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viernes, 25 de diciembre de 2020

La Palabra de Dios, que es Jesús, pronuncia su amor sobre nosotros salvándonos

 El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros | InfoVaticana

Hay dos noches en la historia de la humanidad que la han marcado y la han enriquecido asombrosamente. En las dos la acción de Dios es fundamental, enmarcada en ese marco entrañable e infaltable del amor de Dios por todo lo que ha surgido de sus manos todopoderosas. Una de ellas es iluminada por la otra. El misterio del nacimiento de Jesús es iluminado por el misterio de su entrega y de su sacrificio por amor por cada uno de los hombres de esa historia, los que han pasado, los que están y los que vendrán. Nadie deja de estar implicado en una historia de amor que Dios ha querido que viva cada uno. Por ello, siendo la noche de la Pascua de Cristo la de más peso salvífico en la vida de los hombres por Jesús, ella le da sentido a esa primera noche de la existencia del Verbo Eterno de Dios, quien ha tomado carne de la Virgen Madre, elegida desde el principio para ser la puerta de entrada del cielo a la tierra. La contemplación de esa imagen del Niño Jesús, Dios que se ha hecho hombre, es la imagen más tierna que nos podemos imaginar. Por ello, el autor de la Carta a los Hebreos asiste muchos años después, con corazón arrebatado a la contemplación de ese momento glorioso de esa historia sublime de salvación: "En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha realizado los siglos. Él es reflejo de su gloria, impronta de su ser. Él sostiene el universo con su palabra poderosa. Y, habiendo realizado la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de la Majestad en las alturas; tanto más encumbrado sobre los ángeles, cuanto más sublime es el nombre que ha heredado". La Palabra, el Verbo, ese Dios que estaba junto al Padre eternamente, se ha encarnado para traernos ese amor humano de Dios. Ya no es simplemente una Palabra pronunciada, creadora, activa, que hace realidades maravillosas, sino que ahora es una Palabra concreta, física, presente en un cuerpo, y esa acción que lleva adelante nos hace a cada uno testigos de primera línea al recibir en cada instante de nuestras vidas, acciones de amor que, como siempre lo hace, busca que sean solo beneficiosas para todos. Nadie queda excluido de esa acción universal de salvación y de amor.

Es una acción que quiere envolver a cada hombre de la historia. La Palabra de Dios no se ha quedado confinada en los cielos, junto a Dios y siendo Dios. Así como el Padre ha tenido una acción fundamental en la Creación de todas las cosas, esa Palabra, también Ella Creadora y activa, amorosa con todo lo que ha surgido de esas manos divinas, se hace carne para decirnos que todos somos importantes y que nadie quedará fuera de las manifestaciones más claras de ese amor. En el Antiguo Testamento Dios no desdeñó momentos para dejar claro a cada hombre el amor que les tiene. Ahora, con la presencia de la Palabra que se ha hecho carne, actuando directamente Ella en la historia de la humanidad, recibimos sin intermediarios esa acción salvadora. Y es significativo que en esas acciones quiere dejar muy claro que es una acción que no excluye a nadie, pues el amor es para todos, venga de donde venga, esté donde esté, haya hecho lo que haya hecho...: "¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que proclama la paz, que anuncia la buena noticia, que pregona la justicia, que dice a Sión: '¡Tu Dios reina!' Escucha: tus vigías gritan, cantan a coro, porque ven cara a cara al Señor, que vuelve a Sión. Rompan a cantar a coro, ruinas de Jerusalén, porque el Señor ha consolado a su pueblo, ha rescatado a Jerusalén. Ha descubierto el Señor su santo brazo a los ojos de todas las naciones, y verán los confines de la tierra la salvación de nuestro Dios". Dios no está con miramientos a la hora de salvar, pues su añoranza es que todos los hombres lleguen a estar con Él, como es su designio amoroso desde el inicio.

Por ello, desde la reflexión concienzuda que ha hecho la Iglesia sobre la obra salvífica que emprendió la Palabra de Dios que se hizo carne para nosotros, no tiene cabida otra explicación, no simplemente teológica y riquísima, quizás la más elevada de todas las Sagradas Escrituras sobre el mismo Dios, sino la que más implicación tiene sobre nosotros y la que más nos enriquece a cada uno. La Palabra de Dios se ha encarnado en el seno de aquella bella Mujer, María, quien se ha prestado con humildad y obediencia a ser instrumento en esta historia de amor de Dios con la humanidad, pero con ello nos ha traído en concreto un amor del que se había hablado suficientemente y que se había demostrado real siempre, pero esta vez ya no era un amor solo oído o vivido en esas acciones favorables, sino que era un amor presente, real, tangible, a la mano, que entraba en nuestra vida para entronizarse definitivamente en ella...: "En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz. El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: 'Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo'. Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos ha llegado por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer." Es el Dios que nos hace visible a Dios. Y hoy lo vemos en la figura entrañable del recién nacido. La más entrañable que podemos tener en nuestras retinas. Y es nuestro. Se ha hecho hombre para salvarnos. Para cumplir la promesa de la felicidad que nos ha hecho el Padre. Él es el encargado de hacer siempre buena la Palabra del Dios de amor. Podemos estar felices, pues Dios ha cumplido su Palabra.

viernes, 20 de noviembre de 2020

Somos el templo de Dios para el mundo. De Él nos llenamos de vida y amor

 El Periódico de México | Noticias de México | Columnas-VoxDei | ""Mi casa  es casa de oración"; pero vosotros la habéis convertido en una "cueva de  bandidos.""

Dos cosas conviven en nuestra vida de fe, la que vivimos en nuestra historia personal. Una de ellas es la certeza absoluta de ser de Dios. Aun cuando haya en muchas ocasiones tentaciones radicales, incluso a veces hasta razonables, en las que una realidad que se presenta dura y trágica, dolorosa y dañina, nos trae una verdad que es insoportable e inexplicable de acuerdo a la dinámica del amor de Dios que debería ser siempre clara y lógica, el hombre puede llegar a sentir tal desasosiego que llega a entender que muchas cosas, en esa experiencia de la presencia de Dios en su vida, no se compaginan con lo que debería ser la realidad. Las preguntas absolutamente lícitas que se hace el hombre añoran respuestas inmediatas, pues su situación está llegando al límite. ¿Por qué Dios permite el mal? ¿Por qué los buenos no reciben los beneficios que se merecen? ¿Por qué los malos triunfan y aparentemente a ellos les va siempre bien? ¿Por qué se está dando una especie de triunfo del mal, que se va enseñoreando y va imponiendo su veneno en el corazón de todos? No es fortuito que se dé esta sensación, pues quienes la viven son hombres y mujeres reales, que están ahí en su día a día, dando lo mejor de sí, haciendo el bien siempre que tienen la oportunidad, luchando por una fidelidad al amor de Dios de lo que están convencidos de que es el camino correcto, a pesar de quienes quieran convencerlos de lo contrario. Son los padres de familia, los esposos, los hijos, los estudiantes, los trabajadores, los empleados, los empresarios, los políticos, que en medio de todo tienen plena conciencia del origen y del fin de sus vidas, que no terminará jamás en el absurdo de la desaparición, sino que apuntan a lo que para ellos es una meta real y definitiva, hacia la cual se encaminan, sorteando toda negatividad. Y es aquí donde surge el segundo aspecto que debe ser siempre tenido en cuenta, y que no debe faltar. Dios es un Dios de bondad, que nos ha regalado la vida, lo ha hecho con ese amor eterno e infinito que jamás desaparecerá, quiere el bien absoluto de los suyos y los quiere encaminar hacia él. Por ser un Dios todopoderoso y providente, lo ha querido ordenar todo en función de esa bondad que quiere para todos. Pero por ser todo amor y beneficios, nos regaló también todo su amor, haciéndonos totalmente libres, como Él, respetando reverencialmente esa misma libertad. Los hombres hemos sido hechos para el bien. No hay duda. Pero la tragedia del mal se ha erguido y nos ha llevado a algunos, lamentablemente con mucho daño, a despreciar esa bondad, apuntando a una experiencia de "bondad egoísta", conveniente, personal, destructiva para quien no se alinee con ellos. Es la supuesta victoria del mal, que se da solo por ese inmenso respeto amoroso de Dios. La realidad es que ese mal será siempre pasajero, pues en el demonio, venciendo Jesús en la Cruz en el absurdo de la supuesta mayor derrota, quedó totalmente aplastado. El mal se ceba en su ingenuidad, pero hace mucho daño. El demonio ya ha sido vencido y nunca jamás volverá a vencer. Solo lo logrará si los mismos hombres nos ponemos en sus manos y le posibilitamos tener un poder que ya no tiene. El poder del demonio no es el suyo. Es el que nosotros le damos.

Será por lo tanto, necesario asumir lo que plantea el libro del Apocalipsis, acerca de la Palabra de Dios que nos llena de dulce, por ser la misma dulzura de la Palabra, del amor, del favorecimiento de Dios, pero que en su momento, cuando está planteada la lucha interior del hombre muchas veces contra sí mismo, al sentir el atractivo de la carne y del pecado, de la falta de solidaridad, de la injusticia, del dolor procurado al hermano, es como eso que nos quema ardientemente por dentro, y de ninguna manera llegará a ser algo atractivo para nadie. Cuando la Palabra de Dios entra en el hombre, necesitará lograr una purificación que no podrá dejar de darse, pues en medio de las vicisitudes del mundo, dolorosas y muchas veces brutales, se deberá dar el convencimiento de que la única manera de permitir que esa Palabra dulce de Dios se mantenga, será en la plena convicción de que es el único camino que realmente satisfará y que cualquier otro camino no tiene ningún otro asidero, pues terminará en la nada absoluta. Nada puede satisfacer al hombre más que el amor. Y mucho más ese amor que Dios nos ha regalado y que ha querido que sea lo más nuestro y real. Ninguna realidad distinta a esta, por muchas satisfacciones humanas que pueda haber que sostenga, dejará ese sabor agradable de la presencia de Dios, de la hermandad entre todos, de la plenitud que nos espera a todos, de la definitiva realidad que jamás cambiará en aquella eternidad que está preparada para todos. Nunca el hombre logrará por sí mismo, aun con el derecho de hacer su esfuerzo, porque se lo ha concedido el mismo Dios, alcanzar aquello superior que él mismo no podrá lograr. Pero sí tiene la obligación de procurarlo siempre, en uso de esa libertad suprema que es su prerrogativa. Su vida, siendo de Dios, es de los demás. Ni siquiera de si solo. Dios se donó para que todos al igual que Él nos donáramos: "Yo, Juan, escuché la voz del cielo que se puso a hablarme de nuevo diciendo: 'Ve a tomar el librito abierto de la mano del ángel que está de pie sobre el mar y la tierra'. Me acerqué al ángel y le pedí que me diera el librito. Él me dice: 'Toma y devóralo; te amargará en el vientre, pero en tu boca será dulce como la miel'. Tomé el librito de mano del ángel y lo devoré; en mi boca sabía dulce como la miel, pero, cuando lo comí, mi vientre se llenó de amargor. Y me dicen: 'Es preciso que profetices de nuevo sobre muchos pueblos, naciones, lenguas y reinos'". Será la historia final a la que debemos todos rendirnos. Ciertamente en medio de este mundo tendremos la dicha de vivir en esa esperanza, aunque a veces nos parezca quizás muy lejano. Pero en lo más superficial de lo que podríamos entender, es necesario que asumamos que no habrá una realidad diferente. Que aunque hoy lo veamos todo oscuro, esa es la verdad. Que perder esa perspectiva es quedarnos sin nada, con el vacío total, de pensar que esta vida no tiene sentido, pues nada la compensará. No es el consuelo del tonto, sino el del sabio que estará absolutamente convencido de que Dios está ahí, que sigue con nosotros, que nos sigue dando su amor, y nos llena de la dulzura de su Palabra, aunque aún tengamos que sufrir algo de la amargura por no tenerlo del todo.

La insistencia de Jesús con el templo va precisamente en esa línea. Debemos entenderlo, sí, como su deseo de que el templo se mantenga como el sitio incólume en el que se hace presente Dios, y se hace presente también el hombre, para poder tener ese encuentro de intimidad, dulce, ágil, compensador con ese amor que se quiere compartir siempre y eternamente. El encuentro con Dios debe ser continuo, pues es el que hará que aquello que afirmamos tenga pleno sentido. No tener a Dios en la vida es el peor de los vacíos, pues no da ninguna perspectiva de superioridad. Todo termina en el día a día, en los pequeños logros, en los empeños por las mejores cosas individuales, en la procura de los placeres y los poderes. Y ya. Hasta allí llegará. Dejar que Dios sea Dios, que sea nuestro Dios, nos hace elevarnos infinitamente. No nos quedamos sin nada en las manos, pues así obtenemos la mayor riqueza que es nuestra experiencia vital en Él, la vivencia profunda de su amor, su deseo de favorecernos siempre, su empeño en que seamos mejor para nosotros y para todos, la tarea que nos asigna para que en este mundo de hoy vivamos cada vez de la mejor manera. Quien así se empeña hace las cosas como son. Y se siente feliz de ser servidor y socio de Dios. Ese encuentro de intimidad con Dios no es infructuoso. Nos llena de vida y de amor, nos hace contar con quien de verdad es nuestra mejor basa, pues es Él mismo el que la hace posible. El templo es esencial para ese encuentro con el Señor de nuestra intimidad. En él tenemos la posibilidad de dejarnos abarcar por su presencia bendita y bendecidora, nos da las luces para pisar más firme en medio del dolor, nos alegra el momento del pesar, nos permite compartir con Él esos momentos sabrosos y felices que experimentamos en su amor. Y Él también derrama en todos nosotros esos deseos íntimos que posee de hacer que seamos felices con Él y dejemos que todo eso que quiere derramar en nosotros nos invada y nos dé el máximo consuelo. No se debe entender solo como un momento físico en el que vamos a vivir unos minutos y se pasan hasta que venga de nuevo. Es el punto en el cual dejamos que se arraigue con la mayor profundidad el encuentro íntimo más hermoso y enriquecedor de nuestra vida. Nada debe obstruirlo o molestarlo. Es un encuentro serio en el que solo existe Dios, nosotros, los nuestros y todo lo que tenemos en nuestra manos para el bien del mundo: "En aquel tiempo, Jesús entró en el templo y se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: 'Escrito está: 'Mi casa será casa de oración'; pero ustedes la han hecho una 'cueva de bandidos'. Todos los días enseñaba en el templo. Por su parte, los sumos sacerdotes, los escribas y los principales del pueblo buscaban acabar con él, pero no sabían qué hacer, porque todo el pueblo estaba pendiente de él, escuchándolo". Los bandidos son los que quieren robarnos la alegría lícita, queriéndonos hacer entender que todo tiene sentido solo en el centramiento del hombre en sí mismo. Se equivocan de plano. Pues los que tienen la verdad, el amor, la plenitud, la dulzura de Dios, la que verdaderamente llena, son los que apuntan a lo que nos hace tender a lo que es superior y que no desaparecerá. Es nuestro futuro. Aunque aparezca duro y lejano. Pero es nuestra más firme realidad, la que viviremos en la mayor de las intensidades. Ya podemos hacerlo, pero tenemos que seguir trabajando por ella, hasta llegar a la dulzura eterna que nunca pasará.

miércoles, 29 de enero de 2020

Me hago Templo para que habites en mí y terreno bueno para recibir tu Palabra

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Dios es infinito, es decir, no tiene confines, no tiene límites. Pretender confinarlo es absurdo, pues siempre estará más allá de los límites que pretendamos colocarle. Así como el Espíritu de Dios libremente, antes de la creación, lo recorría todo, así mismo Dios mantiene su absoluta libertad eternamente: "La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y el Espíritu de Dios aleteaba por encima de las aguas". El hecho de que en el antiguo Israel se hubiera construido el Arca de la Alianza para contener su palabra, los cinco primeros libros que conocemos de la Biblia y que llamamos Pentateuco, escritos, según la tradición hebrea, por Moisés, no significaba que Dios estuviera encerrado en una caja y que hubiera perdido por ello su libertad. Era simplemente señal de su presencia y el recordatorio perenne de su compañía en la vida cotidiana del pueblo. Era el Dios que los seguía guiando en el camino, que les indicaba el camino a seguir, las pautas que se debían cumplir en el itinerario: "El Señor iba delante de ellos, de día en una columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche en una columna de fuego para alumbrarlos, a fin de que anduvieran de día y de noche". Era el mismo Dios que los acompañaba en las batallas y que los hacía vencer a los enemigos, como venció Josué en Jericó: "Los siete sacerdotes que llevaban las trompetas tomaron la delantera y marcharon al frente del arca mientras tocaban sus trompetas. Los hombres armados marchaban al frente de ellos, y tras el arca del Señor marchaba la retaguardia". El Arca de la Alianza era la seguridad de esa presencia y compañía de Dios. Pero no era de ninguna manera, su confinamiento. Dios, el eternamente libre por excelencia, no pierde nunca su libertad. Su infinitud jamás podrá ser reducida. Por ello, la pretensión de David de construirle una casa es rechazada por el mismo Dios: "Ve y di a mi siervo David: Así ha dicho Jehová: ¿Tú me has de edificar casa en que yo more?  Ciertamente no he habitado en casas desde el día en que saqué a los hijos de Israel de Egipto hasta hoy, sino que he andado en tienda y en tabernáculo ... Así dice el Señor del Universo. Yo te tomé del pastizal, de andar tras el rebaño, para que fueras jefe de mi pueblo Israel. He estado a tu lado por donde quiera que has ido, he suprimido a todos tus enemigos ante ti y te he hecho tan famoso como los grandes de la tierra. Dispondré un lugar para mi pueblo Israel y lo plantaré para que resida en él sin que lo inquieten, ni le hagan más daño los malvados, como antaño, cuando nombraba jueces sobre mi pueblo Israel. A ti te he dado reposo de todos tus enemigos. Pues bien, el Señor te anuncia que te va a edificar una casa". No es David quien construirá la casa de Dios. Será Dios mismo quien edificará una casa para David y su pueblo. No se pondrán confines a Dios, sino que existirá en medio del pueblo el signo de esa presencia continua del Dios que los acompaña y los salva.

La construcción de una casa para Dios es, en todo caso, un compromiso que debe asumir el hombre, para manifestar su deseo de tener siempre la presencia de Dios en su vida. Evidentemente no se trata simplemente de un edificio físico en el cual se pueda poner confines al Dios esencialmente infinito, sino desde el cual exista para cada uno una llamada continua a hacer presente a Dios en cada momento de su existencia y se tenga la seguridad de su apoyo en todas las batallas que haya que librar en el devenir cotidiano. Es la presencia física de ese Dios que se ofrece como compañero de camino desde el mismo principio de la elección de Israel como su pueblo. Es esa la casa que quiere Dios. No quiere que lo dejemos confinado en cuatro paredes, cosa que además es imposible, sino que lo dejemos libre como es esencialmente, y que lo mantengamos a nuestro lado porque hemos construido para Él el templo personal desde el cual nos acompaña y nos fortalece. De ese modo, podemos afirmar que Dios prefiere un templo no construido por hombres, sino un templo espiritual en el cual Él pueda habitar a sus anchas libremente y vivir en el intercambio de amor que desea profundamente. Así lo manifestó Jesús a la mujer samaritana con la que se encontró en el pozo: "Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adorarán al Padre ... Pero llega la hora -ya estamos en ella- en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren". Jesús afirma la libertad de Dios y su deseo de mantenerse así, totalmente libre, para ser adorado "en espíritu y en verdad", es decir, desde la misma libertad. Es la asunción del compromiso de hacer del propio corazón el templo más adecuado para la adoración de Dios. El templo físico construido por el hombre es el recordatorio continuo de la presencia de Dios en medio del pueblo, invitación perenne al encuentro con el Señor para ofrecerle la adoración litúrgica comunitaria con la cual se alimenta la vida espiritual del pueblo para que viva con mayor sentido su fraternidad y su solidaridad. Pero ese templo físico jamás sustituirá ni hará desaparecer la necesidad de la existencia del templo espiritual donde se dará ese encuentro personal enriquecedor y entrañable con el Dios que acompaña y libera.

Es el templo espiritual en el que se dará también la labor personal de hacerse terreno bueno, terreno fértil, en el cual la Palabra de Dios, que lanza Jesús como su semilla, eche raíces y dé frutos que valgan la pena en la vida de la fe. Si nos hacemos templo para Dios, debemos luchar por hacernos terreno bueno para recibirlo. No podemos ser terreno en el cual se pierda esa Palabra lanzada como semilla. No podemos ser simple terreno que viva la alegría pasajera del encuentro con Jesús, o que se deje ahogar por la realidad del mundo, o que se niegue a recibirlo como causa final de la felicidad plena. El ser templo de Dios me llama a disponerme bien para recibir con alegría a Jesús, dejar que se convierta en mi norma de vida, sentirme discípulo y seguidor suyo, lleno de la esperanza que me da el saberme amado infinitamente por Él, poniendo la mirada en el final de mi camino que será en la eternidad feliz junto a Dios nuestro Padre. "Hay unos que están al borde del camino donde se siembra la palabra; pero en cuanto la escuchan, viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos. Hay otros que reciben la semilla como terreno pedregoso; son los que al escuchar la palabra enseguida la acogen con alegría, pero no tienen raíces, son inconstantes, y cuando viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumben. Hay otros que reciben la semilla entre abrojos; éstos son los que escuchan la palabra, pero los afanes de la vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás los invaden, ahogan la palabra, y se queda estéril. Los otros son los que reciben la semilla en tierra buena; escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha del treinta o del sesenta o del ciento por uno". Construirnos cada uno como templo para Jesús nos lleva a hacernos terreno fértil para recibir su Palabra y para asumirla como parte esencial de la propia vida. No es un "añadido" del cual podremos prescindir, sino que debe pasar a formar parte de mi ser. Debo evitar el querer confinar a Dios, pero también debo poner todo mi empeño en construir un hogar para Él en mi corazón, para que le dé forma a mi vida, me llene de su amor infinito, me haga probar de la felicidad plena que solo en Él se puede conseguir, me haga sentir su presencia perenne en cada momento de mi existencia y me sirva de apoyo en cada avatar de mi vida. Que yo sea un templo que sirva de morada a su amor y que sea terreno bueno donde su Palabra fructifique.

martes, 28 de enero de 2020

Me encuentro contigo y con tu Palabra y soy hecho un hombre nuevo

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Buscar a Jesús es el movimiento natural que debe darse en el corazón del cristiano. La vida de fe se sustenta solo en la experiencia que se pueda tener del encuentro vivo, eficaz y transformador con el Dios Redentor, que ha venido a hacer nuevas todas las cosas, y que, por supuesto, ha venido a hacer nuevo a cada hombre que busca encontrarse con Él. Solo quien se encuentra con Jesús y tiene la experiencia del intercambio de amor con Él, dejándose arrebatar el corazón al experimentar la vivencia de la renovación total de sí por ese amor que todo lo transforma, puede vivir la realidad de la conversión del corazón. Esta experiencia del amor renovador no es una experiencia romántica, bobalicona, paralizante, sino que apunta al deseo de inscribirse entre los que quieren unirse a Jesús para trasformar al hombre y al mundo. El amor renovador de Cristo compromete a amar. Y ese amor es un amor también renovador que lanza a la búsqueda de la renovación de cada hombre con el que compartimos vida. Esa transformación apunta a hacer de cada uno de ellos un hombre nuevo, que deja atrás la vida de pecado, que busca activamente el bien, que renuncia a las actitudes antiguas a las que lo lanzaba el mal, que busca vivir con intensidad las actitudes del hombre nuevo. Apunta a hacer de nuestra sociedad una sociedad también nueva en la que se viva la paz y la justicia, en la que se defienda la vida y su dignidad, en la que se busque implantar la verdad y excluir la mentira y la manipulación. La experiencia del amor transformador es profundamente comprometedor y llama al cumplimiento de las responsabilidades del cristiano en su vida cotidiana y social. Está muy lejos de sacar al cristiano de su realidad y de llevarlo a un nivel de idealismo absurdo y desencarnado. Lo incrusta sólidamente en ella y lo lanza a buscar esa transformación radical. El encuentro con Jesús, con su Palabra, con su mensaje y con su obra de salvación produce en el cristiano la alegría de saberse unido a Él en esa acción de transformación del mundo. En efecto, el cristiano que tiene el encuentro frontal con Jesús y su amor, y que en ese encuentro emprende el camino de la conversión personal, tiene además la plena convicción de que no lo emprende en soledad, sino que va acompañado por el mismo Jesús que, al enviarlo, se compromete a estar con él "hasta el fin del mundo". No lo envía mar adentro solo, sino que Él se monta en la barca para guiarlo, para apoyarlo, para calmar todas las tormentas. La asociación a la obra de Jesús es la manera más segura de estar con Él, de tener su compañía, de ir tomado de su mano en el camino de la vida.

Por eso el encuentro con la Palabra de Jesús produce un gozo insuperable. En él, el cristiano vive el amor transformador de Cristo, inicia su camino de conversión, se asegura de su compañía al ser enviado. Tiene la experiencia novedosa del amor que lo compromete. Y por ello asume su responsabilidad de hacer presente esa Palabra en toda circunstancia y de celebrar con alegría la convicción de esa presencia. Es lo que vivió David junto al pueblo de Israel, convencido de que la presencia de la Palabra de Dios los había hecho vencedores y que seguía acompañándolos en todo su periplo de conquista de la tierra prometida. Esa Palabra de Dios presente era la transformación del pueblo, lo que lo llamaba a mantenerla en medio de ellos para seguir adelante triunfadores. "David iba danzando ante el Señor con todas sus fuerzas, ceñido de un efod de lino. Él y toda la casa de Israel iban subiendo el Arca del Señor entre aclamaciones y al son de trompetas. Trajeron el Arca del Señor y la instalaron en su lugar, en medio de la tienda que había desplegado David". Colocar el Arca de la Alianza, en la cual habitaba la Palabra de Dios, en el sitio privilegiado, era el signo de que David y el pueblo querían mantener esa Palabra en el centro de sus vidas, con lo cual asumían el compromiso de tenerla siempre presente y de dejarse guiar por ella. No podía haber un encuentro con la Palabra de Dios y no sentirse transformados y comprometidos con ella. Se debía asumir el compromiso de mantenerla siempre en medio y de sentirse lanzados a la tarea de hacerla presente en todas las circunstancias de la vida.

Todo hombre y toda mujer que tiene ese encuentro frontal y auténtico con Jesús y con su Palabra, experimenta la renovación total de su vida. Por eso el Evangelio acentúa lo que sucedía con la gente que escuchaba hablar de Jesús y del nuevo tiempo que estaba siendo instaurado por la obra que estaba realizando: "Todo el mundo te busca". Era demasiado atractivo todo lo que hacía Jesús, y todos se sentían convocados por Cristo a encontrarse con Él, a experimentar su amor, a vivir la transformación radical que Él producía, a caminar según su voluntad para tener la seguridad de avanzar tomados de su mano. Estar con Jesús era gratificante. Encontrarse con Él era tener la experiencia auténtica del amor transformador y renovador. Y tener ese encuentro con Él era la añoranza suprema. Hasta María, la Madre de Jesús, extrañaba ese encuentro. Y sale a buscar a su Hijo: "Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan". Ella sale al encuentro de su Hijo para seguir experimentando ese amor que para Ella no era nada extraño. Ella lo había vivido siempre. La Palabra de Dios, el Verbo eterno que se había hecho carne en su vientre, era su vida. Jesús lo reconoce en las palabras que dice: "'¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?'. Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice: 'Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre'". Él, que era la Palabra de Dios, había nacido del vientre de María, que se había dejado invadir desde siempre por ella, y que cumplió siempre radicalmente la voluntad del Padre. Prestó su ser para ser la puerta de entrada del Redentor. Lejos de ser una palabra que la desacreditaba, la elevaba como modelo. Ella es la nueva Arca de la Alianza, y Jesús, como David, la coloca en medio de todos. El prototipo de quien escucha la Palabra y la cumple es María. De tal manera la escuchó, que tomó carne de su vientre, cumpliendo estrictamente la voluntad de Dios. Jesús nos dice que para ser su familia, hermano, hermana o madre, había que ser como María. Estar disponible totalmente para encontrarse con Él, con su Palabra, hacerla encarnarse en el corazón y dejarse conducir siempre y en todo por ella. Exactamente lo mismo que hizo María.

viernes, 29 de noviembre de 2019

Tu Palabra no pasará. Por eso, ya estoy salvado

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La Palabra de Dios es viva y eficaz. Tiene poder infinito por cuanto es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Al ser Dios mismo, es eterna e inmutable. Existe desde siempre y jamás dejará de existir. Al ser pronunciada, entra en acción. Es Creadora, por cuanto de Ella viene todo lo que existe. "Por Ella fueron creadas las cosas". Cuando Dios pronuncia su Palabra, el universo y todo lo creado, recibe su influjo. La Palabra es Dios mismo que realiza toda su obra al pronunciarla. En un momento de la historia, siendo Ella atemporal, estando por encima del tiempo y del espacio, Dios la pronunció sobre el mundo y sobre el hombre, y la Palabra empezó a actuar sobre cada cosa creada. Ya no era solo una prerrogativa exclusivamente divina, sino que por la voluntad absolutamente libérrima de Dios, comenzó a ser propiedad de los hombres. "Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros". Así, la Palabra creadora recibió de Dios el encargo de realizar una nueva Creación, superior a la que había surgido de su poder en la primera instancia. Siendo aparentemente insuperable -"vio Dios que todo era muy bueno"-, aquella primera creación sufrió el embate mortal del pecado, y cayó estrepitosamente en la ruina total. La fuerza del mal se asoció al corazón vencido de los hombres y, sin tener más poder que Dios, lo venció, pues Dios no puede ir contra la libertad que Él mismo había regalado al hombre. La libertad, don amoroso del Dios infinitamente providente, hace que el poder de Dios sea relativo, pues no puede Él echar atrás un decreto suyo. "Los dones de Dios son irrevocables", sentencia San Pablo.

El "hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza" del origen, con lo cual la Palabra Creadora hacía que la creación llegara a su plenitud, se pronunció luego como Palabra Redentora: "Pongo enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya. Un descendiente de Ella te pisará la cabeza, mientras tú lo hieres en el talón". Y la Palabra, eficaz siempre, fue dirigida a la mujer, puerta de entrada de aquella redención decretada eternamente: "No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin... El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios." Su venida será el cumplimento pleno de lo diseñado por Dios en la sucesión de los tiempos, tras la existencia de imperios y reinados poderosos, sobre los cuales vencerá el que tiene el verdadero y único poder, que es quien pronuncia la única Palabra capaz de crear y de re-crear, de dar nueva existencia a todas las cosas, de superar con creces aquella primera creación sustituyéndola por una Nueva Creación, infinitamente superior a la primera, pues surge del amor de rescate, del amor de redención, que requiere del mismo Dios el empleo de un poder superior, basado en el amor, que vencerá portentosamente al poder del mal y al mismo corazón del hombre que se había puesto de espaldas a Él: "Vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él. Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin".

Esa Palabra de Dios pronunciada en la plenitud de los tiempos, es Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, que asume sobre sus espaldas el encargo del Padre de rescatar al hombre de las garras del pecado y del abismo del mal: "Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna". Es Palabra que recibe el encargo y que lo acoge con voluntad absolutamente libre, pues es Persona no solo mandada sino que es la que hace suyo el mandato, pues también ama infinitamente a sus hermanos los hombres: "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad". Su Palabra de asentimiento a la misión encomendada descubre un corazón amoroso que será capaz de llegar a las últimas consecuencias, hasta derramar su última gota de sangre, robada por el lanzazo del verdugo. "Nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por sus amigos". Nosotros somos los amigos de Jesús. Él ha entregado su vida por nosotros porque nos ama infinitamente. Habiendo sido Palabra pronunciada sobre nosotros, nos ha creado de nuevo y nos ha elevado de nuevo a la categoría de hijos de Dios, hermanos suyos y hermanos entre nosotros. Y ya eso no cambiará jamás. La Palabra pronunciada es inmutable. Somos hombres nuevos ya, para toda la eternidad. Nuestro corazón es la estancia permanente y estable del Dios de amor, que viene a habitar en nosotros como en su casa. Somos su casa ya, y para siempre. Basta que nosotros abramos de par en par las puertas para que Él venga y nos siga transformando, hasta nuestra llegada al triunfo celestial con Él. "Antes que pase esta generación todo eso se cumplirá. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán". El decreto de salvación de Dios pronunciado a través de la obra cumplida por Jesús, la Palabra hecha carne, es decreto eterno e inmutable. Ya estamos salvados. Nada nos arrebatará nuestra salvación. Solo lo podrá hacer nuestra obcecación en una sociedad fatal con el mal y con el pecado. Nuestro destino es la felicidad eterna en Dios, en su amor y en su gracia. Lo ganó Jesús para ti y para mí.

martes, 24 de septiembre de 2019

Concibo a Dios en mi ser, como María, para darlo al mundo

Resultado de imagen de mi madre y mis hermanos son los que hacen la voluntad de mi padre

La figura del Templo de Israel en el Antiguo Testamento es prefiguración del Templo del Nuevo Testamento. Así como para Israel el Templo de Jerusalén se erigió como centro que aseguraba la presencia de Dios en medio de todos, reafirmando así la alianza de Yavé con el pueblo elegido, el Templo en el Nuevo Testamento adquiere diversas connotaciones que podemos descubrir en la teología que nos presenta la doctrina evangélica y apostólica. Ya no se reduce todo a la edificación sólida y preciosa que dedica Israel a Dios como su morada, como quería David desde el inicio y concretó Salomón con la edificación del primer Templo, sino que trasciende con mucho esta significación. Además de ser, en la nueva era de la Alianza de amor realizada por Jesús, el lugar del encuentro con el Dios creador y todopoderoso, se suman diversas significaciones. En efecto, Jesús mismo defiende en primer lugar al Templo como la casa de Dios, a la cual se va a un encuentro de intimidad con Él, confirmando la importancia primaria que sigue teniendo la edificación como lugar teológico. "Mi casa es casa de oración, y ustedes la han convertido en cueva de ladrones", espeta a los mercaderes que invadían los alrededores del Templo en su tiempo. El edificio como tal tiene su importancia y hay que mantenerlo como lugar privilegiado para el encuentro con Dios.

Pero Jesús asimila otros significados esenciales a la realidad del Templo. No es un sitio que pueda acaparar la presencia de Dios. Dios no puede ser contenido o confinado a las paredes del Templo, por cuanto Él es infinito. Es el dueño de todo y nada de lo que le pertenece lo puede limitar. "Llega el tiempo en el que los que adoren a Dios, lo adorarán en espíritu y en verdad". Los confines del Templo no serán suficientes para restringir su adoración. El Templo de Dios, en todo caso, siendo el edificio el lugar más emblemático, se abre a la realidad del mundo total. Toda la creación es el Templo en el cual puedo encontrar a Dios, descubrirlo, conocerlo y amarlo. Además, por otro lado la presencia en el mundo del Dios que se ha hecho hombre, donde reside Dios en toda su plenitud, eleva la consideración del cuerpo de Cristo como el Templo por excelencia. Él mismo reta a los fariseos: "Destruyan este Templo y en tres días yo lo reconstruiré". Evidentemente la reconstrucción no será de cemento y ladrillos, sino una de mayor significación y trascendencia, por cuanto es con la entrega y recuperación de su vida y su glorificación. "Él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús". Se trata de la ruta de pasión, muerte, resurrección y ascensión que seguirá Jesús. Él se erige en el Templo nuevo que asegura la presencia de Dios en toda la historia, en su Iglesia.

Y San Pablo nos lleva más allá en esta consideración. Su teología sorprendente, basada en las enseñanzas sublimes del Maestro, lo lleva a concluir que el Templo de Dios preferido en el mundo somos los mismos cristianos: "¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él, porque el templo de Dios es santo, y eso es lo que ustedes son". Los hombres somos el lugar donde por excelencia Dios quiere habitar. Es allí donde quiere asegurar su presencia en el mundo y desde el cual quiere irradiarse a todos. En nosotros quiere habitar y desde nosotros quiere llegar a los demás. Podríamos afirmar que Dios no tiene ningún interés en habitar en algún templo de piedras, incluso que Jesús no tiene ningún interés en hacerse Templo a sí mismo, si cada uno de nosotros no llegara a hacerse verdadero Templo en el cual Ellos habiten. De nada sirve un edificio, de nada sirve Jesús como Templo, si Dios no llega a reinar en el corazón de cada uno de nosotros.

Es así como nuestra principal meta debe ser hacernos Templos de Dios. Como lo hizo nuestra Madre María, en la cual Dios habitó plenamente. La invitación del Ángel a María era a hacerse Templo privilegiado en el cual se hiciera presente Dios no solo espiritualmente, sino en carne y hueso. "El Espíritu del Señor vendrá sobre ti y te cubrirá con su sombra, y concebirás en tu vientre y darás a luz un Hijo al que pondrás por nombre Emmanuel, Dios con nosotros". Dios entra al mundo por la puerta que abre María. Por ello Ella es Puerta del Cielo, como bellamente la llamamos en las Letanías. Ella era la preferida pues había estado desde siempre a la disposición de Dios: "Aquí está la esclava del Señor, que se cumpla en mí según tu palabra". San Agustín lo describe perfectamente: "María pudo concebir en su seno al Dios Redentor, porque ya lo había concebido antes en su corazón".

Por eso Ella es el modelo perfecto que debemos seguir todos los cristianos que nos queremos erigir en Templos de Dios en este mundo. "Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra". Ella fue la primera que escuchó la Palabra de Dios y la puso en práctica. A tal punto, que la concibió en su vientre: "Y la Palabra de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros". María no sólo escuchó al Ángel, sino al mismo Dios. Era la Palabra que se dirigió a Ella y la escogió como su morada privilegiada. La concibió y la regaló al mundo, nos la regaló a todos. Su Sí es el Sí de la humanidad que quiere ser redimida. Y que quiere ser como Ella, Templo en el cual habite Dios y desde el cual llegue a todos los hombres. Escuchando y poniendo en práctica la Palabra de Dios nos convertimos en Templos de Dios, lo concebimos en nuestros cuerpos, nos encontramos con Él en la intimidad de nuestros corazones y lo dejamos llegar a nuestros hermanos. Como lo hizo María.