El Señor siempre estará a favor del justo. No existe, quizá, frase que, de esta o de otras maneras, se repita más en las Sagradas Escrituras. Dios ama la Justicia, y por ello jamás estará a favor de quien promueva la injusticia. Cuando hablamos de justicia no estamos hablando sólo de la justicia civil, sino del concepto bíblico, que se refiere principalmente al justo, es decir, al hombre santo, al bueno, al que sigue con fidelidad la voluntad de Dios, al que ama a Dios por encima de todas las cosas y al prójimo como a él mismo. Es el concepto que le da pie al concepto civil, por cuanto la justicia bíblica se refiere a dar a Dios lo que le corresponde, es decir, todo. Si Él es el Creador, el Sustentador, el Todopoderoso y el Todoamoroso, a Él corresponde, como respuesta justa, lo mismo. Ciertamente el hombre lo hará en la medida de sus capacidades, pues infinito sólo es Dios... El primer movimiento de Dios, y por eso es el origen de todo lo creado, es un movimiento de amor. A Él hay que referir la causa de la existencia de todo. Por eso, en línea chardiniana, a Él confluirá todo de nuevo. De Él surge, y hacia Él va...
De esta manera podemos entender que la ruta es también de Dios. No sólo los puntos inicial y final son de Él, sino todo el desarrollo de la historia. Es justicia reconocer que Dios es el actor fundamental en todo el entramado de la historia humana. En esa ruta, que es nuestra historia, entramos también los hombres como actores. Y hacemos nuestra parte bien, si nos colocamos en la línea de secundar la intención originaria del Creador, cuando respetamos que todo está hecho para ser colocado a sus pies; que la fidelidad a Él y a su Palabra son las razones últimas de nuestra felicidad, pues hemos sido hechos para Él y jamás lo seremos si estamos lejos de Él; que el camino correcto para construir un mundo nuevo y mejor es el que Él propone reconociendo en el mismo movimiento que nadie sabe mejor eso que el mismo del cual surgió todo; que la instauración de la fraternidad humana es el logro final de ese ser imagen de Dios que estuvo en la intención primerísima de la creación del hombre, y que nunca lograremos hacer reinar a Dios mientras no seamos capaces de ser hermanos verdaderos entre nosotros... Pero hacemos nuestra parte mal cuando no reconocemos a Dios como al primer invitado que tenemos que tener en nuestras vidas; cuando lo tenemos tan lejos que parece un extraño las veces que es nombrado; cuando no tenemos siempre a la vista su voluntad y su palabra para cumplirla como requisito para la plenitud; cuando pretendemos poner para la construcción del mundo deseado, unas bases tan endebles como nosotros mismos, como las criaturas, como lo pasajero; cuando no nos entendemos como hermanos, y pretendemos construir nuestras relaciones sobre consideraciones de dominio, de explotación, de esclavitud, lejos de la fraternidad que es la clave para la convivencia pacífica y justa...
Cuando se elige este segundo camino, estemos seguros de ello, Dios interviene. A pesar de que Él es reverencialmente respetuoso de nuestra libertad, también desea nuestro bien. Y cuando percibe que la injusticia se yergue como norma, y en ese itinerario desplaza totalmente a los hermanos, los humilla, los pisotea, los utiliza como productos o como números, Él actúa para tratar de restablecer el orden correcto. No es indiferente al desarrollo de la historia, aun cuando no haya sido invitado. Y actúa con mayor determinación si el afligido es débil, humilde, sencillo, justo... Cuando este débil ya no tiene quien lo defienda, el poder infinito de Dios sale a su favor... No está solo. Puede ser humillado por la injusticia, "pero -dice el débil- el Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo. Se avergonzarán de su fracaso con sonrojo eterno que no se olvidará. Señor de los ejércitos, que examinas al justo y sondeas lo íntimo del corazón, que yo vea la venganza que tomas de ellos, porque a ti encomendé mi causa. Cantad al Señor, alabad al Señor, que libró la vida del pobre de manos de los impíos".
Es el canto victorioso de quien se sabe asistido por la mano poderosa y amorosa del Dios que estará siempre a favor del despreciado y del humillado, del débil y del justo. No hay certeza más firme que ésta: Dios auxilia a sus hijos más débiles. Quien se coloca en actitud continua de ofensa hacia los débiles de Dios, no tiene ni idea de lo que está haciendo y contra quién, en realidad, está actuando. No hay poder que valga cuando es Dios quien se presta para defender como peña inexpugnable a quien se ha confiado en su debilidad a Él. Al no haber ya defensor a la mano, queda Dios. Y el ofensor será completamente humillado. De eso no puede haber ninguna duda...
No se trata de que no existan los intentos de los poderosos. Existirán. Y serán quizás cada vez más crueles, pues deben esconder su debilidad extrema en la violencia. Pero en medio de los mayores sufrimientos, los débiles deben tener la certeza de que ellos serán los que obtendrán la victoria, por haberse confiado radicalmente en Dios... Ya lo demostró Jesús cuando se opuso a la peor plaga que ha habido contra el hombre, la del demonio. El diablo se creyó todopoderoso porque logró llegar a humillar al máximo al hombre, pero quedó en el ridículo mayor cuando fue vencido en la Cruz por el amor de Jesús... Su victoria fue tejida desde la voluntad salvífica del Padre al cual Él sirvió totalmente. Es la obra del Padre la que vino a realizar, pues Dios no podía permitir que sus hijos fueran arrebatados por el poder del mal que pretendía humillarlo y esclavizarlo. Los débiles fuimos todos. Y a favor de todos salió Jesús: "Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre".
Aunque veamos un panorama oscuro, no perdamos jamás la esperanza, pues Dios no nos engaña. Si dice que sale a favor del justo, lo hace. Quienes luchan por la justicia y por instaurar un reino de paz y de convivencia armónica, nunca quedarán defraudados.Dios mismo sale a su encuentro como apoyo, como inspiración, como fortalecedor. Más, cuando exista el empeño de los poderosos de hacer todo lo contrario. Aunque tengan la fuerza de las armas o de la humillación a los hermanos, la fuerza de Dios es infinitamente más poderosa, y hará vencer, somo siempre, al justo...
Ramón Viloria. Operario Diocesano. Ocupado en el anuncio del Amor de Dios y en la Promoción de la Verdad y la Justicia
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viernes, 11 de abril de 2014
viernes, 4 de abril de 2014
El malo siempre querrá eliminar al bueno
Los malos tienen victorias, no hay duda... Su bandera es el abuso del poder, la opresión, la humillación de los débiles y justos, la eliminación de todo el que ponga en evidencia sus malas obras. Y, como generalmente tienen el poder, obtienen victorias con frecuencia. No se contentan sólo con hacer el mal, sino que deben también eliminar a quien los denuncia. Cualquier persona que se atreva a oponerse a su maldad será objeto de sus dardos envenenados, de su violencia, de sus balas... En el fondo, son unos pobres desgraciados, pues esas mismas acciones dejan claro que saben que están haciendo el mal y que se han puesto al servicio del pecado, de la muerte, del demonio... Buscan anular a los buenos pues son la más fuerte denuncia de su maldad. Pretenden que eliminando a quien los denuncia, su maldad deja de ser mala, pues no habrá quien se les oponga ni quien los denuncie... Su obcecación es tal que llegan al extremo de retar a quien promueve el Bien, al mismísimo Dios. "Si "ese" existe, que salga en defensa de los débiles", dicen en el colmo de su perturbación maligna...
Es exactamente la misma manera de actuar de todos los malos. "Nada de lo que me estorbe debe subsistir"... "Si el niño concebido es incómodo, hay que eliminarlo. Promovamos el aborto..." "Si el anciano o el enfermo ya es una carga para todos, eliminémoslo. Promovamos la eutanasia..." "Si el que denuncia la corrupción ya está demasiado cansón, vamos a inventarle un cuento para sacarlo de en medio. Difamémoslo..." "Si el que promueve la caridad ya nos está dejando a nosotros los opresores en clara evidencia, digamos que se roba los dineros. Abrámosle un juicio"... "Si alguien se atreve a denunciar nuestra injusticia, nuestra maldad, nuestro abuso de poder, saquémoslo de en medio. Digamos que está contra las leyes y la Constitución, inventándole cualquier delito que nos sirva para eso..." "Si alguien se atreve a oponerse a nuestras pretensiones hegemónicas, pasémosle la aplanadora por encima. Metámoslo preso por desestabilizador..." Son exactamente las mismas historias en todas partes. Ninguna nación, ningún pueblo que haya sufrido la presencia de los bárbaros, de los impíos, de los tiranos, se ha salvado de estos esquemas de pensamientos. Ya lo denunciaba el profeta en el Antiguo Testamento: "Acechemos al justo, que nos resulta incómodo: se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados, nos reprende nuestra educación errada; declara que conoce a Dios y se da el nombre de hijo del Señor; es un reproche para nuestras ideas y sólo verlo da grima; lleva una vida distinta de los demás, y su conducta es diferente; nos considera de mala ley y se aparta de nuestras sendas como si fueran impuras; declara dichoso el fin de los justos y se gloría de tener por padre a Dios... Lo someteremos a la prueba de la afrenta y la tortura, para comprobar su moderación y apreciar su paciencia; lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues dice que hay quien se ocupa de él". Es impresionante la actualidad de estas palabras. Son un calco de la situación que viven hoy muchas sociedades. Hoy lo sufren varios países del mundo...
El bien, la bondad, para ellos, es el peligro más importante. Por eso, fue llevado Jesús, el primero de los justos, al cadalso de la Cruz. Fue la única manera que se le ocurrió a los malos para quitarlo de en medio... Cuando ya empezó a ser insoportable su denuncia continua de la maldad, los ánimos de quienes quedaban en evidencia se encendían. Se notaba en el ambiente ya una tensión insoportable, en la que el Justo era acechado para quitarlo de en medio... "Algunos que eran de Jerusalén dijeron: "¿No es éste el que intentan matar?" Ese Jesús, que los dejaba desnudos ante todos, tenía que ser eliminado. Con ello, pretendían hacer bueno lo que hacían, pues eliminaban quien les decía que eran servidores de la maldad y del pecado... La técnica del avestruz...
Si Jesús hubiera huido ante la acechanza del demonio, no se habría dado la redención de la humanidad. Su denuncia del mal lo llevó a la muerte. Pero esa fue la vida de los hombres. Por ella los hombres fuimos rescatados. El final no fue la muerte, sino la vida. En todas sus acciones Jesús fue rectísimo en la búsqueda de la justicia. Llamó a la paz, a la concordia y al perdón. Pero no a la estupidez de dejar pasar el mal, como pretenden los "pasivistas" que entienden mal el mensaje de Jesús. Si Jesús no hubiera hecho la denuncia del mal, poniendo en evidencia la verdad de su existencia, si no hubiera realizado gestos concretos en contra de la injusticia, ni siquiera habría muerto... Habría pasado simplemente como un gran hombre, pero no sería el Redentor del mundo. Si no hubiera alzado su voz contra los que pretendían apedrear a la adúltera, ella habría muerto asesinada "legalmente". Si no hubiera agarrado el látigo para echar a los mercaderes del templo, todos los templos serían hoy grandes centros comerciales. Si no le hubiera reclamado al soldado el golpe que le dio injustamente, todas las torturas serían consideradas caricias amorosas... Él corrió con todas las consecuencias de lo que hizo. Y la mayor, la mejor de todas, fue nuestra salvación, la salvación de toda la humanidad. La muerte de uno, sucedida por ser fiel a la verdad, a la justicia, al amor, a la dignidad, sirvió para dar la vida a miles de millones de toda la historia, de todos los tiempos y de todas las latitudes... Jesús entendió muy bien que la pasividad era neutralidad, era complicidad. Y no quiso hacerse cómplice del mal. Su llamado a la fraternidad empezó por asumir que hay que oponerse frontalmente contra los que no quieren ser hermanos de sus hermanos y los tratan injustamente, con malignidad.
Defender al hombre, al justo, al que lucha por la Verdad y la Justicia, es defender la obra de Jesús. "¿No saben ustedes que sus cuerpos son templos de Dios? Glorifiquen, pues, a Dios con sus cuerpos", dijo San Pablo... Herir al hombre es herir al templo de Dios. No se puede permanecer indiferente ante la inmensa cantidad de heridas físicas, psicológicas y espirituales que se hacen a los hombres hoy. Quien lo hace no puede declararse cristiano. "Reconoce, oh, cristiano, tu dignidad", gritó el Papa San León Magno. No debe ser sólo un reconocimiento de sí mismo, sino de todos. Cada uno debe reconocer la dignidad del otro. Mientras no se haga esto, estaremos siempre tentados a dañarlos, a hacerlos esclavos, a someterlos, a herirlos, a matarlos...
Hay que asumir las consecuencias. El dicho popular, "el que se mete a redentor muere crucificado", puede ser una realidad. Pero es el camino más puro para la recuperación de la propia dignidad y la de los hermanos. No se puede callar. Un Cristo callado es un Cristo nulo. Un Cristo callado es un Cristo sin Cruz. Y un Cristo sin Cruz es, al final, un Cristo sin Resurrección. Y sin Resurrección no hay Redención. El final de la historia, cuando se asume valientemente en la lucha por la Verdad, por la Justicia, por la Fraternidad, por el Amor, es glorioso. Es la Resurrección. Es la Redención. Es la Salvación. No hay otro camino...
Es exactamente la misma manera de actuar de todos los malos. "Nada de lo que me estorbe debe subsistir"... "Si el niño concebido es incómodo, hay que eliminarlo. Promovamos el aborto..." "Si el anciano o el enfermo ya es una carga para todos, eliminémoslo. Promovamos la eutanasia..." "Si el que denuncia la corrupción ya está demasiado cansón, vamos a inventarle un cuento para sacarlo de en medio. Difamémoslo..." "Si el que promueve la caridad ya nos está dejando a nosotros los opresores en clara evidencia, digamos que se roba los dineros. Abrámosle un juicio"... "Si alguien se atreve a denunciar nuestra injusticia, nuestra maldad, nuestro abuso de poder, saquémoslo de en medio. Digamos que está contra las leyes y la Constitución, inventándole cualquier delito que nos sirva para eso..." "Si alguien se atreve a oponerse a nuestras pretensiones hegemónicas, pasémosle la aplanadora por encima. Metámoslo preso por desestabilizador..." Son exactamente las mismas historias en todas partes. Ninguna nación, ningún pueblo que haya sufrido la presencia de los bárbaros, de los impíos, de los tiranos, se ha salvado de estos esquemas de pensamientos. Ya lo denunciaba el profeta en el Antiguo Testamento: "Acechemos al justo, que nos resulta incómodo: se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados, nos reprende nuestra educación errada; declara que conoce a Dios y se da el nombre de hijo del Señor; es un reproche para nuestras ideas y sólo verlo da grima; lleva una vida distinta de los demás, y su conducta es diferente; nos considera de mala ley y se aparta de nuestras sendas como si fueran impuras; declara dichoso el fin de los justos y se gloría de tener por padre a Dios... Lo someteremos a la prueba de la afrenta y la tortura, para comprobar su moderación y apreciar su paciencia; lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues dice que hay quien se ocupa de él". Es impresionante la actualidad de estas palabras. Son un calco de la situación que viven hoy muchas sociedades. Hoy lo sufren varios países del mundo...
El bien, la bondad, para ellos, es el peligro más importante. Por eso, fue llevado Jesús, el primero de los justos, al cadalso de la Cruz. Fue la única manera que se le ocurrió a los malos para quitarlo de en medio... Cuando ya empezó a ser insoportable su denuncia continua de la maldad, los ánimos de quienes quedaban en evidencia se encendían. Se notaba en el ambiente ya una tensión insoportable, en la que el Justo era acechado para quitarlo de en medio... "Algunos que eran de Jerusalén dijeron: "¿No es éste el que intentan matar?" Ese Jesús, que los dejaba desnudos ante todos, tenía que ser eliminado. Con ello, pretendían hacer bueno lo que hacían, pues eliminaban quien les decía que eran servidores de la maldad y del pecado... La técnica del avestruz...
Si Jesús hubiera huido ante la acechanza del demonio, no se habría dado la redención de la humanidad. Su denuncia del mal lo llevó a la muerte. Pero esa fue la vida de los hombres. Por ella los hombres fuimos rescatados. El final no fue la muerte, sino la vida. En todas sus acciones Jesús fue rectísimo en la búsqueda de la justicia. Llamó a la paz, a la concordia y al perdón. Pero no a la estupidez de dejar pasar el mal, como pretenden los "pasivistas" que entienden mal el mensaje de Jesús. Si Jesús no hubiera hecho la denuncia del mal, poniendo en evidencia la verdad de su existencia, si no hubiera realizado gestos concretos en contra de la injusticia, ni siquiera habría muerto... Habría pasado simplemente como un gran hombre, pero no sería el Redentor del mundo. Si no hubiera alzado su voz contra los que pretendían apedrear a la adúltera, ella habría muerto asesinada "legalmente". Si no hubiera agarrado el látigo para echar a los mercaderes del templo, todos los templos serían hoy grandes centros comerciales. Si no le hubiera reclamado al soldado el golpe que le dio injustamente, todas las torturas serían consideradas caricias amorosas... Él corrió con todas las consecuencias de lo que hizo. Y la mayor, la mejor de todas, fue nuestra salvación, la salvación de toda la humanidad. La muerte de uno, sucedida por ser fiel a la verdad, a la justicia, al amor, a la dignidad, sirvió para dar la vida a miles de millones de toda la historia, de todos los tiempos y de todas las latitudes... Jesús entendió muy bien que la pasividad era neutralidad, era complicidad. Y no quiso hacerse cómplice del mal. Su llamado a la fraternidad empezó por asumir que hay que oponerse frontalmente contra los que no quieren ser hermanos de sus hermanos y los tratan injustamente, con malignidad.
Defender al hombre, al justo, al que lucha por la Verdad y la Justicia, es defender la obra de Jesús. "¿No saben ustedes que sus cuerpos son templos de Dios? Glorifiquen, pues, a Dios con sus cuerpos", dijo San Pablo... Herir al hombre es herir al templo de Dios. No se puede permanecer indiferente ante la inmensa cantidad de heridas físicas, psicológicas y espirituales que se hacen a los hombres hoy. Quien lo hace no puede declararse cristiano. "Reconoce, oh, cristiano, tu dignidad", gritó el Papa San León Magno. No debe ser sólo un reconocimiento de sí mismo, sino de todos. Cada uno debe reconocer la dignidad del otro. Mientras no se haga esto, estaremos siempre tentados a dañarlos, a hacerlos esclavos, a someterlos, a herirlos, a matarlos...
Hay que asumir las consecuencias. El dicho popular, "el que se mete a redentor muere crucificado", puede ser una realidad. Pero es el camino más puro para la recuperación de la propia dignidad y la de los hermanos. No se puede callar. Un Cristo callado es un Cristo nulo. Un Cristo callado es un Cristo sin Cruz. Y un Cristo sin Cruz es, al final, un Cristo sin Resurrección. Y sin Resurrección no hay Redención. El final de la historia, cuando se asume valientemente en la lucha por la Verdad, por la Justicia, por la Fraternidad, por el Amor, es glorioso. Es la Resurrección. Es la Redención. Es la Salvación. No hay otro camino...
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