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martes, 5 de mayo de 2020

Llamarme cristiano me conecta contigo, Cristo, y me compromete

Vatican News - EVANGELIO DE HOY: MIS OVEJAS ESCUCHAN MI... | Facebook

Muy pocas veces en la Sagrada Escritura se le reconoce a alguien su bondad. Es una curiosidad, por cuanto que al ser un instrumento de la revelación de Dios debería darse ese reconocimiento con mayor profusión. Pero también es natural que así suceda, pues esa misma revelación de Dios se da en medio de un mundo en el que reina la maldad y busca la conversión de los malos en medio de un continuo luchar y enfrentarse con las fuerzas que se le oponen. La consideración de hombre "justo", es decir, santo, se da solo a dos personajes. Uno es José que, "por ser un hombre justo, decidió repudiarla en secreto (a la Virgen María, al enterarse de su embarazo)". Y el otro es Bernabé "por sobrenombre Justo". Una persona justa, en lenguaje bíblico, no refiere solo a quien guía su vida por los senderos de la justicia como virtud humana, que invita a dar a cada quien lo que le corresponde, sino que por encima de todo pone en las manos de Dios toda su vida, por considerar que la mayor justicia que hay que cumplir es la de corresponder a todas las bondades divinas poniendo en sus manos toda la vida propia. Por ello se es inmensamente justo, y en consecuencia, santo. El justo jamás hará algo malo, pues en su esquema vital será ir contra lo que le corresponde a Dios, que es solo lo bueno. Pues bien, los apóstoles, al enterarse de que en Antioquía se estaban dando conversiones de gentiles que iban aceptando a Jesús como su Redentor, deciden enviar a Bernabé a verificar esos hechos. Bernabé es considerado apóstol de la segunda generación, pues no perteneció al grupo de los Doce elegidos por Jesús. Hay quienes lo consideran integrante de aquel grupo de 72 que fueron enviados por Jesús en algún momento a anunciar la llegada del Reino de Dios. Lo cierto es que los apóstoles lo consideran suficientemente preparado y revestido con suficiente autoridad como para encargarle esa misión. Su bondad natural y la capacidad que consideran ellos que tiene, son suficiente aval para dejarlo en sus manos: "Llegó la noticia a oídos de la Iglesia de Jerusalén, y enviaron a Bernabé a Antioquía; al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró y exhortaba a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño, porque era un hombre bueno, lleno de Espíritu Santo y de fe". Bernabé era un hombre bueno y estaba lleno de Espíritu Santo y de fe, y desde esas cualidades es capaz de juzgar como maravilloso lo que estaba sucediendo entre los griegos. Había que dar por bueno su dictamen.

En esa Iglesia de Antioquía se dio un crecimiento inusitado de creyentes. Fue una Iglesia con peso propio y que dio luego innumerables frutos al cristianismo. De alguna manera, pasó a ser referente de fe para muchos, sobre todo para los cristianos que venían del paganismo griego. Después de verificar ese desarrollo que se estaba dando allí y de bendecirlo, Bernabé sale en busca de Saulo y lo trae a Antioquía para consolidar esa Iglesia que estaba naciendo: "Bernabé salió para Tarso en busca de Saulo; cuando lo encontró, se lo llevó a Antioquía. Durante todo un año estuvieron juntos en aquella Iglesia e instruyeron a muchos". De tal manera fue bueno el trabajo de quienes sembraron la semilla de la fe en esas tierras, que se hizo necesario dar una carta de identidad a ese grupo de creyentes de crecía tanto: "Fue en Antioquía donde por primera vez los discípulos fueron llamados cristianos". Allí nos dieron nuestro carnet de identidad, y fue allí donde se nos hizo el mayor de los reconocimientos que se nos pudo haber dado. "Cristianos" hace referencia a nuestro origen. La raíz de ese nombre es el mismo Cristo. El que se nos llame así, en un reconocimiento implícito de ser seguidores de Jesús, es el mejor regalo que se nos puede hacer. Nos identifica con el Maestro y nos conecta directamente con Él. Es nuestra mayor dignidad, como lo reconoció el gran Papa San León Magno: "Reconoce, oh cristiano, tu dignidad y, ya que ahora participas de la misma naturaleza divina, no vuelvas a tu antigua vileza con una vida depravada. Recuerda de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro". Nuestro nombre de cristiano nos dice de dónde venimos, la condición de novedad de vida en la que estamos, la dignidad con la cual vivimos en este mundo, la vida de fraternidad que debemos apreciar y llevar a cabo con todos los que llevan nuestro mismo nombre y con todos los hombres, la transformación en novedad absoluta que debemos procurar que se dé en nuestro entorno, y la meta a la que estamos llamados que es a la felicidad de los hijos de Dios en la eternidad. No es, por lo tanto, simplemente una manera de llamarnos, sino algo que nos identifica, que nos dice cuál es nuestra esencia, el compromiso al que estamos llamados al llevar ese nombre. El que seamos reconocidos como cristianos, además de ser un gran orgullo para nosotros, debe hacernos sentir la profunda responsabilidad que tenemos en un mundo que exige cada vez más la presencia de esos cristianos que han entendido lo que son y que procuran que sea siempre nuevo, con la novedad del amor.

El cristiano es quien tiene como sustento principal de su vida a Jesús. Él es esa "piedra angular" sobre la que se sustenta la propia vida. Es la roca que hace inconmovible la casa, pues ha sido construida sobre Él. Al reconocer a Jesús como el sustento de su vida, lo reconoce también como el que le da sentido a todo. Nada de la propia vida tiene sentido sin la presencia de Jesús. Él le da color, sustancia, dirección, contenido. Hacia Él está dirigido cada esfuerzo y cada palabra. Absolutamente todo lo cotidiano, lo que en general debe ser realizado en una vida normal y corriente, se hace bajo la inspiración y la motivación de Cristo. De esa manera, si la vida tiene su sustento en Jesús, se hace totalmente cierta la afirmación de San Pablo: "Vivo yo, pero ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí". En ese sentido, el cristiano es el que ha permitido que Cristo invada todo su ser y sea su motor vital. Ha resuelto en su abandono la gran duda que tuvieron algunos delante de la figura de Jesús y de sus obras: "¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente". Aquellos hubieran querido dar el paso definitivo de dejarse invadir por Cristo, pero querían tener una absoluta seguridad para hacerlo. La respuesta que les da Jesús es la perfecta descripción de quién es y de lo que pretende: "Se lo he dicho, y no creen; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí. Pero ustedes no creen, porque no son de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Lo que mi Padre me ha dado es más que todas las cosas, y nadie puede arrebatar nada de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno". Aceptar a Jesús, para ser verdaderamente cristianos, es aceptar esta descripción que Él hace de sí mismo, identificándose plenamente con el Padre, haciéndose uno con Él. Es hacerse miembro del rebaño de Jesús, uno más de sus ovejas, procurando conocerlo perfectamente y dejándose conocer en lo más profundo de nuestro ser, siendo totalmente transparentes, sin resquicios ni ocultamientos, sabiendo que en Él está la vida y lejos de Él está la muerte. Es aferrarse de tal manera a su mano que jamás podamos ser arrebatados de ella. Saber que de Él viene nuestra savia y podremos vivir cada instante de nuestra vida en la alegría de sabernos suyos y de estar caminando hacia una eternidad que con Él será siempre de felicidad y de amor eternos. 

miércoles, 25 de junio de 2014

Eres bueno y Dios te hace santo

En el Derecho universal existe una máxima: "El desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento". Evidentemente esto se refiere a las leyes justas que, inculpablemente, son desconocidas por alguien. Tiene sentido cuando la ley está sustentada en el derecho natural, que siempre apunta a la búsqueda del bien, por las vías de la naturaleza humana. La ley será siempre cumplida, aun cuando no se conozca, porque sería lo que exige la naturaleza que es buena en el hombre. Otra cosa es declararse en rebeldía ante una ley injusta. En ese caso, los hombres tenemos siempre el derecho inalienable a desacatarla, por cuanto iría precisamente en contra de la ley natural, de la bondad natural de los actos humanos... Por ejemplo, a un médico jamás se le podrá obligar a ir en contra de su conciencia, obligándolo a practicar un aborto, cuando está plenamente convencido de que es un asesinato vil, "un crimen abominable", como lo llamó el Vaticano II. Pero, en lo que se refiere a las cosas que rigen la vida comunitaria, al cumplimiento de los deberes, al respeto a los derechos de los demás, no se puede alegar jamás el desconocimiento de lo que lo regula, es decir, de la ley civil... Quien va en contra de esto, está yendo en contra de la ley, aunque no la conozca. Y amerita un castigo ejemplar...

No es éste el caso de la ley de la Iglesia. En el Derecho Canónico jamás aparece esta máxima. La Iglesia es, ante todo, Madre. Y como Madre no podría imputar un delito cuando se desconoce la ley que lo prescribe. Sin embargo, se tiene que aplicar el mismo razonamiento anterior. La ley natural, que es la ley divina escrita en el corazón de los hombres, dicta la bondad o la maldad naturales de los actos humanos, y particularmente de aquellos que se refieren a la relación con Dios y con los demás, en los planos de la filiación y de la fraternidad. En todo caso, el detalle de la ley sería necesario tenerlo a la mano para saber a qué se obliga, bajo qué condiciones se está sometido, qué castigo amerita un delito o pecado... Por ejemplo, el pecado de aborto será excomunión sólo para quien sabe que éste es el castigo merecido. Quien no lo sabe está sometido a la pena que corresponde al pecado de asesinato, que sigue siendo pecado mortal, pero no con la pena mayor de la excomunión... En este caso, el desconocimiento es de la pena por el delito, no del delito en sí mismo. Y también de ella se está eximido. Pero, ¿se puede decir la máxima contraria, es decir, se podría afirmar que en la Iglesia, "el desconocimiento de la ley sí exime de su cumplimiento"? De ninguna manera. Ya hemos dicho que la ley natural, ley divina que yace en el corazón y en la conciencia de los hombres, dicta perfectamente la bondad o la maldad de los actos... El Papa Francisco ha afirmado que aun el ateo, cuando vaya en contra de su conciencia, pecaría... Esto significa que aun cuando la máxima de la ley civil no se aplica del todo, tampoco se puede afirmar que desaparece totalmente... El hombre está siempre sometido a su conciencia, que es templo íntimo e inviolable desde donde se rigen su pensamiento y su conducta moral...

En Israel hubo un tiempo en el que se desconoció la Alianza con Yahvé. Algunos reyes "la archivaron" y en generaciones posteriores fue totalmente desconocida. En un momento de su historia, fueron descubiertos y leídos los libros de la ley, e Israel entendió que por mucho tiempo habían sido infieles a lo que anteriormente vivían naturalmente. Por eso, se decidieron a retomar el conocimiento de la ley y suscribieron un nuevo pacto con Dios... "El rey les leyó el libro de la alianza encontrado en el templo. Después, en pie sobre el estrado, selló ante el Señor la alianza, comprometiéndose a seguirle y cumplir sus preceptos, normas y mandatos, con todo el corazón y con toda el alma, cumpliendo las cláusulas de la alianza escritas en aquel libro. El pueblo entero suscribió la alianza". Los reyes anteriores habían sido objeto de la ira de Dios, pues se habían comportado contrario a lo que les pedía la Alianza con Yahvé, pero este nuevo rey no era culpable, por cuanto desconocía lo que en ella se contenía. Remedió el entuerto dando a conocer a todos la ley y haciendo que todos se comprometieran a cumplir con la ley de Yahvé... Fue una conducta loable, por cuanto retoma el camino de la fidelidad a lo que Dios pedía. Quiere decir que lo movía la buena voluntad, la buena intención, la buena conciencia, aun cuando no conociera la ley de Dios y su Alianza...

Es la bondad natural de los hombres, que está siempre subyacente en su ser. Nadie puede alegar ser totalmente malo. Como tampoco nadie puede aducir que es totalmente bueno. Todos tenemos en el corazón la línea que divide el bien del mal, como dijo Pablo VI. San Agustín hablaba de "las semillas del Verbo" que hay en todo hombre, que son esas realidades esenciales y fundamentales, básicas, de la fe, que se viven naturalmente, y que hacen al hombre tener siempre la posibilidad de tender hacia el bien...Al ser naturales, aseguran la bondad natural. Si se llegan a cultivar, conducen a la santidad, pues se estaría siempre en el camino de dar buenos frutos, que son los que surgen espontáneamente de la bondad natural y se acrecientan con la bondad adquirida al conocer la ley y ser fieles a la alianza con Dios... Jesús nos enseña que "los árboles sanos dan frutos buenos; los árboles dañados dan frutos malos. Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos..." Si los hombres somos naturalmente árboles buenos, podremos dar siempre buenos frutos. Y si aumentamos nuestra bondad siendo fieles a Dios, nuestros frutos serán mucho mejores... Procuremos siempre dar frutos buenos, de acuerdo a nuestra naturaleza, elevados por la gracia con la que Dios nos enriquece...

viernes, 7 de marzo de 2014

Ayunar de la injusticia

Dios conoce lo más íntimo de los hombres. Escruta profundamente sus deseos, sus intenciones, sus motivaciones. Nada hay oculto a su mirada de Padre que, con ser tan amoroso, no deja jamás de ser justo. O precisamente, porque ama infinitamente, ama también infinitamente la justicia y rechaza al que pretende burlarse de su amor cometiendo injusticias... Todo lo que hacemos como obras concretas tiene delante de Él la justificación, es decir, Él conoce perfectamente qué lo ha motivado, cuál intención persigue, qué deseo busca satisfacer... Por eso, es absurdo pretender engañar a Dios con obras que no surgen realmente de corazones convencidos, de corazones ganados al amor, de corazones solidarios y que buscan el bien. Si un corazón simplemente busca manipular aparentando bondad, cuando lo que hay en realidad en él es malicia, eso ya lo ha descubierto Dios en su ciencia infinita...

Jesús, al iniciar el itinerario cuaresmal, nos ha invitado a ayunar, a hacer oración y a dar limosna, pero con una condición: que sea un trámite entre el Padre y nosotros, entre el Padre y tú. No hay que sonar trompetas ni hacer barullo ni publicidad por lo que se hace en función de estas tres obras. Eso las haría ya ilegítimas y las haría perder su valor, aun siendo obras buenas. Es del corazón del hombre donde surge lo que las hace válidas, salvíficas, rentables en eternidad...

Por eso es que los hombres en innumerables ocasiones perdemos la riqueza de lo que podemos vivir verdaderamente. Por estar pendientes de recibir reconocimientos incluso del mismo Dios, pero también de los hombres, hacemos ya nuestras obras merecedoras de escarmiento, aunque, repito, sean muy buenas. Las obras deben descubrir lo que realmente se vive interiormente, y no un disfraz de lo oscuro que existe en el interior de los hombres. ¡Qué lamentable saber que hay quienes se aprovechan de operativos, de programas extraordinarios, de momentos de tragedias o de crisis, para dejar ver su pobreza de espíritu, que está la vista de todos, adornándolas con obras de supuesta caridad, de supuesta solidaridad! ¡Peor aún cuando con esas obras espasmódicas persiguen alguna justificación de lo malo que hacen o que por ellas busquen cancelar de la mente de todos -¡hasta del mismo Dios!- la inmensa deuda de humanidad, de amor, de solidaridad, que tienen con todos!

Dios desprecia esos movimientos. A Dios le repugnan. Dios no quiere eso para sí ni para los suyos. Por eso, lo escuchamos decir: "El ayuno que yo quiero es éste: Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos; partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo, y no cerrarte a tu propia carne". Nada de lo que hagamos tendrá valor si no va revestido del amor, de la justicia, de la solidaridad que existe en el corazón. De lo contrario, actuar "por operativos" sólo dejará el sabor de humillación en el que es auxiliado y el sabor del desprecio de parte de Dios...

La Cuaresma debe hacernos apuntar a purificar lo más íntimo de nosotros. Es muy peligroso para nosotros mismos, para nuestra autenticidad, para nuestra eternidad, el que nos empeñemos en seguir en las rutas del disfraz. Después del carnaval viene la Cuaresma. Esto significa que debemos echar fuera los disfraces de solidarios, de caritativos, para revestirnos de lo que seremos realmente en nuestro interior, al dejar a un lado lo falso y dejar entrar lo auténtico... Es dejarnos invadir realmente del amor de Dios que quiere actuar desde nosotros. No se trata sólo de ponerse con transparencia delante de Dios, de entrar en contacto de amor con Él y tenerlo por nuestro principal tesoro, sino de ir más allá, demostrando a los hermanos que amamos a Dios porque los amamos a ellos de verdad, porque somos capaces de colocarnos cada uno en el segundo lugar, poniéndolos a Dios y a ellos en el primero de todos... Nos descentramos de nosotros mismos haciendo que lo verdaderamente importante sea cumplir al pie de la letra los mandamientos del amor a Dios y al prójimo, los primeros y los que resumen todo lo que debemos vivir como cristianos auténticos...

El ayuno que debemos hacer es el de la malicia, el de la injusticia, el del desamor. Nos llenamos con las obras negativas, y ellas nos producirán la muerte. Lo sano y lo más inteligente es que nos alejemos de ellas y nos coloquemos en la línea de la voluntad divina. Al fin y al cabo, "Él quiere que todos los hombres se salven". Y allí estamos incluidos nosotros mismos. Dios quiere nuestra propia salvación. Y ella pasará por nuestro ayuno, el de las obras malas, el de lo que nos destruye a nosotros y a los demás, el que borra su sello de amor en las cosas maliciosas que realizamos, aunque exteriormente sean obras buenas... Que sean obras que surjan de lo que vivimos en el corazón, cuando nos dejamos invadir del amor, de la justicia, de la solidaridad fraterna... Es lo que Dios quiere. Y es nuestra salvación y la de los demás...

Cuando vivimos así, es siempre fiesta, pues siempre está el amor con nosotros. Y con él, estamos llenos de justicia. Al tenerla, no tendremos que hacer ayuno, pues estamos llenos de lo que verdaderamente vale, de lo que Dios quiere... Jesús le dice a los fariseos: "¿Es que pueden guardar luto los invitados a la boda, mientras el novio está con ellos? Llegará un día en que se lleven al novio, y entonces ayunarán." No se puede ayunar de lo bueno. Se debe ayunar de lo malo... Del desamor, de la injusticia, de la falta de solidaridad...

miércoles, 26 de febrero de 2014

Haz el bien, no sólo evites el mal

Lamentablemente muchas personas tienen la impresión de que la moral cristiana es simplemente una "colección de prohibiciones". No niego que la misma Iglesia tenga su responsabilidad en ello, pues es cierto que a veces, sobre todo en épocas muy concretas, el anuncio de la fe era prácticamente poner el acento en "la ira de Dios", en "el fuego del infierno", en el "castigo debido y atroz por los pecados". Y se insistía muchísimo en lo que no se debía hacer para evitar caer en las garras de esa realidad tan terrible... Los cristianos, los que querían huir del castigo eterno, simplemente debían hacer caso a las prohibiciones y todo estaba logrado... Fue la respuesta de una espiritualidad de "fuga", en la que "casarse" con el mundo era simultáneamente ganarse la condena eterna... Por supuesto, esto es una caricaturización de lo que realmente pasaba... Los que atacan a la Iglesia hacen fiesta cuando se reconoce esto. Pero sería una injusticia afirmar que esto era absoluto. Esa misma vida de la Iglesia de esos tiempos concretos presentó obras inmensas en favor de los más sencillos y oprimidos y testimonios extraordinarios de grandes santos y otros personajes que entendieron que debían basar su vida no en el temor a los castigos, sino en el amor que debían a Dios y a los hermanos. La realidad, en general, nunca es en blanco y negro únicamente. En ella siempre hay matices que enriquecen y embellecen esa misma vida...

En todo caso, en la comprensión de la belleza del mensaje cristiano que, más que en las prohibiciones se basa en las invitaciones al amor, la moral ha dado un vuelco nuevo, que ha presentado unas exigencias mucho más atractivas para el hombre de nuestros tiempos. No es nada nuevo, pues está contenido en el mensaje de Cristo y de la Iglesia desde los primeros tiempos. Así nos lo hace ver Santiago cuando nos dice: "Al fin y al cabo, quien conoce el bien que debe hacer y no lo hace es culpable". No se coloca el acento en la prohibición de lo malo, sino en la necesidad de hacer el bien para salvarse, para no ser considerado culpable, para no pecar...

El acento es colocado en lo que sabe hacer el amor, no en lo que se debe evitar hacer desde "la maldad intrínseca del hombre". Es impresionante como muchos estamos marcados por esto último. Todos nos confesamos de lo malo que hemos hecho, de los "pecados de comisión". Pero son contadísimos, casi inexistentes, los que se confiesan del bien que han dejado de hacer, que no han hecho o que no han hecho todo lo bien que han debido, de los "pecados de omisión". Y esto, por una razón muy sencilla: No estamos en la linea de hacer el bien a los demás como hermanos, por amor, sino en evitar lo malo que me condenará si lo hago... Es una razón, finalmente, egoísta...

Los hombres hemos sido creados intrínsecamente buenos, tendientes al bien. El mal es un "añadido", aunque se ha hecho también consustancial a nosotros. Decía el Papa Pablo VI: "Por el corazón del hombre pasa la línea que divide el bien del mal", con lo cual confirmaba esta doble tendencia natural, una original, la del bien, y la otra añadida por el mismo hombre, la del mal. De lo que se trata es que nos pongamos en la línea de lo que es realmente natural y original,  no en la de lo que es también natural pero añadido. Es razonable que en nosotros haya una fortaleza mayor para lograr lo bueno que para lograr lo malo. Al fin y al cabo, colocarse en la línea de lo original debe ser más sencillo que colocarse en la línea de lo que hemos añadido, aunque se haya hecho natural...

Es lo que nos lanza a ponernos como "socios" de Jesús en hacer el bien a todos. Se trata, aunque sea anónimamente, de colocarnos entre los que se unen a Jesús haciendo el milagro del amor que procura el bien para todos, pues "el que no está contra nosotros está a favor nuestro", como lo afirma Él mismo. Quien se coloca en la línea de hacer el bien por amor y no sólo de evitar lo malo por temor, se pone junto a Jesús siempre. Se une a Él en la búsqueda de la paz, de la armonía, de la justicia, de la verdad. Se une a Él en la procura de que sea una vivencia para todos, tratando de multiplicar el bien y de hacerlo llegar a la mayor cantidad de personas posible. Es un constructor de un mundo nuevo en el que el imperio sea el de la originalidad, el de la bondad, y no el del añadido, el de la maldad, que no es otra cosa que el asesinato del amor, por envidia, por egoísmo, por soberbia...

El compromiso del amor cristiano es altamente exigente, por cuanto no busca que los hombres simplemente eviten hacer el mal, sino que sean activos en la vivencia del bien y en la procura del mismo para todos. Es la búsqueda de la vivencia del cielo en la tierra. Es adelantar la armonía absoluta, el amor, la paz, la justicia y la verdad en este mundo, sin esperar a que se dé plenamente en la eternidad junto a Dios. Es querer sembrar de cielo nuestro mundo. En cierto sentido es "fácil" evitar el infierno dejándose llevar simplemente por las prohibiciones. Lo realmente loable es responder afirmativamente a la invitación de salir de sí mismo y proyectarse en el amor hacia los demás, procurándoles el bien, sobre todo el bien mayor, que es la vivencia de cielo en la tierra para que adelanten la felicidad plena que experimentarán en la eternidad.

Un mundo como el nuestro, hoy y al parecer más que nunca, grita a los cristianos la necesidad de esta respuesta. Las convulsiones que sufre lo están destruyendo. Necesita ser reconstruido. Ya es demasiado el "fruto" que se ha derramado por los odios, por los rencores, por los deseos de venganza, por dejarnos llevar por la irracionalidad de la violencia. La herida es tan amplia que no basta pedir que dejen de hacer el mal. Es necesario que la respuesta sea más comprometedora. Se trata de que todos dejemos a un lado los egoísmos, la soberbia, las iras, los rencores, los odios, la venganza, y nos decidamos a ponernos del lado de la luz, de la bondad, del amor, de la paz, de la justicia... Que nos constituyamos en constructores en positivo. Que nos unamos a Jesús para hacer lo que Él hizo. Y nadie, pues es la obra del Señor, podrá oponerse a que lo hagamos...

sábado, 9 de noviembre de 2013

La cuestión son los detalles...

Para ser bueno, hay que serlo de verdad siempre... Algunos nos equivocamos y pensamos que es suficiente ser bueno "a lo grande", y que en lo pequeño no es necesario ser "tan bueno". Pero también hay quienes son buenos en lo pequeño, pero les cuesta ser bueno en lo grande, por vergüenza, por miedo o  por indiferencia...

Si al caso vamos, podemos afirmar sin temor a equivocarnos, que los hombres somos naturalmente buenos. Aunque es también cierto que desde que el pecado se instaló entre nosotros, también el mal se hizo parte de nuestra naturaleza... No es original en nosotros, pero sí ha sido agregado y lo tenemos como tendencia. Hace algunos años el Papa Pablo VI dijo: "En el corazón del hombre pasa la línea que divide el bien del mal". Nada más real que esto. Cuando los hombres decidimos hacer el bien, llegamos incluso hasta el heroísmo. Pero cuando nos decidimos a hacer el mal, podemos llegar a ser infernales... Así somos...

En efecto, he podido comprobar miles de veces la bondad de la mayoría. Son más los buenos que los malos. No tengo de esto ninguna duda. Lo que sucede es que la maldad hace mucho ruido. Y se nota más. La bondad es más bonita cuando es silenciosa, cuando no hace aspavientos, cuando se queda en la humildad de lo escondido. Total, el mismo Jesús nos dice: "Que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha", en una invitación a esa humildad del bien... Y desde esa sencillez de la bondad humilde, se hace muchísimo. Es impresionante cuando uno entra en la intimidad de alguien y se da cuenta de la cantidad de cosas buenas que hace y de las que es capaz de seguir haciendo, asumiendo compromisos futuros que lo empeñan en el bien y como si lo "amarraran", asegurándole a la vez un futuro de bondad....

Ese bien hecho en la sencillez, en el silencio, en la humildad, es el que ha sostenido al mundo... De no existir, la verdad es que nuestro mundo estaría en la debacle total... Los buenos no han dejado que la maldad gane, aunque también sea cierto que aparentemente esa maldad se ha enseñoreado en tantos rincones... Lo repito, la maldad hace mucho ruido. Es más fácil enterarse de las bombas que caen en un poblado civil, matando a miles, que de las miles de personas que se unen para ayudar a los que han quedado heridos en ese mismo ataque. Es más fácil leer las estadísticas de los muertos por hambre en alguna sociedad que vive en la miseria, que de las miles de toneladas de alimentos que se recogen gracias a la bondad y a la solidaridad de tantos hombres y mujeres en todo el mundo para ayudar a esa misma sociedad necesitada... Es más fácil leer en las noticias sobre la cantidad de asesinados en un fin de semana a causa de la violencia social, que de los esfuerzos titánicos de médicos y enfermeras y de otros trabajadores de la salud para atender a los miles que en ese mismo fin de semana se acercan a los centros de salud para ser atendidos por muy diversas causas... El mal es naturalmente ruidoso. Pero el bien es más poderoso. Nunca el mal vencerá ni tendrá más fuerza que el bien...

La demostración más clara de esto está en el que murió en la Cruz. Su aparente derrota ignominiosa, muriendo trágicamente a causa del odio de los hombres que se dejaron dominar por ese mal que se cree poderoso, creyéndose ellos también poderosos, fue, por el contrario, su más grande y magistral victoria. Ese que pendía de la Cruz, muriendo por el odio, estaba venciendo en el amor. Su muerte fue la derrota de todas las fuerzas del mal. Nunca el mal estuvo tan vencido como cuando Jesús estaba muerto en la Cruz, pues con Él murió el poder del demonio, el poder del pecado, el poder del mal... Y esa victoria de Cristo fue refrendada gloriosamente con su Resurrección. El retorno de la muerte fue con el pecado derrotado en sus manos. La gloria de la resurrección implicó directamente la más contundente victoria sobre el demonio, que se había creído ganador... Quedó sin fuerzas, sin poder, sin dominio...

Desde ese momento, el poder del mal está condicionado a que los mismos hombres le permitamos tenerlo. Ya el demonio está vencido. Y su poder está extinguido. Sólo tendrá el poder que nosotros mismos le pongamos en las manos... Por eso, está en nuestro poder el poder del mal. Y por eso somos más poderosos, y compensa infinitamente más, cuando nos ponemos del lado del bien. No existe mayor satisfacción que saber que estamos del lado del que yace en la Cruz y resurgió victorioso de la muerte, pues esa misma fuerza que tiene en esa gloria, la tenemos nosotros. Cristo nos ha puesto su victoria en nuestras manos. Su victoria es la nuestra. Y el poder de ese máximo bien, es ahora nuestro poder...

Ese bien que vence, lo podemos hacer vencer siempre que queramos. Basta que simplemente nos dejemos llevar de esa fuerza del amor que demostró Cristo. Y no es sólo para las grandes cosas, sino también para las más sencillas. No hay que pensar que los detalles no llenan. Es en ellos donde, quizás, demostraremos más claramente el poder de la bondad. En realidad, para muchos que buscan el reconocimiento, les es más fácil hacer el bien "a gran escala". Es en la sencillez, en la humildad, incluso en lo oscuro de la absoluta falta de reconocimiento, donde el bien es más probado... ¡Qué felicidad poder ser bueno en la propia casa, donde casi nos sentimos con derecho a "dejar salir lo que de verdad somos"! Estrictamente hablando, los que más tienen derecho para recibir nuestra bondad, son los nuestros, los más cercanos, los que están siempre con nosotros. Lamentablemente pensamos que nuestra mejor faceta se la deben llevar quienes no nos conocen, los que encontramos por primera vez, los que no son nuestros. Y a los nuestros les reservamos lo peorcito de nosotros. No es justo. Son los nuestros los que tiene más derecho a eso... ¿Por qué nos empeñamos en ocultar lo bueno que tenemos a los más cercanos?

Sonreímos a la persona que nos encontramos en el camino, en el trabajo, en el ascensor... Y nos hemos despedido, quizás cinco minutos antes, con una cara amargada de nuestro esposo, o de nuestra esposa, o de nuestros hijos... ¡No puede ser!. Estos detalles son los que sacan de verdad lo que somos. Es en los detalles donde demostramos quienes somos de verdad. No es en el fingir bondad. Es en el ser buenos de verdad, con todos, principalmente con los más cercanos... El bien es bien siempre. No es bien en las ocasiones en que nosotros decidamos que sea. Por eso, en los detalles es donde mejor habla la bondad que vivimos realmente. No dejemos que esa bondad quede oculta. Dejémosla expresarse siempre, pues es lo que mejor nos describe como verdaderamente buenos...