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jueves, 24 de junio de 2021

Juan Bautista, bisagra entre lo antiguo y lo nuevo

 día 24: Nacimiento de Juan Bautista | Familia Franciscana

Juan Bautista es uno de los personajes bisagra de la nueva historia de la salvación escrita amorosamente por Dios con la Sangre de su Cordero, entregado en sacrificio consolador por la humanidad. De él hace Jesús el mayor reconocimiento que se puede hacer a un ser humano alguno: "No ha nacido nadie mayor de mujer". No se trata de una afirmación de simple entusiasmo, sino de una constatación objetiva, sobre todo por la tarea que le corresponde realizar en el presente y en ese futuro inmediato de su misión. Son varios los personajes que destacan durante la historia turbulenta y gloriosa de Israel, el pueblo elegido por el Señor para ser suyo. Y en algunos, particularmente, la revelación que se va abriendo camino, se acentúan sobre todo las manifestaciones extraordinarias de sus orígenes. No se pueden ocultar los de la descendencia de Abraham, los hijos de Jacob, Sansón, Isaac, y otros más. Sobre todos ellos destaca la figura de Juan Bautista, a quien el favor de Dios hace que centremos el foco en lo extraordinario de lo que está rodeado. Juan Bautista es el último de los Profetas y de los Patriarcas del Antiguo Testamento, y es el primero de los Apóstoles. Él abre el camino a la entrada de Jesús al mundo, es el Precursor que finalmente presentará al "Cordero de Dios que quita el pecado del mundo". Su voz es "la voz que clama en el desierto", invitando a los hombres a abrir el corazón a la obra final de salvación de Dios en favor del hombre. No existe sobre la tierra tarea más importante y determinante. Por ello, no es solo bisagra, sino referencia obligatoria para todos los salvados de Jesús: "El Señor me llamó desde el vientre materno, de las entrañas de mi madre, y pronunció mi nombre. Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba y me dijo: 'Tú eres mi siervo, Israel, por medio de ti me glorificaré' ... 'Mi Dios era mi fuerza: 'Es poco que seas mi siervo para restablecer las tribus de Jacob y traer de vuelta a los supervivientes de Israel. Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra'". Su figura como adalid de Jesús, el Salvador, tiene una importancia innegable, que no puede ser nunca dejada a un lado.

La instrumentalidad del Bautista es evidente. Y él mismo la asumió con la seriedad del caso. Jamás rehuyó a ella y muy al contrario, en respeto de aquello para lo cual el Señor lo había elegido, con la mayor humildad lo asumió. Nunca se atribuyó a sí mismo ningún mérito, sino que se hizo cada vez más consciente de lo que a él le correspondía. De una personalidad recia, valiente, podríamos decir que hasta hosca, se convirtió en una personalidad suave, humilde, consciente de lo que era. Habiéndose podido aprovechar del éxito personal que estaba obteniendo entre sus seguidores a los cuales se sumaba cada vez más gente, nunca se atribuyó nada a sí mismo. Muy al contrario, buscó siempre que esos seguidores fijaran su mirada en el verdadero foco, el importante, Aquel al cual él servía con plena conciencia: "En aquellos días, dijo Pablo: 'Dios suscitó como rey a David, en favor del cual dio testimonio, diciendo: 'Encontré a David, hijo de Jesé, hombre conforme a mi corazón, que cumplirá todos mis preceptos'. Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia un salvador para Israel: Jesús. Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión antes de que llegara Jesús; y, cuando Juan estaba para concluir el curso de su vida decía: 'Yo no soy quien ustedes piensan, pero, miren, viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias de los pies'. Hermanos, hijos del linaje de Abrahán y todos ustedes los que temen a Dios: a ustedes se les ha enviado esta palabra de salvación'". Es Juan el primero de los instrumentos que abren el nuevo camino de la nueva ley. Él es el primero de los beneficiados, fuera de la fulgurante figura de nuestra Madre María, elegida desde antiguo para ser la Madre del Redentor. Junto a Ella, esta historia gloriosa se escribe con las letras de la figura de Juan Bautista, "el mayor de los nacidos de mujer".

Rodeado del halo del misterio de Dios, y pleno de demostración de amor por el hombre, su nacimiento no puede ser sino maravilloso. Los ancianos Zacarías e Isabel, primos de la Virgen María, Madre del Redentor, habiendo recibido la mayor de las bendiciones, pues el Señor los bendice en su ancianidad, seca y estéril, con un fruto de sus propias entrañas. Y en el reconocimiento de haber recibido un inmenso favor, como don de amor y de fidelidad, se ponen ante el Señor del amor con la plena disposición de respuesta. Aún en el reconocimiento de una maravilla que se estaba sucediendo a su vista, sus familiares y amigos se empeñan en querer mantener una cierta "normalidad" que no cabía. Lo que estaba sucediendo era totalmente fuera de lo natural y, a pesar de sus empeños, los esposos ancianos pugnan por reconocer el inmenso misterio de lo que estaba a la vista de todos. La fuerza de su convicción vence y se impone lo razonable: hay que reconocer el misterio, aun con lo incomprensible que puede resultar. El nuevo orden del amor así lo exige. Y a eso hay que responder: "A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y se alegraban con ella. A los ocho días vinieron a circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre intervino diciendo: '¡ No! Se va a llamar Juan'. Y le dijeron: 'Ninguno de tus parientes se llama así'. Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: 'Juan es su nombre'. Y todos se quedaron maravillados. Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios. Los vecinos quedaron sobrecogidos, y se comentaban todos estos hechos por toda la montaña de Judea. Y todos los que los oían reflexionaban diciendo: 'Pues ¿qué será este niño?' Porque la mano del Señor estaba con él. El niño crecía y se fortalecía en el espíritu, y vivía en lugares desiertos hasta los días de su manifestación a Israel". Es Juan Bautista, el Precursor, el primero de la Apóstoles, el último de los Profetas y de los Patriarcas, el que inaugura el nuevo camino de la novedad absoluta de la salvación que trae Jesús. Instrumento privilegiado del Señor para abrir los caminos hacia los corazones de los hombres de ese Cordero de Dios que viene a quitar los pecados del mundo, los nuestros, para dejar despejada la ruta para la llegada de Jesús a nuestros corazones. De nuevo, un gesto del amor infinito y eterno por nosotros, sus criaturas.

jueves, 17 de junio de 2021

El tesoro de amor de Dios es eterno y nos abre el cielo

 Atesorad tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni ladrones - ReL

Una de las realidades que los discípulos de Jesús jamás podremos dejar de lado es la de nuestra condición humana que da marco a todas nuestras actuaciones. Somos seres indigentes, cuya existencia está esencialmente marcada por nuestro origen divino, que se basa en el amor infinito de quien en un momento de su historia eterna, decidió que todo lo que no fuera Él existiera. Sabemos que fue una decisión absolutamente libérrima, en la que Dios "hipotecó" su propia libertad, pues desde ese momento, solo movido por la necesidad de su amor, se lanzó a esa aventura maravillosa de la creación, que lo ató eternamente a su criatura. Dios asumió su compromiso con toda la carga de amor, de paternidad, de providencia. Y nos dejó nuestra naturaleza como marca de origen. Por ello, a su imagen y semejanza, nos llenó de sus propias cualidades: nos dio la libertad, nos dio la inteligencia y la voluntad, nos dio la capacidad de amar, nos regaló a los hermanos para que diéramos muestras de nuestro ser fraternos en la solidaridad. A nada de eso podemos nunca renunciar pues está en nuestra genética original. Y en esa variedad riquísima con la que nos ha creado, debemos saber descubrir que nada de eso puede convertirse en pobreza, pues al haber surgido de la voluntad creadora del Señor, será siempre bueno, pues Dios nunca quiere que exista nada que no se convierta en un tesoro en la vida de los hombres. Es imposible que el Señor que nos ha creado desde su amor y para el amor, permita que no haya una sola realidad que no sea una riqueza. Por ello, nos encontramos en la vida ordinaria con ese abanico de conductas, de conocimientos, de vivencias, que a veces consideramos invasivas a nuestras maneras de ser, pero que con un discernimiento más profundo, podemos llegar a descubrir que, por su presencia, la vida se presenta más bella y más atractiva. La variedad es, sin duda alguna, una manera de enriquecer la vida de todos.

Es tan sorprendente esto, que nos quedamos asombrados ante las reacciones que incluso los seguidores más fieles del Señor pueden tener ante el ministerio que les ha tocado llevar adelante. El apóstol San Pablo nos sale luminoso al encuentro, dirigiéndose a su amada comunidad de los Corintos, ante los cuales se siente tan responsable, tan pastor, tan padre, y en un gesto de confianza extrema con ellos, desnuda completamente su espíritu y da rienda suelta a "chiquilladas" apostólicas. No tiene ningún problema en presentarse como es, pues se considera totalmente libre. Sabe bien que el ocultamiento no es el mejor camino. Habiendo cumplido fielmente con su tarea, anunciando la verdad de Jesús y de su salvación, habiendo conquistado sus corazones para el amor, impulsándolos a la vida fraterna en el Espíritu de Dios, asumió el derecho que tenía para poner sobreaviso acerca de los posibles caminos equivocados que la comunidad pudiera recorrer. Por ello, sin ningún ambage, se trasparenta completamente: "Hermanos: Puesto que muchos se glorían de títulos humanos, también yo voy a gloriarme. A lo que alguien se atreva - lo digo disparatando -, también me atrevo yo. ¿Que son hebreos? También yo; ¿Que son israelitas? También yo. ¿Que son descendientes de Abrahán? También yo. ¿Que son siervos de Cristo? Voy a decir un disparate: mucho más yo. Más en fatigas, más en cárceles, muchísimo más en palizas y, frecuentemente, en peligros de muerte. De los judíos he recibido cinco veces los cuarenta azotes menos uno; tres veces he sido azotado con varas, una vez he sido lapidado, tres veces he naufragado y pasé una noche y un día en alta mar. Cuántos viajes a pie, con peligros de ríos, peligros de bandoleros, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en despoblado, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos, trabajo y agobio, sin dormir muchas veces, con hambre y sed, a menudo sin comer, con frío y sin ropa. ¿Quién enferma sin que yo enferme?; ¿Quién tropieza sin que yo me encienda? Si hay que gloriarse, me gloriaré de lo que muestra mi debilidad". No es jactancia lo que demuestra. Es la realidad de lo que le ha costado su obra misionera. Más aún, se cuida mucho de darse a sí mismo el mérito, pues reconoce claramente que la gloria es de Dios, que ha sabido sostenerlo en su debilidad. Aun cuando él se ha puesto en la total disponibilidad para el servicio del Evangelio, sabe muy bien que todo lo que ha logrado hubiera sido imposible si no hubiera recibido la gracia, la fuerza, la inspiración del Espíritu que lo había ungido. Esa es la clave de su orgullo: nunca atribuirse la gloria a sí mismo, sino a Dios. Su único mérito estaba en dejarse conducir.

De este modo, se entiende el remate que coloca Jesús a los seguidores. Debemos colocar el corazón en lo que no perece. Equivocamos el camino cuando lo ponemos en lo que pasa, en lo que desaparece. Un auténtico discípulo de Cristo no puede pretender que su existencia sea tan perecedera como todo lo que lo rodea. Estamos llamados a muchísimo más, pues estamos llamados a la eternidad. Nunca nada tiene mayor valor que eso. Nuestra inmanencia no se resuelve en el final de las cosas. Trasciende hacia una eternidad que le da sentido, y que hace elevar nuestra mirada, nuestras añoranzas, nuestros sueños, nuestras metas, sobre lo que sabemos dejará de existir en algún momento. Esto no se debe entender como un desprecio a la realidad en la que estamos asentados, pues al fin y al cabo todo es parte del plan de salvación. Más aun, es desde esa realidad desde la cual vamos a trascender, por lo cual de ninguna manera podemos despreciarla. Solo asumiéndola, es decir poniéndola en lo esencial que le corresponde, podremos dar el salto cualitativo y gigantesco que deberemos dar en el momento en que seamos convocados. Solo asentados firmemente en nuestra realidad actual, pisando firme en ella, podremos ascender. Debemos mirar y pisar firme sobre el horizonte actual, con la añoranza de la eternidad, que es nuestra meta. Es el compromiso del cristiano que nunca debe renunciar a luchar por un mundo mejor, más humano, más fraterno, más justo, más pacífico. Ese será el legado que debe dejar cada uno de nosotros: "En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 'No atesoren para ustedes tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen, donde los ladrones abren boquetes y los roban. Atesoren tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que se los roen, ni ladrones que abran boquetes y roban. Porque donde está tu tesoro allí estará tu corazón. La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Si, pues, la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!" Por ello, entendemos que estamos llamados a cosas mayores. Nada hay más importante que el amor, que nuestra salvación y la salvación de nuestro hermanos. Nuestros tesoros no pueden ser los que se coman la polilla. Deben ser los que prevalecen para la eternidad. En medio de nuestra realidad existencial, a la cual jamás podremos renunciar, pues forma parte de nuestra esencia, debemos siempre apuntar a lo superior, que es a lo que estamos llamados por el amor eterno que Dios nos tiene. A eso nos llama y con esperanza allí llegaremos.

lunes, 31 de mayo de 2021

Nuestra Madre María es la Mujer más noble de la humanidad, nuestro modelo

 La Visitación de María Santísima a su prima Santa Isabel | Servicio  Catolico Hispano

Los gestos de amor de Dios por sus elegidos no dejan de sucederse en la historia de nuestra salvación. Y tampoco los personajes que nos los hacen claros. Toda esta historia está imbuida por acciones que nos gritan claramente que Dios nos ama infinitamente y que ese amor estará siempre presente en ella. No hay un solo segundo en el que Dios deje de amarnos, pues de ser así, desaparecería todo lo que existe, ya que significaría que Dios, que es el amor por esencia, habría desaparecido, y eso, por concepto, es un imposible que nunca deberá suponerse que pueda ocurrir. Desde el mismo hecho de la creación de todo lo que existe, Dios asume su amor como el compromiso más serio. No crea y abandona. Crea y se compromete, y es fiel al amor hacia su criatura predilecta. Por ello, toda la historia está transida de demostraciones de amor, que jamás dejarán de estar presentes. Ante el pecado del hombre no deja que la decepción lo domine. Por supuesto, cede ante el escarmiento necesario por la traición que atrae una reprimenda, pero vence el amor, y por ello, en su infinita misericordia, no deja al hombre en la desesperanza y la postración, sino que promete un rescate para no dejarle en la condenación eterna. La historia, desde ese momento, se transforma en los esfuerzos que se repiten uno tras otro, para que el hombre no viva en una conciencia negativa, sino en una esperanza que va creciendo en el cumplimento de la obra de rescate. Cada paso que se da en esa historia no es sino la confirmación de que el Dios del amor siempre hará lo que sea necesario para lograr extraer al hombre caído de la muerte y de la oscuridad. "Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley". Llega ese momento culminante de la historia, el zenit de la salvación, con el envío de su Hijo encarnado, que toma la carne del ser humano más noble que ha nacido sobre la tierra, nuestra Madre María, y que dona todo su ser para que su Verbo eterno entre triunfalmente en la tierra.

Toda esa historia de María marca la obra de la Trinidad Santa. Ella es la criatura de más alto rango que ha existido. Podríamos decir que en Ella Dios ha derramado su amor como cascada, pues desde Ella ese amor se transmitirá a toda la humanidad, al ser la puerta de entrada de la Gracia mayor que Dios hará caer sobre la humanidad postrada. El amor de María, símbolo del amor divino, seguirá siendo amor humano por Dios, y especialmente por su Hijo, que Ella sabe que es el Dios redentor del cual se hace depositaria en su seno. Y que ese amor, surgiendo de Ella, caerá sobre todos los hombres, necesitados de rescate. Es como si en su disponibilidad nos dijera que está dispuesta a renunciar a todo, como lo hará su Hijo, con tal de que el amor no tenga obstáculos para llegar a la humanidad entera: "Aquí está la esclava del Señor. Que se cumpla en mí según tu palabra". Ella es, de este modo, la mujer que será la Madre anunciada de quien aplastará la cabeza de la serpiente, la joven núbil que está encinta y que dará a luz un Hijo que será llamado Dios con nosotros, es la nueva Arca de la Alianza que contendrá la palabra de Dios, la mujer sin mancha, pues será el receptáculo de quien es la pureza infinita. La visita que hace a su prima Isabel, encinta en su ancianidad, con lo cual María manifiesta una sensibilidad extraordinaria, pues su prima se encontraba en necesidad de apoyo, sirve para comprender muy bien su figura de mediación en la salvación: "En aquellos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y levantando la voz, exclamo: '¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la Madre de mi Señor? Pues en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá'". Es una descripción ideal de la figura de nuestra Madre, fundamental de nuestra historia de salvación. Lo más destacable es el reconocimiento de su maternidad divina que hace Isabel, al llamar a María "la Madre de mi Señor". No debe existir para nadie duda sobre esto, pues el nombre "Señor" es nombre exclusivamente divino e Isabel se lo atribuye al fruto del vientre de María. E incluso habla de la maravilla que sucede en su vientre, con el salto santificado de su propio hijo, que será Juan Bautista.

María, en su humildad extrema, hace el reconocimiento exacto de su figura en esta historia de salvación. Sin aspavientos admite la obra de Dios en Ella. Es una demostración concreta de su amor a Dios, en respuesta al amor que Dios le ha profesado eligiéndola para ser la Madre del Redentor. Es un momento sublime que nos abre una perspectiva nueva de servicio a los hermanos, pues nuestra Madre nos indica el camino de la disponibilidad y del amor fraterno. Siendo la Madre que Jesús nos ha regalado a todos, es nuestra primera hermana en el orden de la Gracia. Así como nos indica el camino que debemos seguir para ser fieles a Jesús: "Hagan lo que Él les diga", con su vida también nos dice a todos los que debemos hacer: "Hagan lo que yo he hecho". Es el modelo de obediencia a Dios y de servicio a los hermanos. Con Ella sabemos cuál es el camino que debemos seguir por delante. Y Ella, sin sentir orgullo ni vanidad, lo reconoce ante su prima Isabel: "Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia - como lo había prometido a nuestros padres - en favor de Abrahán y su descendencia por siempre'". Ella es el orgullo de nuestra raza, la mujer en la que la humanidad ha alcanzado su cota más alta. Y es nuestra Madre que nos lleva a la presencia de su Hijo, tomándonos de su mano amorosa. Somos los más afortunados de los hombres, habiendo sido rescatados por el amor infinito de Dios, demostrado una vez más en el amor suave, materno y tierno de la Mujer más grandiosa de la historia, la Madre de Dios, y la Madre entrañable que nos regaló Jesús en sus momentos póstumos de entrega amorosa en la Cruz, en los que no podía estar ausente su Madre de amor.

miércoles, 26 de mayo de 2021

La oración nos une al Señor y nos llena de su vida

 Evangelio del domingo para niños: S. Marcos 10,35-45.(21/10/18) – Sobre roca

Los discípulos de Jesús deben buscar siempre un contacto vivo y vivificante con Él. Deben tener plena conciencia de estar siempre en su presencia y vivir en la normalidad de su encuentro. Cuando se asume la vida de la fe, se asume que Él será el compañero de camino, tal como lo prometió al decir que estará con nosotros hasta el fin de los tiempos, y lo figuró concretamente cuando pidió a los apóstoles que remaran mar adentro, pero no los dejó ir solos, sino que se embarcó también, de modo de darles a entender que siempre estará presente en todas las empresas que la barca de la Iglesia deba asumir. Él se encargará de indicar las rutas, de fortalecer en la debilidad, de calmar las tormentas. Lo hará a través de su Espíritu, donación amorosa a esa comunidad que nacía y que se convertía en su alma y en su razón de vida. Esa experiencia vital de acompañamiento seguro del Señor debe ser motivo suficiente para los discípulos a fin de hacer de esa experiencia una forma de vida que, dentro de lo sobrenatural que resulta, pasa a ser para ellos algo natural. Y hacerlo vida cotidianamente implica vivir en su presencia sin ambages, haciendo del contacto con el Señor la forma de vida ordinaria. Esto se concretiza fehacientemente en la vida de oración de los discípulos, que debe ser reclamo continuo en la vida de quien se sabe del Señor. Para hacer cada vez más consciente su pertenencia al Señor, para reflejar la vida que recibe por su unión con Dios, para llevar adelante la tarea que se le encomienda, debe alimentarse del contacto continuo con quien lo ha convocado y se ha convertido en su razón vital. Es la manifestación práctica que refleja y confirma que se tiene la vida. Si no hay vida de oración en el discípulo, hay que desconfiar seriamente de que este tenga verdadera vida. Debe ser una oración que refleje la relación de amor que existe entre Dios y el discípulo, que alimente las ansias de querer seguir siendo suyos, que reconozca el amor y el poder de nuestro Dios que están por encima de todo, que le dé el lugar primacial que le corresponde, que refleje la confianza absoluta que se tiene en Él por lo cual se da un abandono total a su voluntad y a su amor. Es la oración de reconocimiento de la necesidad de estar unidos a Él para seguir teniendo su vida.

Atisbos firmes de esta conciencia que debe tener el discípulo del Señor, ha habido durante toda la historia de salvación, prácticamente desde el inicio de la existencia. Adán ya tenía momentos de intimidad y de encuentro con Dios, que descendía al Jardín del Edén para encontrarse con él. Mientras se mantuvieron esos encuentros amorosos se mantuvo la amistad y la vida que se había recibido. Cuando se detuvieron al cometer la traición, Adán se escondió de Dios para que no lo viera desnudo. Se perdió la vida que había recibido y renunció a la confianza en el Señor. Sin embargo, muchos de los elegidos posteriormente, entendieron que la única manera de mantener la vida, era mantenerse en contacto íntimo con el Señor. Así, nos encontramos con Abraham, Noé, Moisés, los profetas, David, José, y tantos otros. Era una conciencia que se hizo cada vez más sólida y vivencial en los elegidos por el Señor. Por ello, en su oración fue progresivamente más clara la necesidad de mantener el contacto con Dios, a fin de recibir la vida y la fuerza que necesitaban para crecer sólidamente en la fe: "Sálvanos, Dios del universo, infunde tu terror a todas las naciones, para que sepan, como nosotros lo sabemos, que no hay Dios fuera de ti. Renueva los prodigios, repite los portentos. Reúne a todas las tribus de Jacob y dales su heredad como antiguamente. Ten compasión del pueblo que lleva tu nombre, de Israel, a quien nombraste tu primogénito; ten compasión de tu ciudad santa, de Jerusalén, lugar de tu reposo. Llena a Sión de tu majestad, y al templo, de tu gloria. Da una prueba de tus obras antiguas, cumple las profecías por el honor de tu nombre, recompensa a los que esperan en ti y saca veraces a tus profetas, escucha la súplica de tus siervos, por amor a tu pueblo, y reconozcan los confines del orbe que tú eres Dios eterno". Es una oración que reconoce sin sombras la primacía del Señor, su poder, su amor y su misericordia, sin el cual no tiene ningún sentido la vida, por lo que es imprescindible mantener un contacto filial y vital con Él, que es razón de vida.

Esta conciencia es necesaria para ser discípulos del Señor. Es progresiva, en los casos en que los hombres lo necesiten, de modo de llegar no solo a una convicción intelectual, sino a la misma experiencia vital que la sustenta. En el itinerario de formación que Jesús emprendió con los apóstoles, esta era una etapa crucial. Ellos debían asumir la vida que venía del Salvador y entender que se alejaba mucho de consideraciones humanas alejadas del amor y del poder divinos. Necesitaban experimentar que el camino que se les proponía era un camino que tomaba distancia de la búsqueda de prerrogativas humanas, de prestigios, de dominio de unos sobre otros. No era el camino para el que estaban naturalmente hechos, sino un camino nuevo, el del amor, del servicio, de la entrega, de la verdadera vida. Era necesario que en esa unión íntima con Jesús desmontaran ideas prefabricadas y asumieran las de la renovación total: "Se le acercaron los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: -'Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.' Les preguntó: -'¿Qué quieren que haga por ustedes?' Contestaron: -'Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.' Jesús replicó: -'No saben lo que piden, ¿son ustedes capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizarse con el bautismo con que yo me voy a bautizar?' Contestaron: -'Lo somos'. Jesús les  dijo:-«El cáliz que yo voy a beber lo beberán, y se bautizarán con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado'. Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús, reuniéndolos, les dijo: -'Saben que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Ustedes, nada de eso: el que quiera ser grande, sea su servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos'". Esto solo lo da el contacto frecuente, amistoso, amoroso y confiado con el Señor. Y es lo que se obtiene de la oración. Por tanto, si queremos tener la vida que el Señor dona a sus discípulos, la única vía por la que la obtendremos es la de la relación filial que nos posibilita la oración.

miércoles, 3 de marzo de 2021

Somos elegidos para servir a Dios y a los hermanos. Nos compensa el amor

 25 de Julio, Santiago apóstol – Dios está con nosotros

El camino del elegido no es de ninguna manera un camino de pétalos de rosas. Muy al contrario, es un camino plagado de espinas. Aun cuando existen muchas compensaciones, sobre todo en el orden de la esperanza y del amor, quien se sabe elegido por el Señor debe tener plena conciencia de que por delante le esperan situaciones álgidas, dolorosas. Se presentarán oposiciones importantes, persecuciones, exclusiones, injurias, difamaciones, heridas e incluso la muerte. El servicio a la Verdad tendrá siempre como consecuencia la reacción de la mentira y de quienes le sirven. El servicio a la Verdad implica la denuncia del mal, de la injusticia, de la humillación de los débiles, del aprovechamiento fraudulento de los bienes que son de todos, del pisoteo de los derechos de los demás, de las heridas a la vida humana y al medio ambiente. Y principalmente implica la denuncia del abandono de Dios en que se incurre, de su amor, de la conexión con el origen de todo, de su deseo de que se cumpla su voluntad y de que se permanezca con Él, y también de su voluntad de ser justo y misericordioso con todos. El elegido lo ha sido para que se ponga del lado de Dios, del bien, del amor. Y cuando emprende su tarea, confiado en que quien lo convoca es el Dios del amor y del poder, lo hace ilusionado de servir a la mejor causa. Pero el mal, ese mal que denuncia con su palabra y con su misión, reacciona. Quienes están a su servicio no pretenden dejar que les sean arrebatadas las posibilidades de satisfacer sus ansias de poder, de placer, de riqueza. Al ver en peligro su privilegio, procurarán dañar al elegido y harán todo lo que sea necesario para mantener sus prerrogativas maléficas. El espejismo de bondades que presenta el mal enceguece y hace enfrentarse contra el bien. Se hace necesario, para conservar el estatus, quitar de en medio a quien estorba para que el camino hacia el abismo al que se encaminan absurdamente sea expedito. Aun sabiéndose elegido y enviado por Dios, por lo tanto, acompañado por la presencia de Dios, por su amor y su poder, quien se pone a la disposición de Dios debe estar consciente de su futuro. Tiene la seguridad del acompañamiento divino y de estar sostenido por su amor, por su providencia y por su poder, pero debe tener también la seguridad de que el mal no dejará de acecharlo y de buscar siempre hacerle daño.

Uno de los prototipos de este elegido de Dios para ser su voz de denuncia, perseguido a causa del bien que quiere propagar, por aquellos que se regodean en el mal, es el Profeta Jeremías. En su momento, todos los profetas del Señor fueron vilipendiados, perseguidos, injuriados. Incluso algunos fueron asesinados. Todo, pos servir a la Verdad, al Dios del amor. Contra Jeremías se concentran todos los males que se pueden procurar a quien es enviado por Dios: "Ellos dijeron: 'Venga, tramemos un plan contra Jeremías porque no faltará la ley del sacerdote, ni el consejo del sabio, ni el oráculo del profeta. Venga, vamos a hablar mal de él y no hagamos caso de sus oráculos'. Hazme caso, Señor, escucha lo que dicen mis oponentes. ¿Se paga el bien con el mal?, ¡pues me han cavado una fosa! Recuerda que estuve ante ti, pidiendo clemencia por ellos, para apartar tu cólera". Jeremías incluso había intercedido por sus oponentes, para que el Señor tuviera misericordia de ellos, y aun así, estos mismos por los cuales intercedía se levantan contra él. Jeremías implora al Señor su acción a su favor para que los planes de los malos no sea hagan realidad. La bondad es atacada y perseguida. La maldad urde planes para hacerla desaparecer. El malo prefiere el estiércol en el que se encuentra al bien que le es propuesto. Lo que le importa es su propia posición, por encima de cualquier otro interés. Dar rienda suelta al egoísmo que no tiene en cuenta el bien de nadie más, sino solo el propio. Y si es menester eliminar al bien que se opone a esta pretensión, no habrá ningún miramiento. Hoy podemos decir que nuestra situación no ha variado. El mal se enseñorea en el mundo y cuando percibe que hay alguna oposición a su pretensión se enfrenta con crueldad y destruye sin piedad a quien se interponga en su camino. Son muchos los buenos, incluso podríamos afirmar con certeza que superan con mucho a los malos. Solo que el mal tiene más poder y más recursos, tiene más publicidad, y por ello aparentemente gana. Pero no hay duda de que hay una lucha en la que estamos seguros que vencerá el bien, pues tiene a su favor el poder infinito de Dios, quien jamás podrá ser vencido.

Ante esta situación debemos tomar partido. Si los buenos somos más, debemos acercarnos más a Dios. No para que nos libere del dolor o del sufrimiento de los elegidos, pues sabemos que esa es una condición que se vivirá por buscar la fidelidad. Sino para saber que tendremos la compensación de la seguridad de su amor, de su consuelo, de su alivio, de la felicidad aun en medio de la persecución. Y sobre todo porque tenemos la vista puesta en la meta final que es la de la plenitud del amor que no conoce final y que será la situación que vivirá eternamente el elegido que ha sido fiel. No se buscan beneficios pasajeros ni efímeros. Se busca el beneficio final, el que está por encima de todo, que es la vida eterna junto al Padre, en un intercambio interminable de amor. Se debe evitar la confusión de los Zebedeos, que entendían los privilegios como puramente humanos, de gloria y de poder momentáneos: "Se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó: '¿Qué deseas?' Ella contestó: 'Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda'. Pero Jesús replicó: 'No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que yo he de beber?' Contestaron: 'Podemos'. Él les dijo: 'Mi cáliz lo beberán; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre'. Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra los dos hermanos. Y llamándolos, Jesús les dijo: 'Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre ustedes: el que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor, y el que quiera ser primero entre ustedes, que sea su esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos". El elegido tiene claro cuál será el desarrollo de su vida, las dificultades que tendrá que enfrentar en ella. Y las asume pues sabe que esa vida está sólidamente fundada en Dios, en su amor y en su poder. Que vivirá compensaciones importantes sintiendo esa presencia y esa acción de Dios en lo cotidiano, pues jamás estará solo. Y que el final es el de la gloria, el de la plenitud, el de la felicidad que nunca se acabará.

martes, 2 de marzo de 2021

Existimos para servir a Dios y a los hermanos por amor

 Balbuceos de un Eremita .: ¡Qué fuerte, Maestro!

El seguimiento de Dios es un seguimiento comprometido. Quien se decida a hacerlo sabe que está asumiendo una responsabilidad seria de hacer lo que es su voluntad. De alguna manera está renunciando a sus privilegios personales, a sus pensamientos puramente humanos, a sus conductas desordenadas, a su egoísmo individualista y aislante. No se puede ser discípulo de Cristo y pretender seguir viviendo una misma vida que conduce al alejamiento de Dios y de los hermanos. No se puede ser dos cosas a la vez, por un lado, alguien que quiere ser fiel a Dios, y por el otro, alguien que quiere seguir llevando adelante acciones y pensamientos que lo alejen de Dios y de los demás. No se puede servir a la vez al bien y al mal, pretendiendo que la cosa no tiene mayor trascendencia. Quien es de Dios no tiene licencia para ser de otro. Esta dicotomía es letal para el espíritu de quien quiera mantenerse en el camino de la felicidad y de la salvación. La asunción del compromiso de seguimiento del Señor es totalizante. Jamás puede ser parcial. Dios no quiere medias tintas entre sus seguidores. Precisamente por creer, al contrario, que sí es posible, nuestro mundo sufre mucho. Los cristianos no terminan de asumir con profundidad su compromiso de ser testimonio de entrega a Dios y a su amor, del amor y de la fraternidad entre hermanos, y por ello llegan a pensar en que no hay problema en querer ser pertenencia del Dios de la vida y ponerse al servicio de lo que hiere la vida, como el aborto y la eutanasia; en querer ser seguidor del Dios Justo y cometer injusticias contra los más débiles y desprotegidos; en querer ser del Dios Providente y querer aprovecharse egoístamente de los bienes buscando obtenerlos de cualquier manera sin que importe ni siquiera la honestidad. La llamada de atención de Dios es acuciante, pues nos pone delante de nuestra propia incongruencia y nos conmina a retomar el camino auténtico.

La llegada del Reino de Dios que nos ha traído Jesús nos ha puesto ante una realidad totalmente nueva. La novedad de la vida de quien quiere pertenecer a ese Reino debe hacerse patente en la transformación personal, adquiriendo un estilo de vida nuevo en el que se deseche todo lo que apunta a egoísmo, a vanidad, a hedonismo, a idolatría. El hombre nuevo, el que pertenece a ese nuevo Reino que surge, deja atrás todo lo que es de la conducta del hombre viejo. De allí que la comparación que hace Dios de la conducta antigua se base en el estilo de vida de Sodoma y Gomorra, símbolos de la perdición de la humanidad: "Lávense, purifíquense, aparten de mi vista sus malas acciones. Dejen de hacer el mal, aprendan a hacer el bien. Busquen la justicia, socorran al oprimido, protejan el derecho del huérfano, defiendan a la viuda. Vengan entonces, y discutiremos —dice el Señor—. Aunque los pecados de ustedes sean como escarlata, quedarán blancos como nieve; aunque sean rojos como la púrpura, quedarán como lana. Si saben obedecer, comerán de los frutos de la tierra; si rehúsan y se rebelan, los devorará la espada —ha hablado la boca del Señor—". La llamada es a un cambio radical, a ser de una sola faceta, a no ser como veletas que dependan de la dirección del viento. Entra en juego, entonces, una actitud fundamental en el discípulo, que es la humildad. Quien no es humilde, es decir, quien no reconoce que lo que Dios ofrece es, con mucho, mejor de lo que se posee, nunca estará bien dispuesto a dar ese paso hacia adelante en la conversión personal, para la transformación de su entorno. Si se quiere avanzar en el camino hacia la plenitud personal, hacia esa meta de felicidad absoluta, esta deberá ser la actitud que habrá que asumir.

Esa humildad necesaria para el reconocimiento de lo urgente del cambio que debe dar el que quiera ser auténtico discípulo, debe tener luego también consecuencias en la experiencia de la vida comunitaria de los fieles como familia de Dios. La humildad llama al servicio por amor a los hermanos, el estar siempre a la disposición para actuar según lo requiera el amor mutuo, para atender en primer lugar a las necesidades de los más desposeídos y los desplazados, para estar atento a las necesidades de los hermanos, sobre todo de aquellos que son más desfavorecidos. No se puede pretender sacar provecho ilegítimo del ser discípulo, menos aún cuando se tiene una responsabilidad mayor en la comunidad. Si es así, debe darse justamente la situación contraria: quien está al frente debe entenderse como el primer servidor, el primer llamado a dar testimonio de amor y de solidaridad con los más pequeños y necesitados. Se trata de seguir el ejemplo que dejó Jesús que, siendo el Redentor del mundo, Dios hecho hombre, por lo tanto, quien tendría más derecho de sentirse por encima de todos, al contrario, con la máxima humildad asumió su condición de servidor, al extremo de cumplir su mejor servicio en la entrega de su propia vida. Por ello, su invitación no es de memoria, sino que está basada en su propia experiencia vital: "En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: hagan y cumplan todo lo que les digan; pero no hagan lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen. Lían fardos pesados y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar. Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y agrandan las orlas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias en las plazas y que la gente los llame 'rabbí'. Ustedes, en cambio, no se dejen llamar 'rabbí', porque uno solo es su maestro y todos ustedes son hermanos. Y no llamen padre de ustedes a nadie en la tierra, porque uno solo es su Padre, el del cielo. No se dejen llamar maestros, porque uno solo es su maestro, el Mesías. El primero entre ustedes será su servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido". La transformación a la que nos llama el ser discípulo de Jesús es verdaderamente comprometedora. Y es tremendamente exigente. Pero es a la vez muy compensadora, pues nos asegura el avanzar por el camino de nuestra felicidad al estar haciendo lo que Dios quiere de nosotros, para lo cual nos ha creado, y que tendrá como consecuencia final nuestra plenitud ahora y en la vida eterna.