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sábado, 3 de julio de 2021

Jesús nos libera del mal porque es poderoso y porque nos ama

 Catholic.net -

De entre las escenas más dramáticas que nos encontramos en los evangelios de Jesús, están las de sus choques con el demonio. La generalidad de los encuentros de Cristo con los diversos personajes que se cruzan en su camino, extraen de Él su amor, su ternura, su deseo de bienestar para ellos. Por ello cura, perdona, sana enfermedades, limpia lepras, se empeña por dar a entender que ha venido a hacer el bien y a procurar el mayor bienestar entre todos. Pero surgen también los desencuentros con el mal y con el poder del demonio, el maestro y poseedor del mal y de la mentira, que pretende arrebatar de las manos de la bondad suprema al hombre, creado naturalmente bueno, para arrastrarlo consigo. Habiendo obtenido un gran triunfo al haber conquistado a Adán y a Eva de las manos del amor, logrando en ellos unirlos a Dios, quería seguir obteniendo triunfos, a expensas del engaño sobre el hombre, prometiéndole un "paraíso" engañoso, en el que supuestamente llegaría a la altura del mismísimo Dios, haciéndose a sí mismo dios -"Ustedes será como dioses"-, con lo cual el hombre, incapaz de resistirse a esa argucias, pues nunca estará a la altura de la insidias de satanás, sucumbe inocentemente. El engaño del demonio nunca dejará de ser tal. Y por ello, los grandes santos de la historia nos alertan continuamente que nos alejemos de ello, manteniéndonos lo más lejos posible de esa treta siempre engañosa. Lo más lejos posible. "Mejor lejos que mal acompañado", sabiamente sentencia el decir popular.

En medio de todas las incertidumbres que se pueden presentar en nuestra vida, la seguridad de asentarnos en Dios es con mucho lo mejor. Nuestra seguridad no está en nosotros mismos, pues nuestra marca es la debilidad. Somos criaturas y jamás estaremos a la altura del poder omnímodo del demonio. Ese solo lo posee Dios. Él nos hace partícipes de su amor y de su poder. Pero, aún así, siendo dádiva de su amor y por ello lo poseemos, jamás podremos atribuirnos esa capacidad absoluta. Lo nuestro es la participación por concesión de amor suya. Y es allí donde está la clave de nuestra seguridad. La mayor es que no dependerá de lo que hagamos, pues siempre será muy poco, aunque estemos siempre obligados a realizar el esfuerzo que nos corresponda. Nuestra seguridad es dejarlo en las manos de Dios, que nunca permitirá que haya una fuerza mayor que la suya, la del Todopoderoso, que toma el mando, pues nosotros solo aportaremos debilidad. La experiencia de Agar, concubina esclava de Abraham es una muestra de que la debilidad del hombre se resuelve en la fuerza de Dios. Ismael es hijo también de la promesa de bendición sobre Abraham, por lo cual Dios no se desentiende de él. Asume su responsabilidad sobre quien es también su elegido y quien será igualmente padre de naciones: "Abrahán madrugó, tomó pan y un odre de agua, lo cargó a hombros de Agar y la despidió con el muchacho. Ella marchó y fue vagando por el desierto de Berseba. Cuando se le acabó el agua del odre, colocó al niño debajo de unas matas; se apartó y se sentó a solas, a la distancia de un tiro de arco, diciendo: 'No puedo ver morir a mi hijo'. Se sentó aparte y, alzando la voz, rompió a llorar. Dios oyó la voz del niño, y el ángel de Dios llamó a Agar desde el cielo, le dijo: '¿Qué te pasa, Agar? No temas, que Dios ha oído la voz del chico, allí donde está. Levántate, toma al niño y agárrale fuerte de la mano, porque haré que sea un pueblo grande'. Dios le abrió los ojos, y vio un pozo de agua; ella fue, llenó el odre de agua y dio de beber al muchacho. Dios estaba con el muchacho, que creció, habitó en el desierto y se hizo un experto arquero". Dios no deja jamás solos a sus hijos, y tendrá siempre su mano tendida para salvarlos.

Y ante la lucha contra el mal, contra el poder del demonio, ya no deja que brille solo su poder misericordioso y de restablecedor del orden justo de las cosas, sino que lo enfrenta poderosamente, demostrando claramente quién es el verdaderamente poderoso. Su actitud es de gravedad hostil, pues tiene bien identificado cuál es el adversario, y sabe bien que de él no puede venir sino solo el mal y la muerte del hombre, lo cual es lo que ha venido a combatir con su entrega y su sacrificio de entrega a la muerte por amor del hombre. Nada lo va a distraer de ese fin, pues para eso se ha encarnado como Hijo de Dios Redentor. Aún así, sorprende una actitud casi misericordiosa con el mismo demonio, que al fin y al cabo es también criatura suya, pues ha surgido de sus mismas manos de amor creador. Accede a su petición de invadir la piara de cerdos para sobrevivir. Un gesto extraordinario, por encima de la retaliación extrema que podía haber invocado. Los paisanos del agraviado se cerraron en sí mismos y reaccionaron de la manera más natural, pensando solo en su conveniencia. No tuvieron en cuenta el beneficio obtenido por los endemoniados, sino que vieron la herida a sus intereses crematísticos. Por ello, ruegan al Señor que se marchara de allí. Todo un relato con las aristas más sorprendentes, pero que describen perfectamente la psicología humana más pura, cuando se deja llevar solo por el egoísmo y la búsqueda del propio bienestar, sin importar el bienestar de los hermanos: "En aquel tiempo, llegó Jesús a la otra orilla, a la región de los gadarenos. Desde el sepulcro dos endemoniados salieron a su encuentro; eran tan furiosos que nadie se atrevía a transitar por aquel camino. Y le dijeron a gritos: '¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?' A cierta distancia, una gran piara de cerdos estaba paciendo. Los demonios le rogaron: 'Si nos echas, mándanos a la piara'. Jesús les dijo: 'Vayan'. Salieron y se metieron en los cerdos. Y la piara entera se abalanzó acantilado abajo al mar y se murieron en las aguas. Los porquerizos huyeron al pueblo y lo contaron todo, incluyendo lo de los endemoniados. Entonces el pueblo entero salió a donde estaba Jesús y, al verlo, le rogaron que se marchara de su país". El Señor da la señal clara de su poder. Nada está por encima de él. Él es quien tiene el poder, el dominio. Ningún otro poder está sobre el que Él tiene. Y no dudará jamás en usarlo en favor de su criatura amada. Lo hará además con decisión y seriedad. Nada lo distraerá de ello. Porque ha venido para salvarnos y entregará su vida en función de eso. Somos todos beneficiarios de ello, convencidos de que esa finalidad será cumplida eternamente.

sábado, 26 de junio de 2021

La fuente de la vida y del amor manará siempre para nosotros

 Catholic.net - Señor, no soy digno de que entres en mi casa

De entre las cosas que desea Dios, nuestro Padre, si es que adoleciera de algo, es una inmensa añoranza porque sus criaturas tengamos una confianza inconmovible en Él y en su amor. Es una añoranza de ninguna manera enfermiza, por cuanto se inscribe en el ámbito del amor que lo ha movido hacia fuera de sí y que tiene como único objetivo procurar la mayor felicidad del hombre surgido de sus manos amorosas y poderosas. En esta línea de acción divina solo busca una respuesta también de amor de quien experimenta continuamente ese amor benévolo. Es natural que se dé este movimiento, pues, aunque para Dios no existe ninguna necesidad, ya que en sí mismo es autosuficiente, la aventura de la creación en la que se inscribió, busca esa respuesta no para sentirse satisfecho, sino para que el hombre entienda que ese es el camino de su plena felicidad. Por eso, quienes han entendido esta manera de obrar y han sido dóciles a estas inspiraciones amorosas del Creador, el responder afirmativamente a estas insinuaciones del Dios de amor se transforma en fuente de serenidad incesante, y en prontitud en el descubrimiento de estos tesoros que sin duda llegan a ser la mayor de las riquezas que pueden obtener. La lluvia de bendiciones se transforma en una fuente incesante de vida y de gozo. Incluso en medio de las mayores dificultades y problemas, entienden que tener el corazón pronto para asumir con docilidad las experiencias del Espíritu, es con mucho, la mejor ruta. Es esto lo que Dios quiere que viva cada hombre elegido y salvado por su amor. La elevación de la mirada para poder percibir, en medio del tráfago del mundo, lo que verdaderamente tiene valor. Es por ello que la relación con Dios para estos hombres se convierte en fuente segura de confianza, de seguridad, incluso de satisfacción confiada en Él. Es hermoso tener confianza con Dios y manifestar esa confianza sin restricción. De esa manera, la relación con Dios se transforma en algo completamente satisfactorio, sin quiebres y llena de compensaciones sin par.

Fue esta la experiencia de vida que tuvo Abraham en las manos de Dios. Su experiencia de fe, abandonado totalmente en la voluntad divina, sin dejar de tener desencuentros y frustraciones, muestra que su seguridad la había puesto totalmente en las manos de Dios. No era él que decidía su suerte. Al máximo se colocaba en el camino del amor para seguir recibiendo la cascada de bendiciones por ser el elegido para ser el padre de una humanidad nueva que nacería al final de los tiempos y del cual él se había convertido en personaje central y primario. Es llamativa esta excelente disposición, por cuanto lo único que tenía en sus manos era una promesa de grandes maravillas. Y nada más. Establece así una relación de tal intimidad con el Señor que en el único sitio en el que encontraba seguridad y confianza era a la vera de su Elector. Al punto que de esa relación fluida y fresca, su misma esposa Sara toma también esa frescura de Dios, aún estando más ocupada en otras cosas más banales. La promesa de descendencia que reciben es tomada con agrado, pero con cierta incredulidad por Sara, en el atrevimiento mayor de desconfiar de ella. Dentro de lo maravilloso de las actuaciones divinas, Sara reacciona como reaccionaría cualquiera. Una pareja de ancianos, secos y estériles, reciben la mayor bendición que pueden recibir. Su hijo Isaac será quien concrete la alianza nueva que transformará la historia del mundo. Una tarea impresionante para quien vive solo de la humildad. Es la humildad necesaria delante de Dios para ser receptor de grandes bendiciones: "'Cuando yo vuelva a verte, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo. Sara estaba escuchando detrás de la entrada de la tienda. Abrahán y Sara eran ancianos, de edad muy avanzada, y Sara ya no tenía sus periodos. Sara se rió para sus adentros pensando: 'Cuando ya estoy agotada, ¿voy a tener placer, con un marido tan viejo?' Pero el Señor dijo a Abrahán: -'¿Por qué se ha reído Sara, diciendo: 'De verdad que voy a tener un hijo, yo tan vieja?' ¿Hay algo demasiado difícil para el Señor? Cuando vuelva a visitarte por esta época, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo'. Pero Sara, lo negó: 'No me he reído', dijo, pues estaba asustada. Él replicó: 'No lo niegues, te has reído'". Es muy simpática la reacción de Sara, pero absolutamente natural. 

Esta confianza radical en Dios nos mueve a todos a presentarnos delante de Dios con esa humildad necesaria, pues solo así, reconociendo su amor y su poder que siempre estará a nuestro favor en medio de todas nuestra tribulaciones. El ejemplo lo tenemos en aquel centurión, seguramente hombre recio, de disciplina militar, muy consciente del orden jurídico, seguramente conocedor de Jesús por referencias de otros que, reconociendo que en ese personaje no está simplemente un profeta taumaturgo, que realizaba maravillas en medio del pueblo, sino un hombre que buscaba siempre hacer el bien, se le acerca sin ninguna duda para solicitar un  favor extraordinario, con la certeza de que no será desatendido. No pide algo para sí, sino para un criado. Incluso llega al extremo de confesar su fe de manera extraordinaria, cuando reconoce que Jesús puede hacer el milagro a la distancia. Apela a su propio ejemplo como personaje de autoridad para fundamentar que en Jesús hay una fuerza superior, pues es una confesión tácita de que para Dios no existe nada imposible: "'Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho'. Le contestó: 'Voy yo a curarlo'. Pero el Centurión le replicó: 'Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: 'Ve' y va; al otro: 'Ven', y viene; a mi criado: 'Haz esto', y lo hace'. Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: 'En verdad les digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Les digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac, y Jacob en el reino de los cielos; en cambio, a los hijos del reino los echarán fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes'. Y dijo al centurión: -'Vete; que te suceda según has creído'. Y en aquel momento se puso bueno el criado". Esa confianza radical tuvo la compensación mayor. Es la compensación que da la fe por encima de todo. Dios es la fuente de todas las bondades. Y esa fuente está abierta siempre. No se cierra jamás. Nosotros solo debemos ascender en el espíritu para que nuestra mano esté siempre tendida hacia esa fuente de amor, que será causa de nuestro gozo, ya que manará siempre a nuestro favor. Y así, nunca fallará, como nunca ha fallado.

martes, 22 de junio de 2021

Poner en el centro lo realmente importante

 No des lo santo a los perros. Mateo... - Trayecto Adventista | فيسبوك

Los hombres consideramos todos los beneficios donados por el Señor como derechos inalienables a los cuales accedemos casi sin méritos propios, pues al fin y al cabo son dádivas amorosas del Creador. Es verdad que el Señor, además de cedérnoslos, pues ha sido el compromiso que Él mismo ha asumido al crearnos y colocarnos en el centro de todo lo que existe, coloca también en nuestro ser las capacidades necesarias para que, además de las dádivas, sea también nuestro esfuerzo el que logre hacer avanzar la bondad de todo, de modo que con nuestro aporte se vaya alcanzando un mejor mundo para todos, una mayor promoción del hermano, un beneficio para nosotros mismos en el orden material y espiritual que redunde también en beneficio para todos los que nos rodean. Por nuestra obra y por nuestro esfuerzo este intento jamás debe detenerse. Y en efecto, es lo que da a entender Dios cuando nos ha creado. Habiéndonos puesto en el centro, lo ha hecho no para que nos creamos que somos importantes por nosotros, sino por la responsabilidad que coloca sobre nuestras espaldas. Desafortunadamente, siempre surgen en el corazón del hombre las contaminaciones a las que lo lanzan su natural debilidad de criatura. Llega un punto en que en el esplendor de lo que se tiene como posesiones, de su poder, de su prestigio, de su dominio sobre los débiles, obnubila sus sentidos y se llega a creer con todos los méritos, dejando a un lado lo que debería ser más claro para él: que nada de lo que posee es posesión inviolable. Por supuesto, ni lo que ha adquirido por donación amorosa de Dios desde su origen ni tampoco lo que ha ido adquiriendo a lo largo de su vida, pues aunque valga el esfuerzo que haya hecho, la capacidad la ha adquirido no por virtud propia, sino por la cualidad que Dios ha puesto en él. Esta conciencia es necesario promoverla en sí mismos para no sufrir de grandes decepciones, que vendrán si el empeño es sostenerse en ese camino. El hombre no puede añadir ni un segundo a su existencia, no tiene el total dominio sobre lo que pasa. Eso trasciende con mucho sus capacidades. Y ante ello, debe bajar la cabeza y ser lo más humilde posible reconociendo su debilidad total.

La ejemplaridad de Abraham y de su familia en este sentido es magistral. Alcanza el zenit de su desarrollo humano, con bienes y posesiones inimaginables. Bendecido por Dios con los mayores fastos, posesiones, rebaños, familia numerosa, pastores, servidores, no podría dejar de estar agradecido. Y aún le es prometida mayor fortuna si se sigue dejando guiando por el poder del Dios que lo ha elegido. Es tanta la riqueza que con su hermano Lot acuerdan alejarse para no estorbarse mutuamente en ese camino de progreso. Hubiera sido muy fácil, seguramente lo más cómodo, simplemente permanecer pasivos y seguir abriendo las manos para seguir recibiendo. Pero en su conciencia tenía muy claro que el don trae consigo la tarea. Recibir tantos beneficios debe ser reconocido. Y en este sentido no se trataba solo de beneficios materiales, aun cuando fueran evidentes, sino que llegó a entender que el beneficio iba más allá: a una vida de reconocimiento y de entrega al amor de Dios que lo beneficiaba tanto. Su bienestar, así lo entendió, no era un capricho de un Dios que se había fijado en él sin un sentido concreto. Dios lo había elegido para una tarea sublime: ser el padre de las naciones que el Señor se escogía como heredad propia. Abraham era el signo de la preferencia divina por encima de todos, el germen de esa historia de salvación que empezaba a brotar para la humanidad, el personaje que abría de nuevo las puertas del cielo que se habían cerrado por el pecado, y que será el primer paso que da Dios para preparar el camino del Redentor, que hará llegar al culmen la intencionalidad amorosa y salvadora del Creador. Sabe que ese será el camino de la historia, en la que él mismo será un protagonista principal, pero rechaza toda tentación de creerse origen de esas intenciones. Sabe con toda humildad cuál es su lugar y lo asume sin aspavientos: "Abran era muy rico en ganado, plata y oro. También Lot, que iba con Abrán, poseía ovejas, vacas y tiendas, de modo que ya no podían vivir juntos en el país, porque sus posesiones eran inmensas y ya no cabían juntos. Por ello surgieron disputas entre los pastores de Abran y los de Lot. Además, en aquel tiempo cananeos y los perizitas habitaban en el país. Abran dijo a Lot: 'No haya disputas entre nosotros dos, ni entre mis pastores y tus pastores, pues somos hermanos. ¿No tienes delante todo el país? Sepárate de mí: si vas a la izquierda, yo iré a la derecha; si vas a la derecha, yo iré a la izquierda'. Lot echó una mirada y vio que toda la vega del Jordán, hasta la entrada de Soar, era de regadío - esto era antes de que el Señor destruyera Sodoma y Gomorra - como el jardín del Señor, o como Egipto. Lot se escogió la vega del Jordán y marchó hacia levante; y así se separaron el uno del otro. Abran habitó en Canaán; Lot en las ciudades de la vega, plantando las tiendas hasta Sodoma. Los habitantes de Sodoma eran malvados y pecaban gravemente contra el Señor. El Señor dijo a Abrán, después que Lot se había separado de él: 'Alza tus ojos y mira desde el lugar en donde estás hacia el norte, el mediodía, el levante y el poniente. Toda la tierra que ves te la daré a ti y a tus descendientes para siempre. Haré a tus descendientes como el polvo de la tierra: el que pueda contar el polvo podrá contar a tus descendientes. Levántate, recorre el país a lo largo y a lo ancho, pues te lo voy a dar'. Abran alzó la tienda y fue a establecerse junto a la encina de Mambré, en Hebrón, donde construyó un altar al Señor". Es impresionante la docilidad a las inspiraciones divinas. Su única motivación era la del abandono humilde en las manos de quien lo había elegido.

Todos necesitamos de esta conciencia para poder tomar la ruta concreta. Sin duda, será difícil, pues vivimos en un mundo que nos impone siempre el querer colocarnos nosotros mismos en el centro. El hedonismo cada vez nos lanza más a nuestros propios brazos, llenándonos de egoísmo, de vanidad, de indiferencia ante el hermano. Esa dictadura del relativismo que nos envuelve nos ha hecho mucho daño, pues nos ha llevado a pensar que somos el centro del universo, desplazando a Dios y a los hermanos del lugar que les corresponde. Regalamos mucho al "cuerpo", es decir nuestra realidad material, en el equívoco de creer que toda la realidad se agota en ella misma. Es el camino seguro de la frustración, pues sabemos muy bien que en el momento de la debacle todo desaparecerá. Lo único que subsistirá será lo que sembremos de amor a Dios, de amor a los hermanos, de bien y de fraternidad. Nada más subsistirá, ni siquiera un gramo de riqueza, de prestigio, de poder, llegarán a trascender. Serán las obras buenas nuestra único tesoro y nuestra única herencia. Por ello Jesús pone la vista en lo que debe ser nuclear. Y nada nunca estará por encima de eso: "En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 'No den lo santo a los perros, ni les echen sus perlas a los cerdos; no sea que las pisoteen con sus patas y después se revuelvan para destrozarlos. Así, pues, todo lo que desean que los demás hagan con ustedes, háganlo ustedes con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas. Entren por la puerta estrecha. Porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos!" La motivación de Jesús es su amor por nosotros y su deseo de salvarnos. Todo lo demás es relativo. Por ello nos pide que incidamos en aquello que es central y que es esencial para nuestra llegada a la meta de la felicidad eterna junto a Él. Y ese es el legado que nos ha dejado y que quiere que sea totalmente nuestro. Para eso se ha entregado, y de esa manera nos confiesa eternamente su amor.

domingo, 20 de junio de 2021

Nuestra vida es la barca en la que Jesús calma las tormentas

 Parroquia de la Asunción de Ntra. Sra. Albaida - UNA FE EN PAÑALES Escrito  en 28 Enero 2017. Evangelio según san Marcos (4,35-41) Aquel día, al  atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: «

Con mucha frecuencia los hombres nos encontramos en situaciones límite que ponen a prueba nuestra solidez y nuestra confianza en nosotros mismos. Son situaciones en las que resaltan nuestra fragilidad y nuestra debilidad de criaturas, pues aunque hemos sido creados desde el amor todopoderoso de Dios, no dejamos, ni dejaremos nunca, de ser criaturas surgidas de una mano que nos quiere suyos siempre, y que por lo tanto, ha dejado impreso en nuestro ser la necesidad de su amor y de la confianza en Él. Si hubiera puesto en nosotros capacidades superiores a las que ya poseemos, seguramente nuestra natural inclinación al egoísmo, hubiera ya desechado esa unión necesaria con el Creador. Ha sido ya una tentación cumplida en la humanidad, pues asistimos al ensoberbecimiento humano que ha llegado a creerse superior a lo que realmente es, y ha pretendido echar de su vida al Dios del amor, viviendo una vida aparentemente mejor, en la tranquilidad ilusa de la falta de necesidad de referencia a lo trascendente. La vida del hombre se convierte así en una carrera de autosatisfacción vanidosa, en la que los demás, lejos de ser hermanos, como lo son por la naturaleza social con la cual hemos sido creados, son competidores que hay que ir eliminando y dejando tirados en el camino. Se exacerba el egoísmo y se piensa que la vida está solo en las propias manos, por lo cual se hace innecesario otro apoyo. A esta tentación puede llegar a sucumbir incluso el que busca la fidelidad en Dios como su norte, pero que a fuerza de dolores y decepciones no recibe sino solo agravios. Es la sensación de soledad y abandono del favor de Dios lo que en esos momentos prevalece. Le sucedió al fiel Job, azotado por la tragedia, por lo cual Dios le tiende la mano tratando de convencerlo de que incluso en aquello trágico que Él permite que suceda, su favor no ha sido desplazado y que por encima de todo debe mantener su unión a su amor y su confianza radical, pues esa fidelidad al final tendrá su premio: "El Señor habló a Job desde la tormenta: '¿Quién cerró el mar con una puerta, cuando escapaba impetuoso de su seno, cuando le puse nubes por mantillas y nubes tormentosas por pañales, cuando le establecí un límite poniendo puertas y cerrojos, y le dije: 'Hasta aquí llegarás y no pasarás; aquí se romperá la arrogancia de tus olas?'". Esa ternura y la demostración de su amor es lo que debe surgir triunfante. Dios no quiere el mal del hombre, sino todo lo contrario. Y por ello, a su criatura le permite vivir su indigencia para que caiga en la cuenta de que solo unido a Él podrá encontrar la solidez añorada.

Quien asume esa parte esencial de la vida y la experiencia de la fe, llega a un punto en el que no hay más allá, sino solo abandono. En medio de su vida cotidiana todo quedará coloreado con el color del amor y de la confianza. Ciertamente es un camino de solidez, de madurez y de confianza, que necesitamos recorrer para llegar a esa novedad que nos plantea la exigencia del amor. La novedad absoluta de lo que implica ser cristiano tiene en esto un signo que lo debe evidenciar. Somos hombres nuevos, que deben vivir en la superación continua de una realidad que no puede quedarse en los mínimos. Esta madurez es un trabajo arduo que debe ser realizado sin descanso. Es difícil el camino, pues implica renunciar a las propias seguridades en las que nos podemos sentir tan cómodos. Para muchos es preferible contentarse con pisar firme donde están, que salir de la zona de confort en la que se han ubicado, pues así se evitan problemas y confrontaciones con el mundo y con los hermanos. Pero, al haber sido convocados a más, no podemos dar espacio libre al conformismo y a la pasividad, pues no hemos sido llamados a eso. En medio de incertidumbres y de inestabilidades, nuestra convicción debe apuntar a que estamos llamados a algo más y mejor. Somos los hombres nuevos del amor, y tenemos en Jesús la capacidad de deslastrarnos de lo ordinario, apuntando a lo máximo: "Hermanos: Nos apremia el amor de Cristo, al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron. Y Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos. De modo que nosotros desde ahora no conocemos a nadie según la carne; si alguna vez conocimos a Cristo según la carne, ahora ya no lo conocemos así. Por tanto, si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo". Y lo nuevo es hermoso, atractivo, totalmente compensador. Por ello, vale la pena dar los pasos necesarios para llegar a esa plenitud.

En esa línea está la oferta de Jesús. La llamada es acuciante, pues es para que avancemos continuamente en esa ruta de abandono en su amor y no nos detengamos. Él nos lanza al mundo, confiando inmensamente en sus salvados. Es la gracia que nos demuestra cuando coloca en nuestras manos esa responsabilidad. Es el mundo entero y cada hermano el que nos ha colocado como tarea. Ese mundo y esos hermanos son regalos de su amor puestos en nuestras manos. Son demostraciones de su amor y de su confianza infinitas por nosotros. No podemos hacernos los ignorantes ante tamaño favor. La criatura responsabilizada de lo creado. Pero Jesús lo hace buscando hacernos entender que necesitamos asumir que esa obra no será lograda en el ejercicio de una especie de poder sobrehumano que nos haya sido donado, sino en nuestra condición de indigencia, pues jamás dejaremos de ser simples criaturas que existen gracias a su gesto de amor. Esa referencia nunca debe faltar, pues es esencial para lograr avanzar. El episodio del mar calmado después de la tormenta es emblemático de esto. El mar embravecido es el mundo malo que se revelará a las insinuaciones amorosas del Señor. No comprende ese mundo que el único objetivo de Dios al permitir avatares, dolores, sufrimientos, no tiene nada que ver con movimientos de mal, pues jamás tienen como objetivo ese. Dios nunca actuará así, sino que apunta a que el hombre pruebe la necesidad que tiene de Dios y de su amor para subsistir. La aparente ausencia de bien no es tal, sino que es la ocasión para poder elevar la mirada y descubrir la altura a la que se nos llama. Por ello, aunque aparentemente duerma, Jesús está presto para alzar su mano en defensa de los suyos: "Aquel día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: 'Vamos a la otra orilla'. Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó una fuerte tempestad y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba en la popa, dormido sobre su cabezal. Lo despertaron, diciéndole: 'Maestro, ¿no te importa que perezcamos?' Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar: '¡Silencio, enmudece!' El viento cesó y vino una gran calma. Él les dijo: '¿Por qué tienen miedo? ¿Aún no tienen fe?' Se llenaron de miedo y se decían unos a otros: '¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y el mar le obedecen!'". Es la barca de nuestra vida. En ella va Jesús fortaleciéndonos y calmando lo que nosotros no podemos calmar. Es, en signo teológico, la barca de la Iglesia que también sufre en el mundo y lucha contra muchas tempestades. Pero es también nuestra vida la que lucha por bogar hasta el mar en calma que es el amor infinito de Dios y al que queremos llegar para vivir eternamente felices. Necesitamos la fe para lograrlo. Y Jesús nos tiende la mano para que la tengamos y nos abandonemos en ella.

domingo, 14 de febrero de 2021

Solamente Jesús puede limpiar nuestra lepra

 Resultado de imagen para Si quieres, puedes limpiarme

Algunos preceptos de Yhavé en el Antiguo Testamento, si los analizamos desde nuestra óptica actual y con los criterios avanzados sobre los derechos humanos que poseemos hoy, pueden parecernos draconianos y hasta inhumanos. Cuando leemos el precepto sobre el tratamiento a los leprosos, nos podemos llegar a preguntar cómo es posible que se pueda actuar tan inhumanamente en el caso de una persona que más bien necesita del mayor apoyo. Sin embargo, debemos siempre evitar la tentación del anacronismo, es decir, de ubicar hechos del pasado en nuestra mente actual y analizarlos con los criterios avanzados que poseemos hoy. En aquel tiempo no se contaba con los medios sanitarios de hoy, no se habían dado los avances en la ciencia que conocemos, no existía otra manera de proteger a la sociedad de potenciales males que podían hacer daño a muchísimos. En el caso concreto de la lepra, incluso espiritualmente, se consideraba una carga negativa que podía atraer desgracias no solo físicas para quienes se acercaran sino también espirituales para la comunidad. "Expulsar" al leproso de la vida comunitaria era, así entendido, una defensa para la misma vida comunitaria. Añadido al mal físico, la lepra se identificó siempre con el pecado. Cuando un hombre caía en el pecado y se alejaba de Dios y de la fraternidad, se consideraba que había adquirido la lepra espiritual, por lo cual debía acercarse de nuevo a Dios para obtener de nuevo su limpieza. Esa limpieza debía ser certificada por los sacerdotes de la comunidad y solo cuando era confirmada por ellos podía darse la reintegración del pecador.

Esta conducta se mantuvo hasta muy avanzados los años. Jesús mismo tuvo la ocasión de encontrarse con leprosos que se acercaban a Él pidiendo su limpieza, confiando en su amor, en su misericordia y en su poder. Para el leproso que añoraba su reintegración a la sociedad, la presencia de Jesús era la presencia de Aquel que había demostrado ya su preferencia por los excluidos, por los débiles, por los rechazados. Tenían ellos la seguridad de que ese que había venido a traer el amor y la misericordia de Dios no podía desecharlos ni excluirlos. Además, había ya dado demostraciones de que tenía el poder de hacerlo, pues era el Dios enviado para acoger a todos, particularmente a los que más necesitaban de su amor y de su misericordia. Por eso, es asombroso percibir cómo aquellos más humildes y rechazados son los que más claramente perciben la presencia del amor y del poder de Dios en Jesús. Los que menos lo necesitan son los más reticentes a acercarse a Él, en una muestra de autosuficiencia suicida que los aleja del amor. Quien es más rechazado es quien más se acerca confiado al Redentor: "En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: 'Si quieres, puedes limpiarme'. Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo: 'Quiero: queda limpio'. La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio. Él lo despidió, encargándole severamente: 'No se lo digas a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio'. Pero cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en lugares solitarios; y aun así acudían a él de todas partes". Para el leproso sanado era su fiesta particular, y por eso nadie, ni siquiera el mismo Jesús, podía negarle la expresión de su gozo.

La lepra es signo del pecado. En este sentido, todos los hombres la sufrimos, pues todos nos hemos puesto de espaldas a Dios, prefiriendo la mancha espiritual que mantenernos cerca del Señor. Esa lepra significa para nosotros la exclusión, la lejanía de Dios, la eliminación de la fraternidad. La lepra del hombre hoy es el pecado de la ausencia de Dios en la propia vida, la pretensión de la absoluta autonomía, del egoísmo y la vanidad supremos que nos pone por encima de los demás, sin importar a quién podemos hacer daño, solo pensando en los beneficios y las prerrogativas personales que podemos extraer con nuestra conducta. Es la lepra de la guerra, de la sensualidad, del hedonismo, de la falta de solidaridad, de la explotación de los débiles, del pisoteo de los derechos de los otros, de los atentados contra la vida mediante el aborto y la eutanasia, de la estafa y la corrupción... Son miles de lepras de las que adolecemos en nuestros días. Pero junto a eso está también siempre quien puede sanarnos. Y por eso hay muchísimos que se ponen del lado del sanador, y muchos más que se hacen conscientes de que seguir empeñados en ser leprosos los conduce hacia su propia destrucción. Y se acercan con fe y confianza a quien los puede limpiar: "Si quieres, puedes limpiarme". Es necesaria la conversión para poder ser limpiados. El mundo necesita de aquellos leprosos que han sido sanados por Jesús para convertirse en sanadores como Él, tal como lo hizo aquel leproso agradecido que no podía callar su gozo. La invitación es hecha a todos. Y es hecha particularmente a quienes reconocemos nuestra lepra y nos hacemos conscientes de que solo acercándonos confiados al Dios del amor, de la misericordia y del poder podremos ser sanados: "Hermanos: Ya coman, ya beban, o hagan lo que hagan, háganlo todo para gloria de Dios. No den motivo de escándalo ni a judíos, ni a griegos, ni a la Iglesia de Dios; como yo, que procuro contentar en todo a todos, no buscando mi propia ventaja, sino la de la mayoría, para que se salven. Sean imitadores míos como yo lo soy de Cristo". Solo siendo sanados por Jesús y viviendo para Él, desaparecerá nuestra lepra y seremos transmisores de esa limpieza a nuestros hermanos para que también ellos sean limpios de su impureza.

martes, 9 de febrero de 2021

La única y auténtica tradición es la del amor

 Resultado de imagen para Anuláis el mandamiento de Dios por mantener vuestra tradición

El primer relato de la creación que aparece en el libro del Génesis nos deja muy claro quién es el origen de todo. En nuestros tiempos este relato es considerado cada vez más alejado de la realidad. La teoría creacionista, que es la que desarrolla el Génesis, es negado por los caminos que ha avanzado la ciencia, que concluye que la existencia del universo es un acontecimiento fortuito que nada tendría que ver con actuaciones de fuerzas superiores que lo hubieran empujado a existir. El camino de la ciencia es un camino muy distinto al de la Revelación. Pero con todo y ser distinto no podemos de ninguna manera concluir que son caminos contradictorios que no puedan llegar a complementarse. Debemos reconocer que es muy poco probable que las cosas hayan sucedido estrictamente como lo relata el autor sagrado. Lo que él intenta hacer es un relato poético de lo que pudo irse dando en la mente divina a medida que iba haciendo venir a la existencia todo lo creado. Su finalidad es principalmente dejar claro que el origen de todo está en el poder y en el amor divinos, y que todo confluye hacia el gran actor final, el hombre, hecho a "imagen y semejanza" del Creador, sobre el cual derrama toda su complacencia, como lo afirmó refiriéndose a Jesús en su Bautismo, y en el cual estaba representado cada hombre de la historia. Nada existe si no es referido al hombre. Dios "vio que todo era muy bueno", solo cuando ya estaba el hombre en medio. Antes de la existencia del hombre todo era simplemente "bueno". A partir del sexto día, cuando aparece el hombre sobre el mundo, es "muy bueno". Aparece un superlativo que da la perspectiva de la voluntad divina creadora. Todo es para ponerlo en las manos del hombre, la única criatura a la cual Dios ama por sí misma. A todas las demás criaturas Dios las ama en cuanto sirven al hombre.

No hay, por tanto, contradicción entre la ciencia y la revelación. Puede haber una complementación en la que destacaría el amor, el poder y la sabiduría divinos, que fue ordenando todo lo que iba viniendo a la existencia, de modo que todo apuntara a favorecer al hombre, la razón última de toda la existencia. La existencia espiritual, tal como lo afirmó San Juan Pablo II, no tiene un origen distinto que el de todo lo que existe. El alma humana surge de las manos amorosas del Dios Creador: "Dijo Dios: 'Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que domine los peces del mar, las aves del cielo, los ganados y los reptiles de la tierra'. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó. Dios los bendijo; y les dijo Dios: 'Sean fecundos y multiplíquense, llenen la tierra y sométanla; dominen los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven sobre la tierra'. Y dijo Dios: 'Miren, les entrego todas las hierbas que engendran semilla sobre la superficie de la tierra y todos los árboles frutales que engendran semilla: les servirán de alimento. Y la hierba verde servirá de alimento a todas las fieras de la tierra, a todas las aves del cielo, a todos los reptiles de la tierra y a todo ser que respira'. Y así fue. Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno". El universo surge, finalmente, como el deseo expreso de Dios para colmar a su criatura amada de todos los beneficios posibles, en un desarrollo de la vida en la que el hombre debe dar muestras de la valoración que hace de todas esas dádivas, de modo que se haga acreedor de todas ellas para toda la eternidad, en una vida que pone en las manos de su Creador, consciente de que en la unión con Él está todo el sentido de su vida, y que lejos de Él solo encontrará nulidad y oscuridad que lo sumirán en la nada absoluta.

Por eso insiste Jesús en que la verdadera y única tradición que tiene sentido, por encima de todas las normas mosaicas, que tenían todo su sentido, por lo cual no las anula totalmente, es la tradición de la unión con Dios, del reconocimiento de ser de Él, de que todo lo que se tiene viene de sus manos amorosas. La tradición que debe mover al hombre, finalmente, es la del amor. Amor al Creador, en el reconocimiento de que la propia existencia se le debe a Él y a más nadie, y de que todos los beneficios lo tienen a Él como única fuente, y que por ello la única manera de mantenerse en el camino de esa plenitud final que ha sido prometida es manteniéndose en una unión vital con Él, obedeciendo a su voluntad, recibiendo con corazón bien dispuesto todo su amor, y respondiendo con agradecimiento e ilusión amándolo eternamente. Y además, viviendo todos en el amor de una fraternidad que es deseada por el mismo Dios, pues su sentencia original fue: "No es bueno que el hombre esté solo". Por eso, quien quiere llegar a alcanzar esa meta de la plenitud final e interminable, debe vivir su vida en esa unión constructiva y honesta con Dios, y en la fraternidad y solidaridad humanas que nos confirma en el ser todos hijos del mismo Padre: "Él les contestó: 'Bien profetizó Isaías de ustedes, hipócritas, como está escrito: 'Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos'. Dejan a un lado el mandamiento de Dios para aferrarse a la tradición de los hombres'". La verdadera tradición es la del amor. Nada hay por encima de ello. Y es eso lo que nos vino a enseñar Jesús con su obra de amor y de rescate.