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jueves, 8 de abril de 2021

Jesús resucitado nos da una nueva perspectiva de vida

 El Periódico de México | Noticias de México | Columnas-VoxDei | «Echad la  red a la derecha de la barca y encontraréis»

El encuentro con Jesús resucitado es totalmente renovador. La Resurrección en sí misma representa el paso gigantesco de la Nueva Creación que viene a realizar Jesús por encargo del Padre. Toda la realidad es renovada. Principalmente la criatura que está en el centro de todo, por designio amoroso del Padre Creador, que es el hombre, causa final de la gesta gloriosa del rescate que emprende el Verbo de Dios al hacerse carne. Su muerte, paso previo y necesario, es la acción primordial en la que el Verbo, haciéndose víctima del odio de los hombres, toma sobre sí todo el mal del hombre y del mundo, y lo hace morir con Él en la Cruz. La derrota del mal tiene cariz de situación final para Jesús, pero en realidad es el principio del final de ese poder que poseía el demonio y la muerte, con su consecuente perjuicio humano, que es el pecado. La victoria de Jesús, refrendada con su resurrección, es el punto más alto de la historia humana, y es la confirmación del camino de plenitud por el que se encamina la humanidad para llegar a la eternidad feliz que no tendrá final. Es esta la convicción en la que se consolidan cada uno de los que tienen el encuentro con el hecho portentoso de la Resurrección de Jesús. La realidad ya no se reduce a la sola vivencia cotidiana del día a día, sino que se da una convicción profunda, íntima, indestructible, de que la realidad ha alcanzado una cuota de altura insuperable, pues el que vive de la Vida de Jesús no podrá ya reducirse solo a esa vivencia rutinaria, sino que deberá referirlo todo a la presencia de la Vida interminable de Jesús, que es la que transmite a todos sus seguidores, que son los que han resucitado con Él. No se da un cambio en lo rutinario, pues la realidad seguirá siendo la misma: casa, hogar, familia, trabajo, amigos, diversiones, vecinos. Todo seguirá su camino habitual. Pero sí se da un cambio profundo, íntimo, esencial, en lo profundo del corazón de cada hombre resucitado, pues lo afrontará todo con una actitud diversa, la actitud del Hombre Nuevo que regala Jesús, el nuevo Adán. Habiendo sido vencido el mal, en el corazón y el ser entero de los resucitados vivirá el bien, el amor, la justicia, que serán las fuerzas para afrontar los embates que aún dará el mal en los estertores de su muerte.

Fue lo que experimentaron los apóstoles que vivieron en primera persona la experiencia de la Resurrección de Cristo. Emprendieron con la mayor ilusión, con la mayor alegría, el anuncio al mundo de la noticia más gloriosa que podrían escuchar. Salieron entusiasmados a todos los caminos dando a conocer la noticia del amor, de la verdad y de la vida a todos. Pero su entusiasmo no era antídoto suficiente para vencer en los que servían al mal. Muchos sí daban el paso, y por eso preguntaban qué debían hacer para resarcir el daño que había producido su pecado. Se seguía planteando, entonces, la diatriba entre el bien y el mal, con la diferencia de que ahora se tenía el fundamento sólido de la victoria de Cristo y de la liberación cumplida del Dios de Israel: "Jefes del pueblo y ancianos: Porque le hemos hecho un favor a un enfermo, nos interrogan ustedes hoy para averiguar qué poder ha curado a ese hombre; quede bien claro a todos ustedes y a todo Israel que ha sido el Nombre de Jesucristo el Nazareno, a quien ustedes crucificaron y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por este Nombre, se presenta este sano ante ustedes. Él es 'la piedra que desecharon ustedes, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular'; no hay salvación en ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos". La Resurrección, siendo la victoria de la vida sobre la muerte, no eliminó del todo la acción de quienes seguirían sirviendo al mal, pues siguió respetando reverentemente la libertad del hombre. Pero sí transformó el interior de los convertidos, que asumieron su tarea de anunciar al amor con la convicción profunda de que estaban fundados en el poder omnímodo del amor y de la resurrección. Debe ser la experiencia de todo el que vive la victoria de Cristo. Probablemente nada cambie a su alrededor, pero sí debe tener conciencia de que dentro de sí se ha dado una transformación radical, pues ya no estará fundada su vida en la propia fuerza, sino en la fuerza del Resucitado, lo que dará una perspectiva nueva a la vida personal, fundada en la certeza de la presencia y la compañía del Resucitado que ya nunca más dejará de estar con él en todo lo que emprenda.

Esa fuerza del Resucitado podrá incluso llegar a hacer maravillas a sus discípulos, tal como lo vivieron los apóstoles que regresaban frustrados de una noche de pesca infructuosa: "Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, apodado el Mellizo; Natanael, el de Caná de Galilea; los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. Simón Pedro les dice: 'Me voy a pescar'. Ellos contestan: 'Vamos también nosotros contigo'. Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada". No pescar nada para un pescador es una decepción total. Pero se les aparece Jesús, el Resucitado y les hace ver una perspectiva diversa: "Él les dice: 'Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán'. La echaron, y no podían sacarla, por la multitud de peces". Jesús les invita a encaminarse de manera diversa para obtener buenos frutos. Es lo que hace con cada uno de nosotros: Nos invita a arriesgarnos a tomar la novedad que Él nos ofrece para vivir una vida distinta, con una actitud diferente, mucho mejor que la que tenemos entre manos, confiados en su amor y en su poder. Es el reconocimiento de la presencia de Jesús en nuestras vidas, que hace que nuestras perspectivas cambien, que pone nuevas metas a nuestra existencia, que nos impulsa a reconocerlo presente en todo lo que hacemos, que nos conecta con la alegría y la esperanza de tenerlo siempre con nosotros, haciéndonos capaces de las mismas maravillas que Él realiza. Es una confesión de fe que debe ser definitiva y determinante en nosotros y en todos sus discípulos. Así como lo reconoció Juan al identificarlo en quien los invitaba a pescar a la derecha y lograr el milagro de la aparición de los peces que no habían estado durante toda la noche: "Y aquel discípulo a quien Jesús amaba le dice a Pedro: 'Es el Señor'". Debe ser nuestra propia confesión: Es el Señor Jesús el que está a nuestro lado. Es el Resucitado el que nos da la nueva fuerza y la nueva perspectiva de vida. Es Jesús resucitado el que ha transformado nuestra vida, el que hace que las relaciones entre nosotros sean más fraternas, fundadas en el amor y la solidaridad, en la búsqueda del bien para todos, y nos hace tener una nueva perspectiva y una nueva actitud de vida, en la que nos hacemos conscientes de que no todo se va a acabar, sino que apunta más bien a lo eterno, a lo que nunca se acaba, a lo que será la plenitud que nunca termine, en la felicidad y en el amor vividos eternamente con el Padre, junto a nuestro hermano resucitado, Jesús de Nazaret.

viernes, 6 de junio de 2014

Un amor que borra lo malo

¿Por qué no ascendió Cristo inmediatamente después de haber resucitado? ¿Cuál es la razón de haberse quedado cuarenta días más después de la Pascua? ¿Qué era lo que tenía que hacer en esos cuarenta días que no pudo haber hecho en los más treinta años que vivió o al menos en los tres últimos en los que cumplió su ministerio público? Las apariciones del Resucitado a los discípulos, ciertamente, sirvieron para convencer a éstos de la verdad de su resurrección. La Magdalena en un primer momento lo confundió con el hortelano que cuidaba el sitio que estaba alrededor del sepulcro, pero luego, cuando lo identificó, fue la primera en anunciar la resurrección del Señor. Los dos discípulos de Emaús, después de haber caminado un largo trecho del camino hacia la aldea, sin reconocerlo, lo descubren sólo cuando ya está a la mesa cenando y lo reconocen por algún gesto que hizo Jesús que seguramente era muy propio de Él. A los apóstoles se les aparece por dos veces, la primera con la ausencia de Tomás, al que Jesús, en la segunda aparición convence al mostrar las huellas de la pasión... Luego se les aparece en el mar cuando están pescando, pero en un primer momento tampoco lo reconocen. Y Cristo, en un gesto de condescendencia tremenda, hasta se sienta a comer. Se supone que un cuerpo glorioso no necesita comer, pero Jesús, de nuevo, se rebaja, para entrar en "simpatía" con los apóstoles... Y así, fueron más las ocasiones en las que las apariciones a los discípulos en esos cuarenta días sirvieron para convencerlos de su verdadera resurrección...

No obstante, escudriñando más acuciosamente en los Evangelios, notamos dos hechos que llaman la atención, por cuanto no es el cuerpo glorioso del Señor el que logra convencer a los apóstoles de la realidad del acontecimiento de la Resurrección. El primero, cuando Pedro y Juan se dirigen presurosos al sepulcro, luego de la noticia que les da la Magdalena. El relato nos dice que llegó primero Juan y luego Pedro, pero es Pedro el primero que entra y verifica que el cuerpo de Jesús no está ya en el sepulcro. Juan relata que después entró él, y que al ver los dos los lienzos, la mortaja y el sudario sin el cuerpo, "vieron y creyeron". No es la visión del cuerpo glorioso de Jesús lo que los convence, sino su ausencia. La prueba para ellos fue que el sepulcro estaba vacío, no que habían visto al Señor... El segundo hecho es la aparatosa conversión de Pablo, al que una voz del cielo se le identifica como "ese Jesús, al que tú persigues", lo cual bastó para convencerse de la vida de Jesús. Esto fue suficiente para Pablo como evidencia. Tanto, que se convierte en el más acérrimo de los defensores de la Resurrección de Jesús, a la altura de cualquiera de los otros apóstoles, él, que fue llamado en la primera hora posterior a la llamada de los doce que estuvieron tres años con Jesús... Suponemos que Pablo habría visto alguna vez a Cristo, pero no tenemos ninguna evidencia de ello. Pudo no haberlo conocido. Pero lo cierto es que lo identifica perfectamente cuando Cristo se le descubre. Pablo "oyó la voz del Señor", y eso fue definitivo. No necesitó de más. No vio el cuerpo, sino que oyó la voz del Señor que lo llamó y lo atrajo para sí, para nunca más dejarlo ir de su lado. Se convirtió en el gran apóstol de los gentiles. Por eso se le acusa "sólo de ciertas discusiones acerca de su religión y de un difunto llamado Jesús, que Pablo sostiene que está vivo..."

Ahora bien, si no fue la visión del cuerpo glorioso de Cristo la que se necesitó para convencer a Pedro, Juan y Pablo de su verdadera Resurrección, lo cual, evidentemente, hubiera servido para todos los demás, entonces ¿qué hizo que Jesús se "quedara" cuarenta días más? Ya los anuncios del envío del Espíritu Santo habían sido dados anteriormente. La motivación, en mi elucubración personal, es puro amor. Jesús quería saborear hasta la última gota de su vida humana en la tierra. No quería perderse nada. A Jesús le gustó ser hombre, lo disfrutó, se hizo uno más no sólo en el sufrimiento, sino en el disfrute de la vida, de las amistades, de las alegrías, de las ilusiones y de las esperanzas... Por eso quiso disfrutar "un poco más" de su estancia, antes de subir al Padre y recuperar así la gloria que eternamente le correspondía tener, pero que había dejado entre paréntesis por el tiempo terrenal en el que estuvo entre nosotros. Jesús nos amó hasta el extremo estando en la tierra y quiso seguir haciéndolo por ese tiempo de resucitado...

Pero hay un detalle que a mí me llama profundamente la atención. Antes de subir al Padre, Jesús quiere tener un encuentro con Pedro, el que lo había negado tres veces al ser aprehendido. A pesar de que Él mismo le había advertido de que esto sucedería, y de que Pedro le asegura que jamás lo negaría -"Aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré"-, al final, claudica.. Es el mismo que había oído entusiasmado y secundado a Tomás al decir: "¡Vamos todos a morir con Él en Jerusalén!"... Pero, Pedro no cumplió su promesa. Lo negó tres veces delante de la gente. Y así se cumplió la traición que Jesús había vaticinado. El espíritu de Pedro quedó devastado, y "lloró amargamente" su negación... Jesús, en uno de esos cuarenta días después de su resurrección, se aparece en Cafarnaúm, y por tres veces le preguntó si lo amaba... "Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó: 'Señor, tú conoces todo, tú sabes que te amo'..." Tres veces afirmó Pedro su amor a Jesús. Tres veces lo había negado. El detalle de Jesús es entrañable, tierno, digno de quien ama. No quiere que quede la imagen del Pedro negador, sino del Pedro amante. Las generaciones deberán recordar que el mismo que negó a Jesús por tres veces, es el mismo que también lo afirmó tres veces. La negación fue producto del miedo, de la aprehensión ante lo que estaba presenciando. La afirmación es fruto de la plena convicción, de la rendición ante la evidencia, del amor al que había muerto y resucitado. Ese era el primer Papa que necesitaba la Iglesia. Por eso, Jesús le encomienda ya definitivamente: "'Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras'. Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: 'Sígueme'". Ese es el motivo más sólido que encuentro para los cuarenta días de Jesús después de la Resurrección antes de la Ascensión... Dejar bien claro de qué está hecho nuestro Pedro, nuestro primer Papa. Es el que pudo haber fallado, pero que al final se decidió completamente por Jesús, sin echar atrás. Tanto, que entregó su vida por amor a Él, por anunciarlo, por hacerlo llegar a los hermanos... Ese es Pedro. Y para que nos quedara eso claro se quedó Jesús cuarenta días más...