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viernes, 25 de septiembre de 2020

Nos importa sobre todo que Dios nos ama

 El Periódico de México | Noticias de México | Columnas-MuyOportuno | ¿Pero  ustedes, quién dicen que soy yo?

El conocimiento de Dios se encuentra entre las inquietudes más profundas y auténticas del hombre desde que él es hombre. La adquisición de su capacidad de raciocinio, cuando el hombre tomó conciencia de sí mismo, tuvo que haber dado un giro dramático a su propia vida, pues pasó de estar fundada simplemente en la búsqueda de la satisfacción de lo necesario para su subsistencia a buscar las razones que explicaban su propia esencia, su identidad profunda, la razón que sustentaba su vida, cuál era su origen y hacia dónde se dirigía todo. Esas inquietudes naturales surgen siempre en cualquiera que tenga un mínimo de discernimiento. Pero esto lo llevó a dar un paso más adelante, que lo hizo cuestionarse aún más profundamente, por cuanto empezó a buscar una razón que se encontraba fuera de sí, para poder explicar la causa final de su existencia, por qué estaba en el mundo, quién lo había colocado en él, cuál era el fin que se había fijado para su presencia, cómo llevar adelante su misión junto a todos los demás hombres que convivían con él. Son cuestionamientos naturales que surgían de un hombre que empezaba a asumir su existencia y a querer saber sobre ella. Los primeros pensadores, aquellos que se atrevieron a dar los pasos iniciales en la búsqueda de respuestas razonables, se toparon con la necesidad de asumir una realidad infinitamente superior que explicara la existencia de todo, pues era imposible encontrarla en el mismo hombre. Él, por sí mismo, no habría podido jamás darse la existencia ni enriquecerse con la infinidad de dones de los cuales disfrutaba. Era de una lógica contundente, entonces, la necesidad de aceptar la verdad irrefutable de un ser superior que fuera la causa de todo, "la causa última" o "el Ser", como lo llamaron los grandes filósofos griegos. Ese ser debía tener las cualidades grandiosas, superiores y eternas, de las cuales hizo disfrutar por analogía, por procesos físicos, químicos, biológicos, o incluso, con cierta condescendencia, por donación graciosa, uno de los seres surgidos de sus manos todopoderosas, el hombre, único de entre todos los seres creados que disfrutaba de esas prerrogativas. Ellos lo llamaron "el Ser", "Theos", que tenía como cualidades esenciales ser "Uno, Bueno, Verdadero y Bello". Así comenzó una historia grandiosa y atrayente que nos ha llevado a todos por los caminos de la búsqueda de la comprensión de la existencia de Dios, de su conocimiento, dejando a un lado una pretensión que la misma historia y la misma naturaleza contradicen, como es la de los ateos intelectuales que se ciegan y rechazan la idea de la existencia de un Dios que explique lo que no se puede explicar racionalmente. Querer saber quién es la causa de la propia existencia, sus características, su misterio íntimo, es lo más razonable que existe. 

Y al dar el paso de lo estrictamente racional, es decir, de aquello a lo que podemos acceder los hombres por nuestro propio discernimiento, a aquello que nos es revelado, pasa de ser simplemente razonable a ser cautivador, por cuanto nos encontramos con un ser cuyo movimiento único, esencial y más puro, es el del amor. Es muy distinto el movimiento de alguien hacia un objeto, motivado simplemente por un interés "científico", que el que se da por un deseo expreso de estar involucrado personalmente, en la acción y en el afecto, con el objeto con el que se está tratando. Y eso es lo que sucedió con Dios. Los hombres no somos simplemente "un producto" de su experimentación, sino que somos la única razón que ha tenido para salir de sí mismo, de su propia existencia absolutamente satisfactoria, del amor que era totalmente suficiente en sí mismo por lo que no necesitaba de absolutamente nada más para su felicidad. Nuestra existencia es la única razón válida que ha sido capaz de hacer salir a Dios de sí mismo, de su lógica y totalmente comprensible autosuficiencia, a permitir que surgiera algo que se convirtiera en el sujeto privilegiado de un amor que eternamente estuvo enmarcado en la vivencia misteriosa e infinitamente hermosa de esa Santísima Trinidad que vivía solo en ese intercambio totalmente suficiente de amor. Nosotros hemos venido a trastocar esa experiencia divina del amor. Y el mismo Dios lo ha deseado vivir para tener alguien fuera de sí a quien amar como Él mismo se ama. Jamás llegaremos a comprender suficientemente lo grandioso de este hecho, que ha trastocado la serenidad interior que eternamente vivió Dios antes de haber decidido que existiéramos para amarnos. Existimos por un deseo expreso de Dios de "complicarse" haciendo salir su amor desde sí mismo hacia nosotros. Fue el momento de Dios. Y fue el gran momento del hombre, que jamás comprenderemos del todo: "Comprobé la tarea que Dios ha encomendado a los hombres para que se ocupen en ella: todo lo hizo bueno a su tiempo, y les proporcionó el sentido del tiempo, pero el hombre no puede llegar a comprender la obra que hizo Dios, de principio a fin". En ese tiempo, que para Dios no existía pues era eterno, el hombre es colocado para que lo conozca, lo comprenda, lo viva, se una a Él, y viva para Él, con la razón última del amor que puede experimentar de Dios y al que puede y debe responder no individualmente, sino unido a todos los que como él han recibido su existencia como don infinito de amor de Aquel que decidió salir de sí para donarse a su criatura y hacerlo infinitamente feliz.

En el colmo de ese amor, entendiendo que ese tiempo en el que Dios había decidido vivir debía mostrarse más claramente de lo que lo había hecho anteriormente, lo hizo en su Hijo, para que ese amor quedara no solo como una declaración de intenciones, sino como una realidad irrefutablemente clara. "En la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley". Se declaró claramente el momento de Dios, que por providencia amorosa fue también el momento del hombre. Era el momento del amor: "Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo: Tiempo de nacer, tiempo de morir; tiempo de plantar, tiempo de arrancar; tiempo de matar, tiempo de sanar; tiempo de destruir, tiempo de construir; tiempo de llorar, tiempo de reír; tiempo de hacer duelo, tiempo de bailar; tiempo de arrojar piedras, tiempo de recogerlas; tiempo de abrazar, tiempo de desprenderse; tiempo de buscar, tiempo de perder; tiempo de guardar, tiempo de arrojar; tiempo de rasgar, tiempo de coser; tiempo de callar, tiempo de hablar; tiempo de amar, tiempo de odiar; tiempo de guerra, tiempo de paz". Ahora era el tiempo del amor. Y se hacía en la obra de Jesús. No se trata simplemente de conocerlo y de querer entender quién es: "'¿Quién dice la gente que soy yo?' Ellos contestaron: 'Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros dicen que ha resucitado uno de los antiguos profetas'". Eso sería como quedarnos en la época de la pre-revelación, entendiendo a Jesús como ese "Ser" griego al que hemos hecho referencia. Jesús, porque ama, quiere más, como el Dios que es y que hace todo por el hombre, porque lo ama infinitamente. Por eso quiere ser entendido plenamente, en lo que lo mueve más profundamente, es decir, en el amor. Quiere que se dé ese paso absolutamente necesario que hará que sea comprendido perfectamente, aunque se mantenga en su misterio divino que es infinito, pero no en la vivencia del amor, que compensa todo misterio. Por eso debemos dar ese paso adelante: "'Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?' Pedro respondió: 'El Mesías de Dios'". Nosotros debemos llegar a ese punto de la perfecta comprensión de quién es Jesús en su esencia más profunda. Él es el Hijo de ese Dios que es amor, que viene para hacernos palpable el deseo extremo de Dios de tenernos con Él, porque nos ama más de lo que nosotros podemos imaginarnos y por supuesto más de lo que nosotros mismos nos amamos, que está dispuesto incluso a entregar su vida por nosotros para hacernos recuperar nuestra condición de hijos, la que habíamos perdido por nuestro pecado. Él es el Mesías prometido, el Ungido en el óleo de amor para derramarlo sobre nosotros, haciéndonos a todos ungidos para vivir de nuevo en ese amor perdido pero que es nuestro, pues Dios a nadie más ama tanto como a nosotros. Por nosotros fue capaz de surgir maravillosamente de su vida íntima de serenidad y satisfacción total, para hacer posible nuestra existencia, don de su amor, y llevarnos en la eternidad a habitar en esa serenidad que nos hará vivir resguardados en su corazón de amor interminable.

sábado, 19 de septiembre de 2020

Nuestra historia empieza en Dios y termina en Dios

 Salió el sembrador a sembrar | Ecos de la Palabra

El tiempo entra en la categoría de lo que los teólogos llaman "lugares teológicos". Un lugar teológico es llamada toda realidad en la que puede hacerse presente Dios y manifestarse claramente en la vida de los hombres, por sí mismo o por las expresiones que lo identifican y lo hacen visible en una circunstancia concreta. De la comprensión de lo que es el tiempo y, por ende, de la manera de entender la presencia de Dios en él, dependerá mucho la importancia que se le dé a la misma figura divina y a la influencia que tenga en la vida humana. Diversas han sido las posturas de comprensión de la categoría "tiempo", o de su paralelo "historia", con las consecuentes diversidades de comprensión, incluso a veces de la misma figura de Dios y de su accionar en el mundo. Desde prácticamente el inicio de la historia del pensamiento humano y de la construcción de sistemas propios sobre los que basar los desarrollos intelectuales, se ha asumido posturas no solo diversas sino incluso opuestas al considerar la categoría "tiempo" como formalidad presente en el desarrollo de la humanidad. Para una línea, el tiempo, y su paralelo, la historia, son una sucesión irrepetible y lineal de acontecimientos que apunta siempre a un avance indetenible hacia una meta concreta que será una plenitud desconocida, hacia la que se encamina la existencia entera y, dentro de ella, el hombre. Para otra línea, el tiempo y la historia no son más que la eterna sucesión de los mismos acontecimientos una y otra vez, con lo cual todo será simplemente un ciclo interminable que se repite hasta el infinito, por lo que la novedad absoluta no existe, sino que existiría una nueva manera de presentación de la misma realidad, que estaría revestida de novedad, pero solo como un ropaje exterior. La conclusión en la confrontación entre ambas líneas es la de la imposibilidad de conciliación o comunión entre ambas, por cuanto las dos parten de puntos muy distintos y se desarrollan de maneras muy diversas. El intento de conjugación de los dos diversos enfoques fue emprendido también desde la fe, dado que de la comprensión del desarrollo de la temporalidad y de la historicidad surgirá una idea de Dios y de su presencia en la historia que puede resultar iluminadora para el hombre creyente. Uno de los grandes pensadores que se atrevió a emprender este engorroso camino fue el gran pensador, filósofo, teólogo y paleontólogo, Pierre Teilhard de Chardin, quien no sin oposición frontal originalmente del Magisterio de la Iglesia, luego reivindicado parcialmente por el mismo Magisterio, intentó desarrollar una línea de pensamiento que salvaba las dos posturas, la de la absoluta novedad de cada momento temporal y la de la repetición interminable de ellos. Partiendo del Alfa, del cual surge todo lo creado, cada momento temporal e histórico es como una ola en la que actúa Dios, en cuyo caso cada uno de esos momentos es como un bucle de avance que se recogería en sí mismo hasta poder avanzar en un nuevo paso hacia adelante, que haría adelantar la historia, cuya meta final será la Omega, que es el mismo punto de origen hacia el que tiende todo lo creado. Esa Alfa y esa Omega son Dios, que será así el origen y la meta de todo.

Lo ingenioso del desarrollo de Teilhard fue haber logrado armonizar la idea de novedad con la de repetición, haciendo de esa manera que el actor principal de todo fuera Dios y su acción en el tiempo y en la historia, pues Él es el origen y la meta de todo. El tiempo, indudablemente, es el dominio de Dios, y Él va moviendo los hilos de la historia de modo que todo, viniendo de Él, avance hacia Él. Por eso, podemos entender que los creyentes no podemos quedarnos únicamente en la contemplación de lo que vivimos actualmente, sino en la aceptación de ser parte de un gran movimiento universal que nos trasciende y que tiene que ver con la realidad de la absoluta trascendencia de Dios, del cual venimos y hacia el cual tendemos, por lo cual, como parte de nuestra existencia, habrá realidades que en ocasiones se nos presentarán como incomprensibles, pero que, dado que creemos en un Dios bueno y amoroso, deberemos aceptar por fe, cuando demos por descontado que por nuestra sola razón será imposible hacerlo. Esta es una verdad que vivió ya la Iglesia desde sus orígenes, en los cuales se emprendió la ingente tarea de racionalización de las verdades de fe, para lograr hacerlas algo comprensibles a los primeros cristianos. Basados en los conocimientos rudimentarios que existían, los apóstoles se encaminaron a ello. Para la comprensión de la novedad absoluta que representaba la verdad de la resurrección, San Pablo intentó acercar las ideas de realidad corporal y realidad espiritual: "Se siembra un cuerpo corruptible, resucita incorruptible; se siembra un cuerpo sin gloria, resucita glorioso; se siembra un cuerpo débil, resucita lleno de fortaleza; se siembra un cuerpo animal, resucita espiritual. Si hay un cuerpo animal, lo hay también espiritual. Efectivamente, así está escrito: el primer hombre, Adán, se convirtió en viviente. El último Adán, un espíritu vivificante. Pero no fue primero lo espiritual, sino primero lo material. y después lo espiritual. El primer hombre, que proviene de la tierra, es terrenal; el segundo hombre es del cielo. Como el hombre terrenal, así son los de la tierra; como el celestial, así son los del cielo. Y lo mismo que hemos llevado la imagen del hombre terrenal, llevaremos también la imagen del celestial". En esa línea de la historia que nos preside, debemos aceptar que Dios, siendo el Señor de la historia, nos ha hecho avanzar de lo menos a lo más, de lo temporal a lo eterno, de lo pasajero a lo que nunca termina. Ha hecho la conjugación perfecta entre la novedad absoluta de lo que nunca se repite y la reiteración sin fin de la realidad que estaría circundada por Él mismo.

En la experiencia de la fe de la cual somos deudores, lo que más interesa a Dios y a nosotros mismos es que en nosotros se dé el establecimiento de su Palabra de salvación, al punto de que poco importaría la comprensión perfecta de nuestra propia temporalidad, sino la convicción profunda de la presencia de Dios en ella, de su acción amorosa en nuestro favor, del deseo firme que Él tiene de que seamos únicamente suyos, de la aceptación de su acción de amor para hacernos pasar de la temporalidad a la eternidad junto a Él. Es decir, de la disponibilidad que tengamos para dejarnos llevar desde el ser seres materiales al ser seres espirituales que únicamente vivan de su amor, en una unión íntima con los demás, que será la vida de comunión perfecta que se dará con Dios como Rey de todo, teniéndonos a nosotros y a todo lo creado como escabel de sus pies. Es la obra que en el momento culminante de la historia vino a realizar Jesús, presidiendo el último bucle temporal que elevó todo el universo al punto más alto, pues fue creado de nuevo con su obra de redención. Lo que busca Dios es que nos hagamos receptores de su palabra redentora, de su semilla de vida nueva, dejando a un lado todo lo que pueda perturbar su llegada a nosotros y la vivencia de la verdad de su amor, que nos encamina a ese momento temporal de plenitud, a esa historia concluyente de amor inmutable: "Salió el sembrador a sembrar su semilla. Al sembrarla, algo cayó al borde del camino, lo pisaron, y los pájaros del cielo se lo comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, y, después de brotar, se secó por falta de humedad. Otra parte cayó entre abrojos, y los abrojos, creciendo al mismo tiempo, la ahogaron. Y otra parte cayó en tierra buena, y, después de brotar, dio fruto al ciento por uno. Dicho esto, exclamó: 'El que tenga oídos para oír, que oiga'". Nuestra temporalidad debe servir para que la semilla de Dios, del cual venimos, empiece a producir los frutos deseados. Si todo viene de Él, todo se sostiene en Él, y todo tiende hacia Él, nuestro paso por el tiempo debe ser una ocasión para que asumamos que tenemos nuestro origen en Él y que tendemos hacia Él. Hacernos terreno dócil para la semilla que lanza Jesús es asumir que nuestra temporalidad tendrá una solución de eternidad. Que toda otra realidad distinta a la que apuntemos será terreno agresivo, será piedra, zarza, superficialidad, comparada con la excelencia que puede llegar a ser el hacerse terreno fértil, en el que finalmente se dé ese paso de lo corporal a lo espiritual, de lo temporal a lo eterno, de lo terrenal a lo celestial, que es a lo que estamos destinados a ser y a hacernos, en este tiempo que Dios nos ha regalado, haciéndose Él el protagonista primero por su presencia y su acción, impregnada toda ella de su amor que tiene sabor a eternidad.

jueves, 9 de abril de 2020

La "hora" de tu entrega es la "hora" de mi salvación

Evangelio San Mateo 26,14-25. Miércoles 17 de Abril de 2019 ...

Los teólogos hablan del tiempo como de un "lugar teológico", es decir, una forma de encontrarse con Dios, de descubrir su acción en el mundo y en los hombres. Es, en cierto sentido, una condescendencia de su parte, pues Él es atemporal. Para Dios no hay principio ni fin, ni pasado ni futuro. Él vive en un eterno presente. Como lo dice el salmo: "Mil años en tu presencia son un ayer que pasó". La temporalidad es una cualidad extraña en Dios, pues Él no está sometido a estas leyes que son "bajas" en referencia a su propia existencia. Pero en aquel arrebato de amor que representó la creación, tuvo que someterse a la bajeza incluso de la temporalidad. Dado que los hombres hemos sido creados por Él limitados, aun cuando hemos sido hechos "a su imagen y semejanza", no somos idénticos a Él. La participación analógica en su naturaleza no nos da todas sus prerrogativas. Aun cuando al final de los tiempos seremos semejantes a Él, nos falta un largo camino por recorrer: "Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que habremos de ser. Pero sabemos que cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él porque le veremos como Él es". La atemporalidad que es natural en Dios, no es aún cualidad que posee nuestra materialidad. Somos seres temporales en nuestro cuerpo, cuya existencia está determinada en un tiempo y un espacio concretos y definidos. La atemporalidad, es decir, la eternidad semejante a la de Dios, la tendremos solo cuando hayamos finalizado nuestro tránsito temporal y tengamos ya en nuestras manos el triunfo definitivo que Él nos ha alcanzado con su redención. Con todo, en aquel amor inefable y eterno que nos tiene, ha querido, en cierto modo, como "amarrarse" al tiempo, para estar más a la mano para nosotros. Y vemos entonces cómo el dueño de la historia se ha hecho parte de ella para hacernos entender lo involucrado que quiere estar con nosotros y con nuestras vidas, dejando claro que esa es su felicidad, que ese es su gozo: Hacerse asequible a nosotros y no quedarse en confines inalcanzables que solo dejarían frustración a nuestra sed de trascendencia. Son innumerables las referencias que se dan de los "tiempos" en los que Dios actúa. Incluso la meteorología se convierte en referencia para explicar la situación de la relación del hombre con Dios. La oscuridad es su ausencia. La claridad es su presencia. La noche hace referencia al tiempo de la acción del demonio. El día hace referencia a la acción de Dios. Judas, cuando sale a traicionar a Jesús, lo hace "de noche", es decir, había ausencia de Dios en su corazón. Cuando Nicodemo se acerca a hablar con Jesús, lo hace "de noche", y cuando se retira después de haber conversado con Él, "era de día", es decir, el haberse acercado a Jesús lo llena de su iluminación. La simbología de la temporalidad y de la meteorología son referencias a la acción de Dios en el tiempo.

El momento de Jesús es llamado "la plenitud de los tiempos". Con Jesús, ese Dios atemporal alcanza su máxima temporalidad. Su llegada a la tierra es el momento más alto de la historia de la humanidad: "Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva". Es el regalo más grande que nos hace el Dios eterno: Hacerse de tal manera temporal que llega a ser incluso parte de la historia de la humanidad. Es precisamente ese regalo de amor el que alcanza para nosotros nuestra plenitud. Ya no es solo que nos creó "a su imagen y semejanza", sino que Él mismo se hizo "imagen y semejanza" nuestra. Nos revela así lo que estamos todos llamados a ser. Contemplar al Dios que se hace hombre nos indica a todos el camino que debemos recorrer y la meta a la que debemos llegar. Evidentemente no es suficiente el que Dios se haga uno más de nosotros, sino que su involucramiento con nosotros es de tal orden que asume sobre sus hombros todas nuestras experiencias humanas. Como cada uno de nosotros nace de una familia, crece bajo el patrocinio y la protección de una familia, aprende las artes de su padre, tiene todas las experiencias de amistad y de camaradería que tiene cualquiera de nosotros, sufre, ría, llora, siente hambre, come, como lo hace cualquiera de nosotros. Su temporalidad representó para Él su completa humanización. Era necesario que así fuera para que en el momento de su entrega sacrificial tuviera plena asunción de lo que ello representaba y de sus completas consecuencias. Era la temporalidad asumida radicalmente. Esa plenitud de los tiempos tendría aún un pico más. Es lo que llama Jesús "su hora". La temporalidad no era simplemente la asunción de nuestro tiempo, sino que iba a implicar para Jesús el momento absolutamente único de su entrega en las manos del mismo tiempo que iba a cobrar la asunción de su condición humana. A María le aclara: "Mujer, aún no ha llegado mi hora", cuando le pide resolver la situación crítica en la que se encontraban los esposos de Caná. Esa hora de Jesús se inscribe plenamente en la asunción de la temporalidad en la que se realizará la redención.

Ya cercano el momento de su sacrificio, Jesús anuncia la llegada de "su hora": "El Maestro dice: mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos". Era el momento supremo, en el que la historia de la humanidad alcanza su zenit. Así lo dice Juan en su evangelio: "Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo". La "hora" de Jesús implica la manifestación más grande de amor a Dios y a los hombres. Es el punto culminante del amor, en el que no habrá ya posibilidades de imaginarse un amor mayor, pues significa la rendición de Jesús al tiempo, para dejarse ganar por él y con ello alcanzar el rescate de la humanidad entera. No existe amor mayor. El tiempo le sale caro a Jesús. Pero ese precio, para Él, vale la pena pagarlo, pues significa la salvación del hombre. El sacrificio que representaba su entrega, a la vista de su resultado, tenía pleno sentido: "Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos. El Señor Dios me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado". La salvación de la humanidad valía cualquier sacrificio, pues su amor por ella es eterno e inmutable. No hay un ápice de duda. Lo que importaba era rescatar al hombre de su sombra. Nada podía distraer al haber asumido el tiempo. Las consecuencias eran conocidas y eran asumidas. Importaba el hombre y su salvación, porque a ese hombre se le ama infinitamente. En medio está el Dios que compensa infinitamente y dará la gloria eterna de nuevo: "Mi defensor está cerca, ¿quién pleiteará contra mí? Comparezcamos juntos, ¿quién me acusará? Que se acerque. Mirad, el Señor Dios me ayuda, ¿quién me condenará?" Jesús se entrega para recibir de nuevo. "Por eso el Padre me ama, porque doy mi vida para de nuevo recibirla". Y no solo la recibe Él. La recibe cada uno de nosotros. Con Él, también nosotros obtenemos nueva vida, la que nunca se acaba, la que está por encima de todo. La que nos hace similares a nuestro Dios, pues trascenderá todos los tiempos y todos los espacios.

domingo, 29 de marzo de 2020

Soy cuerpo y espíritu y en vivir mi plenitud está mi felicidad

Jesús resucita a Lázaro | Lecciones de la Biblia para niños

Cuando los hombres asumimos la complejidad de nuestra composición natural, en la que se da la realidad corporal y la espiritual, la temporal y la eterna, la mutable y la inmutable, la inmanente y la trascendente, la limitada y la infinita, damos pie a la comprensión de lo que somos y, al comprendernos mejor, podemos entrar en un clima de serenidad interior que nos da paz, pues entendemos lo más profundo de lo que somos, a lo que estamos llamados a vivir, y a la meta a la que nos dirigimos. Dios, desde su infinita sencillez, pues Él no tiene complejidad ninguna en la composición de su naturaleza ya que ella es solo una realidad espiritual, nos ha creado a nosotros "complejos", cuerpo y alma, materia y espíritu. Él es solo espíritu, por lo cual es el absolutamente sencillo. En Él solo hay una realidad espiritual. En nosotros hay realidad espiritual y realidad material, por lo que somos "complejos". Esta complejidad explica el porqué en nosotros siempre se presenta la tensión entre lo temporal y lo eterno. Explica el porqué nuestra naturaleza nos hace tender a apegarnos a la materia, con la tentación de dejar a un lado lo que eleva nuestro espíritu. Nos da la clave de comprensión para la lucha interior que se presenta en nosotros entre el bien y el mal. Lo explica muy bien San Pablo: "Sabemos, en efecto, que la ley es espiritual, mas yo soy de carne, vendido al poder del pecado. Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco...  Pues bien sé yo que nada bueno habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero". Queremos dar satisfacción a lo temporal, con el riesgo de condenar lo espiritual con nuestras acciones. La clave está, entonces, en dar la justa importancia a ambas componentes de nuestra naturaleza. Tan importante es para nuestra vida nuestra realidad temporal como la espiritual. Si faltara alguna de esas componentes no existiríamos. La única diferencia que hay entre ellas es la temporalidad. La realidad corporal se acabará en algún momento. La realidad espiritual prevalecerá para siempre.

Dios nos creó seres materiales y espirituales para que desde toda nuestra realidad nos uniéramos a Él. No nos ponemos en contacto con Dios solo desde nuestra realidad espiritual, pues nuestra corporalidad nos identifica como quienes somos, desde ella realizamos las obras que a Él le agradan y nos acercan a Él, por ella tenemos la capacidad de relacionarnos fraternalmente con todos los demás hombres, con ella luchamos como socios suyos por hacer un mundo mejor, desde nuestra temporalidad sembramos la semilla que nos servirá para la cosecha de vida eterna que haremos en el futuro. El error que cometemos y que nos crea tanto desasosiego es el de despreciar alguna de nuestras dos componentes. Quien desprecia la corporalidad vive esta vida como una eterna condena y nunca alcanzará la felicidad en ella. Quien desprecia la realidad espiritual vive esta vida sin proyección de eternidad y tendrá la continua sensación de frustración porque todo terminará en el vacío. Es necesario asumir nuestra complejidad para vivir en serenidad interior, dando el peso a lo que suma puntos para aquello que nos alegre hoy y que subsistirá eternamente. San Pablo nos habla de la necesidad de ese equilibrio que hay que tratar de mantener siempre: "Los que viven sujetos a la carne no pueden agradar a Dios. Pero ustedes no están sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en ustedes. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo". La realidad corporal, con todo lo importante que es, no puede hacernos perder la conexión con el Espíritu de Dios. Nuestro ser no puede estar "sujeto a la carne", entendiendo esto como exclusión de lo espiritual. No se trata de un desprecio a la realidad temporal, sino de una llamada a no excluir la realidad eterna. Así lo afirma el mismo Pablo: "Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también sus cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en ustedes". Estos cuerpos mortales que poseemos serán vivificados. De ninguna manera serán despreciados.

Lo enseñó también Jesús. La resurrección de Lázaro es la demostración fehaciente de ese equilibrio con el que Jesús quiere que asumamos toda nuestra realidad compleja. La confesión que hace de su propia identidad coloca su obra como obra globalizante de todo lo que es el hombre: "Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre". Esta realidad corporal nuestra es la que hará posible una resurrección. Si no hay muerte, no habrá resurrección. Toda nuestra realidad será renovada absolutamente por la obra redentora de Cristo. Y que es importante nuestro cuerpo lo confirma Jesús al resucitar a Lázaro. La resurrección de Lázaro es preludio de la resurrección de los muertos al final de los tiempos. No es la resurrección final, por cuanto Lázaro debió morir de nuevo. Tampoco lo fueron ninguna de las resurrecciones que nos relata el Evangelio que hizo Jesús portentosamente. Pero sí es signo del aprecio que Jesús le tenía a esta vida que vivimos, por cuanto se lo devuelve a sus hermanas que vivían el dolor de su muerte: "Desátenlo y déjenlo andar". Por ello, tiene sentido todo lo que nos pide Jesús que vivamos hoy. Tiene sentido el amor que nos pide que vivamos entre nosotros, el perdón que estemos siempre dispuestos a dar a quien nos ofende, la caridad que tengamos con los hermanos más necesitados, la defensa de la vida en todos sus niveles, la aceptación de nuestros hermanos por encima de cualquier diferencia. Nuestra complejidad se resuelve en la asunción plena de lo que somos con alegría, recibiéndola como un regalo de amor de Dios que nos creó para que viviéramos nuestra plenitud. Somos materia y espíritu. Somos temporales y eternos. Somos limitados e infinitos. Esa es nuestra identidad. Y en la vivencia en plenitud de ambas componentes está nuestra felicidad plena. Ya Dios se encargará de darnos el premio que nos corresponda por haber asumido nuestra integralidad con alegría y serenidad.

martes, 8 de julio de 2014

Que no lleguemos a adorar a los cerdos

La obra de Jesucristo es impresionante. Durante su paso por la tierra realizó innumerables maravillas y portentos, como nos los refieren los Evangelios. Seguramente hizo muchas más de las que aparecen allí. El mismo San Juan al final de su Evangelio dice que no se puede escribir todo lo que hizo, pues no alcanzarían todos los libros sobre la tierra para poder abarcarlos. Su misión estaba muy clara: Salvar al hombre integral, en su cuerpo y en su alma. Por eso, sus milagros no se reducían sólo a curaciones físicas, sino a liberaciones espirituales, al perdón de muchos pecados, a victorias sobre el demonio... Jesús vino a salvar al hombre entero y a todos los hombres. Su salvación es para todos los hombres y para todo el hombre. No se puede hacer reduccionismo parcial o interesado de su obra salvífica... En su trajinar cotidiano eligió a hombres que lo acompañaran. No tiene sentido esta llamada si no era para prepararlos a fin de que continuaran la obra que Él iniciaba. Siendo Dios, al haber asumido la carne humana con toda su historia y todas sus consecuencias, tenía plena conciencia de que su paso por la tierra era limitado en el tiempo y en el espacio.

Su permanecer entre nosotros tenía un tiempo determinado. Por eso, tenía que prever la necesidad de establecer una continuidad. De no haber sido así, se hubiera verificado una tremenda injusticia: Los únicos beneficiarios de su palabra y de su obra portentosa iban a ser sus contemporáneos y sus paisanos. Nadie más. Para evitar esa injusticia funda la Iglesia, como instrumento de salvación que trascendiera el tiempo y el espacio, y pudiera hacer llegar su mensaje de salvación, su amor misericordioso y su obra milagrosa a todos los hombres de todos los tiempos y todos los espacios... Y esa Iglesia no iba a ser sólo una realidad espiritual que hiciera real su presencia continua, como Él mismo la prometió -"Yo estaré con ustedes hasta el fin de los tiempos"-, sino que iba a ser una realidad que, como Él, tendría una componente espiritual y una componente física, material. La "sociedad de salvación" que era la Iglesia tenía que tener una realidad visible clara, que iba a estar en esencia en aquellos que la componían, hombres como el mismo Verbo encarnado, que iban a hacerlo presente también "físicamente", que iban a ser sus instrumentos, sus voces, sus brazos, sus manos, sus amores... Los beneficiarios tenían que saber percibir en ellos la presencia real y salvífica del Redentor que había venido al mundo, y que aun cuando ya no estaba físicamente presente, sí seguía estando sacramentalmente en ellos, actuando y amando como cuando estaba entre nosotros...

Jesús quiso que ellos fueran, esencialmente, transmisores de su amor y de su salvación integral a los hombres. La constatación que hace Mateo en su Evangelio nos habla claramente de la intención divina de Jesús al establecer el pastoreo ministerial en la Iglesia: "Al ver a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, 'como ovejas que no tienen pastor'. Entonces dijo a sus discípulos: 'La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rueguen, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies'". La comunidad debe pedir al Señor que envíe a quienes se hagan cargo de llevar adelante la misma misión de Cristo: la del pastoreo amoroso, la de la salvación y el perdón misericordioso, la de la mano tendida en el amor y en la solidaridad con todo el hombre y con todos los hombres... No se trata, por lo tanto, de una labor exclusivamente espiritual. Si así fuera, Jesús no hubiera necesitado de manos que lo ayuden. Es una labor integral, que haga sentir incluso físicamente la mano salvadora de Jesús, su solicitud por todos los hombres y por todas sus necesidades. Los pastores no son sólo para llevar mensajes consoladores o para pronunciar palabras hermosas acerca de Jesús y su amor -lo cual es, también, esencial en su labor evangelizadora-, sino para que además todos sientan en sus vidas, en lo concreto y específico de su vivir cotidiano, esa mano de Jesús que los acaricia, que los auxilia en sus necesidades materiales, que no los deja solos...

Pero para lograr eso, para que Dios escuche la oración de la comunidad que implora pastores, la misma comunidad debe procurar que se den las condiciones para que haya quien responda. Dios elige de entre los hombres a los mismos que van a ser sus pastores. Y éstos deben tener un clima propicio para ello. Evidentemente, Dios no está atado a eso, pues es Dios y puede hacer surgir anunciadores de debajo de las piedras. Pero eso sería lo extraordinario. Quiere actuar en lo ordinario. Lo extraordinario es para los momentos extraordinarios. Lo normal es para la cotidianidad... Una sociedad que pide pastores, pero que se deja esclavizar por ídolos -"Con su plata y su oro se hicieron ídolos para su perdición. Hiede tu novillo, Samaria, ardo de ira contra él"-, que se deja apabullar por quienes quieren sacar a Dios de toda circunstancia vital, que exalta el hedonismo, que aplaude a los vivos y se burla de los honestos y de los que se exigen, que pone el acento en el tener por encima del ser, que adula a los que tienen el poder... es una sociedad que se la pone difícil a los que posiblemente en algún momento se sientan llamados. Familias en las que no se educa en valores, en las que lo que vale es la supervivencia sin trascendencia, en las que las figuras paternas han renunciado a su testimonio vital que apunte al cumplimiento de los compromisos, en las que Dios no ocupe un lugar prioritario, en las que el egoísmo es exaltado... hacen cada vez más difícil que haya quien se sienta animado a entregarse a los hermanos por amor...

La llamada a la oración por las vocaciones es fundamental. Tenemos que responder afirmativamente a ella. Pero es también necesario que empecemos a valorar lo que cada uno debe hacer para lograr que haya un ambiente propicio para el surgimiento de la respuesta positiva al llamado de Dios. Que tengamos jóvenes que se arriesguen, confiándose únicamente en las manos de Jesús para alcanzar su plenitud. Es la forma como aseguraremos que haya pastores que nos conduzcan al amor y a la salvación de Dios. No nos suceda como vaticinó San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars: "Dejen un pueblo diez años sin sacerdotes, y al final de ese tiempo estarán adorando a los cerdos..."

lunes, 14 de abril de 2014

Dios sabe qué es lo que nos conviene y cuándo

Todos quisiéramos obtener resultados inmediatos en las metas que nos proponemos. Algunas veces será posible, otras no. Más aún, en muchas ocasiones no convendrá tener las metas alcanzadas inmediatamente, pues de alguna manera es didáctico que recorramos un camino que nos curta para poder afrontar una nueva situación que vamos a vivir. Dios sabe lo que hace mejor que nadie, y sabe además si algo nos conviene o no... Y, si llegara a concluir que nos conviene, sólo Él sabe en qué momento nos conviene. No tiene sentido, por lo tanto, el que nos desesperemos por tener algo que consideramos muy bueno o muy conveniente para nosotros, pero que no se da súbito... Lo que hay que cultivar es la paciencia y la conformidad. Paciencia para no desesperar en la espera, y conformidad si al fin la meta no se logra...

Hay que intentar siempre colocarse en la misma perspectiva de Dios, sintonizar con sus criterios y tratar de aceptar sus términos temporales. "Mil años en tu presencia son un ayer que pasó", dice la Escritura, refiriéndose al tiempo de Dios. "Mil años son como un día, y un día como mil años". Todo en Dios es un eterno presente en el que se está verificando en tiempo real todo lo pasado, todo lo futuro, en su presente. Esa perspectiva es posible sólo en Él, pues está por encima de todo y todo lo tiene en su mano creadora y providente. Sería absurdo, por lo tanto, dictarle a Dios términos, fechas de vencimiento, horas o minutos. Él es dueño del tiempo y al ser Omnisciente, posee la capacidad única de conocerlo todo, de percibir en el mismo hecho, causas, acciones y efectos simultáneamente...

No quiere decir que todo en nosotros esté determinado, es decir, que exista fatalmente una determinación marcada ya del destino de cada uno. No es así. Sería contradecir la motivación firme y decidida de Dios hacia el hombre de crearlo libre y dueño de sus actos, de sus pensamientos, decisiones y acciones. El "hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza" pronunciado comunitariamente por la Santísima Trinidad y mayestáticamente por el Dios único, ya establece la "igualdad" entre Dios y el hombre en esa capacidad de decidir sin ser forzado ni interna ni externamente. El hombre ha sido enriquecido por Dios con su inteligencia y su voluntad para que construya su vida y su destino. No somos una especie de juego virtual en el que Dios mueve sus piezas a placer y en el cual nosotros seríamos unos actores que representarían un papel que ya está escrito y tiene un final establecido por Dios, sin que le importe para nada lo que nosotros pudiéramos aportar...

Nuestra vida se desarrolla sobre dos rieles: sobre el del eterno conocimiento de Dios y sobre el de la libertad con la cual Él nos creó. Dios sabe lo que decidiremos desde nuestra libertad, sabe cuáles serán las consecuencias de lo que hagamos, conoce perfectamente cuál será nuestro final... Pero cada una de esas cosas las decidimos nosotros libremente. Es una conjugación misteriosa entre el conocer perfecto de Dios -es Dios y es Omnisciente-, y la libérrima voluntad con la cual nos creó -nos hizo libres, como Él es, "a su imagen y semejanza"-.

En ese término temporal que se desarrolla entre el perfecto conocimiento de Dios y el ejercicio de nuestra libertad, debemos siempre confiar en que Dios va colocando las condiciones para que tengamos la posibilidad de decidir correctamente. Él pone en nuestro camino los instrumentos que necesitamos para ser plenamente felices. Y nosotros decidimos usarlas o no. Es nuestra decisión libre, y Dios la respeta reverentemente, aunque sepa que pudiera tener consecuencias negativas para nosotros. Aun así, en el camino de los logros de los bienes que necesitamos, Él quiere que aprendamos a añorarlos, a desearlos, a suspirar por ellos. Y eso requiere de una "pedagogía de la añoranza", de un itinerario en el que podamos percibir la luz y la sombra que significan el tenerlo y el no tenerlo, para poder valorarlo más y añorarlo con más fuerzas... Por eso nunca las cosas se darán sin esfuerzos, sin pedagogía, sin aprendizaje previo... Es la manera de actuar de Dios, y de su Enviado, Jesucristo: "Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamara, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará., el pabilo vacilante no lo apagará, hasta implantar el derecho en la tierra, y sus leyes que esperan las islas". La labor que el Mesías Redentor viene a realizar será al estilo de Dios, no al estilo desesperado y apresurado del hombre. Será paciente incluso con los malos, dándoles la oportunidad de la conversión. Y será paciente también con los débiles, dándole la oportunidad de fortalecerse. Su paciencia en la obra redentora será el signo de la paciencia que tiene con todo. Y será algo que querrá que nosotros aprendamos también. Para alcanzar un bien, debemos curtirnos y curtir ese mismo bien. Por más que la madre ame a su hijo recién concebido en su vientre, debe esperar los nueve meses reglamentarios para acunarlo en sus brazos. Si llegara a desesperarse por tenerlo antes, lo más probable es que cometa una torpeza y el niño moriría... Un bien no es mejor por tenerlo antes de tiempo. Es Dios el que establece cuándo es mejor... Y eso debemos aceptarlo y confiar en su sabiduría infinita...

Esa paciencia en Dios, confiando infinitamente en su amor, nos debe colocar delante de Él para esperar cualquier bien de sus manos y para que esperemos también el cumplimiento del término temporal que Él considere el correcto. En cierto modo, debemos ponernos como María, a los pies de Jesús, que "tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume"... Ella preparaba a Jesús para su sepultura con ese gesto -"Déjala, lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tienen con ustedes, pero a mi no siempre me tienen", le dijo Jesús a Judas que criticaba el que se "gastara" ese perfume-, pero nosotros podemos hacerlo para esperar pacientemente ante su amor el beneficio que Él mejor que nadie sabe que nos conviene...

En el camino de la vida debemos aprender lo que Dios quiere enseñarnos. No es mejor lo que nosotros consideremos. Es mejor lo que Dios considera. A veces coinciden. A veces no... Cuando no coinciden, debemos dejar a Dios el discernimiento. Él sabe mejor que nosotros el qué y el cuándo... Y quiere que avancemos por ese camino de la paciencia, como Él lo recorrió perfectamente en su Hijo Jesús, y logró para todos el mayor beneficio, que es el regalo de su propia vida para que fuera vida nuestra. Nos dio el mayor tesoro que jamás podremos tener y que por nuestros propios medios jamás lograremos. Es el regalo de su amor, de su perdón, de su propia vida en nosotros, que nos hace definitivamente su imagen y semejanza, y nos abre las puertas del cielo para habitar eternamente felices en su presencia...

viernes, 30 de agosto de 2013

Lo terrible del inmediatismo

Somos hijos del inmediatismo. Nuestro mundo se ha enfermado de inmediatismo, pues no ha discernido bien cuándo dejarse llevar por él y cuándo dejarlo a un lado para saborear cada momento. En todo lo que hacemos se ha filtrado, contaminándonos a todos e impidiéndonos la riqueza de lo lento, de los estable, de lo que hay que contemplar con "lentitud"...

En la alimentación el éxito de la "comida rápida" es tremendo. Se multiplican en todos los ámbitos y en todas las naciones, aun en aquellas que se cierran a "lo que viene del capitalismo". Casi se ha perdido la ocasión de degustar sabrosamente, con una buena compañía y una atractiva sobremesa, del momento en la mesa. En las comunicaciones, la inmediatez es el signo que más caracteriza. Una noticia se difunde instantáneamente, al punto de que unas horas después, ya es noticia vieja. "¿Cómo? ¿Y tú no te has enterado?", preguntamos mirando con extrañeza a quien está tan "aislado", que no se ha enterado de un acontecimiento sucedido hace unos minutos en cualquier parte del mundo... En el transporte hay que procurar siempre recortar tiempos de traslado, inventando el tren superrápido, el avión que va a la velocidad de la luz, el metro que tiene menos estaciones, el autobús que va por el canal preferencial para evitar los atascos, el carro que alcanza más velocidad en menos tiempo... Las metas que se colocan las empresas, y que exigen a sus empleados, son inmediatas. Si no las alcanzan, los tildamos de irresponsables, de dejarse llevar por la flojera y la pereza, de no asumir con seriedad su trabajo... En las relaciones humanas, el inmediatismo marca los encuentros. La persona debe demostrar inmediatamente quién es, si es "atractiva" o "detestable". Los novios deben dar muestras inmediatamente de su "amor". Sacamos conclusiones inmediatas, sin dar tiempo al conocimiento profundo, para tener a la mano más herramientas para hacerlo...

Es un actitud que se ha extendido y que ha creado una manera de pensar y de actuar, impregnando todo el quehacer humano. Quien no actúa inmediatamente, no sería hijo de esta época... No es malo el inmediatismo en sí mismo, sino en cuanto condiciona absolutamente toda nuestra vida. Lo atractivo de la vida no está en lo inmediato, sino en lo que puedo degustar, saborear, asimilar, dando tiempo a la posibilidad del discernimiento. Con la fiebre de lo inmediato se ha perdido la posibilidad de profundizar y nos hemos quedado en lo que es superficial, en lo que "aparece", en lo externo. Y eso nos ha hecho mucho daño. Tenemos que darnos tiempo para ir a lo profundo, al verdadero conocimiento de las cosas y de las personas. De esa manera asumiremos con mayor seriedad los compromisos con aquello que conocemos más. Si nos contentamos con lo superficial, el compromiso siempre será superficial y se romperá con cualquier "tontería". Y eso, en general, le ha restado seriedad a nuestra vida...

También nuestra fe se ha visto "contaminada" con la fiebre del inmediatismo. Nos contentamos con la impresión inmediata. Juzgamos si la vivencia de la fe es buena o mala, según la impresión primera que me ha causado. Si la homilía del cura que escuché hoy ha sido aburrida, el cristianismo es aburrido. Si la charla que dio el catequista fue muy buena, me siento entusiasmado a seguir adelante... Hasta la próxima charla en la que me sienta aburrido... No nos hemos preocupado por profundizar, pues la exigencia es fugaz. Todo lo que implique un compromiso a largo plazo es rehuido... Nos alejamos de todo lo que implique "atarnos" a algo. Mucho menos, a un grupo parroquial, a un compromiso apostólico, a un estudio detallado de nuestra fe...

En todos los ámbitos se las han tenido que ingeniar para ofrecer lo "inmediato": Libros cortos, libros hablados (para evitar el "esfuerzo" de leer), charlas cortas, noticias inmediatas y cortas, resúmenes y esquemas... Hay que poner en la mano de todos, las cosas lo más simpliflicadamente posible...

Por supuesto, al no haber tenido el tiempo para madurar lentamente, nuestra generación tiene grandes carencias. Es una generación "adolescente". No ha habido tiempo de sopesar las diversas opciones, sino que se ha escogido la primera que se presentó, porque llegó primero...

¿Qué hacer ante esto? Pues hay que sabe decir al hombre de hoy lo sabroso de reconquistar la lentitud, cuando hay que reconquistarla. Lo sabroso de sustentar firmemente las ideas para que no se conviertan en estrellas fugaces que desaparezcan y sean siempre sustituidas por lo nuevo, no por lo mejor. Lo sabroso de fundamentarse mejor en lo estable, y no estar siempre en lo sísmico de los cambios continuos. Lo sabroso de "disfrutar cada momento" sacándole el jugo completo, sin dejar lo mejor, que generalmente está en fondo del vaso...

Y saber decir a la gente que nosotros no queremos perdernos lo bello de nuestra vida, porque está pasando fugazmente delante de nosotros. Sino que, aprovechando todos los avances que nos ofrece nuestro tiempo, queremos saborear el instante, dejar que entre en nosotros y nos impregne de su bondad, dejarlo dentro cuando sentimos que nos enriquece, sembrar futuro cuidando bien de nuestro terreno para tener una excelente cosecha... Mirar nuestro futuro con esperanza porque sabemos que lo que estamos haciendo hoy está bien sustentado y es sólido...

Ser como las vírgenes prudentes que, sabiendo que el esposo llegaba sin anunciarse, tenían bien surtidas sus lámparas para el momento menos esperado. No como las vírgenes necias, que, enfermas de inmediatismo, perdieron la posibilidad de entrar en las bodas de la eternidad, por no haberse preparado bien para recibir con solidez a quien venía para ser su felicidad. Queremos vivir la esperanza. Pero queremos sembrarla. Esa esperanza se cumplirá sólo en la medida en que nos demos tiempo de sembrar hoy. Sólo será realidad cumpliendo las diversas "esperanzas" de hoy. Y eso se logrará únicamente dando tiempo al tiempo...