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viernes, 2 de abril de 2021

La Pasión de Jesús es nuestra vida

 4 razones por las que deberías estudiar más sobre la Crucifixión

La muerte de Jesús era un final previsible. A pesar de que "pasó haciendo el bien", las fuerzas del mal no soportaban que los desbancara. La obra de Jesús destruía cada una de las actitudes y de las acciones que urdía el demonio a través de sus súbditos, sobre todo aquellos que se habían puesto a su servicio para ganar dinero, prestigio, poder, a través del sometimiento de un pueblo que era fiel, humilde, sencillo, pobre. Y sobre todo de un pueblo que tenía puestas las esperanzas de la liberación, por el cumplimiento de la promesa que les había hecho Dios. Ese pueblo sencillo estaba sometido a esas autoridades religiosas que se aprovechaban de la misma esperanza que sustentaba al pueblo en su peregrinar, para amedrentarlo con castigos y escarmientos de un dios vengativo, malencarado, rabioso, que no dejaría pasar ningún resbalón en la fidelidad de ese pueblo. Lo movía más bien el terror al castigo que el deseo de ser auténticamente fieles a Dios y a su amor. Por eso, las autoridades sabían cuáles teclas había que tocar para sostener su dominio sobre todos. La presencia de Jesús en medio de la gente vino a dar al traste con aquello en lo que se sentían tan cómodos. Cristo era el Maestro que enseñaba de manera distinta, con verdadera autoridad, que, sin dejar a un lado la necesidad de la fidelidad y el escarmiento que sucede a su incumplimiento, acentuaba la figura de un Dios que no se estaba fijando en la debilidad del hombre y en su pecado, sino que tenía la mano tendida al que había caído para levantarlo y echarlo a andar de nuevo por el camino que conduce hacia la plenitud. Era Aquel, que sustentaba ese mensaje de amor con obras de amor, favoreciendo a todos, especialmente a los más débiles, a los indefensos, a los menos favorecidos. Y hacía los portentos de los que eran testigos todos, liberando poseídos, perdonando pecados, curando enfermos, resucitando muertos. Era, sin duda, la presencia de Dios en medio de ellos y lo había demostrado con creces, llegando incluso a identificarse con Él. Es por eso que se entusiasmaban cada vez más con Él y se sumaban más y más a ser sus seguidores. La palabra y la obra de Jesús eran cautivadoras, atractivas, un imán del que era imposible despegarse, cuando las verdades que proclamaba y que realizaba eran tan suaves, tan tiernas y tan hermosas, presentando a un Dios que no quiere condenar a nadie, sino que más bien "quiere que todos los hombres se salven". Por eso, ese Dios verdadero ofrece ocasiones innumerables para que el pecador se arrepienta y recupere la vida, avanzando hacia la auténtica libertad. Para los poderosos del mundo eso era intolerable, pues echaba por tierra todo el andamiaje que habían construido a fuerza de infundir terror presentando a un dios vengativo. Había que quitarlo de en medio y hacerlo desaparecer. Había que matarlo. Por eso este final de muerte era de esperarse.

Jesús sabía muy bien que así terminaría su periplo humano en la tierra. Lo vaticinó a sus discípulos: "El Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; y al tercer día resucitará". No era oculta para Él esta meta. Pero sabía muy bien que para resarcir el daño que el hombre se había procurado a sí mismo con el pecado, era necesario ofrecer una satisfacción proporcional al pecado cometido. El hombre, por sí mismo, no podía ofrecerlo. Por más que lo hubiera deseado se le hacía imposible, pues él no tiene el poder para ello. Por eso, desde el mismo principio, Dios determinó que sería su Hijo quien, encarnándose como un hombre más, desde la humanidad que había pecado y que debía ofrecer el resarcimiento debido, cumpliría toda la obra de rescate. Su amor no podía tomar otro camino. La alternativa era la desaparición de la humanidad de la faz de la tierra, y eso, el amor no lo iba a permitir. El amor está siempre por encima de la culpa. Así como el Padre amó al hombre, también el Hijo lo amó hasta entregarse por él. Conociendo los sufrimientos a los que sería sometido, los asumió como parte de su misión: "Aprendió sufriendo a obedecer". En los momentos de su Pasión dolorosa pide al Padre que pase de Él ese cáliz de dolor, pero inmediatamente retoma la conciencia de lo que ha venido a hacer y se sigue poniendo en las manos del Padre para cumplirlo. No habrá fuerza que lo haga desistir de su tarea, surgida del inmenso amor con el que el Padre se la encomienda y del que brota desde su propio corazón por el hombre al que ha venido a salvar. Él se convierte, así, en el siervo sufriente del que habla el profeta Isaías: "Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron ... Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos. Le daré una multitud como parte, y tendrá como despojo una  muchedumbre. Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores, él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores".

La Pasión cruenta y horrorosa que sufre Jesús es la demostración más fehaciente del amor. "Nadie tiene amor más grande que el que entrega la vida por sus amigos". Más aún, el que la entrega a la manera más vil que puede ser imaginada. Humillado al extremo, rechazado por todos, escupido y azotado hasta la saciedad, cargado con la pesadísima Cruz, abandonado por los suyos, con lo cual la sensación de soledad es absoluta. El sufrimiento físico de Jesús es inimaginable. Como lo es también el sufrimiento de su espíritu, no solo al verse abandonado y solo en medio de tantos tormentos, sin nadie que salga en su defensa, por lo cual en el momento quizás más álgido de esa soledad llega incluso a reclamarle a Dios: "Padre, ¿por qué me has abandonado?" Ese sufrimiento espiritual incluía llevar sobre sus hombres, ya no solo el peso de la Cruz de madera, sino el de la Cruz invisible de los pecados de la humanidad de todos los tiempos y de todos los espacios. Los tuyos y los míos, los que hemos cometido, los que cometemos y los que cometeremos en el futuro. Todo eso se sumaba al peso físico de esa Cruz de horror. Pero Él no se echó atrás: "Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultaban los rostros, despreciado y desestimado. Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes". Lo que nos correspondía sufrir a nosotros, lo asumió Él sobre sus espaldas. Son nuestras culpas, los pecados del hombre de ayer, de hoy y de mañana, los que lo clavan en la Cruz. Pero así estaba determinado su fin para la salvación del hombre. La muerte de Jesús es la vida de la humanidad que se alejó de Dios. No había otra manera de satisfacer: "Llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna". El paso de la Pasión no será el final. La muerte de Jesús se trastocará en victoria absoluta con su resurrección. Y será nuestra victoria. Así como asumió nuestra humanidad para entregarse a la muerte y resarcir el daño que habíamos infligido, también desde esa misma naturaleza glorificada por la resurrección, nos regalará su victoria y nos hará también a nosotros gloriosos.

domingo, 28 de marzo de 2021

Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Salvador, nuestra liberación

 Semana Santa: 9 datos que debes saber sobre el Domingo de Ramos

Se acerca ya el momento de la culminación de la tarea que vino a realizar Jesús, enviado por el Padre para el rescate de la humanidad. El encuentro de la multitud que está en Jerusalén por las fiestas de Pascua judías con el Jesús que entra triunfante montado sobre un pollino, como cuando se trata de un Rey, es un encuentro gozoso de ese pueblo humilde que ha cifrado sus esperanzas en Aquel que ha venido para lograr su liberación y el restablecimiento de la paz. Él es el Rey humilde que viene sobre un asno joven, símbolo también de la sencillez con la que Él se presenta, de la pureza pues es un pollino imberbe, y de la paz que trae a los hombres. Ese pueblo sencillo añora la liberación del yugo que los oprime. Es cierto que algunos confunden esa liberación como enfrentamiento con el poder establecido del imperio dominante. Pero muchos saben, porque Jesús lo ha dejado claro ya anticipadamente, que su obra no es contra una autoridad humana específica, sino contra el mal en general que se ha adueñado del mundo. La liberación que trae Jesús es una liberación espiritual. Es arrancar al hombre de las garras del pecado, del alejamiento de Dios, del enfrentamiento entre hermanos, que sin duda tendrá repercusión en la manera de ejercer el poder y el gobierno de la autoridad ante el pueblo. La gente ve en Jesús una luz de esperanza que los motiva y les da unas ganas nuevas de vivir, principalmente, ganas de ser de nuevo de Dios, el pueblo elegido y favorecido en todo por el Dios que los ha convocado como pueblo. Por eso gritan exaltados ante el paso de Jesús: "Hosanna al Hijo de David. Hosanna al que viene en el nombre del Señor".

Este entusiasmo del pueblo al ver la presencia de Jesús entre ellos, y que entra triunfante en la ciudad, se verá trastocado súbitamente. Ese pueblo entusiasmado será de nuevo manipulado por las autoridades religiosas y civiles y en el juicio contra Jesús se oirán más bien las voces que pedirán su crucifixión. Anteriormente se oían los gritos entusiasmado exaltando a Jesús. Luego, solo se oirán las voces que piden su condena y su muerte. Es un retrato de la humanidad que se deja manipular por el mal, y se coloca contra el Dios que busca solo su bien. No hay manera de conjugar el entusiasmo inicial con el ensañamiento posterior, si no es desde la óptica del mal. Los hombres que miran hacia el mal como si fuera su beneficio, son los que fácilmente se colocan contra Dios y su obra de amor y de liberación. Para ellos no valen de nada todos los acontecimientos previos en los que Jesús ha dejado su mensaje de amor y de paz, en los que sus obras hablan de un poder divino que ha actuado para establecer el Reino de Dios en el mundo con las maravillas y los portentos que realiza. Todo eso pierde su valor ante el ansia de sangre que les es inoculado por esas autoridades manipuladoras que quieren eliminar a Jesús para no perder todos sus privilegios. Así, después del momento de gloria que vive en su entrada triunfal, Jesús asume ya la carga de dolor que vivirá con su pasión y su muerte: "Cristo Jesús, siendo de condición divina, no retuvo  ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre". La suerte está echada. El rescate se saldará con sangre. Y será la sangre del Hijo de Dios hecho hombre por amor a nosotros, que asume su misión con gallardía: "Que no se haga mi voluntad sino la tuya", le dice al Padre.

La Pasión de Jesús es el trance que da un triunfo pasajero al demonio. Significa la asunción sobre sus espaldas de todos los pecados de la humanidad de todos los tiempos. El peso espiritual de ellos es más terrible que el peso físico de la Cruz. Si la Cruz le hizo caer tres veces, los pecados lo mantienen pegado al suelo por el que camina hacia el Gólgota. Fue un momento de dolor extremo, por cuanto no solo era castigado físicamente, sino que recibía el castigo de la traición de los suyos, la traición de Judas, las negaciones de Pedro, la huida de todos sus seguidores, el abandono radical de quienes lo seguían entusiasmados. Veían al Maestro vencido y así veían también frustradas todas sus esperanzas. No terminaron de comprender ni de aceptar nunca que la redención pasaba por la entrega, por el dolor, por el derramamiento de sangre y que terminaba en la muerte. Jesús lo había anunciado así, pero ellos no terminaron de asimilarlo. Por ello, Jesús llega al extremo de clamar al Padre su presencia: "Padre, ¿por qué me has abandonado?" Su sufrimiento era tan cruel que se vio absolutamente solo, incluso abandonado por Dios. Pero este grito aparentemente desesperanzado de Jesús al Padre, lejos de ser demostración de frustración total, es una manifestación clara de confianza y de esperanza. Jesús sabe que el Padre no lo puede abandonar en este momento. Si el amor de Padre fue el que le encomendó esa misión, no iba a dejarlo solo en el momento más álgido del cumplimiento de la tarea. Él mismo sabía todo lo que tendría que vivir en su obra de redención, y confirmaba el triunfo final de la vida: "El Hijo del hombre será entregado a los ancianos y a los sumos sacerdotes ... pero al tercer día resucitará". Es la obra del Padre que Jesús sabe muy bien que será cumplida. El grito de auxilio de Jesús es la confirmación de su confianza en que el Padre también hará su parte en toda esta obra. Es el mismo grito que debemos dar todos los hombres que estamos sumidos en el dolor y en el sufrimiento. Pedirle al Señor que no nos abandone, que haga su parte y salga en nuestro auxilio. Y así como cumplió con Jesús, cumplirá también con cada uno de sus hijos que claman ante Él y ante su amor. Mientras tanto, viviremos la calamidad del dolor que corresponde a nuestras culpas, pero con la esperanza de ese triunfo final del amor que no debemos dudar jamás de que vendrá: "Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo: 'Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios'". El Hijo de Dios cumplirá su tarea. Será acompañado y liberado por el Padre. Y todos nosotros recibiremos el beneficio de nuestra liberación.

lunes, 7 de octubre de 2019

María, mereces que te diga que te amo

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"He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra." Estas palabras de la Virgen María cambiaron la historia de la humanidad. Esta disponibilidad de nuestra Madre hizo que se abrieran las puertas del cielo para que pudiera entrar a la tierra el Hijo de Dios, el Verbo eterno del Padre, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Por ella se cumplía la promesa antiquísima del Padre, por la cual "un descendiente de la mujer te pisará la cabeza", como se lo advirtió a la serpiente, que representaba al demonio, el príncipe del mal. La mujer, por la que había entrado el pecado en el mundo, restañaba así su responsabilidad. Por Adán y Eva entraba el mal en el mundo. Ahora, por Jesús y María, el bien hacía presencia y comenzaba su batalla contra el mal, que quedará totalmente vencido en la Cruz y en la Resurrección del cuerpo de Aquel que tomaba carne, en ese momento, de la mujer más bella de la historia. La Virgen es la mujer que plantará cuerpo ante el demonio, es Aquella que ha sido declarada desde el principio la contendiente perfecta contra el mal. "Pongo enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya. Un descendiente de ella te pisará la cabeza". Es el resumen perfecto de la historia de salvación que empieza a escribirse desde el mismo momento del primer pecado de la humanidad.

María es el prototipo de la humanidad redimida. Ella es el compendio de todas las gracias que recibimos y que recibiremos. Ella es la llena de Gracia, pues desde el primer momento de su existencia fue preservada del pecado. Se requería que el lugar en el cual se iba a hacer carne el Redentor, fuera absolutamente limpio, inmaculado. La prefiguración del Arca de la Alianza nos anuncia que Ella será inviolada. Que solo la figura del Sumo Sacerdote, representación de Jesús, puede entrar en Ella. Y que solo Él puede habitar en su seno. La carne que Ella da al Hijo de Dios que viene al mundo es carne santa, libre de toda mancha. Así será la Iglesia redimida y cada hombre redimido. Ella es la primera en avanzar por las rutas de la plenitud que está reservada para todos nosotros. Ella vive anticipadamente todas las bendiciones que viviremos los hombres redimidos. Sabemos que ese será nuestro camino porque ya la Virgen ha caminado por ellos. Ella no solo abre las puertas del cielo para que entre el Mesías Redentor, sino que las abre también para que todos podamos entrar al cielo, siguiendo las huellas de quien ya está disfrutando de la plenitud del amor y de la felicidad junto a su Hijo, junto al Padre y junto al que es el Amor, el Espíritu Santo.

No es María una actriz pasiva de esta obra en la que el protagonista es el Padre, que envía a su Hijo para satisfacer por los pecados de la humanidad. No es Ella un simple instrumento inactivo que "utiliza" el Padre para su finalidad. Ella es plenamente activa. Por ello el Arcángel Gabriel, antes de que Dios realizara su obra en María, requiere de su asentimiento. Y Ella, con plena libertad y en uso de todas sus facultades, quiere conocer detalles de esa obra que Dios pretende realizar en Ella. "¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?", es la pregunta razonable de quien no es un simple objeto que Dios usa para sus intereses. Su deseo es saber, es conocer, para que el Sí que pueda dar sea plenamente consciente y asumiendo todas sus consecuencias. Ella asume su Sí ahora, y luego, cuando le es vaticinado el sufrimiento al que será sometida por ser la Madre del Redentor. "Una espada de dolor atravesará tu corazón". La obra que está aceptando en Ella, tiene consecuencias terribles para la Madre que verá a su Hijo sufrir lo indecible, hasta la muerte. Ella vivirá también su pasión particular, cuando vea a su Hijo vivir la Pasión universal. Acompañará con el corazón destrozado a su Hijo en su Pasión, será testigo de todo su sufrimiento y del ensañamiento en su contra de los hombres que lo asesinarán, lo verá clavado en la Cruz en agonía terrible antes de su muerte, sentirá en lo íntimo de su ser el último aliento que lanza, contemplará su cuerpo sin vida pendiente de la Cruz, y lo acunará exánime en sus brazos al descenderlo. El Sí de María es su asentimiento a la unión perfecta a la obra de su Hijo. Con Él, Ella dice también "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad". La voluntad de Dios es la salvación de los hombres por la entrega de su Hijo. "Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su propio Hijo para que todo el que crea en Él no perezca". María se hace eco de estas palabras del Padre. Las palabras que pronuncia la Madre son las mismas que la del Padre. También Ella entregó por amor a Dios y a la humanidad a su propio Hijo para la salvación del mundo.

Por eso, los hombres no podemos más que estar agradecidos a nuestra Madre María, por su obra tan importante en toda la gesta redentora de su Hijo. Ella es esencial en el plan de redención que había diseñado Dios para los hombres. La mujer es parte sustancial de esta obra. Ella asegura la plena humanidad de quien tenía que hacerse hombre para asumir plenamente la naturaleza que había de ser redimida. Como dijeron los sabios teólogos, "lo que no es asumido, no es redimido", con lo cual se establecía la necesidad de que Dios hubiera asumido realmente nuestra humanidad para realmente redimirnos. Eso lo aseguró el Sí de María. Por eso algunos, sin entrar en mayores implicaciones teológicas, le dan el título de "Corredentora", ciertamente no en el grado en que lo hace su Hijo, pero sí en el grado de la colaboración absoluta y necesaria en la que está implicada. Como hijos de Dios, y como hijos de María, nuestro corazón debe estar agradecido a esta instrumentalidad activa y eficaz de María. Por eso la saludamos continuamente y le expresamos nuestro amor. Así como a nuestra madre de la tierra le confesamos continuamente nuestro amor, también a nuestra Madre del cielo, la que nos regaló Jesús desde la Cruz como donación póstuma segundos antes de morir, tenemos el derecho de decirle que la amamos profundamente. Nuestro corazón filial reconoce en Ella a quien sirvió a Dios para alcanzarnos la vida nueva que nos regalaba su Hijo.

Eso es el Rosario. Una repetición continua de nuestra confesión de amor a nuestra Madre. Así como no nos cansamos de decirle a nuestra madre terrena que la amamos, tampoco lo hacemos con nuestra Madre del cielo. La oración litánica del Santo Rosario no es repetición robótica y sin sentido. Es invitación a entrar en un clima de afectividad inacabable, en el cual acompañamos a nuestra Madre que nos lleva de su mano a recorrer los misterios de la vida de su Hijo y a agradecerle con amor el que Ella los haya posibilitado. Es hacer lo mismo que hacía una niña pequeñita, que no sabía aún rezar el Rosario, pero que deseaba manifestarle a María su amor. Imitando a los adultos que pasaban las cuentas del Rosario, ella las pasaba y en cada cuenta le decía a María: "Mamita te quiero, mamita te amo". Ese es el sentido de la oración del Santo Rosario. Confesarle a María nuestro amor, agradecerle que se haya prestado tan profundamente a la obra de amor de Dios, reconocer su parte en la obra redentora, y dejarse tomar por su mano suave, amorosa, maternal, para que nos conduzca con Ella al sitio donde se encuentra su Hijo. Por eso, repetirle incansablemente con aquella niñita: "Mamita, te quiero, mamita, te amo..."

lunes, 9 de septiembre de 2013

Preguntarse: "¿Por qué el dolor?"... O preguntarse: "¿Para qué el dolor?"

Todas las palabras de San Pablo en sus Cartas son impresionantes. Su doctrina fue el catecismo original de los cristianos de los primeros años, pues sus enseñanzas venían a llenar un vacío que se presentaba en la comprensión práctica de las palabras de Jesús y de la misión que los cristianos tenían que realizar en su mundo. El envío de Jesús al mundo estaba más que claro. Los cristianos sabían muy bien que tenían que ir al mundo a predicar el Evangelio a todas las criaturas. Pablo, concretamente, con sus enseñanzas, les aclaró a los cristianos cómo hacerlo efectivamente...

Su principal enseñanza estriba, quizás, en su insistencia en hacerse uno con Jesús. "Vivo yo, mas ya no soy yo... Es Cristo quien vive en mí...", "Sean imitadores míos, como yo lo soy de Cristo".  El cristiano, antes que nada, debe ser otro Cristo. Lo comprendió perfectamente Tertuliano, entre los primeros escritores cristianos en lengua griega, cuando dijo: "El cristiano es otro Cristo". Se trata de la sacramentalidad perfecta que debe haber en cada hombre y en cada mujer que acepta a Cristo como su Salvador y que lo integra a su ser como el sentido de su vida. El cristiano es sacramento de Cristo, es decir, en su corporalidad, en su materialidad, debe percibirse una presencia infinitamente mayor, espiritual, divina: la de Cristo...

En esa misma línea, después de aclarar lo que debe ser la esencia del cristiano, su íntima identificación con Jesús, su sacramentalidad, eleva esa consideración al ser de la Iglesia. Ella no es más que el mismo Cristo en el mundo. La Iglesia es el Cuerpo místico de Cristo, y cada cristiano es miembro integrante de ese Cuerpo. Más pequeño o más grande, más o menos importante, más o menos visible, cada cristiano cumple una función absolutamente imprescindible en el Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia... Existe, por tanto, una conexión íntima y misteriosa entre todos los cristianos. Desde la Redención de Jesús nadie puede reivindicar un absoluto aislamiento ante los demás. El individualismo o egoísmo vital es totalmente negado... Existe una imbricación entre los miembros de la Iglesia que no puede ser jamás soslayada...

La identificación del cristiano con Cristo y con su Iglesia es de tal profundidad, que la presencia de Cristo en el mundo y en su misma Iglesia, está como "amarrada" a la buena disposición de cada cristiano. Cristo ha querido, voluntariamente, que las cosas sean así. Por la obra del cristiano, Él se hace o no presente en el mundo. Por lo que haga cada cristiano, estará o no actuando la Iglesia en el mundo. El cristiano es presencia y acción de Cristo y de su Iglesia en el mundo...

Es en ese sentido que se debe entender la frase de San Pablo: "Completo en mi carne los dolores de Cristo por su Iglesia". Lo primero que viene a la mente es: ¿Es que acaso faltó algo a la pasión de Cristo? ¿Fue incompleta la pasión de Jesús? ¿Se necesita algo más para lograr la Redención del hombre y del mundo? Sin la doctrina de la sacramentalidad de San Pablo, esas preguntas son absolutamente pertinentes. Pero, a la luz de esa misma doctrina, podemos entrar en la comprensión plena de esas afirmaciones.

Los cristianos debemos unirnos a la pasión de Jesús por la Iglesia. No porque sea necesario que completemos lo que ya está completo, lo que ha sido realizado a la perfección por Jesús, sino porque esa pasión de Cristo se sigue dando en cada hombre y en cada mujer que sufre. Es la pasión de Cristo la que le da sentido pleno a esos sufrimientos. Más que completar la pasión de Jesús, entonces, uniéndose a Jesús en los sufrimientos de su pasión y de su Cruz, los cristianos le estamos dando sentido pleno a los propios sufrimientos. Le estamos dando un sentido plenificante, que, en cierto modo, estaría dando una sensación de "satisfacción" a los sufrimientos. Uniéndolos a los de Jesús, los hacemos redentores. Uniéndolos a los de Jesús, les damos utilidad, evitando de esa manera caer en el vacío existencial del sufrimiento sin sentido...

La encarnación del Verbo lo hizo asumir a Él toda la realidad humana, con todas sus consecuencias, incluyendo los dolores y hasta la muerte. No asumió el pecado porque éste no forma parte de nuestra naturaleza original creada por Dios. El pecado fue un "añadido" del mismo hombre a su ser... De esa manera, la realidad humana fue elevada a la condición divina en Jesús. La humanidad, nuestra naturaleza humana, fue enriquecida y elevada a la categoría divina cuando el Verbo asumió nuestra condición. Y así, cualquiera de nuestras experiencias. En efecto, también el sufrimiento fue elevado por Jesús a lo divino. Quien sufrió la pasión fue el hombre que era Dios. Quien murió en la Cruz fue el hombre que era Dios. De esa manera, desde la pasión y muerte de Cristo, todo sufrimiento humano ha sido elevado a la categoría divina. El dolor dejó de ser una realidad sólo humana, para pasar a ser una realidad también divina, al asumirla Cristo....

Por eso, cuando el hombre sufre, lo menos que debe pensar es que cae en el vacío, en el absurdo. Si sólo nos preguntamos el porqué del dolor, quedaremos siempre en la insatisfacción. Ninguna respuesta nos satisfará: "Porque somos pecadores, y el dolor es consecuencia del pecado"; "Porque somos contingentes y frágiles, por lo tanto nos deterioramos y sufrimos". Son respuestas reales, pero que dejan insatisfechos.... Desde la pasión de Jesús, la pregunta que debemos hacernos no es: "¿Por qué el dolor?", sino: "¿Para qué el dolor?" Y cuando descubrimos la respuesta en el valor redentor de los sufrimientos de Cristo, en la utilidad infinita que tuvieron sus dolores, que sirvieron para perdonar los pecados de toda la humanidad, podemos entender perfectamente lo que le da sentido a nuestros sufrimientos. Uniéndolos a Jesús, haciendo bueno el ser presencia suya en el mundo, hacemos que también nuestros dolores sean redentores. Los hacemos infinitamente valiosos, pues son sufrimientos de Cristo por su Cuerpo, que es la Iglesia. Nuestros dolores son dolores redentores, y podemos hacerlos riquísimos, evitando así perder el inmenso tesoro que tenemos en la ocasión del sufrimiento. No se trata de ser masoquistas, de disfrutar en el dolor. Se trata de asumir una realidad que es absolutamente posible, que se dará casi con toda seguridad en nuestras vidas, la del dolor, para convertirla en ganancia, en vez de dejar que sea pérdida...

El dolor nos diviniza. Desde que el dolor fue asumido por Jesús al extremo de llevarlo a la muerte, cada hombre y cada mujer tiene la posibilidad, por ser sacramento de Cristo, de hacer de su dolor, unido al de Jesús, elevación. Así como Cristo fue elevado en la Cruz en el extremo de su sufrimiento hasta la muerte, también cada cristiano que sufre es elevado como Jesús, es divinizado. Por eso, hay que intentar siempre ver el dolor como una posibilidad de realización y no simplemente como algo que resta sentido a nuestra propia existencia. Nos enriquecemos, no perdemos su inmenso valor, lo ponemos a producir... No dejemos pasar esa riqueza que el mismo Dios ha colocado en nuestro caminar por este valle de lágrimas y de redención...