El caso de Salomón es un caso único. Después de que Dios concedió a Israel el tener un Rey, que era como una traición al único reinado de Yahvé sobre el pueblo, sólo por una especie de envidia de Israel de cómo funcionaba el gobierno en los pueblos vecinos, y después de la figura egregia de David, el gran Rey de Israel que, a pesar de su pecado gravísimo es perdonado por Dios por su arrepentimiento sincero, surge esta figura de Salomón que, podríamos decir, se convierte en el emblema de la institución del reinado en Israel... La oración que éste hace ante el Dios que le ofrece darle lo que pida, es un modelo perfecto de lo que debemos pedir todos los hombres. Salomón se olvida de sí mismo y pone en el primer lugar de su oración el poder servir de la mejor manera al pueblo. Pide un espíritu que sepa gobernar y la capacidad de discernir para avanzar por las mejores rutas para el pueblo al que rige...
Su humildad al no pedir nada para sí mismo, al centrarse en la misión que le corresponde desarrollar, y pedirle a Dios algo que va en función de un mejor servicio, le atrajo de Yahvé cantidad de bendiciones y beneficios. No pidió para sí nada, sino que pidió todo para poder estar al mejor servicio del pueblo. Por ello, Dios le concedió lo que no había pedido: riquezas, poder, fama... El Reinado de Salomón resplandeció en medio de la oscuridad de todo lo que estaba a su alrededor, y su fama se extendió por todos lados. Tanto que hasta la poderosa Reina de Sabá sintió la curiosidad de ir a conocer a aquél de quien tanto hablaban y que descollaba tanto... Ella lo comprobó y quedó prendada de la figura de Salomón, de su sabiduría y de su poder. Se rindió a sus pies...
Es interesante lo que constata la Reina de Sabá al reconocer la altura que había alcanzado Salomón en su sabiduría: "¡Dichosa tu gente, dichosos los cortesanos que están siempre en tu presencia, aprendiendo de tu sabiduría! ¡Bendito sea el Señor, tu Dios, que, por el amor eterno que tiene a Israel, te ha elegido para colocarte en el trono de Israel y te ha nombrado rey para que gobiernes con justicia!" La dicha que reconoce la Reina de Sabá es la de Israel, que ha sido bendecido por Dios con un personaje como Salomón. Y la bendición es para Yahvé que, por amor, ha colocado a personaje tan sabio al frente para regirlos... De ninguna manera reconoce los atributos de Salomón como surgidos de sí mismo o frutos de un esfuerzo personal. Así como Salomón pidió algo para beneficio del pueblo, así mismo el reconocimiento no es para él, sino para el Dios que se lo ha concedido y para el pueblo que lo disfruta... Es exactamente así. La humildad de Salomón así lo exige. Un reconocimiento personal desvirtuaría todo lo que realmente ha sucedido. Ha sido el mismo Dios el origen de esa sabiduría, de esas riquezas, de ese poder. Es el pueblo el beneficiario directo de esos dones de Dios. De no ser así, no tendría sentido ningún reconocimiento....
La meta es la que dice la Reina de Sabá: "¡Te ha nombrado rey para que gobiernes con justicia!" He ahí el meollo del asunto. La bendición de Dios que ha recaído sobre Salomón es no por sí mismo ni por lo que es, sino por la misión que debe llevar adelante. Es la bendición que Dios quiere hacer recaer sobre cualquiera que ejerza el servicio de gobierno sobre los pueblos... Pero esto requiere de la humildad de saberse servidor, de saberse elegido para servir, con el deseo de hacer el mayor bien posible a todos, sin dejar a nadie fuera de esos beneficios. Cuando la autoridad se entiende como este servicio, puesto en las propias manos por el mismísimo Dios, abre las puertas para la entrada de la sabiduría y del espíritu de discernimiento de lo bueno. Por el contrario, cuando el servicio de gobierno no se entiende como tal, sino como el ejercicio de un poder omnímodo para subyugar, para aprovecharse personal o grupalmente de él, para enriquecerse o favorecer el enriquecimiento de los propios sin importar para nada la honestidad o la transparencia para lograrlo, de ninguna manera el que ejerce el poder recibirá la bendición de Dios ni ninguno de sus beneficios. Por el contrario, por burlarse del pueblo al que debe servir, por aprovecharse de ellos habiéndolos engañado para llegar a la cumbre, por revestirse de servidor cuando en realidad es un aprovechador, por dividir al pueblo para fortalecerse apoyándose en fuerza bruta y en armas, sólo le espera de Dios la maldición y el peor de los fines. Así terminaron todos los reyes de Israel que traicionaron el poder que Dios había colocado en sus manos. Dios no deja a quien se burla de Él y de sus dones sin escarmiento. Y el que recibe el escarmiento de Dios, principio de todos los beneficios, la pasa de verdad muy mal... Dios se coloca siempre del lado de los débiles, de los burlados, de los desplazados. Y con Él, todo su poder está a favor de ellos. Y en eso, Dios es terrible. No es imaginable la tragedia que se cierne sobre aquél...
Es cierto que toda autoridad viene de Dios. Pero es igualmente cierto, y es superior en la consideración del servicio, que toda autoridad está para el servicio al bien y para el servicio a todos. Cuando se desvirtúa este fin, aunque la autoridad haya venido de Dios, ya no es de Dios. Ya Dios no bendice a quien se aleja de esta finalidad del servicio de gobierno. Y en vez de recibir la bendición y el apoyo de Dios, se queda solitario en el camino, y por ello se debilita al extremo. El que gobierna debe mantener el tesoro de la humildad, del deseo de servir a los demás, en su corazón. De esa manera, de su interior surgirá sólo riqueza para todos o, por el contrario, sólo pobreza y desgracia. Es lo que dice Jesús: "Lo que sale de dentro, eso sí mancha al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro". Si es así, el pueblo se convertirá en su juez más firme y le reclamará su falta de servicio. Y tomará la justicia para hacer con él lo que corresponda. Y Dios estará con el pueblo. Y el juicio será implacable pues se basará en la burla que el que ejerce el poder ha hecho del amor y de la misericordia de Dios, y la que ha hecho de la confianza y de la inocencia del pueblo al que debió haber servido...
Ramón Viloria. Operario Diocesano. Ocupado en el anuncio del Amor de Dios y en la Promoción de la Verdad y la Justicia
miércoles, 12 de febrero de 2014
martes, 11 de febrero de 2014
"Dominar" a Dios
¿Es que realmente algo puede contener a Dios? Lo tenía muy claro el Rey Salomón, que había construido el fabuloso Templo de Jerusalén para "albergar" a Dios: "¿Es posible que Dios habite en la tierra? Si no cabes en el cielo y en lo más alto del cielo, ¡cuánto menos en este templo que he construido!" La presencia de Dios en el mundo es plena y nada lo puede contener. Por eso, al final de su oración, Salomón afirma: "Día y noche estén tus ojos abiertos sobre este templo, sobre el sitio donde quisiste que residiera tu nombre". Tiene que aceptar que Dios está por encima del Templo y que este es simplemente el asentamiento del Nombre de Dios, por lo cual se convierte sólo en referencia para invocarlo y pedir su bendición y su favor sobre el pueblo de Israel. No es sitio que pueda contener a Dios, pero sí es referencia para entrar en contacto con Él.
Podemos entender que esta relación del pueblo con Dios necesita una referencia específica. Los hombres somos seres materiales y para poder entrar en contacto con la divinidad, con la realidad espiritual que nos supera y escapa de nuestro "control", necesitamos de las mediaciones humanas y materiales, que nos conectan con el mundo espiritual. En eso se convierte el Templo.Por tener a la mano una realidad que nos conecta con lo espiritual, podemos entrar en un contacto más confiado con Dios. Es, en cierto modo, una condescendencia amorosa de nuestro Dios con los hombres. Sabiendo que nuestra realidad corporal nos limita infinitamente, hace posible que esa misma realidad material pueda elevarnos a categorías espirituales en las cuales el mismo espíritu humano se encuentra más cómodo. Es una cierta "seguridad" que necesitamos para poder estar confiados en que entramos en contacto con el mundo espiritual, que es la riqueza infinita que Dios ofrece a los hombres. A través de eso material, Dios nos "eleva" a lo espiritual. Es la dinámica de la sacramentalidad. A través de ella, hacemos presente por signos concretos un mundo infinitamente trascendente, que es el de Dios. Y Dios "se esconde" en eso para "dejarse" encontrar por nosotros en los signos que nos traen la salvación.
Lamentablemente, el espíritu humano, por naturaleza acucioso e insaciable, frecuentemente no se contenta con esta posibilidad de tener "contacto" con Dios, sino que de alguna manera quiere "aprovecharse" de esta cualidad que Dios le ha regalado, y cae en tentaciones que desvirtúan la riqueza y la convierten en contaminación terrible que lo daña a sí mismo. Por eso, colocando a Dios como excusa, justifican su codicia y su egoísmo. Es lo que reprocha Jesús a los fariseos y a los escribas: "El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos. Dejan a un lado el mandamiento de Dios para aferrarse a la tradición de los hombres". Muchos se creen con el "poder" de dominio sobre esta realidad espiritual. Confunden la condescendencia de Dios con la transmisión de algún poder sobre Él. Se erigen algunos en censores de los hombres "en nombre de Dios", descalificando del todo esa misericordia infinita de Dios al dejarse "agarrar" por el hombre... Peor aún cuando se pretende "dominar" el mundo espiritual con artes esotéricas y misteriosas, pensando que a Dios se le puede dominar y colocar bajo el arbitrio de sus manipulaciones. Es lo que pretenden los espiritistas, los brujos, los videntes, los hechiceros..., que presuponen que Dios "se dejará controlar" o que dejará controlar la realidad espiritual, con lo cual buscarían dominar a los hombres temerosos o ingenuos, para sacar buenas tajadas crematísticas, de poder o de honor...
Pero el nivel más bajo de esta pretensión es cuando se cae en el empeño de disfrazar de bondad lo que es de por sí malo, por cuanto significa de desprecio a los hombres y al mismo Dios. Es la verdadera actitud farisaica que considera la relación con Dios como algo simplemente externo, sin implicaciones interiores, sin compromisos personales. Incluso llegando al extremo de instrumentalizarla para sacar buena renta de ella. Bastaría, en este caso, "guardar las formas", sin importar mucho el fondo. Es el empeño de mostrar una faceta que no es real, sino simplemente una fachada que "dejaría bien parado" delante de los demás. Un empeño absurdo, pues Dios sabe bien lo que hay en el corazón de cada hombre. El que es "experto" en el mundo espiritual no debería caer en este juego en el que sabe bien que no saldrá bien parado. Pero pesa más el empeño en engañar a los hermanos, de quedar bien delante de ellos, por encima incluso de quedar bien delante de Dios, que la necesidad absoluta de la transparencia delante de Dios y de los demás. La doble fachada se convierte así en una "bandera" que debe ser defendida absurdamente, para no quedar en evidencia delante de los demás. Empeño absurdo que no logra sino la destrucción del hombre en la presencia de Dios, aunque quede inmaculado delante de los demás...
Nuestra meta debe ser honrar a Dios por encima de todo, sin importar ni siquiera cómo quedamos nosotros delante de los demás. Lo que importa es Dios y nuestra relación transparente y honesta con Él. Teniendo buena relación con Dios se asegura una buena relación con los hermanos. Es imposible estar bien con Dios y a la vez estar mal con los hermanos. Lo contrario sí puede suceder... Que no sea dirigido a nosotros el reproche de Jesús: "Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí"...
Podemos entender que esta relación del pueblo con Dios necesita una referencia específica. Los hombres somos seres materiales y para poder entrar en contacto con la divinidad, con la realidad espiritual que nos supera y escapa de nuestro "control", necesitamos de las mediaciones humanas y materiales, que nos conectan con el mundo espiritual. En eso se convierte el Templo.Por tener a la mano una realidad que nos conecta con lo espiritual, podemos entrar en un contacto más confiado con Dios. Es, en cierto modo, una condescendencia amorosa de nuestro Dios con los hombres. Sabiendo que nuestra realidad corporal nos limita infinitamente, hace posible que esa misma realidad material pueda elevarnos a categorías espirituales en las cuales el mismo espíritu humano se encuentra más cómodo. Es una cierta "seguridad" que necesitamos para poder estar confiados en que entramos en contacto con el mundo espiritual, que es la riqueza infinita que Dios ofrece a los hombres. A través de eso material, Dios nos "eleva" a lo espiritual. Es la dinámica de la sacramentalidad. A través de ella, hacemos presente por signos concretos un mundo infinitamente trascendente, que es el de Dios. Y Dios "se esconde" en eso para "dejarse" encontrar por nosotros en los signos que nos traen la salvación.
Lamentablemente, el espíritu humano, por naturaleza acucioso e insaciable, frecuentemente no se contenta con esta posibilidad de tener "contacto" con Dios, sino que de alguna manera quiere "aprovecharse" de esta cualidad que Dios le ha regalado, y cae en tentaciones que desvirtúan la riqueza y la convierten en contaminación terrible que lo daña a sí mismo. Por eso, colocando a Dios como excusa, justifican su codicia y su egoísmo. Es lo que reprocha Jesús a los fariseos y a los escribas: "El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos. Dejan a un lado el mandamiento de Dios para aferrarse a la tradición de los hombres". Muchos se creen con el "poder" de dominio sobre esta realidad espiritual. Confunden la condescendencia de Dios con la transmisión de algún poder sobre Él. Se erigen algunos en censores de los hombres "en nombre de Dios", descalificando del todo esa misericordia infinita de Dios al dejarse "agarrar" por el hombre... Peor aún cuando se pretende "dominar" el mundo espiritual con artes esotéricas y misteriosas, pensando que a Dios se le puede dominar y colocar bajo el arbitrio de sus manipulaciones. Es lo que pretenden los espiritistas, los brujos, los videntes, los hechiceros..., que presuponen que Dios "se dejará controlar" o que dejará controlar la realidad espiritual, con lo cual buscarían dominar a los hombres temerosos o ingenuos, para sacar buenas tajadas crematísticas, de poder o de honor...
Pero el nivel más bajo de esta pretensión es cuando se cae en el empeño de disfrazar de bondad lo que es de por sí malo, por cuanto significa de desprecio a los hombres y al mismo Dios. Es la verdadera actitud farisaica que considera la relación con Dios como algo simplemente externo, sin implicaciones interiores, sin compromisos personales. Incluso llegando al extremo de instrumentalizarla para sacar buena renta de ella. Bastaría, en este caso, "guardar las formas", sin importar mucho el fondo. Es el empeño de mostrar una faceta que no es real, sino simplemente una fachada que "dejaría bien parado" delante de los demás. Un empeño absurdo, pues Dios sabe bien lo que hay en el corazón de cada hombre. El que es "experto" en el mundo espiritual no debería caer en este juego en el que sabe bien que no saldrá bien parado. Pero pesa más el empeño en engañar a los hermanos, de quedar bien delante de ellos, por encima incluso de quedar bien delante de Dios, que la necesidad absoluta de la transparencia delante de Dios y de los demás. La doble fachada se convierte así en una "bandera" que debe ser defendida absurdamente, para no quedar en evidencia delante de los demás. Empeño absurdo que no logra sino la destrucción del hombre en la presencia de Dios, aunque quede inmaculado delante de los demás...
Nuestra meta debe ser honrar a Dios por encima de todo, sin importar ni siquiera cómo quedamos nosotros delante de los demás. Lo que importa es Dios y nuestra relación transparente y honesta con Él. Teniendo buena relación con Dios se asegura una buena relación con los hermanos. Es imposible estar bien con Dios y a la vez estar mal con los hermanos. Lo contrario sí puede suceder... Que no sea dirigido a nosotros el reproche de Jesús: "Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí"...
lunes, 10 de febrero de 2014
Tocar a Jesús para ser sanados
La apoteosis del pueblo de Israel es la presencia de Dios en su templo. Para ellos, el que Dios hubiera querido quedarse en medio de ellos era el signo más claro de su predilección. Y Dios no escatimaba detalles para hacerles entender y asegurarse de que así era. Desde su presencia misteriosa en el Arca de la Alianza, en la que estaba presente la Palabra que Él mismo les había dirigido a través de Moisés, hasta los grandes momentos en los que el pueblo se rendía en adoración y alabanza a Dios, que en cierto modo estaba presente en el Arca, todo pasaba por esos gestos de rendición del pueblo al mismísimo Dios. Yahvé era, sin duda, el centro de las atenciones, alrededor del cual giraban todos los intereses, los pensamientos y las acciones de Israel. Cuando el pueblo era fiel a ese Dios que estaba en medio de ellos, la situación de Israel era privilegiada. Había paz, armonía, progreso. Pero cuando el pueblo era infiel a ese Dios que les manifestaba tanta predilección, la situación se tornaba conflictiva, punzante, incómoda...
Esa era la historia de Israel: historia de fidelidad e infidelidad, de paz y conflictos, de progreso y retrocesos, de libertad y esclavitud... Los matices dependían de la conducta de Israel. Según fuera el grado de fidelidad a Dios y a su amor por el pueblo, así mismo era la respuesta que Dios daba. O los hacía vencer a los pueblos hostiles que lo rodeaban, o los hacía sucumbir a su poder. O les daba una libertad sabrosa en la que podían sentirse a sus anchas, o los hacía caer en la esclavitud y en la deportación de sus propias tierras... Israel mismo se ganaba el favor o el castigo, el amor o el rechazo. Y no era Dios el que "castigaba" sino el mismo Israel el que se atraía la bendición o la desgracia...
En cierto modo, Israel aseguraba su vida como pueblo elegido y preferido de Dios cuando mantenía el cuidado a lo que era la presencia de Dios en medio de él, o en la tienda de reunión, o en el templo que se llenaba de su gloria. El templo como presencia de Dios y de su gloria en medio del pueblo era como la prenda de seguridad de que Dios seguía entre ellos y seguía siendo la medida de la vida feliz...
La historia se hace más evidente cuando desde el templo, Dios se proyecta a las afueras, en Jesús. Ya esa gloria de Dios no se circunscribe a una edificación, a un sitio, a una realidad material. Jesús mismo dice que llega el momento en que a Dios se le rendirá culto "en espíritu y en verdad", es decir, que ya no serán necesarios los "sitios físicos" para ser testigos de la acción de Dios y de su gloria infinita. Jesús es el nuevo Templo de Israel, desde el cual Dios sigue manifestando su predilección a los hombres. Y esta vez ya no está circunscrito a un lugar, ni siquiera a unas personas. Es todo el mundo el que es sitio de Dios, y es todo el hombre y todos los hombres los que serán objeto de su predilección. Desde el nuevo templo que es Jesús Dios bendice a toda la humanidad y hace por ella las obras más maravillosas...
Todos los que se acercan a Jesús y con fe esperan de Él alguna bendición, recibirán un regalo de amor. No quedarán frustrados ni insatisfechos... "Le rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y los que lo tocaban se ponían sanos". Bastaba que Jesús pasara, que el Templo se hiciera presente en ellos, para que la virtud de Dios se hiciera activa con su poder y su amor. Ya no era necesario ir al Templo para recibir el favor de Dios, sino que era suficiente colocarse ante el Templo, Jesús, que venía al hombre, para tocarlo, confiadamente, y dejarse sanar amorosamente por Él. La obra de Jesús era un apoteosis mayor para la gente. La presencia de Dios no se limitaba sólo a las paredes del templo o a las telas de la tienda de la reunión, sino que se abría infinitamente a la presencia portentosa y ubicua de Jesús. Donde está Jesús, está la gloria de Dios. Donde está Jesús, está el poder de Dios. Donde está Jesús, está el amor misericordioso y sanador de Dios...
Y así fue desde la Encarnación del Verbo, Dios que irrumpe en la historia de la humanidad, y sigue siendo hoy, en nuestros días. La gloria, el poder, el amor de Dios están donde está Jesús. Esa presencia de Jesús en medio de su pueblo, en medio de nosotros, la hacemos nosotros con nuestra fe, con nuestra confianza, con nuestra esperanza de que siga actuando portentosamente. Hacemos presente a Jesús misteriosamente en medio de nosotros con nuestra fidelidad a Dios y a su amor. Y ese Jesús, Templo viviente de Dios, nos sigue dejando tocarlo para que la virtud amorosa y sanadora de Dios siga actuando en favor nuestro. No hay frustración posible, sino únicamente la de no hacer efectiva esta acción de Jesús en medio de nosotros. Somos nosotros los que permitimos a Jesús seguir actuando en favor nuestro, pues Él está siempre bien dispuesto. Para eso se hizo hombre y para eso se entregó. Esa es la mayor demostración de que quiere actuar y de que esa acción está condicionada exclusivamente a nuestro deseo de que sea realidad.
Somos nosotros lo que no lo hemos entendido. Es muy fácil, por cuanto sólo basta tender nuestra mano, tocar su manto que pasa ante nuestra presencia, dejar que su virtud "salga" de Él hacia nosotros, pues ella pugna por salir y necesita sólo una mano tendida que la tome y la haga salir en beneficio de quien la reciba... Jesús es el nuevo templo de Dios en el mundo. Y está en todas partes para nosotros. No lo dejemos inútil en el mundo, pues es lo que menos quiere. Su amor y su misericordia por nosotros lo hacen añorar prestarnos el mejor servicio, que es la salvación, la curación, el perdón... Están al alcance de nuestras manos y sólo debemos tocar su manto para que sean nuestras...
Esa era la historia de Israel: historia de fidelidad e infidelidad, de paz y conflictos, de progreso y retrocesos, de libertad y esclavitud... Los matices dependían de la conducta de Israel. Según fuera el grado de fidelidad a Dios y a su amor por el pueblo, así mismo era la respuesta que Dios daba. O los hacía vencer a los pueblos hostiles que lo rodeaban, o los hacía sucumbir a su poder. O les daba una libertad sabrosa en la que podían sentirse a sus anchas, o los hacía caer en la esclavitud y en la deportación de sus propias tierras... Israel mismo se ganaba el favor o el castigo, el amor o el rechazo. Y no era Dios el que "castigaba" sino el mismo Israel el que se atraía la bendición o la desgracia...
En cierto modo, Israel aseguraba su vida como pueblo elegido y preferido de Dios cuando mantenía el cuidado a lo que era la presencia de Dios en medio de él, o en la tienda de reunión, o en el templo que se llenaba de su gloria. El templo como presencia de Dios y de su gloria en medio del pueblo era como la prenda de seguridad de que Dios seguía entre ellos y seguía siendo la medida de la vida feliz...
La historia se hace más evidente cuando desde el templo, Dios se proyecta a las afueras, en Jesús. Ya esa gloria de Dios no se circunscribe a una edificación, a un sitio, a una realidad material. Jesús mismo dice que llega el momento en que a Dios se le rendirá culto "en espíritu y en verdad", es decir, que ya no serán necesarios los "sitios físicos" para ser testigos de la acción de Dios y de su gloria infinita. Jesús es el nuevo Templo de Israel, desde el cual Dios sigue manifestando su predilección a los hombres. Y esta vez ya no está circunscrito a un lugar, ni siquiera a unas personas. Es todo el mundo el que es sitio de Dios, y es todo el hombre y todos los hombres los que serán objeto de su predilección. Desde el nuevo templo que es Jesús Dios bendice a toda la humanidad y hace por ella las obras más maravillosas...
Todos los que se acercan a Jesús y con fe esperan de Él alguna bendición, recibirán un regalo de amor. No quedarán frustrados ni insatisfechos... "Le rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y los que lo tocaban se ponían sanos". Bastaba que Jesús pasara, que el Templo se hiciera presente en ellos, para que la virtud de Dios se hiciera activa con su poder y su amor. Ya no era necesario ir al Templo para recibir el favor de Dios, sino que era suficiente colocarse ante el Templo, Jesús, que venía al hombre, para tocarlo, confiadamente, y dejarse sanar amorosamente por Él. La obra de Jesús era un apoteosis mayor para la gente. La presencia de Dios no se limitaba sólo a las paredes del templo o a las telas de la tienda de la reunión, sino que se abría infinitamente a la presencia portentosa y ubicua de Jesús. Donde está Jesús, está la gloria de Dios. Donde está Jesús, está el poder de Dios. Donde está Jesús, está el amor misericordioso y sanador de Dios...
Y así fue desde la Encarnación del Verbo, Dios que irrumpe en la historia de la humanidad, y sigue siendo hoy, en nuestros días. La gloria, el poder, el amor de Dios están donde está Jesús. Esa presencia de Jesús en medio de su pueblo, en medio de nosotros, la hacemos nosotros con nuestra fe, con nuestra confianza, con nuestra esperanza de que siga actuando portentosamente. Hacemos presente a Jesús misteriosamente en medio de nosotros con nuestra fidelidad a Dios y a su amor. Y ese Jesús, Templo viviente de Dios, nos sigue dejando tocarlo para que la virtud amorosa y sanadora de Dios siga actuando en favor nuestro. No hay frustración posible, sino únicamente la de no hacer efectiva esta acción de Jesús en medio de nosotros. Somos nosotros los que permitimos a Jesús seguir actuando en favor nuestro, pues Él está siempre bien dispuesto. Para eso se hizo hombre y para eso se entregó. Esa es la mayor demostración de que quiere actuar y de que esa acción está condicionada exclusivamente a nuestro deseo de que sea realidad.
Somos nosotros lo que no lo hemos entendido. Es muy fácil, por cuanto sólo basta tender nuestra mano, tocar su manto que pasa ante nuestra presencia, dejar que su virtud "salga" de Él hacia nosotros, pues ella pugna por salir y necesita sólo una mano tendida que la tome y la haga salir en beneficio de quien la reciba... Jesús es el nuevo templo de Dios en el mundo. Y está en todas partes para nosotros. No lo dejemos inútil en el mundo, pues es lo que menos quiere. Su amor y su misericordia por nosotros lo hacen añorar prestarnos el mejor servicio, que es la salvación, la curación, el perdón... Están al alcance de nuestras manos y sólo debemos tocar su manto para que sean nuestras...
domingo, 19 de enero de 2014
Elegidos y enviados para el Amor
Una de las verdades fundamentales de nuestra fe cristiana es la de ser elegidos por amor. Dios nos convoca a cada uno a ser suyos, a pertenecer sólo a Él, a tener plena conciencia de ser propiedad exclusiva suya. Y no lo hace simplemente como un trámite "de propietario capitalista", que engordaría con ello la lista de sus posesiones, sino con un corazón de amor que quiere hacer consciente de que en esa condición de pertenencia está la verdadera felicidad y la plenitud del hombre. En nuestra creación como centros de todo lo creado, de todo el universo, la plenitud que Dios imprimió en el hombre pasa por eso: por ser suyos, pues colocó en nosotros una semilla de añoranza de Él mismo que será la motivación máxima que tendremos siempre. Cuando no lo asumimos así y tomamos otras rutas en búsqueda de esa plenitud, logramos sólo frustraciones...
No estar en Dios, no ser exclusivamente de Él representaría para el hombre la desilusión mayor. Consciente o inconscientemente, elegir un camino diverso a éste lleva a la oscuridad de la vida propia y puede llevar a otros a esa misma oscuridad que portamos... Así lo entendió perfectamente San Agustín, cuando afirmó: "Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descase en ti". Sucede como cuando se nos desencaja el hueso del hombro -decimos: "se me salió el brazo"-, produciendo dolores terribles e inutilizando el brazo totalmente. Hasta que no es devuelto a su lugar ese hueso y haya recuperado totalmente la normalidad de su funcionamiento, estará siempre produciendo dolor y permanecerá inútil... Exactamente sucede lo mismo con el hombre que no está en Dios. Somos como ese hueso dislocado, que no está en el sitio que le corresponde, y eso nos duele y nos hace inútiles...
Dios nos elige, nos llama para sí, nos quiere junto a Él, pero no para "acapararnos", sino para hacernos felices. Él ha sembrado la semilla de su añoranza en nosotros y ha hecho lo mejor que ha podido hacer: ofrecerse a sí mismo siempre, estar a la disposición, colocarse a tiro para que podamos alcanzarlo. De esa manera, la frustración será una opción hecha por el mismo hombre, pues el camino de la satisfacción plena es sencillo de recorrer, por cuanto Dios siempre será asequible, más aún, se hará el encontradizo para que lo podamos tener... Si nos frustramos en la búsqueda de la felicidad es una opción personal. Igualmente lo será el logro de la plenitud y de la felicidad mayor...
Dios nos ha manifestado reiteradamente su voluntad amorosa sobre nosotros: "Tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso", "Yo, llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios", "Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo"... De múltiples maneras, Dios nos ha hecho clara su llamada, nuestra vocación. Los diversos personajes de las Sagradas Escrituras que ejemplifican a los llamados, no son otra cosa sino prefiguración de la elección eterna que ha hecho sobre cada uno de nosotros. Dios nos ha creado plenamente libres, llenos de capacidades, de inteligencia y voluntad, pero con una vocación eterna que se basa en su amor y que tiene un doble objetivo: ser de Él y ser enviados al mundo para dar testimonio de Él...
Cada uno de esos personajes no fue llamado simplemente para quedarse "regodeándose" en la alegría de estar en Dios. Fue llamado y convocado a una misión específica: "Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra", "Escribimos a la Iglesia de Dios en Corinto, a los consagrados por Cristo Jesús, a los santos que él llamó y a todos los demás que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo", "Yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios"... La elección del Señor es, sí, una grana alegría, pues nos da la posibilidad de lograr en Él la plenitud de nuestra existencia, su sentido máximo. Pero ella se complemente exclusivamente en la ocasión de adr testimonio de quien nos ha elegido delante de todos los hermanos...
Entender que nuestra plenitud se complementará sólo en la medida que nos hagamos testigos de esa plenitud que vivimos, es lo que hará que no alcancemos jamás una frustración indeseable. Pretender quedarse "felices" en Dios sin proyección hacia los hermanos, es arriesgarnos a alcanzar más bien la frustración total de nuestro ser. Hemos sido creados para amar y para multiplicar el amor. Para vivir la salvación y para hacerla llegar a los hermanos, porque los amamos. Sin el amor que nos lanza a los demás, la vida del hombre es un simple automatismo. Es el amor y el deseo de que todos lo vivan en Dios lo que da a la vida su verdadera ilusión y su mayor añoranza. Y se puede alcanzar plenamente, pues el mismo Dios que ha creado la necesidad, hace posible que alcancemos satisfacerla plenamente ya que Él mismo se pone a la mano y se ofrece para ser esa plenitud...
Hacernos salvación de Dios para los hermanos, porque vivimos esa misma salvación en nosotros; procurar que nuestra elección alcance su finalidad última, que es ser salvación para los demás; reconocernos lanzados a los hermanos para llevarles a ellos el amor que Dios les tiene, es la máxima felicidad, es la máxima añoranza y es la máxima ilusión que se puede vivir en el amor. Quien ama no puede tener otra prioridad que la de ser de Dios verdaderamente y la de hacerse instrumento de su amor para los demás... Dios nos ha hecho así. Ha querido que vivamos en la plenitud. Y nuestra plenitud es el amor. Se pone a la mano para que lo tengamos y nos pone a los hermanos en el camino para que nuestro amor sea pleno, sea compartido, sea hecho salvación para todos.
No estar en Dios, no ser exclusivamente de Él representaría para el hombre la desilusión mayor. Consciente o inconscientemente, elegir un camino diverso a éste lleva a la oscuridad de la vida propia y puede llevar a otros a esa misma oscuridad que portamos... Así lo entendió perfectamente San Agustín, cuando afirmó: "Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descase en ti". Sucede como cuando se nos desencaja el hueso del hombro -decimos: "se me salió el brazo"-, produciendo dolores terribles e inutilizando el brazo totalmente. Hasta que no es devuelto a su lugar ese hueso y haya recuperado totalmente la normalidad de su funcionamiento, estará siempre produciendo dolor y permanecerá inútil... Exactamente sucede lo mismo con el hombre que no está en Dios. Somos como ese hueso dislocado, que no está en el sitio que le corresponde, y eso nos duele y nos hace inútiles...
Dios nos elige, nos llama para sí, nos quiere junto a Él, pero no para "acapararnos", sino para hacernos felices. Él ha sembrado la semilla de su añoranza en nosotros y ha hecho lo mejor que ha podido hacer: ofrecerse a sí mismo siempre, estar a la disposición, colocarse a tiro para que podamos alcanzarlo. De esa manera, la frustración será una opción hecha por el mismo hombre, pues el camino de la satisfacción plena es sencillo de recorrer, por cuanto Dios siempre será asequible, más aún, se hará el encontradizo para que lo podamos tener... Si nos frustramos en la búsqueda de la felicidad es una opción personal. Igualmente lo será el logro de la plenitud y de la felicidad mayor...
Dios nos ha manifestado reiteradamente su voluntad amorosa sobre nosotros: "Tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso", "Yo, llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios", "Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo"... De múltiples maneras, Dios nos ha hecho clara su llamada, nuestra vocación. Los diversos personajes de las Sagradas Escrituras que ejemplifican a los llamados, no son otra cosa sino prefiguración de la elección eterna que ha hecho sobre cada uno de nosotros. Dios nos ha creado plenamente libres, llenos de capacidades, de inteligencia y voluntad, pero con una vocación eterna que se basa en su amor y que tiene un doble objetivo: ser de Él y ser enviados al mundo para dar testimonio de Él...
Cada uno de esos personajes no fue llamado simplemente para quedarse "regodeándose" en la alegría de estar en Dios. Fue llamado y convocado a una misión específica: "Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra", "Escribimos a la Iglesia de Dios en Corinto, a los consagrados por Cristo Jesús, a los santos que él llamó y a todos los demás que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo", "Yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios"... La elección del Señor es, sí, una grana alegría, pues nos da la posibilidad de lograr en Él la plenitud de nuestra existencia, su sentido máximo. Pero ella se complemente exclusivamente en la ocasión de adr testimonio de quien nos ha elegido delante de todos los hermanos...
Entender que nuestra plenitud se complementará sólo en la medida que nos hagamos testigos de esa plenitud que vivimos, es lo que hará que no alcancemos jamás una frustración indeseable. Pretender quedarse "felices" en Dios sin proyección hacia los hermanos, es arriesgarnos a alcanzar más bien la frustración total de nuestro ser. Hemos sido creados para amar y para multiplicar el amor. Para vivir la salvación y para hacerla llegar a los hermanos, porque los amamos. Sin el amor que nos lanza a los demás, la vida del hombre es un simple automatismo. Es el amor y el deseo de que todos lo vivan en Dios lo que da a la vida su verdadera ilusión y su mayor añoranza. Y se puede alcanzar plenamente, pues el mismo Dios que ha creado la necesidad, hace posible que alcancemos satisfacerla plenamente ya que Él mismo se pone a la mano y se ofrece para ser esa plenitud...
Hacernos salvación de Dios para los hermanos, porque vivimos esa misma salvación en nosotros; procurar que nuestra elección alcance su finalidad última, que es ser salvación para los demás; reconocernos lanzados a los hermanos para llevarles a ellos el amor que Dios les tiene, es la máxima felicidad, es la máxima añoranza y es la máxima ilusión que se puede vivir en el amor. Quien ama no puede tener otra prioridad que la de ser de Dios verdaderamente y la de hacerse instrumento de su amor para los demás... Dios nos ha hecho así. Ha querido que vivamos en la plenitud. Y nuestra plenitud es el amor. Se pone a la mano para que lo tengamos y nos pone a los hermanos en el camino para que nuestro amor sea pleno, sea compartido, sea hecho salvación para todos.
sábado, 18 de enero de 2014
La Iglesia es un hospital
La venida del Verbo en carne humana se explica sólo por una razón: el pecado del hombre. Por eso tiene mucho sentido la afirmación de Cristo: "No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar justos, sino pecadores". Tristemente, muchos hombres entendemos que Jesús es sólo para los "puros", para los "santos", para los "inmaculados". Si el hombre se hubiera mantenido inmaculado desde su origen, si no se hubiera puesto de espaldas al amor de Dios, queriendo hacerse como un dios, en su soberbia que lo aconsejaba colocarse en el centro y desbancar a Dios del lugar primigenio que le corresponde, la historia de la salvación hubiera sido una muy distinta... Aquel protoevangelio en el que Yahvé declaraba la enemistad entre la humanidad y la serpiente -el diablo-, por lo cual un descendiente de la mujer lucharía contra el demonio y aplastaría su cabeza, no hubiera tenido lugar...
La soberbia del hombre es tal que incluso en ella, se atrevería a mirar a Dios "por encima del hombro". Y la verdad es que Jesús es el Dios que viene a rescatar lo que estaba perdido, por la misma ofuscación del hombre. El demonio tuvo su triunfo en la presentación de la tentación más "agradable" para el hombre, que es la de la lisonja, la de la caricia a su ego, la de la propuesta de honor y gloria fáciles... Y el hombre cayó en la trampa... Y sigue cayendo. ¡Cuántos hoy no se consideran mejores que los demás! ¡Cuántos hoy casi que llegan a pedir el agradecimiento a Dios por seguir sus huellas! El orgullo estéril en la fidelidad es la peor soberbia que podemos sufrir. El que hace el mal y se aparta de Dios voluntariamente, al menos es honesto al saberse lejos de Dios. Pero el que se mantiene "fiel", envanecido en el "éxito" de su fidelidad, y por eso mira a los "desgraciados pecadores" por encima del hombro y casi con compasión porque no son como él, es más lejano a Dios que el gran pecador...
Es exactamente la misma tentación y el mismo pecado que cometieron los fariseos de la época de Jesús: "¡De modo que come con recaudadores y pecadores!" Es el escándalo, como el de las viejas chismosas que están pendientes de lo que hacen los otros para criticar, para desacreditar, para destruir, con la lengua punzopenetrante que no sólo hiere, sino que mata, y de la peor manera. Se busca en estos casos poner la lupa en el supuesto "mal" del otro, para hacer destacar más las propias "bondades"... Es la desaparición total de la humildad que se requiere para poder acceder al corazón amoroso de Jesús, que viene a salvar, no a reconocer.
Y no se trata de que nos consideremos los peores para poder acceder a Jesús. Se trata de ser humildes, reconociendo lo que hay en nosotros, nuestras actitudes que nos separan de Él, reconociendo los pensamientos que tenemos en torno al atractivo del pecado. Si somos fieles de verdad, no hay cosa que agrade más a Dios. San Juan dice que "el que ama no peca". Cuando es el amor el que nos sostiene en la fidelidad, estamos en el estado más justo en el que Jesús quiere que estemos. Pero aquí no se trata de esto. Se trata del pecado más antiguo del hombre, que es el de la soberbia. Y en la soberbia se puede pecar por alejamiento de Dios, queriendo sustituirlo, ocupar su lugar, o por un acercamiento interesado que lo que busca es un reconocimiento vano que en nada acerca a Dios. En cierto modo es también la pretensión de sustituir al "único justo" por sí mismo. La imagen del fariseo y el publicano orando en el templo es emblemática. El fariseo se lisonjeaba a sí mismo porque era fiel, casi como pidiendo a Dios que se postrara ante él por su fidelidad. El publicano sólo se golpeaba el pecho pidiendo la misericordia de Dios por sus pecados...
Hoy tenemos a muchos fariseos entre nosotros. Éstos creen que porque van a misa, porque rezan mucho, porque de vez en cuando dan una limosna, deben recibir un diploma de parte de Dios agradeciéndoles su fidelidad. Y cuando se encuentran con un pecador, del cual quizá conocen toda su historia, pues se han preocupado mucho por conocerla, miran a otro lado, se alejan, se cambian de acera para no toparse con ellos. Y si a éste se le ocurre entrar en la Iglesia para tener un momento de encuentro con el Señor, se quedan abismados en su sorpresa, y critican, y destruyen, y cuchichean entre ellos...
El Papa Francisco ha hablado de la Iglesia más como un hospital para curar heridos que un hotel para sanos. Mientras no nos hagamos conscientes de que es así, no terminaremos de ser verdaderamente humildes, y por lo tanto, estaremos lejos de ser los preferidos realmente de Dios. Reconozcámonos humildes y sencillos delante de Dios para poder recibir su curación, que tanto necesitamos.
¡Qué buena es la fidelidad a Dios! ¡Pero cuán mejor es la humildad en la fidelidad! Lograr mantenernos en el camino de la santidad no es fruto de un voluntarismo simplón. Se requiere, sí, de nuestro esfuerzo, pero se requiere, ante todo, de la Gracia divina que nos impulsa a vivir en el amor, en la justicia, en la verdad... Mientras no reconozcamos esto, seremos como los fariseos que se escandalizan de que Cristo busque lo que estaba perdido, y estaremos siempre esperando nuestro diploma de agradecimiento...
La soberbia del hombre es tal que incluso en ella, se atrevería a mirar a Dios "por encima del hombro". Y la verdad es que Jesús es el Dios que viene a rescatar lo que estaba perdido, por la misma ofuscación del hombre. El demonio tuvo su triunfo en la presentación de la tentación más "agradable" para el hombre, que es la de la lisonja, la de la caricia a su ego, la de la propuesta de honor y gloria fáciles... Y el hombre cayó en la trampa... Y sigue cayendo. ¡Cuántos hoy no se consideran mejores que los demás! ¡Cuántos hoy casi que llegan a pedir el agradecimiento a Dios por seguir sus huellas! El orgullo estéril en la fidelidad es la peor soberbia que podemos sufrir. El que hace el mal y se aparta de Dios voluntariamente, al menos es honesto al saberse lejos de Dios. Pero el que se mantiene "fiel", envanecido en el "éxito" de su fidelidad, y por eso mira a los "desgraciados pecadores" por encima del hombro y casi con compasión porque no son como él, es más lejano a Dios que el gran pecador...
Es exactamente la misma tentación y el mismo pecado que cometieron los fariseos de la época de Jesús: "¡De modo que come con recaudadores y pecadores!" Es el escándalo, como el de las viejas chismosas que están pendientes de lo que hacen los otros para criticar, para desacreditar, para destruir, con la lengua punzopenetrante que no sólo hiere, sino que mata, y de la peor manera. Se busca en estos casos poner la lupa en el supuesto "mal" del otro, para hacer destacar más las propias "bondades"... Es la desaparición total de la humildad que se requiere para poder acceder al corazón amoroso de Jesús, que viene a salvar, no a reconocer.
Y no se trata de que nos consideremos los peores para poder acceder a Jesús. Se trata de ser humildes, reconociendo lo que hay en nosotros, nuestras actitudes que nos separan de Él, reconociendo los pensamientos que tenemos en torno al atractivo del pecado. Si somos fieles de verdad, no hay cosa que agrade más a Dios. San Juan dice que "el que ama no peca". Cuando es el amor el que nos sostiene en la fidelidad, estamos en el estado más justo en el que Jesús quiere que estemos. Pero aquí no se trata de esto. Se trata del pecado más antiguo del hombre, que es el de la soberbia. Y en la soberbia se puede pecar por alejamiento de Dios, queriendo sustituirlo, ocupar su lugar, o por un acercamiento interesado que lo que busca es un reconocimiento vano que en nada acerca a Dios. En cierto modo es también la pretensión de sustituir al "único justo" por sí mismo. La imagen del fariseo y el publicano orando en el templo es emblemática. El fariseo se lisonjeaba a sí mismo porque era fiel, casi como pidiendo a Dios que se postrara ante él por su fidelidad. El publicano sólo se golpeaba el pecho pidiendo la misericordia de Dios por sus pecados...
Hoy tenemos a muchos fariseos entre nosotros. Éstos creen que porque van a misa, porque rezan mucho, porque de vez en cuando dan una limosna, deben recibir un diploma de parte de Dios agradeciéndoles su fidelidad. Y cuando se encuentran con un pecador, del cual quizá conocen toda su historia, pues se han preocupado mucho por conocerla, miran a otro lado, se alejan, se cambian de acera para no toparse con ellos. Y si a éste se le ocurre entrar en la Iglesia para tener un momento de encuentro con el Señor, se quedan abismados en su sorpresa, y critican, y destruyen, y cuchichean entre ellos...
El Papa Francisco ha hablado de la Iglesia más como un hospital para curar heridos que un hotel para sanos. Mientras no nos hagamos conscientes de que es así, no terminaremos de ser verdaderamente humildes, y por lo tanto, estaremos lejos de ser los preferidos realmente de Dios. Reconozcámonos humildes y sencillos delante de Dios para poder recibir su curación, que tanto necesitamos.
¡Qué buena es la fidelidad a Dios! ¡Pero cuán mejor es la humildad en la fidelidad! Lograr mantenernos en el camino de la santidad no es fruto de un voluntarismo simplón. Se requiere, sí, de nuestro esfuerzo, pero se requiere, ante todo, de la Gracia divina que nos impulsa a vivir en el amor, en la justicia, en la verdad... Mientras no reconozcamos esto, seremos como los fariseos que se escandalizan de que Cristo busque lo que estaba perdido, y estaremos siempre esperando nuestro diploma de agradecimiento...
viernes, 17 de enero de 2014
"Porque todo el mundo lo hace..."
Uno de los criterios que se ha ido erigiendo erróneamente en la vida moral de los hombres es el de la estadística. "Cada vez son más los que lo aceptan", "Como todo el mundo lo hace", "Ya nadie lo ve con malos ojos"... Son los dictámenes de muchas conciencias maleadas con este criterio. Según esto, el bien sería mutable, y lo que antes era malo ahora puede ser bueno. Y al contrario, lo que antes era bueno, ahora puede ser malo... Las conciencias serían como una veleta, que se inclinaría hacia donde lo lleve la fuerza del viento... Serían los tiempos y las modas los que dictarían la bondad o la maldad de los actos, y las conciencias que no están muy sólidas se adaptarían, así, a los "nuevos tiempos"...
En esta "dictadura de las épocas" estaríamos cayendo siempre los hombres. No es nada nuevo que esto suceda, por cuanto el criterio de la estadística ha pesado muchísimo en todas las épocas. Pero si este fuera el criterio moral válido, estaríamos en un continuo vaivén moral, dependiendo de los acentos que se pongan en cada momento.A esto se suma la poca importancia que dan los hombres a la formación de la conciencia, pues la prioridad entre los conceptos la tendrían, no la bondad o maldad intrínsecas de los actos, sino la conveniencia, la aceptación global o el placer que producen... Las cosas ya no se consideran buenas o malas, sino placenteras, aceptadas por todos o convenientes...
A este respecto debemos afirmar que, en general, esta afirmación es, cuanto menos, peligrosa. En la vida moral hay cuestiones esenciales, hay cuestiones importantes y hay cuestiones accidentales. Las esenciales son inmutables por definición. Nunca será bueno algo que es intrínsecamente malo, aunque las estadísticas destaquen su aceptación o se generalice porque gusta... Por ejemplo, el respeto y la promoción y defensa de la Vida jamás podrá supeditarse a una conveniencia personal o grupal, a una generalización de la práctica del aborto o de la eutanasia -aunque las leyes humanas lo permitan- o al disfraz de su defensa o promoción cuando en realidad se le está manipulando en la obsesión humana de hacerse como Dios... Los ataques a la Vida, vengan de donde vengan, persigan el fin que persigan, serán siempre moralmente inaceptables. Otra cosa es la valoración de hechos menos esenciales o accidentales, en los que el criterio a tomar en cuenta es la continuidad o al menos no contrariedad con la voluntad divina...
En efecto, muchos hombres de hoy han dejado dormir su conciencia con el soporífero de la multitud o del placer. Las conciencias anestesiadas ha permitido que la dictadura de la inmoralidad o la amoralidad se vaya irguiendo y dominando. Simplemente se pliegan a lo que está de moda, para no dar la impresión de estar "fuera de lugar", de no "descuadrar", en medio de un grupo social en el que desarrollan su vida. Nadie quiere ser un "bicho raro" y lo darían todo por ser aceptados o tolerados en su grupo. Por ello claudican y en ocasiones traicionan su propia conciencia... Es una tentación continua que tenemos los hombres. Al parecer se valora más ser incluidos en un grupo, sin importar a qué precio, que permanecer fieles a la propia conciencia y tener la serenidad que da el saber comportarse y actuar coherentemente con lo que se cree y lo que se valora personalmente...
Israel cayó en esa tentación. A Samuel le pidió que les nombrara un Rey: "Nómbranos un rey que nos gobierne, como se hace en todas las naciones". El criterio era sencillamente, "porque todos lo hacen"... "Como se hace en todas las naciones". No importa si es bueno o malo, sino que "lo hace todo el mundo"... Samuel puso sobreaviso, de parte de Dios, al pueblo, respecto a lo que eso implicaría para Israel y sus pobladores: "Estos son los derechos del rey que los regirá: A los hijos de ustedes los llevará para enrolarlos en sus destacamentos de carros y caballería, y para que vayan delante de su carroza; los empleará como jefes y oficiales en su ejército, como aradores de sus campos y segadores de su cosecha, como fabricantes de armamento y de pertrechos para sus carros. A las hijas de ustedes se las llevará como perfumistas, cocineras y reposteras. Sus campos, viñas y los mejores olivares, se los quitará a ustedes para dárselos a sus ministros. De su grano y sus viñas, les exigirá diezmos, para dárselos a sus funcionarios y ministros. A los criados y criadas de ustedes, y a sus mejores burros y bueyes, se los llevará para usarlos en su hacienda. De sus rebaños les exigirá diezmos. ¡Y ustedes mismos serán sus esclavos! Entonces gritarán contra el rey que se eligieron, pero Dios no les responderá"... La situación de opresión a la que será sometido Israel por la figura de un Rey es terrible, según se las presenta Samuel... Israel le respondió a Samuel: "No importa. ¡Queremos un rey! Así seremos nosotros como los demás pueblos"... "Como todo el mundo lo hace..."
Para Israel no importaba que con este gesto estaba prácticamente rechazando a Dios como su único Rey. Así lo reconoce el mismo Yahvé, al sentir el rechazo al que estaba siendo sometido por el pueblo: "Haz caso al pueblo en todo lo que te pidan. No te rechazan a ti, sino a mí; no me quieren por rey". Israel prefirió el yugo de un rey humano, que la mano suave del Rey Yahvé... Es la historia de la humanidad...
¡Cuántos prefieren el yugo de su propio ego, de quien ejerce el poder, de los placeres, de las cosas, por encima de Dios! ¡Cuántos no "venden su primogenitura" por un plato de lentejas! ¡Cuántos hombres, en aras de una supuesta libertad, y para "ser igual que todo el mundo", no expulsan a Dios de su vida, y con Él expulsan al amor, la solidaridad, la fraternidad, la justicia, la verdad...! ¡Cuántos, al expulsar a Dios, no dejan lugar más que a las cadenas que los oprimirán y los ahogarán hasta dejarlos sin aliento de vida, perdiendo lo más valioso que existe, que es su propia vida de felicidad, de serenidad, de paz! ¡Y todo por un criterio tan banal y tan fútil como el "porque todos los hacen así"!
Tenemos que rescatar nuestra conciencia. Tenemos que rescatarnos a nosotros mismos. Tenemos que salir del secuestro en el que nos hemos metido nosotros mismos, colocando nuestros buenos y sólidos criterios morales en la cuerda floja, sólo por una cuestión de moda, de gustos o de estadística. Vale más la pena ser hombre que ser borrego. Ser del rebaño de Jesús no nos quita nuestra personalidad. Y esa personalidad se sustenta en la posesión de una conciencia que me una más a Él y a su amor. Ser del rebaño de Jesús no es dejar de ser yo mismo. Ser del rebaño de Jesús es ser de tal manera yo mismo, que decido colocarme en las manos de Jesús plenamente para que Él haga de mi vida lo mejor que yo mismo tenga...
En esta "dictadura de las épocas" estaríamos cayendo siempre los hombres. No es nada nuevo que esto suceda, por cuanto el criterio de la estadística ha pesado muchísimo en todas las épocas. Pero si este fuera el criterio moral válido, estaríamos en un continuo vaivén moral, dependiendo de los acentos que se pongan en cada momento.A esto se suma la poca importancia que dan los hombres a la formación de la conciencia, pues la prioridad entre los conceptos la tendrían, no la bondad o maldad intrínsecas de los actos, sino la conveniencia, la aceptación global o el placer que producen... Las cosas ya no se consideran buenas o malas, sino placenteras, aceptadas por todos o convenientes...
A este respecto debemos afirmar que, en general, esta afirmación es, cuanto menos, peligrosa. En la vida moral hay cuestiones esenciales, hay cuestiones importantes y hay cuestiones accidentales. Las esenciales son inmutables por definición. Nunca será bueno algo que es intrínsecamente malo, aunque las estadísticas destaquen su aceptación o se generalice porque gusta... Por ejemplo, el respeto y la promoción y defensa de la Vida jamás podrá supeditarse a una conveniencia personal o grupal, a una generalización de la práctica del aborto o de la eutanasia -aunque las leyes humanas lo permitan- o al disfraz de su defensa o promoción cuando en realidad se le está manipulando en la obsesión humana de hacerse como Dios... Los ataques a la Vida, vengan de donde vengan, persigan el fin que persigan, serán siempre moralmente inaceptables. Otra cosa es la valoración de hechos menos esenciales o accidentales, en los que el criterio a tomar en cuenta es la continuidad o al menos no contrariedad con la voluntad divina...
En efecto, muchos hombres de hoy han dejado dormir su conciencia con el soporífero de la multitud o del placer. Las conciencias anestesiadas ha permitido que la dictadura de la inmoralidad o la amoralidad se vaya irguiendo y dominando. Simplemente se pliegan a lo que está de moda, para no dar la impresión de estar "fuera de lugar", de no "descuadrar", en medio de un grupo social en el que desarrollan su vida. Nadie quiere ser un "bicho raro" y lo darían todo por ser aceptados o tolerados en su grupo. Por ello claudican y en ocasiones traicionan su propia conciencia... Es una tentación continua que tenemos los hombres. Al parecer se valora más ser incluidos en un grupo, sin importar a qué precio, que permanecer fieles a la propia conciencia y tener la serenidad que da el saber comportarse y actuar coherentemente con lo que se cree y lo que se valora personalmente...
Israel cayó en esa tentación. A Samuel le pidió que les nombrara un Rey: "Nómbranos un rey que nos gobierne, como se hace en todas las naciones". El criterio era sencillamente, "porque todos lo hacen"... "Como se hace en todas las naciones". No importa si es bueno o malo, sino que "lo hace todo el mundo"... Samuel puso sobreaviso, de parte de Dios, al pueblo, respecto a lo que eso implicaría para Israel y sus pobladores: "Estos son los derechos del rey que los regirá: A los hijos de ustedes los llevará para enrolarlos en sus destacamentos de carros y caballería, y para que vayan delante de su carroza; los empleará como jefes y oficiales en su ejército, como aradores de sus campos y segadores de su cosecha, como fabricantes de armamento y de pertrechos para sus carros. A las hijas de ustedes se las llevará como perfumistas, cocineras y reposteras. Sus campos, viñas y los mejores olivares, se los quitará a ustedes para dárselos a sus ministros. De su grano y sus viñas, les exigirá diezmos, para dárselos a sus funcionarios y ministros. A los criados y criadas de ustedes, y a sus mejores burros y bueyes, se los llevará para usarlos en su hacienda. De sus rebaños les exigirá diezmos. ¡Y ustedes mismos serán sus esclavos! Entonces gritarán contra el rey que se eligieron, pero Dios no les responderá"... La situación de opresión a la que será sometido Israel por la figura de un Rey es terrible, según se las presenta Samuel... Israel le respondió a Samuel: "No importa. ¡Queremos un rey! Así seremos nosotros como los demás pueblos"... "Como todo el mundo lo hace..."
Para Israel no importaba que con este gesto estaba prácticamente rechazando a Dios como su único Rey. Así lo reconoce el mismo Yahvé, al sentir el rechazo al que estaba siendo sometido por el pueblo: "Haz caso al pueblo en todo lo que te pidan. No te rechazan a ti, sino a mí; no me quieren por rey". Israel prefirió el yugo de un rey humano, que la mano suave del Rey Yahvé... Es la historia de la humanidad...
¡Cuántos prefieren el yugo de su propio ego, de quien ejerce el poder, de los placeres, de las cosas, por encima de Dios! ¡Cuántos no "venden su primogenitura" por un plato de lentejas! ¡Cuántos hombres, en aras de una supuesta libertad, y para "ser igual que todo el mundo", no expulsan a Dios de su vida, y con Él expulsan al amor, la solidaridad, la fraternidad, la justicia, la verdad...! ¡Cuántos, al expulsar a Dios, no dejan lugar más que a las cadenas que los oprimirán y los ahogarán hasta dejarlos sin aliento de vida, perdiendo lo más valioso que existe, que es su propia vida de felicidad, de serenidad, de paz! ¡Y todo por un criterio tan banal y tan fútil como el "porque todos los hacen así"!
Tenemos que rescatar nuestra conciencia. Tenemos que rescatarnos a nosotros mismos. Tenemos que salir del secuestro en el que nos hemos metido nosotros mismos, colocando nuestros buenos y sólidos criterios morales en la cuerda floja, sólo por una cuestión de moda, de gustos o de estadística. Vale más la pena ser hombre que ser borrego. Ser del rebaño de Jesús no nos quita nuestra personalidad. Y esa personalidad se sustenta en la posesión de una conciencia que me una más a Él y a su amor. Ser del rebaño de Jesús no es dejar de ser yo mismo. Ser del rebaño de Jesús es ser de tal manera yo mismo, que decido colocarme en las manos de Jesús plenamente para que Él haga de mi vida lo mejor que yo mismo tenga...
jueves, 16 de enero de 2014
A todo el hombre y a todos los hombres
La obra de Jesús busca salvar al hombre integral. Es para el hombre todo, y es para todos los hombres. El amor del cual Jesús es instrumento y que lo define esencialmente, no puede ser de ninguna manera parcelado. En el amor no hay exclusión de nadie ni de nada. Incluso a lo que está en la oscuridad el amor lo quiere iluminar. Y a quien ya está iluminado, lo quiere seguir iluminando... Por eso Jesús, que es la Luz que alumbra a las naciones, va por su camino iluminando, amando, sanando, curando... No hace distinción de nadie. Cuando se afirma que se ama, nadie puede quedar fuera de ese amor. El mismo Jesús ha dicho: "El sol sale para todos, para justos e injustos, para buenos y malos". Más aún, en la dinámica del amor se debe entender que quiere iluminar más a quien más lo necesita...
En los movimientos del amor, quien mejor nos enseña es Jesús. Y el amor de Cristo es sanador, es curativo. Él mismo lo ha dicho: "No necesitan de médico los sanos, sino los enfermos". Si hay algo que explica la venida del Verbo en carne humana, es precisamente la necesidad de ese amor en el hombre pecador. Si no hubiera habido pecado, no hubiera habido necesidad de la Encarnación. Antes del pecado, la presencia de Dios en el mundo era algo "natural". Recordemos que Yahvé venía al atardecer al Edén para tener unas buenas conversaciones con sus amigos Adán y Eva. Esa presencia fue borrada por el acontecimiento del pecado, cuando los hombres decidieron desobedecer a Dios, porque querían ser "como dioses". Desde ese momento Dios fue "expulsado" del mundo y de la vida del hombre...
Es el empeño del mismo Dios el que hace que se "inaugurara" una historia de salvación, en la que el mismo Dios buscaba poner remedio a la infidelidad de los hombres para poder estar de nuevo "naturalmente" entre ellos. El Protoevangelio del Génesis -"Pongo enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya... Un descendiente de ella te pisará la cabeza"-, marca el inicio de la intención divina de rescatar al hombre y de restaurar las buenas relaciones que existían. No se iba a quedar Dios de brazos cruzados viendo que aquél al que había creado desde lo más profundo de su amor, y sobre quien quería derramar toda su ternura, la primera que derramaba sobre alguien distinto de Él, estuviera fuera de su alcance... La historia de salvación está en continuidad con el poder y con el amor de Dios. Como es Todopoderoso puede restaurarlo todo de nuevo y volverlo a colocar en el orden primigenio. Y como es Todoamoroso hará todo lo que le indique el amor, todo lo que sea necesario para hacerle entender al hombre que no es bueno para él mantenerse lejos de su origen y de su providencia. Y si en eso se le debe ir la vida, lo hará asumiendo la naturaleza que puede morir para demostrar ese amor infinito...
En ese gesto amoroso y poderoso queda resumido todo lo que Dios y su amor quiere hacer por todo el hombre y por todos los hombres. Así fue anunciado por todos los profetas, que recibían las inspiraciones divinas para que las fueran transmitiendo a los hombres. Ese Mesías Redentor venía "a anunciar la Buena Nueva a los pobres, la liberación a los oprimidos y a los afligidos el consuelo; a dar la vista a los ciegos; a anunciar el año de gracia del Señor". El Siervo de Yahvé aprenderá "sufriendo a obedecer", "no apagará la mecha humeante ni quebrará la rama cascada", "tomará sobre sus hombros todas nuestras infidelidades". Sufrirá el desprecio de todos, será abofeteado, escupido, golpeado... Y al final, "por sus llagas habremos sido curados"... Es una mezcla de gesta heroica y de sufrimiento extremo. El Mesías será el Rey, la Luz, el Poderoso, el Liberador... Pero a la vez será ese Siervo sufriente que entrega su vida para que nosotros la recuperemos...
Y así, en efecto, es. El poder del Mesías será un poder divino, por lo tanto, infinito.Con su obra realizará la nueva creación en la cual todo vuelve a su gloria original. Pero lo hará en la demostración más evidente de debilidad. Una debilidad asumida voluntariamente -"Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad"-, con la cual demostrará el máximo poder. Esa debilidad que tiene su manifestación más rotunda en la muerte por martirio de ninguna manera es tal, pues en ella no es vencido Jesús, sino el mismo pecado, la misma muerte. Con la muerte de Cristo mueren el pecado y la muerte. Y ello queda portentosamente demostrado con su resurgimiento victorioso de la oscuridad y la soledad del sepulcro...
La victoria de Jesús es para todo y para todos. El hombre corporal y espiritual es restituido. Son curadas sus enfermedades -"Quiero, queda limpio"- y es limpiada también su alma -"Tus pecados quedan perdonados". "Porque ha demostrado tanto amor, perdonados son todos sus pecados"-. Y es para todos los hombres -"Tengo que ir a otras ovejas que no son de este redil". Es "la Luz que alumbra a todas las naciones"-. Porque Dios ama, nadie queda fuera. Son todos los hombres los que vienen a ser salvados. Y es todo el hombre -alma y cuerpo- el que es rescatado. Jesús es el Salvador de la humanidad que tiene muy clara su misión. Es una misión de amor, de salvación integral, en la cual no puede nadie quedar fuera. Lo exige el mismo amor, pues el amor jamás es excluyente. Excluir, en el amor, es matar al amor... Amar es incluir a todos en el corazón, lo cual lo expande más y hace que puedan entrar más. Y así es el corazón de Dios...
En los movimientos del amor, quien mejor nos enseña es Jesús. Y el amor de Cristo es sanador, es curativo. Él mismo lo ha dicho: "No necesitan de médico los sanos, sino los enfermos". Si hay algo que explica la venida del Verbo en carne humana, es precisamente la necesidad de ese amor en el hombre pecador. Si no hubiera habido pecado, no hubiera habido necesidad de la Encarnación. Antes del pecado, la presencia de Dios en el mundo era algo "natural". Recordemos que Yahvé venía al atardecer al Edén para tener unas buenas conversaciones con sus amigos Adán y Eva. Esa presencia fue borrada por el acontecimiento del pecado, cuando los hombres decidieron desobedecer a Dios, porque querían ser "como dioses". Desde ese momento Dios fue "expulsado" del mundo y de la vida del hombre...
Es el empeño del mismo Dios el que hace que se "inaugurara" una historia de salvación, en la que el mismo Dios buscaba poner remedio a la infidelidad de los hombres para poder estar de nuevo "naturalmente" entre ellos. El Protoevangelio del Génesis -"Pongo enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya... Un descendiente de ella te pisará la cabeza"-, marca el inicio de la intención divina de rescatar al hombre y de restaurar las buenas relaciones que existían. No se iba a quedar Dios de brazos cruzados viendo que aquél al que había creado desde lo más profundo de su amor, y sobre quien quería derramar toda su ternura, la primera que derramaba sobre alguien distinto de Él, estuviera fuera de su alcance... La historia de salvación está en continuidad con el poder y con el amor de Dios. Como es Todopoderoso puede restaurarlo todo de nuevo y volverlo a colocar en el orden primigenio. Y como es Todoamoroso hará todo lo que le indique el amor, todo lo que sea necesario para hacerle entender al hombre que no es bueno para él mantenerse lejos de su origen y de su providencia. Y si en eso se le debe ir la vida, lo hará asumiendo la naturaleza que puede morir para demostrar ese amor infinito...
En ese gesto amoroso y poderoso queda resumido todo lo que Dios y su amor quiere hacer por todo el hombre y por todos los hombres. Así fue anunciado por todos los profetas, que recibían las inspiraciones divinas para que las fueran transmitiendo a los hombres. Ese Mesías Redentor venía "a anunciar la Buena Nueva a los pobres, la liberación a los oprimidos y a los afligidos el consuelo; a dar la vista a los ciegos; a anunciar el año de gracia del Señor". El Siervo de Yahvé aprenderá "sufriendo a obedecer", "no apagará la mecha humeante ni quebrará la rama cascada", "tomará sobre sus hombros todas nuestras infidelidades". Sufrirá el desprecio de todos, será abofeteado, escupido, golpeado... Y al final, "por sus llagas habremos sido curados"... Es una mezcla de gesta heroica y de sufrimiento extremo. El Mesías será el Rey, la Luz, el Poderoso, el Liberador... Pero a la vez será ese Siervo sufriente que entrega su vida para que nosotros la recuperemos...
Y así, en efecto, es. El poder del Mesías será un poder divino, por lo tanto, infinito.Con su obra realizará la nueva creación en la cual todo vuelve a su gloria original. Pero lo hará en la demostración más evidente de debilidad. Una debilidad asumida voluntariamente -"Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad"-, con la cual demostrará el máximo poder. Esa debilidad que tiene su manifestación más rotunda en la muerte por martirio de ninguna manera es tal, pues en ella no es vencido Jesús, sino el mismo pecado, la misma muerte. Con la muerte de Cristo mueren el pecado y la muerte. Y ello queda portentosamente demostrado con su resurgimiento victorioso de la oscuridad y la soledad del sepulcro...
La victoria de Jesús es para todo y para todos. El hombre corporal y espiritual es restituido. Son curadas sus enfermedades -"Quiero, queda limpio"- y es limpiada también su alma -"Tus pecados quedan perdonados". "Porque ha demostrado tanto amor, perdonados son todos sus pecados"-. Y es para todos los hombres -"Tengo que ir a otras ovejas que no son de este redil". Es "la Luz que alumbra a todas las naciones"-. Porque Dios ama, nadie queda fuera. Son todos los hombres los que vienen a ser salvados. Y es todo el hombre -alma y cuerpo- el que es rescatado. Jesús es el Salvador de la humanidad que tiene muy clara su misión. Es una misión de amor, de salvación integral, en la cual no puede nadie quedar fuera. Lo exige el mismo amor, pues el amor jamás es excluyente. Excluir, en el amor, es matar al amor... Amar es incluir a todos en el corazón, lo cual lo expande más y hace que puedan entrar más. Y así es el corazón de Dios...
miércoles, 15 de enero de 2014
Todo el mundo te busca...
El mejor resumen de la figura de Jesús, de su mensaje y de su obra, es el que nos dan los Hechos de los Apóstoles, cuando Pedro, en su conversación con Cornelio, dice. "Jesús de Nazaret... pasó haciendo el bien, sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él". Él mismo hace el resumen de lo que debe hacer misión encomendada por el Padre y aceptada voluntariamente por Él: "Para eso he venido"... Es la confirmación de lo que eternamente dice el Verbo de Dios ante el Padre: "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad".
La venida del Hijo del Hombre se explica sólo desde la perspectiva del pecado. Porque el hombre le dio la espalda a Dios prácticamente en el inicio de su existencia, queriendo "hacerse como un dios", el mismo ofendido, Yahvé, anuncia la venida de aquel personaje que "pisará la cabeza de la serpiente". La historia de la salvación es, de esa manera, historia de rescate del hombre, que se puso de espaldas al amor y prefirió vivir en el odio y en el vacío de la ausencia de Dios. Jesús pasa haciendo el bien no sólo porque logra romper la dinámica de la separación del hombre en referencia a Dios, sino porque en cada obra que emprendió no hizo otra cosa que gritarle al hombre el amor de Dios y su añoranza por tenerlo a su lado de nuevo... La obra de rescate que Jesús emprende no se refiere sólo a lo espiritual, pues siendo esa la raíz, las consecuencia son globales. El hombre quedó roto interiormente por el pecado, pero esa rotura tuvo consecuencias en todo lo que él vivía. Era necesario restaurarlo todo, desde la raíz, pero también en todas sus consecuencias...
La obra de Redención es una obra impresionante. No sólo por lo que se refiere a demostración de poder de parte de Dios, que es inmensamente grande, más aún, infinito. Redimir en este caso significa re-crear. Es decir, crear de nuevo. Si Dios hizo acopio de ese poder infinito en la creación primera, que hizo surgir todo de la nada -una nada objetivamente neutra, ni mala ni buena-, ahora toca demostrar aún más poder, pues aquello que había pasado de la nada a la existencia positiva, ahora debe pasar de la existencia negativa -abismo en el que se había caído por el pecado-, a la existencia positiva de nuevo, pero ésta, ahora, glorificada, superior... El salto cualitativo es inmensamente superior. Al inicio había pasado de lo neutro a lo positivo. La nueva creación lo hará pasar de lo terriblemente negativo a lo gloriosamente positivo...
Pero a lo impresionante que es la Nueva Creación por la Redención en cuanto demostración portentosa de poder divino, se añade algo que toca más interiormente al hombre, en una vivencia entrañable, que lo hace sentir no una "cosa" que se rescata, sino un "ser amado", por el cual el mismísimo Dios considera que vale la pena hacer lo que sea necesario, sea lo que sea, para rescatarlo y tenerlo de nuevo a su lado. No medirá Dios esfuerzos, acciones, consecuencias. La finalidad es únicamente la de tener de nuevo a quien ama consigo, al que es predilecto en su corazón, aquél que fue la causa última por la cual fue capaz de desplegar todo su inmenso poder y demostrar su infinita gloria...
La obra de la Redención, de esta manera, no se entiende sólo como un despliegue de poder infinito, sino como un volcamiento total del amor de parte de Dios hacia el hombre. Entenderlo sólo como obra de poder puede hacernos caer en el error de entenderla sólo como una "acción burocrática" del Dios que podía hacerlo porque es todopoderoso, sin mayor implicación personal... En cambio, entenderla como obra del amor divino es colocarse en el ámbito del corazón divino que se derrite de amor por el hombre y por el cual es capaz de llegar a lo que sea... Por eso, en los días de Jesús, el amor de Dios es demostrado con tanta intensidad. Jesús "pasó haciendo el bien" para que entendiéramos que Dios lo da todo, hace todo, llega a lo que haya que llegar, para rescatarnos, porque nos ama infinitamente. Dios, literalmente, "se vuelve loco de amor" por nosotros...
Contemplar este misterio de amor y dejarse invadir, imbuyéndose en la dulzura del Dios que se abaja al máximo, es una experiencia realmente entrañable. Es nadar en el misterio más profundo pero más a la mano del Dios del Amor. Es sentirse privilegiado por estar en un lugar de primer orden en el corazón amoroso de Dios, escondido, resguardado, sorbiendo las mieles más dulces de ese amor. Por eso San Agustín, arrebatado en la contemplación de este misterio tan profundo y tan a la mano del Amor de Dios, no pudo contenerse y afirmó: "Feliz culpa la que nos mereció tal Redentor". Es impresionante... Dar gracias por el pecado, pues sin él, la historia de Jesús no se hubiera presentado nunca ante nosotros. Tuvo que existir el pecado para que se hiciera presente el Verbo, encarnado en el vientre precioso de la Virgen María. Y por esa encarnación sabemos del amor de Dios que se hizo carne, y por eso curó enfermos, expulsó demonios, multiplicó los panes, miró con amor tierno a la mujer adúltera, lloró por Lázaro, se condolió de la viuda de Naim a la que se había muerto su único hijo, se erizó con el gesto de la mujer pobre que echó todo lo que tenía para vivir en el cepillo del templo, rió cuando tenía todos los niños a su alrededor... Por eso lo vemos cargar con la Cruz y sufrir lo indecible, pues "por sus llagas hemos sido curados". Por eso lo podemos ver inerme en la Cruz, habiendo entregado su espíritu al Padre para satisfacer por el pecado que nosotros habíamos cometido y no Él, pues no tenía ninguna culpa... Y por eso lo vemos glorioso surgiendo del sepulcro, para refrendar con esa gloria su obra de Redención y su amor entrañable e infinito por toda la humanidad...
"Pasó haciendo el bien", no hay duda... Y por eso, en su tiempo, habiendo experimentado ese amor todopoderoso y todoentrañable, la gente lo seguía, buscándolo para recibir algún gesto de amor. "Todo el mundo te busca", le dicen los apóstoles. La gente estaba ávida del amor. Y al haberlo conseguido en Jesús, no querían perderse ni una sola gota de ese amor... ¡Cuánto amor añora el hombre de hoy!¡Cuánta sed de dulzura, de ternura, existe hoy entre nosotros! Y tenemos a Jesús, que sigue dispuesto a ser quien sacie esa sed y nos colme de todo el amor que necesitamos. No hay mucho que buscar. Sólo mirar a Jesús que camina a nuestro lado, que está ahí, dispuesto. Contemplar la imagen de ese amor descuartizado en la Cruz, sin nada más que el interés de que lo sintamos, de que abramos nuestro corazón para recibirlo... Es el Dios del Amor, que es Amor para nosotros. Ojalá entendamos que basta con acercarse simplemente y decirle: "Aquí estoy yo, Señor... Lléname de tu amor infinito, pues me hace muchísima falta hoy y siempre..."
La venida del Hijo del Hombre se explica sólo desde la perspectiva del pecado. Porque el hombre le dio la espalda a Dios prácticamente en el inicio de su existencia, queriendo "hacerse como un dios", el mismo ofendido, Yahvé, anuncia la venida de aquel personaje que "pisará la cabeza de la serpiente". La historia de la salvación es, de esa manera, historia de rescate del hombre, que se puso de espaldas al amor y prefirió vivir en el odio y en el vacío de la ausencia de Dios. Jesús pasa haciendo el bien no sólo porque logra romper la dinámica de la separación del hombre en referencia a Dios, sino porque en cada obra que emprendió no hizo otra cosa que gritarle al hombre el amor de Dios y su añoranza por tenerlo a su lado de nuevo... La obra de rescate que Jesús emprende no se refiere sólo a lo espiritual, pues siendo esa la raíz, las consecuencia son globales. El hombre quedó roto interiormente por el pecado, pero esa rotura tuvo consecuencias en todo lo que él vivía. Era necesario restaurarlo todo, desde la raíz, pero también en todas sus consecuencias...
La obra de Redención es una obra impresionante. No sólo por lo que se refiere a demostración de poder de parte de Dios, que es inmensamente grande, más aún, infinito. Redimir en este caso significa re-crear. Es decir, crear de nuevo. Si Dios hizo acopio de ese poder infinito en la creación primera, que hizo surgir todo de la nada -una nada objetivamente neutra, ni mala ni buena-, ahora toca demostrar aún más poder, pues aquello que había pasado de la nada a la existencia positiva, ahora debe pasar de la existencia negativa -abismo en el que se había caído por el pecado-, a la existencia positiva de nuevo, pero ésta, ahora, glorificada, superior... El salto cualitativo es inmensamente superior. Al inicio había pasado de lo neutro a lo positivo. La nueva creación lo hará pasar de lo terriblemente negativo a lo gloriosamente positivo...
Pero a lo impresionante que es la Nueva Creación por la Redención en cuanto demostración portentosa de poder divino, se añade algo que toca más interiormente al hombre, en una vivencia entrañable, que lo hace sentir no una "cosa" que se rescata, sino un "ser amado", por el cual el mismísimo Dios considera que vale la pena hacer lo que sea necesario, sea lo que sea, para rescatarlo y tenerlo de nuevo a su lado. No medirá Dios esfuerzos, acciones, consecuencias. La finalidad es únicamente la de tener de nuevo a quien ama consigo, al que es predilecto en su corazón, aquél que fue la causa última por la cual fue capaz de desplegar todo su inmenso poder y demostrar su infinita gloria...
La obra de la Redención, de esta manera, no se entiende sólo como un despliegue de poder infinito, sino como un volcamiento total del amor de parte de Dios hacia el hombre. Entenderlo sólo como obra de poder puede hacernos caer en el error de entenderla sólo como una "acción burocrática" del Dios que podía hacerlo porque es todopoderoso, sin mayor implicación personal... En cambio, entenderla como obra del amor divino es colocarse en el ámbito del corazón divino que se derrite de amor por el hombre y por el cual es capaz de llegar a lo que sea... Por eso, en los días de Jesús, el amor de Dios es demostrado con tanta intensidad. Jesús "pasó haciendo el bien" para que entendiéramos que Dios lo da todo, hace todo, llega a lo que haya que llegar, para rescatarnos, porque nos ama infinitamente. Dios, literalmente, "se vuelve loco de amor" por nosotros...
Contemplar este misterio de amor y dejarse invadir, imbuyéndose en la dulzura del Dios que se abaja al máximo, es una experiencia realmente entrañable. Es nadar en el misterio más profundo pero más a la mano del Dios del Amor. Es sentirse privilegiado por estar en un lugar de primer orden en el corazón amoroso de Dios, escondido, resguardado, sorbiendo las mieles más dulces de ese amor. Por eso San Agustín, arrebatado en la contemplación de este misterio tan profundo y tan a la mano del Amor de Dios, no pudo contenerse y afirmó: "Feliz culpa la que nos mereció tal Redentor". Es impresionante... Dar gracias por el pecado, pues sin él, la historia de Jesús no se hubiera presentado nunca ante nosotros. Tuvo que existir el pecado para que se hiciera presente el Verbo, encarnado en el vientre precioso de la Virgen María. Y por esa encarnación sabemos del amor de Dios que se hizo carne, y por eso curó enfermos, expulsó demonios, multiplicó los panes, miró con amor tierno a la mujer adúltera, lloró por Lázaro, se condolió de la viuda de Naim a la que se había muerto su único hijo, se erizó con el gesto de la mujer pobre que echó todo lo que tenía para vivir en el cepillo del templo, rió cuando tenía todos los niños a su alrededor... Por eso lo vemos cargar con la Cruz y sufrir lo indecible, pues "por sus llagas hemos sido curados". Por eso lo podemos ver inerme en la Cruz, habiendo entregado su espíritu al Padre para satisfacer por el pecado que nosotros habíamos cometido y no Él, pues no tenía ninguna culpa... Y por eso lo vemos glorioso surgiendo del sepulcro, para refrendar con esa gloria su obra de Redención y su amor entrañable e infinito por toda la humanidad...
"Pasó haciendo el bien", no hay duda... Y por eso, en su tiempo, habiendo experimentado ese amor todopoderoso y todoentrañable, la gente lo seguía, buscándolo para recibir algún gesto de amor. "Todo el mundo te busca", le dicen los apóstoles. La gente estaba ávida del amor. Y al haberlo conseguido en Jesús, no querían perderse ni una sola gota de ese amor... ¡Cuánto amor añora el hombre de hoy!¡Cuánta sed de dulzura, de ternura, existe hoy entre nosotros! Y tenemos a Jesús, que sigue dispuesto a ser quien sacie esa sed y nos colme de todo el amor que necesitamos. No hay mucho que buscar. Sólo mirar a Jesús que camina a nuestro lado, que está ahí, dispuesto. Contemplar la imagen de ese amor descuartizado en la Cruz, sin nada más que el interés de que lo sintamos, de que abramos nuestro corazón para recibirlo... Es el Dios del Amor, que es Amor para nosotros. Ojalá entendamos que basta con acercarse simplemente y decirle: "Aquí estoy yo, Señor... Lléname de tu amor infinito, pues me hace muchísima falta hoy y siempre..."
martes, 14 de enero de 2014
Sin coherencia no hay autoridad
Jesús rezumaba autoridad. Los oyentes, atentos a sus palabras, "se quedaron asombrados de su enseñanza, porque no enseñaba como los letrados, sino con autoridad". Es muy interesante que ser hiciera esta observación, pues apenas está empezando su predicación pública, por lo cual no debían tener a la mano muchos elementos prácticos aún para llegar a esa conclusión. Simplemente era su presencia, su peso específico, el contenido de lo que enseñaba lo que era más llamativo... Y en la comparación quedan muy mal parados los letrados, es decir, los maestros de la ley judía. Quiere decir, realmente, que la gente sabía de quién provenía la doctrina verdadera y bien sustentada. Los letrados debían haber sido considerados unos engañadores de oficio, pues la gente ya no estaba bien dispuesta a seguirse dejando conducir como borregos por ellos... Añoraban que alguien les hablara con la autoridad moral con la que lo hacia Jesús...
En aquella época de Jesús, que era de espera, de expectativas, de añoranza, los corazones de la gente estaban ávidos de escuchar buenas noticias, pero no porque sonaran bien a los oídos, sino porque vinieran de alguien que de verdad infundiera confianza y solidez... Ya habían surgido muchos engañadores que obnubilaban a la gente con sus peroratas apocalípticas y con sus promesas de un bienestar que no terminaba de llegar. Habían surgido muchos "mesías", de todo tipo, desde los espiritualistas hasta los violentos, que habían arrastrado ya a muchos por rutas erradas que no los conducían a nada bueno... Pero como era época de espera, a todos los que iban surgiendo la gente empezaba a escucharlos, con la esperanza de que alguno de ellos fuera un mensajero confiable... Y así, surgió Jesús. Un desconocido a toda regla, que empezaba a suscitar emociones nuevas, que tenía un mensaje distinto, que anunciaba un época de renovación absoluta, que afirmaba que ya el Reino de Dios estaba llegando y que esa llegada se sostenía en signos evidentes de auxilio a los más necesitados y a los más pobres, de consuelo a los que sufrían, de liberación a quienes estaban oprimidos y cautivos... Se percibía así que las palabras que Yahvé había dirigido a los israelitas en el pasado no se habían quedado vacías, sino que se vislumbraba ahora el momento de su cumplimiento...
Jesús hablaba como quien tiene autoridad. Y así mismo actuaba. Al espíritu inmundo que oprimía al hombre en la sinagoga le ordena: "Cállate y sal de él", y éste "lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió". La palabra de autoridad de Jesús se sustentaba en una obra que era maravillosa y que dejaba a todos sorprendidos. "Todos se preguntaron estupefactos: '¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen'". Las palabras de Jesús no buscaban simplemente endulzar mentes o corazones, sino que buscaban encaminar a los hombres a la compresión de un mensaje de salvación que convocara a todos, y por eso, se sustentaba sólidamente en obras que confirmaban todo lo que decía. Era lo que les faltaba a los letrados y fariseos del tiempo... Unas obras que hablaran por ellos, que reafirmaran sus enseñanzas, que descubrieran la coherencia de todo lo que decían...
Parecería que la historia se repite continuamente. Pudiéramos afirmar que hoy estamos llenos de "letrados" que se empeñan en conquistar a la gente con sólo palabras hermosas, con promesas vanas, con idealismos estériles que no florecen ni fructifican... Para muchos la palabra de convierte en el arma que mejor empuñan para mejor dominar a los débiles. Son muchísimos los pueblos que añoran una situación diferente a la que viven,y que está plagada de opresión, de humillación, de pobreza extrema, de injusticia, de violencia, de exclusión, de división. Las añoranzas de una situación mejor se multiplican, y la expectativa ya casi desesperada de muchos se convierte en caldo de cultivo para que los nuevos "letrados" sigan haciendo de las suyas, al igual que en el tiempo de Jesús...
Pero llega el tiempo en que la gente se dará cuenta de que esos "letrados" no son sino simples engañadores, aprovechadores de una situación que los favorece. Que sus palabras no son más que el recubrimiento que ellos mismos ponen para ocultar su verdadera finalidad de mantener una situación así para poder tener campo de acción y de dominio casi esclavizante de las gentes. Son los supuestos "líderes" que se erigen como libertadores de los oprimidos, pero que no hacen sino defender con un discurso de doble cara sus propios intereses, con la finalidad de mantener la situación que los favorece en sus pretensiones...
Cuando Jesús enseña con autoridad, esa autoridad la usa tanto para infundir convicciones profundas y esperanzas sólidas a la gente, como también para enfrentarse con los malos espíritus de quienes pretenden mantener azotado y sometido al pueblo sencillo y fiel. Esos son los suyos. Esos son los que Él viene a liberar de todas las opresiones, principalmente de aquellos que se disfrazan de buena gente para seguir manipulando a las masas que esperan a un Mesías realmente liberador... A todos esos espíritus les llegará el momento en que Jesús les gritará: "Espíritu inmundo, ¡sal de allí!" Y hará quedar al descubierto y desnudos a todos los que se quieren aprovechar de los suyos. Los oprimidos por los hombres no quedarán indefensos. Ha llegado Jesús, el Dios hecho hombre, que sale Él mismo en su defensa. Es quien tiene la autoridad. Y con esa autoridad hará lo que debe hacer. Se pondrá del lado del indigente, del sencillo, del humilde. Y se enfrentará a quienes les hagan daño. No puede existir mejor defensa que la del mismo Dios que es el aval de la felicidad y de la liberación de los más humildes...
En aquella época de Jesús, que era de espera, de expectativas, de añoranza, los corazones de la gente estaban ávidos de escuchar buenas noticias, pero no porque sonaran bien a los oídos, sino porque vinieran de alguien que de verdad infundiera confianza y solidez... Ya habían surgido muchos engañadores que obnubilaban a la gente con sus peroratas apocalípticas y con sus promesas de un bienestar que no terminaba de llegar. Habían surgido muchos "mesías", de todo tipo, desde los espiritualistas hasta los violentos, que habían arrastrado ya a muchos por rutas erradas que no los conducían a nada bueno... Pero como era época de espera, a todos los que iban surgiendo la gente empezaba a escucharlos, con la esperanza de que alguno de ellos fuera un mensajero confiable... Y así, surgió Jesús. Un desconocido a toda regla, que empezaba a suscitar emociones nuevas, que tenía un mensaje distinto, que anunciaba un época de renovación absoluta, que afirmaba que ya el Reino de Dios estaba llegando y que esa llegada se sostenía en signos evidentes de auxilio a los más necesitados y a los más pobres, de consuelo a los que sufrían, de liberación a quienes estaban oprimidos y cautivos... Se percibía así que las palabras que Yahvé había dirigido a los israelitas en el pasado no se habían quedado vacías, sino que se vislumbraba ahora el momento de su cumplimiento...
Jesús hablaba como quien tiene autoridad. Y así mismo actuaba. Al espíritu inmundo que oprimía al hombre en la sinagoga le ordena: "Cállate y sal de él", y éste "lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió". La palabra de autoridad de Jesús se sustentaba en una obra que era maravillosa y que dejaba a todos sorprendidos. "Todos se preguntaron estupefactos: '¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen'". Las palabras de Jesús no buscaban simplemente endulzar mentes o corazones, sino que buscaban encaminar a los hombres a la compresión de un mensaje de salvación que convocara a todos, y por eso, se sustentaba sólidamente en obras que confirmaban todo lo que decía. Era lo que les faltaba a los letrados y fariseos del tiempo... Unas obras que hablaran por ellos, que reafirmaran sus enseñanzas, que descubrieran la coherencia de todo lo que decían...
Parecería que la historia se repite continuamente. Pudiéramos afirmar que hoy estamos llenos de "letrados" que se empeñan en conquistar a la gente con sólo palabras hermosas, con promesas vanas, con idealismos estériles que no florecen ni fructifican... Para muchos la palabra de convierte en el arma que mejor empuñan para mejor dominar a los débiles. Son muchísimos los pueblos que añoran una situación diferente a la que viven,y que está plagada de opresión, de humillación, de pobreza extrema, de injusticia, de violencia, de exclusión, de división. Las añoranzas de una situación mejor se multiplican, y la expectativa ya casi desesperada de muchos se convierte en caldo de cultivo para que los nuevos "letrados" sigan haciendo de las suyas, al igual que en el tiempo de Jesús...
Pero llega el tiempo en que la gente se dará cuenta de que esos "letrados" no son sino simples engañadores, aprovechadores de una situación que los favorece. Que sus palabras no son más que el recubrimiento que ellos mismos ponen para ocultar su verdadera finalidad de mantener una situación así para poder tener campo de acción y de dominio casi esclavizante de las gentes. Son los supuestos "líderes" que se erigen como libertadores de los oprimidos, pero que no hacen sino defender con un discurso de doble cara sus propios intereses, con la finalidad de mantener la situación que los favorece en sus pretensiones...
Cuando Jesús enseña con autoridad, esa autoridad la usa tanto para infundir convicciones profundas y esperanzas sólidas a la gente, como también para enfrentarse con los malos espíritus de quienes pretenden mantener azotado y sometido al pueblo sencillo y fiel. Esos son los suyos. Esos son los que Él viene a liberar de todas las opresiones, principalmente de aquellos que se disfrazan de buena gente para seguir manipulando a las masas que esperan a un Mesías realmente liberador... A todos esos espíritus les llegará el momento en que Jesús les gritará: "Espíritu inmundo, ¡sal de allí!" Y hará quedar al descubierto y desnudos a todos los que se quieren aprovechar de los suyos. Los oprimidos por los hombres no quedarán indefensos. Ha llegado Jesús, el Dios hecho hombre, que sale Él mismo en su defensa. Es quien tiene la autoridad. Y con esa autoridad hará lo que debe hacer. Se pondrá del lado del indigente, del sencillo, del humilde. Y se enfrentará a quienes les hagan daño. No puede existir mejor defensa que la del mismo Dios que es el aval de la felicidad y de la liberación de los más humildes...
lunes, 13 de enero de 2014
Cristiano ahora, más tarde y siempre
El inicio del Tiempo Ordinario tiene las características propias de todo inicio: Se empieza desde cero, esbozando como un programa de lo que vendrá y que se irá desarrollando en el tiempo. No hay que pensar que por ser "ordinario" es común, sin importancia. Ciertamente los tiempos de Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua son tiempos densos, en los cuales la liturgia se centra en los dos acontecimientos centrales de la fe cristiana: La Encarnación del Hijo de Dios y la Pascua de Cristo -su Pasión, Muerte y Resurrección-. Pero eso no quiere decir que en el Tiempo Ordinario no hay un peso específico que tiene que ser tomado en cuenta y que marca la vida normal de los cristianos. Es precisamente allí donde está su peso. En este tiempo, el cristiano demuestra que lo vivido en los tiempos fuertes y densos ha dado su fruto. Es en lo "cotidiano" de la vida ordinaria donde se da testimonio de lo que se ha recibido. Es en el día a día en que se da fe de lo que se cree...
Es normal que sea así, pues en cierto modo es "fácil" vivir la fe con intensidad cuando estamos sustentados en acontecimientos densos. El hecho de contemplar al Niño Dios en el pesebre, con lo cual se cumple la promesa del envío de un Redentor, y de adorarlo junto a los Pastorcitos y a los Reyes, es "natural". La Iglesia misma insiste mucho en su liturgia y en su labor de esos días en la necesidad de centrarnos en ese acontecimiento. La Semana Santa, con su preparación previa en la Cuaresma y su punto culminante en el Triduo Pascual, lógicamente tiene que ser vivida con mucha intensidad por cada cristiano, pues es ese el misterio que sustenta toda la fe que profesamos. Y por ello la Iglesia lo vive y lo hace vivir con la mayor seriedad y centralidad...
Lo "difícil" es que, en una situación de "normalidad", entendamos que nuestra fe debe ser mantenida en la misma intensidad, y quizá en una mayor exigencia, pues sin tener nada "especial" que la motive, debemos mantenerla a tope... Es el peligro que corremos siempre cuando no nos fijamos en lo medular, cuando vivimos los momentos densos como simples "espectáculos" y no como acontecimientos renovadores que transformen nuestra vida... Eso debe "notarse" siempre. La fe cristiana no se sustenta en un "show" de Navidad o de Semana Santa, sino en la renovación interior y en el compromiso que esos acontecimientos producen establemente en nuestras vidas. Por no haberlo asumido así, muchos viven su vida cristiana como vida de "operativos", que se profundiza en los momentos fuertes, y se afloja casi hasta el relajamiento total en los otros momentos...
Y hoy tenemos la clave de la vivencia de nuestra fe. Jesús inicia su predicación diciendo: "Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios; conviértanse y crean la Buena Noticia"... Es el tiempo de la salvación. No es necesario que haya un show para que esto se sepa. La venida del Redentor es el inicio de todo lo nuevo, y hay que estar preparados para recibir toda esa renovación. Para nosotros, es un tiempo ya cumplido. Ya esa renovación está en camino. Ya hemos sido llamados a la conversión por Jesús y estamos en el camino de recibir todos sus frutos, si emprendemos el camino con ilusión. La obra redentora ya ha sido realizada. El Evangelio nos presenta el momento del inicio, en el cual Jesús empezaba ese anuncio apenas a unos cuantos. Hoy esa voz resuena fuerte y firme, diciéndonos a todos que ya la obra redentora fue cumplida, pero que tenemos necesidad de seguir el proceso de conversión. Esa conversión no es una meta, sino un camino en el cual todos debemos ir cada vez más adelante... Creer la Buena Noticia es para nosotros alegrarnos de saber que Dios nos ama infinitamente, que todo tiene la condición de novedad y de frescura que el acto redentor ha alcanzado para ello, que somos los hijos de Dios predilectos a los cuales nos ha regalado a su propio Hijo para que seamos salvados y rescatados de la muerte y de la oscuridad, que el sacrificio de Jesús nos ha hecho hermanos entre nosotros por lo cual ya no somos extraños ni extranjeros, sino miembros todos de la misma familia de la Iglesia de los redimidos... Se trata, por lo tanto, de vivir esta certeza en todo lo que vivimos, hoy, mañana y pasado, en cada momento, con la intensidad que lo experimentamos al vivir en la liturgia la celebración de los misterios principales...
Pero Jesús da un paso más... Se adelanta a la búsqueda de los "socios" que va a necesitar en este anuncio: "Vengan conmigo y los haré pescadores de hombres"... Pudiendo hacer la obra por sí mismo -Él es Dios, y lo puede todo- quiere asociar a los mismos hombres en el rescate de sus hermanos. Es una voz que nos lanza a todos. Los convocados no son aún redimidos. Harán la obra para sí mismos y para los demás. Unirse a Jesús es alcanzar la redención para sí, y estar disponibles para lograrla para los hermanos. ¡Qué obra tan maravillosa la de alcanzar la propia redención uniéndose a Cristo para dársela también a los hermanos!
El Tiempo Ordinario nos invita a vivir la intensidad de lo que hemos disfrutado en los momentos densos de celebración. Es la oportunidad que se nos presenta en lo cotidiano de dar demostración de lo que hemos recibido y madurado en nuestras propias vidas de fe. Es el verdadero testimonio. Es muy fácil dar testimonio de la fe en los momentos en los que tenemos un motivo "grande". Lo difícil es hacerlo cuando no hay nada especial. Este es el Tiempo Ordinario. Es como el martirio "lento", en el cual se pugna por decir Sí a Dios en cada momento, en cada dolor, en cada tristeza, en cada alegría, en cada esperanza... Y podemos hacerlo, pues la obra redentora es para la vida cotidiana, no sólo para lo extraordinario. Cada segundo es vida redimida. Cada palabra es vida redimida. Cada gesto es vida redimida. No cometamos el error de separar nuestra vida cotidiana de la vida que debemos demostrar que tenemos, sabiéndonos redimidos por el amor de Jesús...
Es normal que sea así, pues en cierto modo es "fácil" vivir la fe con intensidad cuando estamos sustentados en acontecimientos densos. El hecho de contemplar al Niño Dios en el pesebre, con lo cual se cumple la promesa del envío de un Redentor, y de adorarlo junto a los Pastorcitos y a los Reyes, es "natural". La Iglesia misma insiste mucho en su liturgia y en su labor de esos días en la necesidad de centrarnos en ese acontecimiento. La Semana Santa, con su preparación previa en la Cuaresma y su punto culminante en el Triduo Pascual, lógicamente tiene que ser vivida con mucha intensidad por cada cristiano, pues es ese el misterio que sustenta toda la fe que profesamos. Y por ello la Iglesia lo vive y lo hace vivir con la mayor seriedad y centralidad...
Lo "difícil" es que, en una situación de "normalidad", entendamos que nuestra fe debe ser mantenida en la misma intensidad, y quizá en una mayor exigencia, pues sin tener nada "especial" que la motive, debemos mantenerla a tope... Es el peligro que corremos siempre cuando no nos fijamos en lo medular, cuando vivimos los momentos densos como simples "espectáculos" y no como acontecimientos renovadores que transformen nuestra vida... Eso debe "notarse" siempre. La fe cristiana no se sustenta en un "show" de Navidad o de Semana Santa, sino en la renovación interior y en el compromiso que esos acontecimientos producen establemente en nuestras vidas. Por no haberlo asumido así, muchos viven su vida cristiana como vida de "operativos", que se profundiza en los momentos fuertes, y se afloja casi hasta el relajamiento total en los otros momentos...
Y hoy tenemos la clave de la vivencia de nuestra fe. Jesús inicia su predicación diciendo: "Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios; conviértanse y crean la Buena Noticia"... Es el tiempo de la salvación. No es necesario que haya un show para que esto se sepa. La venida del Redentor es el inicio de todo lo nuevo, y hay que estar preparados para recibir toda esa renovación. Para nosotros, es un tiempo ya cumplido. Ya esa renovación está en camino. Ya hemos sido llamados a la conversión por Jesús y estamos en el camino de recibir todos sus frutos, si emprendemos el camino con ilusión. La obra redentora ya ha sido realizada. El Evangelio nos presenta el momento del inicio, en el cual Jesús empezaba ese anuncio apenas a unos cuantos. Hoy esa voz resuena fuerte y firme, diciéndonos a todos que ya la obra redentora fue cumplida, pero que tenemos necesidad de seguir el proceso de conversión. Esa conversión no es una meta, sino un camino en el cual todos debemos ir cada vez más adelante... Creer la Buena Noticia es para nosotros alegrarnos de saber que Dios nos ama infinitamente, que todo tiene la condición de novedad y de frescura que el acto redentor ha alcanzado para ello, que somos los hijos de Dios predilectos a los cuales nos ha regalado a su propio Hijo para que seamos salvados y rescatados de la muerte y de la oscuridad, que el sacrificio de Jesús nos ha hecho hermanos entre nosotros por lo cual ya no somos extraños ni extranjeros, sino miembros todos de la misma familia de la Iglesia de los redimidos... Se trata, por lo tanto, de vivir esta certeza en todo lo que vivimos, hoy, mañana y pasado, en cada momento, con la intensidad que lo experimentamos al vivir en la liturgia la celebración de los misterios principales...
Pero Jesús da un paso más... Se adelanta a la búsqueda de los "socios" que va a necesitar en este anuncio: "Vengan conmigo y los haré pescadores de hombres"... Pudiendo hacer la obra por sí mismo -Él es Dios, y lo puede todo- quiere asociar a los mismos hombres en el rescate de sus hermanos. Es una voz que nos lanza a todos. Los convocados no son aún redimidos. Harán la obra para sí mismos y para los demás. Unirse a Jesús es alcanzar la redención para sí, y estar disponibles para lograrla para los hermanos. ¡Qué obra tan maravillosa la de alcanzar la propia redención uniéndose a Cristo para dársela también a los hermanos!
El Tiempo Ordinario nos invita a vivir la intensidad de lo que hemos disfrutado en los momentos densos de celebración. Es la oportunidad que se nos presenta en lo cotidiano de dar demostración de lo que hemos recibido y madurado en nuestras propias vidas de fe. Es el verdadero testimonio. Es muy fácil dar testimonio de la fe en los momentos en los que tenemos un motivo "grande". Lo difícil es hacerlo cuando no hay nada especial. Este es el Tiempo Ordinario. Es como el martirio "lento", en el cual se pugna por decir Sí a Dios en cada momento, en cada dolor, en cada tristeza, en cada alegría, en cada esperanza... Y podemos hacerlo, pues la obra redentora es para la vida cotidiana, no sólo para lo extraordinario. Cada segundo es vida redimida. Cada palabra es vida redimida. Cada gesto es vida redimida. No cometamos el error de separar nuestra vida cotidiana de la vida que debemos demostrar que tenemos, sabiéndonos redimidos por el amor de Jesús...
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