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domingo, 24 de mayo de 2020

"Dios se hizo hombre, para que el hombre se hiciera Dios". San Agustín

Jesús regresa al cielo (La ascensión de Jesús) | Lecciones de la ...

El itinerario terrenal de Jesús tiene su punto culminante en el momento central del cumplimiento de su obra redentora, en su pasión, muerte y resurrección, que conocemos como Triduo Pascual. Todo lo anterior, incluyendo toda la historia del Antiguo Testamento con lo que ella implica de elección, de alianzas, de liberación, de anuncios, de prefiguraciones, apuntaba a este momento en el que se lograba la victoria de la Vida sobre la muerte. Jesús es quien alcanza este punto culminante. La historia no ha tenido en todo lo anterior un momento tan denso. La presencia inobjetable de Dios en él, en el que el ofrecimiento del Hijo hace posible la satisfacción plena que se debía al Padre por la ofensa infinita que había recibido cuando el hombre decidió dar la espalda a su amor, en el que el Padre recibe el espíritu del Hijo puesto totalmente a su disposición desde la Cruz, cuando estaba rindiendo su vida en favor de la humanidad, en el que la vida escapa totalmente de aquel hombre que era Dios y que luego es colocado en la soledad fría del sepulcro, en el que el resurgir victorioso de esa vida arrebatada declaraba la derrota total del mal y de la muerte, lo convierte en la cima de la historia. Es la plenitud de los tiempos, cuando Dios realiza la obra más importante en favor de los hombres, cuando hace que ese momento alcance su zenit por cuanto es el de mayor derramamiento imaginable de amor sobre el hombre para hacer su corazón plenamente digno de recibir la demostración más fehaciente de misericordia, de piedad, de paciencia divinas. No hay en toda la historia de la humanidad un momento que produzca una más profunda transformación esencial en cada hombre. Dios, con sus manos amorosas, arranca del pecho de todos los hombres aquel corazón que había quedado convertido en piedra por el poder del pecado, y colocaba en su lugar un corazón de carne que fuera capaz de ser arrebatado por el amor. El amor de Dios llenaba el corazón de los hombres y lo hacía capaz de responder con un amor similar. Esa obra quedaba completamente cumplida. La voluntad del Padre estaba satisfecha plenamente. La finalidad de la encarnación del Verbo estaba cumplida totalmente. El periplo terreno del Hijo llegaba a su fin, por cuanto había cumplido la misión que le había sido encomendada. Tocaba ya regresar a su situación de normalidad. Lo extraordinario ya había pasado. "Todo está consumado". El ciclo debía ser cerrado: "Como descienden de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelven allá sino que riegan la tierra, haciéndola producir y germinar, dando semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca, no volverá a mí vacía sin haber realizado lo que deseo, y logrado el propósito para el cual la envié". Es la voz del Padre el que sentencia este fin.

Esa transformación radical del hombre es, de esta manera, una realidad ya definitiva. El hombre no es el mismo que era antes de Cristo. La Redención lo ha recreado de nuevo y lo ha elevado a una condición absolutamente distinta. La encarnación del Verbo no había logrado solo su rebajamiento total, como segunda Persona de la Santísima Trinidad, que "a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se anonadó a sí mismo, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos", sino que tomó a la humanidad consigo, elevándola a su condición divina. De alguna manera se dio un intercambio de condiciones que hizo posible la asunción de la tarea que debía ser realizada y que apuntó a atisbar la meta a la que se quería arribar. La humanización de Dios apuntaba a la divinización del hombre. "Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios", apuntó San Agustín. Esta divinización de la humanidad no se alcanzaba solo por su condición de morada divina, como afirmó Jesús: "Si alguno me ama, cumplirá mis mandamientos y mi padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él". Esta es una transformación espiritual deseable, en la que se persigue que el hombre se haga digno de recibir a Dios en su ser. Pero la divinización de la humanidad es algo que va más allá de la simple condición doméstica. Apunta a que esa esencia divina lo impregne todo, que Dios "sea todo en todos", incluso en cada hombre y mujer de la historia. Que en ellos haya una verdadera participación en la naturaleza divina. El rebajamiento del Verbo apunta a una real transformación en sentido contrario del hombre. Es su elevación total. Con esa encarnación, uno de nuestra raza es Dios. Con la redención, se persigue que todos sean Dios. Se cumplirá en sentido estrictamente contrario el vaticinio que había sentenciado el demonio para engañar a la mujer y conquistarla para sí: "Serán como dioses". No son "dioses". La redención y el arrebato de sus manos diabólicas, los hacían a todos Dios. Es el punto más alto al que llega la humanidad redimida y liberada. En cada hombre se establece formal y establemente la condición divina. Aquella participación deseada de la naturaleza divina es una realidad no solo doméstica, sino total. La carne del hombre es ahora carne divina, pues la carne de Jesús es la carne del hombre que es Dios y se la ha trasladado a cada hombre de la historia con su muerte y resurrección.

Esta nueva condición es de tal manera misteriosa que solo bajo el influjo del mismo Dios podremos comprenderla. Por eso San Pablo manifiesta su deseo de que bajo ese influjo "comprendan ustedes cuál es la esperanza a la que los llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo ... Y 'todo lo puso bajo sus pies', y lo dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que llena todo en todos". Somos miembros de ese cuerpo del hombre que es Dios. Y desde la encarnación, ya la segunda Persona de la Trinidad será para siempre también hombre. No ha renunciado ni renunciará jamás a su doble condición. Desde que empezó a existir como hombre en el vientre de nuestra Madre María, ya jamás dejará de serlo, y en su Ascensión a los cielos ha llevado a la humanidad con Él. Nos ha llevado a cada uno. Es la naturaleza humana la que ha irrumpido en las moradas celestiales con Jesús. Cada uno de nosotros, al irrumpir Jesús en los cielos, está también sentado a la derecha del Padre. Nuestra raza, unida a Jesús y a María, que han subido al cielo en carne gloriosa, ha subido con ellos. Si María "es el orgullo de nuestra raza", lo es no solo por haber sido elegida para ser la Madre de Dios, sino también porque ha sido la primera de todos nosotros, después de Jesús, que ha roto el celofán celestial de los solamente hombres para entrar triunfante en el cielo. Y no será Ella sola, pues lo que ha hecho es abrir las puertas del cielo para todos nosotros, siguiendo las huellas de su Hijo Jesús. Es el orgullo también por ser la primera en dar estos pasos que daremos todos después de Ella. Ella marca el itinerario que seguiremos todos. La Ascensión de Jesús es el cumplimiento justo de lo que debía suceder. Jesús había dejado entre paréntesis su gloria infinita por el tiempo de su periplo terreno. Volver a los cielos no es más que lo que debía suceder. Pero sí es para nosotros un paso gigantesco, por cuanto con Él entramos todos. "'No les toca a ustedes conocer los tiempos o momentos que el Padre ha establecido con su propia autoridad; en cambio, recibirán la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre ustedes y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra'. Dicho esto, a la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista". Mientras esperamos nuestro triunfo definitivo, seguimos en el tiempo del Espíritu, que nos acompaña en la Iglesia. Mientras tanto, nuestra esperanza es real. Seguimos adelante hacia la meta final. Nada nos la arrebatará. Y debemos procurar que la alcancen todos. Por eso, los ángeles de Dios nos siguen diciendo: "¿Qué hacen ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre ustedes y llevado al cielo, volverá como lo han visto marcharse al cielo". Esperemos activos, haciendo que otros hermanos también guarden esa alegre esperanza de estar definitivamente en Dios y ser definitivamente Dios.

sábado, 12 de julio de 2014

Para crecer, hay que disminuir

Jesús es el Dios que se ha hecho hombre. Habiendo asumido nuestra condición humana, mantiene en sí mismo todas las prerrogativas y aptitudes divinas. Siendo Dios, es infinito, todopoderoso, omnisciente, omnipresente. Por haber asumido la humanidad, es limitado infinitamente en su condición natural de Dios, pues para poder desarrollar su vida en solidaridad total con los hombres, tuvo que anonadarse, aniquilarse, rebajarse en su condición natural, la que tuvo eternamente, pues de otro modo no hubiera asumido realmente lo que somos para poder redimirnos desde dentro de nuestra condición humana... No es que haya perdido sus características propias como Dios, sino que las ha dejado como "en suspenso" durante el tiempo en el que vivió terrenalmente...No perdió nada de lo que le pertenece por esencia, sino que "lo escondió". Su vida humana la desarrolló en la absoluta normalidad de cualquiera: nació de una mujer, fue criado en una familia humana por un padre y una madre amorosos, creció en estatura y en sabiduría, tuvo amistades, sintió hambre y sed, vivió la alegría y el dolor de los que estaban a su alrededor, sufrió en sí mismo gozos y dolores... Murió como debemos morir todos los hombres, aunque su muerte haya sido el acontecimiento más significativo, unido al de su resurrección, para toda la historia de la humanidad...

Pero, en el desarrollo de su vida humana jamás dejó de ser Dios. Esa condición divina que no podía dejar a un lado, aunque se hubiera rebajado hasta la muerte al asumir la condición carnal, fue la que hizo posible que todos sus actos humanos fueran redentores. Hay quien afirma que hasta el llanto del Niño Jesús fue redentor. No hubiera podido redimir si el Jesús que llora y ríe no es Dios, si el mismo que se ve que multiplica los panes y cura las enfermedades no es el Verbo Eterno, si el que resucita a los muertos y expulsa a los demonios no es la Segunda Persona del Trinidad, si el que perdona a la Magdalena y ve a Zaqueo montado en el árbol no es el Hijo de Dios... Ese Jesús es Dios y hombre, y porque mantiene su doble naturaleza incólume es el Redentor y es el Maestro mejor que pueden tener los hombres. En su humanidad nos enseña a todos lo que debemos asumir de Dios para poder ser cada vez mejores. Nuestra riqueza humana no está en mantenernos tozudamente en lo que somos, sino en adquirir lo que realmente puede enriquecernos. Y si eso viene de Dios, infinitamente mejor. No se trata de defender lo nuestro dejando lo de Dios a un lado, queriendo erigirnos nosotros en nuestros propios dioses, pretendiendo poder tener todo lo divino sin recurrir a Dios. Ese aniquilamiento que vivió el Verbo Eterno de Dios para poder redimirnos, debemos vivirlo nosotros también en sentido inverso para poder ser redimidos, para poder dejarnos redimir...

Se trata de que hagamos nuestra propia "kénosis", nuestro propio rebajamiento. Es hacer el reconocimiento de que nosotros no somos lo mejor, sino de que necesitamos de lo mejor, que es lo de Dios, para poder ascender. Rebajarnos de lo que somos, destruyendo soberbia y egoísmo, pretensiones personales, búsqueda de prerrogativas ventajistas, para vaciarnos de ellas y llenarnos de las de Dios. Es hacer lo que hace Isaías ante el espectáculo divino que se presenta ante sus ojos y que es la demostración del Dios poderoso: "¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los ejércitos". Reconocer lo que somos, sin temores de ningún tipo, pues es el primer paso para la ascensión personal a lo que es Dios, que es, con mucho, infinitamente mejor que lo que somos nosotros... Ante ese reconocimiento, Yahvé no hace otra cosa que enriquecernos con lo suyo. Ya nos hemos vaciado de nosotros y hemos abierto la puerta para adquirir el mayor tesoro: "Mira: esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado". No tiene sentido querer permanecer tontamente en lo que somos, si lo que podemos ser es mucho mejor. En ese diálogo de amor y de perdón, Dios nos propone que vayamos con Él a hacer el mismo trueque en los demás hermanos: "'¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?' Contesté: 'Aquí estoy, mándame'". Es la disponibilidad que da el llenarse del amor de Dios, que quiere el bien para todos. Llenarse de Dios es llenarse de su amor, es vivirlo y por eso es querer el bien de los hermanos, De allí la disponibilidad de ir a todos a hacerles llegar el tesoro del amor de Dios.

Pero hay que tener la conciencia clara de que jamás seremos más que nuestro Redentor y Maestro: "Un discípulo no es más que su maestro, ni un esclavo más que su amo; ya le basta al discípulo con ser como su maestro, y al esclavo como su amo". El único que sigue siendo Dios y hombre es Él. Nosotros, por más que hayamos adquirido características divinas, seguimos siendo hombres. Enriquecidos y hechos mucho mejor por lo que Dios nos regala, pero hombres al fin. Con el tesoro del amor divino en nuestros corazones, pero todavía hombres. Adquirimos características divinas, que nos "divinizan", pero no dejamos de ser hombres. Por eso jamás seremos iguales al único Maestro, al único Redentor, aunque Él sea nuestro tesoro. El único que ha muerto en Cruz por nosotros es Él. El único que ha resucitado resurgiendo victorioso de las tinieblas de la muerte es Él, con lo cual nos sacó a nosotros de esas mismas tinieblas del pecado, del abismo, de la muerte... Pero en ese camino de identificación con Él, aunque no seamos Dios, debemos avanzar en su semejanza. Unirnos a Él para vencer como Él, aun en medio de los tormentos que se puedan sufrir: "No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No, teman al que pueda destruir con el fuego alma y cuerpo". Eso lo vivió Él mismo en su carne, y aun así venció. Y quiere que venzamos con Él, con su fuerza, con su valentía. Y eso nos llevará al triunfo de la eternidad: "Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo". La clave está en ser cada vez más parecidos a Él, sabiendo que no somos Él. El Maestro y el Señor es Él. El Redentor es Él. Nosotros, al máximo, podemos hacernos cada vez más parecidos a Él, para poder ayudarlo en la tarea de redención del mundo, de nuestros hermanos, cuando vivamos en el mismo amor que Él...

viernes, 6 de junio de 2014

Un amor que borra lo malo

¿Por qué no ascendió Cristo inmediatamente después de haber resucitado? ¿Cuál es la razón de haberse quedado cuarenta días más después de la Pascua? ¿Qué era lo que tenía que hacer en esos cuarenta días que no pudo haber hecho en los más treinta años que vivió o al menos en los tres últimos en los que cumplió su ministerio público? Las apariciones del Resucitado a los discípulos, ciertamente, sirvieron para convencer a éstos de la verdad de su resurrección. La Magdalena en un primer momento lo confundió con el hortelano que cuidaba el sitio que estaba alrededor del sepulcro, pero luego, cuando lo identificó, fue la primera en anunciar la resurrección del Señor. Los dos discípulos de Emaús, después de haber caminado un largo trecho del camino hacia la aldea, sin reconocerlo, lo descubren sólo cuando ya está a la mesa cenando y lo reconocen por algún gesto que hizo Jesús que seguramente era muy propio de Él. A los apóstoles se les aparece por dos veces, la primera con la ausencia de Tomás, al que Jesús, en la segunda aparición convence al mostrar las huellas de la pasión... Luego se les aparece en el mar cuando están pescando, pero en un primer momento tampoco lo reconocen. Y Cristo, en un gesto de condescendencia tremenda, hasta se sienta a comer. Se supone que un cuerpo glorioso no necesita comer, pero Jesús, de nuevo, se rebaja, para entrar en "simpatía" con los apóstoles... Y así, fueron más las ocasiones en las que las apariciones a los discípulos en esos cuarenta días sirvieron para convencerlos de su verdadera resurrección...

No obstante, escudriñando más acuciosamente en los Evangelios, notamos dos hechos que llaman la atención, por cuanto no es el cuerpo glorioso del Señor el que logra convencer a los apóstoles de la realidad del acontecimiento de la Resurrección. El primero, cuando Pedro y Juan se dirigen presurosos al sepulcro, luego de la noticia que les da la Magdalena. El relato nos dice que llegó primero Juan y luego Pedro, pero es Pedro el primero que entra y verifica que el cuerpo de Jesús no está ya en el sepulcro. Juan relata que después entró él, y que al ver los dos los lienzos, la mortaja y el sudario sin el cuerpo, "vieron y creyeron". No es la visión del cuerpo glorioso de Jesús lo que los convence, sino su ausencia. La prueba para ellos fue que el sepulcro estaba vacío, no que habían visto al Señor... El segundo hecho es la aparatosa conversión de Pablo, al que una voz del cielo se le identifica como "ese Jesús, al que tú persigues", lo cual bastó para convencerse de la vida de Jesús. Esto fue suficiente para Pablo como evidencia. Tanto, que se convierte en el más acérrimo de los defensores de la Resurrección de Jesús, a la altura de cualquiera de los otros apóstoles, él, que fue llamado en la primera hora posterior a la llamada de los doce que estuvieron tres años con Jesús... Suponemos que Pablo habría visto alguna vez a Cristo, pero no tenemos ninguna evidencia de ello. Pudo no haberlo conocido. Pero lo cierto es que lo identifica perfectamente cuando Cristo se le descubre. Pablo "oyó la voz del Señor", y eso fue definitivo. No necesitó de más. No vio el cuerpo, sino que oyó la voz del Señor que lo llamó y lo atrajo para sí, para nunca más dejarlo ir de su lado. Se convirtió en el gran apóstol de los gentiles. Por eso se le acusa "sólo de ciertas discusiones acerca de su religión y de un difunto llamado Jesús, que Pablo sostiene que está vivo..."

Ahora bien, si no fue la visión del cuerpo glorioso de Cristo la que se necesitó para convencer a Pedro, Juan y Pablo de su verdadera Resurrección, lo cual, evidentemente, hubiera servido para todos los demás, entonces ¿qué hizo que Jesús se "quedara" cuarenta días más? Ya los anuncios del envío del Espíritu Santo habían sido dados anteriormente. La motivación, en mi elucubración personal, es puro amor. Jesús quería saborear hasta la última gota de su vida humana en la tierra. No quería perderse nada. A Jesús le gustó ser hombre, lo disfrutó, se hizo uno más no sólo en el sufrimiento, sino en el disfrute de la vida, de las amistades, de las alegrías, de las ilusiones y de las esperanzas... Por eso quiso disfrutar "un poco más" de su estancia, antes de subir al Padre y recuperar así la gloria que eternamente le correspondía tener, pero que había dejado entre paréntesis por el tiempo terrenal en el que estuvo entre nosotros. Jesús nos amó hasta el extremo estando en la tierra y quiso seguir haciéndolo por ese tiempo de resucitado...

Pero hay un detalle que a mí me llama profundamente la atención. Antes de subir al Padre, Jesús quiere tener un encuentro con Pedro, el que lo había negado tres veces al ser aprehendido. A pesar de que Él mismo le había advertido de que esto sucedería, y de que Pedro le asegura que jamás lo negaría -"Aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré"-, al final, claudica.. Es el mismo que había oído entusiasmado y secundado a Tomás al decir: "¡Vamos todos a morir con Él en Jerusalén!"... Pero, Pedro no cumplió su promesa. Lo negó tres veces delante de la gente. Y así se cumplió la traición que Jesús había vaticinado. El espíritu de Pedro quedó devastado, y "lloró amargamente" su negación... Jesús, en uno de esos cuarenta días después de su resurrección, se aparece en Cafarnaúm, y por tres veces le preguntó si lo amaba... "Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó: 'Señor, tú conoces todo, tú sabes que te amo'..." Tres veces afirmó Pedro su amor a Jesús. Tres veces lo había negado. El detalle de Jesús es entrañable, tierno, digno de quien ama. No quiere que quede la imagen del Pedro negador, sino del Pedro amante. Las generaciones deberán recordar que el mismo que negó a Jesús por tres veces, es el mismo que también lo afirmó tres veces. La negación fue producto del miedo, de la aprehensión ante lo que estaba presenciando. La afirmación es fruto de la plena convicción, de la rendición ante la evidencia, del amor al que había muerto y resucitado. Ese era el primer Papa que necesitaba la Iglesia. Por eso, Jesús le encomienda ya definitivamente: "'Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras'. Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: 'Sígueme'". Ese es el motivo más sólido que encuentro para los cuarenta días de Jesús después de la Resurrección antes de la Ascensión... Dejar bien claro de qué está hecho nuestro Pedro, nuestro primer Papa. Es el que pudo haber fallado, pero que al final se decidió completamente por Jesús, sin echar atrás. Tanto, que entregó su vida por amor a Él, por anunciarlo, por hacerlo llegar a los hermanos... Ese es Pedro. Y para que nos quedara eso claro se quedó Jesús cuarenta días más...

domingo, 1 de junio de 2014

Vamos al cielo con Jesús

¿Quién es ese misterioso personaje "Teófilo" al que Lucas dirige tanto su Evangelio como su segundo libro, los Hechos de los Apóstoles? ¿Será acaso un cristiano convertido del helenismo y que requería información para conocer mejor a Jesús a través de los que Lucas fuera investigando, según su acucioso carácter científico -Lucas era médico-? Según los entendidos, Teófilo no es un personaje concreto, una persona particular, sino un nombre genérico que da Lucas a todo el que vaya a leer sus escritos. Teófilo es un nombre griego que significa "El que ama a Dios", con lo cual se estaría identificando a todo hombre o mujer griegos, convertidos del paganismo, y que quisieran informarse bien de la figura de Jesús, el Redentor. Por eso, podemos ser cualquiera de nosotros, que queremos conocer de Dios, de su amor, de su salvación. A todos nosotros que amamos a Dios y que queremos amarlo aún más, al conocerlo mejor. "No se puede amar lo que no se conoce...", por lo tanto, a mayor conocimiento, mayor amor... Por eso Lucas tiene como preocupación principal atraer al amor de Dios a todos los hombres que fuera posible, y presenta una figura de ese Dios amor, misericordia infinita, perdón y redención...

Su segundo libro lo inicia presentando el acontecimiento glorioso que se verifica cuarenta días después de la Resurrección de Cristo: El de la Ascensión a los cielos, a la derecha del Padre, con la cual recupera la gloria que había dejado entre paréntesis durante los años que estuvo entre nosotros. La Ascensión, como retorno al Padre, es el cumplimiento de la justicia de la que habla Jesús en el Evangelio de Juan -"Vuelvo al Padre"-, con lo cual está en el sitio que le corresponde por siempre y del cual ya no saldrá nunca más... El retorno de Jesús a la gloria del Padre se da sólo luego de que ha cumplido perfectamente la obra que le ha encomendado: "Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo y no vuelven a él sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y hecho germinar, para que dé la semilla al sembrador y el pan al que come, así sucede con la palabra que sale de mi boca: ella no vuelve a mí estéril, sino que realiza todo lo que yo quiero y cumple la misión que yo le encomendé", dice Isaías... Jesús había descendido del cielo y había cumplido fielmente su obra de rescate de la humanidad. Por eso puede volver al Padre con toda propiedad. Es la confirmación de que todo el designio de Dios se había cumplido a la perfección: "Tanto amó Dios al mundo que le envió a su Hijo único...", "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad"...

En Jesús, al ascender a los cielos, se descubre completamente la fidelidad del siervo que ha sido enviado a cumplir la tarea. Él puede decir lo que dicen los siervos al regresar a su señor: "Siervos inútiles somos. No hemos hecho más que lo que teníamos que hacer"... Él es el siervo perfecto, el que no opone absolutamente nada a la voluntad del Señor. Por eso, el Padre le dice: "Eres un siervo bueno y fiel. Entra a gozar de la dicha de tu Señor". Es la recuperación total de la dignidad y la gloria que gozaba Jesús antes de la Encarnación. No es ganancia, sino restitución por la obra cumplida. Con una diferencia: Ahora el Verbo ha entrado a esa gloria con un cuerpo glorioso, lo cual es infinita ganancia para nuestra naturaleza. La recuperación de la gloria de Jesús es la vivencia de la gloria que no tenía antes la naturaleza humana. Por eso, Jesús se convierte en precursor de la humanidad también en esto. Al entrar nuestra naturaleza en la gloria de nuestro Padre Dios y estar ahora y para toda la eternidad a la derecha del Padre, todos los hombres tenemos asegurada nuestra presencia en ese sitio celestial y privilegiado. Jesús nos abre las puertas ya no sólo con su perdón y su redención, sino con su camino recorrido. Ese mismo itinerario lo recorreremos nosotros cuando nos toque gozar de la dicha del Padre. La Iglesia entera, cada uno de nosotros, estaremos en la situación de dicha y de gloria en la que ahora está Jesús con su cuerpo glorioso.

Es el fin del recorrido. Jesús nos dice con su Ascensión cuál será nuestro final. Lo contemplamos extasiados pues esa eternidad feliz nos atrae inmensamente. No estamos destinados a finalizar en una realidad pasajera que termina, sino en una realidad de gloria y de dicha sin igual que jamás acabará. Pero contemplar ese misterio no nos debe sacar de nuestra realidad cotidiana... Así como los ángeles les dijeron a los apóstoles cuando veían ascender a Jesús: "Galileos, ¿qué hacen ahí plantados mirando al cielo?", lo mismo nos lo dicen a nosotros cuando nos ven embelesados contemplando el misterio. Hay que recordar que tenemos una tarea que nos ha encomendado el mismo Jesús antes de su Ascensión: "Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado. Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo"... hay que dar testimonio ante el mundo de todo lo que hemos vivido, de lo que vivimos y de lo que viviremos. Tenemos que ser anunciadores de la gloria que está reservada para todos, pero también de todo lo que hay que hacer en el mundo para merecerla...

Tenemos que ser testigos del amor de Dios en nuestras vidas. Sólo entraremos en la gloria celestial si, como Jesús, que la ha recuperado sólo después de haber cumplido a la perfección con su encomienda, cumplimos nosotros con la tarea que nos ha encomendado el mismo Cristo. Nuestra ascensión se dará si hacemos ascender con nosotros toda nuestra realidad, si hacemos vivir en el mundo el amor al Padre y a su Hijo Jesús, si hacemos que nuestros hermanos vivan la fraternidad como gesto sublime de la realidad que se vivirá en la eternidad, cuando el mundo todo sea un paraíso de amor, de paz y de justicia, de verdad y de vida, de santidad y de gracia... Sólo así tendremos derecho a contemplar el misterio del Jesús que asciende a los cielos. Mirar hacia ese misterio con gozo y alegría, añorándolo, pero con los pies bien puestos sobre la tierra, sobre nuestra realidad, tranformándola en el mundo que Dios quiere...