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viernes, 1 de enero de 2021

María, Madre de Dios, es el puente del amor y de la salvación

 Encontraron a María y a José, y al niño. Y a los ocho días, le pusieron por  nombre Jesús | InfoVaticana

Iniciamos este año con el mejor pórtico posible. Es la figura de nuestra Madre, en el misterio más profundo que la puede definir como el personaje más importante de toda la humanidad, luego de su propio Hijo Jesús, Dios que se hace hombre en el vientre sagrado de la Mujer más santa de todas. Es un personaje misterioso que aparece ya anunciado desde las primeras páginas de la Palabra revelada, que poco a poco va adquiriendo relevancia, pues Ella será aquella cuya descendencia pisará la cabeza de la serpiente; será la nueva Eva, madre de la nueva humanidad que creará con su portento su Hijo Jesús; será la nueva Arca de la Alianza, lugar donde se asienta gloriosamente la Palabra de Dios y que acompañará al pueblo iluminándolo y guiándolo en su caminar; será aquella jovencita virgen que habiendo sido elegida se pone en absoluta disponibilidad delante de Dios; será aquella que pondrá a la disposición total de Dios su ser, pues ha entendido perfectamente que Dios cuenta con Ella para la entrada de la salvación al mundo. Ella sabe perfectamente que no es la importante de la historia, aunque sí, con la sencillez de la que es poseedora en grado sumo, reconoce: "Me llamarán bienaventurada todas las generaciones". Pero ese reconocimiento, lo sabe muy bien, se le hace "porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí". No se arroga Ella, no sería consecuente con lo que ha sido hasta ahora, los méritos, sino que está muy consciente de quién son. Concuerda perfectamente con lo que Ella misma ha sido hasta ahora. María entra por la puerta grande en la historia de la salvación, pero sabe que quien es el importante y que entrará gloriosamente por esa puerta es su Hijo, a quien Ella le posibilita la entrada.

Por ello, ya en los primeros años de la predicación del Evangelio era tan importante el anuncio del puente que hace esa Mujer, que asegura la unión con la naturaleza humana. Sin ser un Evangelio mariano, San Pablo en la Carta a los Gálatas quiere dejar muy claro lo importante que es el concurso de María, pues es Ella la que asegura la pertenencia del Redentor a las dos riberas del río: la humanidad y la divinidad. Ella ofrece su ser entero para donarlo a Dios y que tome de él lo que necesita para asegurar la perfecta humanidad del Verbo que se hace carne. Y Dios, habiendo recibido su entrega total, hace de su vientre el templo perfecto mediante el cual hará su entrada triunfante al mundo para realizar la obra de rescate de la humanidad: "Hermanos: Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos la adopción filial. Como son hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: '¡Abba, Padre!' Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios. El Sí de María se convierte en el sí de la humanidad que está añorante de la salvación y que sabe que el camino para que llegue pasa por el vientre de esta Mujer que cambia la historia. Su Sí no solo transformará la historia de aquellos involucrados, sino la de todos, por cuanto la venida del Espíritu Santo sobre todos nos transforma de esclavos en hijos de Dios. De esa manera, se entiende también que esta es la época de la bendición de Dios sobre la humanidad. La llegada del Redentor al mundo no puede resultar en otra cosa que en bendición. Aquella bendición que recibe Moisés de Yahvé para que sea transmitida al pueblo por el Sacerdote Aarón, es la bendición que recibirán todos los hombres que acepten la venida del Mesías prometido: "El Señor habló a Moisés: 'Di a Aarón y a sus hijos, esta es la fórmula con la que bendeciréis a los hijos de Israel: 'El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre tu rostro y te conceda la paz'. Así invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré".

Es una bendición que recae sobre cada hombre y cada mujer de la historia, alcanzada gracias a ese misterio grandioso de la Mujer que se ha puesto en la plena disposición de entrega al Padre del amor. Su motivación única es la de ser instrumento eficiente en esa historia de salvación que transformará la historia de la humanidad. María "guardaba todas estas cosas en su corazón", pues en su condición de joven virgen, a pesar de saberse instrumento, se sentía sobrepasada con la cantidad de acontecimientos maravillosos que se estaban desarrollando a su alrededor. Su fe la sustentaba, pues el hecho de que Dios contara con Ella era suficiente para hacerse consciente de que aquello era algo bueno. De un Dios bueno y poderoso nunca podrá surgir nada malo, máxime cuando lo que ha motivado su entrega a ese Dios ha sido el amor y la confianza absoluta en Él. En este caso vemos a los más sencillos, y quizás a los más rechazados de la sociedad, los últimos en el escalafón social, como los encargados de anunciar la llegada del Mesías esperado. ¿Por qué escoger a los últimos para dar la noticia más gloriosa de la historia? Es la enseñanza que nos quiere dar Jesús. Aun cuando Él ha venido para todos, sus preferidos son los desplazados, los rechazados. Es para ellos para los que principalmente ha venido. También María fue rechazada, pero Ella sabía que ese rechazo era signo de lo que sufrirían todos los que se alegran con la llegada del Redentor del mundo. Será su gozo total. Saber que sus hijos, los hermanos de su Hijo que les dejó como misión desde la Cruz de amor, serán recibidos con un corazón lleno de amor, como el del Padre y como el de la Madre María: "En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo hacia Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho. Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción". Jesús, Dios que salva. Es el Dios que viene a salvarnos, de la mano de su Madre que nos llena de su amor y junto con su Hijo quiere siempre lo mejor para nosotros.

miércoles, 19 de agosto de 2020

Todos llamados a la viña con misiones distintas y una única meta que es el cielo

 EL Rincón de Yanka: ID TAMBIÉN VOSOTROS A MI VIÑA, Y OS DARÉ LO ...


La viña del Señor, que es el mundo, pertenece, por supuesto, al mismo Dios. Él es el creador de todo lo que existe, todo ha surgido de su mano y todo se mantiene por su infinita providencia y por su infinito poder. A ese poder creador y providente, cuando creó al hombre y lo colocó en medio de todo para que fuera el rey de la creación y aprovechara todo lo que existía, que finalmente había sido creado para él, Dios le añadió su amor eterno e infinito, que realmente fue la motivación última que tuvo para emprender la gesta extraordinaria de hacer existir todo lo que no fuera Él. Antes del universo creado lo único existente era el mismo Dios. Él, evidentemente, lo llenaba todo. Nosotros no tenemos idea de cómo era esa realidad por cuanto es anterior a nuestra propia existencia y porque para nosotros el mundo solamente espiritual es imperceptible e inimaginable. Solo existía Dios, solo estaban las tres Personas de la Trinidad Santa. Su vida espiritual en la intimidad de su intercambio amoroso era totalmente satisfactoria. Pero el mismo amor que era Él, que era y sigue siendo su esencia única, lo llamó a "complicarse" la existencia. Él, que es la simplicidad infinita, se dispuso a asumir la complejidad que representaba la decisión de crear el mundo material y espiritual, fuera de sí mismo, movido por el amor a aquella criatura a la que amaba más que a cualquier otro ser que surgiera de sus manos, sobre quien colocaría el usufructo y la administración de todo lo que iba surgiendo de su poder. Por esa explosión de amor que se dio en su intimidad, existe el hombre. Y por amor al hombre existe todo lo demás. En el hombre colocó no solo la realidad espiritual que era en cierto modo participación de su propia y única naturaleza divina, al haberlo hecho "a su imagen y semejanza", sino que ingenió lo absolutamente novedoso de la materia en el momento inicial de su existencia, lo que llevó a traer a la vida al único ser realmente complejo que existe, que es el hombre, pues participa de esa doble naturaleza, humana y divina, corporal y espiritual, que inaugura esa complejidad que está a mitad de camino entre Dios, espíritu puro, y el universo no humano, materia pura. Dios es absolutamente simple, pues es puro espíritu. Lo creado fuera del hombre es también absolutamente simple, pues es pura materia. El hombre, en cambio, es complejidad total, pues es materia y espíritu. Es lo que hace que el hombre viva en una continua doble añoranza: suspira por una trascendencia hacia la eternidad que lo tira pues es añoranza de todo lo que vive espiritualmente, y a la vez está atraído fuertemente por la materia, de la cual quiere disfrutar al máximo y ante la cual en ocasiones se rinde, desvirtuando su ser superior y colocándose al servicio de lo que es criatura, incluso por debajo de sí mismo. A este ser complejo en todo es al que el Señor le regala lo que ha creado: "Crezcan y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla".

El hombre, de este modo, es colocado como dueño y administrador del mundo. La viña sigue siendo de Dios, pero Dios coloca su cuidado en las manos del hombre. Es una manifestación clara de confianza del Todopoderoso en la criatura que ha colocado por encima de todo. El hombre goza del usufructo de todo por donación amorosa de su Dios. Por eso Dios, que podría conservar la administración de su viña, llama al hombre y se la confía para que la cuide. Esa llamada es la convocatoria que hace Dios para que el hombre asuma su responsabilidad. A todos los llama, aunque sea en momentos diversos de la vida. A unos los llama antes, a otros los llama después. Pero a todos los llama en su momento. No es ni antes ni después, sino que es cuando Dios lo considera oportuno. Es el momento de Dios, que se convierte en el momento de cada uno: "El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo y les dijo: 'Vayan también ustedes a mi viña y les pagaré lo debido'. Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: '¿Cómo es que están aquí el día entero sin trabajar?'. Le respondieron: 'Nadie nos ha contratado'. Él les dijo: 'Vayan también ustedes a mi viña'". No hay un momento predeterminado. El momento es el que determina el dueño de la viña. Lo importante no es, por lo tanto, el momento de la llamada, sino la llamada en sí misma y el trabajo que hay que realizar en la viña. Dios valora la respuesta que se dé y el trabajo que se realice. Al final, dependiendo de que se haya respondido positivamente y se haya realizado la tarea encomendada, todos recibirán su paga. En el caso de la parábola que Jesús relata la paga es la misma para todos. Es comprensible que así sea, pues la viña es el mundo que Dios coloca en las manos de los obreros. La tarea de cada uno se desarrolla en los predios que Dios le encomienda. Basta que realice el trabajo que le corresponda para que sea considerado digno de su paga. La tarea de cada uno es única y no se puede comparar con la tarea que le corresponda a otro. Y la paga es total. Es el cielo. El denario que recibe cada uno es el cielo que se han ganado al responder a la llamada y al realizar la tarea encomendada. El cielo es uno solo. No se recibe más o menos cielo en la eternidad. Esa presencia delante del Dios del amor es presencia totalizante, que no será parcelada. No hay una eternidad mayor y otra menor. La eternidad es única y llenará de satisfacción plena a todos los obreros de la viña que hayan cumplido bien. Esos debemos ser nosotros, los que entraríamos al reino de eternidad feliz junto a Dios nuestro Padre.

En efecto, cada uno de los llamados tiene una tarea concreta que cumplir, en un ámbito propio que es en donde lo coloca el dueño de la viña. No es una única tarea, aunque sí es única la meta del trabajo. Todos deben perseguir que los beneficios de la viña sean para todos y que todos caminen solidariamente hacia la eternidad a la que son llamados. Unos tendrán responsabilidades mayores, otros, menores. A unos se les colocará en la conducción como pastores y a otros se les colocará entre las ovejas que serán pastoreadas. En este sentido, la exigencia será mayor para unos que para otros. "A quien mucho se le ha confiado, mucho se le exigirá". Aquellos que han sido "privilegiados", habiendo sido colocados en puestos de dirección, tendrán una mayor responsabilidad que cumplir. Deben ofrecer su testimonio de palabra y de obras para que sean luz que ilumine el camino de los demás. Aquí se encuentran en primer lugar los que han recibido el ministerio sacerdotal, y son los pastores del rebaño, estrictamente hablando. A ellos se les pedirá también con toda crudeza cuentas del trabajo que les corresponde realizar. Pero por analogía también están incluidos en esta categoría todos aquellos, laicos o religiosos, que hayan sido hechos dirigentes, encargados de un apostolado o de una pastoral. Son los que podríamos llamar "laicos comprometidos", los que no son religiosos. No son pastores, pero se podrían asimilar a ellos pues participan por analogía de las tareas pastorales de la Iglesia. Es tremenda esa responsabilidad, pues el examen final sobre la tarea cumplida será rígido: "¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No deben los pastores apacentar las ovejas? Ustedes se comen las partes mejores, se visten con su lana; matan a las más gordas, pero no apacientan el rebaño. No han robustecido a las débiles, ni curado a la enferma, ni vendado a la herida; no han recogido a la descarriada, ni buscado a la que se había perdido, sino que con fuerza y violencia las han dominado". Los sacerdotes y todos los que tienen responsabilidades principales en la pastoral, son parte de aquellos obreros de la viña, convocados a trabajar en ella en sus tareas particulares y propias. Si cumplen bien, recibirán también su paga, la eternidad feliz en Dios. Pero si no cumplen, serán desechados y echados a un lado: "'Les reclamaré mi rebaño, dejarán de apacentar el rebaño, y ya no podrán apacentarse a sí mismos. Libraré mi rebaño de sus fauces, para que no les sirva de alimento'. Porque esto dice el Señor Dios: 'Yo mismo buscaré mi rebaño y lo cuidaré'". Dios es celoso. Así como es amor infinito es también justicia infinita. Y se pone del lado de los débiles contra aquellos que se quieran aprovechar de ellos. "Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos". Luchemos por cumplir con nuestra tarea. Todos somos convocados a trabajar en la viña. Cumplamos con nuestra labor y recibiremos la paga única para todos, la eternidad de amor y felicidad inmutables junto al Dios de la misericordia.

miércoles, 27 de mayo de 2020

Tus pastores, Buen Pastor, necesitan también ser pastoreados

No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal - ReL

Es hermosa la labor del pastor. La imagen del pastor es ideal para explicar lo que corresponde hacer a quien es encargado de una comunidad, como es encargado el pastor por el dueño del rebaño de su cuidado, de su defensa, de su alimentación. No se trata, evidentemente de un "trabajo" en el que basta cumplir con un horario y la aplicación de algunas técnicas generales que probablemente servirían en cualquier circunstancia. Como apunta Jesús, el asalariado no siente una responsabilidad directa sobre el rebaño, pues lo ve solo como el medio para producir bienes para sí mismo y para su sustento. Algunas situaciones que supongan un cierto riesgo las evitará y huirá de ellas. El verdadero pastor siente que el rebaño es suyo, que de él depende en todo, que se debe preocupar de su bienestar y de su defensa en los peligros, que debe buscar siempre los mejores pastos para procurar su mejor alimentación. De alguna manera, el verdadero pastor conecta su vida con la de su rebaño y sabe que su bienestar pasa por el bienestar del rebaño. Por eso es tan natural ver cómo el pastor conoce a cada una de sus ovejas, conoce sus nombres, sus necesidades, sus debilidades, y es también natural cómo cada oveja confía radicalmente en su pastor y en ningún otro, pues éste le ha demostrado siempre su cariño, su preocupación, su denuedo en favor de ella. De alguna manera vale afirmar que la vida del pastor como tal, en el ejercicio de su responsabilidad, no se acaba nunca, porque nunca deja de haber necesidad en el rebaño. Siempre habrá alguna oveja que necesite de algún cuidado especial, de una atención específica, de una curación. Los enemigos del rebaño no anunciarán jamás el momento del ataque, por lo que hay que estar en continua vigilia. La sed y el hambre se presentan sin hacer tregua nunca. Es dura la vida del pastor pues no tiene descanso. O al menos porque debe estar en buena disposición siempre pues no faltarán los momentos en los que se le requiera para algo extraordinario. Evidentemente, esa relación paternal en la que se siente tan grande y profunda responsabilidad hace que se establezca un vínculo inquebrantable entre el pastor y las ovejas, y entre cada oveja y su pastor. Es una relación de amor que se basa en la procura continua del bien para el amado. El que ama pretende siempre el bien del amado, busca evitarle todo daño, basa su propia alegría en el bien del otro. Quien ama nunca cejará en su empeño de hacer feliz al otro, por encima de cualquier otra búsqueda. Su dolor más grande estaría en ser separado de su objeto de amor. Es el dolor que se yergue en todos los miembros. En el pastor y en las ovejas.

Ejemplo de ello lo tenemos en la vivencia de San Pablo cuando es llevado a ser juzgado, lo que implicaba el ser separado de aquellos a los que había anunciado la extraordinaria noticia de la salvación. Por ellos había entregado su vida, había sobrellevado situaciones extremas y límites, había asumido dolores, sufrimientos y persecuciones terribles. Nadie puede negar que San Pablo realmente había asumido su condición de pastor de aquel rebaño que el Señor ponía bajo su resguardo. Por su rebaño había sufrido humillaciones, exclusiones, violencia extrema, apedreamientos, hasta intentos de asesinato. Todo lo había asumido por el inmenso amor que sentía por cada una de sus ovejas. Pero llegaba el momento de la despedida. Y era como un desgarramiento interno para él: "Yo sé que, cuando los deje, se meterán entre ustedes lobos feroces, que no tendrán piedad del rebaño. Incluso de entre ustedes mismos surgirán algunos que hablarán cosas perversas para arrastrar a los discípulos en pos de sí. Por eso, estén alerta: acuérdense de que durante tres años, de día y de noche, no he cesado de aconsejar con lágrimas en los ojos a cada uno en particular". Era el mensaje que daba a los que dejaba encargados como nuevos pastores, en sustitución suya. Les dejaba su corazón, pues era el desgarramiento total que sufría. Su interés no se basaba en algo personal. Solo estaba interesado en que la noticia del amor fuera recibida por todos de manera clara: "Ahora los encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia, que tiene poder para construirlos y hacerlos partícipes de la herencia con todos los santificados. De ninguno he codiciado dinero, oro ni ropa. Bien saben ustedes que estas manos han bastado para cubrir mis necesidades y las de los que están conmigo". San Pablo era, sin duda alguna, pastor de pastores, pues entendía que todos debían ser guardados bajo sus alas protectoras. Eran su familia, había dado la vida por ellos, todo lo había puesto en función de la noticia del amor. Era una relación entrañable que se basaba en el intercambio de amor, en la admiración, en la escucha y en el seguimiento. Por eso, la despedida es tan sentida: "Cuando terminó de hablar, se puso de rodillas y oró con todos ellos. Entonces todos comenzaron a llorar y, echándose al cuello de Pablo, lo besaban; lo que más pena les daba de lo que había dicho era que no volverían a ver su rostro". 

Es una historia que se repite, en la misma tónica de la que había vivido antes el Maestro. Jesús también sintió la tristeza de la despedida y la nostalgia que producirá ya su ausencia en medio de los discípulos. A ellos y a Él mismo. La oración sacerdotal de Jesús ante el Padre descubre ese corazón que ama infinitamente, que se siente verdadero pastor, que nunca abandona a los suyos: "Levantando los ojos al cielo, oró Jesús diciendo: 'Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste, y los custodiaba ... Ahora voy a ti, y digo esto en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría cumplida'". Jesús es el Buen Pastor. Así se define Él mismo. Y como tal, también había establecido una relación entrañable con cada uno de los suyos. Pero ahora sabía que tocaba ausentarse físicamente de en medio de ellos. Quedaban como nuevos pastores de ese inmenso rebaño que Él había recibido de las manos del mismo Padre, pero también sabía que esos pastores habían sido a su vez pastoreados por Él, y no quería dejarlos acéfalos. Los pastores necesitaban ser también pastoreados. Ellos deberán asumir que ese pastoreo deberán realizarlo en medio de un mundo que no los aceptará, como no aceptaron a Jesús, su pastor: "Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo". Los valores que viva ese mundo estarán muy lejos de los que promulgarán ellos y que intentarán sembrar en todas las ovejas que vayan a formar parte de su rebaño. Por eso, el pastoreo bajo el cual se encontrarán será un pastoreo superior: el del mismo Jesús y el mismo Padre, que los resguardarán de manera extraordinaria: "Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad". El Buen Pastor Jesús es el gran pastor de los pastores. Y estos cumplirán su tarea bajo su auspicio y su protección. Es una figura que no envejece ni desaparece. Hoy estamos bajo la guía de los nuevos pastores, que nos preparan para recibir triunfalmente en nuestro corazón el amor y la salvación del Padre. Pero también ellos necesitan ser pastoreados. Por eso, lo mejor que podemos hacer es, como San Pablo y Jesús, poner a cada uno de nuestros pastores en las manos de Jesús y del Padre, para que sean pastoreados por Ellos, resguardándolos y llenándolos del amor por nosotros, su rebaño.

sábado, 22 de febrero de 2020

Das la vida por las ovejas y quieres que tus pastores hagan lo mismo

Resultado de imagen de tu eres pedro y sobre esta piedra edificare mi iglesia

Jesús es el Buen Pastor. Así se identificaba Él mismo, dando una descripción que, quizás, era la que consideraba más entrañable y la que para Él tenía mayor sentido y lo identificaba más plenamente: "Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. El asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, cuando ve venir al lobo, escapa abandonando las ovejas, y el lobo las arrebata y dispersa. Como es asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el buen pastor: conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí, como el Padre me conoce y yo conozco al Padre; y doy la vida por las ovejas". La imagen cercana para el pueblo de Israel, familiarizado con esta imagen del pastor, podía entender perfectamente esta descripción que daba Jesús de sí mismo, y todo lo que ella implicaba. Jesús es cercano, no se queda alejado de sus ovejas, se preocupa por cada una de ellas, al extremo de que es capaz de dar la vida por ellas si es la única forma de defenderlas. De tal manera era acertada esta descripción de sí mismo que daba Jesús, que quedó totalmente confirmada por los acontecimientos de su Pascua. Como Buen Pastor entregó su vida por las ovejas, en vez de ellas, las rescató de una muerte segura, muriendo en su lugar. Hizo la obra total de amor que había prometido Dios desde que el hombre había pecado. Con ello, el Buen Pastor alcanzó la salvación de su rebaño y logró la restauración del orden perdido. Sin embargo, debía asegurar que esa obra de rescate, que esa entrega por todos, fuera beneficio para toda la humanidad, en todo tiempo y lugar. Había que asegurar de alguna manera que los efectos de salvación pudieran ser distribuidos a todos los que formarían parte de ese rebaño que Él sabía que trascendía su momento y su lugar. Él mismo decía que había otras ovejas a las que era necesario llegar también: "Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor". Por ello, para asegurar que su salvación llegara a todos los hombres, era necesario que hubiera quienes asumieran la tarea de llevar adelante esta obra en el gran instrumento de salvación que instituyó Jesús, la Iglesia. Al frente de esta tarea ponía a sus pastores, a los que encomendaba la obra de distribución de la gracia. Así se cumplía también la promesa del Padre: "Les daré pastores según mi corazón". 

Cuando inició su obra de predicación y anuncio de la llegada del Reino de Dios, Jesús eligió a doce hombres para que estuvieran con Él. Fueron esos que iniciaron una formación para ser los continuadores de esa obra de pastoreo. Ellos fueron los testigos primordiales de la obra de Cristo. Escucharon cada una de sus palabras y presenciaron cada uno de sus portentos. Convivieron con Él en lo cotidiano y en lo extraordinario. El día a día con Jesús fue su mejor formación. Esta formación no se trataba de un conocimiento intelectual adquirido en el repaso de ideas. Fue, sobre todo, la experiencia viva de lo que era Jesús. Era el contacto con Él lo que les sirvió más para luego ser esos buenos pastores que continuarían su obra. Tener la vivencia de Jesús era lo importante. Experimentar su amor en sus corazones, ver su trato con la gente, su cercanía, su estilo de pastoreo. Fue un tiempo de asimiliación en el que apuntaban a ser "otros Cristos", reflejos de ese Buen Pastor que Él era. Por eso, San Pablo es capaz de atreverse a decir: "Vivo yo, mas ya no soy yo; es Cristo quien vive en mí". Ese grupo de doce tenían esa primera tarea: adherirse de corazón y asimilarse cada vez más al Buen Pastor. San Pedro era el primero de ellos, pues quedaría encargado de dirigir la nave de la Iglesia, una vez que Cristo ya no estuviera físicamente presente. "Simón Pedro tomó la palabra y dijo: 'Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo'. Jesús le respondió: '¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Ahora yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos'". Jesús iba asegurando la existencia de ese grupo de pastores que estarían al frente de la Iglesia, al servicio de las ovejas en todos los confines del mundo y en todos los tiempos. Y al frente colocaba al primer Papa, a Pedro, como Vicario suyo.

La labor de los pastores es, entonces, la misma de Jesús. Se trata de que a todas las ovejas, por su intermedio, les llegue ese efecto de salvación que logró el Buen Pastor con su obra redentora. Los pastores deben procurar que ninguna de las ovejas por las cuales entregó su vida Jesús se quede sin disfrutar de la gracia que Jesús quiere derramar sobre cada una. La salvación de Jesús es para todos los hombres: "Dios quiere que todos los hombres se salven". Y acercarles esa salvación es la tarea de los pastores, de los ministros a los que el Señor se la ha encomendado. El pastor que deja Jesús al frente de la comunidad no se presenta a sí mismo. Presenta a Jesús para que sea a Él a quien se decidan a seguir las ovejas: "Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor". Y debe hacerlo, además con el estilo de Jesús. Presta sus labios, su corazón, su personalidad, pero en todo debe reflejar al Buen Pastor. Por eso Pedro insistía a los pastores de su época, y a los de todas las épocas, a cumplir fielmente con su tarea: "A los presbíteros entre ustedes, yo, presbítero con ellos, testigo de la pasión de Cristo y participe de la gloria que va a revelar, les exhorto: pastoreen el rebaño de Dios que tienen a su cargo, miren por él, no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con entrega generosa; no como déspotas con quienes les ha tocado en suerte, sino convirtiéndose en modelos del rebaño". Modelos del rebaño... No porque sean muy buenos, sino porque reflejan a Jesús, el Buen Pastor, a quien es en última instancia a quien debemos seguir todos, incluso los mismos pastores. San Pablo lo entendió muy bien: "Sean imitadores míos, como yo lo soy de Cristo". Sería una osadía presentarse a sí mismo como modelo, por sí mismo. Si se atreve a hacerlo es porque él sigue el modelo de Jesús, el Buen Pastor que da su vida por todos. Así deben ser los pastores hoy y siempre: los que viven con Jesús cotidianamente, los que asumen sus criterios y actitudes, los que viven su mismo amor por las ovejas, los que les llevan la gracia salvadora de la redención, los que no se presentan así mismos sino a Jesús, los que están dispuestos incluso a dar su vida por sus ovejas, como lo hizo Jesús.

martes, 8 de julio de 2014

Que no lleguemos a adorar a los cerdos

La obra de Jesucristo es impresionante. Durante su paso por la tierra realizó innumerables maravillas y portentos, como nos los refieren los Evangelios. Seguramente hizo muchas más de las que aparecen allí. El mismo San Juan al final de su Evangelio dice que no se puede escribir todo lo que hizo, pues no alcanzarían todos los libros sobre la tierra para poder abarcarlos. Su misión estaba muy clara: Salvar al hombre integral, en su cuerpo y en su alma. Por eso, sus milagros no se reducían sólo a curaciones físicas, sino a liberaciones espirituales, al perdón de muchos pecados, a victorias sobre el demonio... Jesús vino a salvar al hombre entero y a todos los hombres. Su salvación es para todos los hombres y para todo el hombre. No se puede hacer reduccionismo parcial o interesado de su obra salvífica... En su trajinar cotidiano eligió a hombres que lo acompañaran. No tiene sentido esta llamada si no era para prepararlos a fin de que continuaran la obra que Él iniciaba. Siendo Dios, al haber asumido la carne humana con toda su historia y todas sus consecuencias, tenía plena conciencia de que su paso por la tierra era limitado en el tiempo y en el espacio.

Su permanecer entre nosotros tenía un tiempo determinado. Por eso, tenía que prever la necesidad de establecer una continuidad. De no haber sido así, se hubiera verificado una tremenda injusticia: Los únicos beneficiarios de su palabra y de su obra portentosa iban a ser sus contemporáneos y sus paisanos. Nadie más. Para evitar esa injusticia funda la Iglesia, como instrumento de salvación que trascendiera el tiempo y el espacio, y pudiera hacer llegar su mensaje de salvación, su amor misericordioso y su obra milagrosa a todos los hombres de todos los tiempos y todos los espacios... Y esa Iglesia no iba a ser sólo una realidad espiritual que hiciera real su presencia continua, como Él mismo la prometió -"Yo estaré con ustedes hasta el fin de los tiempos"-, sino que iba a ser una realidad que, como Él, tendría una componente espiritual y una componente física, material. La "sociedad de salvación" que era la Iglesia tenía que tener una realidad visible clara, que iba a estar en esencia en aquellos que la componían, hombres como el mismo Verbo encarnado, que iban a hacerlo presente también "físicamente", que iban a ser sus instrumentos, sus voces, sus brazos, sus manos, sus amores... Los beneficiarios tenían que saber percibir en ellos la presencia real y salvífica del Redentor que había venido al mundo, y que aun cuando ya no estaba físicamente presente, sí seguía estando sacramentalmente en ellos, actuando y amando como cuando estaba entre nosotros...

Jesús quiso que ellos fueran, esencialmente, transmisores de su amor y de su salvación integral a los hombres. La constatación que hace Mateo en su Evangelio nos habla claramente de la intención divina de Jesús al establecer el pastoreo ministerial en la Iglesia: "Al ver a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, 'como ovejas que no tienen pastor'. Entonces dijo a sus discípulos: 'La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rueguen, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies'". La comunidad debe pedir al Señor que envíe a quienes se hagan cargo de llevar adelante la misma misión de Cristo: la del pastoreo amoroso, la de la salvación y el perdón misericordioso, la de la mano tendida en el amor y en la solidaridad con todo el hombre y con todos los hombres... No se trata, por lo tanto, de una labor exclusivamente espiritual. Si así fuera, Jesús no hubiera necesitado de manos que lo ayuden. Es una labor integral, que haga sentir incluso físicamente la mano salvadora de Jesús, su solicitud por todos los hombres y por todas sus necesidades. Los pastores no son sólo para llevar mensajes consoladores o para pronunciar palabras hermosas acerca de Jesús y su amor -lo cual es, también, esencial en su labor evangelizadora-, sino para que además todos sientan en sus vidas, en lo concreto y específico de su vivir cotidiano, esa mano de Jesús que los acaricia, que los auxilia en sus necesidades materiales, que no los deja solos...

Pero para lograr eso, para que Dios escuche la oración de la comunidad que implora pastores, la misma comunidad debe procurar que se den las condiciones para que haya quien responda. Dios elige de entre los hombres a los mismos que van a ser sus pastores. Y éstos deben tener un clima propicio para ello. Evidentemente, Dios no está atado a eso, pues es Dios y puede hacer surgir anunciadores de debajo de las piedras. Pero eso sería lo extraordinario. Quiere actuar en lo ordinario. Lo extraordinario es para los momentos extraordinarios. Lo normal es para la cotidianidad... Una sociedad que pide pastores, pero que se deja esclavizar por ídolos -"Con su plata y su oro se hicieron ídolos para su perdición. Hiede tu novillo, Samaria, ardo de ira contra él"-, que se deja apabullar por quienes quieren sacar a Dios de toda circunstancia vital, que exalta el hedonismo, que aplaude a los vivos y se burla de los honestos y de los que se exigen, que pone el acento en el tener por encima del ser, que adula a los que tienen el poder... es una sociedad que se la pone difícil a los que posiblemente en algún momento se sientan llamados. Familias en las que no se educa en valores, en las que lo que vale es la supervivencia sin trascendencia, en las que las figuras paternas han renunciado a su testimonio vital que apunte al cumplimiento de los compromisos, en las que Dios no ocupe un lugar prioritario, en las que el egoísmo es exaltado... hacen cada vez más difícil que haya quien se sienta animado a entregarse a los hermanos por amor...

La llamada a la oración por las vocaciones es fundamental. Tenemos que responder afirmativamente a ella. Pero es también necesario que empecemos a valorar lo que cada uno debe hacer para lograr que haya un ambiente propicio para el surgimiento de la respuesta positiva al llamado de Dios. Que tengamos jóvenes que se arriesguen, confiándose únicamente en las manos de Jesús para alcanzar su plenitud. Es la forma como aseguraremos que haya pastores que nos conduzcan al amor y a la salvación de Dios. No nos suceda como vaticinó San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars: "Dejen un pueblo diez años sin sacerdotes, y al final de ese tiempo estarán adorando a los cerdos..."

miércoles, 4 de junio de 2014

El lobo no debería poder con el rebaño

Estos últimos tiempos de la Iglesia no han sido muy buenos. Desde su mismo seno han surgido situaciones escandalosas que han minado las bases de la credibilidad de muchos fieles. Sin duda, el hecho de que los mismos pastores fallen es muy doloroso por lo que implica de traición a la inocencia del rebaño. Y aún siendo una situación que no es nueva, no deja de ser lamentable que sea desde el mismo seno de la Iglesia, de sus responsables y de los que han asumido las tareas de pastoreo que confía el mismísimo Jesús a los pastores, los que lleguen a ensuciar el lienzo blanco de la Iglesia. Se conocen suficientemente las abominaciones de los ancianos en los tempos del Antiguo Testamento que por querer dar satisfacción a sus placeres y no conseguirlo, condenan a morir a la casta Susana, los casos de los fariseos en los tiempos de Jesús, la negación de Pedro, la traición de Judas, la pretensión de Simón de comprar el poder de hacer milagros... No es extraño que el corazón del hombre, particularmente de los pastores, esconda pretensiones viles... Ciertamente Jesús ha puesto sobre aviso a todos sobre esta posibilidad. Habrá el tiempo de convivencia del trigo con la cizaña y llegará el momento de la criba en el que se separará el grano bueno del malo... También lo dice Pablo al despedirse de la comunidad de Éfeso: "Tengan cuidado de ustedes y del rebaño que el Espíritu Santo les ha encargado guardar, como pastores de la Iglesia de Dios, que él adquirió con su propia sangre. Ya sé que, cuando los deje, se meterán entre ustedes lobos feroces, que no tendrán piedad del rebaño. Incluso algunos de ustedes deformarán la doctrina y arrastrarán a los discípulos..." Es terrible la "profecía" de Pablo...

Hoy en la Iglesia sufrimos de situaciones terribles. Los escándalos de la pederastia de algunos sacerdotes, los escándalos financieros, las infidelidades al servicio sirviéndose a sí mismos, los lujos de algunos pastores, las fallas en el celibato y en la obediencia a sus superiores... Cada vez surgen situaciones muy lamentables que hieren a la Iglesia en sí misma y que hieren la sensibilidad y llegan a afectar la fe de los miembros del rebaño al que se debe cuidar... Ciertamente son casos contados que no están ni por asomo al mismo nivel de cantidad de los casos de fidelidad a los que no se les da ninguna publicidad. No es noticia el curita de pueblo que todos los días se levanta con la intención de servir con alegría e ilusión a la comunidad que se le ha encomendado y que lo hace con la mayor ternura. Tampoco el caso del acucioso teólogo fiel que se quema las pestañas estudiando los clásicos de grandes Padres de la Iglesia para poder transmitir a sus discípulos lo que ha ido descubriendo. No da réditos promocionar al sacerdote que trabaja con el mayor entusiasmo con los jóvenes, tratando de hacerlos hombres de bien para el futuro... Es mucho más rentable hablar del cura que falló y cayó con una mujer, del que ha estructurado una "teología" que echa por tierra toda una tradición y hasta llega a negar verdades fundamentales de la fe, del que ha caído en el peor de los errores aprovechándose de niños y jóvenes... Y los fieles son muchísimos más que los infieles...

Ante esto, podemos tomar dos actitudes: Huir y dejar a un lado la posibilidad de seguir a Dios a través de la Iglesia por la falla de sus pastores, o tomar con responsabilidad el propio compromiso y profundizar en el conocimiento y la vivencia de la fe, asumiendo que las fallas siempre estarán presentes, pues la Iglesia está conformada por hombres que, por naturaleza, pueden siempre fallar... Recuerdo una vez que dando un charla, se levantó un hombre que me dijo: "Yo dejé de creer por las fallas de los curas. Me alejé de la Iglesia y ya no me confesé más nunca ni fui a misa. Si los principales responsables fallan, ¿qué se podía esperar? ¡Todo es mentira!" Yo me sentí, lo confieso, enardecido, y tratando de dominar mi molestia al máximo, le respondí: "¿Qué dirías tú si yo, en este momento, te digo: 'Yo he visto muchos laicos ser infieles a sus esposas, conozco a muchos deshonestos que han caído en la corrupción, sé de muchísimos que son alcohólicos o drogadictos y han destruido su vida y la de los suyos por su adicción, sé de jóvenes que no cumplen con su obligación de estudiar, conozco casos de militares abusadores y corruptos, conozco a empresarios absolutamente deshonestos y aprovechadores... Por todos esos casos, que me afectan mucho, en este momento decido dejar de ser cura, porque no creo en los laicos...'?" Se me quedó mirando atónito y después de un  tiempo en el que no supo qué decir, me respondió: "¡Eso no o puede hacer usted, porque usted es cura!" Yo le dije: "¡Pues entonces lo que tú hiciste, tampoco lo podías hacer, porque eres bautizado! ¿O es que ser cura es más que ser bautizado? ¿Ser cura me hace más cristiano a mí que a ti? ¿Tengo yo un mayor compromiso de ser buen cristiano siendo cura, que tú, siendo bautizado?" No supo qué contestarme... Reconozco que hablé molesto. Pero no me faltaba razón...

Todos debemos asumir nuestra responsabilidad. Asumo que la de los pastores es más delicada, por lo que implica de servir de guías, de modelos, de conductores del rebaño. Pero también es cierto que cada uno debe hacer de su fe su tesoro. Y que debe defenderlo al máximo de los depredadores, vengan de donde vengan. Más aún de los que atacan desde dentro, pues son los ataques más traicioneros y dolorosos. Son más traidores los que desde dentro se aprovechan del rebaño y se hacen un puesto de honor sobre las cenizas de lo que ellos mismos han destruido...

Cristo nos da la clave. Nos invita a orar por quienes deben mantenerse en la fidelidad. Nuestra acción puede hacer mucho. Pero nuestra oración puede hacer descender desde el seno del Padre la Gracia que ellos necesitan para mantenerse en la ruta de la fidelidad: "No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Conságralos en la verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo. Y por ellos me consagro yo, para que también se consagren ellos en la verdad". Todos somos responsables de la Iglesia, de la fe de nuestros hermanos, de la defensa de ellos ante los lobos que vengan a querer hacerles daño. No debemos sentirnos relevados de esa responsabilidad. Jesús nos invita a la fidelidad y a orar por aquellos a los que les ha dado mayores responsabilidades...