martes, 10 de junio de 2014

Vivir te hace estar más vivo

La vida se nos ha dado para vivirla. Una vida que no se vive es muerte, ha desaparecido, no tiene sentido. Cuando Dios nos ha dado nuestra vida es para que la "usemos" a plenitud. Ni siquiera para que la vivamos a medias, sino con toda intensidad. Al colocarnos al frente todo lo creado para que le pusiéramos el nombre, nos declaró propietarios de toda la creación, nos traspasó su titularidad. El hombre pasó a ser administrador de todos los bienes, pero más que eso, su titular... Y Dios nos hizo socios suyos en la creación, para que la mantuviéramos en el nivel de perfección que Él la colocó. Y, de ser posible, más alta: "Ustedes harán cosas aun mayores", nos dijo Jesús... Todo eso requiere exigencia, responsabilidad, compromiso. No vale la pena vivir la vida a medias, por cuanto sería hacerla caer en la mediocridad. Y la mediocridad es una muerte peor que el asesinato. La mediocridad va robando la vida imperceptiblemente, silenciosamente, sigilosamente... La vida se va escapando, y al final, ya no la tenemos. Nos enteramos cuando ya estamos en el ataúd... La vida hay que vivirla intensamente para que de verdad sea vida... Decía el poeta: "La vida que no florece / y es estéril y escondida, / que no es fecunda ni crece, / es vida que no merece / ni el santo nombre de vida..."

Con la vida, Dios nos ha dado infinidad de riquezas, en las cuales se debe cumplir la misma prerrogativa. Con la vida nos han sido dadas todas las funciones biológicas, corporales, físicas. Nuestro ser es un complicado laboratorio que debe funcionar correctamente para que nuestra condición física y nuestra salud estén a tope. Si nos ponemos a pensar, es impresionante la cantidad de procesos biológicos que se dan en nuestro cuerpo. Los que se están dando en este mismo momento. Mientras escribo, estoy respirando, mi corazón está bombeando la sangre a todo mi cuerpo, estoy parpadeando, mis riñones y mi hígado están purificando los líquidos, mi vejiga se está llenando, mi estómago está produciendo la digestión, mis músculos están en movimiento, mis ojos se están dirigiendo de la pantalla al teclado y desde el teclado a la pantalla, mis oídos están escuchando el rumor que sube de la calle... Todo en el proceso perfectamente diseñado por Dios para que mi vida biológica sea plena... Si yo fuera capaz de frenar alguno de esos procesos, mi vida sería un desastre, no sería la vida que Dios quiere en mí... Sería enfermedad, o incluso, hasta muerte... Esto se complementa con lo que Dos ha puesto en la creación para que sirva a llevar adelante todos los procesos... Dios me ha regalado la luz para ver, el aire para respirar, el agua para beber, los animales y las plantas para alimentarme... Todo lo ha procurado para que esos procesos que se dan en mí tengan los insumos necesarios para poder desarrollarse... Sería absurdo que yo pensara que no necesito de alguno de ellos para vivir. Que yo decidiera en algún momento que no quiero más aire, más agua, más luz, más alimentos... Sería mi muerte. Me estaría suicidando...

Pues bien, así como Dios ha procurado una vida biológica que en su funcionamiento es perfecta, y que va a mayores cada vez, así mismo ha procurado lo que necesito en mi vida espiritual, para que también ella sea perfecta... Dios me ha llenado de su amor para que viva plenamente el amor. Dios me ha dado la compasión para que la use perfectamente. Dios me ha dado la fraternidad para que la viva a plenitud. Dios me ha dado un sentido de justicia para que sea perfectamente justo. Dios me ha dotado de valores y virtudes para que los desarrolle en mi vida social. Dios me ha dado la santidad para que la viva en medio del mundo. Dios me ha dado la verdad para que la conozca completamente. Dios me ha dado la paz interior para que la manifieste en todo lo que hago... No tiene sentido que hayamos recibido todo esto para mantenerlo escondido. Más aún, su manifestación externa milagrosamente hace que la vivamos con mayor intensidad y que crezcan en nosotros. Quien ama, se llena de más amor. Quien es justo, recibe y vive la mayor justicia. Quien es fraterno, se siente aún más hermano de todos... En lo espiritual, los dones de Dios, al ponerlos en funcionamiento, se multiplican, se engrandecen, jamás disminuyen...

La Viuda de Sarepta, cuando dio a Elías todo lo que le quedaba, siendo caritativa con el Profeta, multiplicó lo poco que le quedaba. Y ya nunca más tuvo necesidad de más trigo y de más aceite para el pan de ella y de su hijo... Estaba dispuesta a morir, pero su generosidad le arrebató a Dios una providencia milagrosa. Recibió mucho más de lo que dio... Lo dijo Jesús: "El ciento por uno"... Y es que en nuestras vidas debemos entender que para ser más sólidos en todo debemos salir de nosotros y lanzarnos a los demás, debemos proyectarnos en el amor y en todas las virtudes para alcanzar cotas más altas. La plenitud la alcanzaremos sólo si invertimos nuestros bienes espirituales. No es ocultándolos como lo lograremos. Así sólo lograremos matarlos. Nos convertiremos en el cementerio del amor, de la paz, de la justicia, de la fraternidad, de la verdad... No es eso lo que Dios quiere para nosotros...

Por eso Jesús insiste: "Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una vela para meterla debajo de un celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así la luz de ustedes a los hombres, para que vean sus buenas obras y den gloria a su Padre que está en el cielo". No hay porqué ocultar la luz ni impedir que la sal dé sabor. Si se nos ha dado amor es para que seamos emisarios del amor para todos. Si se nos ha dado la verdad es para que la proclamemos. Si se nos ha dado justicia, es para que sembremos de justicia nuestro mundo... No dejemos de hacerlo. Haciéndolo, recibiremos una medida mayor en todo. Seremos ricos en toda vivencia espiritual. Estaremos en el cielo anticipadamente...

lunes, 9 de junio de 2014

El sufrimiento no es absurdo

De nuevo, el absurdo. En los criterios del mundo, en el que todo se mueve por la comodidad, por los placeres, por el hedonismo, cuando se habla de esfuerzos, de sacrificios, de luchas, se prefiere tapar los oídos. No cuadra nada que si hemos sido puestos en el mundo, según nos dice la Escritura, para ser felices, lo que se nos vaticina es dolor, persecución, sufrimiento...  ¿Cómo decir a quien está en el trance del dolor y del sufrimiento, por alguna razón injusta que lo ha arrodillado, que se lo ha llevado por delante, que lo ha hecho sucumbir como humano, que se mantenga feliz, si en su vida sólo hay oscuridad? ¿Con qué derecho puedo yo acercarme a alguien que está en medio de los más atroces sufrimientos por la enfermedad, por la muerte injusta de algún ser querido, porque le han robado lo que le ha costado todo su esfuerzo humano honestamente en su trabajo cotidiano, porque sufre el dolor de un hijo o de sus padres, que viva feliz? La verdad es que se plantea aquí una paradoja. Ser feliz sufriendo. Reír llorando. Gozar en la caída. Disfrutar en el dolor... De manera "natural" esto se da sólo en los que no son normales, en los masoquistas, que son los que gozan en medio de los dolores, para quienes es el sufrimiento la raíz de su alegría... Pero, al fin y al cabo, esto es una tara psicológica... Ni más ni menos...

Sin embargo, aun siendo casi imposible comprender esta paradoja que nos plantea la Palabra de Dios, debemos saber que Dios no nos puede engañar. Si, por un lado, es una realidad irrefutable que la vida nos ofrece sufrimientos reales por los que seguramente todos pasaremos, en medio de los cuales nos sentiremos devastados, en ocasiones incluso sin fuerzas para resistir más, por el otro, es también una realidad irrefutable que Dios es un Dios que nos ama infinitamente, un Dios veraz que no quiere nunca el dolor para nosotros, que nos pide que incluso en medio del dolor sintamos su consuelo y su alivio... ¿Cómo conjugar las dos cosas? Porque deben ser conjugables, para que sean verdad juntas. ¿Por qué Dios nos dice que estemos felices en medio de las persecuciones y de los sufrimientos? ¿Cuál es el camino que Él propone para que esto se dé, pues debe darse, ya que Él no nos puede engañar? Al parecer, no es un camino sencillo. Y al no ser sencillo, es necesario colocarse en la lógica divina para poder comprenderlo. Esta lógica es superior a la nuestra. Al ser de Él es mejor que la nuestra, pues todo lo que viene de Dios es infinitamente mejor que lo humano...

Es necesario, entonces, que elevemos un peldaño nuestra consideración. Ciertamente en lo humano lo que queremos es que se terminen los sufrimientos, que pasen los dolores, que se acaben las injusticias, que finalicen las deshonestidades que nos hacen tanto daño, para poder ser felices. En nuestro criterio, la única manera y el único camino en el que puede haber felicidad y gozo es el que se recorre sin los obstáculos que lo impiden, que no haya dolor, que no haya sufrimiento, que no haya injusticias... Sólo así podremos ser plenamente felices... Pero, la verdad es que Dios no nos promete jamás esto. Nunca, en toda la Sagrada Escritura, se le dice al hombre que en su cotidianidad las cosas malas dejarán de suceder. Dios no nos engaña. Y más bien es brutalmente sincero cuando nos habla de nuestra cotidianidad. La felicidad plena, idílica, sin fisuras, es prometida sólo para la eternidad feliz en el amor junto al Padre. Para el hombre, "la vida es milicia", dice Job, refiriéndose a lo que vivirá el hombre diariamente. Una de las realidades más firmes que debe tener el hombre en cuenta es que los momentos malos, los sufrimientos, los dolores, las injusticias, estarán siempre presentes, al menos como posibilidades. No se trata de que la vida vaya a ser un continuo sufrir. Tampoco es verdad esto. Pero sí es verdad que la desaparición total del dolor no es una meta en la vida diaria...

Por eso, ese peldaño hacia la lógica de Dios debe ser considerado en una dimensión diversa a la humana. No es la compensación "material", cotidiana, solamente humana, la que se debe añorar. Es la compensación en el amor, en la recompensa, en el sentido que se le da a todo lo que viene de dolor a la vida, lo que dará una visión diferente. Es una compensación espiritual, que surge del corazón amoroso de Dios, en el cual se debe estar firmemente fundado. Para el que no vive en esta solidez, su vida es realmente un via crucis diario. Para el que tiene su esperanza firme en el Señor y en sus promesas, para quien está fundado en una añoranza del futuro pleno en el que se dará la verdadera y plena felicidad, todo lo que puede vivir en esta vida tiene sentido... Serán vivencias de redención en las que se unirán firmemente al Jesús de la Cruz lo que dará la posibilidad de "completar en mi cuerpo lo que le ha faltado a la pasión de Cristo por su Iglesia", que es la colaboración de los otros miembros de su cuerpo, cada uno de los cristianos. Y se podrá alcanzar la redención, por unirse a Jesús, para sí mismo, para los familiares, para los seres queridos... Con esto, se le estará dando un sentido al sufrimiento que sin esto puede quedar en el absurdo. La compensación es saber que todo el dolor tendrá un sentido, que tendrá una ganancia, que no caerá en el vació, que producirá sus frutos. Es la espera ya no de su desaparición sino de su inversión. No es pérdida. Al contrario, es la mayor ganancia que podemos obtener.. No se dejará de sufrir, pero se estará en el gozo de que aquella vivencia será transformada en oro puro para la eternidad propia y la de los seres queridos...

Y a esto se añade la seguridad de la presencia de Jesús en medio de todo esto que nos ha prometido su apoyo y su alivio: "Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, que yo los aliviaré". Saber que las manos de Jesús estarán acariciando a quien estará sufriendo, que sus brazos robustos servirán de apoyo a quien se está debilitando en el sufrimiento, que su amor busca compensar las injusticias y las decepciones que se puedan vivir..., es altamente compensador. Elías recibió del cielo, de los cuervos enviados por Dios, la compensación a su abandono y su obediencia plena... No es compensación simplemente horizontal, humana, pasajera. Es compensación divina, espiritual, definitiva, vertical, que nos pone en el camino de la felicidad plena junto al Padre, en su amor en el cielo...

domingo, 8 de junio de 2014

No detengamos al Amor

El día de Pentecostés es el día del nacimiento oficial de la Iglesia. Ella fue naciendo en varios momentos. Hay una prehistoria, que se remonta a la elección de Abraham como Padre de todas las naciones, el pacto hecho con Jacob y con los otros Patriarcas, la liberación de la esclavitud de Israel en Egipto, el Decálogo entregado a Moisés, la entrada triunfal en la tierra prometida... Muchos son los acontecimientos que nos hablan de la intención divina de tener una realidad en la cual congregar a los suyos, a los que Él quiere salvar, a los que ama y por ello conduce a una situación superior, de amor y de justicia, en la cual se viva la perfecta vida comunitaria...Ya, en la plenitud de los tiempos, al nacer Jesucristo, cabeza de la Iglesia, nació el cuerpo. No puede subsistir la cabeza sin el cuerpo, ni el cuerpo sin la cabeza. Sería absurdo afirmar que la Iglesia, con el nacimiento de Jesús aún no existía... Y en la vida de Cristo son varios los momentos que pueden ser considerados fundacionales de la Iglesia: la elección de los Doce Apóstoles, el anuncio de Pedro como piedra sobre la cual la edificará, los signos y prodigios que realizó, el envío de los 72 discípulos a realizar labores misioneras, la Última Cena, la Institución de la Eucaristía y el Sacerdocio, la Pasión y Muerte en Cruz, el regalo de María como Madre de todos los hermanos de Jesús, el derramamiento de hasta la última gota de sangre con el lanzazo del soldado, la Resurrección, la aparición del Resucitado a los Apóstoles, la conversación final con Pedro encomendándole que apaciente a su rebaño y lo confirme en la fe... Cada uno de estos momentos van delineando la existencia de la comunidad de los salvados por el amor, en la cual será actualizado para toda la eternidad y para todos los hombres de la historia el efecto salvador y redentor de la obra que realizó Jesús... Cada momento de estos es fundamental para entender lo que es la Iglesia. Sin alguno de ellos quedaría fuera la comprensión total de lo que es la Iglesia como la realidad que funda Jesús para hacer llegar la salvación a todos los hombres...

Pero todo eso fue la puesta a punto de lo que sería la Iglesia realmente. Cada momento fue como un ladrillo que fue conformando la estructura del organismo vivo que sería la Iglesia que avanzaría con los hombres en la historia. Era la caparazón. Tenía que llegar el momento en que ese cuerpo debía recibir el soplo vital. La imagen de la creación del hombre en el Génesis nos viene al dedillo para comprenderlo. Yahvé hizo el "muñeco" de arcilla, que era el cuerpo del primer hombre. Pero luego insufló en las narices de ese cuerpo el hálito de vida que sería su principio vital, lo que le daría la vida que tendría, lo que lo impulsaría a ser realmente un órgano vivo... Todo lo que Jesús hizo, desde su nacimiento hasta la conversación final con Pedro, fueron como el Padre que modelaba el cuerpo de arcilla del hombre. Faltaba el dar a esa estructura el hálito de vida. Faltaba insuflarle la vida del Espíritu... Y llegó ese momento cincuenta días después de la Resurrección de Cristo. Los apóstoles, reunidos en oración, con la Virgen María a la cabeza -la que había sido encomendada por el mismo Jesús de oficiar de Madre de todos y que estaba sirviendo como vínculo de unión, como eslabón, de aquellos que ante la muerte de Jesús, por temor, se habían dispersado-, reciben el don mayor de Jesús: su propio Espíritu, enviado desde el seno del Padre, prometido cinco veces en sus intervenciones antes de la entrega definitiva... Es el Espíritu que los llevará a la Verdad plena, el que los mantendrá valientemente en la actitud de testimonio, el que inspirará cada una de las palabras que deberán decir al dar testimonio de Jesús y de su amor, el que hace posible la vivencia del amor pues es la Persona del Amor de Dios, el que se ha derramado en los corazones de los hombres para hacerlos verdaderos hermanos y procurar el bien para todos los hombres. Es el Espíritu que se erige en principio vital de la Iglesia, sin el cual es imposible cualquier obra que quiera emprender ella para la salvación de la humanidad, pues es el Amor, que es el mismo Espíritu, el que motiva cualquier intento de salvar a cualquier hombre...

Los apóstoles sintieron esa presencia vitalizadora del Espíritu en ellos. Y de los hombres atemorizados, escondidos, encerrados bajo llave en el Cenáculo por miedo a lo que les pudieran hacer, al recibir al Espíritu Santo en cumplimiento de la promesa de Jesús, se convierten en los más lanzados, valientes, audaces, en el anuncio de Jesús y de su amor salvador. La transformación de ellos es impresionante. Los que los escuchan los oyen en sus propias lenguas y se sorprenden de las cosas que dicen. En ese primer discurso de Pedro se convierten unos tres mil hombres. Las estadísticas hebreas no cuentan a las mujeres y los niños menores de doce años, con lo cual podemos inferir que al menos podrían haber sido el doble los convertidos. Una obra impresionante, tomando en cuenta que estos eran los mismos que se escondían por temor. El Espíritu Santo, alma de la Iglesia, los había transformado de cobardes en valientes, de escondidos en lanzados, de incultos en poseedores de la Verdad...

Aquella transformación de los apóstoles debería darse en cada cristiano que recibe al Espíritu Santo. Es la misma Iglesia, es el mismo Espíritu Santo, es el mismo Dios. Él ni se cansa ni se desilusiona. Sigue dando sus mismos dones, sigue llenando de sus mismos frutos, sigue queriendo infundir la misma valentía, sigue inspirando la misma Verdad de Jesús, sigue queriendo derramar el mismo amor en los corazones de los hombres, sigue siendo la Persona del Amor de Dios... Los que hemos cambiado somos los hombres. Ya no somos los mismos que aquellos apóstoles que se dejaron llevar por la inspiración del Espíritu. No nos dejamos inspirar las verdades que debemos decir, no nos dejamos llenar de su fuerza y de su ilusión. Confiamos más -o desconfiamos más- en nuestras fuerzas que las que nos puede dar la presencia de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Necesitamos urgentemente una nueva conversión: la del Espíritu Santo. Que creamos en Él, que nos abandonemos en Él, que lo dejemos a Él ser el protagonista, el que nos anime, nos ilusione, nos lleve de su mano, nos dé la valentía que necesitamos. Que confiemos en lo que Jesús nos dice y nos dejemos llevar por su Espíritu, que es Espíritu de Amor para el mundo. Él se nos ha dado para que lo demos al mundo y le llevemos la salvación y el amor de Dios a cada uno de nuestros hermanos. No lo dejemos infructuoso, inútil, en nuestros corazones. Que el Espíritu Santo sea de verdad el renovador de todas las cosas. "He aquí que hago nuevas todas las cosas". Que las haga de verdad, y que nosotros seamos sus asociados mejores.... No detengamos al Amor. Dejémoslo libre. Sucedió con los Apóstoles. Y Él quiere que suceda también con cada uno de nosotros...

sábado, 7 de junio de 2014

Tu vida debe anunciar a Jesús

Los estudiosos de las Sagradas Escrituras afirman que el final del Evangelio de San Juan es un añadido que no pertenece al original escrito por el Evangelista. La misma forma de redacción parece confirmarlo. Aun cuando Juan siempre se presenta a sí mismo en todo el Evangelio en tercera persona, la referencia que haría de sí mismo en el párrafo final -"Este es el discípulo que da testimonio"-, es extraña a su manera de expresarse normalmente -"El discípulo que Jesús amaba"-... Entre otras cosas, por eso, aparentemente es cierto lo que afirman los entendidos. Pero el hecho de que sea un apéndice extraño al autor original, no significa que deba ser desechado como palabra inspirada. La Iglesia, en su infinita sabiduría, respaldada por la presencia en Ella del Espíritu Santo, que, según la promesa de Cristo, nos mantendrá en la Verdad plena, ha incluido la totalidad del Evangelio de San Juan, incluido este apéndice, en la lista de libros inspirados, conformando el canon de la Biblia...

La afirmación de este final del Evangelio es impresionante: "Éste es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero. Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que los libros no cabrían ni en todo el mundo". En primer lugar, utiliza el argumento del múltiple testimonio para afirmar que todo lo escrito es verdadero. El testigo no ha sido, por lo tanto, únicamente San Juan, sino una multitud de personas que dan fe de que lo que en el Evangelio se dice es verdadero. En la cultura hebrea, el hecho de que haya al menos dos testigos que confirmen la veracidad de la afirmación hecha es suficiente para confiar en que lo dicho es verdadero. No hay razón alguna para poner en duda que todo lo que ha relatado San Juan en su Evangelio sea falso o al menos poco ajustado a la realidad de los hechos. No se miente ni se exagera. Se dice la verdad. Quienes han sido testigos de ello lo verifican. No se debe pensar que ni siquiera un exceso de entusiasmo haya servido para exagerar o hacer desproporcionado el testimonio... Por otro lado, el testigo principal ha hablado de su propia experiencia. Aquello que ha relatado no lo ha escrito porque se lo haya contado nadie, sino porque él mismo lo ha vivido. Es la misma experiencia que han tenido los paisanos de la mujer samaritana que se encuentra Jesús en el Pozo de Jacob: "Ahora creemos, no por lo que nos has dicho, sino porque nosotros mismos lo hemos visto y oído"... La experiencia es personal, no recibida de otros. Y es eso lo que pone por escrito. Juan es testigo de primera línea. Y ha entendido que aquello que ha vivido lo debe poner por escrito para que otros crean. Su testimonio se basa en su compromiso de dar a conocer lo que él ha vivido para que otros crean. Ha entendido que la noticia de la salvación, que los hechos y las palabras de Jesús, no son para consumo personal o individual, sino que son para que otros conozcan a Jesús y se acerquen a Él amándolo y siguiéndolo...

Ha entendido, por lo tanto, perfectamente la esencia del cristiano: Ser salvado para ser instrumento que ayude a salvar a otros dando noticias con la vida y la palabra propias, de lo que Jesús ha hecho en quien anuncia... Es la asunción plena de lo que se debe ser en referencia a los hermanos. El cristiano que no entiende que esa es su esencia no ha entendido bien lo que es ser cristiano... San Pablo nos da una clave excelente para comprender cómo hacerlo: "Nuestras cartas son ustedes, escritas en nuestros corazones, conocidas y leídas por todos los hombres; siendo manifiesto que ustedes son carta de Cristo expedida por nosotros, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón..." Cada cristiano es una carta que escribe Cristo al mundo, en la cual se debe leer su amor, su mensaje de perdón y de salvación, su llamada a la fraternidad y a la solidaridad, su siembra de justicia y de paz... No es la palabra la que convence, sino la vida de cada cristiano en la que se lea lo que respalda lo que diga sobre Jesús. No basta hablar precioso de Cristo. Hasta el demonio podría hacerlo. Es necesario que en nuestras vidas se lea aquello que pronunciamos, que cada momento de nuestras vidas sea un anuncio del amor de Jesús, de su perdón y de su salvación.

En esa tarea de anuncio con la propia vida, el cristiano sabe que debe asumir toda consecuencia. San Pablo es llevado a Roma precisamente por haber sido fiel al extremo en el anuncio de la salvación de Cristo: "Hermanos, estoy aquí preso sin haber hecho nada contra el pueblo ni las tradiciones de nuestros padres; en Jerusalén me entregaron a los romanos. Me interrogaron y querían ponerme en libertad, porque no encontraban nada que mereciera la muerte; pero, como los judíos se oponían, tuve que apelar al César; aunque no es que tenga intención de acusar a mi pueblo. Por este motivo he querido verlos y hablar con ustedes; pues por la esperanza de Israel llevo encima estas cadenas". No bastó la persecución ni cualquier acusación para dejar de mostrar con su vida lo que Jesús había logrado en él. Y por eso entendió que debía hacerlo transparente para todos, incluso para aquellos que lo perseguían... Su convicción era tan profunda, que no cejó un solo instante en hacer aquello que, en su compromiso de fe, entendía que debía hacer: "Vivió allí dos años enteros a su propia costa, recibiendo a todos los que acudían, predicándoles el reino de Dios y enseñando lo que se refiere al Señor Jesucristo con toda libertad, sin estorbos..." El Espíritu, que lo llevó a esa situación, se encargaba de darle la confianza, la valentía y la ilusión de seguir haciendo lo que debía hacer... Excelente testimonio que debemos percibir y asumir los que queremos ser buenos cristianos...

viernes, 6 de junio de 2014

Un amor que borra lo malo

¿Por qué no ascendió Cristo inmediatamente después de haber resucitado? ¿Cuál es la razón de haberse quedado cuarenta días más después de la Pascua? ¿Qué era lo que tenía que hacer en esos cuarenta días que no pudo haber hecho en los más treinta años que vivió o al menos en los tres últimos en los que cumplió su ministerio público? Las apariciones del Resucitado a los discípulos, ciertamente, sirvieron para convencer a éstos de la verdad de su resurrección. La Magdalena en un primer momento lo confundió con el hortelano que cuidaba el sitio que estaba alrededor del sepulcro, pero luego, cuando lo identificó, fue la primera en anunciar la resurrección del Señor. Los dos discípulos de Emaús, después de haber caminado un largo trecho del camino hacia la aldea, sin reconocerlo, lo descubren sólo cuando ya está a la mesa cenando y lo reconocen por algún gesto que hizo Jesús que seguramente era muy propio de Él. A los apóstoles se les aparece por dos veces, la primera con la ausencia de Tomás, al que Jesús, en la segunda aparición convence al mostrar las huellas de la pasión... Luego se les aparece en el mar cuando están pescando, pero en un primer momento tampoco lo reconocen. Y Cristo, en un gesto de condescendencia tremenda, hasta se sienta a comer. Se supone que un cuerpo glorioso no necesita comer, pero Jesús, de nuevo, se rebaja, para entrar en "simpatía" con los apóstoles... Y así, fueron más las ocasiones en las que las apariciones a los discípulos en esos cuarenta días sirvieron para convencerlos de su verdadera resurrección...

No obstante, escudriñando más acuciosamente en los Evangelios, notamos dos hechos que llaman la atención, por cuanto no es el cuerpo glorioso del Señor el que logra convencer a los apóstoles de la realidad del acontecimiento de la Resurrección. El primero, cuando Pedro y Juan se dirigen presurosos al sepulcro, luego de la noticia que les da la Magdalena. El relato nos dice que llegó primero Juan y luego Pedro, pero es Pedro el primero que entra y verifica que el cuerpo de Jesús no está ya en el sepulcro. Juan relata que después entró él, y que al ver los dos los lienzos, la mortaja y el sudario sin el cuerpo, "vieron y creyeron". No es la visión del cuerpo glorioso de Jesús lo que los convence, sino su ausencia. La prueba para ellos fue que el sepulcro estaba vacío, no que habían visto al Señor... El segundo hecho es la aparatosa conversión de Pablo, al que una voz del cielo se le identifica como "ese Jesús, al que tú persigues", lo cual bastó para convencerse de la vida de Jesús. Esto fue suficiente para Pablo como evidencia. Tanto, que se convierte en el más acérrimo de los defensores de la Resurrección de Jesús, a la altura de cualquiera de los otros apóstoles, él, que fue llamado en la primera hora posterior a la llamada de los doce que estuvieron tres años con Jesús... Suponemos que Pablo habría visto alguna vez a Cristo, pero no tenemos ninguna evidencia de ello. Pudo no haberlo conocido. Pero lo cierto es que lo identifica perfectamente cuando Cristo se le descubre. Pablo "oyó la voz del Señor", y eso fue definitivo. No necesitó de más. No vio el cuerpo, sino que oyó la voz del Señor que lo llamó y lo atrajo para sí, para nunca más dejarlo ir de su lado. Se convirtió en el gran apóstol de los gentiles. Por eso se le acusa "sólo de ciertas discusiones acerca de su religión y de un difunto llamado Jesús, que Pablo sostiene que está vivo..."

Ahora bien, si no fue la visión del cuerpo glorioso de Cristo la que se necesitó para convencer a Pedro, Juan y Pablo de su verdadera Resurrección, lo cual, evidentemente, hubiera servido para todos los demás, entonces ¿qué hizo que Jesús se "quedara" cuarenta días más? Ya los anuncios del envío del Espíritu Santo habían sido dados anteriormente. La motivación, en mi elucubración personal, es puro amor. Jesús quería saborear hasta la última gota de su vida humana en la tierra. No quería perderse nada. A Jesús le gustó ser hombre, lo disfrutó, se hizo uno más no sólo en el sufrimiento, sino en el disfrute de la vida, de las amistades, de las alegrías, de las ilusiones y de las esperanzas... Por eso quiso disfrutar "un poco más" de su estancia, antes de subir al Padre y recuperar así la gloria que eternamente le correspondía tener, pero que había dejado entre paréntesis por el tiempo terrenal en el que estuvo entre nosotros. Jesús nos amó hasta el extremo estando en la tierra y quiso seguir haciéndolo por ese tiempo de resucitado...

Pero hay un detalle que a mí me llama profundamente la atención. Antes de subir al Padre, Jesús quiere tener un encuentro con Pedro, el que lo había negado tres veces al ser aprehendido. A pesar de que Él mismo le había advertido de que esto sucedería, y de que Pedro le asegura que jamás lo negaría -"Aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré"-, al final, claudica.. Es el mismo que había oído entusiasmado y secundado a Tomás al decir: "¡Vamos todos a morir con Él en Jerusalén!"... Pero, Pedro no cumplió su promesa. Lo negó tres veces delante de la gente. Y así se cumplió la traición que Jesús había vaticinado. El espíritu de Pedro quedó devastado, y "lloró amargamente" su negación... Jesús, en uno de esos cuarenta días después de su resurrección, se aparece en Cafarnaúm, y por tres veces le preguntó si lo amaba... "Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó: 'Señor, tú conoces todo, tú sabes que te amo'..." Tres veces afirmó Pedro su amor a Jesús. Tres veces lo había negado. El detalle de Jesús es entrañable, tierno, digno de quien ama. No quiere que quede la imagen del Pedro negador, sino del Pedro amante. Las generaciones deberán recordar que el mismo que negó a Jesús por tres veces, es el mismo que también lo afirmó tres veces. La negación fue producto del miedo, de la aprehensión ante lo que estaba presenciando. La afirmación es fruto de la plena convicción, de la rendición ante la evidencia, del amor al que había muerto y resucitado. Ese era el primer Papa que necesitaba la Iglesia. Por eso, Jesús le encomienda ya definitivamente: "'Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras'. Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: 'Sígueme'". Ese es el motivo más sólido que encuentro para los cuarenta días de Jesús después de la Resurrección antes de la Ascensión... Dejar bien claro de qué está hecho nuestro Pedro, nuestro primer Papa. Es el que pudo haber fallado, pero que al final se decidió completamente por Jesús, sin echar atrás. Tanto, que entregó su vida por amor a Él, por anunciarlo, por hacerlo llegar a los hermanos... Ese es Pedro. Y para que nos quedara eso claro se quedó Jesús cuarenta días más...

jueves, 5 de junio de 2014

Unidos somos invencibles

La división nos hace ser derrotados. La unidad nos hace vencer. Un cuerpo bien estructurado, que mantiene su conjunto bien acoplado, que se rige por unas normas que apuntan a un mismo objetivo, que sigue unas ideas más o menos unificadas en medio de la diversidad, que llega a acuerdos que hacen unir los esfuerzos, que avanza hacia la misma meta aunque sea por caminos y métodos diversos, mantiene su unidad y se hace invencible. Si un hombre que tiene las ideas claras y sabe bien hacia dónde va es indetenible en su avance, ¡cuánto más un cuerpo sólido que se mantiene unido para alcanzar una meta única! Por el contrario, cuando el cuerpo se debilita por estira y encoges de cada uno, cuando no hay posibilidad de acuerdo sobre las metas, los métodos o las ideas, cuando "cada uno tira para su lado", cuando se preocupan sólo de sus intereses particulares sin importar el bien común, cuando se apunta al sólo bienestar individual sin apuntar a la búsqueda del bienestar de todos, se hace sumamente débil y cualquiera puede llegar a vencerlo. Basta tener una mínima fortaleza para vencer al que está debilitado al extremo por su falta de unidad...

La sentencia de Jesús es absolutamente cierta: "Todo reino dividido contra sí mismo, es asolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma, no permanecerá". Lo decía en referencia a la acusación de los fariseos que afirmaban que Jesús expulsaba demonios por el poder de Beelzebú. Ni siquiera Satanás se atrevería a dividirse pues sabe bien que esa sería su derrota. Por el contrario, como él sabe dónde está la debilidad y cuál es el secreto para vencer a la humanidad y colocarla a su servicio, se empeña en dividir para controlar mejor... El demonio es el padre de la mentira y la causa de la división final de los hombres... La misma forma de llamarlo es la descripción perfecta de su esencia. La palabra "diablo" significa "el que divide", "el que separa". La mejor victoria de todas las que ha tenido el demonio no ha sido ni siquiera su supuesta victoria sobre Jesús en la Cruz. Esa, por el contrario, fue su mayor derrota, por cuanto con la muerte de Cristo murió también el pecado, el poder del demonio, la misma muerte... La mayor victoria que ha tenido, no por él mismo, sino por el poder que los mismos hombres hemos colocado en sus manos, es el de permitirle dividirnos por razones religiosas, ideológicas, materiales, sociales.. La mayor estupidez de los hombres es pensar que divididos vivimos mejor... Si nos pusiéramos de acuerdo en lo más trascendente que nos corresponde vivir, otra sería la realidad del mundo. Pero la verdad es que nuestros pensamientos basados en privilegios personalistas y egoístas, nos lo hacen imposible. Esa es la mayor victoria del diablo, de "el que divide"...

Quien quiere vencer, debe dividir. Es un axioma insoslayable. Por eso Pablo, haciendo gala de su extraordinaria inteligencia, cuando es juzgado por anunciar a Jesús, muerto y resucitado, Redentor de los hombres, hace de la astucia su arma mejor. Él hace caso de la invitación de Jesús: "Sean mansos como las palomas, pero astutos como las serpientes". Los Hechos de los Apóstoles nos describen la táctica de Pablo para enfrentar a los fariseos y los saduceos: "Pablo sabía que una parte del Sanedrín eran fariseos y otra saduceos y gritó: ?Hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseo, y me juzgan porque espero la resurrección de los muertos'. Apenas dijo esto, se produjo un altercado entre fariseos y saduceos, y la asamblea quedó dividida. (Los saduceos sostienen que no hay resurrección, ni ángeles, ni espíritus, mientras que los fariseos admiten todo esto)". Esto produjo un altercado entre ellos que se decidió posponer la sentencia... Pablo había dividido a quienes querían juzgarlo y logró una gran victoria. Uno solo venció a todo aquel grupo innumerable que quería sentenciarlo a muerte... La astucia de Pablo lo hizo llegar a la victoria, aunque fuera temporalmente, pues el mismo Señor luego le vaticina su sufrimiento extremo y su muerte: "La noche siguiente, el Señor se le presentó y le dijo: '¡Ánimo! Lo mismo que has dado testimonio a favor mío en Jerusalén tienes que darlo en Roma'"...

Pero al final, debemos apuntar a ser todos uno en la fe y en el amor, como lo pide Jesús en la oración al Padre: "Padre santo, no sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado". La unidad se debe basar en el amor mutuo que deben vivir los cristianos. El "que todos sean uno" de Jesús, se puede traducir en "que todos sientan tu amor en sus corazones, y sabiéndose amados infinitamente, se amen mutuamente como se saben amados por ti y por mí". El mandamiento del amor de Cristo: "Ámense los unos a los otros como yo los he amado" es el fundamento más sólido que se puede pensar jamás para lograr la unidad de los cristianos. Y es tan cierto esto, que será incluso la demostración más fehaciente de la existencia de Dios y del envío de Jesús al mundo: "Para que el mundo crea que tú me has enviado..." Las primeras comunidades cristianas atrajeron a muchísimos nuevos discípulos por su estilo de vida en la unidad, basados en el amor. La constatación de los que los contemplaban era contundente: "Miren cómo se aman", decían... Y por eso miles de hermanos nuevos se sumaban a la comunidad de los salvados... La unidad que vivían, basados en el amor mutuo, era el signo más claro de que Jesús es el Salvador enviado por el Padre para rescatar al mundo... Por eso no podemos permitir más el escándalo de la división de los salvados por Jesús. Debemos luchar por romper la división y lograr la unidad añorada para ser buenos testimonios del amor de Dios en el mundo...

miércoles, 4 de junio de 2014

El lobo no debería poder con el rebaño

Estos últimos tiempos de la Iglesia no han sido muy buenos. Desde su mismo seno han surgido situaciones escandalosas que han minado las bases de la credibilidad de muchos fieles. Sin duda, el hecho de que los mismos pastores fallen es muy doloroso por lo que implica de traición a la inocencia del rebaño. Y aún siendo una situación que no es nueva, no deja de ser lamentable que sea desde el mismo seno de la Iglesia, de sus responsables y de los que han asumido las tareas de pastoreo que confía el mismísimo Jesús a los pastores, los que lleguen a ensuciar el lienzo blanco de la Iglesia. Se conocen suficientemente las abominaciones de los ancianos en los tempos del Antiguo Testamento que por querer dar satisfacción a sus placeres y no conseguirlo, condenan a morir a la casta Susana, los casos de los fariseos en los tiempos de Jesús, la negación de Pedro, la traición de Judas, la pretensión de Simón de comprar el poder de hacer milagros... No es extraño que el corazón del hombre, particularmente de los pastores, esconda pretensiones viles... Ciertamente Jesús ha puesto sobre aviso a todos sobre esta posibilidad. Habrá el tiempo de convivencia del trigo con la cizaña y llegará el momento de la criba en el que se separará el grano bueno del malo... También lo dice Pablo al despedirse de la comunidad de Éfeso: "Tengan cuidado de ustedes y del rebaño que el Espíritu Santo les ha encargado guardar, como pastores de la Iglesia de Dios, que él adquirió con su propia sangre. Ya sé que, cuando los deje, se meterán entre ustedes lobos feroces, que no tendrán piedad del rebaño. Incluso algunos de ustedes deformarán la doctrina y arrastrarán a los discípulos..." Es terrible la "profecía" de Pablo...

Hoy en la Iglesia sufrimos de situaciones terribles. Los escándalos de la pederastia de algunos sacerdotes, los escándalos financieros, las infidelidades al servicio sirviéndose a sí mismos, los lujos de algunos pastores, las fallas en el celibato y en la obediencia a sus superiores... Cada vez surgen situaciones muy lamentables que hieren a la Iglesia en sí misma y que hieren la sensibilidad y llegan a afectar la fe de los miembros del rebaño al que se debe cuidar... Ciertamente son casos contados que no están ni por asomo al mismo nivel de cantidad de los casos de fidelidad a los que no se les da ninguna publicidad. No es noticia el curita de pueblo que todos los días se levanta con la intención de servir con alegría e ilusión a la comunidad que se le ha encomendado y que lo hace con la mayor ternura. Tampoco el caso del acucioso teólogo fiel que se quema las pestañas estudiando los clásicos de grandes Padres de la Iglesia para poder transmitir a sus discípulos lo que ha ido descubriendo. No da réditos promocionar al sacerdote que trabaja con el mayor entusiasmo con los jóvenes, tratando de hacerlos hombres de bien para el futuro... Es mucho más rentable hablar del cura que falló y cayó con una mujer, del que ha estructurado una "teología" que echa por tierra toda una tradición y hasta llega a negar verdades fundamentales de la fe, del que ha caído en el peor de los errores aprovechándose de niños y jóvenes... Y los fieles son muchísimos más que los infieles...

Ante esto, podemos tomar dos actitudes: Huir y dejar a un lado la posibilidad de seguir a Dios a través de la Iglesia por la falla de sus pastores, o tomar con responsabilidad el propio compromiso y profundizar en el conocimiento y la vivencia de la fe, asumiendo que las fallas siempre estarán presentes, pues la Iglesia está conformada por hombres que, por naturaleza, pueden siempre fallar... Recuerdo una vez que dando un charla, se levantó un hombre que me dijo: "Yo dejé de creer por las fallas de los curas. Me alejé de la Iglesia y ya no me confesé más nunca ni fui a misa. Si los principales responsables fallan, ¿qué se podía esperar? ¡Todo es mentira!" Yo me sentí, lo confieso, enardecido, y tratando de dominar mi molestia al máximo, le respondí: "¿Qué dirías tú si yo, en este momento, te digo: 'Yo he visto muchos laicos ser infieles a sus esposas, conozco a muchos deshonestos que han caído en la corrupción, sé de muchísimos que son alcohólicos o drogadictos y han destruido su vida y la de los suyos por su adicción, sé de jóvenes que no cumplen con su obligación de estudiar, conozco casos de militares abusadores y corruptos, conozco a empresarios absolutamente deshonestos y aprovechadores... Por todos esos casos, que me afectan mucho, en este momento decido dejar de ser cura, porque no creo en los laicos...'?" Se me quedó mirando atónito y después de un  tiempo en el que no supo qué decir, me respondió: "¡Eso no o puede hacer usted, porque usted es cura!" Yo le dije: "¡Pues entonces lo que tú hiciste, tampoco lo podías hacer, porque eres bautizado! ¿O es que ser cura es más que ser bautizado? ¿Ser cura me hace más cristiano a mí que a ti? ¿Tengo yo un mayor compromiso de ser buen cristiano siendo cura, que tú, siendo bautizado?" No supo qué contestarme... Reconozco que hablé molesto. Pero no me faltaba razón...

Todos debemos asumir nuestra responsabilidad. Asumo que la de los pastores es más delicada, por lo que implica de servir de guías, de modelos, de conductores del rebaño. Pero también es cierto que cada uno debe hacer de su fe su tesoro. Y que debe defenderlo al máximo de los depredadores, vengan de donde vengan. Más aún de los que atacan desde dentro, pues son los ataques más traicioneros y dolorosos. Son más traidores los que desde dentro se aprovechan del rebaño y se hacen un puesto de honor sobre las cenizas de lo que ellos mismos han destruido...

Cristo nos da la clave. Nos invita a orar por quienes deben mantenerse en la fidelidad. Nuestra acción puede hacer mucho. Pero nuestra oración puede hacer descender desde el seno del Padre la Gracia que ellos necesitan para mantenerse en la ruta de la fidelidad: "No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Conságralos en la verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo. Y por ellos me consagro yo, para que también se consagren ellos en la verdad". Todos somos responsables de la Iglesia, de la fe de nuestros hermanos, de la defensa de ellos ante los lobos que vengan a querer hacerles daño. No debemos sentirnos relevados de esa responsabilidad. Jesús nos invita a la fidelidad y a orar por aquellos a los que les ha dado mayores responsabilidades...

martes, 3 de junio de 2014

Anunciar a Jesús y asumir todas las consecuencias

Siempre me ha impresionado muchísimo la total disponibilidad de los apóstoles. En ellos se cumplió perfectamente la palabra de Jesús en el Evangelio de Marcos, que premia a quien ha dejado todo por su causa: "En verdad les digo que no hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por causa de mí y del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo; casas, hermanos, hermanas, madres, hijos, y tierras, con persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna". La versión de Mateo tiene una ligera variante, muy propia de este evangelista, que hace desaparecer el anuncio de la persecuciones... La versión más creíble es la de Marcos, por cuanto Mateo es posterior y éste tiene una actitud siempre "correctora" respecto del Evangelio de Marcos, el cual seguramente conoció. Así dice Mateo: "Y cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna"  No hay ninguna referencia a las persecuciones que anuncia Jesús. Y que, finalmente, fueron verdaderas, pues la vida de los apóstoles y de los primeros discípulos de Cristo fue marcada por el sufrimiento, por el rechazo, por las torturas y hasta por la muerte...

Los apóstoles se hicieron realmente dignos de Jesús, por cuanto su seguimiento y fidelidad a Él, al anuncio de su amor al mundo, a la evangelización de todos llamando a la fe, a la conversión, al bautizo, lo hicieron sorteando todos los obstáculos terribles que se les fueron presentando en el camino... No se amilanaron ante nada. Habiéndolo dejado todo, se entregaron con ahínco a la causa del Evangelio de Cristo. "El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí". Ellos sabían perfectamente todo lo que les esperaba, y aun así, lo asumieron y siguieron adelante en su empeño por dar a conocer a Jesús, su Persona, su Amor, su Verdad, su entrega, su Redención.

Me impresiona cómo incluso siendo anunciada la inminencia del dolor, de la persecución, del sufrimiento, de ninguna manera buscan huir o resguardarse ni siquiera para sufrir menos, sino que van plenamente conscientes de lo que les viene pues el mismo Espíritu de Dios les va señalando el camino y las cosas que vivirán en cada uno de los sitios que van visitando: "No sé lo que me espera allí, sólo sé que el Espíritu Santo, de ciudad en ciudad, me asegura que me aguardan cárceles y luchas. Pero a mí no me importa la vida; lo que me importa es completar mi carrera, y cumplir el encargo que me dio el Señor Jesús: ser testigo del Evangelio, que es la gracia de Dios". Pablo es el apóstol de la gentilidad, el que ha sufrido torturas, apedreamientos, azotes, cadenas, tormentas, hambre... Una vez lo abandonaron dejándolo por muerto. Me imagino la paliza que le habrían propinado en esa oportunidad... Todo por Jesús. Pero aún así, va adelante en su tarea. Es la tarea que le encomendó Jesús, al que él en un principio perseguía, pero al cual luego se entregó plenamente. 

Y es que en su misión apostólica ellos habían asumido completamente lo que el mismo Jesús les había dicho: "No es el discípulo más que su maestro". Si al Maestro lo habían hecho sufrir de tal manera, lo habían hecho pasar por la peor pasión que jamás nadie haya sufrido, lo clavaron en un cruz, lo habían asesinado como a un delincuente, el discípulo no puede esperar menos...  Quizá, como Pedro, quisieron hacerse los desentendidos en un primer momento, pero después lo asumieron completamente: "Vayamos con Él a morir en Jerusalén"... Jesús cumplió su misión fielmente. Ella consistía en dar gloria a Dios con su obra: "Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a los que le confiaste. Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado sobre la tierra, he coronado la obra que me encomendaste". Jesús había cumplido la voluntad del Padre y con ello había llevado a plenitud la obra encomendada... Cumplió perfectamente. Ahora corresponde a los apóstoles. Y hoy nos corresponde a todos los discípulos de Cristo. A todos los cristianos. No podemos desentendernos de lo que nos corresponde. Como los primeros discípulos debemos asumir que la tarea de la evangelización está por encima de nuestras propias vidas... "Ay de mí si no anuncio el Evangelio", llegó a decir Pablo. Y lo asumió tan radicalmente que ya su vida no era suya, sino la de Cristo. "Para mí, la vida es Cristo, y una ganancia el morir... Vivo yo, mas ya no soy yo, es Cristo quien viven en mí"...

Hoy hacen falta estos anunciadores de Jesús al mundo, que no miren las consecuencias de lo que harán, sino que miren al amor que le tienen a Jesús, que debe ser conocido y vivido por todos los hombres. Sólo el amor puede motivar ponerlo todo en función del Evangelio. Sólo quien ama puede hacerlo sin pensar en sí mismo. Ya el mundo está añorando la obra de los discípulos de Jesús al mismo estilo de los primeros cristianos. Y ya estamos cansados de cristianos que no asumen su papel con seriedad, que se creen más que el Maestro, que se resguardan para no sufrir las consecuencias de la evangelización, que piensan en su fe sólo como un lecho de rosas y algodones en el cual nada los podrá tocar... Vale la pena Jesús. Toda alegría y todo dolor vivido por su causa se multiplica hasta el infinito, pues será causa de la eternidad feliz propia y la de los hermanos. No es buena inversión resguardarse...

lunes, 2 de junio de 2014

Que el Espíritu Santo no sea "el Gran Desconocido"

El Espíritu Santo es "el Gran Desconocido". Lo es o porque no lo conocemos o porque no lo damos a conocer. En general, la corriente de renovación que ha sucedido en los últimos tiempos de la Iglesia, emprendida desde el Concilio Vaticano II, logró que la tercera Persona de la Santísima Trinidad fuera saliendo de la oscuridad y fuera más conocida por todos. Sin duda, factor importante de este conocimiento ha sido la corriente pentecostal católica o carismática que se ha dado a través de la Renovación Carismática en la Iglesia en los últimos cincuenta años. Nacida en las entrañas de un grupo de cursillistas de cristiandad que se dedicaron a invocar al Espíritu Santo y a sentir su corriente vivificadora, pasó fácilmente a la iglesia protestante evangélica y allí se extendió muy rápidamente. Mientras tanto, se siguió desarrollando fuertemente en la Iglesia Católica y se extendió inmensamente por todo el mundo... Los tiempos anteriores no fueron, en general, muy buenos para este conocimiento del Espíritu Santo. Y no es que haya sido descartado en la piedad de los cristianos, sino que las estrellas relucientes de la espiritualidad fueron el Padre y el Hijo... Sin duda, los cristianos no hemos sido muy agradecidos con quien ha sido enviado por el Padre y el Hijo para ser el alma de la Iglesia y para asegurarnos la vivencia del amor, pues Él es la Persona del Amor.

La historia misma nos lo confirma. Ni siquiera le hemos puesto un nombre. Si al caso vamos, siendo incluso lo más radicales y básicos posible, la manera de llamarlo no es ni siquiera un nombre. Lo llamamos Espíritu Santo. ¿Es que acaso el Padre y el Hijo no son también Espíritus y también Santos? Ni siquiera se nos ha ocurrido en tantísimos años de revelación, colocarle un nombre propio. Es cierto que hemos asumido que su nombre es Espíritu Santo, pero no es menos cierto que a las dos primeras Personas sí le hemos colocado nombre, preocupados por tener una forma de comunicarnos con Ellos: Padre e Hijo... Por otro lado, basados en sus apariciones bíblicas, y en las imágenes en las que se presenta a los hombres, el Espíritu Santo es una paloma... El Padre y el Hijo tienen formas humanas. Incluso, se podría decir que en Jesús esa forma humana es la real desde su encarnación, pero asumimos que esa forma humana es anterior a ella... Mientras, el Espíritu Santo es representado por un animalito. Muy bello y muy tierno, pero animalito al fin... Una vez me quedé sorprendido ante un cuadro en una Iglesia de Murcia donde se representaba a la Santísima Trinidad. Eran tres hombres, pintados celestialmente, pero exactamente iguales. Nunca antes había visto una representación de la Santísima Trinidad así. Y pensando, concluí que esa era la representación que hacía más justicia al Espíritu Santo. Nosotros afirmamos en el Credo que las tres divinas Personas son exactamente iguales. Que son el mismo Dios. Por lo tanto, representarlos idénticos no es descabellado. La imaginería cristiana en eso tuvo un acierto...

Pienso, y constato que la situación en la que se encontró el Apóstol Pablo en Éfeso no ha variado mucho... "Allí encontró unos discípulos y les preguntó: '¿Recibieron el Espíritu Santo al aceptar la fe?'" Era la pregunta normal del evangelizador que sabía que el Espíritu Santo era el protagonista de la vida de la Iglesia y que debía ser recibido por todo el que quisiera mantener un itinerario de fidelidad en el camino de la fe. La respuesta que recibió de los discípulos fue sorprendente: "Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo". Para ellos era como si ni siquiera existiera... "Un Espíritu Santo", dicen. Aquellos discípulos no tenían ni idea de lo que se les estaba hablando. Hoy, los hombres seguramente sí hemos oído hablar de Él, pero no sabemos nada de Él. Es casi como un personaje oculto, que al ser espíritu sigue en las tinieblas y lo mantenemos allí...

Doy infinitas gracias a Dios por la Renovación Carismática que nos ha hecho renovar la presencia del Espíritu Santo en la Iglesia. Ha hecho que el Espíritu Santo no sea para los cristianos "el Dulce Preso del alma", sino "El Dulce Huésped del alma", pues se ha tomado más conciencia de su acción fundamental en la vida de los cristianos para renovarlos en el amor, para llevarlos a la Verdad, para darles la fortaleza y la valentía que necesitan para dar el testimonio que el mundo requiere... Sin el Espíritu Santo no hubiera Iglesia, no hubiera evangelización, no hubiera carismas, no hubiera misioneros... Sin el Espíritu Santo no hubiera amor en el mundo. Lo ha dicho Pablo a los romanos: "El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado"... Porque está el Espíritu en el mundo podemos amar, podemos ser solidarios con los más necesitados, se pueden amar los esposos, los padres aman a sus hijos y los hijos a sus padres...

Porque está el Espíritu en el mundo, podemos superar la situación que nos augura Jesús en el futuro a los cristianos: "Está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que ustedes se dispersen cada cual por su lado y a mí me dejen solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre. Les he hablado de esto, para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán luchas; pero tengan valor: yo he vencido al mundo"... Eso lo hace posible el Espíritu Santo que habita en nosotros y que anima a la Iglesia a seguir adelante. No hay nada que temer pues Jesús no nos dejó solos, sino que nos envió a su Espíritu para que fuera nuestro compañero de camino, nuestro santificador, el amigo que va con nosotros y que lo hará durante toda la historia...

domingo, 1 de junio de 2014

Vamos al cielo con Jesús

¿Quién es ese misterioso personaje "Teófilo" al que Lucas dirige tanto su Evangelio como su segundo libro, los Hechos de los Apóstoles? ¿Será acaso un cristiano convertido del helenismo y que requería información para conocer mejor a Jesús a través de los que Lucas fuera investigando, según su acucioso carácter científico -Lucas era médico-? Según los entendidos, Teófilo no es un personaje concreto, una persona particular, sino un nombre genérico que da Lucas a todo el que vaya a leer sus escritos. Teófilo es un nombre griego que significa "El que ama a Dios", con lo cual se estaría identificando a todo hombre o mujer griegos, convertidos del paganismo, y que quisieran informarse bien de la figura de Jesús, el Redentor. Por eso, podemos ser cualquiera de nosotros, que queremos conocer de Dios, de su amor, de su salvación. A todos nosotros que amamos a Dios y que queremos amarlo aún más, al conocerlo mejor. "No se puede amar lo que no se conoce...", por lo tanto, a mayor conocimiento, mayor amor... Por eso Lucas tiene como preocupación principal atraer al amor de Dios a todos los hombres que fuera posible, y presenta una figura de ese Dios amor, misericordia infinita, perdón y redención...

Su segundo libro lo inicia presentando el acontecimiento glorioso que se verifica cuarenta días después de la Resurrección de Cristo: El de la Ascensión a los cielos, a la derecha del Padre, con la cual recupera la gloria que había dejado entre paréntesis durante los años que estuvo entre nosotros. La Ascensión, como retorno al Padre, es el cumplimiento de la justicia de la que habla Jesús en el Evangelio de Juan -"Vuelvo al Padre"-, con lo cual está en el sitio que le corresponde por siempre y del cual ya no saldrá nunca más... El retorno de Jesús a la gloria del Padre se da sólo luego de que ha cumplido perfectamente la obra que le ha encomendado: "Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo y no vuelven a él sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y hecho germinar, para que dé la semilla al sembrador y el pan al que come, así sucede con la palabra que sale de mi boca: ella no vuelve a mí estéril, sino que realiza todo lo que yo quiero y cumple la misión que yo le encomendé", dice Isaías... Jesús había descendido del cielo y había cumplido fielmente su obra de rescate de la humanidad. Por eso puede volver al Padre con toda propiedad. Es la confirmación de que todo el designio de Dios se había cumplido a la perfección: "Tanto amó Dios al mundo que le envió a su Hijo único...", "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad"...

En Jesús, al ascender a los cielos, se descubre completamente la fidelidad del siervo que ha sido enviado a cumplir la tarea. Él puede decir lo que dicen los siervos al regresar a su señor: "Siervos inútiles somos. No hemos hecho más que lo que teníamos que hacer"... Él es el siervo perfecto, el que no opone absolutamente nada a la voluntad del Señor. Por eso, el Padre le dice: "Eres un siervo bueno y fiel. Entra a gozar de la dicha de tu Señor". Es la recuperación total de la dignidad y la gloria que gozaba Jesús antes de la Encarnación. No es ganancia, sino restitución por la obra cumplida. Con una diferencia: Ahora el Verbo ha entrado a esa gloria con un cuerpo glorioso, lo cual es infinita ganancia para nuestra naturaleza. La recuperación de la gloria de Jesús es la vivencia de la gloria que no tenía antes la naturaleza humana. Por eso, Jesús se convierte en precursor de la humanidad también en esto. Al entrar nuestra naturaleza en la gloria de nuestro Padre Dios y estar ahora y para toda la eternidad a la derecha del Padre, todos los hombres tenemos asegurada nuestra presencia en ese sitio celestial y privilegiado. Jesús nos abre las puertas ya no sólo con su perdón y su redención, sino con su camino recorrido. Ese mismo itinerario lo recorreremos nosotros cuando nos toque gozar de la dicha del Padre. La Iglesia entera, cada uno de nosotros, estaremos en la situación de dicha y de gloria en la que ahora está Jesús con su cuerpo glorioso.

Es el fin del recorrido. Jesús nos dice con su Ascensión cuál será nuestro final. Lo contemplamos extasiados pues esa eternidad feliz nos atrae inmensamente. No estamos destinados a finalizar en una realidad pasajera que termina, sino en una realidad de gloria y de dicha sin igual que jamás acabará. Pero contemplar ese misterio no nos debe sacar de nuestra realidad cotidiana... Así como los ángeles les dijeron a los apóstoles cuando veían ascender a Jesús: "Galileos, ¿qué hacen ahí plantados mirando al cielo?", lo mismo nos lo dicen a nosotros cuando nos ven embelesados contemplando el misterio. Hay que recordar que tenemos una tarea que nos ha encomendado el mismo Jesús antes de su Ascensión: "Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado. Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo"... hay que dar testimonio ante el mundo de todo lo que hemos vivido, de lo que vivimos y de lo que viviremos. Tenemos que ser anunciadores de la gloria que está reservada para todos, pero también de todo lo que hay que hacer en el mundo para merecerla...

Tenemos que ser testigos del amor de Dios en nuestras vidas. Sólo entraremos en la gloria celestial si, como Jesús, que la ha recuperado sólo después de haber cumplido a la perfección con su encomienda, cumplimos nosotros con la tarea que nos ha encomendado el mismo Cristo. Nuestra ascensión se dará si hacemos ascender con nosotros toda nuestra realidad, si hacemos vivir en el mundo el amor al Padre y a su Hijo Jesús, si hacemos que nuestros hermanos vivan la fraternidad como gesto sublime de la realidad que se vivirá en la eternidad, cuando el mundo todo sea un paraíso de amor, de paz y de justicia, de verdad y de vida, de santidad y de gracia... Sólo así tendremos derecho a contemplar el misterio del Jesús que asciende a los cielos. Mirar hacia ese misterio con gozo y alegría, añorándolo, pero con los pies bien puestos sobre la tierra, sobre nuestra realidad, tranformándola en el mundo que Dios quiere...