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sábado, 26 de junio de 2021

La fuente de la vida y del amor manará siempre para nosotros

 Catholic.net - Señor, no soy digno de que entres en mi casa

De entre las cosas que desea Dios, nuestro Padre, si es que adoleciera de algo, es una inmensa añoranza porque sus criaturas tengamos una confianza inconmovible en Él y en su amor. Es una añoranza de ninguna manera enfermiza, por cuanto se inscribe en el ámbito del amor que lo ha movido hacia fuera de sí y que tiene como único objetivo procurar la mayor felicidad del hombre surgido de sus manos amorosas y poderosas. En esta línea de acción divina solo busca una respuesta también de amor de quien experimenta continuamente ese amor benévolo. Es natural que se dé este movimiento, pues, aunque para Dios no existe ninguna necesidad, ya que en sí mismo es autosuficiente, la aventura de la creación en la que se inscribió, busca esa respuesta no para sentirse satisfecho, sino para que el hombre entienda que ese es el camino de su plena felicidad. Por eso, quienes han entendido esta manera de obrar y han sido dóciles a estas inspiraciones amorosas del Creador, el responder afirmativamente a estas insinuaciones del Dios de amor se transforma en fuente de serenidad incesante, y en prontitud en el descubrimiento de estos tesoros que sin duda llegan a ser la mayor de las riquezas que pueden obtener. La lluvia de bendiciones se transforma en una fuente incesante de vida y de gozo. Incluso en medio de las mayores dificultades y problemas, entienden que tener el corazón pronto para asumir con docilidad las experiencias del Espíritu, es con mucho, la mejor ruta. Es esto lo que Dios quiere que viva cada hombre elegido y salvado por su amor. La elevación de la mirada para poder percibir, en medio del tráfago del mundo, lo que verdaderamente tiene valor. Es por ello que la relación con Dios para estos hombres se convierte en fuente segura de confianza, de seguridad, incluso de satisfacción confiada en Él. Es hermoso tener confianza con Dios y manifestar esa confianza sin restricción. De esa manera, la relación con Dios se transforma en algo completamente satisfactorio, sin quiebres y llena de compensaciones sin par.

Fue esta la experiencia de vida que tuvo Abraham en las manos de Dios. Su experiencia de fe, abandonado totalmente en la voluntad divina, sin dejar de tener desencuentros y frustraciones, muestra que su seguridad la había puesto totalmente en las manos de Dios. No era él que decidía su suerte. Al máximo se colocaba en el camino del amor para seguir recibiendo la cascada de bendiciones por ser el elegido para ser el padre de una humanidad nueva que nacería al final de los tiempos y del cual él se había convertido en personaje central y primario. Es llamativa esta excelente disposición, por cuanto lo único que tenía en sus manos era una promesa de grandes maravillas. Y nada más. Establece así una relación de tal intimidad con el Señor que en el único sitio en el que encontraba seguridad y confianza era a la vera de su Elector. Al punto que de esa relación fluida y fresca, su misma esposa Sara toma también esa frescura de Dios, aún estando más ocupada en otras cosas más banales. La promesa de descendencia que reciben es tomada con agrado, pero con cierta incredulidad por Sara, en el atrevimiento mayor de desconfiar de ella. Dentro de lo maravilloso de las actuaciones divinas, Sara reacciona como reaccionaría cualquiera. Una pareja de ancianos, secos y estériles, reciben la mayor bendición que pueden recibir. Su hijo Isaac será quien concrete la alianza nueva que transformará la historia del mundo. Una tarea impresionante para quien vive solo de la humildad. Es la humildad necesaria delante de Dios para ser receptor de grandes bendiciones: "'Cuando yo vuelva a verte, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo. Sara estaba escuchando detrás de la entrada de la tienda. Abrahán y Sara eran ancianos, de edad muy avanzada, y Sara ya no tenía sus periodos. Sara se rió para sus adentros pensando: 'Cuando ya estoy agotada, ¿voy a tener placer, con un marido tan viejo?' Pero el Señor dijo a Abrahán: -'¿Por qué se ha reído Sara, diciendo: 'De verdad que voy a tener un hijo, yo tan vieja?' ¿Hay algo demasiado difícil para el Señor? Cuando vuelva a visitarte por esta época, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo'. Pero Sara, lo negó: 'No me he reído', dijo, pues estaba asustada. Él replicó: 'No lo niegues, te has reído'". Es muy simpática la reacción de Sara, pero absolutamente natural. 

Esta confianza radical en Dios nos mueve a todos a presentarnos delante de Dios con esa humildad necesaria, pues solo así, reconociendo su amor y su poder que siempre estará a nuestro favor en medio de todas nuestra tribulaciones. El ejemplo lo tenemos en aquel centurión, seguramente hombre recio, de disciplina militar, muy consciente del orden jurídico, seguramente conocedor de Jesús por referencias de otros que, reconociendo que en ese personaje no está simplemente un profeta taumaturgo, que realizaba maravillas en medio del pueblo, sino un hombre que buscaba siempre hacer el bien, se le acerca sin ninguna duda para solicitar un  favor extraordinario, con la certeza de que no será desatendido. No pide algo para sí, sino para un criado. Incluso llega al extremo de confesar su fe de manera extraordinaria, cuando reconoce que Jesús puede hacer el milagro a la distancia. Apela a su propio ejemplo como personaje de autoridad para fundamentar que en Jesús hay una fuerza superior, pues es una confesión tácita de que para Dios no existe nada imposible: "'Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho'. Le contestó: 'Voy yo a curarlo'. Pero el Centurión le replicó: 'Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: 'Ve' y va; al otro: 'Ven', y viene; a mi criado: 'Haz esto', y lo hace'. Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: 'En verdad les digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Les digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac, y Jacob en el reino de los cielos; en cambio, a los hijos del reino los echarán fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes'. Y dijo al centurión: -'Vete; que te suceda según has creído'. Y en aquel momento se puso bueno el criado". Esa confianza radical tuvo la compensación mayor. Es la compensación que da la fe por encima de todo. Dios es la fuente de todas las bondades. Y esa fuente está abierta siempre. No se cierra jamás. Nosotros solo debemos ascender en el espíritu para que nuestra mano esté siempre tendida hacia esa fuente de amor, que será causa de nuestro gozo, ya que manará siempre a nuestro favor. Y así, nunca fallará, como nunca ha fallado.

domingo, 14 de febrero de 2021

Solamente Jesús puede limpiar nuestra lepra

 Resultado de imagen para Si quieres, puedes limpiarme

Algunos preceptos de Yhavé en el Antiguo Testamento, si los analizamos desde nuestra óptica actual y con los criterios avanzados sobre los derechos humanos que poseemos hoy, pueden parecernos draconianos y hasta inhumanos. Cuando leemos el precepto sobre el tratamiento a los leprosos, nos podemos llegar a preguntar cómo es posible que se pueda actuar tan inhumanamente en el caso de una persona que más bien necesita del mayor apoyo. Sin embargo, debemos siempre evitar la tentación del anacronismo, es decir, de ubicar hechos del pasado en nuestra mente actual y analizarlos con los criterios avanzados que poseemos hoy. En aquel tiempo no se contaba con los medios sanitarios de hoy, no se habían dado los avances en la ciencia que conocemos, no existía otra manera de proteger a la sociedad de potenciales males que podían hacer daño a muchísimos. En el caso concreto de la lepra, incluso espiritualmente, se consideraba una carga negativa que podía atraer desgracias no solo físicas para quienes se acercaran sino también espirituales para la comunidad. "Expulsar" al leproso de la vida comunitaria era, así entendido, una defensa para la misma vida comunitaria. Añadido al mal físico, la lepra se identificó siempre con el pecado. Cuando un hombre caía en el pecado y se alejaba de Dios y de la fraternidad, se consideraba que había adquirido la lepra espiritual, por lo cual debía acercarse de nuevo a Dios para obtener de nuevo su limpieza. Esa limpieza debía ser certificada por los sacerdotes de la comunidad y solo cuando era confirmada por ellos podía darse la reintegración del pecador.

Esta conducta se mantuvo hasta muy avanzados los años. Jesús mismo tuvo la ocasión de encontrarse con leprosos que se acercaban a Él pidiendo su limpieza, confiando en su amor, en su misericordia y en su poder. Para el leproso que añoraba su reintegración a la sociedad, la presencia de Jesús era la presencia de Aquel que había demostrado ya su preferencia por los excluidos, por los débiles, por los rechazados. Tenían ellos la seguridad de que ese que había venido a traer el amor y la misericordia de Dios no podía desecharlos ni excluirlos. Además, había ya dado demostraciones de que tenía el poder de hacerlo, pues era el Dios enviado para acoger a todos, particularmente a los que más necesitaban de su amor y de su misericordia. Por eso, es asombroso percibir cómo aquellos más humildes y rechazados son los que más claramente perciben la presencia del amor y del poder de Dios en Jesús. Los que menos lo necesitan son los más reticentes a acercarse a Él, en una muestra de autosuficiencia suicida que los aleja del amor. Quien es más rechazado es quien más se acerca confiado al Redentor: "En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: 'Si quieres, puedes limpiarme'. Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo: 'Quiero: queda limpio'. La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio. Él lo despidió, encargándole severamente: 'No se lo digas a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio'. Pero cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en lugares solitarios; y aun así acudían a él de todas partes". Para el leproso sanado era su fiesta particular, y por eso nadie, ni siquiera el mismo Jesús, podía negarle la expresión de su gozo.

La lepra es signo del pecado. En este sentido, todos los hombres la sufrimos, pues todos nos hemos puesto de espaldas a Dios, prefiriendo la mancha espiritual que mantenernos cerca del Señor. Esa lepra significa para nosotros la exclusión, la lejanía de Dios, la eliminación de la fraternidad. La lepra del hombre hoy es el pecado de la ausencia de Dios en la propia vida, la pretensión de la absoluta autonomía, del egoísmo y la vanidad supremos que nos pone por encima de los demás, sin importar a quién podemos hacer daño, solo pensando en los beneficios y las prerrogativas personales que podemos extraer con nuestra conducta. Es la lepra de la guerra, de la sensualidad, del hedonismo, de la falta de solidaridad, de la explotación de los débiles, del pisoteo de los derechos de los otros, de los atentados contra la vida mediante el aborto y la eutanasia, de la estafa y la corrupción... Son miles de lepras de las que adolecemos en nuestros días. Pero junto a eso está también siempre quien puede sanarnos. Y por eso hay muchísimos que se ponen del lado del sanador, y muchos más que se hacen conscientes de que seguir empeñados en ser leprosos los conduce hacia su propia destrucción. Y se acercan con fe y confianza a quien los puede limpiar: "Si quieres, puedes limpiarme". Es necesaria la conversión para poder ser limpiados. El mundo necesita de aquellos leprosos que han sido sanados por Jesús para convertirse en sanadores como Él, tal como lo hizo aquel leproso agradecido que no podía callar su gozo. La invitación es hecha a todos. Y es hecha particularmente a quienes reconocemos nuestra lepra y nos hacemos conscientes de que solo acercándonos confiados al Dios del amor, de la misericordia y del poder podremos ser sanados: "Hermanos: Ya coman, ya beban, o hagan lo que hagan, háganlo todo para gloria de Dios. No den motivo de escándalo ni a judíos, ni a griegos, ni a la Iglesia de Dios; como yo, que procuro contentar en todo a todos, no buscando mi propia ventaja, sino la de la mayoría, para que se salven. Sean imitadores míos como yo lo soy de Cristo". Solo siendo sanados por Jesús y viviendo para Él, desaparecerá nuestra lepra y seremos transmisores de esa limpieza a nuestros hermanos para que también ellos sean limpios de su impureza.

martes, 29 de septiembre de 2020

Arcángeles para nuestro servicio, nuestra compañía y nuestra defensa

 TÚ ERES EL HIJO DE DIOS

Todo lo que existe fuera de Dios ha surgido de su mano poderosa. El universo entero existe por un decreto expreso de su voluntad que quiso que todo surgiera en aquella decisión eterna de dar el paso grandioso fuera de sí, movido por su solo amor que determinó que todo confluyera para el bien de aquél al que colocaba en medio de lo creado, el hombre. Ese paso inédito en la eternidad, en el cual empezó a existir lo que no era Dios, entre otros, el hombre, habiendo sido creado única y exclusivamente por una razón de amor, comenzó su existencia acunado por su providencia y conducido amorosamente durante toda su vida para ser encaminado hacia la plenitud, que es ya la experiencia inmutable y eterna de la felicidad y del amor. El hombre ha sido creado desde el amor, es sostenido en ese mismo amor y es conducido hacia la meta del amor en la que es esperado con ilusión por el mismo Dios Creador. De esa manera se entiende que Dios no solo se coloca como aval para el bienestar del hombre, sino que Él lo ordena todo para que ese sea siempre el camino firme por el que transite cada hombre: "Para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito". Absolutamente todo lo que existe tiene un único fin: el bienestar del hombre. Ahora bien, la creación de Dios no tiene que ver solo con lo material o lo visible, sino con todo lo que existe fuera de sí. También el mundo espiritual ha surgido de sus manos poderosas. Dios es el Creador no solo de lo que somos capaces de ver, sino de todo aquello que escapa a nuestros sentidos. Siendo una realidad puramente espiritual, no por ello lo que no sea Él deja de haber sido creado por Él, como lo afirmamos en nuestro Credo: "Creo en un solo Dios… Creador del cielo y de la tierra, de todas las cosas visibles e invisibles", entre las cuales, evidentemente, se encuentra el mundo espiritual. Por ser una realidad que escapa a nuestro pretendido dominio absoluto de todo, al ser puramente espiritual, las tendencias materialistas del pensamiento, de las cuales son deudores también no pocos pensadores cristianos, han caído en la tentación de negar la existencia de este mundo espiritual, aduciendo muchas veces, incluso razonablemente, el que la mentalidad bíblica es heredera, y por lo tanto, ha sido influenciada, por corrientes míticas orientales desde las cuales se alimentó, y que por lo tanto la afirmación de la existencia de los ángeles como parte importante de nuestro bagaje de fe es sencillamente una contaminación desde dichas mitologías. No deja de ser atractiva esta afirmación, pero para ser aceptada totalmente habría que aceptar a su vez que en las expresiones de Jesús, Dios hecho hombre y autor por tanto de aquella creación espiritual, no existiera esa contaminación que sería indeseable de no ser que por el contrario fuera una verdad absoluta.

Entre los mensajes que Jesús lanza a los hombres existen los que hacen referencia expresa de ese mundo invisible y espiritual: "En verdad, en verdad les digo: verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre". En el juicio final que relata Jesús a los discípulos, afirma: "Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de él todas las naciones; entonces apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos". Por supuesto, los ángeles de Dios son nombrados con toda naturalidad por Jesús como seres existentes, que están al servicio de Dios y serán incluso elementos importantes para su presencia en la gesta reveladora y salvadora. Negar, por lo tanto, la existencia de los ángeles necesitaría la cancelación total de estas expresiones de Jesús que afirman su existencia. Sería una mutilación ilegítima de la palabra revelada extraída de los mismos labios del Mesías. Jesús es el Dios hecho hombre, la segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo eterno que estuvo presente en la creación de todo lo que existe, por lo tanto, Creador Él mismo, pues toda la obra creadora es producto de la acción íntima de las Tres Divinas Personas, presentes todas en aquella gesta inmensa. Mal podría entonces afirmarse que quien es el autor de todo lo creado haga referencia al mundo espiritual solo por contaminación de ideas externas. No es concorde con nuestra fe, definitivamente, la negación de la existencia de los ángeles, ni tampoco de todo lo que por revelación hemos recibido acerca de ellos: que los ángeles existen; que son seres de naturaleza espiritual; que fueron creados por Dios; que fueron creados al comienzo del tiempo; que los ángeles malos o demonios fueron creados buenos, pero se pervirtieron por su propia acción. Y, por supuesto, en la línea de la centralidad del hombre en el universo creado, debemos aceptar que también los ángeles están colocados para servir al hombre como apoyo en su caminar hacia Dios y hacia el alcance de la felicidad y del amor eternos. Aun cuando los ángeles en cierto modo gozan de una prerrogativa que podría ser considerada superior a la de los hombres, están sirviendo a Dios eternamente en su presencia, y también han sido puestos como aval para el hombre, a quien "hiciste poco inferior a los ángeles", según el salmista en referencia a la altura del hombre como criatura predilecta. Los ángeles son personajes importantes en la historia de la salvación, surgidos de las manos creadoras de Dios.

En la misma vida de Jesús y de la Iglesia tienen una tarea ingente y esencial. Así lo afirma el Catecismo de la Iglesia: "El ángel Gabriel anuncia el nacimiento del Precursor y el de Jesús (cf Lc 1, 11.26)". "De la Encarnación a la Ascensión, la vida del Verbo encarnado está rodeada de la adoración y del servicio de los ángeles. Cuando Dios introduce 'a su Primogénito en el mundo, dice: ‘Adórenle todos los ángeles de Dios’ (Hb 1, 6). Su cántico de alabanza en el nacimiento de Cristo no ha cesado de resonar en la alabanza de la Iglesia: 'Gloria a Dios…' (Lc 2, 14). Protegen la infancia de Jesús (cf Mt 1, 20; 2, 13.19), sirven a Jesús en el desierto (cf Mc 1, 12; Mt 4, 11), lo reconfortan en la agonía (cf Lc 22, 43), cuando Él habría podido ser salvado por ellos de la mano de sus enemigos (cf Mt 26, 53) como en otro tiempo Israel (cf 2 M 10, 29-30; 11,8). Son también los ángeles quienes 'evangelizan' (Lc 2, 10) anunciando la Buena Nueva de la Encarnación (cf Lc 2, 8-14), y de la Resurrección (cf Mc 16, 5-7) de Cristo. Con ocasión de la segunda venida de Cristo, anunciada por los ángeles (cf Hb 1, 10-11), éstos estarán presentes al servicio del juicio del Señor (cf Mt 13, 41; 25, 31; Lc 12, 8-9)". "De aquí que toda la vida de la Iglesia se beneficie de la ayuda misteriosa y poderosa de los ángeles (cf Hc 5, 18-20; 8, 26-29; 10, 3-8; 6-11; 27, 23-25)". Son servidores de los hombres, como sabemos que han actuado los tres Arcángeles de los cuales conocemos sus nombres por revelación: Miguel, Gabriel y Rafael (Los arcángeles son siete, pero solo conocemos los nombres de tres, por tanto hay que huir de los charlatanes que proponen otros nombres). Miguel ha sido puesto como el defensor ante quien quiera enfrentarse a Dios y a su criatura el hombre. Gabriel es el encargado de poner a nuestro alcance la palabra divina, siendo el enviado para comunicar su mensaje de amor y de salvación. Y Rafael es quien está a disposición de todos para alcanzarnos el favor de Dios acompañándonos en nuestro caminar y mediante la sanación física. Todos estos seres espirituales están en la misma línea de la acción favorecedora de Dios para con los hombres, pues son enviados para nosotros. Su tarea está siempre a nuestro favor. De esta manera lo afirma San Agustín: "El nombre de ángel indica su oficio, no su naturaleza. Si preguntas por su naturaleza, te diré que es un espíritu; si preguntas por lo que hace, te diré que es un ángel". Así, por ser ángeles, están siempre a nuestro favor, ocupándose de nosotros, defendiéndonos de los peligros, encaminándonos hacia el bien, hasta hacernos avanzar al punto final de nuestro recorrido, el encuentro eterno con el amor.

jueves, 16 de enero de 2014

A todo el hombre y a todos los hombres

La obra de Jesús busca salvar al hombre integral. Es para el hombre todo, y es para todos los hombres. El amor del cual Jesús es instrumento y que lo define esencialmente, no puede ser de ninguna manera parcelado. En el amor no hay exclusión de nadie ni de nada. Incluso a lo que está en la oscuridad el amor lo quiere iluminar. Y a quien ya está iluminado, lo quiere seguir iluminando... Por eso Jesús, que es la Luz que alumbra a las naciones, va por su camino iluminando, amando, sanando, curando... No hace distinción de nadie. Cuando se afirma que se ama, nadie puede quedar fuera de ese amor. El mismo Jesús ha dicho: "El sol sale para todos, para justos e injustos, para buenos y malos". Más aún, en la dinámica del amor se debe entender que quiere iluminar más a quien más lo necesita...

En los movimientos del amor, quien mejor nos enseña es Jesús. Y el amor de Cristo es sanador, es curativo. Él mismo lo ha dicho: "No necesitan de médico los sanos, sino los enfermos". Si hay algo que explica la venida del Verbo en carne humana, es precisamente la necesidad de ese amor en el hombre pecador. Si no hubiera habido pecado, no hubiera habido necesidad de la Encarnación. Antes del pecado, la presencia de Dios en el mundo era algo "natural". Recordemos que Yahvé venía al atardecer al Edén para tener unas buenas conversaciones con sus amigos Adán y Eva. Esa presencia fue borrada por el acontecimiento del pecado, cuando los hombres decidieron desobedecer a Dios, porque querían ser "como dioses". Desde ese momento Dios fue "expulsado" del mundo y de la vida del hombre...

Es el empeño del mismo Dios el que hace que se "inaugurara" una historia de salvación, en la que el mismo Dios buscaba poner remedio a la infidelidad de los hombres para poder estar de nuevo "naturalmente" entre ellos. El Protoevangelio del Génesis -"Pongo enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya... Un descendiente de ella te pisará la cabeza"-, marca el inicio de la intención divina de rescatar al hombre y de restaurar las buenas relaciones que existían. No se iba a quedar Dios de brazos cruzados viendo que aquél al que había creado desde lo más profundo de su amor, y sobre quien quería derramar toda su ternura, la primera que derramaba sobre alguien distinto de Él, estuviera fuera de su alcance... La historia de salvación está en continuidad con el poder y con el amor de Dios. Como es Todopoderoso puede restaurarlo todo de nuevo y volverlo a colocar en el orden primigenio. Y como es Todoamoroso hará todo lo que le indique el amor, todo lo que sea necesario para hacerle entender al hombre que no es bueno para él mantenerse lejos de su origen y de su providencia. Y si en eso se le debe ir la vida, lo hará asumiendo la naturaleza que puede morir para demostrar ese amor infinito...

En ese gesto amoroso y poderoso queda resumido todo lo que Dios y su amor quiere hacer por todo el hombre y por todos los hombres. Así fue anunciado por todos los profetas, que recibían las inspiraciones divinas para que las fueran transmitiendo a los hombres. Ese Mesías Redentor venía "a anunciar la Buena Nueva a los pobres, la liberación a los oprimidos y a los afligidos el consuelo; a dar la vista a los ciegos; a anunciar el año de gracia del Señor". El Siervo de Yahvé aprenderá "sufriendo a obedecer", "no apagará la mecha humeante ni quebrará la rama cascada", "tomará sobre sus hombros todas nuestras infidelidades". Sufrirá el desprecio de todos, será abofeteado, escupido, golpeado... Y al final, "por sus llagas habremos sido curados"... Es una mezcla de gesta heroica y de sufrimiento extremo. El Mesías será el Rey, la Luz, el Poderoso, el Liberador... Pero a la vez será ese Siervo sufriente que entrega su vida para que nosotros la recuperemos...

Y así, en efecto, es. El poder del Mesías será un poder divino, por lo tanto, infinito.Con su obra realizará la nueva creación en la cual todo vuelve a su gloria original. Pero lo hará en la demostración más evidente de debilidad. Una debilidad asumida voluntariamente -"Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad"-, con la cual demostrará el máximo poder. Esa debilidad que tiene su manifestación más rotunda en la muerte por martirio de ninguna manera es tal, pues en ella no es vencido Jesús, sino el mismo pecado, la misma muerte. Con la muerte de Cristo mueren el pecado y la muerte. Y ello queda portentosamente demostrado con su resurgimiento victorioso de la oscuridad y la soledad del sepulcro...

La victoria de Jesús es para todo y para todos. El hombre corporal y espiritual es restituido. Son curadas sus enfermedades -"Quiero, queda limpio"- y es limpiada también su alma -"Tus pecados quedan perdonados". "Porque ha demostrado tanto amor, perdonados son todos sus pecados"-. Y es para todos los hombres -"Tengo que ir a otras ovejas que no son de este redil". Es "la Luz que alumbra a todas las naciones"-. Porque Dios ama, nadie queda fuera. Son todos los hombres los que vienen a ser salvados. Y es todo el hombre -alma y cuerpo- el que es rescatado. Jesús es el Salvador de la humanidad que tiene muy clara su misión. Es una misión de amor, de salvación integral, en la cual no puede nadie quedar fuera. Lo exige el mismo amor, pues el amor jamás es excluyente. Excluir, en el amor, es matar al amor... Amar es incluir a todos en el corazón, lo cual lo expande más y hace que puedan entrar más. Y así es el corazón de Dios...