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jueves, 1 de abril de 2021

Jesús se dona como alimento, y nos enseña a ser hermanos

 Semana Santa: con los pies lavados

El Triduo Pascual es el núcleo de todas las celebraciones litúrgicas del año, hacia el que confluye la Cuaresma, en la cual los cristianos hemos ido disponiendo nuestro corazón para sacar el mayor provecho a estos misterios que son los más importantes y que sustentan toda confesión de fe cristiana. Porque hay Triduo Pascual hay liturgia cristiana. Se inicia el Jueves Santo y finaliza con la Pascua de Resurrección. El jueves es también la celebración de la identidad de la Iglesia diocesana, pues por la mañana se celebra la llamada Misa Crismal, en la que los sacerdotes que conforman el presbiterio de la Diócesis, celebrando en torno y junto al Obispo, renuevan delante de él sus compromisos sacerdotales de servicio y ministerio en favor del pueblo de Dios que le ha sido encomendado, y el Obispo consagra los aceites que serán usados para los sacramentos durante todo el año. Por la tarde se da propiamente inicio a las celebraciones del Triduo Pascual, con la celebración de la Misa de la Cena del Señor. Es un momento muy especial, por cuanto Jesús da inicio a los pasos que desembocarán en su entrega a la Pasión cruenta que culminará en la muerte ignominiosa en Cruz, pero que tendrá su colofón maravilloso y glorioso en su Resurrección. Jesús quiere tener la Cena Pascual con sus discípulos y hace que todo esté pronto para dicha celebración. Esta cena era el recuerdo anual que hacía el pueblo de la portentosa liberación que había hecho Dios de Israel de las garras de la esclavitud bajo el imperio egipcio. Fue el momento más alto de la historia de la salvación que había vivido Israel, en el que Dios demostró su preferencia por él, demostrado con los maravillosos portentos de los que hizo gala el Señor en su favor, por mediación de su siervo Moisés. Para Israel, este recuerdo renovaba su vivencia de pueblo amado y favorecido de Yahvé, lo que los llenaba de la esperanza en la definitiva liberación final. Por ello tenía tanta relevancia entre las celebraciones litúrgicas que hacía el pueblo. Lo celebraban en familia, como dando a entender la intimidad que debía darse en el contacto con Dios, y el sentido comunitario y familiar que debía tener este reconocimiento de la presencia de Dios en medio del pueblo. Jesús va a celebrarla con su familia, con sus amigos, que son los apóstoles. Y se reúne con ellos para hacer uno de los gestos más significativos de toda su obra. "Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo", son las palabras con las que San Juan introduce este momento tan denso de la obra de Jesús.

Habiendo cumplido con todo el ritual que exigía la celebración de la Cena Pascual -"Yo pasaré esta noche por la tierra de Egipto y heriré a todos los primogénitos de la tierra de Egipto, desde los hombres hasta los ganados, y me tomaré justicia de todos los dioses de Egipto. Yo, el Señor. La sangre será la señal de ustedes en las casas donde habitan. Cuando yo vea la sangre, pasaré de largo ante ustedes, y no habrá entre ustedes plaga exterminadora, cuando yo hiera a la tierra de Egipto. Este será un día memorable para ustedes; en él celebrarán fiesta en honor del Señor. De generación en generación, como ley perpetua lo festejarán'"-, Jesús incluye unos gestos nuevos, que significan de algún modo la novedad de todo lo que está sucediendo, superando el simple recuerdo de lo pasado: "El Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: 'Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía'. Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: 'Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; hagan esto cada vez que lo beban, en memoria mía'. Por eso, cada vez que comen de este pan y beben del cáliz, proclaman la muerte del Señor, hasta que vuelva". En el culmen de su amor, deja su propia carne y su propia sangre como donación póstuma a la humanidad. Ese cuerpo que será entregado y esa sangre que será derramada no se perderá en el vacío, sino que Jesús lo quiere dejar como su regalo de amor para que siga siendo alimento y compañía para la humanidad de todos los tiempos. Al consumirlo, cada cristiano actualiza en sí los efectos de la salvación y de la redención que Jesús realizó una vez y para siempre. Este sacrificio de entrega sustituye y elimina la necesidad de todo sacrificio como los anteriores que hacían los sacerdotes del Antiguo Testamento. Jesús es el Nuevo Testamento, que hace nuevas todas las cosas con la entrega de su cuerpo y de su sangre. De esa novedad nos hace a todos beneficiarios, pues hasta el fin de los tiempos tendremos la ocasión de alimentarnos de esa comida celestial que nos deja como regalo. Y además, encarga a los apóstoles y a los que fueran sus sucesores de celebrar, hasta su vuelta, estos gestos que renuevan y actualizan su entrega. Es decir, no solo instituye el Sacramento de la Eucaristía sino que además instituye el Sacramento del Sacerdocio para que la posibilidad de la reiteración del gesto de donación en su cuerpo y en su sangre estuviera asegurada para el futuro de la Iglesia que estaba naciendo. La Eucaristía y el Sacerdocio eran los regalos póstumos que estaba dejando Jesús a todos antes de su muerte y su resurrección. Gestos indudables de amor de quien no quiso dejar al hombre sin los apoyos necesarios para avanzar en su camino de santificación.

Pero Jesús da un paso más adelante, como queriendo enseñar que el encuentro con Él no era una cuestión intimista. Que, además de darse en el encuentro silencioso, solitario e íntimo de su corazón con el corazón de quien lo recibe, debe tener una consecuencia comunitaria, de profundización en la vida de fraternidad, de caridad, de solidaridad entre todos los que llegarán a ser sus discípulos. La vida de fe es una vida profundamente comunitaria. Se equivoca quien piensa que vivir la experiencia de la entrega de Jesús por su amor termina en eso, y no tiene mayores implicaciones para una vida posterior. Ciertamente la experiencia de intimidad con el Señor en la Eucaristía es tremendamente significativa y debe ser transformadora de una vida personal de santificación personal. Pero ello debe necesariamente desembocar en lo que hizo Jesús luego de celebrada la Cena Pascual y de instituidos los sacramentos de la Eucaristía y del Sacerdocio: "Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido". Este era un gesto propio de los esclavos, que limpiaban los pies de sus señores cuando llegaban a casa. Jesús quiere significar que Él se ha hecho esclavo de todos y por ello les limpia los pies a los discípulos. A pesar de la reticencia de Pedro a dejarse lavar los pies por el Señor, Jesús insiste: "'Si no te lavo, no tienes parte conmigo'. Simón Pedro le dice: 'Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza'". Y finaliza Jesús este gesto extraordinario con la enseñanza para los hombres de todos los tiempos: "¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman “el Maestro” y “el Señor”, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros: les he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con ustedes, ustedes también lo hagan". Jesús da el ejemplo, para que todos lo sigamos. Vivir la Pascua, participar de la Cena Pascual, comer la carne y beber la sangre del Señor, no se pueden quedar solo como gestos de intimidad con Él. Además de ser instrumentos de santificación personal, deben llevarnos a vivir el amor fraterno, haciéndonos esclavos de todos, sirviéndoles en el amor que nos enseña Jesús y entregando, de ser necesario, nuestra vida por ellos. Es el gran misterio del amor que debemos vivir todos los discípulos de Jesús.

jueves, 28 de enero de 2021

Hagamos que brille la Luz de Cristo en nosotros para todos

 Dios también habla hoy: Jueves de la 3 a. Semana – Ciclo C | Mensaje a los  Amigos

Después del Sacerdocio asumido por el Hijo de Dios hecho hombre, todo ejercicio del sacerdocio pasa necesariamente por el único válido, que es el de Jesús, que ha completado totalmente su obra mediante la implantación de los valores del Reino, que serán los imperecederos, los que nunca pasarán, pues serán los que ha establecido Dios que prevalezcan luego de la obra de rescate por la entrega del hombre Jesús, su Hijo hecho hombre, con lo cual ha ofrecido el sacrificio definitivo y totalmente satisfactorio. Ya no hay necesidad de ofrecer más sacrificios, como tenía que hacer el sacerdote antiguo cada vez que entraba en el santuario. La entrada de Jesús es definitiva y totalmente satisfactoria, por cuanto ningún sacrificio de animal contiene lo que representa. La única entrega definitiva, que hace ya absurda cualquier otra entrega, es la del Dios que se ha hecho hombre, sacrificado una vez y para siempre, y que hace ya innecesaria otras entregas que serían solo simbólicas, pero que no contendrían ya de ninguna manera posible lo que sí contiene el sacrificio del Redentor. Jesús rescata a la humanidad, la trae a la presencia del Padre y la coloca a sus pies, con tal de que ella misma acepte que ese sacrificio logra la meta final del establecimiento definitivo del Reino entre los hombres. A menos que el mismo hombre se niegue a recibir todo el tesoro que ello representa, la realidad de la novedad absoluta del hombre y del mundo es ya un logro alcanzado para el hombre y para el mundo. Solo el que se empeñe en mantener por soberbia, pretendiendo con ello hacerse más que el mismo Dios, esa autonomía radical, una emancipación que no tiene otra meta superior sino solo la de autoafirmarse en sí mismo, oscureciendo con ello su propio futuro que quedará en la nada pues no tendrá visos de eternidad, frustrará en sí ese futuro de plenitud hacia el cual él está encaminado.

Ese perjuicio lamentablemente dañará no solo su propia vida, sino que pretenderá, con la fuerza del mal, atraer a otros hermanos a esa perdición, cuando el engaño de una supuesta superioridad delante de Dios los conquistará absurdamente. La fuerza del mal hará que sus aliados en el daño a otros sean cada vez más, tiñendo de oscuridad un futuro que puede ser realmente luminoso, cuando se colocan bajo la iluminación de un bien que será inobjetable, por cuanto será la realidad que al final imperará eternamente. No será de ninguna manera una nueva situación que apunte al individualismo, pues el discipulado de Jesús y el servicio a su sacerdocio se aleja diametralmente del egoísmo o de la vanidad personal, y más bien apunta a una experiencia de fraternidad que hace de la humanidad una experiencia de solidaridad en la que se debe procurar que todos avancen por las mismas rutas de la experiencia de los valores del Reino: el amor, la solidaridad, la justicia, la fraternidad, la paz. Nadie en esa nueva realidad del Reino establecido por el sacrificio de Jesús será ya un ser aislado, sino que formará parte de ese gran pueblo nuevo, hecho nuevo en el amor de entrega y en el sacrificio de instauración de la nueva realidad en el mundo: "Hermanos, teniendo entrada libre al santuario, en virtud de la sangre de Jesús, contando con el camino nuevo y vivo que Él ha inaugurado para nosotros a través de la cortina, o sea, de su carne, y teniendo un gran sacerdote al frente de la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero y llenos de fe, con el corazón purificado de mala conciencia y con el cuerpo lavado en agua pura. Mantengámonos firmes en la esperanza que profesamos, porque es fiel quien hizo la promesa; fijémonos los unos en los otros, para estimularnos a la caridad y a las buenas obras. No deserten de las asambleas, como algunos tienen por costumbre, sino anímense tanto más cuanto más cercano ven el Día". La meta es la vida de comunidad, como un solo hombre, bajo un mismo Dios, guiados bajo la batuta del único Dios que se hizo hombre.

Es por ello que esa luz que recibimos de la obra de entrega de Jesús, su muerte que no solo perdona nuestros pecados, sino que nos hace a todos una misma cosa, como es su deseo final, busca que nuestro camino siempre esté iluminado con la luz de los valores del Reino que imperarán. Toda oscuridad que pretenda imponerse en esta novedad del Reino encontrará en la luz del Resucitado su más firme fuerza opuesta, por cuanto es la luz que resplandecerá eternamente. Ese es el objetivo que Dios ha establecido para el hombre y para el mundo. La oscuridad de ninguna manera tendrá cabida, y quien pretenda ponerse al servicio de la penumbra, se encontrará con la luz resplandeciente que lanzará Jesús, que será la luz de la vida y del alcance de todo lo que de bien existirá eternamente cuando se establezca definitivamente el Reino eterno del Padre: "En aquel tiempo, dijo Jesús a la muchedumbre: -'¿Se trae el candil para meterlo debajo del celemín o debajo de la cama, o para ponerlo en el candelero? Si se esconde algo, es para que se descubra; si algo se hace a ocultas, es para que salga a la luz. El que tenga oídos para oír, que oiga'. Les dijo también: -'Atención a lo que están oyendo: la medida que usen la usarán con ustedes, y con creces. Porque al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene”. Lo nuestro es el Reino. Hacia allá estamos llamados todos. Y esa realidad, a menos que nosotros mismos nos pongamos en la línea de equivocación, nadie podrá quitárnosla.

jueves, 21 de enero de 2021

El mejor sacrificio que ofrece Jesús es a sí mismo

 Cuando lo veían, hasta los espíritus inmundos se postraban ante él» –  Reporte Católico Laico

Jesús ejerce el Sacerdocio perfecto. Es un sacerdocio que en realidad como institución no representa ninguna novedad en la relación del hombre con Dios, por cuanto desde el mismo origen de esa relación hubo siempre un puente que comunicaba al hombre con su Creador. Para el hombre no existía sorpresa en que Dios se pudiera comunicar con él por cuanto siempre surgió de en medio del pueblo algún personaje, sea juez, rey o profeta, que se convertía en la representación de Dios y el que le hacía llegar al pueblo la voluntad divina y los deseos de que se cumpliera su camino para avanzar en esa ruta hacia la plenitud a la que Dios mismo quería que se encaminara el hombre. Desde el mismo principio Dios dispuso que el camino del hombre fuera dirigido hacia la plenitud, pues para eso fue creado el hombre. Dios no quiere otra cosa para la humanidad, sino la plenitud de la felicidad, en la que transcurrirá en el futuro la eternidad que nunca se acabará. El rescate que ha venido a realizar el Dios que se ha hecho hombre no se trata solo por lo tanto de un perdón y de una misericordia infinitos, sino de atraer al hombre, incluso a aquel que voluntariamente se aleja de Aquel que solo quiere sus beneficios y lo colma de los dones de su amor. Incluso a aquellos que se dejan llevar por su egoísmo y su soberbia, pretendiendo con eso hacerse más que el mismísimo Creador por amor. La presencia del Mediador perfecto en la historia es, en cierto modo, continuidad de esa presencia perenne de Dios en la historia de Israel, elevada a la categoría superior, pues este nuevo Sacerdote, Jesús, ya no es solo un hombre que sirve de puente, sino que es el mismo Dios y hombre que es puente en sí mismo.

Jesús, como Sacerdote, ofrece su sacrificio para agradar a Dios. Ya no lo hace como los sacerdotes del Antiguo Testamento, que tenían que ofrecer sacrificios por sus propios pecados. Él es Dios que se ha hecho hombre, por lo que no tiene pecados. Pero sí ha asumido los pecados de toda la humanidad, y en su único sacrificio, sin ser culpable, se ofrece a sí mismo de una vez y para siempre, por lo que ya no es necesario ofrecer una vez más otro sacrificio. Lo ha hecho Jesús una vez y para siempre: "Hermanos: Jesús puede salvar definitivamente a los que se acercan a Dios por medio de Él, pues vive siempre para interceder a favor de ellos. Y tal convenía que fuese nuestro sumo sacerdote: santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y encumbrado sobre el cielo. Él no necesita ofrecer sacrificios cada día como los sumos sacerdotes, que ofrecían primero por los propios pecados, después por los del pueblo, porque lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo. En efecto, la ley hace sumos sacerdotes a hombres llenos de debilidades. En cambio, la palabra del juramento, posterior a la ley, consagra al Hijo, perfecto para siempre. Esto es lo principal de todo el discurso: Tenemos un sumo sacerdote que está sentado a la derecha del trono de la Majestad en los cielos, y es ministro del Santuario y de la Tienda verdadera, construida por el Señor y no por un hombre. En efecto, todo sumo sacerdote está puesto para ofrecer dones y sacrificios; de ahí la necesidad de que también Jesús tenga algo que ofrecer. Ahora bien, si estuviera en la tierra, ni siquiera sería sacerdote, habiendo otros que ofrecen los dones según la ley. Estos sacerdotes están al servicio de una figura y sombra de lo celeste, según el oráculo que recibió Moisés cuando iba a construir la Tienda: 'Mira', le dijo Dios, 'te ajustarás al modelo que te fue mostrado en la montaña'. Mas ahora a Cristo le ha correspondido un ministerio tanto más excelente cuanto mejor es la alianza de la que es mediador: una alianza basada en promesas mejores". Con Jesús queda superado cualquier sacerdocio, por cuanto Él mismo es la presencia de Dios y del hombre en uno solo.

Y esa acción sacerdotal de Jesús se va haciendo cada vez más clara a medida que avanza en la realización del anuncio de la llegada del Reino. Dios ha tomado la humanidad ya definitivamente para si y todas sus acciones van encaminadas a convencer a cada hombre de que esa presencia es ya definitiva y que ya nunca más faltará. Él está físicamente en el mundo desde entonces y para siempre, y todas sus acciones irán encaminadas a convencer a todos de que Él representa al Padre que ama infinitamente al hombre y al mundo y que todo lo hará en función de que, por encima de todo, lo único que quiere para el hombre es colmarlo de sus beneficios: "En aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del mar y lo siguió una gran muchedumbre de Galilea. Al enterarse de las cosas que hacía, acudía mucha gente de Judea, Jerusalén, Idumea, Transjordania y cercanías de Tiro y Sidón. Encargó a sus discípulos que le tuviesen preparada una barca, no lo fuera a estrujar el gentío. Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo. Los espíritus inmundos, cuando lo veían, se postraban ante él y gritaban: 'Tú eres el Hijo de Dios'. Pero él les prohibía severamente que lo diesen a conocer". Era la apoteosis de la acción divina. Era la presencia de Dios en Jesús, que venía a convencer de que lo único que quiere es el beneficio total del hombre. Era la manera en la que Dios confirmaba su amor infinito por cada hombre y cada mujer de la historia.

miércoles, 20 de enero de 2021

Jesús es el Sacerdote perfecto, Dios que se hace hombre y nos trae el amor

 Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida  a un hombre o dejarlo morir? – Arquidiócesis de Tijuana

Melquisedec, rey no hebreo del Antiguo Testamento, es el prototipo del Sacerdocio de Jesús. Su origen es un misterio total. No se sabe de dónde viene, quién lo ha elegido, cuál es su fin. Lo único que se sabe de él es que se pone al servicio de Abraham cuando regresa victorioso de las batallas contra los enemigos poderosos que hay alrededor. Su nombre significa Rey de Paz y Rey de Justicia. Precisamente por ponerse al servicio de quien ostenta el mando y por querer imponer la justicia y la paz, es el modelo perfecto del Sacerdocio de Jesús. No lo es porque no tiene origen ni porque nadie sabe quién lo ha elegido. Lo es porque hará el mejor servicio para la humanidad, que es el ser puente con la divinidad, en la búsqueda de que se implante ese reino de justicia y de paz que Dios quiere para todos. Jesús no será un extraño que ignore lo que vive ni la humanidad ni la divinidad, pues forma parte de ambas naturalezas, por lo cual será el mediador perfecto que podrá poner ante el Padre la situación de cada hombre y de cada mujer, y podrá poner ante cada uno de ellos la voluntad divina y las exigencias para vivir en ese reino de justicia y de paz. La presencia de Jesús, Sacerdote perfecto y eterno, eleva la relación entre el hombre y Dios a una situación que ya no tendrá más allá, por cuanto ambas realidades, humana y divina, ya no podrán ir más arriba. Con Jesús como sumo, único y eterno Sacerdote, ya no es posible pensar en una relación distinta entre Dios y el hombre. El rescate que viene a hacer Jesús se da no solo en la muerte en Cruz, con todo y que este es el gesto central que explica la razón de su venida, sino en el establecimiento de un nuevo orden de relación entre el hombre y Dios. Lo hace posible Jesús, el Dios que se ha hecho hombre.

La eternidad del Sacerdocio de Melquisedec es la eternidad del Sacerdocio de Jesús. Todos los sacerdotes del Antiguo Testamento eran elegidos por un periodo de tiempo y ejercían su sacerdocio según el parecer de Dios. El pueblo ponían en sus manos sus vidas y lo confiaban todo radicalmente en sus manos, en la esperanza de que sus ruegos y lamentaciones fueran escuchadas por la intercesión del mediador que era el sacerdote. Con Jesús, la mediación no finaliza jamás. Él mismo se convierte en mediación y se coloca ante el Padre presentando todas las necesidades. Ha hecho el rescate perfecto de los hombres y ahora los tiene a todos en sus manos para colocarlos casi como ofrenda en la presencia de Dios a cada uno. Y además, en su condición de rey de justicia y de paz, coloca ante la humanidad las exigencias de ese nuevo reino que se está inaugurando: "Melquisedec, rey de Salén, sacerdote del Dios altísimo, salió al encuentro de Abrahán cuando este regresaba de derrotar a los reyes, lo bendijo y recibió de Abrahán el diezmo del botín. Su nombre significa, en primer lugar, Rey de Justicia, y, después, Rey de Salén, es decir, Rey de Paz. Sin padre, sin madre, sin genealogía; no se menciona el principio de sus días ni el fin de su vida. En virtud de esta semejanza con el Hijo de Dios, es sacerdote perpetuamente. Y esto resulta mucho más evidente si surge otro sacerdote a semejanza de Melquisedec, que no ha llegado a serlo en virtud de una legislación carnal, sino en fuerza de una vida imperecedera; pues está atestiguado: 'Tú eres sacerdote para siempre según el rito de Melquisedec'".

Por eso, el tiempo de Jesús es un tiempo nuevo. Es un tiempo que sobrepasa las exigencias de lo que se vivía en la relación con Dios hasta ese momento. Hasta entonces imperaba el formalismo. La relación humana, espiritual y afectiva con Dios era prácticamente inexistente. A Dios se dirigía el hombre solo en una condición instrumental. Jesús, con su sacerdocio eterno, hace que esa relación formal, legalista, externa, pase a ser personal, consciente de que hay una posibilidad de relación íntima, en la que pese más la posibilidad de cercanía que la de utilidad. No basta saber que Dios está ahí, que es grande y poderoso, que puede hacer maravillas. Con Jesús, mediador perfecto, sabemos que esa relación con Dios es personal, más allá de lo formal, íntima, llena del amor que se hace presente en la mediación del Dios que es a la vez hombre: "En aquel tiempo, Jesús entró otra vez en la sinagoga y había allí un hombre que tenía una mano paralizada. Lo estaban observando, para ver si lo curaba en sábado y acusarlo. Entonces le dice al hombre que tenía la mano paralizada: 'Levántate y ponte ahí en medio'. Y a ellos les pregunta: '¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?' Ellos callaban. Echando en torno una mirada de ira y dolido por la dureza de su corazón, dice al hombre: 'Extiende la mano'. La extendió y su mano quedó restablecida. En cuanto salieron, los fariseos se confabularon con los herodianos para acabar con él". Esta relación de Dios con el hombre es totalmente nueva. Está en el orden del amor que es la ley que imperan y que imperará de ahora en adelante con este nuevo mediador perfecto que es Jesús. Nadie queda excluido de ese amor, que es la nueva ley.

martes, 19 de enero de 2021

La Ley del Amor es la ley más importante de todas

 El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado |  InfoVaticana

La característica principal del Sacerdote es la de ser Mediador. El sacerdote del Antiguo Testamento era el mediador perfecto entre el pueblo y Dios. Mediante él llegaban a Yhavé las inquietudes, las necesidades, los dolores, los planes, las expectativas de todo el pueblo. Era como la conexión perfecta, por la cual se aseguraba que Dios recibía todas esas cosas que vivía el pueblo. Y luego, mediante la actuación del sacerdote, Dios hacía llegar al pueblo su palabra, sus exigencias, su voluntad, el camino que debían recorrer. Había un intercambio fluido y estable. La institución del sacerdocio de alguna manera aseguraba una estabilidad de la relación entre el hombre y Dios. No había manera en la que se pudiera decir que estaba rota la relación, pues al haber sacerdocio, había conexión. Dios se valía de sus sacerdotes para dar a conocer al pueblo su voluntad y sus exigencias. Y aunque esa relación estaba asegurada que se diera en el doble sentido pueblo-Dios, Dios-pueblo, la realidad era que el sacerdote era como el altavoz de Dios, pues el pueblo estaba convencido de que Dios hacía y seguiría haciendo siempre lo que más le convenía al pueblo, por lo que pocas exigencias podía poner en su presencia por mediación del sacerdote. Yahvé había demostrado siempre ser el Dios poderoso y amoroso, que favorecía a Israel por encima de todo, que buscaba siempre llenarlo de sus beneficios, que salía en su defensa ante los enemigos poderosos. Eso lo había hecho durante toda su historia. Y el mismo pueblo lo había experimentado en carne propia, a pesar de que había tenido también momentos de rebeldía en los que había preferido avanzar por otros caminos distintos de los de la sumisión a Dios y su obediencia, donde incluso había tenido la experiencia de la desgracia y del dolor de estar lejos de Aquel que le ofrecía la estabilidad y la plenitud. El sacerdocio era como el reclamo continuo que hacía el mismo Dios al pueblo para que asumiera que el camino correcto era el de la escucha y el cumplimiento de lo que Él pedía a través de estos mediadores especiales.

Por eso la presencia de Jesús como ese sacerdote perfecto, "según el rito de Melquisedec", era la llegada a la plenitud del ejercicio del sacerdocio. Yahvé establece a Jesús como ese mediador perfecto entre Él y la humanidad. Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre, por lo cual pisa las dos riveras de ambas naturalezas y nada queda de esa manera oculto para Él. La encarnación del Verbo es la inauguración de la era de la mediación perfecta. Jesús inicia no solo su obra de rescate definitiva y total, que ya no tiene vuelta atrás, sino que se establece a sí mismo como la mejor prenda de unión entre el Padre y la humanidad. A nosotros nos resta solo mantener ese deseo de estar siempre en contacto con Dios, a través de Jesús, mediador perfecto, para seguir obteniendo todos los beneficios que quiere seguir derramando sobre nosotros. No despegarnos de Él es nuestra única tarea y la que nos atraerá siempre los mejores beneficios: "Hermanos: Dios no es injusto como para olvidarse del trabajo de ustedes y del amor que le han demostrado sirviendo a los santos ahora igual que antes. Deseamos que cada uno de ustedes demuestre el mismo empeño hasta el final, para que se cumpla su esperanza; y no sean indolentes, sino imiten a los que, con fe y perseverancia, consiguen lo prometido. Cuando Dios hizo la promesa a Abrahán, no teniendo a nadie mayor por quien jurar, juró por sí mismo, diciendo: 'Te llenaré de bendiciones y te multiplicaré abundantemente'; y así, perseverando, alcanzó lo prometido. Los hombres juran por alguien mayor, y, con la garantía del juramento, queda zanjada toda discusión. De la misma manera, queriendo Dios demostrar a los beneficiarios de la promesa la inmutabilidad de su designio, se comprometió con juramento, para que por dos cosas inmutables, en las que es imposible que Dios mienta, cobremos ánimos y fuerza los que buscamos refugio en Él, aferrándonos a la esperanza que tenemos delante. La cual es para nosotros como anda del alma, segura y firme, que penetra más allá de la cortina, donde entró, como precursor, por nosotros, Jesús, Sumo Sacerdote para siempre según el rito de Melquisedec". Jesús es el precursor de nuestra nueva relación con el Padre, y ya jamás dejará de serlo.

En esa mediación perfecta Jesús va estableciendo las "reglas" de esa novedad de vida de la que Él es portador y que viene para que todos las asumamos y las hagamos propias. Que pasen a formar parte de nuestra vida de fe. No se trata de que lo anterior no sirva ya, sino que aquello será superado por la experiencia del amor y la fluidez en la relación con Dios, que será ya no solo una cuestión de norma o de disciplina, carente de la afectividad y de la relación personal que lleva esa unión a un nivel superlativo que no se queda solo en lo formal, sino que avanza hacia lo afectivo y lo espiritual, manteniendo las exigencias a los hombres, los anima a responder más por amor que por temor. Lo normativo debe quedar en lo accesorio. No desaparece, sino que sirve para poner el orden que debe existir, solo bajo la óptica del amor y de la buena relación con Dios: "Sucedió que un sábado Jesús atravesaba un sembrado, y sus discípulos, mientras caminaban, iban arrancando espigas. Los fariseos le preguntan: 'Mira, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido?' Él les responde: '¿No han leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus hombres se vieron faltos y con hambre, cómo entró en la casa de Dios, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes de la proposición, que solo está permitido comer a los sacerdotes, y se los dio también a quienes estaban con él?' Y les decía: 'El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del hombre es señor también del sábado'". Jesús, como el sacerdote eterno que es, ya no está sujeto a los formalismos. Estos tendrán sentido solo en la medida en que sirvan al amor y a hacer llegar a los hombres todos los beneficios que Dios, desde su amor, tiene establecidos que sean para ellos.