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viernes, 18 de junio de 2021

San Pedro y San Pablo, pilares sólidos de la Iglesia

 Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» , XXI Domingo del Tiempo Ordinario  (Ciclo A) – Parroquia San Miguel

Contemplar nuestra historia de salvación, desde el principio, constatando cómo Dios mismo se convierte en el artista más delicado y amoroso con su obra, nos hace confirmarnos en que todo lo que va bellamente escribiendo el Creador solo busca un objetivo: cortejar al hombre, la criatura por la que se embarcó en esta aventura creadora, a la que ha hecho existir solo por su amor de expansión, en la búsqueda de que fuera solo suyo y poder derramar sobre él todo el bienestar y la felicidad que cupiera, que será siempre mucho más de lo inimaginable, pues proviene de la fuente inagotable de vida y de gozo que es Él mismo. En Dios no se pueden buscar nunca remilgos. Jamás encontraremos un arrepentimiento de haber sido el más generoso. Incluso cuando pudo haber pensado, con dolor, que el hombre en algún momento debía desaparecer por su infidelidad y su traición al amor, a pesar de las innumerables muestras del favor de Dios, o por sí mismo, o por aquellos que intercedía en favor de sus hermanos, cambiaba de parecer y daba paso a su misericordia y a su perdón. Siempre da una nueva oportunidad para el arrepentimiento y la conversión. Es este el primer paso para la serenidad de espíritu en el hombre. No hay como estar seguros de que existe un Dios que ama profundamente, que está siempre dispuesto al perdón, para Él no hay otro valor que el de la vida feliz de su criatura. En efecto, en esa historia de amor que Dios está siempre empeñado a escribir, nos encontramos con  personajes que han tenido una luminosidad clarísima al respecto. Y por haberlo asumido con la radicalidad y pureza de espíritu requerida, no solo estuvieron convencidos de ello, sino que lo vivieron en grado extremo. San Pedro es el primero de ellos, experimentando las maravillas del poder de Dios sobre él: "Las cadenas se le cayeron de las manos, y el ángel añadió: 'Ponte el cinturón y las sandalias'. Así lo hizo, y el ángel le dijo: 'Envuélvete en el manto y sígueme'. Salió y lo seguía, sin acabar de creerse que era realidad lo que hacía el ángel, pues se figuraba que estaba viendo una visión. Después de atravesar la primera y la segunda guardia, llegaron al portón de hierro que daba a la ciudad, que se abrió solo ante ellos. Salieron y anduvieron una calle y de pronto se marchó el ángel. Pedro volvió en sí y dijo: 'Ahora sé realmente que el Señor ha enviado a su ángel para librarme de las manos de Herodes y de toda la expectación del pueblo de los judíos'". Esta experiencia mística de liberación de Pedro de las cadenas que lo ataban, fue la prueba fehaciente de que su entrega, su disposición al sacrificio, su deseo de fidelidad intachable al Dios que lo había elegido, estaba por encima de todo para sentir el gozo de su compañía. No fueron suficientes los contratiempos con los que se topaba. Esos estaban allí, y seguirían siempre allí. El mérito, en todo caso era el de fidelidad. Solo al Señor había que dar la gloria.

En la misma línea destaca el otro gran apóstol de aquella Iglesia que nacía. En este sentido sus vidas son casi un calco una de la otra. La fidelidad extrema con la que asumió San Pablo su conversión en el Camino de Damasco representó para él una de las experiencias de transformación más dramáticas de la historia de la salvación. De perseguidor obcecado a los pertenecientes a la nueva 'secta' de los cristianos, arrestándolos para facilitar incluso su muerte. El Señor tenía la mira muy buen puesta sobre él. A Pedro lo había elegido para anunciar la salvación a los seguidores provenientes del judaísmo. A Pablo lo elige para asignarle una tarea mucho más amplia: el anuncio del amor de Jesús que se derramaba sobre todo aquel que viniera de la gentilidad, no del judaísmo, lo que ampliaba inmensamente el abanico de la salvación. Consciente de que esa tarea era ingente, la asume, atendiendo a su vez con todas las consecuencias. Este nuevo camino representaba el abandono de una vida anterior que lo llamaba a cosas muy distintas. Era una novedad absoluta en la que se sumía, llamado no a hacerse la ilusión de que las cosas materialmente fueran mejor. Le esperaban en el camino sufrimientos, dolores, persecuciones, azotes, burlas, e incluso la muerte. Y él lo sabía. Pero en atención a su elección, lo asumía con gravedad, e incluso con alegría, pues sabía que ese era el camino de su propia plenitud y la de los hermanos a los que era enviado. Eso bastaba: "Querido hermano: Yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente. He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe. Por lo demás, me está reservada la corona de la justicia, que el Señor, juez justo, me dará en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que hayan aguardado con amor su manifestación. Mas el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas para que, a través de mí, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todas las naciones. Y fui librado de la boca del león. El Señor me librará de toda obra mala y me salvará llevándome a su reino celestial. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén". Ciertamente, es enternecedora esta conciencia serena y pacífica que ha adquirido, solo motivada por su amor a Dios y a los hermanos a los que ha entregado toda su vida. De nuevo, se constata esta conciencia apostólica de postergarse a sí mismo, con tal de que brille siempre el amor de Dios. Era la seguridad de ellos, y no requerían nada más.

En ambos apóstoles, los personajes descollantes de la historia de la Iglesia que nacía, nos encontramos el modelo ideal que debemos asumir todos los cristianos. Seguramente nunca llegaremos a este grado supremo de convicción y de entrega. Pero no por ello debemos dejar de pugnar por avanzar en ese camino. No podemos pensar que por hacerlo obtendremos algún beneficio personal o egoísta. Quizás sea más bien lo contrario. En el camino de la fidelidad los escollos están allí. Los que cambiamos somos nosotros. No es el mundo el que cambiará en su empeño por oponernos a Dios. El nuestro debe seguir siendo el de convertir a ese mundo para que mire más a Dios, para que valore lo que Dios ha hecho, para que se entregue también a ese amor misericordioso y poderoso del Señor. Esa debe ser nuestra tarea, en el entendido que hemos comprendido el requerimiento del amor, y que lo hemos puesto por encima de nuestra propia vida, pues es mucho más valioso de lo que poseemos. Al elegir a Pedro como el jefe del grupo de los apóstoles, y consecuentemente, de la Iglesia que está fundando como instrumento de salvación para todos los hombres, está poniendo a un hombre débil, pescador, pudiéramos decir ignorante de las cosas de la fe, pero que fue capaz de identificar la esencia pura del Hijo de Dios, el esperado de las naciones, por el cual suspiró toda su historia el pueblo de Israel, el elegido, por lo cual en esa convicción profunda Jesús se 'arriesgó'. Miró más al hombre de fe, que había sucumbido ante la verdad más luminosa de la historia, para encargarlo de la tarea más majestuosa: la salvación del hombre y del mundo: "En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: '¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?' Ellos contestaron: 'Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas'. Él les preguntó: 'Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?' Simón Pedro tomó la palabra y dijo: 'Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo'. Jesús le respondió: '¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos'". Su elección sobre Pedro, refrendada en este momento de gloria eclesial, y el envío de Pablo a los gentiles, inauguran el nuevo orden establecido por Jesús para la Iglesia. El ejemplo de entrega de ambos, son el modelo de entrega para todos los cristianos. Es el mismo caminar que debemos asumir. Ese nuevo orden nos dice que ya no somos los mismos. Que somos hombres nuevos en las manos de Dios. Es ese el mejor lugar en el que nos podemos colocar, pues en ningún otro podremos encontrar nuestro alivio, nuestro sosiego, nuestro descanso. Debe ser nuestro futuro, pues es el regalo de amor que nos tiene reservado nuestro Dios de amor para toda la eternidad.

domingo, 13 de junio de 2021

Jesús es el único Sembrador y Salvador. Nosotros, sus instrumentos

 El Reino de Dios se parece a lo que sucede cuando un hombre siembra la  semilla en la tierra – Arquidiócesis de Tijuana

Cuando Dios elige a Abraham para que fuera el padre de naciones, convocándolo a dejar sus tierras y sus posesiones, en una petición inusitada que seguramente el Patriarca no se esperaba de ninguna manera, deja claramente revelada su intencionalidad comunitaria en la elección. El hombre, en su esencia es reflejo de la íntima vida comunitaria divina y esa condición queda reflejada en la expresión clara de Yahvé al crear al hombre: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza". El hombre no es un ser individual, aunque tenga su condición unitaria. El hombre es un ser social, pues está en la razón de su origen, tal como lo es Dios desde toda la eternidad. Por ello, querer deshacerse de esa condición natural es un total absurdo. Dejar de ser hombres sociales, es básicamente dejar de ser hombres. Esto, en la historia de la salvación, tiene consecuencias definitivas. Al estar en aquella raíz original jamás podrá faltar. Y como en todas las actuaciones de Dios, todo cobra sentido por su intencionalidad final: la elección del personaje individual, como en todas las Escrituras antiguas y nuevas, apunta a algo más. Dios nos dice que ellas deben marcar una pauta para el futuro, que al fin y al cabo apunta a los beneficios que Dios quiere seguir derramando. Estas elecciones descubren una intención final y definitiva. En ellas podemos tener un atisbo claro de la Iglesia, comunidad de salvación que Cristo establecerá para hacer llegar a todos los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares, esa salvación que ha logrado con su obra de rescate: "Esto dice el Señor Dios: 'También yo había escogido una rama de la cima del alto cedro y la había plantado; de las más altas y jóvenes ramas arrancaré una tierna y la plantaré en la cumbre de un monte elevado; la plantaré en una montaña alta de Israel, echará brotes y dará fruto. Se hará un cedro magnífico. Aves de todas clases anidarán en él, anidarán al abrigo de sus ramas. Y reconocerán todos los árboles del campo que yo soy el Señor, que humillo al árbol elevado y exalto al humilde, hago secarse el árbol verde y florecer el árbol seco. Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré". Esa nueva comunidad de la Iglesia que Jesús fundará en el futuro tendrá la tarea crucial de llevar a todos la salvación. Y lo hará en las mismas condiciones que lo hará Jesús: desde la humildad, el servicio, la entrega de sus miembros, conocedores de su responsabilidad. 

Para que esta nueva comunidad de salvados, la Iglesia, ejerza de la mejor manera su misión, debe asumir desde su modelo, Jesús, sus cualidades y características. Él la realizó desde la humildad y la entrega, sin renunciar a las exigencias propias de lo que la otra parte del pacto debía también asumir. Sin duda, la creación de la Iglesia es un gesto de amor infinito, pues el objetivo es el de que todos los beneficios sean derramados sobre los hombres. Pero, como es natural, debe ser también asumido con la buena disposición por los integrados a la comunidad. Por un lado, abriéndose cada uno a la salvación que Dios regala, y al mismo tiempo, haciéndose activo en la actuación de esa nueva comunidad en favor de los hermanos. Quien no cumpla, tal como el árbol que no dé fruto, será echado fuera. Por el contrario, quien se integra con alegría e ilusión, obtendrá la salvación y la alcanzará para los suyos: "Hermanos: Siempre llenos de buen ánimo y sabiendo que, mientras habitamos en el cuerpo, estamos desterrados lejos del Señor, caminamos en fe y no en visión. Pero estamos de buen ánimo y preferimos ser desterrados del cuerpo y vivir junto al Señor. Por lo cual, en destierro o en patria, nos esforzamos en agradarlo. Porque todos tenemos que comparecer ante el tribunal de Cristo para recibir cada cual por lo que haya hecho mientras tenía este cuerpo, sea el bien o el mal". La vida de la Iglesia es vida de profunda actividad. Es incansable, por cuanto llama al abandono de la pasividad, ya que se encuentra en juego no solo la propia salvación, sino la de todos los hermanos a los que la comunidad pueda alcanzar. Saberse responsable de la condición eterna que podrán alcanzar nuestro hermanos, debe bastar para abandonar el inmovilismo, si hemos sido convencidos de que nuestro rescate ha sido motivado solo por el amor infinito que Dios nos tiene a todos. Es la siembra que Jesús ha realizado como sembrador de su Reino en el mundo, y que necesariamente debe dar fruto en todos. Y Él nos ha asociado a esa obra de siembra, aunque realmente el único que realiza la siembra sea Él. A nosotros nos asocia, como miembros de su Iglesia, instrumento de salvación eterna.

En efecto, la Iglesia, comunidad de elegidos y convocados, y de enviados al mundo para anunciar el evangelio de salvación, tiene su tarea muy específica. En el reconocimiento de que existe un solo Salvador y un solo Sembrador, y asumiendo la humildad de su tarea de anuncio y de instrumento de salvación del mundo entero, está su gala y su orgullo. El cumplimiento tesonero y responsable de esa tarea le asegura el sentido de su existencia. Dios, a través de Jesús, seguirá realizando su obra amorosa de salvación. Pero requiere de esa comunidad de salvados que se convierte en antena y vector de salvación para todos los hombres. La Iglesia ha sido enriquecida con todos los bienes que necesita el mundo para salvarse. A través de ella, vivimos en una comunidad estructurada, que nos asegura seguir la Verdad de Dios, que nos pone bajo la cascada que nos baña de vida eterna, de santidad y de gracia, y que nos ilumina con la experiencia de vida que sabemos que es nuestro mayor tesoro y que nos hará llegar a la vida eterna feliz e inmutable: "En aquel tiempo, Jesús decía al gentío: 'El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega'. Dijo también: '¿Con qué compararemos el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después de sembrada crece, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden anidar a su sombra'. Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos les explicaba todo en privado". Todo está en las manos de Dios, y nadie puede arrebatárselo. Sería pretencioso. El único Salvador es Él. Y en sus manos están todos los destinos. Nosotros, desde la humildad que nos debe caracterizar, solo debemos ponernos a su disposición absoluta. Y esa será nuestra salvación y la que procuraremos para nuestros hermanos.

sábado, 8 de mayo de 2021

Sin el Espíritu Santo, alma de la Iglesia, somos un cuerpo muerto

 El Periódico de México | Noticias de México | Columnas-VoxDei | "Si el mundo  os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros"

San Lucas, en los relatos de los primeros pasos de la Iglesia que se iba expandiendo por todo el mundo conocido, va dando parte de la acción de cada uno de los apóstoles, centrando su mirada, primero, en Pedro, el primer Papa, y luego en Pablo, el elegido por Jesús para ser su anunciador en tierras de gentiles. Es muy llamativo que hasta este relato de los pasos que van dando, en los que van estableciendo comunidades, iglesias cristianas, con la alegría de los conversos, todo es narrado en tercera persona, como de alguien que ha recibido noticias que simplemente está transmitiendo, por supuesto, con la alegría de servir como multiplicador para el conocimiento de las maravillas que iba haciendo Dios por medio de los enviados, tal como el mismo Lucas lo anuncia en la introducción de su libro. Y lo llamativo es que desde la llegada a Tróade y la visión sobre el macedonio que pide que sus tierras sean visitadas, el relato pasa a ser hecho en primera persona, lo cual indica que desde esos momentos el relator no es un simple narrador de acontecimientos de los cuales va teniendo conocimiento, sino que va narrando ahora lo que él mismo va constatando en su experiencia personal junto a Pablo. La experiencia personal de Lucas va en aumento, pues de ser un narrador de sucesos, pasa a ser actor directo e incluso protagonista. Lo que narrará de ahora en adelante será lo que vivirá personalmente, y lo que experimentará en carne propia. Es un itinerario muy significativo y clarificador, por cuanto nos da a todos una indicación de cómo debemos también nosotros avanzar en nuestra experiencia personal de renovación en el amor, hasta llegar a vernos involucrados esencialmente en ella, en primera persona, para ser verdaderos y legítimos instrumentos en el anuncio de la mejor noticia que puede recibir la humanidad.

La primera y más importante constatación que hacen los enviados es la de la presencia del Espíritu como alma, inspirador y guía de los pasos de esa comunidad de salvación que es la Iglesia. Sin la presencia del Espíritu como vitalizador de esa comunidad, todo quedará simplemente en una experiencia entusiasmante para los anunciadores y en palabras muy hermosas para los que las oigan. Pero sin trascendencia. Si la obra de aquellos primeros anunciadores tuvo alguna trascendencia y logró el cambio en tantas personas que los oían, no era solo por la contundencia de sus palabras, sino por la obra del Espíritu que los impulsaba, los sostenía, los inspiraba, y hacía que el corazón de los oyentes se moviera a aceptarlo. El Espíritu es el alma de la evangelización e indicará qué es lo que hay que decir y dónde y cuándo debe ser dicho. Por eso vemos cómo llega incluso a impedir la entrada en algunas poblaciones y encaminarlos hacia otras. Él tiene muy claro lo más conveniente y los tiempos ideales para realizarlo: "Las iglesias se robustecían en la fe y crecían en número de día en día. Atravesaron Frigia y la región de Galacia, al haberles impedido el Espíritu Santo anunciar la palabra en Asia. Al llegar cerca de Misia, intentaron entrar en Bitinia, pero el Espíritu de Jesús no se lo consintió. Entonces dejaron Misia a un lado y bajaron a Tróade. Aquella noche Pablo tuvo una visión: se le apareció un macedonio, de pie, que le rogaba: 'Pasa a Macedonia y ayúdanos'. Apenas tuvo la visión, inmediatamente tratamos de salir para Macedonia, seguros de que Dios nos llamaba a predicarles el Evangelio". Esa presencia del Espíritu, que inspira la acción de la Iglesia, sigue siendo activa hoy, cuando vemos que va inspirando carismas nuevos que hacen falta en un mundo necesitado, y va lanzando hombres y mujeres como misioneros que se ponen dócilmente a su disposición para lograr llegar a cada vez más hermanos en el mundo.

Nuestro mundo necesita cada vez más de la presencia del amor, de la verdad, de la paz y de la justicia. Debemos cuidarnos mucho de no absolutizarlo, tal como nos pone sobre aviso el mismo Jesús, sin confundir ni concluir en un error al demonizar al mundo, como algo esencialmente malo. Si así fuera no querría Jesús que fuera conquistado para el amor: "Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda la creación". Lo que quiere Jesús es que el mundo sea el coto para el Reino de Dios que Él ha venido a establecer. Y cada cristiano es un enviado para lograrlo, en medio de todas las posibles contradicciones que se puedan encontrar en la misión: "Si el mundo los odia, sepan que me ha odiado a mí antes que a ustedes. Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya, pero como no son del mundo, sino que yo los he escogido sacándolos del mundo, por eso el mundo los odia. Recuerden lo que les dije: 'No es el siervo más que su amo'. Si a mí me han perseguido, también a ustedes los perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la de ustedes. Y todo eso lo harán con ustedes a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió". Es el Espíritu la fuerza de esa comunidad de salvación. El mundo no es malo esencialmente, pues su origen es el amor de Dios por el hombre, al que se lo ha entregado para que sea su casa. Ese mundo, con todo lo natural que el mismo Dios creador ha puesto en él, con todas sus criaturas y todos los seres inanimados, con todo lo que lo conforma, ha sido puesto en las manos del hombre para que se sirva de él y avanzar en su camino hacia la plenitud. Es un mundo que ha avanzado tecnológicamente y en la conformación de instituciones que facilitan la vida social. En ese mundo, la Iglesia tiene que dar su aporte para sembrar en él las semillas de la verdad, del amor y de la justicia. Y lo logrará si cada uno de nosotros, discípulos del Señor, nos dejamos inspirar e impulsar por el Espíritu de Dios, que es quien nos mantiene vivos y nos llena de fuerzas e ilusión para cumplir nuestra tarea.

miércoles, 5 de mayo de 2021

La Iglesia está viva porque está unida a Cristo que vive eternamente

 Sin mí no podéis hacer nada - ReL

La Iglesia, que nace como instrumento de salvación de Jesús para el mundo, es la estructura humano-divina que establece el Señor para hacer llegar a todos los rincones de ese mundo los efectos de su obra de amor para rescatar al hombre. De no haber sido fundada por su voluntad expresa, -"Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda la creación... Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia"-, la Verdad del amor salvífico de Dios hubiera quedado restringida a unos pocos, limitados totalmente en el tiempo y en el espacio. Porque Cristo fundó la Iglesia, la envió al mundo entero y la hizo un ser vivo con el envío de su Espíritu, que es su alma, hoy el Evangelio es conocido y vivido en todo el mundo y sigue siendo proclamado en todas partes. De esto fueron conscientes los apóstoles y los primeros discípulos, que entendieron perfectamente la obligación de la tarea que el Señor ponía en sus manos. En un primer momento se entregaron de lleno a procurar la conversión de los más cercanos, los que venían del judaísmo y los que se acercaban al Dios de Israel como prosélitos provenientes de la gentilidad, es decir, no originarios del pueblo elegido. Posteriormente, impulsados por el Espíritu y dóciles a sus inspiraciones, abrieron el abanico a nuevas tierras, las de los gentiles, donde se encontraban a gente entusiasmada que recibía con alegría la noticia del amor y de la salvación de Dios. Al ser una sociedad humano-divina, se percataban de la presencia del mismo Dios en esta obra de anuncio, y aceptaban con naturalidad la actuación divina, pero también adolecían de esa carga humana que en ocasiones se tornaba oscura, en su imperiosa necesidad de destacar imponiendo criterios personales que poco denotaban una cercanía a las disposiciones divinas. Por ello, a pesar de que la Iglesia crecía y se expandía, y de que vivía en general un clima de paz, la componente humana, marcada por egoísmos, vanidades y ventajismos, dejaba también su impronta. Es un mal que al parecer nunca podremos superar ni extirpar de una sociedad como la Iglesia que mantiene su componente esencial humano.

De esa manera, nos encontramos en la historia de esa Iglesia que nacía y que se desarrollaba en general en armonía, con episodios en los que constatamos crisis que tenían que ser enfrentadas y resueltas. Es admirable cómo, en medio de una comunidad claramente humana, destaca sobre todo la docilidad de los principales responsables a las inspiraciones divinas. En primer lugar en el reconocimiento de la autoridad que reposaba sobre los primeros elegidos y enviados por Jesús al mundo, y en segundo lugar, en la aceptación por parte de los "subordinados" de la palabra y la decisión de los primeros. En toda sociedad humana debe haber principales que iluminan la conducta de la entera comunidad. En este caso de la Iglesia naciente, se añade además la subordinación a la autoridad suprema que es el mismo Dios. Por ello, con toda naturalidad, cuando se presenta un conflicto en el discernimiento de la conducta a seguir con los gentiles, recurren a la autoridad de los apóstoles primeros, y se convoca de esa manera a la realización de un concilio, el primero de toda la historia de la Iglesia: "En aquellos días, unos que bajaron de Judea se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban conforme al uso de Moisés, no podían salvarse. Esto provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé; y se decidió que Pablo, Bernabé y algunos más de entre ellos subieran a Jerusalén a consultar a los apóstoles y presbíteros sobre esta controversia. Ellos, pues, enviados por la Iglesia provistos de lo necesario, atravesaron Fenicia y Samaría, contando cómo se convertían los gentiles, con lo que causaron gran alegría a todos los hermanos. Al llegar a Jerusalén, fueron acogidos por la Iglesia, los apóstoles y los presbíteros; ellos contaron lo que Dios había hecho con ellos. Pero algunos de la secta de los fariseos, que habían abrazado la fe, se levantaron, diciendo: 'Es necesario circuncidarlos y ordenarles que guarden la ley de Moisés'. Los apóstoles y los presbíteros se reunieron a examinar el asunto". La autoridad suprema era la de Dios. Pero Él la había delegado en su Iglesia a los primeros apóstoles, asistidos directamente por su iluminación. La decisión correspondía a la autoridad, y todos debían someterse a ella, por muy genial que pareciera la idea propia.

El secreto de la solidez de esa autoridad estaba en la conciencia de unión que tenían no solo entre ellos, sino con Dios. Sería absolutamente vacua si no tuviera un sustento superior que el simplemente humano. Estaban muy conscientes de que existían por un expreso deseo divino y de que se mantenían en vida por la voluntad de Dios. Despegarse de esa fuente de vida será su desaparición. A lo largo de la historia ha quedado demostrado que quien se separa de la Iglesia se pierde en el abismo de la oscuridad y se aleja de la salvación. Lo sentenció Cristo con la alegoría de la vid y los sarmientos. Si es una realidad que afecta al hombre personalmente, también lo afecta como miembro de la comunidad de la Iglesia. El hombre es un ser social, y como tal, al pertenecer a la Iglesia, todo lo que le afecte a ella también a él le afecta, y viceversa, todo lo que a él le afecte, afecta a la Iglesia: "Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no pueden hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que desean, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que den fruto abundante; así serán discípulos míos". En el nivel personal se cumple estrictamente esta palabra de Jesús. Cada cristiano, para permanecer con vida, debe estar unido esencialmente a Jesús como a la fuente de la vida. Y también la Iglesia, para seguir siendo la sociedad que salva al mundo, debe hacerlo con la conciencia de que su propia vida dependerá siempre de estar unida a quien es la razón de su existencia. Una Iglesia sin unión con Cristo es una sociedad muerta. Una Iglesia unida vitalmente a Jesús, es una sociedad viva, que lleva la vida de Dios a los hombres.

domingo, 23 de agosto de 2020

Pedro es la piedra sobre la que Cristo funda su Iglesia, hoy y para siempre

 Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” – Arquidiócesis de Tijuana

La Cristología es la disciplina de la teología que estudia la figura de Jesús, su mensaje y sus obras. Puede ser hecha abarcando su ser desde la eternidad, partiendo por lo tanto de su existencia eterna, pasando por su encarnación y su vida terrena, contemplando su momento culminante en la pasión, muerte y resurrección, y finalizando con la mirada puesta en su gloria recuperada al ascender a los cielos. O puede hacerse tomando el camino inverso, retrocediendo desde su existencia pascual después de su resurrección y contemplando los pasos que dio hasta llegar a ella, influyendo por lo tanto en la vida de cada hombre con la mirada puesta en la finalidad que perseguía desde el principio, que es la liberación y la redención del hombre que había sido ganado por el pecado. De ese modo, la Cristología puede ser ascendente, la que apunta al final con la glorificación en la ascensión, o descendente, la que apunta al rebajamiento del Hijo de Dios para llevar consigo al final a los hombres. Un ejemplo típico de esta Cristología ascendente es la que tenemos en el cántico cristológico de la Carta a los Filipenses: "Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el 'Nombre-sobre-todo-nombre'; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre". Es como el ciclo que dice la Sagrada Escritura que debe ser cumplido por la lluvia y la nieve: "Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, para que dé simiente al sembrador y pan para comer, así será mi palabra, la que salga de mi boca, que no tornará a mí vacía, sin que haya realizado lo que me plugo y haya cumplido aquello a que la envié". Jesús es, en todo caso, el enviado por el Padre que ha descendido desde su trono de gloria infinita y eterna para realizar la misión de rescate del hombre perdido, que ha aceptado con sumisión y libertad plenas la tarea, y que se ha entregado totalmente por ella, hasta morir y recuperar su vida, volviendo a la gloria que le pertenecía desde el principio de los tiempos.

Esta realidad de la vida de Jesús, de su existencia eterna, de su obra de redención, de su pasión y su muerte, de su resurrección y glorificación, estaba ya anunciada desde antiguo en la Palabra de Dios. Él es el "descendiente de la mujer que pisará la cabeza de la serpiente", es el hijo de "la joven que esté encinta y dará a luz un hijo al que pondrán por nombre Emmanuel", es aquel siervo sufriente de Yahvé que sufrirá lo indecible pero al que "no le partirán un hueso", por cuyas heridas "hemos sido curados". En el Antiguo Testamento se fue haciendo cada vez más clara la presencia futura de aquel Mesías redentor, enviado por Dios, para la liberación de Israel, por lo cual en las mentes y en los corazones de los israelitas se consolidaba cada vez más una actitud de expectativa y de esperanza en que la promesa de ese personaje se cumpliera plenamente. Y "llegada la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para liberar a los que estaban sometidos a la ley", Jesucristo, el Señor, el Mesías, el Redentor. En Él se cumplía perfectamente la promesa realizada por el Padre, y sus palabras y sus obras no hacían sino confirmar la presencia entre los hombres de aquel personaje que había sido anunciado. En su etapa terrena se hizo acompañar por ese grupo privilegiado de doce hombres que serían testigos de todo lo que decía y hacía. Y para ellos fue progresiva la revelación final de quién era Él, de modo que fueron aceptando, no sin dificultades, que este era el personaje por el que suspiraba tanto tiempo el pueblo. Avanzada en algo su estancia entre ellos, Jesús mismo quiso hacer una especie de balance de su gestión, averiguando lo que se pensaba sobre Él: "Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: '¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?'" Era importante saber hasta ese momento, mediante un sondeo entre sus más cercanos, cómo iba siendo aceptada su figura y quién pensaba la gente que fuera: "Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas". Podemos suponer la decepción de Jesús al escuchar esto, pues no era ninguno de ellos. Por ello, se va en barrena directamente preguntando a los mismos discípulos: "Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?" La respuesta de Pedro es verdaderamente sorprendente por lo ajustada a la realidad: "Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo". Es una respuesta teológicamente perfecta. Y es sorprendente sobre todo viniendo de quien no tenía casi ninguna formación. Por ello no puede sino recibir de Jesús la mayor de las alabanzas: "¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos". Pedro ha sido tomado por el Padre como instrumento de revelación para todos sobre quién es Jesús en su identidad más profunda.

La respuesta de Pedro, que seguramente después de la alabanza de Jesús hicieron propia todos los demás discípulos, le atrajo no solo una alabanza sentida de Jesús, sino el anuncio de la responsabilidad mayor que tendrá en la obra de consolidación del rescate de la humanidad que deberá ser llevada adelante cuando Jesús sea glorificado: "Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos". Pedro será la roca sobre la que descansará la Iglesia, que es el instrumento de salvación que instituirá Jesús para la salvación de los hombres de siempre, los contemporáneos y los futuros, por lo que se puede colegir que esa figura de piedra fundamental no terminaría con su muerte, sino que se mantendría sobre los nuevos "Pedros" que fueran encargados de esta tarea. De allí el carácter de fe que tiene la figura del Papado, que deberá existir mientras dure la Iglesia de Cristo. No puede ella quedar sin su fundamento rocoso. Cada Papa es Pedro, piedra sobre la que estará sustentada la Iglesia hasta el fin de los tiempos. La presencia de ese Pedro que trasciende lo temporal propio, de alguna manera estaba ya también anunciada anteriormente: "Le vestiré tu túnica, le ceñiré tu banda, le daré tus poderes; será padre para los habitantes de Jerusalén y para el pueblo de Judá. Pongo sobre sus hombros la llave del palacio de David: abrirá y nadie cerrará; cerrará y nadie abrirá. Lo clavaré como una estaca en un lugar seguro, será un trono de gloria para la estirpe de su padre". Es un elegido de Jesús que llevará adelante su misma obra. Por eso puede ser llamado con toda propiedad "Vicario de Cristo", es decir, el que hace las veces de Cristo. Muy bellamente lo llamó Santa Catalina de Siena: "El Dulce Cristo en la tierra". Esa figura de Jesús que hará la obra de la salvación y que se ocupa de la salvación de todos los hombres nos descubren a un Dios que sobrepasa cualquier expectativa de amor. Es un Dios que está más allá de la mayor bondad que podemos imaginar, más allá del mayor amor que podemos suponer, más allá del mayor poder que podemos presenciar. Ante Él, no podemos sino admirarnos: "¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! En efecto, ¿quién conoció la mente del Señor? O ¿quién fue su consejero? O ¿quién le ha dado primero para tener derecho a la recompensa? Porque de Él, por Él y para Él existe todo. A Él la gloria por los siglos. Amén". Es el sentimiento y la convicción que debemos tener todos los beneficiados de la obra redentora. Nuestro Dios es un Dios que nos ama con amor eterno, que se ocupa de nosotros, de cada hombre y de cada mujer de la historia, que no nos ha dejado a nuestra suerte sino que nos ha regalado todo su amor y se ha encargado muy bien de dejarnos una roca sólida en la que fundamentarnos para no caer en el vacío total. Es el Cristo que ha venido desde lo alto rebajándose al máximo para tomarnos y llevarnos a su gloria eterna.