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sábado, 18 de enero de 2020

Te haces más cercano con los que están más lejos de Ti

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Echar una mirada a las Sagradas Escrituras, meditarlas, escudriñar en ellas con la intención de poder conocer a Dios, de profundizar en sus sentimientos y actitudes con toda objetividad, nos da una descripción básica de lo que es, evidentemente con la carga de intencionalidad que tiene cada uno de los autores de los distintos libros que componen la Biblia, que quieren destacar algún aspecto en particular. En algunas ocasiones nos encontramos con un Dios todopoderoso que, en atención a la elección que ha hecho de Israel como su pueblo exclusivo, hace gala de todo ese poder para favorecerlo y hacerlo vencer estruendosamente sobre los pueblos enemigos aledaños. Otras, nos encontramos con un Dios escarmentador que hace caer a Israel en la cuenta de su infidelidad, apartándole su favor y haciéndole sucumbir ante esos mismos pueblos. Pero en todos, invariablemente, destaca el aspecto de su amor incondicional, por encima de pecados e infidelidades, por lo cual una y otra vez demuestra su misericordia y da nuevas oportunidades a ese pueblo que muestra tantas veces tener un duro corazón. Desde el mismo inicio de la historia de la existencia del hombre, Dios se muestra misericordioso, paciente, "lento a la cólera, rico en piedad y leal". A Adán y Eva, que se apartan radicalmente de su amor y de su favor, a pesar del escarmiento del que los carga, les abre una perspectiva que les hace comprender esa realidad del Dios que está siempre dispuesto al perdón y a ofrecer una nueva oportunidad de retomar el camino de la fidelidad. Ninguna de las acciones de los hombres, de este manera y con esta respuesta inmutable de parte de Dios, podrá nunca apartarlos de su amor. Y es que Dios no puede nunca actuar en contra de lo que es su propia naturaleza, que es el amor. Antes de quedarse mirando fijamente al pecado del hombre o del pueblo, mira hacia su propio corazón y descubre en él una única composición: amor. Por ello, incluso los escarmientos a los que somete a Israel o al hombre infiel, los inflige con la intención de que reaccionen y se dejen vencer por ese amor infinito que Él les tiene. Puede Dios dolerse de la infidelidad del pueblo, pero su amor obstinado y perenne lo hará siempre tender la mano de nuevo para que ese mismo pueblo retome el camino. 

Hemos visto, en efecto, cómo Dios se duele de que Israel pida tener un rey, con lo cual ciertamente, despreciaba el reinado exclusivo de Dios sobre él. Y cómo ese mismo Dios le dice a Samuel que le elija al rey que pide el pueblo, muy a su pesar. Su amor infinito no se opone al absurdo que quiere realizar Israel, pero en el diseño de su amor eterno y en su infinita sabiduría, se las arreglará para transformar ese desprecio en gracia para ese mismo pueblo infiel: "En cuanto Samuel vio a Saúl, el Señor le advirtió: 'Ese es el hombre de quien te hablé. Ese gobernará a mi pueblo'". Saúl será aquel primer rey de Israel, una especie de "sustituto" de Dios, pero del cual Él se valdrá como instrumento suyo para seguir gobernando y favoreciendo al pueblo. La institución del reinado que se inicia en Israel, por la sabiduría infinita de Dios, por su misericordia sin par, y sobre todo, por su paciencia sin fin, comienza a existir con la marca del amor. Es un amor sabio, paciente, misericordioso, inacabable. Israel es su pueblo y, a pesar de que tenga gestos de desprecio hacia su Creador, Él seguirá siendo siempre su rey. "Tú serás mi pueblo y yo seré tu Dios", había dicho Dios al establecer su alianza de amor infinito. En el pueblo de Dios pueden darse cambios, que se podrán traducir en desprecios e infidelidades hacia Dios, pero en Dios nunca se iba a dar una transformación, pues Él es inmutable y "los dones de Dios son irrevocables". Samuel unge a Saúl como ese primer rey de Israel y compromete su Palabra ante el inicio de la institución de la realeza israelita: "El Señor te unge como jefe sobre su heredad. Tú regirás al pueblo del Señor y lo librarás de la mano de los enemigos que lo rodean". De nuevo ese Dios demuestra su paciencia infinita, su piedad y su misericordia. Pero sobre todo, su amor comprometido por ese pueblo que Él se ha escogido, con el que ha empeñado su palabra de salvación y del cual saldrá el Salvador de toda la humanidad. No puede Dios nunca actuar contra lo que es: Amor. "Dios es amor" y todas sus acciones en favor de sus criaturas y de sus elegidos estarán regidas desde su naturaleza esencial que es el amor.

De esta manera, al seguir profundizando en las Escrituras, podemos entender porqué ese Dios que nunca ha actuado en contra de su propio amor, tiende a favorecer a quienes están aparentemente más lejos de Él. Es natural que así sea, pues su naturaleza amorosa quiere que todos los hombres estén cerca de Él, principalmente los que están más lejos. Él viene a traer la salvación para todos, pero principalmente quiere hacerla llegar a quienes más la necesitan, que son los que están más alejados. Su amor es infinito por todos, y "quiere que todos los hombres se salven". Pero está claro que con los más alejados es con quienes tiene que aplicar más esfuerzo. Su ternura se hace más evidente con aquellos que obstinadamente se colocan más lejos de su corazón, para hacerles entender su amor por ellos. No es que los ame más, sino que los quiere convencer más esforzadamente del amor que les tiene, a pesar de su desprecio. Él quiere convencerlos de que, a pesar de que se empeñen en caminar en sentido contrario al de su amor, en un  absurdo intento de encontrar su felicidad lejos de Él, el único camino posible y verdadero para la felicidad y la plenitud es el que los conduce a su corazón de amor infinito, que es la añoranza de todo hombre y de toda mujer de la historia. Así lo demuestra Jesús, el amor de Dios que ha venido en carne a la humanidad. La sorpresa de los fariseos ante su preferencia por acercarse a los que supuestamente demostraban más desprecio hacia Dios es evidente. "¿Por qué come con publicanos y pecadores?", se preguntan cuando Jesús entra a la casa de Leví (Mateo), el cobrador de impuestos, pecador público según el criterio judío. Para la lógica farisaica aquellos no eran merecedores más que del desprecio de los "buenos", pues estaban opuestos a lo que establecía la ley. Para la lógica de Jesús era todo lo contrario. Es a ellos a los que más insistentemente había que tenderles la mano y demostrarles amor, para que entendieran que aunque ellos se colocaban lejos de Dios, Él nunca se colocaría lejos de ellos, pues su amor es infinito, piadoso y misericordioso, y sobre todo, paciente. Por ello jamás dejará de esperar su conversión para que emprendan el camino que los conduce hacia su corazón amoroso y encuentren la felicidad y la plenitud que añoran. La lógica del amor es muy diferente a la lógica de la ley. La ley llama al castigo y a la exclusión. El amor llama a la insistencia y a la paciencia. "El amor vence sobre la justicia". La frase de Jesús es determinante: "No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores". Los sanos y los justos ya están con Él. Ahora hay que insistir con los enfermos y los pecadores. También ellos deben acercarse. También Dios quiere que ellos se acerquen. Por eso jamás dejará de insistir en llamarlos, en demostrarles su amor, pues son ellos los más necesitados de la salvación que Él ha venido a traer.

lunes, 14 de julio de 2014

Elige amar y tendrás la plenitud

El Señor espera siempre nuestra conversión. Su paciencia, al igual que su amor y su misericordia, no tiene límites. Pero eso no significa que no sea justo. Ama siempre, y está siempre dispuesto al perdón, pero espera del hombre un acercamiento. Como en la parábola del hijo pródigo, está siempre a la espera de que aparezcamos arrepentidos y humildes para que Él derrame sobre nosotros su perdón. El hijo pródigo ya estaba perdonado en el corazón del padre, pero ese perdón no se hizo efectivo, es decir, no pudo ser recibido por el pecador, hasta que éste no se puso en camino hacia la casa del padre. De no haberse dado este acercamiento, aunque en el corazón del padre ya había el perdón, el hijo no lo hubiera recibido, pues no había dispuesto su ser para poder ser agraciado con la misericordia del padre.

En efecto, en el designio del Padre Dios está siempre el perdón. Desde el mismo momento del pecado de nuestros padres Adán y Eva, la promesa de redención estaba presente en la historia de la humanidad. "Pongo enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo. Un descendiente de ella te pisará la cabeza". Es el protoevangelio, la primera Buena Nueva pronunciada por Dios, que anunciaba la redención de los hombres. La historia de la humanidad no iba a ser una historia de condena sino de esperanza en el cumplimiento de esta promesa divina. Dios no miente ni se desdice. Es inmutable y ama eternamente. Por eso, cumple su palabra y no deja de perdonar jamás. Menos aún al que Él había creado como su criatura predilecta, objeto último de su amor, al que había enriquecido ostensiblemente con sus mismos dones de amor y libertad, de capacidad de raciocinio y de relacionamiento con otros... La causa última del pecado del hombre fue la libertad con la que Dios lo había enriquecido y la opción -equivocada, sin duda, pero fruto de una elección de la libertad, don de Dios- que había hecho. Esa libertad y ese amor, combinados y vividos en plenitud es la plenitud que Dios deseaba que viviera el hombre. Pero comportaba el inmenso riesgo de ser utilizada mal, y de ir en el sentido contrario al establecido por Dios. El amor no es un "programa" al que el hombre está sometido, como lo está el perro para ladrar o el gato para maullar -nunca el perro dejará de ladrar ni el gato de maullar, pues no tienen la capacidad de ir contra ese "programa" que Dios ha grabado en ellos, ya que no son libres-, sino que es una decisión. A amar se decide, se opta, se elige libremente. O, en el caso del pecado, se decide el camino contrario. En la pretensión de autonomía absoluta, de independencia y emancipación, el hombre no desea optar por el mismo camino que le propone Dios, que es el del amor, sino por uno diverso. Y el contrario es el del odio, que se expresa en dar la espalda a Dios y a todo lo que Él quiere que se someta el hombre. El pecado impone la rebeldía a todo lo que es de Dios. Y en ese camino, el hombre se hace despreciable para Dios, aunque Él desea que lo deshaga y vuelva sobre sus huellas...

Por ello, son comprensibles expresiones como la de Isaías: "¿Qué me importa el número de los sacrificios de ustedes? -dice el Señor-. Estoy harto de holocaustos de carneros, de grasa de cebones; la sangre de toros, corderos y chivos no me agrada. ¿Por qué entran a visitarme? ¿Quién pide algo de las manos de ustedes cuando pisan mis atrios? No me traigan más dones vacíos, más incienso execrable. Novilunios, sábados, asambleas, no los aguanto. Sus solemnidades y fiestas las detesto; se me han vuelto una carga que no soporto más. Cuando ustedes extienden las manos, cierro los ojos; aunque multipliquen las plegarias, no los escucharé. Sus manos están llenas de sangre". Es un Dios que denota el cansancio que tiene al llamar una y otra vez al uso correcto de la libertad y del amor y no recibir una respuesta satisfactoria. Porque el amor de Dios ha insistido, una y otra vez, y el hombre, en su libertad mal ejercida, una y otra vez, lo ha depreciado... Pero es impresionante que, a pesar del cansancio que deja descubrir Dios, aun tiene la voluntad misericordiosa a tope y sigue ofreciendo la posibilidad de la conversión: "Lávense, purifíquense, aparten de mi vista sus malas acciones. Cesen de obrar mal, aprendan a obrar bien; busquen el derecho, enderecen al oprimido; defiendan al huérfano, protejan a la viuda". Dios propone le camino correcto, el que debe ser transitado, el que debe ser elegido por una libertad realmente motivada por el amor...

Esa decisión libre de transitar sólidamente el camino del amor, del bien, del relacionamiento, traerá consecuencias. Quienes lo vean como una "traición" a la emancipación deseada, a la autonomía liberándose del "yugo" de Dios, buscarán que se desista en ese intento. Habrá conflictos con el mundo que desea seguir de espaldas a Dios. Por eso, la decisión libre de amar implicará la disposición de defender esa decisión, ante quien sea. Lo vaticina Jesús: "No he venido a sembrar paz, sino espadas. He venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; los enemigos de cada uno serán los de su propia casa". La unión con Dios en el amor decidida libremente estará por encima incluso de la unión familiar, cuando ésta quiera atentar contra la decisión del amor. No está nadie por encima de Dios y de su plan de plenitud para el hombre. La compensación de vivir familiarmente no es mayor que la de vivir en relación íntima y amorosa con Dios. Si es necesario echar a un lado todo lo que se oponga, sea lo que sea y sea quien sea, hay que dejarlo, pues la plenitud está sólo en Dios... Si en esa lucha es necesario perder hasta la vida con tal de tener a Dios, no hay que dudarlo: "El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará..." Es que una vida sin Dios, para el que en su libertad ha elegido seriamente el amor, no tiene ningún sentido. Es preferible perder la vida que a Dios. Es la vida del amor hermoso, el que llena plenamente, el que da la total felicidad, el que compensa absolutamente todas las necesidades del hombre y el que apunta a la vivencia eterna en las entrañas amorosas del Dios del amor, infinitamente misericordioso y al lado del cual se desea vivir por toda la eternidad por encima de todo...

lunes, 14 de abril de 2014

Dios sabe qué es lo que nos conviene y cuándo

Todos quisiéramos obtener resultados inmediatos en las metas que nos proponemos. Algunas veces será posible, otras no. Más aún, en muchas ocasiones no convendrá tener las metas alcanzadas inmediatamente, pues de alguna manera es didáctico que recorramos un camino que nos curta para poder afrontar una nueva situación que vamos a vivir. Dios sabe lo que hace mejor que nadie, y sabe además si algo nos conviene o no... Y, si llegara a concluir que nos conviene, sólo Él sabe en qué momento nos conviene. No tiene sentido, por lo tanto, el que nos desesperemos por tener algo que consideramos muy bueno o muy conveniente para nosotros, pero que no se da súbito... Lo que hay que cultivar es la paciencia y la conformidad. Paciencia para no desesperar en la espera, y conformidad si al fin la meta no se logra...

Hay que intentar siempre colocarse en la misma perspectiva de Dios, sintonizar con sus criterios y tratar de aceptar sus términos temporales. "Mil años en tu presencia son un ayer que pasó", dice la Escritura, refiriéndose al tiempo de Dios. "Mil años son como un día, y un día como mil años". Todo en Dios es un eterno presente en el que se está verificando en tiempo real todo lo pasado, todo lo futuro, en su presente. Esa perspectiva es posible sólo en Él, pues está por encima de todo y todo lo tiene en su mano creadora y providente. Sería absurdo, por lo tanto, dictarle a Dios términos, fechas de vencimiento, horas o minutos. Él es dueño del tiempo y al ser Omnisciente, posee la capacidad única de conocerlo todo, de percibir en el mismo hecho, causas, acciones y efectos simultáneamente...

No quiere decir que todo en nosotros esté determinado, es decir, que exista fatalmente una determinación marcada ya del destino de cada uno. No es así. Sería contradecir la motivación firme y decidida de Dios hacia el hombre de crearlo libre y dueño de sus actos, de sus pensamientos, decisiones y acciones. El "hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza" pronunciado comunitariamente por la Santísima Trinidad y mayestáticamente por el Dios único, ya establece la "igualdad" entre Dios y el hombre en esa capacidad de decidir sin ser forzado ni interna ni externamente. El hombre ha sido enriquecido por Dios con su inteligencia y su voluntad para que construya su vida y su destino. No somos una especie de juego virtual en el que Dios mueve sus piezas a placer y en el cual nosotros seríamos unos actores que representarían un papel que ya está escrito y tiene un final establecido por Dios, sin que le importe para nada lo que nosotros pudiéramos aportar...

Nuestra vida se desarrolla sobre dos rieles: sobre el del eterno conocimiento de Dios y sobre el de la libertad con la cual Él nos creó. Dios sabe lo que decidiremos desde nuestra libertad, sabe cuáles serán las consecuencias de lo que hagamos, conoce perfectamente cuál será nuestro final... Pero cada una de esas cosas las decidimos nosotros libremente. Es una conjugación misteriosa entre el conocer perfecto de Dios -es Dios y es Omnisciente-, y la libérrima voluntad con la cual nos creó -nos hizo libres, como Él es, "a su imagen y semejanza"-.

En ese término temporal que se desarrolla entre el perfecto conocimiento de Dios y el ejercicio de nuestra libertad, debemos siempre confiar en que Dios va colocando las condiciones para que tengamos la posibilidad de decidir correctamente. Él pone en nuestro camino los instrumentos que necesitamos para ser plenamente felices. Y nosotros decidimos usarlas o no. Es nuestra decisión libre, y Dios la respeta reverentemente, aunque sepa que pudiera tener consecuencias negativas para nosotros. Aun así, en el camino de los logros de los bienes que necesitamos, Él quiere que aprendamos a añorarlos, a desearlos, a suspirar por ellos. Y eso requiere de una "pedagogía de la añoranza", de un itinerario en el que podamos percibir la luz y la sombra que significan el tenerlo y el no tenerlo, para poder valorarlo más y añorarlo con más fuerzas... Por eso nunca las cosas se darán sin esfuerzos, sin pedagogía, sin aprendizaje previo... Es la manera de actuar de Dios, y de su Enviado, Jesucristo: "Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamara, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará., el pabilo vacilante no lo apagará, hasta implantar el derecho en la tierra, y sus leyes que esperan las islas". La labor que el Mesías Redentor viene a realizar será al estilo de Dios, no al estilo desesperado y apresurado del hombre. Será paciente incluso con los malos, dándoles la oportunidad de la conversión. Y será paciente también con los débiles, dándole la oportunidad de fortalecerse. Su paciencia en la obra redentora será el signo de la paciencia que tiene con todo. Y será algo que querrá que nosotros aprendamos también. Para alcanzar un bien, debemos curtirnos y curtir ese mismo bien. Por más que la madre ame a su hijo recién concebido en su vientre, debe esperar los nueve meses reglamentarios para acunarlo en sus brazos. Si llegara a desesperarse por tenerlo antes, lo más probable es que cometa una torpeza y el niño moriría... Un bien no es mejor por tenerlo antes de tiempo. Es Dios el que establece cuándo es mejor... Y eso debemos aceptarlo y confiar en su sabiduría infinita...

Esa paciencia en Dios, confiando infinitamente en su amor, nos debe colocar delante de Él para esperar cualquier bien de sus manos y para que esperemos también el cumplimiento del término temporal que Él considere el correcto. En cierto modo, debemos ponernos como María, a los pies de Jesús, que "tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume"... Ella preparaba a Jesús para su sepultura con ese gesto -"Déjala, lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tienen con ustedes, pero a mi no siempre me tienen", le dijo Jesús a Judas que criticaba el que se "gastara" ese perfume-, pero nosotros podemos hacerlo para esperar pacientemente ante su amor el beneficio que Él mejor que nadie sabe que nos conviene...

En el camino de la vida debemos aprender lo que Dios quiere enseñarnos. No es mejor lo que nosotros consideremos. Es mejor lo que Dios considera. A veces coinciden. A veces no... Cuando no coinciden, debemos dejar a Dios el discernimiento. Él sabe mejor que nosotros el qué y el cuándo... Y quiere que avancemos por ese camino de la paciencia, como Él lo recorrió perfectamente en su Hijo Jesús, y logró para todos el mayor beneficio, que es el regalo de su propia vida para que fuera vida nuestra. Nos dio el mayor tesoro que jamás podremos tener y que por nuestros propios medios jamás lograremos. Es el regalo de su amor, de su perdón, de su propia vida en nosotros, que nos hace definitivamente su imagen y semejanza, y nos abre las puertas del cielo para habitar eternamente felices en su presencia...

domingo, 29 de septiembre de 2013

Combate el buen combate de la fe

Pablo nos ofrece un excelente material para un buen examen de conciencia. Su invitación a combatir "el buen combate de la fe" es una llamada perentoria a mantener una actitud vigilante ante los embates que ofrecen "las fuerzas del mal" a los cristianos. Tristemente, nos hemos acostumbrado a no combatir. Vamos por la vida con los brazos bajos, en vez de ir con los brazos en guardia. Lejos de hacerlo, nos declaramos derrotados apenas sin iniciar el combate... Y resulta que, como dijo Job: "La vida del hombre en el mundo es milicia"... Los hombres de nuestro tiempo hemos decidido no combatir, hemos decidido plegarnos a quien nos combate, hemos decidido no enfrentar con valentía y gallardía a quien pretenda vencernos con sus argucias. Nos hemos "enredado" en la telaraña del mundo (de lo malo del mundo, pues no todo en el mundo es malo), y allí estamos, a punto de ser devorados...

Pablo afirma que el de la fe es un "buen combate"... ¡Claro que sí! ¿Qué mejor combate que el de esforzarse por no ser uno más del montón? ¿Qué mejor combate que el de procurar por todos los medios caminar la senda de la realización personal, la de la plenitud de la vida, la de la respuesta afirmativa a la voluntad divina de ser los "reyes de la creación"? ¿Qué mejor combate que el de siempre intentar ser cada día mejor, más hermano, más solidario, más honesto, más fiel a Dios y a sus exigencias? Ese es el verdadero camino de nuestra promoción humana. Seremos mejores hombres no en cuanto estemos más lejos de Dios, o en cuanto nos pleguemos más a lo que va en su contra..., sino en cuanto hagamos conciencia plena de que "Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti"... La plenitud del hombre está en su vida de Gracia, no en la pérdida de ella. Seremos plenamente hombres sólo en la vivencia de la posesión total de la vida de Dios en nosotros. Lo que nos hace plenos no somos nosotros mismos, sino el Dios que viene a nosotros a habitar como en su templo... Para eso hemos sido creados y esa es nuestra plenitud. Empeñarnos, por lo tanto, en lo contrario, es procurar la destrucción de nuestra propia vida... Por eso es que vale la pena "combatir el buen combate de la fe". Es el combate que daremos para defender nuestra plenitud, para avanzar en la posesión de Dios, para dar el sentido verdadero que tiene que tener nuestra vida... No es lógico que bajemos la guardia cuando se nos llama a la plenitud...

¿En qué consiste ese "buen combate de la fe"? El mismo Pablo lo ha dicho antes: "Practica la justicia, la religión, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza..." Estos son los componentes de ese combate... Cuando nos apertrechamos para ese "combate", debemos hacerlo con las armas que nos apoyarán en esa lucha por practicar esas realidades de la vida del cristiano...

Practica la justicia: El cristiano no puede estar contento cuando en el mundo reina la injusticia... Debemos ser los primeros en "dar a cada quien lo que le corresponde". Si hacemos así, esforzándonos siempre por ser verdaderamente justos, estaremos muy lejos de favorecer por caprichos a nuestros "amiguitos", los de nuestro grupo... Estaremos cuidándonos mucho de ser injustos contra quien no se lo merece.. Y a gran escala, estaremos asegurando un mundo en el que brille la armonía. ¿Cuánta tristeza hay sembrada en nuestro mundo a fuerza de haber sido injustos con los demás? ¡Cuántas guerras, cuántas muertes, cuántas esclavitudes, cuánta corrupción..., hemos permitido a fuerza de no practicar la justicia!

Practica la religión. Nos hemos dejado engañar con la famosa frase: "La religión es el opio del pueblo". Hemos desestimado la práctica religiosa, porque es supuestamente una práctica "pasada de moda", para "viejos". Decimos: "Los tempos actuales exigen otras cosas. No podemos perder el tiempo en esas tonterías". La religión, en cambio, nos asegura la unión con Dios. De allí viene, de "re-ligar" al hombre con Dios. Cuando tenemos referencia a Dios, nuestra vida es una muy distinta que cuando no está. Haber "expulsado" a Dios ha sido quizá el peor negocio que hemos hecho los hombres "modernos", pues hemos eliminado a quien nos daba la justa medida para establecer relaciones justas y armoniosas con todos. Y se ha establecido así la anarquía... Y así, pensamos que es una tontería la exigencia de ir a misa los domingos porque "yo me comunico directamente con Dios", confesarse porque "Yo no peco", o porque "Dios me perdona directamente y no necesito decirle mis pecados a un cura que es quizás más pecador que yo"... La banalización de las prácticas religiosas nos ha hecho un daño tremendo, pues nos ha hecho perder la conexión con lo misterioso que está siempre presente y es esencial en nuestra vida. Somos cuerpos espirituales o espíritus encarnados, y necesitamos siempre la conexión con lo trascendente, con lo superior, con lo infinito...

Practica la fe. En sus componentes básicos: Creer en Dios y creerle a Dios. No basta con confesar la existencia de un Dios Creador, omnipotente, omnisciente, omnipresente... Todas esas cosas son verdaderas en Dios y hay que creerlas... Pero es necesario dar un paso ulterior. Dios es el ser que entra en comunicación conmigo, es un ser personal que basa su amor infinito hacia mí en su deseo entrañable de entrar en relación conmigo. Por eso me habla, me dice que me ama, me perdona... Y por eso me pide a cambio que lo ame, que le sea fiel, que lo siga con alegría e ilusión. Mi aporte en la relación con Dios no se basa, entonces, sólo en creer en su existencia, sino también en escuchar lo que me dice y obedecer a lo que me pide. En "creerle", pues eso que me pide es bueno para mí. Un Dios que me ama no puede pedirme cosas que sean malas para mí. Cuando me pide algo, eso es lo mejor, porque me ama...

Practica el amor. ¡Cuánta falta hace el amor en nuestro mundo! ¡Qué fácil odiamos, qué fácil guardamos rencores, qué fácil sospechamos de todos, qué fácil miramos para otro lado ante una necesidad de un hermano! El combate de la fe nos exige amar. En primer lugar a Dios. Y en segundo lugar a los hermanos, particularmente a los más necesitados... Por haber dado lugar al odio hemos permitido asesinatos, abortos, miseria, esclavitud, guerras, explotación de los débiles, opresión... Sin amor, los hombres somos las peores bestias de la creación. Pero con amor somos capaces de heroísmos portentosos, sorprendentes. Veamos en nuestra historia a los que se han dejado llevar por el amor (Madre Teresa, Padre Pío, Maximiliano Kolbe, Juan Pablo II...) y contemplemos las maravillas que puede hacer el amor...

Practica la paciencia. La "inmediatez" que caracteriza a nuestro mundo nos ha mediatizado a todos. Nuestras reacciones son inmediatas, sin pensarlas. Lo queremos todo "para ya", si alguien me dice algo que me disgusta, reacciono sin pensarlo, haciendo aún más daño... Somos más injustos en nuestras reacciones que la injusticia que estamos reclamando... Hemos perdido lo sabroso del tiempo gastado en buena compañía. Nos hemos olvidado de cómo es saborear una buena conversación, un buen café junto a alguien... Todo eso, para muchos en pérdida de tiempo... "No hay tiempo que perder"... Hemos perdido la posibilidad de enriquecernos con una buena conversación, larga y tendida, con Dios, a cuenta de que "estamos apurados"...

Practica la delicadeza. En nuestra vida de relación con los demás debemos poner mucho de delicadeza. No es posible que vayamos siempre con caras amargadas. Particularmente en la familia. Nos creemos con todo el derecho de ser "patanes" en nuestras casas. Nuestra "mejor cara" se la llevan quienes no tienen nada que ver con nosotros... Y a nuestra familia la tratamos con dureza, con mala educación... Es no es justo. Son ellos los que tienen más derecho, pues somos de ellos... Tratemos en general, de llevar simpatía a nuestro entorno. Saludemos a todos, tengamos siempre en la cara una sonrisa... Hacerlo, revertirá en beneficio para nosotros mismos, pues nos sentiremos mucho mejor así, lavando nuestras amarguras...

Todo esto tiene el mayor sentido... Pablo dice: "Conquista la vida eterna a la que fuiste llamado"... ¿Qué mejor sentido darle a ese esfuerzo que el de procurar estar eternamente junto a Dios, después de ese "buen combate"? Vale la pena hacerlo. Y vale la pena porque es nuestro futuro, por el que estamos luchando al combatir. Y es el futuro de la eternidad feliz junto a Dios y en su amor y junto a los que conquistemos para Dios en nuestro combate...