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viernes, 23 de abril de 2021

No hay otro camino para la plenitud que el mismo Jesús y su amor

El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna

El inicio de la vida de fe en los hombres tiene variantes muy significativas. Sin duda, la conversión es un acto personal en el cual nos encontramos cada uno, en nuestra individualidad, delante de la Verdad, que es luminosa y se nos presenta clara y diáfana, para que la aceptemos y la vivamos. No es un acto intelectual. Es un acto englobante de todo el ser del hombre, cuerpo y alma, materia y espíritu. Ante esa Verdad que se coloca frente a nosotros, debemos tomar una decisión crucial, que transformará por entero la vida. Y, como hemos dicho, el abanico de posibilidades que se presenta en el momento de la decisión es amplísimo. Se da para algunos desde prácticamente el inicio de su vida, pues tienen la suerte de pertenecer a una familia que vive la fe y esa fe es inoculada casi literalmente desde el mismo biberón que les toca consumir. Para otros es un camino de maduración progresivo, en el que la misma vida y la revelación de Dios les van dando razones sólidas por las cuales creer y entregarse a una vida nueva, que evidentemente se presenta como superior a la que hasta esos momentos han vivido. En este nivel, es  posible que se tengan experiencias espirituales muy intensas, inexplicables naturalmente, que les hacen lograr a su vez una compensación inmaterial que jamás antes habían sentido. Para algunos otros, ese momento de la conversión es muy intenso e incluso dramático, pues caen en la cuenta de la vaciedad de la vida que tenían antes del encuentro frontal con la Verdad y de la falta de sentido que en consecuencia tenía. A lo mejor teniendo la mejor valoración posible de la vida que llevaban, convencidos de su propia verdad y de la necesidad de ser fiel a ella, ese encuentro frontal con  la Verdad auténtica, los hace caer en la cuenta de la falsedad en la que vivían y de la necesidad de cambio. Será, de esa manera, una novedad de vida radical, absolutamente necesaria y esencial, para poder vivir la novedad del nuevo camino, que valorarán muy por encima de lo que vivían antes. Serán, totalmente, hombres nuevos.

Esta última fue la experiencia de San Pablo, el temible Saulo, perseguidor implacable de aquellos que seguían el nuevo camino que había inaugurado Jesús, y que él consideraba traidores, pues abandonaban el camino antiguo de la ley mosaica, para seguir uno diferente, el del amor propuesto por Jesús, con lo cual se apartaban totalmente de la tradición. Saulo era un fariseo convencido de la bondad de la ley y de la tradición, por lo cual, analizándolo con toda objetividad, actuaba fielmente a sus ideas. Está claro que su ruta era la equivocada, y así se lo hace ver el mismo Jesús en la experiencia mística que tiene en su encuentro: "'Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?' Dijo él: '¿Quién eres, Señor?' Respondió: 'Soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, entra en la ciudad, y allí se te dirá lo que tienes que hacer'". Este encuentro con Jesús representa para Pablo el choque frontal entre su seguridad, adquirida en tantos años de estudio y de vida, y la novedad radicalmente opuesta de algo que era totalmente nuevo, pero que por lo portentoso de su presentación, se advertía que era el camino verdadero. Por eso, entre el orgullo de su judaísmo radical y la humildad de bajar la cabeza ante la evidencia clara de la Verdad, no duda en someterse a lo que le exigía Ese a quien perseguía: "El Señor le dijo (a Ananías): 'Anda, ve; que ese hombre es un instrumento elegido por mí para llevar mi nombre a pueblos y reyes, y a los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que tiene que sufrir por mi nombre'. Salió Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y dijo: 'Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció cuando venías por el camino, me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno de Espíritu Santo'. Inmediatamente se le cayeron de los ojos una especie de escamas, y recobró la vista. Se levantó, y fue bautizado. Comió, y recobró las fuerzas. Se quedó unos días con los discípulos de Damasco, y luego se puso a anunciar en las sinagogas que Jesús es el Hijo de Dios". Es conquistado por Jesús. Y le es anunciado que su camino no será de pétalos, sino de espinas, por la fidelidad a la novedad del amor.

Para Pablo, desde ese encuentro con Jesús, quedó claro y diáfano que la verdadera Vida era la que Jesús ofrecía y que todo otro camino era absurdo. No dudó, desde esa experiencia de conversión, y en medio de persecuciones, de desprecios y del peligro de muerte, de que ese era el camino que él debía seguir y al cual debía servir, dando a conocer a todos que Jesús era la vida del mundo. Jamás pensó en su beneficio personal o en huir de su responsabilidad por las amenazas. Al contrario, entendió que su vida era Jesús: "Para mí, la vida es Cristo y una ganancia el morir". Hizo suyas las palabras de Jesús: "En verdad, en verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de sus padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre". Jesús, habiendo hecho nuevas todas las cosas y habiendo hecho nuevos a los hombres, lo ha hecho con la entrega de su vida. No ha dejado nada para sí, sino que todo lo ha entregado por amor a los hombres. La novedad radical se basa en el derramamiento de todo su amor sobre el mundo y sobre la humanidad. Y ha ido más allá, pues se ha quedado como alimento para fortalecer y dar la vida a quienes lo sigan y lo coman. Fue esto lo que vivió Pablo y lo asumió como su forma de vida. Y es esto lo que debemos asumir todos los seguidores de Jesús, sabiendo que es el único camino para obtener la verdadera Vida y llegar a la plenitud final y eterna.

martes, 20 de abril de 2021

Añoremos el Pan de Vida que nos da Jesús, que es Él mismo

 LECTURAS DEL DOMINGO XVIII DEL T. ORDINARIO 5 DE AGOSTO (VERDE) | MISAL  DIARIO

Existe entre los hombres, sobre todo en aquellos que quisieran ser seguidores de Jesús, una continua diatriba entre los beneficios que se pueden obtener en ese seguimiento, particularmente si ellos son materialmente favorables o no. Se confunde el seguimiento de Jesús con una especie de seguro contra males. Quienes están cerca de Cristo, siendo fieles a su amor, cumpliendo su voluntad, haciendo lo que Él pide, frecuentemente creen que por ello están exentos de todo mal. Incluso muchos que ya están en el camino de la fidelidad quieren convencer a los otros a acercarse también ellos para lograr que todos los males desaparezcan de su vida. Está claro que Dios puede hacer que los males se alejen de los suyos. Pero en la realidad, quien funda su fidelidad en no sufrir males por estar cercano a Dios, ha puesto una base muy endeble a su fe. Se puede verificar que muchos hombres y mujeres buenos, que viven su seguimiento a Dios con fidelidad, siguen sufriendo males, persecuciones, rechazos, enfermedades, y hasta la muerte, por ser fieles. No es cierto, entonces, que ponerse al lado de Dios inmuniza contra lo malo que puede vivir el hombre. Si es así, ¿qué es entonces lo que haría atractivo seguir con ilusión y fidelidad a Dios? ¿Cuál sería la ganancia que se obtiene por estar cerca de Dios, si no se gana nada mejor de lo que se vivía antes de seguirlo? Es necesario, entonces, hacer el discernimiento de la ventaja que representa querer ser de Dios, pues en múltiples ocasiones nos percatamos de que los que sirven al mal, reciben muchas más compensaciones materiales que los que sirven al bien. Incluso muchos buenos llegan a ver hasta con envidia a los malos, pues son mucho más favorecidos a su entender que ellos mismos.

Es una inquietud que ha estado presente siempre. Muchos de los salmos del Antiguo Testamento son un reclamo a Dios por el mal que sufren los que son fieles, frente a todos los bienes que reciben los malos. Se hace necesario que haya entonces un itinerario distinto en el discernimiento. No se debe partir de los beneficios que se alcancen actualmente, los temporales y pasajeros, sino de los que se obtienen establemente y que nunca desaparecerán. Puede ser que haya bienes que se obtengan en lo cotidiano. Dios también puede hacerlo, pues no hay nada imposible para Él. Podríamos ubicar en esa categoría los milagros que conocemos como obras portentosas y maravillosas que realiza Dios, por intercesión de sus santos. Pero son eso, portentos. No es la manera normal de su actuación. Por ello, a pesar de que siempre podremos obtener favores y beneficios, como en efecto sucede en nuestras vidas, es cierto que nuestra expectativa no puede agotarse en ello, pues estamos llamados a algo más elevado. Dios nunca nos promete la ausencia del dolor. Lo que sí nos promete es su presencia que nos consuela, nos alivia y nos fortalece, en medio del sufrimiento en su nombre y por fidelidad a Él. Y esta es la experiencia de todos aquellos elegidos suyos para ser sus anunciadores en medio de un mundo que sigue valorando más lo material que lo espiritual. Lo vivió San Esteban, el primer mártir cristiano, que se entregó de lleno al anuncio y obtuvo como compensación física su muerte: "Esteban, lleno de Espíritu Santo, fijando la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha de Dios, y dijo: 'Veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios'. Dando un grito estentóreo, se taparon los oídos; y, como un solo hombre, se abalanzaron sobre él, lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo. Los testigos dejaron sus capas a los pies de un joven llamado Saulo y se pusieron a apedrear a Esteban, que repetía esta invocación: 'Señor Jesús, recibe mi espíritu'. Luego, cayendo de rodillas y clamando con voz potente, dijo: 'Señor, no les tengas en cuenta este pecado'. Y, con estas palabras, murió". Su premio no fue una vida muelle o desahogada. Su fidelidad le atrajo la muerte. Y él la asumió con gallardía, con valentía y con ilusión, pues había valorado y discernido bien en qué consistía la plenitud a la que era convocado por su fidelidad.

En ese camino de fidelidad que deben emprender los discípulos de Jesús, en medio de los sufrimientos y persecuciones, no nos deja el Señor desamparados, a nuestra merced. Él mismo se monta en la barca que nos invita a hacer bogar en el mar del mundo y nos acompaña. Pero no solo eso. Va más allá, ofreciéndonos el alimento que nos fortalece y que nos renueva para poder seguir llenos de ilusión en la misión que nos encomienda, que no es otra que la de seguir su misma obra de salvación en nuestro tiempo y en el tiempo de cada enviado: "En aquel tiempo, el gentío dijo a Jesús: '¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Pan del cielo les dio a comer”'. Jesús les replicó: 'En verdad, en verdad les digo: no fue Moisés quien les dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo'. Entonces le dijeron: 'Señor, danos siempre de este pan'. Jesús les contestó: 'Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás'". No promete Jesús ausencia de conflictos o de sufrimiento, sino alimento para la fortaleza en el testimonio que deben dar. Y es en esto en que los discípulos debemos poner el acento. La compensación no es la ausencia del dolor, sino la presencia suya en nosotros que nos llena de paz y de consolación, y que nos da la fortaleza que necesitamos para mantenernos en el camino de la fidelidad, que es el que dará la plenitud del gozo. La presencia de Jesús en el corazón del hombre llena de alegría, da la mayor ilusión para seguir adelante, nos anima a seguir en nuestro camino, en medio de nuestro mundo muchas veces hostil, pues nos asegura que estamos avanzando hacia la plenitud que nos pertenece ya en promesa, pero que será realidad plena cuando lleguemos después de nuestro periplo a la presencia del Padre del amor y vivamos la felicidad total en su presencia por toda la eternidad.

miércoles, 8 de enero de 2020

Si vivo en el amor, demuestro que soy Tuyo de verdad


Cinco panes y dos peces. Es todo lo que nos pide Jesús. Él se encarga de todo lo demás. En realidad no nos corresponde poner casi nada, por cuanto es lo que ya había entre la gente cuando Jesús pregunta. Al fin y al cabo, Jesús sabe que va a alimentar a más de cinco mil y que con lo que hay allí nunca será posible hacerlo. Hay una realidad que conviene siempre tener en cuenta. Hay en Jesús una empatía profunda por aquella multitud. Desde el mismo principio, Jesús los vio y se conmovió de ellos: “En aquel tiempo, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma”. Esa multitud estaba allí. No fue a buscarla Jesús. Ni tampoco fue ella a buscarlo a Él. Fue un encuentro mutuo. Ninguno había salido consciente ni voluntariamente en busca del otro. El encuentro se da sin más. En nuestras vidas tenemos que estar siempre bien dispuestos a esas posibilidades. Quizá hayamos salido nosotros al encuentro de Jesús. Quizá haya sido Jesús quien haya salido a nuestro encuentro. O quizás ninguno de las dos. Simplemente el encuentro con Jesús se da. Sin más. Sin búsqueda. Sin esfuerzo. Espontáneamente. Lo importante es tener en la mente que Jesús está naturalmente en el camino de nuestra historia. Y que un encuentro con Él puede darse después de diversos acontecimientos previos. No necesariamente son momentos de preparación. Sino simplemente momentos de historia que sirven de marco para el encuentro con Jesús... Es tener la sensibilidad necesaria para poder encontrar a Jesús en estos momentos, incluso los menos indicados. Podríamos decir que Jesús no necesita excusas para encontrarse con la humanidad pues su misma existencia como Dios que se hace hombre es sencillamente la razón última de su venida. Su existencia, divinidad encarnada, es, en sí misma, el encuentro de Dios con la humanidad

Cuando Marcos relata este encuentro de Jesús con la gente, se cuida mucho de poner bien el orden en el que se dan los acontecimientos. En primer lugar, encuentro y conmoción de Jesús. Ver Jesús a la gente es lo primordial. Y Él está siempre en esa buena actitud. Jesús es el Dios que ha venido al mundo, y no ha venido para pasar con los ojos cerrados. No estará ciego ante la gente. Descubre a cada uno y lo que tiene en su interior. Por eso se conmueve. Los ve sin guía, desangelados, necesitados de algo que a lo mejor ni ellos mismos saben lo que es. Y lo primero que descubre es su vacío espiritual. Cualquiera hubiera podido pensar en ofrecer ayuda material en primer lugar, pero no fue así en Jesús. “Se puso a enseñarles con calma”. Lo primero que Jesús asume como necesidad en ellos es la necesidad espiritual. Jesús alimenta el espíritu en primer lugar. No se va de bruces organizando en primer lugar el auxilio de las cosas materiales que necesiten. Ya el tiempo para eso vendrá. Pero no se puede descuidar lo espiritual. La prioridad, lo que está en el punto más alto, es la búsqueda de Dios, la búsqueda de lo que llena el espíritu, lo que satisface más que cualquier compensación material que imaginemos. Y después que sacia al espíritu, busca saciar el cuerpo. Es solo en ese momento cuando pregunta por lo que tiene en las manos para satisfacer. No quiere decir que eso queda a un lado, fuera de sus preocupaciones, pues la salvación que el Dios encarnado quiere hacer llegar al hombre es integral, espiritual y corporal. Por eso, al finalizar su discurso, se da este diálogo: "Cuando se hizo tarde se acercaron sus discípulos a decirle: -'Estamos en despoblado, y ya es muy tarde. Despídelos, que vayan a los cortijos y aldeas de alrededor y se compren de comer.' Él les replicó: -'Denles ustedes de comer.' Ellos le preguntaron: '¿Vamos a ir a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?' Él les dijo: '¿Cuántos panes tienen ustedes? Vayan a ver.' Cuando lo averiguaron le dijeron: -'Cinco, y dos peces." Finalmente, con esos panes y esos peces, Jesús hará el gran milagro de alimentar a esa inmensa cantidad de gente.

Ambas realidades son vistas por Jesús. "Les dio lástima de ellos porque andaban como ovejas sin pastor". Y tocan su corazón. Y son las que lo hacen lanzarse a atenderlos. No pasa de largo indiferente. Jesús no hace otra cosa sino hacer realmente presente el amor de Dios en el mundo a través de su obrar: "En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados." Es esencial comprender que este accionar de Jesús se inscribe perfectamente en el amor que Dios viene a derramar en el mundo a través de Él. Con Jesús llega al mundo la satisfacción que el Hijo de Dios va a realizar por los pecados como tarea ante el Padre. Es todo un ciclo de amor que se convierte realmente en la mayor demostración que Dios quiere hacer. Así lo comprende perfectamente San Juan: "Queridos hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor." Jesús hace su obra. Es la obra que le encomienda el Padre y que Él asume naturalmente pues es su misión. Pero es una obra que nos pone a todos en la ruta de la comprensión de lo que debemos vivir todos. "Amémonos unos a otros... Todo el que ama ha nacido de Dios". El amor es nuestra marca de origen. Porque amamos podemos afirmar que somos de Dios. Un amor que se ocupa del hermano integralmente. Como lo hizo Jesús. No es sólo altruismo por ayudar a resolver sus problemas materiales, sus carencias. Siendo eso muy importante, es esencial el anuncio del amor y de la salvación. No se puede vaciar la obra del contenido. Amar como amó Jesús nos exige más. Y debemos estar dispuestos a dar más... No lo dejemos a un lado. Somos del amor y debemos responder a ese amor como nuestra esencia...

domingo, 22 de junio de 2014

Comerlo para vivir eternamente felices

El Cuerpo y la Sangre de Cristo son el legado de amor de Cristo a los hombres. Era su deseo. A Cristo le gustó estar entre los hombres y no quería irse. Pero tenía que irse. Quedarse escondido en el pan y en el vino de una comida ritual de los judíos fue la manera mejor que encontró para lograrlo. Irse quedándose. Quedarse yéndose... Al tomar el pan y el vino pronunció las palabras que lograban la transformación total de aquello que en apariencia seguía siendo lo mismo. Aparecía el pan, pero ya no era pan, Aparecía el vino, pero ya no era vino. La sustancia se había trastocado en algo distinto: la Carne y la Sangre de Cristo. "Tomen y coman. Esto es mi Cuerpo... Tomen y beban este este es el cáliz de mi Sangre". Es el alimento que dejó a los hombres para toda la vida sobre la tierra. Que nunca fallará, mientras haya Sacerdotes sobre la tierra que con esas mismas palabras hagan de nuevo, una y otra vez, el milagro de la Transubstanciación....

La Eucaristía es el memorial perfecto de la obra redentora de Jesús. El Cuerpo ha sido entregado hasta la muerte. La Sangre ha sido derramada totalmente. La Cruz fue el altar en el que Jesús realizó su obra maestra para lograr el rescate de la humanidad de las garras de la muerte, del pecado, de la oscuridad, para colocarlo donde era la voluntad divina: en la Vida, en la Luz, en las alturas celestiales. Y desde ese altar se transmite para todos los hombres. Somos todos beneficiados con ese regalo de amor inmenso, insuperable, de Jesús por los suyos. "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos". Eso lo hizo Jesús. La Eucaristía nos recuerda día tras días, celebración tras celebración, que tenemos a un Dios que se hizo hombre, para tener un Cuerpo que donar, para tener una Sangre que derramar, diciéndonos a todos que nos ama infinitamente, más de lo que nos imaginamos, más de lo que nosotros mismos nos amamos...

Cada vez que celebramos la Eucaristía no estamos sino haciendo de nuevo presente el recuerdo de la entrega póstuma de Jesús. Su Muerte y su Resurrección. Su Sacrificio y su Triunfo. No se repite, pues se ha celebrado una vez y para siempre. No hacen falta ya más sacrificios. Pero sí se renueva su recuerdo. Revivimos y hacemos presente el amor. Y se actualizan los efectos de la salvación. Cada vez que celebramos la Eucaristía, nos salvamos de nuevo, se renueva el amor de Jesús. Y podemos responder también con mayor ilusión y con mayor alegría con nuestro amor a ese amor del Dios hecho hombre. Hacemos que surja de nosotros, como fuente que Dios mismo logra, un amor de respuesta que nos compromete más, que nos llama más, que nos lanza más a nuestro mundo. Para que podamos gritar con mayores fuerzas, ese amor que vivimos y que queremos que vivan todos...

La Eucaristía nos recuerda como lo escuchó Moisés, que "no sólo de pan vive el hombre". Que nuestra realidad trasciende lo material y apunta a lo superior, a lo celestial. Desde el principio de nuestra historia como pueblo elegido por Dios, Él mismo se ha encargado de hacérnoslo entender. El maná del cielo en el desierto nos habla de providencia divina. Pero también nos dice que debemos elevar la mirada, que no debemos quedarnos en lo horizontal de las preocupaciones cotidianas, con ser muy importantes. Que sepamos que nuestra vida tiene una componente espiritual que debe ser cuidada con cariño, con amor, pues se refiere a lo que le da pleno sentido a nuestra vida... En la Eucaristía somos llamados a dejar a un lado lo individual. Todos formamos una familia unida que se sienta en la mesa del amor de Dios para alimentarse. Comer todos del mismo pan y beber del mismo cáliz, nos dice que no somos islas, sino un unidad misteriosa en la que todos nos alimentamos de la misma fuente. "El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan". La misteriosa unidad que produce el Pan Eucarístico debe ser una realidad siempre y en todo lugar. No es posible, entonces, que nos veamos como extraños. Es el mayor contrasentido que los que son alimentados con el mismo Pan del cielo, se vean luego como extraños, como enemigos, como lejanos. La Eucaristía debe producir la unidad de todos, en la que nos sintamos verdaderamente hermanos, unidos más profundamente incluso que los hermanos de sangre, hijos del mismo padre y de la misma madre. La Eucaristía nos hace hijos del mismo Dios y hermanos del mismo Cristo...

Apuntamos a la Vida eterna, y por eso comemos a Jesús. "Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre". Es el Pan del cielo, el que nos lleva ya desde ahora hasta el cielo, y el que nos asegura que el final de nuestro caminar aquí y ahora es la meta de la eteernidad feliz junto al Padre. No hay mayor seguridad que esa, pues es la Palabra empeñada de Jesús. Nunca debemos desconfiar de lo que Él mismo nos dice: "Éste es el pan que ha bajado del cielo; no como el de los padres de ustedes, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre". Comer a Jesús, masticar su Cuerpo y beber su Sangre, es la prenda de la eternidad. Debemos acercarnos a Él, a su mesa, para alimentarnos de Él, y estar así seguros de que nuestra meta de felicidad eterna será cumplida. No sólo para nosotros, sino para todos, unidos esencialmente al comer todos del mismo Pan celestial de Jesús...

jueves, 17 de abril de 2014

Coman y beban de mí, de mano de mis Sacerdotes

Entre las frases más impresionantes del Evangelio, se encuentra la que leemos en Juan al inicio del relato de la Cena Pascual de Jesús con sus discípulos: "Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo". Con ella, Juan nos describe el clima de intimidad y de sobrecogimiento que se vivía en esos momentos. Ya estaba cerca el momento en que Jesús llevaría su obra a culminación. Para Él estaba claro lo que sucedería inminentemente. Recuerdo siempre una frase que el P. Cesáreo Gil ponía en labios de Jesús: "Sé que tengo que irme, pero quiero quedarme... ¿Cómo lo hago?", y fue, en su razonamiento personal como se las ingenió para cumplir las dos cosas: Irse, quedándose... Así instituyó los dos sacramentos que daban la posibilidad de quedarse yéndose, o de irse quedándose...

El panorama es oscuro, pero la vivencia de ese momento es deslumbrante. El amor de Jesús hace que todo el resumen de la historia de la salvación se detenga ahí... Las miradas de todos los santos, de todos los ángeles, de todos los que tenían la esperanza de la salvación en la obra maravillosa de Jesús, por orden del Padre, se detenía reverentemente ante la mesa que Jesús presidía. Todo los apóstoles sienten que, realmente, este era un momento grave, denso, determinante. Lo que estaba por pasar resumía todo lo que Dios había hecho por miles de años a favor de Israel y de toda la humanidad... Todo lo que había sucedido, la elección de los patriarcas, de los profetas, de los jueces, de los ancianos encargados por Moisés en el desierto para ser su apoyo en los juicios y decisiones que había que tomar, de todos los grandes personajes del Antiguo Testamento, se estaba resumiendo en la elección de esos hombres que lo rodeaban como sus primeros Sacerdotes de la Nueva Alianza... Al decirles "Hagan esto en memoria mía", ya les estaba dando el testigo de todos esos acontecimientos. Cada momento de los que tenían que ver con la elección de los apóstoles, llegaba a su culmen hoy, cuando Jesús les encarga de ser los administradores de su memoria para todos los que quisieran seguirle, y de darles el alimento que Él estaba dejándoles en custodia...

Los apóstoles son los primeros Sacerdotes, los primeros que llevarán adelante el anuncio de la Ley del Amor que Jesús estaba instaurando, los primeros que harían las obras de caridad que descubrirían el espíritu que Jesús quería que se viviera en esa comunidad que les dejaba a su cuidado, los que iban a servir de instrumentos para ser los que iban a poner a funcionar los canales de la Gracia que dejaba en cada uno de los Sacramentos... Jesús se quedaba en cada uno de ellos. Se iba, pero se quedaba en cada Sacerdote de la historia, llevando adelante su obra salvadora hasta el fin de los tiempos... Sabía bien el riesgo que corría, por cuanto entre ellos iban a haber lobos. Lo sabía Él mejor que nadie, pero aún así, en atención a la inmensa mayoría de los que sí iban a asumir con fidelidad su tarea y a los millones de fieles seguidores que debían recibir todas las gracias que Él quería derramar en la historia, asumió el riesgo. Se fue, pero se quedó. Por su inmenso amor...

Y en plena celebración de la Cena pascual, hace el gesto más maravilloso que podamos imaginarnos. Se queda escondido en el pan y en el vino que estaban consumiendo. También en esto la historia de la salvación alcanza un zenit inimaginable.  Todas las gestas liberadoras, la salida de Egipto bajo la defensa valiente de la sangre del cordero, el maná salvador que recibe Israel en el desierto, la carne de las aves que da un mejor sabor al camino extenuante, la harina milagrosa que se multiplica en la cesta de la viuda, el pan y el pescado multiplicados para saciar el hambre de los seguidores..., son asumidos como el alimento espiritual más impresionante de todos: el mismo Cuerpo y la misma Sangre de Jesús. Es el alimento de los santos, de los fieles, de los que necesitan fuerzas para el camino, de los que quieren avanzar hacia la perfección. Es el alimento que da las fuerzas y la ilusión para poder seguir adelante, a pesar de todas las vicisitudes. Es el compañero de camino que jamás fallará, mientras haya un Sacerdote que pueda hacerlo presente... Jesús ismo se ofrece, en su Cuerpo y su Sangre, como la peña firma que dará la razón de ser a toda la vida cristiana. Sin eso no hay vida de Fe, no hay vivencia del Amor, no hay alimento para la Esperanza de eternidad. El "Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo" se cumple perfectamente en el Jesús que se queda en cada Sagrario del mundo como una Luz que ilumina el andar de los cristianos y como un Alimento que les dará las fuerzas para todas las rutas que deban emprender...

Unos momentos antes del inicio de toda su pasión cruel y dolorosa, Jesús realiza el gesto de amor, adelantado, de la entrega total. El Sacerdocio y la Eucaristía no son más que el resumen de lo que en horas hará. El Cuerpo que se entrega y la Sangre que sella esa entrega, las coloca en las manos de los primeros Sacerdotes para que en toda la historia haya un recuerdo fresco y hermoso de lo que Él hizo. "Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas", decimos los cristianos al celebrar la Eucaristía. Y es así. Y nos sentimos felices eternamente por ese gesto de amor que hace nuestro Dios hecho hombre. Y nos llenamos de fuerzas para seguir adelante queriendo llegar a ese momento culminante de nuestra propia historia en el que, habiendo sido alimentados por ese alimento de santos, que nos dan nuestros Sacerdotes, llegamos alegres a la meta, a las puertas del cielo, en las que nos espera con los brazos abiertos nuestros Padre que nos ama infinitamente, para vivir eternamente abrazados a su amor...