domingo, 20 de abril de 2014

¡Aleluya! ¡Tú triunfas con Jesús!

La Resurrección de Cristo es el acontecimiento histórico más importante de todos... No se trata sólo de un acontecimiento que tiene que ver con algo de religión, o que se refiere únicamente al plano espiritual. Es un hecho histórico, con referencias extrabíblicas, atestiguado incluso por autores no cristianos. Y cambió definitivamente no sólo la Historia de la Salvación, sino también la Historia Universal... Otra cosa es que sea aceptado o no. En ese plano sigue jugando un papel importante la suprema libertad del hombre... Quien lo acepte, será agraciado con una nueva vida. Quien no, pues sencillamente permanecerá en la tristeza de una vida que añora un plano superior que ya han alcanzado los resucitados...

Después de vivir los horrores que le exigieron el asumir todo lo malo del mundo, de sufrir una terrible pasión que lo dejó hecho una piltrafa humana hasta llegar a la muerte más terrible y dolorosa que se pueda imaginar, de haber sido colocado en solitario en la frialdad y oscuridad del sepulcro, de haber bañado al mundo entero con el silencio de la Vida, Jesús resurge triunfante. El sepulcro fue poco para contener al Dios que es la Vida y que da la Vida, al Dios que ya había demostrado su poder infinito cuando resucitó a Lázaro, a Tabita y al hijo de la Viuda de Naím, al Dios que jamás podía ser vencido por la muerte pues Él está infinitamente por encima de ella y la domina completamente, al Dios que venía a hacer que todas las cosas resurgieran desde la oscuridad y desde el abismo. La muerte había sido necesaria, pero no era definitiva. La realidad definitiva era la del amor todopoderoso que venía a rescatar. Jesús "se metió" en la muerte para sacar de ella a todos los hombres. Se sumergió en la realidad de los condenados para lograr por amor su perdón y su resurgimiento. Jesús entró en la oscuridad para vencer todas las sombras con la Luz de su poder y de su amor...

¡Qué alegría la de los apóstoles cuando verificaron que todo lo que había dicho se cumplió a la perfección! "Cuando todo se haya cumplido, vayan a Jerusalén. Allí me verán"... "Destruyan este templo y en tres días será reconstruido"... "El Hijo del hombre va a ser entregado a los jefes de los sacerdotes y a los maestros de la ley; lo condenarán a muerte y lo entregarán a los paganos; se burlarán de Él, lo escupirán, lo azotarán y lo matarán, pero a los tres días resucitará"... "Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, por los jefes de los sacerdotes y por los maestros de la ley, que lo maten y que resucite al tercer día"... Esta historia es historia de triunfo, no de derrota; es historia de gloria, no de humillación. Pasa por la aparente derrota y asume la humillación como necesaria, pero no es esa la realidad definitiva. La muerte y la humillación son pasos necesarios pero no definitivos. Lo definitivo es la Vida, la alegría, el triunfo, la derrota del mal, la victoria de Jesús que es victoria de todos...

El anuncio de esa victoria de Jesús es el anuncio de la mayor alegría que podemos vivir todos. Nuestro Dios es un Dios que nos salva. Que pasó por el dolor y la humillación de la muerte, pero que no se quedó en ella. No podía quedarse en ella, pues Él es Dios. Y Dios vence siempre. Jamás el poder del mal será mayor que el poder de Dios, que es el Bien supremo. Jamás el odio podrá tener más poder que el Amor, que viene de Dios. Jesús pasó por todo el sufrimiento sabiendo que el Padre no lo dejaría jamás solo. Que su ocultamiento en el sepulcro era simplemente un paso por el cual había que transitar como preparación a a más contundente realidad de la Redención.

La Resurrección de Jesús es la re-creación de todas las cosas. Del hombre y de todo lo que lo rodea y le sirve. Ya el pecado no es la marca con la cual el hombre había manchado a la creación. Ahora es la Gracia, la Vida de Dios. Jesús la ha sacado de la ignominia en la que la había metido el hombre y la ha colocado en su lugar originario, el cual le había dado Dios desde el principio. Ahora todas las cosas servirán de nuevo para la salvación del hombre. De nuevo son colocadas en las manos del hombre para que las domine y las haga instrumentos para su propia salvación... Y el mismo hombre es colocado en las manos del hombre para que viva como hermano, como redimido, para que sea "ayuda adecuada" para caminar feliz por la vida al encuentro de Dios. Toda la realidad adquiere un matiz de armonía y es ruta por la cual el hombre puede transitar feliz. Es la perfecta alegría de lo que ha sido creado de nuevo...

Por eso vivimos en la esperanza. No esperamos algo que aún no se ha cumplido. Nuestra esperanza está fundada en que lo que ya ha vivido Jesús lo viviremos todos. Y lo podemos empezar a vivir ya, desde ahora, aquí. Jesús resucitó y nos lleva a la resurrección a cada uno de sus hermanos. Jesús abrió ya el camino hacia el Padre. Ese camino es expedito uniéndonos al Resucitado. Todos resucitaremos. Más aún, en Cristo ya hemos resucitado. Falta sólo que ese paso se haga concreto personalmente, y que en él recibamos la plenitud de la Vida que Jesús nos quiere dar... Es el regalo de su amor infinito, el que lo hizo pasar por el dolor y lo llevó a triunfar para hacer de ese triunfo, triunfo nuestro... Somos los grandes vencedores con Jesús...

El sepulcro no tuvo el poder de contener al que es la Vida. La soledad no fue suficiente para dejar allí a quien es el Compañero mejor. La oscuridad no pudo vencer a quien es la Luz del mundo. La muerte no tuvo el poder para detener al Vivificador. Y con Él ninguno de nosotros podrá ser contenido por ningún sepulcro. Nuestro futuro es la Vida, la Gloria, la Felicidad, el Amor en plenitud... Ya lo alcanzó Cristo para nosotros...

sábado, 19 de abril de 2014

Silencio... Soledad... Oscuridad

Hay silencios de silencios... Hay soledades de soledades... Hay oscuridades de oscuridades... Encontrar variedad en ello es relativamente fácil. La vida, en sí misma, es riqueza variopinta, inimaginable, interminable. Dios la quiso así, pues Él mismo es infinito. Todo lo que surge de la mano de Dios tiene ya, como marca de fábrica, la variedad que lo enriquece. Los colores son infinitos. Las temperaturas son infinitas. Las plantas son infinitas. La fauna es infinita... Los rostros de los hombres son infinitos. Y así mismo son sus reacciones. Las lágrimas son infinitas. Las sonrisas son infinitas. Las preocupaciones son infinitas. Los dolores son infinitos. Las alegrías son infinitas. Los logros son infinitos... Infinito significa que no tiene fin. Están hoy, y seguirán mañana, y pasado mañana, y siempre... La variedad es tal que, aun cuando surja algo hoy, mañana surgirá algo nuevo, totalmente distinto. En la historia difícilmente se repetirá un carácter, una composición musical, un color en el cielo, la belleza de una flor... Y así como es variada la vida, es también variada la muerte. Hay muertes de muertes. Las hay dolorosas. También las hay felices. Las hay las que son consideradas el final añorado de un camino de dolor. O las que son consideradas simplemente como un cambio de estado en el que se seguirá en contacto íntimo y afectuoso con el Dios Creador que ama, como Él, infinitamente. Las hay deseadas, rechazadas, contempladas, procuradas, naturales... Infinita variedad también...

Hoy estamos ante un misterio irrepetible, sobrecogedor, impresionante... Estamos ante algo que jamás se repetirá en la historia. Estamos ante la muerte que es vida, ante el dolor que es alegría, ante la soledad que es compañía, ante el silencio que es sonido, ante la oscuridad que es luz... Jesús en el sepulcro resume todo eso en sí mismo. Lo hemos acompañado en una Pasión horrible, inmensamente dolorosa, desgarradora. Una Pasión que no fue solo de dolor físico, sino peor aún, de dolor espiritual, del corazón... Pero es un misterio de dolor que ha sido asumido voluntariamente, sin rehuir de lo que significaba, pues Él estaba muy consciente que el mundo entero, la historia entera, cada hombre y cada mujer que había vivido y que vivirá, estaban a la espera de ese gesto de amor y de misericordia que representaba su entrega... Ahí está, en el sepulcro, haciendo que todos nos preguntemos "¿Y ahora, qué?" Ese que se ofreció a la Samaritana como la Fuente de Agua Viva, ¿se ha secado? Ese que resucitó a Lázaro y que le dijo a María: "Yo soy la Resurrección y la Vida. El que crea en mí, aunque haya muerto, vivirá", ¿deja su identificación inválida? Ahí está... Silencioso, solo, sumido en la más absurda oscuridad...

Pero... Hay silencios de silencios.. Hay soledades de soledades... Hay oscuridades de oscuridades...  En el Jesús que está escondido en el sepulcro, silencio, soledad y oscuridad adquieren un matiz irrepetible. Nunca más se repetirá. Lo que sucede estos tres días ya nunca más se repetirá. El molde se rompe completamente. No se repetirá porque no se podrá repetir tanta riqueza, tanta gloria, tanta majestad, tanto amor, tanta bondad, tanta misericordia...

El silencio de Jesús es el preludio del canto más bello a la Vida que jamás podrá entonarse. Jesús prepara su potente voz para llamar a la vida a todo lo que estaba muerto, para gritar a todo lo creado la pulcritud que ha alcanzado con su gesto de sacrificio, para entonar la poesía más hermosa jamás pronunciada por hombre alguno... Para decirnos a todos, como decreto inmutable, que la vida vale la pena, que todo es bello porque Él, el que está escondido, resurgirá triunfante para hacerlo así. Que nadie debe desfallecer en el camino, a pesar de que haya muchas dificultades, pues pasar más de las que Él mismo pasó es imposible, y está a la espera de la explosión de la vida...

La soledad de Jesús es soledad que lo fortalece. Está acompañado por la mirada amorosa del Padre que le dará la virtud de resucitar para romper el celofán estrecho de la muerte. Lo miran también todos los ángeles y los santos... Todos los hombres y mujeres de toda la historia lo acompañan expectantes, pues debe confirmar su victoria sobre el demonio, sobre el pecado, sobre la muerte... Y lo acompañamos nosotros, los que sabemos que es Dios, que no puede ser vencido, que esa derrota de la Cruz fue un paso sólo en su recorrido victorioso. No es derrota, sino que se convertirá en la más aplastante derrota que jamás se le infligirá al mal, al odio, al pecado, al diablo...

La oscuridad del sepulcro de Jesús es el anuncio de un amanecer esplendoroso... Cuando despunta el alba es antecedida por la más cerrada oscuridad... Y esa es la oscuridad de Jesús en el sepulcro... La que anuncia un amanecer luminoso, una luz esplendorosa que ya nunca más se apagará. Es la Luz de la Vida que iluminará para siempre a los hombres de toda la historia. La que eliminará toda penumbra que pretenda erguirse en el espíritu de los hombres. La luz de Jesús será luz de iluminación que nunca encandilará, sino que guiará, eliminará sombras, indicará rutas, dará claridad a todos los pasos...

Jesús en el sepulcro vive el silencio, la soledad y la oscuridad, sólo como paso que antecede lo mejor de los hombres... Ya nunca el mal triunfará de nuevo. Ya no habrá razones suficientes para dejarse abatir por tristezas, dolores, sufrimientos. La mano del Jesús que yace en el sepulcro, desde su Resurrección estará tendida para ser el alivio y el consuelo de todos. "Vengan a mí los que están cansados y agobiados, que yo los aliviaré"..., nos dice Cristo.

Es la causa de la alegría. Es la causa de la esperanza. Es razón suficiente para vivir en el amor, que es el mayor tesoro que podremos jamás tener entre las manos y en el corazón...

viernes, 18 de abril de 2014

Dios tembló de miedo

Jesús tuvo miedo. Ante la perspectiva de todo lo que se le venía encima, de todo el sufrimiento físico que se perfilaba en el futuro inmediato, ante la traición y el abandono de los suyos que ya estaba padeciendo, ante las horas de dolor que le esperaban por la burla, la sorna, el odio, de los que lo perseguían, tuvo miedo. Es realmente sobrecogedor colocarse delante del Dios hecho hombre que tiembla de miedo... En la oración en el huerto, Jesús implora al Padre que lo libre de esa angustia: "Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz..." Otras oraciones de Jesús que nos refiere el Evangelio fueron hechas en favor de otros. Sólo en otra ocasión pide al Padre: "Glorifique mi Nombre, con la gloria que poseía antes". Pero esta oración se refiere a la obra que va a realizar en la que el fin será la gloria esplendorosa en la que brillará el poder, el amor y la misericordia divinas... Ésta no es así. Esta es el grito de una persona que realmente sufre ante la perspectiva del dolor. "Aparta de mí este cáliz", es decir, "ahórrame todo este sufrimiento, no me dejes pasar por tanto dolor y tanto sufrimiento"... Es el miedo que pide ser librado...

La oración en el huerto que hace Jesús nos descubre al hombre que asume sobre sus espaldas todo lo malo de la humanidad. Pensemos en lo peor que pudo haber hecho cualquier hombre en toda la historia. Eso está ahí, en las espaldas de Jesús. Todos los pecados de toda la humanidad de todos los tiempos aplastan con su peso la humanidad y el espíritu de Cristo. Es tenebroso encontrarse en esa situación en la que se percibe un futuro tan oscuro. Sobre las espaldas, todo el horror del mundo. En el panorama, un juicio absolutamente injusto que busca condenar de cualquier manera, en el que, incluso, las hordas sedientas de la sangre del Redentor, gritarán que prefieren a un delincuente que los ha robado y asesinado a ellos mismos, que a Jesús. En el futuro inmediato, el sufrimiento más atroz que se pueda nadie imaginar en la Pasión. Una horas después, la muerte clavado en una Cruz, en medio de dos ladrones, oyendo las burlas de sus torturadores... No puede esperarse otra reacción.. Es natural que Jesús tenga miedo... Es natural que Dios tiemble de miedo...

Pero, en su conciencia está claro que eso lo debe vivir necesariamente para lograr cumplir a cabalidad la obra que el Padre le había encomendado, y que Él había aceptado llevar adelante: "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad", había dicho delante del Padre decididamente. No era una decisión en la que se había dejado llevar por un entusiasmo inmaduro. Conocía bien al hombre y sabía muy bien de lo que era capaz.... Asumir voluntariamente la obra de la Redención implicaba correr el riesgo más terrible que se podía correr. No había otra opción, desde que Dios había decidido llevar adelante esta obra de esta manera. Hubiera podido hacerla de cualquier otro modo, pero su amor le había convencido de que ésta era la más convincente, por cuanto había que demostrarle al hombre el inmenso amor que había en Dios para todos...

San Pablo, luego de percibir todo lo que Jesús había asumido sobre sus espaldas, no tuvo otra opción que reconocer asombrado el amor de Jesús: "Me amó a mí, y se entregó a la muerte a sí mismo por mí..." El final de Jesús fue atroz. Su sufrimiento, el más alto que haya sufrido ningún ser humano en toda la historia.. Su muerte, la más cruenta e injusta que haya existido. Su sepultura, la mas humillante y solitaria... Y todo por mí... Y por ti. Porque me ama personalmente en lo que soy y en lo que puedo ser... El reproche de Jesús hacia los pecadores lo resuelve con más amor. Es impresionante... No hay en sus labios una sola palabra de reproche hacia sus verdugos. Lo que hay es asunción del dolor, de la humillación, de la muerte, porque "me amó a mí, y se entregó a la muerte a sí mismo por mí..."

Después de su oración angustiosa al Padre, Jesús "retoma la compostura", y reasume el control. El miedo le hizo sufrir un instante de flaqueza en el que le pidió al Padre ser liberado del cáliz del dolor. Mas inmediatamente dice al Padre: "Pero que no se cumpla mi voluntad, sino la tuya..." Es como si Jesús se dijera a sí mismo: "¡Pero si es para esto que he venido al mundo! ¡Para eso me hice hombre! ¡Esta es la hora en que todo se cumplirá, en el que realizaré a Nueva Creación y lo haré todo nuevo en el amor! ¡Es la hora en que asumiendo la muerte daré la Vida al mundo!..."

Y ya sabemos todos lo que sucede... Las horas más aciagas de Jesús serán, para nosotros, las horas más gloriosas. Los sufrimientos de Jesús serán nuestra curación. "Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron", dice Isaías... Ofreció todo en vez de nosotros. Éramos nosotros los que debimos haber sufrido, pero Él se puso en medio para ofrecer en vez de todos. Y así fue nuestra salvación... Pudo decir, al final: "Todo está cumplido"... La obra había sido llevada a cabo a la perfección.

Entra en la oscuridad y en la soledad del sepulcro. Allí se resume toda la atrocidad de los hombres. El Redentor del mundo ha quedado irreconocible -"No tenía aspecto humano"-, escondido y solo en el sitio final de reclusión... Pero es una espera. El sepulcro es una estación. No es la llegada. Lo veremos resurgir triunfante. Ni el sufrimiento, ni el dolor, ni la muerte, ni el sepulcro, tendrán la última palabra. La última palabra la tiene la Vida...

jueves, 17 de abril de 2014

Coman y beban de mí, de mano de mis Sacerdotes

Entre las frases más impresionantes del Evangelio, se encuentra la que leemos en Juan al inicio del relato de la Cena Pascual de Jesús con sus discípulos: "Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo". Con ella, Juan nos describe el clima de intimidad y de sobrecogimiento que se vivía en esos momentos. Ya estaba cerca el momento en que Jesús llevaría su obra a culminación. Para Él estaba claro lo que sucedería inminentemente. Recuerdo siempre una frase que el P. Cesáreo Gil ponía en labios de Jesús: "Sé que tengo que irme, pero quiero quedarme... ¿Cómo lo hago?", y fue, en su razonamiento personal como se las ingenió para cumplir las dos cosas: Irse, quedándose... Así instituyó los dos sacramentos que daban la posibilidad de quedarse yéndose, o de irse quedándose...

El panorama es oscuro, pero la vivencia de ese momento es deslumbrante. El amor de Jesús hace que todo el resumen de la historia de la salvación se detenga ahí... Las miradas de todos los santos, de todos los ángeles, de todos los que tenían la esperanza de la salvación en la obra maravillosa de Jesús, por orden del Padre, se detenía reverentemente ante la mesa que Jesús presidía. Todo los apóstoles sienten que, realmente, este era un momento grave, denso, determinante. Lo que estaba por pasar resumía todo lo que Dios había hecho por miles de años a favor de Israel y de toda la humanidad... Todo lo que había sucedido, la elección de los patriarcas, de los profetas, de los jueces, de los ancianos encargados por Moisés en el desierto para ser su apoyo en los juicios y decisiones que había que tomar, de todos los grandes personajes del Antiguo Testamento, se estaba resumiendo en la elección de esos hombres que lo rodeaban como sus primeros Sacerdotes de la Nueva Alianza... Al decirles "Hagan esto en memoria mía", ya les estaba dando el testigo de todos esos acontecimientos. Cada momento de los que tenían que ver con la elección de los apóstoles, llegaba a su culmen hoy, cuando Jesús les encarga de ser los administradores de su memoria para todos los que quisieran seguirle, y de darles el alimento que Él estaba dejándoles en custodia...

Los apóstoles son los primeros Sacerdotes, los primeros que llevarán adelante el anuncio de la Ley del Amor que Jesús estaba instaurando, los primeros que harían las obras de caridad que descubrirían el espíritu que Jesús quería que se viviera en esa comunidad que les dejaba a su cuidado, los que iban a servir de instrumentos para ser los que iban a poner a funcionar los canales de la Gracia que dejaba en cada uno de los Sacramentos... Jesús se quedaba en cada uno de ellos. Se iba, pero se quedaba en cada Sacerdote de la historia, llevando adelante su obra salvadora hasta el fin de los tiempos... Sabía bien el riesgo que corría, por cuanto entre ellos iban a haber lobos. Lo sabía Él mejor que nadie, pero aún así, en atención a la inmensa mayoría de los que sí iban a asumir con fidelidad su tarea y a los millones de fieles seguidores que debían recibir todas las gracias que Él quería derramar en la historia, asumió el riesgo. Se fue, pero se quedó. Por su inmenso amor...

Y en plena celebración de la Cena pascual, hace el gesto más maravilloso que podamos imaginarnos. Se queda escondido en el pan y en el vino que estaban consumiendo. También en esto la historia de la salvación alcanza un zenit inimaginable.  Todas las gestas liberadoras, la salida de Egipto bajo la defensa valiente de la sangre del cordero, el maná salvador que recibe Israel en el desierto, la carne de las aves que da un mejor sabor al camino extenuante, la harina milagrosa que se multiplica en la cesta de la viuda, el pan y el pescado multiplicados para saciar el hambre de los seguidores..., son asumidos como el alimento espiritual más impresionante de todos: el mismo Cuerpo y la misma Sangre de Jesús. Es el alimento de los santos, de los fieles, de los que necesitan fuerzas para el camino, de los que quieren avanzar hacia la perfección. Es el alimento que da las fuerzas y la ilusión para poder seguir adelante, a pesar de todas las vicisitudes. Es el compañero de camino que jamás fallará, mientras haya un Sacerdote que pueda hacerlo presente... Jesús ismo se ofrece, en su Cuerpo y su Sangre, como la peña firma que dará la razón de ser a toda la vida cristiana. Sin eso no hay vida de Fe, no hay vivencia del Amor, no hay alimento para la Esperanza de eternidad. El "Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo" se cumple perfectamente en el Jesús que se queda en cada Sagrario del mundo como una Luz que ilumina el andar de los cristianos y como un Alimento que les dará las fuerzas para todas las rutas que deban emprender...

Unos momentos antes del inicio de toda su pasión cruel y dolorosa, Jesús realiza el gesto de amor, adelantado, de la entrega total. El Sacerdocio y la Eucaristía no son más que el resumen de lo que en horas hará. El Cuerpo que se entrega y la Sangre que sella esa entrega, las coloca en las manos de los primeros Sacerdotes para que en toda la historia haya un recuerdo fresco y hermoso de lo que Él hizo. "Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas", decimos los cristianos al celebrar la Eucaristía. Y es así. Y nos sentimos felices eternamente por ese gesto de amor que hace nuestro Dios hecho hombre. Y nos llenamos de fuerzas para seguir adelante queriendo llegar a ese momento culminante de nuestra propia historia en el que, habiendo sido alimentados por ese alimento de santos, que nos dan nuestros Sacerdotes, llegamos alegres a la meta, a las puertas del cielo, en las que nos espera con los brazos abiertos nuestros Padre que nos ama infinitamente, para vivir eternamente abrazados a su amor...

miércoles, 16 de abril de 2014

La Cruz no es derrota... ¡Es Victoria...!

La Redención es una obra de matices impresionantes. No sólo por lo que representa de poder y de misericordia en cuanto recupera para el hombre su condición original de gracia y de filiación divina, abriéndole así de nuevo la posibilidad de su entrada en la felicidad eterna en el cielo, sino por la aparente contradicción interna que en sí misma presenta... Quizá no haya existido sobre la tierra acción de mayor humillación hacia una persona en particular, como la pasión de Jesús. Recordemos todo lo que pasó: los fariseos deciden entregar a Jesús a los romanos porque ya está siendo excesivamente incómodo con sus denuncias y con sus obras que llaman tanto la atención contra ellos y contra el poder en general, contra la hipocresía de presentarse como los inmaculados cuando en realidad son "sepulcros blanqueados" que llevan sólo muerte y pudrición, contra la pretensión de mantener dominado y subyugado al pueblo sencillo y humilde de Israel bajo un terrorismo espiritual que mostraba la manipulación más indigna de la realidad religiosa del hombre... Llegan incluso a querer quitar de en medio a Lázaro, pues había sido resucitado por Jesús y le estaba dando "demasiada publicidad" poniéndolos a ellos aún más en evidencia... Las buenas obras de Jesús debían ser desaparecidas...

Jesús es vendido con el precio de un esclavo. "¿Qué están dispuestos a darme si se lo entrego? Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo". Es la repetición de lo que sucedió con José en el desierto, vendido como esclavo por sus mismos hermanos. José, con su vida, anuncia lo que sucederá con el Mesías Redentor. Paradójicamente, esa venta fue la salvación de Israel que se moría de hambre en el desierto. El pecado de los hermanos resultó convertido, por la infinita misericordia de Dios, en una acción providencial de amor y de salvación. Porque José era el segundo del Faraón en Egipto, Israel fue salvado de morir. El que fue vendido como esclavo, haciéndose esclavo sin haberlo sido originalmente, sino asumiéndolo por la obra que cumpliría posteriormente, es el liberador, el que rescata de la muerte. Es exactamente lo que sucede con Jesús. La humillación de haber sido vendido como esclavo, fue lo que sirvió para que desde la Cruz liberara a toda la humanidad de morir cruelmente bajo las garras del pecado...

Cada paso de la Pasión de Jesús es de humillación: golpes, burlas, escupitajos, desnudez... Incluso es preferido un delincuente notorio como Barrabás por encima de Él, que no había cometido ni un solo delito. El ensañamiento contra Jesús, el único Justo, es impresionante. No hay nada que hable de la bondad de los hombres en esta gesta, sino que todo deja desnudo el espíritu de la malignidad, el odio, la devastación que se pretende hacer contra el que es inocente de todo lo que se le acusa... Los pasos de la humillación son parte de esa Pasión que pronto será horriblemente cruenta por el sufrimiento físico que representará... No le basta a la maldad humana el ver humillado hasta el fondo al hombre, sino que quieren verlo sucumbir también en los más horribles sufrimientos, hasta quedar exhausto e inerme pendiendo de una Cruz de muerte. Realmente, más que ver desnudo al Salvador en la Cruz, se ve desnudo el hombre, que deja entrever el horror de la maldad de la que está enferma su alma...

Pero, contrariamente a lo que se puede pensar, a pesar de que la maldad se ceba con este espectáculo de sombras y penumbras, en él se está gestando la victoria más contundente de todas... Los caminos de la providencia vuelven a brillar esplendorosos y sabrán convertir lo que es un espectáculo bochornoso en la obra de Redención que descubre la más hermosa intención de amor y de misericordia de parte de Dios: "A pesar de que me humilles, de que me trates tan mal, de que te burles de mí, de que me desnudes y me vejes, Yo te sigo amando infinitamente. Y mi amor es todopoderoso. Unos golpes, unas burlas, una humillación, nunca lo harán desaparecer. Te amo, y siempre será así... Esto que estoy pasando por ti y por amarte tanto, será, aunque te sorprenda, tu salvación... La humillación a la que me sometes, te salva, porque así lo quiero Yo..."

Es lo que dice Isaías: "Ofrecí la espalda a los que golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos... Mi Señor me ayudaba, por eso no me quedaba confundido, por eso ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado". Jesús asume, como lo profetiza Isaías, todo ese sufrimiento, pues sabe que es la obra redentora que debe emprender. Es el itinerario de la satisfacción que debe realizar, que pasa por la extrema humillación. No es sólo la malignidad del hombre la que lo hace posible. Jesús lo hubiera podido hacer de otra manera menos cruenta, pero sólo Él, al asumirlo, hizo posible que así fuera. Siendo Dios hubiera podido haber escogido otro camino. Pero quiso ese, pues es el que deja más claro su amor redentor, el que asume sufrir en vez de los que sí deberían haber sufrido...

Y así, es su victoria... "Tengo cerca a mi abogado, ¿quién pleiteará contra mí? Vamos a enfrentarnos: ¿Quién es mi rival? Que se acerque. Mirad, mi Señor me ayuda: ¿quién probará que soy culpable?" La conciencia clarísima del Redentor es la de estar cumpliendo perfectamente la obra de rescate que le había mandado a realizar el Padre. No hay ninguna sombra de duda en Él. Esto que hace es la salvación del hombre. Asumir el sufrimiento y la muerte no es, de ninguna manera, agradable. Pero sí es la forma de rescatar al hombre del abismo en que se encontraba. Aparentemente es derrota ignominiosa, pero realmente es victoria contundente, por cuanto se cumple la meta: sacar al hombre de la muerte y llevarlo a la vida. Y eso era lo que venía a hacer... Por eso, al final, cuando ya va a entregar su espíritu al Padre, Jesús se siente con todo derecho a decir: "Todo está cumplido", es decir, "Ya he realizado todo lo que vine a hacer. Esta muerte mía es tu victoria, Padre, sobre la muerte, sobre el pecado, sobre el demonio. Es la victoria que damos al hombre para que sea él el vencedor, a pesar de que ha sido él el que me ha clavado en esta Cruz, que lejos de ser signo de muerte o de derrota, es de vida y de victoria...Sólo me falta refrendar esta victoria con la Resurrección, para demostrar que ni la muerte ni el sepulcro son más poderosos que Tú y que Yo. Vamos hacia la Gloria... Misión cumplida..."

martes, 15 de abril de 2014

Una Pasión física y también espiritual

La Pasión de Jesús fue tremendamente cruenta. El castigo infligido por los romanos a quien cometía su delito de "rebelión" era ya terrible. Pero los judíos, ensañándose con quien "pretendía hacerse Dios", le agregaron también el que ellos consideraban... Por eso a Jesús lo azotan y, además, lo crucifican. En los juicios, el castigo normalmente era uno de los dos. El reo o era azotado o era crucificado. Pero ambos castigos no era común que se le infligieran a un mismo reo... Por otro lado, el número de azotes era estipulado en un mínimo, para que el reo no muriera mientras se los daban... Con Jesús, aparentemente, esto no fue respetado... Así, tenemos que el sufrimiento físico de Jesús fue extremo. Sometido a dos castigos diversos por su delito, y además, en una medida absolutamente desproporcionada... Jesús asumió en plenitud el papel del "Siervo sufriente" que profetizó Isaías años atrás, hasta que se pudo afirmar de Él, al verlo, que "no tenía aspecto humano"... Ciertamente, podemos decir sin temor a equivocarnos que "por sus llagas hemos sido curados"...

Pero la Pasión de Cristo no fue sólo una pasión física. No se puede negar que el sufrimiento físico fue extremo, terrible, terminal. Ningún hombre en toda la historia ha sufrido más que lo que ha sufrido Jesús. Mas, a ese dolor físico debemos añadir el otro, el espiritual, que lo abatió también interiormente... El Siervo sufriente, así lo profetizó también Isaías, fue "abandonado por todos". La carga de dolor fue también del alma. No fue sólo su cuerpo el que sufrió, sino que a eso se añadió un dolor peor: el de la incomprensión, la burla, el abandono, la soledad. Sin duda, ese dolor era ya inmenso, pues "cargó sobre sus espaldas el pecado de todos". Eso, en sí mismo, tuvo que haber sido un peso enorme que se erguía como abominación sobre Él. Hay que pensar sólo en todos los pecados que estaban sobre las espaldas de Jesús. Y en los peores: el del violador, el del asesino, el del torturador, el del ladrón, el del esclavista, el del estafador... Todos y cada uno, y todos los peores. Todos... Eso aseguraba el sufrimiento espiritual extremo del Redentor... Pero a eso añadamos ahora uno que tuvo que haber dolido mucho: el del abandono y la soledad en que lo dejan los más cercanos, los más queridos, aquellos con los cuales convivió diariamente, que fueron testigos de sus portentos, que escucharon todas y cada una de sus palabras, que fueron beneficiarios de ese cariño que se tuvo que haber vivido en la intimidad de las conversaciones nocturnas, de las explicaciones de las parábolas, de la enseñanza sobre cómo orar, de la "rendición de cuentas" sobre las andanzas apostólicas en las que todos se sorprendían de cómo Dios actuaba a través de ellos... Delante de Pilato, de Herodes, de los fariseos, Jesús se encontró absolutamente solo, abandonado. Quizá buscaba alguna cara amiga, pero no la conseguía. Sólo veía caras desencajadas que pedían su muerte, como hienas que se cebaban ante su víctima...

Dos de sus más íntimos, quizás los principales del grupo de los apóstoles, son advertidos por Jesús de la traición que cometerán. De Judas dice: "'Les aseguro que uno de ustedes me va a entregar... Aquél a quien yo le dé este trozo de pan untado'. Y untando el pan se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote... Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche"... Luego le dice a Pedro: "¿Con que darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces"... Pedro, el primero de todos, aquél sobre el que "edificará la Iglesia", nombrado siempre en el primer lugar en todas las listas de los apóstoles, será uno de los traidores... Y Judas, el tesorero del grupo, el que llevaba todos los dineros, sobre el cual había, por lo tanto, una confianza de base, será el otro... Esos dos serán los primeros traidores de Jesús... Ambos cumplirán a la perfección las acciones que Jesús les vaticina... Y dejarán a Jesús en una soledad aplastante... Veremos al final de la vida de Jesús, cómo sus únicos acompañantes serán su Madre María, la Magdalena y Juan. Nadie más. Tenía que ser terrible que Aquél al que aclamaban tantos, que era seguido por tantos, que fue reconocido por las maravillas que realizaba en medio del pueblo, se encontrara ahora tan solo, tan desprotegido, tan débil...

Ya conocemos bien el fin de ambos... Judas quedó para siempre como el traidor. Más aún, se ha convertido en prototipo de todos los traidores. A todo traidor se le llama "Judas". Terrible manera de pasar a la posteridad. Pero Pedro, por el contrario, cumplió con creces, luego de su arrepentimiento y de haber recibido la fuerza renovadora y radical del Espíritu Santo en Pentecostés, lo que había prometido a Jesús: "Señor, ¿por qué no puedo acompañarte ahora? Daré mi vida por ti". Jesús recibió de Pedro la ofrenda de su vida. Hizo con él el gesto de delicadeza extrema haciendo, después de la Resurrección, que por tres veces confesara su amor para borrar la triple negación que torpemente había hecho en la Pasión... Y hoy es sinónimo de entrega, de apostolado. Es el primer Papa de la historia...

La traición de los suyos no fue suficiente para apartar a Jesús de la tarea que Dios le había encomendado. Ya Dios había dicho cuál sería el fin y cómo llevaría adelante su misión: "Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba... 'Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel: te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra'". Jesús era el Redentor, y su labor pasaba por todo lo que estaba anunciado. La Redención era cruenta física y espiritualmente. El sacrificio debía servir para borrar todo lo que debía ser cancelado. Debía servir para que todos, en Jesús, satisficiéramos al Padre y obtuviéramos la justificación. Nuestro Hermano Mayor lo hizo por nosotros, y eso se nos puso a favor en nuestra cuenta... Sufrió y murió en vez de nosotros. Nos ahorró todo ese sufrimiento que nos correspondía... Es el perfecto pagador, aunque no era el deudor... "Por sus llagas hemos sido curados"...

lunes, 14 de abril de 2014

Dios sabe qué es lo que nos conviene y cuándo

Todos quisiéramos obtener resultados inmediatos en las metas que nos proponemos. Algunas veces será posible, otras no. Más aún, en muchas ocasiones no convendrá tener las metas alcanzadas inmediatamente, pues de alguna manera es didáctico que recorramos un camino que nos curta para poder afrontar una nueva situación que vamos a vivir. Dios sabe lo que hace mejor que nadie, y sabe además si algo nos conviene o no... Y, si llegara a concluir que nos conviene, sólo Él sabe en qué momento nos conviene. No tiene sentido, por lo tanto, el que nos desesperemos por tener algo que consideramos muy bueno o muy conveniente para nosotros, pero que no se da súbito... Lo que hay que cultivar es la paciencia y la conformidad. Paciencia para no desesperar en la espera, y conformidad si al fin la meta no se logra...

Hay que intentar siempre colocarse en la misma perspectiva de Dios, sintonizar con sus criterios y tratar de aceptar sus términos temporales. "Mil años en tu presencia son un ayer que pasó", dice la Escritura, refiriéndose al tiempo de Dios. "Mil años son como un día, y un día como mil años". Todo en Dios es un eterno presente en el que se está verificando en tiempo real todo lo pasado, todo lo futuro, en su presente. Esa perspectiva es posible sólo en Él, pues está por encima de todo y todo lo tiene en su mano creadora y providente. Sería absurdo, por lo tanto, dictarle a Dios términos, fechas de vencimiento, horas o minutos. Él es dueño del tiempo y al ser Omnisciente, posee la capacidad única de conocerlo todo, de percibir en el mismo hecho, causas, acciones y efectos simultáneamente...

No quiere decir que todo en nosotros esté determinado, es decir, que exista fatalmente una determinación marcada ya del destino de cada uno. No es así. Sería contradecir la motivación firme y decidida de Dios hacia el hombre de crearlo libre y dueño de sus actos, de sus pensamientos, decisiones y acciones. El "hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza" pronunciado comunitariamente por la Santísima Trinidad y mayestáticamente por el Dios único, ya establece la "igualdad" entre Dios y el hombre en esa capacidad de decidir sin ser forzado ni interna ni externamente. El hombre ha sido enriquecido por Dios con su inteligencia y su voluntad para que construya su vida y su destino. No somos una especie de juego virtual en el que Dios mueve sus piezas a placer y en el cual nosotros seríamos unos actores que representarían un papel que ya está escrito y tiene un final establecido por Dios, sin que le importe para nada lo que nosotros pudiéramos aportar...

Nuestra vida se desarrolla sobre dos rieles: sobre el del eterno conocimiento de Dios y sobre el de la libertad con la cual Él nos creó. Dios sabe lo que decidiremos desde nuestra libertad, sabe cuáles serán las consecuencias de lo que hagamos, conoce perfectamente cuál será nuestro final... Pero cada una de esas cosas las decidimos nosotros libremente. Es una conjugación misteriosa entre el conocer perfecto de Dios -es Dios y es Omnisciente-, y la libérrima voluntad con la cual nos creó -nos hizo libres, como Él es, "a su imagen y semejanza"-.

En ese término temporal que se desarrolla entre el perfecto conocimiento de Dios y el ejercicio de nuestra libertad, debemos siempre confiar en que Dios va colocando las condiciones para que tengamos la posibilidad de decidir correctamente. Él pone en nuestro camino los instrumentos que necesitamos para ser plenamente felices. Y nosotros decidimos usarlas o no. Es nuestra decisión libre, y Dios la respeta reverentemente, aunque sepa que pudiera tener consecuencias negativas para nosotros. Aun así, en el camino de los logros de los bienes que necesitamos, Él quiere que aprendamos a añorarlos, a desearlos, a suspirar por ellos. Y eso requiere de una "pedagogía de la añoranza", de un itinerario en el que podamos percibir la luz y la sombra que significan el tenerlo y el no tenerlo, para poder valorarlo más y añorarlo con más fuerzas... Por eso nunca las cosas se darán sin esfuerzos, sin pedagogía, sin aprendizaje previo... Es la manera de actuar de Dios, y de su Enviado, Jesucristo: "Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamara, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará., el pabilo vacilante no lo apagará, hasta implantar el derecho en la tierra, y sus leyes que esperan las islas". La labor que el Mesías Redentor viene a realizar será al estilo de Dios, no al estilo desesperado y apresurado del hombre. Será paciente incluso con los malos, dándoles la oportunidad de la conversión. Y será paciente también con los débiles, dándole la oportunidad de fortalecerse. Su paciencia en la obra redentora será el signo de la paciencia que tiene con todo. Y será algo que querrá que nosotros aprendamos también. Para alcanzar un bien, debemos curtirnos y curtir ese mismo bien. Por más que la madre ame a su hijo recién concebido en su vientre, debe esperar los nueve meses reglamentarios para acunarlo en sus brazos. Si llegara a desesperarse por tenerlo antes, lo más probable es que cometa una torpeza y el niño moriría... Un bien no es mejor por tenerlo antes de tiempo. Es Dios el que establece cuándo es mejor... Y eso debemos aceptarlo y confiar en su sabiduría infinita...

Esa paciencia en Dios, confiando infinitamente en su amor, nos debe colocar delante de Él para esperar cualquier bien de sus manos y para que esperemos también el cumplimiento del término temporal que Él considere el correcto. En cierto modo, debemos ponernos como María, a los pies de Jesús, que "tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume"... Ella preparaba a Jesús para su sepultura con ese gesto -"Déjala, lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tienen con ustedes, pero a mi no siempre me tienen", le dijo Jesús a Judas que criticaba el que se "gastara" ese perfume-, pero nosotros podemos hacerlo para esperar pacientemente ante su amor el beneficio que Él mejor que nadie sabe que nos conviene...

En el camino de la vida debemos aprender lo que Dios quiere enseñarnos. No es mejor lo que nosotros consideremos. Es mejor lo que Dios considera. A veces coinciden. A veces no... Cuando no coinciden, debemos dejar a Dios el discernimiento. Él sabe mejor que nosotros el qué y el cuándo... Y quiere que avancemos por ese camino de la paciencia, como Él lo recorrió perfectamente en su Hijo Jesús, y logró para todos el mayor beneficio, que es el regalo de su propia vida para que fuera vida nuestra. Nos dio el mayor tesoro que jamás podremos tener y que por nuestros propios medios jamás lograremos. Es el regalo de su amor, de su perdón, de su propia vida en nosotros, que nos hace definitivamente su imagen y semejanza, y nos abre las puertas del cielo para habitar eternamente felices en su presencia...

domingo, 13 de abril de 2014

Hoy te alabo... Mañana te crucifico...

No hay nada más voluble que un hombre que deja de ser él mismo y que, arrastrado por las masas, empieza a ser también "masa". La psicología de las masas es, hasta cierto punto, sencilla. Basta mantener el control con algunas consignas motivadoras y entusiasmantes, que revelen y expresen bien el estado de ánimo general que se vive en el momento, para tener éxito. Hay que conectar con el estado de ánimo de las individualidades, que más o menos sea el mismo que viven todos, para dar con  la clave que los aglutina casi como en un único cerebro. No es que no sean reales las consignas. Lo son. Y ahí está la clave de la masificación. Los individuos se sienten identificados en ellas y por eso, al verse retratados y aglutinados en un mismo sentimiento, se amalgaman sólidamente en un mismo "espíritu"... Cuando eso se ha logrado, ya se tiene el camino iniciado. Las consignas pueden ir subiendo de tono e, imperceptiblemente, todos van asociándose a ellas, sintiéndose incluidos, viéndose identificados con cada una, aunque a lo mejor no eran ideas que tenían originalmente. Basta con que el que lanzó las primeras consignas, al que se le dio toda la confianza al verse retratados originalmente, lance nuevas consignas, para confiar en él. Si se identificó con cada uno originalmente, las nuevas ideas que entrañan las nuevas consignas deben ser de la misma entidad, por eso también nos vamos identificando con ellas...

Al ser parte de la masa, la conciencia de ser persona individual se obnubila. Se necesita tener mucho dominio de sí mismo, no adolecer de grandes cosas, tener fortaleza de carácter y gran personalidad, para poder evitar el sucumbir al anonimato que se propone con la masificación. Pero el manipulador es muy inteligente. Y basa su entramado en necesidades reales, consistentes con lo que se vive cotidianamente, y de ahí parte para suavizar la oposición basada en madurez, en dominio de sí, en objetividad, en conciencia...

En el Domingo de Ramos asistimos a una ejemplificación típica de esto. El pueblo de Israel, congregado en Jerusalén para iniciar las celebraciones de la Pascua judía, se encuentra de repente con un signo claramente mesiánico: Jesús entra, tal como lo decían en las Sagradas Escrituras, como el rey que va montado sobre un pollino. Bastó que alguno descubriera en eso el signo de la profecía y que empezara a vitorear a Jesús que entraba triunfalmente en la ciudad para que todos iniciaran su alabanza al Rey que viene... Y no es que no fuera real. El pueblo esperaba a ese liberador que había sido tantas veces anunciado por Dios en el pasado. Al parecer, esos tiempos de liberación, de cumplimiento de las promesas, se estaban iniciando con este personaje del que ya se estaba hablando tanto. Ya la obra de Jesús era harto conocida. Había hecho muchas maravillas, muchos milagros. Había tenido sus encontronazos con las autoridades judías y romanas. Se había atrevido a oponerse a las cosas que estaban ya establecidas, que eran ya norma, pero que no estaban al servicio del hombre ni del pueblo en general. Su mensaje, aun cuando en sus acciones llamaba a la rebeldía cuando se pisoteaba la dignidad de cada hombre, era de perdón, de amor, de misericordia, de fraternidad... Esto cuadraba perfectamente con lo que Dios había anunciado. Y era lo que necesitaba el pueblo que ya se sentía suficientemente humillado por esas autoridades. Este era, sin duda, el personaje que se estaba esperando para iniciar la obra de liberación del pueblo. Por eso es aclamado como "el que viene en nombre del Señor". Jesús es el Mesías, el esperado tantos siglos, el liberador que Dios había prometido a los judíos. Por eso no cabe nada mejor que alabarlo, que bendecirlo, que abrir las puertas del corazón para que los subyugue totalmente: "¡Hosanna! ¡Bendito el que viene el nombre del Señor! ¡Aleluya!"

Todo el pueblo se enardeció con Jesús en medio de ellos. No había dudas para nadie: la época de la liberación ya había llegado, y había que anunciarla a los cuatro vientos. No se podía callar tanta alegría. Israel sería liberado completamente del yugo de los romanos, como fue liberada portentosamente del yugo de los egipcios, pero también sería liberada del yugo de las autoridades religiosas que se aprovechaban de su ascendiente sobre los débiles para mantener un estatus que necesariamente debía serles arrebatado por no servir a los hombres, sino a sí mismos...

Pero, unos días después ese mismo pueblo que tan animada y entusiastamente aclama al liberador de Israel, estará pidiendo su crucifixión. No sabemos si son exactamente los mismos, pero es la misma ciudad, por lo que podemos suponer que muchos son los mismos personajes. Los que aclaman hoy el paso de Jesús y colocan sus mantos y ramas a los pies del pollino para que pase sobre ellos, mañana pedirán a Pilato que lo crucifique... La psicología de las masas en este caso funciona en dos direcciones opuestas y contradictorias. Los que antes estaban entusiasmados porque había llegado la liberación del pueblo representada en el enviado del Señor, piden después que sea anulado, execrado, asesinado. "¡Crucifícalo!", gritan enajenados...

Aquella población de Jerusalén no es más que representación de lo que somos nosotros mismos. Tan pronto aclamamos y nos alegramos de la obra que Jesús ha realizado, al liberarnos del pecado, al rescatar nuestra dignidad de hijos de Dios, como apenas tenemos la oportunidad, con nuestras acciones pedimos su crucifixión, preferimos el barro pestilente de pecado. Estamos en un sube y baja espiritual, del que se aprovecha el demonio. Nada hay más reconfortante para la obra del demonio que el que nosotros seamos volubles, que el que no tengamos solidez en el criterio de fidelidad y de amor a Dios y a los hermanos, que nos dejemos llevar por conveniencias y gustos y no por la objetividad de la vida de la gracia y su infinita compensación. Gritamos "¡Crucifícale!" apenas nos dan la oportunidad. Reconocemos su obra liberadora, pero nos dejamos llevar por el manipulador de oficio, el demonio, para volverlo a asesinar una y otra vez...

Y Jesús sigue entrando triunfalmente en nuestra Jerusalén, para que lo aclamemos. Cuando ya sólo lo aclamemos y no lo crucifiquemos de nuevo, entonces, y sólo entonces, viviremos la alegría de nuestra redención, de nuestra renovación radical. Entonces será nuestro verdadero liberador, el que nos redime cargando sobre sus hombros todas nuestras inmundicias, y llevándonos sobre sus hombros, como el buen pastor, a la presencia del Padre que nos dará la compensación, ya no como masa, sino como hijos amados personalmente que estarán eternamente en su presencia de amor y de misericordia...

sábado, 12 de abril de 2014

Divididos no sobreviviremos

La división no es signo de los cristianos. Jesús, en su oración sacerdotal, desde lo más profundo de su ser, pidió al Padre: "Que todos sean uno". Era el signo de que aquellos cristianos creían, que eran fieles. Era lo que podían mostrar al mundo para ser creíbles en su fe. "Que todos sean uno, como Tú y Yo somos uno, para que el mundo crea". El mejor signo que podían dar los cristianos era el de la unidad, incluso más que el mensaje que podrían proclamar al mundo. Es muy importante transmitir de palabra el mensaje del amor de Jesús, la salvación que vino a traer al mundo, su deseo de que todos los hombres vuelvan a la casa del Padre como hijos amados, la obra de misericordia infinita que realizó perdonando las ofensas que contra su mismo amor habían infligido los hombres... Pero ese mensaje tenía que tener un sustento sólido en un estilo de vida que fuera la confirmación práctica de lo que se anunciaba. De nada vale gastar energías en un mensaje que pretenda ser convincente, por muy real que fuera, si no tenía un apoyo firme en la vida que lo revelaba...

¿Cómo va a creer el mundo en un mensaje de amor y de salvación, si los que lo proclaman viven en la separación, en el odio, en las suspicacias, en la división, en la violencia? De ninguna manera nadie se dejará embaucar por ese mensaje, pues la evidencia exterior es que es falso... La unidad de los cristianos es la carta de presentación idónea para el mensaje que se quiere transmitir...

Es natural que así sea, pues el mensaje de los cristianos es un mensaje de amor. El amor es el lubricante perfecto que hace que las diferencias no se profundicen hasta llegar a la división extrema, a la intolerancia, a la exclusión total... Y es que la unidad no significa uniformidad, sino aceptación de las diferencias dentro del marco de lo razonable. La unidad, por supuesto, no busca convivir con lo que es objetivamente malo, pero sí con lo que es razonable. No busca la unidad simplemente quien se hace la vista gorda ante lo injusto, ante el odio entre hermanos, ante la violencia contra el que piensa diferente. Ese es un pasivista absurdo. Quien busca la unidad busca anular lo malo, sumar a lo bueno. Y quien quiere vivir la unidad lucha también por no permitir que se asiente en su espíritu el deseo de lo hegemónico, de lo tiránico, de lo absolutamente dominante y arrasador...

Para seguir el itinerario de la unidad en la fe es necesario que se busque qué es lo que aglutina al cristiano. El factor aglutinante único, dada la diversidad de pensamientos, de conductas, de intereses, de metas, de métodos, que todos podemos vivir, es el del Dios que nos sustenta. Lo comprendió perfectamente Israel, pues así mismo se los descubrió Yahvé: "Los libraré de sus pecados y prevaricaciones, los purificaré: ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios". Es Dios el que crea, el que convoca, el que sostiene y el que espera... Fuera de Él no hay otra posibilidad de factor de unidad. Cualquier otra realidad que pretendamos colocar será siempre pasajera, temporal, etérea... Sólo Dios es el eterno, el que nunca pasa, el que sirve de fundamento sólido para cualquier proyecto de vida, pues coloca la meta de la eternidad en la perspectiva de la vida de todos...

Cuando no colocamos a Dios en esa perspectiva, nos arriesgamos a que todo proyecto sea frágil. El Dios de la unidad es el que se ofrece para hacernos sólidos en la fraternidad. Es la manera como a todos se nos hará un solo pueblo que sigue bajo la mirada de un solo pastor. "Yo voy a recoger a los israelitas por las naciones adonde marcharon, voy a congregarlos de todas partes y los voy a repatriar. Los haré un solo pueblo en su país, en los montes de Israel, y un solo rey reinará sobre todos ellos. No volverán a ser dos naciones ni a desmembrarse en dos monarquías". Es tremendo el que Dios Creador, habiendo establecido que la ruta de la felicidad fuera la de la unidad, y habiendo sido nosotros mismos los que hiriéramos esa posibilidad, aun así haga lo necesario para restablecer nuestros lazos de unión, pues sabe que ese es el único camino para la plenitud...

La salvación del pueblo pasa por la unidad. Será uno solo el Salvador. Será un solo hombre el que morirá por todos. No serán varios los redentores, sino que será el único Jesús, el único Dios hecho hombre, el único Hijo de Dios, el único Verbo Eterno del Padre, el que asumirá esa tarea. Hará su sacrificio para hacernos a todos uno con Él y llevarnos así, en la unidad, a la presencia del Padre. Esto lo reconoció el mismo Caifás, Sumo Sacerdote, cuando en el Consejo del Sanedrín se referían a la necesidad de dar muerte a Jesús: "Ustedes no entienden ni palabra; no comprenden que les conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera". La unidad de los cristianos surge de la intención primera del Padre al crearnos como imagen y semejanza de la unidad esencial en la que vive la Trinidad Santa. Es la manera de asegurar la subsistencia en medio de todos los pueblos que rodean a Israel. Es la seguridad de que nuestra fe es verdadera y el medio por el cual daremos el mejor testimonio de credibilidad al mundo. Es la meta a la que nos encaminamos todos, con nuestro Hermano Mayor, Jesús, a la cabeza. Es lo que quiere Dios que vivamos desde nuestro origen, en nuestra vida actual y en la eternidad feliz junto al Padre.

No es un simple deseo. Es un estilo de vida. Es la mejor manera de vivir. La unidad es la mayor ilusión que podemos aspirar hoy, mañana y siempre. Con ella estaremos dando al mundo el mejor signo, y estaremos viviendo entre nosotros lo que es la voluntad más alta de Dios: La unidad con Él y entre nosotros, en la que destaque definitivamente el amor que nos sirve de aglutinante...

viernes, 11 de abril de 2014

El justo siempre ganará

El Señor siempre estará a favor del justo. No existe, quizá, frase que, de esta o de otras maneras, se repita más en las Sagradas Escrituras. Dios ama la Justicia, y por ello jamás estará a favor de quien promueva la injusticia. Cuando hablamos de justicia no estamos hablando sólo de la justicia civil, sino del concepto bíblico, que se refiere principalmente al justo, es decir, al hombre santo, al bueno, al que sigue con fidelidad la voluntad de Dios, al que ama a Dios por encima de todas las cosas y al prójimo como a él mismo. Es el concepto que le da pie al concepto civil, por cuanto la justicia bíblica se refiere a dar a Dios lo que le corresponde, es decir, todo. Si Él es el Creador, el Sustentador, el Todopoderoso y el Todoamoroso, a Él corresponde, como respuesta justa, lo mismo. Ciertamente el hombre lo hará en la medida de sus capacidades, pues infinito sólo es Dios... El primer movimiento de Dios, y por eso es el origen de todo lo creado, es un movimiento de amor. A Él hay que referir la causa de la existencia de todo. Por eso, en línea chardiniana, a Él confluirá todo de nuevo. De Él surge, y hacia Él va...

De esta manera podemos entender que la ruta es también de Dios. No sólo los puntos inicial y final son de Él, sino todo el desarrollo de la historia. Es justicia reconocer que Dios es el actor fundamental en todo el entramado de la historia humana. En esa ruta, que es nuestra historia, entramos también los hombres como actores. Y hacemos nuestra parte bien, si nos colocamos en la línea de secundar la intención originaria del Creador, cuando respetamos que todo está hecho para ser colocado a sus pies; que la fidelidad a Él y a su Palabra son las razones últimas de nuestra felicidad, pues hemos sido hechos para Él y jamás lo seremos si estamos lejos de Él; que el camino correcto para construir un mundo nuevo y mejor es el que Él propone reconociendo en el mismo movimiento que nadie sabe mejor eso que el mismo del cual surgió todo; que la instauración de la fraternidad humana es el logro final de ese ser imagen de Dios que estuvo en la intención primerísima de la creación del hombre, y que nunca lograremos hacer reinar a Dios mientras no seamos capaces de ser hermanos verdaderos entre nosotros... Pero hacemos nuestra parte mal cuando no reconocemos a Dios como al primer invitado que tenemos que tener en nuestras vidas; cuando lo tenemos tan lejos que parece un extraño las veces que es nombrado; cuando no tenemos siempre a la vista su voluntad y su palabra para cumplirla como requisito para la plenitud; cuando pretendemos poner para la construcción del mundo deseado, unas bases tan endebles como nosotros mismos, como las criaturas, como lo pasajero; cuando no nos entendemos como hermanos, y pretendemos construir nuestras relaciones sobre consideraciones de dominio, de explotación, de esclavitud, lejos de la fraternidad que es la clave para la convivencia pacífica y justa...

Cuando se elige este segundo camino, estemos seguros de ello, Dios interviene. A pesar de que Él es reverencialmente respetuoso de nuestra libertad, también desea nuestro bien. Y cuando percibe que la injusticia se yergue como norma, y en ese itinerario desplaza totalmente a los hermanos, los humilla, los pisotea, los utiliza como productos o como números, Él actúa para tratar de restablecer el orden correcto. No es indiferente al desarrollo de la historia, aun cuando no haya sido invitado. Y actúa con mayor determinación si el afligido es débil, humilde, sencillo, justo... Cuando este débil ya no tiene quien lo defienda, el poder infinito de Dios sale a su favor... No está solo. Puede ser humillado por la injusticia, "pero -dice el débil- el Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo. Se avergonzarán de su fracaso con sonrojo eterno que no se olvidará. Señor de los ejércitos, que examinas al justo y sondeas lo íntimo del corazón, que yo vea la venganza que tomas de ellos, porque a ti encomendé mi causa. Cantad al Señor, alabad al Señor, que libró la vida del pobre de manos de los impíos".

Es el canto victorioso de quien se sabe asistido por la mano poderosa y amorosa del Dios que estará siempre a favor del despreciado y del humillado, del débil y del justo. No hay certeza más firme que ésta: Dios auxilia a sus hijos más débiles. Quien se coloca en actitud continua de ofensa hacia los débiles de Dios, no tiene ni idea de lo que está haciendo y contra quién, en realidad, está actuando. No hay poder que valga cuando es Dios quien se presta para defender como peña inexpugnable a quien se ha confiado en su debilidad a Él. Al no haber ya defensor a la mano, queda Dios. Y el ofensor será completamente humillado. De eso no puede haber ninguna duda...

No se trata de que no existan los intentos de los poderosos. Existirán. Y serán quizás cada vez más crueles, pues deben esconder su debilidad extrema en la violencia. Pero en medio de los mayores sufrimientos, los débiles deben tener la certeza de que ellos serán los que obtendrán la victoria, por haberse confiado radicalmente en Dios... Ya lo demostró Jesús cuando se opuso a la peor plaga que ha habido contra el hombre, la del demonio. El diablo se creyó todopoderoso porque logró llegar a humillar al máximo al hombre, pero quedó en el ridículo mayor cuando fue vencido en la Cruz por el amor de Jesús... Su victoria fue tejida desde la voluntad salvífica del Padre al cual Él sirvió totalmente. Es la obra del Padre la que vino a realizar, pues Dios no podía permitir que sus hijos fueran arrebatados por el poder del mal que pretendía humillarlo y esclavizarlo. Los débiles fuimos todos. Y a favor de todos salió Jesús: "Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre".

Aunque veamos un panorama oscuro, no perdamos jamás la esperanza, pues Dios no nos engaña. Si dice que sale a favor del justo, lo hace. Quienes luchan por la justicia y por instaurar un reino de paz y de convivencia armónica, nunca quedarán defraudados.Dios mismo sale a su encuentro como apoyo, como inspiración, como fortalecedor. Más, cuando exista el empeño de los poderosos de hacer todo lo contrario. Aunque tengan la fuerza de las armas o de la humillación a los hermanos, la fuerza de Dios es infinitamente más poderosa, y hará vencer, somo siempre, al justo...