La característica más resaltante del amor es su gratuidad. Si no fuera así, no sería algo tan discutido, tan ambivalente, y por eso, tan valioso. Para quien vive del amor sincero, es el tesoro más valioso, aunque no le haya costado nada materialmente, mientras que para los que ven todo desde una mentalidad mercantilista, lo ven como una "cosa" que se puede vender y comprar, y que en cierto modo es rentable... Es la tergiversación total de lo que es realmente el amor...
Hoy estamos en una sociedad en la que como todo se compra y se vende, se llega a pensar que se puede también comprar al amor. El concepto puro, límpido, transparente del amor, que es el de la entrega absoluta, sin consideraciones egoístas, que coloca al otro por encima de sí mismo, que busca su bien por cualquier vía honesta, ya no es el que está de moda... Hoy el amor se considera bueno en cuanto retorna un beneficio... No se trata de amar, sino de recibir amor. El hombre está más ganado a la idea de "aprovecharse" del amor, que de dar amor... Muchos de los estados de angustia, de depresión, de sensación de soledad, están basados en el empeño de creerse sólo con el derecho de recibir amor y no con el deber de darlo... A lo máximo, se está dispuesto a dar amor en la medida en que se recibe... Doy sólo cuando estoy satisfecho al recibirlo...
Y esto está influyendo negativamente en infinidad de campos humanos. Los esposos y las esposas sólo están dispuestos a dar amor si reciben amor. Ciertamente el amor esponsal es también concupiscente, en el sentido de que hay más satisfacción cuando se recibe una compensación, cuando se está seguro de que se es amado. Hay mejor disposición para amar cuando uno se sabe amado y recibe los beneficios de ese amor del otro... Pero si ambos se sientan a esperar que el otro dé señas de su amor, llegará el momento en que se morirán de mengua en la espera... Los gobernantes responden sólo a los grupos que los apoyan, y si sienten de alguna manera que hay un grupo que no le sirve de soporte, sino que les es contrario, dejan de cumplir su obligación con ellos. Su tarea de procurar el bien también para ellos, pues son parte de la población a la que deben servir, queda suspendida... Los dueños de empresas dan mayores beneficios a los empleados que se confiesan fieles súbditos, e ignoran a quienes son indiferentes, aunque cumplan fielmente sus labores... Todo es un intercambio de intereses...
El amor se ha llegado a considerar un bien con el cual puedo obtener más o menos ganancias y es una especie de material de trueque... Se ha llegado a banalizar de tal manera que hasta recibir favores sexuales se ha llegado a calificar de "hacer el amor", no importa si lo que menos hay es amor, y lo que impera es simplemente la pasión y el deseo básico de satisfacción del instinto animal... En todo caso, la entrega íntima y mutua de los esposos por amor, lo que menos hace es el amor, pues ya en ellos está hecho, está en la base de la entrega, y el acto de la intimidad sólo hace que sea la expresión más sublime del amor que ya existe entre ellos... Nuestra mentalidad de banalización ha llegado a jugar al extremo con lo más puro que podemos vivir y algunos lo han hecho sólo una expresión del instinto básico que asegura la procreación de la especie humana... Lo han vaciado de todo lo que implica la entrega de la persona en lo que más expresa su intimidad y que lo deja "desnudo" -nunca mejor dicho- ante el otro... Se es totalmente del otro, al punto de que nada de lo mío ya queda oculto para él o para ella...
En todo caso, Jesús nos pone en la senda de la comprensión de lo que mueve al mundo en sus más profundas raíces... Cuando nos invita a "dar gratis lo que hemos recibido gratis", nos está diciendo que revisemos en profundidad lo que está en la base de nuestro ser... Nuestra vida, todo lo que existe en ella, todo lo que la mueve más sólidamente, los verdaderos tesoros que poseemos, absolutamente todo, lo hemos recibido gratis... Nadie ha comprado su vida, nadie ha comprado el aire que respira, nadie ha comprado los paisajes con los que se regodea, nadie ha comprado el verdor de los bosques, nadie ha comprado el agua de los ríos o de los mares... Todo eso lo hemos recibido gratuitamente, desde el amor infinito que Dios nos tiene. Lo ha puesto en nuestras manos y es de los más grandes tesoros que poseemos. ¿A quién se le ocurre colocarle precio a una puesta del sol preciosa, o a un amanecer esplendoroso en el que el sol brilla invicto sobre el horizonte? ¿A quién se le ocurre ponerle precio a una flor que se abre orgullosa para llenar de belleza y de aromas sutiles su entorno? ¿A quién se le ocurre ponerle precio a la contemplación del baile acompasado de una bandada de aves sobre la siembra del arroz o de cualquier semilla, o sobre la ciudad que asiste asombrada a la perfecta armonía que demuestran miles de aves como si estuvieran todas unidas a un único cerebro? Es el regalo gratis de la vida que nos ha dado Dios. Su amor da para eso, y para mucho más...
Nos ha regalado no sólo lo hermosísimo de todo lo que nos rodea, sino también nos ha regalado su amor infinito en el perdón y en la misericordia, que no nos hemos merecido para nada. Su mensaje de amor no está sólo en la naturaleza que nos acaricia diariamente, sino en el gesto extraordinario de un Dios que se ha hecho hombre y se ha entregado a la muerte ignominiosa. Ya no es la naturaleza irracional la que es su regalo. Es Él mismo, la Segunda Persona de la Trinidad, el que se ha entregado hasta el máximo, hasta el último suspiro. Su amor no está fuera de Él, sino que está en Él... Es Él mismo. Pleno, limpio, puro, sin ocultamientos, sin guardarse nada. Todo lo ha puesto en nuestras manos. Y se convierte así en nuestras salvación plena... Lo hemos recibido gratis. No hemos hecho nada para obtenerlo. Si algo hemos hecho es más bien no merecerlo jamás... Pero Él no se para en considerar cuanto nos merecemos, sino cuanto nos ama Él mismo. Y nos ama infinitamente... Y Jesús nos invita a hacer lo mismo que hizo Él... Dar gratis... No calcular cuánto ganamos, sino cuánto estamos dispuestos a amar... En el amor no hay pérdidas jamás. Siempre hay ganancias, pues ya amar es la ganancia. Quien se queda calculando ganancias, ya está perdiendo, pues pierde la gesta más hermosa que puede hacer: amar gratuitamente...
Los hombres ganamos amando... Perdemos calculando cuánto amor damos. En el amor se gana dándolo todo. Jesús obtuvo su mayor ganancia porque se entregó todo. Así debemos hacer nosotros. No calculemos. Caer en la tentación de calcular el amor, es lamentablemente perder... Ganemos siempre, dando todo el amor. Darlo todo es ganarlo todo... Hacerse dueños del tesoro más grandioso que podemos tener que es el amor de Dios, vivir en su corazón, hacer de ese corazón nuestra más valiosa posesión...
Ramón Viloria. Operario Diocesano. Ocupado en el anuncio del Amor de Dios y en la Promoción de la Verdad y la Justicia
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sábado, 7 de diciembre de 2013
lunes, 25 de noviembre de 2013
Como quiero tener todo, lo doy todo
En el orden de la Gracia las cosas van con una lógica que es contraria a lo normal. Los hombres pensamos que acumular es la manera de enriquecerse. A mayor cantidad de cosas, mayor riqueza. Si tengo muchas cosas, el tamaño de donde las guardo dice la cantidad de riqueza que tengo. Si los depósitos que necesito son cada vez mayores, quiere decir que cada vez soy más rico... Es lo que relata Jesús en el Evangelio sobre aquel rico que mandó tumbar sus silos para hacer unos más grandes donde pudiera guardar la abundante cosecha que había obtenido ese año... Al tenerlos llenos, ya no tendría que preocuparse más, pues era muy rico... Sólo le quedaba descansar y disfrutar de sus riquezas... Para él, lamentablemente, todo quedó en un sueño sin realizar, pues en seguida murió... Su riqueza quedó en nada, pues nada de eso se lo podía llevar a donde iba después de muerto...
Es la mentalidad dominante que nos esclaviza a casi todos los hombres. Creemos que la vida se nos debe ir en acumular riquezas, en tener cada vez más cosas, en engordar nuestras cuentas bancarias... Y en esa absurda carrera consumista, no sólo no nos contentamos con lo que ya tenemos y queremos tener en mayor cantidad, sino que a fuerza de las innovaciones tecnológicas que nos obligan a añorar las cosas nuevas, dejamos a un lado algo que es aún perfectamente funcional, por algo que ni siquiera conocemos, pero que suponemos debe ser mejor, pues es el último grito de la moda... Y asumimos deudas impensables solo para estar "al día"... Es la ley del mercado y del consumismo, en la que el objetivo es crear una necesidad donde realmente no existe... Esta mentalidad consumista se ha convertido, paradójicamente, en la que "consume" al que se convierte en "consumidor"...
Acumular cosas materiales es, de esa manera, la obsesión del siglo XXI. Hemos llegado a considerar a la persona más por lo que tiene que por lo que realmente es. No nos importa aquello que no se puede ver, sino lo que resalta a la vista... Lo que viste la persona, el carro que tiene, la casa donde vive, las cantidades en su cuenta bancaria, cuántos pares de zapatos tiene, la colonia que usa... Nos quedamos sólo en lo exterior. Y pensamos que una persona será más feliz en la medida en que posee más cosas, en que tiene más poder, en que recibe más honores, en que disfruta de más placeres... Es cierto que tenemos el derecho de buscar la manera cómo nuestra vida se haga más llevadera. Las cosas han sido puestas en nuestras manos para que las disfrutemos, para hacernos más fácil la vida. Dios nos enriqueció con nuestra inteligencia y nuestra voluntad para que planificáramos las mejores formas de resolver nuestras dificultades incluso materiales y pusiéramos todo el empeño en hacerlo... Pero de allí a creer que la vida se va en eso, existe un gran trecho... También el mismo Dios que nos creó seres materiales, nos creó seres espirituales. Somos cuerpos espirituales, o espíritus corporales, que deben buscar también la satisfacción de lo espiritual. Por no hacerlo, se viven las más grandes frustraciones y tristezas en el hombre.
Quien coloca su vida y su felicidad sólo sobre las satisfacciones materiales, corre el riesgo de vivir los más duros golpes. El que es rico, puede de un momento a otro perderlo todo por un robo, por un desfalco, por una mala jugada en la bolsa... El que tiene grandes propiedades puede perderlo todo en cualquier desgracia natural, en un incendio... El que tiene poder puede perderlo todo en un golpe del destino que ponga el poder sobre otro... El que se ceba en los honores que recibe puede perder todo cuando ya no sea más el centro de admiración de la gente... Y al no tener aquello sobre lo cual había fundado su vida, todo se viene abajo... Si no se ha cultivado también al espíritu, la debacle es total. Su vida desaparece y ya ha perdido todo su sentido... Curiosamente, en las sociedades del "excesivo bienestar", es donde se dan el mayor número de suicidios... Allí, la vida se ha fundado en ese mismo bienestar que sólo deja un vacío existencial, cuando ya no se siente más la plena satisfacción...
Ya lo decíamos... En el orden de la Gracia la lógica es totalmente otra. El que quiere tener mucho no debe tener en absoluto ninguna tendencia a acumular. Su tendencia debe ser a la de darlo todo para tenerlo todo... Como quiero tener mucho, debo darlo todo... Y son las riquezas que subsisten por encima de cualquier debacle económica, o política, o de poder, o de honor, o de placer... No son los tesoros que "roe la polilla", pues no están a su alcance, sino los que perduran eternamente, pues son los que se extraen de la misma mano de Dios. Es el mismo Dios la fuente de esos tesoros, y por eso son los eternamente valiosos... Doy amor y recibo más amor... Infundo esperanza y vivo más sólidamente la esperanza... Comparto mi fe y la fortalezco... Siembro justicia y recibo más justicia... No me preocupa más lo que tengo, sino lo que doy... Decía la Madre Teresa de Calcuta: "No me interesa que me den lo que les sobra, sino lo que les duele". Eso que duele se multiplica. Es "el ciento por uno" que decía Jesús. Es el recibir compensación absoluta por dejarlo todo por Él. Y Él, que no se dejará ganar jamás en generosidad, nunca dejará de dar la compensación eterna y plenamente gratificante...
Es aprender de la viuda pobre del Evangelio, que dio todo lo que tenía para vivir, y por eso recibió todo lo que necesitaba para seguir viviendo. Puso en las manos de Dios toda su vida. Y la recibió multiplicada y bendecida. Darlo todo a Dios es seguir recibiendo todo de Él. Dios es excelente pagador. Apenas damos uno, Él nos da cien... Dios suma mal, pues siempre suma a nuestro favor... Si ponemos en sus manos nuestras vidas, nunca la perderemos. Al contrario, la poseemos más, pues en esas manos amorosas nunca nos perderemos y nos recibiremos a nosotros mismos fortificados, sólidos, apuntando a la eternidad...
Es la mentalidad dominante que nos esclaviza a casi todos los hombres. Creemos que la vida se nos debe ir en acumular riquezas, en tener cada vez más cosas, en engordar nuestras cuentas bancarias... Y en esa absurda carrera consumista, no sólo no nos contentamos con lo que ya tenemos y queremos tener en mayor cantidad, sino que a fuerza de las innovaciones tecnológicas que nos obligan a añorar las cosas nuevas, dejamos a un lado algo que es aún perfectamente funcional, por algo que ni siquiera conocemos, pero que suponemos debe ser mejor, pues es el último grito de la moda... Y asumimos deudas impensables solo para estar "al día"... Es la ley del mercado y del consumismo, en la que el objetivo es crear una necesidad donde realmente no existe... Esta mentalidad consumista se ha convertido, paradójicamente, en la que "consume" al que se convierte en "consumidor"...
Acumular cosas materiales es, de esa manera, la obsesión del siglo XXI. Hemos llegado a considerar a la persona más por lo que tiene que por lo que realmente es. No nos importa aquello que no se puede ver, sino lo que resalta a la vista... Lo que viste la persona, el carro que tiene, la casa donde vive, las cantidades en su cuenta bancaria, cuántos pares de zapatos tiene, la colonia que usa... Nos quedamos sólo en lo exterior. Y pensamos que una persona será más feliz en la medida en que posee más cosas, en que tiene más poder, en que recibe más honores, en que disfruta de más placeres... Es cierto que tenemos el derecho de buscar la manera cómo nuestra vida se haga más llevadera. Las cosas han sido puestas en nuestras manos para que las disfrutemos, para hacernos más fácil la vida. Dios nos enriqueció con nuestra inteligencia y nuestra voluntad para que planificáramos las mejores formas de resolver nuestras dificultades incluso materiales y pusiéramos todo el empeño en hacerlo... Pero de allí a creer que la vida se va en eso, existe un gran trecho... También el mismo Dios que nos creó seres materiales, nos creó seres espirituales. Somos cuerpos espirituales, o espíritus corporales, que deben buscar también la satisfacción de lo espiritual. Por no hacerlo, se viven las más grandes frustraciones y tristezas en el hombre.
Quien coloca su vida y su felicidad sólo sobre las satisfacciones materiales, corre el riesgo de vivir los más duros golpes. El que es rico, puede de un momento a otro perderlo todo por un robo, por un desfalco, por una mala jugada en la bolsa... El que tiene grandes propiedades puede perderlo todo en cualquier desgracia natural, en un incendio... El que tiene poder puede perderlo todo en un golpe del destino que ponga el poder sobre otro... El que se ceba en los honores que recibe puede perder todo cuando ya no sea más el centro de admiración de la gente... Y al no tener aquello sobre lo cual había fundado su vida, todo se viene abajo... Si no se ha cultivado también al espíritu, la debacle es total. Su vida desaparece y ya ha perdido todo su sentido... Curiosamente, en las sociedades del "excesivo bienestar", es donde se dan el mayor número de suicidios... Allí, la vida se ha fundado en ese mismo bienestar que sólo deja un vacío existencial, cuando ya no se siente más la plena satisfacción...
Ya lo decíamos... En el orden de la Gracia la lógica es totalmente otra. El que quiere tener mucho no debe tener en absoluto ninguna tendencia a acumular. Su tendencia debe ser a la de darlo todo para tenerlo todo... Como quiero tener mucho, debo darlo todo... Y son las riquezas que subsisten por encima de cualquier debacle económica, o política, o de poder, o de honor, o de placer... No son los tesoros que "roe la polilla", pues no están a su alcance, sino los que perduran eternamente, pues son los que se extraen de la misma mano de Dios. Es el mismo Dios la fuente de esos tesoros, y por eso son los eternamente valiosos... Doy amor y recibo más amor... Infundo esperanza y vivo más sólidamente la esperanza... Comparto mi fe y la fortalezco... Siembro justicia y recibo más justicia... No me preocupa más lo que tengo, sino lo que doy... Decía la Madre Teresa de Calcuta: "No me interesa que me den lo que les sobra, sino lo que les duele". Eso que duele se multiplica. Es "el ciento por uno" que decía Jesús. Es el recibir compensación absoluta por dejarlo todo por Él. Y Él, que no se dejará ganar jamás en generosidad, nunca dejará de dar la compensación eterna y plenamente gratificante...
Es aprender de la viuda pobre del Evangelio, que dio todo lo que tenía para vivir, y por eso recibió todo lo que necesitaba para seguir viviendo. Puso en las manos de Dios toda su vida. Y la recibió multiplicada y bendecida. Darlo todo a Dios es seguir recibiendo todo de Él. Dios es excelente pagador. Apenas damos uno, Él nos da cien... Dios suma mal, pues siempre suma a nuestro favor... Si ponemos en sus manos nuestras vidas, nunca la perderemos. Al contrario, la poseemos más, pues en esas manos amorosas nunca nos perderemos y nos recibiremos a nosotros mismos fortificados, sólidos, apuntando a la eternidad...
domingo, 8 de septiembre de 2013
Comprender a Dios
Una inquietud que tenemos siempre presente los seguidores de Jesús es la de poder comprender perfectamente lo que Él quiere de nosotros. Nos preguntamos frecuentemente qué es lo que Dios nos pide. Y hurgamos continuamente en su Palabra para poder decir que lo sabemos... Pero no... Por más que buscamos y buscamos, leemos las palabras que Él ha dirigido a los hombres y tenemos que confesar que, aunque las encontramos y las leemos, no terminamos de entenderlas, de comprenderlas, de asimilarlas... La lógica humana se niega a aceptar muchas veces lo que nos propone Jesús, porque se encuentra frontalmente con el absurdo, con la antilógica, con un llamado a la anulación casi total... Muchos pensamos que Jesús nos pide que seamos tontos, o algo así...
¿Cómo aceptar dócilmente lo que Jesús nos pide, cuando pide, por ejemplo, que perdonemos setenta veces siete? Lo primero que nos viene a la mente es: "Jesús nos quiere realmente bobos, quiere que nos dejemos hacer daño como estúpidos... Y si es la misma persona a la que una y otra vez tengo que perdonar, ¿no le estoy diciendo a esa persona con mi conducta que no importa que me siga haciendo daño? ¿No es mejor para esa persona que yo le dé un escarmiento para que cambie de actitud y se convierta en alguien mejor?" Nuestros argumentos, sin duda, son lógicos y sólidos. Nuestra lógica humana tiene absoluta razón...
En este caso, las setenta veces siete, en la frase de Jesús, lógicamente, es a la misma persona. Es en ese sentido que lo pregunta Pedro: "¿Cuántas veces tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?" Se supone que es siete veces la misma ofensa y de la misma fuente. De lo contrario, no tendría sentido la pregunta, pues serían siete "perdones" diferentes... Y en todo caso, Jesús jamás invita a hacerse la vista gorda ante el mal. Eso está suficientemente probado en las Escrituras. Él mismo invitó a la corrección fraterna, como búsqueda de la promoción de la bondad en quien peca... "Si tu hermano peca, llámalo aparte y reclámale... Si no te hace caso, llámalo ante testigos... Si aún así no cambia, llámalo ante la comunidad... Si aún así persiste, trátalo como a un gentil". Jesús no pide vista gorda ante el pecado, ante el delito, ante el mal... Invita, más bien, a hacer todo lo que esté a la mano para procurar la conversión del malo...
En todo caso, lo que nos ocupa es cómo llegar a comprender lo que Jesús quiere de nosotros sin sentirnos violentados, sin la apariencia de absurdo que eso tiene. Seamos sinceros... Porque no comprendemos del todo lo que Jesús quiere de nosotros es que no terminamos de dar el paso definitivo hacia Él. Mantenemos siempre una suspicacia, nos refutamos a negarnos del todo a nosotros mismos para ser definitiva y exclusivamente de Él, no terminamos de avanzar en el camino de la perfección... Pensamos que es mejor resguardarse algo de lo personal, de lo propio, de las ideas y conductas personales, para no ser totalmente nulos, unos simples zombis que caminan por donde les digan... Pensamos que eso es mucho más humano que lo que nos propone Jesús.
¡Qué absurdo pretender que yo perdone siempre! ¡Qué absurdo pretender que yo no dé un escarmiento a quien me hace daño, sino que se me invite a poner la otra mejilla! ¡Qué absurdo acompañar dos millas a quien me pide que lo acompañe sólo una, o dar también mi camisa a quien me pida sólo la chaqueta! ¡Qué absurda la invitación a estar alegres cuando seamos perseguidos, humillados, vejados! ¡Qué absurdas las bienaventuranzas, cuando lo que sugieren es humillación, sufrimientos, lágrimas, tristezas, hambre, pobreza...! ¡Eso no es humano! ¡Eso es de tontos!
La Escritura tiene la clave... Dice el autor de la Sabiduría: "¿Quién conocerá tu designio, si Tú no le das sabiduría, enviando tu Santo Espíritu desde el cielo?"... Enviando tu Santo Espíritu desde el cielo... Fue la promesa de Jesús: "Cuando les envíe mi Espíritu, ustedes conocerán la verdad completa..." Jesús no dejó simplemente al arbitrio del hombre el comprender o no sus exigencias... No nos dejó solos ante los monumentales absurdos que propone, sino que nos envió al guía perfecto, al que nos auxiliaría a avanzar en el camino de la perfección, incluyendo el adquirir los criterios divinos para comprender esa antilógica humana.... Su Espíritu es el Capitán que guía, que lleva adelante la barca por los caminos de la elevación a lo divino. Es el apoyo fundamental que nos da Jesús para poder responder a su invitación a "ser perfectos como el Padre celestial es perfecto..." De lo contrario es imposible que nos haga esa petición. Solos no podremos avanzar jamás. Sin tener quién nos ilumine en esa oscuridad inaccesible a nuestra mente limitada, no podremos jamás tener luz para entender...
Y la primera cosa que debemos entender es que lo humano jamás será mejor que lo divino. Que aunque nuestra mente no termine de entender lo que pide Jesús, no es porque sea absurdo, sino porque es excesivamente elevado y perfecto. Que no se nos pide jamás que seamos tontos o bobos o estúpidos, sino que nos elevemos a las categorías divinas... ¿Quién fue el primero que perdonó, no setenta veces siete, sino millones de veces, pues perdonaba todos los pecados de toda la humanidad de todos los tiempos? ¿No fue acaso el mismo Jesús desde la Cruz, cuando dijo "Padre, perdónalos, que no saben lo que hacen"? ¿Quién fue el primero que devolvió bien por mal? ¿No fue el mismo Jesús que ante la humillación, la burla, el desprecio, los azotes, la crucifixión, e incluso la muerte, respondió redimiendo porque amó hasta el extremo, derramando toda su sangre hasta las últimas gotas extraídas por la lanza del soldado? ¿Quién fue el que acompañó más de una milla y hasta dio su camisa cuando le pedían menos o a veces ni siquiera se lo pedían? ¿No fue Jesús, que perdonó los pecados del paralítico cuando lo que quería era simplemente caminar, o que le dio a la mujer cananea más que las migajas que caían de la mesa con las que se hubiera contentado? Jesús no habla ni pide de memoria, como una lección bien aprendida. Jesús pide lo que Él mismo dio. Y lo pide porque sabe que sí es posible, pues Él lo hizo, motivado por una fuerza superior, que es la clave principal, para hacerlo: El Amor...
Es el amor el que llena de sentido lo absurdo. Es el amor el que hace que se pueda perdonar, que se pueda dar más de lo que piden, que nos hace estar seguros de que lo que hacemos no es de tontos o de estúpidos. Es el amor el que nos pone en la categoría divina y nos dice que es más elevado hacer lo que nos pide Jesús que negarse a hacerlo. Es el amor el que nos eleva y nos desgarra de nuestra simple condición humana, racional, inteligente, "superior", y nos lleva a las alturas insondables de la divinidad, en las que se camina en la perfección que nos da el sentido pleno de las cosas que tenemos que hacer en respuesta a lo que Dios quiere. Es el amor el que nos dice que hacer lo de Dios es ser mejores, más elevados, perfectos. Es el amor el que nos grita que quedarse en lo "racional" es preferir lo más bajo, despreciando las alturas en las que nos reta Dios a vivir, liberándonos de ataduras absurdas que ponen en nosotros nuestra racionalidad, nuestra "viveza", nuestra "supremacía" humana...
Comprender a Dios es desterrarse uno mismo y dejar que Él habite plenamente en nosotros. Es dejar que sea el Espíritu Santo el que nos indique los mejores caminos. Es hacer que en nuestros corazones reine el amor, y que no nos importe hacer lo absurdo, más aún, desearlo ardientemente, pues el amor es más lógico que cualquier lógica humana...
¿Cómo aceptar dócilmente lo que Jesús nos pide, cuando pide, por ejemplo, que perdonemos setenta veces siete? Lo primero que nos viene a la mente es: "Jesús nos quiere realmente bobos, quiere que nos dejemos hacer daño como estúpidos... Y si es la misma persona a la que una y otra vez tengo que perdonar, ¿no le estoy diciendo a esa persona con mi conducta que no importa que me siga haciendo daño? ¿No es mejor para esa persona que yo le dé un escarmiento para que cambie de actitud y se convierta en alguien mejor?" Nuestros argumentos, sin duda, son lógicos y sólidos. Nuestra lógica humana tiene absoluta razón...
En este caso, las setenta veces siete, en la frase de Jesús, lógicamente, es a la misma persona. Es en ese sentido que lo pregunta Pedro: "¿Cuántas veces tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?" Se supone que es siete veces la misma ofensa y de la misma fuente. De lo contrario, no tendría sentido la pregunta, pues serían siete "perdones" diferentes... Y en todo caso, Jesús jamás invita a hacerse la vista gorda ante el mal. Eso está suficientemente probado en las Escrituras. Él mismo invitó a la corrección fraterna, como búsqueda de la promoción de la bondad en quien peca... "Si tu hermano peca, llámalo aparte y reclámale... Si no te hace caso, llámalo ante testigos... Si aún así no cambia, llámalo ante la comunidad... Si aún así persiste, trátalo como a un gentil". Jesús no pide vista gorda ante el pecado, ante el delito, ante el mal... Invita, más bien, a hacer todo lo que esté a la mano para procurar la conversión del malo...
En todo caso, lo que nos ocupa es cómo llegar a comprender lo que Jesús quiere de nosotros sin sentirnos violentados, sin la apariencia de absurdo que eso tiene. Seamos sinceros... Porque no comprendemos del todo lo que Jesús quiere de nosotros es que no terminamos de dar el paso definitivo hacia Él. Mantenemos siempre una suspicacia, nos refutamos a negarnos del todo a nosotros mismos para ser definitiva y exclusivamente de Él, no terminamos de avanzar en el camino de la perfección... Pensamos que es mejor resguardarse algo de lo personal, de lo propio, de las ideas y conductas personales, para no ser totalmente nulos, unos simples zombis que caminan por donde les digan... Pensamos que eso es mucho más humano que lo que nos propone Jesús.
¡Qué absurdo pretender que yo perdone siempre! ¡Qué absurdo pretender que yo no dé un escarmiento a quien me hace daño, sino que se me invite a poner la otra mejilla! ¡Qué absurdo acompañar dos millas a quien me pide que lo acompañe sólo una, o dar también mi camisa a quien me pida sólo la chaqueta! ¡Qué absurda la invitación a estar alegres cuando seamos perseguidos, humillados, vejados! ¡Qué absurdas las bienaventuranzas, cuando lo que sugieren es humillación, sufrimientos, lágrimas, tristezas, hambre, pobreza...! ¡Eso no es humano! ¡Eso es de tontos!
La Escritura tiene la clave... Dice el autor de la Sabiduría: "¿Quién conocerá tu designio, si Tú no le das sabiduría, enviando tu Santo Espíritu desde el cielo?"... Enviando tu Santo Espíritu desde el cielo... Fue la promesa de Jesús: "Cuando les envíe mi Espíritu, ustedes conocerán la verdad completa..." Jesús no dejó simplemente al arbitrio del hombre el comprender o no sus exigencias... No nos dejó solos ante los monumentales absurdos que propone, sino que nos envió al guía perfecto, al que nos auxiliaría a avanzar en el camino de la perfección, incluyendo el adquirir los criterios divinos para comprender esa antilógica humana.... Su Espíritu es el Capitán que guía, que lleva adelante la barca por los caminos de la elevación a lo divino. Es el apoyo fundamental que nos da Jesús para poder responder a su invitación a "ser perfectos como el Padre celestial es perfecto..." De lo contrario es imposible que nos haga esa petición. Solos no podremos avanzar jamás. Sin tener quién nos ilumine en esa oscuridad inaccesible a nuestra mente limitada, no podremos jamás tener luz para entender...
Y la primera cosa que debemos entender es que lo humano jamás será mejor que lo divino. Que aunque nuestra mente no termine de entender lo que pide Jesús, no es porque sea absurdo, sino porque es excesivamente elevado y perfecto. Que no se nos pide jamás que seamos tontos o bobos o estúpidos, sino que nos elevemos a las categorías divinas... ¿Quién fue el primero que perdonó, no setenta veces siete, sino millones de veces, pues perdonaba todos los pecados de toda la humanidad de todos los tiempos? ¿No fue acaso el mismo Jesús desde la Cruz, cuando dijo "Padre, perdónalos, que no saben lo que hacen"? ¿Quién fue el primero que devolvió bien por mal? ¿No fue el mismo Jesús que ante la humillación, la burla, el desprecio, los azotes, la crucifixión, e incluso la muerte, respondió redimiendo porque amó hasta el extremo, derramando toda su sangre hasta las últimas gotas extraídas por la lanza del soldado? ¿Quién fue el que acompañó más de una milla y hasta dio su camisa cuando le pedían menos o a veces ni siquiera se lo pedían? ¿No fue Jesús, que perdonó los pecados del paralítico cuando lo que quería era simplemente caminar, o que le dio a la mujer cananea más que las migajas que caían de la mesa con las que se hubiera contentado? Jesús no habla ni pide de memoria, como una lección bien aprendida. Jesús pide lo que Él mismo dio. Y lo pide porque sabe que sí es posible, pues Él lo hizo, motivado por una fuerza superior, que es la clave principal, para hacerlo: El Amor...
Es el amor el que llena de sentido lo absurdo. Es el amor el que hace que se pueda perdonar, que se pueda dar más de lo que piden, que nos hace estar seguros de que lo que hacemos no es de tontos o de estúpidos. Es el amor el que nos pone en la categoría divina y nos dice que es más elevado hacer lo que nos pide Jesús que negarse a hacerlo. Es el amor el que nos eleva y nos desgarra de nuestra simple condición humana, racional, inteligente, "superior", y nos lleva a las alturas insondables de la divinidad, en las que se camina en la perfección que nos da el sentido pleno de las cosas que tenemos que hacer en respuesta a lo que Dios quiere. Es el amor el que nos dice que hacer lo de Dios es ser mejores, más elevados, perfectos. Es el amor el que nos grita que quedarse en lo "racional" es preferir lo más bajo, despreciando las alturas en las que nos reta Dios a vivir, liberándonos de ataduras absurdas que ponen en nosotros nuestra racionalidad, nuestra "viveza", nuestra "supremacía" humana...
Comprender a Dios es desterrarse uno mismo y dejar que Él habite plenamente en nosotros. Es dejar que sea el Espíritu Santo el que nos indique los mejores caminos. Es hacer que en nuestros corazones reine el amor, y que no nos importe hacer lo absurdo, más aún, desearlo ardientemente, pues el amor es más lógico que cualquier lógica humana...
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