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miércoles, 4 de noviembre de 2020

Toda la vida debe estar marcada por ser de Jesús y vivir su amor

 Radio Encuentro en el Valle - Lucas (14,25-33): Aquel que no renuncia a  todos sus bienes no puede ser discípulo mío

Nuestra vida de fe debe tener un desarrollo en lo humano que la haga ser valorada no solo como algo que se espera en lo futuro, sino que se vive ya, aquí y ahora, marcada por la experiencia cotidiana de la presencia de Dios en cada aspecto de la vida y por la solidaridad humana y espiritual que lanza a los demás. Con frecuencia se comete el error de colocar ambas realidades en modos tan contradictorios que al discernirlas desde fuera resultan realidades completamente distintas e incluso opuestas, que no tendrían nada que ver la una con la otra. Fácilmente se justifica la conducta diversa entre una y otra. Incluso nos permitimos casi ser dos personas distintas. Una sería la que se comporta en las cuestiones de fe de modo incuestionable, teniendo una vida de oración firme, de experiencia sacramental enriquecedora, incluso de testimonio laical en la vida pastoral de la Iglesia entregándose con solidez en eventos testimoniales como la catequesis, las charlas, el auxilio litúrgico u otros servicios eclesiales. Son en general bien valorados por la comunidad que aprecia su interés en esas actividades. Pero a la par, en la misma persona, se presenta una incongruencia brutal con su vida ordinaria, fuera de la vida de la Iglesia, en la que se permiten absolutamente todas las licencias, que no son las propias de una persona de fe: materialismo radical, hedonismo desenfrenado, abusos del licor y de otros vicios, desenfreno sexual, deshonestidad en el trabajo, egoísmo e indiferencia ante las necesidades de los hermanos más desfavorecidos. Es tan frontal la diferenciación de ambas conductas que se llega al punto de preguntarse si se está tratando de la misma persona. Son muchos los cristianos que viven en esta dualidad de vida, algunos llegando incluso al punto de justificarse diciendo que una cosa es la vida de la fe y otra la vida cotidiana. Muchos lo hacen sin sonrojo, llegando a pensar que son muy buenos, pues de vez en cuando hacen alguna oración, van a alguna misa ocasionalmente, alguna vez dan una limosna. Y luego, en su vida cotidiana viven la lejanía más olímpica delante de Dios y del amor. Los extraños actos puntuales de fe son casi entendidos como un favor que se le está haciendo a Dios, que estaría con eso muy feliz de que al menos se acuerden de Él ocasionalmente. En general, esta conducta no es la más frecuente. Son casi caricaturas de la realidad. Pero lamentablemente no son del todo extrañas en muchos. La tentación de vivir en esa dualidad es dolorosamente muy común, y a muchos los atrae y son conquistados por esas formas. Ciertamente nuestra fe no nos llama a la mojigatería, pero sí nos anima la fidelidad a Dios y al amor a los hermanos, en medio de lo que ordinariamente podemos vivir.

San Pablo insistió mucho siempre en esa fidelidad de vida que debía caracterizar a los cristianos, no como realidades diversas que debían ser asumidas solo en lo cotidiano, sino como manifestaciones reales que debían estar presentes en el día a día de cada cristiano: "Trabajen por su salvación con temor y temblor, porque es Dios quien activa en ustedes el querer y el obrar para realizar su designio de amor. Cualquier cosa que hagan sea sin protestas ni discusiones, así serán irreprochables y sencillos, hijos de Dios sin tacha, en medio de una generación perversa y depravada, entre la cual ustedes brillan como lumbreras del mundo, manteniendo firme la palabra de la vida". La primera preocupación debe ser, por tanto, la aplicación a la propia salvación, como el más grande de los regalos que ha puesto Jesús en nosotros. La expresión usada por San Pablo, "con temor y temblor", nos habla del apremio con el que debe ser asumida esta vida, que es exigente. Se trata de no vivir en una realidad que nos excluya de lo que se vive ordinariamente, sino de asumirla como parte primordial. No es una vida distinta a la que vivimos aquí donde haremos buena nuestra fe. En ello se incluye todo lo que significa vivir: lo familiar, lo laboral, lo fraterno, la diversión. No se pide vivir fuera del mundo, sino de asumir que esa es la vida y que es en ella donde la fe se hará siempre presente y activa. Y todo debe ser hecho "sin protestas ni discusiones", en primer lugar, porque es el beneficio que añadimos a la vida de todos los que tenemos a nuestro lado, y en segundo lugar, porque es nuestro propio beneficio que nos favorece a nosotros mismos y nos hace vivir con mayor conciencia y solidez nuestro compromiso vital. La riqueza será de todos y también nuestra. La intención del cristiano debe ser la de colocar a los demás en el primer lugar, como consecuencia de la primacía de Dios en él. No debe darse la huida al propio compromiso. Más aún, debe ser asumido como lo que enaltece la propia vida de fe, pues al hacerlo "sin protestas ni discusiones", el primer lugar no lo ocupa él mismo, sino los demás, que son, en definitiva quienes dan sentido a toda la fe recibida y a la entrega que debe marcar el gozo de ser de Dios y de los demás.

Es Jesús quien pone el sentido pleno de lo que se debe vivir ahora. No se refiere solo a la asunción de una eternidad futura a la que estamos llamados, que nos ha ganado Él con su obra de salvación. Ciertamente aquel final al que estamos llamados será la experiencia de la plenitud a la que estamos llamados. No hay vida terrena plena de sentido si no hay contemplación de esa eternidad que se vivirá en la cual ya Dios será todo en todos, y en la cual todos estaremos viviendo la misma vida de Dios que será nuestra plenitud. Pero el mismo Jesús coloca la exigencia de que lo que vivimos hoy sea ya una experiencia personal de encuentro y de vivencia en Él. Y eso no debe faltar jamás: "Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío. Así, ¿quién de ustedes, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla?" La llamada de Jesús no es al desprecio de lo que vivimos ahora. Quien lo entienda así no tiene idea de lo que está exigiendo realmente Jesús. Él no es inhumano y mucho menos nos quiere a nosotros inhumanos. No concuerda con el amor que nos pide que vivamos todos cotidianamente en nuestra vida diaria el invitarnos a despreciar nuestra propia realidad. No nos pide despreciar a los nuestros ni a los hermanos con los que nos crucemos. Lo que sí desea Él ardientemente es que ninguno de ellos sea una excusa para posponerlo y dejarlo a un lado. Nada de lo que haya en el mundo podemos ponerlo por encima de Él, sea nuestra familia, nosotros mismos o ninguna otra cosa. Siendo Él el primero en todo, toda nuestra realidad estará bendecida por su presencia, y no podemos hacer de ella ese doble estilo de vida en el que podemos caer tentados. La fe no puede ser algo de conveniencia momentánea o de elección pasajera, como un traje que nos pongamos o nos quitemos según nos plazca. La fe habla de la presencia de Jesús, que nos hace sus discípulos y sus seguidores, a quien respondemos con alegría y gozo, conscientes de que esa es nuestra plenitud y nuestro gozo. Nuestra vida de fe no puede ser vivida como una añadido para las ocasiones de Dios y dejada a un lado para otras ocasiones diversas. Somos de Jesús hoy, siempre y eternamente. Nunca dejamos de ser de Él. Él nos marca y nos debe marcar siempre. No podemos vivir en algún momento para Él, y en otro sin Él. Hagámonos verdaderamente discípulos suyos y seguidores de su amor y de su salvación.

sábado, 25 de julio de 2020

Buscar ser los primeros siempre en el amor, en el servicio, en la entrega

Santiago y Juan: Jesús los llamó “Hijos del Trueno” | De padres a ...

Profundizar en los criterios que va estableciendo Jesús para la vida de sus seguidores es percatarse cada vez más de la infinita distancia que separa dichos criterios con los del mundo. Para el mundo, el éxito de la empresas que se realizan está en el renombre ganado, en los beneficios externos que se logren, en el poder que se va acumulando, en la aclamación creciente de las masas, en la suma de adeptos sin conciencia que miran solo a la fama que brilla como oropel, en la influencia cada vez más narcotizante en las mentes de los débiles, en la acumulación de riquezas que engrandecen el tesoro personal, en la extensión creciente que va logrando la empresa. Quien se coloca en la margen de la clasificación del éxito con estos criterios, y va verificando que son logros alcanzados, no puede sino concluir que esa persona es una persona exitosa. Evidentemente, de alguna manera todos somos víctimas de un pensamiento así, pues no se puede considerar siempre malo un éxito empresarial. Los hombres hemos sido puestos en el mundo por Dios, enriquecidos con nuestra inteligencia y nuestra voluntad, con la capacidad de discernir entre el bien y el mal, con la libertad y la fortaleza para enfrentar grandes empresas, con el fin de hacer del mundo un lugar cada vez mejor para todos. Y eso se logrará solo cuando se ponga el empeño de que el beneficio que se persigue alcance a la mayor cantidad de gente posible. Por ejemplo, en el ejercicio de la política, un campo propicio para el testimonio de los discípulos de Cristo, se estará logrando el fin cuando en él se logre establecer un bien cada vez mayor para la mayor cantidad de gente posible. Es un servicio del amor que persigue que la tarea que Dios le encomienda a los hombres en el mundo se alcance siguiendo sus pautas: "Dominen el mundo y sométanlo". Por supuesto, no es un sometimiento tiránico el que ordena Dios. Es el del servicio y el del amor, como lo aclara Jesús luego a los apóstoles: "El que quiera ser grande entre ustedes, que sea el servidor de ustedes, y el que quiera ser primero entre ustedes, que sea el esclavo de ustedes. Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos". La autoridad, el gobierno, la dirección de la comunidad, es una tarea sobre todo de servicio y de entrega. No es la subyugación la que se persigue, sino la entrega al servicio por el bien de todos. La autoridad bien entendida es la de quien se pone al servicio de cada uno de los súbditos. Ese es el verdadero político.

El conflicto surge cuando en el corazón del que debe servir se enquista el egoísmo y la vanidad, el materialismo y las ansias de poder. Cuando se contamina la pureza del ejercicio de la autoridad y se pone el centro en el sujeto y no en el objeto. No es el bien común el que marca la pauta, sino el bien personal que surge de la procura de bienes individuales sin importar el beneficio de aquellos a los que se debería servir con amor. La ejemplificación clara de esta actitud contaminada es la de la madre de los Zebedeos: "Se acercó a Jesús la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó: '¿Qué deseas?' Ella contestó: 'Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda'". La versión del Evangelio de Marcos coloca la situación aún más dramática, pues allí no es la madre la que se acerca a Jesús, sino los mismos apóstoles que lo hacen para pedir ser colocados en esos lugares privilegiados. La finalidad es clara: que ellos sean los que, al establecer el Reino que Jesús viene a implantar, dominen sobre todos. Una clara búsqueda de poder y de dominio. Un interés totalmente egoísta. Es entonces cuando Jesús echa luces sobre la diferencia de criterio. Por supuesto que todos serán colocados en los primeros lugares, pero no para ejercer un dominio sobre los demás, sino para entregarse totalmente y con todo el corazón a la obra del establecimiento del Reino, lo que significará el mayor servicio, es decir, el mayor ejercicio de la verdadera autoridad que se podrá prestar, pues se estará entregando la vida a ello: "'Ustedes no saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que yo he de beber?' Contestaron: 'Podemos'. Él les dijo: 'Mi cáliz lo beberán; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre'". Beber el mismo cáliz que beberá Jesús ya sabemos lo que significa. Aun cuando los apóstoles en aquel momento aún no comprendían bien lo que eso significaba, Jesús sí se los deja claro. Quien quiera destacar en su Reino deberá correr su misma suerte, es decir, deberá beber su mismo cáliz. Y no es una alfombra de triunfo la que se le tenderá, como lo hace el mundo a sus héroes. Será la alfombra ensangrentada de la entrega y del dolor, por enfrentarse precisamente a esa mentalidad egoísta y tiránica que promueve el mundo. El amor y el servicio van en el orden de la anulación de sí mismo para la exaltación de Dios y de los hermanos. El criterio va en el sentido opuesto. No es servirse del mundo para destacar, sino que es permitir que el mundo se sirva de uno para obtener la vida que Jesús le ofrece.

Cuando los apóstoles fueron testigos del modo como Jesús ejerció su autoridad, contemplándolo en la cruz inerme, totalmente vencido, comprendieron cómo era que ellos mismos tenían que buscar los primeros puestos. Era poniéndose en la línea de la misma entrega de Jesús. Y comprendieron que esa era la única manera posible de ser verdadero servidor del Reino, es decir, que no podían pretender ser los primeros buscando otros privilegios sino solo el de entregarse por amor. Ese es el verdadero privilegio de los discípulos de Jesús. El gozo del discípulo es entregarse por amor. Esa es su gala y su orgullo. Cuando no se hace así, hay siempre que desconfiar de que haya un auténtico ejercicio del discipulado. Cuando en la vida del seguidor de Cristo solo se consiguen honores o hay ausencia de persecución y de conflictos, hay que desconfiar de ese discipulado. Ninguno de los apóstoles estuvo sustraído de eso: "Atribulados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, mas no aniquilados, llevando siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Pues, mientras vivimos, continuamente nos están entregando a la muerte por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. De este modo, la muerte actúa en nosotros, y la vida en ustedes". Para ellos era evidente que el itinerario no podía ser distinto del que había seguido Jesús. Estaba muy claro lo que el mismo Cristo les había dicho: "El que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí". La condición de discípulo no se reduce a la aceptación de algunas ideas, sino que apunta a lo esencial, a llevar a la vida los criterios de Cristo, a no sustraerse de la experiencia vital de entrega en el servicio que realizó Jesús. La dicha del discípulo no está en satisfacer los criterios del mundo, sino en satisfacer los criterios de Cristo: "Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien ustedes mataron, colgándolo de un madero. Dios lo ha exaltado con su diestra, haciéndolo jefe y salvador, para otorgar a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que lo obedecen". El panorama humanamente puede no ser atractivo. Pero en dar testimonio del amor y en servir está la dicha del ser seguidor de Jesús. No hay nada que satisfaga más a Dios. Jesús no lo oculta: "En el mundo sufrirán tribulaciones. Pero no teman, Yo he vencido al mundo". ¿Acaso Jesús no sufrió? Los discípulos no podemos pretender una suerte distinta. ¿Acaso no está Jesús hoy triunfante en la gloria a la derecha del Padre? Esa será nuestra meta también. Somos compensados ya sabiendo que estamos haciendo lo que nos corresponde, en la dicha de ser testigos auténticos de Cristo. Y recibiremos la compensación definitiva y eterna, viviendo junto a Él en la gloria del Padre.

miércoles, 6 de mayo de 2020

Como tú, Jesús, soy elegido y enviado como instrumento del amor

3.- EL ESPÍRITU SANTO ES SEÑOR Y DADOR DE VIDA | Padre Uriel ...

Entre los conceptos fundamentales que se manejaban, y se manejan aún hoy, en la vida apostólica de la Iglesia naciente, sobresalen dos: el de elección y el de misión. La obra que ha realizado Jesús con su encarnación, su pasión, su muerte y su resurrección, es una obra que favorecía a toda la humanidad, elegida desde el principio para ser beneficiaria de esta acción que surgía del corazón amoroso del Padre. El pecado original había trastocado el designio original del Creador de tener a esa humanidad surgida de sus manos amorosas y todopoderosas como su amiga cercana. No fue suficiente para el hombre la gran demostración de amor y de poder que había hecho el Padre para mantenerse cerca de su corazón, sino que azuzado por el rey de la intriga, el demonio, decidió excluir a Dios de su vida y colocarse él en el centro del universo creado, en un gesto extremo de soberbia. Ante ello, Dios debió diseñar entonces un plan de rescate de aquellos a quienes quería tener como amigos. Y eligió a su propio Hijo para enviarlo y que fuera el artífice de ese gran plan de restauración. Con ello demostraba su inmenso amor por aquellos que habían surgido de sus manos, por cuanto fue capaz de despojarse de su propio Hijo, el amado, que copaba todas sus preferencias, para entregarlo en favor de ese plan de rescate. Así, se escuchó de los cielos aquella voz de Dios que presentaba su Hijo al mundo: "Este mi Hijo amado, el predilecto, en quien tengo todas mis complacencias. Escúchenlo". Pues bien, ni siquiera ese amor infinito por su Hijo, fue óbice para detener a Dios Padre en su empeño de rescatar al hombre para que siguiera a su lado. "Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su propio Hijo, para que todo el que crea en Él no muera, sino que tenga vida eterna". Nadie puede dudar de ese inmenso amor del Creador, cuando fue capaz hasta de entregar a su Hijo por amor a la humanidad. No hay gesto de amor mayor. Como tampoco lo hay en el mismo Hijo, también Creador como Verbo eterno, que se ofrece como voluntario para cumplir el designio del Padre: "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad" ... "Yo entrego mi vida para recuperarla de nuevo". Jesús es enviado por el Padre a cumplir una misión específica, y tiene un papel activo, pues se ofrece también voluntario para ella. Él es elegido y es enviado. Él es el origen de la elección y de la misión. Y con ello marca ya la pauta para todo el estilo de la Iglesia que será el instrumento de salvación para la humanidad entera.

Jesús no se arroga a sí mismo el protagonismo de la obra redentora, aunque es el actor esencial y fundamental para que se dé. Él se sabe elegido por el Padre para llevarla adelante. Y sabe muy bien que tiene entre manos la encomienda de una misión concreta: Nada más y nada menos que arrebatar a toda la humanidad de las garras del demonio, que la había llevado al abismo y a la muerte: "El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado. Y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado. Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas". El ser enviado por el Padre es lo que tiene el peso. El valor lo da la elección que ha hecho el Padre sobre el Hijo y la encomiendo de la misión que ha puesto en sus manos. Por ello, Jesús ni habla ni hace obras por cuenta propia, sino que lo hace en cumplimiento de la encomienda original. Es ello lo que da el valor mayor a su obra de rescate: "Yo no he hablado por cuenta mía; el Padre que me envió es quien me ha ordenado lo que he de decir y cómo he de hablar. Y sé que su mandato es vida eterna. Por tanto, lo que yo hablo, lo hablo como me ha encargado el Padre". Para Jesús es fundamental que quede claro que, aun cuando Él se ha ofrecido voluntario para la obra de rescate de la humanidad, el cumplimiento de ella tiene valor estricto solo porque es un mandato del Dios que ha creado y que ahora quiere redimir y rescatar. No es que Jesús sea simplemente una especie de marioneta manejada desde fuera por las manos del Padre. No es este el sentido. Todo tiene su origen en el Padre. Él es el artífice y el diseñador de la obra de rescate, que debe ser una demostración de amor poderosa aún mayor que la de la primera creación, por cuanto se trata de un rescate heroico de las manos de quien ha pretendido arrebatar de las manos del amor su creación, con un poder que la misma soberbia del hombre ha puesto en sus manos. Por ello debe quedar en las mentes de los rescatados que nadie los amará más pues nadie ha dado mayores demostraciones de amor. El demonio se ha valido de la soberbia humana para tener poder. Dios usará el poder del amor que toca el corazón de la humanidad. Dios busca el bien del hombre. El demonio busca su propio bien. Es ante esta contraposición que el hombre tomará su decisión. Se dejará arrebatar del corazón amoroso de ese que no escatima ni a su propio Hijo, quedando en la intemperie de su propia y fría soberbia, o se dejará resguardar en ese corazón amoroso que no pide nada sino solo dejarlo amar. Por eso es elegido el Hijo. Y por eso es enviado. Y por eso el mismo Hijo se ofrece voluntariamente. Es la obra amorosa del Padre que viene a llevar adelante.

El hecho de que Jesús hubiera sido elegido y enviado nos da una idea de que ese será el estilo que estará impreso para siempre en la vida de la Iglesia. Ella es el instrumento diseñado por Jesús para llevar la salvación a todos los hombres. Por ello, como Él fue elegido y enviado, así será la misma Iglesia y cada uno de sus integrantes. La Iglesia es el cuerpo místico de Cristo, tal como lo experimentó Pablo en su encuentro místico con Jesús en el camino de Damasco: "Yo soy Jesús, a quien tú persigues". Él es la cabeza de esa Iglesia que deberá cumplir su tarea en toda la historia. Y cada uno de sus miembros es seguidor fiel de Jesús. No solo de sus enseñanzas y de sus indicaciones. Antes debe serlo de su ser, de su persona, de sus pasos. De las huellas que ha ido dejando. Un discípulo no es solo el que se deja conquistar por las enseñanzas de su Maestro, sino que es quien ha decidido seguir sus mismos pasos y vivir su mismo estilo de vida. Por lo tanto, el discípulo de Cristo sabe que, además de acatar su palabra y enriquecerse con sus obras, debe decidirse a vivir su vida, tal como lo entendió San Pablo: "Vivo yo, mas ya no soy yo, es Cristo el que vive en mí. Y la vida que ahora vivo en el cuerpo, la vivo por mi fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a la muerte por mí". Con su propio estilo de vida personal, en el desarrollo de su vida cotidiana, en el cumplimento de sus actividades ordinarias, asume para sí la vida de Cristo y se hace su discípulo fiel. Y al seguirlo, sabe que como Él, será elegido y enviado, como lo experimentaron concretamente los primeros discípulos de Cristo, los apóstoles. Cada uno de ellos fue llamado por su nombre y se decidió a seguirlo. Y al final del periplo público de Jesús, cada uno fue enviado al mundo a cumplir la misión: "Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda la creación". Y luego de su ascensión a los cielos, después de haber recibido el don del Espíritu Santo como alma de la Iglesia, cada discípulo fue viviendo en carne propia el hecho de la elección y del envío. Así sucedió con Bernabé y Pablo: "'Apártenme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado'. Entonces, después de ayunar y orar, les impusieron las manos y los enviaron. Con esta misión del Espíritu Santo, bajaron a Seleucia y de allí zarparon para Chipre. Llegados a Salamina, anunciaron la palabra de Dios en las sinagogas de los judíos". Cada discípulo de Cristo es elegido y es enviado. También cada uno de nosotros. Y lo somos porque desde el principio lo fue Jesús mismo. Los pasos de Jesús los debemos dar también nosotros. Somos elegidos y enviados a nuestras realidades para hacer presente a Jesús, para hacer presente su amor y su salvación. Para hacer de cada hermano y de cada situación algo nuevo, sondeado por el amor redentor de Cristo.

sábado, 30 de noviembre de 2019

Soy discípulo tuyo para ser tu apóstol

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San Andrés, hermano de San Pedro y apóstol de Jesús, fue, junto a su hermano, el primero de todos los convocados por Cristo a pertenecer a ese grupo privilegiado de doce que llamamos Apóstoles. La palabra apóstol designa al que es enviado. Estrictamente hablando habría que decir que este grupo de doce que conformaban los convocados por Cristo para ser sus compañeros de camino, en un primer momento son, realmente, llamados, elegidos, hechos discípulos, y no es sino hasta el final del periplo terrenal de Jesús cuando se convierten verdaderamente en apóstoles, es decir, en enviados a anunciar la Buena Nueva de la Redención. Es un grupo que existe por una expresa voluntad del Señor de crear a este grupo de seguidores que serán testigos de todas sus acciones, presenciarán todas las maravillas que va a realizar y escucharán todas las palabras que va a pronunciar. Irán adquiriendo con esta experiencia todo un patrimonio que les pertenecerá y del cual tendrán que dar testimonio cuando les toque su turno al ser enviados. Sin Jesús son nada. "Llamó a los que quiso para que estuvieran con Él", es una traducción que no hace justicia a lo que estrictamente encierra esta frase. En el espíritu de lo que realmente se quiere significar, tendría que decirse: "Creó a los que quiso para que existieran con Él". Es un grupo que ha creado Jesús para sí, y sin su presencia en medio de ellos, en la esencia fundamental de la existencia del grupo, simplemente no existirían. Existen porque Él los creó y existirán solo en la medida en que el mismo Jesús esté en ellos.

Pensar en ello es percatarse, en primer lugar, de la importancia del discipulado. Es absurdo pensar en la condición de apóstol sin que exista previamente la condición de discípulo. El apóstol es quien comparte su condición de discípulo, su experiencia personal de Cristo, quien es capaz de hablar de su propia experiencia de amor y de salvación con alegría, ilusión y esperanza. Esto no se aprende en los libros o se vive solo en la inteligencia, sino que se da en el día a día del encuentro con el amor. El apóstol habla de su vida, no de memoria, sino de historia personal. "Lo que hemos visto y oído, eso les anunciamos, para que también ustedes estén en comunión con nosotros: y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo". Es la dignidad máxima de haber sido elegidos, por encima de las cualidades o defectos propios, para ser en primer lugar testigos y luego apóstoles. En la elección no pesa lo que se es, sino lo que está en el corazón de Dios. No son las cualidades las que hacen que Cristo elija, sino el amor que Él tiene al que elige y a aquellos a los que van a ser enviados como receptores de la obra de salvación. El encuentro del elegido con el Señor es fundamental para que pueda ser luego anunciador de su persona y de su mensaje. Debe darse una transformación, el discípulo debe dejarse hacer un hombre nuevo, debe dejar atrás su condición antigua de hombre viejo, para pasar a ser un hombre totalmente renovado en el amor, redimido y pleno de la gracia divina y de amor por los hermanos, a los que querrá hacer llegar esa salvación, en lo cual estará su dicha y su plenitud: "Les escribimos estas cosas para que nuestro gozo sea completo".

Es tal la dignidad del discípulo que es considerado por el Señor suficientemente confiable para poner en sus manos su misma obra de salvación. Aquello que logró Jesús con su entrega, en su itinerario cotidiano, en su pasión y en su muerte, es puesto en las manos del discípulo con la encomienda de hacerlo llegar a sus hermanos. Es hecho apóstol, enviado a llevar la salvación alcanzada por Jesús a todos los hombres. "Vengan y síganme, y los haré pescadores de hombres", es decir: "Ustedes harán lo mismo que he hecho yo, mi misión la dejo en sus manos". Es una inmensa responsabilidad la que corresponde al enviado. El apóstol tiene en sus manos la vida de sus hermanos. Y no tiene derecho a convertirse en dique de esa gracia y de ese amor que Jesús quiere que llegue a todos. "¿Cómo van a invocarlo, si no creen en él?; ¿cómo van a creer, si no oyen hablar de él?; y ¿cómo van a oír sin alguien que proclame?; y ¿cómo van a proclamar si no los envían?" Es la delicada misión que corresponde a todo el que quiere ser apóstol de Cristo. Nada más y nada menos que la salvación de sus hermanos. No existe responsabilidad mayor. Pero tampoco existe tarea más sublime. La alegría del cristiano es hacerse portador de la salvación de Jesús. El apóstol se hace anunciador de Jesús, de su persona, de su mensaje, de su salvación, acunado en los brazos de quien lo elige y envía, y vive su compensación máxima llevando el Evangelio a los demás con alegría y esperanza. Por eso su misión es tan delicada y tan feliz. Es portador de Jesús porque lo vive en lo más íntimo de su corazón. Ama y es amado. Lleva la salvación y es salvado. Presenta a Jesús y lo tiene llenándolo de amor en su corazón. Por eso, ante la tarea que cumple, no cabe otra expresión que la del reconocimiento de la belleza de su labor: "¡Qué hermosos los pies de los que anuncian el Evangelio!"

miércoles, 6 de noviembre de 2019

Si no amo, dejo de existir

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Si tuviéramos que hacer un resumen de las exigencias del Evangelio, los que coloca Jesús a cada cristiano, a cada uno de los que quiera ser discípulo suyo, tendríamos que hacerlo con la frase que coloca San Pablo a los cristianos de Roma: "De hecho, el «no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no envidiarás» y los demás mandamientos que haya, se resumen en esta frase: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» Uno que ama a su prójimo no le hace daño; por eso amar es cumplir la ley entera". En efecto, cuando el maestro de la ley se le acercó a Jesús y le pidió que le dijera cuál era el mandamiento más importante de todos, la respuesta de Jesús es prácticamente la misma: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos pende toda la Ley y los profetas". La exigencia más importante que pone Jesús a sus discípulos tiene que ver con dejar que la naturaleza humana, que desde el principio de su existencia está sondeada por el amor, se exprese con libertad. El hombre existe por amor y para amar. Toda su vida debe transcurrir en el ámbito del amor. Y la meta final, para la cual está destinado eternamente, es el amor.

Podríamos preguntarnos si tiene sentido que me obliguen a hacer aquello para lo cual estoy hecho. Es como si a mi corazón, hecho para bombear la sangre a todo mi organismo, yo lo tuviera que obligar a latir. Mi corazón tiene en su programación para siempre esta tarea. Más aún, cuando no la cumple, ha dejado de funcionar y de servir para lo que tiene que servir, y me produce la muerte. Mi corazón, si quiere seguir siendo lo que debe ser, debe latir. Si no, ya no existe y produce mi inexistencia física. De la misma manera podemos hacer el paralelismo con nosotros y el amor. Si hemos sido creados desde el amor y para amar, nuestra existencia depende de que cumplamos nuestro fin. Renunciar a ello implicaría nuestra desaparición. La muerte del hombre es dejar de amar, no vivir para el amor. Esto puede suceder porque además de que hemos sido creados con la capacidad de amar, hemos sido enriquecidos con nuestra libertad. Los hombres podemos colocarnos en la vía contraria a aquella por la cual debemos conducirnos. Nuestra libertad, siendo un bellísimo tesoro que nos ha donado Dios, puede llegar a convertirse, por nuestra decisión, en la peor arma autodestructiva que poseamos. El corazón, conscientemente, no puede oponerse a su naturaleza. Los hombres, sí podemos hacerlo. Podemos ser tan torpes que podemos oponernos a nuestro fin y colocarnos en la vereda opuesta. No amar, es decir, odiar, dejarse llevar por rencores, envidias, deseos de venganza, egoísmos, representa para nosotros nuestra muerte como seres humanos. Es nuestra deshumanización. Nos convertimos en algo monstruoso, menos en hombres.

El amor debe ser, por lo tanto, nuestra principal preocupación. Amar a Dios con todo mi ser, por encima de todo, y amar al prójimo como a mí mismo o más aún, como Jesús me amó, debe ser nuestro estilo de vida natural. Por encima de ello no puede existir nada más. El amor es mi naturaleza y debo luchar para que así sea. No puedo dejar contaminar mi vivencia del amor con nada, ni siquiera con mis apetencias personales. Es lo que pide Jesús a sus seguidores: "Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío... El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío". Nada puede estar por encima del amor a Dios y a los hermanos. Permitirlo es poner en riesgo la existencia futura y eterna en el amor. Dejar a un lado a Dios y a los demás, y colocarse uno mismo en el centro acarrea la desgracia personal. Se deja de ser naturalmente humano, y se pierde el camino que debemos recorrer a nuestra eternidad feliz. Significaría que preferiríamos desaparecer como hombres creados para el amor, y confinar nuestro ser a la desaparición, a la deshumanización. Nuestra plenitud está en el amor. Dios nos ha hecho para eso. Obligarnos a hacerlo tiene sentido porque somos capaces también de caer en el absurdo de negarnos a hacerlo. Seremos hombres, si amamos. Seremos más hombres, si amamos más. Y seremos plenamente hombres para toda la eternidad, si nuestra vida se traduce en el amor. Si se cimienta en la realidad del amor cada segundo de nuestra existencia, aquí y ahora.

lunes, 28 de octubre de 2019

Te conozco y te amo, Jesús, te sigo y te doy a mis hermanos

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Ser apóstol de Jesús es ser enviado por Él. Cada uno de los doce apóstoles fue elegido expresamente por Jesús para ser discípulo suyo, para escuchar sus enseñanzas, para ser testigo de sus obras maravillosas y para luego transmitirlas a todos los hombres. El ser apóstol requiere en primer lugar el ser discípulo de Cristo. No es lo mismo ser discípulo que ser apóstol, aun cuando muchas veces ambas cualidades pueden llegar a identificarse. Ser discípulo es absorber todas las enseñanzas del maestro y asimilar sus actitudes y conductas, para reproducirlas en la propia vida. Cuando Jesús elige a quienes serán luego sus apóstoles, lo hace al inicio de su ministerio público, pues pretende que en ese tiempo de su acción concreta estos escuchen, acepten, asimilen y se adhieran de corazón a sus enseñanzas y conductas. Solo después podrán ser enviados para que sean anunciadores de la nueva realidad que traía Jesús. De esta manera, ser discípulo es temporalmente anterior al ser apóstol. Solo se puede ser apóstol, es decir, solo se puede ser enviado, si antes se es discípulo, habiendo transformado la propia vida a la luz de lo que se ha vivido con el maestro. No se puede pretender ser apóstol si aquello a lo que se es enviado a anunciar no ha transformado la propia vida, no la ha hecho ser una vida nueva, traspasada por la novedad radical del Evangelio que vino a proponer y a establecer Jesús.

El apóstol pasa tiempo con su maestro, y le saca todo el provecho. Esta condición es indispensable. Quien quiere ser de verdad apóstol de Jesús necesariamente debe pasar tiempo con Él. No es un tiempo perdido, pues eso luego tendrá una consecuencia muy positiva. Se presentará la figura de Aquel a quien verdaderamente se conoce. No se estaría hablando de un personaje a quien se conoce por informaciones técnicas, por la lectura de una muy buena biografía, por las noticias que llegan de Él. Hay quien puede tener muy buena información de Cristo pues ha leído muchos escritos sobre su vida y obras, pero no puede ser realmente apóstol pues no ha hecho vida en sí mismo todas sus enseñanzas y actitudes. Su conocimiento es vacío, impersonal, no lo implica ni lo compromete. No ha sido discípulo antes que apóstol. Por ello hay que estar con Jesús, dejarse cuestionar, iluminarse con su palabra, sentirse comprometido en sus obras, descubrir todas sus actitudes y desear hacerlas propias, para luego sentirse enviado por Él para llevarlo al mundo. El contacto con Jesús debe ser un contacto vivo, vivificante y vivificador. Ese contacto personal no se reduce solo al pasar tiempo con Él. Eso hizo Judas Iscariote, exactamente en la misma medida de los otros once. Además de pasar el tiempo con Jesús se debe vivir ese tiempo como un tesoro precioso que no se puede desperdiciar. Debe ser un tiempo en el que se sienta que se ha obtenido algo, que ha habido una riqueza recibida y aprovechada, pues algo ha cambiado en uno. Ese contacto personal y enriquecedor se da principalmente en la oración, en la que se da el mejor conocimiento de Jesús, pues se entra en la dinámica del intercambio de amor entre el maestro y su discípulo. El mejor conocimiento de cualquiera se da en el intercambio del amor. Solo el amor nos descubre lo más íntimo del otro, su ser más profundo, y solo él nos hace entrar en la misma onda. El amor nos hace iguales, nos hace asimilar del amado lo mejor que tiene, lo que lo identifica más profundamente. Lo hago muy mío, por cuanto lo considero una riqueza nada despreciable, y por eso me hago igual a quien amo. A esto se añade el acercamiento cordial a los Evangelios, en los cuales descubro, más que noticias de Jesús, su propia persona, la riqueza de su ser y de su mensaje.

El discípulo hace su mejor esfuerzo por conocer a su maestro. No desdeña el tiempo que pasa con él, sino que sabe que cada instante es una oportunidad que se abre para obtener más riquezas. Ese conocimiento desemboca en un amor más sólido. Quien conoce, puede amar. No se puede amar lo que no se conoce. Por eso, si realmente se quiere amar a Jesús hay que conocerlo bien. Y si se le quiere amar cada vez más, hay que conocerlo cada vez más. Muchos no aman a Jesús porque no lo conocen. Sin duda, si conocieran realmente a Jesús, hace tiempo ya se habrían dejado conquistar sus corazones por Aquel que los ama más de lo que ni siquiera se pueden imaginar. Quien ama y se sabe amado, es capaz de emprender un camino de seguimiento radical, en el que todo pasa a tener un lugar supeditado al amor que se vive. La realidad del amor vivido y correspondido embarga todo el ser, todos los pensamientos, todas las actitudes y conductas. La vida se hace transcurrir condicionada en todo por el amor que le da forma y energías. El seguimiento de Jesús se hace norma de vida. Y todo se redirecciona para que confluya en la experiencia vital del amor a Él. Ese amor no lo saca de su realidad, haciéndolo vivir en un mundo de utopías absurdas, imaginarias o ilusas. Es un amor que lo hace pisar más firmemente en su propia realidad, lo compromete más con ella, y busca cumplir con  ese compromiso procurando que se dé en ella una presencia más determinante de aquel amor que lo quiere transformar todo. Hacerse instrumento del amor, es decir, hacerse apóstol, lejos de apartarme del mundo, me incrusta esencialmente en él, pues la misión del apóstol es ese mundo que Jesús le pone como tarea: "Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda la creación". La realidad del apóstol ha adquirido un color universal, el del amor comprometido por el mundo, el de la edificación del Reino en todas las realidades: "Ya no son ustedes extranjeros ni forasteros, sino que son ciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Están edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular".

A esa edificación construida sobre los primeros apóstoles y los profetas estamos llamados todos. Somos cada uno parte de esa construcción: "Por él (por Jesús) todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también ustedes se van integrando en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu". Integrarse en la construcción es hacerse miembros vivos y activos del mismo edificio de Dios que es la Iglesia. Ella va recorriendo las mismas rutas del mundo para ir colocando el Evangelio como alfombra por la cual va recorriendo sus huellas la historia del hombre. Y esa Iglesia somos cada uno de los enviados de Jesús. A nadie más le corresponde esa tarea de colocar la Buena Nueva del amor y de la salvación al alcance de todos los hombres. La noticia del amor de Jesús la deben dar quienes lo viven con la máxima intensidad. Nuestra misma vida debe ser anuncio del amor de Jesús que está en nuestros corazones. La transformación a la que invitamos debe ser descubierta por todos como un hecho verificado en nosotros. Nuestra conversión continua debe ser evangelización continua. Es en nuestras vidas donde se leerá el mejor Evangelio del amor. La mejor manera de ser apóstoles de Jesús es hacer que lean en nuestras vidas nuestra experiencia personal de amor y de renovación radical. Que vean que vivimos convencidos en el amor, en la fe, en la esperanza. Que sepan que para nosotros nuestra experiencia de amor de Jesús no es un mero ejercicio intelectual, sino que por ella, hemos hecho de nuestro mundo una realidad mejor, una presencia de gracia, de paz, de santidad y de justicia enriquecedora, una convicción personal de solidaridad con los hermanos, principalmente con los más necesitados, una asunción del compromiso por un mundo mejor, más humano y más cristiano, de progreso y fraternidad real.

Jesús "llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos y los nombró apóstoles... Bajó del monte con ellos y se paró en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón". Podemos pensar que nuestros nombres están también en esa lista de convocados por Jesús y posteriormente enviados al mundo a proclamar su mensaje de amor y a llevar su obra de salvación a todos. Hemos sido hechos sus discípulos y hemos sido enviados como sus apóstoles. El mundo está en nuestras manos. El mismo Jesús lo ha colocado allí como tarea obligatoria para cada uno de nosotros. Él "bajó del monte con ellos", es decir, no quiso mantenerlos en la montaña, separados del mundo. Quiso involucrarlos directamente en su obra en favor del mundo. Cuando bajó, "venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; los atormentados por espíritus inmundos quedaban curados, y la gente trataba de tocarlo, porque salía de él una fuerza que los curaba a todos". Y Jesús quiso que esa obra fuera presenciada por los que luego serían sus apóstoles. Es la misma obra que le correspondería hacer luego a ellos. Para eso fueron hechos testigos: Para saber qué era lo que debían hacer cuando ya el Maestro no estuviera con ellos. A nosotros, nuevos discípulos y apóstoles de Jesús, también convocados por Él, nos corresponde la misma tarea: Hacer presente a Jesús, llevar su amor a todos, anunciarles la salud y la salvación. Decirles a cada uno que Jesús los ama infinitamente, como ven que nos ama a nosotros, y que se deben sentir tan arrebatados por ese amor, como nos ven arrebatados a cada uno de nosotros.

viernes, 27 de septiembre de 2019

¿Quién dices tú que es Jesús?

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"Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?" Es la pregunta crucial que hace Jesús a los apóstoles, después de hacer una indagación sobre la opinión de los demás. En Jesús existe el interés de ver cómo va su obra. A mitad de camino quiere saber cómo se va aclarando su figura y su misión delante de la gente, principalmente, delante de los más allegados a Él, los apóstoles. En el sentir general, Jesús es un personaje importante. "Unos dicen que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas". No dejaba de ser resaltante, por cuanto esos personajes eran emblemáticos en la memoria del pueblo de Israel. Por un lado, Juan Bautista había venido a revolucionar el ambiente en medio de la expectativa por la llegada del Mesías. Llamaba a una conversión de corazón, a un arrepentimiento y a una renovación interior para disponerse bien ante la venida inminente del Hijo de Dios. Él era "la Voz que clama en el desierto: preparen el camino al Señor." Por el otro, Elías era el prototipo del Profeta. En el Antiguo Testamento él representaba al hombre que se había dejado invadir por Dios y se había convertido en su heraldo, llevando al pueblo el mensaje y la voluntad de ese Dios, Rey y Señor de Israel. Afirmar que Jesús era alguno de ellos, o cualquiera de los antiguos profetas "que había vuelto a la vida", significaba que la gente daba una verdadera importancia a la figura de Jesús.

Pero aún así, con lo resaltante que podría resultar esta consideración en la memoria de la gente, no era completa. Jesús estaba interesado en saber lo que pensaban los suyos, los que estaban con Él, los que habían sido convocados para ser sus compañeros de camino. "Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?" Era un examen previo para ver si ellos iban comprendiendo lo que estaban viviendo junto a Jesús. Pedro, cabeza del grupo, toma la palabra y afirma de manera clara: "Tú eres el Mesías de Dios". La afirmación no es algo dicho de memoria. No es una lección aprendida en alguna sesión de enseñanza. Es una frase que denota mucha profundidad y que requiere de una inspiración superior. Quien la pronuncia, Pedro, no es ningún gran teólogo ni un erudito en historia de la salvación. El Mesías es un personaje único, central, en la fe judía. Es el que está esperando el pueblo desde la promesa del Protoevangelio, pronunciado desde el mismo inicio de la historia, luego del pecado del hombre: "Pongo enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya. Y un descendiente de ella, te pisará la cabeza, mientras tú le hieres el talón". Para Israel, el Mesías de Dios era el personaje que enviaría Yavéh para su liberación. Era el libertador, quien rompería las cadenas del yugo opresor, quien vendría a restablecer el orden que había sido roto por el pecado. Con su venida, llegarían todas las bendiciones de Dios sobre el hombre, a pesar de haberse puesto de espaldas a Dios en aquel momento funesto de la historia humana. Afirmar que Jesús es el Mesías es atinar en el blanco perfectamente. Y viniendo de Pedro, era muy sorprendente.

A Jesús no le queda más remedio que reconocer la obra de Dios en él. "Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie". A Pedro le reconoce: "Bienaventurado eres tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre del cielo". Era imposible que aquellos que lo acompañaban tuvieran ya tan clara su identidad. Eso era evidentemente obra de Dios. Jesús había dado ya atisbos de lo que era. Pero aún quedaba un largo trecho por delante para que esa identidad fuera totalmente aclarada. En Pedro y los apóstoles, en este sentido, se descubre una disponibilidad a dejarse iluminar. Sus corazones no quieren dejarse llevar solo por las evidencias o las opiniones de otros, sino que quieren ser dóciles a la inspiración divina para que sea Dios mismo quien los vaya puliendo. Ellos habían sido elegidos para ser discípulos, y como discípulos debían ser dóciles.

Esta disponibilidad de los apóstoles es la misma que debe haber en todo el que quiera ser buen seguidor de Cristo. Un corazón bien dispuesto debe tener la suficiente humildad para no seguir solo las evidencias que se presenten o las opiniones de la mayoría. En las cosas del espíritu, quien inspira es el mismo Dios. No es uno mismo ni los otros, aunque Dios pueda en ocasiones valerse de las mediaciones humanas para darse a conocer. Un discípulo del Señor tiene contacto con los hermanos para saber qué es lo que están viviendo y lo que piensan de Jesús. Se "baña" con la misma agua con la que se bañan ellos. Sabe cuál es su sentir y lo conoce naturalmente para, desde ese conocimiento, acercarle la Verdad. Y sabe deponer sus propios criterios para enriquecerse de los de Dios y avanzar en la ruta de la perfección. Se deja inspirar por Dios, para saber quién de verdad es Jesús, para integrarlo en su propia vida y para darlo a conocer a los demás.

Es por ello que ante la pregunta de Jesús debemos mirarnos hacia dentro. ¿Quién digo yo que es Jesús? ¿Es para mí el Mesías de Dios? Si lo afirmo, debo asumir el compromiso que ello implica. El Mesías es el enviado de Dios para la renovación del mundo, para la renovación del hombre. Es el que llama a acercarse a los hermanos para saber qué viven y qué intereses tienen. Es el libertador de todas las ataduras. Es el adalid del nuevo camino que debe emprender la humanidad para avanzar hacia la plenitud del amor y de la felicidad. Es quien marca la pauta de una nueva vida que debe ser asumida con toda responsabilidad. Si es mi Mesías, debe ser todo eso para mí. Y debe producir en mí una renovación radical, una transformación total, un nuevo ser integral. No puedo ser el mismo después de dejarme inspirar por el Padre del cielo acerca de la identidad de Jesús. Debo ser el hombre nuevo que viene a hacer Jesús de mí.

martes, 10 de septiembre de 2013

Orar como Jesús oró...

En una oportunidad los apóstoles se le acercaron a Jesús y le pidieron que los enseñara a orar, "como Juan enseñó a sus discípulos". El discipulado tiene como característica una espiritualidad propia. El maestro marca su impronta no sólo en los criterios que imparte, sino en el estilo de vida que van asumiendo sus seguidores. Esa es la espiritualidad, que tiene una de sus manifestaciones concretas en la oración. En esa oportunidad, Cristo les enseñó a los apóstoles, y en ellos, a todos los que llegaran a ser discípulos suyos, el Padrenuestro, como oración característica de todos los que lo quisieran seguir...

Para Jesús el tratamiento de Dios como Padre era fundamental. El trato de intimidad que tiene cualquier hijo con su padre es el que quiere Jesús que tengan sus discípulos con Dios. Un trato cercano, sin excesivos formalismos, de confianza, de abandono y de entrega. Esa debe ser la espiritualidad del cristiano, que tiene su reflejo más perfecto en el Padrenuestro. De esa manera, el corazón del cristiano está siempre conectado íntimamente con el del Padre Dios.

En el Evangelio se nos dice que Jesús pasó la noche completa en oración, y que luego de esa experiencia de intimidad con Dios Padre, escogió a los doce, y "bajó con ellos de la montaña", para realizar obras maravillosas, de las cuales fueron ellos testigos principales. La oración, para Jesús, fue la iluminación que necesitó desde el Padre para escoger a sus seguidores íntimos, para colocarlos a cada uno de ellos en la presencia del Padre, y para iniciar su obra portentosa de salvación y curación de la humanidad... Era importante la oración para Jesús. Los momentos más relevantes de su vida y, seguramente, hasta los menos importantes, siempre estuvieron precedidos por momentos intensos de presencia delante de Dios. Siendo Él mismo Dios, necesitaba, el hombre que era Dios, colocarse frente al Padre para recibir de Él su amor y su bendición...

Cuando los apóstoles pidieron a Jesús que les enseñara a orar, pusieron como modelo a Juan Bautista, que les había enseñado a hacerlo a sus discípulos. Eso "marcaba" su pertenencia, les daba un singo particular. Querían ellos tener el signo particular como discípulos del Mesías Redentor. Y Jesús los complació no sólo con una fórmula, sino con un estilo de vida. Jesús les enseñó que la oración debe ser continua, que para los momentos más importantes de la vida era fundamental beber de la fuente en la intimidad de corazón con el Señor Dios, que no quería Él dar un paso sin antes ponerse Él mismo en la presencia del Padre, que la iluminación del Padre era fundamental para cada cosa que iba a realizar, que necesitaba que el amor y la bendición del Padre fuera derramada en cada una de sus acciones... Que los momentos de intimidad con el Padre no eran otra cosa sino consecuencia de su continua presencia delante de Él, de su espiritualidad. Quiso Jesús que los apóstoles comprendieran que la espiritualidad no era sólo la oración, sino el estilo de vida que imprimieran a su completa existencia. Que un hombre espiritual no es sólo el que ora mucho, sino el que está en constante contacto con Dios, y que tiene momentos frecuentes de intimidad en la oración como deseo de un ser que quiere ser iluminado, bañado, guiado, amado...

Así deben ser todos los discípulos de Jesús. La enseñanza de Jesús no es sólo la fórmula del Padrenuestro, rica en sí misma, y oración perfecta como ha sido suficientemente probado por un sin fin de estudiosos. Esa enseñanza fue su misma vida, que le dijo a todos los que pretendieran ser sus discípulos, entonces y siempre, que el que quisiera seguirlo con fidelidad tiene que ser un hombre de intimidad con el Padre, que está siempre en su presencia...

Los cristianos debemos ser esos discípulos que quieran seguir a Jesús en su estilo, en su espiritualidad. No se entendería, entonces, uno que quiera ser discípulo de Cristo que no ore, que no busque momentos de intimidad con el Señor. Muchos pretenden seguir a Jesús sin oración. Es un absurdo. Se convierten en simples "admiradores", en sólo "fanáticos" de Jesús, pero no en sus discípulos. No basta admirar la obra de Cristo, pretender ser buenos espectadores de sus portentos y milagros maravillosos, asistir apesadumbrados a su Pasión y su Muerte, maravillarse de su Resurrección y Ascensión al cielo... Para eso bastaría ver alguna película sobre Jesús... Y de esas hay muchas y muy buenas... Hay que hacerse actor en esas películas, hacerlas reales, vivirlas en primera persona. Y para eso sí es necesario un contacto personal, íntimo, de corazón a corazón. Y eso se logra sólo con una espiritualidad enriquecida con los momentos de intimidad, en los que el hombre se hace uno con Jesús, e imprime a toda su vida ese estilo enriquecedor de la presencia de Cristo y del Padre en cada paso de su vida...

Debemos orar como Jesús. Que nuestra vida espiritual se vea impregnada de esos momentos de intimidad, de compartir amor con el Padre, con Jesús y con el Espíritu Santo. Que, sobre todo para los pasos más importantes de nuestra vida, pero siempre, hagamos como Jesús: pasar largos ratos de intimidad amorosa y amena con el Padre. Que nos caractericemos por ser hombres y mujeres de oración. Que rescatemos esa necesidad de entrar en contacto con Dios para ser verdaderos discípulos de Cristo. Que esa sea nuestra marca, que se nos conozca a los cristianos como "los hombres y mujeres que oran", y que de esa oración sacan la fuerza para el día a día, para ser buen testimonio del amor, para procurar cambiar el mundo haciendo presente a nuestro Dios...