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martes, 23 de febrero de 2021

El Padrenuestro nos empapa del agua de Gracia y de amor que trae Jesús

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El mundo y el hombre están en sequía desde que entró el pecado en el mundo. Lo que era un vergel hermoso y deseable, se convirtió, por el mal que fue inyectado por el demonio en el hombre, en un desierto hostil, del cual el hombre, habiendo recibido de Dios todos los dones grandiosos con los cuales fue bendecido en su origen, debía extraer los frutos para su subsistencia, "con el sudor de su frente". La vida empezó, así, a ser una lucha continua por la subsistencia, con sus altos y sus bajos, en los cuales el hombre seguía recibiendo esos dones amorosos de parte de Dios, pero que debía ganarlos con esfuerzo y responsabilidad. En esa vida de desierto el hombre debía luchar contra el mal para seguir avanzando hacia Dios, o en el peor de los casos, asociarse al mal con la pretensión de elevarse en su condición humana, por encima de lo que había recibido de Dios. Esto tuvo sus implicaciones en la vida de fraternidad que Dios había decretado para la humanidad, pues el hombre debía pasar por encima de muchos para lograr y mantener su status. El desierto se hacía así más seco y agresivo. Y el hombre se hundía más en su soledad y en su tragedia. El diseño del plan de rescate de Dios no se hizo esperar. Desde el mismo inicio, avizorando la tragedia que el hombre viviría en ese futuro oscuro, Dios, que de ninguna manera quería esta suerte para la humanidad, diseñó un plan de rescate: "Un descendiente de la mujer te pisará la cabeza". Era la promesa con la cual Dios mismo asumía como propia la tarea de rescate del hombre, sin ser Él el culpable. Y llegaba ese momento ansiado por la misma humanidad de ser rescatada. Incluso sin tener plena conciencia de su desgracia, en lo más íntimo añoraba una situación diferente, en la que se viviera algo distinto de la sequedad de ese desierto en el cual se encontraba.

Los profetas en diversas oportunidades anuncian ese tiempo en el cual Dios hará la obra magnífica de recuperación de la humanidad. Esa figura del Mesías que venía al rescate del hombre perdido era esperada con ansiedad. Es anunciado como Aquel que va a instaurar el nuevo tiempo en el que se alcanzará otra vez la armonía perdida, en la que será vencido el mal, en la que se recuperará la fraternidad, y la humanidad volverá a ser una sola, como era el designio original de Dios al crearla. Las imágenes que se utilizan son todas iluminadoras de esa situación de idilio que Dios hará recuperar con su tarea. El Hijo de Dios, que acepta la encomienda del Padre -"Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad"-, se hará presente en el mundo, cumplirá la tarea de rescate, y volverá al seno del Padre del cual salió para reinar sobre todo en ese nuevo mundo que surgirá por su entrega: "Esto dice el Señor: 'Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo". Evidentemente esa lluvia y esa nieve son el mismísimo Hijo de Dios que baja del cielo para hacer su obra. Esa misión que cumple el Hijo será la de quien quiere atraer hacia Dios a todos los hombres que se han alejado de Él. Y la realizará de la manera más suave posible. Será como el agua que vivifica, que llena de vida, que fecunda y que hace germinar. La obra del Redentor no será hecha con aspavientos estruendosos, sino, como lo fue efectivamente, con la suavidad de quien quiere ser convincente y no autoritario ni déspota. Al pecador lo acogerá con amor, invitándolo al arrepentimiento y a la conversión. A los humildes los buscará elevar en su condición humana. A los explotadores buscará convencerlos de su mala conducta. A las autoridades los invitará a ejercer su tarea con la suavidad de un padre de familia. A todos los invitará a vivir en el amor fraterno y en la unidad de espíritu para avanzar todos juntos hacia la plenitud. El rescate apunta a la unidad. Una unidad que se debe expresar en la unión con el Dios del amor, reconociéndolo como el Creador, el sustentador, el providente, el Padre que todos quieren, y en la unión solidaria entre los hermanos, reconciéndose todos como hijos del mismo Padre, habiendo surgido de las mismas manos amorosas, y llamados a avanzar en la solidez de sus lazos de unión, pues es así como podrán entrar en esa plenitud definitiva y eterna que el Padre promete para todos. El agua que baja del cielo, que es Jesús, busca empapar la tierra del amor de Dios, y sube satisfecho de nuevo al Padre, pues cumple perfectamente su misión. Todo hombre que acepte el amor del Padre se encamina hacia la meta final del amor eterno.

Por eso, los discípulos deseosos de tener esa vida de armonía original que fue rota por el pecado, piden a Jesús que les enseñe a vivir esa unidad lo más sólidamente posible. Y en el reconocimiento de que es a través del contacto frecuente y familiar con el Padre que podrán lograrlo, le piden que les enseñe a entrar en ese contacto de intimidad con Dios: "En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 'Cuando ustedes recen, no usen muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No sean como ellos, pues su Padre sabe lo que les hace falta antes de que lo pidan. Ustedes oren así: 'Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal'. Porque si perdonan a los hombres sus ofensas, también los perdonará su Padre celestial, pero si no perdonan a los hombres, tampoco su Padre perdonará sus ofensas". El Padrenuestro se convierte, así, en la manera de estar en ese contacto de intimidad con quien se quiere recuperar la amistad. Es la oración del hijo que reconoce su lejanía y se arrepiente, con el deseo de recuperar esa cercanía amorosa que compensa todo lo demás. Es la oración de quien sabe que esa es la fuente de la vida y del amor, y que solo en esa presencia se logrará la verdadera felicidad. Es la oración de quien quiere ser empapado con esa agua que trae Jesús para humedecer el desierto y hacer que la tierra, que somos nosotros mismos, pueda ser fecunda y germinar. Lejos del Padre todo seguirá siendo oscuridad, temor, muerte. Entrar en la intimidad con ese Padre amoroso nos hará salir del desierto, empaparnos del agua de la Gracia y del amor, y convertirnos de nuevo en ese vergel que desea Dios que seamos.

jueves, 18 de junio de 2020

Un Padre que nos ama y que quiere que lo amemos en Él y en los hermanos

Por qué el Padrenuestro es la oración más poderosa?

La oración es el alimento del alma. Mantener un contacto de intimidad con Dios, en el encuentro solitario de los dos corazones, es una necesidad absoluta para todo el que quiera ser auténtico discípulo de Jesús, miembro de una Iglesia que avanza hacia la santidad, hermano de todos los que con él caminan en la misma búsqueda del Padre Dios. Y es una necesidad pues es lo que manifestará externamente la vida que se posee. De la oración surge el deseo de esa vida que se recibirá por sus canales naturales que son los sacramentos, y de ella se recibe también el alimento que la sostiene y la hace cada vez más sólida. Quien mantiene una vida de oración activa, teniendo ese encuentro sabroso, íntimo, constante, absolutamente compensador, es una persona que hace que crezca la gracia que posee y es capaz de transmitirla. Orar no es perder tiempo. Orar es ganarlo, pues todo el tiempo que se invierte en la oración está recompensado con una vida más plena a nivel personal, colmada de gozo interior, consciente de que las cargas van siendo compartidas con Aquel que se ofrece a ser alivio y fortaleza en el camino, teniendo clara la meta hacia la que se dirigen todos los esfuerzos, lleno de la ilusión de saber que en el camino vivirá el gozo de poder convivirla con los hermanos y que en ese final del camino hay un estado de alegría sin fin y una compensación en el amor que no tiene igual en ninguna realidad de la tierra. Y es ganarlo, además, pues se adquiere la conciencia plena de no vivir en una situación de individualidad absoluta, egocéntrica, ya que la oración nos conecta con todos los demás que son también hijos de Dios, nos hace partícipes de su misma vida, por lo cual lo asumimos como tarea y responsabilidad propia, y nos sentimos lanzados a vivir en solidaridad y fraternidad con todos ellos pues sabemos que es Dios mismo, en esa oración comprometedora, el que está poniendo esas vidas en nuestras manos. Ciertamente, la oración tiene una compensación personal inmensa, pues es "el encuentro de dos corazones que se aman", a decir de Santa Teresa de Ávila, pero tiene un complemento comunitario que la hace tener un sentido agregado, que se añade al del encuentro íntimo, ya que en la oración del cristiano tiene cabida toda la realidad que él vive, y por eso en ella se hacen presentes también todos los hermanos y las circunstancias que cada uno de ellos vive.

Cuando Jesús invita a orar a los discípulos les pide, y en ellos nos pide a todos los cristianos, a que no gastemos muchas palabras: "Cuando recen, no usen muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No sean como ellos, pues su Padre sabe lo que les hace falta antes de que lo pidan". Nos invita a no pensar que a Dios le gusta nuestro palabrerío. Lo que a Dios le gusta es nuestro encuentro con Él en la intimidad y en el que damos cabida al silencio en el cual le ofrecemos la oportunidad de dirigirse a nosotros. El mucho hablar nuestro puede tener como consecuencia el impedir que Dios nos hable. Teniendo Él el deseo de entrar en contacto con nosotros, le obstaculizamos esa intención cuando llenamos todo el espacio nosotros con nuestras palabras muchas veces vanas. La oración es un intercambio y nosotros, lamentablemente, lo convertimos frecuentemente en un monólogo. En ella estamos presentes solo nosotros. Tenemos con frecuencia la tentación de colocar a Dios tan lejos de nosotros, incluso en nuestra oración, que ella se convierte casi en un encuentro con nosotros mismos. Decimos cosas que nos gustaría escuchar a nosotros, sin pensar en Dios. Es casi una representación teatral en la que solamente buscamos quedar bien. Así, la oración llega a ser simplemente una búsqueda de justificación y de satisfacción personal. Para que la oración sea transparente y fructífera debemos dejar de ser lo que queremos representar y ser nosotros mismos delante de Dios. Al fin y al cabo Él sabe bien lo que somos cada uno. Y lo sabe mejor que nosotros. Y para facilitarnos ese camino, Jesús mismo nos ofrece una oración que nos pone en el camino de lo que debe ser: "Ustedes oren así: 'Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal'”. Las dos palabras iniciales son la condensación de toda la oración. Dios es Padre y es nuestro, es decir, tiene que ver directamente con la vida de cada hombre, pues es la razón de la existencia de cada uno y de su subsistencia y posee como Padre una relación de amor con sus hijos que hace que el intercambio con Él sea totalmente entrañable. Podría decirse que esa relación es tan íntima como la que describe San Pablo, en la que entramos en contacto con Dios llamándolo Abbà, que es un diminutivo cariñoso hebreo (papá, papi, papaíto), que usa el niño con su padre. Y es nuestro, no solo mío, lo que nos lanza a la vida de la comunidad que quiere Jesús que vivamos con conciencia sólida.

En efecto, es interesante que Jesús no nos enseñe la oración con el singular de la primera persona, sino con el plural, siendo como es, una oración que nos invita a hacer en la intimidad del corazón. Existiendo cada uno de nosotros, sin duda, individualmente en la presencia de Dios y en su corazón, Él quiere que nuestra expresión, cada vez que nos dirigimos a Él, sea en la plena conciencia de que formamos parte de una gran comunidad que conformamos todos los que somos hijos suyos. No pedimos, por lo tanto, cosas para el disfrute personal, lo que nos puede llevar a encerrarnos en nosotros mismos, sino cosas para todos, lo que hace que nuestra conciencia de comunidad sea cada vez más sólida. En la oración del Padre nuestro no hay una sola vez una referencia a lo singular. Siempre es a lo plural. Las siete peticiones que se hacen son para todos, no para uno solo. Jesús quiere que nuestra oración esté siempre sustentada en lo único que le da solidez, que es el amor. No está sustentada en la conveniencia, en la búsqueda de prerrogativas, en la satisfacción personal y egoísta, en la huida del mundo, en la persecución de quedar en una bella figura delante de Dios. Nada de eso tiene sentido en la relación con Dios y más bien hace repugnante la oración dirigida a Él de esa manera. Solo el amor lo explica. Cuando Jesús nos enseña a orar quiere en primer lugar que vivamos el amor desde el cual vamos a hacer nuestra oración. Que sintamos el inmenso amor que Dios nos tiene, por lo cual lo llamamos con toda propiedad Padre. Que tengamos plena conciencia de que existimos por un gesto infinito de amor suyo y de que nos mantenemos en esta vida porque su providencia sigue estando siempre dirigida por ese inmenso amor hacia nosotros. De que nos ama con amor de Padre. Y que respondamos desde lo más profundo de nuestra convicción y de nuestro corazón también con amor. Un amor que nos conecta a Él como al niño con su papá, por lo cual se abandona en él y pone su absoluta confianza en sus manos, sabiendo claramente que su papá jamás le hará daño y siempre querrá lo mejor para él. Y un amor que debe estar siempre también conectado con los demás, porque es Padre nuestro, no solo mío, por lo que, al amarlos Dios con el mismo amor con el que me ama a mí, estoy yo también llamado a amarlos con el mismo corazón y con la misma intensidad. Jesús quiere que tengamos la perfecta vivencia del amor. Del que Dios me tiene a mí, del que yo le tengo a Él y del que yo le tengo a mis hermanos. El Padre nuestro es una oración que me llama a la plenitud. A no quedarme en las exigencias menores, sino en las mayores que me llaman a dar lo mejor de mí a Dios y a mis hermanos, para recibir de Él y de ellos lo mejor que me pueden dar, que es también su amor infinito.

martes, 3 de marzo de 2020

La oración me pone en contacto contigo y consolida mi amor por ti

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La oración es la forma necesaria de mantener un contacto frecuente con Dios. Así como el cuerpo necesita de la respiración para mantenerse con vida, así mismo el cristiano necesita de la oración para mantenerse vivo, alimentando su vida de gracia, es decir, la presencia de Dios en sí. Si ese contacto, además, está sondeado por el sentimiento más puro que podemos guardar, como lo es el amor, ya no solo es una necesidad sino que es la forma más hermosa de vivir ese sentimiento. Los enamorados buscan el contacto frecuente, no por un capricho superficial, sino porque sienten que de esa manera viven con mayor intensidad la felicidad que les proporciona su amor. Dios vive también con intensidad este contacto que los hombres tenemos con Él. Ciertamente, nuestro amor por Dios se consolida en el contacto íntimo con Él en la oración. No sucede esto con Dios, pues su amor por nosotros será siempre sólido e inmutable, como ya lo ha demostrado suficientemente. Pero como nuestro Padre, siente infinita satisfacción cuando buscamos tener contacto con Él, y aprovecha esos momentos para derramar con mayor abundancia ese amor en nuestros corazones. Es la consolación que sentimos cuando nos ponemos ante Él y mantenemos un diálogo de amor mutuo. Santa Teresa de Jesús, maestra de oración, afirmaba que la oración tenemos que verla como el encuentro de dos corazones que se aman, el mío y el de Dios. Está claro que el amor busca la cercanía. Los enamorados quieren verse, hablar, tocarse. Y no es solo una cercanía física, pues el amor trasciende lo material. La cercanía es afectiva, y por lo tanto, espiritual. Si fuera solo física estaríamos dejando al amor solo en el ámbito del hedonismo y de lo pasional, cuando ciertamente va mucho más allá. El amor se consolida en un contacto espiritual y quiere la cercanía, pero no vive solo del contacto físico. Si no fuera así no se explicaría la capacidad que tenemos de amar a un ser querido en su ausencia. Los ojos del amor no son los de nuestro rostro. Se ubican en el corazón y no necesitan de la carne para poder mirar. Ni el tiempo ni el espacio lo condicionan, pues el amor no tiene confines. En la oración vivimos esta realidad en toda su profundidad y en toda su verdad. Dios y yo vivimos y expresamos nuestro amor en esa intimidad de corazones.

Por supuesto, la oración nos exige actividad. No es pasiva. Nuestro espíritu se mueve hacia Dios. Y en la medida en que más lo hace, mejor lo hace. Es una práctica que se va haciendo mejor cuando la ejercemos. Vivir la oración nos exige esforzarnos. El diálogo de amor va siendo más vivencial y convincentemente amoroso en la misma medida en que lo experimento. No puede ser ejercitado solo en los momentos de conveniencia, pues entonces deja de ser amoroso. Acercarse a Dios solo cuando lo necesito no es justo. Evidentemente en esos momentos debo hacerlo con mayor razón, pues la necesidad lo exige. Pero debemos cuidar de que no se reduzca a una relación de conveniencia. Aunque sea así, aunque obtengamos los mayores beneficios de Dios en el contacto con Él, el mayor beneficio siempre será el de sentir su amor en nuestro corazón. Y eso se consigue solo en una relación espontánea, motivada solo por el querer sentir la compensación afectiva, que es infinita en una oración íntima y sabrosa. Dios siempre actuará en mí cuando me encuentro con Él. Jamás dejará de proporcionarnos un beneficio. Cuando el hombre ora, algo pasa en su interior. Misteriosa y portentosamente, Dios deja siempre algún efecto positivo en el corazón de quien se abandona en la oración. Así lo afirma el mismo Dios: "Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo". Ese encuentro con Dios será de alguna manera fructífero para quien se acerca a Dios. El primer beneficio será seguramente el de consolidar el amor que sentimos por Él y el de sentirnos cada vez más resguardados en su corazón amoroso y paternal. No existe compensación mayor que el de sabernos amados por Dios. Con esa convicción podemos siempre afrontar cualquier situación que se nos presente en nuestra vida cotidiana, pues "nada nos puede separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro". Esto nos hace sólidos e invencibles, pues el amor de Dios es todopoderoso. Resguardados en Él podemos afrontarlo todo. "Todo lo puedo en Aquel que me conforta". Solo podremos ser vencidos si nos ubicamos lejos de su amor y de su corazón.

Jesús, Señor y Maestro, respondió a la inquietud de sus discípulos. Necesitaban ese contacto con Dios para mantener y solidificar su experiencia de amor. Y les regaló, y nos regaló a todos, la mejor oración que podemos hacer. Si es buena la oración que hacemos nosotros, podemos imaginarnos lo buena que es si es el mismo Jesús su compositor. Con seguridad, de esa manera se dirigió Él mismo a su Padre Dios. Sabemos bien que Jesús fue un hombre de oración. Se retiraba con frecuencia y pasaba noches enteras en ese contacto de intimidad con Dios. Tan bueno fue su testimonio que los mismos apóstoles le rogaron que les enseñara a orar. Y surgió de ese corazón que se mantenía en constante contacto con Dios esta oración: "Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal". Es la oración de los hijos de Dios, en la que se asume la común filiación, la fraternidad global, la alabanza y glorificación de Dios, el abandono en su voluntad, la solicitud de su providencia y la necesidad de su perdón y de su apoyo para vencer en toda ocasión. Cuando en nuestra oración asumimos el Padrenuestro obtenemos la mayor de las riquezas, la mejor manera de comunicarnos con Dios. Y abrimos las puertas de nuestro corazón para que Él se comunique con nosotros. Al hacer nuestra esta oración, y dejarla surgir desde un corazón conquistado por el amor divino, Dios abre el suyo para dejar manar desde él su amor eterno e infinito y derramarlo en nuestros corazones. El Padrenuestro nos vacía de nosotros mismos y coloca a Dios en el lugar que le corresponde. Nos enriquece en nuestra experiencia espiritual, produce los mejores frutos en nosotros, y nos compromete a vivir para Él, para su amor y para el amor a nuestros hermanos.

miércoles, 9 de octubre de 2019

Quiero amarte, Padre, y amar a todos, como me amas Tú a mí

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Cuando nos hacemos conscientes de la existencia de un ser superior, de que nuestra existencia se ha dado gracias a un deseo expreso, voluntario y libérrimo de ese ser del cual hemos surgido, somos capaces de levantar nuestra mirada y comenzamos a tener el deseo de conocer a ese que es la fuente de todos los dones. Concluir que existe ese ser superior, al cual llamamos Dios, puede ser el fruto de un arranque de fe profunda, en el cual no se necesita de mayores argumentos. En ese caso, la docilidad es la marca expresa del creyente. Éste se caracteriza por tener una confianza extrema en ese Dios al que acepta no sólo como su creador, infinito en todo, sino que también lo acepta como el necesario, el que no puede dejar de estar, pues de su permanencia depende toda su propia existencia. Sin embargo, hay quienes necesitan que existan argumentos sólidos. Tienen una mente acuciante, que necesita del razonamiento para poder aceptar. Es un derecho que nos da el mismo Creador, pues nos ha hecho capaces de pensar, de argumentar, de construir conceptos. En esta búsqueda se han inscrito millones de hombres durante toda la historia. Su rastro lo podemos encontrar en los grandes pensadores griegos que concluyeron la necesidad de la existencia de "El Ser", al cual llamaron "Theòs", que era la causa final de todo, el motor inmóvil, el ordenador primero. Es lo que se conoce como Teología Natural, la que concluye en la necesidad de un Dios creador, sustentador, providente, absolutamente trascendente, que está por encima de todo lo que existe.

La relación con ese "Dios" es totalmente impersonal. Se trata solo de un reconocimiento expreso de la necesidad de su existencia, como de una relación causa-efecto. Mi existencia se debe a él, pero no me implica más allá pues es suficiente ese simple reconocimiento sin que ello me exija algo más. Es como saber que para poder encender la luz de mi habitación, debo simplemente dar al encendedor. Eso básicamente basta para tener luz, aunque yo esté claro que detrás de eso existe una cantidad de procesos necesarios que hacen posible que yo tenga luz en mi habitación. Sin embargo, el gesto extremo de ese Dios al que reconozco como necesario, me llevará a entender que Él quiere no solo un reconocimiento objetivo de su existencia y de su necesidad, sino que ha diseñado, en su sabiduría infinita, un plan para entrar en un contacto personal con su criatura predilecta. La autorevelación de Dios me aclara que Él no quiere ser simplemente reconocido y aceptado, sino que quiere estar implicado en la vida personal de cada uno. Por eso se da a conocer en facetas más íntimas, que van más allá de su poder, de su sabiduría, de su omnipresencia, y nos llevan a conocerlo en su corazón, en su amor, en su misericordia, en su condición de Padre cercano y providente.

Esto llega a su plenitud en la revelación que hace Dios de sí mismo en la persona de Jesús. "Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros". Dios no ha considerado suficiente el conocimiento al que podamos llegar los hombres con nuestra sola razón, sino que ha querido que ese conocimiento llegue al punto culminante, el que se da por el corazón. Jesús, en toda su obra redentora que descubre el íntimo amor de Dios, "es la imagen visible del Dios invisible". Un conocimiento solamente inteligente no es suficiente. La plenitud del conocimiento se da solo en lo afectivo. Quien no conoce a Dios por el amor que es, quien no ha sentido el amor de Dios en su corazón, no lo ha conocido realmente. Por eso, el verdadero conocimiento de Dios en su plenitud, racional y afectivamente, conecta al hombre completamente con su creador, y hará realmente imposible, para quien haya tenido esta experiencia profunda de amor, el que se pueda separar de Él. Haber sentido el amor de Dios, haberlo conocido en su amor por nosotros, nos conquista para toda la eternidad. Y es entonces cuando se da la verdadera necesidad de entrar en contacto con Aquel que sé que me ama y al que no puedo responder sino solo también con mi amor. Por eso los discípulos, al conocer a Jesús, y saber que Él ha venido a traernos concreta y efectivamente el amor de Dios, le imploran: "Señor, muéstranos al Padre".

Cuando uno ama y se sabe amado, busca mantener una relación cercana, afectiva, amorosa, con el amado. Los que se aman quieren estar unidos. El amor busca la cercanía, no sólo física, sino de corazones. De allí que la petición que hacen los apóstoles a Jesús tenga mucho sentido: "Señor, enséñanos a orar". La oración es el punto de encuentro culminante entre Dios y los hombres. No es posible una relación de amor con Dios sin la oración. La oración me satisface en el deseo de entrar en contacto con Dios, pero va más allá. Enardece mi corazón y hace que mi amor por Dios crezca, y me hace vivir más profundamente, en el dulce encuentro con Él, el amor que me tiene. "La oración es el encuentro de dos corazones que se aman", decía Santa Teresa de Ávila. Un cristiano que no ora, no está alimentando con lo más profundo que existe, su relación con Dios. Solo la oración le da sentido a su conciencia de criatura, necesitada y contingente, débil e indigente, y le hace vivir con la mayor intensidad, la causa final de su existencia, que es el amor que Dios le tiene y que hace que lo quiera tener siempre a su lado, junto a Él, ahora y por toda la eternidad, que es la meta a la que quiere dirigirlo.

Orar a Dios con las mismas palabras que Jesús enseña implica para el cristiano un compromiso serio y profundo. Lo debe hacer consciente de su filiación y de su hermandad. Lo llama a vivir en el mismo ámbito del amor que Dios le tiene y en el amor a los hermanos. No es, no puede ser, una simple repetición de una fórmula aprendida de memoria. Es hacerse cargo de todo lo que esta oración implica. Dios es mi Dios, pero es el Dios de todos. Dios quiere entrar en contacto conmigo, pero quiere entrar en contacto con todos. Y quiere que esa sea también mi actitud. No es "Padre mío". Es "Padre nuestro". Y a todos nos ama por igual. Yo debo tratar de tener su mismo corazón, que lo hace afirmar: "¿No voy a sentir la suerte de Nínive, la gran ciudad, que habitan más de ciento veinte mil hombres, que no distinguen la derecha de la izquierda, y gran cantidad de ganado?" Es el Padre que se ocupa de todos porque los ama a todos. Y me llama a mí a vivir ese mismo amor. Orar con el Padrenuestro me pone en contacto con el Dios que me ha creado porque me ha amado desde mi no-existencia, y me pone en contacto con mi hermano que es también hijo amado de Dios. Debo poder decir al Dios de amor: "Padre nuestro, que me amas y nos amas, hazme entrar en tu corazón para poder amarte infinitamente y para poder amar a todos como me amas Tú a mí".

martes, 11 de marzo de 2014

Es Padre, ¡y es nuestro!

La oración del Padrenuestro es la oración de los hijos que son hermanos... Sí. Es necesario decirlo así para que lo entendamos bien... En primer lugar, hijos de un Padre que nos ama, que nos ha creado por amor. Nuestra vida está íntimamente ligada a la de Él. Nos crea por un gesto de amor infinito, pues en realidad, los hombres no existimos por necesidad. Algunos nos creemos tan importantes que creemos que nuestra presencia en el mundo es esencial. No es así. Simplemente no es necesario que tú ni yo, ni nadie, ninguno de los hombres, exista... Existimos por una decisión absolutamente voluntaria y libre de nuestro Dios. Él es autosuficiente en sí mismo, por lo tanto, no necesita de nada para existir, ni para comprobar su existencia. Basta que Él mismo exista, que Él mismo corrobore su existencia, que Él mismo se ame, para que toda su vida tenga sentido pleno... Pero, en ese gesto libre, surgido de su impulso de amor infinito, crea todo lo que existe, y en el medio de todo coloca a la humanidad, como queriendo dejar clara su predilección. Nos amó antes que todo, por encima de todo, poniendo todo al servicio de los hombres... 

Apostó Dios por unos hijos que le fueran fieles, pero las cosas no fueron como fue su designio original. Su mismo amor le hizo la peor jugada de todas, pues aquél al que había amado tanto y al que su amor lo hizo crear totalmente libre para que se mantuviera por decisión propia junto a Él, sin coacciones ni obligaciones, decidió un camino diverso... Y se alejó de Él. Le fue infiel, y con eso atrajo la peor de las desgracias para sí mismo, con la natural decepción divina. La reacción primera hubiera sido la más natural: "Si no quieres estar conmigo, y ya que yo te creé para eso, simplemente no seguirás existiendo..." Punto... Pero Dios demuestra que no sólo es Todopoderoso, Infinito, Omnisciente, sino que tiene una cualidad que nos lo hace muy cercano: Es Padre. Y cualquier padre que ama de verdad -ya hemos visto que Dios lo hace por encima de cualquier amor que conozcamos-, da segundas, terceras y todas las oportunidades, tiene siempre la esperanza del cambio, guarda en lo mas íntimo la esperanza de que aquel al que ama, su hijo, se decida por un camino diverso al que lo lleva a su perdición. Por eso, una y otra vez lo llama, lo acoge, lo perdona, lo abraza, lo recibe en su casa... Al extremo de que, en el último bastión de su amor guarda la mejor de sus jugadas: La de la entrega de su único Hijo engendrado, no creado como nosotros... A los que nos hizo hijos, designa salvarlos con su Hijo único... Su amor por los hombres -y por extensión, el de su Hijo-, es tan grande, que es capaz de donarlo para rescatarlos... ¡Y lo hace!

Ese Padre no es sólo Creador. Es Sustentador y Providente, pues no dejó al hombre a su suerte en el mundo, sino que proveyó todo lo que necesitaba para tener una existencia holgada. Y fue más allá, pues se convirtió en un amor Redentor, de Satisfacción, dando al pecado solución con la propia vida de su Hijo... No existe amor mayor: "Nadie ama tanto como el que da la vida por sus amigos". Es lo que hace Jesús...

Pero el amor del Padre no es para seres individuales. Más aún la creación misma no lo fue así tampoco. "No es bueno que el hombre esté solo", sentenció Dios mismo en la creación. "Hagámosle un apoyo adecuado"... Los hombres hemos sido creados seres comunitarios esencialmente. Cuando rezamos el Padrenuestro lo afirmamos rotundamente. Somos hermanos por esencia. La oración, de no ser así, hubiera sido enseñada por Jesús: "Padre mío, que estás en el cielo". Y no fue así. Es Padre Nuestro. Tuyo, mío y de todos. Por eso nuestra naturaleza jamás será completa si no la asumimos en solidaridad con todos... No somos seres aislados unos de otros, no somos individuos. Somos comunidad. Y la suerte de uno solo es la suerte de todos. Si uno ríe, todos estamos felices con él. Si uno sufre, todos lloramos con él. Si uno necesita, todos debemos aportar para auxiliarlo... Si esto no lo vivimos así, no tiene sentido que oremos con el Padrenuestro como lo hacemos. Deberíamos quietar el "nuestro" y exacerbar nuestro egoísmo diciendo "mío"...

El rezar el Padrenuestro con una conciencia enferma, en la que de ninguna manera nos sentimos hermanos unos de otros, lo hace ineficaz... Las peticiones que en él hacemos no tienen sentido, si en la base estamos colocando una falsedad. No sentirnos hermanos es el peor daño que nos hacemos nosotros mismos, pues hacemos de las peticiones del Padrenuestro falsedades, al colocarlas sobre bases falsas... Por no sentirnos hermanos, como en realidad somos, hace que el mundo sea un sitio desagradable, en el que imperan los odios, las reticencias, las suspicacias, los rencores. Llegamos al extremo de querer eliminar al otro y por ello, las muertes, las heridas, las esclavitudes, las torturas... Por eso las carreras armamentistas. Por eso colocamos la ideología por encima de lo verdaderamente humano... No es posible que no hagamos real la oración del Padrenuestro desde su primera frase.  Tenemos que esforzarnos por sentir a nuestro Dios verdadero Padre, y a los demás hombres verdaderos hermanos. Sólo así la vida tendrá sentido y estaremos recibiendo del amor del Padre todo lo que le pedimos en la oración...

Esa oración, que es la enseñanza directa de Jesús, debe producir el efecto que toda palabra salida de su boca produce: "Mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo". Él mismo es la Palabra que pronuncia Dios sobre la humanidad, para hacernos a todos hermanos. Y quiere producir el efecto de hacernos verdaderos hijos de Dios y verdaderos hermanos entre nosotros. Que nuestro corazón se ponga en esa misma línea. Que queramos ser hijos del Padre y hermanos de todos...