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viernes, 25 de septiembre de 2020

Nos importa sobre todo que Dios nos ama

 El Periódico de México | Noticias de México | Columnas-MuyOportuno | ¿Pero  ustedes, quién dicen que soy yo?

El conocimiento de Dios se encuentra entre las inquietudes más profundas y auténticas del hombre desde que él es hombre. La adquisición de su capacidad de raciocinio, cuando el hombre tomó conciencia de sí mismo, tuvo que haber dado un giro dramático a su propia vida, pues pasó de estar fundada simplemente en la búsqueda de la satisfacción de lo necesario para su subsistencia a buscar las razones que explicaban su propia esencia, su identidad profunda, la razón que sustentaba su vida, cuál era su origen y hacia dónde se dirigía todo. Esas inquietudes naturales surgen siempre en cualquiera que tenga un mínimo de discernimiento. Pero esto lo llevó a dar un paso más adelante, que lo hizo cuestionarse aún más profundamente, por cuanto empezó a buscar una razón que se encontraba fuera de sí, para poder explicar la causa final de su existencia, por qué estaba en el mundo, quién lo había colocado en él, cuál era el fin que se había fijado para su presencia, cómo llevar adelante su misión junto a todos los demás hombres que convivían con él. Son cuestionamientos naturales que surgían de un hombre que empezaba a asumir su existencia y a querer saber sobre ella. Los primeros pensadores, aquellos que se atrevieron a dar los pasos iniciales en la búsqueda de respuestas razonables, se toparon con la necesidad de asumir una realidad infinitamente superior que explicara la existencia de todo, pues era imposible encontrarla en el mismo hombre. Él, por sí mismo, no habría podido jamás darse la existencia ni enriquecerse con la infinidad de dones de los cuales disfrutaba. Era de una lógica contundente, entonces, la necesidad de aceptar la verdad irrefutable de un ser superior que fuera la causa de todo, "la causa última" o "el Ser", como lo llamaron los grandes filósofos griegos. Ese ser debía tener las cualidades grandiosas, superiores y eternas, de las cuales hizo disfrutar por analogía, por procesos físicos, químicos, biológicos, o incluso, con cierta condescendencia, por donación graciosa, uno de los seres surgidos de sus manos todopoderosas, el hombre, único de entre todos los seres creados que disfrutaba de esas prerrogativas. Ellos lo llamaron "el Ser", "Theos", que tenía como cualidades esenciales ser "Uno, Bueno, Verdadero y Bello". Así comenzó una historia grandiosa y atrayente que nos ha llevado a todos por los caminos de la búsqueda de la comprensión de la existencia de Dios, de su conocimiento, dejando a un lado una pretensión que la misma historia y la misma naturaleza contradicen, como es la de los ateos intelectuales que se ciegan y rechazan la idea de la existencia de un Dios que explique lo que no se puede explicar racionalmente. Querer saber quién es la causa de la propia existencia, sus características, su misterio íntimo, es lo más razonable que existe. 

Y al dar el paso de lo estrictamente racional, es decir, de aquello a lo que podemos acceder los hombres por nuestro propio discernimiento, a aquello que nos es revelado, pasa de ser simplemente razonable a ser cautivador, por cuanto nos encontramos con un ser cuyo movimiento único, esencial y más puro, es el del amor. Es muy distinto el movimiento de alguien hacia un objeto, motivado simplemente por un interés "científico", que el que se da por un deseo expreso de estar involucrado personalmente, en la acción y en el afecto, con el objeto con el que se está tratando. Y eso es lo que sucedió con Dios. Los hombres no somos simplemente "un producto" de su experimentación, sino que somos la única razón que ha tenido para salir de sí mismo, de su propia existencia absolutamente satisfactoria, del amor que era totalmente suficiente en sí mismo por lo que no necesitaba de absolutamente nada más para su felicidad. Nuestra existencia es la única razón válida que ha sido capaz de hacer salir a Dios de sí mismo, de su lógica y totalmente comprensible autosuficiencia, a permitir que surgiera algo que se convirtiera en el sujeto privilegiado de un amor que eternamente estuvo enmarcado en la vivencia misteriosa e infinitamente hermosa de esa Santísima Trinidad que vivía solo en ese intercambio totalmente suficiente de amor. Nosotros hemos venido a trastocar esa experiencia divina del amor. Y el mismo Dios lo ha deseado vivir para tener alguien fuera de sí a quien amar como Él mismo se ama. Jamás llegaremos a comprender suficientemente lo grandioso de este hecho, que ha trastocado la serenidad interior que eternamente vivió Dios antes de haber decidido que existiéramos para amarnos. Existimos por un deseo expreso de Dios de "complicarse" haciendo salir su amor desde sí mismo hacia nosotros. Fue el momento de Dios. Y fue el gran momento del hombre, que jamás comprenderemos del todo: "Comprobé la tarea que Dios ha encomendado a los hombres para que se ocupen en ella: todo lo hizo bueno a su tiempo, y les proporcionó el sentido del tiempo, pero el hombre no puede llegar a comprender la obra que hizo Dios, de principio a fin". En ese tiempo, que para Dios no existía pues era eterno, el hombre es colocado para que lo conozca, lo comprenda, lo viva, se una a Él, y viva para Él, con la razón última del amor que puede experimentar de Dios y al que puede y debe responder no individualmente, sino unido a todos los que como él han recibido su existencia como don infinito de amor de Aquel que decidió salir de sí para donarse a su criatura y hacerlo infinitamente feliz.

En el colmo de ese amor, entendiendo que ese tiempo en el que Dios había decidido vivir debía mostrarse más claramente de lo que lo había hecho anteriormente, lo hizo en su Hijo, para que ese amor quedara no solo como una declaración de intenciones, sino como una realidad irrefutablemente clara. "En la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley". Se declaró claramente el momento de Dios, que por providencia amorosa fue también el momento del hombre. Era el momento del amor: "Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo: Tiempo de nacer, tiempo de morir; tiempo de plantar, tiempo de arrancar; tiempo de matar, tiempo de sanar; tiempo de destruir, tiempo de construir; tiempo de llorar, tiempo de reír; tiempo de hacer duelo, tiempo de bailar; tiempo de arrojar piedras, tiempo de recogerlas; tiempo de abrazar, tiempo de desprenderse; tiempo de buscar, tiempo de perder; tiempo de guardar, tiempo de arrojar; tiempo de rasgar, tiempo de coser; tiempo de callar, tiempo de hablar; tiempo de amar, tiempo de odiar; tiempo de guerra, tiempo de paz". Ahora era el tiempo del amor. Y se hacía en la obra de Jesús. No se trata simplemente de conocerlo y de querer entender quién es: "'¿Quién dice la gente que soy yo?' Ellos contestaron: 'Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros dicen que ha resucitado uno de los antiguos profetas'". Eso sería como quedarnos en la época de la pre-revelación, entendiendo a Jesús como ese "Ser" griego al que hemos hecho referencia. Jesús, porque ama, quiere más, como el Dios que es y que hace todo por el hombre, porque lo ama infinitamente. Por eso quiere ser entendido plenamente, en lo que lo mueve más profundamente, es decir, en el amor. Quiere que se dé ese paso absolutamente necesario que hará que sea comprendido perfectamente, aunque se mantenga en su misterio divino que es infinito, pero no en la vivencia del amor, que compensa todo misterio. Por eso debemos dar ese paso adelante: "'Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?' Pedro respondió: 'El Mesías de Dios'". Nosotros debemos llegar a ese punto de la perfecta comprensión de quién es Jesús en su esencia más profunda. Él es el Hijo de ese Dios que es amor, que viene para hacernos palpable el deseo extremo de Dios de tenernos con Él, porque nos ama más de lo que nosotros podemos imaginarnos y por supuesto más de lo que nosotros mismos nos amamos, que está dispuesto incluso a entregar su vida por nosotros para hacernos recuperar nuestra condición de hijos, la que habíamos perdido por nuestro pecado. Él es el Mesías prometido, el Ungido en el óleo de amor para derramarlo sobre nosotros, haciéndonos a todos ungidos para vivir de nuevo en ese amor perdido pero que es nuestro, pues Dios a nadie más ama tanto como a nosotros. Por nosotros fue capaz de surgir maravillosamente de su vida íntima de serenidad y satisfacción total, para hacer posible nuestra existencia, don de su amor, y llevarnos en la eternidad a habitar en esa serenidad que nos hará vivir resguardados en su corazón de amor interminable.

miércoles, 5 de agosto de 2020

Mi derecho como hijo de Dios no se traduce en deber de Dios

También los perritos comen las migajas que caen de la mesa del amo ...

Uno de los textos del Evangelio más impresionantes que se pueden leer, aun cuando todos entrañan grandes enseñanzas y contienen palabras de salvación para cada hombre de la historia, es este de la mujer cananea que se acerca a Jesús para solicitar su favor liberando a su hija que está poseída por un demonio. Y es ciertamente muy llamativo porque da la impresión de que se han invertido los papeles en los personajes que lo componen. Nos encontramos con un Jesús aparentemente excluyente, despiadado, xenófobo, indiferente ante la necesidad de esta madre, endurecido de corazón. Definitivamente un Jesús desconocido, según lo que nos ha ido siendo presentado hasta este momento por los evangelistas. La figura de Jesús ha sido hasta ahora la de Aquel que se conduele de la tragedia de los hombres y los cura o los libera. Es el que ha proclamado las Bienaventuranzas como el nuevo orden, elevando la exigencia de los mandamientos del Antiguo Testamento, el que ha liberado poseídos, curado leprosos, devuelto la vista a los ciegos, fortalecido los músculos de los paralíticos... Es el que ha presentado a un Dios que es paciente y misericordioso, y que espera hasta el último momento para desechar a la cizaña que se empeña en servir al mal, el que se sorprende por la fuerza que sale de Él para sanar a la mujer que sufría flujos de sangre, el que sale al encuentro de la hija de Jairo para resucitarla a la vista de todos... Es el que coloca el seguimiento de Dios por encima de cualquier otro interés, por lo cual es preferible dejarlo todo, como el que encuentra el tesoro en el campo o el buscador de perlas, que deciden colocar todo lo que poseen en función de ganar una riqueza mayor... Hasta ahora, Jesús es la encarnación del amor y de la misericordia divina, el que hace presente entre los hombres ese poder sanador, que está basado en el amor, y que cada día se hace presente a través de un portento o de una palabra consoladora. Por el otro lado, nos encontramos con una extranjera, una mujer cananea, perteneciente a un pueblo despreciable y despreciado por los judíos, por lo cual, como reacción, despreciaban a los judíos a los que consideraban invasores y opresores y por ello rechazaban radicalmente todo lo que fuera judío o se acercara a serlo. Esta mujer deja expresar su petición movida por su amor de madre, que solicitaba un favor a este personaje del que tanto se oía. Deponiendo el natural rechazo que podía sentir por todo lo judío se acerca a Jesús, demostrando que su preocupación como madre, pero también su fe en Ese del que seguramente había escuchado tanto, dejaba a un lado orgullos pueriles. Ella confía en Jesús, en su amor, en su misericordia y en su poder. 

Sin duda, los personajes tienen cambiados sus roles. El Jesús misericordioso, el que trae el amor del Padre a todos los hombres, es un personaje cruel. La cananea, despreciadora de los judíos, se acerca confiada totalmente a ese Jesús que hace maravillas. El encuentro entre ellos es impresionante: "Una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: 'Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo'. Él no le respondió nada". Ella reconoce desde un primer momento quién es Jesús. Para ella es el Señor, el Hijo de David, apelando a la tradición judía que vivía en la espera del Mesías, descendiente de David. Demostraba mucha más fe que muchos de los mismos judíos. Pero Jesús se muestra indiferente incluso ante esta demostración grandiosa de fe. Al punto que los mismos discípulos se extrañaban de esta indiferencia de Jesús: "Los discípulos se le acercaron a decirle: 'Atiéndela, que viene detrás gritando'". Interceden por ella, pero quedan aún más sorprendidos con la respuesta de Jesús: "Él les contestó: 'Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel'". ¿Dónde quedaba entonces esa idea de la salvación universal pregonada desde antiguo? ¿Solo los miembros del pueblo de Israel tenían entonces derecho a recibir el favor de Dios? El mismo Jesús, en una ocasión anterior había desdicho esto, cuando curó al criado del Centurión a la distancia. Este Centurión, seguramente "temeroso de Dios", como llamaban los judíos a los que no eran miembros de su pueblo pero que demostraban señales de conversión hacia Yahvé, aun siendo romano, sí había sido considerado digno de recibir el beneficio de la fe, lo cual confirmaba la convicción de todos de que esa salvación alcanzaba a toda la humanidad sin excluir a nadie. Por ello, era extraña esta conducta de Jesús. Y la insistencia de la mujer plantea entonces un diálogo aún más crudo: "Ella se acercó y se postró ante él diciendo: 'Señor, ayúdame'. Él le contestó: 'No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos'". Son inusualmente duras las palabras de Jesús. Nunca antes había sido tan crudo. Los "hijos" serían los judíos y los "perritos" serían todos aquellos que no pertenecen a Israel. Pero la determinación de la madre por lograr el favor para su hija y la fe en el Jesús que salva, están por encima de un orgullo absurdo: "Ella repuso: 'Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos'". Es impresionante esta respuesta que está cargada de humildad, de fe en Jesús y de amor por su hija. Ella no importa nada. Importa la salud de su hija y la fe que la mueve a acercarse al que ella considera pueda ayudarla condoliéndose de su situación. Ella ama. Ama a su hija profundamente y ama a Aquel al que se acerca sabiendo que puede hacer algo. Eso es lo importante. Nada más.

Por ello, a Jesús no le queda más remedio que deponer su dureza y cambiarla radicalmente por una dulzura sin par. Podemos imaginarnos la mirada de Jesús ante esta mujer que no pone nada por encima de su fe ni de su amor, ni siquiera su propio orgullo o su dignidad: "Jesús le respondió: 'Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas'. En aquel momento quedó curada su hija". La humildad de ella arrancó de Jesús el gesto poderoso, que no era otra cosa que el signo de su amor por la demostración que había hecho aquella extranjera. Por ello, la conclusión que podemos sacar de este rol que cumple Jesús, es de que, previendo cómo se desarrollarían los acontecimientos, aprovechó para enseñarnos a todos cómo debemos comportarnos delante de Dios. Ante Él todos tenemos los derechos de hijos, pero no podemos exigirlos con soberbia. Lo que debe movernos es el amor. Y el amor exige la humildad y la fe. El mismo Jesús nos animó: "Pidan y se les dará, toquen y se les abrirá". Jesús fue "duro", "crudo" y "cruel", de manera pedagógica, para que asumiéramos que delante de Dios tenemos que ser como esa mujer cananea, confiada en su poder y su amor, pero sobre todo, humilde. Nuestro derecho no se convierte en el deber de Dios. Él actuará siempre con amor y misericordia, pero esto requiere de nosotros el ser humildes, como lo fue aquella mujer que arrancó de Jesús su favor, conmovido por su humildad y su fe. Jesús cumple así lo que estaba anunciado desde antiguo: "'Es de día' gritarán los centinelas arriba, en la montaña de Efraín: 'En marcha, vayamos a Sion, donde está el Señor nuestro Dios'. Porque esto dice el Señor: 'Griten de alegría por Jacob, regocíjense por la flor de los pueblos; proclamen, alaben y digan: ¡El Señor ha salvado a su pueblo, ha salvado al resto de Israel!'" El motivo final de la venida del Hijo de Dios al mundo es la salvación de todos los hombres. La sangre que derramará será suficiente y abundará para el beneficio de cada hombre de la historia. Nadie queda excluido. Solo se requiere de cada uno de nosotros la demostración de nuestra confianza en su amor y su poder, la humildad extrema y el abandono en sus brazos amorosos, y el amor entrañable, como el que demostró aquella cananea por su hija y por Jesús, y que fue suficiente para que ese Hijo de David, el Mesías redentor, se conmoviera en lo más profundo de sus entrañas y le concediera el favor que ella pedía con la máxima humildad.

viernes, 6 de diciembre de 2019

Me presento ante ti como soy para que me hagas mejor

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Delante de Jesús necesitamos ser francos. No podemos estar con ocultamientos. En primer lugar, porque es absurdo querer ocultarle algo, pues toda nuestra realidad está siempre diáfana en su presencia. Él es Dios. Y como Dios es omnisciente. Lo sabe todo, escruta todo, intuye todo. Lo que podemos ocultar a otros, es imposible que se lo podamos ocultar a Él. En segundo lugar, porque delante de Él no podemos tener dobles facetas. O nos mostramos como somos o tenemos la pretensión de falsearnos. No podemos pretender engañarlo, pues Él es la fuente de toda bondad y tiene repugnancia ante los de doble cara. Basta con ver sus intercambios con los fariseos y los escribas, maestros del "disfraz de buenos" ante todo el pueblo judío, pero descubiertos y en evidencia delante de Jesús. Por ello los combatió tan abyectamente. Jesús resiste a los falsos. Y en tercer lugar, porque es la única manera como podremos alcanzar su favor. Siendo su amor infinito y eterno por todos, guarda sus favores preferentemente a los que con humildad se presentan ante Él con un alma libre, pura, abierta a la maravilla de su poder, confiada en el poder infinito que ha demostrado ante los enfermos, los débiles, los pecadores. Si Jesús resiste a los falsos, se rinde ante los humildes. Los débiles, los transparentes, los que demuestran confianza absoluta en Él, son su debilidad. Veamos su actuación ante la sirofenicia, ante el Centurión, ante la adúltera, ante Zaqueo. Ninguno de ellos pugnó por ocultar nada delante de Jesús y por ello fueron tratados con tanta delicadeza.

El diálogo de Jesús con los ciegos que se le acercan a solicitar el milagro es un claro caso de apertura de corazón, de transparencia, de confianza. Seguramente estos hombres habían ya escuchado, o quizá incluso habían presenciado alguna de las tantas maravillas que había realizado Jesús. Y por ello son atrevidos y osan seguirlo gritando suplicando su favor. "Ten compasión de nosotros, hijo de David". Descubren en su expresión que son hombres de fe. El título de Hijo de David es título mesiánico. Denota la figura anunciada desde antiguo como aquel que vendrá a lograr la libertad plena de Israel. Es el descendiente de David que tendrá la tarea de la liberación de todos los males del pueblo. Y pedirle compasión es la confesión de fe en su poder. Aquel a quien se dirigen es, por tanto, el Mesías liberador que ha venido con poder sobre el mal. Quizá es tanta la profundidad en su fe y tanta la claridad en su mirada espiritual la que llama la atención de Jesús. Y por eso la pone a prueba. "¿Creen ustedes que puedo hacerlo? ... Que les suceda conforme a su fe". Jesús pone la pelota en el campo de ellos. No dudan un instante en lo que están diciendo. Son honestos, claros, transparentes. Es lo que guardan en sus corazones. Por eso su respuesta no es nada rebuscada: "Sí, Señor". Y sucede el milagro. Y es tanta su alegría por recibir el favor que pedían, que la misma sorpresa los hace desobedecer una orden directa de Jesús: "¡Cuidado con que lo sepa alguien!" Para ellos era necesario ser transparentes. No solo con Jesús, sino con todos. Ellos habían obtenido un favor del Hijo de David. Y se convirtieron inmediatamente en anunciadores de esas maravillas. "Ellos, al salir, hablaron de él por toda la comarca". Es tan franca, tan transparente, tan dichosa su reacción, que hasta el mismo Jesús dejó pasar esa desobediencia. Habían demostrado su fe en Jesús y fueron de los primeros testigos de sus portentos.

Quien recibe el favor del Mesías liberador no puede reaccionar de otra manera. Quien ha demostrado su fe delante de Él, quien ha sido transparente mostrando diáfanamente lo que hay en su corazón, no puede sino reaccionar con alegría infinita cuando esa fe tiene el fruto deseado, cuando se obtiene el favor añorado de quien es el enviado por Dios para salvar a la humanidad. Es el preludio de lo que sucederá al final de los tiempos, cuando ya todo sea restituido en Él. Estas son ocasiones anticipadas de la vivencia idílica que tendremos todos los que ponemos nuestra confianza absoluta en nuestro Redentor. La transparencia tendrá su fruto. Será el tiempo del reinado de Jesús, en el cual todo será paz y armonía, ausencia de dolores o sufrimientos, amor en nota mayor: "Aquel día, oirán los sordos las palabras del libro; sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos. Los oprimidos volverán a alegrarse en el Señor, y los pobres se llenarán de júbilo en el Santo de Israel; porque habrá desaparecido el violento, no quedará rastro del cínico; y serán aniquilados los que traman para hacer el mal ... Cuando vean sus hijos mis acciones en medio de ellos, santificarán mi nombre, santificarán al Santo de Jacob y temerán al Dios de Israel". Será el tiempo de la verdadera liberación. El mal habrá sido vencido, y reinarán junto al Jesús triunfador, aquellos que han demostrado su fe, que no han dudado en su presencia, que presentaron una misma faceta delante de Él y que obtuvieron su favor por su confianza radical en el amor todopoderoso que ha vencido al mal.

viernes, 27 de septiembre de 2019

¿Quién dices tú que es Jesús?

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"Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?" Es la pregunta crucial que hace Jesús a los apóstoles, después de hacer una indagación sobre la opinión de los demás. En Jesús existe el interés de ver cómo va su obra. A mitad de camino quiere saber cómo se va aclarando su figura y su misión delante de la gente, principalmente, delante de los más allegados a Él, los apóstoles. En el sentir general, Jesús es un personaje importante. "Unos dicen que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas". No dejaba de ser resaltante, por cuanto esos personajes eran emblemáticos en la memoria del pueblo de Israel. Por un lado, Juan Bautista había venido a revolucionar el ambiente en medio de la expectativa por la llegada del Mesías. Llamaba a una conversión de corazón, a un arrepentimiento y a una renovación interior para disponerse bien ante la venida inminente del Hijo de Dios. Él era "la Voz que clama en el desierto: preparen el camino al Señor." Por el otro, Elías era el prototipo del Profeta. En el Antiguo Testamento él representaba al hombre que se había dejado invadir por Dios y se había convertido en su heraldo, llevando al pueblo el mensaje y la voluntad de ese Dios, Rey y Señor de Israel. Afirmar que Jesús era alguno de ellos, o cualquiera de los antiguos profetas "que había vuelto a la vida", significaba que la gente daba una verdadera importancia a la figura de Jesús.

Pero aún así, con lo resaltante que podría resultar esta consideración en la memoria de la gente, no era completa. Jesús estaba interesado en saber lo que pensaban los suyos, los que estaban con Él, los que habían sido convocados para ser sus compañeros de camino. "Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?" Era un examen previo para ver si ellos iban comprendiendo lo que estaban viviendo junto a Jesús. Pedro, cabeza del grupo, toma la palabra y afirma de manera clara: "Tú eres el Mesías de Dios". La afirmación no es algo dicho de memoria. No es una lección aprendida en alguna sesión de enseñanza. Es una frase que denota mucha profundidad y que requiere de una inspiración superior. Quien la pronuncia, Pedro, no es ningún gran teólogo ni un erudito en historia de la salvación. El Mesías es un personaje único, central, en la fe judía. Es el que está esperando el pueblo desde la promesa del Protoevangelio, pronunciado desde el mismo inicio de la historia, luego del pecado del hombre: "Pongo enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya. Y un descendiente de ella, te pisará la cabeza, mientras tú le hieres el talón". Para Israel, el Mesías de Dios era el personaje que enviaría Yavéh para su liberación. Era el libertador, quien rompería las cadenas del yugo opresor, quien vendría a restablecer el orden que había sido roto por el pecado. Con su venida, llegarían todas las bendiciones de Dios sobre el hombre, a pesar de haberse puesto de espaldas a Dios en aquel momento funesto de la historia humana. Afirmar que Jesús es el Mesías es atinar en el blanco perfectamente. Y viniendo de Pedro, era muy sorprendente.

A Jesús no le queda más remedio que reconocer la obra de Dios en él. "Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie". A Pedro le reconoce: "Bienaventurado eres tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre del cielo". Era imposible que aquellos que lo acompañaban tuvieran ya tan clara su identidad. Eso era evidentemente obra de Dios. Jesús había dado ya atisbos de lo que era. Pero aún quedaba un largo trecho por delante para que esa identidad fuera totalmente aclarada. En Pedro y los apóstoles, en este sentido, se descubre una disponibilidad a dejarse iluminar. Sus corazones no quieren dejarse llevar solo por las evidencias o las opiniones de otros, sino que quieren ser dóciles a la inspiración divina para que sea Dios mismo quien los vaya puliendo. Ellos habían sido elegidos para ser discípulos, y como discípulos debían ser dóciles.

Esta disponibilidad de los apóstoles es la misma que debe haber en todo el que quiera ser buen seguidor de Cristo. Un corazón bien dispuesto debe tener la suficiente humildad para no seguir solo las evidencias que se presenten o las opiniones de la mayoría. En las cosas del espíritu, quien inspira es el mismo Dios. No es uno mismo ni los otros, aunque Dios pueda en ocasiones valerse de las mediaciones humanas para darse a conocer. Un discípulo del Señor tiene contacto con los hermanos para saber qué es lo que están viviendo y lo que piensan de Jesús. Se "baña" con la misma agua con la que se bañan ellos. Sabe cuál es su sentir y lo conoce naturalmente para, desde ese conocimiento, acercarle la Verdad. Y sabe deponer sus propios criterios para enriquecerse de los de Dios y avanzar en la ruta de la perfección. Se deja inspirar por Dios, para saber quién de verdad es Jesús, para integrarlo en su propia vida y para darlo a conocer a los demás.

Es por ello que ante la pregunta de Jesús debemos mirarnos hacia dentro. ¿Quién digo yo que es Jesús? ¿Es para mí el Mesías de Dios? Si lo afirmo, debo asumir el compromiso que ello implica. El Mesías es el enviado de Dios para la renovación del mundo, para la renovación del hombre. Es el que llama a acercarse a los hermanos para saber qué viven y qué intereses tienen. Es el libertador de todas las ataduras. Es el adalid del nuevo camino que debe emprender la humanidad para avanzar hacia la plenitud del amor y de la felicidad. Es quien marca la pauta de una nueva vida que debe ser asumida con toda responsabilidad. Si es mi Mesías, debe ser todo eso para mí. Y debe producir en mí una renovación radical, una transformación total, un nuevo ser integral. No puedo ser el mismo después de dejarme inspirar por el Padre del cielo acerca de la identidad de Jesús. Debo ser el hombre nuevo que viene a hacer Jesús de mí.

jueves, 15 de mayo de 2014

Tú eres importante para la Salvación del mundo

En la historia de la salvación hay personajes que prefiguran a Jesús, hay quienes profetizan su presencia en el mundo, hay quien es su Precursor y hay quienes anuncian su persona, su palabra y sus obras a los demás. Dios es sabio y se ha encargado de que todos los hombres de toda la historia tengamos la posibilidad de atisbar en el futuro, de experimentar en nuestro presente o de recordar lo que se hizo en el pasado para actualizarlo en nuestro aquí y ahora... Las Sagradas Escrituras están plagadas de personajes, hombres y mujeres, que cumplen alguna de estas funciones para nosotros...

Desde que se inició la revelación en la cual Dios mismo anunció su historia de amor con los hombres, anunciando el envío del "Hijo de la mujer" que pisaría la cabeza de la serpiente, del demonio, ya no hubo un solo momento en nuestra historia en la que no hubiera un gesto, una acción, una palabra de Dios hacia los hombres en los que no expresara claramente su intención salvífica. Aquellas palabras con las que se inicia esta historia de salvación, que habla del diseño de un Plan salvífico en el que Dios se "inmiscuye" en la historia humana haciéndose un actor más en ella, son el punto de arranque de la "historia humana" de un Dios que no quiso desentenderse de la suerte del hombre. En el extremo de lo justo, pudiéramos pensar que para Dios, no teniendo necesidad de nada más que de sí mismo, lo más cómodo, lo menos comprometedor, hubiera sido simplemente hacerse la vista gorda, desentenderse de lo que había creado, e incluso hacer desaparecer aquello que le estaba complicando la existencia. No había sido una "buena inversión" lo que había hecho existir, pues había sido retorcido completamente su plan y no se estaban cumpliendo sus expectativas... Mejor para Él hubiera sido sencillamente quitarse ese peso de encima... Pero esto hubiera desdicho de su esencia infinita, omnisciente, todopoderosa y amorosa... Al ser omnisciente sorprende pensar que todo lo sucedido estaba en la mente de Dios, no como destino cruel y trágico, sino como realidad verificada al crear al hombre con libertad plena como la suya. Al ser todopoderoso sabemos bien que ningún mal podía vencerlo, por lo cual es absurdo pensar que se echara atrás ante lo que plantea un reto a ese mismo poder que posee. Y, lo más importante, al ser infinitamente amoroso, es absolutamente consecuente con ese ser de amor el tender la mano desde el principio para enderezar el entuerto que la libertad donada al hombre había establecido. Quien ama no impide el error eliminándolo. Busca corregirlo ofreciendo un camino alternativo de atracción hacia el bien, presentándolo con ternura y suavidad, de modo que se entienda que en el perdón, en la misericordia y en el ofrecimiento de una nueva oportunidad está la riqueza. Que nunca estará en la obstrucción de la existencia o en la imposibilidad de errar...

Cada uno de los personajes de la historia de la salvación, de alguna manera, nos habla de esta realidad divina. Los Patriarcas, abandonados totalmente en las manos de Dios, siguiendo al pie de la letra su voluntad, sirviendo para conducir al pueblo, nos dan la clave para la comprensión de un Mesías que se pondrá al frente de todo un pueblo -la humanidad entera- para conducirlos a todos al encuentro del Señor en la tierra prometida. Los Profetas, con su palabra y hasta con su propia vida, nos van dando luces de lo que será el Redentor. Dios los toma como sus altavoces para ir diciéndole al pueblo cuáles son sus designios y cuáles son las características del futuro Mesías para que lo reconozcan cuando aparezca. Cada profeta va encendiendo una luz que ilumina la figura del Redentor. En la plenitud de los tiempos sólo faltaba que apareciera el Mesías, pues ya estaban todas las luces encendidas... Los Jueces fueron elegidos por Dios para decidir sobre las situaciones en las que se necesitaba el discernimiento y la sabiduría de los instrumentos elegidos para hacerlo, colocándose siempre del lado de la justicia, protegiendo a los débiles y a los indefensos... El Mesías iba a ser el defensor de los más humildes y sencillos, dejándose llevar exclusivamente por el amor, la piedad y la misericordia... Los Reyes, entre los cuales destaca David, son figura de quien debía regir al pueblo y conducirlo, guiándolo con mano suave, protegiéndolo de los invasores, liderando las batallas... El Mesías será el gran Rey de Israel y de todo el Universo, por cuanto se encargará de gobernar desde el amor, con la autoridad que da el servir a todos por amor, defendiendo a cada uno de los embates del maligno...

Así, ellos eran sin duda, descubridores de lo que sería el Mesías Redentor. Finalmente, al llegar la plenitud de los tiempos, llegó el Mesías esperado. Lo anunció el Precursor, Juan Bautista, quien lo descubrió en medio de la multitud de quienes venían a ser bautizados: "Este es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo", dijo a todos, aclarándole con toda humildad, "Yo no soy quien ustedes piensan; viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias". Él era simplemente "la Voz que clama en el desierto", era quien portaba las sandalias del que anuncia la llegada de la paz para todos...

Hoy, todos somos los enviados de Jesús al mundo, para anunciar su Palabra y su amor, siendo testigos de su obra en nosotros. No seremos nunca más que quien nos envía, sino simples instrumentos del amor, con la única dignidad de haber recibido su infinito amor, pero para hacerlo patrimonio común para todos, con lo cual será cada vez más nuestro... "El criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que ustedes saben esto, dichosos si lo ponen en práctica"... Es nuestra tarea, para hacer que se siga avanzando en la historia de la salvación que Dios ha diseñado para el mundo. No podemos permitir que esa historia se estanque. Somos los instrumentos que Jesús quiere usar para hacer llegar la salvación a todos. Somos enviados por Jesús al mundo para darle su amor a los hermanos...

domingo, 4 de mayo de 2014

Dios te quiere feliz y esperanzado

El desánimo es una tentación frecuente de los cristianos. Por un lado, el inmediatismo nos hace muy malas jugadas cuando esperamos que los frutos de la Redención sean inmediatos y el mundo sea "bueno" ya por la obra de Jesús. Por el otro, se suman muchas veces las vivencias personales en las que sentimos que estamos solos ante el mundo, que las cosas no se nos dan como queremos, que tenemos dificultades que nos impiden vivir serenamente, que casi estamos seguros de que Dios nos ha olvidado... El desánimo lleva a la depresión. Y desde ahí, es muy fácil llegar a la pérdida de la fe y de la esperanza, con la consecuente sequedad espiritual por la falta de la vivencia del amor de Dios por nosotros... El mundo se nos viene abajo y con él casi todas nuestras expectativas. Se hace necesaria la intervención directa de Dios, en la que por sí mismo o por otros, nos convence de que no es el plan nuestro el que vence, sino el suyo. De que nuestros planes jamás serán mejores que los suyos, de que sus tiempos son muy diversos a los nuestros, de que su medida de lo "bueno" pasa por valoraciones muy distintas a las nuestras. En definitiva, de que su pedagogía utiliza rumbos muy distintos a los que nosotros esperamos...

Los dos discípulos de Emaús experimentaron el desánimo y estaban a punto de tirar la toalla. La conversación que llevaban era casi como en la búsqueda de un consuelo que fuera de Jesús jamás encontrarían... No sólo vivían ellos esa depresión, sino que al acercarse aquel misterioso acompañante, casi que lo obligan a tener la misma experiencia de desánimo. Buscan convencer al caminante de que había que estar desanimados como ellos, de que no había razones para mantener una esperanza sólida pues ya no existía la base para ella. Todo se había ido al garete. Las expectativas que se habían creado entre los miembros del pueblo de Israel, con ese Jesús que había aparecido, estaban sepultadas con Él... Había sido "un profeta poderoso en obras y palabras", pero no había pasado de allí. Lo mataron y con su muerte murieron todas las esperanzas... Ya no hay razón para seguir entusiasmados esperando algo maravilloso...

La luz que fue echando Jesús sobre su espíritu los fue llenando de nuevo del ánimo que habían perdido. Tanto, que no lo querían dejar ir. Esa luz era maravillosa, pues echaba fuera las sombras tenebrosas que se había enseñoreado sobre ellos. "Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída", es decir, "quédate, Señor, que sólo contigo tenemos la luz que puede vencer las tinieblas que se están cerniendo sobre nosotros, sólo tu luz nos ilumina el camino, sólo contigo tenemos claridad en la ruta que debemos seguir, sólo esa luz maravillosa que derramas sobre nuestro espíritu y sobre nuestro ánimo es capaz de vencer este desánimo, esta depresión, y de lanzarnos felices y nuevamente esperanzados al camino de la dicha que nos conduce a la eternidad... No te vayas, Jesús". Los discípulos entendieron perfectamente que viviendo de nuevo la felicidad de la presencia del Mesías en la propia vida, todo ganaba una nueva tonalidad, una nueva luminosidad. Que todo lo que experimentaran en su vida tendría un nuevo sentido. Y no es que llegaran a ilusionarse con la solución de todos los problemas, de todas las dificultades, de todos los sufrimientos que tendrían en sus vidas, sino de que la presencia de Jesús, glorioso, resucitado, verdadero Mesías, les daba a todos ellos un signo distinto, una simbología enriquecida, pues ese Mesías estaba presente allí, con su mano tendida para hacer los problemas sorteables y mayores las felicidades...

Al redescubrir a Jesús su ánimo cambió, y por eso volvieron presurosos a los apóstoles para anuncarles o confirmarles la noticia maravillosa de su triunfo sobre la muerte. No fue poderosa la muerte, fue poderosa la vida. No fue poderosa la oscuridad, fue poderosa la luz. No fue poderosa la soledad, fue poderosa la presencia de Dios... Y esto había que anunciarlo. Había que gritarlo con la mayor fuerza y con la mayor alegría. No se podían quedar con la noticia más maravillosa de todas las que cualquier hombre de la historia pudiera llegar a escuchar: "¡Jesús está vivo... Ha vencido, y está triunfante, anunciando su triunfo para dárnoslo a todos!"

Fue lo que entendieron los apóstoles como el núcleo de lo que debían anunciar a los hombres. Era el "kerygma", lo central, lo medular, que había que decirle a la humanidad: "Escúchenme, israelitas: Les hablo de Jesús Nazareno, el hombre que Dios acreditó ante ustedes realizando por su medio los milagros, signos y prodigios que conocen. Conforme al designio previsto y sancionado por Dios, se lo entregaron, y ustedes, por mano de paganos, lo mataron en una cruz. Pero Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte; no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio". Esta noticia basta para suscitar la alegría. Incluso para aquellos que colaboraron en la muerte del Redentor. Todos son objetos del amor. Todos obtienen la salvación por Aquél que ama a todos, particularmente a quienes más lo necesitan... Ese es el Dios del amor, que no deja a nadie fuera. Y que devuelve el ánimo y la esperanza, pues cumple las expectativas plenamente. Su amor es poderoso y está a favor de nosotros. Nada nos hace más feliz que saber eso: "Ya saben con qué los rescataron de ese proceder inútil recibido de sus padres: no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto ni mancha, previsto antes de la creación del mundo y manifestado al final de los tiempos por nuestro bien. Por Cristo ustedes creen en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, y así han puesto en Dios su fe y su esperanza". Es la razón mayor, la perfecta, para jamás estar desanimados y para esperar siempre con alegría el final feliz de toda historia...

viernes, 25 de abril de 2014

No hay más redentores

Siempre he escuchado que los hombres en general somos caudillistas... Y no es falso. Cada tanto aparecen personajes que descuellan y se convierten en "salvadores" de la humanidad. No es falso ni es nuevo... En todas las épocas de la historia han aparecido hombres que con su personalidad, con sus recursos de poder, con su labia, con los instrumentos con los que puedan a bien hacerse, logran conquistar masas, obnubilarlas y embaucarlas... Parecerían narcotizadores de oficio que han aprendido muy bien su tarea. Y en contraparte, siempre ha habido gente para ellos... "Todos los días nace un tonto, y el primero que lo vea es de él...", reza el fatal y terrible dicho popular. Los que buscan dominar masas lo saben bien y están al acecho para ganarse a sus seguidores. Así como hay embaucadores de oficio, hay apoyadores de oficio... Son esos que viven una situación de dolor, de postración, de dificultad, de necesidad, que llega incluso a ser extrema, y están a las espera de una mano que los pueda apoyar y sacar de su postración...

En todas las épocas ha habido gente que vive situaciones de dificultad extremas. Son los que viven la miseria en muchos órdenes: social, económica, intelectual, afectiva, espiritual... Se convierten así, en profundamente necesitados de ayuda externa para poder ver algo de luz en su penumbra personal. Hay quienes se acercan a ellos con buenas intenciones... Conocemos de personas que ven en ellos a unos hermanos que hay que ayudar, tendiéndoles la mano con la verdadera caridad necesaria. Son los que han entendido el llamado de Jesús: "Cada vez que lo hicieron con uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron..." Y así vemos en la historia miles de personajes que han visto a estos pequeños sufridos como alguien que por amor a Dios no pueden dejar solos en su ignominia... Son los santos de la caridad cristiana que buscan llevar algún alivio...

Pero, lamentablemente hay quienes más bien sacan buen provecho de esta situación de los hombres para establecer su dominio, su imperio. Construyen sobre la vida en ruina de muchos. Son verdaderamente detestables, pues llegan incluso a buscar el sostenimiento de esta situación de necesidad de sus hermanos para poder mantener el poder de dominio y de esclavitud sobre ellos... No sólo los buscan con el interés falso de ayudarlos, sino para hacerles ver que ellos serán los únicos que podrán ayudarlos a resolver su situación, cerrándoles la visión para otras opciones, ofreciendo una única vía, para hundirlos cada vez más y hacerlos más dependientes de sus ayudas de limosna y de extorsión... Es posible que en un primer momento haya habido una buena intención, pero ésta se ha envenenado al probar la posibilidad de dominio sobre los débiles, y aquella primera buena intención cambia radicalmente de sentido...

Ante esto, es fundamental decir que la ayuda a los otros es absolutamente imprescindible, sobre todo para aquellos que son los preferidos del Señor los débiles, los humildes, los sencillos. A ellos sale su mano protectora en primer lugar a defenderlos y a ofrecer su providencia amorosa. Y a ellos ofrece su protección. Quien se atreve a usarlos para beneficio propio debe atenerse a las consecuencias de meterse directamente con Jesús, pues esos son los suyos... El amor cristiano, el que nos ha sido dado como mandamiento y que ha sido ratificado con mayor profundidad por Jesús, nos obliga. No sólo porque está mandado, sino porque es la manera de demostrar el amor a Dios. Amar al hermano, ayudarlo en su necesidad, es la prueba de que amamos a Dios: "Quien dice que ama a Dios, a quien no ve, y no ama a su hermano a quien ve, miente", dice San Juan... Es clarísimo...

Y más allá... Hay que saber que sólo uno ha dado su vida por nosotros y ha resucitado para confirmar su victoria que se nos ha anotado a todos. No hay más redentores. Sólo Jesús, sólo su nombre, sólo su vida y su poder, son los que han venido en nuestra ayuda para rescatarnos de la indigencia mayor, la del pecado, y para invitarnos a vivir la más sólida fraternidad basada en el amor... No tiene sentido que queramos colocar a la misma altura del Redentor a personajes que han surgido en la historia como "mesías chucutos", menos aún cuando ha quedado en evidencia que sus fines han sido absolutamente retorcidos, habiendo a lo mejor tenido un buen inicio, hasta con buenas intenciones... "Empobrecen a la gente para luego hacerla depender de ellos", ha dicho el Card. Bergoglio, hoy Papa Francisco, en su época de Arzobispo de Buenos Aires...

San Pedro ha dicho: "Jesús es la piedra que desecharon ustedes, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular; ningún otro puede salvar; bajo el cielo, no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos"... Es muy claro. No existe otro redentor, no hay otro mesías. Los que se coloquen en la misma línea amorosa de ayuda a los demás, en la de Jesús, serán simples instrumentos que envía la Providencia divina a los hermanos. Quien quiera desplazarlo, haciéndose a sí mismo redentor y mesías, simplemente es un usurpador. Y nosotros mismos debemos cuidarnos de hacer esa sustitución... No debemos ser caudillistas. Nuestro único Caudillo es Jesús, porque es nuestro único Redentor. No hay más. Sólo uno se ha dejado matar por amor a nosotros, sólo uno estuvo escondido en el sepulcro tres días, sólo uno resucitó para refrendar su victoria sobre la muerte y sobre el pecado... Ese es Jesús. Nadie más...

jueves, 20 de febrero de 2014

A todo dolor sigue un gozo

¿Quién es Jesús?  La pregunta nos la hace a boca'e jarro el mismo Cristo. "¿Quién dice la gente que soy yo?" Las respuestas, igual que las que dieron los apóstoles en su momento, seguramente serán variadísimas...

Para algunos, Cristo es casi un personaje de historieta, del que nos interesa saber su historia por lo magnífico y estruendoso de algunas cosas que hizo. Nos cautiva porque es como el Supermán, el Batman, el Capitán América, de los tiempos decadentes del Imperio Romano... Un cuento bonito que nos distrae en los momentos aburridos...

Para otros, Jesús es un revolucionario que se opuso a todo el orden establecido. Prácticamente un anarquista que nos habría invitado a todos a oponernos al orden constituido, al poder, a los gobiernos, poniéndose del lado de los más débiles y oprimidos. Por ello, tendríamos luz verde para oponernos en su nombre a todo lo que esté ordenado, a las leyes, a los principios básicos, a la convivencia fraterna y armoniosa... La finalidad es establecer una "nueva dictadura", la de los pobres, porque Jesús vino para lograr que ellos tomaran el poder y tomaran su turno para aplastar las cabezas de los ricos y poderosos...

La idea de otros es que Jesús es un espíritu tan elevado que su encarnación fue algo así como una condescendencia repugnante para poder hacerse presente en nuestra historia y hablarnos, a fin de conquistar nuestro espíritu y elevarlo a las más altas cotas celestiales. Nos invitaría a despreciar toda nuestra realidad actual, cotidiana, corporal, en aras de que podamos deslastrarnos lo más pronto posible de lo que impide nuestro vuelo a las nubes junto a Él... Nuestra posición corporal debe ser la de quien está sólo mirando al cielo, desentendiéndose totalmente de la realidad que tiene a su alrededor, la cual está viviendo como un mal menor, como una simple pesadilla que acabará, porque la vida real será sólo cuando estemos saltando de nube en nube con los angelitos del cielo...

Un grupo más piensa que Jesús es el que sufrió, sin vivir otro tipo de experiencias. Lo único que importaría saber de Él es que vivió una pasión terrible, que fue azotado vilmente, que se le cargó con una cruz pesada que tuvo que llevar casi en el extremo del vacío de fuerzas. Y el momento culminante de su vida fue cuando lo crucificaron, sufriendo la peor tortura jamás imaginada y que estuvo agonizando por tres horas colgado en ella. La estampa única que podemos tener de Él es la del hombre que yace inerme, ensangrentado al extremo, muerto en la Cruz. Por eso, nuestra posición debe ser la de la asunción del dolor, del sufrimiento, de la tristeza, como inapelables en nuestra vida, como realidades insoslayables y que tenemos que aceptar con resignación...

Existen quienes tienen a Jesús sólo como el personaje que nos revela la Resurrección, que ha alcanzado la gloria. No existe para ellos lo anterior, sino sólo la eternidad a la que entró triunfante después de resucitar. Lo que le daría sentido a la vida es sólo lo pascual, lo feliz, los gozos. Para eso habría venido Jesús y por eso no podemos dejarnos llevar por quienes nos invitan a conductas que traen sufrimientos o esfuerzos personales... Los sufrimientos serían una especie de maldición. Sólo es válida la luz, el goce, el disfrute. No hay oscuridades, dolores, tristezas que valgan la pena vivir...

Jesús tiene, sin duda, algo de esas concepciones. El problema de ellas está en las matizaciones que hacen y en su absolutización...

Finalmente, Jesús nos pregunta a nosotros directamente: "¿Quién soy yo para ustedes?" Pedro le respondió: "Tú eres el Mesías". ¿Qué respondemos nosotros? El Mesías es el esperado de Israel, el que venía a salvar al hombre de su indigencia radical por el pecado. Jesús mismo describe cómo será su itinerario: "El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días." Es un itinerario que abarca desde el sufrimiento hasta la muerte, finalizando con la resurrección. Es un todo que no puede ser soslayado ni silenciado. Para rescucitar, para triunfar, el Mesías debe morir, debe perder... Es el Jesús de los Evangelios tomados en su integralidad, el que nos habló del Reino de los Cielos, el que hizo milagros, el que nos dijo que ese Reino se alcanzará sólo con esfuerzo pues sufre violencia, el que nos dijo que no somos de este mundo pero que nos dijo que a Él lo encontramos en cada uno de los más humildes y sencillos de la tierra a los que teníamos que auxiliar desde el amor...

"A todo dolor sigue un gozo", decía el P. Cesáreo Gil. Y es la verdad. Jesús murió, pero no para quedarse oculto y vencido en la soledad del sepulcro, sino como paso previo y necesario para la gloriosa resurrección. La redención es eso. Es necesario morir para redimir, pues se trata de resurgir de la oscuridad para entrar en la luz maravillosa de la vida. Es todo el proceso que se da en los resurgimientos gloriosos de los hombres. Desde que Jesús inauguró ese camino, lo debemos seguir todos. Si queremos resurgir, debemos asumir el dolor como paso previo y necesario. Es el precio de la iluminación total. La muerte, el dolor, el sufrimiento, vistos así, unidos a los de Jesús, aseguran la resurrección. "Si nuestra existencia está unida en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya", nos dice san Pablo. Por eso es el Mesías. No sólo por el triunfo, que es la realidad final que resultará definitivamente, sino por todo el itinerario que necesitó recorrer para alcanzar la justificación eterna para todos...

viernes, 14 de febrero de 2014

Si uno solo es esclavo, todos somos esclavos

Jesús nos libera de todas nuestras ataduras. De aquellas que nos colocamos nosotros mismos y de aquellas que pretenden imponernos desde fuera. El anuncio que hace Isaías, unos 400 años antes de Jesús, sobre la futura figura del Mesías Redentor, es la de un liberador: "El espíritu del Señor está sobre mí... Me ha enviado a proclamar la liberación de los cautivos y dar vista a los ciegos, a libertar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor". La obra de Cristo es, entonces, liberadora, en el sentido de que se encarga de romper todas las cadenas que nos oprimen y nos regala de nuevo el don más preciado con el que fuimos creados: La libertad...

Esta libertad no debemos entenderla sólo en el sentido espiritual, aunque tiene su acento en él. En efecto, la peor de las cadenas que nos oprimen y que nos hemos colocado nosotros mismos, es la del pecado. Es terrible pensar que el espíritu del hombre, desde que éste pecó, se encuentra en una situación de esclavitud y de encadenamiento indignante. Ese espíritu que fue creado con la condición absoluta de libertad por la cual podría grácilmente entrar en contacto con las realidades más elevadas, las divinas, se vio constreñido, desde que cayó en la desgracia del pecado, a vivir en una prisión oscura y mortal, que le impedía bañarse de la luz de la gloria divina, en la cual debía haber vivido naturalmente. El pecado ensombreció totalmente sus rincones y le impidió elevarse a las alturas a las que estaba destinado. La belleza se convirtió en la fealdad más horrible y repugnante. La frescura se transformó en moho envejecido y maloliente. El mismo hombre se rebajó a profundidades impensables, a las cuales jamás estuvo destinado. Por ello surgió en el hombre la añoranza de una vida distinta. El hombre sabía que ese no podría ser su destino, y comenzó a vivir en el anhelo del cambio, de la liberación, de la redención...

Y este anhelo del hombre se unió al anhelo del mismo Dios Creador. También Dios anhela que el hombre esté en la situación de dignidad para la cual lo había creado. Y no se quedó de brazos cruzados. Los sueños del hombre coincidieron con los de Dios. Ambos, Dios y hombre, hicieron su parte para ese rescate. Dios envió al Mesías para la liberación y el hombre anhelante abrió su corazón para dejarse rescatar... Es la libertad añorada y soñada, anhelada y elevada, en la cual debía vivir el hombre y cuya falta hacía que de ninguna manera se encontrara cómodo en la vida. La obra de Jesús es obra de liberación y de elevación de lo que estaba esclavizado y caído. Es obra que coloca de nuevo al hombre en el sitial que le correspondía y del cual jamás debió haber salido. Cuando se comprende esto y se deja a Jesús actuar, se da la plena satisfacción, la plena compensación, pues se está en la única condición en la que se da la plenitud. No existe otra posibilidad para el hombre. No hay camino para obtener una plenitud superior.

Esta marca del espíritu humano da una coloración similar a toda la realidad humana. La libertad espiritual da la pauta para la libertad en todos los órdenes para la vida del hombre. Aun cuando la libertad del espíritu es la que da la única plenitud absoluta posible, de alguna manera permea a toda la realidad también corporal del hombre. La añoranza de libertad como signo identificador de la vida humana, trashuma hacia el deseo de libertad social, material, comunitaria... Es cierto que quien es libre en su espíritu no sentirá jamás el peso de las cadenas físicas que se le puedan imponer. Pero es también cierto que la experiencia de la libertad espiritual impulsa y alimenta el deseo de la libertad en los demás órdenes de la vida.

La libertad que vino a traer Jesús es una libertad integral. La espiritual compensa totalmente. Pero la obra de Cristo debe seguir la ruta que Él mismo quiso darle. Por eso, los esfuerzos por la libertad de los oprimidos y de los cautivos, y de todas las opresiones y cautividades imaginables, es obra de Cristo y por ende de los cristianos. No podrá haber jamás satisfacción plena en el que es libre espiritualmente cuando percibe a su alrededor la perseverante esclavitud a la que se somete a los hermanos, por ellos mismos o por pretensiones de otros, sean de poder, políticas, militares, ideológicas, pasionales, instintivas...

Cristo abrió los oídos y liberó la lengua del sordomudo. Para que escuchara y para que luego pudiera hablar. Es la libertad que nos da a todos. Nos abre los oídos para que podamos escuchar e impregnarnos de la Verdad y nos suelta la lengua para que podamos ser sus proclamadores. Nadie puede pretender negarnos ni restringirnos en esa libertad que nos da el mismo Jesús. Se equivoca de plano quien pretende suprimir una libertad tan sagrada que nos regala el mismo Cristo. La libertad integral es un  regalo de Dios al hombre y nadie está por encima de ella. Quien se quiera erigir en un dios que intente restringir libertades sagradas, se une a la obra diabólica que hizo caer al hombre en el abismo. Y los hombres, en atención al origen de este don, tenemos pleno derecho de defender nuestra libertad y nuestras libertades. Es un deber sagrado.

No podemos quedarnos de brazos cruzados y asistir pasivamente a las pretensiones de esclavizarnos. Si es a nosotros, debemos usar todas las formas lícitas al alcance para defendernos. Y si es al colectivo, a los demás, a nuestros hermanos, debemos entender que defenderlos es nuestra responsabilidad, pues jamás seremos totalmente libres si un solo hermano ha sido esclavizado. Misteriosamente formamos una sola realidad, somos miembros del mismo cuerpo de la Iglesia. Y si uno de los miembros es esclavizado, lamentablemente lo somos todos. Suprimir la libertad de uno es suprimir la libertad de todos. Nunca pensemos que podemos ser libres cuando uno solo de los nuestros es herido en su libertad...

sábado, 4 de enero de 2014

Si no eres justo ni amas, no eres de Dios

San Juan Apóstol es un tipo sorprendente. En lo que se refiere a la suavidad y la ternura de Dios nos eleva hacia alturas inalcanzables. Es él el que da la descripción exacta de lo que es Dios. Después de infinidad de intentos de los israelitas, entre los cuales se cuenta uno de sus personajes más destacados, como Moisés, que quiso saber el nombre de Dios para poder dirigirse a Él con mayor claridad, y habiendo recibido la respuesta inaudita del mismo Dios: "Yo soy el que soy", en la cual -una tautología, como se conoce a la definición de las cosas por y en sí mismas-, y habiéndolo descrito de mil maneras -Creador, Todopoderoso, Sustentador, Providente, Juez...-, nos da la descripción exacta de lo que es Dios en sí mismo: "Dios es Amor". No lo define, sino que lo describe. Definirlo sería colocarle límites, y en Dios, esto es absurdo. Nadie puede colocar límites a lo que en sí mismo es infinito... Mientras que decir que "Dios es Amor", ya no refiere sólo a la definición, sino a lo que Dios deja ver de sí mismo y hace sentir de sí mismo... Si aplicamos la máxima del gran filósofo que fue Karol Wojtyla, un personalista cristiano de los mejores, "La persona se conoce en la acción", tenemos que decir que si Dios se ha presentado en todas sus acciones en el amor, desde el amor y para el amor, Él es entonces, en sí mismo, Amor..

Juan tuvo esa experiencia íntima con el amor de Dios en su relación con Jesús; tanto, que se sintió privilegiado en esa vivencia personal, al punto de que se llamaba a sí mismo "El discípulo al que Jesús amaba"... Para Juan estaba claro que la esencia de Dios y de Jesús, "El Verbo que era Dios y se hizo carne", estaba en el amor... Y así, en todas las descripciones que Juan da sobre Dios, sobre su acción redentora en Jesús, no son otra cosa sino la expresión de ese amor activo que Dios ponía a funcionar en favor de los hombres. Por eso, el Evangelio de Juan y todos sus escritos rezuman de esta sensación de amor que Dios quiere derramar en el corazón de cada hombre... Los recuerdos de Juan sobre la obra de Jesús refieren siempre a ese lado tierno del amor, a ese hacerse nada para alcanzar la cercanía del hombre, a ese ponerse al servicio de todos para lograr que se dejaran amar infinitamente como Dios siempre lo hace... Se explica así el regalo de la Madre desde la Cruz a todos los hombres para que sean sus hijos, lo cual puede hacer sólo quien ama mucho; el gesto detallista con los esposos de Caná a los que se les había acabado el vino; la solicitud por que los que lo siguen no sientan hambre y tengan qué comer; la mirada tierna hacia la mujer adúltera que le traen los hombres para ser apedreada; la autopresentación que hace como el Buen Pastor que da la vida por amor a sus ovejas; el llanto ante la tumba de Lázaro, su gran amigo... Por eso, Jesús es capaz de dar el mandamiento nuevo del amor, pues no hace sino pedir a sus discípulos que hagan lo mismo que Él ha hecho...

Pero esa presentación de la gran luz que es Jesús, Juan la hace con el claroscuro de lo que puede ser la respuesta del hombre... Si el hombre se deja conquistar por ese amor, puede tener la felicidad asegurada eternamente. "Quien ama no puede pecar", y quien no peca, camina hacia la vida eterna en la presencia de Dios, y por ende, será eternamente feliz... Pero quien no se deja conquistar por el amor y, en consecuencia, no ama, no será de Dios, vivirá en el odio, y se asegura la tristeza por toda la eternidad. Quien peca, no ama. Quien es injusto, no es de Dios. Así de claro. Para Juan no hay término medio. Es cierto que en ese itinerario está siempre al posibilidad de la conversión y del abandono en la misericordia de Dios para ser perdonado y reconquistado, pero en la situación de pecado la realidad es terrible... Quien se empeña en mantenerse en esa situación, lejos de Dios, sin ser de Dios, denota su muerte personal. Quien es injusto y no ama a su hermano, no es de Dios, es decir, está muerto...

"Todo el que no obra la justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano", dice claramente Juan... Justicia, en términos de la Sagrada Escritura, es santidad. Pero también refiere a la virtud cardinal que invita a dar a cada quien lo que le corresponde. En el sentido bíblico, dar a Dios lo que le corresponde de nosotros, es decir, todo nuestro ser, de tal modo que somos santos por eso... Pero dar a todos lo que le corresponde... En un mundo como el nuestro, en el que al parecer la justicia es un artículo de lujo, pues es manipulada a placer, colocada en los términos que conviene al poder, que es quien ejerce la justicia legal, se ha convertido a la justicia y al amor al prójimo en una bandera disputada, en la que quien tiene el poder la coloca a su mejor conveniencia, revistiendo la falsa justicia en legal, apoyándola en leyes discriminatorias, que favorecen a un grupo -generalmente los que apoyan, alegando estar a favor de los "pobres y oprimidos"- y perjudican gravemente a otro grupo -generalmente quienes no están a favor, no importando su condición social-... no se puede llamar a esto ni justicia ni amor... Se llama, claramente, manipulación. No es justicia la que se reviste de un color, de una conveniencia, de poder. No es amor lo que promueve el odio contra algunos... No es de Dios nada de eso, ni las personas que lo promueven...

La experiencia de Dios asegura que estas cosas no sucedan, que en la sociedad se viva el verdadero sentido de la justicia y del amor al prójimo. Conocer a Jesús da el sentido exacto de lo que Dios quiere de nosotros. No se trata de que vivamos el amor a conveniencia, sino en la pureza de lo que Dios mismo quiere de nosotros. Se trata de seguir a Jesús con fidelidad, queriéndolo conocer al máximo, como los discípulos que lo quisieron seguir para saber "dónde vive", qué lo motiva, cuáles son sus caminos, cómo quiere que vivamos... Y al descubririlo en toda su plenitud, vivir de tal manera que podamos sentirnos santamente orgullosos de haberlo conocido, de haberlo seguido, de vivir y promover la verdadera justicia, de haberse dejado conquistar por el amor y haber decidido amar al prójimo como Él lo hace... Y con eso, hacerlo conocer a los demás, diciéndole a los demás, con nuestra propia vida y nuestras palabras: "Hemos encontrado al Mesías", haciendo que otros los conozcan y lo sigan con alegría...

viernes, 27 de septiembre de 2013

Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?

Para Jesús había llegado la hora de hacer un balance de la labor realizada hasta ese momento... Todo buen emprendedor tiene que hacerlo en algún momento. El éxito de una empresa no se basa sólo en la buena planificación, en el estudio de las circunstancias y del entorno que están alrededor de lo que se quiera hacer, en el establecimiento de objetivos (principal, específicos, intermedios...), en el inventario de los recursos humanos y materiales que se tengan a la mano, en los tiempos que se dispongan parta el cumplimiento de las metas... Esta es la base sin la cual no se puede iniciar el camino. Pero hay que apuntar a la evaluación ocasional de la marcha del proyecto, y a una gran evaluación final para descubrir el impacto, el éxito o el fracaso de la empresa, y poder así corregir sobre la marcha, incidir en los puntos positivos, incluir objetivos que se perciba que falten para apuntar a lo óptimo... Y finalmente, celebrar, continuar o recomenzar... Si no, se puede llegar a perder la perspectiva de lo que se está haciendo y todo se va por un desfiladero. Muchos emprenden grandes trabajos, muy interesantes y atractivos, pero les van perdiendo el interés, los descuidan, se imaginan que "marchan solos"... Y eso no es así... Nada más cierto que el dicho que reza: "El ojo del amo engorda el ganado"...

La "empresa" de Jesús era la más importante que hubiera iniciado personaje alguno en toda la historia de la humanidad: Nada más y nada menos que la salvación de cada hombre y de cada mujer que habían recorrido esa misma historia. Los que ya habían pasado, los que estaban en ese momento y todos los que vinieran en el futuro... Nada más delicado en las manos de un puñadito de hombres que el mismo Jesús se había elegido para que lo acompañaran en esta "aventura", que calificaba el futuro eterno de todos esos hombres y mujeres... ¡Casi nada!

Era natural, entonces, que ante tan delicada tarea, Jesús quisiera hacer "un alto en el camino" para hacer una evaluación sobre cómo iban las cosas... El éxito de su empresa pasaba por la comprensión de quién era Él; por la asunción de su Persona como la del que venía a realizar esa obra esencial para la salvación de la humanidad entera; por aceptar que Él no era uno más de entre las numerosas voces a través de las cuales había hablado Dios a los hombres en toda la historia, sino que era "La Voz -la Palabra, el Verbo- de Dios" que ya no hablaba por terceros, sino que eran sus mismos labios los que pronunciaban cada palabra... Esto era fundamental para entender que sí, que lo que hiciera Jesús iba a ser fundamental para la Redención del hombre, pues era el mismísimo Dios que había venido al mundo, que había asumido la humanidad haciéndose uno más, pues, como dijeron los Santos Padres de la Iglesia, "lo que no es asumido, no es redimido"... Dios "tenía" que venir al mundo, "tenía" que hacerse hombre, "tenía" que asumir la condición humana con todas sus consecuencias, para poder llegar a satisfacer, en lugar del mismo hombre pecador, para alcanzar el perdón y abrir de nuevo las puertas del cielo, que se habían cerrado por la obcecación del hombre... El éxito de la empresa de Jesús se basaba en la aceptación de su persona, de su mensaje, de sus obras, de su amor... Por eso era tan importante saber "cómo iban las cosas"...

"¿Quién dice la gente que soy yo?"... Un examen general... "Los demás, el pueblo, los que han oído algo del mensaje, los que han sido testigos de algunas de mis maravillas, ¿quién dicen que soy yo?" Era de esperarse la respuesta... Al no haber convivido con Jesús, ellos se maravillaban de los que hacía. Se repetían muchas de las cosas que relataba la tradición judía,  lo que habían hecho grandes personajes de su historia... Por eso, para muchos, Jesús no era más que un personaje importante, sí, pero uno más de los que se valía Dios para de vez en cuando decirle al pueblo que Él seguía allí presente. El hecho de que dijeran que era Elías, Juan Bautista, o un gran profeta, los acercaba al reconocimiento de Jesús como una gran personaje, de los que ya estaban "acostumbrados", pues Dios nunca había abandonado a su pueblo... Para Jesús eso resultó "natural". Total... No había llegado aún la hora de su manifestación plena... Ya llegará...

Pero más importante para Jesús que lo que dijera la gente, era lo que dijeran "los suyos". Los Apóstoles habían sido testigos de todos y de cada uno de los milagros que había realizado, habían escuchado todas y cada una de las palabras que había pronunciado. No eran testigos ocasionales, sino vitales. Eran sus íntimos. Era muy importante qué habían percibido ellos, por cuanto al partir Él, serían ellos los encargados de anunciar su obra y su mensaje, su Persona, a todos... "Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?" Me imagino la sorpresa que se llevaron los Apóstoles ante esta pregunta de Jesús... Pero Pedro, siempre el que llevaba la voz cantante del grupo como primero de todos, respondió sin titubear: "Tú eres el Mesías de Dios". El paralelo de Mateo descubre la sorpresa y satisfacción de Jesús ante semejante respuesta... No tanto por lo que Pedro mismo hubiera entendido de lo que dijo (¡probablemente, el primer sorprendido fue él mismo!), sino por lo que significaba de la inspiración que había recibido del Padre... Quizás a Jesús no le importaba tanto el que tuvieran claridad absoluta sobre su Persona, sino el que fueran, y llegaran a serlo del todo, instrumentos dóciles en las manos de Dios para poder cumplir la tarea posterior... Después de esto, según los evangelistas, Jesús prohibió a los apóstoles revelarlo a nadie más, hasta que llegara la hora, y descubrió para ellos cuál iba a ser el itinerario futuro, plagado de sufrimientos, de pasión y de muerte, pero desembocando en la gloriosa Resurrección...

Ese es Jesús... El Mesías de Dios... El Redentor que había sido anunciado tantas veces en el Antiguo Testamento. El que cumplía la promesa hecha por Dios desde el pecado del hombre, al decirle a la serpiente: "Pongo enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya. Ella te pisará la cabeza, mientras tú le muerdes el talón..." Jesús es esa descendencia de la mujer que pisa la cabeza de la serpiente... Sufrirá su mordedura en la Pasión y la Muerte en Cruz, pero vencerá pues con su muerte, morirá el poder del pecado, el poder de la descendencia de la serpiente... Es a ese Jesús al que hay que aceptar. Él es el Dios hecho hombre que ha salido al rescate de la humanidad, que se ha hecho hermano para unirnos a todos a la gran familia de Dios, restableciendo en nosotros la imagen y la semejanza suya que había sido destruida por el pecado... El que realiza esta obra movido sólo por una cosa: el inmenso amor que Dios nos tiene y que sería la única explicación razonable para todo lo que hace a nuestro favor... Rendirnos a esa evidencia es la mejor manera en la que podemos responder sobre quién es Jesús para nosotros.

A nosotros también nos pregunta Jesús: "¿Quién soy yo para ti?" Si se nos presenta en este mismo instante y nos pregunta esto, ¿qué le respondemos? No cometamos la torpeza de quedarnos callados. Seamos sinceros con Él. Muchos lo tenemos como "talismán", como "muleta", como "milagrero", como "muerto en la Cruz"... ¿Qué respuesta le podemos dar a Jesús hoy, en este momento? Ojalá nos suceda como a Pedro. Que Dios nos tome como instrumento y nos inspire. Quizás no comprendamos perfectamente quién es Jesús, pero si somos sus instrumentos dóciles, podremos dejarnos inspirar por Dios y decirle a los hermanos quién es. Y que lo vivamos en lo más íntimo de nuestro corazón, de nuestro ser. Que en esa intimidad del corazón podamos decirle a Jesús: "Señor, Tú eres mi Dios, el que vino a rescatarme haciéndose hombre, el que murió por mí, el que se entregó para morir en vez de mí. Siento tu amor infinito en mi corazón y me rindo a ese amor. Y por eso, porque me haces infinitamente feliz al sentir tu inmenso amor, quiero hacer a mis hermanos partícipes de mi alegría. Quiero darte a conocer a los demás, para que Tú seas también para ellos, la plenitud de la felicidad, para que derrames sobre sus corazones tu amor redentor y les abras también a ellos las puertas del cielo..."