vida ser presa de la muerte. No podía la Luz quedar escondida en la oscuridad. No podía quien aglutinaba en sí a la humanidad entera quedar secuestrado por la soledad .

Por eso, el final del camino es glorioso. La noticia no se queda en lo terrible de lo inmediato. Hay que mirar más allá. El anuncio es el de la victoria. El amor nunca podrá ser derrotado definitivamente. Aunque el mal y el odio puedan jactarse de alguna victoria en alguna batalla, la guerra será ganada siempre e invariablemente por el bien, por la vida, por el amor. Lo que anuncia Yahvé para Jerusalén, es el anuncio de lo que sucederá con la humanidad: "Por la multitud de hombres y ganado que habrá, Jerusalén será ciudad abierta; yo la rodearé como muralla de fuego y mi gloria estará en medio de ella –oráculo del Señor–." Israel había sido asediada, pisoteada, invadida por imperios más poderosos. La humillación había sido su signo por muchos años. Pero Dios estaba allí, contemplando esa humillación, para luego consolar y hacer resurgir. La gloria iba a ser mucho mayor que el dolor. "Alégrate y goza, hija de Sión, que yo vengo a habitar dentro de ti –oráculo del Señor–. Aquel día se unirán al Señor muchos pueblos, y serán pueblo mío, y habitaré en medio de ti." Israel será reconstruido y su prenda de seguridad será el mismo Dios liberador.

La noticia que anuncia dolor, sufrimiento y muerte, no es completa. Pasando por ese trago amargo, la meta final es el triunfo sobre el mal. Es el reinado de quienes hemos sido rescatados, presididos por Aquel que nos ha alcanzado la libertad. El amor de nuestro Dios nos hace vencedores con Él. Jesús no se queda contemplando la derrota por la que necesariamente debe pasar. Contempla el amor que me tiene, lo pone en la perspectiva de la Vida que me quiere dar, y pasa por la muerte con la mirada puesta en la victoria que me regalará. "Me amó a mí, y se entregó a la muerte a sí mismo por mí", comprendió perfectamente San Pablo. Jesús me ama infinitamente. Me ama con amor eterno. Y ese amor me sorprenderá haciendo lo impensable. Lo ha hecho y lo hará siempre. Por eso, se entrega por mí, a pesar de mí. Me mantiene en esta vida con amor. Me perdona una y mil veces por amor. Quien ha muerto por amor a mí, nunca dejará de realizar las acciones a las que lo mueve su amor. Soy un privilegiado. Debo hacerme digno de ese amor.

sábado, 14 de septiembre de 2019

Desde la Cruz, Dios nos grita su amor

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Si tuviéramos que resumir todo el mensaje evangélico en una sola frase, yo elegiría ésta del mismo Jesús: "Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna". Ella compendia la intención salvífica universal del Padre manifestada claramente desde la creación, la entrega amorosa y voluntaria de su Hijo, la necesidad de satisfacción del pecado que tiene la humanidad, que no puede ser alcanzada sino solo por una entrega de valor infinito como la del Hijo de Dios. Es la frase más hermosa, más esperanzadora, más compensadora, más explicativa de la voluntad amorosa de Dios hacia los hombres. Él, creador del hombre por un gesto de amor infinito, no puede quedarse de brazos cruzados ante la negativa del hombre a la posibilidad de ser salvado. Prefiere poner a su Hijo brazos en cruz, entregándolo por amor. Comprende Dios que el hombre no ha sabido valorar por sí mismo el gesto creador. Y no quiere gastar el tiempo en palabras que probablemente no sean plenamente comprendidas, sino en una acción totalmente clarificadora. Contemplar a Jesús en la Cruz, muriendo sin tener culpa, sin razón lógica para pender de ella como un delincuente, revela totalmente la intención amorosa de Dios. Él no dejará de hacer todo lo que sea necesario para que el hombre entienda su amor, lo reciba admirado, lo contemple hecho concreto en la realidad del inocente asesinado por los únicos culpables. Así lo entendió San Pablo: "Me amó a mí, y se entregó a la muerte a sí mismo por mí".

Exaltar la Santa Cruz no es admirar el instrumento de muerte que ella representa. Es contemplar el altar desde el cual el Hijo de Dios grita a todos que Dios nos ama infinitamente y que no se guardará nada de lo que sea necesario para que lo aceptemos. Es entender que solo desde ella puede el corazón desgarrado del Padre decirnos que Él no quiere otra cosa para nosotros sino nuestro bien. Principalmente, que quiere procurarnos el bien mayor, que es nuestra salvación, es decir, tenernos junto a Él viviendo su amor infinito para toda la eternidad. Ninguna otra razón ha movido al Padre a crearnos, fuera del amor. Un amor que solo quiere la felicidad del amado. Es el amor realmente oblativo y benevolente, único que hay en Dios. Él no busca ni requiere de compensación. El amor de Dios es suficiente en sí mismo. Y ese es el amor más profundo y real que puede existir sobre el mundo. Por eso se entiende que realice el gesto inmenso de la entrega que no busca ningún beneficio para sí mismo. Los únicos beneficiados somos nosotros. Y eso, sin tener ningún mérito.

Cuando contemplamos la Santa Cruz, no veneramos la muerte de Jesús. En ella vemos su victoria contundente. La estrategia de Dios es impresionante. Su aparente derrota es su mayor victoria. El demonio, artífice final de esta muerte cruenta, se regodeaba contemplando su supuesta victoria en la muerte de Jesús. No se imaginaba él que estaba a las puertas de su peor derrota. Muriendo Jesús en la Cruz, moría el poder del pecado y de la misma muerte. El mal era derrotado contundentemente. Éste era el preludio de la victoria final de Cristo, refrendada por su resurrección gloriosa y su posterior ascensión a los cielos, en las cuales el Hijo de Dios recuperaba su condición original, dejada entre paréntesis durante su vida terrena. El cuerpo exánime de Jesús no era ni mucho menos signo de derrota, sino espera dichosa de la ganancia mayor.

La Cruz era un cadalso, pero para Jesús no fue simplemente eso. Para los romanos era el castigo mayor que se infligía a los peores delincuentes. Jesús se había declarado Rey, con lo cual se ponía en rebeldía contra el César. Era una falta mayor que era castigada con la muerte. Y efectivamente este es su destino. A ese destino nos lleva a todos. El mismo itinerario de Jesús tendrá que ser el itinerario de todo el que quiera ser suyo. Así como Jesús pasó por la muerte para triunfar en la resurrección, así también cada uno debe seguir la misma suerte. "¿No saben ustedes que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, nos hemos sumergido en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una Vida nueva". La Cruz es, entonces, por Jesús, instrumento de Vida. En ella murió nuestro Redentor para vencer y darnos su victoria a cada uno de sus hermanos.

Por ello, debemos agradecer y exaltar a la Cruz. Es el signo evidente del amor del Padre al entregarnos a su Hijo para nuestra salvación. De un amor que jamás dejará de hacer lo que sea necesario para tenernos a su lado. De la entrega voluntaria de nuestro Hermano mayor para arrancarnos de las garras del pecado y de la muerte. Es el signo luminoso de la vida entregada y puesta en lo alto para que alcance para todos. De nuestra propia victoria aunque hayamos sido los causantes finales del horror de la muerte cruenta del Salvador. Del perdón, concreción de un amor que no guarda rencor ni se queda mirando la falta, sino que mira a su propio corazón y descubre en él el infinito amor que nos tiene y no tiene otra mira sino el deseo de tenernos eternamente junto a Él. La exaltación de la Cruz es fiesta del amor. "Ámense los unos a los otros como yo los he amado", es decir, hasta la muerte. En la Cruz Dios firmó su amor por nosotros. Y espera que lo amemos con la misma intensidad y la misma entrega. Y que nos amemos igual entre nosotros.

miércoles, 16 de abril de 2014

La Cruz no es derrota... ¡Es Victoria...!

La Redención es una obra de matices impresionantes. No sólo por lo que representa de poder y de misericordia en cuanto recupera para el hombre su condición original de gracia y de filiación divina, abriéndole así de nuevo la posibilidad de su entrada en la felicidad eterna en el cielo, sino por la aparente contradicción interna que en sí misma presenta... Quizá no haya existido sobre la tierra acción de mayor humillación hacia una persona en particular, como la pasión de Jesús. Recordemos todo lo que pasó: los fariseos deciden entregar a Jesús a los romanos porque ya está siendo excesivamente incómodo con sus denuncias y con sus obras que llaman tanto la atención contra ellos y contra el poder en general, contra la hipocresía de presentarse como los inmaculados cuando en realidad son "sepulcros blanqueados" que llevan sólo muerte y pudrición, contra la pretensión de mantener dominado y subyugado al pueblo sencillo y humilde de Israel bajo un terrorismo espiritual que mostraba la manipulación más indigna de la realidad religiosa del hombre... Llegan incluso a querer quitar de en medio a Lázaro, pues había sido resucitado por Jesús y le estaba dando "demasiada publicidad" poniéndolos a ellos aún más en evidencia... Las buenas obras de Jesús debían ser desaparecidas...

Jesús es vendido con el precio de un esclavo. "¿Qué están dispuestos a darme si se lo entrego? Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo". Es la repetición de lo que sucedió con José en el desierto, vendido como esclavo por sus mismos hermanos. José, con su vida, anuncia lo que sucederá con el Mesías Redentor. Paradójicamente, esa venta fue la salvación de Israel que se moría de hambre en el desierto. El pecado de los hermanos resultó convertido, por la infinita misericordia de Dios, en una acción providencial de amor y de salvación. Porque José era el segundo del Faraón en Egipto, Israel fue salvado de morir. El que fue vendido como esclavo, haciéndose esclavo sin haberlo sido originalmente, sino asumiéndolo por la obra que cumpliría posteriormente, es el liberador, el que rescata de la muerte. Es exactamente lo que sucede con Jesús. La humillación de haber sido vendido como esclavo, fue lo que sirvió para que desde la Cruz liberara a toda la humanidad de morir cruelmente bajo las garras del pecado...

Cada paso de la Pasión de Jesús es de humillación: golpes, burlas, escupitajos, desnudez... Incluso es preferido un delincuente notorio como Barrabás por encima de Él, que no había cometido ni un solo delito. El ensañamiento contra Jesús, el único Justo, es impresionante. No hay nada que hable de la bondad de los hombres en esta gesta, sino que todo deja desnudo el espíritu de la malignidad, el odio, la devastación que se pretende hacer contra el que es inocente de todo lo que se le acusa... Los pasos de la humillación son parte de esa Pasión que pronto será horriblemente cruenta por el sufrimiento físico que representará... No le basta a la maldad humana el ver humillado hasta el fondo al hombre, sino que quieren verlo sucumbir también en los más horribles sufrimientos, hasta quedar exhausto e inerme pendiendo de una Cruz de muerte. Realmente, más que ver desnudo al Salvador en la Cruz, se ve desnudo el hombre, que deja entrever el horror de la maldad de la que está enferma su alma...

Pero, contrariamente a lo que se puede pensar, a pesar de que la maldad se ceba con este espectáculo de sombras y penumbras, en él se está gestando la victoria más contundente de todas... Los caminos de la providencia vuelven a brillar esplendorosos y sabrán convertir lo que es un espectáculo bochornoso en la obra de Redención que descubre la más hermosa intención de amor y de misericordia de parte de Dios: "A pesar de que me humilles, de que me trates tan mal, de que te burles de mí, de que me desnudes y me vejes, Yo te sigo amando infinitamente. Y mi amor es todopoderoso. Unos golpes, unas burlas, una humillación, nunca lo harán desaparecer. Te amo, y siempre será así... Esto que estoy pasando por ti y por amarte tanto, será, aunque te sorprenda, tu salvación... La humillación a la que me sometes, te salva, porque así lo quiero Yo..."

Es lo que dice Isaías: "Ofrecí la espalda a los que golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos... Mi Señor me ayudaba, por eso no me quedaba confundido, por eso ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado". Jesús asume, como lo profetiza Isaías, todo ese sufrimiento, pues sabe que es la obra redentora que debe emprender. Es el itinerario de la satisfacción que debe realizar, que pasa por la extrema humillación. No es sólo la malignidad del hombre la que lo hace posible. Jesús lo hubiera podido hacer de otra manera menos cruenta, pero sólo Él, al asumirlo, hizo posible que así fuera. Siendo Dios hubiera podido haber escogido otro camino. Pero quiso ese, pues es el que deja más claro su amor redentor, el que asume sufrir en vez de los que sí deberían haber sufrido...

Y así, es su victoria... "Tengo cerca a mi abogado, ¿quién pleiteará contra mí? Vamos a enfrentarnos: ¿Quién es mi rival? Que se acerque. Mirad, mi Señor me ayuda: ¿quién probará que soy culpable?" La conciencia clarísima del Redentor es la de estar cumpliendo perfectamente la obra de rescate que le había mandado a realizar el Padre. No hay ninguna sombra de duda en Él. Esto que hace es la salvación del hombre. Asumir el sufrimiento y la muerte no es, de ninguna manera, agradable. Pero sí es la forma de rescatar al hombre del abismo en que se encontraba. Aparentemente es derrota ignominiosa, pero realmente es victoria contundente, por cuanto se cumple la meta: sacar al hombre de la muerte y llevarlo a la vida. Y eso era lo que venía a hacer... Por eso, al final, cuando ya va a entregar su espíritu al Padre, Jesús se siente con todo derecho a decir: "Todo está cumplido", es decir, "Ya he realizado todo lo que vine a hacer. Esta muerte mía es tu victoria, Padre, sobre la muerte, sobre el pecado, sobre el demonio. Es la victoria que damos al hombre para que sea él el vencedor, a pesar de que ha sido él el que me ha clavado en esta Cruz, que lejos de ser signo de muerte o de derrota, es de vida y de victoria...Sólo me falta refrendar esta victoria con la Resurrección, para demostrar que ni la muerte ni el sepulcro son más poderosos que Tú y que Yo. Vamos hacia la Gloria... Misión cumplida..."