lunes, 16 de septiembre de 2013

Dios quiere que todos los hombres se salven


Pablo es el gran maestro de los gentiles. A ellos entendió que había sido mandado por Dios para alcanzarles la salvación. Su primera predicación fue para los judíos, y a ellos dedicó sus primicias. Los judaizantes, cristianos convertidos del judaísmo, que entendían que el cristianismo era una especie de "añadido", de "continuidad" absoluta de su religión original, se empeñaron en hacerle la vida imposible, pretendiendo que los que se convirtieran a Jesús, que no vinieran del judaísmo, o sea, paganos o gentiles, asumieran toda la carga de la tradición y las leyes judías, para que fueran "buenos cristianos". Pablo entendió perfectamente desde un principio que esto era inaceptable. Y tan importante fue este problema en aquella Iglesia naciente, que produjo el primer Concilio en Jerusalén, cuyo tema fue precisamente cómo se debía actuar y qué cosas se les podía exigir a aquellos neoconversos que no vinieran del judaísmo...

La tesis de Pablo fue la vencedora. No se les podía exigir a quienes no conocían el judaísmo, el cumplimiento de sus tradiciones y sus leyes. Sólo se les podía exigir la fidelidad al mensaje de Jesús, la vivencia del amor y del perdón cristiano, el sentirse verdaderamente miembros de la  gran familia de la Iglesia de Cristo... Quien así viviera se hacía acreedor de la salvación que Jesús había alcanzado desde su Cruz para todos los hombres...

Es totalmente lógico. Es absurdo que el Cuerpo entregado y la Sangre derramada en la Cruz del hombre que era Dios surtiera efecto sólo en una porción mínima de la humanidad, como lo era el pueblo de Israel. Un pueblo insignificante, pequeñísimo, casi desconocido, enclavado en el fin del mundo. Y que todo el resto de la humanidad se quedara sin disfrutar de la mayor riqueza que Dios quería derramar sobre el mundo: los efectos de la salvación, su amor redentor, la nueva creación que hacía nuevas todas las cosas...

Desde el Antiguo Testamento estaba claro que el Redentor venía a restablecer las relaciones de toda la humanidad con Dios: "Te hago Luz de las naciones". Así, además, lo comprendieron muchos de aquellos que se encontraron con el Mesías, desde el mismo principio de su historia humana: "Mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: Luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel". La salvación, sí, venía del Oriente, pero se extendía hacia todos los hombres...

Por eso, la alegría de la humanidad puede ser plena. Por eso, Pablo se hace adalid de esta acción de salvación del mundo que emprende Dios. Por eso, cada hombre y cada mujer de la inmensa humanidad pueden guardar una esperanza cierta en su propia salvación... Jesús se hizo hombre para todos los hombres. Jesús se hizo el Redentor de toda la humanidad. La salvación que trae Cristo rebasa cualquier frontera y cualquier raza. Por Él, por su redención, "todos somos hechos un solo pueblo. Ya no hay división..."

Para Pablo es claro que Jesús es el Salvador de toda la humanidad. Y se hace, de esa manera, anunciador de esa salvación de todos los hombres. De ahí su afirmación "Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad... Uno solo es el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se entregó en rescate por todos"...

Ahora bien, la formulación de la frase llama a reflexión... ¿Por qué Pablo no dice "Dios quiere salvar a todos los hombres" sino "Dios quiere que todos los hombres se salven"? La salvación, al fin y al cabo es un don gratuito y libérrimo de Dios a cada hombre. Nadie se hace "digno" de tenerla, nadie la puede reclamar, nadie la puede adquirir. Sin ningún mérito de parte del hombre, Jesús ha realizado la obra redentora. Más aún, si la voluntad salvadora de Dios en referencia al hombre dependiera de lo que hiciera el hombre, tendríamos que afirmar que estaríamos muy lejos de alcanzarla. Somos los hombres los que hemos sido infieles. Fueron Adán y Eva quienes le dieron la espalda a Dios, y en ellos, nosotros, queriendo erigirse como "dioses", renunciando a su dependencia del único Dios. Fue el pueblo el que se hizo ídolos en el desierto, y nosotros somos ese mismo pueblo que sigue teniendo ídolos construidos por nuestras propias manos a los que hemos proclamado como nuestros "dioses". Somos los que gritamos ante Pilato "Crucifícalo, crucifícalo", continuamente con nuestras infidelidades, que son espadas para Jesús. Somos nosotros mismos los que seguimos martillando las manos y los pies de Jesús en la Cruz, los que le damos el lanzazo final para asegurarnos de que está muerto en ella... Somos aquellos por los cuales ora Jesús en la Cruz: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen", porque seguimos procurando su muerte con nuestro pecado...

Si es así, entonces, ¿cómo entender la voluntad salvífica de Dios respecto a nosotros? ¿Qué mérito podemos enarbolar delante de Dios para pretender nuestra salvación? La respuesta es única. Poseemos el mayor de los méritos. Y lo poseemos también como un don infinitamente grandioso: Porque Dios nos ama infinitamente y no quiere que ninguno de nosotros se pierda. Luchará a brazo partido contra el demonio, contra la fuerza del mal, para arrancarnos de las tinieblas. El que nos creó desde el amor, para que viviéramos en el amor y camináramos hacia el amor, no podía estar tranquilo mientras estuviéramos en el odio de su separación, en la oscuridad de la muerte... Costara lo que le costara, iba a emprender su acción de rescate, simplemente porque nos ama...

Pero, a pesar de eso, cada hombre y cada mujer tiene en sus manos la posibilidad de demostrar que desea esa salvación que Dios derrama en el mundo. Dice San Agustín: "Dios, que te creó a ti sin ti, no te salvará a ti sin ti". Por eso Pablo dice: "Dios quiere que todos los hombre se salven". Dios quiere que aceptemos con corazón humilde, abierto, bien dispuesto, la salvación que nos ofrece. Eso nos exige el compromiso de vivir en el amor, de aceptarlo como Dios único y Redentor, de vivir como miembro de su familia de amor, de hacernos consciente de caminar como un cuerpo unido hacia la salvación, y no como individuos sin relación... Así, por la experiencia de salvación que ya vivamos en nuestra vida, podremos tenerla en la eternidad, sin ningún obstáculo. Salvarse y llegar al conocimiento de la Verdad son la misma cosa, porque la Verdad es Jesús. Conocerlo a Él no se da sólo de manera intelectual. El conocimiento es integral, es vivencia plena de aquello que se conoce. Conocer la Verdad de Jesús es vivir en su amor, es responderle con amor, es hacernos hermanos de todos los hombres en el amor de Jesús... Esa es la Verdad cristiana. Y esa es la nuestra Salvación...

Por eso es que "Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad". Que tengamos la plenitud de la felicidad que es la vida en Él y sólo en Él. Fuera de esto, no existe la salvación...

domingo, 15 de septiembre de 2013

El arrepentimiento del pecador es la Fiesta de Dios

En el tiempo de Jesús no había cámaras fotográficas. Estaban muy lejos de ser inventadas aún... Pero Jesús, experto en humanidad y en la búsqueda de medios para dar a conocer a Dios y a su amor a los hombres, se las ingenió para darnos un retrato perfecto del Padre misericordioso...

Nos describe a Dios como aquel personaje al que se le escapa una oveja de las cien que tiene, y deja las noventa y nueve a buen resguardo para salir a buscar a la perdida, hasta que la encuentra. Y como a la mujer a la que se le pierde una moneda de las diez que posee, y enciende una lámpara y barre toda la casa para buscarla hasta que la encuentra... Ambos se alegran inmensamente al encontrar lo que buscaban. Y no pueden contener su alegría, y se buscan a sus amigos y vecinos para compartirla. Jesús dice una frase impresionante, por lo que implica de esperanza para el pecador que se quiere arrepentir: "Hay más alegría en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse"... ¡Es tremenda esta frase! ¡Los pecadores arrepentidos damos más satisfacción al Padre que el que se ha mantenido siempre fiel en su casa! ¿Cómo es posible esto?

La explicación es muy lógica, aunque es también impresionante. El que es fiel, en cierto modo, está seguro en las paredes de la casa del Padre. El pecador está fuera. Y es añorado, es deseado. Es el pecador quien ha motivado la encarnación del Verbo. Es quien ha provocado la promesa antiquísima (los expertos la llaman el "Protoevangelio", el "Primer Evangelio"), que hace Yahvé delante de la serpiente que llevó al abismo a Adán y a Eva: "Pongo enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; y un descendiente de ella te pisará la cabeza". Promesa que Yahvé cumplió a la perfección, al enviar a su propio Hijo, nacido de María, para lograr el rescate de los hombres de aquel abismo en el que ellos mismos se habían sumergido... ¿Cómo no se va a alegrar Dios, entonces, cuando uno de aquellos a los que quiere rescatar de esa oscuridad, gracias a la obra de su Hijo, se pone en camino para encontrarse de nuevo con su misericordia, con su perdón, y se abraza entrañablemente a Él? ¡Se logra así lo que Dios mismo quiere, y se cumple el plan que Él mismo ha diseñado para el rescate de cada hombre y de cada mujer de la historia que se ha alejado de Él! ¡Es la culminación de su obra! ¡Para eso envió a su Hijo! ¡Y para eso su Hijo aceptó la encomienda!
Dios no puede actuar de otra manera, pues su esencia es el Amor. Y el amor es piedad, es misericordia, es acogida, es rescate. Si Dios es Amor, Dios es Perdón. Dios no puede negarse a sí mismo. Su misericordia siempre estará por encima de su ira, de su justicia. Nada podrá rebasar la infinitud del amor de Dios. Por eso, el pecador arrepentido tiene en su manos un poder que puede jactarse de ser, si se me permite afirmarlo casi heréticamente, mayor que el poder de Dios: El de su arrepentimiento, que logra la trasmutación de la ira de Dios por su perdón, por su misericordia, por su ternura entrañable... ¡Qué impresionante el poder que puede tener el pecador en sus manos! ¡Su máxima debilidad al pecar, su propia destrucción y ruina, puede trastocarse en un poder que es mayor que el de la justicia y la ira de Dios, pues al arrepentirse hace que Dios desista de dar el escarmiento, para sólo acoger, amar, perdonar, abrazar y besar! "Hagamos fiesta, pues este hijo mío estaba muerto y ha resucitado, estaba perdido y lo hemos encontrado", dice el Padre, que es Amor, que es Misericordia, que es Perdón...

¿Cómo podemos los hombres no acercarnos a este misterio de amor y de perdón? ¿Cómo podemos eximirnos de tener esta experiencia que debe ser la máxima en ternura, en delicadeza, en amor, del Dios que en su esencia más íntima y profunda es Amor? Experimentar este abrazo de amor que Dios da al pecador arrepentido es la vivencia más profunda, más compensadora, más entrañable, más íntima, que podemos tener de Dios. Y es la manera de tener el mejor conocimiento de quién es Dios. Dios se ha acercado al hombre para darle su amor, para decirle que que es capaz de olvidar todas las afrentas que haya realizado para darle su perdón, que ha llegado al máximo de esa intención dándole a su propio Hijo para que muriera en la Cruz como gesto definitivo de compensación, de satisfacción, para que tuviéramos ese perdón añorado. Que el mismo Hijo aceptó entregarse hasta el fin en la demostración más fehaciente y tangible del amor que Dios tiene al pecador, y que está dispuesto a lo que sea para alcanzar su arrepentimiento y su acercamiento. Que hará lo inimaginable para poder encontrarse con él, saliendo de carrera, para abrazarlo y besarlo, apenas vea un atisbo de acercamiento y de arrepentimiento en ese pecador...

No nos neguemos a tener esa experiencia de amor, de abrazo con el Dios misericordioso. No dejemos de tener la experiencia de conocer el verdadero rostro de Dios, que es el del perdón, el de la cercanía con el pecador arrepentido, el del amor. No tengamos de ninguna manera prejuicios, temores o desconfianzas en el perdón de Dios. Cualquier pecado, así sea el más grande que nos podamos imaginar, será siempre menor que el amor de Dios, que es infinito... Y tampoco le impidamos a Dios tener Él mismo su experiencia de fiesta. El arrepentimiento del pecador, el acercamiento a pedir el perdón, a vivir la misericordia infinitamente tierna del Padre, representa la Fiesta de Dios. Dejemos a Dios tener su Fiesta de alegría, por el perdón que puede dar a quien se acerca arrepentido... Seamos los hijos pródigos que se dan cuenta de su  indigencia al alejarse de Dios y añoran experimentar el bienestar de la Casa del Padre de nuevo, y se acercan para recuperarlo. Y son los invitados de honor en la Fiesta de Dios, que es fiesta de perdón, de misericordia, de amor...

sábado, 14 de septiembre de 2013

Me amó hasta entregarse por mí...

Es imposible contemplar el misterio de la Cruz de Cristo si no se hace desde el amor. ¿Cuál sería la razón para una entrega tan radical? ¿Qué otra razón serviría de argumento para explicar que el itinerario de una vida termine voluntariamente en el sacrificio mayor de la muerte ignominiosa de la Cruz, tan aborrecible y humillante? ¿Es que acaso la razón lógica humana puede conseguir un argumento razonablemente válido para entregarse a la muerte en Cruz, ofreciéndose para morir en vez de los culpables, siendo el único inocente? Definitivamente, lo único que explica un hecho tan irracional es el amor. Es necesario remontarse, elevarse por encima de la lógica racional, para poder, no explicar, pues sería algo inalcanzable, sino aceptar que lo que está sucediendo es realidad y que tiene una aplicación válida, por encima de los silogismos racionalistas a los que estamos acostumbrados. Es necesario pararse a contemplar admirados el misterio para poder aceptar que está sucediendo de verdad. Y simplemente abrir el corazón para dejarse invadir de la dulzura de pensar que ese misterio sucede porque el amor de Dios se derrama sobre mí en ese acontecimiento maravilloso...

Entonces, remontándonos a esas alturas, podremos asumir que es el acto más humano que ha sucedido sobre la tierra, pues no hay nada más humano que el amor. Lo que nos eleva a los hombres en nuestra naturaleza no es sólo la capacidad de raciocinio y de actuar a voluntad. Siendo esas características muy propias de nuestra naturaleza, el Creador no nos dejó sólo con lo que era "natural" de la humanidad. Por ser hombres, las criaturas predilectas suyas por encima de todas las demás creadas, nos regaló además una capacidad que le era exclusiva a Él: la de amar... Nuestra naturaleza humana fue enriquecida con una cualidad divina: vivir en el amor... Y cuando hacemos que esa virtud se explaye totalmente, simultáneamente nos hacemos más humanos, pues nos parecemos más a Dios, como Él mismo lo quiso. Hermosa paradoja...

En la Cruz, Jesús fue más Dios que nunca. Y fue más Hombre que nunca... Fue más Dios que nunca pues se expresó en lo que es, el amor, en el momento que fue requerido con más intensidad. Él hubiera podido alcanzar la Redención, el perdón de los pecados, la liberación de las esclavitudes, la recuperación de la vida de Gracia de los hombres, de cualquier otra manera. Total... era Dios. Un grito que hubiera lanzado desde el cielo diciendo: "¡Perdonados son todos los pecados, el demonio es vencido desde el cielo!", hubiera sido suficiente. Dios no está atado a actuaciones concretas. Sólo está atado al amor, que es su esencia. Otra cosa es cómo decide expresarse para que se entienda su amor... Y en la Cruz decidió hacerlo de la manera más clara. Imposible no aceptar que Dios es amor, cuando contemplamos al Amor pendiente de una Cruz, sin verdadera necesidad de hacerlo. Imposible dejar de pensar que Dios nos ama, cuando vemos al Inocente que se entrega en vez de quienes deberían estar en esa Cruz, todos nosotros, pues fuimos los que pecamos. Imposible no aceptar el amor de Dios cuando para poder alcanzar el perdón del Padre, con su acción, Jesús le dijo: "No los castigues a ellos. Yo cargo sobre mis hombros todas sus culpas (las pasadas, las presentes y las futuras), sin haber pecado, para que descargues sobre mí todo tu escarmiento. Yo los amo infinitamente y quiero satisfacer desde mi inocencia lo que ellos son incapaces de satisfacer porque no son buenos".

¿Hubiéramos comprendido el amor de Jesús si Dios hubiera lanzado el grito desde el cielo para redimirnos? No lo creo. Somos materia. Y no nos basta escuchar algo para estar seguros de eso. Necesitamos las pruebas fehacientes, físicas, tangibles... Sabemos que existe el viento, pero necesitamos de instrumentos físicos para medir su velocidad, su contenido de humedad... Sabemos que existe la luz, pero necesitamos saber, mediante mediciones físicas, su intensidad, su luminosidad, su duración... Sabemos que existe el amor y el perdón, pero necesitamos ver y tocar al que pende en la Cruz, para saber que el amor mayor ha venido de Dios y de su misericordia infinita. No nos hubiera bastado saber que Dios nos amó y nos perdonó. Tenemos necesidad de ver en la Cruz al que lo logró...

Por eso, en la Cruz Jesús se mostró más Dios que nunca, demostrando su poder al trocar la muerte en victoria, al sustituir la afrenta mayor de los hombres en perdón para ellos mismos, al dominar el sufrimiento para no ser vencido sino para vencer estruendosamente en la aparente derrota... Y se mostró más Hombre que nunca al realizar el gesto tangible de amor mayor muriendo por amor; al entregar su vida amando infinitamente y asumiendo que ese amor, para ser cada vez más humano, debe parecerse cada vez más al amor de Dios; al derramar ostensiblemente toda la sangre que poseía, incluso hasta las últimas gotas que le quedaban en el corazón, al recibir el lanzazo del soldado...

"Me amó y se entregó por mí...", dijo San Pablo. Es lo que podemos decir cada uno de nosotros contemplando a Jesús inerme en la Cruz. La Cruz, más que sufrimiento es gloria. Es la gloria del amor que recibimos y que se nos muestra en la prueba más clara. Es el momento más glorioso que ha sucedido en la humanidad, que es un todo con el portento de la Resurrección, con lo cual se nos dice que el demonio ya no tiene el poder. Que el poder lo tiene, lo sigue teniendo, como jamás ha dejado de tenerlo, Dios y su amor. Y que esa gloria la alcanza Dios para ponerla en nuestras manos. Que es una concesión del Dios del amor para los hombres. Que con esa gloria alcanzada y regalada por Jesús a los hombres, tenemos de nuevo la puerta abierta para llegar a Dios y para poder, en la eternidad, vivir en un abrazo de amor infinito que jamás terminará. La Cruz lo logra para nosotros... Y por eso la exaltamos...

viernes, 13 de septiembre de 2013

Sácate primero la viga de tu ojo...

Sin duda alguna, los hombres somos seres peculiares. Tendríamos que pensar seriamente si lo que somos actualmente es lo que Dios quiso en un principio. Dios nos quiso libres. Sí... Dios nos quiso con un libre albedrío que fuera guiado por nuestra conciencia. Sí... Dios nos quiso con total y absoluta libertad de acción. Sí... Pero la pregunta que flota en el ambiente es si Dios quería que nuestra libertad la usáramos como la estamos usando ahora... Si nos creó libres para que usáramos nuestra libertad para cualquier cosa, incluso para destruirnos... En la intención divina, la libertad con la que quiso enriquecer al hombre es la misma libertad suya. Por eso dijo "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza", es decir con libertad absoluta, plena, infinita... Como es Él...

En el uso de su libertad, Dios mismo sería incapaz (no porque no lo pueda hacer, pues es infinitamente poderoso, sino porque sería el absurdo mayor) de destruirse a sí mismo. El uso de la libertad es responsable, comprometido. Ese uso debe llevar siempre a una realización, es decir, a ser más. Jamás debe apuntar a ser menos, a reducirse, a destruirse. No es lógico. Es el absurdo de la libertad usada equivocadamente...

Por eso es que los hombres somos peculiares. Una de las mayores riquezas que nos ha sido donadas, la usamos para hacernos acreedores de la más inmensa pobreza: la esclavitud. La libertad absoluta con la que hemos sido bendecidos, la ponemos en manos de esclavistas que nos destruyen, que nos empequeñecen, que nos aminoran. Peor aún cuando somos nosotros mismos los propios esclavistas, al poner la libertad en manos de nuestras pasiones, de nuestras inclinaciones instintivas, de nuestro egoísmo...

La libertad, estrictamente hablando, se nos ha dado para el bien. Conceptualmente es erróneo hablar de libertad cuando se actúa en contra del bien, en contra de la realización propia, en contra del crecimiento. En este caso, cuando se actúa equivocadamente usando de la supuesta libertad que se posee, es más propio hablar de libertinaje, de capricho, de instinto... La libertad verdadera, entonces, serviría para regular y mantener bajo control al libertinaje, al capricho, a los instintos.

De este modo, se entiende, y se entronca también, al desarrollo de la libertad en medio de otros seres, también libres... No somos "libres independientes", sino que somos "libres en comunidad". Los hombres hemos sido enriquecidos con una libertad propia, al igual que todos y cada uno de los otros hombres que tenemos a nuestro alrededor. No es, por lo tanto, nuestra libertad un bien a usar en absoluta independencia y autonomía, pues debe estar siempre en conexión con la libertad de los otros, que es también un bien superior en ellos y que debe ser respetado y promovido. Como dice el dicho popular: "Nuestra libertad llega hasta donde llega la libertad del otro..."

Hay que discernir bien, entonces, y concluir que mi libertad será mayor en tanto en cuanto sirva para promover la libertad de mis hermanos. Mi libertad será tal solo en cuanto los demás la tengan. No tendré libertad verdadera mientras mi hermano no sea libre. Es el misterio de formar todos una misma familia creada por Dios, que se enriquece solo en la medida en que todos disfruten de los bienes que están sobre la mesa a la disposición. Mientras un solo miembro de la familia esté impedido de disfrutarlos, en cierto modo todos tenemos cerrado el acceso a la satisfacción.

En ese uso de mi libertad para enriquecer a los demás, se inscribe la exigencia de Jesús. Por eso insiste en la necesidad de ser verdaderamente libres para poder hacer libres a los demás: "¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo y entonces verás claro para poder sacar la mota del ojo de tu hermano". Muy fácilmente queremos dar indicaciones a los demás con cosas que nosotros mismos no cumplimos antes... ¡Qué fácil decirles a los demás que deben ser fieles, cuando nosotros no lo somos! ¡Qué fácil decirles a los demás que sean honestos, cuando somos corruptos! ¡Qué fácil decirles a los demás que sean responsables y que cumplan sus compromisos, cuando los primeros irresponsables somos nosotros!

Nos cuesta muchísimos ser honestos con nosotros mismos. Nos autoerigimos casi en norma moral para los demás. "Así lo hago yo... No entiendo por qué los demás no lo hacen igual", decimos. Nos creemos seres superiores, casi superdotados. Vemos en los demás todos los defectos y en nosotros solo vemos virtudes. Llegamos casi al extremo de compadecernos de los demás pues no tienen la inmensa pléyade de virtudes que nosotros poseemos...

La clave está en la humildad. La libertad tiene mucho que ver con eso. El que es libre es humilde, pues no es esclavo de sí mismo. No gasta sus energías en justificarse siempre, en querer ser reconocido, en aparentar lo que no es, en mostrar una faceta falsa de sí mismo... Quien es libre no tiene ningún problema en reconocerse tal como es, con transparencia, sin esquinas, ni turbulencias, ni oscuridades. Más aún... No es para él un punto de honor el no reconocer que los otros son mejores, son superiores, son capaces de enseñarle, de mostrarle el camino correcto... No se empeña en quitar una mota del ojo ajeno, pues puede ser que esa mota sea mucho más deseable que la viga que tiene en el ojo propio... ¡Eso sí es libertad! ¡Esa es la meta a la que debemos dirigirnos!

Nadie más sabio que Jesús... Y sus enseñanzas son para nosotros tesoros que debemos guardar con el mayor esmero. Hoy nos pide que nos liberemos de todo prejuicio contra los hermanos. Y que nos miremos interiormente para que nos veamos como somos de verdad. Nos pasará como al pavo real que, teniendo con el máximo orgullo sus plumas expandidas esplendorosamente, al bajar la vista y ver lo horrible que son sus patas, baja las plumas avergonzado...

jueves, 12 de septiembre de 2013

Por encima de todo, el amor...

No hay que dar muchas vueltas al ser cristiano. Basta tener una sola cosa clara para poder ser verdadero discípulo de Jesús. Lo importante es vivir en el amor. Lo importante es dejarse amar por Dios sin temores, vivir en ese mismo amor siempre, y dejarse llevar por el amor en las relaciones humanas, sabiendo claramente que la meta final será también la del amor. Lo mejor del cristiano no podemos perderlo: vivir en el amor siempre, en todo momento, en toda ocasión, en todo lo que hagamos. El amor es la aventura más maravillosa que podemos experimentar en nuestra fe. Por no atrevernos a vivir en lo que puede ser la riqueza más grande que podemos tener, perdemos nuestra mejor oportunidad de vivir felices. Ya lo decía el Papa Francisco: "No hay que tener miedo a dejarse amar por Dios". En nuestro mundo, que nos coloca a la vista realizaciones de todo tipo, que apunta a la promoción de todo lo humano colocando al hombre siempre en la cúspide de todo sin referencia ninguna a algo superior, a algo absoluto, absolutizándose a sí mismo, creyendo que con eso llega a la máxima de las aspiraciones, es incómodo hablar del amor que Dios nos tiene. Y todo, por una razón muy sencilla: porque el amor compromete...

El hombre quiere recibir todo, pero no está dispuesto a dar nada, mucho menos a darse. Se siente con el derecho máximo de ser receptor de todos los beneficios, pero está muy lejos de sentir el compromiso de cumplir sus deberes con Dios y con los demás hombres. Y si lo hace, lo entiende como una "concesión generosa" de alguien al que habría que aclamar casi como a un héroe...

Y lamentablemente, esta mentalidad está contaminando muy fuertemente incluso a los cristianos que nos llamamos más comprometidos. La huida a los compromisos la queremos ocultar con el cumplimiento de las obligaciones mínimas de los hombres de fe. Creemos que orar de vez en cuando (aunque sea a diario, al levantarse y al acostarse, sigue siendo "de vez en cuando"), ir a misa los domingos (o haciendo "el inmenso esfuerzo" de ir a diario), dando de vez en cuando alguna limosna (más para acallar la propia conciencia que por verdadera caridad).. ya estamos siendo buenos discípulos de Jesús. No se diga, entonces, de quienes ni siquiera se plantean un compromiso espiritual, aunque sea sólo en la intimidad del yo profundo... Todo lo que huela a una mayor exigencia nos parece exagerado. "Ya hago demasiado con lo que hago", decimos... Me viene a la memoria una caricatura de Mafalda en la que un rico manda a hacer una aguja gigantesca, con el ojo desmesuradamente grande, para poder "salvarse", pues así sí podrá "pasar por el ojo de la aguja"... Queremos pensar que dominamos la salvación con lo que hacemos, cuando la realidad es que ella es exclusivamente dádiva del Señor, y que será consecuencia del amor con el que hayamos vivido. Ya lo dijo San Juan de la Cruz: "Al atardecer de la vida, seremos examinados en el amor". Y eso significa que seremos examinados en el cumplimiento de los compromisos a los que nos llama el amor.

No hay cosa más alejada de lo pasivo que el amor. Quien crea que el amor paraliza está fatalmente equivocado. Dice San Pablo: "Vístanse de la misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión. Sobrellévense mutuamente y perdónense, cuando alguno tenga quejas contra otro". Quien haga esto, es un verdadero héroe, pues ha dejado que el amor real, práctico, eficaz, se asiente en su ser, y no se ha dejado simplemente llevar por las valoraciones rastreras que dejan a un lado consideraciones superiores, que inviten a las alturas, que lleven a la perfección. ¿Quién se atreve a decir que quien viva así es un tonto o un estúpido? Si así piensa, ¡que lo haga él, a ver qué piensa después de hacerlo! ¡Que se atreva a vivir en este nivel de exigencia, a ver si no cambia de criterio y concluye que quien así vive es un verdadero héroe! Es muy fácil desacreditar esta vivencia. Quien así lo hace, lo hace simplemente para esconderse en la crítica y no comprometerse a hacerlo, pues la verdad es que es heroico...

Lo superficial nos ha ido horadando el espíritu. Por dejarnos llevar por esa mentalidad hemos ido progresivamente perdiendo nuestra profundidad y nos estamos quedando en lo superficial. Por supuesto, el extremo de esto es la incapacidad de amar, pues el amor es el movimiento natural de un espíritu profundo. Si nos quedamos en la periferia, perderemos lo más propio de lo humano. Dios creó al hombre "a su imagen y semejanza", y eso significa, absolutamente libre, capaz de amar y transformar, en relación con los hermanos, con posibilidades infinitas que casi ni él mismo se imagina... ¡No podemos perder nuestra esencia! ¡Somos hombres no sólo porque pensemos y seamos capaces de emprender obras maravillosas, sino porque somos capaces de amar y construir, como Dios lo hace! No podemos quedarnos sólo en lo que se refiere a nuestra naturaleza. Debemos procurar hacer eficaz el don de Dios, al hacernos participar de la suya...

La oración es consecuencia de esta vida de amor. Quien ama, se quiere unir al amado. Pero antes debe amar. No creamos que seremos buenos cristianos sólo porque oramos o hacemos algunas cositas que tienen que ver con nuestra fe. Apuntemos a amar, para ser realmente buenos cristianos y así, sólo así, entraremos en comunión espiritual con nuestro Dios, que será la mejor oración que podremos hacer jamás...

miércoles, 11 de septiembre de 2013

¡Ay... Las Bienaventuranzas...!

Definitivamente, Jesús trastornó el orden establecido. Nos dijo que no había venido a cambiar ni una sola tilde de la ley, sino a darle cumplimiento. ¿Y eso qué significa? Muy sencillo... Que no nos quedáramos sólo en el conocimiento de la ley, en la recitación de las exigencias de Dios, ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento, sino que fuéramos más allá, que hincáramos el diente en el tuétano de esas exigencias y que nos decidiéramos a hacerlas vida. Que no nos quedáramos en el formalismo de lo intelectual, sino que nos preocupáramos por vivir aquello que la ley exige...

Por eso, la formulación que resume todos los mandamientos, según la respuesta que le dio el mismo Jesús al maestro de la ley, que le preguntó sobre el mandamiento más importante, fue simplísima: "El primero de todos es éste: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu mente, con todo tu ser. El segundo es similar a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo"... Para Jesús lo fundamental es el amor, y desde esa perspectiva es que hay que saber discernir la vida cristiana. Si no se hace desde ahí, es imposible la comprensión de la ley. Ni siquiera sería posible comprender cómo a Jesús se le ocurrió decir que no venía a cambiar la ley, sino a darle pleno cumplimiento...

Es en esa perspectiva que hay que ver la vocación cristiana a la santidad. Es desde esa perspectiva que hay que saber escuchar el mandato de Jesús a anunciar el Evangelio a toda la creación. Es desde esa perspectiva que tenemos que percatarnos de que será imposible anunciar el Evangelio a los demás sin una vida interior transformada por ese mismo Evangelio. Quien no ha comprendido esto, podrá conocer mucho de doctrina, podrá conocer mucho de exigencias de la ley, pero no tendrá la vida interior necesaria para ser verdaderamente cristiano y convertirse en apóstol de Jesús...

En este ámbito se inscriben las Bienaventuranzas. Es el trastocamiento total de lo que pensaban los legisladores. Para un judío, el bienestar es signo de la bendición de Dios. Por tanto, las palabras de Jesús son absolutamente absurdas. Según Jesús la felicidad, la dicha (eso significa "bienaventuranza"), está en todo lo contrario de lo que piensa el judío. Ser pobre, llorar, tener hambre y sed, ser perseguido... hace al hombre el ser más feliz sobre la tierra, el bienaventurado... Sin duda, no es sólo el judío el que piensa que esto es absurdo... ¡Lo pensamos todos!

Para darle sentido a este nuevo orden de cosas que propone Jesús, debemos entrar en la comprensión de aquello que resume toda la ley. Ya no se trata de simplemente "cumplir para ser bueno", sino de decidirse a ser bueno, amando, para poder cumplir con toda la ley. El camino que propone Jesús es el inverso del que entendió el hombre del Antiguo Testamento. Así como ese camino de encuentro del hombre con Dios varió al venir Dios mismo y hacerse hombre, con lo cual lo facilitó, así mismo Jesús propone un orden nuevo, sin dejar de exigir lo mismo. Nos dice: "Dejen de perseguir el cumplimiento de la ley. Amen, y verán que la ley es simplemente un  complemento". Por eso San Pablo, que entendió perfectamente esta propuesta de Jesús, se atrevió a decir: "Amar es cumplir la ley entera", o formulado de otra manera: "La perfección de la ley es el amor"...

La compensación del amor es plena. Quien ama, no necesita de más. La añoranza más grande del hombre es la del amor, la de saberse amado infinitamente por Dios y la de responder a Dios y a los hermanos con el mismo amor. Por eso, cuando vive en ese ámbito del amor, no necesita de más nada. El amor compensa absolutamente. De ahí la felicidad, no entendida como satisfacción o retribución de algo, sino como respuesta automática del espíritu que se siente en el sitio que le corresponde. Al ser el amor añoranza suprema, vivir en el amor es plenitud. Se da, de esta manera, una solidez inconmovible. Se está fundamentado en la roca más sólida sobre la cual se puede estar. No se busca más interés que lo que persigue el amor, que es el bien, el entregarse, el servir desinteresadamente... Los hombres hemos sido creados desde el amor. Más aún, es el mismo Amor (Dios es Amor), el que nos ha creado. Nuestra naturaleza, por lo tanto, es la del amor. Y nuestra creación tiene un objetivo: que vivamos en el amor, que seamos del amor y que vayamos al amor, amando. No hacerlo es destruir nuestra propia naturaleza... Se trata, entonces, de que nos hagamos cada vez más conscientes de que estando en el amor estamos en el sitio que nos corresponde, en aquél para el cual fuimos creados, en la meta a la que debemos llegar...

En esta perspectiva cobran pleno sentido las Bienaventuranzas de Jesús. "Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros como yo los he amado"... Es el amor el que hace que tenga sentido la pobreza por Jesús. Es el amor el que hace que tenga sentido el llorar por el mal que vive el mundo. Es el amor el que da sentido el tener hambre y sed de la justicia. Es el amor el que le da sentido al ser perseguido por causa de Cristo... Más aún, no sólo le da sentido, sino que nos hace felices. Y nos hace felices porque sabemos que estamos haciendo lo correcto, lo que Dios quiere de nosotros, lo que nos da la plenitud, aquello para lo cual hemos sido creados...

martes, 10 de septiembre de 2013

Orar como Jesús oró...

En una oportunidad los apóstoles se le acercaron a Jesús y le pidieron que los enseñara a orar, "como Juan enseñó a sus discípulos". El discipulado tiene como característica una espiritualidad propia. El maestro marca su impronta no sólo en los criterios que imparte, sino en el estilo de vida que van asumiendo sus seguidores. Esa es la espiritualidad, que tiene una de sus manifestaciones concretas en la oración. En esa oportunidad, Cristo les enseñó a los apóstoles, y en ellos, a todos los que llegaran a ser discípulos suyos, el Padrenuestro, como oración característica de todos los que lo quisieran seguir...

Para Jesús el tratamiento de Dios como Padre era fundamental. El trato de intimidad que tiene cualquier hijo con su padre es el que quiere Jesús que tengan sus discípulos con Dios. Un trato cercano, sin excesivos formalismos, de confianza, de abandono y de entrega. Esa debe ser la espiritualidad del cristiano, que tiene su reflejo más perfecto en el Padrenuestro. De esa manera, el corazón del cristiano está siempre conectado íntimamente con el del Padre Dios.

En el Evangelio se nos dice que Jesús pasó la noche completa en oración, y que luego de esa experiencia de intimidad con Dios Padre, escogió a los doce, y "bajó con ellos de la montaña", para realizar obras maravillosas, de las cuales fueron ellos testigos principales. La oración, para Jesús, fue la iluminación que necesitó desde el Padre para escoger a sus seguidores íntimos, para colocarlos a cada uno de ellos en la presencia del Padre, y para iniciar su obra portentosa de salvación y curación de la humanidad... Era importante la oración para Jesús. Los momentos más relevantes de su vida y, seguramente, hasta los menos importantes, siempre estuvieron precedidos por momentos intensos de presencia delante de Dios. Siendo Él mismo Dios, necesitaba, el hombre que era Dios, colocarse frente al Padre para recibir de Él su amor y su bendición...

Cuando los apóstoles pidieron a Jesús que les enseñara a orar, pusieron como modelo a Juan Bautista, que les había enseñado a hacerlo a sus discípulos. Eso "marcaba" su pertenencia, les daba un singo particular. Querían ellos tener el signo particular como discípulos del Mesías Redentor. Y Jesús los complació no sólo con una fórmula, sino con un estilo de vida. Jesús les enseñó que la oración debe ser continua, que para los momentos más importantes de la vida era fundamental beber de la fuente en la intimidad de corazón con el Señor Dios, que no quería Él dar un paso sin antes ponerse Él mismo en la presencia del Padre, que la iluminación del Padre era fundamental para cada cosa que iba a realizar, que necesitaba que el amor y la bendición del Padre fuera derramada en cada una de sus acciones... Que los momentos de intimidad con el Padre no eran otra cosa sino consecuencia de su continua presencia delante de Él, de su espiritualidad. Quiso Jesús que los apóstoles comprendieran que la espiritualidad no era sólo la oración, sino el estilo de vida que imprimieran a su completa existencia. Que un hombre espiritual no es sólo el que ora mucho, sino el que está en constante contacto con Dios, y que tiene momentos frecuentes de intimidad en la oración como deseo de un ser que quiere ser iluminado, bañado, guiado, amado...

Así deben ser todos los discípulos de Jesús. La enseñanza de Jesús no es sólo la fórmula del Padrenuestro, rica en sí misma, y oración perfecta como ha sido suficientemente probado por un sin fin de estudiosos. Esa enseñanza fue su misma vida, que le dijo a todos los que pretendieran ser sus discípulos, entonces y siempre, que el que quisiera seguirlo con fidelidad tiene que ser un hombre de intimidad con el Padre, que está siempre en su presencia...

Los cristianos debemos ser esos discípulos que quieran seguir a Jesús en su estilo, en su espiritualidad. No se entendería, entonces, uno que quiera ser discípulo de Cristo que no ore, que no busque momentos de intimidad con el Señor. Muchos pretenden seguir a Jesús sin oración. Es un absurdo. Se convierten en simples "admiradores", en sólo "fanáticos" de Jesús, pero no en sus discípulos. No basta admirar la obra de Cristo, pretender ser buenos espectadores de sus portentos y milagros maravillosos, asistir apesadumbrados a su Pasión y su Muerte, maravillarse de su Resurrección y Ascensión al cielo... Para eso bastaría ver alguna película sobre Jesús... Y de esas hay muchas y muy buenas... Hay que hacerse actor en esas películas, hacerlas reales, vivirlas en primera persona. Y para eso sí es necesario un contacto personal, íntimo, de corazón a corazón. Y eso se logra sólo con una espiritualidad enriquecida con los momentos de intimidad, en los que el hombre se hace uno con Jesús, e imprime a toda su vida ese estilo enriquecedor de la presencia de Cristo y del Padre en cada paso de su vida...

Debemos orar como Jesús. Que nuestra vida espiritual se vea impregnada de esos momentos de intimidad, de compartir amor con el Padre, con Jesús y con el Espíritu Santo. Que, sobre todo para los pasos más importantes de nuestra vida, pero siempre, hagamos como Jesús: pasar largos ratos de intimidad amorosa y amena con el Padre. Que nos caractericemos por ser hombres y mujeres de oración. Que rescatemos esa necesidad de entrar en contacto con Dios para ser verdaderos discípulos de Cristo. Que esa sea nuestra marca, que se nos conozca a los cristianos como "los hombres y mujeres que oran", y que de esa oración sacan la fuerza para el día a día, para ser buen testimonio del amor, para procurar cambiar el mundo haciendo presente a nuestro Dios...

lunes, 9 de septiembre de 2013

Preguntarse: "¿Por qué el dolor?"... O preguntarse: "¿Para qué el dolor?"

Todas las palabras de San Pablo en sus Cartas son impresionantes. Su doctrina fue el catecismo original de los cristianos de los primeros años, pues sus enseñanzas venían a llenar un vacío que se presentaba en la comprensión práctica de las palabras de Jesús y de la misión que los cristianos tenían que realizar en su mundo. El envío de Jesús al mundo estaba más que claro. Los cristianos sabían muy bien que tenían que ir al mundo a predicar el Evangelio a todas las criaturas. Pablo, concretamente, con sus enseñanzas, les aclaró a los cristianos cómo hacerlo efectivamente...

Su principal enseñanza estriba, quizás, en su insistencia en hacerse uno con Jesús. "Vivo yo, mas ya no soy yo... Es Cristo quien vive en mí...", "Sean imitadores míos, como yo lo soy de Cristo".  El cristiano, antes que nada, debe ser otro Cristo. Lo comprendió perfectamente Tertuliano, entre los primeros escritores cristianos en lengua griega, cuando dijo: "El cristiano es otro Cristo". Se trata de la sacramentalidad perfecta que debe haber en cada hombre y en cada mujer que acepta a Cristo como su Salvador y que lo integra a su ser como el sentido de su vida. El cristiano es sacramento de Cristo, es decir, en su corporalidad, en su materialidad, debe percibirse una presencia infinitamente mayor, espiritual, divina: la de Cristo...

En esa misma línea, después de aclarar lo que debe ser la esencia del cristiano, su íntima identificación con Jesús, su sacramentalidad, eleva esa consideración al ser de la Iglesia. Ella no es más que el mismo Cristo en el mundo. La Iglesia es el Cuerpo místico de Cristo, y cada cristiano es miembro integrante de ese Cuerpo. Más pequeño o más grande, más o menos importante, más o menos visible, cada cristiano cumple una función absolutamente imprescindible en el Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia... Existe, por tanto, una conexión íntima y misteriosa entre todos los cristianos. Desde la Redención de Jesús nadie puede reivindicar un absoluto aislamiento ante los demás. El individualismo o egoísmo vital es totalmente negado... Existe una imbricación entre los miembros de la Iglesia que no puede ser jamás soslayada...

La identificación del cristiano con Cristo y con su Iglesia es de tal profundidad, que la presencia de Cristo en el mundo y en su misma Iglesia, está como "amarrada" a la buena disposición de cada cristiano. Cristo ha querido, voluntariamente, que las cosas sean así. Por la obra del cristiano, Él se hace o no presente en el mundo. Por lo que haga cada cristiano, estará o no actuando la Iglesia en el mundo. El cristiano es presencia y acción de Cristo y de su Iglesia en el mundo...

Es en ese sentido que se debe entender la frase de San Pablo: "Completo en mi carne los dolores de Cristo por su Iglesia". Lo primero que viene a la mente es: ¿Es que acaso faltó algo a la pasión de Cristo? ¿Fue incompleta la pasión de Jesús? ¿Se necesita algo más para lograr la Redención del hombre y del mundo? Sin la doctrina de la sacramentalidad de San Pablo, esas preguntas son absolutamente pertinentes. Pero, a la luz de esa misma doctrina, podemos entrar en la comprensión plena de esas afirmaciones.

Los cristianos debemos unirnos a la pasión de Jesús por la Iglesia. No porque sea necesario que completemos lo que ya está completo, lo que ha sido realizado a la perfección por Jesús, sino porque esa pasión de Cristo se sigue dando en cada hombre y en cada mujer que sufre. Es la pasión de Cristo la que le da sentido pleno a esos sufrimientos. Más que completar la pasión de Jesús, entonces, uniéndose a Jesús en los sufrimientos de su pasión y de su Cruz, los cristianos le estamos dando sentido pleno a los propios sufrimientos. Le estamos dando un sentido plenificante, que, en cierto modo, estaría dando una sensación de "satisfacción" a los sufrimientos. Uniéndolos a los de Jesús, los hacemos redentores. Uniéndolos a los de Jesús, les damos utilidad, evitando de esa manera caer en el vacío existencial del sufrimiento sin sentido...

La encarnación del Verbo lo hizo asumir a Él toda la realidad humana, con todas sus consecuencias, incluyendo los dolores y hasta la muerte. No asumió el pecado porque éste no forma parte de nuestra naturaleza original creada por Dios. El pecado fue un "añadido" del mismo hombre a su ser... De esa manera, la realidad humana fue elevada a la condición divina en Jesús. La humanidad, nuestra naturaleza humana, fue enriquecida y elevada a la categoría divina cuando el Verbo asumió nuestra condición. Y así, cualquiera de nuestras experiencias. En efecto, también el sufrimiento fue elevado por Jesús a lo divino. Quien sufrió la pasión fue el hombre que era Dios. Quien murió en la Cruz fue el hombre que era Dios. De esa manera, desde la pasión y muerte de Cristo, todo sufrimiento humano ha sido elevado a la categoría divina. El dolor dejó de ser una realidad sólo humana, para pasar a ser una realidad también divina, al asumirla Cristo....

Por eso, cuando el hombre sufre, lo menos que debe pensar es que cae en el vacío, en el absurdo. Si sólo nos preguntamos el porqué del dolor, quedaremos siempre en la insatisfacción. Ninguna respuesta nos satisfará: "Porque somos pecadores, y el dolor es consecuencia del pecado"; "Porque somos contingentes y frágiles, por lo tanto nos deterioramos y sufrimos". Son respuestas reales, pero que dejan insatisfechos.... Desde la pasión de Jesús, la pregunta que debemos hacernos no es: "¿Por qué el dolor?", sino: "¿Para qué el dolor?" Y cuando descubrimos la respuesta en el valor redentor de los sufrimientos de Cristo, en la utilidad infinita que tuvieron sus dolores, que sirvieron para perdonar los pecados de toda la humanidad, podemos entender perfectamente lo que le da sentido a nuestros sufrimientos. Uniéndolos a Jesús, haciendo bueno el ser presencia suya en el mundo, hacemos que también nuestros dolores sean redentores. Los hacemos infinitamente valiosos, pues son sufrimientos de Cristo por su Cuerpo, que es la Iglesia. Nuestros dolores son dolores redentores, y podemos hacerlos riquísimos, evitando así perder el inmenso tesoro que tenemos en la ocasión del sufrimiento. No se trata de ser masoquistas, de disfrutar en el dolor. Se trata de asumir una realidad que es absolutamente posible, que se dará casi con toda seguridad en nuestras vidas, la del dolor, para convertirla en ganancia, en vez de dejar que sea pérdida...

El dolor nos diviniza. Desde que el dolor fue asumido por Jesús al extremo de llevarlo a la muerte, cada hombre y cada mujer tiene la posibilidad, por ser sacramento de Cristo, de hacer de su dolor, unido al de Jesús, elevación. Así como Cristo fue elevado en la Cruz en el extremo de su sufrimiento hasta la muerte, también cada cristiano que sufre es elevado como Jesús, es divinizado. Por eso, hay que intentar siempre ver el dolor como una posibilidad de realización y no simplemente como algo que resta sentido a nuestra propia existencia. Nos enriquecemos, no perdemos su inmenso valor, lo ponemos a producir... No dejemos pasar esa riqueza que el mismo Dios ha colocado en nuestro caminar por este valle de lágrimas y de redención...

domingo, 8 de septiembre de 2013

Comprender a Dios

Una inquietud que tenemos siempre presente los seguidores de Jesús es la de poder comprender perfectamente lo que Él quiere de nosotros. Nos preguntamos frecuentemente qué es lo que Dios nos pide. Y hurgamos continuamente en su Palabra para poder decir que lo sabemos... Pero no... Por más que buscamos y buscamos, leemos las palabras que Él ha dirigido a los hombres y tenemos que confesar que, aunque las encontramos y las leemos, no terminamos de entenderlas, de comprenderlas, de asimilarlas... La lógica humana se niega a aceptar muchas veces lo que nos propone Jesús, porque se encuentra frontalmente con el absurdo, con la antilógica, con un llamado a la anulación casi total... Muchos pensamos que Jesús nos pide que seamos tontos, o algo así...

¿Cómo aceptar dócilmente lo que Jesús nos pide, cuando pide, por ejemplo, que perdonemos setenta veces siete? Lo primero que nos viene a la mente es: "Jesús nos quiere realmente bobos, quiere que nos dejemos hacer daño como estúpidos... Y si es la misma persona a la que una y otra vez tengo que perdonar, ¿no le estoy diciendo a esa persona con mi conducta que no importa que me siga haciendo daño? ¿No es mejor para esa persona que yo le dé un escarmiento para que cambie de actitud y se convierta en alguien mejor?" Nuestros argumentos, sin duda, son lógicos y sólidos. Nuestra lógica humana tiene absoluta razón...

En este caso, las setenta veces siete, en la frase de Jesús, lógicamente, es a la misma persona. Es en ese sentido que lo pregunta Pedro: "¿Cuántas veces tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?" Se supone que es siete veces la misma ofensa y de la misma fuente. De lo contrario, no tendría sentido la pregunta, pues serían siete "perdones" diferentes... Y en todo caso, Jesús jamás invita a hacerse la vista gorda ante el mal. Eso está suficientemente probado en las Escrituras. Él mismo invitó a la corrección fraterna, como búsqueda de la promoción de la bondad en quien peca... "Si tu hermano peca, llámalo aparte y reclámale... Si no te hace caso, llámalo ante testigos... Si aún así no cambia, llámalo ante la comunidad... Si aún así persiste, trátalo como a un gentil". Jesús no pide vista gorda ante el pecado, ante el delito, ante el mal... Invita, más bien, a hacer todo lo que esté a la mano para procurar la conversión del malo...

En todo caso, lo que nos ocupa es cómo llegar a comprender lo que Jesús quiere de nosotros sin sentirnos violentados, sin la apariencia de absurdo que eso tiene. Seamos sinceros... Porque no comprendemos del todo lo que Jesús quiere de nosotros es que no terminamos de dar el paso definitivo hacia Él. Mantenemos siempre una suspicacia, nos refutamos a negarnos del todo a nosotros mismos para ser definitiva y exclusivamente de Él, no terminamos de avanzar en el camino de la perfección... Pensamos que es mejor resguardarse algo de lo personal, de lo propio, de las ideas y conductas personales, para no ser totalmente nulos, unos simples zombis que caminan por donde les digan... Pensamos que eso es mucho más humano que lo que nos propone Jesús.

¡Qué absurdo pretender que yo perdone siempre! ¡Qué absurdo pretender que yo no dé un escarmiento a quien me hace daño, sino que se me invite a poner la otra mejilla! ¡Qué absurdo acompañar dos millas a quien me pide que lo acompañe sólo una, o dar también mi camisa a quien me pida sólo la chaqueta! ¡Qué absurda la invitación a estar alegres cuando seamos perseguidos, humillados, vejados! ¡Qué absurdas las bienaventuranzas, cuando lo que sugieren es humillación, sufrimientos, lágrimas, tristezas, hambre, pobreza...! ¡Eso no es humano! ¡Eso es de tontos!

La Escritura tiene la clave... Dice el autor de la Sabiduría: "¿Quién conocerá tu designio, si Tú no le das sabiduría, enviando tu Santo Espíritu desde el cielo?"... Enviando tu Santo Espíritu desde el cielo... Fue la promesa de Jesús: "Cuando les envíe mi Espíritu, ustedes conocerán la verdad completa..." Jesús no dejó simplemente al arbitrio del hombre el comprender o no sus exigencias... No nos dejó solos ante los monumentales absurdos que propone, sino que nos envió al guía perfecto, al que nos auxiliaría a avanzar en el camino de la perfección, incluyendo el adquirir los criterios divinos para comprender esa antilógica humana.... Su Espíritu es el Capitán que guía, que lleva adelante la barca por los caminos de la elevación a lo divino. Es el apoyo fundamental que nos da Jesús para poder responder a su invitación a "ser perfectos como el Padre celestial es perfecto..." De lo contrario es imposible que nos haga esa petición. Solos no podremos avanzar jamás. Sin tener quién nos ilumine en esa oscuridad inaccesible a nuestra mente limitada, no podremos jamás tener luz para entender...

Y la primera cosa que debemos entender es que lo humano jamás será mejor que lo divino. Que aunque nuestra mente no termine de entender lo que pide Jesús, no es porque sea absurdo, sino porque es excesivamente elevado y perfecto. Que no se nos pide jamás que seamos tontos o bobos o estúpidos, sino que nos elevemos a las categorías divinas... ¿Quién fue el primero que perdonó, no setenta veces siete, sino millones de veces, pues perdonaba todos los pecados de toda la humanidad de todos los tiempos? ¿No fue acaso el mismo Jesús desde la Cruz, cuando dijo "Padre, perdónalos, que no saben lo que hacen"? ¿Quién fue el primero que devolvió bien por mal? ¿No fue el mismo Jesús que ante la humillación, la burla, el desprecio, los azotes, la crucifixión, e incluso la muerte, respondió redimiendo porque amó hasta el extremo, derramando toda su sangre hasta las últimas gotas extraídas por la lanza del soldado? ¿Quién fue el que acompañó más de una milla y hasta dio su camisa cuando le pedían menos o a veces ni siquiera se lo pedían? ¿No fue Jesús, que perdonó los pecados del paralítico cuando lo que quería era simplemente caminar, o que le dio a la mujer cananea más que las migajas que caían de la mesa con las que se hubiera contentado? Jesús no habla ni pide de memoria, como una lección bien aprendida. Jesús pide lo que Él mismo dio. Y lo pide porque sabe que sí es posible, pues Él lo hizo, motivado por una fuerza superior, que es la clave principal, para hacerlo: El Amor...

Es el amor el que llena de sentido lo absurdo. Es el amor el que hace que se pueda perdonar, que se pueda dar más de lo que piden, que nos hace estar seguros de que lo que hacemos no es de tontos o de estúpidos. Es el amor el que nos pone en la categoría divina y nos dice que es más elevado hacer lo que nos pide Jesús que negarse a hacerlo. Es el amor el que nos eleva y nos desgarra de nuestra simple condición humana, racional, inteligente, "superior", y nos lleva a las alturas insondables de la divinidad, en las que se camina en la perfección que nos da el sentido pleno de las cosas que tenemos que hacer en respuesta a lo que Dios quiere. Es el amor el que nos dice que hacer lo de Dios es ser mejores, más elevados, perfectos. Es el amor el que nos grita que quedarse en lo "racional" es preferir lo más bajo, despreciando las alturas en las que nos reta Dios a vivir, liberándonos de ataduras absurdas que ponen en nosotros nuestra racionalidad, nuestra "viveza", nuestra "supremacía" humana...

Comprender a Dios es desterrarse uno mismo y dejar que Él habite plenamente en nosotros. Es dejar que sea el Espíritu Santo el que nos indique los mejores caminos. Es hacer que en nuestros corazones reine el amor, y que no nos importe hacer lo absurdo, más aún, desearlo ardientemente, pues el amor es más lógico que cualquier lógica humana...

sábado, 7 de septiembre de 2013

Que estalle la Paz...

Así dijo el Papa Francisco, en uno de sus tuits, ambientando la convocatoria que hizo para hoy, a unirnos en ayuno y oración por la Paz en el mundo, en el Medio Oriente y en Siria: "Queremos que en nuestra sociedad, desgarrada por divisiones y conflictos, estalle la paz"...

Llama mucho la atención, porque normalmente pensamos que estallan bombas, disparos, balas... ¿Cómo puede estallar la Paz? ¿Es que acaso vamos a lograr la Paz creando más conflictos, promoviendo más bombardeos, azuzando más al hombre?

Aclaremos... Sí tenemos que bombardear al mundo, sí tenemos que azuzar al hombre, sí tenemos que enfrentar la violencia... Pero no de la manera que la entienden los violentos. La Paz tiene caminos diversos. La Paz avanza por el camino del amor, por el camino del entendimiento entre diversos, por el camino del enfrentamiento no-violento contra el violento, por el camino de la "antilógica" del perdón y del devolver bien por mal...

La Paz tiene que estallar, en primer lugar, en el corazón de cada uno de nosotros. "Bienaventurados los que trabajan por la Paz", ha dicho Jesús. Son los que viven en la Paz que da la conciencia de ser amados; de haber entendido que sólo el amor da la verdadera vida, da el verdadero sentido a la vida, da la plenitud; de haber comprendido que el amor no es un producto de consumo personal, sino una realidad de la que somos portadores para disfrutarla, sí, pero que la disfrutaremos mucho más cuando se le hace actuar, cuando se ama a Dios con verdadero corazón enamorado, cuando se da amor a los demás, lo merezcan o no...Los que están convencidos de que dando amor se recibe mucho más amor. Es la misma dinámica que decía el Beato Juan Pablo II sobre la Fe: "La Fe se fortalece dándola". De la misma manera, parafraseando al Beato, podemos decir, "El Amor se fortalece dándolo", "La Paz se fortalece dándola". Es una dinámica sorprendente, opuesta a las leyes del mercado, pero total y absolutamente real...

Si vivimos con la convicción de esa Paz en nosotros mismos, podemos ser multiplicadores de la Paz en los demás... Nos hacemos instrumentos de Aquél que nunca se apareció después de resucitado, sin desear la Paz a sus hermanos: "La Paz sea con ustedes", dando a entender que era el legado principal, la donación que dejó como testamento final a los hombres. Quien vive en el Resucitado, recibe la Paz. Y la recibe para ser multiplicador de ella. No se puede ser hombre de Paz, si no se da la Paz a los demás.

Hacer estallar la Paz en el mundo significa, entonces, que tenemos que ser hombres de Paz, vivir la Paz en nuestras vidas y ser instrumentos de esa Paz para todos. Significa hacer estallar la bomba de un  saludo afectuoso a quien tiene cara de pocos amigos; la bomba de perdonar de corazón a quien te ha ofendido, aunque sea gravemente; la bomba de acercarse al adversario político o ideológico para buscar los puntos de acuerdo, y entenderse en aquellos en los que se difiere; la bomba de nunca dar por perdido a alguien que se aleja de nosotros paulatinamente, sino buscarlo y conquistarlo de nuevo; la bomba de nunca sentirse con el temor de dar un mensaje de fe y esperanza en un mundo que aparentemente las está perdiendo y en ocasiones hasta las ataca frontalmente; la bomba de procurar que los enemigos se acerquen y no se vean con odio ni suspicacia; la bomba de denunciar las injusticias con valentía y de iluminar con lo que es verdaderamente justo... La bomba de hacer presente a Jesús, el verdadero "revolucionario del Amor y de la Paz", que no hizo sino colocar bombas en todo el mundo, haciendo estallar la Paz por doquier.

También dijo el Papa Francisco que los cristianos "Tenemos que hacer lío". ¡Qué bueno que entendamos que tenemos que ser, como Jesús "escándalo y locura"! ¡Que de nada sirven cristianos insípidos, que no se sientan, que tengan como marca el silencio, la cobardía, la pusilanimidad! Por eso, tiene mucho sentido que el Papa llame a hacer estallar la Paz...

Que en el mundo se oiga el estallido de todas las bombas de Paz que hacemos caer los cristianos. Que el mundo se llene de las balas de flores, de caricias, de saludos, de gestos cercanos, que los cristianos disparamos. Que retumbe en todos los rincones el estallido de la Paz...

Hoy tenemos la posibilidad de procurar un estallido estruendoso. Hoy nos unimos en oración y en ayuno todos los cristianos del orbe y los hombres de buena voluntad, implorando al Dios de la Paz que entre en todos los corazones. Que por su presencia todos estemos dispuestos a deponer actitudes egoístas, revanchistas, dominantes, impositivas. Que por estar Él presente se callen las voces de las armas, de los cañones, de las ametralladoras, de las pistolas... Y que ese silencio sí se haga sentir de verdad. Que se haga realidad lo que dice el profeta: "De las espadas forjarán arados, y de las lanzas podaderas".

Imploremos al Dios del Amor, y ofrezcámosle nuestro sacrificio, para que la Paz sea una realidad en nuestro mundo tan lleno de conflictos, de enemistades, de guerras, de destrucción... Que estalle su Paz...