sábado, 15 de marzo de 2014

Perdonar, pero luchar contra el mal

Nunca está de más insistir en lo bueno. No lo hizo Jesús. Mucho menos, sus discípulos, los enviados por él al mundo a predicar su mensaje, podemos hacerlo. Si Jesús insistió una y otra vez en la necesidad de amar a todos, y puso el acento particularmente en demostrar al mundo que no estamos llamados a amar "normalmente" sino heroicamente, no podemos nosotros dejar de gritarlo a los cuatro vientos... El amor fue y sigue siendo el mensaje principal de Jesús, pues esa era su misión. No se entendería todo lo que hizo si se saca de este contexto. Por amor se hizo hombre. Por amor asumió toda nuestra realidad humana sin dejarse nada por fuera, sólo el pecado. Por amor hizo discursos maravillosos invitando a todos a vivir como hermanos y con la máxima entrega por los demás, especialmente por los que más necesitan. Por amor realizó portentos asombrosos en medio de los hombres, para curarlos, auxiliarlos en sus necesidades, perdonarles los pecados, hasta devolverles la vida... Por amor hizo la entrega póstuma de su propia vida, perdonando incluso a quienes lo estaban asesinando, y pidiéndole al Padre, llegando al extremo del amor, que no les tuviera en cuenta ese pecado... Por amor a los hombres venció a la muerte con su resurrección gloriosa, de modo que quedara bien claro que el amor no podía ser vencido jamás ni por la muerte, ni por el envilecimiento de los malos, ni por la indiferencia de los "buenos", ni por la oscuridad. El mal, aparentando haber tenido un momento de gloria, fue definitivamente y para siempre derrotado por el amor... Esta es la verdad del mensaje de Cristo, que no puede ser ni ocultado ni ignorado. Somos altavoces de ese mensaje...

Por eso, este mensaje de Jesús no puede ser jamás silenciado. Seríamos traidores de Jesús. Y si queremos ser beneficiarios de ese mismo amor, debemos ser fieles a él... En el mensaje central de Jesús está la exigencia mayor del amor, como Él mismo lo vivió: "Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos". Es un mensaje englobante, que se resume en que Dios hace salir su sol sobre todos, buenos y malos... Pero en ese mensaje no debemos quedarnos sólo con lo extraordinario de la exigencia, que es alta y debemos cumplirla, sino en el reconocimiento expreso que hace Jesús: El mal existe, existen los malos, hay quienes nos consideran sus enemigos y nos persiguen... Es a ellos a los que debemos amar y perdonar. Pero Cristo no nos pide que nos hagamos la vista gorda ante el mal que hacen los malos, ante la injusticia de la persecución, ante el daño y la muerte que la maldad siembra en el mundo... Eso sería la exigencia de un dios que aplaudiría el mal, y ese no es nuestro Dios...

Para saber bien cuál debe ser nuestra actuación, debemos fijarnos en el ejemplo que nos da el mismo Jesús. Una cosa es que perdonemos y amemos y otra muy distinta es que aceptemos el mal. En el encuentro de Jesús con la mujer adúltera, tenemos el prototipo perfecto de cómo debemos actuar. Esa mujer, ciertamente, estaba cometiendo pecado, una acción mala. Y fue presentada a Jesús para que aprobara su muerte a pedradas... La frase final nos da la clave: "Yo tampoco te condeno. Vete y no peques más". Jesús condena el pecado, el mal que se estaba cometiendo, pero jamás condena al pecador. La persona es susceptible del perdón, no la mala acción... Lo malo siempre es rechazable... Así lo dejó entender cuando expulsa a los mercaderes del templo. No tuvo contemplación alguna con lo que se estaba cometiendo contra el sitio sagrado de Dios... Y los nuevos templos de Dios somos los hombres. Desde nuestro bautismo somos sitios sagrados en los cuales Dios habita, somos templos suyos. Por eso, Jesús estaría dispuesto a expulsar, incluso a la fuerza, todo lo que quisiera hacernos daño... Él mismo le reclamó al soldado cuando lo golpeó en la mejilla, pues consideró que era injusto lo que le había hecho. No se quedó callado ante la injusticia y por el contrario se rebeló ante ella y se opuso al ofensor... En ninguna de estas acciones de Cristo quedó en entredicho el amor y el perdón que Él promovía, sino que lo colocó en el justo lugar. El perdón no acepta la injusticia. La denuncia y la pone en evidencia, y lucha para que no se cometa más...

Se equivocan de plano quienes creen que el perdón cristiano es una llamada a ser tontos, a dejarse avasallar por el mal, a quedarse de brazos cruzados ante lo malo que sucede alrededor. Jamás ese ha sido el mensaje de Jesús. Quien así lo ha entendido no ha entendido nada de lo comprometedor que es el amor. El amor procura y promueve el bien. Y así mismo se opone al mal, decidida y valientemente. En el mensaje de Jesús está la llamada a ser mansos como las palomas, pero también astutos como las serpientes. No a quedarnos callados y a dejar pasar el mal como si no hubiera pasado nada. Él mismo no lo hizo. Y nos pide a todos, con su conducta y con su ejemplo, que hagamos lo mismo. De lo contrario, el mundo no podrá nunca ser mejor. El silencio ante lo malo no es perdón, es complicidad. Y lo menos que quiere Jesús es complicidad ante el mal... Él quiere que procuremos el bien, y eso significa también oponerse decididamente al mal. Tenemos que hacerlo...

El Papa Francisco, en una de sus recientes intervenciones nos lo dijo claro: Jesús quiere que seamos como corderos, pero no tontos. En el cristiano, el mundo debe encontrar a los primeros que están dispuestos a perdonar y a amar. No hay duda de eso. Y esto no excluye que ese mismo mundo quiere vivir el bien y sacar el mal de su interior. Los principales promotores de esta cruzada en favor del bien y en contra del mal somos los cristianos. Y debemos hacerlo por amor al mundo, asumiendo responsablemente el compromiso que nos trae amar y ser de Jesús y de los hermanos. Nunca estaremos cumpliendo bien nuestra misión, la que nos encomienda el mismo Jesús, si no lo entendemos y hacemos así...

viernes, 14 de marzo de 2014

La eternidad ya empezó

Los hombres, la verdad, aunque pensamos en nuestra eternidad frecuentemente, damos por sentado que está muy lejana. La tenemos en la mente, pero no profundizamos en ella con la seriedad que amerita. Sabemos cuáles son las condiciones que se nos exigen para entrar en la felicidad eterna, pero no nos desvivimos por cumplirlas. "Ya llegará el tiempo en que me tenga que ocupar de eso..." Lo cierto es que el tiempo que vivimos es parte de esa eternidad. La eternidad no es futura, sino que ya es el presente, ya la estamos viviendo, ya estamos sembrando lo que será la cosecha de aquello que viviremos inmutablemente a partir del momento en que muramos...

La eternidad, en efecto, no es sueño, no es añoranza, no es fatalidad futura... Es realidad. En primer lugar, porque Dios nos los ha dicho. Hemos sido creados para la eternidad, no para "desaparecer" con la realidad tangible. La Palabra de Dios nos asegura la existencia de un cielo en el Él que habita naturalmente, al que estamos destinados todos. Sí. Todos. Porque es lo que Dios quiere y así ha diseñado la realidad para que se dé según su voluntad. Pero en ese plan suyo está el componente de la libertad humana que condiciona absolutamente el cumplimiento perfecto del plan de Dios. Y es que Dios, porque ama, deja libre. Deja en las manos del hombre hacerse acreedor de ese beneficio mayor, que es la salvación... Dios nos ama tanto que no nos "obliga" a salvarnos... "Dios quiere que todos los hombres se salven..." No dice Pablo: "Dios quiere salvar a todos los hombres..." Lo deja al libre arbitrio del hombre, aun cuando Él es el que hace la oferta y sabe qué es lo mejor para el hombre... Dios no quiere robots en su equipo. Quiere hombres libres que hagan lo posible por hacerse dignos de la salvación. Porque así actúa el amor. El amor no es destructor de la libertad, sino su máximo promotor, aun cuando corra el riesgo de perder al amado...

Por eso, en este inicio de la eternidad que vivimos es tan importante no sólo tener presente ese futuro, sino saber que ya estamos construyéndolo. Saber que cada una de las acciones, pensamientos, intenciones, actitudes, conductas, que vivamos hoy, son una semilla que cosecharemos. Es una acción de la que nos arrepentiremos o de la que nos sentiremos orgullosos y felices."Si el malvado se convierte de los pecados cometidos y guarda mis preceptos, practica el derecho y la justicia, ciertamente vivirá y no morirá. No se le tendrán en cuenta los delitos que cometió, por la justicia que hizo, vivirá". Vivirá... Esa vida que se tendrá por ser justo se refiere a esa eternidad de la que hablamos. No se trata de la actual solamente, aunque las injusticias cometidas también repercutan en el hoy y probablemente tengan su escarmiento en la ley civil... Oponerse al plan de Dios tiene consecuencias fatales en lo actual y en lo futuro. Pero ponerse en su línea las tiene también, pero felices y compensadoras...

Por eso es que no podemos "ir tan campantes" por nuestra realidad actual. Tenemos que saber que el Señor reserva para nosotros lo mejor, pero que tenemos que demostrar con nuestras acciones que lo queremos para nosotros. No se trata de ser sólo buenos, sino de apuntar a ser perfectos. No se trata de cumplir los mínimos necesarios, sino de querer ser los primeros en el camino que nos indica Dios... Se trata de ser delicados con nosotros mismos, de modo que procuremos ser los primeros en el amor a Dios, a su voluntad, a sus mandamientos, y los primeros en el amor al prójimo en la procura de los mejores bienes para ellos, en la compasión por los más necesitados y humildes, en la defensa de sus derechos. Esto nos lo pide Jesús, pues quiere que vayamos adelante en la perfección... "Ustedes han oído que se dijo a los antiguos: "No matarás", y el que mate será procesado. Pero yo les digo: Todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano "imbécil", tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama "renegado", merece la condena del fuego..." La delicadeza de espíritu es necesaria para la salvación. Si al caso vamos, Jesús nos pide no sólo que evitemos el mal, sino que apuntemos a hacer el bien a todos. El mandamiento de Dios no es sólo prohibitivo, sino también asertivo. Nos invita a lo mejor, no a evitar lo peor solamente...

Por eso Jesús nos dice: "Si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda". Es la búsqueda de lo que hace buenas relaciones lo que hay que hacer. Delante de Dios no seremos dignos de estar, si antes no hemos sido dignos de estar delante de los hermanos. No podemos pretender alcanzar a Dios si hemos excluido a los hermanos de nuestro corazón. El mejor lazo para "amarrar" a Dios es el de los hermanos...Mientras no nos convenzamos de esto, estaremos dando palos de ciego en el camino de la eternidad...

Nuestro camino es camino de eternidad, iniciado aquí y ahora. Esa eternidad está ya presente, ya la estamos recorriendo. Por eso, tomémosla en serio. No la dejemos a un lado, como queriendo ignorarla con la escondida intención de alejarla de nosotros y que no nos cuestione... Es la realidad más cierta que podemos tener a la vista. Nuestra conducta la gana o la pierde, la hace feliz o trágica... "Cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá". Pero si no lo hacemos, sucede lo contrario... "Si el justo se aparta de su justicia y comete maldad, imitando las abominaciones del malvado, ¿vivirá acaso?; no se tendrá en cuenta la justicia que hizo: por la iniquidad que perpetró y por el pecado que cometió, morirá"... Son las dos caras de la moneda de la eternidad... A eso nos exponemos cuando no tomamos en serio que ya estamos viviendo la eternidad. No lo arriesguemos...

jueves, 13 de marzo de 2014

Dios es más poderoso que cualquier fuerza

Dios quiere que le pidamos lo que necesitamos. No por una especie de deseo de "control" sobre nosotros, en el que Dios demuestre con algo así como soberbia que es superior, que dependemos de Él, que sin Él no podemos tener absolutamente nada... Aun siendo ciertas esas últimas afirmaciones, es falso que en Dios pueda haber alguna intención de dominio o de demostración de superioridad... En primer lugar, porque Dios no necesita de eso. Él es superior, y punto. No necesita demostrarlo pues todo lo que existe surge de su mano creadora y amorosa y, por si fuera poco, todo permanece por una expresa voluntad suya. De no ser así, nada de lo que existe, seguiría existiendo, ni siquiera el hombre, aun con todas las capacidades que Él miso le donó... En segundo lugar, porque la motivación de Dios no es rastrera, como la que sí pudiera haber en nosotros. A Dios lo mueve un sentimiento superior, que es el amor, su misma esencia. Nada de lo que hace Dio queda fuera de su amor pues, al ser el amor su esencia, todo movimiento suyo queda marcado por su origen... Dios quiere que le pidamos porque nos ama. Y como todo ser que ama a alguien, se desvive por procurar el bien para el amado.

Jesús nos enseña a recurrir a Dios en nuestras necesidades no porque quiera que estemos atados a Dios, en una especie de simbiosis vital, sin la cual no tendríamos nosotros mismos la vida, aunque exista algo de eso. Quiere que lo hagamos porque sabe lo que motiva a Dios a escucharnos, que es su amor por nosotros, y porque sabe que nosotros somos necesitados y que es Dios la única fuente de la cual obtenemos los mayores beneficios... La invitación de Jesús tiene sentido: "Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre". Los hombres necesitamos tener conciencia clara respecto al origen de nuestros beneficios mayores. Debemos deslastrarnos de una idea perjudicial en la que nos creemos autosuficientes, aun cuando creamos en Dios, y por ello recurrimos a Dios sólo en la ocasión en la que estamos "con el agua al cuello". El dicho popular que reza "Se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena", no deja de ser real... Reservamos a Dios sólo para los momentos extraordinarios, cuando lo hemos probado todo y ya sabemos que nosotros solos no podemos...

Es cierto que Dios nos ha dotado con capacidades específicas que hacen que tengamos la posibilidad de hacer muchas cosas. Es cierto que en el origen de nuestra existencia está el deseo de Dios de hacernos libres, en el sentido. incluso, de procurarnos el bien que necesitamos por nuestro propio esfuerzo: "Ganarás el pan con el sudor de tu frente". Pero es también cierto que esto no fue una declaración de absoluta autonomía que Dios hacía en favor nuestro, pues no es así. Lo deja claro San Pablo cuando dice: "Todas las cosas son de ustedes, ustedes son de Cristo y Cristo es de Dios". Esa suprema autonomía es una pretensión absurda... Dios no quiere jamás que nos desprendamos de Él, porque nos ama. Como todo el que ama quiere tener al amado junto a sí, no de manera despótica, sino entrañable. Es en el hombre que debe darse esa conciencia de necesidad, primero, por el amor de respuesta que debe haber. Saberse amado es querer dar respuesta a ese amor. Y, segundo, por saber que se es indigente fuera de Dios. Él es la fuente de todo bien...

Ante Dios, por lo tanto, debe haber una conciencia humilde de amor y de entrega. Es  necesario dejarse amar, dejando a un lado todo lo que pueda apartarnos de esa línea. Y al estar unidos en el amor a Dios, recurrir a Él en todo. Dios puede ser el invitado perenne de nuestras vidas, pues Él mismo quiere serlo. Y por eso se ofrece. La promesa de ser escuchados en la oración, de ser auxiliados en nuestras necesidades, se dará, más que porque Dios es poderoso, porque Dios nos ama... Quien ama, jamás negará lo que realmente necesita el amado, si está en sus manos poder procurarlo. ¡Y Dios ama y es todopoderoso! Todo está a favor de nosotros. Basta que tengamos esta conciencia, que seamos humildes, y que tengamos confianza en el amor y en el poder de Dios...

Es lo que tuvo la Reina Esther. Lo vivió con intensidad, sabiendo que toda su vida estaba en las manos de Dios. Que sólo Él podría procurar el triunfo sobre un enemigo superior, porque era todopoderoso. Y que, por haber elegido desde antiguo a su pueblo por amor, no podía dejar de responderle afirmativamente a su solicitud: "A nosotros, líbranos con tu mano; y a mí, que no tengo otro auxilio fuera de ti, protégeme tú, Señor, que lo sabes todo". En el reconocimiento de que el único auxilio era el de Dios, estuvo la clave para la victoria. Es lo que debemos hacer todos. Saber que no tenemos otro dios fuera del Padre Creador, que Él nos ha creado en el ámbito de su esencia de amor, que nos sostiene en ese ámbito, y que no deja de ser consciente de nuestra absoluta indigencia que tiene su solución sólo en el recurso a Él...

Recurramos a Dios en nuestra necesidad. Sepamos que Él saldrá en nuestro auxilio. Cuando nuestro enemigo es poderoso y es superior, sólo Dios podrá estar por encima de él, con su amor infinito y su poder sin límites. Pidamos con confianza y humildad ante el Señor en la hora de enfrentarnos a las fuerzas del mal que quieran oprimirnos. Digámosle al Señor: "En la hora aciaga, en la que aparentemente el mal está ganando, sólo Tú eres el poderoso por encima de todo. Ven a nosotros, Señor, y demuestra tu amor y tu poder por tu pueblo que sufre. Sólo en Ti podemos obtener la victoria sobre quien quiere destruirnos..."

miércoles, 12 de marzo de 2014

Sería bueno escuchar a Dios

Dios es el Dios de las oportunidades. Si no fuera así, ya todo lo creado hubiera dejado de existir... Por un decreto amoroso suyo existe todo lo creado, y en medio de todo, el hombre. Su plan para la creación es que todo estuviera a sus pies, no sometido, sino viviendo la felicidad que sólo en Él se encuentra. Colocó en el hombre el deseo de lo infinito, de modo que sólo lo infinito satisficiera sus ansias. Eso significa que sólo Dios sería esa satisfacción, por cuanto Él es el único infinito. Es plan establecía que el hombre se mantuviera siempre "bebiendo" de la fuente de la compensación plena para que pudiera vivir en esa plenitud para la que fue creado... En su designio amoroso, la meta final de la creación es el estar en la presencia eterna del Dios del Amor, en la armonía absoluta, en la paz sin obstáculos, en la justicia sin fin, en la vivencia sin declive del amor, eternamente... Era un plan perfecto, por cuanto fue diseñado todo para el bien de lo creado. Dios no necesita de un plan para ser feliz, pues Él es la Felicidad máxima. Todo en Él es armonía y paz. Su vivencia "natural" es la del amor eterno...

El hombre, en su ofuscamiento, destruyó la perfección de ese plan. Se dejó cortejar y conquistar por las ideas de la tentación absurda de ser como Dios, y esa fue su perdición... Es imposible ser como Dios, pues "no cabe" otro ser similar en medio de todo lo que existe. Una de las características propias de Dios es la de la Unidad. Dios es Uno, y no hay uno más como Él. No puede haberlo. Una condición para reconocer a Dios como existente es que es uno solo, y que no hay otro. Más aún, reconocer que es imposible que exista otro más, pues es metafísicamente imposible. No pueden haber dos creadores, dos sustentadores, dos jueces, dos amores, dos compasiones... O es uno solo, o no es ninguno. El absurdo del hombre es que creyó posible que así fuera, queriendo él erigirse en "el segundo dios". Y lo intentó realmente. "Serán como Dios", le dijo la serpiente, y él se fue por ese barranco...

Desde ese momento, la tentación es continua. Los hombres pretendemos hacernos dioses, desechando la idea y la existencia del único Dios. Y cuando no nos hacemos a nosotros mismos dioses, cometemos una torpeza mayor, haciendo dioses de las coas que son creadas, incluso de aquellas que son inferiores a nosotros. Por eso, idolatramos las riquezas, nos rendimos ante el poder, servimos al placer... Es la historia más absurda de la propia destrucción. En lo más íntimo sabemos que la felicidad está en otra ruta, pero nos empeñamos en seguir probando otras diversas en las cuales nos embotellamos y nos frustramos...

Pero, hemos dicho que Dios es el Dios de las oportunidades. Sabiendo lo insistentes que somos, Él se lo hace aún más... Insiste una y otra vez en darnos oportunidades, porque así es el amor. El amor insiste e insiste. El amor no se cansa. El amor es terco en el bien. Y Dios, que es el Amor, es el prototipo del amor terco... Y por eso abre nuevas rutas siempre, ofrece nuevas ocasiones de conversión. Sabe que en algún momento un corazón dócil se deberá rendir ante tantas evidencias de querer sólo el bien para el hombre. En Jesús abrió la ruta más expedita para que nos llegara rauda la oportunidad mejor... "Que se convierta cada cual de su mala vida y de la violencia de sus manos; quizá se arrepienta, se compadezca Dios, quizá cese el incendio de su ira, y no pereceremos", dice a Nínive a través de Jonás...

Vale la pena escuchar a Dios. Escucharlo es retomar el camino de la plenitud, es retornar a la casa que hemos abandonado, es recuperar todos los bienes que Dios nos da con su amor y su providencia, es poder de nuevo estar a sus pies recibiendo todos los beneficios y la compensaciones, es sentir que ese es el sitio del cual no hemos debido salir jamás, es convencerse de que no existe mejor lugar que el corazón de Dios que se derrama en amor y ternura hacia el hombre, es alcanzar el punto en el cual todos somos realmente hermanos y vivimos en paz y justicia... No escucharlo es atraer la desgracia del vacío total, es quedarse con nada pues Dios lo es todo, es dejarse llevar por los afectos negativos hacia los demás, es establecer siempre una competencia angustiante con los que pretenden ser también "dioses", es dejarse esclavizar por la criatura inferior, es llenarse de insatisfacción pues en las cosas jamas tendremos la plenitud anhelada... No convertirse al Amor es la tragedia que podemos vivir. Con ello, abrimos la puerta a la destrucción del hermano, al odio asesino, al establecimiento de un régimen de fuerza en el que sólo el poderoso tendrá opciones, al empeño de esclavizar a los débiles para que nos sirvan de apoyo en nuestras tropelías... Es la humillación de la humanidad. Es la destrucción de todo lo bueno que Dios quiere para el jo¡¡hombre y para toda la creación...

El signo de que eso es lo que Dios quiere es Jesús. Es el que ya dio a los hombres en Jonás, recluido por tres días en el vientre del pez gigante, como después Jesús estuvo escondido en la oscuridad del sepulcro. La tierra lo había engullido, pero no fue lo suficientemente poderosa para retenerlo allí. Como el pez vomitó a Jonás, la tierra dejó salir a la Vida, al Amor, a la Salvación, a la Esperanza, a la Paz, a la Justicia... Jesús resurgió de esa oscuridad para ser la Luz de las Naciones, su Paz y su Justicia... Ese signo es el que hemos recibido todos. Debemos entender que es el signo que nos dice que Dios sigue dándonos oportunidades para ser felices en su plenitud, en esa plenitud que sólo Él nos puede dar... Es la manera de asegurar que el plan llegue a buen término. Que todos podamos llegar a vivir eternamente en ese amor que es el de Dios y que Él quiere que sea nuestro...

martes, 11 de marzo de 2014

Es Padre, ¡y es nuestro!

La oración del Padrenuestro es la oración de los hijos que son hermanos... Sí. Es necesario decirlo así para que lo entendamos bien... En primer lugar, hijos de un Padre que nos ama, que nos ha creado por amor. Nuestra vida está íntimamente ligada a la de Él. Nos crea por un gesto de amor infinito, pues en realidad, los hombres no existimos por necesidad. Algunos nos creemos tan importantes que creemos que nuestra presencia en el mundo es esencial. No es así. Simplemente no es necesario que tú ni yo, ni nadie, ninguno de los hombres, exista... Existimos por una decisión absolutamente voluntaria y libre de nuestro Dios. Él es autosuficiente en sí mismo, por lo tanto, no necesita de nada para existir, ni para comprobar su existencia. Basta que Él mismo exista, que Él mismo corrobore su existencia, que Él mismo se ame, para que toda su vida tenga sentido pleno... Pero, en ese gesto libre, surgido de su impulso de amor infinito, crea todo lo que existe, y en el medio de todo coloca a la humanidad, como queriendo dejar clara su predilección. Nos amó antes que todo, por encima de todo, poniendo todo al servicio de los hombres... 

Apostó Dios por unos hijos que le fueran fieles, pero las cosas no fueron como fue su designio original. Su mismo amor le hizo la peor jugada de todas, pues aquél al que había amado tanto y al que su amor lo hizo crear totalmente libre para que se mantuviera por decisión propia junto a Él, sin coacciones ni obligaciones, decidió un camino diverso... Y se alejó de Él. Le fue infiel, y con eso atrajo la peor de las desgracias para sí mismo, con la natural decepción divina. La reacción primera hubiera sido la más natural: "Si no quieres estar conmigo, y ya que yo te creé para eso, simplemente no seguirás existiendo..." Punto... Pero Dios demuestra que no sólo es Todopoderoso, Infinito, Omnisciente, sino que tiene una cualidad que nos lo hace muy cercano: Es Padre. Y cualquier padre que ama de verdad -ya hemos visto que Dios lo hace por encima de cualquier amor que conozcamos-, da segundas, terceras y todas las oportunidades, tiene siempre la esperanza del cambio, guarda en lo mas íntimo la esperanza de que aquel al que ama, su hijo, se decida por un camino diverso al que lo lleva a su perdición. Por eso, una y otra vez lo llama, lo acoge, lo perdona, lo abraza, lo recibe en su casa... Al extremo de que, en el último bastión de su amor guarda la mejor de sus jugadas: La de la entrega de su único Hijo engendrado, no creado como nosotros... A los que nos hizo hijos, designa salvarlos con su Hijo único... Su amor por los hombres -y por extensión, el de su Hijo-, es tan grande, que es capaz de donarlo para rescatarlos... ¡Y lo hace!

Ese Padre no es sólo Creador. Es Sustentador y Providente, pues no dejó al hombre a su suerte en el mundo, sino que proveyó todo lo que necesitaba para tener una existencia holgada. Y fue más allá, pues se convirtió en un amor Redentor, de Satisfacción, dando al pecado solución con la propia vida de su Hijo... No existe amor mayor: "Nadie ama tanto como el que da la vida por sus amigos". Es lo que hace Jesús...

Pero el amor del Padre no es para seres individuales. Más aún la creación misma no lo fue así tampoco. "No es bueno que el hombre esté solo", sentenció Dios mismo en la creación. "Hagámosle un apoyo adecuado"... Los hombres hemos sido creados seres comunitarios esencialmente. Cuando rezamos el Padrenuestro lo afirmamos rotundamente. Somos hermanos por esencia. La oración, de no ser así, hubiera sido enseñada por Jesús: "Padre mío, que estás en el cielo". Y no fue así. Es Padre Nuestro. Tuyo, mío y de todos. Por eso nuestra naturaleza jamás será completa si no la asumimos en solidaridad con todos... No somos seres aislados unos de otros, no somos individuos. Somos comunidad. Y la suerte de uno solo es la suerte de todos. Si uno ríe, todos estamos felices con él. Si uno sufre, todos lloramos con él. Si uno necesita, todos debemos aportar para auxiliarlo... Si esto no lo vivimos así, no tiene sentido que oremos con el Padrenuestro como lo hacemos. Deberíamos quietar el "nuestro" y exacerbar nuestro egoísmo diciendo "mío"...

El rezar el Padrenuestro con una conciencia enferma, en la que de ninguna manera nos sentimos hermanos unos de otros, lo hace ineficaz... Las peticiones que en él hacemos no tienen sentido, si en la base estamos colocando una falsedad. No sentirnos hermanos es el peor daño que nos hacemos nosotros mismos, pues hacemos de las peticiones del Padrenuestro falsedades, al colocarlas sobre bases falsas... Por no sentirnos hermanos, como en realidad somos, hace que el mundo sea un sitio desagradable, en el que imperan los odios, las reticencias, las suspicacias, los rencores. Llegamos al extremo de querer eliminar al otro y por ello, las muertes, las heridas, las esclavitudes, las torturas... Por eso las carreras armamentistas. Por eso colocamos la ideología por encima de lo verdaderamente humano... No es posible que no hagamos real la oración del Padrenuestro desde su primera frase.  Tenemos que esforzarnos por sentir a nuestro Dios verdadero Padre, y a los demás hombres verdaderos hermanos. Sólo así la vida tendrá sentido y estaremos recibiendo del amor del Padre todo lo que le pedimos en la oración...

Esa oración, que es la enseñanza directa de Jesús, debe producir el efecto que toda palabra salida de su boca produce: "Mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo". Él mismo es la Palabra que pronuncia Dios sobre la humanidad, para hacernos a todos hermanos. Y quiere producir el efecto de hacernos verdaderos hijos de Dios y verdaderos hermanos entre nosotros. Que nuestro corazón se ponga en esa misma línea. Que queramos ser hijos del Padre y hermanos de todos...

lunes, 10 de marzo de 2014

O vivimos el amor o moriremos eternamente

Nunca se hablará lo suficiente de este tema... Ni siquiera Dios ha dejado de hacerlo. El tema del amor es esencial en la vivencia de la fe. Sin amor, la fe no tiene su sustento más sólido. Se convertiría en una simple acumulación de verdades que forman un cuerpo doctrinal muy sólido y verdadero, pero que no bajaría del cerebro al corazón y no implicaría a la vida personal. Por lo tanto, no sería atractivo ni entrañable. Vacío total... Sin amor, sería absurdo tener esperanza en la vida eterna... ¿Qué se esperaría? ¿Para qué esforzarse? Tendríamos la meta a la vista, por cuanto por la fe sabríamos cuál es -la vida en Dios-, pero no sabríamos encontrarle el sentido a estar eternamente con alguien simplemente acompañándolo para que "no esté solo"...

Sin amor, el tema de la fraternidad sería un simple estar juntos pero sin un vínculo de unión que nos haga sentirnos comprometidos. Seríamos un número más en una suma poblacional. Una estadística en la que se sabría cuántos nacen, cuántos mueren, cuántos consumen, cuántos se enferman, cuantos trabajan, cuántos están desempleados... Y poco más, pues faltaría la "salsa" que nos haría entrar en relación más íntima y profunda, que es el amor. Serían relaciones de simple "utilidad". Me relaciono con el otro en cuanto me sirve a mi propósito y me ayuda a llegar a una finalidad. El otro no sería visto en una relación personal sino absolutamente utilitarista... Si me sirve para procurarme placer, bienvenido. Cuando ya no me cause placer, adiós... Cuando lo puedo usar como base para alcanzar o sostenerme en el poder, bienvenido. Cuando ya no es necesario para obtener cuotas de poder, adiós... Cuando pueda ser un factor importante parta aumentar mi fasto, mis propiedades, mis riquezas, bienvenido... Cuando ya no lo puedo exprimir más para aumentar mis posesiones, adiós... El adiós es "ya no te necesito". Una relación que no tiene absolutamente ningún espacio para el amor, para el sentimiento, para el afecto...

Dios no quiere esto para el hombre. Desde el mismo principio, al crear al hombre "a su imagen y semejanza", colocó en él lo más valioso que Él mismo poseía: la capacidad de amar. En su infinita intimidad, en esa esencia misteriosa que es Él mismo en su Santísima Trinidad, lo único que vivía Dios era el amor. No había otra cosa. Antes de la Creación del mundo y del hombre, existía sólo Él. Y en Él había lo que es su esencia, el amor. Dios "se amaba" a sí mismo con plenitud inimaginable. No pensemos en ese amor al estilo humano. No era narcisismo lo que había en Dios. Era amor puro y pleno. Cada una de las Personas de la Santísima Trinidad amaba a la otra infinitamente. Y en ese ámbito de amor vivió eternamente. Hasta que, en una especie de "explosión" de amor -sólo para que podamos entender el gesto creador, sin ser estrictos en la consideración-, surgió todo lo que existe fuera de Él... La Creación es una "explosión" del amor de Dios. Evidentemente, esa explosión se dio conscientemente y con más sentido cuando tocó crear al hombre...

Es el hombre el espejo de Dios. Nuestras características humanas más geniales, más transparentes, más leales, más honestas, más puras, son el perfecto reflejo de lo que es nuestro Padre. Nuestra alegría, como la de los niños, es la de parecernos a Dios. Un niño siente orgullo sano, santo y justificado cuando se le dice que se parece a su papá. Y los niños son transparentes y sinceros siempre. Así mismo debe suceder con nosotros. Nuestro orgullo mayor debe ser el parecernos a Dios... Un padre se siente muy orgulloso cuando se le dice que su hijo se parece a él. Siente que ha valido la pena todo, pues su hijo es su copia... Así mismo sucede en Dios. El orgullo y la gala de Dios es cuando nos parecemos a Él. ¡Qué bueno sería que la gente nos diga: "Eres igualito a tu Padre, Dios"!

Por eso, nuestra más pura naturaleza se refleja en el amor. Es cuando amamos cuando más nos parecemos a nuestro Padre. El orgullo de Dios es que nosotros amemos como Él lo hace. Por eso repite una y otra vez: "Yo soy el Señor... Yo soy Dios". Es como si dijera: "Porque has surgido de mí, y te he dado la capacidad de amar como Yo lo hago, espero que siempre seas capaz de hacerlo tú también, pues Yo soy Dios"... En efecto, cuando no amamos destruimos nuestra esencia de amor. La vida en ausencia de amor que describíamos arriba no es tan irreal. Lamentablemente es más frecuente de lo que nos imaginamos. Por la falta de amor, el mundo ha caído en su debacle. Porque los hombres no amamos existe tanto dolor, tanta frustración, tanta muerte, tanto sufrimiento... Porque hemos preferido vivir en el odio -una vez dijo el Che Guevara: "La fuerza que mueve al mundo es el odio"-, por habernos dejado invadir de estas ideologías y filosofías nihilistas y ateas, el mundo se ha convertido en un nido de alacranes, en vez de ser un lugar de encuentro y de fraternidad...

Y la verdad más absoluta es que lo único que vale es el amor. Tanto, que será el único tema de examen al final de nuestras vidas. No se nos preguntará por el poder que tuvimos, por el placer que sentimos, por las riquezas que acumulamos... Se nos preguntará por la cantidad de amor que vivimos, que dimos, del que fuimos instrumentos fieles... Nada más importará. ¡Qué equivocados estamos! ¡Qué mal estamos en los índices que pretendemos poner a nuestra vida! O cambiamos de criterios, o nos destruimos. O nos transformamos y nos convertimos, o moriremos irremediablemente para toda la eternidad. O vivimos el amor, o lograremos que nuestro mundo sea un lugar de plena frustración, sin sentido, sin esperanza, sin ilusiones... Sólo el amor lo hace posible...

domingo, 9 de marzo de 2014

Todos vencemos en Jesús

Al inicio de la Cuaresma la Iglesia nos pone a la vista dos momentos puntuales de nuestra historia de salvación. Es el claroscuro del cual se ocupa Dios directamente. El primer momento es el de la caída. Adán y Eva, viviendo en absoluta armonía con Dios y entre ellos, son tentados por el demonio en forma de serpiente. El relato es, seguramente, una adaptación de lo que pasó en el corazón y en la mente del hombre, creado para ser de Dios, para cumplir su voluntad, para tener su plenitud única y exclusivamente en la vida de unión total con Dios. Pero, por designio de Dios, infinitamente amoroso, hecho libre completamente y, por lo tanto, capaz de optar. La tentación que pone la serpiente no viene realmente de fuera. Viene de esa libertad que Dios mismo ha donado al hombre. La capacidad de distinguir el bien del mal no le viene al hombre por haber comido la fruta del árbol prohibido, sino por su capacidad de discernimiento. Mal hubiera podido Dios crear al hombre con inteligencia y voluntad, es decir, con capacidad de razonamiento pleno, y no haber puesto en esos dones y en esa capacidad, la posibilidad de discernir cuál es el camino correcto y cuál el equivocado...

Esa tentación del hombre es tentación de todo hombre: Ser como Dios. Sus ansias de infinito, también donación de Dios, se convierten, equivocadamente, en ansias no sólo de llegar al infinito que es Dios, sino de hacerse a sí mismo "infinito". Es la pretensión de la absoluta autonomía, de la total autoafoirmación de sí mismo, en la cual ya no hay normas externas, ya no hay realidades a las cuales hacer referencia, ya no hay otras cosas con las cuales tener una relación "relativa", sino la única posible en quien se considera absoluto, que es la de la subyugación de todo para colocarlo a sus pies... Si yo soy absoluto, todo lo demás está a mi servicio. Y si es así, mal puede alguien venir a darme normas, a decirme qué hacer. Yo me convierto en la única norma, en la única referencia posible. "Soy como Dios"... No se necesita de una serpiente para ponerme en esa tentación. Es la tendencia que tenemos todos los hombres. Es la soberbia, camino que lleva a la ruina total, pues al dejar a un lado a Dios, dejamos a un lado la plenitud. Sin Dios el hombre es nada. Con Dios lo es todo...

El segundo momento es el de las tentaciones de Jesús en el desierto. Antes de iniciar su labor de predicación pública, que vendrá acompañada por las obras portentosas que realizará para manifestar la hora de la liberación de los hombres, Jesús se demuestra totalmente libre. Muestra a todos cuál es la libertad que viene a ofrecer a los hombres. Él, el totalmente libre, quiere decirle a cada uno cuál es la verdadera libertad. Ella no consiste en "hacer lo que me viene en gana", sino en no permitir que nada me encadene, que nada me subyugue, que nada me impida moverme hacia Dios, que es la verdadera plenitud... La libertad absoluta es la de quien, siendo pleno poseedor de sí mismo, se coloca en las manos de Dios para obtener la plenitud ansiada. La libertad plena nos dice cuál es el secreto para satisfacer realmente las ansias de infinito que tenemos asentadas en nuestro ser, en nuestra mente y en nuestro corazón. Sólo podremos hacerlo junto a Dios, en su presencia, colocándonos en sus brazos amorosos...

Jesús pudo vencer las tentaciones del demonio, en primer lugar, porque Él mismo era Dios. Hay quienes afirman que el diablo se atrevió a tanto porque no sabía que Jesús era Dios hecho hombre... Lo cierto es que la naturaleza humana de Jesús sí sintió las tentaciones de placer, de tener y de poder. Y esa naturaleza las venció con la única convicción con la que se puede vencer: Poniendo a Dios en medio, en el primer lugar, defendiendo ser propiedad única y exclusiva de Dios. Los Obispos de Puebla dieron con una definición de pecado mortal fabulosa: "El pecado mortal es absolutizar lo que no es absolutizable", es decir, servir a lo creado como si fuera dios... El hombre Jesús rechazó al demonio, pues tenía la plena certeza de que el único Absoluto es Dios mismo. No se dejó engañar...

Jesús venció. Es este segundo momento culminante de nuestra historia de salvación el que de verdad vale la pena. Fue doloroso haber sido vencidos por la tentación en Adán y Eva. Pero es absolutamente dichoso el que Jesús, Dios encarnado, hubiera vencido tan contundentemente. Su muerte fue la victoria sobre el pecado y sobre la misma muerte. Su Resurrección fue el refrendado de esa victoria total. No hay posibilidades de que, quien ya venció, sea ahora vencido. Por eso, porque Jesús nos ha transmitido a todos su victoria, con Él, todos somos vencedores. Basta que nos pongamos con Él, haciéndolo nuestra armadura, para también vencer. Sería muy tonto de nuestra parte pretender vencer la tentación con nuestras solas fuerzas. Ya está demostrado que no invitar a Jesús a la batalla es una derrota segura. "Dios es fiel y no permitirá que seamos tentados más allá de nuestra fuerzas", nos dice Pablo... Si aquel primer momento fue oscuro, este segundo es luminoso... Y es el que estamos viviendo nosotros.

El camino es de libertad, pues "para vivir en libertad nos liberó Cristo". La derrota de un solo hombre, Adán, trajo la desgracia para todos los hombres. Pero la victoria de un solo hombre, Jesús, trajo la victoria para todos. Con Jesús todos somos vencedores, y jamás, con Él, podremos ser derrotados. Nuestra felicidad absoluta está asegurada. Se necesita únicamente que nos unamos al vencedor, y gocemos de la victoria que Él obtuvo para nosotros."Si el delito de uno trajo la condena a todos, también la justicia de uno traerá la justificación y la vida. Si por la desobediencia de uno todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos". Es nuestro camino de salvación eterna, en la que daremos plena satisfacción a nuestras ansias de infinito...

sábado, 8 de marzo de 2014

Dios no es como nosotros

Jesús, Dios y hombre, ama a todos los hombres por igual... Desde la creación, Él, el Verbo Creador, hace salir el sol sobre buenos y malos. Se siente bien con el hombre, por eso lo creó. Dios ha demostrado su infinita fidelidad a cada uno de nosotros, pues con su poder sería capaz de cualquier cosa. El pecado del hombre, que al fin y al cabo no es más que el rechazo de su amor, hubiera sido una buena excusa para tomar represalias sangrientas hasta hacerlo desaparecer. Él tiene el poder de hacerlo. Pero no lo hace, pues su esencia no es destructora sino constructora. El ser de Dios es el amor, como nos dice San Juan: "Dios es Amor". Todos sus movimientos son radicados en el inmenso amor que es su esencia más profunda y que demuestra por todo lo creado, en especial, por el hombre. Por eso, Dios se mueve hacia la compasión, y hace lo que hace el amor: dar nuevas oportunidades, esperar el arrepentimiento, mover a compunción, demostrar más amor para derribar muros de rechazo, obstinarse en el seguimiento, ofrecer premios fabulosos para motivar la conversión, acoger al arrepentido, perdonar al que se duele de su infidelidad...

Los hombres, aun siendo imagen de Dios, nos dejamos llevar más bien, casi desde el primer movimiento, por el escarmiento. Quien rechaza nuestro amor inmediatamente es expulsado de nuestro corazón. Basta un gesto de lejanía o de animadversión de alguien hacia nosotros, para que nosotros mismos nos coloquemos a kilómetros de distancia de quien ose rechazarnos. Al parecer, en esto no hemos sabido ser el reflejo del amor de Dios hacia el hombre. Nuestra línea fuerte es la de la retaliación. Ciertamente, en ocasiones será una retaliación motivada pedagógicamente, pero es, sin duda, el primer movimiento que producimos en nosotros... Jamas se nos ocurrirá dejar que sea la misericordia, a no ser que sea "con los nuestros"...

Los fariseos que seguían a Jesús para espiarlo en sus movimientos estaban seguros que éste tenía que ser el primero de los movimientos hacia los pecadores. Por eso se sorprenden con la actitud de Jesús. Y eso, para ellos, era prueba irrefutable de que ese no podía ser el Mesías que venía a salvar a Israel. Esa no podía ser la conducta de quien venía a establecer la hegemonía de Dios sobre el mundo. Eran demostraciones de debilidad inaceptables: "¿Cómo es que ustedes comen y beben con publicanos y pecadores?" Si el Mesías venía a establecer un nuevo orden de "fidelidad" a Dios, no podía empezar aceptando en su mesa a quienes eran los primeros infieles... Es lo que hacemos normalmente los hombres "fieles": Inmediatamente alejamos de nuestro entorno a quien no cuadra en los cánones del seguimiento de Jesús: prostitutas, drogadictos, ladrones, lujuriosos, mentirosos, aprovechados, alcohólicos... Todo el que tenga alguna traza de pecador es inmediatamente excluido...

Gracias a Dios, Jesús no es así, pues es Dios. Quizás seríamos nosotros mismos los primeros rechazados... Lejos de retirar su mano a los que son infieles, se las coloca más cerca del corazón, para que se den cuenta de que tienen la posibilidad de una nueva vida, de una conversión, de una renovación en su amor. Jesús sabe muy bien que sólo el amor los hará desistir de conductas negativas. Que muy probablemente el rechazo produzca, al contrario, un reafirmarse en su obstinación pecadora... Y es que esa es su misión. Ya lo decíamos: Jesús ama a todos por igual, pero es feliz rescatando a quien lo rechaza. Si pudiéramos hablar de plenitud en la felicidad siempre plena de Jesús, podríamos afirmar que ésta se da cuando rescata a alguien que está lejos...

El médico es feliz cuando todos están sanos, pero se siente vivo y le da sentido a su profesión cuando tiene que sanar a alguien. El matemático es feliz cuando ha resuelto todos los problemas, pero ve renovada su ilusión cuando se le presenta un problema aparentemente irresoluble. El policía está tranquilo cuando no hay delitos, pero siente que su misión tiene sentido cuando debe enfrentarse a un delincuente. El rescatista está satisfecho cuando no hay a quien rescatar, pero sabe que su misión debe activarse plenamente cuando se tiene noticia de algún desaparecido... Dios está feliz cuando todos son fieles a su amor, pero se siente "más Dios" cuando tiene que dar la oportunidad de conversión, de arrepentimiento, de abrazo de bienvenida a quien retorna a la casa del Padre... Por eso Jesús dice: "No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan." Si todos fuéramos justos, Dios estaría feliz. Pero la realidad es otra. Jesús ha venido para intentar acercar quien está lejos de Él. Su misión no es la de sostener a los fieles, aun cuando está feliz con ello.Su misión es la de rescate, la del cortejo, la de la conquista...

Es bueno dejar actuar a Dios, pues actúa siempre por amor, y por eso, a favor nuestro. No viene a condenar sino a salvar. Viene a ser para nosotros la cuerda que nos rescata, el salvavidas que nos lanza Dios en medio de la tormenta, la medicina que nos hace falta para sobrevivir. Es absurdo extrañarse de lo que Dios hace, pues si nos ama de verdad, como en efecto es, es natural que haga lo que sea necesario para rescatarnos, para no dejarnos en la tiniebla profunda, para no abandonarnos en el fondo del abismo... Jesús es la mano que Dios tiende a los pecadores... Basta que estiremos la nuestra para agarrarnos de ella y dejarnos rescatar. Al final, es dejarnos amar, pues el amor quiere tenernos a su lado...

viernes, 7 de marzo de 2014

Un aporte para vivir la Cuaresma: CAMINO DE CRUZ, CAMINO DE AMOR (Via Crucis)


1ª Estación: Jesús condenado a muerte
Terrible itinerario te encomienda el Amor,
Aquel al que Dios Padre al mundo te donó,
Faltaba la Corona, faltaba la traición,
Del hombre envilecido, de duro corazón.

Te juzgan con dureza,
Desprecian al amor,
Destruyen tu belleza,
Condenan al gran Sol.

Jesús de mil amores, también yo en mi furor,
Te estaba condenando a sufrir aflicción.
Perdona mi vileza, perdóname, Señor,
Pues mi pecado aumenta mil veces tu dolor.

2ª Estación: Jesús con la cruz a cuestas
Inicias el camino de cruel humillación,
Y con la Cruz a cuestas avanzas en rigor.
Un peso que te aplasta, Jesús de la pasión,
Que lleva en sí la carga de pecado y rencor.

Un dolor que penetra,
Que hiere tu interior,
Que humilla tu grandeza,
Que lleva el desamor.

Señor de mil pesares, la Cruz sin pundonor
Que cargan tus espaldas, me empuja a contrición.
Es mi Cruz la que llevas, pecado y desazón,
Que por amor borraste, y que te causa el horror.

3ª Estación: Jesús cae por primera vez
La Cruz se hace pesada, y te falla el vigor,
Tu cansancio te vence, te hiere el deshonor.
Mis pecados te pesan, te dan gran punición,
Y te lanzan al suelo y a la desolación.

Caer, Señor, sin fuerzas,
Golpear el suelo Dios,
Quedar, en una pieza,
Figura en opresión.

¿Por qué, Señor, te prestas, a semejante función,
Si eres Omnipotencia, en tu gloria de Dios?
Sólo lo explica, Verbo, tu haber hecho asunción
De todos los horrores, en tu vida de amor.

4ª Estación: Jesús encuentra a su Madre
En el camino lleno de herida y de pasión,
Oasis pasajero de la que te parió.
Te encuentras con tu Madre, roto su corazón,
Tu Cruz, la de madera; la de Ella, de dolor.

Tu Madre a ti te entrega,
Hijo eterno de Dios,
Y sufre en entereza
Su personal pasión.

Mi dulce Madre amada, yo te pido perdón,
Ese dolor que cargas es de mi producción,
El peso de tu Hijo, la Cruz de mi sanción,
Es falta que me aqueja, fruto de imperfección.

5ª Estación: El Cireneo ayuda a Jesús a llevar la Cruz
Tus fuerzas han huido de ti, dulce Señor,
Y el odio del verdugo se mueve a compasión.
Errante peregrino, ese que te ayudó,
Simón el de Cirene, Simón del gran favor.

Observa la fiereza
De aquel torturador,
Simón presta su fuerza,
Completa tu misión.

Cuánto diera, mi Dios, por ser yo ese Simón,
Poner fuerzas enteras, a tu disposición,
Y así aliviar mi pena, descender mi rencor,
Que puso aún más peso en tu Cruz de dolor.

6ª Estación: La Verónica enjuga el rostro del Señor
Bañado está tu rostro, de sangre y de sudor,
La Verónica acerca un pañuelo de amor,
Y tú, en hermoso gesto, como buen pagador,
Le regalas tu imagen, le dejas tu visión.

El rostro que tú entregas
Es signo de tu amor
A todo el que te quiera
Y alivie tu dolor.

Señor, cuánto quisiera ser yo el enjugador
De tu rostro que sufre, que muerde el desamor.
Dame estar a tu lado, déjame la impresión,
En el velo escondido de mi cruel corazón.

7ª Estación: Jesús cae por segunda vez
Fuerza desvanecida, final de extenuación,
El cansancio y el peso llegan a conclusión,
De nuevo por los suelos, tu ser de donación.
Golpeado y agobiado, estás en postración.

Te acaricia la tierra,
Te hiere el desamor,
El mal se yergue en vena
Y clava su aguijón.

Te había visto ya, mi Dios y mi Señor,
En la tierra caído, tu vida en extinción,
Mi pecado, no obstante, seguía su misión,
Te aplastaba y te hundía en más humillación.

8ª Estación: Jesús consuela a las santas mujeres
Qué clara Tú tenías, Señor, tu vocación.
A la tierra venías a dar consolación.
Las mujeres, llorosas, reciben de tu amor
Sosiego en el castigo, alivio en su aflicción.

Mujeres que en su pena
Se acercan al Amor.
Reciben dulce y tierna
Frescura en el dolor.

Que yo sea, Señor, igual en esa acción.
Que a todos siempre lleve paz y confortación,
Que alivie con presteza los signos de dolor
Y como Tú, dé siempre sosiego en la pasión.

9ª Estación: Jesús cae por tercera vez
El vigor ya te huye, vida en declinación,
Tres veces ya que caes, tres veces por amor,
Y tres veces el hombre, viendo tu destrucción,
Levanta en vilo al Santo, que siga su pasión.

El pecado es tristeza,
Fuego de fundición,
Que quema, que penetra,
Que arruina en desazón.

Renuncio a esa tu ruina, renuncio, mi Señor,
No quiero ser más causa que te lleve al horror,
Levántate Dios hombre, y dame, por favor,
Dame a mí tu caída, a mí la humillación.

10ª Estación: Jesús es despojado de sus vestiduras
Dar gusto a toda ira, dar mortificación,
Tus ropas despojadas, al mundo de traición,
No dejas a ti nada, sólo degradación,
Y a nada más aspiras, sólo a la Redención.

Hasta tu ropa entregas,
Mi Señor del amor.
Sólo tu vida queda,
Postrera donación.

No quiero que te vean en esa situación,
Humillado al extremo, con tus carnes al sol,
Cubrir tu piel tan pura, Señor, de corazón,
Me lanzo en tu rescate, te tapo con mi amor.

11ª Estación: Jesús es crucificado
Llegados al lugar de la satisfacción,
Ya cumplido el encargo, cumplida la misión,
Un altar de madera, lugar de tu oblación,
Te clavan con impía indolencia y fruición.

Un Gólgota de fieras,
Acoge sin honor,
A Aquél que todo entrega,
Hasta su vida en flor.

Te miro yo en tu entrega, me muevo a compasión,
Los clavos que te atan al sitio en reclusión,
A la Cruz que es cadalso, que es lugar de dolor,
A la Cruz que, en contraste, será mi salvación.

12ª Estación: Jesús muere en la cruz
No había ya más nada, sólo la conclusión
De tu vida en la tierra, de tu paso hacia el Sol,
El último suspiro, tu final de pasión,
La muerte que se yergue en último blasón.

Al Padre le encomiendas
Tu espíritu, tu don.
Ni la muerte ya enmienda
Nuestro terrible error.

Fui yo la última causa, yo fui el provocador,
De tu muerte de pena, tu vil expiración,
Has muerto por mi culpa y por mi obstinación,
Mi pecado es verdugo, tu causa de aflicción.

13ª Estación: Jesús en los brazos de su Madre
Cuánto dolor se cumple entre la Madre y Dios,
Lágrimas de María, mueven a compunción.
En sus brazos el Hijo muerto por el rencor,
Espada que atraviesa rompiendo el corazón.

La Madre, sin belleza,
Traspasada en dolor,
Recoge la materia,
Del Hijo Redentor.

A tu lado, María, me postro en deshonor,
Para llorar contigo la muerte del Señor.
Tú lloras a tu Hijo, yo lloro al Redentor,
Y lloro por causarte tan grande y vil dolor.

14ª Estación: Jesús es sepultado
Para no abandonarte en tu muerte, Señor,
Te llevan a enterrarte en oscuro rincón.
Un sepulcro cavado, tu última mansión,
Soledad que es el signo de abandono mayor.

Te recibe la tierra,
A Ti, su Creador,
Y te acoge serena,
Espera tu esplendor.

La muerte es el reposo del guerrero, Señor,
Tu descanso sereno, espera el resplandor.
Allí contigo al lado, allí sembrado estoy,
Llorando y a la espera de tu Resurrección.

Ayunar de la injusticia

Dios conoce lo más íntimo de los hombres. Escruta profundamente sus deseos, sus intenciones, sus motivaciones. Nada hay oculto a su mirada de Padre que, con ser tan amoroso, no deja jamás de ser justo. O precisamente, porque ama infinitamente, ama también infinitamente la justicia y rechaza al que pretende burlarse de su amor cometiendo injusticias... Todo lo que hacemos como obras concretas tiene delante de Él la justificación, es decir, Él conoce perfectamente qué lo ha motivado, cuál intención persigue, qué deseo busca satisfacer... Por eso, es absurdo pretender engañar a Dios con obras que no surgen realmente de corazones convencidos, de corazones ganados al amor, de corazones solidarios y que buscan el bien. Si un corazón simplemente busca manipular aparentando bondad, cuando lo que hay en realidad en él es malicia, eso ya lo ha descubierto Dios en su ciencia infinita...

Jesús, al iniciar el itinerario cuaresmal, nos ha invitado a ayunar, a hacer oración y a dar limosna, pero con una condición: que sea un trámite entre el Padre y nosotros, entre el Padre y tú. No hay que sonar trompetas ni hacer barullo ni publicidad por lo que se hace en función de estas tres obras. Eso las haría ya ilegítimas y las haría perder su valor, aun siendo obras buenas. Es del corazón del hombre donde surge lo que las hace válidas, salvíficas, rentables en eternidad...

Por eso es que los hombres en innumerables ocasiones perdemos la riqueza de lo que podemos vivir verdaderamente. Por estar pendientes de recibir reconocimientos incluso del mismo Dios, pero también de los hombres, hacemos ya nuestras obras merecedoras de escarmiento, aunque, repito, sean muy buenas. Las obras deben descubrir lo que realmente se vive interiormente, y no un disfraz de lo oscuro que existe en el interior de los hombres. ¡Qué lamentable saber que hay quienes se aprovechan de operativos, de programas extraordinarios, de momentos de tragedias o de crisis, para dejar ver su pobreza de espíritu, que está la vista de todos, adornándolas con obras de supuesta caridad, de supuesta solidaridad! ¡Peor aún cuando con esas obras espasmódicas persiguen alguna justificación de lo malo que hacen o que por ellas busquen cancelar de la mente de todos -¡hasta del mismo Dios!- la inmensa deuda de humanidad, de amor, de solidaridad, que tienen con todos!

Dios desprecia esos movimientos. A Dios le repugnan. Dios no quiere eso para sí ni para los suyos. Por eso, lo escuchamos decir: "El ayuno que yo quiero es éste: Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos; partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo, y no cerrarte a tu propia carne". Nada de lo que hagamos tendrá valor si no va revestido del amor, de la justicia, de la solidaridad que existe en el corazón. De lo contrario, actuar "por operativos" sólo dejará el sabor de humillación en el que es auxiliado y el sabor del desprecio de parte de Dios...

La Cuaresma debe hacernos apuntar a purificar lo más íntimo de nosotros. Es muy peligroso para nosotros mismos, para nuestra autenticidad, para nuestra eternidad, el que nos empeñemos en seguir en las rutas del disfraz. Después del carnaval viene la Cuaresma. Esto significa que debemos echar fuera los disfraces de solidarios, de caritativos, para revestirnos de lo que seremos realmente en nuestro interior, al dejar a un lado lo falso y dejar entrar lo auténtico... Es dejarnos invadir realmente del amor de Dios que quiere actuar desde nosotros. No se trata sólo de ponerse con transparencia delante de Dios, de entrar en contacto de amor con Él y tenerlo por nuestro principal tesoro, sino de ir más allá, demostrando a los hermanos que amamos a Dios porque los amamos a ellos de verdad, porque somos capaces de colocarnos cada uno en el segundo lugar, poniéndolos a Dios y a ellos en el primero de todos... Nos descentramos de nosotros mismos haciendo que lo verdaderamente importante sea cumplir al pie de la letra los mandamientos del amor a Dios y al prójimo, los primeros y los que resumen todo lo que debemos vivir como cristianos auténticos...

El ayuno que debemos hacer es el de la malicia, el de la injusticia, el del desamor. Nos llenamos con las obras negativas, y ellas nos producirán la muerte. Lo sano y lo más inteligente es que nos alejemos de ellas y nos coloquemos en la línea de la voluntad divina. Al fin y al cabo, "Él quiere que todos los hombres se salven". Y allí estamos incluidos nosotros mismos. Dios quiere nuestra propia salvación. Y ella pasará por nuestro ayuno, el de las obras malas, el de lo que nos destruye a nosotros y a los demás, el que borra su sello de amor en las cosas maliciosas que realizamos, aunque exteriormente sean obras buenas... Que sean obras que surjan de lo que vivimos en el corazón, cuando nos dejamos invadir del amor, de la justicia, de la solidaridad fraterna... Es lo que Dios quiere. Y es nuestra salvación y la de los demás...

Cuando vivimos así, es siempre fiesta, pues siempre está el amor con nosotros. Y con él, estamos llenos de justicia. Al tenerla, no tendremos que hacer ayuno, pues estamos llenos de lo que verdaderamente vale, de lo que Dios quiere... Jesús le dice a los fariseos: "¿Es que pueden guardar luto los invitados a la boda, mientras el novio está con ellos? Llegará un día en que se lleven al novio, y entonces ayunarán." No se puede ayunar de lo bueno. Se debe ayunar de lo malo... Del desamor, de la injusticia, de la falta de solidaridad...