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sábado, 13 de marzo de 2021

Dios quiere el sacrificio de nuestro corazón humilde y transparente

 Archidiócesis de Granada :: - "El que se enaltece será humillado, y el que se  humilla será enaltecido"

Los hombres, en nuestra tendencia natural a la vanidad, al reconocimiento, por el egoísmo con que nos ha enfermado y contaminado el pecado, hemos confundido nuestra experiencia de fe con la realización de obras buenas que resulten evidentes a la vista de todos. Desde el mismo principio, añoramos el reconocimiento de los demás y el ser considerados buenos por las buenas obras que hagamos a la vista de todos, sin importar si en ello está comprometido verdaderamente nuestro corazón y nuestro ser completo. Llegamos al extremo de involucrar a Dios en esta intencionalidad, pretendiendo absurdamente con ello incluso hacer creer a Dios que somos muy buenos por las obras que hacemos, sin tener en cuenta que a Dios no lo podremos engañar jamás y que toda nuestra realidad, la más evidente y la más íntima, está siempre en su presencia de la manera más diáfana. No hay nada de lo nuestro que no sea evidente a Dios. Nada de lo nuestro le está oculto. Él percibe lo externo y lo interno. En nuestra pretensión de ocultar lo malo ante los demás podremos seguramente tener grandes éxitos. Pero jamás lo tendremos delante de Dios, pues Él ve hasta lo oculto que poseemos y que nos empeñamos en esconder delante de todos. Somos hechura suya y estamos grabados en las palmas de sus manos. Para lo bueno y para lo malo. Así como nos ama infinitamente y por ello procura para nosotros todos los bienes necesarios y nos anima a estar con Él pues esa es nuestra felicidad plena, así mismo conoce perfectamente nuestros caminos, nuestras palabras y nuestras obras, antes incluso que los emprendamos, que las pronunciemos o que las realicemos. Por ello, ante Él solo es posible una actitud: la de la transparencia, la de la coherencia, la de la honestidad. Al estar toda nuestra realidad delante de Él con toda claridad, es absurda la pretensión de querer ocultarle algo que conoce perfectamente.

En ese sentido, Dios pide de nosotros sus fieles la entrega total de nuestro ser. No se satisface con los sacrificios externos que podamos ofrecerle, pues ellos no necesariamente representan nuestra intimidad. Siempre pueden quedar fuera de nosotros, cuando el corazón no está entregado en ese mismo sacrificio y por tanto no es ofrenda que agrade a Dios. Nunca para Él es satisfactorio un sacrificio externo, que sea solo el cumplimiento de un formalismo vacío de vida, que no involucre todos los pensamientos y las obras del hombre. Se puede realizar un gran gesto externo, con el sacrificio de animales o de cosas muy valiosas, pero si en ello no está puesto el corazón del hombre, siempre será una representación externa, un teatro, de lo que verdaderamente debería estar sucediendo en el corazón del hombre. Cuando Dios, en el Antiguo Testamento, exigía los sacrificios del pueblo, lo hacía con la esperanza de que ese gesto fuera manifestación de lo que estaba sucediendo en el corazón de los israelitas. Lamentablemente, cuando constató que esos sacrificios no los representaban, comenzó a rechazarlos: "Ya no me satisfacen las ofrendas y holocaustos de ustedes". Por eso pidió al pueblo un cambio, y el pueblo buscó responder con autenticidad: "'Vamos, volvamos al Señor. Porque Él ha desgarrado, y Él nos curará; Él nos ha golpeado, y Él nos vendará. En dos días nos volverá a la vida y al tercero nos hará resurgir; viviremos en su presencia y comprenderemos. Procuremos conocer al Señor. Su manifestación es segura como la aurora. Vendrá como la lluvia, como la lluvia de primavera que empapa la tierra'. ¿Qué haré de ti, Efraín, qué haré de ti, Judá? El amor de ustedes es como nube mañanera, como el rocío que al alba desaparece. Sobre una roca tallé mis mandamientos; los castigué por medio de los profetas con las palabras de mi boca. Mi juicio se manifestará como la luz. Quiero misericordia y no sacrificio, conocimiento de Dios, más que holocaustos".

Esta misma conducta la exigió Jesús a sus discípulos. No es, por tanto, nuevo lo que pide a quienes quieran ser sus seguidores, pues es la misma conducta que exigió Yhavé a su pueblo antiguamente. No se trata de que queramos justificarnos solo con las buenas obras. Esas obras buenas hay que realizarlas y procurar que sean cada vez más y que nos identifiquen más claramente. No hay duda de que el mundo adolece de hombres y mujeres que estén entregados a Dios, que amen a sus hermanos, que realicen las obras que el mismo Dios pide que sean realizadas. Pero la respuesta no está en montar teatros hermosos y grandilocuentes en los que no esté comprometido el corazón del hombre. Lo que Dios quiere es que esas obras de bien, los sacrificios que se le ofrezcan, la fraternidad añorada con los demás, surjan de corazones que estén convencidos, de corazones que hayan sido transformados por el amor, de corazones que no necesiten ocultar nada pues son transparentes y totalmente coherentes con lo que reflejan sus obras buenas. Son corazones que no necesitan convencer a nadie, pues delante de todos, primeramente de Dios, demuestran lo que son con total luminosidad y sin necesidad de presentar una doble cara. Así lo ejemplifica Jesús: "En aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás: 'Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: 'Oh, Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo'. El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: 'Oh, Dios!, ten compasión de este pecador'. Les digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido". Ante Dios, es lo que nos enseña Jesús, no podemos montar escenas de teatro. Él conoce perfectamente lo que hay en nuestro corazón. La única opción que tenemos es abrir nuestro ser a Él y dejarlo en sus manos, siendo totalmente transparentes, humildes y honestos, para alcanzar así su amor y su salvación y ser plenamente felices.

miércoles, 13 de enero de 2021

Jesús, Dios y hombre verdadero, es el Sacerdote perfecto del Padre

 Diácono Luis Brea Torrens: Marcos, 1,29-39: Su labor mesiánica le lleva a  predicar en las sinagogas y a expulsar demonios

La Carta a los Hebreos es la perfecta proclamación del Sacerdocio de Cristo. Jesús es la concreción real de aquella figura emblemática que aparece ya muy temprano en la revelación del Antiguo Testamento y que sugiere la necesidad de alguien que haga de puente entre la realidad divina y la realidad humana. Son dos mundos que no se tocan, a menos que sea Dios mismo quien lo haga posible, acercándose Él para tener contacto con el hombre. Éste puede buscar a Dios por diversos medios, pero si Dios no quiere dejarse encontrar, ese encuentro no será nunca posible. Es la experiencia que tiene el pueblo en toda su historia anterior. En este caso, el sacerdote pasa a ser el instrumento mediante el cual Dios entra en relación con el pueblo, y puede adquirir la forma de sacerdote ritual, en el sentido litúrgico de la palabra, mediante el cual todo el pueblo se hace presente para poner delante de Dios sus ruegos y lamentaciones, sus dádivas representativas de su propia entrega, sus avatares vitales con lo cual pone toda su vida en sus manos. El sacerdote será, así, el portador de la vida del pueblo, quien la pone en la presencia de Dios para que haga con ella lo que sea de su agrado. Ese sacerdocio, al ser mediación entre la humanidad y la divinidad, es ejercido también por otros grandes personajes que ponen delante de Dios al pueblo y su realidad. Así nos encontramos también con los jueces, los reyes, los profetas, que en un momento dado se hacen presentes delante de Dios llevando la realidad del pueblo para colocarla delante de Él. Esto se puede entender como una concesión amorosa de Dios quien, consciente de que la relación directa del hombre con Dios no es posible, a menos que Él lo permita, lo ha hecho posible. De no darse esa posibilidad, entonces el hombre puede tomar rutas erradas, como en efecto se ha demostrado que sucede. Cuando el hombre quiere entrar en contacto con Dios solo con su concurso, sin recurrir a la realidad divina que lo posibilite, se desvía hacia las prácticas seudoespirituales, como la brujería, el espiritismo, la nigromancia..., llegando incluso a la pretensión de dominar a Dios con sus prácticas esotéricas. Ejemplo de ello tenemos hoy las seudoespiritualidades de la Nueva Era, de la renaciente Masonería, de los Neo-Illuminati.

Lo cierto es que Dios, en demostración del amor que lo ha movido para crear todo lo que no es Él, ha dejado ese camino abierto desde el principio. Durante toda la historia de Israel, el encuentro con Dios ha sido posible porque Él mismo se ha puesto a tiro. La confianza del pueblo ha estado siempre en que ese Dios Creador ha dejado esa vía de comunicación abierta como la posibilidad de recurrir a Él y a su amor cuando lo consideraba necesario. Israel tenía plena conciencia de que ese Dios no era solo el Creador, sino que era también el sustentador de todo, el providente, el que tenía en sus manos todos los beneficios con los cuales los quería enriquecer. Y por ello recurría continuamente a Él. Hasta que llegó el momento en el que el mismo Dios consideró necesario hacer que esa presencia se hiciera tangible mediante su presencia física en medio de su pueblo, de modo que sintieran que era un Dios presente, activo, efectivo, que no actuaba solo cuando era necesario, sino continuamente. Era el momento del restablecimiento de aquella normalidad que vivían los hombres antes del pecado, antes de que el demonio pusiera en práctica su pretensión de arrebatar de las manos del Creador todo lo existente: "Lo mismo que los hijos participan de la carne y de la sangre, así también participó Jesús de nuestra carne y sangre, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al diablo, y liberar a cuantos, por miedo a la muerte, pasaban la vida entera como esclavos. Noten ustedes que tiende una mano a los hijos de Abrahán, no a los ángeles. Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote misericordioso y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar los pecados del pueblo. Pues, por el hecho de haber padecido sufriendo la tentación, puede auxiliar a los que son tentados". La presencia de Jesús entre nosotros, Dios que se hace hombre para hacer físico el amor divino, nos habla de un sacerdocio perfecto, pues tiene la cualidad de ser puente ideal entre la humanidad, asumiendo sobre sí todo lo que la condición de hombre le procuraba, y la divinidad, pues es el Hijo de Dios que viene a hacernos a todos hermanos suyos, hijos también del mismo Padre. Es el "pontífice" perfecto, es decir, quien hace el puente ideal entre Dios y el hombre, pues posee las dos naturalezas.

Por eso, cuando nos encontramos con Jesús, que inicia su labor pública realizando grandes maravillas en medio de todos, nos percatamos de que esa era de novedad absoluta que se hace presente con la presencia del Dios que se hace hombre, es ya una realidad. Todo lo que había sido anunciado se empieza a cumplir. Dios no ha dejado al pueblo en la espera, sino que comienza a cumplir fielmente su palabra empeñada. El amor no podía hacer menos, pues no hay engaño en el amor. La novedad radical que viene a traer Jesús es el cumplimiento total de aquella compañía prometida. El hombre no caminará por el mundo en soledad, no tendrá que enfrentar las dificultades en solitario, no luchará solo contra el mal ni contra el pecado, no deberá afrontar solo la lucha contra lo que quiera dañar a la humanidad y romper la fraternidad, sino que ahora, desde la venida del Mesías, que sigue actuante en el mundo, lo hará con su compañía, con su fuerza, con la fortaleza que le da su Gracia.Y es una realidad que vivimos con toda certeza hoy. En la lucha contra el mal y contra el pecado nunca estamos solos, pues el Mesías, que ha venido en nuestro rescate, está aquí con nosotros, apoyándonos y animándonos, dándonos su fuerza y llenándonos de esperanza en la victoria que obtendremos sin duda alguna: "En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, e inmediatamente le hablaron de ella. Él se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar. Se levantó de madrugada, cuando todavía era muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron en su busca y, al encontrarlo, le dijeron: 'Todo el mundo te busca'. Él les responde: 'Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido'. Así recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios". Todo el mundo buscaba a Jesús por las maravillas que hacía. Algo nuevo y grande estaba empezando a suceder. Se intuía que esa presencia de Dios en Jesús iba a realizar obras grandes. Por eso la alegría y la esperanza se hacían realidad sólida. Es la misma alegría que debemos vivir todos al hacernos conscientes de que ese Sumo Sacerdote que es Jesús, nuestro hermano mayor, el que nos ha hecho hijos de Dios, sigue actuando, sigue a nuestro lado, estableciendo el Reino y sus valores en un mundo que cada vez lo echa más en falta.

viernes, 9 de octubre de 2020

La fe me hace libre. La ley me hace esclavo

 Todo reino dividido contra sí mismo va a la ruina. - RM Joven

La diatriba continua que se presenta en la tensión que plantea San Pablo al contraponer la fe y las obras, sigue siendo para los cristianos un tema pendiente de resolver. Para San Pablo la cosa está muy clara. Una vida de fidelidad a Dios no puede estar sustentada simplemente en el cumplimiento exterior de reglas, en la fidelidad a la ley, en la realización de obras, pues todo ello corre el riesgo de enmascarar lo que se puede estar viviendo realmente en el interior del hombre, llegando a ser posible incluso la absoluta falta de concordancia entre lo que se hace y lo que se cree. La ley por sí misma no sería, de esta manera, la que asegure la pureza de la confesión, por cuanto fácilmente puede ser objeto de engaño, presentando a la vista de todos una bondad que no existe en el corazón. Quien sustenta su vida de fe en lo externo puede incluso llegar a pensar, hasta sin mala intención, que una fe así vivida es suficiente para ser "bueno". Así quizás lo ha aprendido y ha recibido equivocadamente la idea de que ello es suficiente para ser un buen hombre de fe. Son muchos los cristianos que han llegado a esa conclusión, al extremo de no sentir implicación mutua entre un compromiso vital que los impulse a avanzar en una exigencia cordial de vida y la realización exterior que descubra lo que se vive dentro. Es muy frecuente encontrarse con cristianos que aseguran ser buenos hombres de fe porque de vez en cuando rezan, o van a la misa ocasionalmente, o alguna vez han dado una limosna, o porque estudiaron en un colegio de curas o de monjas, sin que haya una clara manifestación de fe vital. Esos actos ocasionales, según ellos, serían suficientes para demostrar al mundo que son hombres o mujeres de fe. Realmente la vida queda totalmente desconectada de lo que debe ser una fe verdadera, al punto de que en lo cotidiano llegarán incluso a realizar sin ningún pudor actos que son evidentemente contrarios a la fe. Aquellos actos ocasionales de fe vendrían a ser como una especie de exculpación que los justificaría del todo, incluso llegarían a ser casi como un justificante de su mala vida. No importaría nada de lo malo que se hace, con tal de que se pague una especie de "peaje" moral. La deshonestidad en el trabajo quedaría borrada por un buen padrenuestro. La infidelidad con el cónyuge se cancelaría con una buena limosna. La irresponsabilidad en el cumplimiento de las tareas laborales que corresponden se borraría con la asistencia a un sentido funeral. Un acto bueno ocasional daría carta blanca para seguir en una vida sin compromiso de purificación. Es la debacle de la vida de fe que quedaría al arbitrio de actos externos que no implican de ninguna manera al sujeto. Precisamente contra eso es que reaccionaba San Pablo en la vida de las comunidades.

Por ello, él sale al paso de todo lo que huela a justificación externa, sin implicación del corazón: "Cuantos viven de las obras de la ley están bajo maldición, porque está escrito: 'Maldito quien no se mantenga en todo lo escrito en el libro de la ley, cumpliéndolo'. Que en el ámbito de la ley nadie es justificado resulta evidente, pues 'el justo por la fe vivirá'; en cambio, la ley no procede de la fe, sino que 'quien los cumpla vivirá por ellos'". Una cosa sería, entonces, la experiencia de vida sustentada en la fe auténtica, aquella que implica a todo el ser y le da forma y contenido a todo lo que se vive, que un cumplimiento externo que no necesariamente descubre un compromiso vital. Por ello, el modelo que coloca San Pablo es el de Abraham, hombre de fe que no se puso a hacer cálculos de lo que tendría que hacer para agradar a Dios, sino que, sin ni siquiera contar con una certeza absoluta incluso sobre quién lo convocaba, se abandonó al extremo en su voluntad y comenzó a andar en la ruta que le indicaba. Fue una fe radical que lo impulsó a seguir sin oponer ninguna resistencia al Dios que lo quería para Él y que lo convencía de que ese era el sentido que debía dar a su vida, por encima incluso de sus propias y probablemente muy justas conveniencias. Dios vino con su propuesta a trastocar toda la serenidad de la vida que tenía entre manos Abraham, pero él aceptó y siguió su voluntad en la convicción total de que de esa manera su vida adquiría su plenitud absoluta pues estaba en las manos de quien había entendido era la razón final de la vida. Por eso Abraham se convierte en el padre de nuestra fe y en el modelo perfecto de hombre que por encima de la ley había colocado su entrega a Dios. La consecuencia de esta entrega es la experiencia sublime de la libertad delante de Dios. La ley obliga a seguir unos cánones estrictos fuera de los cuales no se puede vivir sin correr el riesgo de dar al traste con la experiencia personal de lo externo. La fe, por el contrario, solo exige el abandono, por el cual ya no hay una exigencia de cumplimientos externos sino solo la de dejarse llevar y conducir, como lo hizo Abraham, lo que implicará la propia plenitud. La ley te obliga a procurar mantenerte en la ruta de la fidelidad para obtener el beneficio. La fe te da el beneficio siempre, bastando para ello simplemente dejarte abandonado en las manos del dador de todos los bienes. La ley te hace correr el riesgo de perder el beneficio, pues estarías atado al peligro del pecado. La fe te libera del pecado por lo que nunca perderás el beneficio. Es una ley de libertad, que es la que nos logra Jesús con su entrega a la muerte: "Para vivir en libertad nos liberó Cristo". 

Evidentemente esta radicalidad de la vivencia de la fe no exime de las obras. No se debe entender erróneamente que quien vive de la fe no debe manifestar su misma fe a través de las obras de la fe. Lo que sí debe quedar claro es la primacía que tiene cada paso. No son las obras lo primero. Lo primero es la fe. Y las obras serán consecuencia de la fe que se vive. Quiere decir que las obras no surgirán, nunca podrán surgir legítimamente, de corazones que no vivan fielmente la fe. Serán simplemente como obras de teatro que no denoten el compromiso de una vida. "De la abundancia del corazón habla la boca", quiere decir que tendrá sentido para la fe solo lo que surja desde la misma fe que viva interiormente cada uno. Del resto, todo será solo representación externa. Por eso, en el encuentro de Jesús con los fariseos que lo criticaban, dejó muy claro qué había en la raíz de toda su conducta: una unión radical con el Padre, lo que daba sustento a todo lo que hacía: "Ustedes dicen que yo echo los demonios con el poder de Belzebú. Pero, si yo echo los demonios con el poder de Belzebú, los hijos de ustedes, ¿por arte de quién los echan? Por eso, ellos mismos serán sus jueces. Pero, si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a ustedes". La plenitud de la obra de Jesús estaba en el haber sido enviado por el Padre y vivir solo para Él, lo que le daba toda la legitimidad y la credibilidad. Su obra hacía presente a Dios, anunciaba la llegada del Reino a los hombres. Era la llegada de la plenitud. De allí que fuera el mayor regalo que recibía la humanidad: "Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros, pero, cuando otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte su botín. El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama". La fe busca la unión con Jesús, para recoger con Él y no recibir sorpresas desagradables que nos excluyan de la salvación. Estar con Jesús va más allá del simple cumplimiento de gestos y acciones, pues ellos serán solo indicativos externos de lo que se esté viviendo dentro. La fe se eleva por encima del cumplimiento de la ley que puede no implicar al sujeto. Es de alguna manera dar pie para actuar gracias a la fuerza de Belzebú, que solo intenta que el hombre se contente con acciones externas que no impliquen su ser, y que enmascaren actitudes interiores que desdicen en lo más profundo y esencial lo que es la verdadera fe. Por ello, ocuparnos de las obras de la ley será lícito únicamente cuando hayamos dado nuestro asentimiento a lo que debe ser nuestra fe, como abandono radical a Dios, a su amor y a su voluntad.

miércoles, 17 de junio de 2020

"Obras son amores y no buenas razones"

Pin en Evangelio del día

El sistema premio-castigo es tan antiguo como los hombres. Es natural que los hombres persigamos ser reconocidos en las cosas que hacemos, sobre todo si consideramos que ha sido necesario un gran esfuerzo para lograrlo. De cierta manera nuestro progreso general, en lo humano, en lo familiar, en lo profesional, tendrá una mayor motivación si el premio que se persigue es más grande. Los niños aprenden a responder a las indicaciones de sus padres cuando les son ofrecidos premios por su esfuerzo. Los jóvenes también persiguen el obtener ganancias por el esfuerzo que hacen en su hogar o en su instituto educativo. El joven ya maduro se pone como meta un título académico o el logro de un buen trabajo, y en la persecución de esa meta, que sería su premio, colocan un esfuerzo superior. El buen profesional busca como reconocimiento su promoción a puestos de mayor categoría en el desarrollo de sus labores. El artista busca superarse cada vez más y se enorgullece cuando su obra es reconocida y obtiene premios en su campo. Los esposos se alegran cuando son reconocidos por su cónyuge en los esfuerzos que hacen por hacer de la vida matrimonial un lugar mejor, cuando logran mejores ingresos para cubrir los gastos domésticos, cuando van mejorando la calidad de vida de la familia, cuando es reconocida una buena comida que hayan cocinado. Los padres viven la alegría de los logros de sus hijos, de su buena conducta, de sus avances académicos, de sus buenas relaciones con los otros compañeros, y entienden que es un reconocimiento tácito a la formación que han ido recibiendo en casa. Los amigos buscan ser colocados en puestos privilegiados por sus camaradas al ser más simpáticos, al lograr hacer más agradable el tiempo compartido, al lograr sembrar en los otros no solo el disfrute vano de lo superficial, que en algunos momentos puede resultar lo indicado, sino que apuntan a una amistad más auténtica pues buscan sembrar también valores y virtudes, principios de vida sólidos que se vayan atesorando para una vida futura con mayor sentido. Si nos detenemos solo en estas consideraciones para la vida cotidiana de cualquier persona humana, el reconocimiento que recibamos en estos campos nos animará a seguir haciendo el esfuerzo por hacer mejor cada vez más nuestras realidades.

Ese sistema premio-castigo puede lograr que el mundo sea un mejor lugar para todos. Sin duda, todos necesitamos, en cierto modo, el ser reconocidos para tener mayor ilusión en el esfuerzo por ser mejores. La dificultad se presenta cuando desvirtuamos esta realidad inobjetable en el hombre y buscamos solo nuestro provecho personal en ella. Hay quien solo lo hace por apariencia, y persigue reconocimientos única y exclusivamente para alimentar su ego, haciendo que los otros casi caigan de rodillas a sus pies. Los manipulan y aparentan ser buenos con algunas acciones aisladas, cuando en realidad ellas están muy alejadas de la bondad de la que deben estar revestidas. Son los engañadores de oficio que hacen que los demás los admiren por un disfraz que no representa la realidad de lo que en verdad hay en ellos. Lamentablemente esta conducta se ha enquistado en nuestra realidad cotidiana y son muchos los que se aprovechan de la inocencia de tantos y obtienen un prestigio basado en la mentira y en la manipulación. La política, el mundo artístico, la publicidad basan muchos de sus logros en esta desleal actuación. Por otro lado, existen también los que, sin toda la malicia del caso anterior, se crean la necesidad de ese reconocimiento para basar en él sus buenas actuaciones, y cuando no existe, no encuentran motivación para seguir actuando bien. Hacen depender el hacer buenas cosas y el esforzarse en ser mejores solo en el ser reconocidos. Cuando no hay ese reconocimiento consideran que no deben seguir actuando con buenas maneras y persiguiendo la excelencia. Se contentarían así con las actuaciones mediocres o de regular calidad, pues no valdría la pena seguir esforzándose en ser mejores, ya que nadie los reconoce. Con ello, se estaría promoviendo el mundo de la mediocridad, pues solo se estaría realizando un  esfuerzo mínimo para llegar a cumplir con lo propio solo a regañadientes. Es un mundo gris en el que la buena calidad no existiría y en el que estaría ausente también la excelencia. Quienes así piensan y actúan olvidan que ese mundo mejor será una ganancia también para ellos mismos, por lo que el esfuerzo mayor en lograr más altas metas sería un beneficio igualmente para sí mismo. Pero en este sistema premio-castigo debemos también tener una óptica superior, que es a la que nos invita Jesús. Si en lo humano el reconocimiento puede resultar algo positivo si lo mantenemos en ese nivel de bondad como acicate para sentirnos animados a hacer obras buenas, en lo espiritual debemos tener una óptica superior, mucho más elevada.

Jesús nos dice que ese reconocimiento humano no nos debe importar nada cuando se trata de las obras espirituales. Que no debemos basar la búsqueda de la santidad, del crecimiento interior, de una cercanía a Dios y a los hermanos desde el amor, en el reconocimiento que podamos obtener de los otros. Es lógico que así sea, pues no es de ellos que obtendremos la salvación, ya que ella es solo don de Dios. No es el reconocimiento por nuestras obras que podamos obtener de los hermanos lo que nos abrirá las puertas del cielo, sino que es el reconocimiento en la intimidad del corazón que nos puede hacer Dios el que lo hará. "Cuiden de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tienen recompensa de su Padre celestial". Quien se contenta con el reconocimiento de los demás, y realiza obras buenas solo para ser visto por ellos, pierde toda la riqueza que esas buenas obras pueden significar. Se queda en lo horizontal, sin permitir que ellas tengan trascendencia futura. En la limosna, en la oración y en el ayuno, las mejores obras espirituales que podemos realizar para acercarnos a Dios y a los hermanos, la calidad no podrá depender de la incidencia que tenga a la vista de los demás, sino de la que tenga en el mismísimo Dios: "Y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará". Esas obras no pueden servir de ostentación delante de los otros, sino que deben ser ofrecidas a Dios desde la humildad, en lo escondido del corazón. La caridad con el hermano, la relación con Dios y el ofrecimiento de los propios esfuerzos y sacrificios a Él, solo deben quedar en la íntima relación entre el hombre y Dios. Si son publicitados con bombos y platillos pierden todo lo que de bondad puedan representar para el mismo sujeto. Dios no quiere que seamos "buenos" como una manera únicamente de publicitarnos ante los demás. La bondad de vida no es una apariencia que debemos representar al mundo como si fuera una obra de teatro en la que la representación no estaría sustentada en la verdad. Esa bondad de vida debe ser una realidad que esté inobjetablemente presente delante de Dios y que logrará para quien la vive el premio final: "Siervo bueno y fiel, entra a gozar de la dicha de tu Señor". Es este el reconocimiento más deseado para quien es bueno de raíz, y no únicamente cuando está siendo visto. Esto lo logra solo quien vive transparentemente delante de Dios y sabe que su vida está toda ella siempre presente delante de Él. Sabe bien que a Dios no lo puede engañar y por ello su bondad es el movimiento natural de su ser y es lo que ofrece desde sus manos limpias al Dios del amor.

viernes, 21 de febrero de 2020

Mi fe, si no la demuestro con las obras del amor, está muerta

Resultado de imagen de Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga

A los cristianos se nos presenta continuamente la alternativa crítica y pretendidamente opuesta entre la fe y las obras. Y, por supuesto, la oposición entre las consecuencias de ambas. Quienes siguen radicalmente la doctrina paulina defienden a rajatabla que solo la fe salva y que, por ende, las obras no añaden nada a la posibilidad real de salvación que tiene quien posee fe. Esta doctrina es asumida así, sin medias tintas por la teología protestante. Sola fidei, es su lema. La otra postura afirma que las obras sí salvan, pues son la demostración de la fe que se tiene. Quien no realiza obras no tiene fe, por lo tanto, no puede salvarse. Hemos dicho que ambas doctrinas son pretendidamente opuestas, porque en realidad no lo son. Son complementarias. Si leemos lo que aparece en la Escritura sobre ambas realidades, fe y obras, podemos concluir con toda seguridad que una no excluye a la otra sino que más bien son complementarias e incluyentes. San Pablo afirma: "Ustedes han sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no viene de ustedes, sino que es un don de Dios; tampoco viene de las obras, para que nadie se gloríe". Y añade: "El hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley". Y en referencia a la ley y sus obras, afirma: "La ley ha sido nuestro pedagogo hasta Cristo, para ser justificados por la fe." Según  esta doctrina de San Pablo, bastaría la fe para salvarse. Hay que entender bien, sin embargo, lo que quiere decir. Según su desarrollo, se está refiriendo a las obras que son realizadas solo movidos por un cumplimiento de la ley. Desde la venida de Cristo, que ha realizado la obra de la redención, esas obras promovidas por la ley no guardan ningún sentido, pues la misma ley ha sido superada por la obra redentora. Hay una nueva ley que es la ley del amor. Si la vida propia no se vive en el ámbito de la nueva ley del amor, no se ha entrado en la dinámica de la fe que ha venido a instaurar Jesús con su sacrificio. De esta manera, quien no vive su fe bajo la óptica de la nueva ley del amor establecida por Jesús en la redención, alcanzada con el derramamiento de su sangre, por muchas obras que realice, jamás obtendrá su salvación. Se ha quedado en la dinámica antigua y superada de la ley mosaica.

Es en esa línea que argumenta Santiago en su carta: "¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿ Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos del alimento diario y uno de ustedes les dice: 'Vayan en paz; abríguense y sáciense', pero no les da lo necesario para el cuerpo; ¿de qué sirve?" Las obras apuntan a la nueva ley del amor de Jesús: "Ámense los unos a los otros como yo los he amado". La fe de quien es seguidor de Jesús está toda ella sondeada por la caridad, que es el amor mutuo que lanza a realizar obras en favor del hermano, más aún, si éste es necesitado. Afirma tajantemente Santiago: "La fe, si no tiene obras, está muerta por dentro. Pero alguno dirá: 'Tú tienes fe, y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe'". Una fe que no se mueve hacia el otro, que no lanza hacia el hermano en función del amor, es una fe muerta. No tiene vida. Las obras que surgen del hombre que tiene fe y que se siente invadido por el amor, descubren lo que él vive, y por lo tanto sí le valen para su salvación. No salva la obra, ciertamente, como dice San Pablo. Salva la fe, que es demostrada por las obras del amor. Santiago insiste: "¿Quieres enterarte, insensato, de que la fe sin las obras es inútil? Abrahán, nuestro padre, ¿no fue justificado por sus obras al ofrecer a Isaac, su hijo, sobre el altar? Ya ves que la fe concurría con sus obras y que esa fe, por las obras, logró la perfección ...
Ya ven que el hombre es justificado por las obras y no solo por la fe." Una fe que no tiene obras no puede jamás salvar, pues le falta la expresión concreta del amor mutuo. No es fructífera y por lo tanto no se puede imputar salvación. La fe del cristiano nunca puede ser una fe de brazos cruzados, que no tienda hacia el hermano. La fe se sustenta en el mandamiento nuevo, cuyo resumen perfecto le hizo Jesús al maestro de la ley: Amar a Dios por encima de todo y amar al prójimo como a uno mismo. San Pablo afirmó: "La plenitud de la ley es el amor", o en una traducción diferente: "La plenitud de la ley es el amor". Así, queda establecido definitivamente que la fe que salva es la fe que se sustenta en las obras del amor, y no en sí misma. Sí es la fe lo que salva, de eso no hay duda. Pero las obras demuestran la fe que se tiene y que salvará solo si se demuestra con ellas.

El cristiano es responsable de su salvación. Debe asumir esa responsabilidad con seriedad, siguiendo las huellas de Jesús, imitando al Maestro, haciéndose su discípulo. Jesús asumió con la mayor responsabilidad la obra de salvación que le encomendó el Padre. Él fue encargado por el amor del Padre a salvar a la humanidad y lo cumplió con la máxima responsabilidad asumiendo todas las consecuencias, incluso las más negativas, como su propia muerte. Hizo su obra sin rehuir la tarea por las consecuencias que tendría. Y la invitación que nos hace es a seguir su ejemplo: "Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero y perder su alma? ¿O qué podrá dar uno para recobrarla?" Perder la vida por Jesús significa asumir todas las responsabilidades que implican el ser cristiano. El hombre de fe demuestra su fe con las obras. Esas obras son las de Jesús. Y si se trata de perder la vida, realizando las obras de Jesús, serán las obras que demuestren la fe y que lo llevarán definitivamente a la salvación. La fe no puede quedarse solo en el ámbito de la intimidad personal. Es un absurdo. La fe cristiana lanza a los hermanos. "Quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga con la gloria de su Padre entre sus santos ángeles". Quien pretenda vivir su fe oculto, escondido, sin expresión externa, estará poniendo en peligro su propia salvación, pues no tendrá las obras necesarias que reflejen la fe que posee. No hay oposición real, entonces, entre la fe y las obras. La fe salva, y se demuestra con las obras que se realicen, y que surjan desde el amor que sondea plenamente a la fe. Seamos, por lo tanto, hombres de fe y demostremos que lo somos realizando las obras del amor, las que nos lanzan al corazón de los hermanos.