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lunes, 5 de julio de 2021

La carne del hermano es la carne de Cristo

 Trae tu mano y métela en mi costado (Jn 20,19-31)

Las experiencias que viven los apóstoles en la presencia del Salvador, en sus encuentros con Él, que les van dando la idea auténtica sobre quién es Él, sobre la tarea que viene a cumplir asumiendo la misión que le ha encomendado el Padre, que es nada más y nada menos que la restitución del mundo al orden original que existía, abriendo de nuevo la perspectiva de la filiación divina establecida y perdida por el pecado del hombre, pero que ha asumido con el mayor agrado, pues es el fin al que se dirige la humanidad entera por designio divino, ya que es la meta final a la que debe dirigirse. Esta experiencia, siendo paulatina en los años en los que cada uno de los apóstoles fue elegido para formar parte de ese grupo de privilegiados, necesariamente tuvo que ser así, pues era urgente que esas experiencias quedaran bien asentadas en el alma y en el corazón de cada uno de ellos. Así podían tomar en toda su profundidad esa condición de esencialidad. Por ello, Jesús toma con delicadez esta tarea, de modo que sus apóstoles fueran adquiriendo con cada vez mayor solidez también su propia elección. Con ellos había una intencionalidad muy concreta. No eran simplemente unos elegidos fortuitos, sino que sobre ellos descansaría la principal responsabilidad: la de la salvación del hombre y del mundo. No era despreciable, por tanto, todo esfuerzo que se pudiera hacer en función de esa ansiada solidez. El empeño de Jesús es totalmente razonable, pues buscaba que ellos fueran roca firme sobre la cual se asentaba el futuro de la humanidad, y concretamente, el de la Iglesia, el instrumento de salvación que fundaría para su obra salvífica del hombre y del mundo.

Esta toma de conciencia de los apóstoles, siendo paulatina y progresivamente más sólida, se da, principalmente en la convicción de la asunción, por parte del Hijo de Dios, de una carne que lo hace uno más de entre los hombres. Es Dios, y es eternamente Dios. Nunca dejará de serlo pues es su primera naturaleza, pero añade a esa condición la de hombre, lo cual es una ganancia de la experiencia de ese Hijo amado del Padre. Más que un lastre al que decide atarse, es el modo de estar tan cercano al hombre, que pasa a formar parte de él. Ya nunca más podrá separarse de eso. De ahí que en esa condición, desde esa carne humana, invita a toda la humanidad a percatarse de que esa carne sagrada asumida por el Hijo de Dios, es carne también divina que debe ser asumida como esencial en el proceso de salvación. Ese encuentro de Jesús con el apóstol Santo Tomás no es simplemente el encuentro de dos amigos, sino que es el anuncio nuevo de que toda carne, como la del Verbo encarnado, es sagrada. Por ello Jesús se acerca para dejarse tocar, como lo había exigido Tomás. Se trata de tener tanta delicadeza de espíritu que se llega a ser capaz de no quedarse solo en la evidencia de lo que está a la vista, sino en ampliar la mira para descubrir que en esa carne que se toca está cada hombre y cada mujer de la historia. La carne del hermano es la carne de Jesús que se entrega por ellos. Por ello es terreno que debe ser pisado con toda reverencia: "Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: 'Hemos visto al Señor'. Pero él les contestó: 'Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo'. A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: 'Paz a ustedes'. Luego dijo a Tomás: 'Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Contestó Tomás: '¡Señor mío y Dios mío! Jesús le dijo: '¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto'". La comprensión de esta verdad fundamental de nuestra fe, produce inmediatamente la paz en el corazón de los apóstoles, tal como el regalo de amor que da Jesús a sus creyentes. "Paz a ustedes", es la añoranza de todos los discípulos de Cristo. Es a cada uno a quien nos invita Jesús a rescatar esa paz que nos llena de amor y de serenidad.

Hacia esa meta de paz y de sosiego en Dios, debemos dirigirnos sin dudarlo un instante. Fue esta la clave de lo que vivieron los apóstoles y que supieron transmitir a todos los que se decidían a ser discípulos de Señor. Vivir en la paz y en el sosiego que se da cuando se sabe que se está en la presencia del dador de todos los bienes, el que nos promete el alivio y el consuelo en cada una de nuestras circunstancias vitales, por lo cual no debemos preocuparnos en exceso por el qué se vivirá cada día, pues "a cada día le basta su agobio", aunque sí tengamos el deber de hacer nuestra parte, pues no estamos llamados a la pasividad ni al inmovilismo, debe ser vivida en plenitud. Apuntar a mayores y no quedarnos en lo mínimo. La cantidad de beneficios con los que somos enriquecidos nos deben hacer caer en la cuenta de que nuestro destino es superior a lo que ya estamos viviendo, con toda la carga de alegría y de satisfacción que ya tiene. El crecimiento exponencial de lo bueno, es superior a lo que en ningún momento nos podemos imaginar. Dios no se deja ganar jamás en generosidad. Y nosotros ni siquiera deberíamos intentar encontrar algo mejor, pues nunca lo encontraremos, y del esfuerzo nos quedará solo el cansancio: "Hermanos: Ustedes ya no son extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios. Ustedes están edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por Él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por Él también ustedes entran con ellos en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu". Es una edificación que tiene las bases más firmes y sólidas que pueden existir. Son los elegidos del Señor, sobre los cuales Él ha hecho descansar el futuro de la humanidad hasta el fin de los tiempos. Ellos son las piedras sobre la que se funda la Iglesia.Y nos indican el camino que debemos seguir todos. Él los ha puesto como nuestro referencial, para que sepamos cuál es el camino que también a nosotros nos toca transitar. Ellos son las piedras sólidas. Nosotros somos sus seguidores, siendo seguidores de Jesús nuestro Maestro y nuestro Salvador. Unidos a ellos, estamos seguros de que estamos unidos a Jesús. Y solo allí tendremos nuestra solidez y nuestro sosiego.

miércoles, 2 de junio de 2021

Hemos sido creados para estar vivos eternamente en el amor y la felicidad

 No es Dios de muertos, sino de vivos» – Reporte Católico Laico

La vida del hombre sobre la tierra es un verdadero misterio. Los avatares por los que pasa nos confirman cada vez más que nuestras realidades son cambiantes, y que incluso en ocasiones, son inexplicables. Tan pronto estamos en excelentes condiciones humanas y materiales, y súbitamente se transforman en tragedias dolorosas a las que no les encontramos sentido y nos dejan totalmente perplejos. Es cierto que muchas veces esos momentos duros los atraemos nosotros mismos con nuestra mala conducta, al alejarnos de la voluntad divina y de su amor, pretendiendo ser totalmente autónomos, dándonos a nosotros mismos las categorías de conducta, en el pensamiento errado de que lo que nos proponemos nosotros sea mejor de lo que nos propone nuestro Creador, que no puede ser jamás superado en la procura de nuestro bien, en su voluntad de amor hacia nosotros. El servirnos a nosotros mismos o a nuestros ídolos, nos nubla el entendimiento, nos llena de soberbia y de egoísmo, nos hace vanidosos y nos encierra en una perspectiva única que cierra toda posibilidad a abrirse a otras superiores como son las divinas, que jamás podrán ser superadas para procurarnos el bien que Dios desea para nosotros. Pero en otras ocasiones el dolor y la tragedia se presentan fortuitamente, gratuitamente, sin explicación posible de una causa razonable. Muchos hombres fieles sufren penurias en la persecución, en la burla, en el dolor, en el desasosiego, en la desesperanza. Y eso trae como consecuencia que la perspectiva se haga oscura, haga daño, pues no se ve en el horizonte una prenda en la que se pueda agarrar para sostenerse en la debilidad. En la primera categoría, cuando el hombre cae en la cuenta de su error, probablemente para la víctima sea ya tardía la reacción, aunque Dios abrirá siempre la puerta para el sosiego, pues Él jamás abandona a los suyos porque los ama infinitamente y quiere su salvación y su paz. Pero en la segunda categoría, el fiel que mira hacia lo alto y sabe que su Dios jamás lo abandonará, se funda sólidamente en esa confianza, y en medio de la penumbra de esa noche oscura, es capaz de descubrir la esperanza y la ilusión en el Dios del amor que sabe que no lo dejará sin recompensa, ahora o en la vida futura. La fidelidad nunca deja de ser compensada, al menos en la confianza de que se sigue estando en las manos del Señor. Para quien ha perdido toda perspectiva, lo más natural es acercarse al único que ofrece esa posibilidad. Alejarse de ella es quedarse con las manos y con el corazón totalmente vacíos.

En nuestra historia de salvación, las historias en esta línea son innumerables. Nos encontramos con personajes fieles, maltratados por sus experiencias, al igual que con otros que deciden alejarse de Dios y servir al mal. Nos sorprendemos cuando descubrimos que a los malos les va bien y a los buenos les va mal. Es parte de ese misterio que es nuestra propia vida. Lo cierto es que esto no es siempre ni totalmente verdad. Quisiéramos que todo fuera de maravilla pero no es así. Es un misterio que no colide con el misterio divino, inexplicable en sí mismo, por el cual nuestra vida, la de sus criaturas, no puede jamás alejarse de esa condición misteriosa esencial, pues ha surgido de quien es en sí mismo el misterio mayor. Ante esto debe estar presente en nuestra conciencia la claridad de nuestro origen, y la razón última de nuestra existencia. Hemos surgido del amor de Dios y Él nos sostiene en la vida para que lleguemos a la felicidad plena cuya meta es el mismo amor. Si no fuera así, no tiene ningún sentido nuestra existencia y nuestra esperanza. Es la perspectiva de los que se mantienen fieles a Dios por encima de todas las circunstancias, positivas o negativas, que puedan vivir. Fue la experiencia de Tobías, personaje emblemático del Antiguo Testamento, y de Sara, su mujer asediada por el demonio Asmoneo, pero que en su deseo de ser fieles a Dios, a pesar de las tentaciones de abandono, decidieron mantenerse firmes en su confesión de fe y de confianza en Dios: "(Dijo Tobías) Eres justo, Señor, y justas son tus obras son justas; siempre actúas con misericordia y fidelidad, Tú eres juez del universo. Acuérdate, Señor, de mí y mírame; no me castigues por los pecados y errores que yo y mis padres hemos cometido. Hemos pecado en tu presencia, hemos transgredido tus mandatos y Tú nos has entregado al saqueo, al cautiverio y a la muerte, hasta convertirnos en burla y chismorreo, en irrisión para todas las naciones entre las que nos has dispersado. Reconozco la justicia de tus juicios cuando me castigas por mis pecados y los de mis padres, porque no hemos obedecido tus mandatos, no hemos sido fieles en tu presencia. Haz conmigo lo que quieras, manda que me arrebaten la vida, que desaparezca de la faz de la tierra y a la tierra vuelva de nuevo. Más me vale morir que vivir porque se mofan de mí sin motivo y me invade profunda tristeza. Manda que me libre, Señor, de tanta aflicción, déjame partir a la morada eterna. Señor, no me retires tu rostro. Mejor es morir que vivir en tal miseria y escuchar tantos ultrajes (...) (Dijo Sara) Entonces Sara, llena de tristeza, subió llorando al piso superior de la casa con el propósito de ahorcarse. Pero, pensándolo mejor, se dijo: 'Solo serviría para que recriminen a mi padre. Le dirían que su hija única se ahorcó al sentirse desgraciada. No quiero que mi anciano padre baje a la tumba abrumado de dolor. En vez de ahorcarme, pediré la muerte al Señor para no tener que oír más reproches en mi vida'". Ambos se abandonaron en las manos del Señor y de su misericordia.

En cualquier caso, el Señor quiere que el hombre viva y sea reflejo de su gloria. Quiere que en medio de todas sus realidades, su vida sea una experiencia del amor que bendice, que sustenta, que fortalece, que llena de confianza y de esperanza aquí y ahora, y para toda la eternidad. Debido a esa finalidad que el Creador ha establecido como meta segura para la humanidad, la vida del hombre, en medio de todas las dificultades, de todos los sufrimientos, e incluso de todo el bienestar que venga como bendición, debe hacerlo siempre consciente de que ni el mal ni la muerte son el fin. El fin es la vida en gloria, que es nuestra meta segura. Tal como lo aclaró Jesús a los saduceos, negadores de la resurrección, algo que para los judíos en general, era una perspectiva segura. Los hombres hemos sido creados para la vida, no para la muerte eterna. Dios quiere que el hombre viva. Y que viva eternamente en su amor y en la felicidad que nunca se acaba: "Maestro, Moisés nos dejó escrito: 'Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero no hijos, que se case con la viuda y dé descendencia a su hermano'. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos; el segundo se casó con la viuda y murió también sin hijos; lo mismo el tercero; y ninguno de los siete dejó hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección y resuciten ¿de cuál de ellos será mujer? Porque los siete han estado casados con ella'. Jesús les respondió: '¿No están equivocados, por no entender la Escritura ni el poder de Dios? Pues cuando resuciten, ni los hombres se casarán ni las mujeres serán dadas en matrimonio, serán como ángeles del cielo. Y a propósito de que los muertos resucitan, ¿no han leído en el libro de Moisés, en el episodio de la zarza, lo que le dijo Dios: 'Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob'? No es Dios de muertos, sino de vivos. Están muy equivocados'". La perspectiva de la vida eterna es muy distinta de la que podemos tener si la enfocamos en nuestra experiencia vital. Es una realidad infinitamente distinta a la actual, pues está inscrita en ese misterio grandioso que es Dios en sí mismo. Como hemos sido creados para la vida, será una vida superior que no alcanzamos a imaginarnos, dada nuestra finitud. Pero de lo que sí estamos seguros es de que será vida en plenitud, donde viviremos en el amor inmutable y en la felicidad estable que no desaparecerán jamás.

domingo, 2 de mayo de 2021

Solo unidos a Jesús tendremos vida en nosotros y viviremos para el amor

 Yo soy la vid, vosotros los sarmientos» - Un mensaje cada día - YouTube

La imagen agrícola de la vid es una de las más socorridas por Jesús en sus enseñanzas. Para un pueblo en el cual la labor agrícola, y más concretamente, la del cultivo de la uva para su sustento, recurrir a ella es una muestra de la sabiduría pedagógica de Jesús, que echa mano frecuentemente de imágenes cotidianas para dejar claro el mensaje que quiere hacer llegar a sus oyentes. En este caso ya no se trata solo de una parábola, sino de una alegoría, pues apunta a la identidad de Jesús en concreto. Ya no es la imagen de la semilla que se echa en el campo, o la de la oveja perdida que es recuperada por el pastor, o la de la sal y la luz con la que se da sabor a la comida o se ilumina una estancia. Se trata ahora del mismísimo Jesús que es quien sustenta la vida de la planta entera, y para la cual es esencial mantenerse unida a Él a riesgo de que si no lo hace, inexorablemente muere y es echada al fuego eterno. Los judíos conocían perfectamente esta realidad pues, o eran ellos los mismos agricultores y viñadores, o eran asistentes frecuentes a las acciones de ellos. En todo caso, Jesús deja bien clara la necesidad de la unión estrecha y vital de sus discípulos con su persona y con su palabra para mantenerse vivos en la fe: "Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Ustedes ya están limpios por las palabras que les he hablado; permanezcan en mí, y yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no pueden hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecen en mí, y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que desean, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que den fruto abundante; así serán discípulos míos". La vida del discípulo tiene su fuente en Jesús. Separado de Él, solo obtendrá la muerte.

Esta vida que da Jesús es una vida que plenifica a cada discípulo. Lo llena de la plenitud de la gracia, lo encamina por la ruta de la fidelidad, lo que le da la razón sólida de la felicidad total, lo hace entender en lo más profundo la riqueza del amor de Dios en su corazón. Es una experiencia que trasciende la del simple conocimiento personal o la de la compensación afectiva que pueda requerir el discípulo. No se trata solo de una experiencia romántica en la profundidad del espíritu humano, aunque tenga visos de amor entrañable y totalmente compensador. Por ser una experiencia del amor de Dios por todos los hombres, trasciende la experiencia personal. Siendo una riqueza que se vive en lo más íntimo del corazón humano, va más allá, pues el amor es naturalmente difusivo, a riesgo de que se quede estático y muera a fuerza de la inacción. El amor vivido y compartido hace que desaparezca el peligro del anquilosamiento y del entumecimiento del corazón, con la consecuente muerte del amor y la pérdida de la experiencia más sublime que puede tener el hombre. Es la salida hacia el hermano, en la vivencia compartida del amor fraterno, la que asegura la solidez del amor que se vive y su crecimiento en la compensación personal: "Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras. En esto conoceremos que somos de la verdad y tranquilizaremos nuestra conciencia ante Él, en caso de que nos condene nuestra conciencia, pues Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo. Queridos, si la conciencia no nos condena, tenemos plena confianza ante Dios. Y cuanto pidamos lo recibimos de Él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada. Y éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó. Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio". El mandamiento del amor es doble: creer en Jesús como enviado por amor del Padre para nuestra salvación, y amarnos los unos los otros con la misma calidad con que Cristo nos amó.

Este mandamiento sencillo de Dios y la exigencia que acarrea para los cristianos, fue asumido por los primeros discípulos de Cristo, que se lo tomaron muy en serio y muy responsablemente. Sabían que incluso su propia salvación dependía de que aceptaran su compromiso con seriedad y procuraran dar a conocer la Verdad luminosa de Cristo, de su amor y de su salvación, y dejaran que el amor que había sido derramado en sus corazones se expresara libremente hacia todos, de manera que ese amor fuera el atractivo mayor para que los otros también se atrevieran a dar el salto de la fe. Su testimonio convincente y su estilo de vida confiado en el amor era lo que se presentaba a la vista de todos. Y era eso precisamente lo que lograba que más y más se unieran al bando de los creyentes. Y se daba entre judíos y paganos. No había exclusividad, pues la salvación de Dios es universal. Bastaba que todos se sintieran convocados por el amor para gozar de la novedad de vida que los llevaría a la salvación eterna: "Saulo les contó cómo había visto al Señor en el camino, lo que le había dicho y cómo en Damasco había predicado públicamente el nombre de Jesús. Saulo se quedó con ellos y se movía libremente en Jerusalén, predicando públicamente el nombre del Señor. Hablaba y discutía también con los judíos de lengua griega, que se propusieron suprimirlo. Al enterarse los hermanos, lo bajaron a Cesarea y lo enviaron a Tarso. La Iglesia gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaria. Se iba construyendo y progresaba en la fidelidad al Señor, y se multiplicaba, animada por el Espíritu Santo". La obra de aquellos primeros enviados fue realmente ingente. Se dificulta mucho imaginar la cantidad de avatares por los que tuvieron que pasar. Solo se explica si nos percatamos de que ellos tenían su vida fundada en la promesa de Jesús y en la fuerza del Espíritu. Jesús para ellos era la vid de la cual no podían despegarse jamás si se querían mantener con vida y con la ilusión necesaria para ser testimonios del amor de Dios. Es lo mismo que debemos asumir los cristianos de hoy.

sábado, 24 de abril de 2021

Dios quiere seguir actuando hoy a través de cada uno de nosotros

 EVANGELIO DEL DÍA: Jn 6, 60-69: ¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras  de vida eterna. | Cursillos de Cristiandad - Diócesis de Cartagena - Murcia

En los años del nacimiento de la Iglesia y en la gesta de anuncio del Evangelio que ésta emprendió en el mundo, cumpliendo con el mandato que había dado el Señor al subir a los cielos recuperando su gloria absoluta, la que había puesto entre paréntesis durante su periplo terreno, su presencia y su acción jamás dejó de estar presente, esta vez no directamente, sino a través de los discípulos que habían asumido con toda responsabilidad la tarea que les había sido encomendada. Es impresionante la constatación de la cantidad de portentos que realizaban ellos, por cuanto eran hombres comunes, de carne y hueso como cualquiera, de cuyas manos surgían las maravillas que se sucedían una tras otra, al punto de que para ellos ya era natural la actuación de Jesús a través de ellos. No se daban a sí mismos la gloria, sino que hacían que todos reconocieran la acción del Señor a través de sus propias acciones. Así, por la confianza extrema que tenían en la compañía de Jesús, la acción del Señor se hacía presente continuamente. El saberse instrumentos dóciles en las manos del Salvador y la confianza sin fisuras en que cumplía su palabra de estar con ellos hasta el fin, lograba que esos portentos se llevaran a cabo y siguieran favoreciendo a los hombres por los cuales Él se había entregado. Por eso los favores eran continuos, sanando enfermos, expulsando demonios, y hasta resucitando muertos. La condición que existía para que eso se diera era doble: disponibilidad y confianza. Los discípulos se habían puesto en las manos de Jesús y confiaban radicalmente en su palabra. Hoy nos preguntamos por qué esos portentos no siguen presentes entre nosotros y si es que el Señor ya dejó de favorecer a los hombres con ellos. La respuesta es doble. Por un lado, el Señor no ha dejado nunca de favorecernos, incluso con hechos maravillosos, que seguramente muchos han experimentado, y que se siguen sucediendo. Además, somos espectadores de los milagros cotidianos que se dan a nuestro alrededor, y que por la fuerza de la costumbre, hemos dejado de admirar como regalos divinos. Y por el otro, sin duda muy negativamente, los hombres hemos perdido la confianza en Dios y somos suspicaces ante la posibilidad de su actuación, es decir, no estamos disponibles ante Él y fallamos gravemente en nuestra fe. Seguramente Él quiere seguir actuando en el mundo a través de nosotros, pero le hemos cerrado las puertas.

Esa actuación de Jesús hoy puede llegar a ser tan vívida como la que sucedió en la vida de los apóstoles. En aquel tiempo fue absolutamente necesaria para lograr más conversiones, lo que efectivamente sucedía al paso de los apóstoles del Señor. "En aquellos días, la Iglesia gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaría. Se iba construyendo y progresaba en el temor del Señor, y se multiplicaba con el consuelo del Espíritu Santo", nos relatan los Hechos de los Apóstoles. La presencia del Señor y la acción de su Espíritu campeaban libremente por la instrumentalidad consciente de los discípulos. Todos ellos eran capaces de permitir con la mayor libertad la acción de Dios. Y cada vez más hombres eran beneficiarios de todos los favores que Dios quería derramar: "Pedro, que estaba recorriendo el país, bajó también a ver a los santos que residían en Lida. Encontró allí a un cierto Eneas, un paralítico que desde hacía ocho años no se levantaba de la camilla. Pedro le dijo: 'Eneas, Jesucristo te da la salud; levántate y arregla tu lecho'. Se levantó inmediatamente. Lo vieron todos los vecinos de Lida y de Sarón, y se convirtieron al Señor. Había en Jafa una discípula llamada Tabita, que significa Gacela. Tabita hacía infinidad de obras buenas y de limosnas. Por entonces cayó enferma y murió. La lavaron y la pusieron en la sala de arriba. Como Lida está cerca de Jafa, al enterarse los discípulos de que Pedro estaba allí, enviaron dos hombres a rogarle: 'No tardes en venir a nosotros'. Pedro se levantó y se fue con ellos. Al llegar, lo llevaron a la sala de arriba, y se le presentaron todas las viudas, mostrándole con lágrimas los vestidos y mantos que hacía Gacela mientras estuvo con ellas. Pedro, mandando salir fuera a todos, se arrodilló, se puso a rezar y, volviéndose hacia el cuerpo, dijo: 'Tabita, levántate'. Ella abrió los ojos y, al ver a Pedro, se incorporó. Él, dándole la mano, la levantó y, llamando a los santos y a las viudas, la presentó viva. Esto se supo por todo Jafa, y muchos creyeron en el Señor". La obra del Señor era incesante, y servía para la conversión de muchos. El abandono de los discípulos en las manos del Señor era determinante para esta acción divina.

Esto requirió de los apóstoles una convicción a toda prueba, de la cual empezaron a dar señales mientras Jesús estuvo presente físicamente en medio de ellos, aun cuando su adhesión estaba plagada todavía de incertidumbre. Al finalizar el discurso del Pan de Vida, muchos de los que seguían a Jesús se retiran y se alejan de Él, pues al escuchar lo que decía sentían que eran realidades fantásticas, irreales, increíbles. No fueron capaces de dar el paso adelante, que era como un salto en el vacío, basado principal y exclusivamente en la confianza de que la palabra de Jesús era verdadera: "En aquel tiempo, muchos de los discípulos de Jesús dijeron: 'Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?' Sabiendo Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: '¿Esto los escandaliza?, ¿y si vieran al Hijo del hombre subir adonde estaba antes? El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que les he dicho son espíritu y vida. Y, con todo, hay algunos de entre ustedes que no creen'. Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: 'Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede'. Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con Él". La novedad que proponía Jesús era de tal magnitud que para muchos era imposible de digerir. Pero del otro lado estaban los que, aun sin comprender del todo lo que estaba proponiendo Jesús, habían crecido en la confianza en su palabra: "Entonces Jesús les dijo a los Doce: '¿También ustedes quieren marcharse?' Simón Pedro le contestó: 'Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios'". Es la voz del que se abandona en las manos del amor, confiando radicalmente en Él, aun cuando muchas veces las cosas sean humanamente incomprensibles. Esa confianza radical fue esencial para las grandes obras que realizaba el Señor a través de los discípulos en aquella Iglesia que nacía. Y es la misma confianza que el Señor nos pide que tengamos, pues Él quiere seguir actuando a través de nosotros, sus discípulos de hoy.

sábado, 30 de enero de 2021

La fe sustenta nuestra esperanza y nos hace esperar siempre lo mejor

 Parroquia de la Asunción de Ntra. Sra. Albaida - UNA FE EN PAÑALES Escrito  en 28 Enero 2017. Evangelio según san Marcos (4,35-41) Aquel día, al  atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: «

El autor de la Carta a los Hebreos da una definición clara de lo que es la fe: "La fe es fundamento de lo que se espera, y garantía de lo que no se ve". Tiene que ver con las cosas intangibles, de las cuales no se puede esperar comprobación científica, de laboratorio. Quien quiere sustentar una realidad de fe en realidades tangibles está equivocando el camino y solo recibirá frustraciones. Los hombres de todos los tiempos están acostumbrados a recibir pruebas tangibles de lo que les circunda, llegando a confundir la verdad de la fe con la verdad de la ciencia. Los positivistas, que son aquellos que fundan sus certezas solo en lo que pueden comprobar científicamente, terminan indefectiblemente en un ateísmo teórico pues no hay realidades materiales que puedan confirmar y ni siquiera refutar lo que desean. La mente científica es una mente que se mueve en las seguridades. La mente espiritual se mueve más bien en el campo de las certezas. La prueba científica da la solidez de la seguridad. La prueba de fe da la solidez de la certeza. Se basa sobre todo en la humildad de reconocer que la mente humana no tiene la capacidad de entrar en las verdades intangibles, que sí existen, como lo haría un científico en su tabla de trabajo o de experimentación. La seguridad científica da la solidez de lo tangible. La certeza de fe da la solidez de aquello que escapa a lo tangible, pero que tiene como aval a Aquel en quien se confía radicalmente y que ha dado muestras suficientes de que toda la realidad está en sus manos, incluso aquella en la que no se tiene ninguna seguridad, sino solo la certeza del amor. El hombre que se queda solo en lo tangible perderá su sustento cuando se percate de que todo aquello que existe y que conoce perfectamente será un hoyo sin fondo que dejará de existir totalmente cuando quede solo el Reino implantado por el amor del Redentor, que será la única realidad existente en el futuro de plenitud.

Todos los personajes que vivieron de la fe en el Dios del amor que los convocaba y los elegía para que fueran suyos, instrumentos del amor para hacerlo llegar a su pueblo, demostrando siempre su preferencia por ese pueblo elegido, haciéndoles disfrutar siempre de sus favores, aun en medio de las posibles dudas, pues los pueblos de alrededor eran mucho más numerosos y poderosos, dando inicio a su epopeya de la forma más débil e insignificante, eligiendo apenas a un personaje que lo tenía todo para ser derrotado totalmente; de esa manera, en medio de la más clara debilidad, el Dios del amor hizo callar a todos esos pueblos, que tuvieron que hacer el reconocimiento de ese Dios poderoso que favorecía al pueblo más insignificante: "Hermanos: La fe es fundamento de lo que se espera, y garantía de lo que no se ve. Por ella son recordados los antiguos. Por la fe obedeció Abrahán a la llamada y salió hacia la tierra que iba a recibir en heredad. Salió sin saber adónde iba. Por fe vivió como extranjero en la tierra prometida, habitando en tiendas, y lo mismo Isaac y Jacob, herederos de la misma promesa, mientras esperaba la ciudad de sólidos cimientos cuyo arquitecto y constructor iba a ser Dios. Por la fe también Sara, siendo estéril, obtuvo 'vigor para concebir' cuando ya le había pasado la edad, porque consideró fiel al que se lo prometía. Y así, de un hombre, marcado ya por la muerte, nacieron hijos numerosos, como las estrellas del cielo y como la arena incontable de las playas. Con fe murieron todos estos, sin haber recibido las promesas, sino viéndolas y saludándolas de lejos, confesando que eran huéspedes y peregrinos en la tierra. Es claro que los que así hablan están buscando una patria; pues si añoraban la patria de donde habían salido, estaban a tiempo para volver. Pero ellos ansiaban una patria mejor, la del cielo. Por eso Dios no tiene reparo en llamarse su Dios: porque les tenía preparada una ciudad. Por la fe, Abrahán, puesto a prueba, ofreció a Isaac: ofreció a su hijo único, el destinatario de la promesa, del cual le había dicho Dios: 'Isaac continuará tu descendencia'. Pero Abrahán pensó que Dios tiene poder hasta para resucitar de entre los muertos, de donde en cierto sentido recobró a Isaac". La fe de Abraham, y en general, la de los primeros padres, fue el motor principal que los sostuvo en el camino que ofrecía Aquel que los había elegido y que no les podía fallar en su amor.

Aquello que vivieron los padres en esas épocas tempranas fue asumido por Jesús para que también sus seguidores lo asumieran como una realidad definitiva, que sería la normal en la experiencia del Reino definitivo que venía a implantar Jesús. La obra de Jesús será completada solo cuando ya toda la realidad esté en la línea de la presencia del Dios que ama y que salva. El mundo y el hombre serán mejores, llegarán a lo que deberán llegar y para lo que han sido creados, cuando se termine el periplo por el que deben pasar luego de recibir el perdón de sus culpas y acepten que la única verdad imperecedera es la del amor y la del abandono en las manos amorosas del Señor. Esa será la realidad final, la de la felicidad plena, para la cual hemos sido creados: "Aquel día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: 'Vamos a la otra orilla'. Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó una fuerte tempestad y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba en la popa, dormido sobre un cabezal. Lo despertaron, diciéndole: 'Maestro, ¿no te importa que perezcamos?' Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar: '¡Silencio, enmudece! El viento cesó y vino una gran calma. Él les dijo: '¿Por qué tienen miedo? ¿Aún no tienen fe?' Se llenaron de miedo y se decían unos a otros: '¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen!'" Es el Dios que se hizo hombre para nuestro rescate, el que ha venido para hacer realidad ese Reino de amor y paz que será nuestra realidad definitiva en la que viviremos eternamente.

jueves, 14 de enero de 2021

La fe debe ser reflejo de nuestra naturaleza comunitaria

 Catholic.net - Señor, si quieres puedes curarme

Una característica esencial de la naturaleza humana, impronta que la define más allá de la sola existencia física, es la capacidad que tienen los hombres de entrar en relación con los demás. El hombre es un ser social. Su individualidad, con ser lo importante que es, no es suficiente para describirlo. Las funciones biológicas que lleva adelante su cuerpo físico son esenciales para mantenerse en la existencia, pero no lo hacen distinto de cualquier otra criatura de la naturaleza. Por lo tanto, lo que realmente define al hombre es su capacidad de elevarse ante su condición física y entrar en un plano superior que tiene que ver con su desarrollo intelectual y afectivo. El hombre será más hombre en tanto se desarrolle más en su intelectualidad y en su capacidad de entrar en relación con otros iguales a él. Su ser comunitario marca la pauta de su existencia. Desde sus primeros días como criatura, la sentencia del Creador fue: "No es bueno que el hombre esté solo. Hagámosle una ayuda adecuada". El otro es, así, ayuda para la existencia personal, sin la cual es imposible que el desarrollo de la propia humanidad sea una realidad. Si esto es verdad en general, lo es aún más en la realidad espiritual del hombre. La experiencia del encuentro con Dios, pudiendo darse de manera individual, pues depende de Dios cuando quiere entrar en contacto con alguno, es una experiencia más intensa y con sentido cuando se tiene de manera comunitaria. Dios utiliza algún intermediario pero con la finalidad de tener, por su mediación, contacto con todo el pueblo. Ese contacto individual siempre desemboca en un contacto con todo el pueblo.

La preocupación de los primeros predicadores cristianos, como el autor de la Carta a los Hebreos, era que el pueblo asumiera la importancia de esta vivencia comunitaria de la fe. En el pasado, esa experiencia fue negativa, por cuanto el pueblo, a pesar de las grandes manifestaciones del amor y el poder de Dios, le dio la espalda empeñado en la búsqueda de una experiencia de vida totalmente independiente de Dios. Pese a las grandes manifestaciones del favor de Dios por ellos, preferían en su soberbia y en su vanidad, avanzar por los caminos distintos que les proponía el pecado. La solidaridad en este caso, la entendían para el mal. Por ello la insistencia pone el acento en la asociación para el bien. A pesar de que esos caminos muy atractivos que ofrece el mal se presenten con visos de belleza, la realidad es que encaminarse por ellos representa la ruta equivocada que lleva al desprecio del bien y a la pérdida de la posibilidad de llegar a la plenitud prometida para la eternidad. No hay manera, en ese camino equivocado, de llegar a otro punto que no sea el de la oscuridad y la muerte: "Hermanos: Dice el Espíritu Santo: 'Si ustedes escuchan hoy su voz, no endurezcan sus corazones como cuando la rebelión, en el día de la prueba en el desierto, cuando me pusieron a prueba sus padres, y me provocaron, a pesar de haber visto mis obras cuarenta años. Por eso me indigné contra aquella generación y dije: Siempre tienen el corazón extraviado; no reconocieron mis caminos, por eso he jurado en mi cólera que no entrarán en mi descanso'. ¡Atención, hermanos! Que ninguno de ustedes tenga un corazón malo e incrédulo, que lo lleve a desertar del Dios vivo. Anímense, por el contrario, los unos a los otros, cada día, mientras dure este 'hoy', para que ninguno de ustedes se endurezca, engañado por el pecado. En efecto, somos partícipes de Cristo si conservamos firme hasta el final la actitud del principio". Para lograrlo, es muy importante esta conciencia de la necesidad de hacerlo unidos, dejando que el sentido comunitario de la experiencia de Dios prevalezca.

Este empeño de la unión entre todos para avanzar unidos al encuentro de Dios y la vivencia de la fe debe ser algo que se dé en todos los hombres. Todo lo que pueda llegar a entorpecer la incorporación de alguno a esta experiencia comunitaria debe tratar de ser desechado. La aparición de Jesús en el mundo, enviado por el Padre con el objetivo no solo de rescatar al hombre perdido, sino de hacerlo como una unidad -"Que todos sean uno"-, confirma que la intención de acentuar la fraternidad para que se viva como razón natural, entonces y para siempre, está entre los objetivos principales de su obra de amor y de rescate. Jesús no viene solo a rescatar al hombre individual, aun cuando cada hombre en su individualidad importa, sino que viene a hacerlo como uno solo junto a los otros, para que comience a vivir la experiencia de la vida comunitaria que vivirá en la eternidad, presidida por el Padre Dios. Cada hombre debe procurar, de esta manera, aumentar su confianza y su esperanza en la obra de amor que realiza Jesús. Como aquel leproso que al encontrarse con Jesús lo reconoció como Aquel que podía llenarlo de sus beneficios, y con humildad se abandonó a su voluntad amorosa: "En aquel tiempo, se acerca a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: 'Si quieres, puedes limpiarme'. Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo: 'Quiero: queda limpio'. La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio. Él lo despidió, encargándole severamente: 'No se lo digas a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio'. Pero cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en lugares solitarios; y aun así acudían a él de todas partes". La lepra impedía que este hombre viviera en plenitud su ser comunitario. Jesús elimina este obstáculo y lo reintegra plenamente a la vida social. Y éste, lleno de gozo por el milagro del amor, se convierte en anunciador de ese amor a los demás. Entendió perfectamente que ese beneficio que había recibido no era para el disfrute egoísta, sino que debía ser testimonio de la presencia en el mundo del Mesías prometido que ya estaba en medio del pueblo realizando las maravillas del amor divino.

viernes, 4 de diciembre de 2020

Con nuestra fe, Jesús nos da su Luz

 Hijo de David, ten compasión de mí! - Templo de San Francisco - Celaya, Gto.

Los preferidos de Jesús son los desplazados del mundo. La creación, en sí misma es la maravilla que surgió de esas manos amorosas y creadoras. Y la constatación que hace el mismo autor del relato de la creación es: "Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno". Y es que Dios se sintió "orgulloso" de su obra. Podríamos suponer que esa bondad de lo creado era como una especie de decreto que lanzaba Dios sobre todo, para que esa bondad fuera inamovible y no cambiara jamás. Pero no nos podemos quedar solo en esa parte divina. El "orgullo" de Dios no se queda solo lo que creó, sino que a eso añade uno mayor, que es por quién lo creó todo y la motivación última que tuvo su amor. Todo es bueno, y fue puesto en las manos de los hombres para que éste lo hiciera todo mejor. Por lo tanto el "orgullo" no es solo haber creado, sino haber creado por amor al hombre. Y se da así un paso más. El hombre no es una criatura más. Es la criatura por excelencia sobre la cual Dios derrama todas las bendiciones que están en su corazón amoroso. Y una de las primeras riquezas es la de su libertad. El hombre libre es el "orgullo" más grande de Dios. Por eso, cualquier atentado contra la libertad del hombre se encontrará frontalmente con ese Dios que nos ha creado libres y luchará para que las razones de la esclavitud desaparezcan. Nunca veremos a un Dios que contemple impertérrito el mal que se pueda procurar a su criatura amada.

Desde el inicio hemos recibido el anuncio de aquella presencia en el mundo de la acción que Dios realizará en favor de los suyos. Eso no va a faltar. Dios es el Dios de la promesa y del cumplimento. No nos ha engañado jamás y jamás lo hará. Aquellos anuncios nos llenan de gozo seguro, pues sabemos que el camino, aunque aparezca tortuoso para muchos, siempre tendrá un final de gloria: "Esto dice el Señor: 'Pronto, muy pronto, el Líbano se convertirá en vergel, y el vergel parecerá un bosque. Aquel día, oirán los sordos las palabras del libro; sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos. Los oprimidos volverán a alegrarse en el Señor, y los pobres se llenarán de júbilo en el Santo de Israel; porque habrá desaparecido el violento, no quedará rastro del cínico; y serán aniquilados los que traman para hacer el mal: los que condenan a un hombre con su palabra, ponen trampas al juez en el tribunal, y por una nadería violan el derecho del inocente. Por eso, el Señor, que rescató a Abrahán, dice a la casa de Jacob: 'Ya no se avergonzará Jacob, ya no palidecerá su rostro, pues, cuando vean sus hijos mis acciones en medio de ellos, santificarán mi nombre, santificarán al Santo de Jacob y temerán al Dios de Israel'. Los insensatos encontrarán la inteligencia y los que murmuraban aprenderán la enseñanza". Y Dios, celoso de los suyos, saldrá en defensa siempre de aquellos que han sido desplazados por sus propios hermanos. Y aún hará más, pues en el empeño de salvación de todos tenderá la mano también incluso a aquellos que aparecen como opresores y sanguinarios con sus hermanos, ofreciéndoles una conversión a la cual, por amor divino, también tienen derecho.

En este caminar es fundamental que cada uno entienda quién es Jesús, que contemple su ser y se percate de su persona totalmente. No se podrá confiar en Jesús si no se sabe quién es y para qué ha venido. Por eso, la vivencia de la fe debe darse también progresivamente. No basta con pedir favores a Jesús. Lamentablemente muchos hermanos solo se acercan a Jesús para pedir favores. No está mal pedírselos. Él mismo nos invita a hacerlo: "Pidan y se les dará". Lo malo está en quedarnos en una relación instrumental con Jesús en la que estaría solo para hacernos milagritos. Él nos quiere conscientes de lo que Él es. Aquellos ciegos del camino se acercaron a Jesús confiados. Tenían conciencia de quién era: "En aquel tiempo, dos ciegos seguían a Jesús, gritando: 'Ten compasión de nosotros, hijo de David'". Solo el nombre con el que lo llaman nos dice que sabían a quién se dirigían. Pero Jesús va más allá: "Al llegar a la casa se le acercaron los ciegos, y Jesús les dijo: '¿Creen ustedes que puedo hacerlo?" Jesús pide algo más. No quiere ser solo ese Mesías en quien creer, sino que quiere ser el Dios humanado recibido en el corazón por amor y poder: "Contestaron: 'Sí, Señor'. Entonces les tocó los ojos, diciendo: 'Que les suceda conforme a su fe'. Al final, la última palabra la tiene no solo saber quién es Jesús, sino dejarse arrebatar por ese amor y ese poder que quiere usar en favor de los más necesitados: "Y se les abrieron los ojos. Jesús les ordenó severamente: '¡Cuidado con que lo sepa alguien!' Pero ellos, al salir, hablaron de él por toda la comarca". La expectativa se muta en gozo. La prohibición de Jesús no hace ningún efecto, pues el hombre amado por Dios solo vive para anunciar ese gozo de amor que vive en su corazón. Y eso nadie se lo puede impedir.

martes, 13 de octubre de 2020

Nada debe dañar la libertad que nos regala Jesús

 Blog Archives - Ministerio Imitando a Jesus

Hay verdades que son de perogrullo, que dan la impresión de ser simplemente expresiones absurdas que no tendría sentido repetir y a veces ni siquiera enunciar, pues o son demasiado evidentes, por lo que no vale la pena gastar esfuerzos en declararlas, o por el contrario, son tan incomprensibles que nadie, por más de que se les busque aclarar, podrá asimilarlas. Aún así, en el lenguaje bíblico no es infrecuente encontrar este tipo de expresiones que persiguen un objetivo muy claro: insistir en una verdad que debe ser inobjetable, en la que no haya ninguna duda sobre lo que se quiere transmitir. El uso hiperbólico del lenguaje tiene, en este caso, un objetivo didáctico que fundamente sólidamente la verdad y no dé pie nunca a equívocos. En esta línea nos encontramos la respuesta que da Yhavé a Moisés al preguntarle su nombre: "Yo soy el que soy". Esta autodefinición de Dios tiene variados fines. Por un lado, la tautología es un recurso que apunta a la comprensión de Dios como el único ser que se autosustenta, el único que tiene el ser en sí mismo, que no tiene ni origen ni final sino solo en sí mismo, que por ello es el único ser que no necesita de otro para existir. "Yo soy el que soy" quiere decir que, en definitiva, es realmente el único Ser, del cual todos los demás seres surgen por una voluntad expresa suya, lo que sería entonces una concesión amorosa de sí mismo, dejando su impronta esencial en todo lo que no es Él, lo cual es finalmente un movimiento de amor y de condescendencia único, infinito y eterno. "Yo soy el que soy" es, además, una autoconfesión que busca que sea no solo propia sino de todos los seres pensantes, para que concluyan que es el único ser absolutamente necesario, por lo que sin Él no hay ninguna posibilidad de existencia en nada ni en nadie más. Solo quien existe en sí mismo puede con propiedad dar la vida y sostener en ella todo lo que por su voluntad existe, por lo que es incuestionable la necesidad de aceptarlo como tal. Cuando se comprende y se acepta esta verdad radical, todas las criaturas pueden asumir su vida como lo que es, una donación graciosa, gratuita, desinteresada, sostenida en el amor y por el amor, dirigida a avanzar pacífica y armónicamente hacia su plenitud que no podrá ser otra distinta que la que se logre con la unión plena de quien es la causa de la propia existencia y la llegada a la meta de la convivencia inmutable con Él, para quien ha hecho que existan todos los seres. Esta perogrullada divina tiene, en sí misma, un razón muy lógica.

Siguiendo el ejemplo divino, en la revelación se ha echado mano al mismo estilo de discurso para dejar claras algunas verdades que son irrefutables, cuya comprensión es fundamental para poder vivir con solidez la propia fe. San Pablo le dice a los Gálatas: "Para vivir en libertad nos ha liberado Cristo". La obra de Jesús, enviado por el Padre para restablecer al hombre a su condición original de libertad plena, destruida por su obcecación en el mal y en el pecado, que lo llevó incluso a probar la mayor desgracia contra su propia libertad como es la muerte, fue una obra de liberación propia y radicalmente. No era posible restituir al hombre a su condición original de hijo de Dios, hermano de los demás, si no se emprendía la obra de recuperación de su libertad. La esclavitud del pecado hace imposible la elevación del hombre a su condición de criatura predilecta del Dios de amor. Quien es esclavo ha perdido lo más esencial que lo caracteriza como hombre, que es su propia libertad, es decir su propio deseo de erigirse en dueño de sí, de sus actos, de su camino de plenificación, dejando su libertad al arbitrio de lo que decidan sus pasiones, sus tendencias desbocadas, sus conveniencias muchas veces malsanas, su egoísmo exacerbado que se enseñorea en la vanidad y en la búsqueda de la satisfacción de las solas conveniencias personales. La libertad perdida tiene como marca identificadora el alejamiento de Dios, de su amor, y como consecuencia, del amor a los que son como él. Por ello no está fuera de lugar usar la perogrullada de la libertad como la ha usado San Pablo. La finalidad última de la obra de Jesús es la recuperación de la libertad. Por eso conviene insistir en que "para vivir en libertad nos liberó Cristo". No tiene sentido preocuparse en otra cosa sino en la búsqueda de esa libertad que se había perdido, en recuperarla para ser verdaderamente hombres, y en mantenerla en sí cuando se logra tener de nuevo. El cristiano es el hombre que ha sido hecho libre de nuevo por Jesús y que vive y lucha por mantenerse libre en ese amor que ha sido el regalo más hermoso que ha recibido en toda su existencia. Todo lo que vaya en desmedro de la libertad alcanzada por Jesús para nosotros debe ser rechazado y descartado, a riesgo de que seamos de nuevo subyugados por la esclavitud que nos haría otra vez menos hombres y nos alejaría de lo que debemos ser en Dios. Por ello, la insistencia de San Pablo: "Manténganse, pues, firmes, y no dejen que vuelvan a someterlos a yugos de esclavitud". Lo que ha alcanzado Jesús para nosotros es nuestra libertad total, la que nos quita de encima el yugo del pecado, e incluso el yugo de las exigencias de la ley que nos atan al pecado, y nos coloca en la libertad de la fe y del amor en Dios: "Nosotros mantenemos la esperanza de la justicia por el Espíritu y desde la fe; porque en Cristo nada valen la circuncisión o la incircuncisión, sino la fe que actúa por el amor". Son la fe y el amor las razones últimas de la libertad de los cristianos.

Atarse a las prescripciones de la ley, como lo hacían los fariseos, no tenía como finalidad ser virtuosos, sino someter a ella. Ni siquiera ellos mismos estaban dispuestos a asumirlo como práctica de la propia virtud. Fijarse en el cumplimiento de la ley no tenía como finalidad la promoción de la virtud, mucho menos de la libertad. Era sencillamente una vigilancia superficial de lo estricto. Ni siquiera tenía como finalidad la búsqueda de la fidelidad a Dios, pues no tenía como meta el acercamiento a Dios, a su amor, a los hermanos. Con ello se erigían en los "sensores" de Dios, de un dios en el que ellos mismos no creían pues no estaban dispuestos a aceptar a ese Dios del cual habían recibido su existencia. Ese dios para ellos no era el que merecía su confesión, su servicio, su disponibilidad, sino el dios al cual manipulaban a su antojo, por el cual sometían a los sencillos mediante el miedo y la amenaza. No estaban motivados de ninguna manera por aquella libertad que traía Jesús, sino por la promoción de la esclavitud a ese dios que existía solo en su conveniencia personal para mantener sus privilegios. Por ello Jesús les echa en cara la ilegitimidad de sus actuaciones: "Ustedes, los fariseos, limpian por fuera la copa y el plato, pero por dentro rebosan de rapiña y maldad. ¡Necios! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro? Con todo, den limosna de lo que hay dentro, y lo tendrán limpio todo". La libertad de Jesús es la libertad del amor, la que eleva al hombre, la que no lo ata a motivaciones de conveniencias, sino la que lo libera en el seguimiento fiel al Dios del amor, el que anima a la plenitud, el que anima a la verdad, el que anima a la fraternidad. No es el Dios que se queda en la acentuación de las convenciones, sino el que anima a tener en cuenta al hombre como centro de todo, sin el cual nada de lo que existe tiene sentido. Por el hombre, por su amor, Dios fue capaz de salir de sí. El que se definió a sí mismo como "Yo soy el que soy", siendo en sí mismo suficiente, amándose a sí mismo plenamente, decidió salir de sí y hacerlo existir todo, entre ello al hombre, para que viviera su misma libertad. Ese Dios no va a permitir que su propia criatura vaya a ser la que dañe su fin, que es el disfrute pleno de su libertad, para lo que envió a su propio Hijo. Por ello tiene sentido aquello en lo que insiste San Pablo: "Para vivir en libertad nos liberó Cristo". Mucho le ha costado a Dios nuestra existencia, y mucho le ha costado hacernos recuperar por la obra de Jesús la libertad perdida, para permitir que la perdamos nuevamente por la obra inescrupulosa de unos cuantos que quieran mantener al hombre esclavo de sí y de sus intereses malsanos.