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martes, 9 de febrero de 2021

La única y auténtica tradición es la del amor

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El primer relato de la creación que aparece en el libro del Génesis nos deja muy claro quién es el origen de todo. En nuestros tiempos este relato es considerado cada vez más alejado de la realidad. La teoría creacionista, que es la que desarrolla el Génesis, es negado por los caminos que ha avanzado la ciencia, que concluye que la existencia del universo es un acontecimiento fortuito que nada tendría que ver con actuaciones de fuerzas superiores que lo hubieran empujado a existir. El camino de la ciencia es un camino muy distinto al de la Revelación. Pero con todo y ser distinto no podemos de ninguna manera concluir que son caminos contradictorios que no puedan llegar a complementarse. Debemos reconocer que es muy poco probable que las cosas hayan sucedido estrictamente como lo relata el autor sagrado. Lo que él intenta hacer es un relato poético de lo que pudo irse dando en la mente divina a medida que iba haciendo venir a la existencia todo lo creado. Su finalidad es principalmente dejar claro que el origen de todo está en el poder y en el amor divinos, y que todo confluye hacia el gran actor final, el hombre, hecho a "imagen y semejanza" del Creador, sobre el cual derrama toda su complacencia, como lo afirmó refiriéndose a Jesús en su Bautismo, y en el cual estaba representado cada hombre de la historia. Nada existe si no es referido al hombre. Dios "vio que todo era muy bueno", solo cuando ya estaba el hombre en medio. Antes de la existencia del hombre todo era simplemente "bueno". A partir del sexto día, cuando aparece el hombre sobre el mundo, es "muy bueno". Aparece un superlativo que da la perspectiva de la voluntad divina creadora. Todo es para ponerlo en las manos del hombre, la única criatura a la cual Dios ama por sí misma. A todas las demás criaturas Dios las ama en cuanto sirven al hombre.

No hay, por tanto, contradicción entre la ciencia y la revelación. Puede haber una complementación en la que destacaría el amor, el poder y la sabiduría divinos, que fue ordenando todo lo que iba viniendo a la existencia, de modo que todo apuntara a favorecer al hombre, la razón última de toda la existencia. La existencia espiritual, tal como lo afirmó San Juan Pablo II, no tiene un origen distinto que el de todo lo que existe. El alma humana surge de las manos amorosas del Dios Creador: "Dijo Dios: 'Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que domine los peces del mar, las aves del cielo, los ganados y los reptiles de la tierra'. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó. Dios los bendijo; y les dijo Dios: 'Sean fecundos y multiplíquense, llenen la tierra y sométanla; dominen los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven sobre la tierra'. Y dijo Dios: 'Miren, les entrego todas las hierbas que engendran semilla sobre la superficie de la tierra y todos los árboles frutales que engendran semilla: les servirán de alimento. Y la hierba verde servirá de alimento a todas las fieras de la tierra, a todas las aves del cielo, a todos los reptiles de la tierra y a todo ser que respira'. Y así fue. Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno". El universo surge, finalmente, como el deseo expreso de Dios para colmar a su criatura amada de todos los beneficios posibles, en un desarrollo de la vida en la que el hombre debe dar muestras de la valoración que hace de todas esas dádivas, de modo que se haga acreedor de todas ellas para toda la eternidad, en una vida que pone en las manos de su Creador, consciente de que en la unión con Él está todo el sentido de su vida, y que lejos de Él solo encontrará nulidad y oscuridad que lo sumirán en la nada absoluta.

Por eso insiste Jesús en que la verdadera y única tradición que tiene sentido, por encima de todas las normas mosaicas, que tenían todo su sentido, por lo cual no las anula totalmente, es la tradición de la unión con Dios, del reconocimiento de ser de Él, de que todo lo que se tiene viene de sus manos amorosas. La tradición que debe mover al hombre, finalmente, es la del amor. Amor al Creador, en el reconocimiento de que la propia existencia se le debe a Él y a más nadie, y de que todos los beneficios lo tienen a Él como única fuente, y que por ello la única manera de mantenerse en el camino de esa plenitud final que ha sido prometida es manteniéndose en una unión vital con Él, obedeciendo a su voluntad, recibiendo con corazón bien dispuesto todo su amor, y respondiendo con agradecimiento e ilusión amándolo eternamente. Y además, viviendo todos en el amor de una fraternidad que es deseada por el mismo Dios, pues su sentencia original fue: "No es bueno que el hombre esté solo". Por eso, quien quiere llegar a alcanzar esa meta de la plenitud final e interminable, debe vivir su vida en esa unión constructiva y honesta con Dios, y en la fraternidad y solidaridad humanas que nos confirma en el ser todos hijos del mismo Padre: "Él les contestó: 'Bien profetizó Isaías de ustedes, hipócritas, como está escrito: 'Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos'. Dejan a un lado el mandamiento de Dios para aferrarse a la tradición de los hombres'". La verdadera tradición es la del amor. Nada hay por encima de ello. Y es eso lo que nos vino a enseñar Jesús con su obra de amor y de rescate.

lunes, 8 de febrero de 2021

No existe otra victoria sino la de Jesús

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Entre las grandes preguntas que se ha hecho el hombre sobre su propia existencia es la del por qué existe. Esta pregunta tiene sus concomitantes correspondientes cuando la cosa sube de nivel y se refiere no solo a la existencia de todo lo exterior, sino a la propia existencia. Preguntarse sobre esa existencia personal plantea varias interrogantes que no tienen fácil respuesta: ¿Por qué existo? ¿Para qué estoy en la vida? ¿Qué sentido tiene mi vida? ¿Por qué tengo inteligencia y voluntad y soy capaz de crear, de planificar, de trasformar, de llevar adelante mis planes? ¿Qué quiere la misma vida de mí? Muchos vamos por la vida sin siquiera plantearnos estas inquietudes, sino simplemente viviendo el día a día como viene. La única preocupación abarcaría el cómo sobrevivir a ese día, cómo procurarse los bienes, cómo recopilar lo que hace falta para vivir. Para muchos la vida es un transcurrir de horas para emprender de nuevo el día que comienza. Pero llega un momento en esa vida que no tiene mucho sentido en el que el mismo hombre se detiene ante la trascendencia de lo que implica vivir y necesita enfrentarse a sí mismo para asumir la seriedad que la misma vida amerita. La pregunta sobre el origen de la vida es una pregunta que ha rondado al hombre desde su propio inicio. Muchas han sido las respuestas. Científicamente está casi meridianamente claro que el origen de la vida ha sido un origen fortuito con las teorías del Big-Bang que aún está en desarrollo y aparentemente avanza hacia el infinito. La teoría creacionista, con esta del Big-Bang, se viene abajo. San Juan Pablo II, dando un paso gigantesco en la búsqueda de la conciliación entre ambas teorías, afirmó que lo que debe quedar salvado siempre es la acción de Dios en la creación del alma humana. Y es lo que ha sucedido sobre todo en la literatura bíblica. Incluso la filosofía griega apuntó a esa búsqueda del origen de todo, dando pie a las vías de Santo Tomás, inspiradas en las vías de Aristóteles.

El autor del Génesis, con un estilo poético innegable, pone la creación de todo en las manos del Dios todopoderoso. Y avanzando escalón a escalón va hablando de la perfección de lo creado tal como va surgiendo de las manos de la razón última que es Dios. Para él lo importante es que se entienda que todo viene de Dios, que todo tiene su razón de existir en Dios. Y eso le da el sentido pleno a la existencia de todo. Hay una causa última que explica que todo exista. Ya veremos luego, cuando finaliza su relato poético, cómo en el centro de todo estará el hombre y cómo es el hombre el que le da sentido a todo. Es el amor de Dios por aquel que pondrá en el centro lo que llena toda la existencia. Sin el amor de Dios nada tiene sentido que exista. Por amor al hombre, y por él, a todo lo que surge de su mano poderosa, se explica la existencia de lo que no es Dios. El hombre será el último beneficiario y el que disfrutará eternamente de ese regalo amoroso que el Señor da al hombre con total gratuidad. Nada más puede explicar semejante dislate del amor: "Al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra estaba informe y vacía; la tiniebla cubría la superficie del abismo, mientras el espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas". Sólo existía Dios. Y su amor lo movió a hacer existir lo inexistente. Todo fue teniendo su orden, el que quería el Espíritu de Dios que tuviera, como si fuera la casa en la que habitaría aquel que le daría sentido a todo. El mundo era el sitio que amorosamente el Padre iba construyendo para su hijo, el hombre, para quien estaba haciendo existir todo.

Por ese hombre que era colocado en el centro de todo, fue hecho todo por Dios. El Creador todopoderoso se dejó vencer por ese amor para derramar sobre su criatura predilecta todos los beneficios que iban surgiendo de sus manos. La mirada estaba puesta sobre esa plenitud de la que quería que disfrutara ese a quien amaba por encima de todo. No lo hacía existir simplemente para que transcurriera día tras día hasta desaparecer, sino que ponía como meta para él una plenitud feliz eterna, que nunca jamás acabaría, sino que viviría como regalo precisamente de ese amor que había decidido volcar sobre él. La venida de Jesús es el adelanto de esa utopía final, que es absolutamente segura, pues está en el diseño de Dios. Por eso el paso de Jesús por la historia no fue otra cosa sino el ir haciendo realidad el adelanto de lo que se vivirá en ese futuro de eternidad. La lucha de Jesús contra el mal, la siembra del bien, el anuncio del amor, la cantidad de maravillas que vino a realizar, no son sino preludio de lo que vendrá eternamente. Sus victorias sobre el mal, sobre los dolores, sobre las enfermedades, sobre las injusticias, sobre las humillaciones a los más pequeños, son anuncio de la victoria final que obtendrá el Redentor, con lo que se establecerá ya definitivamente el Reino de Dios en el mundo. Jesús vence y cada victoria es una humillación al mal. Hoy el mal, aunque tenga victorias, seguirá siendo vencido, pues su realidad futura será la nada. El todo será el amor y el bien. La nada será el mal: "En aquel tiempo, terminada la travesía, Jesús y sus discípulos llegaron a Genesaret y atracaron. Apenas desembarcados, lo reconocieron y se pusieron a recorrer toda la comarca; cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaba los enfermos en camillas. En los pueblos, ciudades o aldeas donde llegaba colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos la orla de su manto; y los que lo tocaban se curaban". Jesús no puede sino seguir venciendo. Por eso, aunque haya dolores y sufrimientos, la mirada debe estar siempre puesta en seguir luchando junto a Jesús contra el mal, pues la victoria jamás dejará de ser suya.

domingo, 7 de febrero de 2021

Todo lo que vivimos apunta a la victoria final del amor

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En el camino de la fe que queremos avanzar llega un punto en el que debemos enfrentarnos a una realidad que no podemos ignorar. Nuestra existencia se da por el inmenso amor que Dios nos tiene, pues no existe ninguna otra explicación lógica que haga comprender por qué existimos. Todo lo que existe fuera de Dios ha surgido por una explosión de amor que se dio en Dios, que Él no pudo "contener". El universo "se le salió" a Dios. Ese corazón amoroso, que era autosuficiente en sí mismo y que por lo tanto no necesitaba de nada más para ser plenamente feliz y vivir con la plena satisfacción de su propia existencia, en un momento quiso experimentar el amor hacia fuera. La nada absoluta dejó de serlo y empezó a existir todo lo que no es Dios. "Exista", "pulule la tierra", "bullan las aguas...", fueron las expresiones que utilizaba ese Dios Creador todopoderoso para traer a la existencia lo que no existía. En ese plan diseñado se dio como paso final el "hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza". Ésta era la razón última de todo el plan. El hombre le daba sentido a todo lo demás. El amor a él explicaba el amor a todo lo demás. Sin el hombre, no tiene sentido nada más de lo que existe, ni el amor que se le pueda tener a las demás criaturas. Esta historia de idilio de Dios con el hombre, iniciada por el mismo Dios, cuando se echa la vista atrás de todo lo que se ha vivido en la historia de la humanidad, trastabilla cuando en ella nos encontramos situaciones en las que aparentemente queda negado ese amor que debería hacer vivir al hombre en la sola plenitud de la felicidad. Muchos hombres y mujeres se cuestionan sobre ese amor infinito cuando lo enfrentan a los dolores y los sufrimientos de la humanidad en esa misma historia que es supuestamente de amor, y que incluso viven ellos mismos en sus propias vidas. Podríamos afirmar que incluso personajes cercanísimos a Dios la viven en el máximo de los dolores: "Job habló diciendo: '¿No es acaso milicia la vida del hombre sobre la tierra, y sus días como los de un jornalero?; como el esclavo, suspira por la sombra; como el jornalero, aguarda su salario. Mi herencia han sido meses baldíos, me han asignado noches de fatiga. Al acostarme pienso: '¿Cuándo me levantaré?' Se me hace eterna la noche y me harto de dar vueltas hasta el alba. Corren mis días más que la lanzadera, se van consumiendo faltos de esperanza. Recuerda que mi vida es un soplo, que mis ojos no verán más la dicha". Como para muchos, la vida para Job se ha convertido en una carga y no vale la pena seguir adelante.

El misterio del mal ha surgido a la par de lo creado. La libertad del hombre asegura que éste pueda tomar las decisiones equivocadas, aun pensando que puede estar tomando la correcta. El mal engaña, obnubila, conquista, arrastra. Y aun cuando Dios no quiere de ninguna manera el mal para el hombre, y teniendo el poder de obstaculizar ese mal que el mismo hombre puede procurarse y procurar a los demás, el mismo amor infinito con el que creó al hombre libre, le ata las manos. No puede ir Dios en contra de lo que Él mismo ha establecido. El hombre debe valorar el bien por convicción, no porque esté impedido de hacer el mal. El peso está en la misma libertad. El amor es libre. Y decidirse por Dios, por el bien, por la fraternidad debe ser también una decisión libre. Es lo que hace verdaderamente valiosa la decisión. Dios no quiere esclavos que no tengan conciencia del por qué lo siguen. Dios quiere hombres y mujeres que se unan a Él con la plena convicción de que esa es la verdad, de que ese es el camino, de que es eso lo que los llevará a la plenitud que vivirán eternamente en la felicidad del amor eterno de Dios. Así lo entendió San Pablo y por eso fue el gran apóstol de aquella Iglesia que nacía: "Hermanos: El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo. No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio! Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi paga. Pero, si lo hago a pesar mío, es que me han encargado este oficio. Entonces, ¿cuál es la paga? Precisamente dar a conocer el Evangelio, anunciándolo de balde, sin usar el derecho que me da la predicación del Evangelio. Porque, siendo libre como soy, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más posibles. Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles; me he hecho todo para todos, para ganar, sea como sea, a algunos. Y todo lo hago por causa del Evangelio, para participar yo también de sus bienes". La paga final justifica cualquier avatar que haya que vivir. Fue lo que entendió y vivió San Pablo.

El mismo Jesús entendió que la tarea que le encomendaba el Padre era esta: hacer llegar a todos los más posibles esa expresión del amor de Dios que se pone del lado del hombre que vive, que se acerca a Él. El sufrimiento, la enfermedad, el dolor, son las realidades por las que el mal quiere dominar al mundo. Y lo logra asociando a los que se dejan engañar, pretendiendo obtener unas prebendas de superioridad que jamás podrán obtener lejos de Dios. Menos aún cuando el mal ha quedado tan brutalmente vencido con la muerte y la resurrección del Redentor. La obra de Jesús es claramente la obra de la nueva época que se inaugura con su presencia. No es una obra simplemente de curación, de liberación, de perdón. Es una obra de establecimiento de un orden nuevo. El del amor que vence, el de la libertad verdadera, el del avance hacia la plenitud prometida. Todo lo doloroso que puede existir en la vida del hombre cobra sentido cuando se ve en la perspectiva del fin. Una eternidad de felicidad hace que se tengan fuerzas para poder enfrentar y vencer al mal que se presenta aquí y ahora. De esa manera se tiene la convicción más firme de que Jesús se pone del lado del que sufre, del que la pasa mal, del oprimido y del humillado. Y llena el espíritu de la convicción de que quien lo asume así, es el verdadero triunfador. Ese triunfo lo tendrá para toda la eternidad: "Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron en su busca y, al encontrarlo, le dijeron: 'Todo el mundo te busca'. Él les responde: 'Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido'. Así recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios". Es Jesús el vencedor. Y somos todos nosotros, unidos a Él, los vencedores.

jueves, 26 de noviembre de 2020

Solo quedará el idioma del amor eterno

 el blog del padre eduardo: El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras  no pasarán

La historia humana es un entramado de experiencias divinas y humanas. Desde que Dios tomó la decisión de añadir a su absoluta trascendencia, a su eternidad natural y a su poder infinito, lo inmanente, lo pasajero, lo que no existía, comenzó para Él mismo un situación que no es que lo haya visto asombrarse pues Él es el dueño de todo, pero sí de tener que asumir para actuar de acuerdo a ese nuevo designio de amor que se sumaba a la eternidad de su amor. En cierto modo, para Dios fue una ocasión hacia fuera, sin tener la obligación de hacerlo, de dar nuevas muestras de que efectivamente es un Dios que ama, que su eternidad única absolutamente satisfactoria para Él, que su poder omnímodo, no eran cualidades que terminaban en sí mismo, sino que por ser el Dios que lo puede todo y que lo tiene todo en sus manos, en aras del bien de su criatura era capaz de dar ese nuevo paso hacia fuera de sí que no lo enriquecía a Él, sino a los suyos, a los que había regalado el poder de existir. Y por el otro lado, en esa historia de amor eterno se encuentro el mismo hombre, beneficiario de todas esas acciones novedosas del amor divino, pero que al fin y al cabo resultaron en la más grande de las riquezas que podía recibir el hombre, totalmente inconsciente de esa inmensa cantidad de beneficios. Radicalmente la existencia del hombre no es en absoluto necesaria. No nos engañemos pensando que en algún momento el que estemos en el mundo sea una condición de necesidad. Somos seres totalmente contingentes. Podemos estar o no estar. Si no estamos nosotros, estarán otros. Nuestras cualidades las tienen todo hombre y toda mujer de la historia. Una pretendida exclusividad no existe. Pero, aun siendo esta una verdad que puede parecernos brutal, sí tenemos una razón última de existir que hace totalmente válida el que nuestra vida tenga sentido y nos haga entender que vale la pena el que existamos. Solo que esa conclusión debe basarse no en razones de orgullo o vanidad personal, sino que debe estar basada en el amor de Dios. Nuestra existencia es un deseo expreso, clarísimo, explícito de Dios. Sin necesitarnos, desde que existimos, es como si hubiera decidido necesitarnos. Por existir nosotros, el amor de Dios pasó de ser solo íntimo, en su esencia vital, a ser de todos los suyos, nosotros, sus criaturas predilectas.

Es por ello que en ese entramado histórico tan hermoso que nos regala Dios que vivamos, nos encontramos en todo momento de la historia con la seguridad de que las cosas no se dan sin una perspectiva de felicidad y de plenitud que jamás pueden desaparecer. Siendo la historia una construcción que el mismo Dios ha querido que sea hecha de la mano del hombre al que Él mismo ha capacitado, haciéndolo digno incluso de ser similar a Él como constructor de la historia, en cierto modo casi señor de la historia junto a Él, en todo momento el hombre deberá asumir todas sus prerrogativas. Evidentemente esta historia no será nunca unívoca, en el sentido de que se dará en una sola línea de acción o de intereses. Entran en juego una inmensa cantidad de posibilidades, como lo asegura la inmensa cantidad de cuerpos y mentes de cada persona humana. Unos responderán con mayor capacidad, otros con menos. Unos asumirán muy bien su compromiso personal, otros con menos. Unos vivirán un mejor empeño por lograr una historia personal y social mejor en la presencia de Dios, otros se desentenderán de la historia de sus hermanos. Unos vivirán su empeño solidario y fraterno con alegría e ilusión, otros pensarán solo en su propia conveniencia sin cuidarse de más nadie. Es lo que tiene como riesgo el que Dios nos haya creado donándonos sus cualidades, en particular la de la libertad que será siempre arma de doble filo. En esa doble línea se desarrollará siempre la historia. Nunca se saldrá de ahí, pues la misma existencia actual ya es así y siempre ha sido y será así. Pero el final vendrá y será lo definitivo: "Yo, Juan, vi un ángel que bajaba del cielo con la llave del abismo y una cadena grande en la mano. Sujetó al dragón, la antigua serpiente, o sea, el Diablo o Satanás, y lo encadenó por mil años; lo arrojó al abismo, echó la llave y puso un sello encima, para que no extravíe a las naciones antes que se cumplan los mil años. Después tiene que ser desatado por un poco de tiempo. Vi unos tronos y se sentaron sobre ellos, y se les dio el poder de juzgar; vi también las almas de los decapitados por el testimonio de Jesús y la palabra de Dios, los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen y no habían recibido su marca en la frente ni en la mano. Estos volvieron a la vida y reinaron con Cristo mil años. Vi un trono blanco y grande, y al que estaba sentado en él. De su presencia huyeron cielo y tierra, y no dejaron rastro. Vi a los muertos, pequeños y grandes, de pie ante el trono. Se abrieron los libros y se abrió otro libro, el de la vida. Los muertos fueron juzgados según sus obras, escritas en los libros. El mar devolvió a sus muertos, Muerte y Abismo devolvieron a sus muertos, y todos fueron juzgados según sus obras. Después, Muerte y Abismo fueron arrojados al lago de fuego —el lago de fuego es la muerte segunda—. Y si alguien no estaba escrito en el libro de la vida fue arrojado al lago de fuego. Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén que descendía del cielo, de parte de Dios, preparada como una esposa que se ha adornado para su esposo". Es la preparación de aquel final grandioso que nos corresponderá vivir a todos. Y hacia el que debemos encaminarnos con ilusión, por encima de toda vivencia de dolor o sufrimiento o de expectativas añorantes, por encima de cualquier esperanza, pues no hay un camino diverso y de mayor gozo y plenitud.

Será la apoteosis divina, pues la historia llegará al final diseñado por el mismo Creador. Pero será también la apoteosis del hombre, pues desde que Dios mismo lo decidió, esa es también nuestra historia. Dios no nos ha creado para lanzarnos al vacío. Nos creó con la idea expresa de ese final feliz y pleno para todos. Y está claro que nunca dejará de hacer lo que desde aquella eternidad feliz pensó para nosotros. Nuestra fortuna está en que somos las criaturas mas favorecidas de todas, pues no teniendo por qué haber existido, pues ninguna razón lógica puede esgrimirse delante del Dios que tiene la historia en sus manos, hemos sido marcados en el amor eterno, que es el que justifica absolutamente todo movimiento de Dios, sin ni siquiera ningún merecimiento nuestro, sino solo el de ser infinitamente amados. Y en ese entramado que es nuestra historia humana, marcada por el amor y por nuestra libertad, en medio de todas las experiencias que hallamos podido tener, en medio de grandes logros humanos, de grandes pasos en favor de cada persona humana, y en medio de tantos dolores que nos hemos infligido nosotros mismos, en medio de las debacles humanas y naturales, en medio de la inconsciencia de tantos que han preferido dañar a sus hermanos, sigue estando la determinación de Dios de que nuestro fin sea el más feliz que Él tiene en su mente. Somos llamados a la plenitud. Y esa plenitud solo se dará en la experiencia definitiva e irrevocable del amor. Y lo hermoso es que no será una experiencia individual, pues ese amor excluyente es una negación de lo que es el verdadero amor. Por no excluir, el amor de Dios se hizo humanidad. Y así lo quiere para nosotros, y para que sea vivido eternamente: "En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos una parábola: 'Fíjense en la higuera y en todos los demás árboles: cuando ustedes ven que ya echan brotes, conocen por ustedes mismos que ya está llegando el verano. Igualmente ustedes, cuando vean que suceden estas cosas, sepan que está cerca el reino de Dios. En verdad les digo que no pasará esta generación sin que todo suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán". Ya el tiempo de los brotes está aquí. Y esos frutos son los que daremos nosotros mismos, definitivamente en la presencia de Jesús, que es nuestro Sembrador. No faltará el gozo del disfrute. De echar mano de eso sabores, colores y alegrías que nos tiene el Señor preparados para todos.

martes, 27 de octubre de 2020

Todo debe crecer hacia Dios, hacia el amor, hacia la eternidad

 Archidiócesis de Granada :: - “El grano creció, se hizo árbol y los pájaros  anidaron en sus ramas”

El objetivo de todo lo creado es el crecimiento. Es característica natural de lo creado el que crezca, que se desarrolle, que avance. La existencia no se detiene y da muestras continuas de ir hacia delante. Lo podemos constatar en los grandes avances que se han dado en las investigaciones sobre el cosmos que han ido surgiendo. Se ha comprobado que el universo entero está expandiéndose, que su crecimiento es indetenible, y que al parecer ese avance no se detendrá nunca, a menos que suceda una verdadera debacle cósmica que dé al traste con todo ello. Está claro, para quienes confesamos la fe en el Dios creador y sustentador de todo, que en su mente jamás estaba la posibilidad de que la creación tuviera un momento de estabilidad final en su existencia natural en el que su expansión dejara de darse. Si esto es una verdad incontestable en ese universo que escapa a nuestro total control, lo es con mayor razón en aquello que tiene que ver con nosotros mismos, con nuestra intimidad personal, con nuestra existencia humana y con mayor razón con nuestra existencia espiritual. Los hombres, cada uno de nosotros, estamos llamados a ser más, a crecer, a no contentarnos con mínimos reductivos que impidan esa finalidad que le ha impreso como cualidad esencial el Creador. Por ello, desde el principio para los hombres, sobre todo para los grandes primeros pensadores, la realidad es un eterno fluir, un constante movimiento, un avance sin detención. Y, por supuesto, en esa condición se encuentra en primer lugar el que es la razón de todo, por quien todo ha venido a ser, el hombre, al que Dios ha colocado como el primero de todas sus criaturas, y a quien ha colocado en el primer lugar de los poseedores de esa prerrogativa de movilidad y de crecimiento. Si todo crece y se desarrolla, en cierto modo lo hace, además de por su característica original divina, por el hombre que en su experiencia personal de vida que avanza siempre, atrae todo a esa realidad de superación de sí mismo. Todo crece porque el hombre crece. Por ello, todo debe ser mejor porque el hombre avanza en bondad. Esa es la esperanza que mueve a quien quiere ser fiel a Dios. Pero lamentablemente también es cierto que todo puede reducirse, ser menos, cuando el hombre se empeña en ser menos él mismo, cuando ilegítimamente se coloca como estorbo para que todo sea mejor y de esa manera se impida el progreso, el avance, el desarrollo de lo creado. No se trata solo de una consideración cualitativa o cuantitativa, de ser más o menos, de ser más grande o no, de ser mejor o peor, sino de avanzar en su cualidad más alta y emblemática de su condición humana, que es la relación con el que es su origen. 

El hombre será más grande en cuanto esté más unido a su Creador. Aunque los avances científicos sean indetenibles y cada vez mayores, aunque tenga mayores triunfos científicos, técnicos o tecnológicos, aunque domine cada vez más todo lo que ha sido puesto en sus manos, si no avanza en su conciencia de criatura, en el servicio a quien está muy por encima de él, en la unión fraterna y amorosa a todos los que son como él, todo será simplemente un avance constatado en una suma quizás muy valiosa de sus grandes logros, pero no se sumará a la condición que lo hará elevarse a lo más alto de su condición humana, que es en su relación con Dios. Será mucho más hombre, pero no llegará a ser más humano. Las enseñanzas de Jesús a los discípulos colocan a cada hombre en esta comprensión, cuando usando de las realidades naturales en medio de las cuales vive, les dicen que la misma naturaleza concuerda con aquel crecimiento que debe darse, para estar en concordancia con el deseo divino: "En aquel tiempo, decía Jesús: '¿A qué es semejante el reino de Dios o a qué lo compararé? Es semejante a un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su huerto; creció, se hizo un árbol y los pájaros del cielo anidaron en sus ramas'. Y dijo de nuevo: '¿A qué compararé el reino de Dios? Es semejante a la levadura que una mujer tomó y metió en tres medidas de harina, hasta que todo fermentó'". En este caso, el grano de mostaza y la levadura tienen un cometido concreto: crecer para dar vida, para servir a su propósito. Si el grano de mostaza o la levadura no crecen, o si crecen solo para un beneficio egoísta, han perdido su razón de existir. El grano de mostaza creció, dio frutos, sirvió de alimentos al hombre e incluso llegó a servir para acoger a las aves que anidaron en él. La levadura sirvió para hacer crecer la masa y servir de alimento sabroso para el hombre. En la misma cualidad debe moverse el hombre que ha sido colocado en el mundo por Dios. Es por ello que Jesús identifica el Reino de Dios con esos elementos que hacen lo que les corresponde. También el hombre debe hacer su parte. No puede dejar de hacerlo a riesgo de que deje de ser lo que debe ser, es decir, aquel que debe promover el crecimiento de sí mismo y de todo lo creado. De su crecimiento personal dependerá que todo lo demás crezca y se desarrolle. Y que todo haga lo que debe hacer en el seguimiento del objeto de vida que le ha colocado Dios.

En esta tarea de vida todo tiene su sentido y su objeto. Cada hombre y cada mujer tienen una indicación común que lo coloca en la primacía de acción. No es reductiva su acción por cuanto la individualidad que corresponde a cada uno no destruye su responsabilidad. El hombre y la mujer hacen la parte que le corresponde y en esa acción personal dan su aporte enriquecedor para el conjunto. Lo propio personal de cada uno es una suma que enaltece a lo general, y nunca lo empobrece. La acción personal es deseada por Dios. Nunca será una pobreza aportar lo propio, con tal de que ello siempre sirva para el enriquecimiento común. Así lo ha querido Dios, y así debe quererlo también cada hombre. No se trata de que cada uno sea exactamente igual al otro, sino de que sepan que su aporte beneficia a todos. La unión no significa unidad absoluta. La unión significa conjugación enriquecedora en la que todos son favorecidos. La unidad puede dañar si no apunta a la riqueza de todos. Por el contrario, la unión común puede devenir en la riqueza de todos si la diversidad favorece la expansión de cada uno y la del mundo que debe ser mejor para todos. Es una tarea delicada que corresponde al hombre y a la mujer. Nunca debe ser reductiva de la común dignidad de ambos, sino respetuosa de su diversidad, que al fin y al cabo es riqueza y jamás empobrecimiento. Al margen de consideraciones que puedan responder a condicionantes temporales o culturales, la riqueza que pueden aportar el hombre y la mujer en la creación de un mundo mejor debe ser incontestable: "Maridos, amen a sus mujeres como Cristo amó a su Iglesia: Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para presentársela gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son. Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo. 'Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne'. Es este un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia". La misma consideración de amor mutuo corresponde a ambos. El hombre y la mujer avanzan en la misma unión de amor, en la misma preocupación mutua, en el mismo deseo de entregarse mutuamente para darse luego ambos en el mismo amor al Dios que los ama por igual. Así como el hombre es cabeza de la mujer, la mujer es también cabeza del hombre. Ambos se encaminan al mismo amor, a la misma vida eterna, y ambos tienen en sus manos la misma ocupación divina de hacer un mundo mejor para ellos y para todos.