Mostrando las entradas con la etiqueta luz. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta luz. Mostrar todas las entradas

miércoles, 16 de junio de 2021

Que brille la luz de Cristo desde nosotros al mundo

 El evangelio del 3 de marzo: "Cuando recéis, no uséis muchas palabras" -  Evangelio - COPE

El Señor nos hace siempre la llamada a la humildad, a la entrega y al servicio. No dejará nuca de hacerlo, por cuanto es condición desde que somos sus criaturas amadas, para avanzar en el camino de la felicidad que nos tiene reservada. Su deseo más profundo es el de que seamos felices, llenos de su amor eterno, y apuntando con ilusión a alcanzar la meta de la plenitud. Ese es el verdadero camino de la felicidad y no existe una alternativa distinta. Por eso, una y otra vez insiste sobre el mismo punto. En nuestra comprensión y en la asunción de este hecho está el sentido de nuestra vida. En medio de sus situaciones tan variantes, aun de las que más nos pueden trastocar, siendo experiencias a veces terribles de dolor y sufrimiento, de enfermedad y de desprecio de los hermanos, de las mayores injusticias que podamos sufrir, de las experiencias de miseria y destrucción personales o de las que podamos ser testigos, debemos siempre reponernos, pues sabemos que no pueden ser situaciones que Dios desee para nadie. El hecho del respeto solemne que Dios tiene por la libertad que nos ha concedido como seres creados a su imagen y semejanza, nos hace a todos esa mala jugada, pues todo lo ha dejado a nuestro arbitrio, y ni siquiera Él puede hacer nada contra ello. Nos sorprendemos, pues ante un Dios que sin duda es todopoderoso, asistimos prácticamente a la confesión de su debilidad total ante la libertad que ha cedido al hombre, dejándose llevar por su inmenso amor por la criatura. Más que confesión de debilidad sería entonces de su poder, que es capaz de respetar, cuando lo más sencillo para Él sería forzar a que las cosas se den todas en un sentido positivo, con ausencia de sufrimiento y de dolor. Él sabe que aun cuando tenemos en nuestra genética la bondad natural, ella ha sido envenenada por la tragedia del pecado y del gen del mal, que nos hace tanto daño a todos. Si nos rendimos ante él, seremos inexorablemente siempre vencidos. Pero si nos dejamos llenar de su fuerza de espíritu, tenemos la seguridad de la victoria, pues Él nunca se dejará vencer sin luchar ni trasladar a nosotros esa misma fuerza suya.

En este sentido, la comprensión de los primeros anunciadores del amor de Dios al mundo en Jesús, fue la de la asunción de su absoluta necesidad de abandonarse a sí mismos, sin poner su confianza en ellos, sino abandonando toda pretensión de personalismo, aun cuando aparentemente fuera lícito, pues lo que debía brillar era Jesús, su amor y su salvación, y su deseo de que esa salvación que había procurado no fuera eclipsada ni por asomo por tentaciones de individualismos estériles. Si era necesario ceder el paso a la voluntad amorosa de Jesús, había que hacerlo sin dudarlo un instante. Es el reconocimiento de la extrema debilidad por nuestra condición de criaturas. Saber que aun cuando somos capaces de cosas extraordinarias, que incluso pueden llegar a ser cada vez mayores, no nos podemos atribuir a nosotros lo que corresponde a su amor y a su poder. De tal manera, que en ese reconocimiento encontremos incluso nuestro sosiego, pues lo dejaremos todo en las manos amorosas de nuestro Dios que siempre inspirará lo mejor para sus hijos. Por ello, San Pablo fue capaz y sabio al abandonar completamente su voluntad a las inspiraciones de Dios en favor del pueblo al que amaba entrañablemente. Sabía muy bien qué era lo mejor para ellos, y se postergó a sí mismo en favor de su bienestar, sabiendo que lo que ofrecía Dios era con mucho lo mejor. Pudiendo alzarse con su personalidad, con sus conocimientos, con su deslumbrante manera de ser, siempre consideró mejor lo del Señor: "Hermanos:¡Ojalá me tolerasen algo de locura! Aunque ya sé que me la toleran. Tengo celos de ustedes, los celos de Dios; pues los he desposado con un solo marido, para presentarlos a Cristo como una virgen casta. Pero me temo que, lo mismo que la serpiente sedujo a Eva con su astucia, se perviertan sus mentes, apartándose de la sinceridad y de la pureza debida a Cristo. Pues, si se presenta cualquiera predicando un Jesús diferente del que les he predicado, o se propone recibir un espíritu diferente del que recibieron, o aceptar un Evangelio diferente del que aceptaron, lo toleran tan tranquilos. No me creo en nada inferior a esos súper apóstoles. En efecto, aunque en el hablar soy inculto, no lo soy en el saber; que en todo y en presencia de todos se lo hemos demostrado. ¿O hice mal en abajarme para elevarlos a ustedes, anunciando de balde el Evangelio de Dios? Para estar a su servicio tuve que despojar a otras comunidades, recibiendo de ellas un subsidio. Mientras estuve con ustedes, no me aproveché de nadie, aunque estuviera necesitado; los hermanos que llegaron de Macedonia atendieron a mis necesidades. Mi norma fue y seguirá siendo no serle gravoso en nada. Por la verdad de Cristo que hay en mí: nadie en toda Grecia me quitará esta satisfacción. ¿Por qué?, ¿porque no los quiero? Bien sabe Dios que no es así". El amor de Dios en el corazón de Pablo era su último y su único motor.

Esa postergación de sí mismo es la clave de comprensión para hacerse anunciador del amor. No hay otro camino, sino solo el de abandonarse totalmente, en criterios y en voluntad, al arbitrio de Dios. No se debe buscar hacerse brillar a sí mismo, sino que se debe apuntar a que sea el Señor el que brille. Al fin y al cabo, es su luz la inmarcesible, no la nuestra. Nuestra luz, en muchas ocasiones, logrará el efecto contrario, pues es luz de criatura, no de fuente, y llevará más bien la oscuridad que no seremos capaces jamás de cubrir, a menos que sea luz que adquiramos de Aquél que es la fuente de toda iluminación. Seremos luz que valga la pena si llegamos a ser verdaderos reflejos de la luz de Cristo y la de su amor. No por nosotros mismos, que solo lograremos, si nos quedamos aislados, sin echarnos nosotros mismos a un lado, oscurecer siempre el panorama. Y no es que no sea importante lo que podamos hacer, pues Jesús nos ha dejado el mundo como tarea, pero eso importante no es lo que nosotros hagamos, sino lo que Él hará a través de nosotros, abandonados a su amor: "En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 'Cuando recen, no usen muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No sean como ellos, pues su Padre sabe lo que les hace falta antes de que lo pidan. Ustedes oren así: 'Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal'. Porque si perdonan a los hombres sus ofensas, también los perdonará su Padre celestial, pero si no perdonan a los hombres, tampoco su Padre perdonará sus ofensas'". Es la parte que nos corresponde: sucumbir al amor a Dios y a los hermanos, haciendo desaparecer nuestras apetencias en función de la transparencia, de la fraternidad, del amor mutuo. Es a lo que estamos llamados: a desaparecer nosotros mismos a fin de que aparezca Jesús y su amor desde nosotros. Camino de justicia y de amor, por el cual debemos transitar sin dudar para alcanzar la felicidad verdadera.

viernes, 4 de diciembre de 2020

Con nuestra fe, Jesús nos da su Luz

 Hijo de David, ten compasión de mí! - Templo de San Francisco - Celaya, Gto.

Los preferidos de Jesús son los desplazados del mundo. La creación, en sí misma es la maravilla que surgió de esas manos amorosas y creadoras. Y la constatación que hace el mismo autor del relato de la creación es: "Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno". Y es que Dios se sintió "orgulloso" de su obra. Podríamos suponer que esa bondad de lo creado era como una especie de decreto que lanzaba Dios sobre todo, para que esa bondad fuera inamovible y no cambiara jamás. Pero no nos podemos quedar solo en esa parte divina. El "orgullo" de Dios no se queda solo lo que creó, sino que a eso añade uno mayor, que es por quién lo creó todo y la motivación última que tuvo su amor. Todo es bueno, y fue puesto en las manos de los hombres para que éste lo hiciera todo mejor. Por lo tanto el "orgullo" no es solo haber creado, sino haber creado por amor al hombre. Y se da así un paso más. El hombre no es una criatura más. Es la criatura por excelencia sobre la cual Dios derrama todas las bendiciones que están en su corazón amoroso. Y una de las primeras riquezas es la de su libertad. El hombre libre es el "orgullo" más grande de Dios. Por eso, cualquier atentado contra la libertad del hombre se encontrará frontalmente con ese Dios que nos ha creado libres y luchará para que las razones de la esclavitud desaparezcan. Nunca veremos a un Dios que contemple impertérrito el mal que se pueda procurar a su criatura amada.

Desde el inicio hemos recibido el anuncio de aquella presencia en el mundo de la acción que Dios realizará en favor de los suyos. Eso no va a faltar. Dios es el Dios de la promesa y del cumplimento. No nos ha engañado jamás y jamás lo hará. Aquellos anuncios nos llenan de gozo seguro, pues sabemos que el camino, aunque aparezca tortuoso para muchos, siempre tendrá un final de gloria: "Esto dice el Señor: 'Pronto, muy pronto, el Líbano se convertirá en vergel, y el vergel parecerá un bosque. Aquel día, oirán los sordos las palabras del libro; sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos. Los oprimidos volverán a alegrarse en el Señor, y los pobres se llenarán de júbilo en el Santo de Israel; porque habrá desaparecido el violento, no quedará rastro del cínico; y serán aniquilados los que traman para hacer el mal: los que condenan a un hombre con su palabra, ponen trampas al juez en el tribunal, y por una nadería violan el derecho del inocente. Por eso, el Señor, que rescató a Abrahán, dice a la casa de Jacob: 'Ya no se avergonzará Jacob, ya no palidecerá su rostro, pues, cuando vean sus hijos mis acciones en medio de ellos, santificarán mi nombre, santificarán al Santo de Jacob y temerán al Dios de Israel'. Los insensatos encontrarán la inteligencia y los que murmuraban aprenderán la enseñanza". Y Dios, celoso de los suyos, saldrá en defensa siempre de aquellos que han sido desplazados por sus propios hermanos. Y aún hará más, pues en el empeño de salvación de todos tenderá la mano también incluso a aquellos que aparecen como opresores y sanguinarios con sus hermanos, ofreciéndoles una conversión a la cual, por amor divino, también tienen derecho.

En este caminar es fundamental que cada uno entienda quién es Jesús, que contemple su ser y se percate de su persona totalmente. No se podrá confiar en Jesús si no se sabe quién es y para qué ha venido. Por eso, la vivencia de la fe debe darse también progresivamente. No basta con pedir favores a Jesús. Lamentablemente muchos hermanos solo se acercan a Jesús para pedir favores. No está mal pedírselos. Él mismo nos invita a hacerlo: "Pidan y se les dará". Lo malo está en quedarnos en una relación instrumental con Jesús en la que estaría solo para hacernos milagritos. Él nos quiere conscientes de lo que Él es. Aquellos ciegos del camino se acercaron a Jesús confiados. Tenían conciencia de quién era: "En aquel tiempo, dos ciegos seguían a Jesús, gritando: 'Ten compasión de nosotros, hijo de David'". Solo el nombre con el que lo llaman nos dice que sabían a quién se dirigían. Pero Jesús va más allá: "Al llegar a la casa se le acercaron los ciegos, y Jesús les dijo: '¿Creen ustedes que puedo hacerlo?" Jesús pide algo más. No quiere ser solo ese Mesías en quien creer, sino que quiere ser el Dios humanado recibido en el corazón por amor y poder: "Contestaron: 'Sí, Señor'. Entonces les tocó los ojos, diciendo: 'Que les suceda conforme a su fe'. Al final, la última palabra la tiene no solo saber quién es Jesús, sino dejarse arrebatar por ese amor y ese poder que quiere usar en favor de los más necesitados: "Y se les abrieron los ojos. Jesús les ordenó severamente: '¡Cuidado con que lo sepa alguien!' Pero ellos, al salir, hablaron de él por toda la comarca". La expectativa se muta en gozo. La prohibición de Jesús no hace ningún efecto, pues el hombre amado por Dios solo vive para anunciar ese gozo de amor que vive en su corazón. Y eso nadie se lo puede impedir.

lunes, 16 de noviembre de 2020

Veremos no solo con los ojos de la carne. Veremos la plenitud que Dios nos quiere regalar

 Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!» – Reporte Católico Laico


Delante de Dios está nuestra vida entera. No hay nada de lo que nosotros podamos hacer, decir o vivir, que sea extraño a Él. No debemos entenderlo como un deseo malsano de control absoluto de lo que somos o hacemos, por cuanto si así fuera, Él efectivamente podría ejercer un férreo control sobre todo, pues nada se lo impide y en todo caso tendría derecho a ejercerlo, pues somos hechura suya, y al provenir de Él, de su amor omnipotente nada se escapa de sus manos. La salida de la vida y la existencia de todo lo que hay en el mundo se da en el ejercicio de la libertad más absoluta de Dios, en la que todo es posible, que no tiene límites, que al ser todo consecuencia de ese decreto original que dio paso a todo lo que no es Él, no requería ni del permiso de un ser superior a Él, que por otro lado no existe, ni de la aprobación de terceros que pudieran poner en duda ninguna bondad que a Él se le ocurriera ejercer. Además de ser absolutamente libre, de tener el total libre albedrío del único ser necesario en sí mismo, de ser la esencia de todas las cosas que surgen de sí, lo acompañan no solo esas prerrogativas suficientes y necesarias en sí mismo, sino las que lo enriquecen no solo como poderoso y hacedor de todo, sino las que acomodan su divinidad a lo que más nos toca a sus criaturas y son las que nos hacen cercanos a Él, nos lo pone a la mano, no como un artífice extraño y alejado, solo fabricante de vida y de cosas con las que enriquecer. Es su condición de ser de amor y de luz, que nos acerca a Él, nos atrae con las cosas positivas, con las bendiciones con las que nos favorece, con los beneficios que nos facilitan la vida y nos lanza en un aventura de acercamiento hacia todos los demás que están con nosotros en las misma condiciones de criaturas suyas en el mismo mundo. La acción de Dios no se puede entender, por tanto, como si fuera la de un gran empresario que quiere llevar férreo dominio de lo suyo para no dejar nada al acaso. Su tarea es la del Creador que ha querido incorporar a aquellos a los que ha hecho a su imagen y semejanza en una tarea que la ha querido hacer similar a la suya, con el inmenso don de la libertad con que los capacitó además como otro Él en el mundo. El hombre, así, debe entender que posee una dignidad infinita pues Dios le ha posibilitado compartir sus prerrogativas de libertad, de poder superior, de coparticipación en su misma naturaleza divina, llegando al extremo de permitirle amar como Él mismo ama. Por eso no se puede hablar de control de parte de Dios, sino de respeto reverencial a lo que Él mismo ha establecido como condición que ha colocado para que pueda existir el hombre como criatura suya. Seguramente, si eso no hubiera estado establecido así desde el mismo principio de su deseo de creación, hubiera dejado las cosas como estaban en aquella eternidad previa que era solo suya.

En esa línea, siguiendo esa misma argumentación, se debe alejar y desechar totalmente una idea distinta que pretenda presentar a un Dios que quiera hacer daño, que quiera conminar radicalmente a nadie, que quiera violentar la misma libertad con las que nos ha favorecido, que pueda llegar incluso a negar algunos de los beneficios que quisiera derramar sobre nosotros. No es concordante con Dios el que siendo el Creador de todo para el beneficio del hombre, en un momento se decida cambiar su manera de actuación, pues será la debacle de todo lo que existe, ya que Dios no puede cambiar en sí mismo. Si llegara a suceder, Él mismo desaparecería y todo lo que existe se desvanecería. Lo natural es, entonces pensar que ese Dios Creador, sustentador, amoroso y donador de la libertad, quiere que cada uno asuma su responsabilidad como copartícipe de sí mismo, se haga cada vez más igual a Él, y con ello, vaya haciendo de su vida algo que vaya adquiriendo una mayor plenitud, la que se va a alcanzar solo en la medida en que su asimilación a Él lo vaya elevando en amor, felicidad, gozo y plenitud. Eso lo irá logrando el hombre en los momentos en que su vida lo va abriendo a la perspectiva, dentro de su vida diaria, de que al ser hijo del mejor Padre posible que lo ha hecho tan capaz, se quede no solo en la contemplación de lo que vive cotidianamente, sino que va aumentando a algo que se va construyendo mayor, más grande y que evidentemente nunca podrá ser solo lo que vive en lo inmediato, sino que lo va asegurando de una realidad que lo va trascendiendo y de lo que se va percatando cuando se va dando cuenta de que está llamado a algo más, que lo lleva también a la similitud de lo trascendente que es la vida ordinaria de ese Dios Creador. En las primeras de cambio de la cristiandad esto fue fundamental para entender mejor el fin del hombre. Estamos hecho para esta vida, para vivirla en el máximo amor y la máxima fraternidad. Pero eso es solo la marca de lo que estamos llamados a vivir. Vivir la fraternidad no es un fin en sí mismo, sino que es llevar adelante con la mayor responsabilidad la tarea que corresponde siendo socios de Dios en el logro de lo mejor para sí mismos y para todos, pero con una perspectiva final bien clara y sólida de que todo irá a mejor, pues es a lo que Dios quiere que lleguemos. Es a Él mismo: "Esto dice el que tiene las siete estrellas en su derecha, el que camina en medio de los siete candelabros de oro. Conozco tus obras, tu fatiga, tu perseverancia, que no puedes soportar a los malvados, y que has puesto a prueba a los que se llaman apóstoles, pero no lo son, y has descubierto que son mentirosos. Tienes perseverancia y has sufrido por mi nombre y no has desfallecido. Pero tengo contra ti que has abandonado tu amor primero. Acuérdate, pues, de dónde has caído, conviértete y haz las obras primeras". En ese caminar que nos corresponde avanzar no podrán darse medias tintas. La debilidad, el pecado, las faltas, nunca dejarán de estar presentes en el desarrollo de la humanidad. Dios nos ha creado y nos conoce mejor que nadie. Pero también conoce bien las capacidades que nos ha dado y por ello espera de nosotros que nuestro final sea el de la fidelidad a su voluntad de gozo de modo que sea nuestra para siempre. Por ello, aunque se presenten dificultades, nuestro esfuerzo deberá siempre estar encaminado al logro de nuestra felicidad en la plenitud y en la de todos nuestros hermanos a los que tenemos que atraer con nosotros.

Está claro que en ese caminar hacia la plenitud la misma capacidad de libertad con la que nos ha favorecido nuestro Dios sigue siendo la misma libertad del hombre que en su momento se reveló y se puso de espaldas al amor. Siendo una libertad plena, sigue siendo una libertad participada, en la que juega un papel importante la misma capacidad que Dios ha colocado de decidir para bien o para mal. Esto, lejos de ser solo una rémora, se convierte en la inmensa posibilidad de dominio personal para que surja más bien como una inusitada condición que eleva. Las cargas que podamos tener no nos hacen menos hombres, sino que son susceptibles de hacernos mejores, pues en el dominio de ella manifestamos claramente lo que realmente valoramos. El encuentro de Jesús con el ciego de Jericó nos da una perspectiva perfecta al respecto: "Cuando se acercaba Jesús a Jericó, había un ciego sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que pasaba gente, preguntaba qué era aquello; y le informaron: 'Pasa Jesús el Nazareno'. Entonces empezó a gritar: '¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!' Los que iban delante lo regañaban para que se callara, pero él gritaba más fuerte: 'Hijo de David, ten compasión de mí!' Jesús se paró y mandó que se lo trajeran. Cuando estuvo cerca, le preguntó: '¿Qué quieres que haga por ti?' Él dijo: 'Señor, que recobre la vista'. Jesús le dijo: 'Recobra la vista, tu fe te ha salvado'. Y enseguida recobró la vista y lo seguía, glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alabó a Dios". Jesús para el ciego no era solo el que podía devolverle la vista, que lo hizo y perfectamente. Para él fue quien le abrió la perspectiva de encontrarse con Aquel que le daba sentido a la vida. La misma manera de dirigirse a Él, en los términos en que lo hizo, no era la de un encuentro fortuito con quien lo iba a curar, sino con Aquel que era Jesús, el Hijo de David, el que tenía compasión de él, y ante quien valía la pena pasar cualquier vergüenza o vaporón, pues su interés era superior. Jesús lo sanó de su ceguera y lo llenó de la luz física. Pero en realidad su curación fue mucho más allá. El ciego entendió que su vida ya no podría ser la misma que la de antes, que vivía para Alguien superior, que seguramente ya Él había atisbado en su vida para hacerlo suyo. Jesús le confirma que su fe lo había salvado. No era por tanto solo una nueva capacidad de ver la que poseía con la obra de Cristo. Era algo más. Era una nueva vida que ahora adquiría sentido por haberse atrevido a acercarse con confianza a Aquel de quien le venía la vida, pero que él había asumido que no era una vida solo material o cotidiana, sino que lo llevaba a una perspectiva infinitamente superior a la que en su tragedia visual le había tocado vivir, pero que ahora había sido puesta en una circunstancia de superioridad que nunca pudo imaginar pero que ya tenía ganada para sí por el amor sanador y salvador de Jesús. Esa es la perspectiva que nos espera a todos nosotros. Todos, en cierta manera somos ciegos, añorantes de curación amorosa, para poder ver mejor a Dios y a nuestros hermanos. Pero sabemos bien que nuestra vida no podrá reducirse a esa añoranza inmanente que nos dé una calidad de vida humana mejor. En nuestra más profunda convicción está la conciencia clara de que estamos llamados a algo más, que nuestro futuro es superior, que nuestro final es la asimilación plena a la vida de ese Dios que nos ha creado, nos ha amado, nos ha regalado todo lo que tenemos y que nos espera para que vivamos esa plenitud del gozo, que es el único empeño que lo mueve en su corazón de Padre de amor.

martes, 9 de junio de 2020

Dar sabor, iluminación y calor a un mundo insípido, oscuro y frío

Catholic.net - Ustedes son la luz del mundo y sal de la tierra

Ser sal y luz en el mundo. Esa es la tarea que describe Jesús como correspondiente a cada cristiano que quiera devenir en buen discípulo suyo. La sal da sabor y la luz ilumina. Cada uno de los seguidores de Jesús debe llevar en sí el sabor de Dios para que los hermanos lo disfruten también, y la luz para que no caminen en tinieblas ni sufran de un frío paralizante. El mundo ha quedado desabrido desde que el pecado excluyó a Dios que con su amor y su gracia lo llenaba todo de un sabor exquisito. No hay sabor mejor que el que da lo que se hace con amor. La sabiduría popular siempre ha afirmado que la comida más sabrosa es la que lleva como ingrediente principal el amor. Es lo que ha hecho Dios con el hombre: le ha preparado un mundo en el que ha colocado al amor como el ingrediente mágico por el que absolutamente toda la realidad que viva en él tendrá un sabor insuperable. Podrán venir momentos malos, dolores, enfermedades, tristezas, pero si se está consciente de que en todo eso nunca deja de estar presente el amor con el que el Señor bendice al hombre, todo será llevadero. "Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados que yo los aliviaré", dice Jesús. Ese alivio es el que produce el amor, que es el ingrediente principal que vino Jesús a restituir en el mundo y que se había hecho ausente desde que el hombre decidió echarlo por su soberbia, dejando lo desabrido como la característica principal de un camino sin metas claras ni ilusiones que entusiasmen. Jesús es quien viene a ocupar el lugar de esa sal que faltaba para darle sabor al mundo aburrido, insípido, sin metas altas. El mundo, además, ha quedado a oscuras y frío desde que por el pecado el hombre decidió embarcarse hacia un abismo en el que la luz no podía llegar. En ese abismo profundo ni la luz ni el calor llegan, a pesar de que siguen ahí. No es Dios el que ha decidido estar ausente. Ha sido decisión del hombre que ha tomado la determinación de alejarse de aquel que le daba la iluminación que necesitaba y el calor que le hacía aceptable la vida en medio del frío absoluto del mundo. Esa luz de Dios ilumina el camino, dejando claro hacia dónde se deben dirigir los pasos, y da el calor necesario en medio del invierno continuo en el que el mundo se empeña en embarcar al hombre. Jesús mismo dijo: "Yo soy la luz del mundo". Desde el mismo principio de su existencia humana su lucha fue contra la oscuridad y contra el frío, haciendo que en todo refulgiese su luz y se sintiese su calor. "El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz", recuerda el Evangelio haciendo referencia a la profecía de Isaías. Jesús es el sabor de Dios y su luz en medio de un mundo desabrido, oscuro y frío.

Los hombres, sin duda, necesitan del sabor de Dios y de su luz. Algunos se han alejado de Él por decisión propia y por ello viven en la insipidez y en la oscuridad y el frío voluntariamente. Quizá nunca han probado ese sabor de Dios y nunca se han dejado iluminar y calentar por su luz. Algunos nunca lo echarán en falta. Pero seguramente la inmensa mayoría sí sentirá un vacío en su vida, aun cuando no sepan explicar qué es lo que echan en falta. Lo extrañarán porque Dios, además de ser el Creador de todo, ha impreso en todos los hombres la sed de la trascendencia, de lo infinito, del sabor y de la luz divinos. Por ello, aun cuando no hagan consciente qué es lo que les hace falta, sentirán siempre ese vacío de lo eterno. Pero además de estos que lo han asumido voluntariamente, están los hermanos a los que ese sabor y esa luz no les llegan por ausencia de quienes se los hagan llegar. Es a estos que son los responsables de su sabor y de su luz a los que Jesús se dirige: "Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte". Jesús, siendo la sal y la luz de Dios, las ha derramado en los corazones de quienes han aceptado ser sus discípulos. Pero esa aceptación no puede ser jamás una aceptación pasiva. Disfrutar del sabor y de la luz de Dios debe llevar a dar un paso comprometido hacia los hermanos que no los disfrutan. El profeta Elías en el Antiguo Testamento fue una prefiguración de lo que debían hacer los discípulos de Cristo en el futuro: "No temas. Entra y haz como has dicho, pero antes prepárame con la harina una pequeña torta y tráemela. Para ti y tu hijo la harás después. Porque así dice el Señor, Dios de Israel: 'La orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor conceda lluvias sobre la tierra'". Él anunciaba la llegada de la abundancia a la viuda que ya no tenía esperanza alguna, pues era pobre solemne y ya no tenía más comida para ella y su hijo. Esa abundancia que anunciaba Elías exigía de ella la confianza en lo que él le decía y la disposición a abandonarse en Dios para dejar que su sabor y su luz la llenaran. Hay un doble movimiento: el del anunciador que lleva la sal y la luz de Dios, y el del que recibe el anuncio, que abre su corazón para dejarse llenar de ellas. Ser sal y luz es la exigencia que pone el Señor sobre los hombros de cada cristiano. Pero dejarse llenar de su sabor y de su luz es también un movimiento necesario que debe ser hecho desde la humildad del reconocimiento de quien lo necesita.

Quienes tenemos la sal de Dios y su luz no podemos ocultar el tesoro que poseemos. En medio de un mundo que se empeña en vivir la insipidez, la oscuridad y el frío, tenemos una gran responsabilidad. Un mundo así es un mundo triste, oscuro, robótico. Las respuestas que da son todas prefabricadas. Pierde la ilusión y la novedad continuas que significan la aventura genial de colocarse en las manos de Dios y de su amor. Nuestro mundo se aprovecha de lo que está programado en el ser del hombre, acentuando las necesidades de las compensaciones materiales, insistiendo en una supuesta libertad que desemboca en la peor esclavitud de la que el hombre luego no podrá zafarse, poniendo el acento en el hedonismo para dar satisfacción solo a los placeres corporales, insistiendo en la supremacía individual y en el egoísmo y la vanidad, echando mano de la soberbia por la que se coloca al individuo en el centro alrededor del cual todo debe girar. Esta supremacía de lo superficial terminará con toda seguridad en la peor de las desilusiones, por cuanto todo es pasajero y desaparecerá en algún momento, dejando al hombre en el vacío total, sin un sustento sólido en el que fundamentar su vida. Es allí donde tendrá pleno sentido la labor que realicemos los discípulos de Jesús. Gritaremos al mundo con nuestra tarea y con nuestra ilusión vivida que hay algo más, que existen valores y metas mucho más elevadas, que hay algo que tiene más sentido y que es duradero y trascendente. Es lo que nos ofrece el mismo Dios, que nos ha creado y lo ha colocado como necesidad absoluta en nuestro ser, de la cual Él mismo es la respuesta. Él nos ha hecho necesitados de su sal y de su luz y se ofrece para llenar siempre esa necesidad. Y nos coloca a cada uno de sus discípulos en el mundo para que seamos portadores de ellas y las llevemos haciéndolas llegar a cada hermano que lo necesite. Ellos deben ser conscientes de esa necesidad y deben hacerse dóciles, demostrando la confianza en Dios con humildad, que quiere ver sus corazones llenos de su sal y de su luz. Nosotros debemos hacerles ver que llevamos con alegría ese sabor y esa iluminación y que sabemos bien que son los mejores fundamentos para llevar una vida con sentido en este mundo, y que luego serán la prenda que nos harán llegar con alegría a la eternidad feliz junto a Dios nuestro Padre, quien nos da su sabor y nos llena de su luz.

lunes, 20 de abril de 2020

Convierte, Señor, mi noche en día, y hazme luz para mis hermanos

Jesús y Nicodemo – Bendiciones Cristianas

El Evangelio de San Juan está plagado de simbolismos. En él, todo lo que escribe tiene un fundamento histórico sólido, pero algunas cosas las quiere narrar haciendo recurso de la simbología, de modo de hacer una construcción teológica y narrativa atractiva y concluyente entre su auditorio. Recursos como el del agua, las parábolas, los sentimientos, las realidades circundantes utilizadas por Jesús para hacer llegar sus mensajes, tienen en San Juan un uso casi litúrgico. Así, nos encontramos con este encuentro de Jesús con Nicodemo, quien se acerca de noche a hablar con Jesús. "Había un hombre del grupo de los fariseos llamado Nicodemo, jefe judío. Este fue a ver a Jesús de noche". Evidentemente, al pertenecer al grupo de los fariseos, acérrimos adversarios de Jesús y foco de sus ataques más frontales por su hipocresía y aprovechamiento de las cosas sagradas en contra del pueblo sencillo, además de que entraba en la categoría de "jefe", lo hacía recurrir a Jesús amparado por las sombras de la noche. Seguramente se sentía muy atraído por todo lo de Jesús. Sus palabras y sus obras probablemente lo habían hecho cuestionarse profundamente, y por eso sentía la necesidad urgente de acercarse a Jesús para plantearle sus inquietudes. Pero no podía hacerlo abiertamente, pues su categoría como fariseo y jefe lo colocaban en la acera opuesta a Jesús. Debía hacerlo a escondidas. Por eso escoge la noche como aliada para acercarse a Cristo. Este encuentro es emblemático de lo que vive quien se acerca a Jesús, haciéndolo con espíritu acucioso, sin prejuicios, limpio de toda pretensión de convencer de sus propias ideas, sino abierto a dejarse convencer y arrebatar. Nicodemo se acerca de noche a Jesús. Esta noche no solo se refiere a la realidad meteorológica, aunque ciertamente el encuentro se da en horas nocturnas. La noche, para el San Juan simbólico, está también reinando en el alma de Nicodemo. Él se encuentra en la oscuridad por percatarse de la equivocación de la conducta que ha vivido hasta ahora. Las palabras de Jesús han hecho mella en él, lo han hecho cuestionarse. Está inquieto. Es una noche que no es perjudicial, sino que preludia y anuncia un amanecer. Veremos como ese encuentro termina siendo ya de día. Después de pasar toda la noche hablando ambos, se hizo de día. Ciertamente en la realidad exterior los dos personajes estuvieron hablando toda la noche. Podemos imaginarnos a Jesús y Nicodemo intercambiando criterios. Nicodemo preguntando y Jesús respondiendo. Ambos eran conocedores de la Escritura, por lo cual podemos suponer el ir y venir de argumentaciones. Al final, Nicodemo se deja conquistar. Vemos como en el Evangelio luego aparece junto a José de Arimatea como discípulo secreto de Jesús. Para Nicodemo se había hecho también el día en su alma. La luz de Jesucristo lo había iluminado. Él vino con la noche en su alma, se acercó a la Luz que es Jesús y se alejó de Él lleno de esa iluminación divina.

La claridad que Nicodemo obtiene de la Luz que es Jesús no se da sin dificultades. El argumento de Jesús en un primer momento le parece fatuo, imposible. Empieza reconociendo en Jesús una condición extraordinaria: "Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él". Sabiamente, quizá lo hace para suavizar de entrada a Jesús, alabándolo. Lo reconoce como maestro y como enviado de Dios. Pero Jesús, prácticamente sordo a estas adulaciones, va en barrena: "En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios". Le plantea ya la necesidad de dejarse hacer hombre nuevo para realmente aceptarlo. No hay otro camino. Es necesario dejar todo lo anterior y llenarse de todo lo nuevo. Algo que es incomprensible para Nicodemo. "¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer?" Esta realidad propuesta por Jesús es algo radicalmente nuevo, y por eso no lo comprende. La radicalidad de la nueva vida ofrecida por Jesús es total. No hay términos medios. Es necesario hacerse de una vida nueva. Jesús, al resucitar hará esto posible, por cuanto esa novedad de vida la obtiene Él en primer lugar y la hace luego derramarse sobre todos. La resurrección de Cristo es la posibilidad del nuevo nacimiento para toda la humanidad. Ese nuevo nacimiento que ofrece Jesús es un renacimiento espiritual. Es el hombre en su interior el que debe ser transformado en el amor. Este amor vivido en la radicalidad como lo vivió el mismo Jesús en su entrega es el que dará un tinte nuevo a todo. La novedad no es en los años de vida, sino en la calidad de vida del espíritu. Dejándose llenar de ese Espíritu de Dios se obtendrá un nuevo ser en la experiencia vital delante de Dios y de los hermanos. Será una transformación que tendrá repercusión no solo en quien nace de nuevo, sino en todos los que sean testigos de esa novedad que vive el renacido. "En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu". No debe ser solo la carne, en adelante, la que dictará las pautas de la vida, sino que será también el Espíritu. Viviendo en la misma vida cotidiana que se poseía, al renacer, esa vida nueva en el Espíritu obtendrá tintes luminosos que harán que el nuevo ser sea como una antorcha que va llenando de luz toda su realidad circundante. Habiéndose hecho de día en el alma oscura del renacido, la claridad de ese día nuevo la llevará a toda su vida.

Ese Espíritu que plenifica al nuevo hombre, que lo llena de Luz y lo hace día para todos a su alrededor hace su obra no sólo de renovación, sino también de acompañamiento al renacido. El nuevo día que se hace realidad en el ser del que ha nacido de nuevo es de tal magnitud, que marca toda su existencia. No se trata solo de alegrarse por sentir que esa nueva vida llena de fe y de esperanza en un futuro de eternidad seguro para quien lo recibe y lo aprecia, sino para todo el que fijándose en esa novedad que vive el renacido abre también su corazón para dejarse hacer de día en su alma. Es la alegría del que se hace instrumento de la luz y sabe que la riqueza del mundo trasciende con mucho a la simple realidad material y se refiere desde su experiencia personal a todo, incluyendo como parte primordial a la realidad espiritual, invisible, a la que prácticamente se había dejado a un lado, haciendo sentir un vacío existencial que solo se llena con esa presencia del Espíritu en el alma del renovado. El cambio radical de vida se refiere a la conversión, a ese proceso que se inicia cuando hay noche en el alma y se produce el acercamiento a la Luz que es Jesús, y se siente como poco a poco su palabra y su acción van venciendo a las sombras espirituales y van iluminando todos los rincones del propio ser. Así, lo que adquiere sentido es la vida en el Espíritu de Dios. Todo se llena de su color y de su presencia. La vida pasa a girar en torno a esa realidad que prevalecerá en la eternidad, por la cual vale la pena esforzarse por defenderla en sí mismo y por hacerla patrimonio de todos, pasando por encima de cualquier obstáculo o estorbo. Por eso, los apóstoles asumieron su parte en esa tarea titánica. Lo hicieron con alegría e ilusión, haciendo acopio total de sus fuerzas y de su energía, y dejándose llenar de la valentía necesaria para no desfallecer ante las adversidades y persecuciones: "'Ahora, Señor, fíjate en sus amenazas y concede a tus siervos predicar tu palabra con toda valentía; extiende tu mano para que realicen curaciones, signos y prodigios por el nombre de tu santo siervo Jesús'. Al terminar la oración, tembló el lugar donde estaban reunidos; los llenó a todos el Espíritu Santo, y predicaban con valentía la palabra de Dios". La novedad que traía Jesús los llenaba del deseo de ser servidores de ella. No podía el mundo seguir siendo antiguo, cuando Jesús, el Renovador resucitado, había entregado su vida para que esa novedad llegara a todos y a todo. Por eso valía la pena asumir cualquier riesgo, con tal de hacer que todo fuera hecho de nuevo. Esa es la tarea de todo cristiano, que debe ser asumida con alegría e ilusión, y siendo valientes ante cualquier adversidad. Hacer que el mundo salga de la oscuridad de la noche en la que se encuentra y pase a vivir el día, lleno de la Luz que es Cristo.

sábado, 11 de abril de 2020

El sepulcro no tiene poder para mantenerte cautivo

Mateo 27:57–60 Jesús es puesto en un sepulcro - YouTube

Hay noche en el mundo. El que es la Luz del mundo está oculto en el sepulcro, negando esa luz momentáneamente. Jesús mismo había dicho de sí: "Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida". Isaías, viendo la perspectiva de la llegada del Salvador que venía a rescatar a los hombres, escribe: "El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande". Jesús es esa Luz que elimina toda tiniebla, que llena de la alegría de la iluminación por su vida al pueblo que triste caminaba dando tumbos pues no veía el camino con claridad. El pecado había echado todas las sombras sobre la humanidad y la hacía caminar sin ninguna perspectiva. La tristeza, el desasosiego, la frustración, eran los sentimientos que dominaban. No obstante, prevalecía la esperanza de que los anuncios antiguos se cumplieran y llegara un tiempo nuevo en el que resplandeciera la luz de la alegría y de la liberación. La llegada de Jesús, con toda su carga de dicha, con las manos llenas del amor que el Padre le encomendaba llevar a los hombres y de las obras que revelaban la llegada de un tiempo nuevo, daban una expectativa nueva. La luz que Él era y que hacía brillar, daban una nueva coloración a los hombres. Por eso, se vivía una perspectiva de cumplimiento, de libertad. Era el aire nuevo que prometía Dios a los que iban a ser liberados de su carga de esclavitud, del yugo bajo el cual se encontraban por las cadenas del pecado que los acusaba y los destruía. El entusiasmo era total. Se terminaban los días de frustración y de desesperanza. "¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!", gritaban entusiasmados. Sin embargo, en el itinerario sufren una inmensa decepción. Aquel que representaba la mayor esperanza se encontró con el muro infranqueable de los malos y de los injustos. Fue sometido por ellos, llevado a sufrir los mayores escarnios, elevándose sobre Él para humillarlo y acallarlo. Si era incómodo para el poder, sencillamente se le eliminaba. Muerto quien produce la incomodidad, desaparece la incomodidad y siguen tan campantes. La Luz es apagada y se erige la noche y la oscuridad. Hay dolor en el mundo porque no hay Luz. La oscuridad del sepulcro es la misma oscuridad que vive cada hombre. Triunfa la desazón, como la que vivieron aquellos discípulos que salían de Jerusalén cabizbajos y explicaban sus sensaciones, pues iban hablando de lo que sucedió: "Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió".

Jesús entra en el sepulcro asumiendo la inmensa soledad que en él se vive. Nunca antes en toda su vida tuvo Jesús una sensación tan amarga. Ni siquiera en los momentos más álgidos de su periplo terrenal experimentó Jesús tal soledad. El momento de las crisis de Cafarnaúm en el que fue rechazado por muchos por la extrañeza ante las palabras que pronunciaba, no llegó a ser tan determinante: "Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con Él". Jesús preguntó a los más cercanos si querían también dejarlo, pero Pedro, en nombre de todos, le prometió su compañía por encima de todo: "'¿También ustedes quieren marcharse?' Le respondió Simón Pedro: 'Señor, ¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios'". La soledad nunca fue signo de la vida de Jesús previamente. Es la muerte la que trae consigo esta realidad. La muerte viene acompañada por una soledad ensordecedora, que ya había tenido su preludio en la Pasión. Podemos imaginar a ese Jesús que había sido siempre acompañado al menos por sus discípulos, probar la hiel amarga del abandono de todos, incluso de aquellos que eran los más cercanos y que habían llegado al extremo de prometerle que jamás lo dejarían solo. "Aunque todos te abandonen, yo no", había vociferado Pedro. Puesto a prueba en los inicios de la Pasión, su cobardía le hace una mala jugada y sale huyendo de los verdugos de Cristo. Esa soledad en la Pasión es rota exclusivamente por la compañía amorosa de quienes no podían jamás abandonarlo por el amor inmenso que sentían por Él: su madre María, Juan y la Magdalena, que llegan incluso hasta el pie de la cruz. Pero en el sepulcro la cosa es ya radical. Muerto Jesús es colocado solo en él. No lo acompaña nadie. Es la soledad inmensa que sufre el que ha cumplido su tarea de entrega. "Todo está consumado". Es la soledad del que ya no tiene otra realidad en la cual sustentarse sino solo la presencia del Padre que acoge su sacrificio: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". En el sepulcro se encuentra únicamente ese cuerpo sagrado del hombre que era Dios. Nada más. Es la sensación de derrota más pesada. No hay más nadie. Solo el que se entregó y murió por amor.

Para quien no tiene otra perspectiva de futuro, sino solo la de la temporalidad que vive, la muerte es la desaparición de toda expectativa, de toda meta, de todo deseo. La muerte es la derrota de la vida. Para quien no tiene más futuro, la muerte es la frustración de toda realidad. Morir será la desaparición de todo. Ni siquiera las obras realizadas ni las metas alcanzadas lograrán llenar esa sensación de vacío. Pero el que está en el sepulcro no es un hombre cualquiera. Es el hombre que es Dios. Dios no muere. De esta manera se debe entender que la existencia de ese hombre y Dios debe trascender. Y de tal manera trasciende el sepulcro, que incluso en aquellos momentos amargos de oscuridad y soledad, Dios sigue trabajando. Realizando su obra de rescate con aquellos que precedieron a su venida y murieron antes que Él, "en el espíritu (Cristo) fue también a predicar a los espíritus encarcelados". Su obra de Redención no era solo para los de su presente o su futuro, sino también para los de su pasado, todos aquellos que lo habían precedido en la historia. Y aún más. La realidad de la muerte no es una realidad definitiva. La muerte es el paso necesario para la demostración gloriosa del poder divino. El sufrimiento de Jesús y su muerte fueron pasos previos necesarios y reales para llevar a plenitud la obra de rescate de la humanidad. De tal manera que para el que trasciende lo simplemente horizontal, lo temporal, y se abre a lo vertical, a lo eterno, la muerte no es sino solo un paso más de la existencia que nunca se acaba. Bellamente lo describió José Luis Martín Descalzo en su poesía: "Morir sólo es morir. Morir se acaba. / Morir es una hoguera fugitiva. / Es cruzar una puerta a la deriva / y encontrar lo que tanto se buscaba". Más aún en Jesús. La muerte de Jesús es la más fructífera que se ha dado en toda la historia. Ha sido muerte transformada en vida, en triunfo, en eternidad. La sensación de derrota se muta en victoria monumental. La sensación de soledad se trastoca en vida comunitaria feliz eternamente junto al Padre. La sensación de oscuridad cambia radicalmente a luz inmarcesible que alcanzará para iluminar la existencia de todos los hombres. De esta manera, debemos decir que el sepulcro nunca será vencedor. Ninguna de las realidades que lo implican tendrá duración. Ni la oscuridad, ni la soledad, ni la frialdad, ni la muerte, son las que ganan. Gana la vida, y con una victoria contundente. Del sepulcro resurgirá triunfante Jesús. Y se acabará la muerte. Y quedará humillado el poder del pecado, de la muerte, del demonio, pues el verdadero y único vencedor es Jesús, el Dios hecho hombre, que así completará su itinerario y pondrá a los pies del Padre la vida de cada uno de nosotros, rescatados por su amor eterno. 

domingo, 22 de marzo de 2020

Vences mis tinieblas y me haces Luz como Tú

Resultado de imagen de el ciego de nacimiento

De entre las imágenes a las que recurre más la Escritura para describir la acción de Dios en nosotros encontramos la de la Luz. Ella se contrapone a la oscuridad. La dialéctica Luz-oscuridad, noche-día, iluminación-penumbra, busca describir la lucha entre el bien y el mal, la gracia y el pecado, la vida y la muerte. Todo lo que es tenebroso, que está envuelto en penumbras, sería la representación del pecado, del dominio de satanás. Es el mundo de la perdición del hombre, en el cual éste se encamina por una ruta contraria a la del encuentro con el Señor, alejándose cada vez más de Aquel que es el origen de su propia existencia, por lo cual estaría cada vez más perdiendo el sustento de su vida. El resultado de este periplo fatal será, sin duda, el vacío total. Quien se sume en las sombras de la lejanía del amor de Dios, pierde absolutamente todo sustento y por ello se encuentra en la oscuridad más profunda. No hay una perspectiva de esperanza, sino solo la seguridad de encontrarse con la nada en la que está sumido todo lo que prescinde de Dios. La oscuridad lo envuelve de tal modo que lo único que se puede esperar es dar pasos inciertos y sin brújula hacia la debacle total, lo que lo hará caer en el abismo más profundo. La belleza y la frescura que se pudo haber vivido manteniéndose unido a quien es la fuente de la vida, se pierde totalmente, teniendo como consecuencia una vida triste, sin norte, sumida en la más cerrada penumbra. Es la ceguera espiritual que borra todo panorama de frescura y de esperanza. Por el contrario, lo que es luminoso, lo que está lleno de la Luz de Dios, es una vida que está llena de esperanza, de ilusión, de gracia, de paz y de felicidad. La Luz que Dios provee a quien se mantiene cerca de Él y lucha por mantener continuamente esa cercanía, llena de un sentido pleno la vida, pues se establece en la certeza de haber alcanzado el camino hacia la plenitud a la que está llamado y que es la meta para la cual ha sido creado. Unirse a Dios y luchar por ocupar siempre ese lugar privilegiado constituye la acción más importante del hombre.

La obra grandiosa que Jesús ha realizado se resume en haber arrancado nuestras vidas del imperio de las tinieblas, llevándonos a la Luz con la que Dios quiere proveernos. Es la Luz de su vida y de su amor, que nos ilumina el camino desarraigándonos de las sombras y de las obras de la oscuridad. Jesús vence al demonio, padre de las tinieblas, quien lucha por mantenernos en su reino de oscuridad. Con su poder divino, Jesús lucha por ganarnos para el Padre y lo logra victoriosamente: "Ustedes antes eran tinieblas, pero ahora, son luz por el Señor. Vivan como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz. Busquen lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciándolas". Jesús vence, y con ello nos regala su victoria. Y a la vez, nos compromete a que nosotros nos mantengamos como hijos de la Luz. Si hemos sido arrancados de las tinieblas y hemos sido llevados al reino de la Luz admirable de Dios, mediante una lucha que tanto le costó a Jesús, al extremo de morir en ella, no podemos quedarnos de brazos cruzados ante los nuevos embates que seguramente sufriremos desde el reino de las tinieblas que no se conformará con perdernos. Nos corresponde unirnos de tal manera a esa Luz, que de ella misma saquemos las fuerzas para seguir venciendo a la oscuridad e ir progresivamente haciéndola desaparecer, por la iluminación que llevemos en todos nuestros ámbitos con la Luz de la que Dios mismo nos provee. Esa Luz de Dios es poderosa, por cuanto vence a la oscuridad que propicia el demonio y nos fortalece para que nosotros hagamos lo mismo.

La Luz con la que nos enriquece Jesús elimina nuestra ceguera. Al ciego de nacimiento le eliminó la ceguera física: "En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Entonces escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: 'Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)'. Él fue, se lavó, y volvió con vista". A nosotros nos elimina la ceguera espiritual, por la que nos hemos hecho incapaces de percibir su presencia en nuestras vidas y todas las riquezas con la que ha llenado nuestra existencia. No se trata simplemente de que seamos capaces de percibir lo que hay a nuestro alrededor, sino que seamos capaces de ver con los ojos del corazón, haciéndonos así conscientes de toda la riqueza espiritual con la que el Señor nos favorece continuamente. Lo decía el Principito: "Lo esencial es invisible a los ojos". Debemos evitar la tentación de quedarnos solo con lo evidente. Cuando el Señor elimina nuestra ceguera, nos está abriendo la posibilidad de ir más allá, a la sustancia, a lo esencial. Descubrir la presencia de Dios en nuestras vidas y los inmensos tesoros con los que nos enriquece es imposible solo con la vista material. Hay que ser acuciosos en procurar abrir los ojos espirituales para poder hacerlo. Y eso solo lo podremos lograr con la obra amorosa de Jesús que con su barro de ternura eliminará nuestra ceguera espiritual y abrirá los ojos de nuestro corazón. Miles de años antes que el Principito, lo dijo Dios: "No se trata de lo que vea el hombre. Pues el hombre mira a los ojos, más el Señor mira el corazón". Él nos da la capacidad de mirarnos hacia dentro, hacia lo que es esencial, hacia nuestro corazón. Y nos invita a descubrir en él el verdadero tesoro: la Luz con la que nos quiere envolver para que podamos vencer al demonio y a su reino de tinieblas, y hagamos que venza esa Luz que iluminará toda nuestra existencia y nos servirá para eliminar las sombras que haya en nuestra realidad.

domingo, 9 de febrero de 2020

Mi plenitud está en poner a Dios y a los hermanos en el primer lugar

Resultado de imagen para Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín

Los hombres nos movemos naturalmente en función de las obtención de beneficios para nuestras vidas. Sentimos que debemos gastar todos nuestros esfuerzos para procurar siempre mejores condiciones, para tener más cosas de las cuales disfrutar, para tener más tranquilidad evitando las dificultades. En cierta manera nos colocamos en el centro de todo para que venga a nosotros todo lo que sea bendición y alejar todo lo que pueda ser de alguna manera negativo para nosotros. Colocamos la felicidad como meta, para lo cual centramos nuestras realizaciones en procurar lo que la facilite y evitar lo que la estorbe o la impida. No está mal que vivamos así, pues en definitiva Dios nos ha creado para que seamos felices. Cuando nos ha enriquecido con la inteligencia y la voluntad y nos ha llenado de fuerzas y dado salud, lo ha hecho precisamente para que cada uno ponga su mejor empeño en avanzar en ese estado de felicidad para el cual ha sido creado. Sería un contrasentido que habiendo sido creados para ser felices, absurdamente pongamos empeño en impedirla o en buscar más bien lo que nos entristezca o llene de amargura. Sin embargo, en ese camino de felicidad propuesto por el mismo Dios para el hombre, no hemos descubierto real o completamente la dirección que nos conduce a la felicidad plena. O al menos no hemos sido capaces de decidirnos a recorrerla pues nos centramos solo en aquella dirección que nos conduce hacia nosotros mismos, asumiendo en la práctica que no puede existir otra felicidad sino la que se obtiene satisfaciéndose únicamente a sí mismo. Nos colocamos en el centro y pensamos que es absurdo todo esfuerzo que no vaya en esa dirección. Y es que no hemos terminado de entender que desde nuestra creación, el mismo Dios sentenció que "no es bueno que el hombre esté solo", con lo cual dejó establecido claramente que la felicidad plena jamás se conseguirá centrándose exclusivamente en sí mismo, sino en la complementación con los otros. Y eso requiere descentrarse. En lugar de estar uno mismo en el centro, colocar en él a los otros. Y en primer lugar, al Gran Otro, Dios, que es el único que puede asegurar la plenitud de la felicidad añorada.

Desde la antigüedad, el camino estaba señalado. El profeta Isaías pone la clave a la vista: "Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre a quien ves desnudo y no te desentiendas de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán tus heridas, ante ti marchará la justicia, detrás de ti la gloria del Señor". Ese es el camino. El "no es bueno que el, hombre esté solo", no es simplemente una propuesta de compañía en pasividad. Es una compañía activa, que construye un camino mejor, que procura el bien del otro. En la base de todo está el amor mutuo, que es el combustible para esa ruta de la felicidad. O incluso es el mismo camino de la felicidad. Al colocar a Dios en el primer lugar, conscientes de que Él es el único que podrá dar la plenitud, la vida pasa a girar en torno a Él y a los demás. No se basa en el orgullo propio o la soberbia. Se deshace de toda vanidad o narcisismo, y se pone toda la confianza en su amor y su poder. Las capacidades personales se colocan a su servicio y se consideran entonces insuficientes en sí mismas. La autosuficiencia, que puede ser el cáncer grave que mate todo amor y toda solidaridad, tiende a desaparecer, aunque siempre luche por resurgir. San Pablo nos enseña cómo debe ser la conducta de quien ha colocado a Dios en el primer lugar: "Yo me presenté a ustedes débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que la fe de ustedes no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios". Si Dios debe estar en el primer lugar del corazón de cada uno de los que quieren ser felices, con mayor razón lo debe estar en el de quien quiere ser instrumento de su amor. Saberse nada, dejando a Dios actuar desde uno, es clave para sentir la felicidad mayor. No es la satisfacción que puede sentirse por haber hecho algo al margen de Dios, que puede ciertamente darse. Pero esa siempre será menor y dejará la sensación de la añoranza de algo más. Eso que falta es la presencia de Dios que da plenitud a todo.

Si la felicidad está en el servicio a los demás, lo que da sentido pleno a la vida de cualquiera, tal como lo experimentó el mismo Jesús -"Yo estoy entre ustedes como el que sirve ... No he venido a ser servido sino a servir"-, no debemos descansar hasta no caminar esas rutas en esa dirección hacia los hermanos. Colocar a Dios en el corazón propio no se hace para tomar posesión de Él y tenerlo allí en un goce individual. Habrá momentos en los que eso puede llegar a ser muy compensador e incluso necesario. El encuentro en la intimidad con el Señor es de lo más entrañable que podemos experimentar. Pero solo se justificará si aquello sirve como de plataforma de lanzamiento hacia el hermano. El encuentro con Dios se complementa con el encuentro con los hermanos. Dios me dará la plenitud de la felicidad exclusivamente cuando complete mi encuentro con Él al encontrarme con los demás. Si he encontrado ese camino de la felicidad plena, llegaré a la meta exclusivamente si lo recorro junto a ellos. Por eso debo procurar que ellos me acompañen en mi caminar. Debo atraerlos hacia mí para que experimenten la misma plenitud que yo estoy experimentando. Es la invitación que nos hace Jesús: "Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Brille así la luz de ustedes ante los hombres, para que vean sus buenas obras y den gloria a su Padre que está en los cielos". Ser sal y luz es haber alcanzado la plenitud, ser felices, estar en la presencia de Dios, que es quien procura esa plenitud. Pero esa condición es tal y se justifica como tal solo cuando es vivida en comunidad. La alegría comunitaria es la alegría plena. Es la alegría vivida con el hermano, fruto del encuentro con Dios, la que dará la verdadera sensación de plenitud. Tendremos la experiencia de plenitud solo cuando coloquemos a Dios y a los hermanos en el centro de nuestra vida y procuremos que nuestra experiencia de plenitud sea condividida con ellos. Nuestra felicidad está condicionada a que procuremos que ellos sean felices. Y esa es nuestra plenitud. Si lo logramos, habremos alcanzado nuestra plenitud.