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domingo, 31 de enero de 2021

Jesús es el gran Profeta que implanta el Reino de Dios en el mundo

 EVANGELIO DEL DÍA: Mc 1,21-28: Enseñaba con autoridad | Cursillos de  Cristiandad - Diócesis de Cartagena - Murcia

La aparición en el futuro de un gran Profeta de Dios que superará incluso a Moisés, es una de las promesas que Israel guardaba como uno de sus grandes tesoros. Con todo lo que representaba el gran Moisés y todos los grandes personajes que se fueron sucediendo en la historia de Israel, liberado portentosamente del yugo egipcio, llevado con mano suave y poderosa por el desierto, haciéndolo vencer a todos los pueblos que se le enfrentaban, y finalmente introduciéndolo triunfante en esa tierra prometida que "manaba leche y miel", ese personaje anunciado por el mismo Moisés será el que lleve a su culminación la obra grandiosa de Dios en favor del hombre que había creado y del pueblo que se había elegido para sí. No será, por supuesto, una obra que favorecerá solo a ese pueblo elegido. Israel es la representación de la humanidad completa que recibirá absolutamente todos los beneficios que Dios quiere derramar, pues la humanidad y el mundo entero surgieron de sus manos para recibir toda ella y todo él el beneficio para el cual el Señor lo creó. Ningún hombre, sea del origen que sea, sea de las fronteras que sean, deja de haber surgido de las manos amorosas del Padre y por ello todos están destinados a disfrutar eternamente de todos los beneficios divinos. Israel se convierte así en el emblema de lo que vivirá toda la humanidad en ese mundo nuevo que es el Reino de Dios que ha venido a implantar Jesús. Él es es gran Profeta anunciado que viene a establecer ese tiempo nuevo, que es el tiempo del amor eterno que se vivirá en el Reino que será implantado estable y eternamente por Jesús: "Moisés habló al pueblo diciendo: 'El Señor, tu Dios, te suscitará de entre los tuyos, de entre tus hermanos, un profeta como yo. A él lo escucharán. Es lo que pediste al Señor, tu Dios, en el Horeb el día de la asamblea: 'No quiero volver a escuchar la voz del Señor mi Dios, ni quiero ver más ese gran fuego, para no morir'. El Señor me respondió: 'Está bien lo que han dicho. Suscitaré un profeta de entre sus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca, y les dirá todo lo que yo le mande. Yo mismo pediré cuentas a quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre. Y el profeta que tenga la arrogancia de decir en mi nombre lo que yo no le haya mandado, o hable en nombre de dioses extranjeros, ese profeta morirá'". Jesús es ese Profeta que asegura la presencia eterna del Padre, sus beneficios, su salvación y su amor eterno.

La preocupación de aquellos primeros discípulos era cómo hacer que la presencia de ese gran Profeta, Jesús, fuera de tal manera influyente que de verdad transformara una realidad en la que los hombres quedaban desplazados por la carga legalista de la fe que propugnaban las autoridades religiosas. Ellos, quizás por defender su primacía, quizás por no perder todas las prebendas de las que gozaban, quizás por sostener su bota sobre el cuello de ese pueblo que quería ser fiel a Dios, se empeñaban en sostener sobre todo a los más débiles, a los más sencillos, a los más humildes y a los desposeídos sometidos a sus dictámenes. Los apóstoles encaminaron a ese pueblo a la correcta comprensión de lo que Dios quería de ellos. No era tanto seguimiento de doctrinas o prescripciones sino la experiencia de una vida que asumiera que debían hacer presente a Dios y los valores del Reino en todo lo que vivían. Lo importante es el es amor, es la vida de fe, es la vida comunitaria en la que todos demuestren lo que conocen. Conocer sin vivir no tiene sentido. El conocimiento solo tendrá sentido si se lleva a la práctica en la vida de lo cotidiano: "Hermanos: Quiero que se ahorren preocupaciones: el no casado se preocupa de los asuntos del Señor, buscando contentar al Señor; en cambio, el casado se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su mujer, y anda dividido. También la mujer sin marido y la soltera se preocupan de los asuntos del Señor, de ser santa en cuerpo y alma; en cambio, la casada se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su marido. Les digo todo esto para su bien; no para ponerles una trampa, sino para inducirlos a una cosa noble y al trato con el Señor sin preocupaciones". Lo que importa es ser del Señor y que, en el estado en que sea, se viva siempre en la presencia de Dios y en el amor a los hermanos.

Por eso Jesús, en su primera aparición pública, además de enseñar con autoridad, mejor que los escribas, sustenta su enseñanza con las maravillas que hace. El Reino de Dios ya está entre nosotros. El Evangelista Marcos, más que preocuparse de lo que enseñaba Jesús, está interesado en demostrar cómo se debe vivir lo que enseña Jesús. Él ha llegado para liberar al hombre, para sanarlo. Él ha venido a establecer el Reino y sus valores de amor, de poder divino, de justicia, de fraternidad. Los gestos de sanaciones y liberaciones no son otra cosa sino la afirmación de que hay un nuevo tiempo. De que los deseos de dominio de unos sobre otros, sobre todo de los poderosos sobre los débiles, son ya tiempo pasado, pues en el Reino que se está estableciendo, eso ya no tiene cabida. Es el tiempo de Dios, que ya nunca se acabará. Y quien quiera disfrutar eternamente de todos sus beneficios, tendrá que abrir su corazón a ese Dios que está en Jesús y quiere inaugurar el tiempo nuevo del amor, que es para todos: "En la ciudad de Cafarnaún, el sábado entró Jesús en la sinagoga a enseñar; estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas. Había precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar: '¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios'. Jesús lo increpó: '¡Cállate y sal de él!' El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él. Todos se preguntaron estupefactos: '¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen'. Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea". Será la obra de Jesús iniciada con su presencia en medio de nosotros y que llevará adelante durante toda la historia futura, pues es el futuro que nos espera a todos.

lunes, 7 de diciembre de 2020

Por encima de todo está el amor de Dios por nosotros

 Evangelio de hoy (Lunes, 10 de diciembre de 2018) - La Luz de Maria

La obra que viene a realizar Jesús para rescatar al hombre de su propio oprobio, procurado por el alejamiento a su amor, jamás dejará de encontrar opositores. Incluso con las evidencias en los ojos de que es una obra que de ninguna manera puede perjudicar, pues surge de las manos de Aquel que solo busca el bien del hombre, y que por lo tanto en ningún momento podría ser interpretada como perjudicial para nadie, el imperio del mal querrá siempre imponerse para atraer adeptos que se alineen con él, pretendiendo con ello ganar una batalla que, a pesar de que al final perderá, intentará lograr una y otra vez. La obstinación del mal es atrevida, y no dejará de intentarlo. Por ello en incontables ocasiones nos encontraremos en el Evangelio con estos desencuentros de Jesús con aquellos que que, fuera como fuera, querían imponer la experiencia de la fe judía solo como una práctica de cumplimientos vacíos, que no tomaban en cuenta al hombre concreto, ni sus necesidades, sino solo su alineamiento o no con el cumplimiento de lo exterior. Poco les importaba a ellos que la gente fuera buena o no, que vivieran la fraternidad o no, que fueran solidarios o no. Apuntaban más bien a sus privilegios y al peligro que corrían de perderlos desde que apareció Jesús para echarles en cara su conducta alejada de la justicia y de la verdad. Lo cierto es que, al final, cuando todo lo anunciado se haga realidad, su conducta quedará en evidencia y tendrán que aceptar que ese tiempo de subyugar a la gente con su poder ha llegado a su fin.

Jesús viene a dar al traste con toda esa parafernalia montada concienzudamente por los poderosos. El plan de ellos es destruir el plan de Dios sobre el hombre. Y en ese encuentro con el paralítico, que tiene todo un relato previo de las maravillas y portentos que va realizando Jesús a su paso por en medio del pueblo, donde se van suscitando las alegrías supremas por la presencia de Aquel que viene a salvar, lo cual además ese pueblo que se sentía abandonado por sus propias autoridades religiosas percibe como el signo de que Dios nunca deja de cumplir su palabra y que por lo tanto es el Dios fiel que los ama eternamente, exige de algún modo una adhesión de fe y una confianza absoluta en el Dios que no deja de cumplir: "Un día, estaba Jesús enseñando, y estaban sentados unos fariseos y maestros de la ley, venidos de todas las aldeas de Galilea, Judea y Jerusalén. Y el poder del Señor estaba con Él para realizar curaciones. En esto, llegaron unos hombres que traían en una camilla a un hombre paralítico y trataban de introducirlo y colocarlo delante de él. No encontrando por donde introducirlo a causa del gentío, subieron a la azotea, lo descolgaron con la camilla a través de las tejas, y lo pusieron en medio, delante de Jesús. Él, viendo la fe de ellos, dijo: 'Hombre, tus pecados están perdonados'". Es un encuentro con el Dios de la vida, el que hará absolutamente nueva todas las cosas. El gozo es la reacción natural. Aún así, hay reticencia entre las autoridades ante quienes están presentes. No van al argumento de la curación sino al del perdón. Jesús no solo se ocupa de la situación física del hombre, sino que entra en barrena en lo más profundo: "Tus pecados están perdonados". Para aquellos es un escándalo... "Entonces se pusieron a pensar los escribas y los fariseos: '¿Quién es éste que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?'". Era un campo vedado. Nadie puede hacerse igual a Dios. "Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, respondió y les dijo: '¿Qué están pensando en sus corazones? ¿Qué es más fácil, decir: 'Tus pecados te son perdonados', o decir: 'Levántate y echa a andar'? Pues, para que vean que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados —dijo al paralítico—: 'A ti te lo digo, ponte en pie, toma tu camilla y vete a tu casa'". Jesús muestra su poder divino y su misericordia amorosa. Por ello, al final no resta sino solo reconocer: "Hoy hemos visto maravillas".

Y es que como es natural, en medio de todo el tráfago de la vida, sean situaciones de bien o que podamos percibir dañinas, la presencia de Dios en la vida de los hombres es una realidad que nunca desaparecerá. Habiéndonos creado no nos ha dejado ni nunca nos dejará solos. Necesitamos fundar nuestra esperanza sólidamente, pues es lo que nos queda en el corazón. De lo contrario la vida se nos puede escurrir de las manos como el agua que no almacenamos. Y es eso precisamente lo que Dios quiere que atesoremos, por encima de todo pensamiento que nos pueda venir en contra, cuando la tristeza o el dolor quieran vencer: "Sean fuertes, no teman. ¡He aquí su Dios! Llega el desquite, la retribución de Dios. Viene en persona y los salvará.' Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos se abrirán; entonces saltará el cojo como un ciervo, y cantará la lengua del mudo, porque han brotado aguas en el desierto y corrientes en la estepa. El páramo se convertirá en estanque, el suelo sediento en manantial. En el lugar donde se echan los chacales habrá hierbas, cañas y juncos. Habrá un camino recto. Lo llamarán 'Vía sacra'. Será por supuesto, la consolidación de todo en el amor. El reinado de ese amor se impondrá y será lo único que existirá e inundará el corazón de todos. En medio de tanta tribulación que haya tocado vivir, real y dolorosa, se dará el cambio radical y el establecimiento definitivo de aquella realidad idílica, que nos es relatada de las maneras más sublimes, para que entendamos que es el amor que siempre vencerá. "Los dominan el gozo y la alegría. Quedan atrás la pena y la aflicción". Es el decreto de Dios y eso no dejará de cumplirse.

miércoles, 11 de noviembre de 2020

Seremos sanados de todo mal para vivir en la experiencia única y total del amor

 Curación de diez leprosos, Lucas 17, 11-19 | eBooks Católicos

Nuestra constante de vida cristiana apunta a la renovación total. Quien ha recibido el efecto del amor de Jesús, su salvación, su condición de vida nueva, debe dar también los pasos adelante que esa nueva vida le exige y responder ordinariamente a aquello que esa misma novedad exige. Un hombre renovado por Jesús, por esa obra infinitamente grande y esencial lograda por el efecto de la mayor entrega que el Hijo de Dios realizó de sí mismo, inusitada e inédita en toda la historia, no puede pretender seguir viviendo una vida de desapego a Dios, a su amor, a la unidad añorada por Él y que debe ser signo de todos y cada uno de los receptores de esa salvación. La vida del amor es exigente, máxime cuando esa vida ha sido adquirida por una regalo inesperado y que apunta sobre todo a la misma bondad del hombre. Y es inesperada sobre todo porque en el planteamiento original de quien no la ha vivido desde el principio, se plantea un conflicto inusual, pues su estilo anterior no se planteaba un ámbito distinto al de la vida simplemente individual, egoísta, centrado solo en sí mismo y en el aprovechamiento que podría extraer solo para sus propias conveniencias. La novedad que trae Jesús apunta principalmente a un encuentro con una realidad infinitamente superior a la simplemente vivida en lo cotidiano y en la que tendrán parte importante los demás. Se acaba la soledad lejana a Dios y la falta de unidad y de solidaridad con todos los demás beneficiados, lo que finalmente redundará en una ingente cantidad de beneficios que lo enriquecerán infinitamente y que dará a su vida una marca totalmente nueva y enormemente positiva. No se trata de que la persona favorecida y bendecida por la novedad de vida de Jesús vaya a ser un ser definitivamente distinta a la anterior. Su vida seguirá siendo la misma, él seguirá siendo el mismo de antes, seguirá teniendo las mismas ocupaciones anteriores, seguirá viviendo la misma vida familiar que poseía originalmente, deberá cumplir con las mismas responsabilidades comunes y sociales que siempre tuvo, vivirá con las mismas personas con las que convivía originalmente, deberá seguir ocupándose de procurar los bienes necesarios para su propia vida y para la de los demás. La novedad radical estará principalmente en el sentido nuevo que todo eso adquirirá, por cuanto quedará marcado por el amor, por la bondad, por la solidaridad y por la conciencia clara de que aquello que vive en lo cotidiano no es el final de la vida, sino el preludio de lo que alcanzará en el futuro eterno en el que la bendición de Dios dará la pauta mayor y final a toda la existencia.

Por ello es tan clara la enseñanza de San Pablo, que da las pautas para que todo esto sea muy bien comprendido, no como una separación final de la vida del cristiano de aquello que le ha indicado Dios desde el principio, sino como la verdadera bendición que representa la riqueza de la presencia de Dios en la vida que no puede resultar en otra cosa que en algo mucho mejor, pues surge de Aquél que quiere todo lo bueno, lo mejor para los suyos, sobre todo en la experiencia de un amor que lo llena todo y le da un sentido de eternidad que le da la mejor perspectiva posible. La vida vivida solo en lo cotidiano es muy bella, pues la hace posible Dios, pero es mucho más bella cuando Él se pone de por medio para hacernos llegar a la plenitud de la experiencia del amor y de la felicidad: "Recuérdales que se sometan a los gobernantes y a las autoridades; que obedezcan, estén dispuestos a hacer el bien, no hablen mal de nadie ni busquen riñas; que sean condescendientes y amables con todo el mundo. Porque antes también nosotros, con nuestra insensatez y obstinación, andábamos por el camino equivocado; éramos esclavos de deseos y placeres de todo tipo, nos pasábamos la vida haciendo el mal y comidos de envidia, éramos insoportables y nos odiábamos unos a otros. Mas cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor al hombre, no por las obras de justicia que hubiéramos hecho nosotros, sino, según su propia misericordia, nos salvó por el baño del nuevo nacimiento y de la renovación del Espíritu Santo, que derramó copiosamente sobre nosotros por medio de Jesucristo nuestro Salvador, para que, justificados por su gracia, seamos, en esperanza, herederos de la vida eterna." Es la culminación de aquella experiencia futura que tendremos al final de nuestros días, cuando ya estemos finalmente en esa presencia gloriosa y gozosa de nuestro cielo añorado, pero ya hecha una realidad actual en todas las obras nuevas que podremos emprender en favor nuestro y de nuestros hermanos. Vivir en esa conciencia de hombres nuevos es nuestra verdadera plenitud. Mantenernos en el dolor continuo de la lejanía del amor a Dios y a los hermanos, nos hace los hombres más tristes de todos. Por el contrario, vivir en la novedad del amor y de la salvación y dándole a toda nuestra existencia esa marca original, nos llena de una esperanza y de un gozo que no tienen parangón de ningún tipo.

Esa experiencia del amor es la que quiere Jesús que todos vivamos, y no nos la negará a ninguno. Como afirma San Pablo: "Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad". Nadie está excluido. Ese amor y esa salvación ya nos las ha ganado Él. Basta que nos dispongamos llenos de ese conocimiento, de esa disposición de amor de Dios por nosotros, con un corazón que está conquistado por la ilusión y la esperanza con las que Él nos favorece, a dejarse llenar y a dejarse encaminar hacia Él. Está claro que esa añoranza divina se mantendrá para siempre, aun enfrentando a quienes no lo tomarán con la seriedad debida. Y que incluso habrá quienes se querrán seguir aprovechando solo de la bondad sin comprometerse a la novedad de vida necesaria. Le sucedió a Jesús en el encuentro con aquellos diez leprosos. Todos quisieron obtener el beneficio mayor, que para ellos era su curación, y que Jesús no les negó. Pero al final solo uno fue capaz de entender que ese beneficio era para una novedad realmente nueva. Solo ese reconoció el amor y la bondad de Dios para con él. Nótese que todos recibieron el beneficio que Jesús quería comunicarles. A ninguno se lo negó. Pero aquellos, habiendo recibido ese beneficio se quedaron solo con lo pasajero. Obtuvieron su salud, pero no se apuntaron a lo superior. Era muy bueno tener la salud de nuevo, pero se quedaron solo con eso, despreciando el beneficio del derramamiento del amor y la potencia de la espera de la eternidad que ya se había abierto previamente, pero que ellos dejaron a un lado. Fue muy bueno que obtuvieran la salud querida por Dios para ellos, pero se quedaron con la parte pequeña del premio y dejaron a un lado lo más importante, la salud que no solo abarcaba lo físico, sino la vida entera, sobre todo lo que apuntaba a la eternidad en la que ya nada, ni lepra ni ningún otro dolor, podrá impedir: "Vinieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: 'Jesús, maestro, ten compasión de nosotros'. Al verlos, les dijo: 'Vayan a presentarse a los sacerdotes'. Y sucedió que, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias. Este era un samaritano. Jesús, tomó la palabra y dijo: '¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?' Y le dijo: 'Levántate, vete; tu fe te ha salvado'". La fe lo salvó no solo de la lepra, sino que le abrió la perspectiva de la eternidad, hecha concreta en su día a día, en la que ya nada lo podrá separar de la conciencia de salvación y de amor que Aquél Jesús le había regalado. Su vida ha quedado marcada. Ya no se quedó solo con la curación corporal, sino con la total. Quedó sanado en su cuerpo y en su espíritu. Toda su vida empezó a ser de Dios, la llevó a los suyos, le dio un sentido de novedad total, y la hizo avanzar por las rutas de la plenitud que da solo la experiencia de la vida recibida en la entrega de Jesús por amor a él. Que esa sea nuestra propia experiencia personal. Apuntemos a vivir nuestra vida total en Jesús y miremos hacia lo mejor, que es esa eternidad en la que la curación total será nuestra única perspectiva, viviendo en el amor y en la bendición que nunca se acabará.

martes, 4 de febrero de 2020

Me acerco a ti con amor y fe y te arranco el milagro de mi curación

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Entre todos los evangelios que nos van relatando los hechos de Jesús nos encontramos siempre con algunos que por lo entrañable que son nos atraen más. Nos descubren un intercambio entre los personajes y Jesús que desnuda sus corazones y nos ponen con toda transparencia ante lo que cada uno está viviendo. Y como son escenas muy humanas y muy cercanas, nos identificamos inmediatamente con esos personajes, como si nos pudiéramos colocar en el lugar de ellos para vivir la misma experiencia. Surge en nosotros ese deseo íntimo de vivir un encuentro profundo con Jesús, con la misma transparencia y profundidad que se da en lo que se nos relata. Se trata de un deseo íntimo de encontrarse frontalmente con Cristo y recibir de Él toda esa riqueza que derrama sobre ellos. Además, en esos encuentros descubrimos a un Jesús tan tierno, tan humano, por el cual es imposible no sentirse atraído. Los testigos de estas acciones, habiendo vivido cada una de esas experiencias, tenían que sentir también más deseos de seguir a Cristo, de escuchar sus palabras, de seguir viendo los portentos que realizaba. Ser testigos de las obras de Cristo, aun cuando no fueran directamente los involucrados, hacía que se reafirmara más sólidamente la voluntad de ser sus seguidores. Pertenecer a ese grupo de seguidores de Cristo tenía una doble riqueza. La primera, recibir de primera mano su palabra, ser beneficiados con la experiencia de intimidad familiar en la vida del día a día con Él, intercambiar con Aquel en el que se vislumbraba cada vez más claramente que era el Mesías, el prometido y anunciado desde tiempo atrás. Esa misma experiencia iba incrustándose en el propio corazón e iba logrando una transformación personal, una conversión, en la que cada uno iba sintiendo que se hacía cada vez mejor persona, más enriquecido por el amor de Dios. Fue la experiencia que tuvieron aquellos dos discípulos que regresaban cabizbajos en el camino hacia Emaús: "¿No ardía nuestro corazón dentro de nosotros mientras nos hablaba en el camino?" Y la segunda, la de presenciar sus acciones en favor de los otros, con lo cual se iba cimentando mejor la convicción de que Jesús "pasó haciendo el bien", por lo cual se sentía más íntima y profundamente la necesidad de ser testigos de esas obras para llenarse del gozo de que efectivamente había llegado ya "el año de gracia del Señor", como estaba anunciado. Lo que veían que hacía Jesús en favor de los otros era testimonio que reafirmada que Éste era a quien se esperaba y que ya no era necesario seguir esperando a otro. Fue la respuesta de Jesús a los enviados por el Bautista: "'¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?' Jesús les respondió: -'Vayan a anunciar a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!'".

En efecto, los encuentros con Jesús no dejan de generar riquezas espirituales en todos los involucrados. Por ejemplo, nos imaginamos aquel encuentro de Jesús con la hemorroísa, una mujer azotada por esa enfermedad desde hacía doce años que, habiendo escuchado de Cristo y de las maravillas que hacía en favor de los enfermos, se "atreve" a acercarse con el máximo sigilo posible, para al menos tocar la orla de su manto y así conseguir su sanación. Ya este gesto nos pone en la ternura profunda de la que se envuelve todo el acontecimiento. Esta mujer no es capaz de ponerse frente a Jesús para pedirle el favor, pero está absolutamente segura de que no es necesario hacerlo, de que solo bastaba con acercarse a Él y tocarlo para "robarle" el milagro. "Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando: 'Con solo tocarle el manto curaré'". Impresiona la fe con la que actúa y con la que obtiene su curación. No se pone en evidencia ante el público, pero sí pone en evidencia delante de Dios la confianza que tiene en el poder sanador de Jesús. Éste, apretujado por todos, siente que sale de Él esa fuerza sanadora. "¿Quién me ha tocado el manto?" Ante la insistencia de Jesús a pesar de que los discípulos le trataban de hacer entender el absurdo de lo que quería pues era una multitud que lo apretujaba, "la mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había ocurrido, se le echó a los pies y le confesó toda la verdad. Él le dice: 'Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad'". Es el encuentro de estos dos corazones que se acercaron uno al otro en el amor y en la fe. La mujer nunca dudó del poder de ese amor sanador de Cristo. Y Cristo nunca permitió que esa fe de ella quedara frustrada ni impidió que se diera la salud que ella deseaba tan ardientemente, y por el amor infinito que sintió por ella en concreto en ese momento, dejó que saliera de Él esa fuerza que la sanara. Es una experiencia de amor y de fe impresionante, en el que quedan al descubierto ambos corazones que se encuentran en la intimidad amorosa más intensa. En el ínterin, se da el otro milagro de la resurrección de la hija de Jairo, jefe de la sinagoga, que también confía radicalmente en Jesús. Ante las palabras de desaliento porque la niña ya había muerto y los gestos de dolor, Jesús hace el milagro: "¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta; está dormida ... 'Talitha qumi' (que significa: 'Contigo hablo, niña, levántate')". Es otro intercambio de amor y de fe el que se da. Jairo obtiene la resurrección de su hija, porque nunca dudó del amor todopoderoso de Jesús.

Dios tiene su forma habitual de actuar. Toda acción suya surge desde su amor todopoderoso. Su providencia infinita está siempre a nuestro favor. Nos ha creado y no se ha desentendido de nosotros, sino que se involucra directamente en nuestras vidas para asegurarnos desde esa providencia que siempre actuará en favor nuestro. Basta que nosotros lo creamos. Es necesario que seamos fieles a ese amor suyo y tengamos la fe en su poder. Es el poder que actúa desde el amor en favor de todos. Así como actúa por los otros, como lo vemos en el Evangelio, y como seguramente lo vemos también a nuestro alrededor aquí y ahora, lo puede hacer también en favor de cada uno de nosotros. Si tenemos la misma fe de la hemorroísa que casi a escondidas le roba a Jesús ese milagro, y la misma fe de Jairo que ante la enfermedad y muerte de su hijita nunca dudó del poder de Jesús, podemos tener también a nuestro favor ese amor todopoderoso que actuará a nuestro favor. Jesús nunca se resistirá ante corazones que se rindan delante de Él. Esa confianza infinita, casi infantil e ingenua, de la hemorroísa, no hizo otra cosa que hacer que Jesús sucumbiera. No pudo Jesús negarse ante tanta ternura demostrada, ante tanta confianza, ante tanto amor. De igual modo, si mostramos ante Jesús nuestra confianza sin límites en su amor y en su poder, nunca nos negará su favor. Oiremos de Él las mismas palabras que oyó la mujer: "Tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda sano". Para eso ha venido y espera de nosotros lo único que necesita para actuar: nuestro amor y nuestra fe.

martes, 8 de abril de 2014

Dios se sintió bien siendo hombre

Jesucristo se distancia sabiamente de lo malo del mundo. A los fariseos que lo acechaban continuamente les dice: "Ustedes son de aquí abajo, yo soy de allá arriba; ustedes son de este mundo, yo no soy de este mundo". Quien decidió hacerse "de este mundo", encarnándose en el vientre de María, el Dios que dejó entre paréntesis toda su gloria y su felicidad inmutable, por libre voluntad, ofreciéndose al Padre para cumplir la obra que éste le encomendaba, dice no ser "de este mundo". Está claro que el origen de Jesús no es el humano. Él es el Verbo Eterno, el Hijo de Dios, el que existía desde el principio, que en un momento de nuestra historia humana quiso hacerse parte de ella, asumiendo un cuerpo tomando la carne de la Virgen María. Con ello, cumplía la Escritura, como lo reconoció Marta, la hermana de Lázaro: "Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo"... Desde el mismo inicio de la historia del pecado, que coincide prácticamente con el inicio de la historia de la humanidad, el Padre había prometido el envío del descendiente de la mujer que pisaría la cabeza de la serpiente...

No es, entonces, literalmente que Jesús no sea de este mundo. Es que no tiene su origen en este mundo. Es que no ha asumido lo malo haciéndolo parte de su vida cotidiana, pues lo malo, el pecado, el poder demoníaco que hace infiel al hombre respecto de Dios, lo deja a un lado. Ciertamente tomará sobre sus espaldas los pecados de los hombres, pero no como algo suyo, sino como una carga que debe llevar para desecharla en la Cruz con su muerte y vencerla definitivamente en la Resurrección gloriosa... "Ustedes son de este mundo. Yo no soy de este mundo", significa que su origen es anterior al mundo y que lo malo de ese mundo no ha sido asumido. De ninguna manera significa que Jesús no haya asumido plenamente la humanidad, exceptuando la condición pecadora, pues, la verdad, Jesús se sintió muy bien siendo hombre. El Verbo de Dios aprendió de los hombres cómo es amar con corazón humano, se alegró inmensamente con las alegrías de los hombres, se hizo solidario plenamente con los que lloraban y estaban tristes, y lo demostró totalmente cuando se unió al llanto de Marta y de María por su hermano Lázaro, cuando se condolió hasta el extremo al ver a la viuda de Naím que llevaba a enterrar a su hijo único, cuando miró con ternura infinita a la mujer que le refutó diciéndole que los perros comen de las migajas que caen de la mesa de los señores, cuando levantó a la mujer pecadora que se lanzó a sus pies llorando y enjugándole los pies con sus lágrimas... Todos esos momentos son demostración de que Jesús se sentía bien siendo hombre, siendo "de este mundo". Así cumplía la tarea que el Padre le había encomendado.

Pero, para ser el Redentor del mundo, debía seguir siendo de "allá arriba", no ser "de este mundo", es decir, debía mantener su condición divina, eterna, omnipotente, espiritual, pura, inmutable. Debía tener la virtud divina de la Redención, de la Curación, del Rescate. Tenía que ser el cumplimiento de lo que ya había sido figurado en el Antiguo Testamento: "'Haz una serpiente venenosa y colócala en un estandarte: los mordidos de serpientes quedarán sanos al mirarla'. Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un estandarte. Cuando una serpiente mordía a uno, él miraba a la serpiente de bronce y quedaba curado". Él debía ser esa serpiente de bronce que, sustituyendo a la serpiente original que fue causa del pecado y de la muerte, resultara en la curación de todos los que eran emponzoñados por el veneno mortal del demonio y del pecado, de la sombra y de la tragedia.

Por eso, el mismo Jesús dice: "Cuando levanten al Hijo del hombre, sabrán que yo soy, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada". La obra de Jesús, siendo asumida por Él -"Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad"-, es la obra encomendada por el Padre. Y la voluntad del Padre es "que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad". Esa salvación es realizada mediante el proceso de Redención, es decir, de entrega y de muerte "en vez de..." Es en la Cruz donde se da ese extraordinario intercambio. En Jesús, muerto en la Cruz, está cada hombre, con sus pecados, clavado para vencer al demonio. Los miles de millones de hombres y mujeres de toda la historia, que han debido ser crucificados en vez de Cristo, realmente lo están en su lugar, por expresa voluntad suya. "Cargó sobre sus espaldas nuestras inmundicias... Por sus llagas hemos sido curados".

Jesús es elevado en la Cruz, como Moisés levantó a la serpiente en el desierto para que quienes la vieran fueran curados por su virtud, y con ello, todos somos sanados, rescatados, redimidos... Él es la nueva arma que usa Dios para curar la enfermedad terrible del pecado. Él es ahora el levantado. La serpiente de bronce no era más que un signo que preludiaba la realidad gloriosa de la Redención que Jesús alcanzaría para todos. Él es el que es levantado en la Cruz a la vista de todos, para que quienes pongan en Él su mirada y coloquen en Él toda la fe, alcancen la definitiva y eterna curación. Su ser levantado es la apertura definitiva de las puertas del cielo para todos. Y con esa puerta abierta ya tenemos entrada franca a la felicidad eterna junto al Padre, conviviendo todos como hermanos suyos y entre nosotros e hijos amados de Dios...

lunes, 10 de febrero de 2014

Tocar a Jesús para ser sanados

La apoteosis del pueblo de Israel es la presencia de Dios en su templo. Para ellos, el que Dios hubiera querido quedarse en medio de ellos era el signo más claro de su predilección. Y Dios no escatimaba detalles para hacerles entender y asegurarse de que así era. Desde su presencia misteriosa en el Arca de la Alianza, en la que estaba presente la Palabra que Él mismo les había dirigido a través de Moisés, hasta los grandes momentos en los que el pueblo se rendía en adoración y alabanza a Dios, que en cierto modo estaba presente en el Arca, todo pasaba por esos gestos de rendición del pueblo al mismísimo Dios. Yahvé era, sin duda, el centro de las atenciones, alrededor del cual giraban todos los intereses, los pensamientos y las acciones de Israel. Cuando el pueblo era fiel a ese Dios que estaba en medio de ellos, la situación de Israel era privilegiada. Había paz, armonía, progreso. Pero cuando el pueblo era infiel a ese Dios que les manifestaba tanta predilección, la situación se tornaba conflictiva, punzante, incómoda...

Esa era la historia de Israel: historia de fidelidad e infidelidad, de paz y conflictos, de progreso y retrocesos, de libertad y esclavitud... Los matices dependían de la conducta de Israel. Según fuera el grado de fidelidad a Dios y a su amor por el pueblo, así mismo era la respuesta que Dios daba. O los hacía vencer a los pueblos hostiles que lo rodeaban, o los hacía sucumbir a su poder. O les daba una libertad sabrosa en la que podían sentirse a sus anchas, o los hacía caer en la esclavitud y en la deportación de sus propias tierras... Israel mismo se ganaba el favor o el castigo, el amor o el rechazo. Y no era Dios el que "castigaba" sino el mismo Israel el que se atraía la bendición o la desgracia...

En cierto modo, Israel aseguraba su vida como pueblo elegido y preferido de Dios cuando mantenía el cuidado a lo que era la presencia de Dios en medio de él, o en la tienda de reunión, o en el templo que se llenaba de su gloria. El templo como presencia de Dios y de su gloria en medio del pueblo era como la prenda de seguridad de que Dios seguía entre ellos y seguía siendo la medida de la vida feliz...

La historia se hace más evidente cuando desde el templo, Dios se proyecta a las afueras, en Jesús. Ya esa gloria de Dios no se circunscribe a una edificación, a un sitio, a una realidad material. Jesús mismo dice que llega el momento en que a Dios se le rendirá culto "en espíritu y en verdad", es decir, que ya no serán necesarios los "sitios físicos" para ser testigos de la acción de Dios y de su gloria infinita. Jesús es el nuevo Templo de Israel, desde el cual Dios sigue manifestando su predilección a los hombres. Y esta vez ya no está circunscrito a un lugar, ni siquiera a unas personas. Es todo el mundo el que es sitio de Dios, y es todo el hombre y todos los hombres los que serán objeto de su predilección. Desde el nuevo templo que es Jesús Dios bendice a toda la humanidad y hace por ella las obras más maravillosas...

Todos los que se acercan a Jesús y con fe esperan de Él alguna bendición, recibirán un regalo de amor. No quedarán frustrados ni insatisfechos... "Le rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y los que lo tocaban se ponían sanos". Bastaba que Jesús pasara, que el Templo se hiciera presente en ellos, para que la virtud de Dios se hiciera activa con su poder y su amor. Ya no era necesario ir al Templo para recibir el favor de Dios, sino que era suficiente colocarse ante el Templo, Jesús, que venía al hombre, para tocarlo, confiadamente, y dejarse sanar amorosamente por Él. La obra de Jesús era un apoteosis mayor para la gente. La presencia de Dios no se limitaba sólo a las paredes del templo o a las telas de la tienda de la reunión, sino que se abría infinitamente a la presencia portentosa y ubicua de Jesús. Donde está Jesús, está la gloria de Dios. Donde está Jesús, está el poder de Dios. Donde está Jesús, está el amor misericordioso y sanador de Dios...

Y así fue desde la Encarnación del Verbo, Dios que irrumpe en la historia de la humanidad, y sigue siendo hoy, en nuestros días. La gloria, el poder, el amor de Dios están donde está Jesús. Esa presencia de Jesús en medio de su pueblo, en medio de nosotros, la hacemos nosotros con nuestra fe, con nuestra confianza, con nuestra esperanza de que siga actuando portentosamente. Hacemos presente a Jesús misteriosamente en medio de nosotros con nuestra fidelidad a Dios y a su amor. Y ese Jesús, Templo viviente de Dios, nos sigue dejando tocarlo para que la virtud amorosa y sanadora de Dios siga actuando en favor nuestro. No hay frustración posible, sino únicamente la de no hacer efectiva esta acción de Jesús en medio de nosotros. Somos nosotros los que permitimos a Jesús seguir actuando en favor nuestro, pues Él está siempre bien dispuesto. Para eso se hizo hombre y para eso se entregó. Esa es la mayor demostración de que quiere actuar y de que esa acción está condicionada exclusivamente a nuestro deseo de que sea realidad.

Somos nosotros lo que no lo hemos entendido. Es muy fácil, por cuanto sólo basta tender nuestra mano, tocar su manto que pasa ante nuestra presencia, dejar que su virtud "salga" de Él hacia nosotros, pues ella pugna por salir y necesita sólo una mano tendida que la tome y la haga salir en beneficio de quien la reciba... Jesús es el nuevo templo de Dios en el mundo. Y está en todas partes para nosotros. No lo dejemos inútil en el mundo, pues es lo que menos quiere. Su amor y su misericordia por nosotros lo hacen añorar prestarnos el mejor servicio, que es la salvación, la curación, el perdón... Están al alcance de nuestras manos y sólo debemos tocar su manto para que sean nuestras...

domingo, 13 de octubre de 2013

"Es de bien nacidos, / ser agradecidos..."

Mi vocación sacerdotal tiene muchos "cultores". Haber nacido y crecido en una familia profundamente cristiana, con unos padres que nos llevaron a todos los hijos por los caminos de la fe es, sin duda, el primero de ellos. Puedo decir que soy privilegiado por haber tenido los padres que tuve, que nos enseñaron a amar a Dios, a la Iglesia, a los hermanos, con amor tierno y profundo. De ellos recibí la semilla que luego germinó en el deseo de entregarme a servir sin más... En mi familia tuve y sigo teniendo a mis hermanos que son un llamado constante a ser bueno, acicateado por la conducta de ellos. Son testimonio de entrega, de responsabilidad, de amor a sus familias, de vivencia consciente y sentida de su fe. Ellos me invitan a ser cada día mejor, pues soy "el cura" de la familia y no puedo "quedarme atrás". Por lo menos, aunque con mucho esfuerzo, tengo que equiparar su ritmo... Y, entre muchos otros actores, destaca sobre todos el P. Cesáreo Gil... Desde niño ha sido una presencia constante en mi vida. En un primer momento, imponente y hasta atemorizador, con su sotana negra, que no se quitaba jamás -supongo que sí para dormir-, y precedido de su fama de cura gallego intransigente y duro, de mal carácter y férrea voluntad ultraexigente... Era buen amigo de mis padres, y mis padres de él... Una vez nos visitó en nuestra casa e hizo una de las suyas. Nos puso a mi hermano y a mí de espaldas uno contra el otro, supuestamente para ver cual de los dos era más alto... En una "gamberrada" -gallegada, diría yo-, tomó nuestras dos cabezas y las golpeó durísimo. Allí comprobé que eso de ver estrellitas era absolutamente cierto...

Luego, la Providencia quiso que fuera mi Director Espiritual, y desde allí comenzó un relación tremendamente cercana. Me trataba como un verdadero hijo -más bien. nieto, pues sus hijos eran mi padres-, y empecé a conocer al Sacerdote santo, dulce, tierno, amante de Dios y de la Iglesia, que estaba escondido bajo esa sombra negra de su sotana... Mis confesiones con él empezaban con un temor reverencial por desnudar ante esa figura imponente mis fallas, pero en minutos se convertían en un baño de gracia, de misericordia, de perdón. Me sentía abrazado y abrasado por Dios y por su amor. Si no fuera una herejía, diría que el P. Gil lo hacía a uno sentirse casi "privilegiado" de haber pecado, pues merecía el abrazo amoroso y perdonador de Dios. Allí experimenté en carne propia la frase de San Agustín: "¡Feliz culpa la que nos mereció tal Redentor!"... Si de lejos el P. Gil parecía "una suegra", de cerca era "una madre", y en la intimidad era "una abuela"... Por supuesto, en las largas conversaciones que teníamos, me enseñaba, me animaba, me invitaba a ser mejor. Sus enseñanzas calaron muy hondamente en mí. Y son muchísimas, de las cuales aún saco mucho provecho y siguen siendo para mí referencias constantes...

Una de esas enseñanzas es la frase que ha servido de título a este escrito. Hablando de todas las cosas con las que el Señor me había enriquecido, con las que me había demostrado que me amaba con amor sólido y paternal, sin absolutamente ningún merecimiento de mi parte, pues casi lo único que había en mí era debilidad e infidelidad hacia su amor, me dijo: "En mi pueblo se dice: 'Es de bien nacidos, ser agradecidos', porque no podemos ser descorteses con Dios". Y esa frase se me quedó grabada como con un hierro candente... No podía yo seguir recibiendo de Dios tantas bendiciones, tantos regalos de amor, tantas manifestaciones de su preferencia, y quedarme tan tranquilo... Esos regalos amorosos de Dios me comprometían, y yo, responsablemente, debía actuar en consecuencia con ellos...

Yo debía hacer como el único leproso de los diez que Jesús curó milagrosamente, que se regresó feliz por el favor que había recibido. Los otros nueve no dejaron de recibir también su regalo de curación. El haber sido "malagradecidos" no les retiró el favor de Jesús, pero sí los dejó muy mal parados a ellos. Y yo no quiero quedar mal parado como ellos. "Es de bien nacidos, ser agradecidos", y yo soy un bien nacido, un privilegiado, uno que ha experimentado de manera inimaginable el favor de Dios... ¡Cuantas lepras no ha limpiado Jesús en mí! ¡Cuántas infidelidades no han sido borradas con su plumazo de amor! Imposible no ser agradecido con Jesús, cuando lo único que he experimentado de Él es amor, perdón, misericordia infinita. Cuando en mi vida realmente me he sentido solo un bendecido...

Es impresionante como los hombres, en muchas ocasiones, nos sentimos casi como "con derecho" de recibir todos los regalos de amor que Dios nos da cotidianamente. Ni siquiera pensamos en la inmensa riqueza que representa el estar vivos por un expreso deseo de Dios. Que si Dios decretara nuestra desaparición, eso sucedería instantáneamente. Que es un regalo de su amor el que hace que sigamos existiendo, que se sigan dando las condiciones para que nuestra vida biológica sea posible. Jamás pensamos que el designio de Dios sigue haciendo posible que tengamos el regalo maravilloso del sol cotidiano que se eleva todas las mañanas, que nos alumbra y nos calienta; que por las noches tengamos la presencia sugerente de la luna y las estrellas, apasionadas por nosotros, dándonos su luz nocturna para que no estemos en la absoluta penumbra; que en los laboratorios científicamente imposibles de las plantas se siga laborando sin descanso para que podamos tener el oxígeno que nos permite seguir respirando y se siga purificando el aire de los gases con los que nosotros mismos lo hacemos impuro; que siga haciendo nacer cada uno de los animalitos que nos rodean y que nos hacen feliz la vida, pues el perro que ladra y nos menea el rabo, el gato que ronronea y se acaricia a sí mismo con nuestra pierna, el pájaro que canta feliz en la mañana y nos llena de música el día, son signos del Dios que se ocupa de cada uno de ellos, pero que se ocupa de nosotros con más amor que el que usa para ellos; que cada planta que nos regala su verdor, sus bellas flores, sus frutos sabrosos, salen de esa mano de Dios que los viste, que les da sabor y belleza, para que seamos nosotros los que lo disfrutemos; que siga permitiendo que para nosotros la vida de los hermanos sea una compañía insuperable, pues son ellos, esposos, esposas, hijos, hijas, familiares, amigos, compañeros de trabajo y de diversiones, vecinos, los que nos dicen que la vida sigue bullendo, que un saludo de ellos es, en cierto modo, una bendición que Dios nos da, pues cada uno nos dice: "Aquí sigo estando para ti, para que sigas seguro de que vives, para que puedas hacerme el bien que necesito..." Todos, son regalos del amor de Dios, que nos convencen de que nos ama infinitamente, de que todo lo ha hecho de tal manera que no nos falte nada, que seamos realmente privilegiados...

Y por si fuera poco, es un Dios que se desprendió de su más preciado tesoro, su propio Hijo, para darlo en rescate de quienes no le somos agradecidos, para que le seamos agradecidos... "Es de bien nacidos, ser agradecidos..." No podemos seguir siendo descorteses con el Dios que lo da todo, sin dejarse nada para sí. No nos exige mucho, pues es infinitamente más lo que recibimos. Si lo hacemos, no quedaremos "malparados" como los nueve leprosos curados que no se volvieron a agradecer. Y seremos reconocidos como el único extranjero curado, el leproso samaritano, que se devolvió a agradecer el milagro de su curación, al cual Jesús le dijo: "Vete en paz. Tu fe te ha salvado". Agradecer a Dios es nuestra salvación. ¡Tremenda ganancia, sólo por ser agradecidos! No nos cuesta nada, y lo ganamos todo...