Jesús nos dio a todos las claves esenciales para actuar en favor del hombre. Su labor no fue reducida sólo a una preocupación espiritualista que se dedicara sólo a la liberación del alma humana de la esclavitud del pecado, a la procura de la apertura de las puertas de cielo para quienes se las habían cerrado a sí mismos dándole la espalda a Dios, a la invitación de mantener la vista sólo elevada a los cielos como añorando una realidad futura gloriosa que sería, así, la única que valdría la pena, de alguna manera despreciando la realidad cotidiana, material, que viven los hombres naturalmente. Tampoco su preocupación fue puramente material, en la procura sólo de una liberación de poderes opresores, de obtención de riquezas expropiándoselas a los ricos para favorecer a los pobres, de imposición de una ideología sociológica en la que exacerbara el ánimo de los oprimidos para "tomar el poder" y aplastar a los más pudientes para que sufrieran la humillación que ellos mismos estaban sufrido... Ambas concepciones son absolutamente equivocadas...
Se equivoca quien quiera colocar a Jesús en alguna de estas dos opciones, pues son totalmente falsas. La labor de Jesús fue integral, pues integral es su ser e integral es su misión. Al inicio de su ministerio, en la sinagoga de Nazaet, evocando la profecía de Isaías, Jesús presenta su "hoja de ruta", su "plan de trabajo", su "proyecto". En él podemos percibir claramente que la preocupación de Jesús es todo el hombre, todos los hombres. Es el hombre que sufre la cadena del pecado y la cadena de la injusticia. Es el hombre que añora la eternidad feliz y mira al cielo, pero que añora la paz social y la justicia y sueña con una época actual de armonía y de fraternidad. Es el hombre que vive cotidianamente en el tráfago del mundo, que sufre sus consecuencias, que tiene conflictos y que vive alegrías, que debe partirse la espalda por el esfuerzo cotidiano del progreso y de la solución de sus problemas materiales, pero que también se pone en las manos de Dios confiando radicalmente en su amor y en que su futuro eterno lo vivirá junto a ese Dios de amor en la felicidad plena...
Por eso Jesús perdona pecados, libera de demonios, predica el amor y el perdón, echa en cara la hipocresía, exige la transparencia delante de Dios y de los hombres, declara dichosos a los que viviendo múltiples y diversas crisis han fundado sus vidas en Dios y en su amor y les anuncia la felicidad plena en el futuro de eternidad junto a Él... Y también por eso cura a los enfermos, devuelve la vista a los ciegos, hace oír y hablar a los sordomudos, limpia a los leprosos, resucita muertos, multiplica los panes para los hambrientos, expulsa a los mercaderes del templo, invita a la solidaridad con los más débiles y pobres, pone de ejemplo al samaritano que ayuda al herido... De ninguna manera Jesús reduce su mensaje de salvación, sino que nos dice a todos que no podemos "parcializar" su mensaje de salvación integral.
Desvirtuamos a Jesús y a su mensaje cuando lo colocamos sólo como el Dios que se ocupa del "espíritu humano", como si éste fuera una especie de fantasma que está en desagrado, encarcelado en un cuerpo de carne y hueso y cuyo sitio no sería ese, sino sólo frente a Dios, en una "pureza absoluta" que no existe en lo cotidiano. La situación del hombre en el mundo sería como una especie de "destierro" absolutamente despreciable, del cual habría que desembarazarse lo más pronto posible. O cuando, por el contrario, lo colocamos sólo en el orden de lo sociológico, como si Jesús fuera una especie de guerrillero o revolucionario, que sólo vino a azuzar a las masas para que se levantaran ante el poder opresor, y al cual sólo le importaba que la gente tuviera sus necesidades bien resueltas y más nada... El camino correcto por el cual podremos comprender a Jesús y su obra es el de la contemplación de su propio ser: El Dios que se encarna, que se hace hombre, sumando en su propia figura la integralidad que quiere salvar, que quiere iluminar, que quiere redimir... Es lo espiritual junto a lo corporal. Es la materia junto al espíritu. Ninguna de las dos realidades son "mal menor", pues en la suma de ambas está la plenitud de la obra de Jesús y así es que debe ser considerada...
Por eso Jesús dice a sus discípulos: "Me da lástima de esta gente; llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer, y, si los despido a sus casas en ayunas, se van a desmayar por el camino. Además, algunos han venido desde lejos." Han estado ya tres días con Él, escuchando sus palabras, asimilando su mensaje, recibiendo el alimento espiritual, el perdón, el llamado a la fraternidad y al amor solidario... Pero necesitan cuidar su cuerpo, pues tienen hambre. Y Jesús se ocupa también de eso... Se ocupa del hombre entero. No lo parcela. Es lo corporal junto a lo espiritual lo que hay que cuidar...
Y Jesús para eso cuenta con sus apóstoles, con los que lo acompañan: "Mandó que la gente se sentara en el suelo, tomó los siete panes, pronunció la acción de gracias, los partió y los fue dando a sus discípulos para que los sirvieran. Ellos los sirvieron a la gente. Tenían también unos cuantos peces; Jesús los bendijo, y mandó que los sirvieran también". Sus apóstoles se encargaron de darles de comer a la gente hambrienta, hasta que quedaron saciados. Él hace el milagro y quiere que ellos sean los encargados de hacerlo llegar a todos. No quiere hacerlo todo Él solo, sino que espera los brazos de quienes lo acompañan para que lo ayuden a hacerle llegar a la mayor cantidad posible su regalo.
Jesús multiplica los panes y los peces, y quiere que los que lo ayuden a repartirlo se multipliquen también para hacerlo llegar a la mayor cantidad de gente posible. La multiplicación de los panes y los peces es el preludio de la multiplicación que debe darse de los que ayudan a Jesús a repartir su bien. El bien integral, el de su amor misericordioso, el de su perdón, el de su curación, el de sus panes y peces, el de su bienestar material, el de la llamada a elevar la mirada a lo eterno sin dejar de pisar en el presente... Y eso somos nosotros. Jesús nos invita a presenciar su milagro de amor, y quiere unirnos a la obra de difusión del bien mayor y de todos los bienes que quiere procurar a los hombres...
Ramón Viloria. Operario Diocesano. Ocupado en el anuncio del Amor de Dios y en la Promoción de la Verdad y la Justicia
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sábado, 15 de febrero de 2014
miércoles, 4 de septiembre de 2013
Nos anima a tener Fe en Jesús y a vivir en el Amor mutuo, la Esperanza de la eternidad feliz
La vivencia cristiana es profundamente comprometedora con la realidad que vivimos. La esperanza que sostiene la ilusión cristiana de obtener la salvación está muy lejos de ser paralizante. Existe una equivocación gravísima en los promotores del materialismo dialéctico, que han calificado a la religión, en nuestro caso sería la cristiana, de "opio del pueblo", acusándola supuestamente de hacer de los creyentes hombres y mujeres que sólo miran a la eternidad celestial, desapegándose de toda la realidad circundante y, como consecuencia, no sintiéndose comprometida con ella y con su mejor marcha. Nada más lejos de la realidad...
Los cristianos hemos sido enviados al mundo por Jesús a anunciar el "Evangelio a toda la creación". Y el Evangelio, como Él mismo lo asumió, debe ser predicado, en primer lugar, a los pobres, debe iluminar los ojos de los ciegos, debe anunciar la liberación a los oprimidos, debe llevar el consuelo a los afligidos. Es imposible llevar la Buena Nueva de la Salvación, si no se asume la realidad en la que vive cada hombre y cada mujer de la historia. La obra de Cristo engloba al hombre en toda su integralidad. No es salvación sólo del espíritu o sólo del cuerpo. Así no fue la actuación de Cristo. El Evangelio nos relata toda la obra que Jesús realizó, y en ella podemos destacar siempre su preocupación tanto por la situación espiritual como por la material de los hombres a los que se encontró en el camino.
Cristo perdonó pecados, liberó de demonios, predicó el amor entre los hombres, invitó a asumir la persecución a la que serían sometidos sus seguidores, pidió a todos que devolviéramos bien por mal, bendición por maldición, oración por daño... Nos invitó a elevarnos, y nos elevó Él mismo, en nuestro espíritu, sobreponiéndonos a todo conflicto íntimo o social. Con su labor Cristo logró limpiar totalmente el alma de cada hombre, la hizo pura y bien dispuesta para aceptar su presencia en ellas. Desde la obra de Jesús, los corazones de los hombres pasaron a ser morada natural de Dios. Es el misterio de la Gracia santificante, que es la inhabitación de Dios en el hombre...
Pero también Cristo resucitó muertos, curó enfermedades, multiplicó los panes, hizo posible la pesca milagrosa, rescató a Pedro de las aguas... Se ocupó del hombre concreto, en sus necesidades, y como Dios providente puso remedio a sus carencias. Está claro que para Jesús el bienestar no está reñido con el Evangelio. Se opuso a todo tipo de opresión del hombre contra el mismo hombre, azuzó a las autoridades que maltrataban a sus súbditos y no se ponían al servicio de ellos, exigió el pago de los impuestos como obligación ciudadana, pidió la sumisión a las autoridades... El mundo, en su realidad material recibió de Jesús también un llamado a ser un buen lugar para vivir, un sitio que ofreciera a todos por igual sus buenas posibilidades.
Por eso los cristianos no podemos desentendernos de nuestro compromiso temporal. Más aún, cumpliéndolo es que estaremos sembrando la semilla que dará buen fruto como cosecha de eternidad. Si no asumimos ese compromiso, estaremos traicionando a Jesús que nos envía a la realidad entera para transformarla. El buen cristiano tiene que ser un hombre justo, que busca que la justicia sea signo en todo lo que hace y que brille en todo su alrededor. Se opone a las injusticias que puedan darse en su entorno, y las denuncia valientemente, dando la alternativa de la verdadera justicia. Rechaza firmemente la explotación de los hermanos por parte de los inescrupulosos, que se aprovechan de cualquier circunstancia, aunque signifique la nueva esclavitud de algunos, para obtener buenas ganancias sea como sea. Trata de cumplir honestamente con su trabajo, sin buscar como hacer "trampas" y siendo buen testimonio de honestidad para los compañeros. Es un buen ciudadano, pues busca siempre ser cumplidor de las leyes justas, cumpliendo sus deberes y ejerciendo objetivamente sus derechos. Es sensible a las necesidades de los que están a su alrededor o de los que se cruzan en su camino, sin "mirar para otro lado" cuando ve la carencia de alguno, haciéndose solidario, material o espiritualmente, en la medida de sus posibilidades, tratando siempre de que sea la medida del amor cristiano...
El cristiano es, por su vocación integral, el hombre que puede transformar verdaderamente el mundo, en más humano, más cristiano, más justo, más solidario. Esa tarea la ha puesto Cristo en sus manos. Su fe no lo encierra en las paredes de la sacristía, como han pretendido también algunos. La fe no lo paraliza, sino que lo lanza con mayor responsabilidad al mundo que hay que cambiar. Toda la realidad lo cuestiona y lo compromete. Comprende muy bien que el anuncio de la salvación pasará sólo como creíble si va acompañado de una vida profundamente comprometida con el hombre y todas sus circunstancias. No basta la palabra de serenidad y de paz que quiere Jesús hacerle llegar a todos. Es necesaria la acción que implante la justicia y promueva el bien para todos, tal como lo hizo Jesús. Jesús habló del amor necesario, y a la vez invitó a la solidaridad. Perdonó el pecado, y a la vez invitó a vivir en la justicia. Liberó de los demonios, y a la vez pidió que nos comprometiéramos con la mejor marcha de la sociedad.
Los cristianos creemos en un solo Dios, Uno y Trino. Creemos en la Iglesia. Creemos en la Redención. Creemos en el perdón de los pecados. Y creemos en que Jesús nos ha puesto como tarea al mundo. Creemos que lo podemos hacer más justo y más humano. Creemos que todos los hombres somos hermanos y que estamos misteriosamente unidos unos a otros, por lo que no podemos desentendernos de ninguno. Creemos que el mal de uno es el de todos y que el bien de uno es el de todos. Creemos que debemos promover en el hombre su bienestar, su progreso, su mejor vivir.
Los cristianos vivimos en el amor. Y es un amor que no es bobalicón, sino que asume responsablemente su compromiso. Es una amor que nos lleva a dolernos del mal de los otros, y que nos empuja vivamente a ayudar a resolverlo y a darles consuelo. Si no se expresa así, el amor pasa a ser simplemente un idealismo vacío y sin sentido.
Y por eso, sólo así, podremos apuntar a tener esperanza en el cielo. Nuestro cielo lo construimos ayudando a construir el cielo de los demás aquí en la tierra. No pensemos que tendremos cielo si no se lo hemos procurado a los demás. Si así lo hacemos, sólo tendremos vacío y lejanía de Dios, es decir, infierno. La esperanza nos motiva a mirar con añoranza a la eternidad feliz junto a Dios, pero nos dice que eso será la cosecha que se hará realidad sólo en la medida en que hayamos sembrado las semillas del bien, del amor y de la justicia, aquí y ahora...
Los cristianos hemos sido enviados al mundo por Jesús a anunciar el "Evangelio a toda la creación". Y el Evangelio, como Él mismo lo asumió, debe ser predicado, en primer lugar, a los pobres, debe iluminar los ojos de los ciegos, debe anunciar la liberación a los oprimidos, debe llevar el consuelo a los afligidos. Es imposible llevar la Buena Nueva de la Salvación, si no se asume la realidad en la que vive cada hombre y cada mujer de la historia. La obra de Cristo engloba al hombre en toda su integralidad. No es salvación sólo del espíritu o sólo del cuerpo. Así no fue la actuación de Cristo. El Evangelio nos relata toda la obra que Jesús realizó, y en ella podemos destacar siempre su preocupación tanto por la situación espiritual como por la material de los hombres a los que se encontró en el camino.
Cristo perdonó pecados, liberó de demonios, predicó el amor entre los hombres, invitó a asumir la persecución a la que serían sometidos sus seguidores, pidió a todos que devolviéramos bien por mal, bendición por maldición, oración por daño... Nos invitó a elevarnos, y nos elevó Él mismo, en nuestro espíritu, sobreponiéndonos a todo conflicto íntimo o social. Con su labor Cristo logró limpiar totalmente el alma de cada hombre, la hizo pura y bien dispuesta para aceptar su presencia en ellas. Desde la obra de Jesús, los corazones de los hombres pasaron a ser morada natural de Dios. Es el misterio de la Gracia santificante, que es la inhabitación de Dios en el hombre...
Pero también Cristo resucitó muertos, curó enfermedades, multiplicó los panes, hizo posible la pesca milagrosa, rescató a Pedro de las aguas... Se ocupó del hombre concreto, en sus necesidades, y como Dios providente puso remedio a sus carencias. Está claro que para Jesús el bienestar no está reñido con el Evangelio. Se opuso a todo tipo de opresión del hombre contra el mismo hombre, azuzó a las autoridades que maltrataban a sus súbditos y no se ponían al servicio de ellos, exigió el pago de los impuestos como obligación ciudadana, pidió la sumisión a las autoridades... El mundo, en su realidad material recibió de Jesús también un llamado a ser un buen lugar para vivir, un sitio que ofreciera a todos por igual sus buenas posibilidades.
Por eso los cristianos no podemos desentendernos de nuestro compromiso temporal. Más aún, cumpliéndolo es que estaremos sembrando la semilla que dará buen fruto como cosecha de eternidad. Si no asumimos ese compromiso, estaremos traicionando a Jesús que nos envía a la realidad entera para transformarla. El buen cristiano tiene que ser un hombre justo, que busca que la justicia sea signo en todo lo que hace y que brille en todo su alrededor. Se opone a las injusticias que puedan darse en su entorno, y las denuncia valientemente, dando la alternativa de la verdadera justicia. Rechaza firmemente la explotación de los hermanos por parte de los inescrupulosos, que se aprovechan de cualquier circunstancia, aunque signifique la nueva esclavitud de algunos, para obtener buenas ganancias sea como sea. Trata de cumplir honestamente con su trabajo, sin buscar como hacer "trampas" y siendo buen testimonio de honestidad para los compañeros. Es un buen ciudadano, pues busca siempre ser cumplidor de las leyes justas, cumpliendo sus deberes y ejerciendo objetivamente sus derechos. Es sensible a las necesidades de los que están a su alrededor o de los que se cruzan en su camino, sin "mirar para otro lado" cuando ve la carencia de alguno, haciéndose solidario, material o espiritualmente, en la medida de sus posibilidades, tratando siempre de que sea la medida del amor cristiano...
El cristiano es, por su vocación integral, el hombre que puede transformar verdaderamente el mundo, en más humano, más cristiano, más justo, más solidario. Esa tarea la ha puesto Cristo en sus manos. Su fe no lo encierra en las paredes de la sacristía, como han pretendido también algunos. La fe no lo paraliza, sino que lo lanza con mayor responsabilidad al mundo que hay que cambiar. Toda la realidad lo cuestiona y lo compromete. Comprende muy bien que el anuncio de la salvación pasará sólo como creíble si va acompañado de una vida profundamente comprometida con el hombre y todas sus circunstancias. No basta la palabra de serenidad y de paz que quiere Jesús hacerle llegar a todos. Es necesaria la acción que implante la justicia y promueva el bien para todos, tal como lo hizo Jesús. Jesús habló del amor necesario, y a la vez invitó a la solidaridad. Perdonó el pecado, y a la vez invitó a vivir en la justicia. Liberó de los demonios, y a la vez pidió que nos comprometiéramos con la mejor marcha de la sociedad.
Los cristianos creemos en un solo Dios, Uno y Trino. Creemos en la Iglesia. Creemos en la Redención. Creemos en el perdón de los pecados. Y creemos en que Jesús nos ha puesto como tarea al mundo. Creemos que lo podemos hacer más justo y más humano. Creemos que todos los hombres somos hermanos y que estamos misteriosamente unidos unos a otros, por lo que no podemos desentendernos de ninguno. Creemos que el mal de uno es el de todos y que el bien de uno es el de todos. Creemos que debemos promover en el hombre su bienestar, su progreso, su mejor vivir.
Los cristianos vivimos en el amor. Y es un amor que no es bobalicón, sino que asume responsablemente su compromiso. Es una amor que nos lleva a dolernos del mal de los otros, y que nos empuja vivamente a ayudar a resolverlo y a darles consuelo. Si no se expresa así, el amor pasa a ser simplemente un idealismo vacío y sin sentido.
Y por eso, sólo así, podremos apuntar a tener esperanza en el cielo. Nuestro cielo lo construimos ayudando a construir el cielo de los demás aquí en la tierra. No pensemos que tendremos cielo si no se lo hemos procurado a los demás. Si así lo hacemos, sólo tendremos vacío y lejanía de Dios, es decir, infierno. La esperanza nos motiva a mirar con añoranza a la eternidad feliz junto a Dios, pero nos dice que eso será la cosecha que se hará realidad sólo en la medida en que hayamos sembrado las semillas del bien, del amor y de la justicia, aquí y ahora...
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