miércoles, 19 de marzo de 2014

San José: Amor, Silencio, Humildad y Obediencia

San José es el Patrono Universal de la Iglesia, de la Familia, de los Seminarios, del Trabajo... Es al que le confiamos los cristianos obtener la gracia de una buena muerte... Es impresionante lo destacado de la figura de San José, luego de que en tantos años, al inicio de la Iglesia, fuera casi ignorado. Se cumple justicia, pues esa figura de San José es, a pesar de él mismo, un puntal de la Historia de la Salvación. Por San José, a pesar de ser padre putativo y no biológico de Jesús, le viene a Cristo la estirpe davídica, que en la tradición hebrea se aseguraba por la sangre del padre, no de la madre. En todo caso, también María era descendiente de la familia de David, por lo cual, por encima de lo legal, también por lo genético, se aseguraba esa ascendencia real...

Pero esa figuración altísima de San José en la Historia de la Salvación va más allá de lo tradicional o legal. Incluso va más allá de una simple contemplación piadosa de su persona. Va en la constatación de la meridiana claridad con la que él comprendió su misión en esa historia que se desarrollaba por los designios divinos, a través de la cual se iba desmadejando la intención salvífica del Dios del amor... José era un actor principal en esa historia. Así lo quiso Dios, y en esa disponibilidad se puso el padre de Jesús... Y por eso se alineó totalmente de acuerdo a la voluntad divina... Desde el principio y hasta el final de sus días...

En San José destacan cuatro aspectos que son fundamentales para comprender su figura: El Amor, el Silencio y la Escucha, la Humildad y la Obediencia. Sin estos aspectos es imposible asumir correctamente la personalidad del Patriarca...

Por el Amor que vivió José fue elegido para ser el padre de Jesús. Cierto que la elección primera Dios la hace sobre María, la Virgen, concebida desde el principio de su existencia sin pecado, pues iba a ser el templo en el cual tomaría carne el Hijo de Dios. Pero esa Virgen, tal como lo dice el Evangelio, "estaba desposada con un hombre llamado José"... La elección de María implicó simultáneamente la elección de aquel con el cual estaba desposada.  En la mente de Dios esto estaba ya claro. Y ese hombre era "un hombre justo", es decir, santo. A nadie más -sólo uno más, que fue propuesto como candidato para sustituir a Judas Iscariote-, se le da este reconocimiento. El ser justo en el lenguaje bíblico no es un simple nombre o una característica sin más. Implica rotundamente un estar justificado delante de Dios. Y la justicia de Dios es amarlo a Él, aceptar su voluntad, vivir como su amigo. José cumplía todo esto... Además, amaba profundamente a María, con la cual estaba desposado. Por eso, cuando se entera de su embarazo, recibiendo con eso un golpe duro contra ese amor que sentía, que hería incluso hasta su hombría, decide no denunciarla públicamente -a lo que hubiera tenido derecho, lo cual hubiera traído consecuencias funestas para su amada María-, decide "repudiarla en secreto", para no atraer esas terribles consecuencias para ella... Y con amor infinito de padre asume la crianza en todos los aspectos de Jesús, su hijo. Lo defiende, lo educa, lo sostiene, lo forma... Todos son gestos del inmenso amor que vivió en su corazón...

Por el Silencio y la Escucha, José tuvo la plena disponibilidad de estar en contacto de intimidad con Dios. El Evangelio no nos refiere ni siquiera una sola palabra pronunciada por José... Quizá fue por esto que aparece tan tardíamente destacado entre los personajes principales de la historia de Jesús. Es impresionante cómo se ha tejido toda la historia de José sin éste haber pronunciado palabra. Y es esto lo que lo hace destacar. Su Silencio y su Escucha dejó hablar a Dios. No quiso él estorbar con su palabra a lo que Dios quería decir. Su capacidad de escucha, el haber tenido su oído bien dispuesto para Dios, fue lo que le aclaró su papel en la historia de su Hijo...

Por la Humildad, José nos enseña cuál es la actitud para estar en el primer lugar en el corazón de Dios, como él estuvo... En ninguna de las escenas en las que aparece hace algún comentario contrario, sino que se coloca al servicio pleno. Nunca se consideró importante, al extremo de que ni siquiera en el Evangelio aparece el momento de su enfermedad ni de su muerte. Incluso en el "reclamo" que María hace al joven Jesús, que se había perdido en el templo, María coloca la autoridad del padre por encima, sino que coloca a los dos en el mismo nivel, haciendo referencia más a la preocupación que sentían por no encontrarlo que a la molestia que eso hubiera podido haber causado... Era un hombre dócil, que había asumido muy bien el papel que le correspondía en la educación de Jesús y en la guía de la familia...

Por la Obediencia, José cumplió estrictamente lo que Dios le pedía en cada momento. Recibió a su mujer como esposa en su casa. Llevó al Hijo en el vientre de María a Belén por la exigencia de la ley humana. Lo resguardó llevándolo a Egipto. Al pasar el peligro lo trajo de nuevo a Nazaret... Todas fueron indicaciones de Dios. En ningún momento hubo ni siquiera un atisbo en él de oponerse a lo que Dios establecía. Era el designio de Dios y para él, por venir del Dios del amor, era lo correcto. Y punto. La obediencia extrema. Nos sirve a cada uno, acostumbrados a ponerlo todo en tela de juicio, incluso lo que viene de Dios, de modelo ejemplar...

Por todo esto, y más cosas loables en José, es el gran Patrono que recordamos. No importa que no haya hablado. Nos basta que nos haya mostrado el camino de la santidad, que pasa por ese amor, por ese silencio y esa escucha, por esa humildad y por esa obediencia que él vivió al extremo. Nos dice cuál es la ruta. Nos guía y va delante de nosotros. Nos invita, sin decir palabra sino con su solo ejemplo, a lo mismo que nos invita María: "Hagan lo que Él les diga"...

martes, 18 de marzo de 2014

El amor es infinito... El pecado, no...

El pecado tiene una fuerza increíblemente destructora. El sólo hecho de constatar que logró desencajar absolutamente la armonía de lo creado, que Dios había establecido como su reino de amor, haciendo que todo pasara de una bondad original a una maldad de perversión, ya nos dice lo que es capaz de hacer... Ese proceso de destrucción tiene niveles diversos, cada uno muy lamentable. El primer nivel es el que se refiere al mismo Dios. Por el pecado, el hombre le da la espalda a su Creador, lo excluye de su vida, prefiere la oscuridad a la Luz que Él le proporciona. Ya su vida no tiene referencia directa a lo que Dios quiere de él, sino que él se da sus propias normas... El segundo nivel es el de los demás, el de los hermanos. El hombre rompe también toda relación armoniosa con el otro, destruyendo la posibilidad de una convivencia establemente pacífica, de concordia y de ayuda mutua. El otro se convierte, así, en una carga, en un estorbo para las propias pretensiones, alguien al que hay que tener envidia, del que hay que sospechar continuamente y al que hay que sobrepasar a como dé lugar... Y el tercer nivel es el íntimo, el de sí mismo, en el cual el hombre se encuentra delante de sí y comprueba su desnudez, su poca valía, su continua insatisfacción, que lo lleva a buscar la compensación en las cosas, en los honores, en el poder, en el placer. Así, el hombre se hace "uno más de la creación", no el predilecto, y en su afán de satisfacer sus ansias de más, se llega inclusive a hacer esclavo de las mismas cosas creadas... Ciertamente, al destruir todos estos niveles, en los cuales existía la armonía y la compensación plenas originalmente, el pecado ha destruido todo, demostrando así su poder...

Pero hay un poder que es superior. Es el poder creador de Dios. Jamás el poder destructor será mayor que el poder creador... El poder creador de Dios ha sido capaz de sacar desde la no existencia todo lo que existe. El poder destructor usa lo que ya existe para desbalancear lo creado. El poder divino se ha mostrado aún mayor en la redención alcanzada por el Hijo de Dios hecho hombre, por cuanto ha restablecido al orden original lo que había sido destruido por el pecado. Se tiene más poder en re-crear desde la negatividad del pecado que en crear desde la neutralidad de la no existencia. El salto cualitativo es mucho mayor. Se recorre más "distancia" desde lo negativo a lo positivo, que desde lo neutro a lo positivo. Se requiere más poder para lograrlo... Y el poder de Dios es infinito. Si demostró que es grande su poder al crearlo todo de la nada, lo demostró aún mayor cuando lo re-creó todo del pecado...

Esa obra de redención es obra de restitución. Si el poder inmenso del pecado destruyó aquella armonía originaria, la redención llegó para restituir las buenas relaciones en esos mismos tres niveles. De esa manera, quedó destruido el poder del mal. Así quedó totalmente derrotado el demonio y su instigación continua. Ya el poder no es el del pecado, sino el del Dios Redentor. Y podemos afirmar con contundencia que desde ese momento, el demonio ha quedado totalmente derrotado y no se levanta más... A menos que nosotros le demos esa posibilidad, colocando en sus manos el poder que ya no tiene... Lamentablemente, con frecuencia es lo que sucede... Ponemos en manos del demonio el poder con el cual nos destruirá a nosotros. Es como si nos hiciéramos sus cómplices en contra de nosotros mismos...

Las reconciliaciones en los tres niveles son la meta alcanzada por Jesús en la Cruz y en la Resurrección. Esa fue su obra demoledora del pecado... Somos de nuevo amigos de Dios, y mejor aún, sus hijos recuperados... Somos de nuevo amigos y hermanos de los demás hombres creados desde el amor de Dios... Y podemos vernos de nuevo en el espejo sin complejos, habiendo recuperado nuestra "autoestima espiritual", sabiéndonos débiles, pero apoyados en el amor de Dios que es la fuerza mayor... Pero esto último  a veces es el paso más difícil de dar... Quizás el paso reconciliador que hace falta para alcanzar la tercera armonía, con nosotros mismos, es el que más nos cuesta. Se nos hace muy difícil, en ocasiones, perdonarnos a nosotros mismos cuando hemos pecado. Pareciera que en el momento del perdón los más duros para darlo somos nosotros mismos... Es impresionante lo injustos que podemos ser con nosotros mismos, cuando decimos: "No tengo perdón de Dios... Es pecado que he cometido es muy grande, y Dios no puede perdonarlo... He sido demasiado infiel a Dios y a su amor, y eso no puede ser perdonado..." Y esa actitud nos cierra el camino para las otras dos reconciliaciones...

Lo cierto es que no hay ningún pecado mayor que el amor de Dios. Por muy grande que sea nuestro pecado, siempre será mayor el amor misericordioso de Dios, pues es infinito, y el pecado no lo es... Con todo el poder destructor que tiene el pecado, nunca será mayor que el poder re-creador que tiene el amor de Dios... Por eso nos dice Dios a todos: "Aunque sus pecados sean como púrpura, blanquearán como nieve; aunque sean rojos como escarlata, quedarán como lana"... Dios es el poderoso, y el demonio es el derrotado. También sucede con el pecado. Por eso no tiene sentido que, si estamos arrepentidos y adoloridos por haberle fallado al amor de Dios, desconfiemos de ese mismo amor que nos ofrece el perdón. La reconciliación con nosotros mismos es absolutamente necesaria. No dejemos de acercarnos a pedir el perdón, ni por soberbia ni por desconfianza en el amor. No somos tan malos, aunque tampoco seamos tan buenos. Pero Dios quiere que, asumiendo como somos, nos abandonemos en sus manos para hacernos mejores. Y eso empieza por aceptarnos como somos, que hemos pecado, que sólo el amor de Dios remedia nuestros males, y que es su perdón el que logrará nuestra re-creación...

lunes, 17 de marzo de 2014

Seamos sinceros con Dios

Los hombres debemos ser siempre sinceros, honestos y humildes delante de Dios. Realmente para nosotros no existe otra opción, pues delante de Dios estamos totalmente al desnudo. Él sabe bien lo que somos, qué cualidades tenemos -¡nos las ha dado Él mismo!-, de qué adolecemos, cuáles son nuestra virtudes y nuestros defectos, cuáles son nuestros pecados... No hay manera de que podamos engañarlo, pues Él escruta nuestra intimidad mejor que lo que podemos hacerlo nosotros mismos... Decía San Agustín: "Dios es más íntimo a mí que yo mismo"... Y, paradójicamente, esta sinceridad delante de Dios es el mejor remedio, es la mejor curación, pues es el primer paso para que Él pueda hacer su labor... Ser sinceros delante de Dios es abonarle el camino hacia nuestro corazón, en el cual Él hará su labor de santificación y de elevación hasta el infinito de nuestro ser...

En este proceso de reconocimiento de nosotros mismos y de lo que somos, tendemos a transitar por dos rutas que son equivocadas. O nos vemos a nosotros mismos muy bien, o nos vemos muy mal... Algunos creemos que somos cuasi perfectos... Nos cuesta reconocernos nuestros defectos, nuestros errores. Tendemos a pensar que somos mucho mejores que los demás. Incluso llegamos a condolernos de que los otros no tengan nuestras virtudes. Nos erigimos casi en norma moral y de conducta para los que están a nuestro alrededor... "Fulanito debería hacer las cosas como las hago yo... Así le saldrían mucho mejor..." "Yo no entiendo cómo se les ocurre pensar así... Yo jamás hubiera pensado eso..." "No entiendo cómo la gente se enreda tanto la vida... Deberían hacer como hago yo para que todo se les haga más fácil..." Llegamos a pretender hacer girar el mundo a nuestro alrededor, como si cuando nosotros no estemos sucederá la debacle total...

Algunos, por el contrario, sólo ven en sí mismos defectos. Se consideran peores que todos los otros, y llegan incluso a lamentarse de su propia existencia. "Soy un desastre... No encuentro en mí sino defectos..." "Lo único que hago es meter la pata... No pego una...." "¿Por qué el Señor no me hizo como fulanito, que es excelente y todo le sale bien... No es justo..." Son los pesimistas de oficio que piensan que todas las desgracias le suceden a ellos, que sólo ellos sufren... Que los demás, aun siendo malos, pareciera que la vida les sonríe continuamente y que jamás sufren... "Las desgracias, dicen, son para los buenos. Los malos vienen es a gozar..."

La realidad es, sin duda, una suma de ambas actitudes... Una vez escuché a un sacerdote decir que nuestra realidad es como el promedio de varias "realidades". Si nos vemos muy bien, o muy mal, ninguna de las dos visiones es la real. La verdadera es el promedio. No somos tan buenos, pero tampoco somos tan malos. Si nosotros nos vemos muy bien, generalmente los demás no nos ven tan bien. La realidad es, así un promedio. Si por el contrario, nos vemos muy mal, generalmente los demás no nos ven tan mal. De nuevo, la realidad es un promedio entre ambas visiones...

Por eso, delante de Dios, coloquémonos los ojos de la objetividad. La objetividad es humilde, pues sólo reconoce la realidad. No la adorna, no la exagera, no la oculta. Ante Dios sólo hay que hacer lo que en los momentos de sinceridad Israel hizo: "Hemos pecado, hemos cometido crímenes y delitos, nos hemos rebelado apartándonos de tus mandatos y preceptos. No hicimos caso a tus siervos, los profetas, que hablaban en tu nombre a nuestros reyes, a nuestros príncipes, padres y terratenientes". Este es el primer paso para que Dio actúe. En el camino de la vida es necesario hacer un  alto para dejar a Dios que inicie su labor de rescate. Ese alto es la mirada interior que debemos hacer, en el reconocimiento objetivo del pecado. Si no se hace esto, se corre el peligro de quedarse en la ignominia...

Quien se reconoce sólo perfecciones, no está dejando paso para que Dios actúe. ¿Qué va a curar, si en ti todo es perfección? Y la verdad es que la "perfección humana" delante de Dios no sirve para nada. Y al revés, si no consideras que tienes remedio, aunque reconozcas tus defectos, pero no reconoces que puedes ser mejor, que hay quien puede borrar tus deficiencias, tampoco tienes puerta franca para la acción de Dios... No te consideres perfecto, ni te consideres sin remedio, pues ambas actitudes le cierran el paso al amor de Dios... Simplemente sé sincero, humilde, objetivo, veraz...

Haciendo esto, entraremos en la verdadera dinámica divina, que actúa sólo por amor, aceptando el reconocimiento sincero y humilde que hagamos de lo que somos, y actuando en favor nuestro. Ese es su objetivo. Esa es su alegría: colocarse en favor de los hombres que reconocen la necesidad de su actuación por amor. Por eso, Jesús nos invita: "Sean compasivos como su Padre es compasivo; no juzguen, y no serán juzgados; no condenen, y no serán condenados; perdonen, y serán perdonados; den, y se les dará: les verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que usen, la usarán con ustedes". No hay como ponerse delante de Dios con sinceridad y humildad, reconociendo lo que somos. No existe sensación más grandiosa que la de saber que Dios actúa en tu vida para remediar tus males y potenciar tus bienes. Y la de, luego, ser instrumento de Dios para llevar su amor y su perdón a los demás...

domingo, 16 de marzo de 2014

No hay Resurrección sin muerte

Jesús es todo un maestro. Después de anunciar a los apóstoles su futuro amargo y doloroso, a pesar de que adelanta también su resurrección gloriosa al tercer día, toma consigo a los tres apóstoles primeros, Pedro, Santiago y Juan, los lleva a la montaña y delante de ellos se transfigura, mostrando toda su gloria. Los apóstoles, resistidos ante ese futuro cruento que les anuncia el Maestro, reciben la revelación de la otra cara de la moneda: la de la gloria, la del triunfo, la de la divinidad indestructible... Era necesario. En el proceso pedagógico de Jesús no queda nada oculto. Ciertamente sufrirá, pero será sólo un paso previo al final glorioso. La meta no es la muerte, sino la vida. La meta no es el sufrimiento, sino la gloria. La meta no es la oscuridad, sino la luz inmarcesible...

Esto tiene varios sentidos... El primero de ellos, revelar a los apóstoles su profunda identidad. Ya ha quedado clara la humanidad de Jesús. Su nacimiento; el desarrollo de su vida bajo la tutela, el cuidado y la protección de María y José, sus padres; su crecimiento en estatura, en sabiduría, en gracia; eran ya muestras suficientes de esa humanidad asumida con plenitud. Pero Jesús quiso ir más allá... Las tentaciones en el desierto fueron como la cima de la demostración, previa al sufrimiento de la pasión y de la muerte en Cruz, de esa humanidad que había sido asumida con todas sus consecuencias, haciéndose uno más de aquellos a los que venía a rescatar. Jesús es tentado como cualquier hombre. Pero, por supuesto, no cae en la tentación, pues por ser Dios no podía pecar. En todo caso, también su humanidad es capaz de vencer las tentaciones, habiendo luchado con las sugerencias engañosas del demonio... Estaba claro, sin duda, que Jesús era verdadero hombre... Pero faltaba demostrar lo que sustentaba todo su ser, la persona que era el fundamento de todo lo que Él era... Faltaba demostrar a los hombres su divinidad...

En cierto modo, la Transfiguración es un adelanto del Jesús pascual, del Jesús resucitado. Él demuestra a sus apóstoles predilectos, como si con ello estuviera dándoles el encargo delicado de hacerse eco de esta verdad profunda, quién es... No es solamente el hombre que han visto recorrer con ellos los caminos, que han visto sudar, cansarse, llorar, que han visto ser solidario con los más necesitados incluso llegando a realizar prodigios, que han escuchado en sus discursos que invitan al amor y al perdón y que llama a una vida de verdaderos hermanos... Hay algo más en ese hombre... Es como si Jesús, después de haberles anunciado su pasión y su muerte, les dijera: "Tengan esta imagen de mi gloria en su mente. Cuando me vean derramando sangre en la pasión, golpeado, ultrajado, humillado, escupido, clavado en la Cruz, hasta contemplar mi cuerpo ya inerme en ese altar, no se olviden lo que han visto hoy. Además de ese que yacerá muerto en la Cruz, Yo soy éste, el que les muestra su gloria infinita, el que el Padre reconoce como su Hijo amado, el que toma el testigo de la carrera que le entregan Moisés y Elías... Así soy yo. Esta es mi esencia definitiva. Este será el resultado final de todo mi itinerario: la gloria junto al Padre, a la cual los llevaré a todos ustedes conmigo, conduciéndolos con mano de amor..."

Así, Jesús les demuestra su naturaleza compleja... Es Dios y hombre. No es una sola, sino dos naturalezas... Y ambas se han unido en Jesús para realizar la obra más maravillosa de la historia, superior a la creación. Será la Nueva Creación, gloriosa y portentosa, pues todo será hecho de nuevo, después de la destrucción que ha alcanzado para ella la infidelidad del hombre, el pecado que por sugerencia del demonio había entrado en el mundo...

Los apóstoles tienen que decidirse, como se decidió Abraham, como se decidieron todos los que lo siguieron, para seguir con fidelidad a Jesús. Ciertamente ese futuro está aún por cumplirse en la historia de ellos. Pero es Jesús el que se los está mostrando. No los engaña... Abraham creyó "contra toda esperanza", sin ninguna muestra, sólo la de una voz estruendosa y magnífica que resonaba en sus oídos... Los apóstoles tienen la visión real de lo que sucederá para la eternidad... Es lo que ellos deben discernir. Y lo que todos nosotros debemos discernir... Es nuestra decisión, pues ya Dios ha puesto las opciones: "Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre, y será una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo". Es la misma propuesta que Dios nos hace a todos. Sabemos que Jesús es Dios y hombre. Nos lo ha demostrado. Podríamos decir que estamos en ventaja respecto a Abraham e incluso a los apóstoles...

Nuestra meta es la salvación, si llegamos a aceptar a Jesús, Dios y hombre que ha venido a salvarnos... "Él nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestros méritos, sino porque, desde tiempo inmemorial, Dios dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo; y ahora, esa gracia se ha manifestado al aparecer nuestro Salvador Jesucristo, que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal, por medio del Evangelio".

La Transfiguración nos pone nuestro futuro a la vista. No estamos destinados sólo a la realidad tangible, pasajera. Ésta, con ser esencial para nuestra salvación, desaparecerá. La que quedará, la definitiva, es la gloria de la eternidad, la que nos muestra adelantada Jesús al transfigurarse... Será necesario pasar por la muerte. No habrá resurrección ni gloria sin ella. Pero a la muerte sucede la gloria. Es necesario el sufrimiento para la Redención. Es necesaria la muerte para que el pecado muera. Pero el final será la resurrección y el pecado quedará muerto. Jesús resurgirá triunfante y el pecado quedará derrotado en la oscuridad del sepulcro. No saldrá con Jesús. Será su derrota y su desaparición...

sábado, 15 de marzo de 2014

Perdonar, pero luchar contra el mal

Nunca está de más insistir en lo bueno. No lo hizo Jesús. Mucho menos, sus discípulos, los enviados por él al mundo a predicar su mensaje, podemos hacerlo. Si Jesús insistió una y otra vez en la necesidad de amar a todos, y puso el acento particularmente en demostrar al mundo que no estamos llamados a amar "normalmente" sino heroicamente, no podemos nosotros dejar de gritarlo a los cuatro vientos... El amor fue y sigue siendo el mensaje principal de Jesús, pues esa era su misión. No se entendería todo lo que hizo si se saca de este contexto. Por amor se hizo hombre. Por amor asumió toda nuestra realidad humana sin dejarse nada por fuera, sólo el pecado. Por amor hizo discursos maravillosos invitando a todos a vivir como hermanos y con la máxima entrega por los demás, especialmente por los que más necesitan. Por amor realizó portentos asombrosos en medio de los hombres, para curarlos, auxiliarlos en sus necesidades, perdonarles los pecados, hasta devolverles la vida... Por amor hizo la entrega póstuma de su propia vida, perdonando incluso a quienes lo estaban asesinando, y pidiéndole al Padre, llegando al extremo del amor, que no les tuviera en cuenta ese pecado... Por amor a los hombres venció a la muerte con su resurrección gloriosa, de modo que quedara bien claro que el amor no podía ser vencido jamás ni por la muerte, ni por el envilecimiento de los malos, ni por la indiferencia de los "buenos", ni por la oscuridad. El mal, aparentando haber tenido un momento de gloria, fue definitivamente y para siempre derrotado por el amor... Esta es la verdad del mensaje de Cristo, que no puede ser ni ocultado ni ignorado. Somos altavoces de ese mensaje...

Por eso, este mensaje de Jesús no puede ser jamás silenciado. Seríamos traidores de Jesús. Y si queremos ser beneficiarios de ese mismo amor, debemos ser fieles a él... En el mensaje central de Jesús está la exigencia mayor del amor, como Él mismo lo vivió: "Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos". Es un mensaje englobante, que se resume en que Dios hace salir su sol sobre todos, buenos y malos... Pero en ese mensaje no debemos quedarnos sólo con lo extraordinario de la exigencia, que es alta y debemos cumplirla, sino en el reconocimiento expreso que hace Jesús: El mal existe, existen los malos, hay quienes nos consideran sus enemigos y nos persiguen... Es a ellos a los que debemos amar y perdonar. Pero Cristo no nos pide que nos hagamos la vista gorda ante el mal que hacen los malos, ante la injusticia de la persecución, ante el daño y la muerte que la maldad siembra en el mundo... Eso sería la exigencia de un dios que aplaudiría el mal, y ese no es nuestro Dios...

Para saber bien cuál debe ser nuestra actuación, debemos fijarnos en el ejemplo que nos da el mismo Jesús. Una cosa es que perdonemos y amemos y otra muy distinta es que aceptemos el mal. En el encuentro de Jesús con la mujer adúltera, tenemos el prototipo perfecto de cómo debemos actuar. Esa mujer, ciertamente, estaba cometiendo pecado, una acción mala. Y fue presentada a Jesús para que aprobara su muerte a pedradas... La frase final nos da la clave: "Yo tampoco te condeno. Vete y no peques más". Jesús condena el pecado, el mal que se estaba cometiendo, pero jamás condena al pecador. La persona es susceptible del perdón, no la mala acción... Lo malo siempre es rechazable... Así lo dejó entender cuando expulsa a los mercaderes del templo. No tuvo contemplación alguna con lo que se estaba cometiendo contra el sitio sagrado de Dios... Y los nuevos templos de Dios somos los hombres. Desde nuestro bautismo somos sitios sagrados en los cuales Dios habita, somos templos suyos. Por eso, Jesús estaría dispuesto a expulsar, incluso a la fuerza, todo lo que quisiera hacernos daño... Él mismo le reclamó al soldado cuando lo golpeó en la mejilla, pues consideró que era injusto lo que le había hecho. No se quedó callado ante la injusticia y por el contrario se rebeló ante ella y se opuso al ofensor... En ninguna de estas acciones de Cristo quedó en entredicho el amor y el perdón que Él promovía, sino que lo colocó en el justo lugar. El perdón no acepta la injusticia. La denuncia y la pone en evidencia, y lucha para que no se cometa más...

Se equivocan de plano quienes creen que el perdón cristiano es una llamada a ser tontos, a dejarse avasallar por el mal, a quedarse de brazos cruzados ante lo malo que sucede alrededor. Jamás ese ha sido el mensaje de Jesús. Quien así lo ha entendido no ha entendido nada de lo comprometedor que es el amor. El amor procura y promueve el bien. Y así mismo se opone al mal, decidida y valientemente. En el mensaje de Jesús está la llamada a ser mansos como las palomas, pero también astutos como las serpientes. No a quedarnos callados y a dejar pasar el mal como si no hubiera pasado nada. Él mismo no lo hizo. Y nos pide a todos, con su conducta y con su ejemplo, que hagamos lo mismo. De lo contrario, el mundo no podrá nunca ser mejor. El silencio ante lo malo no es perdón, es complicidad. Y lo menos que quiere Jesús es complicidad ante el mal... Él quiere que procuremos el bien, y eso significa también oponerse decididamente al mal. Tenemos que hacerlo...

El Papa Francisco, en una de sus recientes intervenciones nos lo dijo claro: Jesús quiere que seamos como corderos, pero no tontos. En el cristiano, el mundo debe encontrar a los primeros que están dispuestos a perdonar y a amar. No hay duda de eso. Y esto no excluye que ese mismo mundo quiere vivir el bien y sacar el mal de su interior. Los principales promotores de esta cruzada en favor del bien y en contra del mal somos los cristianos. Y debemos hacerlo por amor al mundo, asumiendo responsablemente el compromiso que nos trae amar y ser de Jesús y de los hermanos. Nunca estaremos cumpliendo bien nuestra misión, la que nos encomienda el mismo Jesús, si no lo entendemos y hacemos así...

viernes, 14 de marzo de 2014

La eternidad ya empezó

Los hombres, la verdad, aunque pensamos en nuestra eternidad frecuentemente, damos por sentado que está muy lejana. La tenemos en la mente, pero no profundizamos en ella con la seriedad que amerita. Sabemos cuáles son las condiciones que se nos exigen para entrar en la felicidad eterna, pero no nos desvivimos por cumplirlas. "Ya llegará el tiempo en que me tenga que ocupar de eso..." Lo cierto es que el tiempo que vivimos es parte de esa eternidad. La eternidad no es futura, sino que ya es el presente, ya la estamos viviendo, ya estamos sembrando lo que será la cosecha de aquello que viviremos inmutablemente a partir del momento en que muramos...

La eternidad, en efecto, no es sueño, no es añoranza, no es fatalidad futura... Es realidad. En primer lugar, porque Dios nos los ha dicho. Hemos sido creados para la eternidad, no para "desaparecer" con la realidad tangible. La Palabra de Dios nos asegura la existencia de un cielo en el Él que habita naturalmente, al que estamos destinados todos. Sí. Todos. Porque es lo que Dios quiere y así ha diseñado la realidad para que se dé según su voluntad. Pero en ese plan suyo está el componente de la libertad humana que condiciona absolutamente el cumplimiento perfecto del plan de Dios. Y es que Dios, porque ama, deja libre. Deja en las manos del hombre hacerse acreedor de ese beneficio mayor, que es la salvación... Dios nos ama tanto que no nos "obliga" a salvarnos... "Dios quiere que todos los hombres se salven..." No dice Pablo: "Dios quiere salvar a todos los hombres..." Lo deja al libre arbitrio del hombre, aun cuando Él es el que hace la oferta y sabe qué es lo mejor para el hombre... Dios no quiere robots en su equipo. Quiere hombres libres que hagan lo posible por hacerse dignos de la salvación. Porque así actúa el amor. El amor no es destructor de la libertad, sino su máximo promotor, aun cuando corra el riesgo de perder al amado...

Por eso, en este inicio de la eternidad que vivimos es tan importante no sólo tener presente ese futuro, sino saber que ya estamos construyéndolo. Saber que cada una de las acciones, pensamientos, intenciones, actitudes, conductas, que vivamos hoy, son una semilla que cosecharemos. Es una acción de la que nos arrepentiremos o de la que nos sentiremos orgullosos y felices."Si el malvado se convierte de los pecados cometidos y guarda mis preceptos, practica el derecho y la justicia, ciertamente vivirá y no morirá. No se le tendrán en cuenta los delitos que cometió, por la justicia que hizo, vivirá". Vivirá... Esa vida que se tendrá por ser justo se refiere a esa eternidad de la que hablamos. No se trata de la actual solamente, aunque las injusticias cometidas también repercutan en el hoy y probablemente tengan su escarmiento en la ley civil... Oponerse al plan de Dios tiene consecuencias fatales en lo actual y en lo futuro. Pero ponerse en su línea las tiene también, pero felices y compensadoras...

Por eso es que no podemos "ir tan campantes" por nuestra realidad actual. Tenemos que saber que el Señor reserva para nosotros lo mejor, pero que tenemos que demostrar con nuestras acciones que lo queremos para nosotros. No se trata de ser sólo buenos, sino de apuntar a ser perfectos. No se trata de cumplir los mínimos necesarios, sino de querer ser los primeros en el camino que nos indica Dios... Se trata de ser delicados con nosotros mismos, de modo que procuremos ser los primeros en el amor a Dios, a su voluntad, a sus mandamientos, y los primeros en el amor al prójimo en la procura de los mejores bienes para ellos, en la compasión por los más necesitados y humildes, en la defensa de sus derechos. Esto nos lo pide Jesús, pues quiere que vayamos adelante en la perfección... "Ustedes han oído que se dijo a los antiguos: "No matarás", y el que mate será procesado. Pero yo les digo: Todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano "imbécil", tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama "renegado", merece la condena del fuego..." La delicadeza de espíritu es necesaria para la salvación. Si al caso vamos, Jesús nos pide no sólo que evitemos el mal, sino que apuntemos a hacer el bien a todos. El mandamiento de Dios no es sólo prohibitivo, sino también asertivo. Nos invita a lo mejor, no a evitar lo peor solamente...

Por eso Jesús nos dice: "Si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda". Es la búsqueda de lo que hace buenas relaciones lo que hay que hacer. Delante de Dios no seremos dignos de estar, si antes no hemos sido dignos de estar delante de los hermanos. No podemos pretender alcanzar a Dios si hemos excluido a los hermanos de nuestro corazón. El mejor lazo para "amarrar" a Dios es el de los hermanos...Mientras no nos convenzamos de esto, estaremos dando palos de ciego en el camino de la eternidad...

Nuestro camino es camino de eternidad, iniciado aquí y ahora. Esa eternidad está ya presente, ya la estamos recorriendo. Por eso, tomémosla en serio. No la dejemos a un lado, como queriendo ignorarla con la escondida intención de alejarla de nosotros y que no nos cuestione... Es la realidad más cierta que podemos tener a la vista. Nuestra conducta la gana o la pierde, la hace feliz o trágica... "Cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá". Pero si no lo hacemos, sucede lo contrario... "Si el justo se aparta de su justicia y comete maldad, imitando las abominaciones del malvado, ¿vivirá acaso?; no se tendrá en cuenta la justicia que hizo: por la iniquidad que perpetró y por el pecado que cometió, morirá"... Son las dos caras de la moneda de la eternidad... A eso nos exponemos cuando no tomamos en serio que ya estamos viviendo la eternidad. No lo arriesguemos...

jueves, 13 de marzo de 2014

Dios es más poderoso que cualquier fuerza

Dios quiere que le pidamos lo que necesitamos. No por una especie de deseo de "control" sobre nosotros, en el que Dios demuestre con algo así como soberbia que es superior, que dependemos de Él, que sin Él no podemos tener absolutamente nada... Aun siendo ciertas esas últimas afirmaciones, es falso que en Dios pueda haber alguna intención de dominio o de demostración de superioridad... En primer lugar, porque Dios no necesita de eso. Él es superior, y punto. No necesita demostrarlo pues todo lo que existe surge de su mano creadora y amorosa y, por si fuera poco, todo permanece por una expresa voluntad suya. De no ser así, nada de lo que existe, seguiría existiendo, ni siquiera el hombre, aun con todas las capacidades que Él miso le donó... En segundo lugar, porque la motivación de Dios no es rastrera, como la que sí pudiera haber en nosotros. A Dios lo mueve un sentimiento superior, que es el amor, su misma esencia. Nada de lo que hace Dio queda fuera de su amor pues, al ser el amor su esencia, todo movimiento suyo queda marcado por su origen... Dios quiere que le pidamos porque nos ama. Y como todo ser que ama a alguien, se desvive por procurar el bien para el amado.

Jesús nos enseña a recurrir a Dios en nuestras necesidades no porque quiera que estemos atados a Dios, en una especie de simbiosis vital, sin la cual no tendríamos nosotros mismos la vida, aunque exista algo de eso. Quiere que lo hagamos porque sabe lo que motiva a Dios a escucharnos, que es su amor por nosotros, y porque sabe que nosotros somos necesitados y que es Dios la única fuente de la cual obtenemos los mayores beneficios... La invitación de Jesús tiene sentido: "Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre". Los hombres necesitamos tener conciencia clara respecto al origen de nuestros beneficios mayores. Debemos deslastrarnos de una idea perjudicial en la que nos creemos autosuficientes, aun cuando creamos en Dios, y por ello recurrimos a Dios sólo en la ocasión en la que estamos "con el agua al cuello". El dicho popular que reza "Se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena", no deja de ser real... Reservamos a Dios sólo para los momentos extraordinarios, cuando lo hemos probado todo y ya sabemos que nosotros solos no podemos...

Es cierto que Dios nos ha dotado con capacidades específicas que hacen que tengamos la posibilidad de hacer muchas cosas. Es cierto que en el origen de nuestra existencia está el deseo de Dios de hacernos libres, en el sentido. incluso, de procurarnos el bien que necesitamos por nuestro propio esfuerzo: "Ganarás el pan con el sudor de tu frente". Pero es también cierto que esto no fue una declaración de absoluta autonomía que Dios hacía en favor nuestro, pues no es así. Lo deja claro San Pablo cuando dice: "Todas las cosas son de ustedes, ustedes son de Cristo y Cristo es de Dios". Esa suprema autonomía es una pretensión absurda... Dios no quiere jamás que nos desprendamos de Él, porque nos ama. Como todo el que ama quiere tener al amado junto a sí, no de manera despótica, sino entrañable. Es en el hombre que debe darse esa conciencia de necesidad, primero, por el amor de respuesta que debe haber. Saberse amado es querer dar respuesta a ese amor. Y, segundo, por saber que se es indigente fuera de Dios. Él es la fuente de todo bien...

Ante Dios, por lo tanto, debe haber una conciencia humilde de amor y de entrega. Es  necesario dejarse amar, dejando a un lado todo lo que pueda apartarnos de esa línea. Y al estar unidos en el amor a Dios, recurrir a Él en todo. Dios puede ser el invitado perenne de nuestras vidas, pues Él mismo quiere serlo. Y por eso se ofrece. La promesa de ser escuchados en la oración, de ser auxiliados en nuestras necesidades, se dará, más que porque Dios es poderoso, porque Dios nos ama... Quien ama, jamás negará lo que realmente necesita el amado, si está en sus manos poder procurarlo. ¡Y Dios ama y es todopoderoso! Todo está a favor de nosotros. Basta que tengamos esta conciencia, que seamos humildes, y que tengamos confianza en el amor y en el poder de Dios...

Es lo que tuvo la Reina Esther. Lo vivió con intensidad, sabiendo que toda su vida estaba en las manos de Dios. Que sólo Él podría procurar el triunfo sobre un enemigo superior, porque era todopoderoso. Y que, por haber elegido desde antiguo a su pueblo por amor, no podía dejar de responderle afirmativamente a su solicitud: "A nosotros, líbranos con tu mano; y a mí, que no tengo otro auxilio fuera de ti, protégeme tú, Señor, que lo sabes todo". En el reconocimiento de que el único auxilio era el de Dios, estuvo la clave para la victoria. Es lo que debemos hacer todos. Saber que no tenemos otro dios fuera del Padre Creador, que Él nos ha creado en el ámbito de su esencia de amor, que nos sostiene en ese ámbito, y que no deja de ser consciente de nuestra absoluta indigencia que tiene su solución sólo en el recurso a Él...

Recurramos a Dios en nuestra necesidad. Sepamos que Él saldrá en nuestro auxilio. Cuando nuestro enemigo es poderoso y es superior, sólo Dios podrá estar por encima de él, con su amor infinito y su poder sin límites. Pidamos con confianza y humildad ante el Señor en la hora de enfrentarnos a las fuerzas del mal que quieran oprimirnos. Digámosle al Señor: "En la hora aciaga, en la que aparentemente el mal está ganando, sólo Tú eres el poderoso por encima de todo. Ven a nosotros, Señor, y demuestra tu amor y tu poder por tu pueblo que sufre. Sólo en Ti podemos obtener la victoria sobre quien quiere destruirnos..."

miércoles, 12 de marzo de 2014

Sería bueno escuchar a Dios

Dios es el Dios de las oportunidades. Si no fuera así, ya todo lo creado hubiera dejado de existir... Por un decreto amoroso suyo existe todo lo creado, y en medio de todo, el hombre. Su plan para la creación es que todo estuviera a sus pies, no sometido, sino viviendo la felicidad que sólo en Él se encuentra. Colocó en el hombre el deseo de lo infinito, de modo que sólo lo infinito satisficiera sus ansias. Eso significa que sólo Dios sería esa satisfacción, por cuanto Él es el único infinito. Es plan establecía que el hombre se mantuviera siempre "bebiendo" de la fuente de la compensación plena para que pudiera vivir en esa plenitud para la que fue creado... En su designio amoroso, la meta final de la creación es el estar en la presencia eterna del Dios del Amor, en la armonía absoluta, en la paz sin obstáculos, en la justicia sin fin, en la vivencia sin declive del amor, eternamente... Era un plan perfecto, por cuanto fue diseñado todo para el bien de lo creado. Dios no necesita de un plan para ser feliz, pues Él es la Felicidad máxima. Todo en Él es armonía y paz. Su vivencia "natural" es la del amor eterno...

El hombre, en su ofuscamiento, destruyó la perfección de ese plan. Se dejó cortejar y conquistar por las ideas de la tentación absurda de ser como Dios, y esa fue su perdición... Es imposible ser como Dios, pues "no cabe" otro ser similar en medio de todo lo que existe. Una de las características propias de Dios es la de la Unidad. Dios es Uno, y no hay uno más como Él. No puede haberlo. Una condición para reconocer a Dios como existente es que es uno solo, y que no hay otro. Más aún, reconocer que es imposible que exista otro más, pues es metafísicamente imposible. No pueden haber dos creadores, dos sustentadores, dos jueces, dos amores, dos compasiones... O es uno solo, o no es ninguno. El absurdo del hombre es que creyó posible que así fuera, queriendo él erigirse en "el segundo dios". Y lo intentó realmente. "Serán como Dios", le dijo la serpiente, y él se fue por ese barranco...

Desde ese momento, la tentación es continua. Los hombres pretendemos hacernos dioses, desechando la idea y la existencia del único Dios. Y cuando no nos hacemos a nosotros mismos dioses, cometemos una torpeza mayor, haciendo dioses de las coas que son creadas, incluso de aquellas que son inferiores a nosotros. Por eso, idolatramos las riquezas, nos rendimos ante el poder, servimos al placer... Es la historia más absurda de la propia destrucción. En lo más íntimo sabemos que la felicidad está en otra ruta, pero nos empeñamos en seguir probando otras diversas en las cuales nos embotellamos y nos frustramos...

Pero, hemos dicho que Dios es el Dios de las oportunidades. Sabiendo lo insistentes que somos, Él se lo hace aún más... Insiste una y otra vez en darnos oportunidades, porque así es el amor. El amor insiste e insiste. El amor no se cansa. El amor es terco en el bien. Y Dios, que es el Amor, es el prototipo del amor terco... Y por eso abre nuevas rutas siempre, ofrece nuevas ocasiones de conversión. Sabe que en algún momento un corazón dócil se deberá rendir ante tantas evidencias de querer sólo el bien para el hombre. En Jesús abrió la ruta más expedita para que nos llegara rauda la oportunidad mejor... "Que se convierta cada cual de su mala vida y de la violencia de sus manos; quizá se arrepienta, se compadezca Dios, quizá cese el incendio de su ira, y no pereceremos", dice a Nínive a través de Jonás...

Vale la pena escuchar a Dios. Escucharlo es retomar el camino de la plenitud, es retornar a la casa que hemos abandonado, es recuperar todos los bienes que Dios nos da con su amor y su providencia, es poder de nuevo estar a sus pies recibiendo todos los beneficios y la compensaciones, es sentir que ese es el sitio del cual no hemos debido salir jamás, es convencerse de que no existe mejor lugar que el corazón de Dios que se derrama en amor y ternura hacia el hombre, es alcanzar el punto en el cual todos somos realmente hermanos y vivimos en paz y justicia... No escucharlo es atraer la desgracia del vacío total, es quedarse con nada pues Dios lo es todo, es dejarse llevar por los afectos negativos hacia los demás, es establecer siempre una competencia angustiante con los que pretenden ser también "dioses", es dejarse esclavizar por la criatura inferior, es llenarse de insatisfacción pues en las cosas jamas tendremos la plenitud anhelada... No convertirse al Amor es la tragedia que podemos vivir. Con ello, abrimos la puerta a la destrucción del hermano, al odio asesino, al establecimiento de un régimen de fuerza en el que sólo el poderoso tendrá opciones, al empeño de esclavizar a los débiles para que nos sirvan de apoyo en nuestras tropelías... Es la humillación de la humanidad. Es la destrucción de todo lo bueno que Dios quiere para el jo¡¡hombre y para toda la creación...

El signo de que eso es lo que Dios quiere es Jesús. Es el que ya dio a los hombres en Jonás, recluido por tres días en el vientre del pez gigante, como después Jesús estuvo escondido en la oscuridad del sepulcro. La tierra lo había engullido, pero no fue lo suficientemente poderosa para retenerlo allí. Como el pez vomitó a Jonás, la tierra dejó salir a la Vida, al Amor, a la Salvación, a la Esperanza, a la Paz, a la Justicia... Jesús resurgió de esa oscuridad para ser la Luz de las Naciones, su Paz y su Justicia... Ese signo es el que hemos recibido todos. Debemos entender que es el signo que nos dice que Dios sigue dándonos oportunidades para ser felices en su plenitud, en esa plenitud que sólo Él nos puede dar... Es la manera de asegurar que el plan llegue a buen término. Que todos podamos llegar a vivir eternamente en ese amor que es el de Dios y que Él quiere que sea nuestro...

martes, 11 de marzo de 2014

Es Padre, ¡y es nuestro!

La oración del Padrenuestro es la oración de los hijos que son hermanos... Sí. Es necesario decirlo así para que lo entendamos bien... En primer lugar, hijos de un Padre que nos ama, que nos ha creado por amor. Nuestra vida está íntimamente ligada a la de Él. Nos crea por un gesto de amor infinito, pues en realidad, los hombres no existimos por necesidad. Algunos nos creemos tan importantes que creemos que nuestra presencia en el mundo es esencial. No es así. Simplemente no es necesario que tú ni yo, ni nadie, ninguno de los hombres, exista... Existimos por una decisión absolutamente voluntaria y libre de nuestro Dios. Él es autosuficiente en sí mismo, por lo tanto, no necesita de nada para existir, ni para comprobar su existencia. Basta que Él mismo exista, que Él mismo corrobore su existencia, que Él mismo se ame, para que toda su vida tenga sentido pleno... Pero, en ese gesto libre, surgido de su impulso de amor infinito, crea todo lo que existe, y en el medio de todo coloca a la humanidad, como queriendo dejar clara su predilección. Nos amó antes que todo, por encima de todo, poniendo todo al servicio de los hombres... 

Apostó Dios por unos hijos que le fueran fieles, pero las cosas no fueron como fue su designio original. Su mismo amor le hizo la peor jugada de todas, pues aquél al que había amado tanto y al que su amor lo hizo crear totalmente libre para que se mantuviera por decisión propia junto a Él, sin coacciones ni obligaciones, decidió un camino diverso... Y se alejó de Él. Le fue infiel, y con eso atrajo la peor de las desgracias para sí mismo, con la natural decepción divina. La reacción primera hubiera sido la más natural: "Si no quieres estar conmigo, y ya que yo te creé para eso, simplemente no seguirás existiendo..." Punto... Pero Dios demuestra que no sólo es Todopoderoso, Infinito, Omnisciente, sino que tiene una cualidad que nos lo hace muy cercano: Es Padre. Y cualquier padre que ama de verdad -ya hemos visto que Dios lo hace por encima de cualquier amor que conozcamos-, da segundas, terceras y todas las oportunidades, tiene siempre la esperanza del cambio, guarda en lo mas íntimo la esperanza de que aquel al que ama, su hijo, se decida por un camino diverso al que lo lleva a su perdición. Por eso, una y otra vez lo llama, lo acoge, lo perdona, lo abraza, lo recibe en su casa... Al extremo de que, en el último bastión de su amor guarda la mejor de sus jugadas: La de la entrega de su único Hijo engendrado, no creado como nosotros... A los que nos hizo hijos, designa salvarlos con su Hijo único... Su amor por los hombres -y por extensión, el de su Hijo-, es tan grande, que es capaz de donarlo para rescatarlos... ¡Y lo hace!

Ese Padre no es sólo Creador. Es Sustentador y Providente, pues no dejó al hombre a su suerte en el mundo, sino que proveyó todo lo que necesitaba para tener una existencia holgada. Y fue más allá, pues se convirtió en un amor Redentor, de Satisfacción, dando al pecado solución con la propia vida de su Hijo... No existe amor mayor: "Nadie ama tanto como el que da la vida por sus amigos". Es lo que hace Jesús...

Pero el amor del Padre no es para seres individuales. Más aún la creación misma no lo fue así tampoco. "No es bueno que el hombre esté solo", sentenció Dios mismo en la creación. "Hagámosle un apoyo adecuado"... Los hombres hemos sido creados seres comunitarios esencialmente. Cuando rezamos el Padrenuestro lo afirmamos rotundamente. Somos hermanos por esencia. La oración, de no ser así, hubiera sido enseñada por Jesús: "Padre mío, que estás en el cielo". Y no fue así. Es Padre Nuestro. Tuyo, mío y de todos. Por eso nuestra naturaleza jamás será completa si no la asumimos en solidaridad con todos... No somos seres aislados unos de otros, no somos individuos. Somos comunidad. Y la suerte de uno solo es la suerte de todos. Si uno ríe, todos estamos felices con él. Si uno sufre, todos lloramos con él. Si uno necesita, todos debemos aportar para auxiliarlo... Si esto no lo vivimos así, no tiene sentido que oremos con el Padrenuestro como lo hacemos. Deberíamos quietar el "nuestro" y exacerbar nuestro egoísmo diciendo "mío"...

El rezar el Padrenuestro con una conciencia enferma, en la que de ninguna manera nos sentimos hermanos unos de otros, lo hace ineficaz... Las peticiones que en él hacemos no tienen sentido, si en la base estamos colocando una falsedad. No sentirnos hermanos es el peor daño que nos hacemos nosotros mismos, pues hacemos de las peticiones del Padrenuestro falsedades, al colocarlas sobre bases falsas... Por no sentirnos hermanos, como en realidad somos, hace que el mundo sea un sitio desagradable, en el que imperan los odios, las reticencias, las suspicacias, los rencores. Llegamos al extremo de querer eliminar al otro y por ello, las muertes, las heridas, las esclavitudes, las torturas... Por eso las carreras armamentistas. Por eso colocamos la ideología por encima de lo verdaderamente humano... No es posible que no hagamos real la oración del Padrenuestro desde su primera frase.  Tenemos que esforzarnos por sentir a nuestro Dios verdadero Padre, y a los demás hombres verdaderos hermanos. Sólo así la vida tendrá sentido y estaremos recibiendo del amor del Padre todo lo que le pedimos en la oración...

Esa oración, que es la enseñanza directa de Jesús, debe producir el efecto que toda palabra salida de su boca produce: "Mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo". Él mismo es la Palabra que pronuncia Dios sobre la humanidad, para hacernos a todos hermanos. Y quiere producir el efecto de hacernos verdaderos hijos de Dios y verdaderos hermanos entre nosotros. Que nuestro corazón se ponga en esa misma línea. Que queramos ser hijos del Padre y hermanos de todos...

lunes, 10 de marzo de 2014

O vivimos el amor o moriremos eternamente

Nunca se hablará lo suficiente de este tema... Ni siquiera Dios ha dejado de hacerlo. El tema del amor es esencial en la vivencia de la fe. Sin amor, la fe no tiene su sustento más sólido. Se convertiría en una simple acumulación de verdades que forman un cuerpo doctrinal muy sólido y verdadero, pero que no bajaría del cerebro al corazón y no implicaría a la vida personal. Por lo tanto, no sería atractivo ni entrañable. Vacío total... Sin amor, sería absurdo tener esperanza en la vida eterna... ¿Qué se esperaría? ¿Para qué esforzarse? Tendríamos la meta a la vista, por cuanto por la fe sabríamos cuál es -la vida en Dios-, pero no sabríamos encontrarle el sentido a estar eternamente con alguien simplemente acompañándolo para que "no esté solo"...

Sin amor, el tema de la fraternidad sería un simple estar juntos pero sin un vínculo de unión que nos haga sentirnos comprometidos. Seríamos un número más en una suma poblacional. Una estadística en la que se sabría cuántos nacen, cuántos mueren, cuántos consumen, cuántos se enferman, cuantos trabajan, cuántos están desempleados... Y poco más, pues faltaría la "salsa" que nos haría entrar en relación más íntima y profunda, que es el amor. Serían relaciones de simple "utilidad". Me relaciono con el otro en cuanto me sirve a mi propósito y me ayuda a llegar a una finalidad. El otro no sería visto en una relación personal sino absolutamente utilitarista... Si me sirve para procurarme placer, bienvenido. Cuando ya no me cause placer, adiós... Cuando lo puedo usar como base para alcanzar o sostenerme en el poder, bienvenido. Cuando ya no es necesario para obtener cuotas de poder, adiós... Cuando pueda ser un factor importante parta aumentar mi fasto, mis propiedades, mis riquezas, bienvenido... Cuando ya no lo puedo exprimir más para aumentar mis posesiones, adiós... El adiós es "ya no te necesito". Una relación que no tiene absolutamente ningún espacio para el amor, para el sentimiento, para el afecto...

Dios no quiere esto para el hombre. Desde el mismo principio, al crear al hombre "a su imagen y semejanza", colocó en él lo más valioso que Él mismo poseía: la capacidad de amar. En su infinita intimidad, en esa esencia misteriosa que es Él mismo en su Santísima Trinidad, lo único que vivía Dios era el amor. No había otra cosa. Antes de la Creación del mundo y del hombre, existía sólo Él. Y en Él había lo que es su esencia, el amor. Dios "se amaba" a sí mismo con plenitud inimaginable. No pensemos en ese amor al estilo humano. No era narcisismo lo que había en Dios. Era amor puro y pleno. Cada una de las Personas de la Santísima Trinidad amaba a la otra infinitamente. Y en ese ámbito de amor vivió eternamente. Hasta que, en una especie de "explosión" de amor -sólo para que podamos entender el gesto creador, sin ser estrictos en la consideración-, surgió todo lo que existe fuera de Él... La Creación es una "explosión" del amor de Dios. Evidentemente, esa explosión se dio conscientemente y con más sentido cuando tocó crear al hombre...

Es el hombre el espejo de Dios. Nuestras características humanas más geniales, más transparentes, más leales, más honestas, más puras, son el perfecto reflejo de lo que es nuestro Padre. Nuestra alegría, como la de los niños, es la de parecernos a Dios. Un niño siente orgullo sano, santo y justificado cuando se le dice que se parece a su papá. Y los niños son transparentes y sinceros siempre. Así mismo debe suceder con nosotros. Nuestro orgullo mayor debe ser el parecernos a Dios... Un padre se siente muy orgulloso cuando se le dice que su hijo se parece a él. Siente que ha valido la pena todo, pues su hijo es su copia... Así mismo sucede en Dios. El orgullo y la gala de Dios es cuando nos parecemos a Él. ¡Qué bueno sería que la gente nos diga: "Eres igualito a tu Padre, Dios"!

Por eso, nuestra más pura naturaleza se refleja en el amor. Es cuando amamos cuando más nos parecemos a nuestro Padre. El orgullo de Dios es que nosotros amemos como Él lo hace. Por eso repite una y otra vez: "Yo soy el Señor... Yo soy Dios". Es como si dijera: "Porque has surgido de mí, y te he dado la capacidad de amar como Yo lo hago, espero que siempre seas capaz de hacerlo tú también, pues Yo soy Dios"... En efecto, cuando no amamos destruimos nuestra esencia de amor. La vida en ausencia de amor que describíamos arriba no es tan irreal. Lamentablemente es más frecuente de lo que nos imaginamos. Por la falta de amor, el mundo ha caído en su debacle. Porque los hombres no amamos existe tanto dolor, tanta frustración, tanta muerte, tanto sufrimiento... Porque hemos preferido vivir en el odio -una vez dijo el Che Guevara: "La fuerza que mueve al mundo es el odio"-, por habernos dejado invadir de estas ideologías y filosofías nihilistas y ateas, el mundo se ha convertido en un nido de alacranes, en vez de ser un lugar de encuentro y de fraternidad...

Y la verdad más absoluta es que lo único que vale es el amor. Tanto, que será el único tema de examen al final de nuestras vidas. No se nos preguntará por el poder que tuvimos, por el placer que sentimos, por las riquezas que acumulamos... Se nos preguntará por la cantidad de amor que vivimos, que dimos, del que fuimos instrumentos fieles... Nada más importará. ¡Qué equivocados estamos! ¡Qué mal estamos en los índices que pretendemos poner a nuestra vida! O cambiamos de criterios, o nos destruimos. O nos transformamos y nos convertimos, o moriremos irremediablemente para toda la eternidad. O vivimos el amor, o lograremos que nuestro mundo sea un lugar de plena frustración, sin sentido, sin esperanza, sin ilusiones... Sólo el amor lo hace posible...