viernes, 21 de febrero de 2014

Si eres libre, puedes liberar

A veces entendemos equivocadamente las palabras de Cristo. En su invitación a "negarse a sí mismo, cargar con nuestra Cruz y seguirlo", creemos que nos está invitando a una autoanulación total. No entendemos que la plenitud del hombre no está jamás en autoafirmarse en sí mismo, sino en el lograr ser cada vez más de Jesús, seguir su voluntad, apropiarse de sus criterios, de su mensaje y de su amor... Cuando entendemos esto, dejamos de encerrarnos en nosotros mismos, como en una especie de defensa de "nuestro territorio" para que nadie, ni siquiera Jesús, venga a invadirlo.

La realidad es que la invitación de Jesús es, radicalmente, a "autoposeernos" de tal manera, a tomar tan estrechamente posesión de nosotros mismos, que seamos capaces de donarnos a Él, y de esa manera, de apuntar a la única plenitud posible que está en la perspectiva del hombre: La de ser únicamente de Dios. Sólo quien se posee, el que es verdaderamente dueño de sí mismo, es capaz de donarse. Porque Cristo se poseyó como jamás nadie lo hizo de sí mismo, fue capaz de donarse al hombre. Y eso lo explica sólo la vivencia del amor en su máxima intensidad. La posesión de sí  mismo para donarse tiene sentido únicamente desde la perspectiva del amor. Es en ese sentido que Jesús nos invita a negarnos a nosotros, pues se coloca todo en función de los demás, a los que se ama, para alcanzar para ellos el máximo bien imaginable.

Es más grande en este sentido, y apunta a alcanzar la plenitud, quien se posee y se da. Sobre todo si se da al mismo Dios, que es la fuente de cualquier plenitud posible, y a los hermanos, el objetivo de la plenitud que Dios concede. Poseerse para darse. Quien no se posee, aunque se dé, no está dando nunca nada, no pierde nada, no le duele nada, pues nunca lo ha tenido. Es esa la razón última de la vida del hombre. Por eso, San Agustín afirma rotundamente: "Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti". Es la añoranza insistente del corazón que anhela derribar todas las barreras que le impiden expandirse hasta alcanzar la plenitud total, hacia Dios y los hermanos, pues intuye acertadamente que en ese camino es que se encuentra.

Por otro lado, la plenitud requiere del acrisolamiento para poder despejarse totalmente de lo que impide llegar a ella. Por eso Jesús invita también a "cargar la Cruz". Avanzar hacia la plenitud exigirá la lucha contra las fuerzas de la mezquindad personal que se rebelarán obcecadamente. Son las que luchan en nuestro interior para sumergirnos más profundamente en el egoísmo, en la envidia, en el narcisismo, en el materialismo, en el sensualismo. Todas esas fuerzas representan las de la naturaleza caída que pugnan por seguir triunfando en nosotros y nos darán dura batalla. La lucha por la plenitud debe enfrentar enemigos que no por enanos dejan de ser incómodos. La pobreza del espíritu se declara en el servilismo hacia estas fuerzas de enanos que subyugan cuando el hombre les permite multiplicarse o los aúpa para que se multipliquen. Es triste constatar que con frecuencia los enanos alcanzan a vencer porque los alimentamos, los apoyamos, nos rendimos a ellos. Somos como el Gulliver que se jactaba de ser gigante, pero que fue vencido por miles de débiles cuerdas...

Y esa donación de la más preciosa propiedad, que somos nosotros mismos, debe declararse en función de las obras que hacemos en favor de los demás. Hay que demostrarla con hechos concretos. Santiago nos descubre el sentido de las obras en favor de los demás, principalmente por el amor y la fe: "Enséñame tu fe sin obras, y yo, por las obras, te probaré mi fe". Las obras sacan a la luz lo que somos. El Cardenal Karol Wojtyla, años antes de ser el Papa Juan Pablo II, desarrolló una línea de pensamiento filosófico que se inscribía en el Personalismo Cristiano, y promulgó en ella una línea que declaraba. "La persona se conoce en la acción". Son nuestra obras las que hablan de lo que somos. "De la abundancia del corazón habla la boca", reza el dicho popular. Añadiríamos: "Y hacen los brazos", para afirmar que todo lo que decimos y hacemos descubre lo que somos. Y si somos hombres de fe, ésta quedará al descubierto en lo que vivimos exteriormente. O debería ser así. De lo contrario, seríamos viles fariseos... "¿Quieres enterarte, tonto, de que la fe sin obras es inútil?... Por lo tanto, lo mismo que un cuerpo sin espíritu es un cadáver, también la fe sin obras es un cadáver", sentencia rotunda y duramente Santiago.

Nuestra posesión de nosotros mismos que desemboca en nuestra donación total a Dios y a los hermanos es, por así decirlo, nuestra máxima "declaración de libertad". La mayor libertad es poseerse, donarse y hacer el bien a todos. Son las obras del bien las que dicen que somos verdaderamente libres. Cuando nos entregamos al mal, nos declaramos lamentablemente esclavos. A mayor maldad, mayor esclavitud. Esa libertad que vivimos será mayor, si la procuramos para los hermanos. No es libre quien permite que exista esclavitud en otros. Las obras de la fe, del amor y de la libertad que descubrirán esas prerrogativas en sí mismo, son el tesoro de quien es libre. Luchar por la libertad propia y la de los hermanos, hace más libre, aunque sea doloroso. Es parte de "la Cruz" que Cristo nos invita a cargar sobre nuestros hombros. Pero es un "peso" agradable, pues se tiene la satisfacción de estar haciendo lo que se debe hacer...

3 comentarios:

  1. Muy buen enfoque, conocí un grupo religioso o pseudo-religioso cuya idea más bien era justo lo de "autoanulación total",
    Gracias por esta reflexión

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    1. Así es David... Muchos no entienden que Dios nos quiere "cada vez más nosotros mismos", para poder ser "cada vez más de Él". Es el único camino a la plenitud... Saludos a tu familia. Dios te bendiga

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