sábado, 22 de febrero de 2014

El dulce Cristo en la tierra

Jesús no nos dejó solos. Se quedó entre nosotros y nos acompaña siempre. Él mismo nos habló de sus distintas presencias, por lo cual podemos estar absolutamente seguros de que sigue aquí. Se quedó en la Eucaristía, su Cuerpo y su Sangre: "Tomen y coman, esto es mi Cuerpo... Tomen y beban, este es el Cáliz de mi Sangre"... Se quedó en los humildes y sencillos del mundo, en los cuales debemos saber descubrirlo: "Cada vez que lo hicieron con uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron"... Se quedó en la oración que hacemos confiados al Padre, en la cual está inspirándonos y animándonos a unirnos en un solo corazón: "Cuando dos o más estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos"... Es impresionante el amor de Jesús, pues no sólo se encarnó para hacerse uno más entren nosotros, asumió la vida cotidiana para con ella asumir también todo lo que al hombre atañe, tomó sobre sus espaldas todas las culpas de los hombres para ofrecerse como propiciación de los pecados, sufrió las peores torturas y los peores castigos para liberarnos y sanarnos con sus llagas, cargó con la pesada de Cruz en el trágico viacrucis y fue clavado en ella hasta quedar inerme y entregar su espíritu al Padre en vez de nosotros..., sino que a ello sumó su presencia por toda el tiempo que nos restara sobre la tierra y no dejarnos solos. No existe amor mayor. Imposible...

Pero a esas presencias y a esos gestos de amor, Jesús quiso sumar uno que nos diera una mayor seguridad, por lo que representaba de tangible, de cercano, de concreto... A los apóstoles les dijo: "Quien a ustedes escuche, a mí me escucha". "Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo"... Y no fue una presencia etérea, pues cada uno de los apóstoles era un hombre que se acercó a las comunidades para entregar el mensaje de Jesús, para hablar de su obra salvadora, para hacer sentir a todos el amor redentor, incluso hasta la entrega de sus propias vidas en sacrificio por aquellos a los que querían llevar a las salvación que Jesús les daba... Y por encima de todos ellos, en el reconocimiento de que todo grupo humano debía tener una cabeza visible, no para mandar, sino para servir mejor desde la coordinación y el testimonio, colocó desde el principio a Pedro: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo". Pedro, por encima de todos los apóstoles, es encargado por la misma voz y autoridad de Jesús, de llevar adelante las riendas de la Iglesia, de la Iglesia de Cristo, de SU Iglesia... Es la autoridad delegada que Jesús coloca en sus manos para que pueda echar adelante la gesta heroica de la salvación, después de su Pasión y su Muerte, llevada a la plenitud con la gloriosa Resurrección.

A ese Pedro, en aquella conversación entrañable del Resucitado en Cafarnaúm, le encomienda una tarea directamente."Confirma a tus hermanos en la fe". Después de haberse asegurado de su amor, con la hermosa intención de que en la mente de todos quedara no la negación de Pedro en la Pasión de Jesús, sino la triple afirmación de su amor por Él al resucitar -"¿Pedro me amas?... Sí Señor. Tú lo sabes todo. Tú sabes que te amo..."-, le da la tarea más sublime que jamás hombre alguno hubiera recibido: Llevar las riendas de la salvación de la humanidad, "tus hermanos"...

Hoy seguimos teniendo a esa piedra fundamental en nuestra Iglesia. Hoy ese Pedro se llama Francisco. Ayer se llamó Benedicto. Anteayer se llamó Juan Pablo II. Antes se llamó Cleto, Pío, Juan, Pablo, León, Clemente... En toda la historia de la Iglesia, el mismo Espíritu Santo se ha encargado de que jamás nos faltara la piedra en la cual fundarnos y sentirnos realmente sólidos en lo que avanzamos. La palabra de cada uno de ellos, su acción -de mejor o de peor manera, con los altibajos normales que existen por las características de nuestra naturaleza humana-, ha estado siempre presente, desde que Cristo ascendió a los cielos...

El Papa, el Santo Padre, el Sumo Pontífice, es, ante todo, Vicario de Cristo. Santa Catalina de Siena lo llamó "el Dulce Cristo en la tierra", pues es quien sirve de prenda de seguridad firme para todos de que Él sigue en medio de nosotros. A través de su poder de gobierno, que no se entiende como yugo sino como amor en acción, sigue sirviendo a cada uno de los hermanos en la fe. "Yo estoy entre ustedes como el que sirve", dijo Jesús. Y así mismo está cada uno de los Papas. Es en el servicio donde está la mejor manera de gobernar, dando testimonio del amor y de la salvación. A través de su poder de magisterio nos sigue trayendo la palabra de salvación, la que nos revela y aclara los misterios de Dios y de su amor. La doctrina que nos hace llegar es doctrina segura, pues el Espíritu Santo coloca en sus labios la Verdad que el mismo Cristo quiere que llegue a todos los hombres. A través del poder de santificación, con su oración continua, la celebración de los sacramentos, su propio testimonio de santidad, nos invita a todos a mantenernos limpios y transparentes delante de Dios...

Jesús no nos dejó solos. Su amor no podía permitirlo. Nos amó hasta el extremo, entregando su vida por nosotros. Por eso, no es razonable pensar que después de que hizo su entrega mayor, nos dejara a la deriva en el camino hacia la eternidad feliz junto a Él. Nos ha dejado al Papa y a los Obispos. En ellos colegialmente se encuentra Él dirigiendo la nave de la Iglesia. Y al frente de ellos ha colocado a Pedro para que sea modelo de entrega, de servicio, de amor por sus hermanos. Dejó a Pedro, a Francisco, a Benedicto, a Juan Pablo... A cada uno de los que han ocupado la Cátedra de Pedro...

viernes, 21 de febrero de 2014

Si eres libre, puedes liberar

A veces entendemos equivocadamente las palabras de Cristo. En su invitación a "negarse a sí mismo, cargar con nuestra Cruz y seguirlo", creemos que nos está invitando a una autoanulación total. No entendemos que la plenitud del hombre no está jamás en autoafirmarse en sí mismo, sino en el lograr ser cada vez más de Jesús, seguir su voluntad, apropiarse de sus criterios, de su mensaje y de su amor... Cuando entendemos esto, dejamos de encerrarnos en nosotros mismos, como en una especie de defensa de "nuestro territorio" para que nadie, ni siquiera Jesús, venga a invadirlo.

La realidad es que la invitación de Jesús es, radicalmente, a "autoposeernos" de tal manera, a tomar tan estrechamente posesión de nosotros mismos, que seamos capaces de donarnos a Él, y de esa manera, de apuntar a la única plenitud posible que está en la perspectiva del hombre: La de ser únicamente de Dios. Sólo quien se posee, el que es verdaderamente dueño de sí mismo, es capaz de donarse. Porque Cristo se poseyó como jamás nadie lo hizo de sí mismo, fue capaz de donarse al hombre. Y eso lo explica sólo la vivencia del amor en su máxima intensidad. La posesión de sí  mismo para donarse tiene sentido únicamente desde la perspectiva del amor. Es en ese sentido que Jesús nos invita a negarnos a nosotros, pues se coloca todo en función de los demás, a los que se ama, para alcanzar para ellos el máximo bien imaginable.

Es más grande en este sentido, y apunta a alcanzar la plenitud, quien se posee y se da. Sobre todo si se da al mismo Dios, que es la fuente de cualquier plenitud posible, y a los hermanos, el objetivo de la plenitud que Dios concede. Poseerse para darse. Quien no se posee, aunque se dé, no está dando nunca nada, no pierde nada, no le duele nada, pues nunca lo ha tenido. Es esa la razón última de la vida del hombre. Por eso, San Agustín afirma rotundamente: "Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti". Es la añoranza insistente del corazón que anhela derribar todas las barreras que le impiden expandirse hasta alcanzar la plenitud total, hacia Dios y los hermanos, pues intuye acertadamente que en ese camino es que se encuentra.

Por otro lado, la plenitud requiere del acrisolamiento para poder despejarse totalmente de lo que impide llegar a ella. Por eso Jesús invita también a "cargar la Cruz". Avanzar hacia la plenitud exigirá la lucha contra las fuerzas de la mezquindad personal que se rebelarán obcecadamente. Son las que luchan en nuestro interior para sumergirnos más profundamente en el egoísmo, en la envidia, en el narcisismo, en el materialismo, en el sensualismo. Todas esas fuerzas representan las de la naturaleza caída que pugnan por seguir triunfando en nosotros y nos darán dura batalla. La lucha por la plenitud debe enfrentar enemigos que no por enanos dejan de ser incómodos. La pobreza del espíritu se declara en el servilismo hacia estas fuerzas de enanos que subyugan cuando el hombre les permite multiplicarse o los aúpa para que se multipliquen. Es triste constatar que con frecuencia los enanos alcanzan a vencer porque los alimentamos, los apoyamos, nos rendimos a ellos. Somos como el Gulliver que se jactaba de ser gigante, pero que fue vencido por miles de débiles cuerdas...

Y esa donación de la más preciosa propiedad, que somos nosotros mismos, debe declararse en función de las obras que hacemos en favor de los demás. Hay que demostrarla con hechos concretos. Santiago nos descubre el sentido de las obras en favor de los demás, principalmente por el amor y la fe: "Enséñame tu fe sin obras, y yo, por las obras, te probaré mi fe". Las obras sacan a la luz lo que somos. El Cardenal Karol Wojtyla, años antes de ser el Papa Juan Pablo II, desarrolló una línea de pensamiento filosófico que se inscribía en el Personalismo Cristiano, y promulgó en ella una línea que declaraba. "La persona se conoce en la acción". Son nuestra obras las que hablan de lo que somos. "De la abundancia del corazón habla la boca", reza el dicho popular. Añadiríamos: "Y hacen los brazos", para afirmar que todo lo que decimos y hacemos descubre lo que somos. Y si somos hombres de fe, ésta quedará al descubierto en lo que vivimos exteriormente. O debería ser así. De lo contrario, seríamos viles fariseos... "¿Quieres enterarte, tonto, de que la fe sin obras es inútil?... Por lo tanto, lo mismo que un cuerpo sin espíritu es un cadáver, también la fe sin obras es un cadáver", sentencia rotunda y duramente Santiago.

Nuestra posesión de nosotros mismos que desemboca en nuestra donación total a Dios y a los hermanos es, por así decirlo, nuestra máxima "declaración de libertad". La mayor libertad es poseerse, donarse y hacer el bien a todos. Son las obras del bien las que dicen que somos verdaderamente libres. Cuando nos entregamos al mal, nos declaramos lamentablemente esclavos. A mayor maldad, mayor esclavitud. Esa libertad que vivimos será mayor, si la procuramos para los hermanos. No es libre quien permite que exista esclavitud en otros. Las obras de la fe, del amor y de la libertad que descubrirán esas prerrogativas en sí mismo, son el tesoro de quien es libre. Luchar por la libertad propia y la de los hermanos, hace más libre, aunque sea doloroso. Es parte de "la Cruz" que Cristo nos invita a cargar sobre nuestros hombros. Pero es un "peso" agradable, pues se tiene la satisfacción de estar haciendo lo que se debe hacer...

jueves, 20 de febrero de 2014

A todo dolor sigue un gozo

¿Quién es Jesús?  La pregunta nos la hace a boca'e jarro el mismo Cristo. "¿Quién dice la gente que soy yo?" Las respuestas, igual que las que dieron los apóstoles en su momento, seguramente serán variadísimas...

Para algunos, Cristo es casi un personaje de historieta, del que nos interesa saber su historia por lo magnífico y estruendoso de algunas cosas que hizo. Nos cautiva porque es como el Supermán, el Batman, el Capitán América, de los tiempos decadentes del Imperio Romano... Un cuento bonito que nos distrae en los momentos aburridos...

Para otros, Jesús es un revolucionario que se opuso a todo el orden establecido. Prácticamente un anarquista que nos habría invitado a todos a oponernos al orden constituido, al poder, a los gobiernos, poniéndose del lado de los más débiles y oprimidos. Por ello, tendríamos luz verde para oponernos en su nombre a todo lo que esté ordenado, a las leyes, a los principios básicos, a la convivencia fraterna y armoniosa... La finalidad es establecer una "nueva dictadura", la de los pobres, porque Jesús vino para lograr que ellos tomaran el poder y tomaran su turno para aplastar las cabezas de los ricos y poderosos...

La idea de otros es que Jesús es un espíritu tan elevado que su encarnación fue algo así como una condescendencia repugnante para poder hacerse presente en nuestra historia y hablarnos, a fin de conquistar nuestro espíritu y elevarlo a las más altas cotas celestiales. Nos invitaría a despreciar toda nuestra realidad actual, cotidiana, corporal, en aras de que podamos deslastrarnos lo más pronto posible de lo que impide nuestro vuelo a las nubes junto a Él... Nuestra posición corporal debe ser la de quien está sólo mirando al cielo, desentendiéndose totalmente de la realidad que tiene a su alrededor, la cual está viviendo como un mal menor, como una simple pesadilla que acabará, porque la vida real será sólo cuando estemos saltando de nube en nube con los angelitos del cielo...

Un grupo más piensa que Jesús es el que sufrió, sin vivir otro tipo de experiencias. Lo único que importaría saber de Él es que vivió una pasión terrible, que fue azotado vilmente, que se le cargó con una cruz pesada que tuvo que llevar casi en el extremo del vacío de fuerzas. Y el momento culminante de su vida fue cuando lo crucificaron, sufriendo la peor tortura jamás imaginada y que estuvo agonizando por tres horas colgado en ella. La estampa única que podemos tener de Él es la del hombre que yace inerme, ensangrentado al extremo, muerto en la Cruz. Por eso, nuestra posición debe ser la de la asunción del dolor, del sufrimiento, de la tristeza, como inapelables en nuestra vida, como realidades insoslayables y que tenemos que aceptar con resignación...

Existen quienes tienen a Jesús sólo como el personaje que nos revela la Resurrección, que ha alcanzado la gloria. No existe para ellos lo anterior, sino sólo la eternidad a la que entró triunfante después de resucitar. Lo que le daría sentido a la vida es sólo lo pascual, lo feliz, los gozos. Para eso habría venido Jesús y por eso no podemos dejarnos llevar por quienes nos invitan a conductas que traen sufrimientos o esfuerzos personales... Los sufrimientos serían una especie de maldición. Sólo es válida la luz, el goce, el disfrute. No hay oscuridades, dolores, tristezas que valgan la pena vivir...

Jesús tiene, sin duda, algo de esas concepciones. El problema de ellas está en las matizaciones que hacen y en su absolutización...

Finalmente, Jesús nos pregunta a nosotros directamente: "¿Quién soy yo para ustedes?" Pedro le respondió: "Tú eres el Mesías". ¿Qué respondemos nosotros? El Mesías es el esperado de Israel, el que venía a salvar al hombre de su indigencia radical por el pecado. Jesús mismo describe cómo será su itinerario: "El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días." Es un itinerario que abarca desde el sufrimiento hasta la muerte, finalizando con la resurrección. Es un todo que no puede ser soslayado ni silenciado. Para rescucitar, para triunfar, el Mesías debe morir, debe perder... Es el Jesús de los Evangelios tomados en su integralidad, el que nos habló del Reino de los Cielos, el que hizo milagros, el que nos dijo que ese Reino se alcanzará sólo con esfuerzo pues sufre violencia, el que nos dijo que no somos de este mundo pero que nos dijo que a Él lo encontramos en cada uno de los más humildes y sencillos de la tierra a los que teníamos que auxiliar desde el amor...

"A todo dolor sigue un gozo", decía el P. Cesáreo Gil. Y es la verdad. Jesús murió, pero no para quedarse oculto y vencido en la soledad del sepulcro, sino como paso previo y necesario para la gloriosa resurrección. La redención es eso. Es necesario morir para redimir, pues se trata de resurgir de la oscuridad para entrar en la luz maravillosa de la vida. Es todo el proceso que se da en los resurgimientos gloriosos de los hombres. Desde que Jesús inauguró ese camino, lo debemos seguir todos. Si queremos resurgir, debemos asumir el dolor como paso previo y necesario. Es el precio de la iluminación total. La muerte, el dolor, el sufrimiento, vistos así, unidos a los de Jesús, aseguran la resurrección. "Si nuestra existencia está unida en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya", nos dice san Pablo. Por eso es el Mesías. No sólo por el triunfo, que es la realidad final que resultará definitivamente, sino por todo el itinerario que necesitó recorrer para alcanzar la justificación eterna para todos...

miércoles, 19 de febrero de 2014

Si quieres perder, déjate llevar por la ira

Si queremos tener claridad meridiana en nuestra conducta cotidiana, debemos tener la Carta de Santiago como lectura diaria. En ella, con palabras sencillas y directas, el Apóstol nos da líneas de pensamiento y de conducta que nos sirven de guía para una vida buena, fraterna, que se desarrolle en la presencia de Dios y que construya una vida de comunidad justa, en paz, en armonía. Santiago es un buen pastor de su comunidad, que entregó su vida al anuncio de la Palabra, del Amor y de la Salvación de Jesús, y que, como todos los apóstoles, rindió honor a lo que hacía entregando su vida y derramando su sangre por aquello en lo que creía.

Es buen conocedor de la vida comunitaria. Lo que escribe en su Carta lo deja bien claro. No es posible escribir con tanta claridad si no se estuviera realmente imbuido en la realidad de lo que se vive, sobre lo que se escribe. Con toda seguridad se presentaban en Jerusalén, comunidad de la cual era pastor, situaciones conflictivas que tenían necesidad de ser bien iluminadas y bien conducidas por su labor pastoral. Por eso, por el conocimiento que tenía de ellas y por la responsabilidad de ser guía fiel de esa comunidad, se siente comprometido a dar su palabra. Y ésta, muy atinada, autorizada y orientadora...

La recomendación primera que hace a los miembros de la comunidad, sus "hermanos", como los llama, es ésta: "Tengan esto presente, mis queridos hermanos: sean todos prontos para escuchar, lentos para hablar y lentos para la ira". Podríamos decir que esta recomendación es general. En toda situación humana debe darse. Los hombres debemos tener la capacidad de escucha necesaria que nos haga "agarrar" bien la posición de quien está frente a nosotros. Únicamente de esa manera podremos conocerla, "masticarla", discernirla, conocer las motivaciones profundas, descubrir las intenciones.. En general, debe ser así. También hoy. Paradójicamente, en una época como la nuestra, donde la comunicación es la reina, la falta de comunicación es también la "niña pobre" de la casa. Tenemos muchísima información de lo que sucede. Nunca antes como hoy estamos informados de los acontecimientos que suceden a nuestro lado y en el rincón más escondido del mundo. Pero, al mismo tiempo, nunca hemos estado tan lejanos unos de otros, nunca hemos sentido tan extrañas las causas de los otros, sus preocupaciones, sus intereses, sus alegrías, sus dificultades, sus conflictos... Nos marca el egoísmo, y a fuerza de desentendernos de los demás, nos hemos construido una "burbuja" en la que nos hemos encerrado. El mundo es una película que se nos pasa y en la cual somos simples espectadores...

Y como no "escuchamos", hablamos sin discernir ni saber bien a qué estamos respondiendo. Damos soluciones a problemas que no están planteados. Opinamos sobre temas de los cuales no tenemos ni idea. Nos "acercamos" al otro con palabras generales que no han cogido bien lo que realmente están viviendo... Cansan los argumentos gastados que usan los que hacen grandes discursos, y que buscan palabras nuevas, grandilocuentes, para mantener a la audiencia narcotizada. Y la audiencia aplaude sin saber ni siquiera lo que significan las palabras, con tal de que suene bonito. Lo importante es exacerbar. Y esa audiencia es un caldo de cultivo excelente...

Así, surge la ira de los hombres. Y en ella, naturalmente, somos irracionales. Por ella somos capaces de levantar la mano contra los hermanos, incluso contra los que considerábamos más cercanos. Basta con que no piense como yo para considerarlo mi enemigo, al cual debo hacer desaparecer a como dé lugar. La proporcionalidad se pierde, pues la exacerbación obnubila absolutamente los sentidos. No hemos captado al otro como a alguien que piensa, que siente, que se duele, que sufre, que respira, que vive sus problemas... Es simplemente alguien que no piensa como yo y que no acepta lo que le digo, y por eso debe desaparecer. En lugar de intentar atraerlo a lo que yo pienso que es lo bueno, lo elimino para que sea uno menos el que no piensa como yo... Es terrible. Es la suspensión total de la comunicación. La ira me deshumaniza, porque hace al otro mi enemigo, no mi adversario. De ninguna manera acepta que exista la diversidad como riqueza. Afirma que la diversidad es mala...

Santiago nos da la clave para que esto no nos destruya: "La ira del hombre no produce la justicia que Dios quiere. Por lo tanto, eliminen toda suciedad y esa maldad que les sobra y acepten dócilmente la palabra que ha sido plantada y es capaz de salvarlos". Sólo la Palabra de Dios, su voluntad y su amor, nos darán la clave para la verdadera justicia. Y con ella, vivir la fraternidad, la paz, la armonía, la tolerancia, la unidad... Nuestra sociedad será mejor, será ideal, sólo si dejamos que la justicia de Dios, que quiere sólo lo mejor para nosotros, sea nuestra guía. Aunque suene idealista, es el único camino que nos llevará a la paz. Si nos seguimos dejando por nuestra ira, todos iremos al foso. Todos moriremos. Todos perderemos. Es necesario que haya una reacción. Que asumamos que somos hermanos, todos hijos de un mismo Padre, que nos ha colocado juntos en el mundo pues sí podemos vivir juntos. Si no fuera así, no nos habría colocado en la misma ciudad, en el mismo barrio, en el mismo mundo. Nos hubiera puesto en burbujas que de ninguna manera tuvieran la posibilidad de comunicación y de compartir... No hubiera puesto el ideal de la fraternidad como camino para vivir en el mundo perfecto. No es un cuento de hadas. Es una realidad. En asumirlo y vivirlo, en hacerlo real, está nuestra salvación...

martes, 18 de febrero de 2014

La crisis te debe hacer crecer

En los momentos de crisis debemos tener los sentidos muy aguzados. Las crisis, en general, sirven para crecer, para purificarse, para fortalecerse. Generalmente, ante su presencia solemos tener un sentimiento de temor y de rechazo. Todo porque la crisis duele, desubica, desencaja. Cuando estamos en ella se nos pone a la vista una encrucijada en la cual se nos ofrecen varias rutas... Unas nos llevarán por el despeñadero de la destrucción, de la desesperación, del estancamiento, de la parálisis. Otras, nos llevarán por el camino del progreso, de la prosperidad, del desarrollo personal y social. O se presenta la opción también de quedarnos en la misma encrucijada, viviendo en una eterna crisis de la cual nunca salimos al no tomar ninguna decisión...

Por eso, cuando ella se presenta hay que estar bien apertrechados mental y espiritualmente. Es necesario tener la "mente fría", pues cuando en las crisis no se toman las decisiones sosegadamente y bien pensadas, generalmente nos equivocamos y atraemos la desgracia a nuestras vidas. Y al no tener nosotros mismos todas las herramientas a la mano para poder tomar una decisión, es muy recomendable que nos acerquemos a quien nos puede dar un buen consejo. No es bueno quedarse solo en las crisis, pues en la soledad podemos recibir malos consejos de nosotros mismos: "Si un ciego guía a otro ciego, los dos caen al pozo". Y tener mucho cuidado de a quién nos acercamos para recibir el consejo. Debe ser una persona con criterio, con experiencia, con buenas intenciones, de la cual tengamos la seguridad de que no quiere sacar una "buena tajada" de la crisis... Y espiritualmente debemos tener mucha solidez, pues es fundamental que nuestro interior esté firme para que no se tambalee ni se deje llevar por los vientos del desasosiego o la desesperanza...

El mejor consejero para todos en cualquier situación de crisis es el mismo Jesús. Él nos dice que tengamos cuidado de las voces que nos quieran engañar. "Tengan cuidado con la levadura de los fariseos y con la de Herodes." Jesús mismo nos pone sobreaviso de la palabra que nos quieran dirigir quienes sólo buscarán su propio beneficio, quienes buscarán engañar revistiéndose de buenos, quienes nos lanzarán a los leones quedándose ellos al margen del conflicto. En medida menor, en cuanto al perjuicio que puedan hacer por venir frontalmente, pero dañinos también, cuando vengan claramente a hacernos daño los que nos consideren sus enemigos, quienes no nos consideren suyos, quienes quieran agredirnos por tener ideas y conductas diversas, quienes quieran arrasar con toda voz disidente... No es de ninguna manera recomendable dejarse arrastrar por ninguno de los dos grupos...

Lo cristiano es asumir la crisis como oportunidad de crecimiento, apoyándose bien y razonablemente en otros, principalmente en la Palabra de Dios y en su voluntad. Lo principal que debemos hacer es aguzar bien nuestros sentidos y nuestro espíritu. Unirnos más intensamente a Dios para que sea Él, con su inspiración, el que ilumine el camino correcto cuando estamos ante la encrucijada que debemos enfrentar. Él es quien ha permitido la encrucijada, es decir, la crisis, para que sirva para nuestro crecimiento, y por eso Él es el principal apoyo para saber cuál es el mejor camino para salir airosos. Él sabrá decirnos cuál es la ruta correcta para nosotros y en la cual serviremos mejor a la comunidad que vive también la misma crisis. No debemos desdeñar esa presencia de Dios en medio de la crisis. Él debe ser el primer invitado para que nos acompañe en el camino a fin de poder salir victoriosos.

Evidentemente, tenemos siempre que discernir nosotros mismos, a la luz de los consejos de otros y de la inspiración de Dios, cuál será el camino a recorrer. El criterio principal es el del crecimiento.La crisis será buena si nos decidimos por la ruta que nos hará mejores personas, que nos permitirá construir una mejor sociedad, que nos comprometerá con el bien de todos y no sólo con el de unos pocos, si el beneficio es real para que todos tengan una mejor vida, más humana, más justa, más fraterna y más santa...

Dios no permitirá que tengamos sólo opciones de rutas que no nos hagan crecer. Su amor misericordioso nos pondrá siempre a la vista caminos de crecimiento, por los cuales podremos andar para nuestro progreso. Pero respeta nuestra libertad, pues ese futuro, ese bien que debemos perseguir, nos lo debemos agenciar y construir nosotros mismos. No debemos esperar de Dios "milagritos" que nos allanen el camino. Sería una alcahuetería suya, pues ya Él ha provisto para nosotros la capacidad de discernir y de decidir, al darnos la inteligencia y la voluntad, a su imagen y semejanza... No vienen de Él las tentaciones al mal. Todo lo contrario, de Él vienen sólo las opciones para el bien. Es el mismo mal el que nos pone a la vista la maldad. Así nos lo dice Santiago: "Cuando alguien se ve tentado, no diga que Dios lo tienta; Dios no conoce la tentación al mal y él no tienta a nadie". Las opciones de Dios son sólo bien-bien. Es el mal que nos coloca las opciones bien-mal o mal-mal...

La palabra "crisis" es la raíz de la palabra "acrisolar", que significa purificar con el fuego. Es el proceso por el cual los metales preciosos se hacen más puros, para precisamente ser más preciosos. Es exactamente lo que debe suceder en la crisis. De ellas debemos salir "acrisolados", es decir, purificados, aunque sea al fuego, para poder presentar al mundo una vida más nuestra, más pura, más al servicio de los demás, y así lograr un sociedad mejor, más humana y más cristiana, en la que se vivan los verdaderos valores del Reino de Dios, que es al fin y al cabo lo que Él quiere para nosotros, porque es lo mejor...

lunes, 17 de febrero de 2014

Las pruebas me hacen fuerte

La Palabra de Dios tiene frases que para muchos sería mejor que no estuvieran. El Apóstol Santiago, apenas iniciada su carta, nos coloca ésta: "Ténganse por muy dichosos cuando se vean asediados por toda clase de pruebas". En una mente absolutamente racionalista esto es el mayor absurdo. La dicha jamás puede estar en pasar por pruebas, pues ellas más bien traen desasosiego, crisis, dolor, tristeza... El colmo de la felicidad no puede estar jamás en pasar por eso, sino más bien, en lo contrario, en nunca tener pruebas que hagan sufrir...Para el común de los mortales la lógica de la felicidad está en no vivir experiencias que traigan sufrimiento...

No está mal encaminado este pensamiento. pero llegar hasta allí es incompleto. Dios quiere que los hombres seamos felices. Y desde el principio de nuestra existencia lo hizo todo para que nuestra vida se encaminara por las rutas que nos llevan a la felicidad. Dios nos creó para ser felices y, en realidad, quiere para nosotros su vivencia absoluta. El caso está en que no la encontraremos en cualquier lado, sino en Él. En nuestra creación Dios nos encaminó hacia la plenitud, la que nos da la plena felicidad, inscribió en nuestros corazones la añoranza de ser felices siempre, y se colocó Él mismo a la mano como la única realidad que nos dará esa felicidad añorada. La condescendencia de Dios es tan extrema que, habiéndonos creado anhelantes de felicidad, se puso Él mismo como la solución a ese anhelo, y su colocó lo más asequible posible para que la alcanzáramos sin mayor esfuerzo... Y, en la plenitud de los tiempos, esa asequibilidad de Dios se hizo extrema, pues "se hizo hombre y habitó entre nosotros". La felicidad no esperó a que la encontráramos, sino que ella misma vino a nuestro encuentro...

Si es así, ¿por qué se nos dificulta tanto ser felices? La razón última está en que la felicidad se basa en el bien y en el amor. Y lamentablemente, muchos queremos lograrla por caminos distintos a los del bien y el amor. Sucedió desde el principio, por lo cual perdimos esa posibilidad de mantenernos en aquella condición de "felicidad natural" en la que fuimos creados. Nuestros ancestros quisieron obtener una felicidad plena lejos de Dios. Y eso es imposible. Dios es el que nos da la plenitud, y no existe ni existirá jamás una ruta distinta a la que Él nos propone, en la que Él mismo se ofrece.

Esas fuerzas del mal estarán siempre pugnando por convencernos para seguirlas, planteándonos un espejismo de felicidad que, por espejismo, es falso. No es que no exista la posibilidad de alguna "felicidad" en caminos diversos, sino que esas "felicidades" serán pasajeras o etéreas o engañosas o frustrantes... En la mayoría de los casos dejarán en el hombre una sensación de resaca, de absurdo, de vacío, que se convierte, entonces, en frustración total... Y aunque no nos decidamos voluntariamente por seguirlas, esas fuerzas insistirán una y otra vez por hacernos desviar nuestra ruta hacia la verdadera felicidad. Y es entonces cuando tiene sentido total lo que nos dice Santiago. Nuestra dicha estará en las pruebas, que no serán otras cosas que el empeño insistente del mal en que nos desviemos del camino correcto, el del bien y el amor. Eso significa dos cosas: Que no nos hemos equivocado y que si vencemos seguiremos siendo dichosos, a pesar de que se nos ataque y se nos ponga a prueba.

No debemos confundir la felicidad con "sentirse bien", con "estar alegres", con "no tener problemas". El hecho de que Dios nos haya creado con inteligencia y voluntad, nos hace responsables de nuestro destino. Y todo lo que logremos será por el esfuerzo personal que nos exigirá a veces el máximo del uso de nuestras propias fuerzas. Así, la felicidad no será la ausencia de esfuerzo, sino que se alcanzará en el logro de los buenos frutos gracias a esos mismos esfuerzos que tenemos que realizar. Y si se trata de la búsqueda del camino hacia la felicidad plena, el esfuerzo será mayor, y de la misma manera lo será la satisfacción al alcanzarla. Es eso lo que da sustento y sentido al esfuerzo: que la meta vale la pena, que la felicidad tiene más precio cuando más nos cuesta, que estaremos más satisfechos pues hemos defendido a capa y espada nuestra propia búsqueda del bien y del amor. Las pruebas serán, así, signo de que vamos por buen camino, pues el mal no se queda de brazos cruzados cuando ve que nos pierde. Serán también signo de que nos vamos fortaleciendo al avanzar firmemente en el camino hacia la felicidad, pues a medida que vencemos en las pruebas, vamos "haciendo músculo" con lo cual nos apertrechamos mejor para las futuras "batallas" contra el mal. Y en cada victoria nos vamos sintiendo más satisfechos. Es lo que dice Santiago: "Al ponerse a prueba la fe de ustedes, les dará constancia. Y si la constancia llega hasta el final, serán perfectos e íntegros, sin falta alguna". No es absurdo tener pruebas ni debe ser una experiencia dolorosa. Al contrario, debemos agradecerlas, pues al final las podremos colocar a nuestro favor para avanzar más firmemente...

En todos los órdenes de la vida el ser probados nos ayuda a purificarnos, a fortalecernos, a afirmarnos más en la búsqueda del bien y del amor, de la justicia y de la paz. Encontrar algún obstáculo no es ninguna tragedia. Al contrario, puede convertirse en una bendición, pues nos confirma que vamos por el buen camino y cuando lo vencemos nos fortalece para segur adelante. El que va hacia la felicidad que se quite la idea de que no deberá esforzarse. El ser hombres, dotados de inteligencia y voluntad, lo descarta completamente. Y el ser libres nos dice que ese tesoro de nuestra libertad necesita ser defendido y promovido al máximo. Y todo eso exigirá esfuerzo. Nuestra responsabilidad nos llama a eso y debemos estar comprometidos a hacerlo...

domingo, 16 de febrero de 2014

O santo o nada

La vocación del hombres es la perfección. Jesús mismo pone esta meta como ideal al cual hay que perseguir: "Sean perfectos como el Padre celestial es perfecto". No se trata, por lo tanto, de un simple preocupación, sino de lo que debemos procurar por todos nuestro medios. Recuerdo una vez que escuché a un dirigente cristiano en una intervención pública decir: "Para nosotros, la santidad debe ser una especie de obsesión.Una idea que nos dé vueltas continuamente en nuestra cabeza, para poder avanzar siempre hacia ella. De lo contrario, nunca lo seremos". Es decir, esa meta de perfección, que en cristiano es la santidad, debe conglomerar a su alrededor todos los esfuerzos y pensamientos del cristiano.

Al ser una meta propuesta por Jesús se convierte, entonces, en una decisión personal. Podemos o no aceptarla. Podemos rechazarla. Cada uno de nosotros, tal como lo creó Dios soberanamente, es libre en esta decisión. Por eso, la santidad no es una "inyección" que nos coloca Dios, sin concurso nuestro. Es, sí, un don suyo pues al fin y al cabo la santidad es su vida en nosotros, pero es algo que posibilitamos nosotros cuando nos decidimos a dejarnos llevar por su voluntad, a abrir el corazón para permitir su presencia en nosotros, a comportarnos como redimidos y salvados que avanzan hacia la felicidad eterna, a vivir como hermanos en la justicia y en la paz. Son todas condiciones que se necesitan para el ejercicio de la santidad.

La misma Palabra de Dios nos pone la encrucijada de nuestra decisión: "Ante ti están puestos fuego y agua: echa mano a lo que quieras; delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que él escoja". En su fidelidad extrema a la creación y a las condiciones en las que la hizo, Dios es respetuoso al extremo de la libertad con la que enriqueció al hombre. De nada serviría que el hombre estuviera constreñido a la santidad, sin la posibilidad de no serlo. No habría en el hombre ningún mérito. Lo grande de la santidad es que cuenta con el concurso del hombre, que es fruto de un acto de la voluntad que ha discernido previamente lo mejor de la opción de la santidad.

Ahora bien. Esta santidad, siendo opción hecha por el hombre, exige de cada uno el esfuerzo pleno. No se trata simplemente de verla a lo lejos como la meta casi inalcanzable, sino de poner todo el empeño para tenerla a la mano. El mismo Jesús aclara cómo es la altura de la exigencia: "No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud". La medida de Jesús, la rasante que coloca al camino de la santidad, es el de la perfección, el de la plenitud.No es que sea nueva la llamada a la santidad, sino que esa llamada ahora está revestida de la plenitud que da la vivencia extrema del amor. Por eso, la expresión de Jesús es tan plástica: "Han oído que se dijo... Pero ahora yo les digo..." Hay un nuevo estilo, la santidad tiene un nuevo contenido, la exigencia, siendo la misma, es mayor. Lo que le da una motivación superior es la del amor, el que vivió Jesús al entregarse a los hombres. Un amor extremo, pleno, perfecto, sin resquebrajamientos ni hendiduras...

La libertad del hombre es el componente principal en la decisión para ser santos. Pero su ingrediente primero es el del amor. Es lo que hace comprensible el extremo al que nos llama Jesús. Es lo que le da sentido a la plenitud que se nos pone ante la vista. Por eso es que se hace comprensible lo incomprensible: "Enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria". Ya no es, por lo tanto, desde la vivencia del amor, incomprensible. El amor le da sentido a todo. El amor hace heroico al que se pone como meta la santidad, la perfección. La libertad, impregnada por el amor, es invencible y apunta siempre a la plenitud.

No tiene sentido, por eso, decidirse para no poner el máximo empeño. Quien se decide libremente a alcanzar la plenitud que propone Jesús, quien acepta la invitación a "ser perfectos como el Padre celestial", quien asume como propia radicalmente la decisión de avanzar por las rutas de la santidad, debe hacerlo asumiendo que debe realizar todos los esfuerzos necesarios. No asumirlo con actitud de mínimos sino de máximos. Debe asumir todas las consecuencias de su decisión y sortear todos los obstáculos que se le presenten en el camino, que serán muchísimos. O se avanza raudamente, o no se avanza. O se camina grácilmente hacia la santidad o el camino se obstaculiza y nos detenemos...

Es en ese sentido que se comprenderá lo misterioso y que se vivirá la plenitud real de la meta a la que estamos llamados. No hay otra opción posible. Eso lo que dará la explicación de lo incomprensible. Sólo lo comprenderemos cuando nos sumerjamos en su realidad. Si nos quedamos como simples contempladores externos del misterio, jamás nos sentiremos contentos, pues nunca lo agarraremos con la inteligencia del amor: "Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman."

Si nos decidimos a ser santos, asumamos las consecuencias de tal decisión. No nos quedemos en las medias tintas que nunca nos darán satisfacción. Comprendamos que debemos vivir el amor en plenitud para dar sentido a lo que se nos exige. De no ser así, siempre estaremos en la contemplación misteriosa de lo que nunca comprenderemos totalmente. Sólo el amor nos dará la clave para entenderlo y vivirlo felices plenamente...

sábado, 15 de febrero de 2014

Multiplícate tú también

Jesús nos dio a todos las claves esenciales para actuar en favor del hombre. Su labor no fue reducida sólo a una preocupación espiritualista que se dedicara sólo a la liberación del alma humana de la esclavitud del pecado, a la procura de la apertura de las puertas de cielo para quienes se las habían cerrado a sí mismos dándole la espalda a Dios, a la invitación de mantener la vista sólo elevada a los cielos como añorando una realidad futura gloriosa que sería, así, la única que valdría la pena, de alguna manera despreciando la realidad cotidiana, material, que viven los hombres naturalmente. Tampoco su preocupación fue puramente material, en la procura sólo de una liberación de poderes opresores, de obtención de riquezas expropiándoselas a los ricos para favorecer a los pobres, de imposición de una ideología sociológica en la que exacerbara el ánimo de los oprimidos para "tomar el poder" y aplastar a los más pudientes para que sufrieran la humillación que ellos mismos estaban sufrido... Ambas concepciones son absolutamente equivocadas...

Se equivoca quien quiera colocar a Jesús en alguna de estas dos opciones, pues son totalmente falsas. La labor de Jesús fue integral, pues integral es su ser e integral es su misión. Al inicio de su ministerio, en la sinagoga de Nazaet, evocando la profecía de Isaías, Jesús presenta su "hoja de ruta", su "plan de trabajo", su "proyecto". En él podemos percibir claramente que la preocupación de Jesús es todo el hombre, todos los hombres. Es el hombre que sufre la cadena del pecado y la cadena de la injusticia. Es el hombre que añora la eternidad feliz y mira al cielo, pero que añora la paz social y la justicia y sueña con una época actual de armonía y de fraternidad. Es el hombre que vive cotidianamente en el tráfago del mundo, que sufre sus consecuencias, que tiene conflictos y que vive alegrías, que debe partirse la espalda por el esfuerzo cotidiano del progreso y de la solución de sus problemas materiales, pero que también se pone en las manos de Dios confiando radicalmente en su amor y en que su futuro eterno lo vivirá junto a ese Dios de amor en la felicidad plena...

Por eso Jesús perdona pecados, libera de demonios, predica el amor y el perdón, echa en cara la hipocresía, exige la transparencia delante de Dios y de los hombres, declara dichosos a los que viviendo múltiples y diversas crisis han fundado sus vidas en Dios y en su amor y les anuncia la felicidad plena en el futuro de eternidad junto a Él... Y también por eso cura a los enfermos, devuelve la vista a los ciegos, hace oír y hablar a los sordomudos, limpia a los leprosos, resucita muertos, multiplica los panes para los hambrientos, expulsa a los mercaderes del templo, invita a la solidaridad con los más débiles y pobres, pone de ejemplo al samaritano que ayuda al herido... De ninguna manera Jesús reduce su mensaje de salvación, sino que nos dice a todos que no podemos "parcializar" su mensaje de salvación integral.

Desvirtuamos a Jesús y a su mensaje cuando lo colocamos sólo como el Dios que se ocupa del "espíritu humano", como si éste fuera una especie de fantasma que está en desagrado, encarcelado en un cuerpo de carne y hueso y cuyo sitio no sería ese, sino sólo frente a Dios, en una "pureza absoluta" que no existe en lo cotidiano. La situación del hombre en el mundo sería como una especie de "destierro" absolutamente despreciable, del cual habría que desembarazarse lo más pronto posible. O cuando, por el contrario, lo colocamos sólo en el orden de lo sociológico, como si Jesús fuera una especie de guerrillero o revolucionario, que sólo vino a azuzar a las masas para que se levantaran ante el poder opresor, y al cual sólo le importaba que la gente tuviera sus necesidades bien resueltas y más nada...  El camino correcto por el cual podremos comprender a Jesús y su obra es el de la contemplación de su propio ser: El Dios que se encarna, que se hace hombre, sumando en su propia figura la integralidad que quiere salvar, que quiere iluminar, que quiere redimir... Es lo espiritual junto a lo corporal. Es la materia junto al espíritu. Ninguna de las dos realidades son "mal menor", pues en la suma de ambas está la plenitud de la obra de Jesús y así es que debe ser considerada...

Por eso Jesús dice a sus discípulos: "Me da lástima de esta gente; llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer, y, si los despido a sus casas en ayunas, se van a desmayar por el camino. Además, algunos han venido desde lejos." Han estado ya tres días con Él, escuchando sus palabras, asimilando su mensaje, recibiendo el alimento espiritual, el perdón, el llamado a la fraternidad y al amor solidario... Pero necesitan cuidar su cuerpo, pues tienen hambre. Y Jesús se ocupa también de eso... Se ocupa del hombre entero. No lo parcela. Es lo corporal junto a lo espiritual lo que hay que cuidar...

Y Jesús para eso cuenta con sus apóstoles, con los que lo acompañan: "Mandó que la gente se sentara en el suelo, tomó los siete panes, pronunció la acción de gracias, los partió y los fue dando a sus discípulos para que los sirvieran. Ellos los sirvieron a la gente. Tenían también unos cuantos peces; Jesús los bendijo, y mandó que los sirvieran también". Sus apóstoles se encargaron de darles de comer a la gente hambrienta, hasta que quedaron saciados. Él hace el milagro y quiere que ellos sean los encargados de hacerlo llegar a todos. No quiere hacerlo todo Él solo, sino que espera los brazos de quienes lo acompañan para que lo ayuden a hacerle llegar a la mayor cantidad posible su regalo.

Jesús multiplica los panes y los peces, y quiere que los que lo ayuden a repartirlo se multipliquen también para hacerlo llegar a la mayor cantidad de gente posible. La multiplicación de los panes y los peces es el preludio de la multiplicación que debe darse de los que ayudan a Jesús a repartir su bien. El bien integral, el de su amor misericordioso, el de su perdón, el de su curación, el de sus panes y peces, el de su bienestar material, el de la llamada a elevar la mirada a lo eterno sin dejar de pisar en el presente... Y eso somos nosotros. Jesús nos invita a presenciar su milagro de amor, y quiere unirnos a la obra de difusión del bien mayor y de todos los bienes que quiere procurar a los hombres...

viernes, 14 de febrero de 2014

Si uno solo es esclavo, todos somos esclavos

Jesús nos libera de todas nuestras ataduras. De aquellas que nos colocamos nosotros mismos y de aquellas que pretenden imponernos desde fuera. El anuncio que hace Isaías, unos 400 años antes de Jesús, sobre la futura figura del Mesías Redentor, es la de un liberador: "El espíritu del Señor está sobre mí... Me ha enviado a proclamar la liberación de los cautivos y dar vista a los ciegos, a libertar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor". La obra de Cristo es, entonces, liberadora, en el sentido de que se encarga de romper todas las cadenas que nos oprimen y nos regala de nuevo el don más preciado con el que fuimos creados: La libertad...

Esta libertad no debemos entenderla sólo en el sentido espiritual, aunque tiene su acento en él. En efecto, la peor de las cadenas que nos oprimen y que nos hemos colocado nosotros mismos, es la del pecado. Es terrible pensar que el espíritu del hombre, desde que éste pecó, se encuentra en una situación de esclavitud y de encadenamiento indignante. Ese espíritu que fue creado con la condición absoluta de libertad por la cual podría grácilmente entrar en contacto con las realidades más elevadas, las divinas, se vio constreñido, desde que cayó en la desgracia del pecado, a vivir en una prisión oscura y mortal, que le impedía bañarse de la luz de la gloria divina, en la cual debía haber vivido naturalmente. El pecado ensombreció totalmente sus rincones y le impidió elevarse a las alturas a las que estaba destinado. La belleza se convirtió en la fealdad más horrible y repugnante. La frescura se transformó en moho envejecido y maloliente. El mismo hombre se rebajó a profundidades impensables, a las cuales jamás estuvo destinado. Por ello surgió en el hombre la añoranza de una vida distinta. El hombre sabía que ese no podría ser su destino, y comenzó a vivir en el anhelo del cambio, de la liberación, de la redención...

Y este anhelo del hombre se unió al anhelo del mismo Dios Creador. También Dios anhela que el hombre esté en la situación de dignidad para la cual lo había creado. Y no se quedó de brazos cruzados. Los sueños del hombre coincidieron con los de Dios. Ambos, Dios y hombre, hicieron su parte para ese rescate. Dios envió al Mesías para la liberación y el hombre anhelante abrió su corazón para dejarse rescatar... Es la libertad añorada y soñada, anhelada y elevada, en la cual debía vivir el hombre y cuya falta hacía que de ninguna manera se encontrara cómodo en la vida. La obra de Jesús es obra de liberación y de elevación de lo que estaba esclavizado y caído. Es obra que coloca de nuevo al hombre en el sitial que le correspondía y del cual jamás debió haber salido. Cuando se comprende esto y se deja a Jesús actuar, se da la plena satisfacción, la plena compensación, pues se está en la única condición en la que se da la plenitud. No existe otra posibilidad para el hombre. No hay camino para obtener una plenitud superior.

Esta marca del espíritu humano da una coloración similar a toda la realidad humana. La libertad espiritual da la pauta para la libertad en todos los órdenes para la vida del hombre. Aun cuando la libertad del espíritu es la que da la única plenitud absoluta posible, de alguna manera permea a toda la realidad también corporal del hombre. La añoranza de libertad como signo identificador de la vida humana, trashuma hacia el deseo de libertad social, material, comunitaria... Es cierto que quien es libre en su espíritu no sentirá jamás el peso de las cadenas físicas que se le puedan imponer. Pero es también cierto que la experiencia de la libertad espiritual impulsa y alimenta el deseo de la libertad en los demás órdenes de la vida.

La libertad que vino a traer Jesús es una libertad integral. La espiritual compensa totalmente. Pero la obra de Cristo debe seguir la ruta que Él mismo quiso darle. Por eso, los esfuerzos por la libertad de los oprimidos y de los cautivos, y de todas las opresiones y cautividades imaginables, es obra de Cristo y por ende de los cristianos. No podrá haber jamás satisfacción plena en el que es libre espiritualmente cuando percibe a su alrededor la perseverante esclavitud a la que se somete a los hermanos, por ellos mismos o por pretensiones de otros, sean de poder, políticas, militares, ideológicas, pasionales, instintivas...

Cristo abrió los oídos y liberó la lengua del sordomudo. Para que escuchara y para que luego pudiera hablar. Es la libertad que nos da a todos. Nos abre los oídos para que podamos escuchar e impregnarnos de la Verdad y nos suelta la lengua para que podamos ser sus proclamadores. Nadie puede pretender negarnos ni restringirnos en esa libertad que nos da el mismo Jesús. Se equivoca de plano quien pretende suprimir una libertad tan sagrada que nos regala el mismo Cristo. La libertad integral es un  regalo de Dios al hombre y nadie está por encima de ella. Quien se quiera erigir en un dios que intente restringir libertades sagradas, se une a la obra diabólica que hizo caer al hombre en el abismo. Y los hombres, en atención al origen de este don, tenemos pleno derecho de defender nuestra libertad y nuestras libertades. Es un deber sagrado.

No podemos quedarnos de brazos cruzados y asistir pasivamente a las pretensiones de esclavizarnos. Si es a nosotros, debemos usar todas las formas lícitas al alcance para defendernos. Y si es al colectivo, a los demás, a nuestros hermanos, debemos entender que defenderlos es nuestra responsabilidad, pues jamás seremos totalmente libres si un solo hermano ha sido esclavizado. Misteriosamente formamos una sola realidad, somos miembros del mismo cuerpo de la Iglesia. Y si uno de los miembros es esclavizado, lamentablemente lo somos todos. Suprimir la libertad de uno es suprimir la libertad de todos. Nunca pensemos que podemos ser libres cuando uno solo de los nuestros es herido en su libertad...

jueves, 13 de febrero de 2014

Sé humilde y Dios se pondrá a tu favor

La humildad desarma a Dios. Son miles los testimonios que podemos encontrar en las Escrituras de personajes que se colocaron ante Dios con la mayor humildad, que aceptaron sus designios sin chistar, que imploraron ante Él algún favor, y, finalmente, de alguna manera, lograron que Dios se colocara "a su favor", pues le cerraban, con esa humildad, cualquier otra salida. Por el contrario, son también muchos los casos en los que los hombres, soberbios y engreídos, pusieron a Dios al margen de sus vidas, o quisieron "dominarlo" y lo único que lograron fue atraer la desgracia a sus vidas.

Prácticamente desde el inicio de la historia de la salvación podemos encontrar testimonios que sustentan lo que decimos. La soberbia de Adán y Eva, queriendo "ser como dioses", atrajo la peor de las desgracias para toda la humanidad. Dañaron la relación de ellos con Dios, y fueron más allá con su perjuicio, pues desde ese momento dañaron la relación de toda la humanidad con Dios. Nos marcaron a todos con su soberbia. Desde la rebeldía de Adán y Eva, la semilla de la soberbia se quedó incrustada en nuestra naturaleza. Por eso resalta tanto el que algún hombre o mujer pueda colocarse ante Dios en una actitud absolutamente contraria, con la humildad, que es la única llave que abre la puerta para entrar en la relación filial y amorosa con nuestro Dios.

Así, podemos encontrar a un Abraham que, sin mayores noticias previas de Dios, escucha su voz con plena aceptación y cumple al pie de la letra aquello que Éste le pide. Nunca consideró Abraham oponerse, ni por conveniencia ni por desconocimiento (totalmente cierto) de Aquél cuya voz escuchaba. Encontramos a un José que es vendido por sus hermanos como esclavo y llega a Egipto desde donde servirá de salvación para su familia que moría de hambre en el desierto... Encontramos a un Moisés, junto a un Aarón, que se dejan llevar por el poder de Dios, a pesar de saberse totalmente limitados, para cumplir la mayor gesta liberadora de Dios en favor del pueblo de Israel en contra del poderoso imperio egipcio. Encontramos a unos profetas que en ningún caso consideraron ajustada la elección de Dios sobre ellos, sino que pusieron ante Él infinidad de excusas para tratar de convencerlo del error que cometía al elegirlos: "Soy apenas un niño", "No sé hablar", "Soy un hombre de labios impuros", "Pertenezco a la familia más despreciada de Israel"... Paradójicamente, la humildad fue la puerta de entrada para la elección de Dios y lo que lo confirmó aún más en la idea de estar en lo correcto...

La Virgen María es el ejemplo más claro de humildad: "Ha mirado la humildad de su sierva", le dice al Ángel Gabriel, y se coloca en las manos de Dios: "Aquí está la esclava del Señor. Que se cumpla en mí  según tu palabra". Y eso sirvió para la entrada del mismísimo Dios en el mundo, para iniciar el rescate definitivo de la amistad perdida. Luego, encontramos al Bautista: "Detrás de mí viene uno que es más grande que yo, a quien no soy digno ni siquiera de desatarle las sandalias... Es necesario que Él crezca y que yo disminuya". Y Pedro: "Apártate de mí, que soy un pecador". Y el leproso: "Si quieres, puedes limpiarme"... Y la sirofenicia: "También los perros comen de las migajas que caen de la mesa del amo"... Es la tecla que hace que Dios no tenga otra opción. Jesús le dice a la mujer: "Anda, vete, que, por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija"... Dios queda desarmado con la humildad de sus hijos...

¿Y qué hace falta para llegar a este punto? ¿Cómo estos personajes lograron esta humildad que desarmó a Dios y le arrancó el favor que necesitaban? En primer lugar, estaban convencidos del amor de Dios por ellos. Difícilmente se puede uno confiar en alguien que no sabe que lo ama. Para ellos estaba claro que Dios sólo busca el bien del hombre, y que si pide algo jamás será para perjuicio del hombre. Dios es amor, y el amor siempre actúa para el bien. Y si pide algo es porque sabe que es lo mejor para el hombre, porque lo ama. En segundo lugar, tenían la firme convicción de que Dios lo puede todo, pues es infinitamente poderoso. Él es la causa de todo lo que existe y nada pasa sin su consentimiento ni sin su acción directa. Quien se acerca a Dios y a Jesús a pedirle un favor, sabe bien que Él puede hacerlo y por eso se lo solicitan. El poder de Dios está claro para ellos. En tercer lugar, mantienen una confianza absoluta en el Dios que lo puede todo. Por eso, no sólo solicitan el favor, sino que se abandonan a su voluntad que lo concederá sólo si sabe que es lo más conveniente para quien lo pide. La clave está en las palabras que dice el leproso: "Si quieres..." No se trata de someter a Dios a una especie de "presión personal" para que se sienta constreñido a conceder lo que se le pide, sino de estar uno mismo sometido a la confianza de que Dios sabe si es lo más conveniente y cuál es el momento ideal para concederlo...

En definitiva, la humildad es la fuerza más poderosa de quien se acerca a Dios. Cuando somos humildes Dios "baja toda la guardia" y abre las puertas de su corazón al hombre, particularmente al más necesitado. Sólo es necesario saberse amados, tener pleno convencimiento de su poder, y saber que Dios actuará sólo si lo considera conveniente y en el momento en que lo crea conveniente...