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lunes, 24 de mayo de 2021

María es Madre de la Iglesia y de cada uno de los discípulos de su Hijo

 Celebración de la fiesta de 'Virgen María, Madre de la Iglesia' - ZENIT -  Espanol

La importancia de la figura de la Mujer en la historia de la Iglesia es incontestable. Desde el mismo principio de la historia de la salvación, la mujer adquiere un papel relevante, equiparado con el papel del varón: "No es bueno que el hombre esté solo. Hagámosle una ayuda adecuada". De la parte noble del hombre, surge la mujer. Podríamos afirmar que Dios da un cierto cariz de superioridad a la creación de la mujer, pues eleva la calidad de la materia de la cual es hecha. Del barro del cual ha surgido el hombre pasa a la carne extraída de él, que ya había sido enriquecida con el soplo del aire vital que Yahvé había insuflado en sus narices, para hacer existir a la mujer. Y desde ese principio es proclamada "Eva", es decir "la Madre de todos los que viven". A lo largo de esa misma historia nos encontramos con mujeres destacadas que resaltan la figura femenina, siendo algunas incluso verdaderas heroínas en la historia del pueblo elegido. En una sociedad tendiente hacia el machismo ancestral, como lo era la sociedad judía, en la cual la mujer jugaba un papel muy secundario, el hecho de que la mujer destacara como adalid de libertad, de fuerza, de esperanza, es realmente significativo. Por ello, es necesario colegir que su relevancia como personaje principal de la historia era imposible de ocultar. Así ha sido durante toda la historia, en la cual la mujer ha luchado a brazo partido por el reconocimiento de su figura. No en el sentido en que se quiere implantar casi con violencia en nuestros días, con un falso feminismo que propugna más bien una superexaltación de la figura femenina, en detrimento de la unidad de los sexos y de la humanidad. Este feminismo absurdo busca pisotear al varón en aras de una superioridad, echando por tierra la colaboración, la unión, la igualdad de derechos. Es decir, que la mujer no sea ya más la pisoteada, sino que sea ella la que ahora pisotee. Es cierto que todo movimiento que promueva la igualdad, la equiparación de derechos, el respeto a la individualidad y la promoción de la mujer, se hace necesario. Pero no que sea una reivindicación que busque ahora el dominio y el pisoteo de los otros.

La figura ideal de la Mujer la tenemos en la Virgen María. Dios mismo le da una relevancia extrema, cuando desde el primer momento de su existencia la preserva de la culpa original, pues ha sido la elegida para ser la Madre de Aquel que vendrá a rescatar a la humanidad, prometido desde el mismo momento del primer pecado. Todo los hombres que esperaban el cumplimento de esa promesa de amor, miraban esperanzados hacia la figura de esa Mujer que sería la puerta de entrada del Redentor. Yahvé la anuncia desde el primer momento: "El Señor Dios dijo a la serpiente: 'Por haber hecho eso, maldita tú entre todo el ganado y todas las fieras del campo; te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida; pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza, cuando tú la hieras en el talón'. Adán llamó a su mujer Eva, por ser la madre de todos los que viven". El descendiente de la Mujer es Jesús, encarnado en el vientre de María. Y esa Mujer es María, la Madre del Redentor, a la cual Dios coloca en el puesto más relevante de todos, por encima de cualquier otra criatura del mundo, pues será el habitáculo del Hijo de Dios, de donde tomará la carne que ha venido a redimir. Si la Mujer tiene relevancia en toda la historia, con María llega al zenit de esa relevancia. Nadie más, ningún otro ser de la creación, llega a las alturas a las que llega María. Y en el reconocimiento de su grandeza y de su dignidad, el mismo Dios es reverente en el respeto de Ella. No la "utiliza" como una herramienta en su gesta libertaria, sino que solicita su concurso libre y voluntario en ella, para que sea un elemento esencial en la historia de la salvación de todos los hombres. La respuesta de disponibilidad de María ante la propuesta divina, la hace elevarse a la vista de todos los hombres como el personaje humano más importante de toda la historia, solo superado por su Hijo, Dios hecho hombre. Su respuesta: "Aquí está la esclava del Señor, que se cumpla en mí según tu palabra", cambia el curso de la historia, y abre las puertas del cielo para el derramamiento del amor de Dios sobre el mundo y sobre toda la humanidad, por la obra que cumplirá su Hijo.

Esa disponibilidad de la Madre de Jesús no ha tenido final. Así como Jesús ha dicho a todos los hombres "Yo estaré con ustedes hasta el fin de los tiempos", podríamos decir que la tarea encomendada por Jesús a su Madre tampoco tiene fin. Jesús no nos ha dejado huérfanos, pues se ha cuidado muy bien de dejarnos a su propia Madre como Madre nuestra: "Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: 'Mujer, ahí tienes a tu hijo'. Luego, dijo al discípulo: 'Ahí tienes a tu madre'. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio". Es el regalo póstumo, el más entrañable de todos los que nos dejó Jesús, pues implica a la Mujer que lo había dado a luz, de la que recibió los primeros cuidados amorosos, la que con la mayor ternura lo vio crecer, la que lo cuidó con auténtico amor de Madre, la que lo acompañó desde la sombra hasta el último momento de su existencia, la que lo enseñó a amar con amor realmente humano. Y es en sus manos en las que nos pone para que sea la continuación hacia nosotros de esa ternura maternal que nos cuida y nos sostiene. En Juan, al pie de la Cruz, estamos representados todos los hombres. No tenía sentido no llamarlo Juan, sino hijo, si no hubiera habido una intencionalidad de generalización de la humanidad en la persona del discípulo amado. Por ello, es Madre de la Iglesia. Una concreción en el tiempo de lo que se vivió también el día de Pentecostés, en el cual los apóstoles reciben al Espíritu Santo, con María a la cabeza, pues Ella estaba cumpliendo fielmente la tarea que amorosamente le encomendó Jesús desde la Cruz. Nace la Iglesia, y María está presente cumpliendo su papel maternal. Así como el Espíritu la invadió en la encarnación del Verbo, cabeza de la Iglesia, ahora la invade también en Pentecostés, para seguir encarnando en cada cristiano a Jesús y a su amor. Así, resuenan en nuestros oídos las palabras de nuestra Madre, que nos sigue invitando a cada uno: "Hagan lo que Él les diga". 

domingo, 7 de marzo de 2021

Dios no nos "debe" nada. Nos ha regalado todo su ser y todo su amor

 Formación Pastoral para Laicos: Jesús expulsa a los mercaderes del Templo

En nosotros los hombres existe siempre una tentación muy fuerte en referencia a la relación con Dios. Creemos que podemos llegar a "dominar" a Dios, al punto que pretendemos manipularlo logrando su favor por algunas acciones buenas que cumplimos, con lo cual llenaríamos la "cuota" que lo satisface, por lo que Él ya no tendría otra opción que concedernos el beneficio de lo que le pedimos. Es una práctica antiquísima, pero no por eso en desuso, pues hoy nos encontramos con miles de cristianos que aún mantienen esta mentalidad de pretensión de dominio sobre la voluntad divina. Las famosas cadenas de oración o de acciones que prometen lograr una meta específica, "arrancándole" a Dios su favor, son una muestra de esto. Son signo de una fe totalmente inmadura, que no ha comprendido la forma de acción de Dios ni de su amor, ni la necesidad de una fidelidad radical a su voluntad, lo que hará que podamos recibir los beneficios, no como "premios" que nos concede Dios por buena conducta, sino como consecuencia natural de la misma fidelidad que mostramos a Dios y a su amor. Por eso Dios ha considerado necesario "regular" nuestra relación con Él y con los hermanos, precisamente para evitar estos equívocos tan frecuentes y tan arraigados en la humanidad. Los Mandamientos que Dios da al pueblo son la demostración del amor del Señor que quiere que el hombre tenga claro cómo debe ser su relación con Él y entre ellos. No son prohibiciones impuestas, sino luces que el Señor pone en el camino de los hombres para iluminar el camino, de manera que la ruta se haga expedita hacia su amor. Son señales que nos van indicando cuál es el itinerario a seguir para ir avanzando hacia la plenitud. No podemos pensar que sean fruto de un Dios caprichoso que quiere confirmar su supremacía sobre todo, en particular sobre el hombre. Son fruto de un Dios que ama y que indica el camino correcto para poder vivir en plenitud los beneficios de ese amor. Después de exigir colocarlo a Él en el primer lugar de todo, indica cómo debe ser la relación entre los hermanos: "Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días en la tierra, que el Señor, tu Dios, te va a dar. No matarás. No cometerás adulterio. No robarás. No darás falso testimonio contra tu prójimo. No codiciarás los bienes de tu prójimo. No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo". El amor, de esta manera no puede ser expresado solo hacia Dios, sino que deberá ser manifestado también claramente en la relación con los hermanos. No hay confusión posible, entonces, para justificar el equívoco de pretender manipular a Dios.

El ejemplo en este sentido nos lo ha dado el mismo Jesús. La pretensión de dominio sobre Dios parte de la idea de que Dios es manipulable, de que la búsqueda de beneficios personales sin importar el beneficio que se le debe a los demás, no tiene nada que ver con la relación que se pueda tener con Dios. Una cosa no quitaría la otra. Se podría pretender mantener una buena relación con Dios sin importar la relación con los hermanos. Jesús, con su acción, nos dice que esto es totalmente imposible. Siendo Dios, mantuvo una relación de intimidad profunda con el Padre y llevó al culmen esa relación con su entrega en favor de los hombres, por encima de las convenciones que afirmaban que no tenía sentido lo que hacía. La mayor expresión de su fidelidad a la voluntad divina la realizó en la entrega en favor de los hombres, sus hermanos, para rescatarlos del pecado y de la muerte. No permitió que su condición de Dios lo sustrajera de la manifestación del mayor amor por el hombre que venía a rescatar: "Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados —judíos o griegos—, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres". La mayor ignominia sufrida por Jesús, su muerte en cruz, no fue un acto que estuviera fuera de lo que Dios exigía para el rescate de la humanidad. Esa redención hubiera podido haber sido hecha de cualquier otra manera, pero Jesús la asumió de la forma más clara de demostración de amor, negando lo que había en la mentalidad de los "manipuladores" de Dios, que exigían demostraciones de poder o de sabiduría infinitos. La que decidió hacer Jesús fue la de la mayor humildad por amor a la humanidad.

En esa búsqueda de impedir esa mentalidad del hombre que pretende el dominio sobre Dios, manipularlo y manejarlo a su antojo, nos encontramos con el episodio de Jesús enfrentándose con los mercaderes en el templo. Habían convertido a Dios en una mercadería más, de la que podían sacar provecho. El templo era un mercado de compra-venta, en el que se tenía más ventaja si se ofrecía más. Para Dios bastaría una buena oferta para cumplir la voluntad del oferente. En este sentido, se puede entender que Dios fuera un servidor de la moneda, casi un ídolo más al que había que ofrecer el propio sacrificio monetario para lograr su favor. No se diferencia mucho de lo que hoy pretenden tantos "cristianos", que ofrecen a Dios sus "sacrificios" para hacerse de sus favores. Jesús, evidentemente, reacciona ante esta mentalidad. Él no ha venido a rescatar al hombre a cambio de sus dádivas. En todo caso, la única dádiva que exige es la del corazón rendido a su amor. Y por eso se molesta cuando los hombres no terminan de entender esto y se empeñan en seguir un camino que buscaría ventajas o "pagos" generosos de parte de Dios. El amor de Dios es gratuito, máxime cuando lo que pide es que se haga lo que ha sido establecido como su voluntad de donar la plenitud a quien se mantenga a su lado: "'Quiten esto de aquí: no conviertan en un mercado la casa de mi Padre'. Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: 'El celo de tu casa me devora'. Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: '¿Qué signos nos muestras para obrar así?' Jesús contestó: 'Destruyan este templo, y en tres días lo levantaré'. Los judíos replicaron: 'Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?' Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y creyeron a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús. Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba a ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre". Nuestra vida como discípulos no puede estar basada en la pretensión de que Dios nos deba algo y podamos manipularlo para lograr que nos lo conceda. Debe estar basada en el reconocimiento de un amor que no tiene parangón, que nos pide que nos mantengamos junto a Él, y que demostremos el amor que le tenemos, amando a los hermanos que Él mismo ha puesto en nuestras manos para conformar la gran familia de los que aman a Dios.

sábado, 31 de octubre de 2020

Amor, servicio y humildad para ser de verdad de Cristo

 NUESTRA VIDA ES CRISTO: ¡FELIZ DOMINGO! 22º DEL TIEMPO ORDINARIO

El servicio y el amor son expresiones específicas de nuestra vida de fe. Ambos marcan esencialmente el estilo de vida de cada cristiano y lo encaminan por una ruta concreta en la que se debe desarrollar. Teniendo como base el ser de Dios, el ser convocado por Jesús para seguirle con fidelidad, el contemplar gozosamente el gesto libertario y de rescate radical que el Señor ha realizado en favor de todos, se debe cumplir todo en medio de la realización concreta de lo que compromete al elegido y al salvado a demostrar la asunción que ha hecho de su nueva condición de salvado y de haber sido hecho un hombre nuevo. Ciertamente la obra salvadora ha correspondido a Jesús, habiendo asumido la humanidad como veta radical en la que la llevaría a cabo, habiendo caminado en medio de los hombres para confirmar que es uno más de entre ellos, habiendo realizado los gestos que hacían entender la llegada del Reino de Dios al mundo, habiendo demostrado su poder divino y su amor preferencial a cada hombre con sus gestos portentosos y sus mensajes de amor y compromiso a todos, habiendo enfrentado la debacle de su propia humanidad sufriente que llega al extremo de la entrega a la muerte en la Cruz, debe producir posteriormente una respuesta razonable de parte de los salvados y rescatados que de alguna manera descubra un deseo de vivir la salvación, una respuesta que asuma la parte que debe vivir propia y responsablemente cada hombre renovado, de modo que no entienda la gesta libertaria solo como una especie de "derecho" ganado, sino como una llamada real a vivir con intensidad personal lo que significa la novedad para sí mismo y para todos los demás. Un gravísimo error que puede cometer el cristiano es que sabiéndose beneficiario de todo el amor que Dios quiere derramar en él y que ha derramado regalándole la salvación, considere que ese es el final del camino y ya no queda nada más por hacer. La realidad es que, siendo la obra de Jesús esencial para el logro de aquella nueva creación que Él ha venido a establecer en el mundo, venciendo el poder del demonio que lo había hecho perder todo, el camino debe ser avanzado, teniendo como nuevos actores a los que han sido beneficiados en el amor de rescate, pero que a su vez se convierten, y lo deben asumir así, en nuevos artífices a los que Jesús asocia para consolidar su obra de rescate. Es entonces cuando debe ser asumido con radicalidad, en primer lugar, el amor que se ha recibido y del cual se ha hecho cada uno beneficiario privilegiado, y en segundo lugar, el compromiso de servicio a todos, siendo de verdad hombres nuevos no solo en el sentido personal de la ganancia de la nueva condición, sino sirviendo desde ese mismo amor y con la novedad radical de la propia vida, a todos los hermanos.

La obra redentora es sin duda la ganancia más grandiosa que hemos obtenido. Pero se coloca también para nosotros en una altura similar la capacidad que nos regala el Señor de ser servidores. Hacernos servidores de los hermanos es un privilegio divino, que nos coloca en la misma condición de Jesús, que sirvió de la mejor manera entregándose por nosotros. Servir es, de este modo, esencial para entender nuestro ser de Jesús. Quien no hace de su vida un servicio amoroso y total a los hermanos, no se está asimilando al Jesús servidor. La alegría de la vida asumida por Jesús fue entregarse, y en la misma medida, servir a los hermanos. Su mejor servicio fue su entrega. Jesús no se guardó absolutamente nada para sí. Entendió que su entrega fue su servicio. De esa misma manera debemos entenderlo todos. Nuestra salvación implica el servicio, como para Jesús el servicio fue su entrega. Lo entendió perfectamente San Pablo, ganador de esa novedad de vida radical que había obtenido por la obra de Jesús, por lo que emprendió la tarea altísima de anunciarlo a todos, sirviendo en el amor, y haciendo a todos beneficiarios de la misma salvación. No consideró su tarea terminada al recibir su propia salvación, sino que se hizo multiplicador para todos de esa salvación tratando de ganar cada vez más para el amor de Cristo: "En ningún caso me veré defraudado, al contrario, ahora como siempre, Cristo será glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte. Para mí la vida es Cristo y el morir una ganancia. Pero, si el vivir esta vida mortal me supone trabajo fructífero, no sé qué escoger. Me encuentro en esta alternativa: por un lado, deseo partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; pero, por otro, quedarme en esta vida veo que es más necesario para ustedes. Convencido de esto, siento que me quedaré y estaré al lado de ustedes, para su progreso en la alegría y en la fe, de modo que el orgullo que en Cristo Jesús sienten rebose cuando me encuentre de nuevo entre ustedes". El amor por todos, y el deseo de que cada uno sea bendecido por la obra redentora de Jesús, lo lanzaba al servicio, incluso por encima del deseo inmenso de disfrutar ya eterna e inmutablemente del amor salvador de Cristo en el cielo. Para quien vive el amor, la salvación de Jesús no es solo una meta deseable, añorada para disfrutar eternamente, sino que se conjuga perfectamente con el servicio debido a aquellos a los que se ama en Jesús.

La primacía la tienen entonces el amor y el servicio. Al punto que pasan a ocupar el primer lugar los hermanos a los que se debe servir. Así lo entendió Jesús. Si alguien tenía derecho de disfrutar de todas las prerrogativas y privilegios fue el Hijo de Dios que se encarnó por amor. Pero Él prefirió sucumbir al amor y al servicio. Él es nuestro modelo. Nos marca la pauta para entender cómo amar y cómo servir. La vida de los cristianos debe ser vida de amor y de servicio. En ello se nos debe ir la vida. Haber obtenido nuestra salvación por el regalo amoroso de Cristo es apenas el inicio de todo nuestro compromiso. No basta con ser salvados en el amor. Debemos demostrar que esa salvación nos ha transformado, nos ha hecho unirnos más a los demás, nos hace incluso responsables de su salvación. No es la categoría humana la que nos marcará. Será la categoría del servicio y del amor. Nuestro valor no se medirá nunca más por el prestigio personal, por las ganancias crematísticas, por los beneficios pasajeros, por el renombre o la fama. A la vista de Jesús nuestra categoría estará marcada por la cantidad de amor que vivamos por los hermanos y por la entrega a ellos en el servicio que les prestemos. El nombre, la fama, la riqueza, no importarán nada para ingresar al banquete celestial. No seremos reconocidos por nada de eso. Jesús mirará nuestro corazón y medirá el amor y el servicio que hayamos realizado: "Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que los convidó a ti y al otro, y te diga: 'Cédele el puesto a este'. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: 'Amigo, sube más arriba'. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido". La humillación que pide Jesús no es desprecio. Es humildad. Es la búsqueda de la vivencia del amor al hermano y el deseo de servirle con preferencia sobre sí mismo. A eso estamos llamados los cristianos. A un amor preferencial por Dios y por los hermanos y a un servicio que los coloque a cada uno incluso por encima de uno mismo.

jueves, 9 de abril de 2020

La Última Cena es la Primera y la Única.

La última cena de Jesús con sus discípulos no fue un ritual ...

Siendo toda la Semana Santa un canto de amor que Dios entona para todos los hombres, el Jueves Santo es realmente un resumen augusto de ella. Es el avizoramiento que hace Jesús de la culminación de su obra de amor y de entrega para la salvación de la humanidad. Es prácticamente el momento de la firma con la cual se da la culminación de esa obra inmensa que descubre en todos sus resquicios la infinitud del amor que Dios tiene a cada hombre y a cada mujer de la historia. La densidad que se vive en este encuentro final de Jesús con sus discípulos es indescriptible. La Última Cena es como un resumen de todo lo que sucederá y de lo que ha sucedido hasta ese momento. La sentencia sobre Jesús ya está dictada. Son los momentos finales del tránsito terrenal de Cristo, antes de su sacrificio. Por eso Jesús lo vive como el momento de la despedida. Su deseo es dejar a los hombres el mayor de sus regalos. No solo les regalará la recuperación de su dignidad como hijos de Dios y la posibilidad de entrar de nuevo en el cielo para habitar en él para siempre junto al Padre en el amor y la felicidad eternos, sino que quiere quedarse Él mismo como el regalo póstumo, para seguir acompañando a los hombres en su caminar cotidiano y para ofrecerse como alimento espiritual necesario para saciarse y tener la fuerza para llegar a la eternidad. Ya lo había anunciando Él mismo en su famoso discurso del Pan de Vida: "Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre... El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida". Cumple así, también, la promesa de no dejar sola a la humanidad en ese itinerario hacia el Padre: "Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo". Todos los signos que da Jesús en esta hora apuntan a que su disfrute fue máximo siendo hombre. Habiendo dejado entre paréntesis su gloria eterna, que era natural en Él, a Jesús le gustó haberse hecho hombre y vivir entre los hombres. Por eso, en cierta manera, su despedida era más dolorosa. Y por eso, porque quiere quedarse como don amoroso, porque quiere hacerse compañero infaltable en el camino, porque se ofrece como alimento espiritual que fortalezca para avanzar y porque quiere seguir disfrutando de su vida entre los hombres, se las ingenia e instituye la Eucaristía como ese regalo de amor infinito. 

Sus propias palabras reflejan este estado de ánimo: "Llegada la hora, se sentó Jesús con sus discípulos, y les dijo: – Ardientemente he deseado comer esta pascua con ustedes antes de padecer, porque les digo que ya no la volveré a comer hasta que se cumpla en el Reino de Dios". El deseo ardiente de Jesús de comer esta última Pascua con ellos se explica porque Él sabía muy bien lo que iba a hacer para dejar ese don maravilloso. A partir de ese momento su presencia estaba asegurada para siempre. Establecía los sacramentos de la Eucaristía y del Sacerdocio para que todos los hombres tuvieran la posibilidad de acceder a ese alimento, y para que nunca le faltara a ninguno. Era un momento de gravedad sublime, por cuanto ese don significaba claramente su entrega. El Cuerpo y la Sangre de Cristo que Él deja como tesoro en la Eucaristía, son ese Cuerpo entregado y esa Sangre derramada en la pasión y en la cruz. Esa gravedad sublime la plasma muy bien San Juan cuando introduce su narración de la Última Cena: "Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo". Podemos hacer una composición de lugar de aquel momento maravilloso e imaginarnos los corazones de los apóstoles, rebosando de amor por Jesús y sintiendo ese amor que se derramaba sobre ellos y sobre el mundo entero. No existe en la historia momento más entrañable. El Maestro se estaba despidiendo. Se tenía que ir para cumplir el designio de satisfacción que estaba establecido. Pero en este movimiento magistral, saludaba amorosamente porque se quedaba también hasta el fin del mundo. Se iba y se quedaba. Se entregaba a la muerte desde su amor eterno e infinito para dar su vida en rescate de todos los hombres, pero decretaba que se quedaba entre ellos para seguir entregándose por amor. Se quedaba en la Eucaristía como compañero de camino y alimento de salvación, y se quedaba en los Sacerdotes desde los cuales seguía distribuyendo su gracia, su amor y su salvación a través de la acción sacramental y de amor que realizaría cada uno de ellos.

La entrega de Jesús es total. No deja nada para sí. Todo lo pone en manos de los hombres, para salvarlos. "A pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz". Y, en ese intercambio de amor que Él quiere que se dé, nos pide a nosotros una experiencia de amor y de entrega similar. Por eso en ese momento sublime de su donación realiza el gesto de amor práctico: "Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido". Era un gesto sorprendente, pues el momento que estaban viviendo en la Cena era más bien de exaltación. Pero para Jesús fue el momento propicio para exigir de los apóstoles un gesto similar de entrega por amor. Por eso les dice: "¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman “el Maestro” y “el Señor”, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros: les he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con ustedes, ustedes también lo hagan". Amor con amor se paga. Jesús nos pide a todos que así como Él nos ha demostrado el amor mayor con su entrega a la muerte y sus regalos en la Última Cena, nosotros demostremos que hemos entendido el mensaje amándonos entre nosotros. "Este es mi mandamiento nuevo: Que se amen unos a otros como yo los he amado". Es este el signo de los cristianos, el que le da sentido a todo lo que hacemos. Nuestra carta de identidad es el amor que le tenemos a Dios y el amor que nos tenemos entre nosotros. Nuestra identidad no se da por los padrenuestros o los credos que recitemos, aunque los tenemos que recitar. Todo tiene su sustento en el amor. Si Aquel que nos convoca nos marca la pauta para el camino, no podemos caminar por una ruta diversa. No hay otro itinerario de salvación sino solo el del amor. La entrega de Jesús, su regalo de amor quedándose en la Eucaristía y en el Sacerdocio, lo viviremos con la máxima intensidad y lo disfrutaremos únicamente en la medida en que lo hagamos desde el amor a ese Dios que nos salva y a nuestros hermanos que nos deja el Señor como responsabilidad. Es el camino que se nos indica y que debemos recorrer para salvarnos. La Última Cena es la Primera y la Única. La que nos da la perspectiva para nuestra salvación.

jueves, 19 de diciembre de 2019

Mi alegría es eterna porque sé que mi Dios me ama eternamente

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Un momento puntal en la vida de los hombres es cuando surge el amor por aquella persona con la cual se sueña en compartir la vida. Es el momento del arrebato del corazón, en el cual todas las demás personas de alrededor, que tienen que ver y que son importantes para él, dan paso a aquella con la cual se piensa complementar la propia vida, que será esa con la cual se cumplirán los planes y proyectos del futuro, y que le dará la ilusión y la fuerza necesaria para avanzar con paso firme en él. No es que los demás pierdan la importancia que tienen, que han tenido o que seguirán teniendo, sino que entre las personas prioritarias y que ocupan ese lugar de primacía sobre todas, aquella pasa a ocupar el primer lugar. Es el amor del complemento, el que falta para estar completos, el que hace que sea realidad el "no es bueno que el hombre esté solo" que sentencia Dios desde el inicio de la existencia de cada hombre y de cada mujer de la historia. El amor de complemento humano en la vida esponsal es el amor que más puede llegar a parecerse al amor de Dios, pues es un amor benevolente, oblativo, en el cual no se piensa en sí mismo, sino en el otro. Es el amor que lanza a procurar esa felicidad del otro, el bien mayor siempre para él, porque está motivado no en el beneficio que me produce, sino en la procura de evitar para él todo malestar, de lograr que la felicidad sea su marca de vida, que solo lleguen para él los beneficios que puedo ofrecerle en mi esfuerzo real por evitarle todo mal, toda molestia, toda tristeza, toda frustración. Si el amado es feliz por lo que yo le procuro, entonces, en consecuencia, yo soy feliz. Mi felicidad es la felicidad de aquel a quien amo. Es mi compensación. No deseo más. Y así, exactamente, es el amor de Dios por nosotros, sus criaturas. Nos ama porque sí. Su única razón de amor por nosotros es nuestra existencia, sin más. A este amor de oblación, los hombres le agregamos un amor menos perfecto, también bueno, pero que no es fiel reflejo del amor divino. Es el amor que llamamos de concupiscencia, por cuanto se caracteriza en cierto modo en la retribución. Amo en cuanto también que de aquel a quien amo recibo beneficios, en cuanto soy amado, en cuanto se me compensa con más amor. Amo también porque recibo el tesoro del amor. Cuando permito que aquel amor perfecto, el oblativo o de benevolencia, sea el que domine, tengo asegurada mi felicidad perpetua. Mas si permito que sea el amor de concupiscencia el que prevalezca, mi felicidad siempre estará dependiente de los bienes que reciba, por lo cual siempre estará en riesgo de no hacerme feliz, pues podré siempre estar exigiendo más y más, y quizá nunca estar satisfecho.

Dios nos ama siempre con amor benevolente. Su amor es siempre de oblación, de donación, de entrega. Tanto, que se desprende de todo con tal de darme siempre su amor y de hacerme sentir feliz: "Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna". No dejó nada para sí. El Hijo de Dios, al aceptar la misión encomendada por el Padre, "se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz". Esto solo lo hace quien ama con benevolencia. No se obtiene ningún beneficio en la entrega total hasta la muerte. El único bien que se obtiene es saber que mi entrega es la salvación de aquel a quien amo: "Me amó a mí y se entregó a la muerte a sí mismo por mí". Por eso, al hablar de la obra salvífica del hombre de parte de Dios, la imagen ideal es la del amor esponsal perfecto. Dios es el novio que ha conseguido en nosotros su pareja ideal. Y la mejor manera de comprender ese deseo de salvación hacia nosotros es comparándolo con el amor entre los esposos. Dios es el esposo y nosotros, el pueblo, Israel, la Iglesia, somos la esposa, y Él quiere que recibamos absolutamente todos los beneficios, que no tengamos falta de nada, que no haya razones para nuestra tristeza o malestar. Quiere evitar para nosotros toda razón de frustración o de sufrimiento. Y tiende su mano para que sepamos que en cualquier circunstancia Él nos sirve da apoyo, de consuelo, de fortaleza. Se establece, de esta manera, una relación idílica, en la que Dios suspira por nuestro bien, y nosotros suspiramos por tenerlo siempre a nuestro lado: "¡La voz de mi amado! Véanlo, aquí llega, saltando por los montes, brincando por las colinas. Es mi amado un gamo, parece un cervatillo ... Levántate, amada mía, hermosa mía, y vente. Paloma mía, en las oquedades de la roca, en el escondrijo escarpado, déjame ver tu figura, déjame escuchar tu voz: es muy dulce tu voz y fascinante tu figura". Es ciertamente como una novela de amor, en la que se describe de la manera más entrañable posible aquella relación de amor que Dios quiere establecer con cada uno de nosotros.

En el momento culminante de la historia de la humanidad aquel idilio se hizo totalmente real. El encuentro de Jesús con la humanidad es el momento de la boda que confirma esta relación esponsal entre Dios y el hombre. Desde ese momento ya no hay razón para las tristezas o las frustraciones. Dios me ama infinitamente y ha establecido conmigo una relación que jamás terminará. Dios se hizo hombre en aquel momento grandioso de la historia y jamás dejará de serlo. Es un matrimonio perpetuo en la que el amado procurará hacer todo por mantener a su amada feliz y llena de beneficios. Mi corazón es el depósito en el que se guardarán todos los tesoros de amor que mi amado tiene reservados para mí y que me irá regalando. Por eso, en nosotros los hombres, miembros de la Iglesia, esposa de Cristo, no puede haber otra reacción que la de la felicidad y el gozo por sabernos objetos de un amor puro, infinito y eterno. Juan Bautista en el vientre de su madre Isabel, salta de gozo. "En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y, levantando la voz exclamó: '¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!'" Juan es el representante de toda la humanidad que salta gozosa por el amor hecho carne en el vientre de María. Dios se ha casado con el hombre. Y lo ha hecho para que no tengamos falta de nada, para que vivamos siempre en la seguridad de su amor, para que toda razón de tristeza desaparezca y no hagamos depender nuestro gozo de lo que podamos recibir, sino solo de la seguridad de sabernos amados infinita y eternamente por aquel que nos llevará a su lado para que nuestra felicidad sea eterna. Así nos quiere Dios. Y por eso se desposa con nosotros en aquel momento de la historia y se queda como nuestro esposo para toda la eternidad derramando su amor sobre cada uno.

lunes, 30 de junio de 2014

Cristo es el único absoluto

Hay un signo que marca el seguimiento de Jesús: la radicalidad. Es algo que Él pide para el que quiera ser su verdadero discípulo. Más aún, quien no asuma la radicalidad como su estilo de vida en el seguimiento de Cristo, es considerado por Él como indigno se seguirle. Así mismo lo dice: "Quien no lo deja todo para seguirme, no es digno de mí". Si hay algo que a Jesús le molesta es la actitud de los "medias tintas", aquellos que se guardan siempre algo, que dejan en su ser algún espacio para "sus cosas", que no terminan de rendirse a Él y dejan siempre algún criterio o alguna conducta propios allí latentes, porque piensan que no se puede ser tan exigente...

Comprendamos esto bien. No se trata de que para poder ser discípulo real de Cristo haya que renunciar al propio ser. Todo lo contrario. Hay que reafirmarse cada vez más en sí mismo, poseerse cada vez con mayor conciencia, hacerse más dueño uno de sí mismo... Es la única manera de donarse con plena conciencia a algo que es superior. Donarse a lo que es más que uno, engrandece. Y en nuestro caso, Jesús es infinitamente más que yo. Por el contrario, donarse a algo que es más pequeño que uno, empequeñece. Es, realmente, esclavizarse. Ponerse en las manos de lo que es inferior es reducirse uno mismo en dignidad y en personalidad, en criterios y en conductas... Los hombres hemos sido creados para Dios, y el colocarnos en las manos de algo distinto a Él, por lo tanto, de una criatura suya -todo ha surgido de su mano creadora y todopoderosa-, es hacerse uno mismo el flaco favor de disminuirse... El camino para la dignificación personal es el de la plena posesión de sí mismo para donarse libremente al Dios Creador y Padre, que es quien da la plenitud... En ese donarse entra principalmente la actitud espiritual con la cual se asume la vida. Ella es para vivirla con la conciencia que es el momento de la siembra que se cosechará posteriormente en la vida futura. Que es una etapa en la que hacemos lo que debemos hacer para lograr la meta de la perfección, que se alcanzará en la etapa final de la vida. Y en esta vida, que es, en cierto modo, una primera etapa pasajera de la vida entera, plena e infinita, Dios coloca en nuestras manos los instrumentos que necesitamos para avanzar cada vez más sólidamente. Son eso, instrumentos, herramientas, medios, para avanzar en la perfección... No son fines ni objetivos últimos...

Cuando no comprendemos esto, caemos en la falta de la radicalidad que nos pide Jesús para seguirle. Hacemos de las herramientas que el mismo Dios pone en nuestras manos para seguir adelante en la perfección, como objetivos últimos, como metas, como logros finales. Hay quien cree que la vida se va en alcanzar y poseer bienes, en lograr prestigios, en acumular poder, en darse satisfacciones hedonísticas... Son las metas que se han propuesto. Lamentablemente, se han entregado a lo que es inferior, a la criatura, que incluso es menos que ellos, con lo cual sus vidas simplemente pierden el norte de la plenitud, contentándose -o frustrándose- no sólo en esta vida, sino en toda la vida que culmina en la eternidad...

Cuando Jesús pide radicalidad no está pidiendo que no hagamos uso racional y lógico de lo creado, que es riqueza que Dios mismo ha colocado en nuestras manos. Simplemente nos pide que vivamos la relatividad de esas realidades. Ayudan a nuestro caminar sólidamente hacia Él, pero ni son el camino, ni son la meta. No debemos confundirnos y quedarnos en el nivel de la criatura. Debemos elevar nuestra mirada hacia la meta real, la propuesta por Dios, que es Él mismo...

Por eso Jesús dice a quien le sigue: "Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza... Tú, sígueme. Deja que los muertos entierren a sus muertos". El corazón del discípulo de Jesús se debe sentir arrebatado por Él, por su amor, por su voluntad, por sus criterios. Poner los bienes materiales, e incluso las relaciones personales y familiares, aun siendo lícitos y bellos, por encima de Él, nos hace indignos de seguirlo. No nos pide Jesús que los dejemos a un lado, sino que los pongamos en su lugar. Que no les sirvamos como si fueran nuestra meta final o nuestro objetivo último, sino que los vivamos en la relatividad que les corresponde...

Jesús no nos pide que dejemos de ser humanos. Los hombres necesitamos de las cosas que Dios mismo ha puesto en nuestras manos para nuestro progreso, para nuestro sustento. Necesitamos de las relaciones personales para recibir de ellos afectos e ideas enriquecedoras. Pero todo ello es instrumento, es apoyo, es herramienta, para poder ir cada vez más adelante en el camino de la perfección y para llegar a la meta de la plenitud...

miércoles, 18 de junio de 2014

Te darás sólo si antes te posees

La historia de Elías y Eliseo es la historia del maestro y su discípulo. Elías, el estandarte del profetismo israelí, se convierte en referencia para todo el que pertenezca a esta institución. Ningún profeta se le equipara en docilidad, en disponibilidad, en instrumentalidad. Por eso Eliseo le pide nada más y nada menos que los dos tercios de su espíritu como herencia. Y lo obtiene, pues cumple la condición que le había impuesto Elías: "Si logras verme cuando me aparten de tu lado, lo tendrás; si no me ves, no lo tendrás". Para Eliseo eran suficientes los dos tercios, pues el espíritu completo de Elías era inalcanzable y prácticamente imposible, pues era demasiado espíritu para otro profeta...  La prueba de que había logrado lo que le pedía es que con el manto de Elías, arrebatado portentosamente a los cielos, golpea el río y éste se abre de par en par, como había sucedido con Elías... Eliseo había logrado lo que deseaba...

Elías pudo dar dos tercios de su espíritu a Eliseo porque lo tenía. Parece una perogrullada, pero no lo es. Elías dejó huella en Eliseo porque antes de imprimirla, la tenía en sí mismo. Dejar marca requiere antes tener esa marca en sí. De lo contrario, es imposible hacerlo. Cuando Elías parte a los cielos arrebatado, deja como herencia lo que tenía. No puede ser donado lo que no se posee. Para donarse, antes hay que poseerse. Es el mismo dinamismo de la vocación. Sólo puede darse a Dios, que llama, quien antes se ha poseído plenamente. Si no, no se tiene nada que dar. La respuesta de donación es antes un realidad de pertenencia. Porque uno se pertenece plenamente es capaz de donarse. Si no fuera así, no hay nada que dar... Elías fue capaz de imprimir su huella en Eliseo, fue capaz de donarle dos tercios de su espíritu, porque su espíritu era plenamente suyo, porque era absolutamente libre, porque no estaba esclavizado a nada que lo atara y le impidiera hacerlo. La herencia que deja Elías a Eliseo es totalmente suya, sin ocultamientos ni rebuscamientos, sin disfraces o esquinas ampulosas. Su transparencia era total, su coherencia era plena, su consistencia era completamente sólida...

Esto es lo que nos pide Jesús cuando exige que nuestros actos de donación, de entrega, de oración, surjan de un corazón transparente, limpio, sin complejidades ni complicaciones. "Cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha... Cuando tú vayas a rezar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está en lo escondido... Cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido..." De nada valen sacrificios, limosnas, oraciones, si no son hechas en la presencia de Dios principalmente. Se podrá hacer mucho bien a los demás, pero si ese bien no surge de un corazón convencido, no se está dando uno mismo, que es, en definitiva, lo que se requiere. En la limosna, en el ayuno, en la oración, debe estar nuestro espíritu. Debe ser el mismo movimiento de Elías con Eliseo. Si Elías no hubiera tenido su espíritu no lo hubiera podido dar a Eliseo.

Se trata de una riqueza personal que se da. La donación personal no puede reducirse a un teatro, a una pantomima que quedará seguramente muy hermosa, pero que no implica lo más profundo del hombre. Si su espíritu no está involucrado en la donación, no se está dando nada, aunque se esté dando mucho dinero, se lo esté pasando muy mal por el ayuno, se estén diciendo muchas palabras bonitas en la oración. Dios conoce perfectamente nuestra intimidad, mejor que nosotros mismos. San Agustín lo decía perfectamente: "Dios es más íntimo a mí que yo mismo". En lo más profundo de nuestro ser está Dios. Y sabe muy bien cuáles son nuestras motivaciones más profundas, nuestras alegrías y satisfacciones, nuestras tristezas y dolores. Sabe bien cuáles son las cosas que realmente nos mueven y nos animan a darnos. Más aún, sabe mejor que nadie si nos estamos dando de verdad o si estamos ocultando nuestro ser en acciones buenas, como disfraces...

Si queremos hacer donación de nosotros mismos, poséamonos antes totalmente. No podremos jamás dar lo que no tenemos. Y si no nos poseemos no podremos dar nada, aunque lo demos todo. Es lo que nos pide Jesús. Que en cada una de nuestras acciones esté implicado nuestro ser, que estemos dando nuestro espíritu como lo hizo Elías con Eliseo, que se poseyó totalmente y por eso pudo darse completamente...

viernes, 2 de mayo de 2014

Servir, como Jesús sirvió, dando su Vida

Jesús es el Dios que se hace hombre. Asumiendo nuestra humanidad, asume también todas las consecuencias de poseerla, sin cargar en ella con la condición pecadora. Asume el pecado como aquello que viene a sanar. Lo carga sobre sus espaldas sin ser pecador, para cumplir su perfecta victoria sobre él en la Pasión y la Cruz. Realmente la Cruz se convierte en el trono sobre el que se sienta para ejercer su reinado sobre el mundo, sobre el hombre, sobre todas las cosas. Ese reinado de Jesús fue ejercido desde la máxima humildad, cumpliendo Él el primero con lo que dio como pautas para el ejercicio de la autoridad. "Yo estoy entre ustedes como el que sirve", "El que quiera ser el primero que sea el último", "Yo no he venido a ser servido sino a servir"... Entendió plenamente que el ejercicio de la autoridad no era una cuestión de poder, sino de ponerse a la disposición de todos. Lo hizo sin dejar nada fuera, al extremo de dar su vida para rescatar a los hombres de la condición pecadora, sin ni siquiera pensar en sí mismo. Todo lo suyo quedó en un segundo plano. Lo importante era servir, donarse, entregarse, para rescatar a  los que estaban perdidos. Y en eso, literalmente, se le fue la vida. Por eso Jesús es Rey en toda la extensión de la palabra...

No necesitaba Jesús de reconocimientos pues Él estaba muy claro en lo que era y en lo que vino a hacer. Cuando los hombres que presencian el portento de la multiplicación de los panes para alimentar a más de cinco mil, se entusiasman ante lo que ven, al extremo de afirmar: "Este sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo", dice el Evangelio que "Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo"... Jesús no había hecho nada de eso para que nadie lo proclamara Rey. Él ya lo es. Él ya ha venido como Rey, pues se ha puesto al servicio de todos, como lo debe hacer toda autoridad. Buscó el mayor bien para la mayoría. En ese caso concreto, había la necesidad de la comida y no dudó en ponerla en las manos de quienes lo escuchaban y en su momento sintieron hambre... Lo que importaba era lograr el bien para ellos. Nada más. La pretensión de proclamarlo Rey estaba de más. No era eso lo que buscaba Jesús. Y por otro lado, esa condición ya es esencial en Él... Jesús es Rey, y no necesita de ningún decreto de nadie para poseer ese título...

En efecto, siendo de condición divina, se despojó de su rango para hacerse uno más. Desde dentro de nuestra condición humana nos llevó a todos a la elevación máxima. Porque era Dios y porque era Rey, pudo hacerlo. Su poder y su amor lo lograron plenamente. Su servicio como Rey lo prestó completamente al entregar su vida para que nosotros tuviéramos Vida. Estaba bien claro que el mejor servicio era el de poner en nuestras manos de nuevo la Vida que habíamos perdido. Y eso sólo lo lograría haciendo de su vida patrimonio de todos. Fue lo que hizo en la Cruz. Al decir: "Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu", estaba diciendo que se lo entregaba para que fuera nuestro, de todos los que Él había venido a rescatar.

Por eso, nuestra mejor situación es colocarnos a la disposición de quien nos ha entregado su propia vida. No tiene sentido no hacerlo, habiendo recibido la opción de manos del mismo Rey... No actuamos con inteligencia cuando no nos ponemos en la linea que nos llena de la mayor bendición, en la de quien sirve a quien da la Vida, en la de quien quiere que esa Vida se multiplique en sí y en los hermanos. Servir a quien mejor sirvió es la elección más inteligente. Anunciar a todos al Rey que da la vida es ponerse en la disposición de ser continuamente bendecido con más Vida, y recibir la posibilidad de hacerse instrumento de esa misma Vida para los demás... Los apóstoles lo entendieron así, y por eso no dudaron nunca en anunciar la Vida que los hombres habían recibido por el único Rey. No fueron suficientes persecuciones, amenazas, maltratos, para alejarlos de la misión que había elegido llevar adelante.

Los apóstoles, lejos de sentirse amilanados por los contratiempos que podían sufrir en el anuncio del Rey, de su nombre, de su obra, de su amor, se sentían más acicateados. Las persecuciones les daban la seguridad de que estaban en el camino correcto. El hecho de que molestaran a las autoridades, lejos de hacerlos desistir, por el contrario, servía para afirmarlos más en su convicción de que estaban sirviendo al verdadero Servidor, al único Rey que valía la pena, a quien con su Vida dio la Vida a todos los que la habían perdido... Es maravillosa la reacción que describen los Hechos de los Apóstoles después de hacer sido azotados por anunciar a Jesucristo: "Llamaron a los apóstoles, los azotaron, les prohibieron hablar en nombre de Jesús y los soltaron. Los apóstoles salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús. Ningún día dejaban de enseñar, en el templo y por las casas, anunciando el Evangelio de Jesucristo"... Ellos sabían muy bien qué era lo que valía la pena. Sabían inclusive que sufrir por Jesús daba una compensación inimaginable. Lo importante era servir como Jesús sirvió. Y si había que entregar la vida como Él lo hizo, estaban muy bien dispuestos a ello. No lo dudaron un instante jamás...

miércoles, 15 de enero de 2014

Todo el mundo te busca...

El mejor resumen de la figura de Jesús, de su mensaje y de su obra, es el que nos dan los Hechos de los Apóstoles, cuando Pedro, en su conversación con Cornelio, dice. "Jesús de Nazaret... pasó haciendo el bien, sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él". Él mismo hace el resumen de lo que debe hacer misión encomendada por el Padre y aceptada voluntariamente por Él: "Para eso he venido"... Es la confirmación de lo que eternamente dice el Verbo de Dios ante el Padre: "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad".

La venida del Hijo del Hombre se explica sólo desde la perspectiva del pecado. Porque el hombre le dio la espalda a Dios prácticamente en el inicio de su existencia, queriendo "hacerse como un dios", el mismo ofendido, Yahvé, anuncia la venida de aquel personaje que "pisará la cabeza de la serpiente". La historia de la salvación es, de esa manera, historia de rescate del hombre, que se puso de espaldas al amor y prefirió vivir en el odio y en el vacío de la ausencia de Dios. Jesús pasa haciendo el bien no sólo porque logra romper la dinámica de la separación del hombre en referencia a Dios, sino porque en cada obra que emprendió no hizo otra cosa que gritarle al hombre el amor de Dios y su añoranza por tenerlo a su lado de nuevo... La obra de rescate que Jesús emprende no se refiere sólo a lo espiritual, pues siendo esa la raíz, las consecuencia son globales. El hombre quedó roto interiormente por el pecado, pero esa rotura tuvo consecuencias en todo lo que él vivía. Era necesario restaurarlo todo, desde la raíz, pero también en todas sus consecuencias...

La obra de Redención es una obra impresionante. No sólo por lo que se refiere a demostración de poder de parte de Dios, que es inmensamente grande, más aún, infinito. Redimir en este caso significa re-crear. Es decir, crear de nuevo. Si Dios hizo acopio de ese poder infinito en la creación primera, que hizo surgir todo de la nada -una nada objetivamente neutra, ni mala ni buena-, ahora toca demostrar aún más poder, pues aquello que había pasado de la nada a la existencia positiva, ahora debe pasar de la existencia negativa -abismo en el que se había caído por el pecado-, a la existencia positiva de nuevo, pero ésta, ahora, glorificada, superior... El salto cualitativo es inmensamente superior. Al inicio había pasado de lo neutro a lo positivo. La nueva creación lo hará pasar de lo terriblemente negativo a lo gloriosamente positivo...

Pero a lo impresionante que es la Nueva Creación por la Redención en cuanto demostración portentosa de poder divino, se añade algo que toca más interiormente al hombre, en una vivencia entrañable, que lo hace sentir no una "cosa" que se rescata, sino un "ser amado", por el cual el mismísimo Dios considera que vale la pena hacer lo que sea necesario, sea lo que sea, para rescatarlo y tenerlo de nuevo a su lado. No medirá Dios esfuerzos, acciones, consecuencias. La finalidad es únicamente la de tener de nuevo a quien ama consigo, al que es predilecto en su corazón, aquél que fue la causa última por la cual fue capaz de desplegar todo su inmenso poder y demostrar su infinita gloria...

La obra de la Redención, de esta manera, no se entiende sólo como un despliegue de poder infinito, sino como un volcamiento total del amor de parte de Dios hacia el hombre. Entenderlo sólo como obra de poder puede hacernos caer en el error de entenderla sólo como una "acción burocrática" del Dios que podía hacerlo porque es todopoderoso, sin mayor implicación personal... En cambio, entenderla como obra del amor divino es colocarse en el ámbito del corazón divino que se derrite de amor por el hombre y por el cual es capaz de llegar a lo que sea... Por eso, en los días de Jesús, el amor de Dios es demostrado con tanta intensidad. Jesús "pasó haciendo el bien" para que entendiéramos que Dios lo da todo, hace todo, llega a lo que haya que llegar, para rescatarnos, porque nos ama infinitamente. Dios, literalmente, "se vuelve loco de amor" por nosotros...

Contemplar este misterio de amor y dejarse invadir, imbuyéndose en la dulzura del Dios que se abaja al máximo, es una experiencia realmente entrañable. Es nadar en el misterio más profundo pero más a la mano del Dios del Amor. Es sentirse privilegiado por estar en un lugar de primer orden en el corazón amoroso de Dios, escondido, resguardado, sorbiendo las mieles más dulces de ese amor. Por eso San Agustín, arrebatado en la contemplación de este misterio tan profundo y tan a la mano del Amor de Dios, no pudo contenerse y afirmó: "Feliz culpa la que nos mereció tal Redentor". Es impresionante... Dar gracias por el pecado, pues sin él, la historia de Jesús no se hubiera presentado nunca ante nosotros. Tuvo que existir el pecado para que se hiciera presente el Verbo, encarnado en el vientre precioso de la Virgen María. Y por esa encarnación sabemos del amor de Dios que se hizo carne, y por eso curó enfermos, expulsó demonios, multiplicó los panes, miró con amor tierno a la mujer adúltera, lloró por Lázaro, se condolió de la viuda de Naim a la que se había muerto su único hijo, se erizó con el gesto de la mujer pobre que echó todo lo que tenía para vivir en el cepillo del templo, rió cuando tenía todos los niños a su alrededor... Por eso lo vemos cargar con la Cruz y sufrir lo indecible, pues "por sus llagas hemos sido curados". Por eso lo podemos ver inerme en la Cruz, habiendo entregado su espíritu al Padre para satisfacer por el pecado que nosotros habíamos cometido y no Él, pues no tenía ninguna culpa... Y por eso lo vemos glorioso surgiendo del sepulcro, para refrendar con esa gloria su obra de Redención y su amor entrañable e infinito por toda la humanidad...

"Pasó haciendo el bien", no hay duda... Y por eso, en su tiempo, habiendo experimentado ese amor todopoderoso y todoentrañable, la gente lo seguía, buscándolo para recibir algún gesto de amor. "Todo el mundo te busca", le dicen los apóstoles. La gente estaba ávida del amor. Y al haberlo conseguido en Jesús, no querían perderse ni una sola gota de ese amor... ¡Cuánto amor añora el hombre de hoy!¡Cuánta sed de dulzura, de ternura, existe hoy entre nosotros! Y tenemos a Jesús, que sigue dispuesto a ser quien sacie esa sed y nos colme de todo el amor que necesitamos. No hay mucho que buscar. Sólo mirar a Jesús que camina a nuestro lado, que está ahí, dispuesto. Contemplar la imagen de ese amor descuartizado en la Cruz, sin nada más que el interés de que lo sintamos, de que abramos nuestro corazón para recibirlo... Es el Dios del Amor, que es Amor para nosotros. Ojalá entendamos que basta con acercarse simplemente y decirle: "Aquí estoy yo, Señor... Lléname de tu amor infinito, pues me hace muchísima falta hoy y siempre..."

lunes, 4 de noviembre de 2013

Te amo a ti, porque no puedes pagarme

El amor perfecto es el amor de donación, el de oblación, el de benevolencia... Es el amor que vive Dios. Dios ama porque el objeto amado existe, sin más... No busca ninguna retribución. Si Dios esperara que lo amáramos en respuesta a su amor, estaría siempre en la frustración, pues son tantos los que no lo aman, a pesar de que Él nos sigue amando indefectiblemente. Ese amor de Dios es el perfecto porque no depende del amor con que se le retribuya, sino de la propia capacidad de amar.

En Dios el amor es infinito, como lo es todo en Él. Es infinito en gloria, en poder, en sabiduría, en presencia. En esa misma medida, infinito es su amor. Por eso el que Dios ame no depende de factores externos, sino de sí mismo. Y al ser su esencia pura sólo amor, no puede actuar de una manera diversa a su propio ser. Se le ame o no, Él siempre amará, pues no puede negarse a sí mismo. Y no se trata de un amor "fatalmente" real u obligado, sino de un amor que se complace en sí mismo. Es decir, la alegría de Dios es amar, es desarrollar su propia existencia en lo que es. No puede dejar de hacerlo, y es absolutamente feliz haciéndolo. Si lo dejara de hacer, si Dios dejara de amar en algún momento, dejaría de existir, lo cual es imposible, y significaría la desaparición de todo lo que existe. Dios es amor, y en amar está representada su forma más pura de existencia, su plenitud, su felicidad y el sentido de su vida.Y no es para Él ningún peso, pues es la expresión natural de su ser...

Ese amor perfecto se manifiesta plenamente en la búsqueda del bien del amado. Se quiere su bien porque se le ama. La felicidad de quien ama no está en la respuesta que pueda recibir al amor que da, sino en la satisfacción de buscar y de hacer el bien al amado. Es decir, su satisfacción es siempre plena, pues solo se basa en el bien que hace al amado, y ese bien siempre será su objetivo y su alegría. No espera respuesta y no se crea "expectativas" que puedan quedar frustradas. El amor real no espera, sino que da. Y así es feliz y alcanza la plenitud...

Los hombres participamos de ese amor perfecto de Dios. Basta ver el amor de la madre o del padre por su hijo. Es tal que es capaz de asumir incluso el sacrificio propio en función de restar males y procurar el bien para su hijo. Una vez escuché a mi mamá decir: "Si llegara a ser necesario, me quito la comida de la boca, para dártela a ti,si tienes hambre"... No le importaba pasar hambre, con tal de que su hijo estuviera satisfecho... Y así vemos también ejemplos de este amor oblativo, de benevolencia, en la historia de la Iglesia... ¿Cómo se explica, si no, la entrega de un Maximiliano Kolbe, ofreciéndose a morir en vez de un padre de familia? ¿O la vida de olvido de sí de una Madre Teresa de Calcuta, con tal de hacer que los pobres de las calles no murieran como perros, sino con la certeza de que alguien los había amado? ¿Cómo entender cuando un hombre o una mujer abandonan una vida de comodidad y de holgura, para irse a recorrer mundo dando a conocer a los hermanos amados el amor que Jesús les tiene? Los hombres somos capaces de obras maravillosas y heroicas cuando nos dejamos conducir por ese amor perfecto, y dejamos que nuestra "imagen y semejanza" de Dios en nosotros se manifieste plena y libremente. Y no hay en esos que aman así absolutamente ninguna frustración, pues no buscan nada sino sólo dar rienda suelta al amor que viven...

En el hombre existe otro amor, menos perfecto, que es el amor de concupiscencia. No es que sea malo, sino menos perfecto. Es también natural, y exige, en cierto modo, una compensación. Es el que hace sentir una especie de "propiedad" sobre el objeto amado.Y para sentirse satisfecho exige alguna respuesta. En los esposos se da el modelo perfecto de ambos amores... El esposo y la esposa se mueven, principalmente, por el amor de benevolencia. Se ama al otro por lo que es, y se está dispuesto a querer el bien suyo siempre. Por eso se es capaz de sacrificar los propios gustos, los propios criterios, a ceder en las propias pretensiones... Pero junto a eso, se espera que el otro esté también dispuesto a ello. Se desea que en el otro este amor de benevolencia también esté activo, con lo cual se da una mezcla del amor de benevolencia y el de concupiscencia. Se ama en cuanto el otro representa un bien para quien ama, por el beneficio que produce, por las satisfacciones que pueda dar... Muchas veces, los esposos fracasan porque han dejado que el amor de concupiscencia derrote al de benevolencia. Sufren grandes frustraciones al no recibir aquello sobre lo cual se han creado muchas expectativas...

En el camino de la perfección cristiana, Jesús nos invita a vivir el amor de benevolencia a tope... Al decirnos: "Cuando des un banquete invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte...", nos está diciendo que nuestra felicidad plena no estará jamás en recibir la compensación de lo que hemos dado, sino precisamente en lo contrario. Estará en el no recibir nada a cambio, sino sólo en la satisfacción de ser movidos por el amor a los más débiles, a los pobres, a los humildes y sencillos. En ellos está Él presente, y al hacerle un bien a cualquiera de ellos, se lo estamos haciendo directamente a Jesús. No se trata de "pagar" nada, sino de saber que al no esperar nada, estoy haciendo lo que el mejor amor puede hacer: simple y llanamente el bien al otro, al que se ama, al que más lo necesita, al que tiene representación directa de Jesús...

En el puro amor de benevolencia está basada la más pura vida cristiana. Por ese amor se valora lo que es el otro, se busca siempre el bien de los hermanos, se está dispuesto a entregarse por ellos, a darle el tesoro que se lleva dentro. Es el amor que Jesús vivió y manifestó plenamente por nosotros, que no nos exige nada a cambio... Si Jesús sólo hubiera esperado nuestra respuesta de amor, seguramente no hubiera llegado al extremo que llegó. Pero como su satisfacción era hacer lo que tenía que hacer por el hombre, porque lo amó infinitamente, y lo ama siempre así, hizo lo que hizo. En cierta manera, Jesús nos está diciendo con su modelo lo que todos debemos hacer. Si lo hiciéramos todos, si nos decidiéramos a hacerlo así, el mundo sería un lugar muy distinto al que es hoy. Por no haberlo hecho, impera la búsqueda de los beneficios personales, sacar provecho de todo sin importar el otro, la búsqueda de la imposición de los proprios criterios o modelos... Basta con que experimentemos lo sublime que es querer siempre hacer feliz al otro, buscando su bien sin esperar nada a cambio, para darnos cuenta de dónde está la verdadera felicidad, la más plena, la perfecta... Y experimentándolo, no habrá obstáculos que nos impidan avanzar en ese camino de plenitud. Todo obstáculo será pequeño. Y siempre será sorteado. Ser felices así es el verdadero camino para alcanzar el sentido pleno de la vida...